(La comunidad cristiana en un mundo cambiado y cambiante 1.3. De la exhortación postsinodal de nuestro arzobispo Fr. Jesús Montes)) “…estamos ante un paisaje que se puede calificar como neopagano imponiéndonos un post-cristianismo. El hecho de que nos preguntemos sobre la realidad que conlleva eso de ser cristiano en medio de una sociedad que ha dejado de serlo3s, nos impone una constatación que indica un cambio notable de escenario: nuestra sociedad se ha secularizado, y más aún, sigue en curso su proceso de secularización, con todo un proceso más o menos estratégicamente diseñado por intereses políticos, culturales y mediáticos que sigue empujando hacia el nihilismo y el relativismo lo que ha sido yes el cristianismo en la cultura contemporánea. Este es el reto que tenemos desde un mundo cambiado y cambiante, en el que debemos anunciar como Buena Noticia a Jesucristo, Salvador del mundo, Redentor del hombre. Es bueno tomar nota del recorrido histórico y cultural que nuestro mundo occidental y el resto de la humanidad está realizando según los parámetros de hoy, con toda la gama de luces y sombras. «El contexto sociocultural se ha confrontado con cambios importantes y también imprevistos, cuyos efectos —como en el caso de la crisis económico-financiera— resultan todavía bien visibles y activos en nuestras respectivas realidades locales. La misma Iglesia se ha visto afectada de modo directo por estos cambios, ha sido obligada a enfrentarse con interrogantes, con fenómenos que han de ser comprendidos, con prácticas que deben ser corregidas, con caminos y realidades en los cuales ha de infundirse de un modo nuevo la esperanza evangélica” 41. Los distintos escenarios en los que hoy la Iglesia debe anunciar de modo nuevo el Evangelio de Jesucristo, están reclamando no sólo una fidelidad a la herencia recibida y custodiada como depósito de la fe, sino una fidelidad también al hombre concreto que tenemos delante hoy, con sus heridas, sus pecados, sus esperanzas, sus dudas y sus certezas 42”.
¿EL FIN DEL MUNDO O EL FIN DE UN MUNDO? Jesús es siempre Buena Noticia. Las imágenes que usa la literatura apocalíptica de este domingo, rezuman fuerza y espectacularidad, rezuman vida. Todas ellas están dirigidas a despertar y confirmar la confianza en Dios. Hay que dejar de lado el miedo que tales imágenes pueden provocar y que en un pasado no muy lejano fue utilizado como instrumento amedrentador pastoral. Más importante que el miedo ante el futuro es el ánimo que inspira a vivir el presente. Más que un discurso sobre lo que ocurrirá en los últimos tiempos estamos ante una indicación de cómo hay que vivir el actual con toda su convulsión. Estas imágenes buscan más despertar actitudes que anunciar catástrofes. En definitiva, no estamos ante una descripción del fin del mundo cósmico sino de otro final: el de la tribulación, la tristeza, la enfermedad, las desgracias, a muerte... La venida definitiva de Jesús es, para toda la humanidad, motivo del mayor consuelo y una mayor esperanza. ¡Empieza una forma nueva de vivir!.
HABLA, SEÑOR, TE ESCUCHO “El cielo y la tierra pasarán…”
Entonces se salvará tu pueblo. Muchos de los que duermen en el polvo despertarán” (Daniel 12,2-3) “Cristo ofreció por los pecados para siempre un solo sacrificio (Hb 10, 11) “El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán” (Mc13,26-32)
Un mensaje en clave apocalíptica En la Biblia hay dos libros apocalípticos; Ei libro de Daniel y el Apocalipsis de Juan. El evangelio de hoy, no es parte de ninguno de los dos, pero pertenece al Discurso escatológico de Jesús. En otros tiempos, estos textos han servido para asustar y para tratar de fundamentar una imagen de Dios que producía miedo y rechazo, en lugar de atracción y ganas de escucharlo. Hoy sabemos que ésa no es la imagen y el ser de Dios que nos transmite Jesús. La interpretación de la Palabra hay que situarla en el tiempo y en la cultura en que fue escrita, y hay que conocer el género literario que se utiliza en cada libro de la Biblia. La liturgia de este domingo nos propone unos textos que pertenecen al género apocalíptico, uno de los más extraños para nosotros, frecuente entre algunos grupos judíos y cristianos de la época. Sus destinatarios eran, generalmente, grupos en crisis a los que ofrecía un mensaje de ánimo y consuelo. Entender este texto como simple amenaza de catástrofes y calamidades, es no haber comprendido nada del pensamiento de Jesús. No se trata de una descripción angustiosa, sino del anuncio de un futuro esperanzador.
El hombre moderno no espera ya el fin del mundo a corto plazo, ni se lo imagina a la manera de una catástrofe cósmica, al estilo de la narrativa apocalíptica judía. Pero el hombre contemporáneo, como el de todas las épocas, siente en lo más profundo del mismo una pregunta más seria y difícil de responder: «Qué va a ser de nosotros?» Cualquiera que sea nuestra ideología, nuestra fe o nuestra postura ante la vida, el verdadero problema al que todos estamos enfrentados es nuestro futuro, especialmente, en momentos de crisis social tan fuerte como la actual. Esto es lo que nos inquieta: ¿En qué van a terminarlos esfuerzos, las luchas y las aspiraciones de tantas generaciones de hombres? ¿Cuáles el final que le espera a la historia dolorosa pero apasionante de la humanidad? Evidentemente, se puede responder que la vida del hombre es un breve paréntesis entre dos nadas. Pero, entonces, no es honrado escamotear rápidamente la turbación que surge en lo íntimo de nuestro ser: «Si lo único que espera a cada hombre y, por lo tanto, a todos los hombres es la nada, ¿qué sentido último pueden tener todas nuestras luchas, esfuerzos y trabajos?» Sin duda, muchos pensarán que aun así, la vida no es «una pasión inútil», sino que se justifica suficientemente como lucha por lograr un futuro mejor para las siguientes generaciones. Esa es la fe oculta del hombre moderno que piensa que el progreso científico o la renovación total de la estructura económica y política de la sociedad llevarán un día a los hombres a una satisfacción suficiente de sus aspiraciones. Un día el hombre “aprenderá” a morirse sin tristeza porque habrá disfrutado de una sociedad suficientemente feliz y gratificante. Pero, ¿no será entonces precisamente cuando la muerte adquiera un tono más trágico que ahora? Cuando se haya alcanzado un nivel tan alto de bienestar, de justicia, de solidaridad social, de disfrute de la vida, ¿no será más duro todavía tener que morirse? Es aquí donde hay que situar el reto y la promesa de resurrección del mensaje cristiano; es una opción libre de fe, pero no es absurda ni irracional la postura del creyente que lucha y se esfuerza en la renovación y mejora de la sociedad humana, sobretodo, porque lo hace animado por a esperanza de una resurrección final.