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Nudo Gordiano #42

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Mayo-Junio No.42

DIRECTORIO Consejo Editorial Enrique Ocampo Osorno Ana Lorena Martínez Peña Dirección General Enrique Ocampo Osorno dirección@revistanudogordiano.com Dirección de Diseño y Marketing Mary Carmen Menchaca Maciel Editora en Jefe Ana Lorena Martínez Peña

Toluca, Estado de México, México. Nudo Gordiano, 2025. Todos los derechos reservados. Revista literaria de difusión bimestral contacto@revistanudogordiano.com

Gerencia de Operaciones Mario Alberto Osorno Millán

Todas las imágenes y textos publicados en este número son propiedad de sus respectivos autores. Queda por tanto, prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos de esta publicación en cualquier medio sin el conocimiento expreso de los autores. Los comentarios u opiniones expresados en este número son responsabilidad de sus respectivos autores y no necesariamente presentan la postura oficial de Nudo Gordiano.


Cuentos - la Espada El Ciclo 6 Ronnie Camacho

Noche Iluminada 8 Samantha Rojas

Soñar con un Recuerdo Fabricio Gallegos

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El Reloj del Abismo Eterno 16 Alejandra Leal Amaya

Un Lugar Apacible 20 José Mario Hernández González

Poemas - la Lanza Martín Pescador 24 Jorge Acevedo

Plegarias de Hospital 26 Damián Andreñuk

Eres mi Sentir 30 Isabel María Hernández Rodríguez

Todas Mis Vidas 32 Morfina Montejo

Preámbulo de una Salutación 34 Dario González Rodríguez

Cuarteto de Poemas 38 Dante Octavio Lecca Lozano

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Solo hubo tres días felices en mi vida: el primero fue cuando fundé mi empresa, el segundo cuando me casé y el tercero cuando nació mi hijo Christian. Jamás pensé que terminaría maldiciendo este último. Su nacimiento llegó en un momento crucial de mi existencia, aun cuando a mi compañía le iba bien, un fuerte golpe había sacudido mi mundo, Daniel, mi socio y mejor amigo, había desaparecido y a pesar de las investigaciones, nadie pudo dar con su paradero.

o Ro nnie Camach

Yo me sentía devastado, desde niños fuimos como uña y mugre, pero también muy diferentes, siendo yo un tipo serio, devoto de la lógica y las matemáticas, y él alguien carismático, amante de temas sobrenaturales como la reencarnación; aunque distintos, juntos logramos levantar una exitosa compañía de seguros, siendo Daniel el encargado de conseguir a los clientes y yo el responsable de llevar sus cuentas, éramos un equipo increíble, más no ajenos a las confrontaciones, llegando a discutir en múltiples ocasiones por nuestra forma tan dispar de manejar el negocio, pero al final siempre terminábamos arreglándonos cuando él aceptaba que yo tenía razón. Después de su partida, por mucho tiempo estuve triste, pero todo cambió cuando sostuve al pequeño Christian por primera vez entre mis brazos, apenas sentí el tacto de su cabecita, la tristeza desapareció y me juré que, de ahí en adelante me convertiría en el hombre más justo y recto que pudiera ser. Con el tiempo los años pasaron y todo parecía perfecto, a mi compañía le iba bien, mi esposa era más que feliz y mi niño y yo, nos habíamos convertido en los mejores amigos, estar a su lado era como estar con Daniel, igual que a él le encantaba ver el beisbol, tenía las mismas teorías locas sobre las otras vidas y también poseía un pequeño lunar en forma de nube, solo que en lugar llevarlo bajo el ojo izquierdo, el suyo estaba posicionado sobre su frente. Lamentablemente, todo cambió cuando llegó a los quince años, de pronto mi querido hijo adquirió un carácter más que hostil conmigo, apenas si me hablaba y las pocas veces que llegaba a hacerlo, era solo para recriminarme cosas relacionadas con la empresa. Pasaron muchos meses de disgustos y reproches hasta que un día, finalmente me dijo que quería enmendar las cosas conmigo, pidiéndome que hiciéramos un viaje de caza a la cabaña que yo tenía a las afueras de la ciudad, su petición me tomó por sorpresa, ya que aquel sitio era el lugar a donde Daniel y yo íbamos a limar asperezas cada vez que discutíamos, jamás le había contado de ella, ni siquiera mi esposa la conocía, aunque supuse que debió ver alguna foto de ella en mis viejos álbumes. Yo no había pisado aquel sitio en años, tenía mis motivos para no hacerlo, pero al ver a mi hijo tan entusiasmado me fue imposible decirle que no y tras acceder, empacamos todo lo necesario y emprendimos el viaje, durante el trayecto las cosas volvieron a ser como antes, mi niño y yo charlamos sobre beisbol, escuchamos un poco de buena música e incluso le di unos cuantos consejos sobre chicas. Cuando llegamos a la cabaña quise prepararla para nuestra estancia, pero cuando me disponía a arreglar un poco, Christian insistió en que aprovecháramos la poca luz de día que aún quedaba para ir a cazar, le dije que eso podía ser peligroso, pero él no dejó de rogarme y con el fin de no iniciar otra pelea, terminé aceptando y después de agarrar cada uno un rifle, nos adentramos en el tupido bosque. 6


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El estar de nuevo entre los arbustos y pinos hizo que mis memorias se sacudieran y emocionado, traté de contarle varias historias a mi hijo, pero sin importar cuánto le contase, él solo asentía sin importancia mientras parecía estar buscando algo, sin embargo, aquello era imposible, pues era su primera vez en aquel bosque, no había nada que estuviera tratando de encontrar, aun así, él se movía con tanta naturalidad que, sin darme cuenta, lo perdí de vista. “¡Papá!”, gritó a la distancia y aún sin ver nada delante de mí, salí corriendo para seguir su voz y después de atravesar unos espinosos arbustos, tropecé de lleno en una zanja, rompiéndome el tobillo en el acto, fue ahí cuando mi hijo apareció con su rifle entre las manos y una extraña mirada que nunca había visto en sus ojos. Le pedí que me ayudara a levantarme, pero en lugar de tenderme una mano, me preguntó si recordaba aquel sitio y ante mi negativa, me apuntó con el arma y ordenó que comenzara a escarbar, obedecí sin dudarlo y comencé a remover la tierra con mis propias manos, rasqué el suelo por tantas horas que mis uñas se cayeron y mis dedos comenzaron a sangrar, pero al final pude dar con aquello que Christian me hizo buscar, el cráneo de quien en su día fue mi mejor amigo, entonces lo recordé; sí conocía aquel sitio, fue el último lugar donde vi a Daniel con vida. ―— ¡Entrégamelo! ―ordenó con un tono de voz distinto. —― ¿Cómo supiste lo que hice? ―—Hay cosas que no se olvidan y heridas que no sanan ni siquiera en la otra vida ―—respondió mientras señalaba el lunar en su frente para luego hacer lo mismo con el agujero de bala en la de la calavera. —― ¿Daniel?— ―Apenas si podía creerlo. ―— ¿Por qué lo hiciste? ¡Pensé que éramos amigos! ― — ­―Lo fuimos, pero tienes que entender, era muy difícil avanzar contigo, cada vez eras más terco y si no dejábamos de discutir, nuestra empresa jamás habría crecido tanto, tenías que irte―— ―su semblante se oscureció ante mi confesión―.― — ¿Qué vas a hacer conmigo? ―—Bueno, haz manejado la empresa por muchos años solo, ahora me toca a hacerlo mí ―—―le quitó el seguro al rifle y sin mediar otra palabra, me disparó. Después de eso, pasé lo que parecieron ser décadas vagando en la oscuridad, hasta que de pronto divisé una luz en la distancia y de la nada una fuerza invisible me haló hasta ella, mientras me adentraba en aquel túnel luminoso y comencé a escuchar diversas cosas, primero los gritos de dolor de una mujer, después las palabras de aliento de un hombre que no dejaba de darme ánimos y, por último, el estridente llanto de un bebé, entonces volví a sentir el aire invadiendo mis pulmones y el inconfundible calor del contacto humano. Sin esperarlo, había vuelto a nacer y lo primero que vi al abrir mis nuevos ojos fue el rostro de mi padre, quien se inclinaba para darme un beso y a la par que lo hacía, pude notar el lunar en forma de nube en su frente. Ya han pasado cinco años desde que volví a la vida y aunque odio a Daniel por lo que me hizo, debo esperar hasta ser lo suficientemente fuerte para repetir el ciclo.

