Skip to main content

Revista Código - La autoficción

Page 1

Índice

CÓDIGO

P. 04 - Editorial P. 06 -

Mis abuelos y mi memoria de vida Giovanni Palma Cortés

P. 10 -

Entre recuerdos de vivencias... María Alejandra Bernal Montoya

P. 14 -

13 de noviembre: dolor, fisura y recuerdo Andrea Mora

P. 20 -

Memoria entre Ruido y Fuego Jorge Barragán

P. 26 -

Reflexiones sobre cómo escribir el yo Federico Díaz Duarte

P. 30 -

Condiciones de existencia Maria Fernanda Pulido Martínez

P. 38 -

Constelar las calles de ceibas Sofía Garcia

P. 42 -

Nariz Juana M.A. Diaz Santamaría

P. 3


CÓDIGO

La propia vida no existe por sí misma, pues si no se cuenta, esa vida es apenas algo que transcurre, pero nada más. Enrique Vila-Matas Nos convertimos en las historias que contamos sobre nosotros mismos. Paul Auster Y, al final, lo único que queda de nosotros son las historias. Salman Rushdie Contamos historias para asegurarnos de que estamos vivos. Joan Didion

P. 4


CÓDIGO

Esta edición de la revista Código es una compilación de ensayos narrativos escritos por los estudiantes de la clase “Narrativa gráfica y literatura latinoamericana: memoria y narraciones del yo” impartida durante el segundo semestre del año 2024. Lxs creadores pertenecen a diferentes grados -licenciatura y maestría— y líneas académicas —Estudios Literarios, Comunicación, Estudios culturales, Ingeniería, Derecho, etc.—, lo que permite, de manera interdisciplinar, explorar las correspondencias y sincronías entre la materialidad del texto literario con diversas coyunturas históricas, desde una experiencia tanto colectiva como individual. La selección aquí presente muestra la constelación de los textos abordados durante las clases. Cómics como Diario oscuro de la ilustradora chilena Marcela “Maliki” Trujillo, Los años de Allende de los creadores chilenos Carlos Reyes y —Rodrigo Elgueta; Virus tropical, de la ilustradora colomboecuatoriana PowerPaola o Dibuja una casa del mexicano Axur Eneas, entre otros, se alinearon y nos permitieron conocer los límites de la (auto)ficción y el pacto narrativo del yo —esas narraciones en primera persona que siempre nos hicieron dudar y pensar: ¿es todo esto verdad?—; junto a textos como Signor Hoffman del guatemalteco Eduardo Halfon, Formas breves del argentino Ricardo Piglia, Voyager de la chilena Nona Fernández o Corazón que ríe, corazón que llora de la escritora guadalupeña Maryse Condé. Bajo la luz de teóricos como Leonor Arfuch, Nora Strejilevich, Philippe Lejeune y Javier Sánchez Zapatero pudimos establecer ciertos pactos y correspondencias entre la vida y la ficción, entre el yo y el autor, estableciendo los límites y las potencias de las narraciones. En otras palabras, buscamos reconocer el valor de las narrativas del yo dentro de la literatura latinoamericana contemporánea desde diversas teorías y distinguir el papel de la memoria, el testimonio y el trauma dentro de algunas narrativas autoficcionales. La exploración personal nos permitió experimentar con diferentes géneros literarios como el ensayo, el cómic y el texto dramático con la intención de pensar en otras formas de abordar desde lo escrito las experiencias propias. En este proceso, el lenguaje se entrelaza con las narraciones a través de la fotografía y la ilustración. En efecto, es un registro de las vivencias, de los recuerdos, de los traumas que se desprenden de las memorias sonoras, visuales y táctiles de sus creadores. Esta edición, por ende, invita al lector a reflexionar sobre la memoria personal, colectiva e histórica desde la narración propia. La intención es divulgar nuevos relatos que rompan las formas tradicionales en las que se concibe el ensayo desde la academia. En este ejercicio, el ensayo es una posibilidad de contarnos y de (auto)referenciarnos, encontrando, desde la experiencia-otra, una manera de reencontrarnos en esas palabras, en esas vidas, porque, como dice John Barth, “Contamos historias y oímos historias porque vivimos dentro de historias”.

P. 5


Mis abuelos y mi memoria de vida Giovanni Palma Cortés Tres de mis abuelos fallecieron muy jóvenes, nunca los conocí. Sólo mi abuelo paterno vivió lo suficiente para que lo conociera; falleció a los noventa y tres años. De él tengo claros recuerdos de nuestras vivencias y de cómo han afectado mi vida y mi memoria. La vida se construye de nuestras experiencias, de la forma cómo las afrontamos, de nuestras interacciones. Al final son los recuerdos, sobre todo esto, los que generan ese registro de eventos que definen nuestra identidad y nuestra historia de vida. Tal vez, la vida no fue lo que en realidad vivimos sino lo que recordamos y cómo lo recordamos. Los recuerdos, por tanto, son fundamentales. Cuando era niño pensaba que tener un sólo abuelo, que además vivía lejos, me dejaba en desventaja. Veía que los otros niños tenían más historias que contar, las de sus abuelos. Siempre les he dicho a mis hijos que han sido unos privilegiados por haber tenido a sus cuatro abuelos y haber compartido con ellos vivencias y experiencias en la infancia, la adolescencia y la adultez; ellos tienen más historias que contar. Quisiera entender la memoria como una “función matemática” que depende de las “variable recuerdos”

Memoria = función (recuerdos directos,recuerdos indirectos/derivados) La “variable recuerdos” es de varios tipos: tenemos los recuerdos directos, que resultan de nuestras propias vivencias, y los recuerdos indirectos/derivados, que son los que construimos a partir de las experiencias de otros y que nos llegan a través de ellos. Los recuerdos que tengo de mis abuelos maternos y de mi abuela paterna pertenecen a este último tipo. No

P. 6

los conocí pero mis padres se han encargado de que los recuerde como ellos los vivieron y recuerdan. Es curioso, siempre me ha llamado la atención, heredé de esos abuelos remotos gestos y actitudes que recuerdan mis padres y que ven en mí. Es el ADN que siempre está presente y que es otra forma de recuerdo. El resultado que genera la “función de la memoria” es un registro acumulado de nuestra Historia de Vida: Historia de Vida = Acumulación(función (recuerdos directos,recuerdos indirectos/ derivados) Veamos ahora la Historia. La sumatoria de la multiplicidad de vivencias y experiencias individuales que aparecen en distintas instancias, la familia, la ciudad, el país y el mundo, se convierten en la Historia: Historia = Historias de Vida [instancia:individuo,familia,ciudad,país,mundo]


Por tanto, los recuerdos y la memoria individual son fundamentales para la construcción de la diferentes instancias de la memoria colectiva. Debemos cuidarlos y preservarlos. Las fotografías son una forma de materializar la vida; son un “recuerdo congelado” en el tiempo que se descongela cada vez que evocamos lo que significó el evento, son un viaje en el tiempo, son otra forma de volver a vivir nuestra historia. Las fotografías son un archivo de la memoria porque cada una tiene un contexto, unos antecedentes, unas circunstancias de vida. Disfruto mucho ver álbumes fotográficos de mi familia. Es un plan que ha cambiado mucho en la era digital, tal vez, la facilidad y la inmediatez actual para tomar fotos, comparada con lo que implicaba llegar a una fotografía, hacen que no se valoren tanto ahora. He recorrido los recuerdos fotográficos de mis abuelos de la mano de mi madre y de su archivo. Mi padre falleció hace tres años. Las fotografías, algunas borrosas, otras muy claras a pesar del paso del tiempo y otras, casi artísticas, hacen parte de nuestra historia familiar, son un compendio de lo que no debemos olvidar. Ha sido un ejercicio de construcción (o reconstrucción) de mi memoria personal y de los recuerdos de mi padre. Pero también ha sido una reconstrucción de la memoria familiar, felicité a mi madre por el cuidado que ha tenido en preservar nuestra historia. Es por eso que he incluido una fotografía de cada uno de mis abuelos (Anexo), me reencontré con los recuerdos que tenía de ellos por las historias y vivencias de mis padres y también de otros familiares. Es también mi homenaje para ellos por su influencia en la vida de mis padres y en la mía, a través de ellos. En una de las fotografías aparecen mis abuelos maternos, Jorge Eduardo y Domitila, mi madre me dice que a ella le contaron que eran el tipo de “fotografía de época” que se tomaban en ese momento. Aparece mi abuelo “conquistando” a mi abuela, podría ser una escena de una película de

CÓDIGO finales de los años veinte del siglo pasado; están muy elegantes y parecen muy espontáneos. En otra fotografía aparece mi abuelo Jorge Eduardo y mi madre, Beatriz. Él se ve serio, es como siempre me lo han descrito, pero orgulloso; su hija participaba en un concurso de belleza; es otra época y es clara la evolución en el tiempo. Para ese momento mi abuela Domitila ya había fallecido. En una tercera fotografía aparece mi abuela paterna, Teófila. La veo recorriendo las calles de su Barranquilla con paso y mirada firmes, elegante; fue una matrona para la familia. Finalmente, aparece una fotografía de mi abuelo Jacob con mis padres, Juan Alberto y Beatriz, estaba de visita en Bogotá. Mi abuelo, alto, erguido y orgulloso, aunque necesitó el bastón en algún momento, siempre se negó a utilizarlo. Estas fotografías marcan una evolución en las historias de mi familia, en sus memorias; son un recorrido por diferentes momentos del tiempo y muestran que son un claro instrumento de construcción de mi memoria personal y la de mi familia.

