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Lee+ 204/ Corea, la ola cultural imparable

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La literatura y la K-Culturenarran un nuevo capítulo global Han Kang, Won-pyung Sohn, Bora Chung y el librero Namjoon Entrevistas a Yun jung eun, Beatriz Rivas, Daniel Saldaña París, Marina Mariasch...

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Corea, la ola cultural imparable

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a Hallyu, esa ola surcoreana imparable, nos está alcanzando y no lo decimos con miedo porque su embate, en realidad, ha despertado en nosotros mucha curiosidad (que se alimentó también de la venida de BTS a México). Por eso tienes en tus manos esta edición dedicada al país de la mañana tranquila, que, según entendemos, ya no lo es más. De la mano de Verónica González Laporte (cuyo libro K-Beauty está próximo a llegar a librerías), emprendimos un viaje por la historia surcoreana, por su su cultura para entender cómo se vive en una sociedad de contrastes tan profundos, donde la sofisticación tecnológica convive con presiones sociales asfixiantes. Esa curiosidad también nos llevó a adentrarnos en un cine y una literatura que, en ocasiones, lejos de ser complacientes lanzan mensajes ferozmente críticos hacia un sistema que exige la perfección a cualquier costo. Así le damos la bienvenida a Jorge Luis Tercero Alvizo, quien se encargó de desentrañar La única opción, una cinta protagonizada por Yoo Man-su (interpretado por Lee Byung Hun de El juego del calamar), que nos cuenta la historia de un tipo que, cuando siente que lo ha conseguido todo, es despedido del empleo en el que llevaba 25 años.

Las letras no podían quedar fuera, por supuesto, y en el Chismecito Literario, Magali T. Ortega (@nenamounstro) nos cuenta sobre la healing fiction, esas obras que nos hacen sentir apapachados; María Vargas nos presenta algunos libros que, además de ser ejercicios ficcionales, denuncian y muestran una postura crítica ante las opresiones laborales, burocráticas, tecnológicas, aceleracionistas.

Han Kang protagoniza nuestra portada basada en La vegetariana, una novela que pone sobre la mesa temas como el machismo, la violencia patriarcal, la libertad individual, la deshumanización, así como la aversión que le causa a Yeong-hye, la protagonista, el hecho de comer carne, pues cada bocado era un eslabón más en la cadena que la ataba al sufrimiento de otros seres vivos. Las novelas de la primera Premio Nobel de Corea del Sur nos enseñan a sostener la mirada donde duele. En las páginas centrales de esta edición podrás leer más sobre ella.

En esta breve vuelta por Corea, entrevistamos a la escritora Yun jung eun, quien a través de su novela La lavandería de almas de Marigold, nos recuerda que sanar no quiere decir borrar aquello que nos hizo sentir dolor. Y BTS, claro. Sería imposible hablar de Corea y no mencionarlos. Seleccionamos algunas recomendaciones literarias de Namjoon, el curador literario de esta generación, y te contamos de qué modo sus lecturas han incidido en las letras del grupo.

Nos da mucho gusto recibir en estas páginas a la escritora Eve Gil y su columna La trenza de Sor Juana, que en esta ocasión dedica a la producción literaria de Isa González Bretón. Y Confieso que he leído, Antolina Ortiz Moore nos comparte su lectura de Pachinko. Con este número no pretendemos agotar Corea. Si después de leerlo sientes el impulso de ver alguna de las películas que presentamos, o venir a nuestras librerías por uno o dos libros de alguna escritora coreana, o de ponerte a escuchar un álbum de K-pop, o incluso de acercarte a su gastronomía, nuestra tarea estará hecha.

Yara Vidal y todo el equipo editorial

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Alejandra Gotóo Tema del mes

Literatura juvenil que consuela

Tema del mes Desde Corea del sur para las niñas y los niños

Rápido no es bueno. La velocidad en las transformaciones

sociales y el horror en la literatura surcoreana actual

María Vargas Jiménez

El librero de Namjoon

Han Kang. Caminar hacia la blancura

Confieso que he leído

Portada: Ilustración de Han Kang por Rodrigo Rojas y Victor Ruiz

Pali pali o capitalismo y locura en La única opción de Park Chan-wook

Jorge Luis Tercero Alvizo

Korean cinema style! Los imprescindibles

Jorge Luis Tercero Alvizo

El apapacho literario que llegó de Corea

Magali T. Ortega

Directora general y editora Yara Vidal yara@revistaleemas.mx

Coeditora Carina Vallejo Fuentes edicion@revistaleemas.mx

Directora de difusión cultural Beatriz Vidal de Alba beatriz@revistaleemas.mx

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Corea Corea más allá de la mañana tranquila

En este inicio de primavera, la brisa arrastra pétalos rosados por las calles de Seúl. Son de los cerezos, capaces de llenar los corazones de alegría sin dar fruta alguna. Efímeros y delicados, duran apenas unos días. Las hormigas salen de su letargo, voraces. El ancho río Han muda su color chocolatoso y los sauces llorones se visten de verde tierno. Algunos días también corren vientos con el polvo proveniente del desierto de Gobi: “el dragón amarillo” desgarra los azules del cielo y devora las corolas. Atrás quedaron los copos de nieve y las temperaturas negativas que obligan a sus habitantes a caminar envueltos en abrigos largos acolchados, rellenos de plumas, como si estuvieran en una misión espacial. Vendrá el monzón estival, los días de lluvias torrenciales y paraguas transparentes. Cuatro estaciones despliegan su manto sobre las montañas alrededor de Seúl —significa “capital”—:

PSY
Jisoo
Jennie
Rosé
Lisa

tienen nombre y siguen siendo la morada de espíritus protectores. Ciudad de cerca de veinticinco millones de habitantes, con sus rascacielos similares a fichas de dominó verticales. Ciudad de vidrio y espejos, reconstruida sobre las cenizas del hambre que prevaleció hasta los años setenta. Entre sus anchas avenidas bien trazadas y sus callejuelas sinuosas, entre pantallas gigantes y templos budistas, se entrelazan herencia ancestral y paisajes futuristas.

Corea, “el país de la mañana tranquila”, mote poético heredado de la dinastía Joseon, ha conseguido lo extraordinario: dejó de ser uno de los países más pobres del mundo para convertirse en la cuarta economía de Asia. Su escaso territorio escarpado —todo el país cabe en el estado de Oaxaca— no es apto para el cultivo ni cuenta con recursos naturales, por lo tanto, su desarrollo se ha basado en la industria y en la tecnología. Avanza rápido, pali, pali, va varios años adelante del resto del mundo. Refrigeradores con pantallas interactivas que hacen un inventario de los alimentos y se conectan a internet, armarios que lavan y planchan la ropa durante la noche, sistemas automatizados de reciclaje que pesan los desechos y cobran su procesamiento: todo funciona bajo una lógica de eficiencia extrema. Samsung —“tres estrellas” en coreano— empezó siendo una pequeña exportadora de pescado seco, luego una fábrica de textiles y hoy millones de personas poseen un teléfono o un electrodoméstico de esa marca. Para dejar atrás las penurias, los coreanos apostaron por el esfuerzo y la educación. Tras décadas de entrega laboral, se redujeron las horas de trabajo máximo legal a cincuenta y dos por semana, aunque los alumnos de secundaria siguen estudiando en promedio dieciséis horas al día.

Corea es también uno de los pocos países divididos en el mundo y donde no se ha firmado la paz. Volvamos un poco atrás en el tiempo. En 1905, la tierra donde florecieron varias dinastías, como la Silla o la Joseon (se pronuncia Chosún), se convirtió en un protectorado del imperio japonés, y cinco años después en

una colonia. Oficinas del gobierno nipón fueron construidas dentro de los recintos sagrados. Los coreanos se vieron obligados a cambiar sus nombres, a esconder sus banderas y a hablar japonés. El objetivo era aniquilar la cultura coreana. El ejército imperial secuestró y desplazó a unas trescientas mil mujeres, una medida imperdonable a los ojos de los sometidos. Las “mujeres de consuelo” —muchas eran menores de edad— se vieron obligadas a prostituirse en burdeles para militares o “estaciones de confort”.

En 1945, Japón capituló tras las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki. Los soviéticos “liberaron” el norte del territorio coreano, mientras el ejército estadounidense ocupaba el sur. En la víspera de la firma de la rendición del imperio nipón, los Estados Unidos y la Unión Soviética tomaron la decisión de partir en dos la península en el paralelo 38. Las familias fueron separadas. Más tarde, una invasión del norte al sur propició la sangrienta guerra de Corea (1950-1953), contó con el apoyo de los aliados de las dos partes, y ratificó esta división. El norte cultivó un régimen comunista y el sur una democracia que se tambaleó durante años.

Hace unas semanas, tras su reelección a la cabeza del Partido de los Trabajadores, el camarada de Corea del Norte, Kim Jong-un, acusó a su vecina de ser “el Estado más hostil”. Prometió incrementar su arsenal: más ojivas nucleares, más misiles balísticos. Un “poder nuclear disuasivo de carácter autodefensivo”, según sus propias palabras. El líder también aprovechó para sentar a su lado a su hija adolescente, Kim Ju-ae. En Asia, las dinastías son largas… De nuevo, la posibilidad de una reconciliación entre las dos Coreas se esfuma. El Ministerio de Unificación Surcoreano, creado para ese efecto, afirmó que seguirá trabajando por la estabilidad y la paz. Aun si los intentos de reunificación son interpretados desde Pyongyang como una provocación.

En Seúl, el individuo se entiende en función del grupo y se resume en una palabra: woori, “nosotros”. Se manifiesta en la limpieza de los espacios públicos y

el respeto por las normas. También se refleja en el cuerpo, por ello la apariencia es fundamental. El distrito de Gangnam se ha convertido en la meca de la cirugía plástica. Clínicas de varios pisos proponen todos los procedimientos: desde la cirugía de párpados hasta las dolorosas reconstrucciones faciales. Uno de cada cinco coreanos ha recurrido al bisturí para mejorar sus oportunidades laborales o sociales.

La industria de la belleza mueve millones de dólares y se apoya en una constante innovación tecnológica. Aplicaciones móviles permiten comparar resultados, acceder a promociones y evaluar clínicas. Robots personalizan cosméticos: analizan el estado emocional del usuario y ofrecen productos a la medida. El ritual diario del cuidado de la piel implica más de diez pasos y no es exclusivo de las mujeres, los hombres también participan activamente. Rostros afinados, piel clara, ojos grandes y rasgos delicados dominan el imaginario colectivo. Y es fácil caer en la tentación cuando una inyección de bótox cuesta lo mismo que un café en Starbucks.

Sin embargo, detrás de esta cultura estética basada en la uniformidad, el sistema confucionista y patriarcal, arraigado desde hace siglos, deja poca libertad a las mujeres. Ni los incentivos económicos, ni los subsidios ni la oferta de guarderías logran persuadirlas de tener hijos. Mientras la población envejece, ellas obtienen títulos y acceden a profesiones que antes estaban fuera de su alcance. El llamado “milagro coreano” tiene costos: una de las tasas de natalidad más bajas del mundo y una de las más altas de suicidio, largas jornadas laborales y una presión constante por el rendimiento. Las escritoras abren sus bocas y sus corazones para contarlo y contarse. El premio Nobel otorgado a Han Kang es muy merecido. Mi novela favorita de ella, La vegetariana (Random House, 2024), ganadora del Premio Booker Internacional, puso a la literatura coreana en las vitrinas de las librerías de todo el mundo. No sólo es la historia de una mujer empeñada en dejar de comer carne; también narra cómo siente opresión

y asfixia y, por ello, prefiere convertirse en un árbol. Aprecié particularmente Kim Ji-young, nacida en 1982 (Alfaguara, 2019), de Cho Nam-joo, una denuncia a la misoginia, retratada en sus gestos cotidianos, como cuando se reserva la leche para el niño por ser varón. Entre muchos títulos se pueden mencionar Pachinko (Quaterni, 2018), de Min Jin Lee; La tienda de los sueños del tiempo libre (Océano Gran Travesía, 2023), de Miye Lee; Almendra (Océano Gran Travesía, 2025) de Wonpyung Sohn, y El buen hijo (Reservoir Books, 2019), de You-Jeong Jeong.

En otro registro, la obra de Hwang Sokyong, Mater 2-10 (W. F. Howes Ltd., 2024), aborda la colonización japonesa, la división del país y las luchas laborales. La sociedad de la transparencia (Herder, 2013), del filósofo Byung-Chul Han —Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025—, critica el neoliberalismo, la tecnología y el cansancio imperante que suscita la “sociedad del rendimiento”.

En cuanto al cine, los proyectores apuntaron hacia Seúl tras la aparición de Parásitos de Bong Joon-ho. Galardonada con la Palma de Oro en Cannes, en 2019, y los Golden Globes en 2020, la cinta hizo historia en la 92.ª edición de los Premios de la Academia al recibir al mismo tiempo el Óscar por la mejor película y por la mejor película extranjera, además de mejor guion y mejor director. Los coreanos, con sus cien años de historia cinematográfica y poco reconocimiento internacional, estaban locos de contentos.

Vinieron otras películas exitosas: Minari (2020), sobre una familia inmigrante coreana en busca del sueño americano; Night in Paradise (2021), presentada en el Festival de Cine de Venecia; Decision to Leave (2022), de Park Chan-wook, ganadora del premio a mejor director en el Festival de Cine de Cannes, y Baby Broker (2022), entre muchas más.

