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Enero-Febrero No.46
DIRECTORIO Consejo Editorial Enrique Ocampo Osorno Ana Lorena Martínez Peña Dirección General Enrique Ocampo Osorno dirección@revistanudogordiano.com Dirección de Diseño y Marketing Mary Carmen Menchaca Maciel Editora en Jefe Ana Lorena Martínez Peña
Toluca, Estado de México, México. Nudo Gordiano, 2026. Todos los derechos reservados. Revista literaria de difusión bimestral
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Gerencia de Operaciones Mario Alberto Osorno Millán
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Cuentos - la Espada La Final Girl 6 Ronnie Camacho
LA FÓRMULA MAGISTRAL DEL DOCTOR EZEQUIEL CORTEZ Jorge Luis Condorcallo Ccama
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Cicatrices de Guerra 12 Bene Martínez Hernández
Luz Mala 14 Jorge Acevedo
Bajo la Roca Más Caliente del Desierto Me Guardo Wendy J. Castro
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Mi Mama Me Mima 18 Rosalía Guerrero Jordán
Poemas - la Lanza Una Nube Cargada de Lluvia 22 Carlos Cristián Italiano
Cárceles y Cementerios 24 Damián Andreñuk
La Grieta y la Raíz 28 Alejandra Daniela Dentesano
Atándole las Alas 32 Maria Rosa Rzepka
Triste Soñadora 34 Isabel María Hernández Rodríguez
Despintes 36 Nelson Roque Pereira
A-Mar Sin Fronteras 38 Laly González
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Ronnie Camacho Desde que éramos pequeñas mi amiga Cristina y yo soñamos con convertirnos en actrices famosas, el deseo por lograrlo era tanto, que juntas participamos en un sinfín de obras en el teatro local, llegando incluso a protagonizar varias de ellas. Cuando cumplimos dieciocho, decidimos que era hora de apuntar más alto y nos mudamos a la CDMX con la esperanza de obtener un papel en alguna película importante. Por desgracia, después de varias audiciones fallidas, comenzamos a dudar de nuestra capacidad actoral. Fue entonces cuando se nos presentó una oportunidad de oro, Ernesto Zepeda, un ex actor ahora convertido en ejecutivo de uno de los estudios más famosos del país, nos llamó para decirnos que había recibido una de nuestras audiciones y quedó tan impresionado que deseaba realizarnos un casting para una película en su finca privada. Sin pensarlo dos veces, viajamos hasta su ubicación y cuando llegamos, el propio Ernesto salió a recibirnos. Después de darnos un pequeño tour por su casa, Zepeda nos llevó a una sala, donde para nuestra sorpresa, se encontraban otros cinco chicos que al vernos fueron incapaces de ocultar su disgusto, entonces lo entendimos, no habíamos sido las únicas aspirantes a las que invitó. Apenas tomamos asiento, el hombre nos explicó lo que sucedería a continuación. Si bien nos había invitado a todos con la promesa de realizarnos un casting, aquello era mentira, ya nos había seleccionado, más no para una película sino para una producción mucho menos convencional, pero sumamente lucrativa en los círculos correctos, una antología de cintas snuff. Yo no entendí de lo que hablaba y en busca de respuestas volteé a ver a Cristina, quien me tomó por el brazo y me llevó hacia las puertas de la sala, advirtiéndome que debíamos salir de ahí lo antes posible. “¡No tan rápido, chicas!”, exclamó Zepeda antes sacar de su bolsillo un control con un único botón rojo que, al presionarlo, hizo que varios hombres entraran a tropel para someternos e inyectarnos una extraña sustancia que nos hizo perder el conocimiento. Despertamos horas después, desorientadas y encadenadas por el cuello a la pared de una fría habitación circular. Apenas superamos el estado de sopor, nos percatamos de que Zepeda ya se encontraba en el sitio, imbuido en un extraño atuendo conformado por un ensangrentado delantal de cuero negro, un cubrebocas, un pañuelo alrededor del cuello y una boina de director de cine. 6
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Estaba emocionado; ahora que tenía a su reparto listo, era momento de asignarnos un día de filmación a cada uno, siendo Cristina y yo, el sábado y domingo, respectivamente. Si hasta entonces no entendía lo que pasaba, conforme pasaron los días descubrí el horror de lo que eran las cintas snuff, pues pude observar cómo tras colocar un tripié y videocámara, Zepeda liberaba sus más perversos impulsos. Siguiendo su morboso calendario, la primera víctima fue el chico del lunes, a quien le aplastó la cabeza con un mazo; a martes le inyectó ácido sulfúrico en las venas, haciendo múltiples acercamientos mientras su cuerpo se carcomía de adentro hacia afuera; miércoles fue devorada por sus perros; jueves asfixiado hasta la muerte; y al pobre de viernes, le explotó el corazón con fuertes descargas eléctricas. Finalmente, había llegado el turno de Cristina y aunque sentíamos miedo, no estábamos dispuestas a morir ahí, pues mientras los otros eran torturados, nosotras nos percatamos de las llaves que colgaban del cinturón de Zepeda. No era difícil intuir que una de ellas era para abrir la puerta de la habitación, y la otra, la que abriría nuestras cadenas. Sin otra opción, nos preparamos mentalmente para la batalla y al cabo de unas horas, Ernesto regresó y tras encender su cámara, sacó el objeto con el que torturaría a mi amiga: un taladro neumático. Sin mediar palabra el hombre se abalanzó sobre ella con la intención de taladrarle la cabeza, pero antes de que pudiese hacerlo, Cristina se cubrió con su brazo y a pesar del dolor, ella continuó con el plan y con su mano libre, tomó las llaves y las arrojó a mis pies. Lo que ocurrió después fue tan rápido, que para cuando me di cuenta, no solo me había liberado, ahora era yo
quien se encontraba sobre Zepeda, intentando hundir mis pulgares por completo en sus córneas.