Tengo gratos recuerdos de mis vacaciones en Barranquilla, durante los meses de junio y julio, pues eran vacaciones largas. Hacíamos un recorrido por varias ciudades de la costa. Inicialmente, pasábamos unas semanas en Barranquilla, en casa de mi abuelo Jacob y en la de mi tía Elisa; después íbamos a casa de mi tía Ana en Cartagena y terminábamos en Santa Marta en casa de Migue, un amigo de toda la vida de mi padre. En esta época vivía una doble condición, la de “cachaco”, palabra con la que se refieren en la costa a las personas de Bogotá, y la de “costeño de temporada”. En realidad, la condición de costeño también la vivía cotidianamente en mi casa a través de mi padre, en mis vacaciones esta condición de “costeñocachaco” se hacía más intensa. Las influencias que aparecen en mis recuerdos de esta época son muchas, tal vez sólo he sido consciente a medida que ha pasado el tiempo: mi interés por la historia y la literatura colombiana, mi gusto

P. 7


CÓDIGO por la música del caribe, en particular por el vallenato clásico, provienen de esos tiempos. Los diversos sabores de la gastronomía, su variedad: la comida italiana, árabe, española y sobre todo la barranquillera, siguen estando entre mis preferidas porque evocan tiempos pasados y buenos momentos. Esa acumulación de recuerdos que generan la “función de la memoria” opera de esa manera: los recuerdos de diferentes tipos se mezclan, los vividos, los transmitidos por la familia, los que son una mezcla de vivencias e historias compartidas (con el abuelo, con los tíos, con los primos) y los que no estamos seguros si sucedieron en realidad. Así se va construyendo esa “función matemática” que se convierte en nuestra memoria de vida.

Con mi abuelo Jacob tuve la oportunidad de compartir vivencias en mi infancia y parte de mi adolescencia, en mis vacaciones y las visitas que nos hacía en Bogotá. Entre esas cosas compartidas, hay un recuerdo que ha sido reiterado en mi vida y que viene de la infancia, la masacre de las bananeras. Mi abuelo había trabajado en los ferrocarriles, en esa época eran una compañía importante porque era el medio utilizado para transportar el banano desde el departamento del Magdalena a los puertos para ser exportado. De mi abuelo comencé a escuchar sobre la masacre, eran sus recuerdos y los de personas que le habían contado a él lo sucedido. Para mí eran acontecimientos increíbles, casi irreales. Así como otras historias referidas por mi abuelo, me llamaban la atención porque parecían más mitos que realidades. Años más tarde me encontré con la narración de estos hechos en Cien años de soledad, me sorprendió la similitud entre lo leído y lo recordado de las historias de mi abuelo. Hace un tiempo mi esposa me preguntó por qué me llamaba tanto la atención este tema, le respondí que era por mi abuelo que por él me había interesado en estudiar lo sucedido. Siempre lo he considerado

P. 8

un hecho de violencia irracional y que por lo mismo podría ser más parte de las leyendas de mi país; infortunadamente no fue así. Hay tanto alrededor de esta masacre que la historia oficial ha hecho que se construyan versiones caracterizadas por lo inverosímil. Pero la verdad es que sucedió, personas que lo vivieron y lo sufrieron dejaron su testimonio en las historias que contaron. Recientemente se presentó en mi país una controversia sobre la veracidad de la masacre. Una política dijo que no era algo que hubiera sucedido, que hacía parte de una creación literaria. Con seguridad esta persona no tiene ancestros costeños, ni recuerdos de las historias contadas por quienes lo vivieron. En nuestra memoria colectiva y en la historia de nuestro país viven esos recuerdos individuales que se han transmitido por generaciones. La memoria de mi vida se ha construido de los recuerdos, por ejemplo, la masacre de las bananeras que he mencionado, hace ya parte de mi historia, así no lo haya vivido. Hay muchas otras historias que escuché de mi abuelo y de mi padre sobre la costa. Mi padre siempre sostuvo que García Márquez había recopilado los recuerdos, los mitos y las leyendas de las poblaciones y las familias de la costa y que, había tenido el gran ingenio para de novelarlos magistralmente. Comparto con mi padre esta idea pero sobre todo considero que Cien años de soledad muestra como la acumulación de las recuerdos de vida, construyen la memoria colectiva, la del país y finalmente, se convierten en su Historia, por tanto, es importante preservarlos y transmitirlos a las nuevas generaciones. Debemos preservar las vivencias familiares que permanecen en los archivos fotográficos y en los cuentos que siempre alguien estará dispuesto a contarnos.


CÓDIGO

Crédito ilustración: Felipe Daza

P. 9


CÓDIGO

Entre recuerdos de vivencias y lugares recorridos María Alejandra Bernal Montoy Adentrarse en la memoria y recorrer cada vivencia y emoción que la conforma implica pensar en quiénes somos, en todas aquellas experiencias que nos han formado y han incidido en nuestra forma de ser y estar en el mundo. Pocas veces destinamos un espacio intencional para reflexionar sobre la manera en que experiencias cotidianas, como visitar a los abuelos o ver una pared decorada de determinada manera, pueden repercutir en nuestro acervo personal y por ende en decisiones, preferencias o acciones. Ahora bien, las lecturas y las discusiones que tuvieron lugar a lo largo del semestre me permitieron adentrarme en ello y considero que este es el tema que más ha resonado conmigo: memoria y espacio. Especialmente porque el análisis de ciertas obras me ha llevado a pensar en mi propio proceso de escritura y cómo esta se ha visto permeada por mis recuerdos. Cuando empecé a escribir mi primer libro tenía claro que habría dos personajes principales: Nieve, una niña de doce años, y Fernank, su abuelo. Sabía también que pasar más de diez días únicamente con su abuelo sería todo un desafío

P. 10

para Nieve, porque solía verlo apenas una vez al año e interactuaba muy poco con él. Por supuesto, esto le abriría la posibilidad de recorrer la casa de su abuelo por primera vez y conocerlo a partir de cada rincón y objeto que conformaba el lugar donde él vivía. Hay escritores que, aun antes de empezar a escribir, saben cómo terminarán su historia. En mi caso no fue así y podría decir que empecé a explorar la casa de Fernank con Nieve. Sin embargo, pensándolo ahora, creo que fue inevitable para mí remitirme a mis recuerdos en ese momento y dotar la casa de Fernank con pinceladas de la que, cuando tenía la edad de Nieve, era la casa de mis abuelos. Pero hay algo que me llama la atención particularmente y es que muchos de los detalles que decidí incluir de mis memorias para plasmar en mi libro no hacen parte de recuerdos de experiencias vividas, sino de experiencias que, a partir de fotos e historias, tomé prestados. Una de las veces que visité a mis abuelos, mi abuelita me dejó ver sus álbumes de fotos y también


CÓDIGO

unos de colección. En las fotos vi cómo eran ella y mi abuelo de jóvenes, a mis tíos y a mi mamá cuando eran niños. A partir de eso mi abuelita me contó algunas cosas sobre cómo se conoció con mi abuelo y, con eso, llegó a los otros álbumes que me mostró, los cuales contienen colecciones de estampillas. Mientras los veía, encontré que uno de los álbumes tenía una dedicatoria de mi abuelo, pues ese era uno de los regalos que él le hacía a mi abuelita cuando se estaban enamorando: colecciones de estampillas de flores, países, globos aerostáticos y más. Esos álbumes me encantaron, por lo que al escribir también pensé en ellos y decidí que, necesariamente, tenían que estar en la casa de Fernank y serían parte importante del descubrimiento de Nieve sobre su abuelo.

que me contó mi abuelita se quedaron conmigo. Pienso mucho, relacionado con ello, en las palabras de Nona Fernandez (2020) respecto a las fotografías como una extensión tangible de la memoria. Si bien ella las aborda como una manera de respaldar los recuerdos, en este caso las pienso también como una forma de crear recuerdos o de sumarme a vivencias que tuvieron lugar antes de mí. Recuerdos que me dieron una idea sobre cómo era la vida de mis abuelos, su casa, los objetos que allí tenían e, incluso, cosas cotidianas como la manera en que se vestían.

Con los años, volví a ver los álbumes de estampillas y encontré aún más significativa la dedicatoria que mi abuelo escribió. Evidentemente, me inspiré en el mensaje para la dedicatoria de mi ilustración. Pero me resulta Yo no había nacido cuando mi abuelo empezó interesante como, sin notarlo, busqué también la a regalarle esos álbumes a mi abuelita, tampoco manera de replicar la letra de mi abuelo. cuando mis tíos y mi mamá eran niños y la casa de mis abuelos estaba decorada de cierta Ahora bien, parte de la trama gira en torno al manera, pero lo que vi ese día y las historias hecho de estar en casa. La casa como espacio

P. 11


CÓDIGO

juega un rol fundamental en la historia, ya que es un reflejo de la vida de Fernank, sus intereses, sueños y recuerdos más preciados. También es el lugar donde habita un secreto que ha mantenido por años y sale a la luz cuando Nieve encuentra un ascensor oculto. Esto me lleva a pensar en Arfuch (2013) cuando habla sobre: La casa natal como el punto inicial de una poética del espacio, al decir de Bachelard (1965), un modo de habitar donde anidan la memoria del cuerpo y las tempranas imágenes que quizá nos sea imposible recuperar y que por eso mismo constituyen una especie de zócalo mítico de la subjetividad. Lugar extático en las fotografías que atesoran instantes singulares, pero a la vez el primer territorio de la exploración, de los itinerarios que definen el movimiento y el ser de los habitantes. (p.28)

disfrutaba mucho su sonido y, para ese entonces, llevaban en esa pared más de veinte años. Esa pared la incluí, también, en la casa de Fernank. Es claro que los objetos que hacen parte de las casas, pertenecientes a familiares específicos, cobran significado a partir de sus intereses y, en muchos casos, llevan consigo las memorias de momentos particulares de sus vidas. “La casa, entonces, está constituida por las interacciones, los afectos, las rutinas, los tránsitos cotidianos, donde la diferencia de género marca también sus ritmos” (Arfuch, 2013, p. 28).

