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#9 REVISTA MUSTIQUE CHILE / VERANO 2026

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ANA BONAMICO
VERANO 2026

DIRECCIÓN GENERAL

Jimena M. Leiguarda | jimena@keeprolling.com.ar Luciano Stella | luciano@keeprolling.com.ar

EDITORA

Francisca Vives Kunitzky | franvives@keeprolling.com.ar

PRODUCCIÓN GENERAL

Astrid Soding | ati@keeprolling.com.ar

REDACCIÓN GENERAL

Georgina Esnal | georgina@keeprolling.com.ar

COLABORACIÓN ESPECIAL

Candelaria Leiguarda

Sofía Prado

DIRECTOR DE ARTE

Julián Balangero

ASESOR DE IMPRESIÓN Y PREIMPRESIÓN

Gustavo Briones Carrasco

REDES SOCIALES

Chloé Solnicki | chloe@keeprolling.com.ar

COLABORACIÓN COMERCIAL

Grupo Mass+ Lucrecia Melcior | lucrecia@keeprolling.com.ar Natalia Cecchinato | natalia@keeprolling.com.ar

ADMINISTRACIÓN

Christian Pisanti | christian@keeprolling.com.ar Marcelo Murgui | cobranzas@keeprolling.com.ar

EDITORIAL KEEP ROLLING

Martín Coronado 3124, CABA. Tel.: 4804-0403 info@keeprolling.com.ar www.keeprolling.com.ar www.mustique.com.ar

AGRADECIMIENTOS

Camila Rikkli, Tere Pérez, Rebeca Ubilla, Fernanda Álvarez.

IMPRESIÓN

GRAFICA ANDES Ltda. Santo Domingo 4593, Quinta Normal, Santiago, Chile Tel.: 228700400 www.graficandes.cl

Mustique es una marca registrada, propiedad de

Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial. La editorial no se responsabiliza por las opiniones de sus periodistas.

LONGINES PRIMALUNA

VÉLEZ

LANZA NUEVA COLECCIÓN

PARA VIVIR LOS FESTIVALES

La nueva colección festivalera celebra la autenticidad del antes y del ahora. Nace del probador como un escenario vivo; looks espontáneos, cómodos y sin artificios. Paleta de colores y texturas nacidas de los Andes, respetando su esencia. En esta colección, cada prenda es un acto de contemplación, resistencia y pertenencia honrando paisaje e identidad. Descubre la colección en tiendas Vélez Parque Arauco, Cenco Alto Las Condes, Cenco Costanera y en www.velez.cl

SUBLIMAGE

MAQUILLAJE QUE TRATA LA PIEL

La línea Sublimage de Chanel redefine el maquillaje como un gesto de cuidado profundo. Texturas sedosas, fórmulas concentradas y acabados luminosos se combinan en una colección que realza la piel sin ocultarla. Bases, brumas y tratamientos labiales trabajan en sinergia para devolver confort, uniformidad y una luz natural que se construye capa a capa. Un maquillaje pensado para acompañar el ritmo de la piel madura, exigente y consciente, donde el lujo no es exceso, sino precisión y tiempo dedicado a una misma.

TCL NOTE A1 NXTPAPER

ESCRIBIR COMO EN PAPEL

TCL presenta Note A1 NXTPAPER, un cuaderno electrónico que combina pantalla tipo papel, lápiz digital y herramientas de inteligencia artificial en un solo dispositivo. Su tecnología NXTPAPER Pure reduce reflejos y fatiga visual, mientras el T-Pen Pro ofrece una escritura precisa y natural, ideal para tomar notas, dibujar o trabajar ideas. Con funciones de transcripción, resumen y organización inteligente, y un diseño liviano pensado para la movilidad, es una nueva forma de leer, escribir y concentrarse en el mundo digital.

CRISTALLI LIQUIDI

BRILLO DE VERANO

El sérum icónico Cristalli Liquidi de ALFAPARF Milano se confirma como un imprescindible del verano. Su fórmula vegana con aceite de lino y vitamina E aporta brillo inmediato, suavidad y protección térmica hasta 230 °C, sin peso ni residuos. Ligero, antioxidante y fácil de usar, se funde con la fibra capilar dejando el pelo luminoso, protegido y visiblemente más sano, incluso bajo sol, calor y humedad. Un gesto simple que transforma el cabello y lo acompaña durante toda la temporada.

ADAGIO TEAS

TEA ON THE GO

Adagio Teas presenta su nueva colección on The Go de botellas y tumblers, pensada para acompañarte en cada plan, desde la rutina diaria hasta los días más calurosos de la temporada. La colección incluye botellas de 650 ml, 750 ml y 950 ml, además de tumblers de 470 ml, todos con diseños únicos, distintos colores y una estética que combina funcionalidad y estilo. Cada pieza está pensada para disfrutar tu iced tea en la temperatura ideal durante 8 a 12 horas, estés donde estés. Prácticas, versátiles y llenas de diseño, las botellas y los tumblers de Adagio Teas transforman cada bebida en una experiencia refrescante, perfecta para disfrutar on the go. Encuéntralas en Adagio.cl y en todas las tiendas de Adagio Teas.

ISADORA

PRESENTA LOS ESENCIALES PARA VOLVER A LA RUTINA

Pensada para quienes buscan funcionalidad sin perder estilo, la nueva colección de ISADORA Back to Routine combina piezas prácticas y detalles que renuevan lo cotidiano. Cuadernos, planners y agendas para mantenerte organizada, bolsos y mochilas para cada ocasión y accesorios que aportan vida y estilo a tu día a día. Diseños pensados para acompañarte entre reuniones, breaks y la vorágine cotidiana de la vuelta a clases y la oficina.

Encuéntrala en tiendas ISADORA de todo Chile y en cl.isadoraonline.com

GEORGE

ESCUCHAR EL MUNDO

Peppa Pig abre un nuevo capítulo al revelar que George, el hermano menor de Peppa, tiene una discapacidad auditiva moderada. La historia, desarrollada con asesoría de expertos y organizaciones especializadas, aborda la sordera infantil con sensibilidad y cercanía. A través de pequeños descubrimientos cotidianos, sonidos, palabras y gestos, la serie pone en valor la representación y la inclusión. La nueva temporada se estrena el 2 de marzo, continuando una narrativa que invita a mirar la infancia desde la empatía y la diversidad.

AVÈNE

SOL QUE NO SE SIENTE

Eau Thermale Avène presenta una nueva generación de fotoprotección corporal con su innovadora textura Milk to Water. Leches solares ultralivianas que se transforman al contacto con la piel, entregando muy alta protección FPS 50+, frescura inmediata y un acabado completamente invisible. Pensadas para pieles sensibles, en versiones para adultos y niños, combinan alta tolerancia, resistencia al agua y una sensación de piel desnuda ideal para el uso diario. Protegerse del sol nunca fue tan cómodo ni tan imperceptible.

ACTINE COLORS

SOL SIN BRILLO

La línea Actine Colors de Darrow redefine la relación entre piel grasa y protector solar. Con muy alta protección FPS50+ y un toque de color que unifica sin cubrir en exceso, estas fórmulas oil free ayudan a controlar el brillo y a mantener la piel equilibrada durante el día. Pensadas para pieles mixtas a grasas y con tendencia acneica, combinan acción antioxidante y acabado mate en una textura ligera que se siente cómoda y natural. Tres tonalidades permiten adaptarse a distintos tonos de piel, transformando el cuidado diario en un gesto simple y sin miedo al sol.

LA NUEVA MELENA CHILENA CAPAS, DRAMA Y AUTOESTIMA

No se trata de imponer estilos, sino de leer gestos. Capas que acompañan, colores que aparecen sin gritar y una idea de belleza que se construye con tiempo. Así lee la belleza hoy uno de los estilistas que mejor ha sabido observar a las chilenas.

Para hablar del pelo y el maquillaje que realmente transforman, fuimos a la silla de Marco de Barros, peluquero y maquillador brasileño con más de treinta años trabajando en Chile y un currículum que cruza pasarelas, campañas y portadas. Desde ese lugar privilegiado, donde escucha historias mientras observa raíces, texturas y gestos, ha desarrollado una filosofía de belleza que mezcla química, empatía y un ojo clínico entrenado en editoriales.

“Siempre hago un diagnóstico del estado del pelo, creo que es obligación del peluquero informar todo lo que ve”, dice, convencido de que un corte puede cambiar la autoestima tanto como una buena conversación.

Antes de cortar: diagnósticos, remedios y empatía

Para Marco, el verdadero lujo empieza antes de tomar las tijeras. Se sienta frente a cada mujer y lee su pelo como si fuera un mapa. “El pelo es la única parte del cuerpo que está cien por ciento conectada con el sistema nervioso, y cualquier cosa que esté mal se nota ahí”, explica.

Por eso pregunta, observa, escucha si hay remedios o antidepresivos de por medio y, recién entonces, propone. “A partir de ahí puedo asesorar con conciencia sobre lo que puedo hacer”, cuenta, apoyado en décadas creando looks para editoriales y publicidad.

Su promesa es mostrar posibilidades que muchas clientas no se imaginan. Respeta siempre la voluntad de quien se sienta en su silla, pero sabe que el acuerdo funciona mejor cuando le dan libertad

dentro de lo pactado. “Lo divertido es que dicen “eso no me gusta” o “a mi marido no le gusta”, y cuando se ven quedan felices, y los maridos más aún”, comenta, con su humor rápido.

Tiene sus trucos, “logro sacar el tono naranjo u oxidado de un pelo en cinco minutos”, y no se guarda diagnósticos incómodos. “Si no les digo la verdad, nadie se las va a decir”, afirma. El resultado, dice, son mujeres “más femeninas, más empoderadas, más felices… hasta con nuevos novios”, porque un buen corte puede reordenar mucho más que el espejo.

También le importa desarmar la idea de que su trabajo es inalcanzable. “Hay mucha gente que cree que soy carísimo, y no lo soy”, dice. Le escriben contando que su sueño es atenderse con él o que están cortas de plata, y ahí aparecen sus “promociones relámpago”, pequeñas ventanas donde abre la puerta a nuevas clientas que luego se quedan.

Por Francisca Vives K.

Influencers, gusto chileno y ese pelo que por fin se cuida

Marco ha visto pasar la era de las supermodelos y la cultura de influencers, y no tiene miedo de decir lo que piensa. “Yo nunca creí en influencers”, reconoce. En su experiencia, muchas son “niñas jóvenes bonitas que eran modelos y no resultaron, reciben productos a cambio y dicen que todo es bueno siempre”.

Aclara que hay excepciones, gente que sí sabe de lo que habla, pero para influir de verdad, insiste, se necesita “propiedad y conocimiento del tema”, algo que en belleza debería recaer en expertos más que en algoritmos.

Sobre la moda chilena, su diagnóstico es frontal. Siente que en vestuario las cosas no han cambiado tanto como podrían, en parte por compradores que siguen trayendo lo mismo de hace treinta años. Donde sí ve un giro es en el pelo. Hoy nota a las chilenas más preocupadas por su cabello, con rutinas de cuidado y una apertura mayor a probar cortes, colores y texturas distintas. “También porque

llegaron mujeres de otros países que hacen competencia”, dice, riéndose, con esa mezcla de picardía y lucidez que lo caracteriza.

Capas mariposa, melenas lob y drama en los ojos

Cuando le pedimos que dibuje las tendencias que vienen, Marco baja la mirada como quien despliega un moodboard mental. Parte por el pelo y es claro: va por lo que se adapta perfecto a la chilena, pero con más movimiento. Habla del corte mariposa, con capas largas que enmarcan el rostro, y del kitty cut, su versión más corta y juguetona. Son estilos que funcionan a cualquier edad, suavizan rasgos y suman onda sin exigir una producción diaria de salón. Afuera, en Europa, ve una fuerza especial en la melena, con el lob bob como gran protagonista, elegante y versátil.

En maquillaje, la próxima temporada se tiñe de drama. Marco habla de ojos esfumados en tonos marrones, naranjas y rosados, que dan profundidad y luz sin volverse disfraz. El azul

metálico y el plateado, admite, “son bonitos en revistas, pero en persona no resultan tanto”. Lo que sí ve con fuerza es la boca roja y carmín, labios que vuelven a ocupar el centro de la cara con un gesto decidido.

Él, sin embargo, tiene sus favoritos. “Adoro los marrones cromados y ya hago los naranjas y rosados suaves, es precioso”, dice. Su brújula no es el ruido de las redes, sino la armonía: “Soy de dejar mujeres bonitas y siempre pongo un poco de sensualidad, pero elegante, en los looks que hago”.

Su recomendación final a las chilenas es sencilla y contundente. Más allá de la edad, dice, hay que “poner onda” y hacer del pelo algo que destaque y haga sentir más linda a quien lo lleva. Lo demás, las capas que vuelan, los marrones que iluminan, la boca que se atreve, es el lenguaje técnico que usa para decirles, en versión beauty, que es hora de mirarse con más cariño.

Para reservar una hora con Marco: +569 35489011

NEW TRENDS BY HUSH PUPPIES

Febrero marca ese punto exacto en el que el verano empieza a despedirse y, casi sin darnos cuenta, comenzamos a mirar hacia lo que viene. Es tiempo de aprovechar los últimos días de sol: escapadas a la playa, almuerzos frente al mar, caminatas al atardecer y encuentros con amigas que piden looks a la altura del momento, cómodos, elegantes y sin esfuerzo. Al mismo tiempo, el cambio de ritmo nos invita a anticipar una nueva temporada y el regreso a la oficina, incorporando tendencias que acompañan cada paso con naturalidad. Este mes celebramos el estilo Walk Happy: una forma de moverse por la vida con comodidad y actitud, incluso en la transición entre el descanso y la rutinaCon un giro moderno y un lenguaje propio, las ballerinas se transforman en protagonistas indiscutibles, listas para acompañar a mujeres auténticas que buscan proyectar estilo sin renunciar a la comodidad.

Comodidad y actitud

En 2026, el mundo del calzado mira al futuro sin perder el encanto del pasado. Las zapatillas retro resurgen con nuevas energías, reinterpretando siluetas clásicas con líneas limpias y materiales nobles que equilibran nostalgia y modernidad. El animal print, inspirado en la naturaleza salvaje, se afirma como un must absoluto, aportando carácter y personalidad a los looks más minimalistas. Los mocasines reinventados continúan siendo básicos, elegantes y versátiles, transitando con naturalidad del entorno urbano a reuniones informales o días de oficina, sin perder confort ni sofisticación. Este nuevo mes que se acerca nos invita a animarnos a ocupar diferentes zapatos capaces de convertirse en los verdaderos protagonistas de cada look Diseños que elevan lo simple, marcan el ritmo de la estación. Por eso, seleccionamos nuestros tres imprescindibles para empezar el año con estilo y confianza.

Tendencia: confort elemental

Un clásico que se reinventa cada temporada: los mocasines. Infaltables en cualquier clóset, se consolidan como piezas chic para todo tipo de ocasiones.

Nuestro mocasín Blume, confeccionado en cuero de alta calidad, combina sofisticación sutil con un detalle metálico en el empeine que le da carácter y se convierte en su sello distintivo. De diseño flexible y cómodo, Blume acompaña el ritmo diario con naturalidad y se adapta fácilmente tanto a looks casuales como más formales.

Inspiración: look retro

Para los amantes de lo vintage con un giro moderno, las zapatillas Sanset son el complemento perfecto. Inspiradas en la estética retro, se convierten en un aliado perfecto para esta temporada. Elaboradas en cuero premium y con un diseño pensado para ofrecer máxima comodidad, las Sanset no solo destacan por su apariencia, sino también por su funcionalidad: se adaptan con naturalidad a cualquier outfit, desde un conjunto casual de ciudad hasta un look más sofisticado y urbano.

Su versatilidad y carácter atemporal las convierten en un básico imprescindible para esta temporada, demostrando que lo retro puede ser moderno, elegante y, sobre todo, ¡irresistiblemente cool!

Actitud: alma salvaje

Esta temporada, el animal print se impone como tendencia, presente en textiles y materiales que transmiten calidez, artesanía y detalles cuidadosamente trabajados. Hush Puppies lo adopta en su nueva colección con diseños que combinan moda, comodidad y un espíritu audaz. Nuestra ballerina Tachi transforma cada paso en un momento de estilo y confort. Inspirada en la elegancia clásica y reinterpretada con patrones en tendencia, combina su delicada silueta con texturas que reflejan personalidad. Perfecta para looks minimalistas, Tachi se convierte en la pieza clave de tu conjunto, aportando carácter y sofisticación. Confeccionada en cuero y diseñada para abrazar el pie de manera natural, esta ballerina está disponible en tres versiones: la puedes encontrar también en color chocolate y en khaki.

LAS CHICAS

NAZARÉ

azaré no es solo un punto en el mapa: es el escenario donde el océano

Atlántico decide mostrar su versión más épica. En este antiguo pueblo pesquero de Portugal, la naturaleza escribe un espectáculo que desafía toda lógica: olas que se elevan como edificios, capaces de superar los 25 metros y convertirse en leyenda.

El secreto detrás de esta magia está escondido bajo el mar: el imponente Cañón de Nazaré, una falla geológica gigantesca que actúa como una catapulta natural, concentrando la fuerza del océano y proyectándola hacia la costa. Así nace este fenómeno que atrae cada año a surfistas extremos, fotógrafos, aventureros y curiosos que viajan desde todos los rincones del mundo para ver de cerca un show irrepetible.

Nazaré es adrenalina, misterio y belleza salvaje. Un lugar donde el mar dicta las reglas, donde cada ola puede marcar un récord y donde la valentía humana se mide en segundos sobre una tabla. Aquí, la frontera entre deporte y hazaña se vuelve difusa, y cada invierno escribe una nueva historia para contar.

Surfear Nazaré no es solo desafiar su tamaño. Se necesita técnica, preparación, estrategia mental y control absoluto del riesgo.

Te presentamos a algunas de las surfistas más valientes, técnicas e influyentes que han hecho historia en el spot más radical del planeta:

— Justine Dupont — técnica y constancia.

— Maya Gabeira — récord mundial y resiliencia.

— Joana Andrade — pionera portuguesa.

— Laura Coviella — la primera española documentada.

JUSTINE DUPONT

Francesa, una de las surfistas más técnicas del mundo.

Ganadora del Nazaré Big Wave Challenge 2025, con una ola de 19.06 puntos.

Terminó segunda en el ranking general, compitiendo incluso contra hombres.

MAYA GABEIRA

Brasileña, récord Guinness: 22,4 m en Nazaré (2020).

Se recuperó de un accidente en esta misma ola (2013) para volver aún más fuerte.

Símbolo de constancia, resiliencia y legado en el surf femenino.

JOANA ANDRADE

Primera mujer portuguesa en surfear olas gigantes en Nazaré.

Protagonista del documental Big vs Small, donde comparte su proceso físico y emocional para prepararse.

Figura clave en la escena nacional del big wave.

LAURA COVIELLA

Canaria, primera surfista española documentada surfeando en Nazaré.

En 2024, protagonizó el corto de Red Bull Surfing the Largest Waves Ever by a Spanish Woman.

Su preparación fue guiada por Lucas Chumbo y Lucas Fink.

Técnica, respeto y determinación.

DE SUDÁFRICA A HOLLYWOOD : IDENTIDAD, MATERNIDAD Y PODER PROPIO CHARLIZE

Actriz consagrada, productora influyente y activista global, Charlize Theron construyó una de las carreras más sólidas y personales de Hollywood. Su historia combina talento, trauma, elecciones conscientes y una voz propia que nunca buscó agradar, sino decir la verdad.

THERON

harlize Theron nació el 7 de agosto de 1975 en Benoni, una ciudad cercana a Johannesburgo, Sudáfrica, en el seno de una familia afrikáner. Creció como hija única en un entorno rural, marcada por una infancia atravesada por contrastes: disciplina, aislamiento y una relación familiar compleja debido al alcoholismo de su padre.

A los 15 años, vivió el episodio más traumático de su vida: su madre, Gerda Theron, mató a su padre durante un episodio de violencia doméstica. La justicia

sudafricana determinó que se trató de legítima defensa. Lejos de ocultar ese hecho, Charlize decidió hablar públicamente de él con el tiempo, como parte de un proceso de sanación y conciencia. “No me avergüenza hablar de eso”, declaró en una entrevista con NPR, subrayando la importancia de visibilizar la violencia intrafamiliar.

Theron conserva su nacionalidad sudafricana y, desde 2007, también posee la ciudadanía estadounidense, sin haber renunciado a su identidad africana, que sigue siendo un eje central de su activismo y de su mirada política sobre el mundo.

Foto: Longines

MATERNIDAD Y FAMILIA ELEGIDA

Charlize Theron es madre de dos hijos adoptados en los Estados Unidos. En 2012 adoptó a Jackson Theron y, en 2015, a August Theron. La actriz fue clara y consistente al explicar que la adopción no fue una alternativa circunstancial, sino una decisión profundamente deseada desde siempre.

“Esta siempre fue mi primera opción. No esperaba que pasara nada más”, afirmó en una entrevista con ELLE, dejando en claro que la maternidad por adopción fue una convicción personal y no una consecuencia.

También habló abiertamente sobre la identidad de género de su hijo mayor, convirtiéndose en una de las primeras figuras de Hollywood en hacerlo con naturalidad y respeto. Para Theron, la maternidad es un acto de libertad y acompañamiento, no de imposición.

RELACIONES Y VIDA SENTIMENTAL

Extremadamente reservada con su intimidad, Charlize tuvo algunas relaciones públicas a lo largo de los años, sin permitir que definieran su identidad. Su relación más duradera fue con el actor irlandés Stuart Townsend, con quien estuvo casi nueve años, entre 2001 y 2010.

Más adelante mantuvo una relación muy mediática con Sean Penn entre 2013 y 2015. También fue vinculada sentimentalmente, en distintos momentos, con Craig Bierko, Stephan Jenkins y Alexander Skarsgård, aunque siempre evitó hablar en profundidad sobre su vida privada.

En entrevistas recientes dejó en claro que no cree en la idea de que una mujer deba estar en pareja para sentirse plena. “No siento que me esté perdiendo nada”, afirmó en el pódcast Call Her Daddy, reafirmando su elección de independencia.

Foto: Longines

VIDA PROFESIONAL:

RIESGO, TRANSFORMACIÓN Y PODER CREATIVO

Antes de actuar, Charlize Theron soñaba con ser bailarina. Estudió ballet en Europa y luego en Nueva York, en la Joffrey Ballet School, hasta que una grave lesión de rodilla truncó esa carrera. Ese giro la llevó a Los Ángeles, donde comenzó a trabajar como modelo y fue descubierta casi por azar mientras discutía en un banco por un cheque rechazado.

Tras varios papeles en los años 90, su consagración llegó en 2003 con Monster, donde interpretó a la asesina serial Aileen Wuornos. Su transformación física y emocional fue radical y le valió el Oscar a Mejor Actriz en 2004, convirtiéndose en la primera sudafricana en ganar un premio de la Academia.

Posteriormente fue nominada nuevamente como Mejor Actriz por North Country (En tierra de hombres, 2006) y Bombshell (El escándalo, 2020), consolidando su lugar como una intérprete capaz de asumir roles complejos, políticos y profundamente humanos.

Desde entonces, construyó una filmografía diversa y arriesgada, alternando drama, acción y cine de autor. En 2003 fundó su productora Denver & Delilah, desde donde impulsa proyectos centrados en personajes femeninos complejos y narrativas contemporáneas.

“Los jóvenes siempre han sido los impulsores del cambio social”.

ACTIVISMO Y LEGADO

En 2007 creó el Charlize Theron Africa Outreach Project, dedicado a mejorar la salud, la educación y los derechos de jóvenes en África. Un año después fue nombrada Mensajera de la Paz de las Naciones Unidas.