¿Existe esa Corea que exhibe el cineasta? Algunos capitalinos ricos se negaron a verse retratados tan crudamente: amurallados en sus casas rodeadas de jardines orientados según las reglas del pungsu (el feng shui local), con sus sótanos reforzados por si se presenta una emergencia nuclear desatada por el impredecible vecino del norte. Apenas unos setenta kilómetros separan la frontera del barrio más elegante de la ciudad. En el día a día, los seulenses procuran olvidar que un misil podría pasarles encima, a manera de “ensayo”, o peor aún, destruirlos.

Por no hablar de las series de Netflix, que tienen a la mitad de sus suscriptores colgados de la pantalla. El juego del calamar, verdadero fenómeno, ha contribuido a consolidar la fascinación por Corea. Woo, una abogada extraordinaria, El arte de Sarah, Defensores de fantasmas, Crash Landing on You (en la que una chica surcoreana se enamora de un guapo soldado norcoreano), La reina de las lágrimas o BTS: el regreso alargan la lista de éxitos rotundos.

¿Y qué sería de Corea sin el K-pop? Pasó de ser un género local a finales de los 90 a convertirse en el referente cultural más

conocido. Por contrato, los idols suelen vivir juntos: chicos con chicos y chicas con chicas, para alimentar las fantasías de sus fans y facilitar el trabajo de su mánager. Se desplazan en el mismo autobús, se visten igual y se apegan a estrictos estándares de belleza. Además de ejecutar coreografías impecables, deben promover valores morales. No se les permite tener relaciones amorosas mientras cultivan los rasgos de su personaje: el tímido, el enigmático o el travieso. Bajo nombres occidentalizados, tipo BLACKPINK, TWICE, Stray Kids y Seventeen, los artistas se someten a un riguroso entrenamiento.

Tras diversas demandas por abuso, la duración de los contratos se redujo de diez a siete años, al cabo de los cuales los grupos se disuelven, pierden integrantes o enfrentan crisis severas, como ocurrió con 4Minute, Sistar, Miss A y GFRIEND. Es la llamada “maldición de los siete años”. A veces la presión resulta insoportable: el olvido, el acoso en redes sociales y las

You-Jeong Jeong
Hwang Sok-yong
Verónica González Laporte

Cho Nam-joo

Alfaguara

jornadas extenuantes han llevado a varios artistas al suicidio. Aun así, los ídolos coreanos siguen llenando los estadios. Los integrantes de BTS, pese a su pausa obligada por el servicio militar, han demostrado su notable capacidad para mantenerse en la cumbre del rating.

Por medio del Hallyu, la ola coreana, término acuñado por la prensa china en los años noventa, Corea pretende alcanzar las orillas del mundo. Invierte cerca de 300 millones de dólares cada año en diferentes proyectos destinados a promover su cultura: creación de contenidos (K-Contents), música (K-pop), series (K-drama), películas, cocina, moda y belleza (K-beauty). También promueve tradiciones, como el taekwondo, a través de vistosos institutos culturales. El soft power rinde sus frutos: basta recordar el “Gangnam Style” de PSY (2012), el video más popular en su mo-

mento, rebasado por “Baby Shark”, cuatro años después, con más de seis mil millones de vistas en YouTube. Las obras de artistas contemporáneos se cotizan cada vez más alto y sofisticados restaurantes proliferan en distintas capitales. Desde una ampolleta para el rostro hasta un hit que suena en la radio, la “K” se ha convertido en un sello de calidad. Los fans de los idols tal vez no sepan que el K-pop forma parte de un engranaje cuidadosamente diseñado en Seúl, respaldado por inversiones millonarias y un ejército de profesionales, para posicionar a Corea en los escenarios internacionales. Poco importa, los boletos de sus conciertos se venden a destajo y el ARMY de BTS se organizó en la Ciudad de México para protestar contra la reventa. Para tener una probadita de Corea, basta acudir a la Zona Rosa. A veces yo también voy, en un ataque de nostalgia. Aunque, después de vivir casi seis años en Seúl, hay algunas especialidades que no echo de menos. El pulpo vivo es una de ellas. Ay, cómo se defienden sus retorcidos tentáculos entre los dientes… En la

pequeña Corea mexicana, los restaurantes compiten por la clientela con versiones de bibimbap y de bulgogi. Son servidos con palillos de metal importados y acompañados de atractivas botellas de soju. Nunca hay que fiarse de su inocua transparencia: mezclado con cerveza, se convierte en somek. Dos o tres de esos y termina una bailando sobre la mesa. También se pueden aderezar los diversos platitos, banchan, con una bebida fermentada de arroz que me recuerda al pulque: el makgeolli (se pronuncia “ma-co-li”).

Las tiendas ofrecen botanas sabor cangrejo o camarón, bebidas promovidas por los idols, ropa, cremas y muchas mascarillas. Varios edificios de la Zona Rosa pertenecen a empresarios coreanos que rentan departamentos a inquilinos coreanos. Suelen quitarse los zapatos a la entrada, igual que allá. Corea es, en muchos sentidos, un espejo amplificado de lo que quisiéramos ser. También de lo que preferimos no ver. Quizá por eso nos fascina.+

¿Fan de la Hallyu?

No te puedes perder Del K-pop a la literatura coreana joven, una serie de tres charlas en Librerías Gandhi (Ciudad de México), organizada por Editorial Océano, en las que participarán Andrea Moreno, Ati Díaz y Ximena Haro.

Escanea el QR para acceder a la información completa.

Kim Ji-young, nacida en 1982
Lee Jung-jae
Son Ye-jin

Palipali Palipali

o capitalismo y locura en La única opción de Park Chan-wook

zapatos nuevos para la esposa, al ritmo del Concierto para piano n.º 23 de Mozart, rematando con abrazo familiar (de foto) en el jardín de su perfecta casa de barrio clasemediero de Busan, y, también, con sus dos perritos ahí.

Sin derecho a réplica, cuando los rubios nuevos dueños le recetan un “I’m sorry, there’s no other choice”, Man-su inicia un peregrinar entre empleos precarios y temporales, el ocio, la humillación, la austeridad indeseada y demás escenarios de crisis. Todo al lado de su esposa Yoo Mi-ri (Son Ye-jin), quien además tiene que lidiar con las miradas lascivas de un posible comprador de la casa amada (la casa de la infancia de Man-su).

A esto se suman dos hijos: el adolescente

Aclamada en Venecia, ignorada por los Oscar hollywoodenses, La única opción (Eojjeolsuga eobsda, 2025) es la más reciente cinta del surcoreano Park Chan-wook. Esta película, inspirada en la novela El Hacha, de Donald Westlake (adaptada en 2005 por Costa-Gavras bajo el título Le couperet), ha sido definida por el mismo realizador de Oldboy, Sed de Sangre y Señora Venganza como el trabajo de su vida.

El filme cuenta la historia de Yoo Mansu (interpretado por Lee Byung Hun de El juego del calamar), un tipo que, cuando siente que lo ha conseguido todo, es despedido del empleo en el que llevaba 25 años en el corporativo Solar Paper, por un recorte después de que la compañía fuera vendida a unos estadounidenses. Esto sucede en medio de una sublime parrillada otoñal de anguila, camisa hawaiana,

rebelde Si-one (que los meterá en más de un problema) y la pequeña músico genio, Ri-one, quien padece una forma de autismo, por lo que sus padres deben esforzarse el doble para apoyarla en su formación como violonchelista.

Martirizado por una taladrante muela picada, Man-su se obsesiona con obtener un puesto ejecutivo en el corporativo rival japonés, Moon Paper, pero se topa con obstáculos. “Aunque ese tipo desapareciera, no es como si pudiera ocupar su lugar. ¿Verdad? La competencia por ese puesto va a ser feroz”, reflexiona el protagonista, justo antes de crear una empresa fachada, mediante el cual atraer a sus potenciales rivales-candidatos y, con ello, neutralizarlos radicalmente, o sea, asesinarlos.

Las ofrendas al altar del sacrificio competitivo son el veterano de la industria papelera Koo Beom-mo (Lee Sung-min), cuya excéntrica esposa (Yeom Hye-ran) salva a Man-su de la mordedura de una serpiente no venenosa; luego, el vendedor de calzado Go Si-jo (Cha Seung-won); y, finalmente, el insoportable Choi Seonchul (Park Hee-soon), quien anteriormente fuera subordinado del protagonista y ahora lo humilla desde el puesto de nuevo gerente de Moon Paper.

El hecho de que Man-su (primero errático y después decidido) asesine a cada uno de sus contrincantes ilustra de forma cruda ese “capitalismo salvaje” del que habla el filósofo Fredric Jameson, pero con el toque distópico de Park Chan-

Jorge Luis Tercero Alvizo es lector de libros y películas, también ciclista de fixie. Entre el gusto por la escritura y la necesidad ha publicado ensayos, artículos, reportajes, crónicas, acaso un par de poemas y cuentos, pero sobre todo crítica cinematográfica; tanto para sus blogs (oficiales o secretos), como para instituciones o diversos medios especializados. Es egresado de Letras Hispánicas y, actualmente, trabaja en la UNAM. En Instagram y X: @GiorgioDammit / en Facebook: Giorgio Thirdman.

Lee Sung-min
Yeom Hye-ran

wook, que evoca la competitividad surcoreana. Ésta es una herencia del milagro del río Han que vino de la industrialización forzada, en la que se combinó una cultura del esfuerzo extremo (la mentalidad del pali pali o “rápido, rápido”) y la concentración del poder económico en pocos conglomerados familiares o chaebols: Samsung, LG, Hyundai y SK.

Cuando Man-su activa sus trampas (desde una maceta que no cae, una pistola de guerra que fuera de su padre, hasta el sombrío plan para deshacerse de su antiguo subordinado Choi Seonchul), entendemos que aquí no habrá antihéroes vindicadores (como en otros filmes de Park), sino homicidios, producto de la autoexplotación del mundo laboral.

Park elabora esta fábula dentro de una sociedad que vive, por un lado, asediada por su hostil vecino del norte (forrado de ojivas nucleares); por el otro, anhelante del éxito económico, con personajes que no dejan de darse maniáticas palmaditas en el cuello mientras intentan convencerse de que tienen lo que se necesita. Un laboratorio social donde algo retorcido lleva décadas cocinándose a fuego lento, con la autoexplotación laboral como bandera. Nos advierten ya de esto usuarias latinoamericanas de

el pensador coreano-alemán Byung-Chul Han explica el paso de una visión disciplinaria foucaultiana de la sociedad (vigilar y castigar), a la de una del rendimiento: enfocada en maximizar la producción y en la que el sujeto asimilia la autoexplotación. Ni siquiera cuando Man-su pierde su empleo se libera de su labor de Sísifo; sólo se mantiene sometido al sistema, al tiempo que cae en depresión, contrae deudas y la exigencia social lo aqueja. En sus textos, Han nos recuerda que por eso “el sujeto del rendimiento se entrega a la libertad coercitiva o a la libre obligación de maximizar el rendimiento.” El personaje de La única opción no es libre en la sociedad del libre mercado; su ritmo y la eficacia de los asesinatos se intensifican y se pulen hasta, en palabras de Byung-Chul

TikTok que viajaron en busca del paraíso del k-pop; una literatura contemporánea sobre la violencia sistémica (desde Cho Nam-joo, Won-pyung Sohn hasta Han Kang), pero muy particularmente una producción audiovisual irresistible, en la que destaca El juego del calamar, pasando por los doramas, la oscareada Parásitos, de Bong Joon-ho hasta llegar a La única opción.

Si en Del asesinato considerado como una de las bellas artes (Verbum, 2018) el decimonónico Thomas de Quincey buscaba acuñar una metáfora sobre el arte de matar y la creación artística (y vaya que el cine de Park aborda una estética de lo violento y la venganza), los asesinos fetichizados de Hollywood, asiduos al homicidio como forma de catarsis, refinarían la idea: el taxidermista Norman Bates, Hannibal Lecter, John Doe de Se7en o American Psycho, entre tantos otros. Pero Man-su no se nos presenta ni como ese diletante ni como el excéntrico que fantasea con febriles asesinatos de artista, sino como un homicida autoexplotado que convierte su violencia en trabajo extenuante para alcanzar su meta: reinsertarse en la cadena producción. El padecimiento de salud mental de Man-su podría explorarse desde La sociedad del cansancio (Herder, 2024), obra en la que

Han, “…convertirse en una autoexplotación que es más eficaz que la explotación externa, porque conlleva una sensación de libertad”.

Man-su es víctima-adicto de una sociedad en la que el éxito es una exigencia delirante, errando entre la depresión, el cansancio extremo, una mordedura de serpiente y los celos enfermizos (ante imaginarias situaciones de adulterio por parte de su esposa). Se convence a sí mismo de acabar con todos sus rivales laborales para ascender en la pirámide, o en palabras de Han: “El explotador es al mismo tiempo el explotado. Las víctimas ya no se distinguen de los verdugos”.