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Samantha Rojas

Dicen que tapes tus oídos y los ignores cuando los escuches en las noches. Si los ves, debes persignarte, rezar a San Ánima Iluminada y volver a casa. Pero si dicen tu nombre, ten por seguro que te perseguirán hasta en los sueños. Un miércoles, después de las primeras lluvias, Justino volvía del trabajo, dio vuelta por su cuadra, sintió el viento fresco en los brazos, y en el cielo distinguió algunas estrellas. A lo lejos, le pareció ver la sombra de alguien detrás de los carros estacionados. Volteó a saludar, pero la persona estaba de espaldas. A sus oídos solo llegaban voces como si fueran ecos, y tuvo una repentina sensación de pesadez en las piernas. Caminó. Apreció el silencio, uno que en días anteriores no había percibido. Al llegar a su casa cerró la puerta de la entrada, vio que su esposa platicaba con la comadre en la sala. Él prendió la televisión y le puso en el canal de noticias mientras se quitaba los zapatos y los aventaba al piso. —¡Te juro por mi hijo Javier que yo la vi! —comentó la vecina. —¿En dónde dices? —Detrás de los carros, antes de llegar a la esquina. —Está buscando a alguien, por eso no se va. —¿Tú crees? —¿De qué están hablando? —interrumpió Justino. —Viejo, ¿te acuerdas de doña Socorro? Dice mi comadre que la vieron hoy en la cuadra. —¿En la cuadra? Pero si ella murió hace tres años. —Y ha vuelto para llevarse a alguien así que, si la ve, compadre, mejor se regresa a su casa. En la tarde, cuando salió rumbo al trabajo, Justino notó que las calles se encontraban vacías. El aire estaba helado, así que regresó por un suéter. La cabeza le dolió y sus pies pesaban más a cada paso. Durante su recorrido pudo ver en varias puertas imágenes de San Ánima Iluminada, un santo que se caracterizaba por tener el rostro cubierto de cabello oscuro que le cubre los ojos, vestido con un traje blanco cubierto de lágrimas alrededor. En tiendas o puestos ambulantes tenían veladoras encendidas, quien salía de alguna casa, rezaba mientras se despedía de sus seres queridos. 8


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En la parada, los vecinos de otras cuadras platicaban sobre faltar al trabajo o pedir vacaciones, y cuando subieron al camión, de uno a uno se persignaron. Ya en la noche, de regreso a su casa, Justino volvió a sentir frío. Las calles estaban oscuras y, a diferencia del día anterior, algunas tiendas cerraron. Caminó un poco apresurado, pero escuchó un grito que lo hizo brincar. Dos de sus vecinos corrían. Al verlos, él también corrió sin saber lo que pasaba. —¡Don Justino, métase a la casa! Allá anda la señora Socorro. Prenda la tele, haga lo que quiera, pero no se le ocurra salirse. En cuanto llegó, trató de respirar, pues sentía que su corazón iba a salirse. Se encerró y cubrió las ventanas con lo primero que encontró. Ese día soñó que iba por la calle oscura. Corría sin parar, corría hasta que le dolieron los talones y, de repente, estaba en la esquina de la calle. Una voz lo llamó por su nombre. Volteó a todos lados, pero no había nadie. Antes de llegar a su casa, sintió el peso de una mano en el hombro. Gritó y despertó bañado en sudor. Le dolía el pecho como si lo hubiera pisado un elefante, apenas podía respirar. Se sentó y miró la hora. Eran las tres de la madrugada, su mujer seguía dormida. Intentó controlar su respiración. Cuando se calmó, con ayuda de la luz de una veladora caminó a la sala. Encendió la televisión, vio algunos comerciales. Con el paso de las horas, dormitó. Al amanecer, su esposa le preparó una taza de café sin azúcar. —Viejo, ¿vas a ir a trabajar? —Justino bostezó. —¡Ay, no lo sé! Anoche ni pude dormir, me dolía el pecho y ahorita me duelen las rodillas. —Mejor quédate en la casa, ya mañana que te sientas bien, vas —él asintió. Durante la tarde la calle permaneció en completo silencio. La tienda de enfrente estaba cerrada. Con letras grandes se leía sobre una cartulina: EN CASO DE NECESITAR ALGO TOQUE TRES VECES En la noche se escuchó una lluvia fresca alrededor de la casa. Justino sintió un repentino dolor de cabeza y, junto a su esposa, se puso a orar: “San Ánima Iluminada, cuídanos de día, cuídanos de noche, protégenos de la lluvia, protégenos de la muerte”. Había una veladora en su habitación, la luz de la pequeña llama por momentos parpadeaba. La contempló un tiempo y luego se durmió. En su sueño una voz espeluznante lo llamó por su nombre. Despertó de súbito. Su habitación estaba oscura, la veladora se había apagado. De la mesita que tenía al lado tomó unos cerillos y la prendió. Otra vez se fue a la sala, encendió la televisión, pero el aparato no emitió ninguna señal. «No, no puede irse la luz». El sonido de un trueno hizo que emitiera un leve grito. Regresó a su habitación y esperó hasta el amanecer. Cuando su esposa se levantó, le suplicó que se quedara en la casa a descansar. —Si no voy a trabajar, luego nos quedaremos sin comer —insistió Justino. —Y si les dices que de vuelta no puedes ir, que te sientes mal —lloró su esposa. —Ya, no te preocupes, voy a regresar en la noche —él la abrazó y le dio un beso en la mejilla. Tomó su chamarra y salió. El cielo se nubló, la brisa cubrió sus brazos, y a los pocos segundos llovía. En las tiendas leyó letreros de CERRADO HASTA NUEVO AVISO. Los perros le aullaban a un bulto que se desplazaba debajo de los carros. Corrió a la avenida sin mirar atrás. De vuelta, oyó murmullos en

