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Toluca, Estado de México, México. Nudo Gordiano, 2026.
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Armando
Jorge Luis Condorcallo Ccama
Damián Andreñuk Poemas
Emilie
Jorge
Adriana
Isabel María Hernández Rodríguez


















Paulo Chacón

La vio por accidente.
No estaba buscándola. Se inclinó frente al espejo para revisarse una mancha en la piel y ahí apareció. Una línea blanca, fina, casi educada, separándose del resto del cabello negro como si pidiera permiso. No la arrancó de inmediato. Primero pensó: “No puede ser”. Durante años había cumplido con la edad correcta para cada cosa. Se casó cuando debía, tuvo hijos cuando era razonable, dejó de opinar cuando empezó a ser incómodo. Su cuerpo había acompañado ese orden sin protestar. No lo había hecho por miedo, sino por convicción. Por eso la cana le pareció una traición.
Se acercó más al espejo. No vio vejez. Vio confirmación. Pensó en su marido, en la forma en que había aprendido a hablarle sin provocar. Cada vez que decía lo que quería, algo se tensaba. No siempre se rompía, pero ella prefería no comprobarlo. Aprendió entonces a querer menos. A desear con moderación. A confundir paz con silencio. Le había resultado útil.
La cana seguía ahí. Pensó en sus hijos. En cómo los había criado para que no fallaran. Para que encajaran. Se dio cuenta —sin sorpresa— de que nunca les había enseñado a preguntarse si eran felices, solo si estaban bien. Bien como se dice cuando no hay que explicar nada. Pensó que, en el fondo, les había facilitado la vida.
Se tocó el cabello. Lo sintió áspero, distinto. No era solo el color: era el aviso. Pensó en su muerte. No en el acto de morir, sino en el tiempo previo. En cómo sería recordada: buena esposa, buena madre, mujer tranquila. Pensó que ninguna de esas palabras la nombraba, pero aceptó que eran suficientes.
La idea no la entristeció. La dejó vacía.

Finalmente arrancó la cana. El gesto fue preciso, casi violento. La sostuvo entre los dedos un segundo más de lo necesario. Era real. No había marcha atrás.
Se miró de nuevo al espejo y se dijo que exageraba. Que una cana no significaba nada. Que la vida era así. Que todas las mujeres pasaban por lo mismo.
No se lo dijo para convencerse, sino para cerrar el tema. Antes de salir del baño, encendió la luz más fuerte. Buscó otra. No la encontró.
Eso la tranquilizó más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Por un momento —solo uno— sintió algo parecido al miedo: no a envejecer, sino a morir sin haber sido nunca del todo ella. Pensó en cambiar algo. No supo qué. Decidió que ya no era el momento. Apagó la luz, se acomodó el cabello y volvió a la casa. La rutina no la estaba esperando.
La rutina ya era ella.

Armando G. Ureña
Siguió el movimiento de sus labios y adivinó las palabras, pero a pesar de eso las palabras no salían, incluso si aquellas ya se posaban por la punta de la lengua. Luego de un momento que pareció eterno, las palabras brotaron erosionadas, ininteligibles como una memoria lejana o eso creyó. Y mientras, la ciudad avanzaba frente a ella.
¿Por dónde voló Ícaro? ¿Por dónde voló Hikari? Pensó o dijo Wakana. Por un instante se le figuró sobrevolaron el mismo Tokio de todos los días. Después, la furia desbordada dentro de esa ciudad de sus visiones le recordó a alguna ciudad en México que aparecía en sus sueños y más tarde Buenos Aires por alguna razón. Hikari y Wakana, una azotea amplia, muy alta, como la de un rascacielos, como la de una escuela, una donde juntas cursaron el bachillerato. Misma fachada, mismos edificios y mismo patio sellados al vacío. Un oasis encapsulado dentro de una ciudad furiosa, tal vez un recuerdo inducido, un sueño de días gozosos.
Sí, debe ser un sueño, un recuerdo erosionado como aquellas palabras que han tomado la forma de un sueño. De aquella memoria solo quedan sus personajes como elementos originales. Hikari sonríe y juega con la barandilla, bromea sobre mi nombre, me sonríe. Me pide que corramos por las cornisas de la forma más natural posible, como si no estuviéramos al borde del abismo. Quizás, ya hace mucho que hemos caído y no reconocemos que el abismo ya ha mirado sobre nosotras.
Una llamada incesante en su celular despertó de su sueño a Wakana. Era la séptima llamada en un periodo corto de tiempo. Había volado, aunque no a suficiente altura para quemar sus alas, lo extraño es que volver a la realidad, fue derretirse y caer en un mar profundo. Un cliente necesitaba de Wakana, necesitaba su asesoramiento por videollamada. No podía escabullirse, Ariadna había huido con Teseo hace mucho.
—Cualquier lugar puede ser un infierno —le dijo Hikari.
Recordó las palabras de una persona a un océano de distancia. Tal vez intentaban ser un consuelo o una pretendida frase profunda que escondía, tras de sí, una sabiduría difícil de alcanzar, pero al final no tenían sentido. Y en realidad nada con Hikari había tenido alguna vez sentido, ni siquiera en tiempos más alegres. Hikari se había ido a alguna ciudad desértica del norte de México y Wakana seguía varada ahí, atrapada en Tokio. Hikari le decía que se encontró ahí mucha gente atrapada también, incapaz de saltar al vacío, mucho menos volar.
—Estábamos en el futuro, sabes. Wakana, tú y yo, hemos visto el futuro sin querer —.Tuve un sueño, ellos vivirían lo que tú vives, lo que yo viví, y como profeta mis palabras no los alcanzaban, eran incomprensibles, porque nadie tiene oídos para nada después de más de ocho horas encadenados a un aparador, una oficina, a una sonrisa artificial para el cliente o para un jefe. No había diferencia entre tú y esa máquina, agotada, usada para responder, hacer llamadas, para leer y escribir correos, solo la cargas por la noche y listo. Ellos eran los próximos. Serían el próximo ganado de cuello blanco. A menos que literal-