En La única opción trastoca esa espectacularización tradicional de la violencia de Hollywood, de asesinos que buscan

en sus homicidios alguna liberación, para exponer lo violento como un engranaje clave de una sociedad que lo normaliza como parte de su cadena de ensamblaje. Yoo Man-su no halla la catarsis en sus crímenes, sino en el trabajo; no hay descanso pues su ocupación es infinita, asesinar superando su rendimiento y metas anteriores, refinando el método, para lograr su objetivo final: volver a trabajar dentro de un sistema que no tardará en desecharlo.+

La sociedad del cansancio
Byung-Chul Han
Herder
Lee Byung Hun
Park Hee-soon

En la literatura coreana contemporánea el acercamiento a la vida suele darse sin exageraciones, sin precipitación, dejando que la emoción crezca en silencio. La escritura confía en aquello que parece pequeño, pero termina revelándolo todo. Ahí se encuentran La gran tienda de los sueños (Océano Gran Travesía, 2023) y La gran tienda de los sueños 2: el caso de los soñadores perdidos (Océano Gran Travesía, 2024), de Miye Lee, junto con El impulso (Océano Gran Travesía, 2024) y Almendra (Océano Gran Travesía, 2020), de Won-pyung Sohn. Estas historias distintas comparten una misma mirada sobre la fragilidad de la vida y esa forma casi silenciosa en la que, aún así, persiste.

En el universo de Miye Lee, los sueños son un lenguaje. Desde las primeras páginas de La gran tienda de los sueños, la ciudad donde habita Penny se revela como un espacio donde lo onírico forma parte de la economía, de la rutina y, sobre todo, de la ne-

cesidad emocional de sus habitantes. No se trata simplemente de dormir, sino de elegir qué experimentar mientras se duerme.

El gesto de comprar un sueño es profundamente humano, porque en él se esconde el deseo de vivir otras vidas, de reparar lo que duele, de comprender lo que en la vigilia resulta confuso. La historia del Dios del Tiempo y sus discípulos, que atraviesa la novela como un mito fundacional, propone que veamos el tiempo del sueño como un territorio suspendido, donde desaparecen tanto la carga del pasado como la ansiedad del futuro. Allí podemos existir sin la presión de tener que ser algo.

Pero si la primera parte de esta historia se construye desde la fascinación, La gran tienda de los sueños 2: El caso de los soñadores perdidos introduce una grieta. Penny ha crecido, ha ganado experiencia, pero también comienza a enfrentarse a las zonas más complejas de ese sistema que antes parecía casi perfecto.

Literatura juvenil que Consuela Consuela

El mundo de los sueños deja de ser únicamente un refugio y se convierte en un espacio donde también se puede perder algo esencial. Se trata de lo que ocurre cuando dejamos de distinguir entre el sueño y la vida.

En la transición de lo mágico a lo inquietante la obra de Miye Lee adquiere una profundidad inesperada. Sin abandonar su tono cálido, la autora nos conduce hacia preguntas incómodas: ¿hasta qué punto necesitamos los sueños para sobrevivir? ¿Cuándo empiezan a alejarnos de la realidad?

En un registro completamente distinto, pero cercano en su fondo, El impulso de Won-pyung Sohn nos sitúa en una his-

Almendra Won-pyung Sohn
Océano Gran Travesía
Miye Lee
Won-pyung Sohn

La gran tienda de los sueños

Miye Lee

Océano Gran Travesía

La gran tienda de los sueños 2. El caso de los soñadores perdidos

Miye Lee

Océano Gran Travesía

toria en la que no hay metáforas visibles ni sistemas fantásticos que sostengan al personaje. Andrés Kim Seong-gon es un hombre roto. Su vida, descrita como una tela desgarrada imposible de recomponer, condensa el fracaso, la culpa y la sensación de haber desperdiciado todo.

La novela inicia en el borde de la desaparición. Sin embargo, lo que la hace extraordinaria es que, contra toda expectativa, la transformación de Seong-gon no comienza con una epifanía ni con una gran decisión moral, sino con un gesto físico, una corrección en su postura. Ese detalle, casi insignificante, activa un cambio que poco a poco se expande.

Won-pyung Sohn plantea así que la reconstrucción de una vida ocurre desde lo diminuto. Frente a la desesperación sólo nos quedan los pequeños actos de resistencia.

Esa misma sensibilidad (aunque explorada desde un lugar narrativo muy distinto) aparece con una fuerza particular en Almendra, quizá una de las novelas más conmovedoras de la autora. Aquí, la fragilidad humana se a través de la ausencia: la imposibilidad de sentir.

Yunjae, su protagonista, nace con una condición neurológica que le impide experimentar emociones. Sus amígdalas ce-

rebrales, responsables de procesarlas, son demasiado pequeñas. Desde niño aprende a imitar gestos, a memorizar respuestas, a construir una versión artificial de lo que los demás sienten de manera natural. Su vida, en ese sentido, es una especie de actuación constante, un esfuerzo por encajar en un mundo que se rige por códigos invisibles para él.

Pero, más que una novela sobre la rareza, Almendra nos habla de la relación entre emoción y humanidad. La tragedia que marca la vida de Yunjae (la pérdida violenta de su madre y su abuela) no genera en él el dolor esperado, sino un vacío en el que comienza a construirse algo parecido a un vínculo.

A través de personajes improbables (un amigo conflictivo, una chica que desafía su lógica, un adulto que le tiende la mano), Yunjae empieza a experimentar una forma distinta de conexión, una aproximación casi imperceptible a la empatía.

Lo más poderoso de Almendra es que nunca cae en el sentimentalismo. La autora no “cura” a su protagonista ni le concede una transformación espectacular. En cambio, nos muestra que incluso alguien que no puede sentir como los demás puede aprender a reconocer, a acompañar, a estar presente. Y eso, en sí mismo, es una forma de humanidad.

Si El impulso habla de reconstruirse desde los restos, Almendra habla de construirse desde la ausencia. Ambas novelas, sin embargo, coinciden en que la vida no necesita ser perfecta para ser vivida. Basta con encontrar una forma de relacionarse con el mundo.

En ese punto convergen todas estas obras. Porque tanto en el mundo de los sueños de Miye Lee como en la realidad áspera de Won-pyung Sohn, los personajes buscan una forma de seguir adelante. Penny estudia, se esfuerza, intenta entender un sistema que la supera; Seong-gon camina, duda, retrocede, pero no deja de moverse; Yunjae observa, imita, aprende lentamente a acercarse a los demás.

También comparten una mirada profundamente sensible hacia el tiempo. En La gran tienda de los sueños, el tiempo se fragmenta y se redistribuye: pasado, presente y futuro se convierten en dimensiones habitables, mientras el sueño aparece como un respiro. En El impulso, el tiempo pesa: es acumulación, desgaste, memoria que no se puede borrar. En Almendra, en cambio, el tiempo es aprendizaje: una progresión lenta donde cada pequeño cambio adquiere un significado inmenso.

Quizá lo más conmovedor de estas obras sea su atención a lo cotidiano. En La gran tienda de los sueños, una cafetería o un cuaderno pueden abrir la puerta a lo extraordinario. En El impulso, el frío del agua o el ruido del viento construyen una atmósfera donde la vida duele con precisión. En Almendra, un gesto aprendido, una frase repetida o una reacción imitada se convierten en actos de supervivencia emocional.

Todas comprenden que lo que en verdad importa en esos momentos mínimos donde algo se quiebra… o comienza a recomponerse.

Leer estas historias juntas es recorrer distintos caminos hacia una misma verdad: que la vida, incluso en sus formas más frágiles, siempre contiene una posibilidad de movimiento. A veces ese movimiento ocurre en un sueño; otras, en un gesto casi imperceptible; otras más, en el intento torpe pero sincero de entender a otro ser humano. Como sea, en lo pequeño, en lo casi invisible empieza todo.+

Como un cuento de hadas

Kim Kyung-uk

Nostra

Entre la bruma del humo y el canto universitario, nace un amor destinado a desafiar los finales felices.

La primera vez que leí los cuentos del libro Conejo maldito (Alpha Decay, 2023), de la autora surcoreana Bora Chung, pensé que eran como tener insomnio, prender la televisión entre las dos y las cuatro de la mañana, que aparezca un collage de escenas rarísimas (fragmentos de Donnie Darko, la filmografía de David Lynch, alguna animación rusa de los ochenta), volver a dormir, soñar raro, despertar de golpe, que no haya nadie más en casa y resulte que ya es tarde para irte a trabajar. ¿Qué significa todo esto? Ésa fue mi pregunta cuento tras cuento. Aunque fuera un libro de ficción, las tramas rompían con ciertas lógicas de manera tan radical que hacían añicos mis expectativas, mis posibles interpretaciones: un zorro sangra oro, una cabeza se asoma por el inodoro y acecha cada vez que la protagonista va al baño, una mujer se embaraza como efecto secundario a los anticonceptivos que toma. No es que sus historias sean incomprensibles, pero me producían la sensación de estar perdiéndome de algo que me impedía llegar a conclusiones claras.

Tras reflexionar sobre esta extrañeza, reconocí que no se trataba de un problema de traducción, sino de un desconocimiento total sobre la autora, su obra y el panorama de la literatura surcoreana contemporánea. Y es que la literatura de Corea del Sur es, inevitablemente, sobre Corea del Sur. Esto conlleva preguntas fundamentales: ¿qué es Corea del Sur?, ¿qué define a su sociedad? En gran parte, la respuesta yace en traumas históricos: la ocupación japonesa, la Guerra de Corea y la consecuente división territorial, años de dictaduras militares y una modernización aceleradísima, el llamado milagro del río Han, que transformó una sociedad agraria en potencia tecnológica en apenas cuatro décadas (vaya tiempo récord). Para dimensionar este cambio, hay que considerar que en 1953, Corea del

Sur era más pobre que muchas naciones latinoamericanas o africanas. Para revertir esta situación, surgieron los chaebols (Samsung, LG, Hyundai), se normalizaron jornadas laborales extremas y la educación se volvió un proceso intensivo y muy competitivo. El resultado fue un trauma generacional: si a Europa le tomó un siglo y medio pasar de la Revolución Industrial a la digital, Corea del Sur lo hizo en una generación. Así surgió un nuevo individualismo tecnológico que no dialoga bien con la antigua familia confuciana, pues el éxito del linaje ya no depende del respeto a los ancestros, sino de cuánto escalan los hijos en las jerarquías corporativas. A esto hay que sumar la competencia capitalista, la alienación y el burnout.

Al retratar estos procesos, parte de la literatura surcoreana transitó del realismo social a las ficciones de la hipermodernidad. Y, en este complejo escenario, las mujeres alzaron la voz con contundencia. En años recientes, entre los libros coreanos que han llegado a México están La vegetariana (Random House, 2024), de la premio Nobel Han Kang; las novelas de Cho Namjoo, como Lo que sabe la señorita Kim (Alfaguara, 2024), el ya mencionado Conejo maldito, de Bora Chung, o Your utopia (Alpha Decay, 2025), que trata de distopías tecnológicas, epidemias, inmortalidad y modificaciones genéticas; y Si no podemos viajar a la velocidad de la luz (Temas de hoy, 2022), de Kim Cho-yeop. Todas estas autoras buscan denunciar las violencias sistémicas y domésticas, así como las contradicciones e interrogantes de la actualidad y la pérdida de humanidad.

Sus propuestas tienden a señalar lo absurdo como resultado de la convivencia entre el folclore coreano (fantasmas, chamanismo) y la eficiencia tecnológica; entre el capitalismo tardío y el quiebre de la salud mental; entre la obsesión por el estatus, los lazos familiares y el patriarca-

Rápido

no bueno bueno

María Vargas Jiménez (Querétaro, 1986) Estudió periodismo (no ejerce) y una maestría sobre Japón (otaku logía y toda forma de rebeldía, temas que explora tanto en su investigación de doctorado, como en las clases y talleres que imparte. Lee, edita y escribe ficción, no ficción, extraños híbridos. Para no enloquecer como el Quijote, nada, en la alberca y en el zafu.

Rápido

es bueno bueno

do. Estas autoras exploran un terror que no necesita monstruos, porque los horrores ahora habitan entre nosotros: en las oficinas, en las familias, en la sociedad...

En la obra de Bora Chung, en particular, lo corporal y lo reproductivo se politizan de manera escalofriante. Ella afila su crítica hacia la mercantilización del cuerpo femenino y las expectativas reproductivas en una sociedad obsesionada con el legado y el éxito económico. Por increíble que parezca, lo que da miedo en sus textos no es lo sobrenatural per se, sino que tu propio padre, tu hija o tus vecinos te vean como un impedimento para su realización individual. Los lazos humanos son contratos; así que el cuidado no surge del amor, sino de obligaciones y resultados esperados por el sistema.