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sus oídos como si varias personas hablaran a la vez y no pudiera distinguir alguna voz. —¡Justino! —le gritaron, pero solo pudo ver la lluvia y las casas cerradas. Siguió en su camino hasta que llegó a la avenida donde esperó el camión que lo llevaría a su trabajo. Cuando subió, las ventanas estaban empapadas, las personas que iban sentadas se persignaron y bajaron la mirada. El chofer mencionó que su última vuelta la daría a las seis de la tarde. Pagó su boleto y se sentó en los asientos de atrás. En el reflejo de las ventanas le pareció mirar a una mujer con la piel amarilla y ropas rasgadas; ella lo señalaba. Cerró los ojos, se los talló como si tuviera lagañas y solo observó la manera en que la lluvia cambiaba a lo largo del trayecto. En el trabajo, cuando su mente se despejó, escuchó su nombre como un eco del viento. Se tapó los oídos y continuó con su rutina en toda la jornada. Por la noche, ningún camión pasó. Llegó a su casa dos horas después de lo habitual gracias a que algunos vecinos de él consiguieron un taxi, más sólo lo dejaron en la avenida. Habían iluminado la calle con veladoras, una fuera de cada casa, ubicadas en lugares donde no pudieran apagarse, como dentro de macetas o al lado de las ventanas. Una sensación de calma le llegó desde los pies hasta la cabeza y, por un momento, quiso creer que aquellas luces lo cuidaban. Suspiró. Su mujer lo esperaba en la entrada. —¿Estás bien? —ella se sonaba la nariz. —Sí, solo tengo algo de frío. Y qué, ¿ya saben a quién busca? —Todavía no. Pero uno de los hijos de doña Socorro vino a decirme que dejara una veladora en la calle. —Ah, ¿por eso en todas las casas había una veladora? —Sí, dijo que es para que la persona a la que busca ya no sufra y también, ella pueda encontrar su camino de regreso y su alma por fin descanse en paz. —Entonces lo único que podemos hacer nosotros es persignarnos y encomendarnos a San Ánima Iluminada. Esa noche soñó que la calle estaba oscura. Cada una de las veladoras fue apagada por la lluvia. Sobre los carros escuchó su nombre. Justino corría sin hallar un final como si al pasar la avenida, él encontraría la tranquilidad que tanto buscaba. Cuando dio vuelta, sus manos y pies se paralizaron, él cayó al vacío. A las nueve de la mañana despertó, el corazón le latía con tanta fuerza que podía sentirlo. «Sólo fue un sueño», se decía una y otra vez. Se vistió y peinó el cabello canoso. De nuevo su esposa le insistió en que pidiera permiso para faltar. —Luego de dónde vamos a comer —repitió Justino. «Si tan sólo supiera que no quiero quedarme en la casa», pensó mientras intentaba controlar sus nervios. Salió rumbo a su trabajo. Miró su casa y la fachada de las demás, recordó la primera vez que pisó esa colonia. ¿Cuánto tiempo había vivido allí? Un lugar que poco a poco se fue poblando. Por un momento, las rodillas le dolieron y algunas lágrimas salieron.

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Las veladoras seguían prendidas y, con cada paso, sentía que se llevaba un poco de lo que, hasta ese momento, aquel lugar le permitió vivir. Él regresó a su hogar, le dijo a su esposa que había olvidado las llaves y le dio un fuerte abrazo. Años atrás, en la colonia habían visto a don Ramón quien murió electrocutado. La primera muerte de la que se supo algo fue la de una niña, cuando revivió solía esconderse entre las casas hasta que se llevó a una mujer conocida como doña Lulú, después ella fue vista cerca de un arroyo, y el siguiente en morir fue don Raymundo. Así, la lista continuó hasta que doña Socorro falleció en un día lluvioso, ella tocó varias veces la puerta de la casa de Justino, algunos dijeron que escucharon sus gritos, otros prefirieron no saber nada y solo asistieron al velorio. Se decía que, en su regreso, las almas volvían al lugar donde habían fallecido, pero era San Ánima Iluminada quien se encargaba de proteger a la colonia de aquellas muertes.

Después del trabajo, Justino caminó a su casa. La noche fue iluminada por la luna y las veladoras de los vecinos. Un olor a orines, a carne podrida y suciedad, inundó el aire. Al llegar cerca de la esquina de la calle vio un bulto, éste se removió en el suelo. Pensó que podía ser algún animal muerto hasta que levantó la cabeza y lo señaló. Pausó por un momento su camino, se llevó una mano a la nariz y estuvo a punto de vomitar. Las piernas le temblaron. Abrió los ojos. Cada uno de sus cabellos se erizó. No había duda, era la señora Socorro. Se levantó y caminó hacia él. Una punzada le llegó a la cabeza.

Él asistió al funeral, pues se encargó de llevar un bote de café para la velación, mientras que su esposa fue la que rezó el rosario. Llevaba la ropa con la cual la habían enterrado: una falda negra y una blusa azul que lucían rasgadas; tenía algunos mechones de pelos y pedazos de piel carcomidos. Justino corrió, pensó hacia dónde podía ir, golpeó la puerta de algunos vecinos y luego se le ocurrió rodear por las otras calles. Ella lo siguió. A lo lejos le pareció escuchar unos ecos apenas perceptibles y después una voz que lo llamó por su nombre. Continuó sin mirar atrás, las veladoras de una en una se fueron apagando. La perdió de vista. «Lo bueno es que ya se fue», se repetía, pero sintió que lo vigilaban. Hizo una pausa y volteó, no encontró a nadie. Se limpió el sudor que le salía de la frente. En la avenida solo miró el semáforo y vio que ningún carro pasaba. Cruzó. Giró la vista a su izquierda. Una voz apareció en sus oídos. —¡Justino! —le gritó. Al llegar a la parada, volteó atrás. Mientras era señalado con aquellas manos huesudas, sus piernas se entorpecieron. Hubo polvo, gritos, y se escuchó el chirriar de los autos. Cuando cayó, sobre su cuerpo sintió el peso de mil elefantes.

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Fabricio Gallegos Sorbían el café y después masticaban el pan con mortadela. La casa era alquilada y vivían allí desde hace tres meses. Nunca se tomaron el tiempo de desempolvarla ni de desempacar la ropa guardada en la mochila y en los dos sacos de arroz. Pero padre e hija eran felices así, con acompañarse todos los días, y aún más cuando en la mesa había el lujo de desayunar un paquete de mortadelas solo para ellos dos. Únicamente los sábados por la noche no se hacían compañía. Ella sabía que era el único horario de trabajo de su padre, aunque nunca le quiso contar más. Por ello, siempre rezaba con más fuerza los sábados: pedía que su papito llegase con vida por la mañana. Cada vez que podía, leía en los periódicos del quiosco de la esquina, lo mortal y violenta que eran las madrugadas en esta ciudad. La mañana de aquel sábado estaba amarilla, con un sol que se asomó desde temprano. Ambos reían. Ella por las historias graciosas que se inventaba el padre, y él porque la risa de su hija le conmovía el corazón. Al final del desayuno, cuando sobre la mesa no quedaba alguna tajada de mortadela ni esencia de café en la jarrita, un silencio se asentaba. De repente, el padre dijo: “si algo me pasa, cuida de ti y del gato”. La niña sintió aquellas palabras como una despedida. El celular del padre sonó. Él se puso de pie de inmediato, lo sacó de su bolsillo tapando con los dedos el nombre de la persona que lo llamaba y se fue a hablar lejos de la cocina. Desde las fosas nasales de la hija se resbalaba un líquido espeso: la tristeza se había vuelto incontrolable. Intentaba amortiguarla con recuerdos agradables de días no muy lejanos. El primero fue la tarde en que llevaron al gato por primera vez al parque. El siguiente fue cuando el padre dejó que el gato durmiera por primera vez con ellos, y mientras el cachorro ronroneaba en su pecho, sintió que su familia estaba completa. Pero no funcionó. Todos los días bonitos que guardaba en su memoria incrementaban su dolor. Después aparecieron las dudas. ¿Qué significado tenían esas palabras? ¿Acaso le escondía algo? Cuando empezaba a sentir que su pecho le dolía, pues en su pequeño corazón se estaban formando grietas, el gato se acercó a exigir su comida. Era blanco con manchas naranjas, sus bigotes eran largos y el hocico siempre lo tenía sucio. La niña había guardado en su bolsillo dos mortadelas. 12