mente nos reemplacen las máquinas.
Obsolescencia programada, me dijiste una vez, fue en la reunión de beber. Esos nomikai que organizaba la empresa para socializar. Creí que las olvidaría cuando vine para acá, aunque ya veo que no es así. Siempre fuimos ganado y teníamos que ir, sin embargo, las vacas no vuelan, ni tú, ni yo, ni Hiroki ahogado en sake en la otra mesa, solo para congratularse de un viejo, que solo por su edad era nuestro jefe. ¿Habré llorado por Hiroki? ¿O por mí? ¿Tú lo hiciste? ¿O mis lágrimas se confundieron con las tuyas? Y acaricié tu largo cabello, ¿lo recuerdas? Aquella negra y oscura melena, esa que cortaste cuando me marché.
—Obsolescencia programada —dijiste o dijimos al unísono ya ahogadas en alcohol. De alguna manera, huimos de ahí, como si nuestras vidas dependieran de ello. Tomamos el último tren justo a tiempo. Por un momento estuvimos tentadas a solo dar vueltas en círculos por la línea Yamanote. Bajamos en lo que creímos era un paisaje familiar lleno de condominios y tiendas de conveniencia. Escuchamos los autos a lo lejos. Continuamos a rastras, borrachas de una embriaguez que no deseábamos. Fuimos programados para servir así hasta los 65 y nos echemos a perder, Hikari, Hiroki y yo. Y recordé mis palabras y quise volar a pesar de arrastrarme, lejos de aquí, como tú lo harías, a sabiendas de que en todo y en todos lados sería igual, pero lo haría bajo mis términos y la cera de mis alas. La alarma suena puntual, hay que ir a trabajar.

Jorge Luis Condorcallo Ccama
Cuando mi hermano mayor llegó del trabajo, nos reunió en la mesa para darnos una mala noticia. Mamá sirvió el café como le gusta a papá, y mi hermano menor llenó la canasta con los panes calientes que había horneado la vecina Rosa en la tarde; también trajo una jarra grande de leche recién hervida. Al vernos reunidos, Andrés, con su voz de niño —porque todavía lo era, aunque él lo negara—, nos anunció lo que había encontrado:
—Ha aparecido la muerte; está arriba, sobre el techo de nuestra casa…
—Andresito, hijo, hubieras esperado a que terminemos de comer para hablar de eso que encontraste —lo reprendió mamá con su voz que era una orden y una caricia. Andrés entendió el reproche, porque José y Margarita, nuestros hermanos más pequeños, empezaron a llorar en silencio. Los pobres rompían el pan y lo metían en sus bocas con lágrimas y mocos, por una tristeza que no comprendían bien. Mi padre, con serenidad, dio una orden que nadie se atrevió a contradecir, ni siquiera mamá, que quería hablar de la primera comunión que yo haría el próximo domingo y de que todos necesitábamos ropa nueva para la ceremonia en la iglesia:
—¡Santiago, ve a ver si es cierto lo que dice el insensato de tu hermano!
Obedecí y, de un salto, estuve afuera de la casa. No tuve que buscarlo porque era notoria su envergadura y su cloqueo. Sus largas y humeantes alas flotaban sobre el techo a dos aguas; sus garras habían destrozado las calaminas para asentarse con comodidad, y en su cabeza ósea se movían los ojos como dos demonios rojos. Conté lo que vi al volver a la cocina. Papá, con prudencia, siguió cenando, fingiendo no darle importancia al acontecimiento, pero Andrés pronunció el deseo de todos: —¡Que el maldito no cante hasta pasada la medianoche!
Mamá hizo dormir a los niños con cuentos de ángeles bondadosos y de un Dios compasivo que se dejó matar en la cruz. Papá leía la edición dominical de Noticias de Ayacucho, mientras Andrés y yo apurábamos al reloj de la pared con nuestras miradas de ruego, pero el tiempo, obstinado, se demoraba en recorrer las amenazantes horas. En el rumor de nuestras respiraciones, por momentos, se oía el crujir de las latas y las tejas por los movimientos de nuestro visitante; las llamas de las velas se inquietaban como nuestros pensamientos, los perros aullaban, y al hacerlo avivaban los malos presagios.
—¿Qué puede pasar si canta? —pregunté como si no supiera la respuesta.
—Uno cualquiera de esta casa tocada por la desgracia, muere al instante —respondió papá con desolación en los ojos.
Faltaba aún media hora, y mamá rezaba con conmovedora devoción. Su plegaria fue interrumpida por la voz trémula de mi padre que había dejado de leer. Su sinceridad nos sobrecogió: —Andrés, escucha, hijo: si me elige, te haces cargo. Eres el mayor, tu madre y tus hermanos te necesitarán. Sé fuerte y saca adelante a tu familia.