Me resulta infructuoso intentar describir las tramas de estos libros por la simple anécdota: lo relevante no es lo que sucede en la superficie, sino que sus historias funcionan como pretexto para leer y comprender su contexto histórico. La experiencia estética que proponen también es notable, una mirada cinematográfica fantástica y gore al mismo tiempo. Ya sea que se lea desde la Ciudad de México o Seúl, estas obras literarias se elevan en su ejercicio ficcional como actos de denuncia, liberación y crítica a las opresiones del mundo, a sus disfraces burocráticos, laborales, tecnológicos, aceleracionistas.+

La velocidad en las transformaciones sociales y el horror en la literatura surcoreana actual
Bora Chung
Conejo maldito
Bora Chung
Honford Star
Lo que sabe la señorita Kim
Cho Nam-joo
Alfaguara

Así como el “Gangnam Style” de PSY dinamitó las redes sociales en 2012, varios años después, durante la 92.ª entrega de los Oscar, antes de la pandemia que reseteó al mundo en 2020, se consolidó la Hallyu (ola) de cinema coreano. Estalló en el epicentro de la doctrina fílmica estadounidense, cuando Bong Joon-ho se alzó con cuatro estatuillas (entre éstas la de mejor película, hecho insólito para un filme extranjero hasta ese momento), gracias a su cinta Parásitos, una obra cargada de ironía acerca de las jerarquías sociales, la miseria y la opulencia en el capitalismo actual de su país.

En medio de esta deliciosa oferta de marketing en la que se ha convertido la ola coreana, que nos ha regalado situaciones distópicas dignas de la serie Black Mirror (como la de la banda BTS, que es objeto de estudio en Harvard o que grabó un sencillo en instalaciones de la onu, en 2021), el cine se nos presenta como uno de sus componentes medulares. Para la investigadora Elsa R. Brondo, la Hallyu surge de un entramado de cooperación entre el gobierno surcoreano y la iniciativa privada, con el fin de que, a través de su cultura, Corea del Sur sea visible en el mundo. Este proyecto comenzó a tejerse tras el final de la invasión japonesa (19101945) y la guerra de Corea (1950), y se consolidó a finales de los años 80, con una ambiciosa ola cultural que abarca música (K-pop), televisión (doramas) y, por supuesto, el cine.

R. Brondo también explica que si bien los doramas amorosos (yo añadiría la comida) y el k-pop aportan el rostro edulcorado de Corea del Sur, el cine goza de una libertad temática y creativa (con temas lgbt y crítica social) que libra su prueba de fuego en proyecciones locales para luego ir por el público global, aunque siempre con una deuda histórica en torno a los derechos de la mujer, “el talón de Aquiles de Corea del Sur y, por tanto, de la Ola coreana.”

En su artículo “La ola coreana: el cine y la televisión en tiempos de Hallyuwood”, la especialista Jessica Fernanda Conejo Muñoz alude a cómo los regímenes militares surcoreanos, posteriores a la guerra de 1950, frenaron la libertad creativa del cine hasta casi entrados los años 90. Hechos y anécdotas que son recuperados a partir de las videollamadas entre Bong Joon-ho y sus amigos, en el documental de Lee Hyuk-rae, Yellow Door: ‘90s Lo-fi Film Club (2023).

cinema style! Korean Korean

El k-film llegó a México en un momento anterior a las plataformas y a la ia, para deslumbrar a las audiencias mexas con radicales fusiones narrativas de géneros (drama, thriller y terror), que rompían las barreras convencionales del cine hollywoodense. Cintas como Shiri (1999), de Kang Je-gyu, los primeros trabajos de Park Chan-wook o la ganadora de Cannes, Pinceladas de fuego (2002), de Im Kwon-taek, son prueba de ello.

Un antecedente importante, aunque no directamente relacionado con la Hallyu cinematográfica, es el caso de la legendaria Park Nam-ok (1923-2017), considerada la primera mujer cineasta en Corea del Sur. Su único filme conocido fue La viuda (1955), un drama de posguerra y pérdida que filmó sin muchos recursos, mientras maternaba a su hijo, ayudada por su esposo y su hermana. Conejo Muñoz señala que a Nam-ok tan sólo la seguirían otras cuatro directoras (Hong Eun-won, Choi Eun-hee, Hwang Hye-mi y Lee Mi-rye), hasta llegados los años 90, cuando hubo más oportunidad para que las mujeres estudiaran esta disciplina.

Una rareza dentro de este buffet coreano es el caso de Shin Sang-ok (1926-2006), realizador surcoreano que acaso fuera el cineasta más importante en la historia de Corea del Norte. Todo comenzó cuando Sang-ok se enteró del secuestro en Hong Kong de su exesposa, la gran actriz-cineasta Choi Eun-hee, cometido por agentes norcoreanos.

Sang-ok decidió ir a investigar, pero despertó en Pionyang, al lado de su expareja, ambos a las órdenes de su captor, Kim Jong-il. Tal

Park Chan-wook
Bong
Joon-ho

parece que el dictador deseaba que Sang-ok realizara un proyecto fílmico para el régimen. Entre las siete películas filmadas durante estos ocho años de colaboración / cautiverio surge la cinta Pulgasari (1985), despropósito excéntrico de género kaiju, que contó con el godzilliano icónico Kenpachiro Satsuma, y que presenta al monstruo como una metáfora popular anticapitalista.

Famoso por la cinta Burning (2018), en la que participa Steven Yeun (The Walking Dead), tenemos al escritor y cineasta Lee Chang-dong. Nacido en 1954 en la provincia de Daegu, ha desarrollado un cine realista interesado en problemáticas psicológicas y sociales, que retrata desde el mundo criminal hasta enfermedades y sucesos históricos clave. Su trabajo le ha valido nominaciones en Cannes o la presea por Mejor Director en Venecia, en 2003, gracias a Oasis (2002).

Actor y director, Lee Joon-ik (1959) es famoso por haber dirigido El rey y el payaso (2005) (una de las películas surcorea-

nas más taquilleras de la historia), drama histórico ambientado durante la dinastía Joseon, que aborda una temática queer, con ecos de Adiós a mi concubina (1993), del chino Chen Kaige. Entre los filmes de Joon-ik también se encuentran Sunny (2008), Esperanza (2013), o Dongju: el retrato de un poeta (2016).

Junto con sus colegas Lee Jeong-hyang y Jeong Jae-eun, la cineasta y guionista Yim Soon-rye (1961) es una de las pocas representantes mujeres dentro de la ola de cine coreano, movimiento acaparado casi en su totalidad por hombres. Es creadora de las cintas Tres amigos (1996), Vuela, pingüino (2009) o Mi pequeño bosque (2018), entre otras. Actualmente hay una nueva generación de realizadoras coreanas en la que ya se cuenta a Yoon Ga-eun (1982) o Kim Sein (1992), entre otras.

En materia de cruentas vendettas, después de Shakespeare viene Park Chanwook. Nacido en Seúl en 1963, este cineasta ha erigido sus propios Hamlet y Lady Macbeth con una Trilogía de la Venganza que explora el límite entre lo poético, la violencia y lo social. Oldboy (2003) es su cinta más conocida. El pasado 2025, el también realizador de Sed de sangre (2009) y La decisión de partir (2022), estrenó una película sobre la locura y la precarización laboral, en la que trabajó por más de veinte años: La única opción.

Referencia del terror asiático, Kim Jeewoon (1964) es el director de Dos hermanas (2003), filme oscuro y visualmente perturbador que revolucionó el género en

Corea. Otras de sus películas son Una vida agridulce (2005), en la que aparece un joven Lee Byung Hun; El bueno, el malo y el raro (2008), cinta por la que ganó mejor director en el Festival de Sitges; y el altamente violento thriller (casi prohibido en Corea), Yo vi al diablo (2010).

Song Il-gon (1971) fue el primer realizador coreano en obtener un reconocimiento en el Festival de Cannes, por su cortometraje de 1999 Picnic o Sopoong; Il-gon volvería a conquistar los escenarios internacionales con su ópera prima Isla de las flores (2001). También es conocido por Siempre (2011) o, mi favorita, El bosque de las arañas (2004), oscuro drama de horror con una buena dosis de David Lynch, en la que un hombre se encuentra atrapado en un loop de crímenes y situaciones surreales.

Aclamado y repudiado por igual, el triste caso de Kim Ki-duk (1960) es el de un creador destacado que incurrió en prácticas misóginas y antiéticas dentro de sus procesos creativos. Autor de notables filmes como Las estaciones de la vida (2003), El espíritu de la pasión (2004) o Piedad (2012), Kim Ki-duk murió de covid durante su autoexilio en Letonia, en 2020, después de haber sido denunciado en Corea tras el #MeToo de 2018. No podríamos cerrar esta degustación sin mencionar a los célebres Yeon Sangho (creador de Estación zombie [2016], Estación zombie 2. Península [2020] y la serie Rumbo al infierno); a Hwang Donghyuk, creador de la popular serie de Netflix El juego del calamar (2021-2025), producto que se revela como el entrecruce del cine coreano de alta calidad y los seriales para consumo masivo; y, por supuesto, al laureado en California, Bong Joon-ho, autor de El huésped (2006), El expreso del miedo (2013), o Parásitos (2019); Joon-ho estrenó en 2025 Mickey 17, un filme distópico con un desbordado Robert Pattinson, que se quedó sin nominación oscaresca. Y aunque este año el ninguneo a las películas del río Han fue explícito en la capital del cine maquilero, caramel macchiato con leche descremada, que es Hollywood, la canción “Golden” de la netflixesca cinta K-pop Demon Hunters (2025), con todo y cortón abrupto en los agradecimientos, se convirtió en el primer tema k-pop en recibir un Oscar. Esto deja claro que, a pesar de que los esfuerzos fílmicos fueron ignorados, este buffet de delicias que es la cultura coreana sigue ganando terreno a nivel global.+

Yim
Soon-rye

Cada vez que RM (Kim Namjoon), líder de BTS, comparte una fotografía de su estudio, las listas de libros más vendidos en Corea y en el mundo se transforman. Su librero se ha convertido en un referente curatorial literario que va desde clásicos de la literatura, como la Metamorfosis, de Franz Kafka, hasta ensayos sobre arte contemporáneo. Lo que distingue la biblioteca de Namjoon es su coherencia: los títulos que elige dialogan entre sí y, con frecuencia, dialogan también con la música de BTS. Nos atrevemos a pensar que para él la literatura es un modo de procesar el mundo y, de algún modo, sus referentes terminan filtrándose en las letras y los videos del grupo. Aquí te presentamos libros que él ha mencionado, fotografiado o recomendado, y que hoy forman parte de la conversación cultural de una generación entera. Gracias, Namjoon, por llevarnos de vuelta a las librerías.

Demian, de Herman Hesse (Alianza)

En 2015, durante el período promocional de “I Need U”, vimos a Namjoon leyendo Demian, una novela protagonizada por Emil Sinclair, debe romper el cascarón de su crianza protegida para aceptar que la luz y la oscuridad conviven en su propio ser. Los temas del despertar espiritual, la pérdida de la inocencia, la dualidad bienmal son ejes del texto de Hesse, pero tam-

bién de Wings, el álbum que BTS lanzó en 2016 y del cual se desprende “Intro: Boy Meets Evil”, que alude al pecado y la codicia. Mientras que la canción “Blood Sweat & Tears”, que mezcla géneros como el moombahton, trap y house tropical, habla de la confusión que suele experimentar la gente joven al enfrentarse a la madurez y el crecimiento.

Quiero morir, pero también comer tteokbokki, de Baek Sehee (Editorial Tendencias)

Este libro que aparece sobre la cama de Namjoon en el episodio 1 de Bon Voyage 3 alcanzó la fama internacional luego de haber sido traducido al inglés, en 2022, y apareció en las listas de bestsellers del Sunday Times así como de The New York Times.

“Incluso cuando quiere morir, el corazón humano a menudo también desea comer tteokbokki” (un popular aperitivo coreano hecho a base de pasta de arroz; habitualmente se compra a vendedores callejeros) es una de las frases más famosas de este libro que recopila conversaciones entre la autora y su psiquiatra sobre su depresión.

Por favor, cuida de mamá, de Kyung-sook Shin (Ediciones Destino)

Para Banana Yashimoto, éste es un “hermoso, delicado y preciso testimonio de la grandeza y la miseria de las madres” y en 2017, Taehyung y Namjoon hablaron sobre él (de hecho, una ARMY le recomendó el libro a Taehyung).

So-nyo, una mujer de sesenta y nueve años y algunos achaques, desaparece en medio de la multitud al separarse de su marido cuando se cierran las

puertas de un tren abarrotado. Su familia emprende una búsqueda desesperada. Mientras discuten sobre los carteles de “Se busca” que cuelgan por toda la ciudad, sus hijos se dan cuenta de que nadie tiene una fotografía reciente de su madre. Enseguida se verán forzados a cuestionarse si realmente conocían a la mujer que llaman “mamá”.

Quienes se marchan de Omelas, de Ursula K. Le Guin (Nórdica Libros)

En este cuento, que sirvió de inspiración para el videoclip de “Spring Day”, el narrador describe un festival de mediados de verano en la ciudad utópica de Omelas, cuya aparente prosperidad depende de la miseria perpetua de un chico.

A partir de esa referencia, una de las posibles lecturas a la alusión de Omelas en el video de “Spring Day” es que BTS usa la historia de Le Guin para mostrar que, aunque la vida (el tren) a veces nos aísla, nunca caminamos realmente solos. Jungkook podría representar al niño de Omelas que simboliza la soledad y la indiferencia, pero al reencontrarse con los miembros, elige abandonar la falsa utopía. Y la transición visual de colores fríos a cálidos refleja que, tras el invierno del sufrimiento, siempre llega una primavera revitalizante. Así, alejarse de Omelas significa rechazar una felicidad injusta para abrazar una realidad compartida y honesta.