Después de matarlo, fui a ver Cristina, solo para darme cuenta de que su brazo ahora estaba hecho jirones y no dejaba de sangrar. El miedo me invadió y no supe qué hacer, entonces el timbre de un celular comenzó a salir del cuerpo de Zepeda, sin pensarlo lo tomé y desesperada supliqué que enviarán una ambulancia, pero en su lugar, las personas al otro lado de la línea me dijeron que estaban conscientes de lo que había ocurrido en la finca y que el mundo no debía enterarse, más tampoco debía temer, pues si terminaba lo que Zepeda había comenzado, ellos cumplirían mi sueño de ser famosa, pero si me negaba, moriría junto a Cristina ahí mismo. Me quedé paralizada y solo pude preguntarles quiénes eran, y respondieron: “somos los responsables de sacar a las don nadie como tú del anonimato”. Al no recibir una respuesta, me dieron solo cinco minutos para tomar una decisión, la cual Cristina terminó tomando por mí. Ella había escuchado la llamada, y decidida a que al menos una de nosotras pudiera cumplir su sueño, me pidió que la matara. Traté de negarme, sin embargo, ella insistió y tras sacarle el taladro del brazo, perforé su cerebro.
Desde entonces mi vida cambió, “ellos” cumplieron su promesa y ahora, mi rostro y mi nombre son dueños de las carteleras, pero todo tiene su precio, cada cierto tiempo tengo que buscar incautos y filmar con ellos nuevas cintas snuff. Al parecer me convertí en la favorita de sus clientes, en sus palabras, “soy la Final Girl convertida en asesina”, esto me enferma, más no puedo negarme, si no las filmo, harán que vuelva actuar en una de ellas.
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Jorge Luis Condorcallo Ccama En el laboratorio del segundo piso realizábamos ensayos con químicos que, mezclados sin pericia ni cuidado, podían causar potentes explosiones o disolverse en gases letales que nos matarían, junto a los vecinos del edificio, en segundos. Admiraba al profesor Ezequiel Cortez —aún lo admiro— por su notable inteligencia, su incomparable profesionalismo y su imperturbable dedicación a la investigación farmacéutica. Llegaba antes de la hora de ingreso para ordenar los instrumentos que habíamos desordenado el día anterior, ya con el traje de seguridad puesto y listo para empezar las nuevas pruebas programadas. La muerte de Ariadna, su esposa, fue un acontecimiento imprevisto y devastador en la vida de mi maestro. Creí que lo superaría con el tiempo, pues, al mes del duelo, retornó a nuestra mesa cargada de frascos para trabajar. Supuse que pronto recuperaría la vivacidad, que volvería a hacer bromas y a sonreír; pero sé cuán difícil es olvidar a quien se amó demasiado, y más aún si fue el primer y único amor desde la adolescencia. Ariadna era una mujer muy hermosa, sin embargo, vivía condenada por una enfermedad que le deterioraba la salud progresivamente: sufría de violentos ataques de epilepsia. Los domingos solía encontrarlos de camino a la plaza; ella iba del brazo del profesor rumbo al templo de los franciscanos para escuchar la misa de las ocho. Era una persona muy creyente; sus convicciones religiosas rozaban el fanatismo, que, deduzco, era el amparo de su dolorosa existencia de mártir. Su fe y los sufrimientos que le ocasionaba la enfermedad la condujeron al reprobado acto del suicidio, que había planificado sin dar visibles señales de alerta. Sin entender bien el deterioro físico y mental de Ariadna, sus parientes, desconsolados, culparon de su fatal destino a mi pobre amigo, pues consideraban que su apasionamiento por los descubrimientos científicos lo había alejado de su responsabilidad de esposo. De esta manera dedujeron que la soledad y la tristeza escoltaron a Ariadna hacia una muerte que él pudo evitar. —Ariadna se arrodillaba frente al vitral de colores que representaba el viacrucis y, con las manos amarradas al crucifijo, rezaba ensimismada por horas —contó mi mentor, conmovido por un doloroso recuerdo de su corazón—, hasta que la vencía el sueño o la pobre convulsionaba por un nuevo ataque que Dios, a quien ella amaba en demasía, nunca detuvo por piedad hacia esa humilde criatura que rogaba sanación con miles de fervorosas lágrimas.
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Aquella tarde de enero, de nubes plomizas, al volver a casa nadie respondió a su estentóreo saludo. Revisó los cuartos y, con un presentimiento fatalista que amargó su paladar, la encontró colgada de la viga central del dormitorio matrimonial. El rosario que sostenía en sus manos se desprendió cuando él le abrazó las piernas para salvarla de la asfixia, pues creyó que aún estaba viva; esperanza que se diluyó de inmediato al percibir la rigidez pétrea del cuerpo.
