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esde hace diecisiete años, marzo es un mes muy relevante para quienes hacemos esta revista por dos motivos. Por un lado, porque festejamos nuestro aniversario, el aniversario de un proyecto editorial que nació del deseo de compartir el amor por los libros y su poder transformador. Por otro, porque nos sumamos a la conmemoración del Día Internacional de la Mujer y, en esta ocasión, lo hacemos con una edición dedicada a la participación de las mujeres en el Siglo de las Luces.
Contrario a lo que podríamos pensar, que en la Ilustración sólo existieron Voltaire, Diderot, Kant o Rousseau, hubo muchas mujeres que hicieron posible la circulación e intercambio de ideas que promovían la razón, la igualdad y la educación para transformar la sociedad. Gracias a la financiación de Madame Geoffrin, por ejemplo, pudo ser publicada la primera Enciclopedia. Si volteamos a ver lo que sucedía en América, encontraremos que las acciones de las Hijas de la Libertad (como las reuniones de hilado, en las que producían telas caseras para ayudar a los colonos a reducir su dependencia de los productos británicos) resultaron fundamentales en la lucha por la independencia de Estados Unidos.
Al construir este número, también nos percatamos de la relevancia que tiene el hecho de que las mujeres pudieran firmar las obras de su creación. Como no eran consideradas ciudadanas con plenos derechos (recordemos la lucha de Olympe de Gouges), tampoco tenían protección sobre su propiedad intelectual. Por eso es importante indagar en la vida de quienes decidieron plasmar su nombre, como la pintora mexicana María Guadalupe Moncada y Berrio, una artista que, como pocas en el siglo XVIII, pudo firmar su trabajo; de ella nos cuenta más Magali T. Ortega en su Chismecito Literario.
En esta edición también nos acercamos a científicas que, literalmente, nos legaron nuevas maneras de observar el mundo. Entre ellas destaca Maria Sybilla Merian, considerada pionera de la entomología moderna por haber observado y descrito la metamorfosis de los insectos (antes de ella, este proceso se explicaba mediante la generación espontánea). Sobresale además la botánica Jane Colden, quien clasificó con maestría más de 300 especies de plantas en el valle del río Hudson.
Una de las mejores cosas de festejar un cumpleaños editorial es tener con quien intercambiar puntos de vista sobre libros, pero también sobre maneras de ser y estar en el mundo. En esta ocasión, protagonizan nuestras entrevistas Keiichiro Hirano, Nona Fernández, Nora de la Cruz, Lucía Moreno y Yuriko Kuronuma.
Sin embargo, el paso de los años nos va sembrando algunas ausencias, como la de nuestro querido coeditor Julio Trujillo, a quien recordamos en Sucedió en Gandhi. Siempre guardaremos la calidez e inteligencia de sus palabras para que éste no nos parezca un mundo tan desolado.

Gracias a todos quienes han sembrado sus palabras en este apasionante arte colaborativo que llega a ti mes a mes. No queremos que pases a la siguiente página sin saber que si nuestra labor tiene sentido es porque tú estás ahí, leyéndonos.
Con nuestro amor y gratitud, siempre,
Yara Vidal y todo el equipo editorial
Revista Lee+ de Librerías Gandhi
Editor responsable: Yara Beatriz Sánchez De La Barquera Vidal, Distribución: Librerías Gandhi, S.A. de C.V., Dirección: Calle Comunal No.7, Col. Agricola Chimalistac, C.P. 01050, Alcaldía Álvaro Obregón CDMX. Número de Reserva al Título ante el Instituto Nacional del Derecho de Autor: 04-2009-051820092500-102. Certificado de Licitud de Título No. 14505 y Certificado de Licitud de Contenido No. 12078 expedidos en la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Registro Postal EN TRÁMITE. Preprensa e impresión: Fotolitográfica Argo, Bolivar 838, Col. Postal. Alcaldía Benito Juárez, C.P. 03410, CDMX. Título incorporado en el Padrón Nacional de Medios Impresos de la Secretaría de Gobernación. Queda prohibida la reproducción parcial o total, directa e indirecta, por cualquier medio o procedimiento, del contenido de la presente obra, sin contar con la autorización previa, expresa y por escrito del editor, en términos de la
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Aura
Magali


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Rodrigo Morlesin
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La genealogía de la resistencia femenina encuentra uno de sus pilares más sólidos en la Inglaterra isabelina de finales del siglo XVI. En 1589, firmado por Jane Anger, se publicó el panfleto Jane Anger Her Protection for Women. Éste respondió con ingenio y firmeza a un texto misógino anónimo (posiblemente Hic Mulier o The Woman Hater, a veces atribuido a Joseph Swetnam), que atacaba a las mujeres y las tachaba de vanidosas, falsas y causantes de males. Anger (palabra inglesa que se traduce al español como “enojada”) fue una de las primeras mujeres que se atrevió a publicar una defensa pública y contundente de su sexo en la Inglaterra isabelina, usando la ironía y la lógica para desmontar los prejuicios de su tiempo. Su texto, breve, pero poderoso, se considera hoy un precursor del feminismo escrito.
Esta llama de independencia intelectual cobró una fuerza renovada a inicios del siglo XVIII, que atestiguó el trabajo de Mary Astell, una escritora y filósofa inglesa de familia anglicana de clase media alta con escasa educación formal. Su tío, Ralph Astell, la instruyó en filosofía clásica. Ya que no se casó, tras la muerte de su madre en 1688, se mudó a Chelsea, Londres, donde tuvo dificultades económicas como escritora, pero recibió apoyo de amigas, mecenas literarias e intelectuales, y del arzobispo de Canterbury, William Sancroft.
En su primer libro, A Serious Proposal to the Ladies (1694-1697), Astell propuso crear un “colegio” femenino para estudiar filosofía y ciencias, alejado del matrimonio y la vida doméstica, instituciones que criticó en Some Reflections upon Marriage (1700), texto en el que se preguntaba: “Si todos los hombres nacen libres, ¿cómo es que todas las mujeres nacen esclavas?”. Argumentaba que las mujeres se volvían esclavas por falta de preparación.
En 1709, Astell ayudó a fundar una escuela gratuita para niñas pobres en Chelsea. Sus aportes sobre la educación de las mujeres y la igualdad intelectual la posicionan como una precursora fundamental del pensamiento feminista moderno. Su obra influyó en pensadoras como Mary Wollstonecraft.
En el salón
A partir del siglo XVII, en Francia se consolidó un fenómeno cultural y político que redefiniría la influencia femenina: las salonnières, mujeres de la aristocracia y la alta burguesía que organizaban y dirigían tertulias intelectuales en sus residencias privadas.
El término se deriva del italiano salone, que significa “gran sala”. Estos salones ofrecían un espacio respetable en el que las mujeres podían manifestar su curiosidad intelectual; al principio se centraban en discusiones sobre obras literarias, pero, más adelante, ampliaron su alcance para incluir tanto a hombres como a mujeres en conversaciones sobre pensamiento político e ideas científicas.
Lejos de ser meras anfitrionas, las salonnières actuaban como mediadoras culturales y curadoras del pensamiento ilustrado, seleccionando a los invitados y ejerciendo un mecenazgo que permitió la difusión de ideas radicales. Una de las pioneras en establecer un salón en París en 1620 fue Catherine de Vivonne, marquesa de Rambouillet (1588–1665), cuya Chambre bleue (Sala azul), en el Hôtel de Rambouillet, se hizo famosa. Su éxito sentó un precedente e impulsó a otras mujeres a ejercer liderazgo intelectual y social como salonnières.
Ya en el siglo XVIII, los salones florecieron en toda Europa, incluso se abrió paso una variante de estos espacios: el salón científico. En este rubro destacan los organizados por Julie von Bondeli, en Berna, Suiza, y el de Henriette Herz, en Berlín, Alemania.
Figuras como Madame de Tencin y, más tarde, Madame Geoffrin ejercieron una labor de mediación intelectual sin precedentes. Además, financiaban proyectos editoriales (como la Encyclopédie) y protegían a los filósofos más radicales de la censura estatal. En estos espacios, las salonnières crearon un territorio neutral donde la aristocracia y la intelectualidad plebeya podían mezclarse bajo el mando


“Dios ha dado a las mujeres, al igual que a los hombres, almas inteligentes, ¿por qué habrían de prohibirles mejorarlas?”.
Mary
Astell en A Serious Proposal to the Ladies (Parte I, 1694)
de una mujer. Al convocar a debates sobre política, religión y ciencia, estas mujeres desafiaron la exclusión femenina de las instituciones académicas oficiales. Su influencia fue tal que los salones se convirtieron en escuelas de diplomacia y pensamiento crítico, donde la agudeza mental de la mujer era el motor que impulsaba el progreso de las ideas ilustradas en toda Europa.
En la década de 1780 florecieron sociedades de debate femeninas, entre ellas La Belle Assemblée, el Parlamento Femenino, los Debates de Carlisle House y el Congreso Femenino. En ellas, las mujeres podían atraer la atención pública y expresar sus opiniones.
Este modelo de soberanía intelectual francesa cruzó el canal de la Mancha e inspiró nuevas formas de organización. Hacia mediados del siglo XVIII, el activismo femenino se desplazó con fuerza hacia las esferas del pensamiento y la política.
Propósitos fundamentales de las reuniones
• Fomentar el debate en torno a la literatura y las artes.
• Ofrecer un entorno donde hombres y mujeres pudieran interactuar y conversar en pie de igualdad.
• Servir de red de apoyo para aquellas mujeres con aspiraciones de escribir y publicar sus trabajos.
• Promover un tipo de interacción social basada en el pensamiento crítico, lejos del ocio superficial.
En la década de 1750, en Gran Bretaña surgía la Sociedad Bluestocking. Este grupo informal de discusión encontró en Elizabeth Montagu (1718–1800) a su figura más influyente. Montagu fue una pensadora activa y una defensora de la red intelectual femenina. En 1769, publicó su An Essay on the Writings and Genius of Shakespeare, en el que defendió el valor del dramaturgo frente a críticos contemporáneos con una agudeza que reafirmó su autoridad literaria. Su legado y apoyo decidido a otras escritoras de su tiempo, quedó plasmado en una vasta red de correspondencia; se conservan alrededor de ocho mil cartas que dan testimonio de la infraestructura intelectual que ayudó a construir para las mujeres de su siglo.
La conquista de la esfera pública
Con el estallido de la Ilustración y el auge de las revoluciones que prometían sacudir los cimientos del viejo mundo, el discurso sobre los derechos naturales del hombre comenzó a dominar la esfera pública. Sin embargo, en este nuevo orden que se gestaba, la libertad parecía ser un privilegio masculino. Fue precisamente en este clima de contradicciones donde las voces femeninas pasaron de la crítica aislada a la exigencia sistemática. El fin del siglo XVIII consolidó la base teórica del feminismo moderno.
A lo largo de este periodo, las mujeres de ambos lados del Atlántico buscaron nuevas plataformas para integrarse en los diálogos intelectuales de su tiempo y evidenciar que su capacidad racional era igual a la de los hombres. En el Londres de 1780, esta necesidad de expresión dio paso a la creación de sociedades de debate exclusivamente femeninas o mixtas. Instituciones como La Belle Assemblée, el Parlamento Femenino, el Congreso Femenino y los debates de Carlisle House se convirtieron en escenarios públicos donde las mujeres, desafiando el silencio impuesto, expresaban sus opiniones con autoridad y atraían el interés de la sociedad.
En 1790, Judith Sargent Murray reafirmó la igualdad de la inteligencia femenina en tierras americanas. Un año después, en Francia, Olympe de Gouges redactó la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, en la que exigía una ciudadanía plena, mientras que en 1792, Mary Wollstonecraft publicaba su fundamental Vindicación de los derechos de la mujer, centrando el debate en la educación como la herramienta definitiva de emancipación.
Finalmente, el siglo XIX expandió estos horizontes hacia la educación comunitaria y la prensa. En 1830, en el norte de Nigeria, Nana Asma’u formó a las jaji, una red de educadoras itinerantes que transformó la vida de las mujeres en el Califato de Sokoto. Poco después, en 1832, Francia vio nacer La Tribune des femmes bajo la edición de Suzanne Voilquin, el primer periódico feminista de clase trabajadora, y consolidó así una voz colectiva que ya no sólo pedía igualdad, sino que se apropiaba de los medios para exigirla.+
Immanuel Kant, padre de la filosofía moderna, creador del “sujeto trascendental”, escribió que la Ilustración es la salida del “hombre” de su minoría de edad; es decir, de su incapacidad de “servirse de su propio entendimiento” sin la ayuda de alguien más. Vaya, en palabras llanas, la Ilustración para Kant supuso asumir el llamado a pensar por cuenta propia, a ser capaces de determinarnos a nosotras(os) mismas(os). Este reto, para sorpresa del “hombre ilustrado”, también fue tomado en serio por diversas mujeres que decidieron hacerse una voz y un pensamiento propio no necesariamente gracias a todas las condiciones de su tiempo —por lo menos no las jurídicas que les negaban el goce de derechos civiles arguyendo una supuesta inferioridad biológica en el ejercicio de la razón—, sino al encuentro de las fisuras, de las posibilidades marginales que, a pesar de todo, estos tiempos abrían para que las mujeres se hicieran, si no oír, sí leer. Veamos.
La época de la Ilustración, particularmente en Francia, desde donde situaré el relato de este artículo, se mueve en dos etapas históricas que, como tales, deben ser consideradas formaciones históricas radicalmente diferentes: el Antiguo Régimen y la época posterior a la Revolución Francesa —acontecimiento que genera esta disrupción histórica— que se compondrá por los tiempos de la República y, más tarde, el Imperio napoleónico. De manera muy esquemática, cuando se habla de Antiguo Régimen nos estamos refiriendo a un sistema político, social y económico que se desarrolló en Europa entre