“Los jóvenes siempre han sido los impulsores del cambio social”, expresó en reiteradas oportunidades, sintetizando una filosofía que atraviesa su vida pública y privada.

Charlize Theron es una figura que desafía etiquetas: sudafricana y estadounidense, madre por elección, actriz sin concesiones y mujer que convirtió la vulnerabilidad en fuerza. En una industria obsesionada con la imagen, ella eligió algo más difícil: la verdad.

Fuentes: NPR, ELLE, People, Time, Academy Awards (76th Oscars), Naciones Unidas, sitio oficial del Charlize Theron Africa Outreach Project, Wikipedia.

GITTE B DOT

LEYENDA, MITO

Y CONTROVERSIA: LA VIDA DETRÁS DEL ÍCONO

Ícono absoluto del siglo XX, Brigitte Bardot redefinió la belleza, el deseo y la celebridad en la Europa de posguerra. Fue actriz, modelo, cantante y musa, pero también una mujer atravesada por depresiones, escándalos, juicios y contradicciones.

GITTE B RIGIT BARDOT DOT

Tras abandonar el cine en la cima de su fama, dedicó su vida a la defensa de los animales, convirtiéndose en una de las activistas más influyentes –y polémicas– de Francia. Esta nota reconstruye su vida pública y privada.

Brigitte Anne-Marie

Bardot nació el 28 de septiembre de 1934 en París, en el seno de una familia burguesa, conservadora y estricta. Su infancia estuvo marcada por una educación rígida, con fuerte énfasis en la disciplina, la apariencia y el deber social. Bardot describió más tarde esos años como emocionalmente fríos, atravesados por la sensación de no encajar.

Desde los siete años estudió danza clásica, una formación que moldeó su cuerpo, su postura y su relación con el control. El ballet fue, al mismo tiempo, refugio y exigencia. Esa combinación –búsqueda de perfección y fragilidad emocional– reaparecería una y otra vez en su vida adulta.

Brigitte tuvo una hermana menor llamada Marie-Jeanne Bardot, conocida en el entorno familiar como “Mijanou”. MarieJeanne también incursionó brevemente en el cine y el modelaje en los años 60, en parte impulsada por la fama de Brigitte, aunque nunca alcanzó su proyección internacional. La relación entre ambas fue cercana en la juventud, pero con el tiempo se volvió más distante, en línea con el progresivo aislamiento de Bardot del mundo público.

Su padre, Louis Bardot, era industrial: trabajaba en el sector de la ingeniería y la industria, y pertenecía a la burguesía acomodada parisina. Era una figura autoritaria, exigente y muy apegada a las normas sociales y morales de la época.

Su madre, Anne-Marie Mucel, no ejercía una profesión pública; se dedicaba al hogar y a la educación de sus hijas. Fue una presencia dominante en la infancia de Brigitte, especialmente preocupada por la disciplina, la apariencia y el “buen comportamiento”. Bardot habló en varias ocasiones de una relación compleja con su madre, marcada por la exigencia y la falta de demostraciones afectivas.

Durante su infancia, Brigitte Bardot vivió en París, en el distrito 16, una zona residencial y acomodada de la ciudad, asociada históricamente a familias burguesas. Creció en un entorno materialmente privilegiado, pero emocionalmente rígido, algo que ella misma subrayó en sus memorias y entrevistas al describir una niñez sin alegría ni libertad.

Ese contraste –comodidad económica y carencia emocional– es central para entender su carácter: una mujer criada en el orden y la corrección, que más tarde se convertiría en símbolo de libertad, ruptura y rebeldía.

“Je n’ai jamais été vraiment heureuse enfant… Je me sentais souvent étrangère à tout”.
“Nunca

fui verdaderamente feliz de niña… A menudo me sentía extraña a todo”.

Autobiografía –Initiales B.B. (1996)

“La fama me robó la vida”.

Documental

Bardot (2023)

DE MODELO A FENÓMENO CULTURAL.

BARDOT

A LA FAMA

Brigitte se transformaba no solo en una actriz, sino en una imagen, una actitud, una conversación global.

Antes del cine, Bardot fue modelo. A los 15 años apareció en la tapa de Elle, revista clave del París cultural de posguerra. Su belleza –natural, luminosa, sin artificios– contrastaba con el glamour distante de las estrellas de Hollywood.

Ese mismo rasgo fue el que la volvió irresistible para el cine. En 1956, Et Dieu… créa la femme (Y Dios creó a la mujer), dirigida por Roger Vadim, la convirtió en un fenómeno mundial. La película fue censurada en varios países y, al mismo tiempo, un éxito rotundo. Bardot encarnó una feminidad libre y sensual que rompía con los códigos morales de la época.

Durante las décadas de 1950 y 1960, Bardot protagonizó más de 40 películas y trabajó con directores fundamentales del cine europeo, como Jean-Luc Godard (Le Mépris), Henri-Georges Clouzot (La Vérité) y Louis Malle (Viva Maria!, junto a Jeanne Moreau).

También desarrolló una exitosa carrera musical. Sus canciones se volvieron parte del imaginario francés, consolidando una celebridad total: cine, moda, música y cultura pop.

Sin embargo, la fama tuvo un costo devastador. Bardot sufrió depresiones severas y varios intentos de suicidio. La persecución constante de los paparazzi y la pérdida absoluta de intimidad la llevaron a una decisión radical: retirarse del cine en 1973, con apenas 39 años.

DEPRESIÓN, FRAGILIDAD

Y EL LADO OSCURO DE LA FAMA

La vida de Bardot estuvo atravesada por episodios recurrentes de depresión profunda, que comenzaron en su juventud y se intensificaron con el peso de la fama extrema. El primer intento de suicidio ocurrió en 1958, cuando tenía 23 años, en pleno auge de su celebridad internacional, tras el éxito arrollador de Y Dios creó a la mujer Aislada, acosada por la prensa y desbordada

por una exposición pública constante, Bardot intentó quitarse la vida en un momento de colapso emocional. Años más tarde, en 1960, atravesó una nueva crisis severa vinculada a su embarazo y a una maternidad que nunca deseó, experiencia que describió como traumática y opresiva. Durante esa etapa volvió a atentar contra su vida, dejando en evidencia el conflicto entre la imagen de símbolo sexual libre que proyectaba el mundo y la profunda angustia que vivía en privado. Bardot habló de estos episodios con una franqueza poco habitual para su tiempo, señalando que la fama no le trajo felicidad sino una sensación constante de encierro, soledad y pérdida de identidad, una herida que marcaría para siempre su relación con el cine, la prensa y la vida pública.

“Quise terminar con todo porque ya no soportaba ser perseguida, observada y juzgada permanentemente”.

Initiales B.B. (1996); citado por Le Monde, The Guardian, People

EL AMOR

Romances intensos, matrimonios breves y una búsqueda constante de libertad.

La vida sentimental de Brigitte Bardot fue tan intensa y expuesta como su carrera. Amó con pasión, se casó joven, se separó rápido y rechazó siempre la idea del amor como institución estable. Sus relaciones fueron observadas, fotografiadas y juzgadas por una prensa que convirtió cada vínculo en espectáculo, algo que ella vivió como una forma de violencia.

Se casó cuatro veces –Roger Vadim, Jacques Charrier, Gunter Sachs y Bernard d’Ormale– y mantuvo relaciones con figuras centrales del cine y la cultura europea. Sus romances fueron tratados como capítulos de una novela pública, alimentando el mito pero erosionando su privacidad.

El episodio más emblemático fue el de Gunter Sachs, quien arrojó miles de rosas desde un helicóptero sobre su casa de SaintTropez. Un gesto romántico que terminó por sellar su estatus de leyenda y el delirio por su belleza.

En sus memorias y entrevistas, explicó que confundió durante años el amor con la necesidad de protección, y la pasión con la posibilidad de escapar de la soledad.

Su primer gran amor fue Roger Vadim, director y escritor. Se conocieron cuando ella era muy joven y él se convirtió en mentor, pareja y arquitecto de su despegue cinematográfico. Se casaron en 1952 cuando Bardot tenía apenas 18 años.

Vadim fue quien la impulsó como actriz y quien dirigió Y Dios creó a la mujer. Aunque su relación fue decisiva para su carrera, también estuvo marcada por infidelidades y una dinámica desigual de poder. Se divorciaron en 1957, pero Vadim quedó para siempre ligado a su mito.

Bardot reconoció más tarde que lo amó profundamente, pero que su dependencia emocional fue uno de los costos de ese vínculo temprano.

“Vivía con una tristeza

constante.

Cada mañana me despertaba con un nudo en el pecho”.

Documental Bardot (2023)

En 1959 se casó con el actor Jacques Charrier, en un intento –según ella misma admitió– de encontrar normalidad y escapar del caos mediático. De esa unión nació su único hijo, Nicolas-Jacques Charrier, en 1960.

Fue un matrimonio breve y conflictivo. Bardot atravesaba una depresión profunda, agravada por un embarazo que no deseaba y por la presión social de convertirse en “esposa y madre ejemplar”. El divorcio llegó en 1962 y marcó una ruptura definitiva con la idea de la vida familiar tradicional. Este vínculo dejó la huella emocional más compleja de su biografía.

En 1966, Bardot se casó con Gunter Sachs, heredero alemán, fotógrafo y figura central del jet set internacional. Fue su matrimonio más espectacular: fiestas, viajes, lujo y gestos grandilocuentes, como el ya mencionado del helicóptero lanzando las rosas sobre su casa en Saint-Tropez.

Sin embargo, el glamour no compensó la falta de intimidad emocional. Bardot describió esa etapa como una sucesión de imágenes vacías, donde el exceso no logró llenar su sensación de aislamiento. Se divorciaron en 1969, tras apenas tres años.

Su último matrimonio fue con Bernard d’Ormale, en 1992. A diferencia de los anteriores, este vínculo se desarrolló lejos del foco mediático. Para entonces, Bardot ya

se había retirado del cine y vivía concentrada en su activismo por los animales.

Con d’Ormale encontró una forma de convivencia más estable, aunque también estuvo atravesada por polémicas debido a las posiciones políticas de él y al aislamiento progresivo que Bardot eligió para su vida. Este matrimonio fue el que la acompañó hasta el final de sus días.

Además de sus maridos, Bardot mantuvo relaciones con figuras centrales del cine y la cultura, entre ellos Jean-Louis Trintignant y otros actores de la época. Estas historias reforzaron su imagen de mujer libre, pero también alimentaron una narrativa pública que la redujo durante años a su vida sentimental.

Ella misma fue crítica con esa mirada: “Me juzgaron por mis amores, nunca por mi soledad”.

En retrospectiva, la vida amorosa de Brigitte Bardot refleja una constante: el deseo de amar sin ser poseída. Buscó intensidad, comprensión y refugio, pero la fama y su propia fragilidad emocional hicieron casi imposible una vida afectiva convencional.

Sus relaciones no fueron simples romances de celebridad, sino capítulos centrales de una mujer que luchó toda su vida entre la necesidad de afecto y una vocación irrenunciable por la libertad.

Rechazo, culpa y una herida que nunca cerró

SU MATERNIDAD SIN ROMANTIZAR, SU HIJO NICOLÁS

En 1960 nació su único hijo, Nicolas-Jacques Charrier. Bardot habló de esa maternidad con una franqueza inédita para su tiempo, reconociendo que no deseaba ese rol y que lo vivió con angustia.

Tras el divorcio, Nicolas fue criado por su padre y la relación madre-hijo fue distante durante décadas. Declaraciones posteriores derivaron en demandas judiciales por vulneración de la privacidad, un hecho poco habitual en biografías de celebridades.

La maternidad fue, probablemente, el capítulo más doloroso y controvertido de su vida. A diferencia del relato idealizado que rodeaba a las estrellas de su tiempo, Bardot habló de este tema con una franqueza que resultó incómoda –y en muchos casos inadmisible– para la opinión pública.

Bardot atravesó ese embarazo en medio de una profunda crisis emocional, ya afectada por depresiones severas y por una fama que vivía como una forma de encierro. En sus memorias y entrevistas posteriores, explicó que nunca deseó ser madre y que vivió ese rol como una imposición social ligada a la moral de la época, que esperaba que una mujer –y más aún una estrella– encarnara el ideal de esposa y madre.

Durante el matrimonio, la relación fue conflictiva. Bardot se sentía atrapada entre el mandato familiar y su rechazo visceral a la vida doméstica. Tras el divorcio en 1962, la custodia de Nicolas quedó principalmente en manos de su padre. El niño fue criado lejos de la exposición mediática, en un intento por protegerlo del mismo acoso que había destruido la intimidad de su madre.

A diferencia de muchas figuras públicas, nunca intentó reescribir esa historia para hacerla más aceptable. Reconoció su incapacidad emocional para ejercer la maternidad y asumió ese límite como parte de su verdad personal, aun sabiendo el costo social que implicaba.

El juicio: cuando la autobiografía llegó a los tribunales

En 1996, la publicación de su autobiografía Initiales B.B. abrió un nuevo conflicto. En el libro, Bardot abordó sin eufemismos su experiencia como madre y su vínculo con Nicolas. Algunas de esas declaraciones fueron consideradas por su hijo y por la justicia francesa como una violación de su derecho a la privacidad

El caso llegó a los tribunales y terminó con una condena judicial contra Bardot, que fue obligada a pagar una indemnización y a retirar o modificar ciertos pasajes en ediciones posteriores. El fallo sentó un

precedente importante en Francia sobre los límites entre el derecho a la autobiografía y la protección de la vida privada de terceros, incluso cuando se trata de figuras públicas.

Este episodio profundizó aún más el distanciamiento entre madre e hijo y reforzó la imagen de Bardot como una figura incapaz –o reacia– a acomodar su discurso a las convenciones sociales.

A lo largo de los años, Bardot fue interrogada repetidamente sobre si se arrepentía. Nunca ofreció una respuesta conciliadora. No pidió indulgencia ni buscó redención pública. En lugar de eso, sostuvo que su mayor compromiso afectivo estuvo siempre con los animales, a los que describía como “incapaces de traicionar”.

La relación entre Bardot y su hijo fue distante durante décadas. Nicolas creció prácticamente fuera de la vida cotidiana de su madre y se mudó más tarde a Noruega, donde formó su propia familia. Bardot evitó hablar públicamente de él durante largos períodos, y cuando lo hizo fue con una crudeza que volvió a generar polémica.

Desde una mirada contemporánea, su historia plantea preguntas incómodas: sobre la maternidad como mandato, sobre la salud mental femenina y sobre el derecho –o no–de una mujer a rechazar un rol impuesto. Bardot pagó un precio altísimo por decir en voz alta algo que muchas mujeres sentían, pero no podían expresar.

“No estaba hecha para la maternidad. Me obligaron”.

Su fundación y su causa

Paradójicamente, la mujer que no pudo ejercer la maternidad tradicional dedicó su vida entera a una causa de cuidado extremo: la defensa de los animales. Para ella, ese desplazamiento no fue contradictorio, sino natural. En más de una ocasión afirmó que los animales le ofrecían una forma de vínculo basada en la lealtad y la ausencia de juicio, algo que nunca encontró en el mundo humano.

El amor por los animales fue el eje central de su existencia durante más de cuatro décadas. Tras retirarse definitivamente del cine en 1973, Bardot volcó toda su energía –emocional, económica y simbólica– a la defensa de los animales, una causa que, según ella misma, le dio sentido a una vida marcada por la angustia y el desencanto con los humanos.

ACTIVISMO ABSOLUTO POR LA DEFENSA DE LOS ANIMALES

Su compromiso comenzó a visibilizarse a fines de los años 60, pero alcanzó dimensión internacional en 1977, cuando viajó a Canadá para denunciar públicamente la matanza de crías de foca. Las imágenes de Bardot caminando sobre el hielo, abrazando animales ensangrentados, dieron la vuelta al mundo y provocaron una presión política inédita sobre gobiernos y organizaciones internacionales. Ese episodio marcó un antes y un después en el activismo animal contemporáneo.

En 1986, Bardot fundó oficialmente la Fondation Brigitte Bardot (FBB), reconocida por el Estado francés como organización de utilidad pública. Desde entonces, la fundación ha trabajado en Francia y a nivel internacional en campañas contra

— el comercio de pieles,

— la caza y matanza de focas,

— la experimentación animal,

— el maltrato en circos y espectáculos,

— y el abandono de animales domésticos.

“Los animales nunca me decepcionaron. Los hombres sí”.

Brigitte Bardot, entrevista citada por Associated Press

“Defender a los animales me costó el amor de mucha gente. No me importa”.

Brigitte Bardot, Initiales B.B. (1996)

“No quiero homenajes. Quiero leyes que protejan a los animales”.

Bardot, declaración reproducida por The Guardian

La FBB financia refugios, rescates, campañas legales y acciones de presión política. Bardot fue presidenta vitalicia de la organización y participó activamente en la toma de decisiones hasta sus últimos años, aun cuando ya no aparecía en público.

A diferencia de muchas celebridades, Bardot financió personalmente su activismo. Está documentado que

— vendió joyas, objetos personales y recuerdos de su etapa como estrella,

— donó derechos de imagen

— y destinó ingresos provenientes de reediciones musicales y editoriales a la fundación.

En entrevistas y documentos oficiales de la FBB, Bardot explicó que llegó a desprenderse de gran parte de su patrimonio personal para garantizar la viabilidad de la organización, especialmente en sus primeros años.

El activismo de Bardot fue tan eficaz como polémico. Nunca adoptó un tono conciliador ni diplomático. Denunció con dureza a gobiernos, industrias y religiones cuando consideró que legitimaban el sufrimiento animal. Esa frontalidad la llevó a conflictos judiciales y a una creciente marginación del espacio cultural francés.

Para Bardot, la causa animal no admitía matices ni negociaciones morales. Su discurso fue absoluto, lo que explica tanto su enorme influencia como su carácter polarizante.

Con el paso del tiempo, la figura de Bardot como actriz quedó casi opacada por su rol como militante. Para una parte del público, dejó de ser la mujer que encarnó el deseo del siglo XX y se convirtió en una conciencia moral incómoda, dispuesta a sacrificar prestigio, dinero y afecto social por aquello que consideraba justo.

Nace en París

LA MADRAGUE, LA FORTUNA Y SU LEGADO

En 1958 compró La Madrague, su casa en Saint-Tropez. Más que una mansión, fue un refugio frente al mundo. Allí se retiró definitivamente y construyó una vida lejos del espectáculo.

Aunque acumuló una gran fortuna gracias al cine, la música y los derechos de imagen, Bardot vendió joyas, propiedades y objetos personales para financiar su activismo animalista.

En 1969, su rostro fue elegido como modelo de Marianne, símbolo de la República Francesa. Bardot dejó de ser solo una estrella: pasó a representar una época.

Brigitte Bardot falleció el 28 de diciembre de 2025 a los 91 años, en La Madrague. La Fondation Brigitte Bardot anunció su muerte con profunda tristeza por la pérdida de su fundadora y presidenta, destacando su vida de compromiso con la defensa de los animales tras su retiro del cine en 1973.

Según su esposo, Bardot había estado lidiando con problemas de salud durante meses, incluyendo un diagnóstico de cáncer y varias intervenciones, y murió de forma pacífica en su hogar, acompañada por su familia y el cuidado cercano de quienes la rodeaban.

El anuncio de su fallecimiento desató una ola de homenajes en Francia y en todo el mundo, incluidos tributos del presidente francés Emmanuel Macron, quien la describió como una “leyenda del siglo”, así como reconocimientos de colegas, asociaciones culturales y organizaciones protectoras de animales que resaltaron tanto su impacto artístico como su legado activista.

El patrimonio de Brigitte Bardot fue tan singular como su vida. A diferencia de

muchas figuras de su generación, Bardot no construyó una herencia orientada a la descendencia ni al linaje familiar, sino a una causa. Desde hace años dejó en claro –en entrevistas y documentos vinculados a su fundación– que su voluntad era que la mayor parte de sus bienes estuviera destinada a la protección animal

Su activo más emblemático fue La Madrague, donde vivió hasta el final de su vida. Más que una propiedad de lujo, fue su refugio emocional y el centro operativo de su activismo. Diversos medios franceses señalaron que Bardot había tomado previsiones para que el uso de esa propiedad quedara ligado a su legado moral y no a una simple operación inmobiliaria.

En términos económicos, Bardot no acumuló una fortuna intacta: gran parte de sus ingresos provenientes del cine, la música, derechos de imagen y reediciones fueron donados progresivamente a la Fondation Brigitte Bardot. Ella misma explicó que prefirió desprenderse del dinero

“No quiero dejar dinero. Quiero dejar protección”.

Brigitte Bardot, frase atribuida en entrevistas reproducidas por la prensa francesa.

en vida para financiar rescates, refugios y campañas legales.

Respecto a su hijo, Nicolas-Jacques Charrier, la relación distante y los antecedentes judiciales hacen que su figura aparezca de forma muy limitada en la planificación patrimonial conocida públicamente. Los especialistas en derecho francés que analizaron el caso señalaron que Bardot buscó respetar el marco legal de herencia obligatoria, pero sin modificar el eje central de su legado: la causa animal.

Su esposo, Bernard d’Ormale, fue señalado por la prensa francesa como la persona encargada de administrar y custodiar parte de ese patrimonio conforme a las disposiciones legales y testamentarias, en coordinación con la fundación.

Más que una herencia tradicional, Brigitte Bardot dejó un patrimonio ideológico: transformó su capital simbólico y económico en una estructura institucional que la sobreviviría. En ese sentido, su última decisión fue coherente con toda su vida adulta: no legar riqueza, sino responsabilidad

Fuentes: Associated Press (AP), The New York Times, Le Monde, People Magazine, Vogue France Documental Bardot (2023), Initiales B.B. (1996), Fondation Brigitte Bardot, INA (Institut National de l’Audiovisuel), Le Monde (archivo cultural y político), The Guardian (perfiles retrospectivos), Archivos INA (Institut National de l’Audiovisuel).

ALEJANDRA URRUTIA

La partitura de una voluntad inquebrantable

Desde la adolescente que cruzó un continente hasta los grandes escenarios de hoy, la directora de orquesta Alejandra Urrutia ha construido una forma de liderazgo donde la música es servicio, la pausa es aprendizaje y la comunidad, el verdadero sentido de dirigir.

Cruza sola un continente con un estuche de violín en la mano.

Desde la ventana del avión, la noche sobre el océano parece no tener fin, pero en su cabeza hay una certeza silenciosa. Treinta años después, esa escena inicial se despliega en la mujer que hoy dirige en Berlín y en el Teatro Municipal de Santiago, y que acaba de vivir un enero feroz entre la altura radical de Portillo y la multitud de la Estación Mapocho.

Hoy, al mirar ese recorrido con distancia, Alejandra Urrutia vuelve una y otra vez sobre la misma idea. Para ella, cada desafío, musical o no, ha sido una forma de ponerse a prueba, de comprobar hasta dónde puede llegar una voluntad sostenida en el tiempo. “Para mí, cada desafío es una manera de mostrarme a mí misma que todo es posible”, dice, con la calma de quien ha aprendido a no apurar los procesos.

El silencio en la Estación Mapocho no es un vacío, es una materia vibrante, casi táctil.

Frente a más de cinco mil personas que han acudido a la cita anual con la música, Alejandra Urrutia, nacida en Concepción en 1975, levanta los brazos y el aire parece sostenerse por un hilo invisible. No es solo música lo que emerge bajo su batuta; es el resultado de un proceso largo, casi alquímico, donde la técnica cede ante algo más urgente: la conexión humana. Tras un enero de 2026 que marca un punto de inflexión en su carrera, con el estreno mundial de Raíces y alas, la sinfonía de Sebastián Errázuriz dedicada a la infancia, en homenaje a los 80 años del Premio Nobel de Gabriela Mistral, la directora chilena se detiene a observar el mapa de una vida diseñada nota a nota, con una voluntad que ella misma define como inquebrantable.

