Mientras camino entre gente con paquetes que me empuja, trato de descubrir en sus rostros algún destello de expectación o de gozo, pero sólo veo prisa, ansiedad y hastío. Papá Noel ha reemplazado a Jesús, y los escaparates iluminados al resplandor de Belén. Como Herodes o los fariseos de entonces, están ajenos a lo que ocurre: como los dueños de la posada de Belén están cerrando las puertas a la alegría. “Vino a los suyos y los suyos no le recibieron” (Jn 1,11) Me desvío hacia lugares de intemperie: un albergue de emigrantes africanos, una casa de enfermos terminales de sida, una familia amiga en la que todos están en paro, un puñado de voluntarios gritando contra la pobreza. Ahí está el pesebre de Belén. Ahí se sigue escuchando la buena noticia de que Dios nos entrega a su Hijo hecho carne de nuestra carne. Es ahí, en medio de esa noche, donde la gloria de Dios se sigue revelando a los que están en vela y mantienen abierta la brecha de su esperanza. (Dolores Aleixandre)