los siglos XV y XVIII. Se caracterizó fundamentalmente por gobiernos monárquicos absolutos (es decir, en los que la voz del monarca era la voz no sólo dominante, sino única y definitiva), cuya sociedad estaba estructurada de manera estamental, es decir, por diversos grupos sociales claramente diferenciados y estratificados: la nobleza, el clero y el pueblo llano. En su última etapa, el Antiguo Régimen presentó monarquías a las que se denominó “ilustradas” ya que los gobernantes de ese mundo —ese que no tardaría en caer— se interesaron en el nuevo ideario e incluso lo adoptaron introduciendo algunas reformas dentro de sus propios gobiernos.
Es así que en esos últimos tiempos del Antiguo Régimen ya circulaban ideas ilustradas por todas partes, cuya arma y aspiración más importante sería la razón para confrontar el dogmatismo de tiempos premodernos. Entonces, se creía que la racionalidad —reunión de entendimiento y razón, dos facultades humanas superiores— garantizaría el paso a tiempos más promisorios para la humanidad, tiempos de libertad, igualdad (al menos civil) y fraternidad. Las supercherías y los abusos cometidos en nombre de una autoridad divinamente conferida quedarían, supuestamente, atrás por las garantías que estas nuevas luces traerían. Se creía, por ejemplo, que lo que se prefiguraba como ciencia haría a las personas más sabias y con los descubrimientos derivados de ella, la gente accedería a una vida más saludable y de bienestar, dando por descontado que la distribución de los beneficios de la ciencia y de la técnica no se dan en automático,

Además de codearse con personajes tales como Diderot, Voltaire y el mismo Benjamin Franklin, personajes claves de la Ilustración, Madame Geoffrin establecería un intenso intercambio epistolar con la zarina rusa Catalina la Grande, emperatriz de Rusia que utilizó el pensamiento ilustrado como herramienta de Estado.

1740


1789
10 de agosto. Louise de Kéralio lanza su periódico, Le Journal du Citoyen ou le Mercure National.

1737
es necesario poder acceder a esto a través de la justicia social distributiva que para aquellas épocas ni siquiera era un tema a discutir. O, por ejemplo, se asumía que el conocimiento académico haría a la gente más noble, omitiendo el hecho de que no es tan sólo la ignorancia la que nos hace incurrir en el mal, sino los problemas de carácter y la falta de conciencia crítica. Sin embargo, es importante decir que estas ideas, si bien serían útiles para desmantelar la atribución de un derecho divino para gobernar por parte de los monarcas, en un principio serían adoptadas por muchos de ellos paradójicamente como ya adelanté en párrafos anteriores. Asimismo, sería durante esta etapa, el Antiguo Régimen, cuando abundaría la experiencia de conversaciones movilizadas por estas nuevas ideas en los salones literarios promovidos particularmente por mujeres aristócratas, tales como la reconocida Madame Geoffrin, la anfitriona y gestora del salón más influyente de la Ilustración en París, desde donde financió la publicación de la Enciclopedia de Diderot y coordinó las redes de correspondencia entre intelectuales y monarcas europeos. En este tenor, cabe decir que estas anfitrionas no sólo eran destacadas y finas organizadoras de encuentros sociales, sino que eran partícipes activas de las conversaciones, permeadas por el influjo de tales encuentros con tan renombrados intelectuales, también habrían desarrollado una elaborada facilidad de palabra que sería identificada como un estilo preciosista del discurso. Por otro lado, en el extremo opuesto de la sociedad, las mujeres comerciantes de pescado, marchantas, también serían identificadas socialmente por su agilidad de palabra, aunque, por supuesto, asociadas también con un estilo tildado entonces de vulgar. Aunque el contraste entre estos dos sectores sociales femeninos parece insuperable compartían un rasgo: la habilidad para el despliegue oral y su desarrollo como arquetipos de la época que sabían hacer oír su voz. ¿Qué nos dice esto? De alguna manera, las mujeres no estaban silenciadas en el Antiguo Régimen, incluso gozaban de un cierto reconocimiento social, tanto que el mismísimo Jean-Jacques Rousseau se atribulaba tratando de explicarse de dónde provenía esta agilidad, esta facilidad retórica demoníaca que poseían las mujeres. Incluso llegó a postular una hilarante explicación biológica: ¡seguro tenían una lengua más flexible! (muero de risa).

1789
26 de agosto. Es promulgada la Decla- ración de los Derechos del Hombre y es declarada la libertad de prensa.
1791
Olympe de Gouges publica su Declaración de los Derechos de las Mujeres.
1790


1791 1 de octubre. Promulgación de la Constitución francesa, que excluía a las mujeres de la ciudadanía activa.

Grandes oradoras: un reconocimiento cubierto de desprecio
Pero pongamos todo en perspectiva, tampoco es que las mujeres fueran consideradas en toda su dignidad humana, no pequemos de ingenuidad. Por un lado, es cierto que al existir la posibilidad de tener libertad de expresión verbal habrían mostrado sus dotes para la oratoria, la más alta y la más popular. Pero, por otra parte, también es cierto que se estigmatizaba esta capacidad como o de demasiado afectada (la de las salonnières, gestoras culturales y políticas; nodos que conectaba el pensamiento de los filósofos con el poder de los monarcas) o de demasiado vulgar (la de las marchantas de pescado), en términos del argot actual, se les consideraba “buenas para el choro”, no así para la argumentación racional. Al final, el discurso noble, suficientemente sobrio y razonable era masculino y su espacio por supuesto que no era ni el salón ni el mercado sino la academia y los espacios institucionales donde se forjaban las leyes y se deliberaba en política formal.
1795

Pese a que, como señalé en las líneas precedentes, las mujeres gozaban de derecho a la voz viva, aunque con un cierto desprecio a sus capacidades para la oratoria, a partir de la revolución las cosas tomarían un giro que tampoco podría considerarse de triunfo y gloria para el género pero que, de manera astuta, sería apropiado por nuestras predecesoras.


A partir de la Revolución Francesa y con la instauración de la República, muchas cosas entrarían en un profundo proceso de transformación. En ese decurso se abrirían intensas discusiones que entrarían en la disputa por la fundación de un nuevo régimen político. Al mismo tiempo, se desataría una vigilancia intensa hacia los dichos en público con vistas a identificar las enemistades de la revolución. Concretamente, aquella vieja libertad de palabra que de alguna manera habían gozado las mujeres de la época se había esfumado y, más tarde, en tiempos del Imperio, incluso se habría promulgado un decreto de ley que sometería a las mujeres legalmente a la voluntad de sus maridos quienes eran considerados ciudadanos, mientras a ellas se les negaba ese derecho… en efecto, ¡viva la fraternidad!, puros hermanos, hermanas no.
¡Vaya horizonte sombrío!, aunque, ¡un momento! No tanto. ¿Por qué me atrevo a decir que no tanto? Porque, mientras sin duda en el campo jurídico y político las mujeres estaban siendo tan perseguidas que incluso, algunas de ellas como Olympe de Gouges perderían la cabeza por escribir en un panfleto una De-

claración de los derechos universales de la mujer (1791) parte de las apuestas de la Ilustración, como es el caso de la Enciclopedia y una serie de reformas políticas, habilitarían la democratización de la educación. ¿En qué redundaría lo anterior? En la alfabetización de muchos y, sobre todo, muchas que antes no lo estaban y en la configuración de grandes masas de personas lectoras y, por supuesto, en un nuevo y abundante campo de demanda para quienes tenían por oficio escribir. Sin embargo, es importante decir que no es que los ilustrados hubiesen consentido desde el inicio en su proyecto educativo la figura de las mujeres. En, por ejemplo, Emilio, o de la educación (1762), Rousseau hablaba de un ideal educativo que consistía en dar forma al “hombre natural” cuyas principales características serían la bondad, la libertad y la autonomía, es decir, un ser libre que adecuaría su comportamiento a su naturaleza auténtica y no a imposiciones de cualquier tipo… vaya, un hombre ilustrado capaz de hacer uso de su propio entendimiento. Todo esto suena promisorio, ¿o no? Pero lo que escapa es que Rousseau señalaba que esta educación era óptima para los
hombres, quienes poseían una facultad biológica para alcanzar este desarrollo, no así las mujeres que, para él, deberían atenerse a una educación propia de lo que él consideraba sus limitaciones y su destino también natural: la vida doméstica. No obstante, para sorpresa de Rousseau (y muchos otros más), las mujeres no sólo poseerían una lengua ágil y filosa, sino que, aprovechado las coyunturas de entonces, se habilitarían para la escritura y adquirirían una educación formal a la que antes no era ni tan fácil ni tan habitual acceder, colándose por la rendija de este proyecto revolucionario que insistía en excluirlas.