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Las sacó y el gato desesperadamente trepó por las piernas, dejando una gran cantidad de rasguños. Después de comerlas, se acicaló las patas en su regazo. Miró sus ojos aún azules que se acumulaban de lagaña a cada rato. Recordó la noche en que lo conoció indefenso, bajo el aguacero. Su padre estaba en el trabajo y ella no podía dormir. La lluvia estaba entrando a su cuarto, y buscaba ollas y tinas que pudieran almacenar el agua que caía de las goteras y la que acumulaba con la escoba y el recogedor. Pero no tenían suficientes. Pensó en rendirse, en echarse a dormir sin importar que amaneciera empapada. Entonces, escuchó sus maullidos. Los confundió con el llanto de un bebé y se acercó rápido a la ventana. No había ningún bebé afuera, sino una escuálida criatura de pelos manchados de barro. Fue por la chompa que guardaba en uno de los sacos de arroz. Salió con ella para abrigarlo. Adentro de la casa, notó que temblaba y estuvo atenta a cómo sus maullidos se iban apagando hasta cerrar los ojos. Se sintió bastante triste, pues supuso que había muerto. Aún no amanecía. Había dejado de llover, pero el olor a ladrillos mojados la hacía creer en sueños que el aguacero aún no se había terminado. Soñaba que alguna criatura la atacaba en plena tormenta, le dejaba heridas en las mejillas y en los brazos. No podía discernir su forma ni los colores que tenía. Recién despertó de la pesadilla cuando la criatura atacó su labio. Estaba asustada porque tenía las mismas heridas que en los sueños, más su emoción cambió cuando al borde de la cama vio al gato, acicalando su pelaje mojado.

Lo había dejado en el corral, cerca de la bolsa de basura después de haber rezado de rodillas por su muerte. Se sentía emocionada, pues estaba segura de que había encontrado a un amigo, un nuevo compañero de vida. Lo escondió de su padre porque no sabía si él tomaría bien. Regresó a las siete en punto con una bolsa de pan y tres llenas de frutas. “¡Me han rematado la fruta!”, exclamaba el padre una y otra vez. Siempre llegaba con cosas nuevas, por lo general era comida, pero a la hija tampoco le sorprendía cuando llegaba con artefactos eléctricos; como cuando apareció con una licuadora usada cargada en los brazos o un televisor defectuoso aún en su caja; nunca contaba de dónde conseguía los artefactos, solo decía a gritos que se lo habían rematado.

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En realidad, no le interesaban las cosas que su padre traía después del trabajo, porque cuando llegaba nada era más importante que las cosquillas que le hacía mientas la abrazaba. También llenaba de besos sus mejillas y su frente. Ese domingo también estaban jugando. Él la elevaba hasta el techo y ella extendía sus brazos como si fuera un avión. De pronto, el gato maulló justo cuando ella dejó de toser de tantas carcajadas. El padre fue a averiguar. La hija estaba nerviosa. No recordaba si alguna vez su papá le habló de haberse encariñado con una mascota. Todo lo que conocía de su niñez era un invento, y ella lo sabía, pues había aprendido a diferenciar las veces en que le contaba historias reales y ficticias. Grande fue su alivio cuando regresó con el gato cargado en sus brazos como si fuera un bebé. “Mira, princesa, ya tenemos quien nos ayude con las ratas”. Él también fue encariñándose con el gato, en especial porque veía a su hija cuidarlo de la misma manera que él intentaba cuidarla. El padre ya había terminado de hablar por teléfono. Se acercó a la mesa y encontró al gato dormido en el regazo de su hija y a los ojos más tristes que alguna vez vio. Le dolía verlos. Estaban húmedos, hinchados y marcados por finas venas rojas. No era necesario preguntarle nada a la pequeña, su semblante hablaba por sí mismo y decía que mentalmente estaba desordenada. La hija quería explicaciones. Pero se contuvo porque sabía que bastaba pronunciar una palabra para empezar a llorar, y no quería que su papá fuese triste al trabajo. Así que se resignó y evitó su mirada. No hablaron todo el día. Ella porque buscaba en su memoria alguna señal parecida, y resultó que esta era la primera vez que su padre decía algo así y que nunca había usado ese tono de voz. Él porque no paraba de contestar llamadas yendo de un lugar a otro como si estuviera escondiéndose de su hija. Casi a las seis de la tarde se acercó a despedirse. Apoyó suavemente sus labios sobre la frente de su hija y la abrazó. Tras cerrar la puerta, quiso volver a entrar. Recién sola pudo llorar tranquila, sin vergüenza a que él la viera. El gato trepó por las sábanas y se recostó encima de su pecho. Ella abrazó al gato como su padre lo hizo. La hija lloró hasta quedarse dormida. Su sueño fue otra pesadilla, pero se sintió mucho más real que cualquier otra. Un hombre subía una escalera de madera que estaba acodada en una pared que se extendía hasta doblar en la esquina. Al borde de la pared saltó y cayó de costado. No hizo mucho ruido. Frente a él, el jardín se prolongaba hasta una puerta grande. Se quedó en silencio para confirmar si había alguien en casa. Lo único que oía eran los carros que pasaban en la carretera. Logró entrar con una llave que sacó del bolsillo. Adentro la casa era espaciosa y lujosa. Había cuadros firmados y adornos de apariencia extranjera. Subió al segundo nivel y abrió un cuarto con una llave distinta. En los cajones del armario buscó una joya. Cuando la encontró se quedó absorto de lo mucho que refulgía. Bajó las escaleras de caracol con una sonrisa, pero se esfumó cuando al salir escuchó que muchas sirenas de policía se acercaban. La niña se despertó llorando. Abrazó fuerte al gato, y una vez que lo soltó, el cachorro se desperezó. El sueño empezaba a olvidarse. Mientras se lavaba la cara para sentirse más relajada, acompañada del gato que la siguió hasta el baño, el último vestigio del sueño se proyectó en su mente. Un hombre que apenas reconocía estaba tirado en el suelo, en su espalda nacía el charco rojo. Su cráneo tenía una enorme perforación. Aunque oculto por el suelo, su rostro comunicaba tristeza.

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Alejandra Leal Amaya En un reino donde el tiempo se desmoronaba y la realidad se diluía, una criatura ancestral, un arconte de la penumbra, un ser nacido de la misma esencia del vacío acechaba entre las sombras y la niebla eterna. Su forma, tejida de oscuridad primordial y ecos de universos olvidados, se alzaba como un monolito de pesadilla, una aberración de la naturaleza que desafiaba las leyes del cosmos, y sus ojos, dos lunas heladas que reflejaban la desolación del abismo, la soledad de la eternidad, buscaban con desesperación a su amada perdida: Hanna.