En ese sentido, no se puede dejar de lado a quienes habitan o habitaron ese espacio. Ya que su casa fue punto de partida para la de mi historia, no pude evitar tomar como referencia las fotos que una vez me mostró mi abuelita de mi abuelo para mis ilustraciones de Fernak, así como la ropa que usaba mi mamá en su niñez Pienso, a partir de su planteamiento en torno a para los atuendos de Nieve. los espacios, en el valor que hay en estos y su carga emocional por las experiencias allí vividas. Y, Creo que todo escritor se ve, de una u otra manera, especialmente, en la casa entendida como el es- atravesado por sus propias memorias al momento pacio que una familia particular habita o habitó de escribir, por aquellas vivencias que lo acompañan y decora o dota de objetos que resuenan con su y han configurado su identidad, su manera de ser forma de ser en el mundo, con aquello que les y estar en el mundo. Y, si bien muchas de esas meresulta importante o valioso. En otras palabras, morias pueden ser propias o prestadas, lo cierto es pienso en la relevancia de la casa como aquel lu- que las pinceladas con las que cada autor significa su gar en el que la relación establecida entre los su- obra, a partir de la memoria, dotan de sentido, valor jetos y los objetos que allí residen entretejen sig- y significado su vida. nificaciones relevantes para la memoria familiar. Recuerdo perfectamente una pared que mis abuelos tenían decorada con tres violines. Un día, después de verlos de fondo en una foto en la que mi mamá tenía alrededor de diez años, le pregunté a mi abuelo si eran suyos y si los había usado en algún momento. Me contó que siempre habían sido parte de la decoración porque

P. 12

Bibliografía Arfuch, L. (2013). Memoria y autobiografía. Exploraciones en los límites. Fondo de Cultura Económica. Fernández, N. (2020). Voyager. Penguin Random House.


CÓDIGO

Crédito ilustración: Vanessa Rivera

P. 13


13 de noviembre: dolor, fisura y recuerdo CÓDIGO

Andrea Mora

De niña, veía una procesión de gente a la que le dolía el alma y el cuerpo, el lugar evidente donde reposaba la tristeza eran los ojos, las manos y el caminar, de ese dolor colectivo eran participes mi papá y mi mamá.

Quisiera iniciar este escrito formulando varias preguntas que me ha suscitado tomar este curso, y las cuales están relacionadas con mi espacio laboral y mi proyecto de investigación. Trabajo en una institución de memoria y mi particular interés investigativo está relacionado con la construcción de narrativas de niños y niñas sobre la violencia. ¿Para qué o por qué se ficcionaliza la memoria? ¿Si la ficción está presente en un relato, este deja de ser válido? ¿La ficción es un estado consciente o por el contrario se infiltran elementos de manera inadvertida en nuestros relatos? ¿En la ficción podemos dar explicación o justificación alguna a diversos hechos o sentimientos?

Sin embargo, dichas disputas están atravesadas por relaciones de poder, entre esa historia oficial y las consecuencias de determinados hechos para los humanos y no humanos. Allí las fisuras que trastocan el poder se desvían y con sutileza crean su propio lugar, se convierten en el punto nodal que en mi opinión es interesante. Ello que en la teoría de la sujeción de Judith Butler (1997) entra a disputar entre el sometimiento y la subordinación, y deviene con un vínculo de potencia que permite la creación. Es en este vínculo en el que considero que la relación de memoria y ficción puede ser un elemento que nutre la teoría de la sujeción, en la cual el poder opera, pero los sujetos tienen una capacidad creadora que les permite fisurar los campos rígidos, de Parto de este lugar porque hablar de la realidad, extremo sometimiento y subordinación. la memoria o la historia, todas con sus iniciales en mayúscula y grandes relatos, se convierten en Lo anteriormente expuesto me lleva a pensar lugares de tensión y disputa entre el saber-ex- en las formas que los niños y niñas se acercan perticia y la experiencia de la vida cotidiana. a temas como la memoria, la historia y todo lo Bien lo afirma Cohn : relacionado con la violencia de larga duración o conflicto armado. Puesto que, los ejercicios La historia suele ocuparse más de la humanidad en exitosos que conozco sobre este trabajo que plural que en singular, de los acontecimientos y cambios han tenido una responsabilidad - ética y han que afectan a sociedades enteras que de los que afectan propendido por una acción sin daño, utilizan la a la vida de seres individuales. De ahí que la biografía se ficción como una figuración que permite abrir considere a menudo un género histórico menos, incluso y cerrar de manera responsable. Asimismo, “una simple forma de historiografía”. (p. 3)

P. 14


CÓDIGO

rompen con el cronotopo del tiempo lineal y paradójicamente con el sentido mismo de la memoria como una temporalidad y pregunta por el pasado. Sin embargo, permiten situar temas complejos o densos, tales como la desaparición forzada, la guerra, el desplazamiento, la migración, entre otros. ¿Es entonces válida la ficción de forma exclusiva para los niños y niñas? ¿Por qué allí no nos incomoda la ficción?

En relación con esa primera vía, hay un enlace entre la muerte, el recuerdo y el olvido que ha estado presente durante toda mi vida. En mi familia se instaló un ritual colectivo después del 13 de noviembre de 1985, cuando en el departamento del Tolima hizo erupción el volcán Nevado del Ruiz; este evento natural fue catalogado como una tragedia dado que su magnitud borró del mapa al pueblo de Armero. Una avalancha en el río Lagunilla arrasó y sepultó a alrededor de 26,000 personas; de este total, 40 eran familiares de mi padre, otros 25 eran familiares de mi madre y cerca de 20,000 personas resultaron damnificadas.

A continuación, presento algunos apartados sobre cómo llegué al campo de la memoria y cómo se ha entrelazado con otras disciplinas. Estas reflexiones se han alejado de los espacios institucionales, a pesar de mi trabajo en ellos, y han dado lugar a preguntas de otro orden. Días después de este desastre natural, en medio de diferentes acciones y omisiones en la búsqueda Mi llegada al campo de la memoria no ha sido y atención humanitaria, el lugar fue declarado gratuita, ni del azar de un juego de cartas. Ha camposanto. Lo cual significó convertir el blanco tenido dos vías que continuamente se cruzan del algodón que caracterizaba al pueblo, en un por el recuerdo y en el intento de narrar, me gris frío y doloroso de ruinas. Acudo a este relato, doy cuenta, de su “naturaleza” fragmentada porque los desastres naturales carecen de peso y parcializada. Procesos que se dan porque cuando se les compara con un evento violento el olvido también existe, como existe la de corte histórico político, quizás esa carencia resignificación y la necesidad de entender un guarda relación alguna con el antropoceno en presente y sus formas de operar. tanto las capas de sentido están escondidas a la luz de lo humano. Sin embargo, deshojar esas Una vía tiene que ver con la memoria, la cual capas de sentido pasa por entender cómo opera ha estado permeada por preguntas e historias la política y sus relaciones de forma soterrada, sobre mi familia ubicadas de forma contextual desapercibida y en parte impune. Tanto así que a la historia de este país. Sin embargo, esas la desidia del gobierno llevó a que un pueblo preguntas guardan una relación con mis propias como Armero se declarara camposanto. imposibilidades materiales de acercamiento a las historias de mis ancestros y ancestras, pues De Armero se recuerda mucho la imagen de la no hay narrativa alguna sobre ellos y ellas, en niña Omaira, que duró días atrapada, no pudo tanto que kilómetros de lava, lodo y azufre se ser rescatada y finalmente falleció. En mi casa, las llevó. La otra, es sobre mi experiencia, desde esa imagen que se repetía en un loop, todos los muy pequeña, con el cuidado particularmente 13 de noviembre, traía un aire de indignación, de niños y niñas; allí he adquirido un giro en recuerdo a mi mamá diciendo: “como si ella la mirada que, continuamente, hace que pueda fuera la única que tuvo que vivir eso. Aquí el detenerme a pensar en un devenir con ellos dolor es de mucha gente y solo sale la imagen y ellas, a partir de sintonizar la energía, las de la niñita.” preguntas y los intereses. En su momento me parecía un reclamo raro, pero

P. 15


CÓDIGO

no terrible. Ahora, que he decidido escudriñar sobre mi relación con los procesos de memoria y violencia, vuelvo a pasar ese episodio y logro entender la rabia y el desprecio de mi mamá, pero también lo cruel que era para esa niña estar ahí, expuesta, muriéndose ante los ojos de miles de personas y la negligencia del Gobierno colombiano en su momento. La memoria no está llena únicamente de futuro, ni de dignidad, está compuesta por un entramado contradictorio de sentimientos que afloran y dependen del sujeto y su tejido de relaciones.

Omaira se convirtió en un sitio de memorialización, mientras que el resto del pueblo quedó convertido en un monte lleno de maleza, de ahí la necesidad de ir a limpiar y organizar. Allí comprendí nuevamente la indignación de mi madre: su casa y la de sus familiares estaban al otro lado de donde se había construido el monumento, quedando así aislados, incluso de los actos conmemorativos.