Este libro nos adentra en la primera vida de Madame de Staël, entre 1788 y 1803, época en la que desempeñó un papel fundamental en la escena pública y escribió casi todos sus textos políticos.

De un proyecto envenenado de patriarcado a un antídoto para la constitución de sí mismas: pensadoras por derecho propio
Las mujeres ilustradas serían la encarnación viva de este impulso. Por ejemplo, Madame de Staël, filósofa, mujer de letras y pensadora política, escribiría una gran cantidad de obras en una amplia diversidad de géneros literarios abarcando desde la novela hasta el tratado con una serie de características transversales a sus reflexiones: la afirmación de la individualidad (¿no les resuena acaso con el gran proyecto ilustrado de Kant?) y la pasión que, un siglo más tarde, sería motivo de toda una poderosa vertiente del pensamiento filosófico: el Romanticismo. Me parece, en lo personal, sumamente necesario destacar este último rasgo porque, a diferencia de los ilustrados varones, sería precisamente una mujer, reconocida hoy en día como una precursora del feminismo, la que reconocería que la sensibilidad tendría un papel fundamental en el impulso del pensamiento, en el alcance de la autonomía, y no meramente la fría y calculadora razón.
Sin duda, hay muchas más mujeres que reclaman su lugar en estas líneas, este texto llama a continuar con el despliegue y la difusión de sus historias. Es necesario honrarlas porque en un mundo que se presumía liberador universal y donde ellas encontraron censura, omisión jurídica e incluso denostación hasta biológica, estas mujeres supieron apropiarse

1843
Ada Lovelace redacta el primer algoritmo para la máquina analítica, sentando las bases de la computación.
1965
Se permite a las mujeres francesas publicar libros sin el permiso de sus maridos.

del patrimonio intelectual de la época y convertirlo en un botín propio, hackearon el proyecto moderno envenenado de patriarcado y supieron convertirlo en un antídoto con el que se apropiaron del derecho a constituirse a sí mismas, no sólo a difundir sus ideas a través de la escritura, sino a prefigurar su propio pensamiento, es decir, a llevar a cabo ese gran proyecto preconizado por Kant en ¿Qué es la ilustración? (1784): ser capaces de pensar por sí mismas, hacer uso de su propio entendimiento, ser mujeres ilustradas.+
1955
3 de julio. Las mujeres mexicanas acuden a las urnas por primera vez en una elección federal.
1900

1920
Las mujeres acceden al voto en Estados Unidos y se profesionaliza la figura de la bibliotecaria en el sistema Dewey.
1893
Gracias a las movilizaciones de Kate Sheppard, Nueva Zelanda se convierte en el primer país del mundo en garantizar el voto femenino universal.
Aura Rosalía Cruz Aburto es arquitecta por el Tecnológico de de Monterrey, maestra en diseño, filósofa y candidata a doctora en filosofía por la unam, aunque prefiere pensar que más bien es un híbrido entre arte, diseño y filosofía. Profesora en diversas instituciones e investigadora independiente. Cada vez que algo la inquieta, escribe, dibuja o borda.




La imprenta funcionó como un lugar donde la identidad femenina se materializaba en tinta y papel.
Más que aludir a los roles que social e históricamente se han asignado a las mujeres (como permanecer en el espacio doméstico, criar a los hijos, cuidar de la familia), cuando hablamos del papel de las mujeres nos referimos a su trabajo e influencia en la cultura impresa, ya sea como escritoras, dueñas de prensas, editoras, traductoras o tipógrafas.
En su libro The other enlightment (Princeton University Press, 2003), Carla Hesse plantea que, más que un proceso técnico, la entrada de las mujeres a la cultura impresa fue un acto deliberado de autocreación, pues mientras las leyes e instituciones del siglo XVIII intentaban confinar a las mujeres a lo doméstico o a la volatilidad de la cultura oral, la letra impresa les ofreció una tecnología de permanencia y una forma de propiedad intelectual.
Para Hesse, la producción editorial permitió que las mujeres dejaran de ser un objeto de discurso para convertirse en un sujeto de derecho de autor, utilizando el mercado editorial como un espacio de maniobra donde, a pesar de las restricciones civiles, podían ejercer una soberanía efectiva sobre su nombre y su trabajo. Así, la imprenta funcionó como un lugar donde la identidad femenina se materializaba en tinta y papel.
Las trayectorias que a continuación describimos de manera breve demuestran que las mujeres no fueron ayudantes accidentales, sino gestoras de capital cultural que operaron en los límites de la legalidad para asegurar la permanencia de su palabra impresa.

Elizabeth Harris (1602-1643)
En 1638, Elizabeth Harris se estableció en Cambridge, Massachusetts, tras la muerte de su esposo en un viaje desde Inglaterra. En las entonces colonias británicas, Harris puso en marcha la imprenta que había traído de Europa (no decimos que fue la primera porque ya en 1536 había llegado una prensa a Nueva España). Durante su gestión, Elizabeth imprimió varios documentos, incluyendo el Oath of a Freeman, escrito por John Winthrop, y el Bay Psalm Book, del cual se imprimieron mil setecientos ejemplares.
La imprenta, donada a la Universidad de Harvard, fue el antecedente de la Harvard University Press, una de las editoriales universitarias que se ha convertido en un referente en las publicaciones académicas.
Esta figura central de la tipografía valenciana y su esposo, el tipógrafo Joseph de Orga, abrieron su propia imprenta en Madrid, donde le dieron salida al diario Mercurio Histórico y Político, una influyente publicación periódica española de carácter político, militar y de noticias generales en España.
Cuando enviudó en 1757, asumió la dirección del taller familiar que tuvo que mudar a su Valencia natal debido a las deudas. Ahí enfocó su producción en obras que ahora podríamos catalogar como bestsellers: clásicos latinos, comedias teatrales de Pedro Calderón de la Barca, Lope de Vega, entre otros escritores que tuvieron gran popularidad en el siglo XVIII.
María Candelaria Rivera Calderón y Benavides (1722-1754)
Perteneciente a la dinastía Calderón-Benavides (una reconocida familia de impresores), María Rivera fue una de las impresoras más prominentes de la Nueva España. Firmó numerosos trabajos con su nombre de pila, en vez de usar el “viuda de”. En su taller, ubicado en Ciudad de México, produjo textos religiosos, gacetas y documentos administrativos. Gracias a su labor se consolidó el prestigio tipográfico de la familia Benavides-Calderón. En su taller que se imprimió la Gazeta, primer periódico mexicano que circuló entre 1732 y 1737.
A partir de 1732 (año en el que murió su sobrino Jacinto de Guerra), los impresos comenzaron a llevar su propio nombre, María de Rivera. Bajo su dirección, la imprenta se convirtió en un centro clave para la producción de literatura religiosa, publicaciones oficiales y periódicos.
De acuerdo con Luz Carmen Beltrán, el total de impresos de esta mujer fue de 73; las oraciones constituyeron el 30% de sus publicaciones y el 25%, sermones.
Empresaria y fundidora de tipos británica. En 1751 se casó con William Caslon II, hijo del fundador de la Caslon Type Foundry. Esta pareja suministró tipos Caslon a las colonias americanas; de hecho, cuando se imprimió por primera vez la Declaración de Independencia de los Estados Unidos en 1776, se utilizó un tipo Caslon.
Después de que su esposo falleció, en 1778, Elizabeth asumió la dirección de la empresa en una época de inestabilidad financiera y disputas legales por la herencia. Bajo su administración, la fundición llevó el nombre de Elizabeth Caslon and Sons.
En 1785, supervisó la publicación de un catálogo de especímenes tipográficos, A Specimen of Printing Types (un catálogo publicado por las fundiciones; en él se muestran los diferentes estilos, tamaños y variantes de letras disponibles para la impresión).

la Bahía) fue el primer libro impreso en inglés en América del Norte.

Mercurio Histórico y Político


Fundado en 1738, el Mercurio Histórico y Político fue una de las publicaciones periódicas más influyentes en el siglo XVIII español. Gazeta
La Gazeta de México está considerada como el primer periódico impreso en la Nueva España, en el siglo XVIII
Mary Katherine Goddard (1738-1816)
Fue una de las figuras técnicas más influyentes de la independencia de Estados Unidos. En 1774, asumió la dirección total del Maryland Journal and Baltimore Advertiser bajo el nombre de M. K. Goddard para evitar prejuicios de género. Bajo su mando, el periódico se convirtió en uno de los más rigurosos y constantes, sin fallar en una sola edición durante los años críticos de la guerra.
En 1775, fue nombrada Postmaster (jefa de correos) de Baltimore, lo que la convirtió en la primera mujer en ocupar un cargo público a nivel federal en las colonias americanas. En ese puesto permaneció catorce años.
En enero de 1777, el Congreso Continental le otorgó la responsabilidad técnica de imprimir la segunda versión oficial de la Declaración de Independencia, trabajo que, además, pudo firmar con su nombre.
Nacida en África occidental (probablemente en Senegal o Gambia), fue capturada y llevada a Boston a los 7 años en The Phillis, un barco que transportaba personas esclavizadas (del cual tomó su nombre). Fue vendida a la familia Wheatley, quienes, al notar su asombrosa inteligencia, le enseñaron a leer y escribir.
A diferencia de la mayoría de las personas esclavizadas, Phillis recibió una educación de élite. En pocos años dominó latín y griego.
Su talento parecía “imposible” ante la mentalidad racista de la época y por eso, en 1772, tuvo que defender su autoría ante un tribunal integrado por dieciocho hombres ilustres de Boston. No creían que una mujer negra pudiera escribir con tal elegancia. Luego de que los examinadores determinaron que ella había escrito esos poemas, Wheatley pudo publicar su libro.
En 1773 publicó Poems on Various Subjects, Religious and Moral en Londres, lo que la convirtió en la primera persona afroamericana y la segunda mujer en Estados Unidos en publicar un libro de poesía.
Margherita Paola Dall’Aglio (17581841)
Impresora y editora italiana de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Su esposo y socio, Giambattista Bodoni, creó la famosa tipografía Bodoni.
En 1814, obtuvo la patente imperial para ejercer la profesión de impresora, lo que le permitió operar la imprenta bajo su propio nombre y mantener los contratos con la corte.
Gracias a ella conocemos el Manuale Tipografico del Cavaliere Giambattista Bodoni, en cuyo prólogo se definen las cualidades que, según el tipógrafo, constituyen la belleza de un tipo de letra: uniformidad, nitidez, buen gusto y encanto. Además, completó las obras iniciadas por su marido, como Las fábulas, de La Fontaine, y las Oeuvres poeticiques del poeta y crítico francés Nicolas Boileau.

