¡Qué tiempo este en el que nadie se inmuta ni se sorprende! Hecho a medida de los que así lo quieren, atrae, pero ya no clama ni ríe. Todo se sabe, pero nada parece importante: las utopías, sólo para debates; las protestas, sólo en papeles; el llanto y la ternura, siempre a escondidas; los compromisos, nunca definitivos; la paz y la alegría, en píldoras; la solidaridad, sin menoscabo de nuestro status; la pobreza -la que arrastramos-, siempre maquillada; y la otra –la que creamos-, sólo en reportajes… Y de gestos proféticos nada se sabe. Necesitaríamos una melodía tan bella y penetrante que rompiera los cascarones en los que nos hemos refugiado eludiendo nuestras propias realidades. Necesitaríamos una catarata de flores que nos despertara con su perfume del sueño en el que estamos dormidos. Necesitaríamos un viento fuerte que nos hiciera chocar unos contra otros hasta que nuestras armaduras se desintegren. Necesitaríamos una lluvia suave y persistente que nos empapara con frescor de vida para volver a renacer con ilusiones. Pero ya no hay música, ni flores, ni viento, ni lluvia... Estamos huérfanos.