Los acuerdos absolutos son una rareza que muy pocas veces ocurre. Nuestra actitud ante la literatura infantil y juvenil es una de ellas: en términos generales, se tiene la certeza de que los niños y los jóvenes deberían leer, y de que esta actividad es buena para ellos. Evidentemente, las razones por las cuales se aceptan estas ideas pueden ser distintas y variar de persona a persona: algunos buscan la utilidad de los libros, otros más los miran como los promotores de una serie de valores y actitudes y, por supuesto, tampoco faltan quienes sostienen una idea maravillosa: los libros dan la posibilidad de vivir otras vidas y abren la puerta a las conversaciones.
Cada una de estas razones —por buenas o malas que sean— coloca a la personas ante una serie de dilemas que parecen imposibles de resolver: ¿qué libros son buenos para mis hijos?, ¿cuáles son adecuados para su edad?, ¿aquellos que tengo en mente lo engancharán lo suficiente para transformarlo en un lector consuetudinario?