Mary Wollstonecraft (1759–1797)
Considerada una de las figuras fundadoras de los feminismos, Wollstonecraft desafió las convenciones sociales del siglo XVIII al exigir que las mujeres fueran tratadas como seres racionales y no como meros objetos decorativos.
Su Vindicación de los derechos de la mujer (1792) surgió en el contexto de la Revolución Francesa como una respuesta a Charles Maurice de Talleyrand-Périgord y a las teorías de Jean-Jacques Rousseau, quienes sugerían que las mujeres sólo debían recibir una educación orientada al servicio del hombre. Wollstonecraft argumentó que la supuesta inferioridad intelectual de las mujeres no era una condición biológica natural, sino una construcción social derivada de una educación deficiente. Sostuvo que tanto hombres como mujeres poseen la misma capacidad de raciocinio y, por ende, deben gozar de los mismos derechos ante la ley.
Mary murió trágicamente a los 38 años, pocos días después de dar a luz a su segunda hija, Mary Shelley (quien más tarde escribiría Frankenstein).
Luego de revisar las trayectorias de estas mujeres del siglo XVIII, surge la necesidad de desplazar la mirada y, además de detenernos en el contenido de los libros, preguntarnos por las condiciones materiales que los hicieron posibles. Así entenderemos que el trabajo de figuras como Elizabeth Caslon, María Rivera o Antonia Gómez de Orga permitió la continuidad de talleres, la evolución de la tipografía y la difusión de la prensa periódica en momentos de crisis dinástica o económica. Los casos de Mary Wollstonecraft y Phillis Wheatley añaden una dimensión crítica: la imprenta como herramienta de emancipación política. Mientras que las impresoras y fundidoras tomaban decisiones respecto al cómo se imprimía, las autoras desafiaban el qué se permitía pensar. En la intersección de estas labores —la técnica y la intelectual— encontramos otros puntos desde donde acercarnos al papel de las mujeres en la cultura impresa.+

Por Magali T. Ortega (@nenamounstro)

Mientras que en Europa las mujeres de la Ilustración brillaban, acá no nos quedábamos atrás aunque casi, porque María Guadalupe Moncada, I marquesa de San Román, entró por una nariz. Su historia es tan poderosa que no podíamos dejarla afuera en este periodo. Ella es la primera mujer documentada a la que se le consideró “artista”. Una mexicana nombrada Académica de Honor y Mérito y Directora Honoraria del departamento de pintura por parte de la Real Academia de San Carlos. Ahí nomás. Esta artista novohispana validó su existencia haciendo lo que pocas mujeres hicieron: firmar.
No sé si alguna vez han entrado al museo Foro Valparaíso (entre Isabel la Católica y Venustiano Carranza), ese edificio precioso del centro de la Ciudad de México. Si no lo han hecho, les recomiendo ir porque así estarán pisando el Palacio de los Condes de San Mateo de Valparaíso, la mismísima casa donde Guadalupe vivió, comió y durmió a finales del siglo XVIII. Hoy, ese palacio está convertido en un museo donde podemos encontrar varios Orozcos, varios Riveras, varios Dr. Atl, varios Toledos, Varos, Marías Izquierdos etcétera, etcétera.
Estoy segura de que una mujer como María Guadalupe accedió a las artes gracias a que su familia fue una de las más ricachonas del Virreinato. Su abuela, Ana María de la Campa-Cos, perteneció a la nobleza mexicana y fue muy exitosa gracias a que su papá le dejó un futuro económico asegurado cuando ella tenía sólo cuatro años. En ese entonces, las mujeres que tenían capital económico y social podían acceder a la educación, los libros, la música, tener maestros particulares y no dudamos que Guadalupe haya gozado de esos beneficios privados.
Las mujeres de su época sólo tenían dos caminos: o ser monjas o ser esposas. Guadalupe se casó. En ese tiempo, el analfabetismo estaba en números rojos, pero sí había escuelas para mujeres como el Colegio de Niñas o el Colegio de las Vizcaínas (el primero en tener una enseñanza laica). Por la posición social de Guadalupe podríamos imaginar que ella iba a misa, de compras y, sobre todo, asistía a una de las actividades más solicitadas por las mujeres en esa época: los paseos en la Alameda a la que no podías pasar si no eras de la nobleza y venías en carruaje. Ella era marquesa de San Roman.

Las mujeres también tenían permitido practicar sus habilidades artísticas y mostrarlas sólo privado. Si escribían, pintaban o tocaban algún instrumento, podían mostrar sus talentos frente a su familia, pero ¡ni dios quiera que salieran al mundo a que cualquier extraño las viera! Por eso, el hecho de que Doña Guadalupe se haya atrevido a firmar y mandar un cuadro es histórico.
No se tiene registro de si ella fue a la escuela y ahí le enseñaron las monjas, o si tuvo un maestro particular o si venía con ese don desde chiquita, pero lo que sí podemos imaginar es que pasaba mucho tiempo frente a su caballete y sus pinturas y, sobre todo, que ella era extraordinaria.
Guadalupe tuvo un impulso poco común: quería un lugar en la historia y hacer historia. Así que se atrevió a donar la Santísima Virgen de Guadalupe, un cuadro firmado por ella, a la Academia de San Carlos; además, pidió ser nombrada académica aun sabiendo que las mujeres no eran admitidas. Para sorpresa de todos el recibimiento del cuadro fue de puro diez, “hecha con todos los primores y reglas del arte que aprobaron estar perfecta”. La Academia la nombró Académica de Honor y Mérito y, más tarde, Directora Honoraria de la Sección Pintura. Como dice el dicho: tú pide, que el no ya lo tienes.
Muchos años después, se descubrió un autorretrato (fechado en 1810) y lo primero que se pensó es que, obviamente, lo había hecho un hombre, quizá Francisco de Goya (por el tipo de técnica) porque la firma no se ve. Pero, después de varios estudios, se confirmó que no, que fue ella solita con su manita. Quién sabe qué pasó con esta pintura que anduvo perdida muchos años en el otro continente. Fue hasta 2022 que la pusieron en subasta y el departamento de Patrimonio Artístico de Banamex la trajo de regreso. En 2023, por fin, pudimos ver una exposición llamada “Yo, María Guadalupe, pintora, vuelvo a casa” en el Foro Valparaíso. Otra de las pinturas que se le atribuyen a Moncada es La mujer del panadero, que está en el Museo Nacional de San Carlos.
Al firmar sus cuadros, Petra María de Guadalupe Tomasa de Moncada y Berrio estaba validando su existencia y, especialmente, estaba haciendo historia al no permitir que un señor o la historia se apropiaran de su talento.+

Durante siglos, el laboratorio y la cátedra universitaria fueron territorios vedados para las mujeres. Sin embargo, en los márgenes de la Ilustración, encontramos mujeres brillantes que desafiaron el orden establecido dominado por los varones. Desde las universidades de Italia hasta los valles de América, estas pioneras expandieron los límites de la física, la astronomía y la botánica. Ellas nos demostraron que el conocimiento no conoce fronteras de género. Para las mujeres de la Ilustración resultó crucial dejar el papel pasivo de musas para adoptar el de creadoras y agentes en la ciencia y las artes.


Émilie du Châtelet (Francia, 1706-1749)
Matemática, física y filósofa, una de las figuras más brillantes de la Ilustración francesa. Tradujo y comentó los Principia Mathematica de Newton al francés (con sus propias aportaciones originales sobre la conservación de la energía), publicó Institutions de Physique (1737). Su trabajo ayudó a difundir el newtonianismo en Francia.
Laura Bassi (Italia, 1711-1778)
Primera mujer en Europa en obtener un doctorado en Filoso fía Natural (ciencias) en la Universidad de Bolonia (1732) y la primera profesora universitaria de Física experimental en una institución pública. Dio clases públicas sobre mecánica, óptica y electricidad. Símbolo de la apertura (limitada) de la Ilustración italiana hacia las mujeres en la ciencia.




Maria Gaetana Agnesi (Italia, 1718-1799)

Matemática y filósofa, autora de Instituzioni analitiche ad uso della gioventú italiana (1748), el primer libro de texto completo sobre cálculo diferencial e integral escrito por una mujer. Fue nombrada profesora honoraria en la Universidad de Bolonia (1750) por el Papa Benedicto XIV, aunque nunca dio clases regulares. La curva Agnesi lleva el apellido de esta cientí fica en su honor.
Caroline Herschel (Alemania-Reino Unido, 1750-1848)
Astrónoma. Descubrió ocho cometas por su cuenta y fue asistente clave de su hermano William Herschel (descubridor de Urano).
Recibió una pensión real del rey Jorge III y fue la primera mujer miembro honoraria de la Royal As tronomical Society (1835). Representa la transición de la Ilustración al siglo XIX.


No podemos hablar de las científicas de la Ilustración sin mencionar a la matemática Sophie Germain (Francia, 1776-1831); ella trabajó en la teoría de números y elasticidad (aunque su mayor actividad fue a principios del siglo XIX). También destaca Mary Somerville (Escocia, 1780-1872), activa durante la Ilustración tardía, astrónoma y matemática, autora de On the Connexion of the Physical Sciences (1834).

También tenemos registros de mujeres inventoras y científicas durante el siglo XVIII y principios del XIX en América. En apariencia, hubo menos que en Europa, además sus carreras resultaron más difíciles que las de las europeas debido a las barreras coloniales, la falta de universidades accesibles y el machismo institucionalizado.
A continuación enlistamos una breve muestra.

Sor Juana Inés de la Cruz (Nueva España / México, 1648-1695)
Fue la intelectual más importante de la América colonial. Escribió sobre matemáticas, astronomía, música y filosofía, defendió el derecho de las mujeres a estudiar y cuestionó la autoridad masculina en su famosa Respuesta a Sor Filotea (1691). Aunque murió en 1695, su influencia fue enorme en hispanoamérica.
Jane Colden (Nueva York, colonia británica, 1724-1766)
Botánica estadounidense considerada una de las prime ras científicas profesionales de América del Norte. Cla sificó cientos de plantas nativas del valle del Hudson, escribió descripciones detalladas usando la nomenclatura ideada por el botánico Carl Linneo.

Martha Maxwell (Estados Unidos, 1831-1881)




Naturalista y taxidermista que creó los primeros dioramas de vida silvestre en Estados Unidos, pero su formación y actividad principal fue en el siglo XIX. Catalogó una amplia variedad de fauna silvestre de Colorado, una región del mundo entonces desconocida.
Ya en el siglo XIX, con las independencias en Latinoamérica, surgieron figuras femeninas que participaron en la vida política como Clorinda Matto de Turner (Perú, 1852-1909), intelectual clave; y Manuela Sáenz (Ecuador, 1797-1856), política y militar ecuatoriana prócer de la independencia hispanoamericana.
El éxito de estas mujeres dependió de circunstancias excepcionales (apoyo familiar, mecenas, universidades inusuales como Bolonia o salones intelectuales). Su legado fue reivindicado más tarde por historiadoras. Ahora nos corresponde seguir honrando su labor
Si yo fuera rey, repararía un abuso que, por así decirlo, reduce a la mitad de la humanidad. Haría que las mujeres participaran en todos los derechos humanos, especialmente los intelectuales. — Émilie Du Châtelet, Escritos filosóficos y científicos




¿Qué une la mirada de una primatóloga en Tanzania, la lente de una cineasta en el París del siglo XIX y las discusiones éticas de un grupo de filósofas en un Oxford sitiado por la guerra? La negativa rotunda a aceptar el “no” como respuesta y la capacidad de transformar la periferia en el centro de la conversación.
Desde la esperanza activa de Jane Goodall hasta la excentricidad como resistencia en el arte, esta selección nos invita a explorar títulos en los que el género se vuelve un punto de partida para cuestionarlo todo. Son historias de mujeres que tuvieron la audacia de inventarlo de nuevo.
El libro de la esperanza, de Jane Goodall (Océano, 2021)
Ésta es una guía de supervivencia para un mundo en crisis. A través de conversaciones íntimas, la naturalista más famosa del mundo nos explica por qué la esperanza no es un deseo pasivo, sino una fuerza real que requiere acción. Goodall nos recuerda que, a pesar del daño ambiental, el intelecto humano y la resiliencia de la naturaleza son razones suficientes para seguir luchando.
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Alice Guy, de Emmanuelle Gaume (Circe, 2025)
Un libro para hacerle justicia a la verdadera madre del cine. Emmanuelle Gaume reconstruye la fascinante vida de Alice Guy-Blaché, quien fue la primera persona en el mundo en dirigir una película de ficción. Esta biografía novelada nos lleva del París de la Belle Époque al nacimiento de Hollywood, al tiempo que rescata del olvido a la mujer que inventó la narrativa cinematográfica.