Hanna, una niña atrapada en la inocencia, la pureza de un lirio en un pantano de corrupción, lo encontró en sus sueños más profundos, en los laberintos de su subconsciente donde la razón se desvanecía, donde los límites entre la realidad y la fantasía se difuminaban. No sintió miedo, solo una curiosidad fatal, una atracción hacia el abismo que la llamaba con susurros ancestrales, con promesas de un amor que trascendían la existencia misma. La bestia, con una voz que resonaba como el eco de mundos olvidados y el lamento de estrellas muertas, un susurro que helaba la sangre y quemaba el alma, le narró historias de universos paralelos, de tiempos que se retorcían y sangraban sobre sí mismos, de amores prohibidos y destinos entrelazados por la fatalidad, por la voluntad de dioses oscuros. Le entregó un reloj de oro antiguo, un artefacto maldito, un presagio de su perdición, un símbolo de su esclavitud eterna, prometiéndole que, mientras el reloj latiera, sus destinos estarían entrelazados en ese limbo donde el tiempo era un dios muerto, un lugar de eternidad y desesperación, donde el amor se convertía en obsesión y la pasión en locura. Cada noche, Hanna ansiaba el sueño, el encuentro con su protector oscuro, su amante espectral, su carcelero eterno. En su mundo, no había monstruos, solo un guardián silencioso, una sombra que la protegía de los horrores de la realidad, de la crueldad del mundo exterior. Pero a medida que crecía, la cordura comenzó a desmoronarse, la línea entre el sueño y la vigilia se difuminó, y los susurros de la bestia se volvieron más insistentes, más posesivos, más demandantes. Sus padres, cegados por la razón, por la estrechez de su comprensión, la convencieron de que eran solo quimeras infantiles, cuentos de horror que debían ser enterrados en el olvido, pero la semilla de la oscuridad ya había sido plantada en su alma, arraigándose como una hiedra venenosa. Los sueños se convirtieron en cicatrices en su alma, recordatorios constantes de un amor prohibido y un destino inevitable, de una deuda que debía ser pagada con su propia existencia. 16


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El reloj y la bestia se desvanecieron de su memoria consciente, pero no de su subconsciente, donde acechaban como sombras hambrientas, esperando el momento de reclamar lo que les pertenecía. Una noche, mientras la tormenta aullaba como un presagio, mientras los truenos resonaban como el lamento de dioses caídos, él regresó. Su voz, cargada de una pasión milenaria y una desesperación que helaba la sangre, resonó en su mente, en cada fibra de su ser. “No me olvides”, rogó con una súplica que quebraba el alma, con la desesperación de un dios que ha perdido su reino. Hanna sintió su corazón palpitar con un terror ancestral, un miedo que se arraigaba en lo más profundo de su ser, un miedo que la consumía desde adentro. ¿Era real? ¿O solo una alucinación, un eco de su locura latente, una manifestación de sus deseos más oscuros, de los anhelos prohibidos que yacían en su alma? Pero al despertar, el reloj yacía sobre su almohada, marcando una hora imposible, un instante suspendido en el abismo del tiempo, un recordatorio de que su destino estaba sellado, de que su alma pertenecía a la oscuridad. Desde esa noche, la realidad se fragmentó, se convirtió en un laberinto de pesadillas y alucinaciones, un laberinto sin salida. El tiempo se convirtió en un río desbordado, impredecible y peligroso, arrastrándola hacia un destino que no podía evitar, hacia un abismo de oscuridad y desesperación. A veces, despertaba con la sensación de ser observada por ojos invisibles, acechada por una presencia que se deslizaba entre las sombras, un depredador que la reclamaba como suya, un amante celoso que no toleraba rivales. Otras veces, el tic-tac del reloj resonaba en sus sueños, un latido metálico que la llamaba desde la oscuridad, un canto fúnebre que anunciaba su perdición, un recordatorio de la hora de su muerte.

Intentó aferrarse a la normalidad, buscó refugio en el amor de un hombre, pero la bestia la reclamaba en sus sueños, la atraía con promesas de un amor eterno en la oscuridad, de un amor que trascendía la vida y la muerte. Cada noche, el reloj avanzaba inexorablemente, acercándola a su destino final, a la hora en que se convertiría en uno con la sombra, en que su alma se fusionaría con la oscuridad eterna. Y entonces, en la hora más oscura, cuando su amante dormía ajeno a la pesadilla, el monstruo se materializó en su habitación, un espectro de oscuridad y deseo, una manifestación de sus miedos más profundos. “Ven conmigo”, ordenó, con una voz que no admitía réplica, una orden que resonaba en lo más profundo de su alma, que despertaba los deseos prohibidos que yacían en su interior.

Hanna tomó el reloj, su corazón latiendo al ritmo de una sentencia de muerte, un tambor que marcaba el compás de su perdición, el ritmo de su descenso hacia la locura. Sabía, en lo más profundo de su ser, que nunca había pertenecido a la luz, que su destino yacía en la oscuridad, en los brazos de aquel amor cruel y eterno, en los brazos de la criatura que la reclamaba como suya. www.revistanudogordiano.com


La sombra se abalanzó sobre ella, la envolvió en un abrazo posesivo, un acto de amor y destrucción, un ritual de sacrificio. La habitación se retorció y se convirtió en el abismo de su infancia, un lugar de pesadilla y perdición, donde la realidad se desvanecía y la oscuridad reinaba suprema, donde los sueños se convertían en pesadillas y el amor en obsesión. Hanna intentó gritar, pero el aire se había vuelto denso, opresivo, como si la oscuridad misma la estrangulara, como si la privara de su propia voz. Su piel comenzó a arder, como si manos invisibles la desgarraran, la despojaran de su humanidad, la convirtieran en un eco de la sombra, en una marioneta de la oscuridad. La sombra la envolvió, la fundió en un abrazo desesperado, un acto de posesión macabro, un ritual de amor y sacrificio, una danza de muerte y renacimiento.

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Sus huesos crujieron, su carne se desgarró en un sacrificio grotesco, un holocausto de carne y alma, un tributo a la oscuridad. Sus ojos se desorbitaron, su boca se abrió en un grito silencioso mientras su lengua se retorcía y se ennegrecía, un símbolo de su corrupción final, de su transformación en un ser de la noche. La sombra la consumía, la bebía, la hacía suya en una unión perversa e irreversible, un matrimonio entre la luz y la oscuridad, una unión sellada con sangre y lágrimas. El dolor fue una sinfonía de agonía, un réquiem para su alma, un canto fúnebre que resonaba en los abismos de su ser, un lamento que se perdía en la eternidad. Sintió cómo sus costillas se partían, cómo su carne se desgarraba, cómo su ser se desvanecía en la nada, absorbida por la oscuridad, despojada de su individualidad. La sombra la reclamaba, la absorbía, la hacía suya en un acto de amor cruel y posesivo, una danza macabra de amor y destrucción, un ritual de posesión eterna. Cuando el sol emergió, tímido y temeroso, su cama estaba vacía, un lecho de muerte donde la luz se negaba a entrar, donde la oscuridad reinaba suprema. Solo el reloj permanecía, detenido, marcando la hora exacta en que Hanna dejó de existir, la hora en que se convirtió en un eco de la sombra, en una prisionera de la oscuridad. Y en el corazón de la oscuridad, la bestia la acunaba en sus brazos, susurrándole cuentos de amor eterno, historias de un amor que trascendía la vida y la muerte, mientras su alma se fusionaba con la eternidad, atrapada para siempre en un abrazo de pesadilla, un símbolo de un amor que destruye y consume, un amor que la aprisionó para siempre. www.revistanudogordiano.com