El librero de Namjoon nos presenta una guía para ayudarnos a entender quiénes somos, para reflexionar sobre la importancia de la salud mental o las implicaciones de crecer, entre otras preguntas que nos vamos haciendo por la vida. Quizás su mayor mérito como lector sea que nos comparte lo que está leyendo con una honestidad semejante a la BTS nos transmite con su música.+

Han Kang. Caminar hacia la blancura blancura

Hay autoras de las que todos hemos oído. Puede que incluso hayamos leído alguna de sus novelas: la más visible, la más premiada, la que necesitamos para charlar con nuestras amistades cultas. Han Kang es una de ellas, conocemos: La vegetariana (Random House, 2024) o Actos humanos (Random House, 2024) o puede que La clase de griego (Random House, 2024). Pero hay una obra menos mencionada, Imposible decir adiós (Random House, 2024) en la que algo de su escritura se vuelve difícil de digerir.

Parte de esa dificultad tiene que ver con el lugar desde el que escribe. Han Kang nació en Gwangju en 1970, en un país marcado por una violencia que no siempre se mostraba de forma directa: rumores, silencios, versiones incompletas; miedo al otro. Años después, esa violencia aparece en su obra como algo que persiste, que se transmite y que no termina de resolverse.

Hija de un novelista, creció en un entorno donde la escritura era una forma de vida. Desde niña, Han Kang creció en una casa casi vacía de muebles, pero llena de libros a los que describe como “seres semivivos” que se multiplicaban y la protegían.

Antes de la narrativa, escribió poesía. En entrevistas, Han Kang ha dicho que no distingue del todo entre escribir poesía y escribir ficción. No porque sean lo mismo, sino porque no están separadas: las imágenes ya se encuentran ahí, forman parte de su manera de percibir la realidad. La forma cambia, no el lugar desde donde se escribe. Y algo de eso permanece: una prosa contenida, precisa, que no explica de más y que deja espacio para lo que no necesita decirse del todo. En sus poemas disponibles en línea ya aparecen ciertas imágenes que lue-

go atraviesan su obra: superficies abiertas, cuerpos que se disuelven, una percepción que no termina de fijarse.

En “Pitch-Black House of Light”, por ejemplo, escribe: “What are you dreaming? Keep walking”. La memoria aparece como algo que se forma en la luz, que no termina de fijarse. Más adelante, una imagen insiste: una casa de luz completamente oscura. La luz es otra forma de opacidad; en vez de sombra, blancura extrema.

Han Kang es también la primera autora coreana en recibir el Nobel de Literatura, hasta entonces, Corea sólo había sido reconocida con el Nobel de la Paz. Pero estos datos, su entorno familiar, el premio, el reconocimiento, la visibilidad, resultan insuficientes para explicar lo que ocurre en sus libros.

Mirar implica quedarse

Si en algunos textos es posible observar sin involucrarse del todo, en la obra de Han Kang eso simplemente no es una opción. Al leer Actos humanos percibí que la violencia no aparece como un evento completamente cerrado. No es algo que ocurrió y terminó. Permanece. Se desplaza entre cuerpos, voces, recuerdos. Se narra lo que queda en quienes sobreviven: los restos, las memorias y las formas en que la violencia sigue organizando la vida. Ahí mirar no es un gesto inocente. No hay distancia suficiente para convertir la experiencia en algo externo. El lector queda implicado porque el texto no ofrece un lugar desde el cual mantenerse a salvo. La narrativa de Han Kang empuja a acercarse hasta intentar reconocer en los rostros de los muertos algo propio.

Ésa es, quizás, una de las operaciones más precisas en su escritura: desactivar la posibilidad de una mirada cómoda. No hay un punto estable desde donde contemplar lo ocurrido sin que algo de eso se adhiera. La violencia se presenta como una presencia que insiste.

Y, sin embargo, no se trata de una saturación de imágenes. Al contrario. Muchas veces es en lo que no se muestra, en los silencios, en las interrupciones, en lo que apenas se sugiere, donde esa imposibilidad de distancia se vuelve más evidente.

Donde el cuerpo ya no

está

Mientras que en Actos humanos la imposibilidad de distancia se instala a partir de los cuerpos: heridos, expuestos, irreconocibles, en Imposible decir adiós la violencia cambia de forma para imponerse lo que queda cuando pasa el tiempo.

Al finalizar su lectura me quedó la sensación de que este libro fue expulsado junto con el anterior como un resto vivo de la misma herida. En Imposible decir adiós los cuerpos están enterrados, desplazados, fuera de campo visual. Y, sin embargo, la relación con ellos persiste.

La trama del libro muestra a una mujer que viaja a la provincia tras recibir la noticia de que su amiga está en el hospital. A partir de ahí, se construye una serie de aproximaciones: la madre fallecida, la amiga carpintera, la casa que parece responder, el paisaje que abraza y asfixia. Las figuras aparecen, pero no terminan de coincidir en un mismo tiempo ni en un mismo espacio. Se relacionan sin tocarse, sin coincidir del todo. Los cuerpos ya no son necesarios. Lo que sostiene el vínculo no es la presencia, sino la memoria.

Durante su viaje y estancia en la casa de su amiga, los recuerdos se imponen, irrumpen sus pensamientos, sin embargo, no pueden fijarse del todo. Las escenas no se encadenan de manera estable: se repiten, se desplazan, se desdibujan y comienzan de nuevo. Como si la narración

Gotóo (@akemigotoo) escribe desde lo que no termina de entender del todo: el cuerpo, la memoria y aquello que insiste en lo cotidiano. Es autora de El amor está en otra parte (Trillas, 2025).

Alejandra

misma estuviera atravesada por la imposibilidad de sostener una forma única.

Hay elementos que insisten: los canarios (Ama y Sori), la madera trabajada por la amiga, un árbol que en la noche parece una mujer meciéndose con el viento. Más que símbolos cerrados, se trata de formas que aparecen y reaparecen, como si intentaran mostrar un significado único para cada lector.

El paisaje, tan blanco y abierto, no es simplemente un fondo; es una condición vital que envuelve la narrativa. ¿Qué significa habitar un espacio así? Es una superficie donde lo visible y lo invisible se confunden, la realidad y la memoria se tornan porosas.

En algunos textos, la distancia permite observar sin involucrarse del todo; en la obra de Han Kang, esa distancia no termina

A bluish glimmer emanates from the dry stream winding its way up through the woods like a long white snake. I take one step at a time, leaning forward so I won’t fall back.
KANG

de contener a quien lee. No es que desaparezca por completo. Es que se vuelve insuficiente.

En Actos humanos, mirar implica reconocer. En Imposible decir adiós, implica permanecer. No hay un momento claro en el que la experiencia pueda darse por concluida, porque lo que se activa no es sólo la memoria de lo ocurrido, sino la forma en que esa memoria sigue operando, incluso cuando ya no hay cuerpos que la sostengan.

Lo que incomoda no es únicamente la violencia, sino la imposibilidad de ubicarla en algo ajeno: fuera del cuerpo, fuera del presente, fuera de quien mira.

Leemos estos textos no para entender lo que pasó, sino para posar la mirada justo allí donde duele, y quizá reconocernos.+

HAN
Imposible
Han Kang
Random House Actos
Ilustración por Rodrigo Rojas

El apapacho literario que llegó de

Aveces malnombramos las cosas y la palabra “cursi” se usa para menospreciar una canción, una pintura, un libro que nos da calma, paz y nos pone el corazón calentito. Pero en estos tiempos tan erráticos y volubles, ¿quién no necesita un apapacho lector?

Antes de la irrupción de los pulcros y bien portados BTS (que hasta exponen en la onu discursos inspiradores), el ejemplo al que aspirábamos y de quienes nos enamorábamos las adolescentes en los 90 y los 2000 era de los borrachazos, problemáticos y destructivos rockeros, gruncheros, new metaleros que veíamos en MTV. No estaba mal, eso era lo que había, eso era lo que nos llegaba y eso era lo que adoptábamos. Pero hoy, gracias a la Hallyu (ola coreana) las centennials o las Alpha tienen modelos a seguir más conscientes, más sensibles, que hablan de salud mental o amor propio y eso no le hace daño a nadie (por ejemplo, BTS tiene una campaña en la unICEF llamada #LoveMyself).

Los boomers, la gen z y los millenials no sabíamos casi nada de la cultura asiática porque no llegaba a Latinoamérica. Yo recuerdo que el primer impacto asiático mediático fue Haruki Murakami (Japón); después, las películas de terror en la Cineteca y luego el K-Noir se puso muy de moda con novelas como El buen hijo (Reservoir Books, 2019), de You-Jeong Jeong. Y ya más reciente, el fenómeno literario que generó la novela histórica Pachinko (Quaterni, 2018), que hasta serie de televisión le hicieron. Hubo un parteaguas cuando Almendra (Océano Gran Travesía, 2025), de la escritora Won-pyung Sohn, entró a la escena literaria. Por primera vez pudimos ver a un protagonista con alexitimia (una condición que impide reconocer y expresar emociones). Después vino Kim Ji-young, nacida en 1982 (Alfaguara, 2019), de Cho Nam-joo, una novela realista, feminista y cruda que a todas nos dejó como múltiplo de seis. El knock-out: Han Kang ganó el Premio Nobel de Literatura en 2024. Todos corrimos a leer La

vegetariana (Random House, 2024), Actos humanos (Random House, 2024) o Imposible decir adiós (Random House, 2024). La Hallyu ya estaba más que instalada y acomodada en nuestro espacio latino, sólo que los menos jóvenes no nos habíamos dado cuenta. Los K-dramas (series, películas), el K-pop (música), el K-beauty (cosmética coreana) y ahora la K-lit (literatura) con el nuevo género literario: healing fiction (ficción curativa), o, como me gusta llamarla: el apapacho literario, son lo que está de moda. En contraste con los libros de “superación personal”, en los que el autor te habla directamente a ti, y además es prescriptivo y usa un tono imperativo (“¡Tú puedes!”. “Haz estos veinte ejercicios para superar tu duelo”...), la healing fiction no te grita y no hace que te sientas regañado. Te cuenta una historia en la que a la protagonista se la anda llevando el tren, igual que a muchos de nosotros. La soledad, el agobio, la tristeza, la ansiedad, el duelo, el rencor y todos los sentimientos que se nos atoran en la garganta los verás reflejados en los diferentes personajes de estos libros que siempre suceden en lugares comunes, como una librería, una fondita, una lavandería, un museo, etcétera.

En 1983, el psicólogo James Hillman (quien inventó el término healing fiction) concluyó su estudio en el que dice que la lectura no sólo nos entretiene, sino que, en algunos casos, nos ayuda a darle sentido a lo que estamos viviendo. La K-Lit rompe con lo establecido porque cualquiera de nosotros puede tomar un un libro de healing fiction y siempre habrá una historia o un personaje con el cual nos identifiquemos. Los podemos reconocer muy fácil porque la estética de las portadas también tiene toda una estrategia de marketing atrás, están hechas para que las veas y pienses: “quiero estar ahí”. Ilustraciones con plantas, ventanas, tazas de café, colores que transmiten calma. Su identidad visual va de la mano con lo que encontrarás dentro.

Tal vez no necesitamos del libro de un psicólogo, con una portada solemne, que nos diga cómo ser solteras y felices. Tal vez hoy necesitamos leer cómo, después de enviudar y perder todo, la señorita Yeon apostó por abrir algo que la hacía feliz: una librería con un toque de realismo mágico. No es cursi, es algo que nos apapacha el corazón.

Para tiempos convulsos, lecturas tranquilas.+

El buen hijo

You-Jeong Jeong

Reservoir Books

Pachinko
Min Jin Lee
Quaterni
Magali T. Ortega (@nenamounstro) es publicista, escritora y fan de la cultura pop, como su pecho no es bodega, por eso la divulga.

Pachinko: Pachinko:

el efecto pinball

1. Estira el resorte, mide la fuerza y suelta la palanca

Dentro del lenguaje, existen palabras con un carácter que captura los sonidos naturales: las onomatopeyas. Dan vida y expresión a los vocablos, volviéndolos más evocadores. Transmiten sensaciones sonoras de forma directa. Son palabras casi tangibles.

Por ejemplo, la palabra pachinko, usada tanto en Corea como en México.

El lenguaje es un superpoder humano que nos permite almacenar y transmitir el conocimiento, incluso a generaciones futuras. En ese sentido, la traducción de un lenguaje a otro abre puertas hacia maneras distintas de percibir la realidad. Gracias a traductores, como la mexicana Zyanya Gil, tenemos acceso a tesoros de la cultura coreana.

La palabra pachinko es una onomatopeya que contiene sonidos evocadores. Se refiere a un juego similar al pinball, y transmite el rebotar de las bolas metálicas entre las clavijas de una máquina.

Además de ser un juego, Pachinko es el título de la novela de la coreano-norteamericana Min Jin Lee, publicada originalmente en inglés en 2017 y traducida al español. Su título hace referencia al juego de arcade que da forma a la novela: como las bolas que rebotan entre clavijas, así la vida lleva a los acontecimientos. La vida es un juego de azar.

La novela combina lo impredecible con la esperanza de ganar. La suerte y el deseo de recompensas se entrelazan con la atmósfera de los salones de pachinko, donde luces y música crean una experiencia intensa. Este ambiente es un escape, pero también una imagen de la vida. Se trata de una novela escrita en un estilo cada vez más conocido para los lectores hispanohablantes, pues los traductores nos han acercado a la literatura coreana.