En este trance de científico y nigromante, abandonó sin vacilación ni arrepentimiento nuestro benigno proyecto de un lustro y empezó uno distinto, del cual no tuve conocimiento cabal hasta hace solo unos días.Lo vi calentar el tubo de vidrio sobre el mechero. El profesor observaba, hipnotizado, el líquido azulino que bullía sobre el siseo de la flama. No se percató de mi vigilancia, y noté, asombrado, su rostro, que se asemejaba al de un hechicero medieval mezclando, receloso, los ingredientes en su caldero moderno para elaborar la pócima mágica. Me paralizó el cuadro final de —¡Por qué te dejé sola! No eras tú lo más impor- esa prueba: se remangó la camisa, hincó la aguja tante para mí, qué imprudente fui, y en qué mala en el brazo y succionó una gran cantidad de su hora los sufrimientos se juntaron en tu alma. Des- sangre, que aprobó con un gesto de euforia. de ese día maldito solo tengo un remordimiento inagotable por no haber hecho lo suficiente para que estés hoy conmigo. Esta culpa que no com- Yo, su asistente oficial, no me atreví a cuestionarlo; prendo bien por qué es mía… ¿es mi culpa? ¿Y qué seguí la pauta del trabajo que nos encomendahizo Dios para ayudarnos, a nosotros que hemos ron, mientras él continuaba el suyo. Reía y parecía sido buenos, piadosos y respetuosos con sus de- satisfecho cuando revisaba los resultados de sus signios inhumanos? —lo escuchamos lamentarse experimentaciones al microscopio. El cansancio y mirar atormentado al Dios enclavado en una co- lo reparaba con sueños breves e intermitentes: lumna de la iglesia. El sacerdote lo dejó despedir- dormía sobre un jergón que había instalado entre se echando herejías frente al ataúd que la negra la gaveta y la mesa donde trabajaba; también cotierra del cementerio se comería. mía allí, y los pedazos de pan convivían con las hipodérmicas, los recipientes, las sales, los sustratos, los reactivos, los crisoles y las hojas con sus La angustia y el odio hermanados fueron los anotaciones incomprensibles. La obsesión cientígérmenes que carcomieron los sesos de mi in- fica lo trastornó; se volvió un hombre desconfiado teligentísimo compañero hasta desaparecer la que mantenía las ventanas veladas con periódiúltima partícula de su buen juicio. Y sucedió lo cos, y cualquier ruido le causaba sobresaltos. Los impensado: el hombre de conocimientos y talen- colegas del gremio que lo conocían y apreciaban tos cambió, se transformó en una persona desfi- por su ingenio querían hablar con él para que regurada por el insomnio, pues pasaba las noches cobrara la sensatez, pero se disculpaba con el y madrugadas en el laboratorio leyendo y rele- pretexto de informes inconclusos y los despayendo los modernos tratados de química y los chaba con decorosa amabilidad. La falsa corteantiquísimos mamotretos de alquimia impresos sía escondía el fastidio que exclamaba tras tirar la en latín. No respondía a mis preguntas carga- puerta, por haber perdido minutos en deshacerse das de preocupación; se aisló en sus conjeturas de esos hombres a quienes tildaba con desprey permanecía retraído, haciendo anotaciones en cio de intrusos, pillos y enajenados por Dios para su cuaderno. Presumo que, luego de plantear su boicotear su secreta investigación en progreso. fantástica hipótesis, calculaba y volvía a calcular —¡Qué ignorancia me corona! Nunca conseguiré las cantidades en los garabatos que rayaba y bo- la fórmula, porque soy un mediocre más en este rroneaba en el pizarrón. orbe de estúpidos —se recriminaba, otras veces, Hoy recién entiendo lo que hacía con persistencia cuando el resultado obtenido no lo satisfacía, y aporreaba la mesa con los puños como martillos. de orate. www.revistanudogordiano.com
Hasta que llegó la tarde del Viernes Santo. El profesor salió victorioso y con prisa del laboratorio; no volví a verlo el fin de semana. Comprendí que había culminado su desquiciada ciencia, que deseé reconstituyera la anterior personalidad de mi amigo, como lo hacen las epifanías con los hombres que han perdido el rumbo. El lunes lo saludé preocupado, ya que su aspecto había empeorado: estaba desaseado, tenía los ojos enrojecidos e incluso sus ropas y zapatos estaban cubiertos de un lodo rojizo.