José Mario Hernández González

Amadeo estaba a punto de morir. Cada segundo le alejaba más de las pocas voces que le llegaban al pasillo en el que se hallaba tan oscuro como noche cerrada en medio del océano; eran el clérigo y una enfermera quienes rezaban a los costados de la cama: Amargura, Caridad y Jesús al pie de ésta. Fieles católicos que se convirtieron en sus amigos apenas una semana tras su llegada al hospicio; estos balbuceaban el Padre Nuestro y otros más allá que cuchicheaban sobre la inevitabilidad del arribo de su muerte. En resumen: gente del lugar, enfermos terminales y empleados en funciones. Faltaban los familiares porque ya no le quedaban. Al morir su única hermana se había quedado solo. A él no le tocaron hijos con su ya difunta esposa, y también carecía de amigos, pues los verdaderos, bien queridos, estaban muy lejos en ultramar. Cuando el cáncer venció en la guerra contra los químicos, su cuerpo comenzó a consumirse, y su espíritu pedía a gritos el arribo de la muerte. Eso lo llevó a negociar la entrada a este lugar porque vivir dolía más que sus entrañas. Amadeo ya quería partir hacia el sitio de luz en el que siempre creyó. ¡Vamos! No creía, estaba convencido. Morir no era esfumarse en la nada, era un cese total, abrupto de la conciencia, y el consiguiente paso de la energía en átomos disueltos en el congelado vacío del cosmos. Él detestaba ese irrespeto y rechazo por lo sagrado de los comunistas, ateos y materialistas. Los murmullos se diluyeron en una suerte de pantalla clara extendida en derredor. ¡Era la luz! Amadeo agradeció estar en lo cierto. El alma continuaba consciente en su transición al nuevo plano de existencia: el cielo. No se había equivocado al mantenerse firme en su creencia. Finalmente, llegaría al apacible, cálido, infinito espacio de vida eterna en la claridad y el amor de Dios. Allí encontraría a sus seres queridos. A sus amigos entrañables. En su momento, intentaría recibir a sus amigos del hospicio que ahora rezaban por él. Una nota sostenida por algo similar a cientos de trompetas golpeó su viaje y le asustó. El espacio blanco se tornó en un cúmulo de nubes rojizas que se alejaban de él mientras descendía.Amadeo sintió un elemento blando, frío y viscoso contra el cual chocó al final de la caída.

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Con trabajo —pues sus manos y rodillas, luego sus pies, se hundían en un lecho de musgo, barro y agua—, logró erguirse. Su cuerpo estaba cubierto por aquella mezcla tan hedionda que le hizo vomitar de asco. Tras un golpe de aire gélido, intentó abrigarse con los brazos pues empezó a tiritar. Las trompetas volvieron a sonar. Por instinto, miró hacia arriba. Aunque su vista quedó nublada por el velo lacrimal que el aire frío echó sobre sus ojos, pudo ver varios cuerpos humanos salir del techo rojizo, que parecía poderse tocar con tan solo levantar las manos. ¡El lugar era un congelador! Y su cuerpo embarrado y húmedo no ayudaba en su afán de darse calor. Le golpearon por la espalda. Acto seguido, en un hombro, y, asimismo, en el otro. Fue cuando al fin logró situarse en el entorno. No lo atacaban. Eran otros como él que deambulaban en su dirección y chocaban con su cuerpo. Lo hacían los más cercanos que le rodeaban. Unas pocas gotas en este mar de cuerpos raquíticos, ateridos, cubiertos de estiércol, que se desplazaban como zombis con las caras levantadas al «cielo», los ojos como bolas de fuego, y vociferando al viento palabras que se entremezclaban en una incomprensible y ruidosa algarabía. Ni con vista de águila ni con alas de pájaro podría nadie cubrir la vastedad de esa muchedumbre. —¡Llámalos! —escuchó Amadeo en sus oídos—. Por sus nombres. No tuvo que preguntar, ni nadie debió explicarle. De un tirón, levantó la cabeza, miró a las nubes, abrió la boca…, echó a andar mientras gritaba los nombres de sus padres, sus hermanos, su esposa, sus amigos. Arrastraba los pies en el lodo al igual que los demás. Como el resto, no llevaba un rumbo determinado, sino que torcía el andar cada vez que chocaba con alguien o tropezaba con un cuerpo putrefacto o esquelético hundido en la mierda. Ya no tenía conciencia de su entorno. Ni de su eterna tarea. Ni del frío ni del ruido. Era, solamente, andar y gritar. www.revistanudogordiano.com


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Jorge Acevedo I Alas desnudas donde brillan las pulseras de plata, uniendo eslabones con caballetes. La piel suave, el dibujo dentro del cuerpo, en el torrente sanguíneo. Precisión, trazo ultra paciente como el filo del alfiler: alas donde suenan las pulseras de plata.

II Martín Pescador: pájaro liviano como una sábana. La presa en tu pico: un pez al derecho y al revés. Martín Pescador: rompecabezas alado, tus ojos se detienen, no sin antes observar el campanario y la luna.

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Damián Andreñuk Conocí la soledad entre esa gente cotidiana con ojos de escorpiones o gallinas. Una música perfecta, el aroma del cedrón, plegarias de hospital, mujeres hechizantes, mujeres revestidas de cielo, mujeres ataviadas para la lujuria, el frío inexpresable del suicidio, la nostalgia anticipada del adiós. Conocí los arrepentimientos junto al ataúd, la extraña realidad de los sueños, el diamante del perdón, brujas espurias, hombres valientes, hombres devorados por delirios opacos, hombres perdidos como monos siempre en celo. Conocí la cobardía y su graznido, la vanidad vociferante, lugares arrasados por la perversión, personas como hienas siniestramente felices. Conocí la pasión infecunda, promesas estériles, el sol invencible que nutre la raíz del entusiasmo, mercachifles sin color como semillas agrias, una bondad sospechosa, mariposas enfermas, un gesto de ternura repleto de luciérnagas, un niño que entregaba alegremente su único bocado.

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Océano vertiginoso En la hiedra cenicienta del olvido duermen hienas y murciélagos en la más aterradora zozobra un difícil precipicio feroz como rugidos al unísono d e todos los leones del planeta ojos cerrados para ampliar la realidad rey y peón cambiando de tablero la miel oscura de unos labios majestuosos como pequeños astros un retrato amarillento de un digno antepasado un dibujo desproporcionado y mágico que se ha hecho en la niñez el porvenir como un océano vertiginoso un lago donde nadie mi amigo Leandro Francisco López con su pluma extraordinaria creando desde su corazón un cielo interminable y fascinante mi amigo Leandro Adrián Corzo flotando por el campo en su caballo ajeno a lo ficticio de este mundo mi amigo Marcelo Javier Barneche transformando las tinieblas a su alrededor en nubes radiantes.


Huesos y cenizas Mi cara se derrumba (mantengo puro lo más importante). Mi cuerpo se hará huesos y cenizas, pero no la verdad de mis profundidades. Hago lo necesario para no vivir cautivo de mi edad. Para no ser un muñeco diminuto pinchado por psicópatas tras bambalinas. Hay un vidrio empañado donde escribir “belleza”. Hay un dolor inefable que limpia de frivolidad. Hay un conjuro sencillo para conectar con Otros Planos. Mi herida más roja tiene múltiples causales. Una ráfaga de frío idéntica al temor. Buscar otra luz vaciando una botella. Hay escorpiones de naturalezas inmodificables. Hay nostalgia día tras día de ese mundo más allá. Hay sangre de los antepasados en toda expresión. Hay muchos tipos de abundancia y de pobreza. La reluciente desnudez de una mujer con carcajadas de niña. Un hombre que se prostituye en su lógica de mercachifle. Hay orfandad en el sendero de la hipocresía.