2. La pelota rebota entre clavijas, cae en los espacios, y activa premios Aunque escrita en inglés, la novela Pachinko de Min Jin Lee es una obra clave dentro de la literatura coreana. Precisamente por haberse escrito en inglés cobra una importancia especial, pues marca un tránsito entre culturas en un mundo de crecientes migraciones. Cada vez más, los autores que migran a otro país, llevando consigo su idioma y cultura, logran delinear lo que han dejado atrás.

La novela narra la historia de una familia coreano-japonesa a lo largo de varias generaciones. Entre 1910 y 1989 pasamos de una Corea empobrecida antes de la Primera Guerra Mundial a un Japón en plena transformación durante la Segunda Guerra, y finalmente a los Estados Unidos de los años ochenta. La diáspora coreana rebota entre las clavijas de la historia.

Min Jin Lee nació en Seúl, en 1968 y emigró a los Estados Unidos en 1976 a los ocho años, sin hablar inglés. Comenta que fue bien recibida en Harlem, donde se instaló. Estudió en la Universidad de Yale. Su novela Pachinko fue finalista del National Book Award y fue considerada por The New York Times como uno de los diez mejores libros escritos en 2017.

La novela está dividida en tres partes que siguen a la familia coreana a través de varias generaciones. El lector se sumerge en la complejidad de la vida de los personajes. Abandonos, enfermedades, suicidios y otras muertes. Con más de 500 páginas, la obra es el resultado de años de investigación.

Pachinko aborda temas de migración, identidad, racismo y pertenencia en el contexto de la Corea ocupada y el Japón de la posguerra. A través de la historia de Sunja y su familia, la novela refleja el sufrimiento y la resistencia de los coreanos en Japón.

3. Una bola cae en un espacio y se activa la ronda extraordinaria

Así como los traductores nos dan acceso a tesoros únicos, los autores que investigan un tema y lo desarrollan en su obra también nos permiten entender otras realidades. Verónica González Laporte es una de estas escritoras. Originaria de la Ciudad de México, se ha especializado en temas históricos y culturales, con un enfoque reciente en Corea.

Su última novela, K-beauty, es un relato sobre Seúl que explora la sociedad coreana detrás del maquillaje perfecto. Al igual que Pachinko, su obra también reflexiona sobre la presión del sistema patriarcal, la identidad femenina y la tecnología, además de abordar cómo las nuevas generaciones en Corea buscan romper tabúes sobre el racismo, la homosexualidad y la discapacidad. Lo interesante de K-beauty es que es uno de los escasos relatos que existen sobre Seúl escritos por una extranjera. La novela ha sido traducida del español al coreano.

Los escritores globales, que han estudiado, traducido, viajado y migrado, saltando entre las clavijas del juego de pachinko de la vida, abren puertas a nuevas maneras de percibir la realidad. Gracias a ellos, tenemos acceso a tesoros que enriquecen nuestra cultura y pluralizan nuestra forma de ver el mundo y la literatura.+

una ciudadana del

Su escritura expresa la sorpresa de estar vivos. Desde hace 25 años radica en Canadá, donde sigue escribiendo en español y participa en proyectos culturales. Su última novela, El día que no paró de llover, fue publicada bajo el sello Tusquets.

Antolina Ortiz Moore
Antolina Ortiz Moore (@antolinaortizmoore) se considera
mundo.

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En el otoño de 1887, una mujer de veintitrés años cruzó el umbral de una institución que la mayoría de los ciudadanos prefería ignorar. Su objetivo era infiltrarse en el asilo de Blackwell’s Island, en Nueva York, para denunciar las atrocidades que ocurrían en su interior. Aquella mujer era Nellie Bly y el resultado de su encierro voluntario fue Diez días en un manicomio (Libros UNAM, 2025), una obra que, en palabras del escritor y traductor Daniel Saldaña París, representa el nacimiento de una forma de narrar que hoy nos resulta familiar, pero que en su momento fue una revolución absoluta.

Saldaña París, encargado de la traducción y el prólogo de este reportaje incluido en la colección Pequeños Grandes Ensayos, de Libros UNAM, desmenuza la relevancia de este texto. Para el escritor mexicano, acercarse a Bly es reconocer a una pionera de lo que hoy conocemos como periodismo gonzo. Bly, con una “determinación férrea y un valor a prueba de balas”, decidió que el periodismo debía encarnar la realidad.

de Joseph Pulitzer y aceptó el reto de hacerse pasar por una enferma mental. Para Daniel Saldaña París, lo que hace extraordinario este episodio es la sofisticación de la mirada de Bly.

“Era una gran escritora... de manera intuitiva ella inventó este estilo que era como su propio estilo y que le permitió una libertad enorme”, comenta Saldaña París durante la entrevista. Esta libertad se tradujo en lo que él define como un “periodismo

Saldaña París optó por la fidelidad histórica, por lo que conservó términos que hoy nos resultan crudos, pero necesarios para entender el contexto. “No me parecía necesario modernizarlo del todo... me parecía necesario respetar ese aire del original”, explica.

La relevancia actual de la obra radica en que las estructuras que Bly atacó no han desaparecido del todo. La precariedad en el cuidado de la salud mental y la infantilización de las pacientes siguen siendo temas de debate público. Por ello, Daniel resalta que “es bastante elocuente que 137 años después de que se escribió, el libro siga circulando, siga traduciéndose”.

Nellie Bly, la primera periodista infiltrada

Desde el punto de vista estrictamente literario, Saldaña París elogia la economía del lenguaje de la autora. El talento de Bly residía en la síntesis y en el detalle exacto. “En tres o cuatro líneas te pinta una escena con un par de médicos y una de las reclusas”, apunta el traductor. Esa capacidad de retratar la condición humana con pinceladas rápidas y certeras es lo que hace que el texto sea una literatura hecha para ser leída, sentida y comprendida por todos.

Antes de que Nellie Bly llegara a Blackwell’s Island ya se había convertido en una voz incómoda en México, de donde tuvo que huir porque, tras denunciar las condiciones de los campesinos bajo el porfiriato, recibió amenazas del gobierno en turno. De vuelta en Estados Unidos se unió al periódico New York World

inmersivo en primera persona medio gonzo”, décadas antes de que el término fuera acuñado. Lo que diferencia a Bly de otros reporteros de su época es su “mirada muy compasiva y una preocupación real por las otras personas que están ahí encerradas”.

Uno de los mayores retos al traducir una obra de finales del siglo XIX es decidir qué tanto se debe modernizar el lenguaje.

Al final, el trabajo de Nellie Bly provocó un juicio de gran jurado que resultó en un aumento inmediato del presupuesto para el Departamento de Beneficencia Pública y Corrección de Nueva York. Bly demostró que el periodismo podía cambiar las leyes. “Sabe darle la vuelta al encargo más bien amarillista del editor y meter el dedo en la llaga”, concluye Saldaña París.+

Nellie Bly nació en 1864, en Cochran’s Mill, Pensilvania. En 1885, escribió una carta al editor de Pittsburgh Dispatch, en respuesta a la publicación de una nota con opiniones sexistas; el editor la invitó a adaptarla en una columna: “The Girl Puzzle”.

En 1914 viajó a Europa para informar sobre el frente oriental europeo durante la Primera Guerra Mundial, lo que la convirtió en una de las primeras mujeres corresponsales de guerra. Falleció a los 58 años en Nueva York a causa de neumonía.

Diez días en un manicomio

Nellie Bly

Libros UNAM

Efectos personales: Marina Mariasch teje duelo y memoria

Conversamos con Marina Mariasch acerca de Efectos personales (Hachette, 2026), una obra autobiográfica en la que explora el suicidio de una madre a través de las relaciones que ella tejió con sus hijas, sus parejas, su círculo de amistades y consigo misma. Mariasch reconstruye el antes y el después del acontecimiento desde múltiples voces testimoniales, articulando el duelo, el amor y las dinámicas familiares en una perspectiva feminista que devela lo que las apariencias de una vida “completamente normal” solían ocultar. El resultado es una novela que busca acompañar: una escritura que se enfrenta a lo que parecía no tener palabras, y que plantea, de paso, preguntas incómodas sobre el amor, la familia y lo que elegimos no ver.

JD. Marina, el libro narra algo que verdaderamente ocurrió y que además te ocurrió a ti. ¿Qué te hizo cruzar esa línea entre lo privado y lo literario? ¿De dónde surge la decisión de llevarlo a un texto publicado? MM. Yo creo que siempre aparece algo subjetivo, algo de la propia experiencia en el texto que uno escribe, incluso aunque esté hablando de seres de otro planeta. En la ficción más ficcionada aparece algo de la propia subjetividad del escritor. De todas maneras, hay algo misterioso que se escapa y lo que hace el lenguaje es moldear la realidad, ponerla de una forma determinada, con lo cual esa realidad puede ser contada de mil maneras distintas. Ahora, si me preguntas en términos biográficos, sí, yo creo que hubo una necesidad de poner en palabras esto que verdaderamente ocurrió y tratar de darle forma. Creo que poner en palabras siempre ayuda a ordenar algunas emociones, así como los rituales también ayudan.

JD. A lo largo de la obra aparecen objetos muy concretos: la cama, la casa, los utensilios de cocina, la ropa, la campera. ¿Funcionan como un rompecabezas para reconstruir la vida de las personas que intervienen en el relato?

MM. Sí, es como una reconstrucción del crimen, porque, de alguna manera, al ser un hecho sucedido en la vía pública pasa a tener un carácter policial, y hay

que pasar por los tribunales de justicia a retirar algunas cuestiones judiciales. Y en ese sentido dije: este texto también debe tener una trama del tipo policial, donde haya diferentes ópticas, puntos de vista de los testigos, quienes estuvieron, quienes presenciaron o estuvieron cerca de la escena, como en una novela de Agatha Christie, y cada uno tiene su versión bastante diferente. En algunas se parecen, en otras no tanto. Y cuando hay una tragedia, los objetos tienen un lugar muy importante. Hace poco acá en Argentina se cumplieron los 50 años del golpe cívico-militar y salió un libro muy lindo, el primero escrito por hijos de desaparecidos, muchos de ellos recuperados. El tema de los objetos tiene ahí un rol preponderante, porque los objetos transmiten memoria con una potencia muy particular.

JD. En el libro, la última conversación entre madre e hija es una pelea por unos saquitos de té. ¿Cómo trabajaste esa tensión entre lo absolutamente cotidiano y lo irreparable?

MM. En la obra hay muchísimas formas del amor y el amor puede ser que no siempre se manifieste de la manera que esperamos. Como dice en un momento una voz pequeña dentro del libro: “El amor no tiene que quedarse quieto en un solo lugar, va cambiando, es como un flujo”. El amor es una corriente que no para.

JD. ¿Qué quería el libro hacer en ti mientras lo escribías?

MM. Yo creo que hay algo que excede al escritor o a la escritora, algo en la recepción que también excede. Cada cual hará su propia lectura y eso está completamente liberado. Pero sí creo que hay que advertir, y que está bueno saberlo de antemano, que no es un libro enteramente dramático. Tiene que ver con pensar, con darle vueltas a las cuestiones de la vida, de la humanidad, de las batallas que cada uno de nosotros enfrenta cada día, incluso las más impensadas. Y ver que de alguna manera todos tenemos esa dificultad, y que algunas personas la cargan de un modo que los demás no siempre sabemos ver.+

Marina Mariasch (Buenos Aires, 1973) es autora de las novelas El matrimonio (Emecé, 2023) y Estamos unidas (Emecé, 2024), así como de la poesía reunida en Paz o amor (Blatt & Ríos, 2014), entre otros textos. Junto al colectivo feminista de literatura Máquina de Lavar publicó La pija de Hegel (2014). Ensayos suyos fueron publicados en diferentes volúmenes, como ¿El futuro es feminista? (2016), que realizó con Mercedes D’Alessandro y Florencia Angilletta.

Efectos personales

Mariana Mariasch

Hachette Ve la entrevista en mascultura.mx

Hay un dato que vale la pena decir en voz alta: en 2020, la ilustradora y autora surcoreana

Heena Baek recibió el Premio Memorial Astrid Lindgren (escritora sueca creadora del personaje literario Pippi Calzaslargas, uno de los personajes predilectos de Baek). Ésa fue la primera vez que dicho galardón recaía en una obra coreana. Este año, Sunjung Suh se encuentra entre las ilustradoras y los ilustradores finalistas de la Feria Internacional del Libro Infantil de Bolonia, uno de los escaparates editoriales más importantes del mundo. Si creías que la Hallyu únicamente había alcanzado la música, las series o los productos de belleza, la irrupción de la literatura infantil coreana en los estantes mexicanos nos demuestra que su impacto es mayor. Hay en esta tradición una estética peculiar: ilustraciones que cargan con el peso narrativo sin necesidad del texto. Eso tiene un nombre en coreano: nunchi, la habilidad cultural de leer entre líneas, de entender lo que no se dice. Los cuatro títulos de esta selección son una invitación a ese universo.