Por vez primera sentí el inconfundible miedo por la ausencia que prometía la muerte en nuestro hogar, y me llené de lágrimas de las que no tuve ninguna vergüenza.
—¡Lo voy a echar a palos y pedradas! —grité furioso.
—¡Idiota! No es un animal al que puedas espantar como a un perro —me reprendió Andrés, mandándome a sentar.
—Si me lleva, Santiaguito, cuídalos, mantenlos juntos, hijito. Tú tienes buen corazón —me partió el alma el clamor de mamá.
Maldecía al pajarraco que nos había elegido para la desesperación, cuando oímos que el ave se desperezó y estrujó las calaminas.
—¡Se acomoda para cantar! ¡Faltan cinco minutos para las doce! —exclamó Andrés y me abrazó. Él, que desde que dejamos la infancia no me había vuelto a abrazar con emoción de hermano. Mi padre hizo lo mismo, cubriéndonos con su cuerpo y su sollozo.
“¿Y si soy yo el muerto?”, pensé, y se me helaron los pies y las manos. Odié al destino por no darme la oportunidad de conocer la vida en toda su plenitud.
En la angustiante espera por la señal de la fatalidad, sentimos la caricia larga de sus plumas y el viento que impulsó el batir de sus alas. Se zarandearon las puertas y las ventanas; la casa entera se estremeció ante la partida de la muerte. Andrés y yo corrimos hacia la ventana y nos apretamos contra el vidrio para ver mejor lo que pasaba.
El ser se impulsó y voló con aciago y pesado ritmo hacia las estrellas. Desapareció de nuestra vista; creímos que se había marchado, cuando un silbido agudo nos dijo lo contrario. La criatura cayó como un relámpago negro sobre el alero del caserón de la vecina, rompió las canaletas y, doblando sus patas, alzó el pescuezo pelado hacia el cielo. Contra la luna, que dibujaba con su luz su silueta, el monstruo erizó las plumas y maldijo en un magnífico y vigoroso cacareo:
—¡Quíquiriquí!
Un grito espantoso se derramó por las ventanas abiertas y le sucedieron otros que anunciaban una desgracia inadvertida e ineludible.
Todo me parecía un sueño, porque apenas partió la muerte alada con el alma de doña Rosa en su pico, mi padre trabó la puerta principal sin que mamá tuviera que pedírselo, como cada noche que lo olvidaba; Andrés me puso una zancadilla en broma y tropecé incrédulo; mi madre se consternó ante una mosca que había entrado a la cocina, la atrapó y la soltó con delicadeza en el jardín. Todos escondían una felicidad inadmisible, una felicidad que no podía tener cabida en esa mala noche, pero la tenía. Entendí, a mis doce años, que la muerte ajena es un alivio y cuánto reconforta. Al comprenderlo, también deseé la felicidad y la busqué por primera vez en mi habitación: ensucié las sábanas celestes con el esperma de mi adolescencia en flor. No me importó que Dios y su ángel vieran lo que hice. —Sí, fue solo un sueño, Santiaguito —mintió mamá en el desayuno— Una pesadilla.
Y le habría creído, pero tuvimos que alistar nuestras ropas negras para ir al velorio de la pobre Rosita. Aun así, le habría creído, pero tuve que barrer las plumas y refregar la cagada del pájaro de mal agüero que se secó en la pared del fondo de la casa. Porque sí: ayer la muerte estuvo aquí con nosotros… y cantó a medianoche.

