El Museo de Arte de Querétaro nos abre sus instantáneas y enarraciones; al hacerlo incurre en delación de sí y se expone a revelar mociones íntimas, pero nos las presenta desde los fascinantes girones de sus piedras, ¿quién lo diría?: un edificio que baila. Una serena arquitectura de la permanencia mas sin óbice para los tránsitos contemplativos.
Porque ahora, la presente Serpentinata, monta y remonta sus entresijos con tal de inquietar a sus adeptos en una fresca y munificente edición, capaz -otra vez, incluso- de entrañables suscitaciones.
Vademécum éste, sin grietas, y como en diligente reparación de esa mole apabullante que es el recinto para la muestra de los talentos y luna de nuestros reconocimientos.
Las artes, más que en perspectiva, ahora nos salen al paso incesante en contoneos, en virajes, aptas para sacudir la parálisis del visitador arrutinado y moroso, y así sanar al gusto esclerosado por falta de asombros y reacio a las sorpresas pues, en cambio, se aboca a irnos descoyuntando toda expectativ