Nos despedimos con un abrazo que fue el rezago de su humanidad. Traté de disimular mi gran impresión por lo que había presenciado. Me hubiese gustado detenerlo y exigirle que fuera el de antes, pero no tuve la reacción ni el temperamento para hacerlo, pues estaba suspendido en otro mundo, a la espera de una respuesta racional a mi análisis escéptico. Luego de lo que había sido testigo, yo era un amasijo de miedo e incredulidad en partes iguales. No volví a ver al profesor —¿Quieres saber qué me ha ocupado los últimos Cortez hasta la mañana siguiente. doce meses de esta tortura llamada existencia? —me dijo, mientras se acomodaba el saco y la ca- La amable señora que cuidaba de mí como una misa para hundir, sin hacer un gesto de dolor, la madre de sus hijos —la dueña de la casa donde alquilaba una habitación— me relató el misaguja en la piel. terioso suceso que le había confiado el anciano vigilante del cementerio, quien echó la culpa de Destapó el frasco que extrajo del bolsillo; con un su encuentro de terror a la botella de pisco que cuentagotas recogió la sustancia y la llevó a un sorbía para abrigarse contra la humedad del panvaso de cristal. Combinó el invento magistral con teón. En el último recorrido de rutina, vio, sobre su sangre, y la nueva solución se enturbió en un el mausoleo que guarda las osamentas del linaje color turquesa eléctrico. Mientras alistaba el enig- de los Cortez, al ángel guardián hecho de granito mático preparado, me pidió que extrajera una de estirar sus duras alas en grotescas crepitaciones las figurillas de arcilla del estante donde archivá- que recordaban a cientos de huesos romperse bamos las carpetas. Recorrí el vidrio y escogí una bajo la fuerte pisada de un gigante; luego obserde las tres golondrinas que habían sido regalos vó que aquella magnífica escultura caía pesadade Ariadna, para que fueran la nota diferente en mente, dando potentes aletazos que levantaron el laboratorio. El ave, bajo la mirada ávida del pro- una gran polvareda. fesor, recibió dos gotas que se disolvieron en su plumaje finamente trabajado por el artesano, y un —De la fuerte impresión casi le da un infarescalofrío me erizó la piel, porque el objeto se re- to —comentó angustiada la dama, que es toda volvió, agitó sus alas y torció su cabeza con vida amabilidad. propia. Al saber la noticia, me dirigí a prisa a la casa del profesor, con temor a una ofensa —¡Absurdo, fantástico, imposible! —pronuncié sin irreparable a la naturaleza. creer lo que ocurría, y el tambor de sangre en circulación en mi cabeza no me dejaba escuchar la explicación del científico. —Mi vida se irradia sobre este pedazo de nada. Mira: no es una golondrina, soy yo quien quiere andar, reír, revolverse, y por unos segundos es consciente de su existencia… O de la mía —explicó con el frenesí de quien dirige un aquelarre en el punto exacto en que el diablo ha de aparecer ante sus convocantes. 10
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No tuve que golpear con el llamador, porque la puerta se movió al tocarla y lo vi en el rellano de la escalera. Arrodillado, disfrutaba viendo y jugando con algo que su gabán no me dejaba mirar. Al acercarme, me descubrió con el rabillo del ojo, y su risa se volvió una carcajada interminable que dominó la estancia. Quedé atónito, helado, al ver en el escalón una cruz tallada en cedro: en ella, un hermoso Cristo de yeso se remecía y daba la impresión de intentar zafarse de los clavos que le atravesaban pies y manos. El cuerpecito, modelado y pintado con destreza, realizaba tan enérgicos movimientos que se asemejaba al verdadero Cristo que han retratado los pintores renacentistas; sin embargo, en lugar de viva sangre desprendía un polvillo blanco de sus heridas. Paralizado ante la pesadilla, oí la voz delirante de mi amigo, el profesor Ezequiel Cortez, que repetía: —Ariadna, fue culpa nuestra… Perdónanos, perdónanos, amor mío, perdón… —Y con un paño empapado en la fórmula ominosa mojaba y bautizaba con el milagro de la vida a la sagrada figura de Dios, que latía, se retorcía, pienso yo, de auténtico dolor.
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Bene Martínez Hernández Todas las noches, sigilosos y puntuales, desplegábamos las defensas en previsión de un nuevo ataque. No era una estrategia estudiada, al contrario, improvisábamos en función del escenario bélico. Disponíamos las baterías antiaéreas, cavábamos trincheras y las fortificábamos con alambradas y minas. Después agudizábamos con ansia extrema todos nuestros sentidos, especialmente el oído, y desconectábamos las sirenas para alertarnos entre nosotros en voz baja, cada uno en su puesto, chistando silenciosos avisos con un dedo en los labios y el entrecejo asustado. En ocasiones el ataque venía precedido de inquietantes ruidos, otras veces estallaba sin previo aviso en una súbita deflagración. Era la hora del miedo, la hora en que las sombras comenzaban a alargarse y se difuminaban en la oscuridad como el siniestro monstruo de mis pesadillas. Nosotros no queríamos disparar, odiábamos la guerra. Soñábamos con tanques de chocolate que nos acogieran en su seno, con cascos de plastilina y con aviones de papel para volar muy lejos de allí y lo confiábamos todo a nuestros cuerpos apiñados, al poder de las súplicas como un mágico escudo invisible. Y, sin embargo, nosotros, nuestros cuerpos, nuestro pánico, nuestra lánguida resistencia hecha de carne y hueso formaban un escudo tan humano como inútil. Jamás llegó ningún refuerzo, jamás nadie recibió señales de socorro, jamás nuestro ejército las envió.
