Editorial plantar el arbol del conocimiento

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Rev. Ciencia In Situ. 2015,1 (1) ; 6-7

|ISSN: 2469-2441

EDITORIAL

Plantar el árbol del conocimiento:

La Investigación Científica en estudiantes. Planting the Tree of Knowledge: The Scientific Research in students

La investigación científica no sólo es un modo de conocer el mundo, es la puesta en práctica de una manera de pensar. Un método mediante el cual el hombre intenta aproximarse -apelando a la razón- a la enorme complejidad de lo real. Hay otros, claro, pero son menos confiables, más imprecisos y muchas veces contradictorios. La ciencia ofrece una alternativa cuyo mérito mayor es la plena conciencia de sus limitaciones y el carácter provisorio y siempre refutable del conocimiento que produce. El pensamiento racional acierta más y predice mejor que el intuitivo. Sin embargo a menudo caemos en la trampa y creemos sin comprobación o planteamos hipótesis sin demostraciones. Una de las aspiraciones fundamentales de la medicina es lograr que lo que sabe hacer llegue a quienes lo necesitan. El conocimiento no es una entelequia abstracta destinada a satisfacer el hedonismo de un grupo de mentes privilegiadas. Es un bien social del que nos apropiamos para compartirlo. Lo que aprendemos no nos pertenece. Nadie crea nuevo conocimiento desvinculado de las generaciones que lo precedieron. El saber es una cadena que enlaza la historia transformándola y dándole sentido. La medicina es una disciplina humana con fundamento científico y no una ciencia. Su objeto es el semejante que padece y su misión la de brindar alivio a ese sufrimiento. Saber crea obligaciones. Salir a pescar El diagnóstico y el tratamiento médico son operaciones cognitivas que atraviesan varios niveles de la realidad. El conocimiento de un proceso molecular (por ejemplo: la inhibición de la recaptación de un neurotransmisor o de la síntesis de una proteína de un microorganismo) no basta para explicar ni, por lo tanto, para entender la mejoría del paciente. La explicación no es niveladora o reduccionista, sino estratificada, es decir, involucra varios niveles de la realidad (Mario Bunge). La medicina de nuestros días padece de exceso de datos y escasez de teorías. Esta inmadurez epistemológica procede de un crecimiento neoplásico de las posibilidades tecnológicas de producir información tanto como de la ingenua creencia de que su acumulación es la vía mediante la cual se arriba a un concepto o diagnóstico. Esto no sólo es falso, también es peligroso. Es falso ya que no hay datos capaces de crear un sistema de ideas que los articule sino que es éste el que los dota de significado. Es peligroso ya que para obtenerlos sometemos a los pacientes a procedimientos a veces riesgosos, a menudo costosos y siempre angustiantes. La llamada “investigación impulsada por datos” (data driven) es un retorno al empirismo más primitivo y un despilfarro de energía, dinero y padecimiento humano. Los datos son neutros -islas perdidas- sin una hipótesis previa que les otorgue sentido al confirmarla o refutarla. La acumulación ciega de datos siempre incomprendidos y a menudo triviales o insignificantes es una de las fuentes de error y de iatrogenia. Cuando un médico o un investigador recopila datos sin una teoría que los organice se dice que ha “salido a pescar”. Pero ningún pescador es tan tonto como para navegar a ciegas y arrojar sus redes en ningún otro lugar más que allí donde sabe que habrá peces. La ciencia es un perro desconfiado El método científico tiene debilidades, claro, pero lo que lo pone por encima de muchas otras formas de conocimiento son, precisamente, sus fortalezas. La mayor de ellas es la de que es consciente de sus limitaciones y no admite “creencias” ni “autoridad” que no se ponga a prueba mediante la experiencia. Las mejores ideas naufragan si la contrastación empírica resulta negativa. En el campo científico nadie está exento de pagar este saludable tributo a la prueba y a la demostración de resultados que otros investigadores puedan reproducir, confirmar o refutar.

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