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Animales metafísicos, de Clare Mac Cumhaill y Rachael Wiseman (Anagrama, 2024)
En el Oxford de la Segunda Guerra Mundial, mientras los hombres estaban en el frente, cuatro mujeres revolucionaron la filosofía: Elizabeth Anscombe, Philippa Foot, Mary Midgley e Iris Murdoch. Este libro narra cómo este cuarteto brillante desafió el pensamiento seco de la época para devolverle a la filosofía su conexión con la vida, la ética y lo que significa ser humano.
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Mis pies tienen raíz, de Atenea Castillo y Cúmulo de Tesla (Océano Travesía, 2021)
Una joya visual y narrativa que celebra la vida de mujeres mexicanas que dejaron una huella profunda en nuestra tierra. A través de relatos breves y potentes, este libro nos enseña que la identidad y el éxito no están peleados con el origen; al contrario, es la raíz la que da la fuerza para crecer. Una lectura esencial para conectar con nuestra genealogía cultural.
Las extravagantes, de Victoria Combalía (Circe, 2025)
La historiadora Victoria Combalía nos invita a un recorrido por las vidas de artistas y musas que se negaron a ser convencionales. De Marina Abramovi a la Baronesa Dadá pasando por Vivian Maier, Leonor Fini, Maruja Mallo, la Marquesa Casati, Séraphine de Senlis, Tracey Emin o Yayoi Kusama, este libro explora a mujeres que utilizaron la extravagancia como una forma de libertad y resistencia en un mundo del arte dominado por hombres.

Pionera en ecología y entomología

Flowers, Butterflies and Insects
Dover Publications

En el siglo XVII, la ciencia sostenía que los insectos nacían por generación espontánea. Maria Sibylla Merian (1647-1717) desmintió esta teoría mediante la observación empírica y demostró que los insectos atraviesan un ciclo biológico definido.
Hija del grabador Matthias Merian, Maria se formó en el taller de su padrastro, Jacob Marrel, donde dominó el dibujo y el grabado en cobre. A diferencia de sus contemporáneos, que trabajaban con ejemplares disecados, Merian mantenía insectos vivos para registrar su ciclo completo.
En 1679 publicó Sobre la maravillosa transformación de las orugas, en el que categorizó 186 especies y las vinculó con su planta nutricia. Esta observación fue una de las primeras aproximaciones a la ecología moderna, al entender al insecto en relación con su entorno.
A los 52 años, financió con sus propios ahorros una expedición científica a Surinam. Durante dos años se internó en la selva para documentar especies en su hábitat. De esta experiencia nació su obra maestra, Metamorphosis insectorum Surinamensium (1705), que presentó sesenta láminas con especies desconocidas en Europa, como la tarántula pajarera.
El legado de Maria Sybilla Merian
• Crió orugas durante más de 50 años y registró todas las etapas de su trans formación.
• Fue la primera en ilustrar insectos junto a sus plantas huéspe des y depredadores.
• Al publicar en alemán, permitió que el conocimiento cien tífico saliera de los círculos académicos de élite, que se guían escribiendo en latín.
En Librerías Gandhi puedes encontrar los títulos phosis y Flowers, Butterflies and Insects.

Metamorphosis
Art Meets Science


Julio Trujillo (1969-2025) fue un gran amigo de Lee+ y un asiduo visitante de Librerías Gandhi. Quienes lo conocimos nos contagiamos de su generosidad, de su inteligencia. Aunque su ausencia nos duele, nos regocijamos con sus letras, con las que también abrazamos a todas las personas que, como nosotros, lo quieren y recuerdan. A poco más de un año de su muerte, traemos de vuelta estas palabras que dedicó a Librerías Gandhi.

Obligado referente de juventud: la Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo. Habitamos una ciudad de pocas librerías con novedades; tan grande ella y tan chiquita su oferta. Siempre estábamos ahí: yo, viendo a mis amigos “abstractos” (así les decía) jugar al ajedrez en el piso de arriba o buscando una conversación. Recuerdo un libro (todo es una huella): Tiempo de abrazar, de Onetti, comprado con emoción para abrir las páginas oliendo a nuevo, e instalarme en el parque de al lado para comenzar lo que en ese entonces fue para mí un ejercicio de lectura devoradora de muchos, muchos libros, solo, construyendo una vida mental atizada por los ejemplares de la Gandhi. Ahí conocí (pero él no lo recuerda) a David Huerta, en la presentación de un libro del gran Enrique Maza, alma de la revista Proceso. Tanto él, David, como ella, la librería Gandhi, fueron figuras tutelares de mis años de búsqueda, muy sureños, muy coyoacanenses, muy loquillos. Permanecen como una coordenada imborrable de mi buena y mala educación.

Boulevard. Antes de ella
Flor M. Salvador • Montena
La mitad de su edad
Jennette McCurdy • Stefano
El blues del fin del mundo
Etgar Keret • Sexto Piso
Brimstone
Callie Hart • Faeris | Hachette
Un amor de verano complicado
Ali Hazelwood • Hachette
El arte de gastar dinero
Morgan Housel • Paidós
Palabras de poder
Fer Broca • Océano Ámbar
La mentalidad del amor
Marianne Williamson • Diana
La invención de Sor Juana
Jorge Gutiérrez Reyna • Lumen
De Dios para ti Gia Moretti • Dejá Vú
El ejército iluminado
David Toscana • Alfaguara
La penúltima hora
Salman Rushdie • Random House
Los suicidas del fin del mundo
Leila Guerriero • Anagrama
Vuelan los cisnes salvajes
Jung Chang • Lumen Verlaine
Stefan Zweig • Acantilado


Arte
Carla Rippey
Carla Rippey • Trilce Ediciones
Horizonte
Pablo Rasgado • Sexto Piso
Arquitectas peligrosas
Pol Esteve Castelló • Puente Editores
Arte de la fantasía
S. Elizabeth • Ediciones Akal
Ladrones de arte
Ana Trigo • Ariel
Jóvenes
Almendra
Won-pyung Sohn • Océano Gran Travesía
El castillo ambulante
Diana Wynne Jones • Nocturna Ediciones
Catábasis
Rebecca F. Kuang • Ladolibro
Una maldita confusión
América Rodas • Ediciones Déjà Vu Galleta
Kim Sun Mi • Océano Gran Travesía
Niños
Dónde esconder una estrella
Oliver Jeffers • Fondo de Cultura Económica
Inventadinos
Dreams Art• Dreams Art
Harry Potter y la piedra filosofal (ed. limitada)
J. K. Rowling • Salamandra
Diario de Greg 1 (edición especial bañada en queso) - Un renacuajo
Jeff Kinney • Molino
Libro preescolar de fieltro Bluey
Novelty • Novelty

una guía para aprender a vivir sin químicos
Por Yara Vidal
Hablar de químicos tóxicos, consumo responsable y crisis ambiental suele provocar dos reacciones: negación o ansiedad. En Inteligencia natural (Aguilar, 2025), Lucía Moreno propone una tercera vía. Lejos del alarmismo, su libro funciona como una guía práctica para entender qué consumimos, por qué importa y cómo hacer cambios posibles desde la vida cotidiana. En esta conversación, la autora (comunicóloga, divulgadora y creadora del proyecto Verde a la Mexicana) reflexiona sobre el origen de su despertar ecológico y la urgencia de formar consumidores informados.
El punto de quiebre llegó en 2006, cuando Moreno vivía en California. “Fue un año bisagra”, recuerda. Documentales, libros y debates públicos comenzaron a cuestionar lo que parecía normal: la industria alimentaria, los productos de limpieza, la forma en que se trataba a los animales. “Ya sabíamos contar calorías o leer etiquetas, pero no entendíamos lo que había detrás de los productos que usábamos todos los días”.
Ese descubrimiento no fue inmediato ni cómodo. Cuando volvió a México, comenzó a compartir lo que aprendía con amigos y familiares. La reacción fue de incredulidad. “Me decían que estaba exagerando, que me había vuelto rara”. Hoy, muchas de esas ideas forman parte del discurso cotidiano, pero en ese momento sonaban radicales. De ahí nació su vocación como divulgadora.
El regreso también tuvo consecuencias prácticas. Moreno se dio cuenta de que en México casi no había opciones accesibles de productos libres de químicos tóxicos. “No era fácil encontrar alternativas al alcance de la mano”, explica. Así nació Immi, su propia línea de productos, creada para ofrecer opciones más seguras para el hogar; parte de sus ganancias a apoyar a personas con cáncer y pacientes oncológicos de escasos recursos. Este marzo, la marca cumplirá doce años de la marca cumplirá 12 años de existencia. Más que un emprendimiento, Immi se convirtió en una extensión concreta de su activismo: consumir distinto también podía traducirse en impacto social.
Moreno decidió dedicar su trabajo a crear consumidores ecoinformados. “Nuestro dinero es un voto”, explica. “Cada compra castiga o premia a una marca”. Por eso advierte sobre el greenwashing, esas estrategias de

marketing que simulan conciencia ambiental sin cambios reales.
Uno de los ejes de su libro son los disruptores endocrinos: más de dos mil químicos presentes en productos de uso diario que alteran el sistema hormonal. “No es teoría, es ciencia conocida desde hace décadas”, señala. Estos compuestos están en plásticos, cosméticos, detergentes e incluso en el papel térmico de los tickets de compra. “Las mujeres somos especialmente vulnerables porque almacenamos más químicos en la grasa corporal”.
El libro ofrece alternativas accesibles: desde volver a ingredientes básicos como vinagre y bicarbonato hasta apoyar marcas mexicanas comprometidas con la salud y el medio ambiente.
La reflexión se extiende al hogar como una tercera piel. Pasamos cada vez más tiempo en interiores, inhalando polvo cargado de químicos como los retardantes de fuego presentes en muebles y dispositivos electrónicos. “No se trata de obsesionarse, pero sí de ventilar, aspirar con filtros adecuados y entender qué respiramos”.
Otro tema central es el impacto del consumo en animales y mascotas. “Los perros tienen más cáncer que los humanos”, señala. Desde croquetas ultraprocesadas hasta insecticidas domésticos, la exposición constante también los enferma. Cuidarlos implica revisar lo que usamos en casa.
Inteligencia natural no promete pureza ni soluciones mágicas. Propone información clara, decisiones graduales y una relación más consciente con el consumo. “Salir de la inercia”, resume Moreno. “Cuestionar lo que siempre hicimos”.+
¿Por qué puede interesarte
Inteligencia natural?
Porque es una guía práctica para entender el impacto real de los productos que usamos todos los días. No culpa ni asusta: acompaña. Ideal para quienes quieren hacer cambios posibles sin caer en extremos.