Y de pronto, el enemigo. Su boca era un fusil que disparaba amenazas, sus puños, martillos de huesos y piel. Todas las noches los insultos detonaban y su metralla esparcía esquirlas sin piedad; algunas impactaban en la cara, otras en los oídos, la mayoría en el corazón. Fuera de mi refugio las escaramuzas solían dejar víctimas, obscenamente reincidentes. No había médicos, ni enfermeras, ni puestos de curas de campaña: nuestro exiguo botiquín eran caricias, besitos en la frente y agua oxigenada; las vendas, pañuelos de papel. Recuerdo el estruendo terrible de los sueños al romperse, de las risas golpeadas y arrojadas al piso hasta quedar inservibles, de las ilusiones diseminadas por el suelo entre los cristales. Y los lamentos por nosotros mismos y por un acuerdo de paz que nunca llegaba. Y recuerdo a mamá, que moría todas las noches, ahogada en lágrimas y hiel. El enemigo no usaba armas, no las necesitaba. Su cuerpo entero era un obús que no se activaba con pólvora, sino con un litro de alcohol. Por la mañana, entre los escombros, se firmaba el armisticio, nuestras tropas claudicaban y él, el enemigo, volvía a ser simplemente papá. 12
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Jorge Acevedo El turno para concurrir al médico estaba previsto a las nueve de la mañana: un examen general para ingresar al primer año de la Escuela Nacional N° 662. Margarita preparó el desayuno: una taza de café con leche y tres galletitas saladas, no sin antes haber tomado un baño, pues, nunca se debe acudir al médico con los pies sucios, el cabello duro y la boca con mal aliento, más si tiene que visitar al dentista. Aparte del odontólogo, participaban de la junta médica: un oculista, una nutricionista y un médico clínico. El salón de fiesta de la sede barrial del barrio El Mercurio se convirtió, así, en un hospital de campaña, un espacio dividido por biombos. En ese momento, Margarita ya estaba sentada al igual que los demás pacientes, a la espera de ser atendida por el facultativo. —A ver, abra la boca y mueva la lengua —dijo el dentista detrás de sus anteojos y el barbijo celeste. Margarita, si algo tenía, era temor por mostrar sus dientes. Ni el famoso Ratón Pérez, ni el payaso Fortunato pudieron sacarle jamás una carcajada. Recuerdo cuando cambió los dientes de leche por los dientes actuales, ella misma anudó el canino con el hilo de coser y de un solo tirón extrajo el esmalte flojo. El facultativo reformuló la oración haciendo de la cuchara un avión: —¡Margarita, abra la boca, míreme! —. Los ojos de la paciente saltaron de sus órbitas provocando un mar de lágrimas. De aquella boca repleta de dientes salió un grito desgarrador, un sonido ronco, un quejido como si fuera el repicar de un viejo campanario. La acción dejó expuesta la dentadura de Margarita: una boca inmensa con una campanilla detrás del paladar. Al final del pasillo, por aquella abertura de dientes y músculos, una vez traspasada la campanilla, no solo se pudo oír aquel lamento; por aquella boca se escapó una luz pesada y penumbrosa: Margarita y todos los médicos fueron, entonces, atrapados por una luz, “una luz que suele tener miedo al cruce de los ríos”.
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Wendy J. Castro No recuerdo mi nombre, se lo comió el desierto. Pero, si necesitas llamarme te doy un truco: llámame como la llama ardiente del viento con un golpe de arena en los ojos.
Un día desperté aquí en este árido suelo, sin saber si vine por mis patas o arrastrado por alguien que ya he olvidado. En la gélida soledad, mi piel se torna oscura como mis pensamientos. ¿Por qué me abandoné? ¿Dónde oculté mi voz? Cada amanecer asomo la cabeza y el sol me mira burlón. Camino entre espinas, entre hierba mala y roedores muertos. Saludo a las vacas de ojos vidriosos, dejadas también a la suerte del infierno. Huyo de las cabras que mastican pecados ajenos. Por último, trepo al cactus que me da cobijo. En la cima del mundo me alimento del fruto prohibido, ese que en mi otra vida jamás probé. Las moscas bailan a mi alrededor; no entiendo si quieren de la fruta o de mí. ¿Será que ellas sí saben quién soy?
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Por las noches, una libélula me roza la lengua con su ala bendita. Las luciérnagas encienden su faro y me enseñan que hay luces que no ciegan, ni mutilan, ni queman… Las observo volar: son un sueño, un cruel recordatorio. Ellas gozan del cielo estrellado, mientras yo me hundo en el eco de lo que no fue ni será. He oído sus pisadas, tal vez su risa lejana, pero nunca he visto su rostro. Si existe, no me busca. Si me busca, ¿dónde estoy?