Elevador, de Kyung Hyewon (Océano Gran Travesía)

Este libro parte de una premisa tan cotidiana como un trayecto en ascensor. La pequeña Yuna, fanática de los dinosaurios, debe

Desde Corea del sur para las niñas

devolver un libro a la biblioteca y para eso tiene que bajar desde su piso hasta la planta baja. Lo que debería ser un viaje de treinta segundos se convierte en una aventura jurásica: en cada piso que baja, el elevador se llena de criaturas prehistóricas que Yuna conoce de memoria. Hyewon construye sus ilustraciones a mano, superponiendo capas de papel coreano tradicional (el hanji) sobre trazos en blanco y negro, un método artesanal que le da a cada página una textura y una calidez que ningún software podría replicar. El resultado es un libro que celebra la imaginación lectora.

Cómo hacer caramelos mágicos, de Heena Baek (Kókinos)

Ésta es la secuela espiritual de Caramelos mágicos, uno de los títulos más queridos de Baek. Si en aquel libro un niño solitario descubre que los caramelos le permitían escuchar lo que los demás realmente sentían (su perro cansado, su padre que lo amaba sin saber decirlo, su abuela desde el cielo), en éste es el propio protagonista quien comparte la receta. Los ingredientes son agua clara, estrellas, la ayuda de un amigo alado, algo de yoga, mucho amor y paz mental.

La elefanta, de Jungyeon Kang (Corimbo)

Una elefanta duerme plácidamente la siesta en el bosque. Su trompa, larga, larguísima, se extiende por el suelo sin que nadie sepa que es una trompa: un oso se recuesta sobre ella, una tigresa la usa de banco para leer a su bebé, tres ciervos acampan encima, cuatro cerditos hacen un picnic, cinco monos trepan, seis conejos se deslizan como por un tobogán, siete mapaches lavan su ropa. Las rimas

y onomatopeyas están pensadas para ser leídas en voz alta con el placer de quien anticipa el final desde la primera página: ese estornudo inevitable, ese “¡achús!” que lo sacude todo.

Un día, de Sunjung Suh (Océano Travesía)

El libro arranca con una escena cotidiana, y de pronto las rayas blancas y negras del asfalto se retuercen y abren una puerta a otro mundo. Del otro lado hay una ciudad donde el universo se desborda y las estrellas fluyen bajo los pies. Suh, que ha declarado que le atrae lo extravagante de la vida diaria y se inspira cuando lo familiar parece nuevo, construye aquí un libro que es también un elogio de la atención y una filosofía de la imaginación: el mundo extraordinario no está lejos, está justo al otro lado de lo que ya conocemos, esperando que alguien se detenga a mirarlo. Los cuatro libros depositan una confianza absoluta en el lector pequeño. Todos le proponen, a su manera, que el mundo es más raro, más vasto y más generoso de lo que parece a primera vista.+

Un día
La elefanta
Elevador
Cómo hacer caramelos mágicos
Sunjung Suh
Jungyeon Kang
Kyung Hyewon
Heena Baek
Océano Travesía
Corimbo
Océano Travesía
Kókinos

El viaje que todOs haremos

Solo aquello que se ha ido es lo que nos pertenece.
Jorge Luis Borges

Como cada verano, una familia emprende un viaje por la costa este de Estados Unidos. Pero esta vez algo es distinto: el paso del tiempo —con sus silencios, sus secretos y sus pérdidas— convierte la travesía en un viaje sin retorno. Beatriz Rivas, una de las autoras mexicanas de mayor reconocimiento en los últimos años (La hora sin diosas, Viento amargo, Todas mis vidas posibles), entrega en El último viaje (Alfaguara, 2026) una novela íntima y familiar sobre el amor, el olvido y el difícil arte de envejecer.

JD. Beatriz, ¿por qué escribir El último viaje?

BR. Porque entré a los sesenta años, mis padres están en los ochenta, y me di cuenta de que hay pocas novelas sobre el difícil proceso de envejecer. Dicen que envejecer es para valientes y creo que tienen toda la razón, sobre todo cuando, al mismo tiempo, tienes que ir administrando los cambios de tus propios padres, de quienes eran tu sostén, tu tronco, tus raíces. De pronto, ves que se van debilitando cada vez más, que les va fallando el cuerpo. En el caso de Gaspar [el padre de la familia], también le va afectando la mente.

JD. ¿Qué descubriste sobre ti misma al escribir esta novela?

BR. Que aunque los personajes son totalmente ficticios, son muy cercanos a la realidad. Muchos lectores me dicen: “Es que yo soy Gaspar”, o “mi papá es Gaspar”, o “yo soy Roberta”, o “mi mamá es Antonia. Lo estoy viviendo”. Son personajes de carne y hueso, pero completamente inventados. En esta novela está toda mi experiencia, todo lo que he vivido y lo que estoy viviendo en este proceso con mis padres. A la par, yo tampoco me estoy haciendo menor, como me lo recuerdan todos los días el espejo, las rodillas; a veces, la

falta de aliento, la falta de memoria. Comencé a buscar libros sobre envejecimiento, y dije: “No, no quiero que sea nada técnico. Quiero que sea algo que nos pasa a todos, que no entendemos qué es lo que nos va pasando, pero nos va pasando y lo tenemos que asimilar, nos tenemos que ir transformando e ir abrazando estos cambios”. Fue ficcional, pero evidentemente es todo muy real porque es lo que puede pasarle a cualquier ser humano en este caminar por la vida.

JD. ¿Por qué decidiste que la música fuera el hilo conductor de los secretos y las confesiones de los personajes?

BR. Para mí la música es muy importante, pero no se me había ocurrido meter tanta música hasta que una amiga cuyo padre padece alzhéimer me dijo que lo único que a él no se le olvida es la letra de las canciones. La música es muy importante para la memoria. Entonces, utilizo muchas canciones para ambientar la novela. Hay música de los Beatles porque era la que unía a los cuatro protagonistas. Y también hay mucho vino, muchas comidas, mucho gozo.

JD. ¿Es también una novela sobre la soledad?

BR. Ésta no es sólo una novela sobre la vejez; es también sobre los lazos de amor, los lazos familiares, ya sea una familia de sangre o la familia que uno elige, que son las amistades. Creo que la soledad es una de las peores enfermedades de la gente mayor. Por eso metí estos lazos familiares, junto con la música y los paisajes, los restaurantes, el vino, lo que se habla en torno a la mesa mientras están comiendo algo delicioso. Algo muy normal y cotidiano que hacemos todos cuando estamos en familia.

JD. ¿Qué quieres que sienta el lector al llegar a la última página?

BR. Quiero que se sienta apapachado. Es una novela muy realista, a veces cruda en lo que va pasando, en cómo vamos envejeciendo y perdiendo facultades. Yo creo que el envejecimiento es como un duelo cotidiano: te vas despidiendo de pequeñas cosas y hay cosas que sabes que ya nunca podrás hacer, como volver a viajar en familia. Pero también creo que es una novela con un final esperanzador, que le da un abrazo al lector. Tengo una lectora que me escribió diciéndome que llevaba tres meses muy enferma. Me dijo: “La verdad es que yo ya no quería vivir, y mi hija me regaló la novela. Al principio, dije que no quería leer sobre la vejez, pero después seguí leyendo y seguí leyendo. No sabes cómo te agradezco tu novela porque me regresaste las ganas de estar viva”. Cuando la señora me escribió eso, me di por bien servida.+

Ve la entrevista en mascultura.mx

Beatriz Rivas es autora de La hora sin diosas (2003); Viento amargo (2006); Todas mis vidas posibles (2009); Distancia (2013); Dios se fue de viaje (2014); Jamás, nadie (2017); y Lo que no he dicho (2021). Fundado hace diez años, su taller literario es una reconocida cantera de autores que han publicado sus propios textos con éxitos notables.

El último viaje

Beatriz Rivas

Alfaguara

EL DESIERTO GANÓ.

Sanar no es lo mismo

que olvidar

En La lavandería de almas de Marigold (Letras de Plata, 2025) la escritora coreana Yun jung eun utiliza el realismo mágico para cuestionar la utilidad de borrar el pasado. A través de Jieun, una mujer con la capacidad de eliminar recuerdos dolorosos, la novela plantea que el dolor también nos constituye y que sin empatía, el alivio resulta superficial. Aquí te compartimos un fragmento de la charla que tuvimos con ella.

Lee+. En la novela yace una pregunta: ¿seríamos más felices si pudiéramos borrar nuestros recuerdos dolorosos? ¿En qué momento llegaste a comprender, como autora, que el dolor no debe borrarse por completo, sino transformarse?

Yun jung eun. Antes de escribir esta novela, yo tenía recuerdos que quería borrar. Pero me di cuenta de que fue precisamente porque no los borré, y en cambio los cargué hasta mis cuarenta años, que pude escribir esta historia. Los recuerdos dolorosos nos lastiman, pero al mismo tiempo nos moldean. Si los borráramos, quizás nos sentiríamos más ligeros, pero creo que también nos volveríamos más superficiales. Mientras escribía, entendí que el dolor no es algo que deba borrarse, sino algo con lo que hay que aprender a convivir.

L+. La metáfora de la lavandería, lavar, planchar, remendar el alma, es uno de los elementos simbólicos más poderosos del libro. ¿Cómo surgió esta idea?

YJ Estaba observando en silencio ropa tendida a secar tras lavarla a mano y me vino un pensamiento: ¿y si el corazón pudiera lavarse como la ropa? Con esa pregunta comenzó la novela. El espacio de la lavandería llegó primero. En Corea, una lavandería no es simplemente un lugar para lavar ropa. Es un lugar por donde pasan los vecinos, donde hay olores, donde hay calidez. Cuando coloqué la idea fantástica de lavar las manchas emocionales sobre ese espacio cotidiano, la historia se desplegó de manera natural.

L+. Jieun posee dos poderes: empatizar con el dolor ajeno y hacer que los deseos se cumplan. Sin embargo, el segundo depende del primero. A través de estas cualidades, ¿te interesaba expresar una postura ética sobre el poder y la responsabilidad emocional en nuestras relaciones?

YJ. Sí, mucho. Quería decir que sin empatía genuina no podemos ayudar de verdad a otra persona. La idea de que el poder de conceder deseos proviene de la capacidad de empatizar surgió de esta convicción: a menos que comprendamos verdaderamente a alguien, no podemos darle lo que realmente necesita. E incluso con poder, no todo puede resolverse. Por eso fueron tan importantes para mí los momentos en que Jieun siente sus límites. El cuidado conlleva responsabilidad, y esa responsabilidad comienza por comprender verdaderamente las emociones del otro.

L+. A lo largo de sus muchas vidas, Jieun acumula experiencias, pero también un profundo cansancio existencial. ¿Qué querías transmitir sobre el paso del tiempo y el desgaste del alma cuando una persona es incapaz de cerrar sus ciclos?

Lee la entrevista completa a Yun jung eun

YJ Quería escribir sobre el peso de dejar las cosas inconclusas. A veces avanzamos sin cerrar adecuadamente ciertas relaciones o sentimientos. Cuando esas cosas sin resolver se acumulan, el alma se vuelve pesada. Los siglos de Jieun son una forma amplificada de esos tiempos sin terminar. Y sin embargo, ese largo período de vida también la convirtió en un ser más profundo y amplio. Creo que el cansancio y la profundidad llegan juntos. Vivir, creo, es caminar cargando ese peso. L+. ¿Qué te gustaría que los lectores se llevaran después de visitar Marigold?

YJ. Creo que la alegría y la tristeza no son emociones separadas: existen en el mismo círculo continuo, en la misma línea emocional. La tristeza y el dolor deben existir para que la alegría sea posible. En esta novela, quise contar una historia sobre la tristeza hermosa, y sobre vivir mientras se cuida esa tristeza con ternura.

Espero que los lectores se lleven la comprensión de que está bien no borrar. Que aunque cargues heridas, aunque haya recuerdos que no se desvanezcan, esas cosas quizás no te han roto: quizás son lo que te ha construido. Igual que las personas que salen de la lavandería Marigold no se sienten más ligeras, sino que llegan a comprender un poco mejor su propio peso. Si los lectores pueden mirar sus propias manchas con ojos ligeramente distintos al cerrar este libro, con eso es suficiente.+

Yun jung eun es una escritora surcoreana nacida en 1980. Comenzó su carrera literaria en 2008 y, desde entonces, ha publicado más de diez libros, sobre todo ensayos. Su novela La lavandería de almas de Marigold superó los 300,000 ejemplares vendidos y ha sido traducida a más de diez idiomas.

La lavandería de almas de Marigold
Yun jung eun
Letras de Plata

Conocerán tu verdadero nombre La ciencia, el misterio y un México que pu d o ser

Doctor en innovación biotecnológica, Luis García-Manríquez construyó primero una carrera sólida en el mundo de las ciencias antes de cumplirse la promesa que había guardado desde niño: escribir una novela. El resultado es Conocerán tu verdadero nombre (Tusquets, 2026), una obra que combina el thriller de misterio, la ucronía política y una exploración de la identidad, la fe y la masculinidad en un México imaginado que, sin embargo, resuena con inquietante.

CV. ¿Qué te llevó a decantarte por los temas que planteas en Conocerán tu verdadero nombre? LGM. Todo empezó cuando hice mi maestría en Londres. Estando allá, empecé a extrañar mucho a México: el idioma, el cotorreo, la comida. Al verlo con perspectiva, decidí cumplirme la promesa de escribir una novela y que ésta tratara sobre mi país. Siempre me ha gustado el misterio (me considero un lector cristiano, pero por Agatha Christie) y me apasiona la literatura que se pregunta “¿qué hubiera pasado si...?”. Así llegué a ese México de 1995 donde Luis Donaldo Colosio es presidente.