Instalada hoy en Viena, la capital simbólica del canon clásico, pero con el corazón anclado en los proyectos que agitan el ecosistema cultural chileno, Alejandra Urrutia es una figura que trasciende el foso de la orquesta. Su presencia en el podio

combina autoridad técnica y una forma de misticismo laico. Para ella, la música no es un ornamento, sino un servicio, y el escenario es un lugar de humildad radical donde la obra es la única soberana.

La narrativa oficial suele construirse desde el hito biográfico; es decir, la adolescente de Concepción que, a los 16 años, cruzó el continente con una beca completa y que a los 21 ya ostentaba un doctorado en la Universidad de Michigan. Pero al mirar a esa joven desde la madurez de quien ha dirigido en Berlín y en el Teatro Municipal de Santiago, Alejandra evita la autocomplacencia del prodigio: “Definitivamente es una mezcla de talento normal, resiliencia y una gran fuerza de voluntad que siempre me ha acompañado”. Para ella, el éxito no es azar, sino construcción mental permanente. “Hasta hoy, cada desafío lo veo como una manera de mostrarme que todo es posible y que las trabas o las soluciones las crea uno mismo en la mente”, dice.

METAMORFOSIS, PAUSA Y VOLUNTAD

Alejandra Urrutia pertenece a una familia de músicos y habitó la orquesta primero desde el violín, una posición “dentro” del conjunto que le otorgó una perspectiva privilegiada sobre la vibración y el pulso colectivo. El paso de violinista a directora comenzó casi en secreto, durante sus últimos años de doctorado. No hubo gesto teatral ni epifanía pública. “Más que la idea de estar al frente o dentro de la orquesta, mi deseo era entender una obra y poner mis ideas al servicio de ese entendimiento”, explica.

El violín le permitía ver de inmediato cómo una idea se transformaba en sonido, y esa capacidad de influir en el conjunto se volvió una necesidad. Cambiar de lugar implicó

volver a empezar. Aprender otra técnica, asumir el costo de ponerse en el centro de todas las miradas y aceptar una vida marcada por la exposición constante.

Pero en la vida de todo artista existe un quiebre, un silencio que no está escrito en la partitura y que redefine todo lo que viene después. Para Alejandra, ese silencio llegó en 2011, en forma de una trombosis cerebral. Fue la pausa mayor de su vida, un alto total que la obligó a enfrentar preguntas que la vorágine de la carrera había mantenido en suspenso. “Una pausa que me hizo no solo parar, sino tomar conciencia de mi vida y hacerme preguntas existenciales profundas”, confiesa.

En ese vacío nació otra Alejandra: “Fue desde ese período que comencé a meditar diariamente (rutina que aún mantengo) y a darme cuenta de que soy la creadora de mi propia vida, lo que conlleva una gran responsabilidad conmigo misma y con mi entorno”. La música que vino después ya no fue la misma. Hoy agradece esa interrupción brutal, porque la obligó a ordenar prioridades y a dotar de sentido cada hora de ensayo, cada concierto, cada viaje. En la sala se percibe en la manera en que prepara un silencio, en la calma con que deja extinguir una frase antes de pedirle a la orquesta que vuelva a respirar.

PARA ESCUCHAR

Sinfonía N.º 2 Resurrección, de Gustav Mahler. La obra que le valió el Galardón Mahler y que dialoga con su propio renacimiento tras la enfermedad. (En Spotify).

PARA MIRAR

El registro visual del estreno de Raíces y alas en la Estación Mapocho. Una lección sobre cómo la música contemporánea puede dialogar con una audiencia masiva. (En www.vibraclasica.org).

PARA LEER

Poema de Chile, de Gabriela Mistral. Brújula espiritual y fuente de inspiración para su trabajo de este 2026. (En librería).

EL PODIO COMO TERRITORIO DE HUMILDAD ACTIVA

Desde fuera, su figura suele narrarse en clave de récord. Claro, fue la primera mujer en estar al frente de una orquesta profesional en Chile, primera chilena en dirigir la Filarmónica de Santiago, parte de la lista de Forbes de las cincuenta mujeres más poderosas del país. Pero ella se resiste a esa épica. “En muy pocos momentos soy consciente de ser la primera. No me parece algo importante ni me siento orgullosa por eso”, afirma. Lo dice con convicción y lo explica a partir de una revelación que tuvo hace poco, que cambió su perspectiva: “Cada ser humano tiene su lugar en el planeta, y si pones energía a diario en lo

que amas, atraerás lo que necesitas. Lo que venga lo tomo con amor, con respeto y con la humildad de que está ahí para enseñarme algo”. No cree en esperar milagros, dice que “las cosas no llegan solas, que uno tiene que estar activamente creando la vida que desea”.

Lo mismo ocurre con la palabra “poder”. Fue parte de la Taki Alsop Conducting Fellowship, recibió el Galardón Mahler y REDMAD la distinguió por su trabajo con el Hub de Mujeres Directoras de Orquesta. Aun así, la palabra la incómoda: “Me cuesta conectarme con el poder. A quienes creen

tenerlo, seguro que les durará poco”. Prefiere hablar de liderazgo como un espacio de colaboración, escucha y respeto. “A través de la inspiración se pueden lograr grandes cosas en conjunto”, considera.

Cuando Forbes la nombró mujer poderosa, tuvo que traducir el concepto para aceptarlo. “Lo entendí más como influencia que como poder”, explica. En el podio, insiste, no sube con esa palabra en la cabeza: “Subo con la convicción de transformar e inspirar a los músicos y al público que está presente en ese momento”.

LABORATORIOS DE MÚSICA Y CARÁCTER

La idea de transformación atraviesa todos sus proyectos. En Vibra Clásica, la plataforma cultural que Alejandra Urrutia cofundó para repensar la música clásica como experiencia artística, formativa y comunitaria, la orquesta se convierte en un laboratorio de liderazgo. Equipos de distintas organizaciones observan ensayos donde las tensiones, los errores y los ajustes no se esconden. “La reacción más reveladora es entender que cada persona cumple un rol esencial”, explica. “Hay quienes inspiran al equipo y otros que ponen trabas. Siempre existirán ambos. El desafío es elevarse por sobre esos escenarios, entendiendo que el propósito mayor es la obra”, asegura y agrega: “Las emociones personales no pueden entrar en juego en un ensayo. Eso significa ponerse por sobre la música, y eso es profundamente egocéntrico”.

En academias como PortilloFest y en su trabajo con orquestas juveniles, esa filosofía se despliega con otra intensidad. En enero volvió a la cordillera para dirigir diez días de inmersión musical en el Hotel Portillo, frente a la laguna del Inca. Entre ensayos seccionales, prácticas de yoga y caminatas en altura, la música se vuelve oficio, pero también una forma de mirar el mundo. “En mi cabeza no distingo entre trabajar con una orquesta juvenil o profesional. A los

jóvenes hay que tratarlos como músicos profesionales para que toquen como tales”, afirma.

Ese trato no es dureza, es confianza. “Ahí es donde se desarrolla la confianza musical y humana”, dice. A veces cambia la metodología, admite, pero las ideas son las mismas: “Es muy importante ser consciente del lenguaje que usamos, siempre”.

Cuando habla de programación, no usa la palabra “programa”, sino “relato”. En Vibra Clásica, dice, “es fundamental crear experiencias únicas para el público y para los artistas”. Muchas veces todo nace de una imagen mental: “Llega una idea y de inmediato creamos un relato alrededor de ella, sin límites, sin descartar palabras”. Solo después viene la ejecución concreta, paso a paso, cuidando que el relato y los valores del equipo no se traicionen. Esa forma de pensar la música como experiencia curatorial está detrás de proyectos como el Festival Academia Internacional de Música Portillo, el Hub de Directoras o el Gran Concierto por la Hermandad, entre otras líneas de trabajo e iniciativas que desarrolla junto a sus socias, Angélica Fanjul y Caroline Ward, en Vibra Clásica, para que la música clásica deje de sentirse ajena y vuelva a ser un espacio compartido.

HERMANDAD EN LA CIUDAD, RETIRO EN LA MONTAÑA

Este enero, esa visión tuvo dos escenarios extremos. El 12 de enero, el Centro Cultural Estación Mapocho volvió a llenarse con el Gran Concierto por la Hermandad, proyecto que dirige desde 2018 y que este año homenajeó los 80 años del Premio Nobel de Gabriela Mistral con el estreno mundial de Raíces y alas. “Es uno de los proyectos musicales más importantes del país –afirma–. No solo por reunir a más de cinco mil personas, sino porque el concierto es la culminación visible de un proceso que dura más de seis meses”.

Durante el año se anuncian muchos conciertos masivos y gratuitos. Lo que distingue a este es su lógica comunitaria.

La orquesta está formada por estudiantes avanzados y profesionales, y el coro por ciudadanos que deciden comprometer tiempo y energía: “Cada miembro es parte activa del proyecto. Eso crea un sentimiento de pertenencia profundo”. Nadie recibe remuneración económica, “todos están ahí por un propósito mayor”. Esa energía, dice, se siente en cada ensayo y estalla el día del concierto.

Pocos días después, la escena se trasladó a la cordillera. Entre el 17 y el 27 de enero, PortilloFest vivió su séptima edición con casi cien músicos, docentes y artistas invitados. Los jóvenes ensayaban mirando la laguna del Inca, convivían en el hotel como en un campus

“Subo con la convicción de transformar e inspirar a los músicos y al público que está presente en ese momento”.

improvisado y conversaban sobre técnica, miedo y futuro. Alejandra dirigió ensayos y conciertos, pero también acompañó procesos personales, crisis y avances. Los conciertos finales, en Portillo, Viña del Mar y la Gran Sala Sinfónica de la Universidad de Chile, llevaron ese trabajo hacia el público general, como si un fragmento de la montaña hubiera descendido a la ciudad.

Entre Estación Mapocho y Portillo hay una geografía simbólica que la describe bien. En un extremo, la multitud y el ruido urbano; en el otro, el aire delgado de la altura y la quietud de la laguna. En ambos lugares, Alejandra Urrutia levanta los brazos para convocar un sonido que no le pertenece, pero que la atraviesa. No habla de poder, sino de influencia, de servicio, de una responsabilidad que se ejerce nota a nota.

Cuando baja del podio, en Viena, en Portillo o en Santiago, el silencio que queda en la sala no se parece al vacío. Es más bien una pregunta. Qué hacemos con lo que acabamos de escuchar. Qué vida estamos creando con esta música. Ella ha aprendido a habitar ese instante, donde la voluntad interior, la pausa y la comunidad se encuentran, antes de que el próximo ensayo vuelva a comenzar.

Conoce los próximos proyectos en @vibraclasica

ELORDI

el nuevo ícono del cine y la elegancia

Del surf australiano a Hollywood, Jacob Elordi se ha convertido en una de las figuras más prometedoras de su generación. Con su magnetismo natural, su talento camaleónico y una elegancia innata que lo vincula hoy al universo Cartier, el actor redefine el concepto contemporáneo de ser una estrella.

Nacido en Brisbane, Australia, en 1997, Jacob Elordi creció entre olas, cámaras y sueños de cine. Desde joven, su pasión por la actuación lo llevó a formarse en artes dramáticas mientras combinaba sus días con el surf. Su gran salto llegó en 2018 con The Kissing Booth, la comedia romántica de Netflix que lo catapultó a la fama mundial y lo convirtió en ídolo adolescente.

Pero Elordi no tardó en demostrar que su ambición iba más allá de los clichés juveniles. Su interpretación de Nate Jacobs en Euphoria (HBO) reveló una profundidad emocional y una intensidad poco comunes, consolidándose como uno de los actores más versátiles de su generación. Más tarde, su participación en Priscilla –la película dirigida por Sofia Coppola donde encarnó a Elvis Presley– confirmó su capacidad para reinventarse y su fascinante magnetismo en pantalla.

Más allá de su carrera cinematográfica, Elordi se ha convertido en un referente de estilo. Su porte clásico, su presencia elegante y su naturalidad para combinar piezas modernas con guiños retro lo han posicionado como favorito de las grandes casas de lujo. En cada alfombra roja, logra equilibrar sofisticación y autenticidad, evocando el glamour atemporal de estrellas como James Dean o Paul Newman.

En 2025, Cartier anunció un proyecto que une dos nombres sinónimos de sensibilidad y belleza visual: Jacob Elordi y Sofia Coppola. Con motivo del lanzamiento de la nueva colección LOVE Unlimited, la Maison invitó a la directora neoyorquina, ganadora de un Oscar y conocida por su mirada poética, a colaborar con Elordi en una campaña que rinde homenaje a una pieza emblemática: el LOVE bracelet, creado en Nueva York en 1969 por Aldo Cipullo.

Coppola, quien ya había trabajado con Elordi en Priscilla, lo retrata en una exploración íntima y melancólica de Nueva York. A través de su lente, el actor encarna los distintos matices del amor y la conexión emocional que inspiraron la creación original del brazalete. La producción, acompañada por fotografías de su hermana Isabella Elordi, combina elegancia cinematográfica y autenticidad emocional.

“Fue genial volver a trabajar con Jacob y retratarlo de manera relajada y natural –explicó Sofia Coppola–. Pensé que, tratándose del amor, debía sentirse cercano, íntimo. Imaginé un fin de semana romántico en Nueva York, sin grandes planes, solo disfrutando el momento con el skyline de fondo, lleno de posibilidades”.

Por su parte, Elordi confesó: “Es un honor volver a colaborar con Sofia en esta nueva historia para Cartier. Es un tributo al amor, al espíritu artístico de Nueva York y al cine que siempre me inspiró”.

La colaboración entre Cartier, Sofia Coppola y Jacob Elordi se presenta como una celebración del amor en todas sus formas: el romántico, el creativo y el fraternal. Es un encuentro entre generaciones, miradas y sensibilidades que captura la esencia de un ícono que trascendió la joyería para convertirse en un símbolo universal. Con este proyecto, Jacob Elordi no solo reafirma su lugar como actor en ascenso, sino también como representante de una nueva masculinidad: sensible, introspectiva y profundamente estética.

BAL HARB OUR

80 AÑOS DE EXCLUSIVIDAD

QUE DEFINEN EL LUJO

80 AÑOS

Jorge González analiza las claves de un modelo urbano donde el ultralujo, la planificación y la identidad comunitaria convierten a Bal Harbour en un referente global.

Alas puertas de su 80° aniversario, Bal Harbour Village, el diamante del sur de Florida, consolida un modelo de gestión público-privada que lo mantiene como uno de los destinos más exclusivos del mundo. Con apenas 2,5 km² en la punta norte de Miami Beach, este enclave de ultralujo no solo es refugio de residentes de altísimo poder adquisitivo y bajo perfil, sino también un motor económico: de la mano de su icónico shopping center, ostenta hoy el mayor ingreso por metro cuadrado a nivel global.

Para entender el liderazgo y la visión estratégica detrás de este ecosistema de exclusividad, conversamos con Jorge González, director general de la ciudad y exadministrador de Miami Beach.

Bal Harbour cumple 80 años. ¿Qué significa este aniversario para usted, en lo personal y en lo profesional? Este aniversario no se da de manera aislada. Coincide con los 250 años de los Estados Unidos, los 60 años de Bal Harbour Shops y un calendario de eventos muy relevantes en 2026, entre ellos la Copa Mundial de la FIFA. Todo ocurre en simultáneo, y eso genera una confluencia muy especial. Al igual que el campeonato de fútbol americano universitario, celebrado en Miami en enero. A partir de allí, muchos de los acontecimientos del año estarán ligados tanto a Bal Harbour como al país en su conjunto.

Mirando hacia atrás, ¿qué cree que definió la identidad única de Bal Harbour Village? Es una identidad que se fue construyendo con el tiempo, pero sin dudas un punto de inflexión fue, hace 60 años, la decisión de ubicar Bal Harbour Shops en este lugar. Eso marcó el inicio de una identidad ligada al lujo: tiendas, residencias, restaurantes, hoteles… todo fue creciendo de manera coherente y sostenida. Esa continuidad a lo largo de las décadas es clave para entender lo que es Bal Harbour hoy.

Makoto.
Carmen Florio, Paola Busch y Jorge González, Dir. de Bal Harbour District, celebrando en Punta del Este el 80 aniversario de Bal Harbour.

¿Cómo lograron mantenerse como un distrito exclusivo sin perder la esencia comunitaria?

Bal Harbour es un lugar muy particular. Geográficamente es casi una península, rodeada de agua por tres lados. Estamos en el extremo norte de Miami Beach, y aunque quien busca playa tiene muchas opciones en la ciudad, aquí se dio una evolución orgánica y estratégica. Las tiendas de lujo, los edificios residenciales, los hoteles… todo se atrajo mutuamente. Entender la importancia del turismo y apostar por él fue fundamental para el desarrollo del área, siempre manteniendo una escala cuidada y una fuerte identidad comunitaria.

Reconocido mundialmente por su naturaleza, diseño y sofisticación, ¿cuál fue el mayor desafío para preservar ese equilibrio?

La zonificación fue clave, así como el trabajo conjunto con desarrolladores a lo largo de los años. Cuando uno entra a Bal Harbour, sabe exactamente dónde está cada cosa.

Eso no es casual: hubo un control muy claro del desarrollo urbano. Otro aspecto fundamental es la seguridad. Bal Harbour se percibe como un lugar protegido y tranquilo. No se trata de una presencia agresiva, sino de un entorno donde las personas se sienten seguras, al punto de poder dejar la puerta abierta sin preocupaciones.

¿Cómo se compone hoy la comunidad entre residentes y turismo? Tenemos aproximadamente 3300 residencias registradas, muchas de ellas segundas viviendas. En algún momento la proporción era 70 por ciento residentes permanentes y 30 por ciento temporales, pero hoy eso ha cambiado un poco. En cuanto al turismo, es difícil medirlo con exactitud, pero la ocupación hotelera suele estar entre el 80 y el 90 por ciento. Muchos residentes no viven aquí todo el año: pasan temporadas, meses de verano o ciertos períodos específicos.

¿Y en cuanto a nacionalidades?

El turismo más fuerte sigue siendo el interno de los Estados Unidos, especialmente de Nueva York. A nivel internacional, Brasil tiene una presencia muy importante; contamos con muchos propietarios y visitantes brasileños. Hoy en Miami en general se ve mucho turismo colombiano, pero en Bal Harbour predominan claramente Estados Unidos y Brasil.

¿Qué rol juega hoy Bal Harbour dentro del mapa global del lujo y la excelencia?

Bal Harbour representa un lifestyle intencional. Las tiendas de moda y los productos más exclusivos se concentran aquí. Lo más selecto, lo más difícil de encontrar, está en Bal Harbour. Esa curaduría es parte esencial de su posicionamiento.

Han llevado el “estilo Bal Harbour” a otros mercados a través de pop-ups. ¿Cómo fue esa experiencia?

Funcionó muy bien en términos de visibilidad más que de volumen de ventas. En mercados donde hubo activaciones y promoción, el impacto fue muy positivo. Estas acciones generan oportunidades: no solo como branding, sino como experiencia. Permiten llevar marcas a lugares donde normalmente no estarían, creando propuestas exclusivas en mercados nuevos. También abre la puerta a marcas más pequeñas o menos conocidas, dándoles la posibilidad de formar parte del ecosistema Bal Harbour.

¿Qué sucede con la escena gastronómica?

La arquitectura y el diseño de los restaurantes se mantuvieron con mucha inteligencia, sin cambios bruscos. Hoy la propuesta gastronómica está creciendo de manera sostenida. Makoto es actualmente el restaurante más exitoso de Bal Harbour, y es un gran ejemplo de cómo la gastronomía acompaña el nivel del destino.

¿Cómo imagina Bal Harbour dentro de 10 o 20 años?

No lo imagino cambiando demasiado. El objetivo es mantener el lujo, la seguridad y la limpieza. El principal desafío hoy es el tránsito: a mayor construcción, mayor congestión, y eso es algo difícil de controlar. Pero la esencia de Bal Harbour seguirá siendo la misma.

Jorge González, Dir. de Bal Harbour District
nota de tapa
Vestido Javiera Jordan

LA PERLA OCULTA DE

ANA BONA MICO

Por Francisca Vives K. Fotografía Tom Ghiorzo
Beauty
Karen Catalan con productos Chanel Beauty
Asistente Cami Lopez
Post producción Carlos Salcedo

Entre Bal Harbour, Santiago y Buenos Aires, la artista visual que convierte heridas colectivas en color flúor nos invita a entrar en su ostra.

Un universo donde la calma es práctica, el cuerpo es templo y la belleza es una forma de memoria.

Hablamos con Ana Bonamico en un verano que no es solo temperatura, sino geografía afectiva. Afuera, el sol pega sobre la arena de Bal Harbour y el mar dibuja su propio ritmo, pero la escena que ella elige para presentarse no ocurre en la superficie. “Me verían dentro de la ostra, no como protagonista sino como parte del cuerpo de la obra. Tal vez en silencio, observando, tocando la materia, escuchando el espacio”, dice, y desde esa imagen ya no hay vuelta atrás. No estamos frente a una portada más de temporada, sino en la antesala de un territorio íntimo donde el arte es refugio, pregunta y, a veces, medicina silenciosa.

Ana se mueve con naturalidad en una frontera que muchos intentan nombrar; es decir, arte, moda, vida cotidiana. Para ella, en cambio, todo confluye. “Me muevo entre el arte, la moda y la vida diaria como si fueran un mismo territorio. Pinto lo que me rodea, pero también eso que no se ve, como los gestos, las emociones, la energía”, cuenta. Esa energía, tantas veces asociada a sus murales flúor y a las imágenes impecables que circulan en redes, tiene su raíz en algo más antiguo. Una niña que empezó a pintar como quien juega, sin saber todavía que ese gesto lúdico se convertiría en idioma y destino.

“Siempre sentí que el arte era una forma de entender el mundo. Empecé a pintar muy chica, casi de manera intuitiva, como un juego”, recuerda. Con los años, ese juego se volvió disciplina y forma de estar en el mundo. Se formó como artista plástica en la Escuela de Bellas Artes Regina Pacis, en Buenos Aires, y fue construyendo una

práctica donde la pintura, el color, la materia y el cuerpo se mezclan sin jerarquías. “Con el tiempo entendí que mi arte no se limita a la pintura, sino que todo lo que hago está atravesado por mi práctica artística. Trabajo con el color y la materia como si fueran extensiones del cuerpo”, cuenta.

Entre ferias de arte, galerías, murales y colaboraciones internacionales, su obra fue expandiéndose de los lienzos al espacio público, de los cuadros al diseño de experiencias. Hoy, su instalación The Hidden Pearl, en Bal Harbour, convierte un acceso cotidiano a la playa en una especie de pasaje iniciático. No es un capricho estético, sino una declaración. Cada paso puede ser también un gesto de contemplación, cada herida una posible luz. “La memoria y el tiempo son dos conceptos muy presentes en mi obra, de alguna manera pintar para mí es una forma de no olvidar”, sintetiza.

“La memoria y el tiempo son dos conceptos muy presentes en mi obra, de alguna manera pintar para mí es una forma de no olvidar”.
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DONDE EMPIEZA

LA LUZ DE LA OSTRA

The Hidden Pearl nace de la ostra como símbolo y del mar como escenario, pero su corazón está en otra parte. La pregunta es inevitable: ¿qué incomodidad fue necesaria para transformarse en perla y dar origen a esa obra? Ana elige no encerrarla en un drama individual. “No parte de una herida personal, sino de una herida colectiva. Me interesa esa fragilidad compartida que atraviesa a las mujeres y, en un sentido más amplio, al ser humano. Esas marcas que deja el tiempo, las exigencias, los silencios heredados, las formas en que aprendimos a protegernos”, dice. La instalación, entonces, no es un autorretrato, sino una cápsula de empatía. Un lugar donde lo vulnerable deja de ser defecto para transformarse en fuerza.