Respiro hondo. El calor me aprieta. El horizonte es una herida ancestral. Y yo, en el centro, solo parpadeo. w
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Rosalía Guerrero Jordán Desde que mamá regresó todo es mucho mejor: la casa está limpia, ha desaparecido la montaña de ropa sucia y he vuelto a comer bien. Porque, aunque no pueda verla, sé que es ella quien hace todas esas cosas. Confieso que al principio me asusté. No es normal que alguien regrese de entre los muertos para ayudarte con las tareas domésticas. Me encerraba en mi habitación como si los espíritus no pudieran atravesar las paredes, y me escondía debajo del edredón hasta que se me agotaba el oxígeno. La otra posibilidad me aterrorizaba más todavía, pues no quería darle el gusto a papá y dejar que se cumpliera su profecía: «acabarás loca como tu madre». Claro que, si pensaba que era imposible que mamá hubiera regresado, todavía no había perdido la cabeza. O, al menos, no del todo. En realidad, todo empezó mucho antes, creo que la noche en que concebimos a Mary. Lo recuerdo como si acabara de ocurrir: justo antes de dormirme, escuché su voz susurrándome la nana con la que me acunaba cada noche antes de que ocurriera lo que ocurrió. Esa fue su primera visita, y desde entonces la escuché muchas veces, justo durante esos instantes que marcan el límite entre el sueño de la vigilia. Pero no fue hasta el nacimiento de Mary cuando mamá comenzó a manifestarse con sus actos: un día la cocina amanecía recogida, y otro la comida estaba recién hecha sin que yo hubiera puesto un pie en la cocina. Con las hormonas alteradas tras el parto, lo achaqué a una pérdida breve de memoria, o al estrés que rodea los primeros días de una madre primeriza. Sin embargo, y a medida que pasaron las semanas, pude comprobar que no era así. Que alguien hacía las cosas que yo no podía hacer. Lo sé porque empecé a anotar en una agenda las tareas que realizaba y las que dejaba de hacer. Y un día, cuando tuve las pruebas, me planté en mitad del salón con los brazos en jarras y dije en voz alta para que mamá pudiera escucharme bien, que aceptaba su ayuda, pero que no me pidiera nada a cambio, que ya no era una niña asustada por el vendaval de su arrolladora e intimidante personalidad. Cuando acabé, varias puertas se cerraron de golpe. Primero pensé que podía 18
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haber sido causado por una ráfaga de viento, pero después comprobé que las ventanas estaban cerradas. Así que lo interpreté como una de sus rabietas. A partir de entonces, si quería seguir cuidando de mí ya sabía a qué atenerse. Por supuesto, a James no le he contado nada de esto. Él está encantado de no tener que compartir el tedioso trabajo doméstico ahora que estoy de baja. Dice que está orgulloso de mí, de lo bien que me organizo y lo buena madre que soy. Si él supiera… ¡Con lo mal que le caía mi madre! Además, estoy segura de que si le contara la verdad no me creería, siempre me ha dicho que tengo demasiada imaginación, como si eso fuera algo malo. Y, aunque a veces me he preguntado por los motivos de mamá para ayudarme, todavía no he podido llegar a ninguna conclusión. Ella siempre se quejó de que mi hermana y yo le robamos sus mejores años. Quizás quiere evitar que acabe loca como ella. Aunque eso no encaja demasiado con su temperamento egocéntrico. El otro día se enfadó porque no le dejé cambiar el pañal de Mary. Todas las ventanas se abrieron a la vez, los cuadros comenzaron a golpear contra los muros y los libros volaron de sus estanterías hasta el suelo. Luego tuve que recogerlo todo. Aún así, le repetí que, de la casa, podía hacer lo que quisiera, pero la nena era solo mía. No puedo fiarme de ella. ¿Y si quiere hacerle lo mismo que me hizo a mí? Todavía tengo cicatrices en los muslos y cuando cambia el tiempo me duelen los pulgares. No, no puedo permitir que se acerque a Mary. Creo que está celosa de que yo pueda ser la madre feliz que ella no pudo ser. Entonces, ¿por qué me ayuda? Ahora que lo pienso, desde que discutimos no recoge la ropa tendida, ni hace la comida, ni arregla el baño… Quizás sea lo mejor, que regrese al lugar de donde nunca debió salir. No sé cómo he sido tan ingenua como para aceptar su ayuda, tan inocente como para pensar que no quería nada a cambio. Parece que ya se ha ido: la casa está en silencio, y vuelve a acumularse el polvo en los rincones. Hoy James me ha mirado con cierto enojo al volver a casa, como si no entendiera que la comida no le estuviera esperando, puntual, en la mesa. Le he dicho que quiero volver al trabajo, y hemos discutido. Que para qué quiero trabajar, con lo bien que estoy en casa. Qué sabrá él. No, no voy a quedarme aquí encerrada, eso fue lo que volvió loca a mamá. Y yo no quiero acabar como ella. Él me ha gritado y yo he acabado llorando. Entonces he ido a encerrarme en la habitación con Mary. Estaba despierta, de pie, con sus manitas agarradas a los barrotes de la cuna. Ha estirado los brazos hacia mí, la he cogido y he acercado mi nariz a su piel. Me encanta su olor como a pan recién hecho; se lo he dicho y entonces me ha mirado y ha sonreído, pero no con su sonrisa de siempre, no. Ha sonreído como una adulta, como si me entendiera. Ha sonreído con la sonrisa de mamá. Cada día se parece más a ella. Creo que por eso a James no le gusta cogerla en brazos. La he acunado un rato susurrando la nana que mamá me cantaba antes de que ocurriera lo que ocurrió, y cuando la he vuelto a dejar en la cuna ha balbuceado algo. Algo así como “ahora tú cuidarás de mí”. Pero ya no olía a pan recién hecho. Olía al perfume de flores marchitas que usaba mamá.
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Carlos Cristián Italiano Bajo un cielo de jazmines, de nubes, de membrillo, de orquídeas resplandecientes un poco mentidas para insertar una historia que no fue, de duendes, de esquisodontes rodantes, de nubes, de membrillo, de una historia que no fue así, de un disgusto por eso de una América que crece, desde sus antiguos habitantes hasta los de ahora, de aquellos que la piensan distinta, de otra manera, recuperando el habla que fue robada en otros tiempos, los tiempos idos y que afearon su cara. Pero no es así, no es así. 22
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Habrá de verse un nacimiento, en todo el mundo, en todas partes donde nos ubicaremos, y seremos, otra vez, seres de todas partes, todos posibles, todos sanos. Porque todo existe. Para que todo se vea. Para que todos miren aquello que se creía perdido.
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Damián Andreñuk
Cárceles y cementerios me limpiaron la visión. He aprendido lo importante en el peñasco de las lágrimas.
Libre como las panteras o los arcoíris. Como el reino secreto de la noche. Como la luz purificada de ciertas cicatrices.