Es así como la institucionalidad de la memoria produce una serie de debates, tensiones y segregaciones. El monumento que allí se fijó, y hoy es visitado por cientos de personas, es un El ritual colectivo, mencionado anteriormente, claro ejemplo de lo que plantea Richard (2014): consistía en viajar de Bogotá a Armero cada 13 de noviembre. Al llegar allí, veía una procesión El monumento, a su vez, tiende a congelar el símbode gente a la que le dolía el alma y el cuerpo, el lo en un bloque conmemorativo sin fisuras que reifica lugar evidente donde reposaba la tristeza eran el pasado. El monumento y el documento tienen el los ojos, las manos y el caminar. Para no caer mérito de convertir a la memoria en una referencia en el olvido y recordar a los muertos, la gente colectiva que hace de cita para el recuerdo público, oriunda de este pueblo realizó un ejercicio de tal como ocurre en los informes de tribunales o las placas conmemorativas. Pero la objetivación del recucartografía y georreferenciación a partir de erdo, su clasificación en archivos o su ritualización en las pocas estructuras que quedaron; ubicaron monumento, corren el riesgo de proyectar la imagen las casas donde vivían sus familiares y en cada estática de un pasado detenido. Para evitar esta fijeza casa construyeron un muro con una lápida del recuerdo, la memoria debe seleccionar y montar, donde se leen los nombres de los familiares que recombinar, los materiales inconclusos del recuerdo, desaparecieron y murieron. experimentando sin cesar nuevos enlaces fragmentarios entre sucesos y comprensiones. Lo fragmentario y

Limpiar el terreno, quitar la yerba mala y lo lo inconcluso son modos (benjaminianos) de honrar a enmontado de la zona, pintar los muros y las víctimas desde la crisis de la palabra y la imagen, mal-repisar los nombres que aparecen en esas desde los fragmentos sin pertenencia. (p. 191-192) lápidas, prender velas y esperar al medio día la misa; y posterior a ello, el sobrevuelo de un helicóptero que lanza miles de claveles blancos sobre el camposanto. Esas eran las acciones que se realizaban en mi primera práctica ritual de memoria colectiva, la experimenté de niña y me producía una sensación, que, quizás esté ficcionalizando ahora, pero que recuerdo como un frío en los huesos. Años después, el lugar donde quedó atrapada

P. 16


CÓDIGO

Esas fisuras en el ámbito de la memoria se convierten en posibilidades y en fugas frente a lo que se cuenta, lo que se omite y la forma en que se recuerda. Es decir, son las que determinan qué hace que un evento sea memorable para una sociedad o para un sujeto, y aquí es clave la sujeción, como aquello que sujeta pero que a su vez se convierte en un movilizador y potencializador. La historia de Armero y el tener familiares desaparecidos (sin posibilidad de búsqueda) me ha permitido acercarme a la ficción como un recurso para comprender, argumentar y explicar una narrativa de la memoria que puede percibirse como perturbadora y avasallante. Es un evento que, en palabras de mis tíos, responde al “orden natural”: “nada lo podía detener”; “contra la naturaleza es imposible que el hombre pueda pelear”. No hay un victimario humano, ni un escenario transicional, ni una verdad jurídica; de hecho, me atrevería a decir que no existe lugar para la reparación.

Es aquí donde, la segunda vía de mi interés se ha ido tejiendo, en tanto hay un intento por reventar la burbuja en la que creemos viven los niños y niñas, y por eso no pueden conocer o contar historias densas o complejas. Ese filtro que hacemos desde una relación de poder poco cuestionada, continuamente me ha llevado a visitar lugares de la ficción que permiten contar la horrorosa e inacabada historia de violencia que ha vivido nuestro país. Pero también a buscar agenciar la creación de un presente menos hostil, entender sus contextos, los rezagos de la violencia y como en la ficción hay posibilidad para contar lo que viven y su posible transformación.

Este tipo de narrativas son quizás como menciona Arfuch (2007) intertextuales, heterogéneas e híbridas. Desde muy niña escuché explicaciones sobre ese evento, cargadas de elementos figurativos increíbles. Eran historias de cómo, en los sueños, aparecían personas que aún estaban vivas y a la espera de ser rescatadas. Recuerdo que, en las noches, cuando oraba, pedía que mi abuela me dijera dónde estaba. Con el paso del tiempo, los rituales colectivos se han situado en ese espacio híbrido entre la memoria y la ficción, buscando, a través de las rendijas por las que se cuela la luz, crear un espacio que no sea monumental para el resto, pero sí para mi madre y para mí.

P. 17


CÓDIGO

Bibliografía Arfuch, L. (2007). El espacio biográfico: dilemas de la subjetividad contemporánea. Fondo de Cultura Económica. Butler, J. (1997). Mecanismos psíquicos del poder. Teorías sobre la sujeción. Ediciones Cátedra. Cohn, D. (1989). “Fictional versus Historical Lives: Borderlines and Borderline Cases.” The Journal of Narrative Technique, Vol. 19, No.1, pp. 3-24 Richard, N. (2014). “La crítica de la memoria.” Cuadernos de literatura, 8(15), 187–193. https://revistas.javeriana. edu.co/index.php/cualit/article/view/8000

P. 18


CÓDIGO

Crédito ilustración: Sofía Buitrago

P. 19


CÓDIGO

Memoria entre Ruido y Fuego Jorge Barragán

La memoria visual es compleja. A veces se presenta como un eco lejano, una imagen borrosa que lucha por mantenerse viva en la mente, al menos clara y no tan difusa. Con este pequeño escrito busco indagar en ese terreno resbaladizo, ese lugar donde la memoria personal y colectiva se encuentran, unidas por tres fotografías que guardan en su trasfondo un poco de los recuerdos de mi biografía y el pulso de eventos que me marcaron a mí, a una comunidad y quizás a un país. El deporte, el terrorismo y la violencia no son solo conceptos, sino realidades que atravesaron mi vida y la de una nación en algunos momentos, dejando marcas. El triunfo en la Copa América de 2001 y el atentado al Club El Nogal en Bogotá son eventos que, para algunos, podrían parecer solo noticias lejanas, pero para mí son huellas importantes, recuerdos que se entrelazan con otros macrorelatos. Quiero entablar una búsqueda, un intento de rescatar esos fragmentos de mi memoria que se resisten al olvido, que a veces creo que necesitan ser contados. Como tantas otras historias que no logramos descifrar en su totalidad y en la razón por la cual se nos quedaron tan grabado, estos momentos se registran a través de símbolos, relatos e imágenes que para algunos pasaron desapercibidos, pero que para otros —como yo— se convirtieron en pilares de capítulos de una biografía compartida.

donde la autora habla de los límites de la memoria y de cómo la incapacidad de retenerlo todo nos lleva a aferrarnos a relatos, historias y fotografías. Estos registros no son solo huellas del pasado, sino también herramientas necesarias para mantener viva nuestra identidad. Fernández describe la memoria como un trabajo constante, un esfuerzo que nunca termina. En mi caso, estas fotografías cumplen esa función de apoyo. La memoria no sigue un orden lógico. Como mencioné al principio, es caprichosa, inestable, caótica. Estas dos imágenes no solo evocan los eventos que representan, sino también las emociones que se entrelazan con ellos: la euforia, el miedo, la confusión. Lo que busco con este escrito es precisamente eso, capturar ese caos, esa espontaneidad que hace de la memoria algo tan profundamente humano. Al final, lo que queda no es solo el recuerdo, sino la emoción que lo acompaña y que nos habita.

Foto (1): Copa America (2001) Se ve el rostro sudoroso de Iván Córdoba alzando la copa, esa copa que durante décadas parecío un sueño lejano. A su alrededor, sus compañeros lo rodean, gritan y saltan, llenos de una alegría que, en esos momentos, parecía imposible de contener. Detrás de esa imagen gloriosa, el contexto es mucho más oscuro. Era el año 2001, y Colombia era un país acostumbrado a escuchar más sobre bombazos y secuestros que sobre hazañas deportivas. La Copa América, organizada en territorio colombiano, traía Para sostener este camino, me basaré en el texto de consigo una mezcla de entusiasmo y temor. Nona Fernández, Voyager, visto en el seminario,

P. 20


CÓDIGO

El país entero, desde los barrios más humildes hasta las grandes ciudades, celebraba algo que durante años se había visto como imposible. Un país que sobrevivía entre la sangre y el fuego, se coronaba campeón de América. La victoria era más que un logro deportivo: era un alivio temporal, una pausa en medio de tanto caos, un recordatorio de que, en medio de la adversidad, aún se podía ganar. Y ahí estaba yo, con 10 años, frente al televisor en la casa de mi padre. Mis padres se habían divorciado cuando yo aún era muy pequeño, y aquel día de julio, entre goles y gritos, compartimos algo muy especial. Manuel, mi amigo del barrio, estaba a mi lado, vivía a la vuelta de la casa de mi padre, y aquel año, en mi infancia, se había convertido en mi cómplice. Manuel y yo, dos niños de 10 años, vimos ese partido con la seriedad de adultos, conscientes de que algo grande estaba pasando. Y cuando el pitazo final sonó, no fue solo el triunfo de un equipo. Soy consciente de que la memoria humana tiene sus límites, y muchas veces, con el tiempo, los detalles se van desvaneciendo. A veces me pregunto si realmente recuerdo cada momento de esa noche, o si lo que conservo es una mezcla de lo que fue y lo que he reconstruido con el paso de los años. Como señala Fernández, la incapacidad de almacenar todos nuestros recuerdos genera la necesidad de recurrir a relatos, a fotografías como esta, que ayudan a llenar esos vacíos que el tiempo deja en nuestras mentes.

reconstruyendo lo que el olvido podría haber borrado de manera sutil o brusca, sin yo tener manera de determinarlo. Salimos corriendo a las calles. La Octava, normalmente tranquila, ahora vibraba al son de los carros que pasaban tocando el claxon, con la música ruidosa que venía desde todas las casas, desde todos los rincones. Las luces de los autos iluminaban la noche como si fueran fuegos artificiales improvisados. Manuel y yo corrimos detrás de esos carros, entre risas, entre gritos. Ese momento, esa noche, es uno de los recuerdos más vívidos de mi infancia. Han pasado más de veinte años desde entonces. Manuel sigue siendo mi amigo, y aún, de vez en cuando nos vemos, recordamos esa noche y sus variadas versiones. No es solo un logro futbolístico lo que quedó en nuestras memorias. Es la sensación de estar conectados, de celebrar con amigos, vecinos y extraños, todos unidos en esa calle donde el fútbol, por una de tan pocas veces, le ganaba las portadas de los noticieros a la violencia. Quizá también sea lo que Nona Fernández describe como un relato generoso. La memoria personal no se construye en solitario, sino que se nutre de las historias que compartimos con los demás. Cada vez que nos encontramos, Manuel y yo rememoramos esa noche, y con cada relato, ese recuerdo se enriquece, se profundiza, nacen nuevos detalles. Nos pertenecemos a través de esa memoria compartida, que es tanto nuestra y de todos aquellos que vivieron esa celebración con nosotros o que, aunque no conocíamos en ese momento, nos ayudan a construir la historia ladrillo a ladrillo, detalle a detalle.