En ese corredor hacia el mar, las formas orgánicas y los tonos nacarados acompañan un tránsito que podría ser apresurado, casi mecánico. Pero algo se detiene. “Me gustaría que se lleven una pausa casi imperceptible. Que, por un segundo, el cuerpo desacelere sin saber por qué. Que la mirada se ablande, que el paso se vuelva menos urgente”, explica. No necesita que nadie se quede horas frente a su mural ni que descifren el concepto. Le alcanza con ese microsegundo de alivio compartido, esa respiración más profunda que no llega a ser consciente, pero acomoda algo por dentro: “Si siguen su camino apenas más liviano, el mural ya hizo su trabajo”.

LA CALMA COMO PRÁCTICA SECRETA

La calma, en su vida, nunca fue un paisaje fijo. Es, más bien, una práctica que se sostiene entre viajes, rodajes, campañas, maternidad y horas de taller. “En un mundo que empuja constantemente a la velocidad y a la exposición, desacelerar es una necesidad”, admite. La encuentra en los rituales pequeños, en el acto de pintar, en caminar sin destino, en mirar el color del mar o la luz que cambia una habitación. “No es ausencia de movimiento, sino una forma más atenta de habitarlo. Fuera del relato artístico, la calma es el espacio donde vuelvo a escucharme y desde donde todo lo demás puede suceder”, asegura.

Desde esa escucha interna fue transformando también la manera en que se relaciona con su propio cuerpo. Hoy ese cuerpo es parte visible de su obra, de sus campañas, de sus videos de rutina y belleza, de sus estilos pensados como segunda piel. Pero debajo de la estética hay algo más profundo. “Mi relación con el cuerpo se volvió más consciente y amable. Al hacerse visible, entendí que no era algo para exhibir, sino para cuidar. Hoy lo habito como un templo; es decir, un espacio de experiencia, memoria y límites que merece respeto. Esa escucha transformó también mi manera de crear”, afirma. En ese templo caben tanto la potencia de un mural monumental frente al mar como el gesto mínimo de un pincel sobre el lienzo en silencio.

“En un mundo que empuja constantemente a la velocidad y a la exposición, desacelerar es una necesidad”.
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UN IDIOMA HECHO DE AEROPUERTOS Y MEMORIA

El mapa de Ana no se puede trazar con una sola línea. Nació en Buenos Aires, pasó de los talleres de Bellas Artes a la vorágine de la ciudad, y hace años que reparte su tiempo entre su casa-taller convertida en “casa templo” en Santiago, Buenos Aires y Miami, donde el mar funciona como escenario y espejo. En el medio, aeropuertos, ferias, proyectos, habitaciones de hotel que por unas horas se vuelven un estudio improvisado. ¿En qué idioma piensa alguien que vive entre coordenadas tan distintas? “Creo que pienso en un idioma híbrido, uno que no pertenece del todo a ningún lugar. Tiene algo del porteño (esa intensidad emocional), algo del silencio y la observación que aprendí en Chile, y mucho del ritmo fragmentado de los aeropuertos”, dice.

Ese idioma no se pronuncia solo con palabras: “Sobre todo, es un idioma sensorial, que se construye con color, con materia, con pausas. No se traduce en palabras, sino en gestos. Tal vez sea un idioma inventado, uno que se activa cada vez que empiezo a crear”. Allí donde el castellano se queda corto, sus colores avanzan. Una mancha flúor en un muro, un trazo nacarado en un pasaje a la playa, una textura sobre un sillón intervenido en 2004 que hoy sigue habitando su casa. Todo es parte del mismo vocabulario plástico con el que narra lo íntimo.

En esa deriva, hubo un momento en que la artista que mostraba cuadros se encontró diseñando experiencias completas. No fue un quiebre dramático, sino un desplazamiento natural. “Hubo un momento en el que entendí que la obra no terminaba en el cuadro ni en el muro, sino en la experiencia que se activa cuando alguien la habita. Empecé a pensar el espacio, el recorrido, el tiempo de quien mira”, cuenta. Para ella, no se trata de abandonar la pintura, sino de expandirla: “Más que dejar de mostrar cuadros, amplié el campo de la práctica, el arte comenzó a dialogar con el cuerpo, con la arquitectura, con el entorno. Diseñar experiencias fue, en realidad, una forma de profundizar la misma búsqueda”.

En esa búsqueda conviven influencias distintas. Desde las mujeres artistas que encontraron belleza en lo imperfecto, como Georgia O’Keeffe, Lygia Clark o Yayoi Kusama, hasta fotógrafos contemporáneos que marcaron su manera de encuadrar el mundo. La creatividad de su trabajo se nutre de imágenes, miradas y referencias que van más allá de una sola disciplina. La moda aparece ahí como un lenguaje poderoso, pero no único: “La moda siempre me interpeló por su fuerza visual, también encuentro inspiración en la fotografía, tantos fotógrafos increíbles me han marcado a lo largo del tiempo. Además, estoy casada con el fotógrafo Tom Ghiorzo, a quien no solo admiro como persona, sino que su mirada y su trabajo son una fuente constante de inspiración para mí”.

Tom aparece seguido en las notas, casi como una presencia silenciosa, siempre detrás de cámara, atento a lo que sucede en los márgenes de cada escena. Le pregunto qué es lo que él ve de ella que no aparece en redes. Ana sonríe en el recuerdo: “Tom ve lo que ocurre antes y después de la imagen, esos silencios, las dudas, los momentos en que bajo la guardia. Capta gestos que no están pensados para ser vistos, una forma de estar que no necesita pose”.

Podría pensarse que compartir la vida con alguien que trabaja con la luz es un desafío. Para ella, no lo es. “Convivir con alguien que también dirige la luz es, en realidad, convivir con una mirada muy atenta y respetuosa. Hay una confianza profunda que nos permite trabajar juntos sin invadirnos, entendiendo cuándo la cámara acompaña y cuándo debe desaparecer. Esa complicidad no se construye para las redes, sino en la vida compartida”, explica.

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“Me interesa preservar zonas donde la experiencia no esté mediada por la cámara. Lo que muestro es real; pero lo más íntimo muchas veces elijo no mostrarlo”.

CASA TEMPLO, CUERPO REFUGIO

En redes, Ana aparece muchas veces como una figura cercana, mostrando su rutina de belleza, abriendo el clóset, contando la historia de una prenda, y también comparte escenas domésticas que podrían suceder en cualquier casa donde la luz entra a la hora justa. La artista de museo convive con la mujer que se maquilla frente al espejo del baño o que arma una maleta en silencio antes de un vuelo largo. Pero hay una frontera que no cruza. “Sí, hay mucho que el algoritmo no ve, y está bien que así sea. Hay procesos que necesitan silencio, tiempo... También hay una parte muy íntima de mi vida, hablo de mi familia, lo cotidiano más profundo, que prefiero dejarlo para nosotros” dice. Lo que decide mostrar es real, insiste, pero no es todo: “Me interesa preservar zonas donde la experiencia no esté mediada por la cámara. Lo que muestro es real; pero lo más íntimo muchas veces elijo no mostrarlo”.

Esa decisión tiene que ver con la misma coherencia que guía su vínculo con las marcas con las que colabora. Ana se convirtió en referente de estilo y en imagen de campañas de moda y lifestyle, pero nunca quiso que esa visibilidad diluyera la vulnerabilidad que atraviesa su obra. “No lo vivo como una negociación, sino como una elección consciente. Me interesa colaborar con marcas cuando existe un diálogo real, cuando la imagen no borra la vulnerabilidad, sino que la sostiene”, explica. Para ella, la intimidad no se juega en lo que se esconde, sino en la honestidad del gesto: “Ser parte de una campaña no implica ocultar las cicatrices, sino decidir desde dónde mostrarlas. Para mí, la intimidad no está en

lo que se expone, sino en la coherencia entre lo que hago, lo que elijo y lo que digo. Mientras esa coherencia exista, la imagen puede ser un espacio de verdad y no solo de representación”.

Cuando le pregunto qué fue primero, si el cuadro, el outfit o la necesidad de narrar quién es a través de lo que muestra, Ana desarma la pregunta con naturalidad. No hay jerarquías ni línea de tiempo. “No hubo un ‘primero’. Vestirme, pintar o narrar una imagen son formas de ordenar la experiencia y de relacionarme con el mundo”, dice. En su universo, el cuerpo, el color y los objetos hablan antes que cualquier explicación: “En ese cruce, lo que muestro no busca definir quién soy, sino acompañarme, sentirme cómoda y encontrar, en lo visible, una forma de protección”. Ahí, entre un vestido que se vuelve armadura blanda y una mancha que se despliega en la pared, se dibuja una identidad que no se deja atrapar por una sola etiqueta.

“Casa Templo”, su hogar en Santiago, es otro de esos lenguajes encarnados. La luz parece curada, las texturas se eligen con paciencia, los objetos tienen historia. No se trata de un set de fotos permanente, sino de un refugio que respira con quienes lo habitan. Cuando le pido que elija un único objeto que jamás prestaría, responde sin dudar: un sillón que intervino en 2004, una de sus primeras obras de estudiante, cuando trabajaba el concepto de la huella. “Es un objeto que fue tocado muchas veces y que ya forma parte de la energía de la casa. No es tanto el objeto en sí, sino lo que contiene, como el uso, la memoria, el paso del tiempo”, cuenta.

Ese sillón, gastado y cargado de capas de historia, condensa su manera de moverse por el mundo: “Para mí, habitar el mundo tiene que ver con rodearme de cosas que respiran conmigo, que no son decoración sino presencia. Ese vínculo silencioso resume mejor que nada mi forma de estar”.

En medio de una carrera que se expande hacia murales monumentales e instalaciones que dialogan con el turismo cultural internacional, hay una escena que se repite como ancla. Se trata de Ana sola frente a un lienzo, en silencio, en su taller. Durante la cuarentena, ese ritual fue una tabla de salvación. Hoy convive con viajes, notas, inauguraciones y agendas compartidas, pero sigue siendo el centro gravitacional de su práctica. “Esa Ana sigue estando y es imprescindible. Aunque hoy el trabajo tenga otras escalas y se expanda hacia lo monumental, todo vuelve siempre al taller y al gesto íntimo frente al lienzo”, dice. Ese momento no se transmite en vivo, no se coreografía para la cámara: “Ese instante de soledad sigue siendo un espacio de cuidado y de escucha, casi una medicina silenciosa. Ahí no hay urgencia ni expectativa, solo presencia. Es desde ese lugar pequeño y profundo que luego puedo pensar lo grande sin perder lo esencial”.

Esa escala íntima también ordena su relación con los orígenes. Bal Harbour, Art Basel, colaboraciones globales. En la superficie, el mapa parece cada vez más amplio. Pero cuando vuelve a Buenos Aires o a Chile, la brújula cambia de ritmo. “Me anclan las cosas pequeñas, como caminar sin apuro, los sonidos conocidos, la luz de ciertas horas del día, los rituales simples. Volver a esos barrios me recuerda que antes de lo global estuvo siempre lo cotidiano, y que ahí sigue estando lo esencial”, confiesa. En pequeñas escenas cotidianas, como el café de siempre, una vereda familiar, un cielo que se repite, vuelve a encontrarse. “Es en esos gestos mínimos donde vuelvo a reconocerme y a entender desde dónde hago lo que hago”, dice.

“Para mí, habitar el mundo tiene que ver con rodearme de cosas que respiran conmigo, que no son decoración sino presencia”.
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SER MAMÁ, BERLÍN Y LA PERLA INVISIBLE

La maternidad llegó en plena expansión profesional, cuando el mapa ya incluía más aeropuertos que plazas conocidas. Bambi, su hija, aparece en las fotos entre pinceles, cámaras y maletas, acompañando a sus padres en esa vida en movimiento. Pero para Ana no se trata de convertirla en parte de la escena, sino de construirle un centro. “Convertirme en madre cuando estaba en un momento muy alto de mi carrera fue un movimiento interno muy profundo. Me enfrentó a mis propios límites y me enseñó a escuchar otros tiempos, más reales y humanos”, cuenta. Y agrega: “Bambi llegó para anclarme, para devolverme al cuerpo y a lo esencial. Sueño para ella una infancia creativa y curiosa, donde el arte y el viaje sean parte del paisaje cotidiano, pero siempre desde el cuidado y la libertad. Más que mostrarle el mundo, quiero acompañarla a habitarlo”.

Ese equilibrio entre exposición y refugio, entre imagen y profundidad, entre movimiento y pausa, también se refleja en la manera en que cuida a los suyos. No todo se comparte, no todo se registra, no todo se monetiza. Hay escenas que necesitan quedarse en lo analógico para seguir siendo lo que son… vida, simplemente.

Y es justamente en esa vida donde Ana tuvo un compañero que también funcionó como brújula silenciosa. Berlín, su perro, aparece una y otra vez en fotos, campañas, escapadas a la naturaleza. Durante años fue sombra, testigo y cómplice, el que estaba en la casa cuando el ruido de afuera se apagaba. Cuando le pregunto por él, no responde con una anécdota aislada, sino que decide leer una carta que le escribió el día que murió. La voz se le quiebra un poco mientras repite en voz alta “Mi fiel compañero, mi primer hijo, mi amigo incondicional”. Habla de un vacío imposible de describir, pero también de “una huella imborrable” que quedó en su corazón, de la risa que provocaba su elegancia absurda con moño de lord en el casamiento en la playa, de esos cinco mil kilómetros de carretera que compartieron solo para aprovechar las vacaciones juntos, durmiendo en hoteles que no los esperaban pero que ellos igual hicieron propios.

“Bambi llegó para anclarme, para devolverme al cuerpo y a lo esencial”.

En la carta se cuela un detalle doméstico que la emociona tanto como las grandes escenas. Recuerda que Berlín tenía cuenta corriente en el puesto de la verdulería para comer sus manzanas preferidas, y se ríe entre lágrimas mientras lo lee. “No me alcanzará la vida para agradecerte todo el amor que me diste”, escribió ese 3 de febrero, el mismo día en que supo, después, que se celebra el día del golden retriever La coincidencia la conmueve todavía. Dice que es lindo llorar por amor y por gratitud, y que esa frase se le quedó pegada a la piel. Escucharla leer esa despedida es entender que su obra, tan asociada al color y a la vitalidad, también está atravesada por grandes y dolorosas penas. La memoria, esa palabra que aparece una y otra vez cuando habla de pintura, se vuelve aquí algo mucho más concreto. No se trata solo de no olvidar un trazo o una instalación, sino de guardar para siempre la presencia de quienes la acompañaron a construir su vida.

Las calles de Bal Harbour, los muros intervenidos, los vestidores llenos de texturas, las habitaciones de hotel que se convierten en pequeños talleres provisorios. Todo eso podría construir la postal perfecta de una vida en expansión. Sin embargo, cuando Ana habla de anclas, vuelve a escenas de una belleza casi secreta. Caminar sin apuro por un barrio conocido, reconocer el sonido de una ciudad al atardecer, volver a una casa donde un sillón intervenido hace veinte años sigue guardando historias, ver jugar a Bambi en el suelo como si el mundo no estuviera cambiando todo el tiempo. Son esos gestos mínimos los que le recuerdan de dónde viene y desde dónde hace lo que hace.

“Me gustaría regalarles la sensación de que cada herida, cada pausa y cada instante de silencio tiene un brillo propio”.
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Antes de terminar, le pido que piense en quienes este verano están en reinvención, en tránsito, en pausa forzada o elegida. Personas que tal vez llegan a Bal Harbour de vacaciones o que simplemente se cruzan con su obra en una foto, en una nota, en una historia breve. Qué les regalaría, si pudiera, como perla invisible de su proceso creativo y vital. Ana se queda callada un instante, como si escuchara algo que no se oye. “Me gustaría regalarles la sensación de que cada herida, cada pausa y cada instante de silencio tiene un brillo propio. Que aprendan a habitar el espacio entre lo que duele y lo que ilumina, y que ahí, en ese lugar invisible, pueden encontrar su propia perla”, dice.

No se trata, insiste, de controlarlo todo o de mostrarlo todo: “Como en mi obra, no se trata de mostrar todo ni de controlar el resultado. Se trata de vivir, sentir y dejar que lo que somos se transforme en algo que nos sostenga”. Tal vez por eso la imagen de Ana dentro de la ostra, al comienzo de esta conversación, sigue viva incluso cuando la entrevista termina. No está sola en el centro de la escena. Es parte de un cuerpo mayor hecho de color, de memoria, de afectos, de objetos que respiran, de viajes, de duelos, de luz nacarada sobre un pasaje hacia el mar. La perla, al final, no es el objeto reluciente que se exhibe, sino ese gesto íntimo que ocurre en la sombra cuando alguien decide transformar su herida en belleza compartida. Ana Bonamico lleva años practicando ese movimiento. Ahora, simplemente, nos invita a verlo.

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Oliver Adam (Director General de Rolex), Eduardo Plass (ganador), Juan Etchverrito (Comodo YCPE) y Alberto Urani (Comodo YCA)

ROLEX CIRCUITO ATLÁNTICO SUR 2026

Desde hace más de dos décadas, el Rolex

Circuito Atlántico Sur se consolidó como uno de los campeonatos de yachting más relevantes de Sudamérica. Cada enero, la regata conecta Buenos Aires con Punta del Este en una semana que celebra el logro humano, el espíritu deportivo y la tradición marítima, valores que forman parte de la relación de casi 70 años entre Rolex y el mundo de la vela.

Fotos
Rolex / Matías Capizzano

La edición 2026 se disputó del 24 al 30 de enero. El punto de partida fue el Yacht Club Argentino, en Buenos Aires, con destino final en la costa uruguaya. Coorganizado por el Yacht Club Argentino y el Yacht Club Punta del Este, el circuito continúa creciendo y atrayendo a algunas de las tripulaciones más competitivas de la región, junto a embarcaciones offshore de última generación. El evento culminó en Punta del Este con la tradicional ceremonia de premiación, donde se consagraron los nuevos campeones.

EL DESAFÍO DEL RECORRIDO

La competencia comenzó con un exigente tramo offshore de 167 millas náuticas a través del Río de la Plata rumbo a Punta del Este. Esta travesía representa la primera gran prueba para los equipos, combinando estrategia en mar abierto con las condiciones cambiantes del estuario. Una vez en Uruguay, la flota afrontó cuatro jornadas de regatas inshore frente a la costa esteña. El programa incluyó recorridos Barlovento-Sotavento y la tradicional Vuelta a la Isla Gorriti, donde la precisión táctica, el trabajo en equipo y la lectura del viento resultan determinantes.

LOS GANADORES DE 2026

En la Fórmula ORC 1 y División Performance, el “CRIOULA”, de Eduardo Plass, se consagró campeón general del campeonato, obteniendo como premio principal un reloj Rolex. El podio se completó con el “SANDOKAN”, de Carlos Belchor Costa, en segundo lugar, y el “MAC”, de Fernando Chain, en tercera posición.

En la Clase ORC 2, el “LLANERO”, de David Said, obtuvo el primer puesto en la División Performance y en la Regata Vuelta a Gorriti. Lo escoltaron el “MAD MAX ROCK HAUS”, de

Augusto Cortina, y el “BLUE CROSS & BLUE SHIELD” del YCU, que además se consagró en la División Cruiser Racer de la Clase ORC 2.

En la División ORC 90 (Clase ORC 2), el ganador fue el “CONI M”, de Gabriel Terrado.

En la Clase ORC 3, el “MAGO”, de Nicolás Bartolucci, se quedó con el primer puesto en División Cruiser/Racer y en la Regata Vuelta a la Isla Gorriti. Lo siguieron el “LADINO”, de Francisco Hariri, y el “MISTERIO 1”, de Juan Carlos Benítez.

ROLEX Y LA VELA

Desde finales de la década de 1950, Rolex acompaña el desarrollo de la vela en todas sus expresiones: desde la exploración oceánica hasta las regatas más exigentes del calendario internacional. Actualmente, la marca es patrocinadora principal del campeonato Rolex SailGP, así como de algunas de las competiciones más prestigiosas del mundo, entre ellas la Rolex Sydney Hobart Yacht Race, la Rolex Fastnet Race, el Rolex TP52 World Championship, la Maxi Yacht Rolex Cup y la Rolex Swan Cup.

Rolex también mantiene vínculos históricos con instituciones emblemáticas como el Yacht Club Costa Smeralda, el New York Yacht Club, el Royal Yacht Squadron, el Royal Ocean Racing Club, el Cruising Yacht Club of Australia y el Royal Malta Yacht Club. A lo largo de los años, grandes figuras de la disciplina formaron parte de esta relación, desde Sir Francis Chichester hasta referentes contemporáneos como Paul Cayard, Robert Scheidt, Sir Ben Ainslie, Hannah Mills, Tom Slingsby y Martine Grael.

MARÍA ANTONIETA

LA PRIMERA MUESTRA FUERA DE FRANCIA DE UN ÍCONO QUE SIGUE PRESENTE

Numerosos vestidos, joyas, cuadros, mobiliario y las prendas que grandes maestros de la moda han realizado en honor a la reina de Francia forman parte de la exhibición temporal que alberga el Victoria and Albert Museum de Londres. A través de estos objetos, cuenta la historia de la mujer, de la cual se siguen haciendo películas, colecciones y mucho más.

Por Rebeca Ubilla, desde Londres

Controvertida, amada, odiada y seguida. Así fue María Antonieta, la reina de Francia (1754-1793). Y pese a todo lo que se pueda decir o pensar de ella, a temprana edad se transformó en un ícono de la moda, el cine y las artes decorativas, marcando tendencia hasta hoy.

Conscientes de esto, los franceses han promocionado su historia e imagen, y esta vez lo hacen con la primera exposición de la reina francesa fuera de sus fronteras. ¿El lugar escogido? El Victoria and Albert Museum en la zona de South Kensington de Londres.

La muestra llamada “Marie Antoinette Style” es simplemente impactante. Llegamos con las ansias de los amantes del arte, la historia y por cierto de la figura de María Antonieta. De inmediato comprobamos que no somos los únicos, ya que las entradas

para las dos semanas siguientes a cuando arribamos están completamente agotadas. Cabe recordar que en la capital inglesa los museos son de acceso gratuito, pero las exhibiciones se pagan aparte, por lo que vale la pena comprar los tickets por Internet antes de asistir.

¿Quién es este personaje que nos sigue cautivando? María Antonieta nació en Viena (Austria) en 1755 y fue hija de María Teresa I de Austria y Francisco I del Sacro Imperio Romano Germánico. A sus 14 años fue comprometida para casarse con el delfín de Francia, Luis XVI, quien prontamente se convirtió en rey, y ella, en su reina. Como muchas de las historias de la monarquía, esta relación careció de amor y, según coinciden muchos historiadores, ella nunca gozó del favor de su pueblo y fue acusada de contar con varios amantes. Tuvieron cuatro hijos y solo su hija María Teresa sobrevivió a la revolución.

LA REINA DEL BRILLO

La muestra se divide en tres grandes salas y explora “cómo María Antonieta, como persona, dio forma no solo a la vestimenta, el diseño y los interiores de su propia época, sino que además ha seguido ejerciendo una influencia a lo largo de 232 años en las artes decorativas, la moda y el cine. Este es el legado de diseño de una celebridad temprana de la modernidad y la historia de una mujer cuyo poder y fascinación nunca ha disminuido”, plantea de entrada la exhibición.

Al ingresar, los numerosos vestidos de la reina inundan la gran sala. Acá están los usados por la propia monarca, pero también aquellos que otros miembros de la realeza utilizaron siguiendo su estilo. Ejemplo de ello es el wedding gown de la duquesa Hedvig Elisabeth Charlotta (1759-1818), que ocupa todo el centro del salón y es una copia del usado por María Antonieta en el día de su boda, muy destacado por ser de seda brocada.