Ronnie Camacho
En los primeros días, cuando el tiempo carecía de significado y los dioses ni siquiera tenían nombre, los seres de la noche gobernábamos la tierra expandiendo nuestra soberanía a costa de la sangre de nuestros enemigos. Fue en este clímax barbárico, que nosotros, los ejemplares de la raza licántropa aprovechamos una ventaja que nos hacía superiores al resto de los seres, pues a diferencia de los sedientos vampiros y los brutos troles, mi especie era capaz de vestir una segunda piel y caminar durante el día.
Gracias a esto logramos asegurar zonas de caza, erguir pequeños asentamientos y crear redes de intercambio entre manadas; sin embargo, el ego provocado por nuestra supremacía no nos impedía ver lo que se encontraba por debajo de nosotros, fue así que nos dimos cuenta de su presencia. Una nueva raza descendiente de los primates comenzaba a emerger y aunque presentaban gran similitud con nuestras formas diurnas, carecían por completo de todas nuestras defensas, siendo su único y principal atributo su alto número de especímenes.
Como era usual con el resto de las creaturas, no tardamos en añadir su carne a nuestra dieta, su vulnerabilidad lo hacía una presa fácil y la serotonina que expulsaban al ser cazados agregaba un sabor único que ni la carne de siervo o mamut podían igualar. Por casi dos milenios esa fue nuestra rutina, pasar las noches enfrentándonos en encarnizadas batallas con nuestros enemigos naturales y el día llenándonos la panza con la carne de los hombres, pero todo cambio cuando descubrimos que aquella raza aparentemente débil, era mucho más que un mangar.
Somos pocos lo suficientemente viejos como para recordarlo, más el recuerdo se quedó grabado en nuestra memoria. Ocurrió durante una cacería, cuando parecía que estábamos por exterminar a un pequeño grupo de humanos; uno de ellos tuvo el valor de hacernos frente armado con una simple rama afilada, aquel burdo intento de arma fue suficiente para maravillarnos y dejarlos vivir. Pronto más eventos similares fueron reportados por otras manadas a lo largo y ancho de la Pangea, la idea de que los primates estaban evolucionando, cautivó a nuestros líderes y tras una larga discusión llegamos

a un consenso: dejaríamos de alimentarnos de su carne y veríamos hasta dónde podían llegar. En efecto, bajo nuestra atenta mirada, el hombre comenzó a progresar, abandonando sus cuevas para volverse nómadas, sus gruñidos pasaron a convertirse en lenguajes y a diferencia de nosotros, aprendieron a manipular a uno de nuestros mayores temores: el fuego.
Mas nuestro pequeño experimento no se las vería fácil, no solo debían protegerse de las inclemencias del clima o de feroces bestias, sino también de nuestros rivales, pues, aunque nosotros habíamos dejado de ser una amenaza, los troles y vampiros aún veían en ellos una suculenta fuente de alimento, devorando tribus que vimos nacer y desarrollarse en una sola noche. Esto nos llevó a cambiar nuestro enfoque y pasamos de ser simples testigos a fieros guardianes, dejándoles en claro que además de ser el depredador alfa, los licántropos éramos los protectores de aquella raza en ascenso. Para asegurarnos de su supervivencia, aprovechamos nuestra forma diurna y nos infiltramos en sus comunidades y ya fuera atravesando el estrecho de Bering o el de Gibraltar, estuvimos con ellos protegiéndolos de los seres de la noche que podrían hallarse en los recién formados continentes.
Con el paso de los milenios la integración de nuestra especie a la suya fue en aumento, ya no solo se trataba de aprender de sus descubrimientos, la admiración que sentíamos por su raza se convirtió en amor y por ello, adoptamos las culturas de los imperios que formaron, rendimos culto a sus dioses e incluso, tomamos bandos en sus guerras, obviamente todo eso guardando en secreto nuestra verdadera naturaleza. Para cuando nos dimos cuenta, la humanidad se había convertido en la raza más prolífera de la tierra y aunque en tiempos pasados eso hubiera causado recelo entre nuestra gente, los licántropos habíamos hallado nuestro hogar entre los hombres o pensamos que así era, hasta que la plaga llegó.
No nos era ajena la idea de mortales pandemias capaces de aniquilar a millones de humanos, lo habíamos visto antes con la peste negra y la gripe española, mas sin importar qué tan mortales fueran, los humanos siempre lograban adaptarse y continuar. Pero este nuevo virus parecía sobrepasar su capacidad para desarrollar anticuerpos, generando nuevas variantes capaces de burlar hasta sus más novedosos tratamientos. Desesperados por ver cómo se acercaba su posible extinción, optamos por revelarnos de una vez por todas y ofrecerles una posible cura para este mal: nuestra sangre. A diferencia de la humanidad, los licántropos presentábamos una inmunidad natural a cualquier virus existente que quizás en ellos pudieran adoptar al sintetizar nuestros fluidos en su torrente sanguíneo.
La revelación de nuestra existencia sacudió a lo que quedaba del mundo y aunque muchos sentían desconfianza debido al temor infundado por Hollywood de infectarse con nuestra sangre y convertirse en bestias, los gobiernos del mundo hicieron caso omiso de eso, y pusieron manos a la obra en la búsqueda de una vacuna. El resultado no tardó en llegar y aquellos humanos impregnados con nuestros genes, obtuvieron una inmunidad idéntica a la nuestra. Con ilusión pensamos que este intercambio sería el inicio de una era de cooperación consciente entre nuestras razas, no podíamos estar más equivocados. Nuestro amor por el hombre nos cegó de su bien conocida ambición, aquella que lo había hecho cruzar el océano y la misma que lo hizo matar a millones durante la conquista. Pues en su pensar, si una poca de nuestra sangre podía salvar a cualquiera de la muerte, ¿qué más podrían conseguir al experimentar con el resto de nosotros?. Pronto la cacería comenzó alrededor del mundo y aunque algunos hemos logrado encontrar refugio en los bosques ancestrales, sabemos bien que no podemos hacer nada para frenarlos, ellos son el nuevo depredador alfa de la tierra y como todo cazador, solo se detendrán hasta atrapar a su presa.