Pájaros y flores y niñez divinidades sencillas. He avivado en mis entrañas un fuego de otro mundo.
Murciélagos y colibríes
Cae la mañana y con ella algo de mí. Cadena de gorriones y cuervos en las calles cotidianas. Árboles como brujas que susurran. ¿Qué me roban los ojos reptiles, los ojos ávidos que nunca dan dulzura?
Atardece
en el vértigo violento de la ciudad donde vivo. 24
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Veo palomas dormidas y rostros con huellas de dolor. Nada, nada exime de asumir la lucidez más ardiente.
Llega la noche entre murciélagos y colibríes. Un sabio transforma su martirio en un reino de luciérnagas.
Delicia, traición, belleza Delicia es apagar la soledad sobre la espalda de una mujer en un instante azul que rompe los absurdos.
Traición es un incendio en lo sagrado una amarga cicatriz fosforescente que nunca termina de sanarse.
Belleza es el intenso resplandor de magnolias que se abren o una niña entusiasmada por el arcoíris.
Acribillado
Acribillado por una gris codicia. En las contradanzas del idilio. Entre crímenes y rosas. Con la certeza más feroz ante todos los abismos.
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Añoro el principio; los juegos sin reloj, las manos de mi abuela, el asombro indecible mirando a una tortuga.
Es duro conocer el rencor. La lucha salvaje por la supervivencia. El verano desmedido quemando las cosechas. Que a veces no hay nada debajo de las máscaras.
Alternancia agridulce de música y aullidos.
Escombros encendidos
He asimilado la vastedad. Cuando mi mirada liberó todas sus cargas como escombros encendidos. Cuando mi pecho aceptó su sombra antigua de cuervo que agoniza. Cuando mi lengua saboreó una mujer con nuestras almas fusionadas.
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He forjado la llave milagrosa para mutar con elegancia al Otro Lado y no volver a este denso territorio repleto de trampas repleto de prisiones.
He tiritado en la cumbre del temor. He quemado las máscaras mundanas perdido en el ocaso brutal de la última felicidad transparente.
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Alejandra Daniela Dentesano Hay días en que el alma se vuelve grieta y todo lo sembrado parece no haber florecido. Días en los que el espejo no devuelve a mi madre, sino la versión fantasma de lo que ella soñó ser.
Hay secretos sin nombre que pesan como piedras en el río. Herencias que no se eligen: vino antes de mí su sentencia oscura, y aun así caminé hacia ella.
Fui muchas cosas: hija, hermana, mujer; y en cada papel algo se me caía de las manos. Pero hay raíces que sostienen cuando el mundo se deshilacha.
No sé si fui suficiente. No sé si estuve como soñaba. 28
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Pero cada día recuerdo
No me esperes
y cada noche nombro.
No me esperes.
La distancia no fue elección:
He roto el pacto con la espera.
fue salvavidas.
Ya no soy la que tejía ausencias con hilos de promesas rotas.
Y aunque no abracé, sostuve.
Me cansé de mendigar milagros en altares vacíos.
Hoy trabajo con las manos llenas de cicatrices
De besar la boca del abismo
para que algo florezca.
creyendo que era cielo.
Para que algo se mantenga en pie. Hoy me nombro sin eco. Sin dios. No pido perdón.
Sin testigos.
Pido que lo sepas: Que sigo.
Me arranco la piel que pedía permiso
Que estoy.
y me visto de filo.
Que amo.
De certeza. De mí.
Renacer
Es volver del silencio con la boca llena de ceniza. Es aprender a nombrar la luz después de haber amado la sombra. Es escribir con la sangre que ya no duele, con el temblor que ya no pide perdón. Renacer no es volver, es inventarse otra vez con los restos del naufragio.
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que empujan la puerta del día No me esperes.
aunque tiemble la mano.
No hay regreso
Porque hay noches que deben terminar
cuando una aprende a arder
para que la luz tenga por fin
sin pedir perdón.
dónde nacer.
De esas noches que deben terminar
Me queda poco
De esas noches que deben terminar,
Me queda poco.
cuando el insomnio ya no canta
Un puñado de palabras rotas,
y el cuerpo se rinde sin guerra.
gastadas de tanto decir
Cuando el alma, exhausta,
lo que nadie escucha.
pide tregua a la memoria y el silencio no alcanza.
Un corazón exhausto, que amó hasta deshacerse
De esas noches que huelen a final,
en la forma de otro cuerpo.
a página que no se escribe, a promesa que no se cumple.
El alma —
Donde la luna observa sin juicio
con ganas de huir,
y el reloj repite su condena
de quedarse,
como un tambor sin destino.
de no volver.
De esas noches que duelen sin herida,
Y esta urgencia
que pesan sin nombre,
como un grito mudo:
que arden sin fuego.
la necesidad de estar en paz
Noches que fueron refugio y ahora son frontera.
aunque la paz no me quiera.
Pero también,
Gané.
de esas noches que anuncian el alba,
Perdí. Dejé ir.
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Y en ese irse,
aunque doliera.
me quedé.
El corazón es un animal que extraña incluso la jaula.
Como quien se despide
Pero aquí, en este espacio sin ruido,
sin cerrar la puerta.
comencé a escuchar algo. Primero fue un murmullo. Luego un latido.
Mi nuevo paisaje
Me quedé sola.
Era yo.
No fue un acto heroico.
La verdadera.
Fue cansancio.
La que callé para no incomodar.