También resaltan los vestidos que a fines de 1770 la reina –de una menudísima figura– y su círculo adoptaron confeccionados en lino y algodón como alternativas más ligeras y frescas a la seda. Asimismo, es posible ver las “capas” que se debían ocupar en la corte francesa, cuando las mujeres salían de ella y así cubrían y protegían sus outfits

El gran número de prendas es complementado por importantes retratos de la reina, como los llamados “María Antonieta con una rosa” y “María Antonieta con vestido de muselina”, ambos fechados en 1783 y firmados por Elisabeth Vigée Le Brun. También se exhiben grabados de sus elaborados peinados, los conocidos “pouf”, dentro de los cuales destacan sus grandes moños.

Siguiendo el recorrido, en el mismo espacio, es posible apreciar desde parte

de su mobiliario hasta sus joyas. Bajo el título “The Queen of Sparkle” (La reina del brillo), la exhibición muestra desde collares hasta bellos tocados. “Las joyas habían sido desde hace mucho tiempo un accesorio esencial en la vida de la corte, pero durante el reinado de María Antonieta, los cortes innovadores realzaron el brillo de las gemas como nunca antes”, resalta la muestra.

Un dato: cuando la familia real intentó huir de Francia en 1791, la reina hizo sacar clandestinamente del país sus joyas personales, las que fueron posteriormente reunidas por –como hemos señalado– su única hija sobreviviente, María Teresa.

Pero quizás lo más novedoso es que es posible hasta oler los perfumes que usaba la reina gracias a unos expendedores que constantemente arrojan el aroma.

Como sabemos, la vida de María Antonieta fue corta, y mientras ella disfrutaba de las bondades del Palacio de Versalles, las fiestas y la moda, la crisis social se acentuaba en Francia. Esta fue una de las causas del odio del pueblo francés, que la acusó de no empatizar con sus necesidades. De esta manera, una vez que estalló la revolución, los reyes fueron encarcelados y María Antonieta fue guillotinada en la Place de la Concorde de París.

Ese episodio tampoco queda fuera de la muestra. La atmósfera de sus últimos momentos se transmite a través de objetos profundamente simbólicos, como el camisón que usó el día de su ejecución, un elemento original de la guillotina y el diario en el que escribió su última nota a las 4:30 de la madrugada del 16 de octubre de 1793: “¡Dios mío, ten piedad de mí! Ya no tengo lágrimas para llorar por vosotros, mis pobres hijos; ¡adiós, adiós!”.

ÍCONO PRESENTE

Que María Antonieta sigue siendo un ícono presente no hay duda; en su nombre se han hecho múltiples películas; YouTube está lleno de videos con su historia y los más grandes diseñadores de moda han lanzado colecciones inspiradas en su figura. Y es eso lo que también se destaca en la muestra. Basta entrar al último salón para dejarse cautivar por el gran vestido que John Galliano realizó para Christian Dior en la primavera de 1998. Se trata de un vestido verde pastel que rinde homenaje al de la corte de María Antonieta, al tiempo que combina el glamour atemporal de Dior.

A su alrededor, una gran colección de prendas realizadas por distintos diseñadores, incluidas varias de las utilizadas por la actriz Kirsten Dunst, quien protagonizó a la reina francesa en la película Marie Antoinette, de Sofia Coppola.

Mención especial merecen los diseños y los zapatos del gran Manolo Blahnik. La relación del diseñador y María Antonieta es una fascinación que se materializó en dos grandes momentos: en 2006, diseñó el calzado para la película de Sofia Coppola, inspirándose en la opulencia y el rococó; y en 2025, lanzó una colección cápsula limitada, celebrando su figura para esta exposición.

Con todo, se trata de una gran muestra que a través de los objetos cuenta la vida de una de las reinas ícono de la historia, quien antes de morir señaló: “Hemos soñado un sueño agradable, eso es todo”.

Coordenadas: Marie Antoinette Style / Victoria and Albert Museum, Londres Vigente hasta el 22 de marzo de 2026.

El lujo de viajar más lento

TAMBOPATA

@forasterastravel

Texto Camila Rikli
Fotos
Tere Pérez

Una crónica de viaje por Tambopata, en la Amazonía peruana, donde el ritmo del bosque, la convivencia con científicos y guías locales, y una forma consciente de viajar revelan otra manera de estar en uno de los ecosistemas más vivos del planeta.

Llegar a Tambopata no es inmediato, y eso ordena el viaje desde el principio. El trayecto empieza en la ciudad de Puerto Maldonado, en el sureste de Perú, y continúa por tierra y luego por río, en un recorrido que va dejando atrás la ciudad, la señal y la lógica de moverse rápido. Es un destino en el que hay que disponer de tiempo y cabeza para entrar.

El bote avanza por el río Tambopata. La selva aparece cerrada a ambos lados, espesa y continua, con repetición de capas de verde, agua y un sonido constante que nunca se apaga. A simple vista, todo parece igual.

Con los minutos, esa uniformidad empieza a romperse y van apareciendo movimientos mínimos en la orilla, cambios de luz, aves que cruzan rápido, ramas que se mueven sin que veamos qué las tocó.

El acceso lento es una introducción a todo lo que se viene. Obliga a bajar el ritmo antes de llegar al lodge, a soltar las expectativas de control y a entender que acá el viaje se trata de recorrer sin apuro. Es un lugar que se va armando de a poco, a medida que uno aprende a observar mejor y a moverse según las reglas del entorno y no las propias.

Dormir conectando con el entorno

Después de una breve caminata, aparece el lodge. Las estructuras están elevadas del suelo, escondidas entre los árboles y conectadas por pasarelas de madera que crujen al caminar. Las habitaciones están abiertas al aire, sin murallas, pensadas para que la selva siga entrando.

Pasar una noche acá es aceptar que el afuera nunca se va del todo. La humedad se pega a la piel, el viento circula sin pedir permiso y los sonidos atraviesan la noche sin respetar la idea de dentro y fuera. Hay mosquiteros, linternas, una cama amplia y la sensación constante y satisfactoria de estar rodeado de vida.

De noche, todo se intensifica. El silencio nunca es completo, pero sí cambia de textura. Aparecen insectos, ranas, aves nocturnas que cruzan sin verse y llamados lejanos que no siempre se logran identificar.

Dormir es un ejercicio de escucha, ya que este es un lugar donde el visitante se acomoda a lo que lo rodea. Este es un tipo de lujo donde la inmersión es total. No se viene a apagar la selva para descansar, sino a descansar dentro de ella, aceptando sus ritmos, su intensidad y su presencia.

Un dato sutil pero revelador es que en Tambopata se han registrado más de 600 especies de aves y una de las mayores concentraciones de biodiversidad por kilómetro cuadrado del planeta. Esa abundancia no se observa solo de día. Se siente, especialmente, cuando cae la noche.

Las mañanas no necesitan reloj

En Tambopata el día empieza cuando entra la luz o cuando los monos aulladores deciden que ya es hora, con un sonido grave que atraviesa la selva y no deja espacio para dudas. El cuerpo se adapta

rápido. Es mejor salir temprano para aprovechar el aire más liviano de la mañana y aceptar que, cuando el calor se vuelve espeso, no tiene sentido apurar nada.

Las caminatas parten al amanecer, cuando el suelo todavía guarda la humedad de la noche y cada paso deja huellas marcadas. El aire es más respirable y la selva parece en pausa. Hay un orden en esos primeros minutos y se ven aves cruzando bajo, insectos activos o ramas que se mueven.

Caminar en estas tierras es aprender a frenar. A mirar hacia el suelo para reconocer huellas recientes, a levantar la vista para seguir movimientos en el follaje, a detenerse ante un sonido que no estaba ahí hace un segundo. Nada se presenta de forma evidente. La selva no se ofrece completa ni se deja leer de una vez. Se arma por partes y exige atención constante. Quien aprende a mirar así empieza a entender que, en Tambopata, el viaje se va armando gracias a todo lo que se logra notar en el camino.

Mirar lo pequeño cambia todo

Uno de los quiebres más interesantes del viaje ocurre cuando se entiende que lo más importante no siempre es lo más visible. Tambopata funciona gracias a una red silenciosa de relaciones mínimas que operan todo el tiempo.

Los guías lo explican con ejemplos simples que cambian la forma de observar el bosque. Cuentan que los árboles más grandes no podrían crecer sin los hongos subterráneos que les permiten absorber nutrientes, que ciertos insectos mantienen el equilibrio evitando que una sola especie se imponga sobre las demás y también que la descomposición constante de hojas y troncos es lo que mantiene vivo el suelo sobre el que camina todo el bosque. Todo cumple una función.

Al detenerse frente a un tronco caído, lo que parece un pedazo de madera inerte se revela como un microterritorio activo, con hormigas trabajando en conjunto, larvas, escarabajos, hongos creciendo en capas, humedad atrapada. Un proceso lento y continuo que recicla materia, libera nutrientes y permite que la selva siga avanzando. Lo que muere no desaparece, sino que se transforma.

Un solo puñado de tierra amazónica puede contener miles de microorganismos distintos, muchos aún sin clasificar por la ciencia. Esa vida microscópica es la base de todo lo demás. Sin ella, no hay árboles, no hay animales y no hay bosque.

Mirar de cerca cambia la experiencia completa. La selva se convierte en un sistema activo, delicado e interdependiente. Uno comprende que aquí hay una red compleja donde cada elemento, por pequeño que parezca, sostiene a muchos otros. Y esa comprensión es lo que termina definiendo el viaje.

Turismo que sostiene la investigación

Uno de los aspectos más singulares de Tambopata es la forma en que el turismo y la ciencia conviven sin estorbarse. El Tambopata Research Center (TRC) funciona al mismo tiempo como lodge y como base científica, y esa doble condición es parte central de la experiencia. En las áreas comunes se cruzan viajeros con biólogos, cuadernos de campo con cámaras, conversaciones sobre avistamientos con datos de monitoreo.

La convivencia es directa y cotidiana. En el desayuno, mientras se sirve café, alguien comenta el resultado del monitoreo de guacamayos de la temporada. Más tarde, en una conversación informal, aparecen datos sobre registros de aves o cambios en los niveles del río. El trabajo científico ocurre en tiempo real, y el viajero es testigo de aquello. A eso, se suman charlas pensadas específicamente para quienes visitan el centro. Son instancias sin solemnidad, donde los investigadores explican qué están estudiando, por qué es relevante y cómo esos datos se traducen en decisiones concretas de conservación.

Esa cercanía cambia la forma de estar en el lugar. El lodge se convierte en una ventana a procesos que normalmente ocurren lejos de la vista. Se entiende que la selva es un laboratorio vivo, complejo y aún lleno de preguntas abiertas.

Muchos de los estudios de largo plazo en Tambopata existen gracias a los ingresos del turismo. Las noches en el lodge, las comidas y las excursiones financian investigación continua. Esa investigación, a su vez, entrega información crucial para proteger especies, tomar decisiones de manejo y sostener programas de conservación reales. El viaje financia ciencia. La ciencia sustenta conservación. Es un círculo silencioso, pero muy efectivo.

En este contexto, el lujo está en el acceso a un sistema que funciona, donde viajar hace posible lo que ocurre en este lugar.

Caminar de noche y aprender a no controlar

Los paseos nocturnos son una experiencia aparte, porque obligan a aceptar lo parcial. La linterna recorta la oscuridad y solo permite ver fragmentos, como un par de ojos diminutos brillando a ras de suelo, un insecto inmóvil sobre una hoja, una sombra que se mueve y desaparece antes de poder nombrarla. La selva de noche se insinúa a medida que uno va avanzando.

Caminar así exige paciencia y atención. Cada paso es lento, cada sonido importa. Muchas veces el guía se detiene, escucha, observa un segundo más y sigue caminando. Esa incertidumbre no es una falla de la experiencia, es parte de ella. La noche enseña que no todo está hecho para ser visto ni entendido de inmediato.

Más del sesenta por ciento de las especies amazónicas son nocturnas. Durante el día, el visitante solo accede a una fracción mínima del ecosistema. De noche, el

bosque se reorganiza, aparecen otros actores, otras dinámicas y otros ritmos. La selva que parecía conocida se vuelve distinta.

En ese contexto, la noche impone humildad. No hay control posible. La selva no se adapta al visitante ni ajusta sus tiempos para ser comprendida. Es el visitante quien aprende a moverse con más cuidado y a aceptar que estar ahí implica adaptarse a un sistema que funciona mucho antes y mucho después de su paso.

Comer también es parte del viaje

La comida es sencilla, abundante y pensada para reponer energía. Pescado de río, arroz, frutas locales, jugos espesos. No hay pretensión gastronómica, pero sí coherencia con el lugar.

La mesa se vuelve un espacio de encuentro. Conversaciones con guías, investigadores y otros viajeros se mezclan con historias del día. El bosque aparece incluso ahí, en relatos cortos, datos sueltos y anécdotas inesperadas.

Los guías, intérpretes del territorio

Nada de esta experiencia funcionaría sin los guías locales. Ellos son quienes traducen la selva para quien llega sin saber leerla. Son los que enseñan a mirar.

Muchos crecieron en comunidades cercanas, aprendieron a leer el bosque desde niños y luego sumaron formación científica y turística. Participan en monitoreos, apoyan investigaciones y transmiten ese conocimiento a los viajeros.

Un buen guía busca conectar. Con el territorio, con quienes caminan a su lado y con lo que ocurre alrededor en ese momento preciso. Sabe cuándo hablar y cuándo guardar silencio, cuándo explicar y cuándo dejar que la experiencia haga su trabajo. Traduce sonidos, huellas y gestos del bosque para que el visitante pueda entender dónde está parado, y hace que una caminata se vuelva una conversación con el entorno.

El verdadero lujo

Viajar a Tambopata es aprender a estar dentro de ella sin romperla. Entender que el lujo, hoy, no siempre está en lo exclusivo, sino en lo que todavía funciona.

La Amazonía no necesita multitudes. Necesita viajeros atentos y conscientes. Personas dispuestas a ir más lento, a mirar mejor, a entender que estar en un lugar así implica una forma distinta de presencia.

Tambopata no promete comodidad absoluta. Ofrece algo más raro y valioso: la perspectiva. Y eso, en un mundo que corre sin mirar, es uno de los lujos más difíciles de encontrar.

TRADICIÓN VERANO

La primera noche que llegamos siempre es igual. El auto se apaga, baja el ruido del camino y queda solo el sonido del lago mezclado con el bosque. Mientras alguien prende el fuego, otros descargan las cosas sin apuro. Recién ahí nos damos cuenta de que ya no hay señal. Los celulares pasan de mano en mano buscando una rayita, que no aparece. Alguien lo guarda en una mochila, otro lo deja en el auto. Da lo mismo. Acá no hay dónde conectarse, y eso se agradece más de lo que se dice. No importa su nombre ni cómo se llega, para nosotras es simplemente “el lago”.

Texto Camila Rikli
Fotos
Tere Pérez @forasterastravel

l principio cuesta. Se nota en los gestos automáticos, la mano que va al bolsillo y la ansiedad de no poder avisar que llegamos bien o de no saber qué está pasando afuera. Los niños preguntan si pueden usar el celular “un rato”. Los adultos miramos el fuego y les explicamos que acá no funciona.

Los primeros minutos se sienten largos y nadie sabe muy bien qué hacer sin la distracción fácil. Entonces, el fuego empieza a ordenar la escena. Alguien junta leña. Otro corta pan. Se cocina directo en la llama. El humo se pega en la ropa, en el pelo y en las manos. Después cuesta sacarlo, pero nadie se queja.

De a poco el cuerpo baja las revoluciones. La cabeza también. Los niños se olvidan de la conexión con el mundo exterior más rápido que los adultos. Corren alrededor, se sientan cerca del fuego, escuchan historias. El cielo se llena de estrellas y nadie siente la necesidad de registrarlas. Mirarlas nos basta. Respiramos profundo. Al final, la desconexión pasa a ser un alivio. Cuesta

entrar en ella, pero cuando lo logras, no quieres salir tan rápido.

El día siguiente se arma despacio. La mañana parte con una luz tenue que entra a la carpa y obliga a moverse. Alguien calienta agua para el infaltable café, otro prepara los huevos. Los niños salen de sus carpas todavía medio dormidos, y sin querer, vamos dejando de lado horarios e instrucciones, y cada uno va encontrando su ritmo.

A ratos se nada. A ratos se camina sin rumbo y, sobre todo, a ratos no se hace nada. Los días no se llenan de actividades, sino que se estiran lo máximo posible. Los niños inventan juegos que duran horas y los adultos conversan sin apuro, miran el agua, ayudan a quien necesita algo. Nadie se pregunta qué viene después.

Comemos cuando hay hambre, participando de una cocina colectiva y desordenada. Mientras uno revuelve, otro corta y otro lava lo que ya se usó. No hay reglas explícitas, pero los acuerdos van apareciendo solitos, según la necesidad.

Con los días, el campamento se ordena. Sabemos dónde se cuelga la ropa, qué parte se moja si llueve, a qué hora conviene buscar sombra o acercarse al fuego. Los niños también aprenden rápido. Se mueven con seguridad y reconocen el espacio como propio, circulando con una libertad que en la ciudad sería impensable.

En las tardes, el sol baja lento y vuelve a prenderse el fuego. Se repiten las conversaciones, pero nunca son iguales. Se cuentan historias de otros años, de cuando los niños eran más chicos, de cómo nosotros estamos más viejos y, sobre todo, de cómo este lugar se fue convirtiendo en parte de nuestras vidas.

La noche cae, y el lago y el bosque quedan oscuros. No hay luces alrededor, solo el fuego y el cielo lleno de estrellas. Los niños preguntan cosas que no suelen preguntar en la ciudad. Aparecen inquietudes sobre las nubes, el fuego, los insectos. Se acuestan tarde, envueltos en sus sacos de dormir, mirando hacia el techo de la carpa, hasta que el cansancio les gana.

Dormimos así, desconectados. El silencio no es total, pero es muy distinto al de la ciudad. Se escuchan las hojas, el viento, el movimiento de alguien que se levanta en medio de la noche. El cuerpo descansa distinto cuando no está esperando nada.

En este lugar los días se anuncian con el canto de los gallos y el sonido de alguien moviéndose afuera. Una carpa se abre. Alguien prende el fuego otra vez. El desayuno aparece de a poco. Conversaciones cruzadas. Tazas humeantes que pasan de mano en mano y el lago esperándonos, día tras día, igual que siempre.

Las mañanas son lentas. Nadie apura a nadie. Los niños salen primero, todavía en pijama, y se van a pescar. A veces, vuelven victoriosos con un trofeo enganchado a sus anzuelos, el que preparan de inmediato y comparten con gran solemnidad. Los adultos conversamos café en mano,

sabiendo que el día recién empieza y que no hay ningún lugar al que llegar.

Así se van encadenando las jornadas. Una parecida a la otra. La desconexión pasa a ser la forma natural de estar. Y ahí entendemos por qué siempre volvemos a este lugar. Por esta secuencia simple de noche, fuego, estrellas, amigos y mañanas sin despertador. Volver a lo básico.

Con el tiempo, el lago se volvió un punto de encuentro. No fue forzado, sino sumamente orgánico. Familias que se repiten, caras que ya no necesitan presentación, niños que crecen juntos y que cada verano se reconocen un poco más grandes. Las historias se acumulan alrededor de la fogata, mientras se cocina o se camina sin rumbo. La comunidad se arma en lo simple de compartir comida, turnarse la leña, respetar los silencios, dejar que los días pasen largos y sin plan.

El inicio de año nos pilla siempre ahí. Sin conteo regresivo ni celebraciones ostentosas. El cambio de calendario pasa casi sin que nos demos cuenta, marcado más por la alegría de estar juntos que por la hora exacta. No hacemos brindis formales ni vestidos especiales. Hay bailes espontáneos, risas sueltas, niños despiertos hasta tarde y otros que se quedan dormidos antes. Empezar el año así, lejos del ruido, juntos y con los pies en la tierra, se vuelve una forma de resetear y recordar cómo queremos habitar el año que viene.

Cuando nos vamos, no hay cierre ni despedidas solemnes. Desarmamos con calma. Sabemos que vamos a volver al año siguiente, que este lugar va a seguir ahí, esperándonos. Por eso nadie dramatiza la partida. Este lago no es una escapada más, sino una tradición que hemos ido creando. Así, sin proponérnoslo, es como nacen las tradiciones. Una forma que encontramos de volver a lo esencial, año tras año.

AMAR SIN ANESTESIA

Conocida como “la doctora Amor”, Bibi Mandakovic lleva años escuchando lo que muchas personas no se atreven a decir sobre sus relaciones. En esta entrevista habla de pareja, miedos, acuerdos, infidelidad y amor propio, sin recetas mágicas ni frases hechas.

Bibi Mandakovic es periodista y una observadora aguda de los vínculos humanos. Durante más de una década construyó una carrera sólida en el mundo editorial, especialmente en revistas, donde afinó una mirada profunda sobre las emociones, las relaciones y las historias que atraviesan la vida cotidiana.

Luego dio el salto a la radio (Radio Pudahuel e Imagina), y fue ahí donde nació la doctora Amor, un personaje y espacio que conectó con miles de personas gracias a su forma honesta, empática y sin juicio de hablar sobre el amor, el desamor y todo lo que pasa entremedio.

En pandemia entendió algo clave: la gente no solo quería distraerse, quería ser escuchada. No desde el chiste fácil, sino desde la contención real. La radio se volvió compañía, refugio y confesionario, y ese fue el impulso para ir más allá. Decidió complementar su camino profesional estudiando Psicología en la Universidad San Sebastián, carrera que hoy cursa en quinto año y cuyo examen de grado rendirá a fin de este año.

Soltera, con novio, amante declarada de los animales, especialmente de sus gatos Rita, Tadeo y Nala, Bibi cruza el periodismo, la psicología y la experiencia vital para hablar de amor con criterio, sensibilidad y calle. Porque entender los vínculos no es solo teoría, es escucha, humanidad y coraje emocional.

“Hay ganas de intimidad, pero miedo a la fusión; deseo de estabilidad, pero terror a perder autonomía. No es solo una moda, se trata de una respuesta a historias familiares complejas, separaciones difíciles y vínculos donde antes se aguantaba demasiado”.

Si tuvieras que describir el amor en 2025 en Chile, a partir de las historias que recibes cada día, ¿cómo ha cambiado la forma en que nos vinculamos en pareja?

El amor en Chile hoy es más consciente, pero también más desconfiado. Las personas quieren vínculo, intimidad y proyecto, pero al mismo tiempo temen perderse a sí mismas en el intento. Se habla más de límites, salud mental y acuerdos, pero cuesta sostener el compromiso cuando aparecen el aburrimiento, el conflicto o la frustración.

Nos vinculamos desde un “quiero estar contigo, pero no a cualquier costo”. Falta todavía internalizar que una relación es un proyecto conjunto que requiere tiempo, empatía y madurez emocional, y que estar bien en pareja también implica poder estar bien sin el otro, respetando diferencias.

Ves muchas parejas “juntas, pero no revueltas”, que no viven bajo el mismo techo o que tienen acuerdos poco tradicionales; ¿qué te dicen esos nuevos formatos sobre nuestros miedos y deseos en el amor?

Estos formatos hablan de un deseo genuino de amar sin repetir modelos que dolieron. Hay ganas de intimidad, pero miedo a la fusión; deseo de estabilidad, pero terror a perder autonomía. No es solo una moda, se trata de una respuesta a historias familiares complejas, separaciones difíciles y vínculos donde antes se aguantaba demasiado.

El punto no es el formato en sí, sino cuando se transforma en una excusa para no involucrarse emocionalmente. El problema no es vivir separados, sino vivir protegidos del compromiso.

En tus historias aparece mucho la infidelidad; ¿qué te muestran esos casos sobre lo que realmente está fallando en las relaciones hoy, y qué diferencia una crisis reparable de una ruptura definitiva?

La infidelidad hoy no siempre tiene que ver con sexo, sino con desconexión emocional, búsqueda de validación y silencios mal manejados. Muchas personas engañan antes de atreverse a decir “Ya no estoy bien”.