Damián Andreñuk
Anhelaba trabajar el mínimo imponible. Sin embargo, cada día se presentaba allí, saludaba con desgano y cumplía de nueve a cinco su rutina infectada. Hacia rutas salvajes, una película impregnada de nieve, de bosque y de Thoreau, había sido su elección la noche anterior. Ahora veía la oficina, la incomunicación con su mujer en medio de cenizas heladas, su sueldo holgado, su nombre en un recuadro sobre el escritorio “Julián González”, su teléfono sofisticado, sus zapatillas Nike, sus vacaciones para presumirse en una foto con lagos o montañas detrás y un vacío vanidoso por dentro, su vajilla de cristal, su flamante camioneta Hilux, como una jaula perfumada con barrotes dorados. Se abstrajo en un ensueño laboral, en cavilaciones ardorosas; en unos días cumpliría 46. Mucho tiempo en esta tierra para tan pocas certezas.
“Estoy asfixiado. Tanto yoga y adornos de Buda, tanto hablar de aquí y ahora, tanto decir ‘la plata va y viene’ y cosas así. Pero me miento. Necesito mi falaz seguridad, mi comodidad en el fondo corrompida. No sé dejar nada de esto. Estoy ‘hamburguesado’, como diría Carlos Tévez. Lo mejor que me pasó en el día fue esa doble porción de ravioles con pollo. Helena los prepara bien, cocinarme es el último gesto de amor que aún siento de su parte. El resto fue la farsa de siempre. Esta violencia de caras predadoras, esta batalla ruidosa de los egos”.
Llegó a su casa enérgico, con un vigor audaz que le brotaba de las decisiones tomadas. Conversaba con Helena mientras llenaba varios bolsos.
—Voy a comprar una lancha, voy a llamar a Juan, a rescatarlo. Voy a empezar de nuevo en otro lado. —¡Juan es un tonto y vos un delirante!
—Sí que sabés animarme. Y Juan no es tonto, solo no es muy inteligente, no hay nada malo en eso. Te voy a dejar todo, no vas a tener porqué extrañarme.
María
A pesar de su vasta experiencia con el uniforme, el primer policía en llegar se sintió como un gnomo anonadado ante el imperio indecible de las máximas tragedias.

Respiró hondo, se tomó un momento para asimilar. Una mujer embarazada: era un doble milagro el que finalizaba. Todo indicaba un descuido, acaso alcohol o cansancio. El motivo lo dirían los peritos, lo mostrarían las cámaras. Más tarde, en la morgue, familiares y amigos abrazados, un llanto desgarrado flotando en los pasillos.
María era joven, vivaz, transparente. Su amor y su pasión la consumían. Tenía una rebeldía luminosa, un calor especial, ideales de otras épocas. Tenía la sinceridad de quienes han sufrido mucho. No la habitaba ese resentimiento parecido a un hongo negro, no era puritana ni desvergonzada, no adulaba al poder ni a imbéciles con dinero. Se estaba diferente, mejor, después de haberla conocido.
La noche era lenta y vacía. Fue un error absoluto asistir a esa reunión, todavía decir “sí” para evitar los enojos de seres inconscientes. Lo superficial formaba una coraza, era imposible establecer intimidad. Copas en bandejas, música electrónica. Marionetas opacas, personas frívolas ardiendo en los deseos más vulgares. María miraba su reloj ideando la fuga. Su novio Pablo la llamó, le propuso dormir juntos. Ella aceptó la invitación y se creyó salvada.
Soldado
Luchó con arrojo, ingenuamente convencido. Casi en trance quitó vidas de sus enemigos impuestos. Al volver a su ciudad, hubo eventos para celebrarle el coraje por un tiempo. Y luego fue un anónimo asediado por fantasmas.