Cada vez que veo esa imagen de Córdoba levantando la copa, vuelvo a esa noche de júbilo en las calles de Ciudad Montes, y me encuentro Foto (2): Club el Nogal (2003)

P. 21


CÓDIGO

En la siguiente imagen, aunque no se alcanza a ver, está marcada por un humo muy tenue que cubre las ruinas del fondo de lo que alguna vez fue un lugar de élite. Escombros esparcidos, ventanas rotas, columnas fracturadas; la devastación es notable. Casi se puede oler el calor de los escombros. La foto captura más que la destrucción de un edificio cualquiera. No solo los ladrillos y los cristales, sino también la idea de que, en Bogotá, la guerra podía mantenerse fuera de las zonas “seguras”. El Nogal, símbolo del poder y la estabilidad de una élite bogotana, yacía ahora como registro de la violencia que había cruzado la línea. El carro bomba que explotó en el Club El Nogal dejó 36 muertos y más de 200 heridos. No fue solo un ataque contra un edificio, fue un golpe directo al corazón de la capital, a las familias de políticos,

Foto (1): Archivo El Espectador.

P. 22

empresarios y figuras influyentes. Era el comienzo de una nueva fase de miedo, una que invadía las casas de todos los bogotanos, sin importar su estatus o poder. Frente al televisor, junto a mi padre, de nuevo, pero esta vez la pantalla no reflejaba la alegría del fútbol ni el sonido de bocinas en las calles. No, esta vez el ambiente era pesado, denso, como el humo que cubría la pantalla. Nos encontrábamos cenando cuando el noticiero interrumpió el programa que veíamos para transmitir las primeras imágenes del atentado. La explosión, los cuerpos heridos, los rescatistas buscando entre los escombros, lo que más recuerdo no eran las imágenes del caos, sino la voz de mi padre, rota por la rabia, hablando sobre el daño que la guerrilla


CÓDIGO

Foto (2): Archivo del diario el Colombiano y Sofía Toscano.

había causado a nuestro país. Era la primera vez que sentía que la violencia estaba tan cerca, justo ahí, en Bogotá, en mi ciudad. Hasta entonces, la guerra había sido algo lejano, un monstruo que habitaba los campos, los rincones olvidados del país. Pero ahora, con esa imagen de devastación, el peligro estaba más cerca de lo que jamás había imaginado. Nona Fernández mencionaba que la naturaleza caótica de la memoria hace que los recuerdos no sigan un orden lógico. Este recuerdo, por ejemplo, no me llega cada año en la misma fecha ni con la misma claridad. A veces aparece en conversaciones cotidianas, a veces en recuentos, o cuando algún aniversario triste, de los que está lleno Colombia. Pues en eso consiste el trabajo de la memoria: es

un esfuerzo consciente o inconsciente, voluntario o involuntario, que requiere atención constante para no dejar que los recuerdos se disuelvan o muten en una masa gris irreconocible, un collage de fotos sin caras. Recordar, en este caso, no es una tarea fácil. A veces parece una forma de aferrarme a fragmentos que, aunque dolorosos, forman parte de mi identidad, de lo que soy y de cómo entiendo mi historia y la de mi entorno. Lo que me hace volver a instantes como esos no es solo el hecho en sí, sino las conexiones emocionales que permanecen con esos momentos. Los recuerdos están profundamente ligados a las emociones. La forma en que gestionamos nuestros recuerdos, lo que sentimos cuando volvemos a ellos, influye en cómo experimentamos el cariño, el

P. 23


CÓDIGO

amor, la alegría, pero también el miedo, la inseguridad y la tristeza. Esa imagen del Club El Nogal no enmascara la tristeza como lo había hecho la victoria en la primera foto que expuse. No, esta fotografía la desenmascara, la pone sobre la mesa, la sirve como si fuese una muestra de algo, de una manera tan nítida que casi puedo sentir su peso, aunque suene ridículo pensar que una imagen puede pesar. Mientras las imágenes seguían desfilando por la pantalla, comencé a pensar en las calles que antes había caminado, que parecían tan seguras, y que ahora estaban llenas de un miedo, un miedo invisible. Todos estos son recordatorios de los extremos que hemos vivido como sociedad y de cómo esos momentos personales, íntimos, se van mezclando por los bordes con la historia más grande de un país como Colombia, que se encuentra en constante conflicto y lucha. Tal como lo describe Nona Fernández, el trabajo de la memoria es constante, inestable y complejo, pero también es lo que nos permite, al final, sostenernos, darnos forma y sentido. Y aunque los recuerdos se desdibujan con el tiempo, lo que permanece son las huellas emocionales que dejan en nosotros, la sensación de que, de alguna manera, tanto la alegría como el dolor son piezas fundamentales de quienes somos ahora.

Bibliografía Arfuch, L. (2013). Memoria y autobiografía. Exploraciones en los límites. Fondo de Cultura Económica.

P. 24

Fernández, N. (2020). Voyager. Penguin Random House.


CÓDIGO

Crédito ilustración: Felipe Cordoba

P. 25


Querido X, reflexiones sobre cómo escribir el yo Federico Díaz Duarte CÓDIGO

XX-XX-XXXX No sé cuánto guarda tu memoria ni si realmente 5:36 a.m. importa decirte lo que ese cuerpo que tienes alguna vez vivió. No sé si hay en ti, querido X, aún Querido X, algo de mí. Pero déjame decirte, aunque sea por espero que esta carta te reciba con tranquilidad egoísmo, algunas cosas de mí. Entre más lo pien el corazón, no veo razón para que no sea de enso, no sé qué tanto quiero que sepas. Si juego esta manera. Escribo esto esperando que es- bien mis cartas podrías ser todo lo que nunca fui tés abierto a creer en lo que te digo. Tal vez sea y, aun así, estar muy cerca de la verdad… egoísta solo desear que laleas, porque tú ya no serás yo, pero por lo menos, dame la oportunidad de contarte quién fui… XX-XX-XXXX 8:36 a.m. XX-XX-XXXX Querido X, 7:00 a.m. mi nombre es Enoch Soames y alguna vez fui Querido X, tú. Nací en la ciudad y crecí con mi madre y mi hace poco leí un cuento sobre un escritor fracas- abuela. Al momento de escribirte esta carta, he ado que hace un pacto con el diablo para pasar vivido 20 años, y para cuando la leas, ya no exuna tarde en el futuro y descubrir si el tiempo istiré. Me ha costado comenzar a escribir esta le había dado el reconocimiento que merecía. carta, que … Cuando regresaba del futuro a saldar su cuenta con el diablo, le decía a otro escritor que la única XX-XX-XXXX mención de él en el futuro era como “un perso10:00 a.m. naje ficticio” de un cuento. Querido X, Me llamo Juan Méndez. Un poco más adelante Querido X, tú no me conoces y pese a eso te diré por qué escribo. esta carta es profundamente personal. Compar- Cuando tenía 14 años me convertí en un ladrón timos tantas cosas como las que nos separan: los compulsivo de libros, entraba a las librerías de dos tenemos un lunar al lado derecho del ombli- segunda con sacos grandes y me guardaba los ligo, el pie plano, la punta de los dedos amarilla bros entre el pantalón y el ombligo. Un día robé por la nicotina… aunque no sé si fumes. los poemas de Jim Morrison; yo quería ser Jim Morrison …

P. 26


CÓDIGO

XX-XX-XXXX 10:15 a.m. Querido X, Me llamo Jim Morrison… XX-XX-XXXX 10:20 a.m.

Querido X, he decidido que no te escribiré esta carta; solamente te explicaré por qué nunca debí intentarlo. No puedo dejar constancia de quién fui mientras viví en tu cuerpo sin parar de mentirme. Me da pena, me da tristeza, me da rabia tener que hacer un croquis de quien soy, y al hecerlo, convertirme en otro. Julia, un nombre que tanto significa para mí y tan poco para ti… XX-XX-XXXX 10:40 a.m.

Querido X, te escribo unas cosas que quiero que sepas de mí: 1. Nunca me gustó mi nombre; 2. Le tengo miedo a los fantasmas; 3. Me gustan los andenes que tienen la altura suficiente para sentarse en ellos, ahí hablaba con mis amigos del colegio; 4. No me gusta estar en carros los domingos por la tarde, me recuerda a mi padre escuchando Javeriana estereo música sin fronteras; 5. El mejor concierto de mi vida fue Charly García en Rock al Parque; 6. Camilo Torres siempre será sinónimo de mi madre; 7. Nunca he tocado un cigarrillo en mi vida, me recuerdan a mi abuelo; 8.

P. 27


CÓDIGO

Tras 21 años de vida, el ajiaco y la hamburguesa siguen siendo la mejor comida; 9. Me encanta hacer ejercicio; y 10. Tengo astigmatismo. Por eso todo lo veo medio borroso, por eso mis recuerdos son así. 11. No me gustan los decálogos. XX-XX-XXXX 11:20 a.m.

1Querido X, he decidido que no te escribiré esta carta, solamente te explicaré por qué nunca debí intentarlo. No puedo dejar constancia de quién fui mientras viví en tu cuerpo sin parar de mentirme. Me da pena, me da tristeza, me da rabia tener que hacer un croquis de quién soy y convertirme en otro al hacerlo. Julia Musitano decía que “Todas las escrituras del yo están inmersas en un fondo de indiscernibilidad entre realidad y ficción”, como el cuento de Borges donde un emperador chino manda hacer un mapa tan exacto que cubre toda la ciudad; el simulacro, que llama Baudrillard y más bobadas así. Me genera profunda tristeza pensar que mi mundo se terminará. Aunque te diga que fue en la calle 5 con 12a, mientras llovía y tenía 14 años, que me enseñaron a besar, no lo podrías entender, no besarías igual. Mi memoria, dígase mi fantasía, dígase yo, se pierde en cuanto se pierda la conciencia de que me miento a mí mismo, de que en el fondo sé las cosas que estoy dejando atrás. Querido X, una vez le escribí una carta a Reinaldo Arenas, le dije que quería abrazarlo,

P. 28


que me dejara cuidarlo pero que ojalá nunca supiera quién fue; fue mi carta más personal. No entiendo, no sé cómo lograr pasar a ti, cómo hacer de mi DATA un texto transparente. Una vez más Julia Musitano diciendo “escribir la propia vida implica también su propia imposibilidad.”

teoría. No escarbar nuestro interior, sino acariciarlo. No quiero hablar más de argentinos, me da pereza.