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Lo otro Yo comulgo con el pan de la locura demasiado enfermo para soportar frivolidades un arte puro y estremecedor que nos transporta un sentimiento puro que nos salva del aullido los ángeles que nos enseñan y protegen la luna y el sol desplazándose sobre este inmenso plano el mar y su universo cargado de misterios alimañas que atacan a mansalva una dulce intimidad repleta de caricias la inocencia revestida luminosamente de un reino más allá ver a los ojos en medio de una cópula salvaje. Todo lo otro son pequeñeces. Las siete estrofas de la sabiduría Hay un abrazo musical que afloja las piernas. Hay una dura enfermedad que hace que brille lo sagrado. Hay hombres bellamente torpes para los simulacros cotidianos. Hombres que ponen su atención en cosas más altas. Hay hombres frívolos que el cielo rechaza. Que no logran deshacerse lo irreal y lo nocivo. Hay mujeres que son la libertad, el cielo, la magia. Mujeres como un éxtasis de lágrimas un éxtasis supremo interminable. Hay mujeres que no aspiran ni a la paz ni a que crezca su espíritu. Que solo quieren sexo y mera materialidad. Hay un tóxico sonido en cada risotada de las alimañas. Hay soberbia satánica. Hay bestias que si huelen la ternura lanzan sus zarpazos. Hay un beso en la cumbre de un encuentro inolvidable. Hay parejas que se juntan y sus almas continúan separadas. Hay seres que transmiten una luz que redime de este mundo. Hay seres infames de inconciencia impenetrable.

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Isabel María Hernández Rodríguez Sentires de pasión y ternura invaden mi pensamiento, lo grito en mis noches desesperada, para que abrigues mi vida desamparada y en mis nubes de amor flote mi sentimiento.

Pasión y ternura transitan en mis emociones, adentro te llevo callada y enamorada, brota en mi pecho la luz de tu mirada y el palpitar de nuestros ardientes corazones.

Tenerte a mi lado me eriza y enloquece y me engrandece como a una diosa, mi vuelo se mece como una mariposa, aviva el desasosiego y me estremece.

El arrebol del ocaso ilumina la estancia, y la luna comienza su estela d e plata; este amor por ti mi lamento arrebata, y absorbe en tu piel la miel de mi esencia.

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I Un sueño evoluciona, se convierte en pensamiento En secuencias se funden Constantes, obstinadas Sustancia en calma inicia el camino Incierto, frágil, ominoso El silencio rompe en llanto Surgiendo entonces la promesa: Acepto mi noche ahora porque es poseedora de la luz Incluso la nube más oscura será abrazada por el Sol. Una palabra abraza al eco En fino embrión pudoroso Cruje el suelo fértil Revestido de carne Cruje el alma Resplandece entre las sombras Faro hipnotizante Espejo indescriptiblemente hermoso. De nuevo se hizo el silencio Siguiéndole tu latido Cual ojo inocente se abre, recién parido. Respiras estrellas Vinculas penumbras Nacen palabras nuevas, Bosquejo desconocido Que ahora llamarás mundo Cimbra el espacio Te apropias del sonido En voz y color te has convertido. Sólo resta contemplar la obra La mirada se multiplica Lo que solías ser Lo que solías saber Ahora lo ignoras Un trazo nuevo: línea punteada recién proclamada Una llamada muerte Otra llamada vida Titubeas entre líneas Que a partir del primer segundo se marchitan Ya no basta contemplar la obra Hay que comenzar a actuar.

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II Un nuevo concepto llamado tiempo Te arrastra sin preguntar Sin oportunidad de atino o desacierto Destino que no puedes saltar. Te han contado miles de secretos Tus hojas hoy son papiros Finos lienzos para nuevas historias Mensajeras del cielo Portadoras de voces De quienes ya partieron.


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Morfina Montejo

IV III Las alas cayeron, pero tu corazón se levanta Sobrevuelas las barbas de marrones arboledas Tu alma vieja atraviesa nuevos horizontes Al borde de una nueva batalla Mis manos parecen llenas Pero tu tiempo se escurre en ellas. Una voz tenue lanza la nueva promesa: Tu fruto verás renacer.

Un favor te pido antes del adiós Agradezco a tu frágil cuerpo Que inerte queda Sobre los rojos pétalos llenos de lágrimas de rocío Cruje la Tierra entrecortada Cruje el sonido En breve espacio desapareces Y un par de hojas secas Aparecieron en el fértil suelo El rocío se extiende hasta mis ojos Con la certeza que hace florecer mi deseo Haciendo crecer en espiral la esperanza: Las promesas se multiplican Los milagros no cesan.

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Darío González Rodríguez

Exordio Que estés, que vayas, para que una ráfaga de viento baje a la corona de tus cientos donde levanten su calórico, su porción, cáscara y silueta ya por fin aire silben su contenido, pues esa blandura de constelaciones larga alise diamantina la pálida arruga en su solapa. Allá te halles si asentado de corduras o la fiebre, al fin en miel sabida, fuese sólo contención del más jugoso retoñar por piedra en piedra. Allá febril, allá momento, allá te encuentres aliviando al piso su vergel reseco y los labios lloverán al tacto en el jardín caricia. Allá, ahí, no hallen huecos ni aspereza, ni razone el tiempo la raíz jocunda de un marfil en flor, separada siempre tierra de la tierra al hilo. Que estés, te guardes, donde crezca un largo eterno de engrapada luz.

Reprehensio Mi alma acordonada en el silbar de qué torrente vaticinio y acallado aquél a tentación de hablar o quedamente apareció sin velo ante cadencias una a una con su ala doblegada, o trozo de la ausencia quiso aliviarse en el lago de los ojos. 34


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Mas, los otros, silenciosos, figurasen el rostro contenido bajo el rayo levemente, en calma, susurrantes. Yo estuve aquí en el filo de la arena, con apenas rígido sopor de tactos sólidos, con apenas el radiante ardor de la presencia que ha sus potros desbordado en panorama. Estuve ahí, lavando pliegues de memoria a hoja hechas ligereza por soltar el aire, corriendo los terribles mantos tiritantes, la olvidada oscuridad que deriva en el cardumen pleno de acechanzas. Allá, en la suave epifanía, delirados los grupos claros, respirando el musgo y convirtiendo norte a norte las extremidades, acá. Ondearán a donde el junco agita, pues llegado el tiempo, la salutación, la penitencia, oh, la llegada pérdida siempre color de año, color de día aciago, color de mártires alivios en respiración también.