El Titán, abierto y desollado entiende ahora la sentencia dura.
Ha llovido ya desde aquella esperanza en el Calabriense, Él los hizo habilis y no entendía, no entendía
porqué la ira de Zeus tonante.
Ahora entiende un poco, una cuarta parte de las especies de aves se han extinguido, esos simios usan más de la mitad de toda el agua, esa agua dulce superficial accesible, imperio de rotíferos, pero no son ellos, son los habilis, fijan el sesenta por ciento del nitrógeno terrestre, destazan cincuenta por ciento del manglar. Zeus, Zeus, Zeus.
Cuánta pasión tuviste, cuánta ira.
La eritromicina ya no puede contra todas. La tropósfera alterada, emisiones y aerosoles.
Vaya fuego, vaya logos.
Prometeo duda.
Un buitre picotea el cadáver de Atenea.








Su corona posee un brillo áureo, pero está hecha de espinas.
Tiene el peso de un mundo, con cada paso más lastima, se adentra en un pozo profundo, cada decisión es una puñalada.
Por más resplandeciente que es el trono, es más difícil permanecer.
Los diamantes son peligrosos porque para otros ojos son como una Diana, pobrecita, pero luminosa reina.
Los que están en lo alto siempre permanecen solos, aprenderá la reinita a andar sobre las brasas, porque nadie comprenderá sus cargas.
Posa como una estatua de mármol adornada con oro, pero que sangra por los ojos.
Hasta la piedra tiene un corazón, antes de símbolo fue persona, pero se vio obligada a abandonar su humanidad, cuando todos solo vieron su utilidad.













1
Rostro de manzana, de higo, de pera, que por ser temeroso te conviertes en cuna, en árbol, en sombrilla.
Te puedo llamar por mi nombre.
Te puedo convocar, aunque no posea dote.
¡Siempre fui pobre!
2
Mi ángel, llevas alas de papel, pero no atinas a volar, prefieres acompañarme ajustado a mis zapatos.
3
¡Oh, barrilete de agosto!
Manos blandas para cuando caiga, manos duras para la espada: ángel de papel.
“Habrá un ser a mi espalda con mi forma y con alas y que ángel se llama, y es mi bien.”














“Nuestro distanciamiento de la gente no significa odio ni cambio. El aislamiento es la patria de las almas cansadas…” -Ernest Hemingway.
Fantasmas de sal
Me agito debajo de las sábanas, ruedo como olas en un mar de insomnios. Un grito me persigue, me deja sin aire, sin piel, sin norte. La boca se me hace agua de expiaciones. Loca, loca, loca.
Hincando los dientes al compás de la pleamar. No siento las manos, ni el cuerpo, ni el rostro. Como si me envolviera el mar y no las sábanas.
Gong
Debajo de balcones improbables siempre prorrogando el salto, hay un ángel pálido que observa con el rabillo del ojo.
Bajito igual que un duende —desamparado— con sus alas encogidas —los ojos tristes— y la pesadilla de reflejarse en cada una de mis tonterías.