Al parecer no hay otra forma de mantenerse sino es por la ficción, y aun así deseo creer que ese no soy yo. Un día busqué el 3 de diciembre, fecha de mi cumpleaños, en los diarios de algunos escritores. Pizarnik dijo: “Martes, 3 de diciembre. Ternura. Desolación, Una persona que me importa mucho pregunto: [frase tachada]” (p. 208).

Querido X, esta es la carta que más lejos ha llegado, esta es la carta donde quiero que me encuentres, justamente en mi imposibilidad de presentarme ante ti, de recordarme.

Y yo en mi propio diario escribí: Dear Boy, Dear Boy. Hay algo que conecta a McCartney con la entrada del diario de Pizarnik del martes 3 de diciembre (día de mi cumpleaños): Martes, 3 de diciembre Ternura. Desolación, Una persona que me importa mucho pregunto: [frase tachada] (p.208)

(Che, boludo, qué pereza).

P. D. Querido X, insisto en que te quiero, pero debo ser honesto: te detesto y me fascinas. Adiós, X. XX-XX-XXXX 11:40 a.m.

Querido X, Hay cebolla, leche y zanahoria en la cocina. Toca lavar la ropa. Todos los zapatos ya tienen plantillas. Hay cigarrillos en la mesa de noche.

Atentamente, I guess you never knew, dear boy/ What you Federico. had found. Una de mis últimas lecturas, Ternura y Derrota de Luna Migel, dice: Ternura: curarse con la palabra [...] Ternura: sé que no estoy siendo del todo clara, la claridad lo enrarece todo. Dentro de la peligrosa desolación que arribó en Pizarnik (partió de mí un barco llevándome) hay una metodología de la ternura que ella no encontró. Me pregunto si esta metodología debe mediar las palabras de una forma diferente, deslizarse al símbolo, al signo, al dibujo, los pictogramas primitivos rodeados de una tierna

P. 29


CÓDIGO

Condiciones de existencia

Maria Fernanda Pulido Martínez

Recuerdo que una noche, a mis 8 años, la silueta de un hombre con traje y sombrero de copa me observaba desde la puerta de mi cuarto. Estaba inmóvil, no parecía tener intención de acercarse en lo absoluto y, sin embargo, me cubrí la cabeza con las cobijas, manteniendo la esperanza de que esa pequeña barrera lo hiciera irse. Gracias a una especie de instinto cósmico heredado, a una memoria genética reclutada por siglos de evolución (Fernández, 2020), mi primera reacción fue pensar en cosas que me hicieran sentir segura. Mi corazón llamó a mi abuela: su nombre era Marina Martínez, murió por un cáncer de seno en abril del 2001.

De mi interior comenzaron a salir ondas de luz que chocaban contra las paredes y estallaban en millones de fragmentos, desgarrando poco a poco la realidad. Cada esquirla centelleante flotaba frente a mis ojos con la delicadeza jocosa de las burbujas, albergando dentro de sí un pedazo de tiempo, de familia, de mi historia. De repente, sentí que mi cuerpo se adentraba en uno de los fragmentos en una especie de viaje en el tiempo. Ya no me encontraba en mi cuarto junto a ese ente extraño que me acechaba, sino en la sala de mi casa en medio de una hermosa mañana. El ambiente era, en definitiva, festivo. Estaban mis papás, mi hermana, la familia de mi tío René y de mi tío Gabriel, todos reunidos Inmediatamente, sentí una mano tocar mi brazo alrededor de mi abuela. desde el otro lado de mi fortaleza calientita. Era un contacto familiar y suave, para nada Ella sonreía desde una de las sillas con tapicería amenazante. Saqué despacio mi cabeza y vi a mi de flores en las que a mí me gustaba saltar. Esa abuela sentada al borde de la cama, rompiendo mujer lucía muy diferente a la que se había senlos límites del más allá. Su presencia fue igual de tado al borde de mi cama: tenía un brazo enyerefrescante al aire frío que entró por mi nariz. sado, se veía mucho más delgada y frágil. Pese La silueta ahora estaba en el centro del cuarto, a todo, era muy hermosa. Justo en la mitad del mirándome, pero mi abuela me tranquilizó y grupo, como el ombligo de ese pequeño mundo, tocó mi pecho, pidiéndome que respirara con sonreía valientemente en medio del dolor que le tranquilidad. producía su seno. Con una camiseta negra bajo

P. 30


CÓDIGO

Archivo personal

un vestido vinotinto (su favorito), la cadena dorada de la virgen de Guadalupe alrededor de su cuello y su cabello negro recién peinado, había decidido disfrutar lo que esperaba que fuera su último cumpleaños acompañada de sus tres hijos, sus nueros y sus nietos. Mi mamá no hablaba mucho de mi abuela, debido al dolor que su muerte le generaba a mi hermana, así que ese era uno de los pocos recuerdos que tenía de ella y, siendo honesta, era mi favorito. Probablemente, esa fue la razón por la que los juegos e intersticios de mi memoria lo habían escogido como destino de mi viaje espacio-temporal. Nona Fernández (2020) concibe la memoria a partir de constelaciones que indican un camino entre la interacción de pasado, presente y futuro. También afirma que lo que cuentan otras personas, con un relato generoso, completan aquello que no podemos recordar. Así siempre había actuado mi memoria, como pequeños puntos de luz que me revelaban cosas nuevas una vez lograba conectarlos. Por ello, completamente ajena a la silueta con sombrero que me acechaba en la otra realidad, observé atenta el cumpleaños de mi abuela, preguntándome qué podría mostrarme ese momento sobre mí, la familia o lo colectivo.

por lo que mi abuela se había quedado sola con sus hijos. Tomó un suspiro hondo, lento y pausado para no lastimarse a sí misma y dijo: —Tengo tres deseos antes de morirme. —¡Mami, no diga eso! Mi mamá era una mujer muy hermosa, joven y con el cabello rizado. Se le aguaron los ojos ante el comentario de mi abuela. Por las historias que mi familia me había contado, ella fue la que se encargó de cuidarla, especialmente cuando le descubrieron el cáncer. —Yo ya estoy cansada, Patico, muy cansada. Ya no quiero intervenciones, ni quimioterapias, ni cirugías. Y me quiero ir rodeada de los que amo en esta que es mi casa, no aislada en un hospital como le pasó a su papá. Pero, antes de irme, tengo tres deseos que quiero que se cumplan.

»Primero, Gabriel. Usted lleva viviendo con Mercedes desde que quedó embarazada de Cristian cuando tenían dieciséis años. Ya tienen tres hijos y una casa, pero su relación viene y va en medio de disgustos y peleas en las que ella siempre encuentra una razón para alejarse de usted. ¡Entienda, mijo! Es que no le da seguridad y por eso los Mi papá había apagado la cámara, mis primos niños están viviendo en un hogar inestable. Quihabían salido a jugar al garaje junto con mis tías, ero que se casen antes de que yo me muera.

P. 31


CÓDIGO

Mi mamá observó por la ventana de la sala a su hija que corría gritando junto a sus primos y, luego, miró a mi abuela. Su boca se torció en un gesto de frustración, pues ella sabía que el cáncer que se le estaba robando a su mamá era producto de los golpes que mi abuelo le había dado cada noche después de gastarse la plata de —Ahora, Ranita—continuó mirando hacia mi la familia en trago. Recordó todas las veces en otro tío—, quiero que usted le cuente a Liliana las que había tenido que defenderla y todas las lo de Julieth. Ustedes están casados y Javier ya veces en las que no pudo hacerlo. tiene diez años, no es justo que le siga escondiendo a su mujer lo de su primogénita. Acuér- Sabía que ser mujer en un país como Colombia dese que no ha hecho nada malo, a ella la tuvo significaba no solo correr el riesgo de los golpes antes de conocer a Liliana, pero lo que sí es un que mi abuela había recibido estando casada, sino también las violaciones que su cuerpo había error es mantenerla viviendo en una mentira. tenido que soportar desde que era niña y por las Mi tío René se negó, llorando a moco tendido, que había tenido que migrar a Bogotá. Mi mamá pero se negó. No iba a decirle nada a Liliana sabía todo eso y se preocupaba por su hija; mi porque eso sería el fin de su matrimonio. Y pese mamá sabía todo eso y, aun así, quería otra niña a que mi mamá intentó convencerlo, diciéndole porque una vida llena de hombres le parecía una que de todas maneras la verdad sale a la luz tar- vida necesariamente difícil, una vida como la de de o temprano, el no de mi tío fue rotundo. Esa sus cuñadas. reacción supuestamente inamovible me causó un poco de gracia porque yo, con mis cono- —Mami, yo no le puedo prometer eso. Ya sabecimientos del futuro, sabía que él sí le había con- mos que solo lo decide Dios —respondió. tado. En todo caso, mi abuela continuó con una cara de disgusto que le duró hasta que vio a mi —Si Dios no me permite seguir acompañándola, mamita, entonces él le tiene que mandar un mamá. bebecito para que usted no esté sola. ––Mi gordita linda ––le limpió las lágrimas con los dedos––, yo sé que estos años no han sido fáciles para sumercé. No solo por mi enfermedad, sino por sus cinco angelitos que me van a acompañar cuando yo ya no esté. Sé que usted y Mario quieren tener el bebé que Dianita ha pedido tanto. Por eso, Patico, mi deseo para usted es que tenga su segundo bebé, ¿me oyó? Todos estaban llorando y eso me sorprendió porque no sabía que los adultos podían llorar. Mi tío Gabriel accedió al deseo de mi abuela entre lágrimas, diciendo que, de todas formas, él y Mercedes ya estaban pensando en casarse. Mi abuela estaba satisfecha.