Una crisis es reparable cuando hay responsabilidad emocional, verdad completa y voluntad real de cambio, pero también cuando existe la capacidad de perdonar de verdad, sin usar el episodio como arma en cada conflicto.

La pregunta clave es: ¿soy capaz de avanzar con lo que ocurrió? Porque la base anterior ya se quebró y hay que construir sobre una nueva realidad. Si no hay ganas, honestidad ni revisión personal, si la traición se suma a una historia larga de descuido, entonces no es crisis, es cierre.

La salud mental es cada vez más tema en las relaciones. Ansiedad, dependencia, burnout… Desde tu mirada de comunicadora y estudiante de Psicología, ¿cuáles son las heridas emocionales más frecuentes que ves en tus historias?

Veo tres heridas muy repetidas: miedo al abandono, baja autoestima afectiva y dificultad para regular emociones. Personas que aman desde la ansiedad, desde el miedo a estar solas, desde el “mejor quedarme con lo que tengo”, confundiendo intensidad con conexión.

También aparece mucho el agotamiento emocional. Parejas cansadas que normalizan estar juntas pero aburridas, sin admiración, sin risas, sin proyectos, repitiendo que “el amor se pone así con el tiempo”.

Ese “es lo que hay” abre la puerta a estados emocionales complejos, incluso patológicos. Poca esperanza de estar mejor y poco autorrespeto para creer que merezco una relación donde me sienta cuidado y querido.

Tú hablas mucho de empoderar a las mujeres; ¿qué patrones ves que ellas repiten una y otra vez en sus relaciones, y qué cambio concreto te gustaría que hicieran este año en nombre del amor propio?

Veo mujeres brillantes negociando su dignidad por miedo a quedarse solas. Justificando, esperando, sosteniendo vínculos desbalanceados y postergando límites.

Se normalizan actitudes infantiles del otro, la falta de compromiso con el proyecto común, la idea de “¿para qué cambiar si estamos bien así?”, cuando en realidad no lo están. Ceder de forma unilateral no es amor, es miedo y poca autovalía.

El cambio que me gustaría ver es simple pero profundo. Dejar de enamorarse del potencial y empezar a elegir coherencia. Amor propio también es irse a tiempo.

“El cambio que me gustaría ver es simple pero profundo. Dejar de enamorarse del potencial y empezar a elegir coherencia.
Amor propio también es irse a tiempo”.

Con redes sociales llenas de “parejas perfectas”, ¿qué tanto daño hace esa comparación a la vida real de tus auditoras y seguidoras, y qué les recomiendas para construir un amor más honesto y menos “instagrameable”?

Hace mucho daño, porque instala expectativas irreales y silencios incómodos. Nadie muestra sus crisis, sus terapias ni sus conversaciones difíciles.

No tiene sentido compararse, porque la fórmula del otro no es necesariamente la propia. Lo sano es preguntarse qué nos hace felices de verdad y transparentarlo, para que el otro pueda elegir si ese vínculo también le acomoda.

La foto gritada al mundo muchas veces tapa un vacío enorme. Apagas el celular y ese mismo teléfono se vuelve un escudo para no hablar, no sentir y no estar realmente con la pareja.

Si pudieras dejarle una “receta mínima” a las lectoras de Mustique para amar mejor este año, ¿cuáles serían esos ingredientes que nunca deberían faltar?

Autoconocimiento, límites claros, comunicación incómoda y responsabilidad afectiva.

Y uno esencial: valentía emocional. Porque amar bien no es amar sin miedo, es amar sin mentirse. Y también saber elegir las batallas. No todo se negocia ni todo se discute. Hay diferencias sanas entre dos personas con historias, apegos y contextos distintos. El foco debería estar en lo que suma, en lo que hace crecer, no en ganar cada pelea.

Conócela en @bibimandakovic y @doctora_amor_cl

CAROLA AMENÁBAR Y LA BELLEZA EN CALMA

Entre las letras y la delicadeza del metal, Carola Amenábar encontró en la joyería un espacio donde la belleza se construye con intención y emoción. Su trabajo en Chile se inscribe en el lujo consciente, con una mirada auténtica y personal.

En un mundo donde las tendencias avanzan a la velocidad de las pantallas, la joyería de Carola Amenábar va en sentido contrario. Exige pausa, mirada y sensibilidad. Sus piezas hablan desde un lugar silencioso, casi ritual, donde cada joya se convierte en un gesto emocional. Su historia (o más bien su tránsito) desde el periodismo hasta la orfebrería no es un salto abrupto, sino un regreso a lo esencial, al detalle, a la calma y a la creación con intención. Su mirada, siempre delicada pero firme, recuerda que las verdaderas piezas nacen de procesos lentos, casi meditativos, donde la intención pesa más que cualquier tendencia pasajera.

Pasaste del periodismo a la orfebrería. ¿En qué momento te diste cuenta de que tu camino iba hacia las joyas y no hacia las palabras?

Amo mi carrera, me encantan las palabras y la escritura. Incluso dentro de mis proyectos para 2026 está publicar un libro con historias y vivencias que me han marcado. Pero en el periodismo uno siempre cuenta historias ajenas.

En la joyería descubrí algo distinto. Crear belleza desde el silencio. Cuando terminé mi primera pieza, supe que había encontrado mi lugar propio. No fue un cambio, fue un regreso a mi esencia.

¿Qué te entrega la creación de una pieza de joyería que nunca encontraste en el periodismo?

La joyería me permite transformar una idea en un objeto que acompaña a alguien para siempre. En el taller todo es más íntimo, manual y emocional. Diseñar joyas me conecta con mi historia y con la de cada persona que las usa. Después de más de doce años, sigo sintiendo la misma emoción cuando una pieza cobra vida y cuenta una historia mágica.

Cuando diseñas, ¿desde dónde parte la inspiración? ¿Una emoción, una historia, un material, una mujer?

Mi inspiración nace de una mezcla de emociones e historias. Muchas veces parte de una mujer real. Cómo es, qué busca transmitir, qué la lleva a querer una joya valiosa. Otras veces es un material el que habla primero, una piedra, una textura o un momento personal que deseo transformar en objeto. Me gusta crear joyas con alma y voz, no solo bonitas, sino significativas.

La joyería tiene algo de ritual y de memoria. ¿Qué buscas transmitir en tus piezas cuando pasan de tus manos a las de quien las usa?

Cada pieza tiene un ritual. Nace con una intención y continúa su historia en otra persona. Quiero que mis joyas transmitan compañía, fortaleza y belleza auténtica. La orfebrería tiene memoria, y me gusta pensar que cada pieza conserva algo del instante en que fue creada, acompañando tanto los grandes momentos como la belleza secreta de lo cotidiano.

Tu trabajo mezcla técnica, intuición y mucha observación. ¿Cómo definirías tu sello como orfebre?

Mi sello es la calidad por sobre todo. Trabajo con metales nobles y plata de alto nivel. También hay una intuición que he desarrollado observando a personas reales. Qué las hace sentirse seguras, qué detalles valoran, qué piedras las representan.

Mis joyas son delicadas, pero con carácter, pensadas para acompañar más que imponerse.

Hoy la artesanía y el lujo consciente están viviendo un renacer. ¿Dónde te ves dentro de esa conversación y qué te gustaría que sepan de tu propuesta quienes leen Mustique?

Mi trabajo siempre ha estado ligado a un lujo consciente y hecho a mano. Para mí, el verdadero lujo está en renovar, reutilizar y crear joyería con honestidad y calma. Diseño y fabrico todo en Chile, en procesos responsables y colecciones limitadas. Me especializo en transformar piezas antiguas y darles nueva vida. Quisiera que quienes leen Mustique sepan que mi propuesta invita a valorar lo bien hecho. Joyas auténticas, duraderas y con identidad.

Conoce más de su trabajo en @carola.amenabar.joyas

VERANOS QUE SE RECUERDAN, NO SE POSTEAN

Por Francisca Vives K.

Hay veranos que caben en una foto y otros que solo existen en la memoria: esos en los que no pasó nada espectacular, pero quedó la sensación de haber vivido un poco más despacio, un poco más atentamente. No necesitan playa ni itinerario, apenas tiempo para leer sin mirar el reloj, ir al teatro entre semana, dejar que una canción se te pegue en la cabeza o empezar una cadena de favores que continúe cuando el calor ya se fue. Son veranos que se construyen con gestos mínimos y se extienden más allá de la estación, como un estado de ánimo al que siempre podemos volver.

UN LIBRO QUE SE LEE LENTO

En La hermana luna, Lucinda Riley hace del verano un refugio interior más que una estación del año. En las Highlands escocesas, Tiggy D’Aplièse cuida ciervos en una finca apartada y descubre, entre la niebla y el silencio, que su don intuitivo es una herencia gitana que la va a empujar lejos de esa aparente calma. El viaje hacia sus raíces la lleva a Granada y a la memoria de Lucía, una bailaora marcada por la Guerra Civil, los teatros llenos y las decisiones que se toman con el cuerpo antes que con la cabeza.

Es una novela larga, de lectura lenta, ideal para quienes conciben las vacaciones como una inmersión en otra vida más que como una fuga ligera. Riley mezcla romance, historia y un punto de magia, pero lo hace con el ritmo de quien se sienta a mirar cómo cambia la luz sobre una montaña. Más que devorarse en un fin de semana, La hermana luna se deja acompañar durante muchas tardes tibias, como ese diálogo que nunca se agota entre quien fuimos y quien todavía podríamos llegar a ser.

UNA OBRA PARA REÍRSE EN SERIO

En Teatro Mori Recoleta, el verano se toma en serio la risa incómoda. Desde el 5 de febrero hasta el 14 de marzo, Los monólogos de la vagina, la icónica obra de V (antes Eve Ensler), vuelve a la cartelera con una versión renovada que confirma por qué este texto, estrenado en 1996, se ha traducido a más de 45 idiomas y ha recorrido sobre 120 países. Bajo la dirección de Christian Villarreal, el montaje reúne a Angélica Castro, Fran Sfeir, Cecilia Cucurella y la actriz invitada Magdalena Marzolo, un elenco que oscila entre la complicidad y el desgarro mientras da voz a testimonios sobre deseo, placer, culpa y violencia.

Lejos de la comedia ligera de temporada, esta es una obra que invita a ir al teatro como quien entra a una conversación urgente: durante poco más de una hora, el público se ríe, se incomoda y, sobre todo, reconoce historias que rara vez llegan al escenario con tanta frontalidad. Esta versión de Los monólogos de la vagina propone una noche distinta en Santiago: salir del aire acondicionado, sentarse en una butaca y dejar que el humor abra espacio para hablar de lo que todavía duele.

UNA CANCIÓN PARA TOMARSE EL VERANO A SORBOS CORTOS

En 2024, Sabrina Carpenter convirtió Espresso en el raro caso de hit global que suena ligero pero está construido con bisturí pop. Escrita junto a Amy Allen y Julian Bunetta, la canción mezcla guitarras soleadas, baterías mínimas y un estribillo pegado a la palabra “espresso”, metáfora de ese efecto de alta energía que produce una presencia carismática: alguien que no te deja dormir, que te acelera la sangre más que la cafeína.

Detrás del humor y los juegos de palabras (“That’s that me espresso”), el tema celebra el deseo femenino desde la ironía y la confianza, sin necesidad de dramatizar ni de ponerse solemne. Es verano en clave de autoafirmación, con un groove que invita más a caminar mirando vitrinas que a bajar a la disco. Perfecta para un verano entendido como estado mental: tres minutos para subir el brillo interno, como un shot de seguridad en uno mismo que se toma a sorbos cortos, camino a ninguna parte en particular.

UN ANHELO PENDIENTE

Hay veranos que se recuerdan por un viaje y otros por algo que nunca ocurrió. Ese pendiente no siempre es un lugar ni una compra postergada, sino una conversación con el mundo que dejamos para después.

En estos días, mientras las imágenes muestran cerros encendidos en la Región del Biobío y familias enteras mirando cómo el fuego avanza sobre sus casas, vuelve una idea simple que solemos postergar: iniciar una cadena de favores.

No como consigna ni como campaña, sino como gesto. En el sur se ve en quienes viajan de madrugada para remover escombros, en manos que organizan

centros de acopio, en jóvenes que reparten kits de limpieza o levantan mediaguas sin conocer a quienes van a dormir allí. También en quienes cuidan lo más frágil: bomberos exhaustos que siguen en la línea de fuego y equipos veterinarios que improvisan hospitales de campaña para animales heridos o desorientados.

Como anhelo pendiente, la invitación es mínima y exigente a la vez: elegir un primer eslabón y moverlo. Una causa, un pueblo, un refugio, un gesto concreto. Confiar en que otro seguirá. Porque a veces la mejor manera de mirar el horizonte no es avanzar, sino detenerse un momento y ayudar a levantar lo que el fuego dejó atrás.

UNA PELÍCULA QUE SE QUEDA CONTIGO

En Little Miss Sunshine una familia que no cabe en ningún ideal de postal veraniega se sube a una combi amarilla para cruzar el país detrás del sueño improbable de Olive, una niña que quiere competir en un concurso de belleza infantil en California. El viaje es un catálogo de fracasos: un abuelo adicto que muere en el camino, un tío que intenta rehacer su vida después de un intento de suicidio, un adolescente que descubre que es daltónico justo cuando soñaba con ser piloto, unos padres ahogados en deudas y expectativas rotas. Pero, contra todo pronóstico, la película nunca se hunde en la miseria; encuentra humor en lo absurdo y ternura en cada torpeza, hasta convertir a

esos perdedores en una pequeña tribu que decide acompañar a Olive incluso cuando el escenario los ridiculiza.

Es una película ligera en la superficie, luminosa y cálida, pero atravesada de preguntas incómodas sobre el éxito, el cuerpo, la familia y la manera en que aprendemos a querernos tal como somos. No está hecha para distraer durante dos horas, sino para que uno salga del sillón con la sensación de que, aunque nada haya cambiado afuera, hay algo más suave en la forma de mirarse a uno mismo y a los otros. La encuentras en el catálogo de Disney+.

NACHO DELFINA &

BLAQUIER FIGUERA S

Fotografía / Fotografia
Nick Mele
@nickmelephotography

Delfina Blaquier y Nacho Figueras forman una de las parejas más emblemáticas del universo del polo y el lifestyle internacional. Él es jugador profesional; y ella, fotógrafa, empresaria e influencer Ambos son considerados íconos de estilo. Tienen cuatro hijos y, como familia, recorren el mundo siguiendo el circuito de polo: los Hamptons, Palm Beach, Sotogrande, Londres, Aspen y, por supuesto, Buenos Aires, la capital de su país. En cada uno de estos destinos se codean con celebrities y socialités, y logran tomar lo más estiloso de cada lugar para adaptarlo a su propia manera de vestirse. Apasionados por el deporte, los caballos y el campo, el polo los llevó a conocer personalidades internacionales y a sembrar amistades con el príncipe Harry y Megan, Gwyneth Paltrow, Ralph Lauren y otros tantos. Una vida de ensueño y fascinante que, sin duda, merece ser contada...

¿Qué cosas de su infancia recuerdan con mucha alegría y marcan su identidad al día de hoy?

Delfina: Crecer entre campo, viento y caballos. La naturaleza fue mi escuela y mi libertad.

Nacho: Haber crecido en el campo, siempre entre caballos y familia.

¿Dónde pasan la mayor parte del tiempo y cómo hacen para que los chicos estudien, tengan amigos y viajen tanto? Somos nómades por naturaleza. Nuestra casa rota entre Wellington y Buenos Aires. Los chicos combinan presencial y on-line, y como el deporte es parte de sus vidas, sus amistades se vuelven globales. Lo importante es viajar juntos: funcionamos como una manada.

¿En qué lugar elegirían echar raíces?

Un lugar con naturaleza, familia cerca y buen equilibrio de vida.

La Argentina sigue siendo una base emocional muy fuerte; Palm Beach es un hogar donde hoy vivimos mucho; y Punta del Este, especialmente nuestra casa en Fasano, es un lugar donde también nos imaginamos construyendo futuro.

¿Cuál es la mayor enseñanza que les dieron sus hijos?

Que no controlamos nada... y que ahí aparece el amor más grande. Me hicieron más flexible, más paciente y más consciente de la vida que quiero vivir.

¿Cómo equilibran la exposición pública y la intimidad familiar?

Mostramos lo que suma y lo que inspira. Lo profundo, lo cotidiano y lo que nos sostiene se queda en casa. La familia es sagrada.

“Somos nómades por naturaleza. Nuestra casa rota entre Wellington y Buenos Aires. Lo importante es viajar juntos: funcionamos como una manada”.

Una palabra para definir el estilo de cada uno…

Delfi: Libre. Nacho: Auténtico.

¿Qué los inspira hoy en moda, arte y diseño?

La naturaleza, el campo, los materiales honestos y las personas que crean desde un lugar real. El diseño que acompaña la vida, no el que la complica.

¿En qué creen o en quién vuelcan su fe?

Delfina: Me criaron católica, y con el tiempo me conecté desde un lugar más espiritual. Creo en Dios desde el punto en que Él es amor: la naturaleza, la libertad, la ausencia de miedo... y en esa certeza de que cuando uno se alinea con lo verdadero, el cielo también “se pone a trabajar”. Creo en el disfrute pleno, en la gratitud y en que incluso lo difícil llega para dejarnos un aprendizaje.

¿Qué país los impactó más y por qué?

Más que un país puntual, nos impactan los lugares donde la naturaleza marca el ritmo: la calma de California, la energía creativa de Nueva York, el silencio de la Patagonia, el verde del campo argentino. Nos inspiran los espacios donde el bienestar se siente en el aire y el diseño acompaña la vida.

¿Qué consejos podrían dar para comenzar una vida más saludable?

Empezar suave. Un hábito que puedas sostener, no diez que duren una semana. Mover el cuerpo, comer fresco, dormir bien, rodearse de gente que te haga bien.

¿Cuál fue el momento bisagra de Nacho en el deporte?

Nacho: Mi primera temporada en el exterior. Ahí entendí que el polo podía ser mi vida, no solo mi pasión.

¿Su luna de miel ideal hoy?

Hoy nuestra luna de miel ideal sería un viaje en familia. Este año coincidimos todos en Cap Cana y fue un regalo: cada vez son menos los días en los que estamos todos juntos. El lugar perfecto mezcla lo que amamos: algo ecuestre, algo acuático, golf, tenis o pádel, buena comida y clima espectacular. Más que un destino, es estar juntos.

¿Qué lugar ocupa la espiritualidad en sus vidas?

Nos ordena, nos sostiene y nos ayuda a volver al centro cuando todo se mueve demasiado rápido.

¿Un ídolo para cada uno?

Delfina: No tengo un solo ídolo; tengo referentes distintos por distintas razones. En diseño me inspiran quienes trabajan desde la naturaleza, la simpleza y el bienestar. En la vida, mis abuelos fueron mis grandes referentes.

Nacho: Roger.

¿Cuál es su plato de comida favorito?

Delfina: Varía según dónde estoy. Me gusta comer lo que pertenece a cada geografía: ostras al lado del mar frío, pescado fresco de José Ignacio, raclette en los Alpes, cordero o trucha al asador en la Patagonia, brie y baguette en Francia, jamón de jabugo en Sevilla... Me gusta todo, pero sobre todo la experiencia del lugar. No soy muy de los postres, pero la tarte tropézienne me puede.

Nacho: Asado.

“Nos inspiran los espacios donde el bienestar se siente en el aire y el diseño acompaña la vida”.

¿A quién les gustaría conocer y por qué?

Delfina: A personas que transforman algo: pensadores (Mel Robbins), diseñadores (Piet Oudolf), deportistas o emprendedores que crean desde la autenticidad (varios). A mí me inspira más la profundidad que la fama.

Nacho: A Elon.

Si pudieran encontrarse con alguien que ya no está y hablar diez minutos, ¿a quién elegirían?

Delfina: A mi abuelo Juan José Silvestre Blaquier... me hubiera fascinado conocerlo. Estoy segura de que hubiera sido su nieta preferida (mis primas me saltan a la yugular acá, pero es la verdad). Todo lo que lo apasionaba a él me apasiona a mí.

Nacho: Winston Churchill.

¿Qué cosas del otro los hacen reír?

Delfina: Su manera de tratar de esconder alguna macana... lo vende la cara y no puede disimularlo. Y también cuando se pone a bailar música tecno en los pasillos del supermercado. Me da calor, pero nos reímos mucho.

Nacho: Su capacidad de reírse de sí misma (y de mí), incluso en los momentos más caóticos. Las ocurrencias y su manera fresca de ver las cosas.

Si pudieran modificar algo de sus vidas, ¿qué sería?

No cambiaríamos lo vivido. Pero sí tener más tiempo sin correr detrás de nada cuando los chicos eran más chiquitos...

“Hoy

nuestra luna de miel ideal sería un viaje en familia. El lugar perfecto mezcla lo que amamos : algo ecuestre, algo acuático, golf, tenis o pádel, buena comida y clima espectacular.

Más que un destino, es estar juntos”.

¿Algo que han vivido que jamás hubieran imaginado?

Delfina: Lo que vivimos es más de lo que soñé vivir. Siempre pensamos en viajar, criar a nuestros hijos en movimiento, trabajar de lo que amo y estar rodeada de caballos... Soy muy agradecida con todo lo que vivimos, porque para mí es un sueño hecho realidad.

Nacho: Tener una familia tan unida y vivir tantas experiencias juntos alrededor del mundo.

¿Un momento de plenitud para cada uno?

Delfina: Ver a mis hijos en su elemento. Eso me ordena todo.

Nacho: Estar arriba de un caballo compartiendo el momento con mis hijos.

¿Un proyecto personal o creativo que les gustaría hacer en los próximos años?

Delfina: Seguir creando espacios –físicos y conceptuales– donde se mezclen la

naturaleza, el deporte, el diseño y el bienestar. Proyectos que inviten a vivir mejor, a sentir más, a habitar con conciencia, donde sea que se desarrollen.

Nacho: Una cadena de hoteles.

¿Qué sueño todavía no cumplieron, pero quieren empezar a construir?

Delfina: Explorar nuevas maneras de compartir lo que hacemos: experiencias que unan deporte, familia, arte, naturaleza y comunidad desde un lugar más global, más abierto, más humano. Crear algo que conecte a la gente con su propia forma de bienestar.

Nacho: Mi vida ya es un sueño.

Delfi, ¿tres palabras para definir a Nacho? Generoso. Empático. Noble.

Nacho, ¿tres palabras para definir a Delfi? Luminosa. Fuerte. Creativa.

FLY PRIVATE

/ 2025 LOS 5 MEJORES RESTAURANTES DEL MUNDO

Cinco mesas que definen el presente (y el futuro) de la gastronomía

En 2025, la alta gastronomía confirma una tendencia clara: la excelencia ya no responde a un solo canon, sino a identidades fuertes, territorios bien narrados y experiencias que trascienden el plato. Según The World’s 50 Best Restaurants 2025, estos son los cinco restaurantes que hoy marcan el pulso culinario del mundo. Cada uno, desde su geografía y su visión, redefine lo que significa comer –y vivir– una experiencia gastronómica de nivel absoluto.

1 / MAIDO

El mundo en clave nikkei

Elegido mejor restaurante del mundo 2025, Maido es mucho más que una mesa consagrada: es la síntesis perfecta de dos culturas gastronómicas que dialogan con naturalidad, precisión y emoción.

Bajo la dirección de Mitsuharu Tsumura, la cocina nikkei alcanza aquí su máxima expresión, combinando técnicas japonesas con ingredientes peruanos en un relato contemporáneo, profundamente identitario.

El menú degustación, en constante evolución, es un viaje que cruza océanos y memorias: tiraditos milimétricos, caldos

intensos, fermentos, pescados impecables y productos amazónicos tratados con respeto absoluto. Cada plato tiene un ritmo propio, pero el conjunto fluye como una narrativa coherente, sofisticada y sorprendente.