Lucía Moreno es comunicóloga, divulgadora ambiental y creadora del proyecto Verde a la Mexicana, con el que promueve consumo responsable desde hace casi dos décadas. Inteligencia natural es su libro más reciente y está disponible en formato impreso, digital y audiolibro.

Inteligencia natural
Lucía Moreno Aguilar



Hablar del cuerpo nunca es sencillo, sobre todo cuando ese cuerpo es femenino, vulnerable y observado. En Duerme, cicatriz (Tusquets, 2025), la escritora mexicana Nora de la Cruz parte de una experiencia quirúrgica para construir una novela que explora la memoria corporal, la adolescencia, la familia y las expectativas que moldean la feminidad. En esta conversación, la autora reflexiona sobre su proceso de escritura, las decisiones formales del libro y el uso del humor como una herramienta narrativa y política.
La estructura de la novela se sostiene en dos tiempos que avanzan en paralelo. Por un lado, el presente de una cirugía contado casi como una crónica: llegar al hospital, registrarse, esperar. Por el otro, una memoria que va y viene entre la adolescencia y la adultez, a veces dentro de una misma página. “Confié mucho en que el lector me iba a seguir”, explica De la Cruz. “Porque así funciona la memoria: no es lineal ni ordenada”.
El libro fue pensado durante cuatro años. Antes de escribir, la autora se dedicó a reunir estímulos: lecturas, películas, música. “Leí textos que sentía cercanos, vi Lady Bird, Frances Ha, escuché discos. Estaba buscando cómo recordar con el cuerpo”. Ese ejercicio la llevó a recuperar experiencias que hoy pueden resultar incómodas o vergonzosas, pero que funcionan como detonadores inmediatos del recuerdo. “El cringe te regresa de golpe a quien eras”, dice.
La música ocupa un lugar central, en particular Nirvana. No como nostalgia, sino como marca generacional. “Fue un momento de descubrimiento en muchos niveles”, señala. Kurt Cobain aparece como una figura enigmática, un “héroe triste” que condensó preguntas colectivas. Canciones como “All Apologies”, repetidas una y otra vez en la televisión, quedaron grabadas en la memoria y se integran a la novela como textura emocional. Cuando la autora tuvo claro qué quería contar, llegó el momento de ordenar. “Trabajo con mapas”, explica. “El tiempo que avanza es el de la cirugía, ése es el presente. A partir de ahí, pequeñas señales del cuerpo —un
olor, un sonido, una molestia— me llevan al pasado”. Para De la Cruz, el cuerpo es una herramienta narrativa fundamental porque es también el lugar donde se aloja la memoria.
Uno de los elementos más comentados del libro es su humor. Un humor preciso, a veces negro, que convive con temas duros sin restarles gravedad. “Quería decir que el molde de la feminidad es una trampa: si sales, te rechaza; si encajas, entras en una servidumbre que no termina”. Pero no quería escribir una tragedia. “Si lo hacía, singularizaba la experiencia. El humor la vuelve compartida”.
Para la escritora, la risa es una forma de entendimiento. “Si te ríes, estás comprendiendo lo que te digo”. Además, el humor apareció como algo natural en su escritura, confirmado por la lectura de sus libros anteriores. “Los lectores me señalaron dos constantes: el cuerpo y los sentidos, y el humor. Ahí entendí que ésa era una forma de narrar que les llegaba”.
Hubo momentos difíciles durante el proceso, sobre todo por una cuestión ética. “No quería herir a nadie ni trivializar experiencias reales”. En esos bloqueos, encontró apoyo inesperado en la comedia. “Ver especiales de Ali Wong me ayudó mucho. Me recordó que se puede decir todo si sabes cómo”.
La oralidad que atraviesa Duerme, cicatriz tampoco es casual. “Está muy buscada”, confiesa. “Quería que se sintiera como una conversación”. El resultado es una novela ágil, corporal y cercana.+
¿Por qué puede interesarte Duerme, cicatriz?
Porque no es sólo una novela sobre una experiencia médica, sino sobre la memoria, el cuerpo y las exigencias que pesan sobre las mujeres. Combina reflexión política, humor y sensibilidad sin perder claridad ni ritmo.

Nora de la Cruz es escritora mexicana. Su obra explora el cuerpo, la memoria y la experiencia femenina. Duerme, cicatriz consolida una voz narrativa propia dentro de la literatura mexicana contemporánea.

Duerme, cicatriz

Por Alejandra Gotóo
La historia no se termina cuando los titulares se apagan. Sigue moviéndose, subterránea, en las mentes que no olvidan. Nona Fernández lo sabe y lo escribe. En Marciano (Random House, 2025), regresa a esa zona de cruce entre lo íntimo y lo político, donde la ficción se erige como instrumento privilegiado para acceder a lo que la historia oficial, rígida y parcial, no alcanza a abarcar.
El libro surge de cuatro años de conversaciones con Mauricio Hernández Norambuena, exmiembro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, conocido como comandante Ramiro: figura clave en la resistencia armada contra la dictadura de Pinochet, involucrado en el atentado de 1986, fugas espectaculares y largas condenas en Chile y Brasil. Sin embargo, Fernández rechaza etiquetarlo como testimonio, crónica o biografía. “Es un material literario”, afirma. Esa distinción es decisiva. El archivo histórico tiende a ser estático, cerrado, opaco; la ficción, en cambio, abre grietas, permite al lector transitar por la experiencia, habitar sus silencios, ambigüedades y contradicciones.
Para la autora, recurrir a la ficción no equivale a falsificar la realidad, sino a hacerla respirable y cercana. “La literatura me permite volver estos materiales más ligeros, más abiertos”, explica. Así, Marciano no impone una verdad monolítica: crea un campo donde múltiples versiones coexisten en tensión productiva. Uno de los núcleos más intensos del libro es el confinamiento. Fernández no aborda a Mauricio desde la épica revolucionaria ni des-
de el juicio moral, sino desde la textura concreta del encierro: qué le sucede a la mente cuando el tiempo se desordena, cuando recuerdos, fantasías y presente colisionan en un mismo plano. “Es como habitar una burbuja”, dice. En esa esfera aislada, los muertos permanecen vivos y la imaginación se transforma en resistencia sutil pero tenaz.
La autora confiesa su sorpresa al descubrir las referencias literarias de Mauricio: lecturas que desbarataron los prejuicios que ella misma cargaba. Desmontar esas certezas fue parte esencial del proceso creativo. La novela extiende esa invitación al lector: mirar más allá de las narrativas preconcebidas, cuestionar las imágenes fijas.
La música, por su parte, actúa como potente detonador de memoria. En una escena clave, Mauricio escucha una canción desde su celda tras años de silencio auditivo. Por un instante, duda si es real o sueño. Esa melodía estaba atada a un amor pasado. Para Fernández, el episodio revela una verdad profunda: aun en el aislamiento más absoluto, la memoria afectiva resiste.
Marciano es también el relato de una mirada en metamorfosis. Conviven en sus páginas la escritora adulta y la niña que creció bajo la dictadura chilena. “Me alimento de esa niña”, reconoce Fernández. La escritura se convierte en puente entre pasado personal y colectivo, en espacio donde ambas voces dialogan sin borrarse mutuamente.
El proceso no estuvo exento de fricciones: desacuerdos, silencios, preguntas sin cierre. Lejos de eludirlas, la autora las incorporó como materia viva del libro. La conversación, incluso en el disentimiento, se revela como vía de comprensión genuina: no para resolver la historia, sino para habitarla con mayor densidad.
En última instancia, Marciano no pretende explicar ni justificar. Despoja al personaje del pedestal mítico y lo devuelve a su humanidad vulnerable, atravesada por el tiempo, el miedo, el amor y la imaginación.+
Ve la entrevista en mascultura.mx

Nona Fernández (Santiago de Chile, 1971) es escritora, actriz y guionista. Su obra indaga en la memoria histórica, con foco en las cicatrices de la dictadura chilena en la esfera íntima. Autora de títulos como Mapocho, Space Invaders, La dimensión desconocida y Voyager, ha sido traducida a varios idiomas y galardonada con premios como el Sor Juana Inés de la Cruz. Su literatura no fija el pasado: lo mantiene en ebullición, recordándonos que la memoria es, siempre, una forma activa de imaginación.

Porque explora con audacia los límites entre memoria, historia y ficción. Porque demuestra cómo la literatura humaniza lo que el archivo aleja y enfría. Y porque nos convoca a mirar sin certezas los rincones más intrincados de nuestra historia reciente latinoamericana.
Marciano
Nona Fernández
Random House