Allí en el espacio del viento mirando de arriba abajo. Alerta y en silencio. Él y yo —absortos— en una imagen irresuelta que pregunta: “¿y entonces?” indefinidamente. Y ese absurdo estruendo empecinado.
Andancia entre las ramas
Una calle de piedras por la que nunca paso… Una infusión de nostalgia, un amanecer con apatía. Me volveré a esconder como la luna menguante, inmóvil como tu boca, persistente como tus guayabas. Me andaré por las ramas despejando la noche hasta atravesarte como un pespunte y ofrecer mis penas en alguna feria. Zapateo que especula con el ansia, formas que espesan el desenlace… Dejo este nimbo de lenguajes, solo voy a callar.
*************** No pediré disculpas por romper mi cáscara y dejar ir cada fatiga con el viento. Por descoser las insignias de la indiferencia y revelar el canto de los pájaros, los secretos de la noche y los sueños que flotan en el agua. No pediré disculpas. Por abrir las ventanas de mi casa y soltar las voces insolentes que osaron desplegar sus alas.
Pronto renunciaré a los viejos lugares. No dejaré nada tras de mí.
Tomaré las pasadas noches, las cenizas de mis cigarrillos, un vaso whiskero que sufre de amnesia,
un sahumerio consumido, mi despedida, mi juego de escondidas con la fantasía, la tregua del día en el andén, noticias falseadas, nostalgias que pinchaba tus manos, mis luciérnagas frías, mi exangüe juventud, canciones de amor desafinadas, mi coraje doméstico, intemperies de altura. Cargaré con todo… El bastón de la musa y cada homicidio implícito, las sinfonías naturales, las ruedas de la fortuna, mis horas que te incluían valientemente.
Los desvelos de mi fe, la inocencia de mis demonios, un sendero debajo de mi cama, los pormenores de tu indecencia, la travesía de mis dedos por tu espalda, mis movimientos infinitos hasta tu abandono, las versiones irrevocables de la melancolía, los pasados silencios desvanecidos en el murmullo nocturno, mis mañanas delirantes, mis palabras finales… Cargaré con todo … y también con el vacío.
Calle abajo
Sudan gotas que caen de los balcones. A lo mejor es el lloriqueo de viejas ideas, un ruido fastidioso en la terraza o una ociosidad que incomoda. Nunca es de noche, apenas puedo cerrar los ojos y alejarme de la luz. Nunca es de día tampoco. Apenas intención y contornos. Una huella de frescos y papeles. La infinitud del mar en una lata de atún vencida. Pómulo, nuca, espalda, pelvis, codos y pie. El zigzag genera un hueco y el resplandor esparce la oscuridad vagabunda. Se la lleva el agua calle abajo.

Peregrino
Las mismas luces el mismo desvío que abre la calle y en un cerrar los ojos se despliega la misma esquina. Inspira, se refriega las manos y se despereza mostrando el ombligo.
Su oreja se cierra como flor de noche y menea rápidamente las caderas de izquierda a derecha. Es una alucinación, los hilos que bajan navegando por el aire como cae una gota de lluvia como cae el pétalo de una rosa. De modo imprevisto caprichoso y preciso. Y entonces llega el viento y lo desampara en un territorio de bocas y murmullos.
Mi ángel es un síntoma
Soy un sapo espiritual saltando en las trincheras y nada alrededor parece cuento. Se vuelve impreciso y entonces mi ansia vegeta en el monte. Se vuelve oscura y mi lengua rugosa se extiende bajo la luna. Disfruto exhalando distancia detrás de las piedras invocando ceremonias de lluvia. Y eso es tan diferente que mi carne se enciende en mil colores. Mi ángel es un síntoma. Llora cuando muere una mariposa. Su risa es contagiosa. Me florece exagerado. Olvida poco. Por momentos me envuelve, como esas ráfagas de viento en los parques desnudos tan argentinos, tan sanguíneos.
Más tarde me abandono por ahí para traer a la memoria el silencio y los pájaros insobornables.

La que escribe
Donde amanece tu mano abierta hasta los mechones grises y las uñas mordidas, soy el anhelo y la abstinencia, el silencio esencial, el recuerdo aturdido, el abismo y el limbo.
La que escribe. En ocasiones no puedo ignorarte, y tu mano, generosa, obstinada, tibia, habita la hoja alentando un capricho. Y yo entonces escalo el silencio y redundo en lo que insinúas, en lo que aún no has dicho. Ensayo una sordera que te consume día y noche, en los sitios en que el dolor provoca callado puerto sostenido, eco que nunca aprendió a ser voz.





















Cae capturado un monstruo que asolaba la ciudad. Cae otro monstruo que tanto temía la gente. Caen monstruos… Pero hay muchos monstruos empavoreciendo el mundo.
Lloran los monstruos caídos, lloran encerrados en jaulas, lloran con lágrimas y alaridos de artificio. Lloran los monstruos, los que devoran vidas y engordan con dinero manchado. Lloran los monstruos cuando ruedan al abismo.

Sin embargo, ríen los monstruos más grandes, los que habitan palacios y mansiones, ríen viendo el espectáculo, ríen ellos los monstruos enriquecidos, encumbrados, los que corroen ciudades enteras, los que arruinan al mundo, ríen ellos los monstruos revestidos de ilustre apariencia ríen protegidos poderosos gobernantes intocables rodeados de pleitesías y protocolos.
¿Algún día caerán ellos los monstruos más grandes y trinará jubiloso el gorrión más humilde?
Estás lejos de mis ojos en la distancia infinita, pero en el silencio atronador, mi alma te llama, y tú la acaricias con tu flama y susurras palabras bonitas.