Fue lucidez. Fue un “basta” que salió sin pedir permiso.
Ahora la dejo hablar. A veces grita.
Hay una muerte lenta que nadie ve:
A veces tiembla.
la de transformarte en lo que el otro necesita.
A veces se contradice.
Yo ya estaba aprendiendo a desaparecer.
No importa.
Sonreía.
Es real.
Hablaba. Respiraba.
No elegí la soledad por falta de amor.
Pero no estaba.
La elegí para no seguir mendigándolo. Camino sola.
Así que me fui hacia mí.
Pero cada paso me devuelve el cuerpo.
Sin mapa.
Cada silencio me limpia.
Sin instrucciones.
Cada día me reconozco un poco más.
Con miedo. Tal vez un día deje esta soledad. La soledad no es romántica.
Pero no volveré a dejarme a mí.
A veces me despierto y todo pesa.
Esta vez, al fin,
A veces quisiera volver a lo conocido
soy mi casa.
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María Rosa Rzepka Como un cactus, penitente en la quebrada. Testigo irremediable, vigilante. Envuelto en soledades polvorientas, ve desgranarse lentos los días con sus noches.
De igual modo, los mortales que caminan en medio de la turba viven solos. No escuchan su interior, el tiempo apremia. Han de cumplir al punto sus labores. Atándose las alas y los modos.
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Hoy habrán de resolverse cabalmente el número de obligaciones cotidianas. Mañana… Mañana será el tiempo de los juegos. Compartir emociones. Ser atento.
Falacia prometida cada día que muere una vez más cuando el teléfono inclina la balanza sin remedio. Ha de marcar el fiel la diferencia mostrando sin pudor que, en el disenso, son mucho más livianos los afectos, que todo lo que puede conseguirse pagando con dinero.
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Isabel María Hernández Rodríguez . Dulce soñadora de amor, historia de platonismo en mi memoria, sabor agridulce de tristeza llueve en mi corazón, en la negra noche de la procelosa tormenta. . Silencio atronador de mi quietud, recuerdos de mi juventud, mares de lágrimas resbalan por mi cara, deseosa de abrazar a mi amado.
Los huecos vacíos de tus manos, no me pueden acariciar y el lamento me consume, entre la niebla clara que no me deja ver tu cara amada.
Lloran las notas de la vihuela en la madrugada callada, y mi alma te espera anhelante, como si oyera el dulce sonido de tu voz susurrando la canción, que me trae la brisa enamorada.
¡Oh, amor platónico! Solo gratitud lleva mi corazón para ti, no diré que es por esta emoción infinita que me haces sentir, y por hacer que vuelva a vivir la pasión del amor sublime, de mi acabada existencia. 34
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Nelson Roque Pereira
Si velas por los despintes del mundo, toma riesgo y confianza en lo callado del grito. Desde la distancia una rara luz como remedio a las creaturas invade sus cosechas, y con el rumor despinta el sano juicio de los pétalos del alba. Se despinta la imagen de Aleixandre anciano, mientras vaga de un andén a otro repleto de soledades, que acaso escucha al extraño preguntar por los rieles que se aduermen lejos del fervor de la plaza.
Se despinta tanta gente bajo el grifo de las democracias, pobres sin el arrebato que la claridad erige en tartamudos del color. No solo se despintan las letras del amigo contra la voluntad balsámica de las arrugas que lo fatigan, lo despinta el desvelo al expiar tanta fiebre contra la toalla con esas ansias hondas del buen costurero nacido para colorear el empuje, 36
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como se decoloran los viajes de regreso envueltos en la cortina violenta del orine y el caos que generan los planos de la nueva ciudad. Cuánta tardanza al enhebrar el recuerdo, pierde su barniz el fondo del asiento bien por enfado con quien apunta, o se siente ingrávido ante las banderas y los estandartes, y se le decolora la piel como el trapo de cocina cuando tanta refriega simula la aspereza de las mieses. Habrá que reinventar la foto carné sin las sienes plateadas, mover arenas para que no suba el barro a la cascada del cuerpo, esperar o decolorarse bien en el gesto brusco de permitir locuras antes de morir de pronto sin solicitar descanso.
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Laly González Mi mar, no es un mar cualquiera mi mar, no tiene fronteras, ilumina con luz de faro, pero el farero eres tú, recuerda seguir remando.
Mi mar, no es un mar cualquiera mi mar, no tiene fronteras, desembocan ríos, tiende puentes, no naufraga quien no quiera.
Mi mar, no tiene fronteras, no es un mar cualquiera, si quieres cambiar el rumbo el timón marca la vuelta.
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Mi mar, no es un mar cualquiera,
ni lucha entre navíos,
si no supieras pescar
quiere paz... No aguas revueltas.
tampoco es que se requiera, no precisa tarjeta de embarque
Mi mar, no es un mar cualquiera
socorre a aquel que no sueña.
mi mar, no tiene fronteras,
Mi mar, no es un mar cualquiera
no lo surquen si se marean,
mi mar, no tiene fronteras,
no se embarquen por vivir experiencias.
en cartas de navegación escribe vidas pasajeras.
Acuérdate que es mejor seguir siendo “marinero en tierra”.
Mi mar, transforma futuros, nunca me vedes la pesca por esta marea humana que pide, que busca, que siente.
Mi mar, no tiene fronteras mi mar, no es un mar cualquiera no quiere ver hijos cruzando en pateras,
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