Maido representa también el liderazgo gastronómico de América Latina en el escenario global: una cocina con raíces claras, ambición internacional y una voz propia que no imita, sino que propone. Comer en Maido es entender por qué Lima es hoy una de las grandes capitales culinarias del planeta.

Atxondo, España

2 / ASADOR ETXEBARRI

El arte supremo del fuego

En el corazón del País Vasco, Asador Etxebarri es un manifiesto radical a favor del producto y del fuego. Sin artificios ni discursos innecesarios, Bittor Arginzoniz ha elevado la parrilla a una categoría casi filosófica, donde cada ingrediente es tratado con una precisión extrema y una sensibilidad única.

Aquí, todo pasa por las brasas: mariscos, verduras, carnes, incluso postres. La clave no está solo en el fuego, sino en la madera elegida, el tiempo exacto y el respeto absoluto por la materia prima. El resultado es una experiencia de pureza inigualable, donde el sabor se expresa sin filtros.

Etxebarri no busca sorprender con técnicas complejas, sino emocionar desde lo esencial. Por eso se mantiene, año tras año, entre los mejores restaurantes del mundo: porque demuestra que la verdadera alta cocina también puede ser silenciosa, austera y profundamente honesta.

3 / QUINTONIL

México en estado contemporáneo

Ciudad

Quintonil es la expresión de un México moderno que honra sus raíces sin quedarse anclado en la tradición. Jorge Vallejo construye una propuesta donde ingredientes autóctonos, hierbas, maíces, chiles, vegetales, dialogan con técnicas contemporáneas y una estética depurada.

El restaurante toma su nombre de una hierba ancestral mexicana, y ese gesto resume su espíritu: poner en valor lo local desde una mirada sofisticada y global. El menú degustación es equilibrado, preciso y profundamente identitario, con platos que sorprenden por su sutileza y profundidad de sabor.

Quintonil es hoy una de las grandes embajadas gastronómicas de México en el mundo. Su cocina emociona sin estridencias y demuestra que la tradición, bien interpretada, puede ser el lenguaje más contemporáneo de todos.

4 / D iver

XO

Caos, genialidad y provocación

Madrid, España

DiverXO no es un restaurante convencional: es un universo propio. David Muñoz despliega aquí una cocina sin concesiones, intensa, provocadora y profundamente personal. Cada menú es una explosión creativa que mezcla sabores, culturas y técnicas sin pedir permiso.

El comensal se enfrenta a platos que desafían expectativas, con contrastes radicales, presentaciones impactantes y una narrativa que bordea lo performático. Nada es casual, aunque todo parezca imprevisible. Esa tensión constante es parte de la experiencia.

DiverXO confirma que la alta cocina también puede ser irreverente, arriesgada y emocionalmente extrema. En Madrid, Muñoz creó un espacio donde la gastronomía se vive como un acto artístico total.

5 / ALCHEMIST

Gastronomía como manifiesto

Alchemist redefine los límites de la gastronomía contemporánea. Más que un restaurante, es una experiencia inmersiva donde cocina, arte, ciencia y reflexión social se entrelazan. Bajo la visión de Rasmus Munk, cada menú es una narrativa que invita a pensar, sentir y cuestionar.

Los platos abordan temas como la sostenibilidad, la ética alimentaria y el futuro del planeta, combinando técnica de altísimo

Copenhague, Dinamarca

nivel con una puesta en escena teatral y tecnológica. El espacio, cuidadosamente diseñado, acompaña el relato con proyecciones, sonidos y atmósferas envolventes.

Alchemist representa una nueva era de la alta cocina: una donde el lujo no se mide solo en ingredientes, sino en ideas, conciencia y emoción. Una experiencia que deja huella mucho después de terminar el último plato.

TRES FIGURAS QUE REDEFINIERON EL 2025

Del coraje político a los giros geopolíticos y la revolución científica: tres historias que moldearon el rumbo del mundo en este 2025.

En un año marcado por crisis, avances y transformaciones profundas, tres nombres brillaron por la fuerza de sus decisiones y el impacto de sus acciones. María Corina Machado, símbolo de resistencia democrática; Ahmed al Sharaa, protagonista inesperado del mayor giro político de Medio Oriente en décadas; y Tony Tyson, el físico visionario que abrió una nueva ventana al universo. Tres trayectorias distintas que, desde la política, la geopolítica y la ciencia, definieron la narrativa global de 2025.

MARÍA CORINA MACHADO

LA VOZ QUE DESAFIÓ AL SILENCIO

En 2025, el mundo volvió su mirada hacia Venezuela cuando María Corina Machado recibió el Premio Nobel de la Paz, un reconocimiento histórico a su lucha incansable por la democracia en un país quebrado por la crisis institucional. Desde la clandestinidad, donde vive desde hace más de un año, Machado se convirtió en el rostro y el motor de la oposición venezolana, desafiando al régimen con la fuerza de la organización civil y el poder de las urnas. Apodada “la libertadora”, revitalizó la política

de un país fracturado: unificó a la oposición en las primarias de 2023, lideró la campaña de Edmundo González y logró recopilar las actas que prueban la victoria de la oposición en 2024. Su figura inspira devoción y críticas: mientras millones la consideran un símbolo de esperanza, otros cuestionan sus afinidades con sectores conservadores y su respaldo a políticas de seguridad de los Estados Unidos.

Sin embargo, su determinación es absoluta. “Estoy donde me siento más útil para la lucha”, declaró al recibir la noticia del Nobel.

AHMED AL SHARAA

DEL FRENTE DE BATALLA AL TABLERO DEL PODER

Entre las historias más desconcertantes y determinantes del 2025, destaca la de Ahmed al Sharaa, conocido en su pasado como el comandante yihadista Abu Mohamad al Jolani. Su ascenso inesperado, de líder insurgente a presidente interino de Siria, simboliza uno de los vuelcos geopolíticos más abruptos del siglo.

Tras la huida de Bashar al Asad a Rusia en diciembre de 2024, al Sharaa entró a Damasco al mando de fuerzas islamistas y tomó el control del palacio presidencial, marcando el fin de una guerra civil de casi

catorce años. En apenas meses consolidó un gobierno férreo, rodeado de sus hombres más leales, quienes ahora ocupan los resortes clave del poder y la economía.

Pese a los episodios de violencia contra minorías y las denuncias por masacres, la comunidad internacional mostró una rápida apertura. Invitado a París, Ankara, los países del Golfo y finalmente a la Asamblea General de la ONU, al Sharaa alcanzó su momento de consagración con su visita a la Casa Blanca para encontrarse con Donald Trump. Su figura divide, inquieta y redefine de manera radical el mapa político de Medio Oriente. Pero, innegablemente, marcó el pulso geopolítico del año.

TONY TYSON

EL CIENTÍFICO QUE ABRIÓ UNA

NUEVA VENTANA AL COSMOS

En contraste absoluto con las tensiones políticas globales, 2025 también nos regaló uno de los hitos científicos más emocionantes del siglo: la primera imagen captada por el Observatorio Vera Rubin, un sueño concebido por el físico estadounidense Tony Tyson hace más de tres décadas.

A los 85 años, Tyson, profesor emérito de la Universidad de California en Davis, vio finalmente cobrar vida el proyecto al que dedicó buena parte de su carrera. Reconocido por sus pioneros avances en sensores CCD y su trabajo en energía oscura, Tyson imaginó un telescopio capaz de filmar el universo entero… y lo logró.

El Vera Rubin, una estructura monumental de 350 toneladas equipada con la cámara digital más grande del planeta, comenzó en 2025 a generar un “video continuo” del cielo austral. Esta revolución tecnológica permitirá rastrear asteroides potencialmente peligrosos, detectar supernovas en tiempo real y mapear materia oscura con una precisión inédita.

La cosmología ya habla de un “antes y un después de Rubin”, y ese punto de inflexión tiene nombre propio: Tony Tyson, el visionario silencioso que perseveró incluso cuando el financiamiento, la ingeniería y la política parecían jugar en contra. Su legado será, literalmente, parte del registro del universo.

DE CREAR A REINVENTAR LA PROPIA

LA BELLEZA CHILENA

Hablamos con Marco de Barros en un momento en que su historia parece más una película que una biografía. Comenzó en la cima, peinando para Vogue Brasil, viajó entre Israel y Tahití, encabezó desfiles con Adriana Lima y terminó cambiando, casi sin proponérselo, el rostro de las portadas chilenas. Años después, un diagnóstico brutal lo obligó a quedarse en Santiago, a aprender a caminar de nuevo y a revisar qué significaba realmente el éxito. Hoy, sentado en su estudio, mira hacia atrás con una mezcla de humor, honestidad y gratitud feroz.

El estilista brasileño que trabajó con supermodelos y marcó una era en la moda chilena habla con Mustique sobre sus años en la élite internacional, un punto de inflexión personal y la vida que volvió a imaginar desde Santiago.

Del olimpo de Vogue a la pasarela chilena

Cuando le preguntamos en qué momento sintió que entraba de lleno en la élite de la moda brasileña, Marco se ríe y dice que, en realidad, empezó desde ahí.

“Mi primer trabajo fue para Vogue, y desde ahí, cuando la directora de la revista llamó a mi agencia para decir que quedaran atentos conmigo, pues era una promesa, todo cambió”, recuerda.

Era muy joven, ingenuo, y quizá por eso no dimensionaba que estaba donde todos querían estar. En Brasil, explica, “son los fotógrafos los que te llaman”, y a él lo llamó de inmediato Bob Wolfenson, el más grande de la época, con producciones que lo exigían al máximo como peluquero y maquillador.

Eso que para cualquiera habría sido la cima se volvió su normalidad. “De Israel a Tahití, entre portadas y rostros famosos”, enumera casi como si hablara de un calendario cualquiera. Hasta que llegaron los desfiles, la verdadera gloria en su lógica de moda. “El São Paulo Fashion Week te corona, y entre los varios en los participé y estuve a cargo de la belleza, fue con Adriana Lima, para Lino Villaventura, que el status cambió”, dice. Esa mezcla de backstage frenético, focos y nombres propios lo instaló como un referente incuestionable en su país.

Chile aparece en su historia como un nuevo escenario, no como un retiro. Venía de un mercado gigante, acostumbrado a hacer muchas portadas y editoriales en Brasil, y aterrizó en Santiago para trabajar con Revista Elle, entonces el punto más alto de la moda local. Aquí se encontró con una escena en formación: la revista compraba portadas extranjeras porque no había material propio. “Yo quería hacer material, porque era hacer portafolio”, cuenta.

Venía saliendo de un curso en Toni & Guy, en Londres, fascinado con lo que veía en las revistas afuera, y decidió que Chile también podía tener esa energía.

Empezó a pedir a las agencias que buscaran new faces en colegios, “piel fresca, colágeno”, como repite casi como mantra. Con fotógrafos como Julio Donoso e Iván Petrowitsch tuvo libertad total para crear, experimentar y equivocarse. Las portadas dejaron de importarse para producirse aquí, los editoriales se volvieron más ambiciosos y las revistas comenzaron a competir en glamour. “Lo que sí, hablo con humildad, fui yo quien empezó a crear la moda y la belleza chilena sin saber, y hay quienes afirman eso”, dice sin falsa modestia, pero con la conciencia de quien ha visto toda la película desde adentro.

Supermodelos, profesionalismo y estética propia

En esa primera vida, la lista de rostros que han pasado por sus manos es casi irrepetible. Claudia Schiffer, Linda Evangelista, Sophia Loren, nombres que hoy parecen de otro tiempo, pero que para él fueron parte del día a día. “He hecho muchos rostros; incluso hoy, cuando lo pienso, es increíble lo que hice y lo difícil que es tener ese currículum”, admite. Y agrega, con su ironía habitual: “No supe manejar mi carrera, podría ser millonario”.

Cuando habla de profesionalismo, se le ilumina la voz. Con las modelos, dice, hay un código tácito: “Te dejan hacer todo, no se tocan hasta terminar, y si hay algo que retocar, ellas te dicen”. Recuerda una portada de Caras con Claudia Schiffer en Chile, cuando un asistente de Iván puso el viento para el pelo y ella paró la sesión. “Dijo ‘No, no, no, quien hace el viento es el peluquero’”.

También evoca el ritmo casi quirúrgico de los rodajes con Pablo Larraín: “Grabó doce comerciales en dos horas y solo hacía dos tomas y decía ‘Ya tienes’, cachai, eso es fantástico porque saben lo que están haciendo”.

Su ojo brasileño, acostumbrado a Alessandra Ambrosio, Gisele Bündchen o Adriana Lima, aterrizó en un Chile que seguía prefiriendo rubias argentinas de pelo liso. “No podía usar morenas ni pelo crespo”, cuenta.

Hasta que, en una campaña para Ripley donde tenía mucha libertad, se atrevió a proponer otra cosa: eligió una morena, una mujer negra, una asiática y una rubia argentina para lo que llamó “la campaña de los cuatro continentes”. Fue un boom y, de paso, abrió la puerta a otros cuerpos y otras pieles.

“La morena que no querían traer se transformó en top model, es Fernanda Tavares, cachai que tengo buen ojo”, dice entre risas.

A comienzos de 2018, cuando las revistas impresas chilenas empezaron a desaparecer una a una y buena parte de fotógrafos, maquilladores y productoras de moda debieron reinventarse de golpe, Marco decidió hacer una pausa larga y volver a Brasil, cerca de su familia. Fue recién un par de años después que regresó a Chile, a un mercado distinto y más fragmentado, donde las portadas ya no ordenaban el calendario de la moda, pero donde su nombre seguía vivo en la memoria de muchas mujeres y equipos creativos.

“MI PRIMER TRABAJO FUE PARA VOGUE, Y DESDE AHÍ, CUANDO LA DIRECTORA DE LA REVISTA LLAMÓ A MI AGENCIA PARA DECIR QUE QUEDARAN ATENTOS CONMIGO, PUES

ERA UNA PROMESA, TODO CAMBIÓ”.

Enfermedad, caída y reinvención

En medio de esa carrera que parecía inagotable, la vida se encargó de frenar todo de golpe. Marco había venido de Brasil a pasear a Chile cuando, al tercer día, despertó extraño, molesto, y fue a un consultorio. Le pasaron un sobre cerrado y le dijeron que no lo abriera, que entrara al primer hospital, porque con suerte tenía medio día de vida. En el primer lugar al que llegó no quisieron atenderlo. Sin seguro de salud y sin entender qué pasaba, terminó en el Hospital Salvador. “Me dijeron que me quedara ahí y no moviera, ya estaba muy debilitado en silla de ruedas”, recuerda.

En tres horas estaba en el quirófano. Despertó después de doce horas de cirugía con diez médicos alrededor que le dijeron que lo habían logrado, que “nadie se salva de eso”, que había tenido una gangrena de Fournier. Cada cuatro días volvía a pabellón, pasaba por UTI, sumó doce cirugías de

riesgo. Cuando sintió que algo seguía mal, insistió hasta que le encontraron un cáncer T4 encajado en la pelvis y tuvo que empezar de inmediato un tratamiento demoledor: diez sesiones de quimioterapia de ocho horas diarias y treinta radioterapias. “Casi me mató, fue muy pesado”, dice con una calma que desarma.

Cuando parecía que no podía pasar nada más, se cayó en moto y se quebró casi todo el lado izquierdo del cuerpo. “Me condenaron a no caminar más, además tenía una ostomía que también me habían dicho que sería definitiva”, cuenta.

Fueron cuatro años durísimos, de dolor físico y agotamiento emocional, en los que pensó seriamente en rendirse. Pero decidió que no quería quedarse así y se volvió su propio proyecto. “Los pedí que me mandaran a todo tipo de kine para revertir eso o me mataría, algo que estuve muy cerca de hacer”, confiesa.

Su historia de rehabilitación es tan cruda como luminosa. Ninguno de sus órganos funcionaba bien, pero él seguía forzándose hasta que un día la doctora le dijo que el cuerpo empezaba a responder y pudo sacar la bolsa. No caminaba, hasta que tuvo que cambiarse de casa y enfrentarse a una pasarela que parecía imposible. “Me dije ‘Tú vas a subir’, tomé un pisco sour y subí”, cuenta riendo.

No bajó ese día, pero en una semana estaba subiendo y bajando con muebles en la espalda. Hoy, dice, sus doctores lo tratan de “Animal” en Meds y “Exterminador” en el Salvador. “No tengo malos recuerdos, simplemente me tocó y aprendí mucho con todo eso, soy una mejor persona. Bueno, acá estoy cero kilómetro después de cuatro años y catorce cirugías, feliz”.

De esa crisis nació también la decisión de quedarse en Chile y reinventarse. Volvió a trabajar con 50 kilos y muletas, aceptando una oferta en una peluquería nueva en La Dehesa. “Cobré tres veces la oferta, yo no tenía una clienta y en un año tenía 287”, dice, todavía sorprendiendo incluso a su versión del pasado.

Llegó la pandemia, tuvo que cerrar, vino la caída en moto, otra vez el vacío. “Nadie me llamaba, estaba sin rumbo y tenía que trabajar, pero hubo personas que se quedaron conmigo todo el tiempo, clientas a las que no les importaba mi estado de recuperación”, recuerda.

Hoy, con más de treinta años en Chile, un pasado de supermodelos y un presente instalado en su propio estudio, donde vuelve a recibir clientas que lo siguen desde hace décadas y mujeres que llegan por primera vez, Marco tiene claro quién es. “A los 20 no sabes lo que te puede destruir una carrera, un amor. Ya a los 50 sí sabes”, dice.

Su objetivo ahora es transformar todo ese conocimiento, esos estudios en química y esa experiencia en algo más grande, que le dé visibilidad y le permita también ayudar a niños con cáncer. “Ese es mi gran deseo”, concluye, sin dejar de lado la silla donde cada día, mechón a mechón, sigue cambiando historias frente al espejo.

y un año extremo para decir qué vale más que el éxito

CRISTIÁN DE LA FUENTE

Entre aeropuertos, escenarios llenos y metas deportivas que parecen imposibles, 2025 llevó a Cristián de la Fuente al extremo y lo obligó a preguntarse de nuevo qué significa llegar lejos sin perder el cuerpo, el tiempo ni la vida propia en el camino.

Está en Miami, recién salido del set del morning show de Telemundo, donde esta semana fue invitado a conducir en vivo. Lleva la misma chaqueta clara con la que apareció en pantalla cuando se conecta por Zoom para esta entrevista, café en mano, aprovechando un rato tranquilo antes de volver a la agenda. Mientras habla, se hace evidente que 2025 no solo fue un año de cámaras encendidas y vuelos constantes, también fue el período en que tuvo que preguntarse de nuevo qué significa llegar lejos sin descuidar el cuerpo, el tiempo ni la vida fuera del trabajo.

Lo dice sin grandilocuencia, con la adrenalina del programa todavía flotando y el cansancio del año anterior aún en el cuerpo. “Si este enero hubiera sido el enero pasado, ya me habría tocado viajar dos fines de semana, y este año no lo he hecho”, cuenta. Desde ahí se abre la conversación hacia algo más íntimo que la suma de hitos profesionales, un año que lo llenó de aplausos y rutas de vuelo, pero que también lo empujó a decidir que 2026 debe tener menos aeropuertos y una manera distinta de medir el éxito, donde la calidad del tiempo pese tanto como los logros.

ENTRE GALÁN, PILOTO Y IRONMAN

Para quienes crecieron viéndolo en la televisión chilena, Cristián de la Fuente fue primero el galán, el rostro juvenil que pronto desbordó las fronteras locales. Para quienes lo descubrieron después, puede ser el actor latino que se movió con naturalidad en producciones internacionales o el piloto que llegó a ser comandante de los Halcones de la Fuerza Aérea de Chile. Entre ambos mundos, el de la ficción y el de la disciplina militar, se fue armando una biografía que hoy se expresa en algo tan concreto como esto, un hombre que llena teatros en Norteamérica, que entrena para el Ironman y que, a los 50, empieza a preguntarse qué va a hacer con los años que vienen.

“Salir a escena y ver ese teatro lleno es realmente algo increíble –dice sobre las funciones de Perfume de gardenia, que lo llevaron por más de veinte ciudades en los Estados Unidos y luego casi treinta en México–. Esa adrenalina es la que te da la

energía para seguir adelante, para levantarte al otro día, para viajar a la siguiente ciudad, para incluso entrenar entre medio de la gira. Acuérdate de que, además, estaba entrenando para hacer el Ironman de Valdivia. Entonces era realmente una locura. Ese aplauso y esa energía del público es lo que te permite seguir adelante”. En su voz no hay queja, sino la conciencia de alguien que sabe que su trabajo implica pagar ese precio físico y emocional.

Desde afuera, su año suena a proeza, cincuenta y tantas funciones, un nuevo rodaje, una vida entera en aeropuertos y un octavo Ironman completado. Desde adentro, él lo ve como una prueba de resistencia que va mucho más allá de los músculos. “Definitivamente no tengo el físico típico de un triatleta –admite–. El peso promedio de ellos ronda los 70 kilos, incluso menos, y yo peso 100. Por eso no hago los tiempos que hacen los que pesan menos y me demoro un poco más que el resto. Pero, en mi caso, el Ironman es más un desafío personal que otra cosa, es un desafío a la

mente, una forma de recordarme todos los días que la mente puede controlar al cuerpo y que el corazón es el músculo más importante, el que muchas veces te empuja a seguir cuando ya no puedes más”.

Esa idea del corazón como motor vuelve una y otra vez en la conversación. No solo en el deporte, también en la forma en que ha ido sosteniendo una carrera que cruza telenovelas, cine, conducción y acrobacias aéreas. “Lo de la Fuerza Aérea nació prácticamente al mismo tiempo que mi carrera en televisión –recuerda–. Entré a la tele alrededor del año 96, y en 1998 ya era oficial de reserva de la Fuerza Aérea. Por eso digo que la disciplina militar ha sido siempre parte de mi vida. Esa disciplina la aplico en mi día a día, muchas veces hago las cosas simplemente porque sé que debo hacerlas, por no fallar y por mantener un estándar de excelencia en todo lo que hago. Esa lógica del deber cumplido se filtra tanto en mi forma de actuar como en la manera en que enfrento una gira”.

EL CUERPO, EL TIEMPO Y OTRA MEDIDA DEL ÉXITO

El contraste entre el brillo público y la necesidad de resguardar algo íntimo aparece cuando habla de su vida personal. Sabe que la exposición tiene un costo y que las redes sociales multiplican voces y juicios. “Es muy difícil mantener una vida familiar o personal verdaderamente privada, porque hoy todo el mundo opina, las redes sociales, los programas de televisión, los comentarios anónimos. Guardar lo íntimo como algo realmente propio se vuelve un desafío –admite–. Aun así, intento proteger ese espacio, tener algo que sea solo para mí y para mi pareja, algo que no se comparta con el mundo, porque si no, al final no te queda nada. Si llamamos vida privada a algo que mostramos todo el tiempo, deja de ser privada y ahí hay una incongruencia que hay que cuidar. Y cuesta aún más en una época en la que todos sienten que tienen derecho a opinar, criticar y juzgar. Dentro de ese ruido, trato de cuidar mi vida personal lo más posible, dentro de lo que se pueda”.

“Estoy tratando de que el tiempo, y la calidad de ese tiempo, valgan más que un éxito puntual… la vara de medición este año, para mí, tiene que ser la calidad de vida”.

Mientras habla de límites y resguardos, se cuela el humor de alguien que también puede reírse de sí mismo. Cuando le pedimos condensar el año pasado en una sola escena, no piensa en un escenario ni en una alfombra roja: “Si tuviera que resumir el 2025 en una sola imagen, sería yo despertándome a las tres de la mañana en una habitación de hotel, sin tener idea de dónde está el baño y terminando por pegarme un cabezazo con la puerta del clóset”. La anécdota resume, en unos pocos segundos borrosos, el vértigo de un calendario que se midió en vuelos, cambios de huso horario y noches de hotel casi indistinguibles entre sí.