Énfasis Toda confesión de puesta esclavitud perdida y conquistada; todo este desvelo y, una vez, anhelo de tu palma hilando los ya conocidos susurros de agua que hoy así de grácil se levantan en debilidad quimera; por contar el trazo o la dicción de cada cuál tenue señal por tirar la cuerda que levanta el cielo, por armar canarios con su cascabel de augurio. Toda confesión de las verdades conjuradas en el pálpito a dejar las hojas blancas de su sedimento ahogado, paralela al porvenir de limada la rugosidad de la distante, porque era así, formada conjunción, el filo de unas armas hacia afuera y su cual perplejidad asunta para el suelo, caricia contenida y nunca floja de hendidura. A toda confesión de estas verdades proferir las altas lenguas continuada en tenaz muro, en palpitar, en constelada de horizontes para el pecho de la tórtola y la rama. www.revistanudogordiano.com


Confirmación Pues penderé banderas de cada ventana, sobre cada y cada filo aleteo. Por los hilos crecerán vilanos los resquicios donde no la flama, donde no el segundo, pues hará, oh, silencio, el largo enaltecer rojiza la cadena, que saldrán con bocas por alisar mañana gutural, oriental a todo el viento de hojarascas y enramadas, se volverían los siglos colocados de manto o despuntados sigilos habrán de romper la línea silenciosa de todo material. Así se contendrá un punto del suspiro antes de ensombrecer, así daría a la piel la contención de las plantas y en cerumen estiranse las ternuras mieles del kilómetro. ¿Qué vocal que eclipsase la lluvia? ¿A qué lugar de altísimos segundos tuvo el suspirar una galaxia de caricia en la punta de los dedos? Ahí serán las piedras, pues, piedras sin segundo, se tiraron en blandura de la fuerza los oteros o perdida en circundantes siempre vivos beben el filtro de la luz entre campanas, pero yo al ojo he de partir con margaritas que deshoja la caricia, la segunda incisión perdida en el sentido, la vez, y ahora, porque el gajo de un tanteo se esconde en la sombra, porque al agua llaman a los peces gritos dónde, pero yo, al filo, encuentro cantidades roncas de soltura huidiza y una marea de lomos abre sus alas para qué insular alcance. Los coluros de los siglos se vieron el rostro, así su pergamino como siquiera estaba vivo en tenues rojos antes que sencilla lluvia llegase a los lindes de aquella antes conjunción de labio a labio. Dicta entre dientes: “la tarde estuvo y ya el amanecer no tendrá correas”, pero yo, al tiempo entregaría una verdad que se escondiese en su pelaje, tirarán del trono, lo llevarán lejos, pues penderé en voz alta cada otero, pues soltaré coluros sigilos y aun así lo llevarán lejos.

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Puritas He venido mi caballo en mano a repartir el goce y la definición... Oh, la línea tenue que terná la treta porque aquí razones de alabar te guardan misticismo zozobrante. Guarden ya, caléndulas azules, los mantillos para ayer y suelten por el frente la tibieza conjurada por decir qué otra vez los lóbulos de tus orejas. ¡Cállense la espuma y el logrado, cállense los ojos y su sangre! Guárdense en silencio, que he venido a suspirar radiantes ligaduras de tu curva espalda, ah, tantas las alturas contenidas, las dos eternidades, las trece soterradas verbicidas colisiones. Vení... vení, judicial de la ilación, al entramado de las señas y estos palpos centellados, deja la coyuntura acordonada en sus alféizares, pendientes al fin del tramontar, sonrisada de hechos y conjuntos, ah, el hilado que te cuelga de la boca, la memoria términa que continuando el goce y mi caballo en mano repartiendo albricias bota en bota por decir deseos, conceder apuestas, mi caballo en mano, la palpable de ornamento y su serena, su afilada roma que terná la treta por pender del pecho, por corear candado de fermentos y aquel prado seminal hecho recinto en que me curvarían las crestas del ardor, la diagonal del hambre, el sólo más secreto suspirar alivios en el sueño solamente, el contingente orgulloso de cuál materia innata coronando mis alfiles, disponiendo mis defensas, sitiando los recintos donde la cima se alcanzaba. Vení, oh, vení, caballo en mano por el prado de las rocas, devastando la coraza y levitante, vení, por dejar bajo las aguas el templo mío, dejar el aire consumado y en un hilo, vacilante, la razón porque perezco.

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Dante Octavio Lecca Lozano

MORIR CAMINANDO

DISPARA, NOCHE, YA

Morir caminando Cualquier día Como yendo a comprar el pan En el barrio O buscando A un amigo Por ciudades ocultas O regresando a casa Sin saber para qué No vale caerse Agarrarse del aire Solo caminando solo Sin detenerse Mientras vas Desapareciendo Entre la gente Cuerpo Viento Cuerpo Luz Como si te levantaran De las axilas Suavemente Ángeles que van Al mismo ritmo Que tú Y que te encontraron De casualidad Porque simplemente Ya te perdiste o te perdieron Elevarse y desaparecer Caminando como todos los días Como hojas Como nubes Desapareciendo inadvertidamente En la vorágine humana Como un pájaro que migra Y nadie espera Sin protocolo Desapareciendo nomás Porque sí

Este día está muerto Antes de las 24 horas. Acaba de morir, aunque le falta Camino por recorrer Pues se ha detenido A las 10 p. m. en punto. Tampoco es otro día Es el mismo día, El Hoy, que ha muerto Y yo cargo su cadáver. El problema es qué haré Con las horas que quedan Si este día ha muerto Antes de tiempo. Tampoco puedo sumarlo Al día siguiente pues sus horas Ya están completas. No sé qué hacer Cargando este par de horas Como dos extremidades De una mujer que he descuartizado Que hay que desaparecer. Le daré de comer al primer Perro hambriento Que encuentre, si lo quiere. O lo enterraré en el desierto. O lo sumergiré en el mar. Podría restarlo de la vida Que me queda Pero eso no es posible, No es mi facultad. Puedo camuflarlas entre Piedras o fierros Estas horas vivas Fuera de su día, Pero volverán a salir Como gusanos del fuego. Lo ofrezco a otras gentes

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39 Lo divido en pedacitos Para que se lo lleven A Cada uno las sobras De este día sin cabeza Pero todos huyen al verme. Piensan que trataré De venderles libros O joyas de oro falsificado. El bar tiene su reloj exacto, No lo puedo dejar ahí. Las mujeres de la noche Tienen su horario establecido, Cobran demasiado Por unas horas demás Y deben Amamantar a sus críos. Me dejan solo con el bulto Destas horas infernales Que se quedaron fuera De su día aferradas a mí. Pido Benevolencia, absolución Con menos horas dolidas En la cruel eternidad, Pedazos de abismos profundos Que me alejen de quienes Quieren traerme de vuelta A la realidad. No me tortures Dispara, noche, ya.

NO CIERRES LA PUERTA No cierres la puerta cuando te vayas puede ser que no haya nadie para abrirte cuando vuelvas no cierres la puerta cuando entres falta que lleguen tus hermanos así la casa esté vacía deja la puerta abierta quizás alguien busque refugio o esté buscando a otro desesperadamente

para fregar sus cuerpos contra la pared desnuda o requiera simplemente esconderse para llorar a solas por eso no cierres la puerta te prometo que de todas maneras yo estaré aquí sentado en esta silla mirando con esperanza que llegues eres la única persona que falta y que espero.

SE QUEDÓ ASÍ PARA SIEMPRE Se quedó así para siempre parado inmóvil un niño detrás de las rejas de la escuela esperando a su madre que venga a recogerlo v iendo a la gente pasar todo se movía menos él no vio el futuro las plagas, el horror, el oprobio el fuego, los asesinatos ni se vio participando en ellos ni la cadena perpetua que le asignaron no lo vio se quedó así para siempre un niño parado inmóvil tendría unos diez años esperando a su madre que lo lleve de la mano de vuelta a su casa y ella sin sospechar siquiera que de grande iría a visitarlo cada semana a Cambio Puente donde él estaría esperándola con ansias detrás de las rejas del penal.

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