Hablar de ingeniería y de literatura es, en apariencia, como mezclar agua y aceite. Si usáramos un termómetro, la ingeniería
se mantendría bajo cero, al ser una actividad racional, basada en las siempre frías matemáticas. Por el contrario, la literatura elevaría el mercurio más allá de los treinta y siete grados que se consideran normales en todo ser humano,
porque su creación responde a estímulos relacionados con el corazón, mediante una serie de mecanismos y procesos que a veces ni siquiera los propios escritores alcanzan a explicar.