La novela arranca un lunes de agosto. Séneca Espejel, investigador forense, disfruta su día libre cuando su jefe lo llama: han encontrado el cadáver de una monja en las criptas de

una iglesia. Séneca se niega, pero hay un detalle que lo cambia todo: también fueron robadas las cenizas de su madre.

Ese México ucrónico es uno de los grandes atractivos del libro. Además de mantener vivo a Colosio, Jorge Luis Borges ganó el Premio Nobel; la Ciudad de México no es la capital del país (ese honor recae en Guadalajara, la ciudad adoptiva del autor); y el territorio nacional estuvo dividido durante décadas en una república norteña y una dictadura sureña, hasta que los llamados Estados Reunidos Mexicanos lograron reunificarse en los noventa.

Pero la novela no se agota en su dimensión política. Uno de los elementos que más destacan es la dualidad entre Séneca y la hermana Solentiname: LGM. Séneca fue educado como muchos en los noventa: bajo una rigidez emocional donde los hombres no lloran. Quise retratarlo como un ser humano que se debate en esa gama de sentimientos que solo expresa en privado o con su pareja, prefiriendo reprimirse ante el mundo. Curiosamente, su lugar de escape en la novela, una cantina llamada El Detalle, existe realmente en Guadalajara; era mi lugar de escape durante el doctorado.

Por su parte, la hermana Solentiname es un personaje que atraviesa fronteras literales y metafóricas. Fue guerrillera antes que monja, y antes de eso creció con abuelos santeros que practicaban el Palo Mayombe. Ella va sacrificando su identidad en cada etapa: deja su nombre para entrar a la religión afrocubana, luego adopta el nombre de camarada Ileana en la guerrilla y, finalmente, se vuelve Solentiname en la congregación religiosa.

Para construir el misticismo de la obra, el autor se alejó de los tropos comunes del satanismo y se adentró en el Palo Mayombe, una religión de origen afrocubano. Con un enfoque casi antropológico, García-Manríquez describe cómo en este sistema de creencias, la palabra es el centro de todo: “Si algo existía, era porque tenía nombre”, escribe el autor, quien descubrió que para otorgar poder a lo nombrado, era necesario el ritmo y la musicalidad. Esta vena poética atraviesa el libro, elevando la narrativa más allá del suspenso tradicional para proponernos también una meditación sobre el lenguaje como herramienta de dominio y resistencia.

La novela también juega con un tercer elemento disruptivo: el Elogio de la venganza, de Erasmo de Rotterdam. En este mundo alterno, el humanista no escribió sobre la locura, sino sobre el acto frío y calculado de desquitarse.

Lo que guió la escritura fue la convicción de que los personajes y la trama debían sostenerse por sí mismos, sin que el autor empujara al lector hacia ninguna conclusión. El resultado es una novela en la que la sospecha de que los nombres que nos damos, y los que nos quitan, dicen mucho más de lo que creemos.+

Ve la entrevista en mascultura.mx

Luis García-Manríquez nació en La Paz, Baja California Sur, México, en 1992. Estudió Ingeniería en Biotecnología, una maestría en Biología Sintética y de Sistemas, y un doctorado en Innovación Biotecnológica. A la par de los estudios, siempre ha buscado equilibrar la ciencia con la literatura y la ficción, convencido de que son dos frentes de una misma realidad. Conocerán tu verdadero nombre es su primera novela.

Conocerán tu verdadero

Luis García-Manríquez

nombre
Tusquets

La trenza de Sor Juana

La poblana Isa González Bretón es de las más irreverentes y heterodoxas narradoras de la reciente literatura mexicana. Casi toda su narrativa es protagonizada por mujeres “salidas del huacal” (no se me ocurre mejor definición) que, amén de pavorosas, resultan, asimismo, indelebles. Federico Vite ha definido su universo como “feminidad turbia”. Su más reciente novela, Qué importa que Dios exista (Nitro Press, 2026), cuyo título toma de una frase de Amélie Nothomb que, asimismo, le sirve de epígrafe, se suma a otras perturbadoras obras como Tóxicas (Librosampleados, 2019), en la que unas gemelas abusadas por un primo se proponen huir una de la otra con impredecibles consecuencias; o El cuerpo de Crista (Ediciones Periféricas, 2022), que aúna erotismo con trastornos alimenticios. La premisa de Qué importa… no es menos inquietante, y su punto en común con Tóxicas es una exploración de la sordidez agazapada en las almas puras. En esta nueva novela, Isa vincula a dos mujeres que no parecerían destinadas para ser amigas. Mitsuko es lo opuesto a lo que se esperaría de una tradicional joven japonesa, aunque en realidad es mestiza. Su físico de porcelana contrasta vivamente con su carácter endemoniado, su valemadrismo y su ausencia de escrúpulos para explotar su belleza exótica, que incluye un adorable defecto genético, una oreja malformada, y se dedica a la prostitución de alta gama que le brinda mayor libertad que el sugar daddy que la entrenó como a una suerte de geisha. Aunque en el fondo sigue siendo la indomable darketa de luctuoso lipstick, gafas oscuras y chaqueta de cuero que rehúye como la peste a la sensiblería. Se sabe realmente poco del pasado de Mitsuko, pero la autora posee la astucia para hacernos

sentir a la niña solitaria, acaso abandonada, que palpita bajo su bizarra estampa. Por otro lado, Luna María es una beata que, en disonancia con su alma atormentada y rezadora, se realiza una labioplastia que, contrario a lo esperable, no obedece a la vanidad y mucho menos al anhelo de placer, sino a algo que interpreto como martirio. La vida sexual de Luna María es más que pobre, sólo ha tenido un esposo del que no conserva ni el recuerdo de un orgasmo. Para completar el cuadro, es propietaria de una tienda de imágenes y souvenirs religiosos en el corazón de Puebla. Nunca se menciona su edad, pero seguro ronda la cuarentena. ¿Cómo se cruzan los caminos de dos mujeres tan antagónicas? Dicho por la propia Mitsuko: se considera más supersticiosa que religiosa, y como tal se consagra a la apóstola más fiel (pero negada) de Jesucristo, María Magdalena, y ello conduce sus tacones de plataforma al negocio de Luna María que, entre su mercancía más discreta, cuenta con efigies de la santa maldita que, jura, se le manifestó en su más bizarra expresión mientras se encontraba bajo los efectos de la anestesia. Luna María prácticamente re-crea a la santa, inspirada en aquella experiencia “mística”, otorgándole giros del arte de Doré. Ésa es la María Magdalena que ella adora y cuyo “culto” habrá de principiar con su joven y consentida clienta de ojos rasgados.

Novela breve en apariencia, Qué importa que Dios exista es un genuino universo donde deambulan otros personajes fascinantes, como el Tóner, tatuador que venera el cuerpo de Mitsuko como un lienzo, pero también como al de una santa, en su más profano significado; o Valeria, manzana de la discordia entre Luna María y Mitsuko, que comienza siendo “clienta” de ésta y

termina convertida en su stalker. Es la obsesión por Mitsuko la que conduce a Valeria a un espacio en el circunspecto culto a La Señora, encabezado por Luna María, al que sólo acceden mujeres que buscan alivio a sus tediosas vidas sexuales y a la conservadora sociedad que las devora a través de anacronismos.

Vale la pena destacar el implacable humor con que Isa desarrolla esta historia, sin por ello caer en la comicidad, más aún, manifiesta una gran sabiduría para ironizar a partir de las circunstancias más trágicas o turbias de sus personajes. No parece esforzarse demasiado para que éstos nos transmitan sentimientos o emociones. Bastan unas cuantas pinceladas para que, por ejemplo, empaticemos con la “chica mala” que es Mitsuko, o nos sobrecoja la ardiente obsesión de Valeria, de la que esperamos nos aseste un revés en cualquier instante. La escritura de Isa se percibe gozosa. Se la mira del otro lado del texto, frotándose las manos ante el rumbo que adquiere esa trama colmada de elementos que, en un escritor menos seguro, resaltarían como antagónicos. Aunque no sea propiamente una autora de horror, Isa González Bretón posee el temperamento de una: gusta de resaltar anomalías corporales y psicológicas, nos mantiene perpetuamente en vilo y, al final, nos deja con la sensación de “esto no me lo esperaba”, asumida con sonrisa de oreja a oreja.+

La santa tatuada

Qué importa que Dios exista
Isa González Bretón Nitro Press

Aprimera vista, una crónica política sobre Estados Unidos, un compendio de anécdotas futboleras, el diario íntimo de un emperador europeo en tierras mexicanas, una novela de la selva chaqueña y un libro para niños sobre el aburrimiento parecen no tener nada en común. Sin embargo, la literatura tiende puentes donde alguien con sentido común vería temas irreconciliables. Cada libro llega a la mesa con su propio universo, su propio idioma, y sin embargo algo los conecta en cuanto se los pone a convivir. El hilo conductor es la perplejidad productiva, la tensión entre quien mira y cómo lo ve, entre quien narra y lo que no alcanza a decir del todo. Los cinco libros de esta selección dejan al lector con la impresión de haber visto algo que antes no sabía que existía.

Cinco miradas sobre Estados Unidos. Mariana Enríquez (selección y presentación). Gris Tormenta

Reúne los textos de cinco escritores latinoamericanos que viajan, observan y reflexionan sobre la sociedad estadounidense desde una distancia crítica y a la vez fascinada. Cada voz aporta un ángulo distinto —político, cultural, cotidiano— y el resultado es un retrato coral que resiste las simplificaciones. El libro invita a pensar en qué significa mirar a un vecino tan poderoso sin perder la propia identidad en el intento.

Historias insólitas de los mundiales de fútbol. Luciano Wernicke. Booket

El libro reúne anécdotas hilarantes, récords y épicas hazañas que muestran el lado humano del más popular de los deportes: jugadores que se negaron a abandonar la cancha con un hueso fracturado o tras sufrir un infarto; un delantero que picó un penal en una final anteponiendo la belleza al resultado; y una pareja que se separó por discutir si Messi era mejor que Cristiano Ronaldo, y otra que se lanzó a un río lleno de cocodrilos para conseguir entradas para un partido.

Maximiliano y su diario de 1863. Aurelio de los Reyes García-Rojas. Seminario de Cultura Mexicana

La narrativa convencional sostiene que la llegada de Maximiliano de Habsburgo a México obedeció a la ambición de la archiduquesa Carlota y al engaño de la facción conservadora. No obstante, el análisis documental revela que su traslado fue producto de la presión ejercida por el

emperador Francisco José, quien consideraba a su hermano un riesgo político debido a su aceptación entre los movimientos separatistas de Polonia y Hungría. A este escenario se sumó la gestión diplomática de Leopoldo I de Bélgica, quien promovió la aceptación del trono mexicano tras la gestión de Maximiliano en Lombardía. Esta investigación se fundamenta en el archivo personal del archiduque y su diario de 1863, documentos que evidencian una preparación rigurosa y un conocimiento profundo de la realidad mexicana previo a su desembarco..

Eisejuaz. Sara Gallardo. Fiordo Editorial Eisejuaz narra la trayectoria de Lisandro Vega, un indígena mataco cuya existencia se ve marcada por una sucesión de conflictos: la hostilidad de su entorno, el fallecimiento de su cónyuge, la enfermedad y la erosión de la identidad cultural de su pueblo. El discurso del protagonista integra la retórica de las misiones cristianas con la cosmovisión de las comunidades de la región chaqueña. En este sistema de pensamiento, los elementos de la naturaleza operan como señales que anticipan tanto acontecimientos míticos como los efectos de la explotación económica en el territorio. Publicada por primera vez en 1971, tras el viaje de Sara Gallardo al Chaco salteño, esta novela es un referente de la literatura argentina.

Aburridísima. Izumi Suzuki. Consonni Ediciones

La obra de Izumi Suzuki explora los márgenes de la sociedad japonesa. En esta antología, la autora utiliza la ciencia ficción para examinar la deshumanización en contextos metropolitanos y espaciales. Los relatos presentan situaciones en las que la tecnología y los objetos cotidianos interactúan con la vida privada de las personas. Aburridísima aborda la resistencia ante el tedio existencial y las tensiones sociales desde una perspectiva que incorpora elementos del pensamiento feminista. La vigencia de sus planteamientos permite una lectura contemporánea sobre la alienación y el desarrollo tecnológico.

Danza

BALLET DE LA CIUDAD

DE SÃO PAULO

Música

CHRISTOPH URBANETZ

Viola da gamba

MILES DAVIS:

UN VIAJE ORQUESTAL

Orquesta de Jazz del Conservatorio

Giuseppe Verdi de Turín

Teatro

HILDEGARDA

Performance RODRIGO QUIAN QUIROGA

Y MARCELA CONTI

El tango de la memoria

Conferencias magistrales

ELAINE BEARER

Compositora y neurocientífica

MICHEL POULAIN

Pionero en estudios de longevidad

GAYLE CHONG KWAN

Artista visual

Aldea Aleph

80 ENCUENTROS

CIENTÍFICOS Y CULTURALES

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