El semáforo ni siquiera había cambiado oficialmente a verde en la intersección de la Diecisiete con Broadway cuando un ejército de taxis amarillos demasiado confiados pasó rugiendo junto a una minúscula trampa mortal que yo intentaba sortear por las calles de la ciudad. Embrague, acelerador, cambio de marcha (¿de punto muerto a primera? ¿O de primera a segunda?), soltar embrague… No paraba de repetirlo en mi mente, un mantra que apenas aplacaba mis nervios y mucho menos ofrecía orientación, en medio del tráfico chirriante del mediodía. El coche dio un par de sacudidas violentas antes de lanzarse a trompicones por la intersección. Sentí que me daba un vuelco el corazón. Sin previo aviso, el movimiento irregular se estabilizó y empecé a acelerar. A toda mecha. Bajé la vista para asegurarme visualmente de que solo estaba en segunda, pero la parte trasera de un taxi se veía tan descomunal en el parabrisas que no me quedó más remedio que pisar el freno con tal fuerza que el tacón se me rompió. ¡Mierda! Otro par de zapatos de setecientos dólares sacrificado en el altar de mi nula e irremediable falta de gracia cuando estoy bajo presión… y con estos, la cuenta ascendía al tercer par destrozado del mes. Casi fue un alivio cuando se me caló el coche (sí, claramente había olvidado pisar el embrague al frenar para salvar mi vida). Tuve unos segundos, unos preciosos segundos de paz, si una pudiera ignorar los pitidos cabreados y las diversas versiones de «imbécil» que me venían de todas partes, para poder quitarme los Manolo y lanzarlos al asiento del copiloto. No tenía dónde secarme el sudor de las manos, a excepción de mis pantalones de ante de Gucci, que se ceñían tantísimo a las caderas y los muslos que apenas unos instantes después de abrochar el último botón ya me
habían empezado a hormiguear. Los dedos dejaron unas rayas húmedas sobre el suave ante que envolvía la parte superior de mis ahora entumecidos muslos. Me resultaba imposible conducir este descapotable de 84 000 dólares a través de las calles atiborradas de obstáculos a la hora de comer sin fumarme un cigarro.
—¡Joder, muévase, señora! —gritó un conductor moreno cuyo vello del pecho amenazaba con tragarse la camiseta de tirantes que llevaba—. ¿Qué te crees que es esto? ¿Una puta autoescuela? ¡Apártate! Levanté una mano temblorosa para sacarle el dedo y volví a concentrarme en lo que me traía entre manos: conseguir que la nicotina fluyera por mis venas lo más rápido posible. Volvía a tener las manos húmedas por el sudor, prueba de ello eran las cerillas que no paraban de caerse al suelo. El semáforo se puso en verde justo cuando conseguí prender el cigarro. No me quedó otra opción que dejarlo entre los labios mientras lidiaba con los enrevesados movimientos de embrague, acelerador, cambio de marcha (¿de punto muerto a primera? ¿O de primera a segunda?), soltar embrague… el humo entraba y salía de mi boca con cada respiración. Solo tuve que conducir tres manzanas más antes que el coche se moviera con la suficiente suavidad como para poder quitarme el cigarrillo, pero ya era demasiado tarde: la larga y precaria línea de ceniza se las había arreglado para llegar a la mancha de sudor de mis pantalones. Genial. Pero antes de poder pensar en eso, si tenía en cuenta los Manolo, me acababa de cargar unos productos por un valor de
3 100 dólares en menos de tres minutos. El teléfono empezó a tronar. Y como si la mismísima sustancia de la vida no fuera lo bastante miserable en ese preciso instante, el identificador de llamadas confirmó mi peor pesadilla: era Ella. Miranda Priestly. Mi jefa.
—¡An-dre-aaa! ¡An-dre-aaa! ¿Me oyes, An-dre-aaa? —trinó en cuanto abrí mi Motorola, toda una proeza, teniendo en cuenta que tanto mis pies (descalzos) y mis manos ya estaban bregando con varias obligaciones. Encajé el teléfono entre la oreja y el hombro y lancé el cigarrillo por la ventanilla, al que le faltó muy poco para aterrizar sobre un mensajero que iba en bici. Vociferó unos cuantos «que te jodan» nada creativos antes de perderse en el tráfico.
—Sí, Miranda. Hola, te oigo perfectamente.
— An-dre-aaa, ¿dónde está mi coche? ¿Ya lo dejaste en el garaje?
Por suerte, el siguiente semáforo se puso en rojo y tenía pinta de que iba a ser de los que duraban un buen rato. El coche frenó en seco sin atropellar a nadie ni nada, y dejé escapar un suspiro de alivio.



Por Rodrigo Morlesin
Yuriko Kuronuma tiene 85 años. Su primer recuerdo se remonta a los cinco años de edad y está marcado por la Segunda Guerra Mundial. Es considerada una leyenda viva tanto en Japón como en México, así lo demuestran las múltiples condecoraciones que le han otorgado, como El Águila Azteca (México), La Orden del Sol Naciente (Japón) y la Medalla Mozart, entre muchas otras. Con violín en mano, su pasión por la música ha recorrido el mundo no sólo para hacer música, sino también para conocer las múltiples realidades a las que no ha sido indiferente.
En su faceta como escritora, con tres libros infantiles bajo el brazo, visita México y se toma un momento para platicar.
Rodrigo Morlesin: ¡Konnichiwa! ¿Cómo está?
Yuriko Kuronuma: Estoy muy bien, ¡gracias! Tengo ya ochenta y cinco años ¡y no puedo creerlo! Nací en 1940, por eso en 1945, cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, tenía cinco años. Así que mi recuerdo más lejano comienza desde el 25 de mayo de 1945, cuando tuve que huir, en la espalda de mi madre, del bombardeo de los Estados Unidos.
(RM): ¿Dónde vivía en ese momento?
(YK): En Tokio, la ciudad capital de Japón. Mi madre gritó: “¡Yuriko, rápido, rápido, ven para acá!”, porque ya se escuchaba una sirena avisando que los aviones estadounidenses se acercaban. Mi madre me ató a su espalda y salimos
corriendo de la casa; mucha gente corría de izquierda a derecha, porque allí había un templo budista y también había un panteón, eso significaba que había espacio para las personas, pero mi padre gritó: “No a la derecha, vamos a la izquierda”, desde entonces soy de izquierda. Je, je, je…
Todos los que fueron a la derecha, todos, murieron por el bombardeo estadounidense porque fue en el cementerio donde no hay techo, no hay pared, nada. Las bombas pequeñas de fuego caían como lluvia o como nieve y todos murieron, pero gracias a mi padre que nos dijo “Vamos a la izquierda” ahorita estoy aquí contigo.
Cuando mi madre salió de la casa, vio una cubeta de lámina y me la puso en la cabeza. Entonces no pude ver nada, pero cuando mis padres cruzaron el camino grande (o la carretera), alcé un poquito la cubeta y lo que vi fue un río de fuego: las casas de madera, la ropa, mesas y todo estaba flotando y ardiendo.
Poco antes, el 10 de marzo de 1945, ya habían bombardeado la zona comercial de Tokio, que quedó toda en cenizas. Todos pensamos que con eso era ya suficiente, pero regresaron el 25 de mayo a la zona residencial donde la mayoría de gente vivía.
(RM): ¿Y cómo pasó de ser una renombrada violinista a la literatura infantil?
(YK): Mi padre, como amateur, tocaba el violonchelo. Y su maestro era el hermano menor de Shin’ichi Suzuki, el famoso inventor del método Suzuki, quien, después de la guerra, abrió una
gran escuela de violín para niños en Japón. Mi papá no pudo aguantar sin meter a su hija, que fui yo, para que aprendiera.
Antes de la guerra, mi papá y sus hermanos tenían un cuarteto y el segundo violín del Cuarteto Suzuki hizo una fábrica de violines pequeños para niños. Ésa fue la primera fábrica en el mundo en hacer violines pequeños.
Los violines de 4/4 (tamaño entero) son para adultos; los niños podían tocarlos a partir de los doce o trece años, pero un niño de cuatro o cinco años no podía tocarlo. Debido a ello antes todos los niños comenzaban a tocar el violín a los doce o trece años, demasiado tarde para aprender bien. Por eso el método Suzuki en Japón se enfoca en niños pequeños. Eso mismo implementé con mi academia en México. Lo que hice también sorprendió a la gente mexicana. En la Academia Yuriko Kuronuma, A. C., los niños de cuatro o cinco años comenzaban a tocar con los violines para niños que traía de Japón, y también había tiendas que los vendían y los importaban desde Japón.
En México, en 1994, vino la devaluación del peso y el gobierno nos prohibió importar violines porque eran artículos de lujo según ellos.
“Pero ¿cómo le hago?”, pensé. Un niño no puede andar con zapatos pequeños cuando sus pies crecen y tampoco puede caminar con los zapatos de su padre porque se caería… El violín también debe ser más grande
En esa época yo fui de gira a Japón y le dije a la prensa que estábamos buscando donaciones de violines chicos para niños mexicanos, por si alguien había guardado o abandonado uno, y dimos la dirección de casa de mi mamá.
¡No podía creerlo! ¡Recibimos ciento siete violines! Fue una donación del pueblo de Japón al pueblo de México. Nos sentimos muy agradecidos por tantos donantes de violines japoneses a los niños mexicanos. ¿Cómo podíamos pagarles? No había manera.
Entonces se me ocurrió ir a Japón y realizar una serie de conciertos con los violines donados como muestra de agradecimiento. Hicimos la gira “Boku no Violin Arigato” / “Gracias por mi violín”.
Mi mamá conservaba todos los datos de los donantes de violines, entonces los llamamos e hicimos un
concierto en Tokio, como una orquesta integrada por doce niños mexicanos y ciento veinte japoneses. Realizamos conciertos de la amistad México-Japón en varias ciudades y los repetimos cuatro veces en Japón; después los niños japoneses donantes vinieron a México para tocar en la Sala Nezahualcóyotl, en Ciudad de México y en varias ciudades.
Y así surgió la amistad México-Japón, a través de los violines. La música cruza el océano
Pacífico y une a Japón con México, lo cual resulta asombroso porque eso lleva a otro tema que está oculto entre las palabras: la cultura de la paz. A partir de las donaciones y de los conciertos nos preguntamos cómo es que la música puede dar paz.
RM:¿O la literatura?
(YK): Ahí es donde está oculto el cómo. La paz se puede lograr a través del arte y de los niños. Pero la verdad es que la guerra puede sucederle a cualquiera en cualquier momento.
Los niños no pueden imaginarlo, por eso creo que sería importante hacer... Pero hay otras violencias que estamos viviendo.
RM: ¿Y así es como surge la idea de sus libros infantiles?
(YK): Sí, por eso la colección se llama Despierta Paz y la integran tres libros. El primero, ¿Qué sabes de los dedos? (Gratia Ediciones, 2025) tiene que ver con la relación entre las personas; el segundo, ¡Gracias señora Lluvia y señor Agua! (Gratia Ediciones, 2025), trata del cuidado del planeta, y ¿Caminarista o alpinistas? (Gratia Ediciones, 2025) habla sobre cumplir tus sueños mientras estás acompañado.
Estoy ya decepcionada totalmente de los adultos. Si matas a una persona, terminas en la cárcel, pero si matas miles, es una victoria. Eso es lo que hacen los adultos, por eso escribí para niños, porque ellos no saben hacer guerra y es más fácil que comprendan la paz, la generosidad y la gratitud.+
¡Vivan las niñas y los niños!
Ve la entrevista en mascultura.mx