Por eso no sorprende que el deseo para este año sea mucho más concreto que cualquier gran proyecto. “Para 2026 me propuse tener menos aeropuertos en mi vida, y hasta ahora lo he logrado –dice–. Estamos terminando enero y, si este fuera el enero del año pasado, ya habría viajado al menos dos fines de semana, pero este año no ha sido así. Estoy intentando quedarme más tiempo en un mismo lugar y abrirme a proyectos distintos, porque realmente quiero un poco menos de aeropuertos. Quiero vivir la vida, no solo existir ni dejar que el trabajo se convierta en toda mi vida, que es algo que nos pasa cuando trabajamos demasiado”. Ahí asoma con claridad la nueva vara con la que quiere medir lo que viene. “A medida que uno se va poniendo más viejo y siente que le quedan menos años, empieza a mirar el tiempo de otra manera. Este 2026 estoy tratando de que el tiempo, y la calidad de ese tiempo, valgan más que un éxito puntual, un proyecto más o menos, o ganar un poco más o un poco menos. La vara de medición este año, para mí, tiene que ser la calidad de vida”, afirma.

En paralelo, su carrera no se detiene. Viene una nueva película que verá la luz este año y que le permitió explorar una zona distinta dentro de la ficción romántica: “Es una historia de amor distinta. Ocurre en Navidad,

así que tiene algo de inesperado y poco predecible, y eso ya la vuelve diferente. Es una relación que no se veía venir dentro de la película y que se va construyendo a partir de las circunstancias, casi sin que los personajes se den cuenta. Además, la manera en que se cuenta esa historia es completamente distinta a lo que yo había hecho antes”. Esa combinación de familiaridad y quiebre parece también una metáfora cómoda de su propia biografía, el mismo rostro que muchos recuerdan de los 90, pero situado ahora en un mapa mucho más amplio, con otros ritmos y otras preguntas.

Y cuando mira hacia atrás, hacia ese joven que empezaba a hacerse un nombre en la televisión chilena a fines de los 90, la reflexión es menos nostálgica que pedagógica. “Si pudiera hablarle al Cristián de fines de los 90, le diría tantas cosas –reconoce–. Primero, que no tiene que demostrarle nada a nadie, que no necesita convencer a todo el mundo ni gustarle o complacer a todos. Que lo que hace es lo mejor que puede hacer con las herramientas y las posibilidades que tiene en ese momento, y que eso basta. También le diría que siga adelante sin darles tanto espacio a las críticas, que camine con fuerza sin mirar al lado, solo hacia adelante. Y que no se derrumbe cuando reciba un golpe, al contrario, que muchas veces agradezca esos golpes, porque son los que lo van a hacer crecer y lo van a llevar a lugares a los que, sin esas caídas, quizá nunca habría llegado”.

En esa mezcla de disciplina militar, exigencia física, humor a las tres de la mañana en un hotel cualquiera y ganas sinceras de cambiar la vara con la que mide el éxito, se dibuja el Cristián de la Fuente de hoy. Un actor chileno que hizo gran parte de su carrera fuera de Chile, que sigue llenando teatros y preparando estrenos, pero que ahora parece más dispuesto que nunca a pelear por algo tan simple y complejo como eso que él mismo define con calma: calidad de vida.

Y EL OFICIO DEL QUESO MARÍA JOSÉ AZÓCAR

Nutricionista, maestra quesera y autora de Quesos artesanales: técnicas de elaboración, tipos de quesos y recetas, María José Azócar transformó una charcutería familiar y una antigua casona colonial en San Bernardo en el centro de un proyecto de vida donde el queso, la fermentación, la nutrición y la maternidad conviven. Entre leche recién ordeñada, hongos vivos y corredores centenarios, produce quesos, enseña y cría a sus tres hijos.

La primera impresión de Casona Calicanto, en San Bernardo (donde nos reunimos para esta entrevista), es la de una postal detenida en el tiempo. Muros gruesos, muchos y enormes patios y jardines, luz oblicua filtrándose entre árboles viejos y una calma que parece incompatible con la prisa de Santiago. No es solo una casa antigua. Aquí vivieron el presidente José Joaquín Prieto y luego Manuel Bulnes, antes de pasar por distintas manos y resistir terremotos, abandonos y largos períodos de silencio. Hoy, completamente restaurada y en uso, la casona es también un reconocido centro de eventos, donde matrimonios, celebraciones y encuentros culturales conviven con la historia y el paisaje.

Allí, María José Azócar se mueve con una familiaridad que no es heredada, sino elegida. La casa llegó a ella cargada de una historia singular. Tras convertirse –literalmente– en el botín de una partida de póker, el padre de su suegra se la regaló a su hija como presente de matrimonio.

Fue en esta casa donde crecieron Javier, su marido, y sus hermanos. Con los años, ellos emigraron y fue Javier quien se hizo cargo de mantenerla en pie, habitarla y cuidarla. María José llegó después, por amor, cuando se casó con él, y desde entonces la vida familiar, el oficio y los eventos han ido ocupando estos corredores como si la casa hubiera encontrado una nueva etapa. “Yo todos los días agradezco despertar aquí, poder dar trabajo, tener esta vida, una vida natural, sin que los niños dependan del teléfono o las pantallas para entretenerse. Vivimos como a la antigua, trabajando en lo que nos gusta”, dice, mientras amasa una mozzarella recién hecha.

Su relación con el queso no comenzó en una planta industrial ni en un laboratorio de alimentos, sino en la charcutería familiar. Había jamones, embutidos y cortes, pero faltaba el queso. Una receta manuscrita, heredada de una tía lechera, fue el punto de inicio. “Partí haciendo queso fresco, muy básico, a puro ensayo y error”, recuerda. Luego vinieron los talleres, la formación rigurosa y la inmersión en un universo que superó con creces el repertorio tradicional chileno. Camembert, quesos azules, morbier, quesos con ceniza y hongos ampliaron de golpe su horizonte.

Durante años combinó la nutrición clínica con la quesería, recorriendo Chile gracias a proyectos de formación rural y trabajando con distintos colectivos hasta que la pandemia cerró ciclos. “Cuando todo se cayó, seguí sola. La pandemia fue el empujón final para emprender definitivamente”, cuenta. En medio de ese escenario decidió escribir su libro, sin detenerse, sin esperar condiciones ideales.

EL QUESO COMO ORGANISMO VIVO

Quesos artesanales: técnicas de elaboración, tipos de quesos y recetas reúne más de veintinueve recetas de quesos y más de treinta preparaciones dulces y saladas. María José lo escribió de manera independiente, pensando en que cualquier persona pudiera aprender a hacer queso en casa, con un paso a paso claro y riguroso. Mandó a imprimir una primera edición en Chile y organizó su propio lanzamiento. Los ejemplares se vendieron directamente en la quesería y en talleres, y con el tiempo fueron quedando pocos. Fue cuando intentó llevar el libro a editoriales locales, pero no encontró interés. Le dijeron que no era comercial y que el contexto no acompañaba.

Hasta que ocurrió el error que cambió el destino del proyecto. Al insistir por correo, escribió a Editorial Planeta España en lugar de Chile. A la semana estaba firmando contrato. Hoy el libro se publica en Europa bajo el sello Universo de Letras y se distribuye en más de mil doscientas librerías, además de plataformas internacionales.

La quesería funciona en el mismo campo que la casona, separada por exigencias sanitarias, pero integrada a la vida cotidiana. Produce en volúmenes acotados y de manera artesanal. Su mayor desafío es el camembert. “No es solo hacerlo, es cuidarlo en la maduración. Es un queso muy sensible”, explica. La temperatura, la humedad, la cantidad de sal, la época del año y la alimentación de las vacas influyen en cada pieza. En invierno, la leche es más cremosa; en verano, más liviana. El queso cambia y ella aprende a escucharlo.

“Yo todos los días agradezco despertar aquí, poder dar trabajo, tener esta vida, una vida natural, sin que los niños dependan del teléfono o las pantallas para entretenerse. Vivimos como a la antigua, trabajando en lo que nos gusta”.

Habla de los hongos como de un organismo vivo que responde al entorno: “El queso está vivo. Uno lo prueba y sabe en qué época se hizo, cómo estaba el clima, qué comían las vacas…”.

Y entonces, nuevamente lo inesperado. Una falla en una cámara de frío, justo antes de un concurso internacional, le dio una lección que jamás habría pensado. La temperatura subió, la maduración se aceleró y el resultado, lejos de un error, se convirtió en uno de los mejores camemberts que ha producido. “Ahí entendí que el control también tiene que convivir con la intuición”, dice.

Su mirada mezcla ciencia y tradición. Defiende el uso de maderas y lozas frente al acero inoxidable en ciertos procesos y compara la fermentación con un bosque. Oscuro, húmedo, vivo. “Siempre les digo a mis alumnos que hay que entender al bicho y cuidarlo. Es como criar”, resume.

Además de producir, María José enseña. Cada dos semanas abre la cocina de la casona para talleres de quesería. Llegan personas de todas las edades. Insiste en que se puede fermentar incluso en un departamento y que basta con entender los tiempos y las condiciones. Su objetivo es ampliar la cultura quesera chilena y devolver al queso un lugar protagónico en la mesa, explorando maridajes con frutas, miel, café y preparaciones simples.

Su formación como nutricionista atraviesa todo lo que hace. Deportista disciplinada y defensora de la flora intestinal, cuestiona la mirada tradicional que demoniza la grasa y distingue entre productos industriales y fermentos vivos. “Un queso bien madurado es puro trabajo bacteriano. Cuando las bacterias hacen su trabajo, el cuerpo lo agradece”, afirma.

En paralelo, es madre de tres niños y guardiana de una casa histórica que exige cuidado constante. Mientras produce, enseña y emprende, sostiene una vida familiar intensa. La casona, que alguna vez alojó presidentes y luego estuvo a punto de desaparecer, hoy vuelve a estar habitada, viva y en uso.

Y cuando imagina una escena perfecta, no duda: “Un atardecer fresco, una mesa larga, quesos, miel, frutas, un rico vino, buena conversación”. En esa imagen se condensa todo. El campo, el oficio, la mesa compartida y la certeza de que el queso, ese organismo vivo al que hay que escuchar, puede contar historias, sostener familias y devolverle sentido a algo tan básico como comer juntos.

Conoce más de su trabajo en: @m.jose.azocar y @jocharcuterie.cl

MOVERSE

PARA VIVIR

Por Rodrigo Abett

Escribo estas líneas desde Ski Portillo, rodeado de música clásica, entrenando a más de cincuenta jóvenes músicos para que disfruten de su arte con bienestar, vitalidad y confianza en sus nuevos desafíos. Me gusta partir desde aquí, desde el presente, porque con los años he aprendido algo esencial. Nuestra corporalidad genera nuestra realidad. El cuerpo no es un instrumento secundario. Es el lugar donde ocurre la vida.

Desde el cuerpo y el movimiento, Rodrigo Abett ha construido una forma de estar en el mundo. Este relato en primera persona recorre más de veinticinco años dedicados al Pilates, entre vocación, crisis, aprendizaje y una convicción profunda: moverse también es una forma de vivir.

Hace 25 años, nunca había escuchado hablar de la palabra “Pilates”. En un momento de confusión personal vi un aviso en el diario donde se buscaba un profesor de educación física. Sentí, sin saber muy bien por qué, que era para mí. Lo fue. Ese mismo día me hicieron una clase que se parecía al yoga, pero con máquinas y resortes. La sensación fue tan clara, tan inmediata, que decidí consagrar mi vida al Pilates. Todo tomó sentido. Y ese sentido era generar bienestar en las personas.

Fui becado durante dos años en una clínica y desde ahí comencé a desarrollar mis propios proyectos. Pilates genera una red de conexiones y oportunidades increíble. Cambió mi mente, me enseñó a enfocarme, me dio una disciplina que no tenía incorporada y, sobre todo, una confianza profunda para alcanzar mis metas. En 2004 abrí mi primer centro. A los tres meses ya había llegado al número de alumnos que había imaginado como ideal. Tuve que ampliarme, botar paredes literalmente. Las máquinas de Pilates son grandes e imponentes, y mi arrendador ya estaba bastante molesto conmigo porque seguía pidiéndole más espacio. No me di cuenta en ese momento, pero la pared más importante que estaba botando era la de mi propia mente. Se fueron los miedos, las excusas, las quejas. Me hice responsable de mi vida. No hay nadie que pueda detener a un ser humano convencido.

Pasaba catorce horas diarias en el centro. También los fines de semana. Invertía todo en mi desarrollo profesional y en ese espacio que era, al mismo tiempo, trabajo y hogar. El Pilates me ordenó por dentro y por fuera.

Con el tiempo he realizado clases en los lugares más diversos. En centros especializados, hospitales, municipalidades, gimnasios, colegios, empresas, casas y hasta casinos, esos donde almuerzan los

“Estás hecho para el bienestar. Muévete, aliméntate bien, aprende a descansar, cuida tus relaciones y disfruta la vida”.

funcionarios. No siempre había condiciones ideales. A veces cocinaban alimentos fuertes y no era muy agradable inhalar profundo, pero con un buen incienso y algo de aromaterapia todo era posible. Lo importante nunca fue el lugar, sino el movimiento. Y siempre he visto lo mismo. Las personas agradecen profundamente la posibilidad de moverse con conciencia. Ver cómo alguien se va mejor después de una clase, física y emocionalmente, es una de las cosas más reconfortantes que conozco. Es una esperanza en un mundo que necesita personas más conectadas consigo mismas, con los demás y con el entorno.

He sido instructor de niños, adultos mayores, mujeres, hombres, embarazadas y personas enfermas. Todos mejoran. Me he emocionado muchas veces. Recuerdo a un niño con diagnóstico de hiperactividad que después de una clase me dijo que había sido

el mejor día de su vida. O cuando recién comenzaba, a principios de los 2000, una funcionaria de una embajada me dijo que había tomado clases en Nueva York, la capital del Pilates, y que donde más conexión y mejores resultados había tenido era conmigo. O esa madre que me dijo, entre lágrimas, que la clase no la necesitaba tanto ella como su hija, que estaba atravesando una depresión, y que había sentido los beneficios del Pilates desde la primera inhalación.

En mis clases han pasado personas de mundos muy distintos. Medicina, arte, letras, política, empresas, dueñas de casa. Todas con un potencial enorme para el bienestar. El Pilates tiene la capacidad de activar algo que todos llevamos dentro. Es casi una marca genética que nos dice “Estás hecho para el bienestar. Muévete, aliméntate bien, aprende a descansar, cuida tus relaciones y disfruta la vida”. Parece simple. No siempre lo es.

Mis alumnas son joyas para mí. Las entreno con dedicación, sin importar si son funcionarias públicas, actrices, periodistas, cantantes o madres que sostienen muchas vidas a la vez. En la clase lo que importa es la historia del cuerpo. Lo que dicen la espalda, la musculatura, los dolores. Ahí está la verdad. Desde ahí comenzamos, de lo más básico a lo más profundo, con respeto y atención.

Descubrí el Pilates casi el mismo día en que nací. Un 17 de septiembre. Nací un 18. Años después, un 16 de septiembre, comencé mi certificación internacional y en septiembre de 2008 me titulé como Certified Practitioner of Pilates Studio en Polestar Education, en Salvador de Bahía. Siempre he sentido que hay algo simbólico en eso. Como si hubiera ido naciendo de nuevo. Me siento un artista del movimiento, un Miguel Ángel de la forma humana. No esculpo mármol. Formo cuerpos, mentes y espíritus más sanos, fuertes y bellos.

He estudiado de manera constante. Motricidad, coaching ontológico, biología del conocer, PNL, aromaterapia, yoga, qigong, gyrokinesis. Todo lo integro. Trabajé durante años con niños preescolares y aprendí de ellos que moverse es natural, que solo hay que motivar a través del juego. Soy un convencido de que el método está vivo y evoluciona. Así me lo confirmó Lolita San Miguel, discípula directa de Joseph Pilates, en su casa en Florida. “Esto está vivo. De seguro Joe integraría los nuevos avances del conocimiento”, me dijo.

Busco Pilates en todas partes. No creo en cerrarse en un solo paradigma. Eso me ha llevado a conocer distintas metodologías y a viajar. En Miami, lo que iba a ser una semana de vacaciones se transformó en un mes condensado en siete días. No vi

playas. Me dediqué a recorrer estudios, a conversar, a aprender. Llegué al estudio de Brent Anderson, en Coral Gables, a hablar de mis ideas, mis sueños y mi visión del método. Me quedé en un entrenamiento intensivo. Brent y Lolita me enseñaron algo fundamental. Los grandes maestros saben escuchar.

En medio de este camino también hubo quiebres profundos. Hace nueve años atravesé un cáncer muy raro, que logramos superar. Esa experiencia me comprometió aún más con las personas que sufren dolor, especialmente pacientes oncológicos. Por eso soy voluntario en la FALP. Luego vino el estallido social. Cerramos un centro en el Barrio Bellas Artes y nunca más lo abrimos. No pudimos. Y después llegó la pandemia. Dos años de sostenernos, de resistir, de

“Hace nueve años atravesé un cáncer muy raro, que logramos superar. Esa experiencia me comprometió aún más con las personas que sufren dolor”.

inventar formas nuevas de seguir. A pesar de todo, nunca despedimos a nadie. Llevamos los reformers a las casas, hicimos clases online. Fue una locura. Pero funcionó. Esa es la magia del movimiento.

Hoy tengo cincuenta años. Veinticinco de ellos dedicados a Pilates. Actualmente dirijo cuatro centros de PilatesQi, donde el método es el corazón de todo lo que se hace. Trabajo junto a un equipo amplio y comprometido, convencido de que el bienestar no se construye en soledad, sino en comunidad. Y, aun así, siento que recién empiezo. Me levanto temprano, agradezco, observo. Creo profundamente que la gratitud y la humildad permiten evolucionar.

Hubo un momento que lo cambió todo. Mi formación y colaboración con Humberto Maturana y Ximena Dávila, desde la biología cultural, transformó mi mirada. Entendí de verdad que el lenguaje crea mundos. Pero esos mundos se habitan en el cuerpo. El cuerpo es el cosmos donde estamos.

Agradezco a mi familia, a mis padres, a mis hijas, a mi pareja, a mis alumnas, a los instructores, al equipo completo de PilatesQi. Esta es mi vida. Y siento, con absoluta convicción, que aún queda mucho por mover.

Para conocer más: @pilates_qi

En cada edición de Mustique, cerramos con una voz invitada. Una mirada personal que proviene del arte, la literatura, la música o el pensamiento; una reflexión libre sobre la belleza de la estación que nos habita.

Esta crónica final es un gesto íntimo y abierto. Una despedida suave, escrita por quienes saben mirar el mundo con sensibilidad. Porque, a veces, lo más importante se dice al final.

En esta edición, la última palabra la tiene Francisca Vives K. @franvivesk

LA INFANCIA FRENTE A UNA NATURALEZA INDÓMITA

Hay veranos que no se olvidan, aunque el calendario insista en borrarlos. Tenía doce o trece años cuando viajamos por la Carretera Austral: mamá, papá, mis dos hermanas y yo, la del medio, apretadas en un auto que avanzaba entre bosque, ripio y lluvia. No sé si fuimos a buscar algo o si fue el camino el que nos encontró a nosotros, pero desde entonces esa ruta quedó guardada como el mapa secreto de mi idea de verano.

Mi papá, scout en su juventud, jefe nacional, experto en carpas, fogatas y nudos, nos entregó a cada una un pito de metal para colgar en el cuello. No era un accesorio, era un idioma. Nos había enseñado frases cortas en clave morse, por si alguna vez necesitábamos pedir ayuda, llegar rápido, acudir a un llamado invisible entre los árboles. Así, al rumor constante del sur –es decir, el río, el viento, los sonidos de pájaros o animalitos que más que miedo nos producían curiosidad– se sumaba la pequeña orquesta de nuestros pitos anunciando la hora de comer, la urgencia de abrigarse, la misión de cada una.

Acampábamos donde el día nos sorprendía. Nada de reservas on-line, bookings ni itinerarios cerrados.

Encontrábamos un claro, un trozo de orilla, una franja de pasto junto a un río, y ese lugar se convertía, por una noche, en nuestro hogar. Mi mamá se quedaba cerca de la carpa, abriendo latas y organizando menús mínimos pero suficientes, la proteína justa y necesaria para seguir explorando, nada más. No había banquetes, pero la abundancia venía en otras formas. En el cielo abierto, el frío que despertaba de noche, la sensación de estar a salvo en medio de lo desconocido.

En cada parada teníamos una tarea, como si el verano fuera también un pequeño campamento de entrenamiento para la vida. Una buscaba palitos secos, otra localizaba el río más cercano, otra miraba las plantas sospechosas que podían provocar alergias. Éramos tres niñitas de fines de los años ochenta improvisando metodologías de supervivencia sin saberlo, jugando a ser grandes en una carretera que todavía no se llenaba de turistas ni de fotos perfectas.

Al caer la tarde, la fauna nos cedía su espacio y el lugar se transformaba en escenario. Después de ensayar entre risas, preparábamos una obra para mis papás. Eran pequeñas coreografías inventadas, diálogos absurdos, canciones del grupo Pandora, ese trío mexicano que también eran tres, como nosotras. Sin celulares, sin YouTube, sin tutoriales; solo el eco de nuestra memoria reciente, el ingenio y las ganas de hacer reír. Cantábamos, las imitábamos, y en la tierra húmeda de la Patagonia nacían coreografías que nadie grabó pero que siguen vivas en mí.

Otra presencia silenciosa en ese viaje fueron los guardaparques. Eran casi los únicos habitantes de esa Patagonia extensa y a ratos inhóspita, custodios de una naturaleza que entonces se sentía infinita. Sus casas aparecían como faros dispersos en la mitad

de la nada. Una chimenea encendida, una bandera, un perro que ladraba anunciando visita. Cuando el clima cambiaba de un minuto a otro, como suele ocurrir en el sur incluso en pleno verano, eran ellos quienes abrían la puerta, se “apretaban” y nos dejaban entrar con nuestras mochilas, nuestro barro y nuestros miedos.

La vida de esos guardaparques se quedó conmigo tanto como el paisaje. Mi padre, sociólogo de profesión y de alma, analizaba su forma de vivir, tan aislados, tan “haciendo patria” y, sin embargo, radiantes en una sencillez que hoy llamaríamos radical. Sus hijos corrían libres entre árboles y lluvia, sin más urgencia que la de llegar secos a la cena. Nos parecíamos en algo esencial. También nosotras descubríamos que la verdadera diversión estaba en la simpleza, como antes y como todavía puede ser hoy, sin necesidad de ninguna pantalla.

Cuando pienso en el verano, no pienso en arena blanca ni en una piscina de hotel. Pienso en esa ruta de sur infinito, en el sonido metálico del pito golpeando contra mi pecho mientras caminaba, en la lluvia que nos obligaba a refugiarnos y en los almuerzos enlatados que sabían a recompensa. Pienso en la creatividad que brota cuando no hay manual, en la empatía que nace cuando alguien te abre la puerta de su casa en medio de un chaparrón, en la extraña libertad de no estar conectados más que entre nosotros.

Ese verano, en realidad, nunca terminó. Vuelve cada año, cuando la ciudad se acelera y el ruido parece no tener pausa. Entonces cierro los ojos y escucho, muy bajito, como si viniera desde lejos, un silbido en clave morse. Y entiendo que la señal es para mí: es hora de recordar que, incluso en medio de lo moderno y lo inmediato, todavía sé vivir con poco y disfrutarlo todo.

EL BIENESTAR DE NUESTRA

CLASE BUSINESS: GASTRONOMÍA

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