Ser profesor no es poca cosa. Aunque aparentemente sus labores se reducen a una obviedad —el docente enseña y los alumnos aprenden o simplemente los guía para que ellos aprendan a aprender—, su trabajo se ha convertido en un asunto mucho más que tropezoso. Desde hace unos años, los estudiantes se han convertido en unas criaturas tan frágiles que la docencia ya no puede apelar a la ironía socrática y tampoco puede asumir la existencia de cariño. Lo primero es una ofensa, y lo segundo, un posible indicio de acoso al que vale más sacarle la vuelta. No sólo esto, los alumnos han dejado de ser lo que eran y mutaron en clientes que no dudan en ejercer sus derechos hasta las últimas consecuencias: si el cliente siempre tiene la razón, ellos indudablemente la tienen, y si el cliente exige un trato vip ellos también lo merecen. Justo por ello, los profesores optaron por calificar los esfuerzos y abandonaron la necedad de evaluar los conocimientos...