P. 32


CÓDIGO

Esa pequeña esquirla de memoria fue capaz de mostrarme la verdadera intención de sus deseos: necesitaba asegurarse de que sus hijos contaran con un lugar estable y seguro porque, cuando ella desapareciera, la familia que había formado para los tres se iría con ella. Mi abuela murió por un cáncer de seno en abril del 2001, cuatro meses antes de que yo naciera. Pero ese día yo estaba viéndola en su cumpleaños, mientras sembraba, con su muerte como desafío divino, mis condiciones de existencia. Esa especie de viaje en el tiempo dio un giro, llevándome por otros fragmentos de memoria hasta mi cuarto. Mientras mi cuerpo volvía a materializarse, vi que el espíritu de mi abuela chorreaba orgullo por los ojos. El hombre del sombrero de copa había desaparecido ante la ausencia de terror en su víctima. Nona Fernández (2020) concibe la memoria a partir de constelaciones que indican un camino entre la interacción de pasado, presente y futuro. Por eso mi abuela y su último cumpleaños habían sido mis elegidos para aparecer en uno de los momentos más aterradores de mi vida. Mis recuerdos de ella, y de ese día, están formados a partir del tejido que mi cerebro produce con el sustrato de relatos ajenos y experiencias vividas.

Marina Martínez fue una mujer que, como muchas otras colombianas, sufrió violencias basadas en género y murió a causa de los golpes de un marido alcohólico. Marina Martínez era una mujer que tenía miedo de abandonar a sus hijos y pidió deseos en un último intento de protegerlos. Ella, Marina Martínez, es una conexión del pasado que produce mi presente y marca mi futuro, una mujer que me bendijo con una naturaleza defensiva y fuerte en el preciso momento en el que realizó un intercambio cósmico entre su vida y la mía.

Bibliografía Fernández, N. (2020). Voyager. Chile: RANDOM HOUSE.

P. 33


CÓDIGO

El Recuerdo a través de los objetos Sofía Rojas Trujillo

El viernes pasado mi abuela Sofía dejó caer mi cámara fotográfica. No debería ser una noticia de última hora; quizá estaba mal acomodada, quizá ella la necesitaba. Le dio un buen golpe, tanto que el lente de 35-80 mm se soltó y estoy a punto de llevarlo a arreglar. Cuando vi lo que había sucedido, en mi estómago se asentó un vacío profundo, como un agujero negro que me quitaba el hambre, el sueño y cualquier interés, al menos hasta que se pudiera reparar el daño. Fue dramático, sí, pero no porque el arreglo fuera costoso, o por las partes descontinuadas, sino porque mi cámara era la cámara de mi abuelo. Según mi papá, mi abuelo compró la cámara Canon cuando nació mi hermano (así como compró la filmadora cuando nací yo). Mi abuelo Herney pidió la mejor cámara que tuvieran disponible, compró las pilas que pedían, rollos, hasta un lente extra de 75-300 mm para capturarlo todo mejor. Durante 20 años los álbumes de mi casa se nutrieron con las fotografías de nuestro nacimiento y crecimiento, rollo tras rollo de nuestros bautizos, primeras comuniones, San Pedros pasados en familia; los viajes a Chile y Argentina, la contabilidad de la finca ganadera, el nacimiento del último de nosotros. Mi abuelo me heredó su cámara este año, después de muchos años de no usarla. A sus 83 años no la había vuelto a sacar después de agotar sus úl-

P. 34

timas pilas y de enfrentarse al encarecimiento de los rollos fotográficos, (además de la desaparición de Foto Japón en Pitalito), pero ante mi casual insistencia, decidió hacerla limpiar, lavar el bolso y entregármela durante su propio cumpleaños. Darle vida a los recuerdos de los que él quiso volverme guardiana, anclarme a aquellos objetos que seguirán dándole vida mientras yo los mantenga con vida. Romper mi cámara no se sintió como el daño de un objeto, sino de todos mis recuerdos, especialmente aquellos que involucran a mi abuelo Herney. Cuando vi el lente sentí como si lo que todavía tengo de mi abuelo, lo que me quedará una vez él no esté más, se desvaneciera frente a mí y los demás no sintieran remordimiento frente a ello. los recuerdos me arrollaron, aunque no los estuviera buscando, incluso los más desagradables y los miedos que me atormentan. Porque es verdad que los objetos guardan historias, no solamente en el caso de la cámara, aquellas que permiten capturar y compartir; sino los recuerdos más grandes que implican sus existencias en nuestras vidas. Sindy Elefante, en Elefantes en el cuarto, es elocuente cuando ata las cosas a sus recuerdos. La historia, contada como novela gráfica, sigue a Sindy cuando hace una limpieza general de su cuarto de infancia. Popularmente se dice que


CÓDIGO

uno no sabe lo que tiene hasta que se trastea (o saca cosas a regalar) y esa es la premisa de la historia, la cual desata los recuerdos con una raqueta de tenis. Tocar la raqueta es como morder la magdalena de Proust en En Busca del Tiempo Perdido, se genera una sub-narración de los recuerdos, una muñeca rusa que nos descubre algo más allá de la narración inicial, proponiendo una meta-narración de su propia vida. El efecto proustiano se genera a través de una memoria involuntaria, la cual enlaza dos actitudes o dos posiciones del sujeto en relación con el pasado y la memoria: una activa, de búsqueda; y una pasiva, de espera. En ella interviene la inteligencia, la conciencia, la voluntad. En cambio, en la segunda posición, la de la espera, la voluntad se suspende. Se trata de una posición que se correspondería con la mente: la memoria que emerge para ser recibida, en su fragmentariedad, involuntaria y pasivamente por el sujeto. (Llorens. 2018). Sindy no busca una recordación de la memoria propiamente dicha al revisar las cosas en su cuarto, pero se da a entender que logra una conciencia de las cosas que mantienen un valor sentimental suficiente para ella guardarlas. ¿No son los juguetes objetos llenos de los años de la infancia? ¿De los momentos compartidos con las figuras que nos consolaban en momentos de soledad o nos acompañaban cuando venían familiares o amigos con los que ya no hablamos? ¿No contienen los juguetes una parte de sus almas? Retomando la narración propuesta por Sindy Elefante, es un constante intercambio entre la narración principal y la analepsis a partir de objetos que la hacen recordar eventos específicos, pero especialmente para recordar personas: su hermano, sus padres (los recuerdos de estos, además que con estos), su familia extendida, los amigos, sus exnovias... El efecto proustiano no

solamente genera en ella una exploración del pasado y todas las acciones y personajes que lo conforman, sino también una exploración del yo. Las experiencias que tenemos ayudan a conformar nuestra identidad a partir de las situaciones vitales a las cuales nos vemos expuestos. Los recuerdos que tenemos nos ayudan a construir una percepción del yo que desemboca en una personalidad, producto de dichos momentos vividos. No podemos decir que Sindy Elefante, la cual escribe y dibuja el libro, es la misma que es en la actualidad, pero tampoco podemos negar que en ella sigue viviendo la persona que fue. La memoria es un componente crucial en la creación y conservación de la identidad individual y colectiva. (...); la memoria más profunda conectada a eventos importantes, los cuales son recordados por largo tiempo; la memoria social, conectada a la historia común de un grupo específico de personas (parientes, tribu, nación); o la memoria individual relacionada a la historia de un individuo o su familia. Recordar el pasado también puede ser no-querido y los eventos olvidados rápidamente. (Martinez et al. 2012).

Los recuerdos crean identidad, de ello no cabe duda, pero hasta nuestras conformaciones más primigenias provienen de lo que recordamos, de las historias que nos han contado, especialmente aquellas que crean y definen la cultura en la cual nos formamos. La memoria en las sociedades y en los lugares aportan a la construcción de personalidad, pero los grupos que conformamos primero son nuestros entornos inmediatos: la familia, los amigos. Verse parte de grupos nos hace percibir en la narración un sentido no solamente de la individualidad inherente a las historias, sino también la pertenencia a una colectividad que la conforma, así como ella hace parte de la misma. Los objetos no son solamente míos, son nuestros, así como los recuerdos no pertenecen solamente a una persona.

P. 35


CÓDIGO

Cuando Sindy Elefante propone una memoria de sus amigos y su familia, de sí misma, a través de los recuerdos que desencadenan los objetos, va construyendo una historia de lo vivido y lo que aquello implica para su futuro. Los artefactos como lo son la raqueta, las medallas, el cassette, la calculadora, no existen solamente en el presente como los protagonistas del recuerdo, ni solamente en el pasado como parte de él, sino también en el futuro. Al finalizar la historia de su vida y su coming out, la autora y narradora se permite mostrar esperanza por un futuro al que se aproxima sola y acompañada. Los objetos no solamente permiten reconocerse en lo que fuimos cuando los tuvimos o los usamos, sino ver que, así como pasó tiempo entre la primera y la segunda vez, pasará tiempo hasta la siguiente, podemos preguntarnos ¿quiénes seremos entonces?

do por volver a usarla? Reconocer nuestro pasado es reconocernos a nosotros mismos en él, o quizá no vernos ahí, sino saber que seguimos siendo nosotros, y ese ser cambia, y recordarle es saber que existirá un después. Vernos en las historias que contamos, hacer un esfuerzo por recordar/nos, es respetar y potencializar nuestra vitalidad, ver al futuro y cohesionarlo con el pasado sobre el cual ha puesto sus bases, las raíces de quienes somos y lo que queremos ser. Si soy un árbol, echo mis raíces en los recuerdos, en las personas, crezco en el tronco, en las ramas, y mis frutos son todo aquello que logro conservar.