Te abrazo y te siento porque habitas mi corazón, y transitas mi vida; en la profundidad de mi noche oscura, iluminas mis latidos con tu luz azul y tu ternura, y, aunque esté lejos de tus ojos, me veo en tus pupilas, como si fuera florecilla lila.
.
Nuestro amor vive en la distancia, en mi esencia vuelo hacia el cielo, entre mis velos danza mi pelo de terciopelo negro azabache, y me encuentro con tus ojos en mi noche, y entre las nubes algodonosas, parecemos dos mariposas.
. Las golondrinas me guían y me dan tu mensaje, van ligeras de equipaje, solo llevan amor, pasión y consuelo, por si se me cae el velo que no me dañe el suelo, pero sé que este amor es certero, porque lo siento verdadero.










Fco. Javier Larios Medina
“Solamente la mala literatura se hace con bellos sentimientos”.
-André Gide
Los 23 cuentos que conforman el libro de Débora Hadaza, Hysterias de memoria, pulsión y olvido (2023), se caracterizan por una sólida estructura orgánica en la que predominan las atmósferas oscuras y trágicas; historias sin finales felices protagonizadas por mujeres no estereotipadas de la posmodernidad mexicanas. Historias de personas debatiéndose en su propio entorno, que no buscan un final feliz, al contrario, en ellas no hay lugar ni existe la utopía. Aunque tod@s busquen la felicidad como fin último, casi tod@s naufragan irremediablemente por las aguas azarosas de la vida engañosa y cruel. Voces de mujeres que hablan alto y fuerte, no por miedo al silencio sino por la rabia que provoca el sufrimiento y la incomprensión. Lucha contra la fatalidad y el destino a costa de todo.
Más que narrativa de ficción —como algunos mistificadores quisieran— la obra de nuestra autora está más cerca y colindante de un realismo crudo y sórdido, donde no se busca embaucar lectores ni engañar con la zanahoria del cuadrúpedo rumiante. Contar, casi siempre en modo femenino, como acto consciente y comprometido contra esta larga historia del patriarcado. En el proceso reivindicatorio de las mujeres y su lucha ardua y desgastante por ocupar el digno lugar que merecen, en una sociedad que no las merece.
Entonces para qué hacer literatura si la vida es más cruda y cruel que la imaginación. ¿Qué le da el carácter artístico a la narrativa de Débora Hadaza? Cuál es el sentido de una escritura que se afilia al bando del feminismo inevitablemente, pero que no abandona las banderas de la estética. Narrar, entonces lleva implícita la denuncia de género, relatar crónicas crudas de No-Ficción y que ponen por escrito la visión de la mujer desde su interior.

Más que documentales de la infamia, son procedimientos psico-sociales de rebeldía contra el sometimiento ancestral. Así entonces, el objetivo del arte en general no consiste en “la deformación creadora de la realidad”, sino en la reivindicación de las personajas y el atisbo de las posibilidades transformadoras de cada uno de sus contextos. Es decir, la dignificación de un género que avanza a marchas forzadas y contra corriente, por el camino de la abrupta realidad.
Si la literatura se entendiera únicamente como una fábrica de ilusiones, entonces, Hysterias de memoria…sería su polo opuesto y antagónico, porque hacer literatura no tiene el fin de endulzarle el café a los lectores sino dárselos en estado puro, yo diría, en grano, y que los lectores se tomen el trabajo de elaborarlo para que beban el trago amargo ellos mismos. Café caliente, oscuro y amargo como el de los auténticos románticos.
Quien busque en esas letras la dolce vita, como si escribir fuera la dulzura de un caramelo, se equivoca de punta a punta. Porque las historias de Débora no buscan la fácil complacencia ni el aplauso gratuito de los escasos lectores profesionales de esta sociedad, ni siquiera el halago fingido del reconocimiento oficial. Se es escritora por todo lo que significa asumirse como escritora que escribe, no nada más para publicarse, sino para reconocerse en su propio ser. Dice Débora: “Mi narrativa en modo sufrimiento es una búsqueda tan desesperada que me obliga a ser todos los personajes del cuento” y debemos creerle a pie juntillas.
Ahora que se han roto los diques y arrancado todas las mordazas, la literatura escrita por mujeres, tendrá un camino largo de interrogantes y cuestionamientos. Esperamos que todas las voces lleguen a su destino sin diluirse en la intrascendencia. Pero todavía más, que este enorme y poderoso coro polifónico de Antígonas posmodernas, nunca, jamás, regrese a la fatalidad del silencio vergonzoso y humillante.
García Díaz, Débora Hadaza. Hysterias de Memoria, Pulsión y Olvido. Colombia. Ediciones Akera, 2023, 89 pp.

































































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