Los libros de Yuriko Kuronuma, publicados por Gratia Ediciones, los encuentras en Librerías Gandhi.
Algunas novelas se construyen sobre certezas; otras, más inquietantes, nacen de la duda y se sostienen en ella. Cierto hombre (Hachette Literatura, 2025) pertenece claramente a esta segunda estirpe. Keiichiro Hirano parte de una premisa perturbadora: el pasado no es un territorio fijo ni un archivo estable, sino una materia frágil que se reconfigura cada vez que cambia nuestra mirada.
Esta intuición no surge de la nada. Antes de escribir Cierto hombre, Hirano ya había explorado en Machine no Owari ni la idea de un pasado mutable. No porque los hechos se alteren, sino porque su sentido se reescribe con el tiempo. Al crecer, nuestra percepción se transforma, la sensibilidad se afina y lo vivido adquiere nuevos contornos. Para Hirano, es el futuro (no el recuerdo) el que posee la capacidad real de modificar el pasado.
El núcleo más oscuro de la novela gira en torno al crimen y sus consecuencias. Japón conserva la pena de muerte y Hirano, involucrado en el movimiento abolicionista, ha tenido contacto directo con personas vinculadas a delitos graves. Allí descubrió una asimetría brutal: mientras las familias de las víctimas pueden expresar públicamente su dolor, las de los perpetradores están condenadas al silencio. Para existir, deben borrar su identidad. En ese vacío, la literatura asume una función ética: nombrar a quienes han sido expulsados del relato social.
De esta constatación surge Cierto hombre. La pregunta que lo atraviesa es simple y devastadora: ¿qué habría sido de mí si no hubiera nacido en esta familia? A partir de ahí, Hirano despliega una concepción amplia del ser humano. Rechaza la idea de un yo único y coherente. Somos, afirma, seres multidimensionales, compuestos por múltiples identidades, todas atravesadas por nuestra relación ambigua con el pasado.
Esta visión toma cuerpo en Kido, un abogado japonés de ascendencia coreana que investiga la vida de un hombre sin nombre. En ese desconocido, Kido descubre un reflejo inquietante. Su relación reproduce el gesto esencial de la literatura: reconocerse en lo ajeno. Hirano evoca su propia adolescencia en Kitakyushu, leyendo a Thomas Mann desde una distancia cultural radical. Aquella experiencia le permitió aliviar la soledad y comprenderse mejor. La otredad, concluye, es una de las vías más profundas hacia la empatía.
La novela dialoga también con el Japón de la década de 2010, marcado por el resurgimiento del nacionalismo y el recrudecimiento de la discriminación hacia comunidades coreanas y chinas. Frente a una ansiedad identitaria colectiva, muchos buscan refugio en identidades rígidas y excluyentes. Hirano propone lo contrario: aceptar la complejidad y asumir que ningún yo puede reducirse a una sola narrativa.
En Cierto hombre nadie posee la verdad completa. Cada personaje accede sólo a fragmentos. Para Hirano, la identidad funciona como la verdad: una construcción narrativa necesaria para habitar el mundo. Hay secretos que no pueden revelarse sin violencia; silencios que requieren tiempo, o que quizá deban permanecer intactos.
El título original, Aru Otoko (“cierto hombre”), nombra a un individuo concreto y, al mismo tiempo, apunta a lo universal. Hirano escribe la historia de una persona específica con la esperanza de que, en algún punto, el conflicto ajeno se vuelva íntimo para el lector. Ese momento (cuando el nombre deja de ser refugio y se convierte en pregunta) es el verdadero territorio de la literatura.+
Hirano aborda sin concesiones la culpa transgeneracional, la discriminación étnica, la memoria histórica y la multiplicidad del yo, sin ofrecer respuestas cómodas ni certezas tranquilizadoras. Su fuerza reside en la ambigüedad moral y en la negativa a simplificar la condición humana.
Ve la entrevista en mascultura.mx

Keiichiro Hirano nació en Japón en 1975. Es novelista y ensayista. A los 23 años recibió el prestigioso Premio Akutagawa, lo que lo consolidó como una de las voces más relevantes de su generación. Su obra explora de manera constante la relación entre identidad, memoria, sociedad contemporánea y pensamiento filosófico. Cierto hombre destaca como una de sus novelas más ambiciosas, traducida a múltiples idiomas y reconocida como una de las reflexiones más lúcidas sobre la fragilidad del yo en el mundo actual.

Keiichiro
Hachette

Por Nora de la Cruz
Uno de los hábitos que acompañan mis lecturas es el registro de toda clase de cosas relacionadas con ellas: qué leo, cuándo, cuánto me tardo y, por supuesto, qué género prefiero. Nadie se sorprenderá: es siempre la novela, por amplio margen, y en esto no soy distinta a la mayoría de quienes leen. Esta cuestión siempre está en las conversaciones: las editoriales prefieren publicar novelas por razones comerciales y, de inmediato, cuestionamos esta tiranía en favor de la bibliodiversidad. Sin embargo, somos parte de esa estadística. Seguramente existan los lectores enfocados en la poesía o el ensayo, pero mi tendencia narrativa me empuja a revisar —no sin culpa— las alternativas que encuentro dentro de mi propia experiencia reciente, y que no dudaría en recomendar a quien quisiera, como yo, darle la vuelta a la tendencia aunque sea momentáneamente.
SPQR (Booket, 2019), de Mary Beard, ha sido uno de los libros más impresionantes que haya leído en mi vida. No sólo da cuenta de la erudición de su autora, sino que propone una revisión de un material amplio —los antecedentes de Roma y su primer milenio como imperio— sin convertirse en un recuento superficial de datos. El secreto está en el adecuado balance con el cual la historiadora elige cuándo profundizar y cuándo pasar de largo, además de su agudeza para conectar los hechos del pasado clásico con los de nuestra era. Un libro que amerita incontables visitas y relecturas, ideal para quienes se interesan por reflexionar en torno al poder y la construcción de las identidades nacionales.
The heroine of the 1001 faces (Liveright, 2021) como cualquier otro libro de Maria Tatar, se siente como la palabra reconfortante de una sabia profesora que reivindica la manera en la que las mujeres leemos, escribimos y estamos en el mundo. Éste es su libro más reciente, si no me equivoco, escrito durante la pandemia, y en él me interesa no solamente su reivindicación de los personajes femeninos en la mitología y el folclore, sino el cuestionamiento a lo que se consideran las formas prestigiosas del discurso y cómo esa noción ha dejado fuera del canon a las autoras, géneros, tramas y protagonistas femeninas. Lectura obligada para escritoras.
Me avergüenza siempre reconocer mis limitaciones para comentar libros de poesía, pero lo que puedo afirmar con seguridad
absoluta es que Lorena Huitrón es una autora deslumbrante y que intentaré leer todo lo que publique. Recomiendo los dos libros suyos que he leído hasta ahora: Prueba olímpica (Elefanta Editorial, 2023) y Ubuyashiki en defensa de su preciosa imprenta (2025) Lo mismo aplica para Lorena Rojas, cuentista cerritense, cuya colección de relatos La sangre de las plantas (BUAP, 2023) fue uno de mis mejores descubrimientos recientes.
En el terreno de la hibridez, no puedo dejar de mencionar el refrescante ¿Qué harán los renos después de Navidad? (Canta Mares, 2025), de Olivia Rosenthal. Novela (¡perdón!) fragmentaria compuesta por materiales diversos: un hilo narrativo en segunda persona y un conjunto de testimonios de distintos trabajadores cuyas actividades cotidianas demandan la interacción con distintos tipos de animales, es una experiencia de lectura que invita a involucrarse y no deja a nadie indiferente. Si lo que se busca es una estructura poco tradicional, esta es una opción segura.
No podía dejar fuera las memorias, que son uno de mis géneros favoritos. El año pasado llegué tarde al entusiasmo internacional que desató Una educación (Lumen, 2024), de Tara Westover. Es un libro extenso y lo tiene todo: ternura, dolor, una transformación poderosa y una reflexión acerca de la libertad individual y la salud mental. Un libro apasionante que me mantuvo al filo de la página de principio a fin, lo disfruté en el otoño sorbiendo innumerables cafecitos con leche.
Finalmente, una recomendación que me sacó de mi zona de confort, pero me recompensó con creces: Wimbledon Green (Drawn & Quarterly, 2020) es una novela gráfica de Seth en torno al mayor coleccionista de cómics del mundo, pero, sobre todo, en torno a lo que nos lleva a vincularnos con el arte en cualquiera de sus formas, si es que la belleza se puede poseer y qué sentido tendría, en todo caso.
Mientras escribo esto miro mis libreros y creo tener una opinión al respecto, pero me reconforta saber que la pregunta en sí es inagotable. Como nuestros pendientes de lectura.+

Nora de la Cruz (Estado de México, 1983) es doctora en Teoría Literaria por la UAM Iztapalapa. Gestiona el canal de booktube Interior 403, orientado a la literatura contemporánea. Su novela más reciente es Duerme, cicatriz (Tusquets, 2025).
Por Fernando Sanabrais
Estos libros parecen distintos entre sí, pero comparten una misma obstinación: mirar con atención cuando el mundo se vuelve confuso. En esta selección conviven la memoria que se vuelve mito, el duelo transformado en forma, la crítica como gesto ético, la rareza como resistencia, la tecnología como amenaza simbólica y la lengua —poética, ensayística o mística— como último territorio habitable. Son libros que no buscan tranquilizar al lector, sino afinarlo.
Hay aquí autores que convierten la imaginación en un modo de conocimiento, otros que piensan el arte desde sus fisuras, la escritura desde su responsabilidad y la lectura como una forma de carácter. Aparecen los clásicos releídos sin solemnidad, las voces contemporáneas que arriesgan cuerpo y pensamiento, y los ensayos que se atreven a preguntar qué queda del arte, de la espiritualidad o de la emoción en un presente saturado de ruido y simulación.
Ésta es una selección de Gandhi Selecto: obras elegidas por su potencia literaria, por la singularidad de sus autores y por ediciones trabajadas con cuidado, pensadas para lectores que buscan algo más que una novedad. Libros que no se agotan en la primera lectura y que, cada uno a su modo, insisten en lo mismo: leer sigue siendo una forma de resistencia, de conversación y de lucidez.
Los conocedores. Mircea Cărtărescu. Impedimenta
Tres relatos como puertas a un mismo universo: Bucarest convertida en organismo vivo, clanes arcaicos atravesando paisajes apocalípticos, y una memoria que se vuelve revelación. Lo autobiográfico se transforma en mito y la imaginación opera como una forma de conocimiento. Un libro breve, sí, pero con un eco de obra mayor.
Hamnet (edición ilustrada). Maggie O’Farrell. Libros del Asteroide Una novela sobre la pérdida que no se vuelve lamento, sino mundo. O’Farrell reconstruye la historia familiar alrededor del hijo de Shakespeare y convierte el duelo en materia narrativa: la casa, el pueblo, el



cuerpo, el rumor de la enfermedad y el amor como resistencia. Esta edición ilustrada suma un segundo registro emocional: imagen y texto trabajando juntos para intensificar la experiencia.
El sonido de una voz. Lewis Lapham. Gris Tormenta
Un ensayo personal sobre editar, leer y buscar verdad en la escritura: cómo encontrar textos que importen y sostener un proyecto intelectual lejos de modas, fórmulas y voces genéricas. Lapham piensa el oficio editorial como una forma de carácter: elegir, defender, corregir y apostar por lo que permanece cuando lo “actual” se evapora.
El robo es visión. Bob Nickas. Ripio Editora
Ensayos y entrevistas de un curador neoyorkino que mira el arte con relación “ácida y efervescente”: obras, escenas y tensiones culturales bajo la sombra de Estados Unidos como horizonte. Un libro para quien sospecha del glamour del mundo del arte y prefiere sus fricciones: poder, mercado, discurso, riesgo.
Nacimos para describir. Eileen Myles. Editorial Diamantina
Siete textos en los que el arte se piensa desde la amistad y el deseo. Myles escribe crítica como quien conversa: con pasión, con precisión, con cuerpo. Retrata una generación (Nan Goldin, Peter Hujar, Carolee Schneemann…) y muestra que describir también es tomar postura: mirar de frente, defender una sensibilidad.
Las máquinas enfermas. Alberto Chimal. Páginas de Espuma Cuentos visionarios sobre una “inteligencia” que desplaza lo humano: tecnología adictiva, poder concentrado, fe ciega en la máquina y fantasías de control. Chimal escribe desde una inquietud contemporánea muy concreta: incluso si la máquina “enferma”, nuestra devoción puede bastar para su triunfo. Literatura fantástica con diagnóstico social.
La inteligencia artificial y el fin del arte. Catrin Misselhorn. Herder Ensayo con un pie en estética y otro en crítica cultural: ¿puede una máquina ser creativa?, ¿qué ocurre con la autoría?, ¿cómo distinguimos original y falsificación?, ¿importa si la obra la hizo un humano o un sistema? Misselhorn no se queda en el pánico ni en el entusiasmo fácil: obliga a redefinir qué llamamos arte en tiempos de IA generativa.