La cámara de mi abuelo, en este momento de mi vida, es un ¿qué seré entonces? ¿Quién fui la última vez que capturó algo? ¿Quién soy, esperan-

Bibliografía Llorens, M. (2018). “La memoria involuntaria: Marcel Proust y el descubrimiento poético del interior. Un análisis desde la perspectiva filosófica de Walter Benjamin.” En Areté Revista de Filosofía. Vol. XXX, N° 2, pp. 305-331. Martinez et al. (2012). Memory and Identity. An overview. Sharing European Memories at School. Unión europea. Sindy Elefante. (2017). Elefantes en el cuarto. Laguna Libros. Colombia.

P. 36


CÓDIGO

Crédito ilustración: Laura Cardenas

P. 37


CÓDIGO

Constelar las calles de ceibas Sofía Garcia

P. 38

Archivo personal


CÓDIGO

Archivo personal

Él es mi papá, Javier Enrique y en esta foto tenía siete años. Según su registro civil nació el 18 de diciembre, pero mi abuela decía que lo habían registrado mal y en realidad había nacido el ocho de diciembre de 1964 en San Gil. Exactamente dos años antes de que los Rolling Stones cantaran por primera vez Paint it Black, la canción favorita de mi papá. Él es el menor de ochos hermanos y desde siempre ha sido el consentido de todos. Creció alrededor de las ceibas del Parque Gallineral, de las calles empinadas del pueblo, el bocadillo con queso y la piedra del pato en el Río Fonce. De chiquita me decía que trabajaba embolando zapatos en el parque para mantener a sus siete hermanitos, pero yo no le creo, a él siempre le ha gustado inventarse cosas para hacerme reír. A mi abuelo le decían “el Mono”, se murió cuando yo tenía diez años y pocas cosas recuerdo de él. Más o menos 20 años antes de que yo naciera le dio una trombosis, por lo que la parte derecha o izquierda (ya no recuerda cuál) no la podía mover. Yo conocí al Mono, pero no al Mono que conocieron mi papá o mis tíos. Decían que mi abuelo salía mucho de fiesta: tuvo un pasa-

do complicado y doloroso. Parece que sufría de depresión, pero en esas épocas no se hablaba mucho de eso. Mi abuelo tocaba el tiple y la canción que más le gustaba era Mariposita Azul. Esa fue la canción que cantaron en su funeral y ese fue el día en el que vi llorar a mi papá por primera vez. Todo lo que he conocido sobre él ha sido a partir de conversaciones, relatos o historias que he escuchado a través de las paredes. Yo ya casi no me acuerdo de él. Mi abuela en vida nunca quiso decir nada tampoco. Se llamaba Gladys y era una mujer muy fuerte a la que le tocó criar a sus ochos hijos. Trabajaba en Cementos Hércules y en los eventos de fiesta del trabajo cargaba recipientes dentro de su cartera para llevarles comida a sus hijos. A ella no le gustaría que contara esto. Mi abuela era una persona muy fuerte, tanto que siempre me dio un poco de miedo. Yo creo que tuvo que ser así de fuerte para poder criar a sus hijos. Sin embargo, jamás dudó de ese amor inquebrantable por mi abuelo. Lo hizo todo por él. Ella murió en 2020, por COVID-19, y nunca logramos despedirnos de ella.Pasaron tres meses hasta que pudimos viajar a San Gil.

P. 39


CÓDIGO

Mi mamá también nació en San Gil, un 11 de noviembre de 1969. Fue la primera de cuatro hijos: todos hombres a excepción de ella. Estudiosa, perseverante, cuidadosa y, sobre todo, soñadora. Me cuenta que de chiquita leía muchísimo, sobre todo el periódico. Mi abuelo Humberto siempre ha sido aficionado al fútbol y a las noticias. Pasiones que trascendieron en todos sus hijos. Mi abuela Gilma, por otro lado, la consentía y le hacía su plato favorito: la ensalada rusa. Mi mamá, al contrario de mi papá, no salía por las calles de San Gil a hacer pilatunas. Era más juiciosa, se quedaba en el almacén de mis abuelos vendiendo y escuchando con sus amigas a los Flans.. Mi mamá soñaba con ser abogada y logró venirse a Bogotá por una amiga que le mandó el formulario de admisión del Externado. En esas épocas sin internet no había manera de investigar sobre una universidad así, y mucho menos si era en Bogotá. Me ha contado que para la entrevista se puso una falda roja que era completamente

disruptiva con la moda de todos los capitalinos. La foto es de esas épocas, cuando mi mamá tenía unos 18 años. Mis papás no se conocieron en San Gil, sino acá en Bogotá. Vivieron en un apartamento al que apodaron “la casa del ritmo” porque era en donde se hacían las mejores fiestas. Pasaron evidentemente muchos caminos e historias para que ambos constelaran en un mismo lugar. No obstante, no podría contar todos los retazos en esta narración. Se casaron en 1997 en la Catedral de San Gil y la fiesta fue en el Parque el Gallineral. De esa fiesta han hablado por casi 27 años ya. Se casaron en el mismo lugar y día que mis abuelos, Gilma y Humberto. Dicen que fue el mejor matrimonio de todos. Los que tenían bebés los dejaron durmiendo sobre los bafles por los que se escuchaba “Procura” de Chichi Peralta, un absoluto éxito en ese año.

Archivo personal

P. 40


CÓDIGO

Y esta soy yo. No recuerdo cuando tomaron la foto, ni ese día, ni absolutamente nada. Solo sé que esa es la calle frente al almacén de mis abuelos Gilma y Humberto, y que ese era el carro de mis papás. Soy la primera y única hija de mi mamá, y la segunda y última de mi papá. Desde que era muy chiquita mis papás siempre me han llevado a San Gil. En el camino de carretera, antes de que existiera el bluetooth, mi papá siempre ponía el CD del Joe Arroyo o el de Los Beatles. No recuerdo no ir o reconocer por primera vez ese espacio. Para mi San Gil es una recolección de recuerdos y de trazos familiares. Todo lo que conté hasta aquí no lo viví, sino que lo reconstruí a partir de las fotos y de las historias que me han contado. Las fotografías las entiendo como las Voyager de Nona Fernández, las cuales se encargan de registrar personas, vidas, olores, espacios e historias. Si bien no estuve en ninguno de esos momentos, mis papás, mis abuelos y mis tíos me han contado el relato detrás de ellos. Surgen como puntos de partida desde los cuales se desprenden memorias sonoras, visuales, táctiles, etc.

los árboles, disfrutar la comida. Para mí, es el recuerdo de los sanduchitos de jamón y queso que me hace mi abuela Gilma, las ceibas del Parque El Gallineral, la flor que sembré en la casa de mis abuelos, la radio mientras suena un partido, el matrimonio de mis papás y mis abuelos, el trabajo arduo de mi abuela Gladys, la música de mi abuelo Mono, las pilatunas de mi papá, los vestidos que mi mamá se probaba de chiquita del almacén de Gilma y Humberto. Para mí, las memorias que habitan en este pueblo son constelaciones que llevan construyéndose años y años antes de que yo naciera. Es a partir de las fotografías que puedo mantener vivos a aquellos que ya no están y mantener aquellos momentos que ya pasaron. Para mí, la memoria es la reconstrucción sensorial de los tejidos de mis antecesores y de mis experiencias propias cargadas por ellos. La memoria estará viva en la medida en que la nutramos.

Cada vez que llego a San Gil, siento una carga energética presente entre mi caminar por sus calles, escuchar la historia de mis abuelos, oler

P. 41


CÓDIGO

NARIZ

Juana M.A. Diaz Santamaría P. 42


CÓDIGO

Archivo personal

P. 43


CÓDIGO

Archivo personal

P. 44


CÓDIGO

Archivo personal

P. 45


CÓDIGO

Archivo personal

P. 46


CÓDIGO

Archivo personal

P. 47


CÓDIGO

Archivo personal

P. 48


CÓDIGO

Bueno... Debo admitir que ese “pedacito” de historia familiar, que mis papás jamás me contaron, sigue rondando en mi cabeza hasta el sol de hoy. Más allá de mis intentos de rastrear la genealogía de mi familia (los cuales han sido fallidos), el descubrir que tengo antepasados recientes, de orígenes totalmente opuestos, me hace preguntarme el porqué olvidamos esto. ¿Cómo es posible que construyamos una memoria de quienes somos desde el no saber? Ver mi nariz en esa fotografía fue recordar el complejo que le tenía, pues la percibía fea y muy grande para mi cara; no obstante, de no ser por ella jamás me hubiese percatado ese fugaz rayo de luz que develó un posible origen que, por razones desconocidas, mi familia ni reconoce, ni habla de él con orgullo o desprecio. A nivel macro, empecé a preguntarme por qué odiaba mi nariz, por qué consideraba que era fea: me encontré con un extenso catálogo de productos culturales que conectan los rasgos faciales de una etnia con características negativas en pro de desprestigiar a una comunidad. Sin embargo, al ver esa nariz aguileña, concebida por algunas personas como nariz de bruja o nariz fea, mientras se expone con seguridad, me ha permitido resignificar las memorias tristes que atraviesan su existencia. A nivel micro, empecé a ver mi nariz como un rastro del pasado familiar y aprendí a quererla mientras

que comencé a preguntarme por ese vacío: ¿por qué no habría de recordarlo?, ¿por qué parecía no ser importante? ¿será omitido a propósito?, ¿cómo le puedo dar un lugar en nuestra memoria familiar? La memoria puede definirse como un proceso complejo de construcción y reconstrucción de la identidad personal y colectiva: se alimenta tanto de experiencias vividas, como de relatos familiares, ya sean reconocidos o silenciados. Es un tejido de recuerdos, significados y emociones que se entrelazan, permitiéndonos reinterpretar el pasado y dar sentido a quienes somos. En el contexto de la historia familiar, la memoria no solo abarca lo que se recuerda, sino también lo que se olvida, y cómo ese olvido puede influir en la autoimagen y la percepción cultural. Así, la memoria se convierte en un espacio donde se negocian las tradiciones, las emociones y los legados, permitiendo resignificar aspectos de nuestra identidad que han sido estigmatizados o ignorados.

P. 49


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
Revista Código - La autoficción by PUJaveriana - Issuu