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Cuentos del Taller de Creación Literaria (Vuelta de Tuerca)

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FIESTA DE LAS ARTES

SEGUNDO SEMESTRE 2015 : TALLER DE CREACIÓN LITERARIA: VUELTA DE TUERCA.


DÉBORA HERNÁNDEZ


BOGOTÁ No pude disfrutar del todo la vista de los edificios de la diecisiete con séptima, aunque de todas maneras me quedé pasmado, como es mi costumbre a las 3:45 p.m., todos los días, no importa si

llego tarde a casa o a la cinemateca o donde sea. Llovía y se sentía el sol, era un momento bellamente propicio, aunque sé que ese adjetivo –como casi todos- quizá está de más, pero llovía, entonces no importa.

No tengo manera de explicar la alegría en la que me embarco al llegar a los brazos de Ana. Como me gusta escribir su nombre. Contentarme con su olor a lavanda y a comida quemada.


… • - Ana, llegué. - ¿Cuántos pasos tengo que dar para llegar hasta ti, Gonzalo?

- Cuéntalos. - Diez y seis. Quería que fueran menos. A veces siento este barco más grande o mi cuerpo más pequeño. - El barco se hace más grande. - Qué dicha entonces.

- Qué dicha, entonces. *


… Le di un beso en el hombro. Era mi costumbre si llegaba después de visitar la diecisiete. Me

gustan las costumbres y repetir las cosas que dice Ana. A pesar del ruido del centro, siempre me pareció que el apartamento se balanceaba en un mar azul, azul, azul. Cada vez que llego y está ella empiezo a oler el mar. Ana canta cuando cocina huevos y es como si fuera un fuerte viento

cargado, re cargado de sal o las olas rompiendo contra las rocas. Puede que sólo sean los árboles de afuera. Entre tanto yo pienso: qué sabroso, qué sabroso el mar de sus caderas, de su boca que precisa en quererme, este barco Azul.


… • * - Perdóname por llegar tarde. - En el mar nada es problema. * Se parece a muchas canciones, de pronto es por eso que la quiero. Es una cumbia y de repente se reparte en oboes o saxos. Me siento en el sofá. Cierro los ojos porque ella se acerca a besarme. Dice que cerrar los ojos cuando se besa hace sentirlo todo más adentro, más fuerte, más intensamente, aquí, no sé, en el fondo, no sé. Repito sus palabras. Yo le creo, entonces ejercito mi fe y cierro los ojos. La veo más allá de la oscuridad.


… El gorjeo de los que habitan estas calles, el ruido de los buses, los conductores

idiotas, los vendedores de chocolate o la cura para la tristeza, los títulos de libros baratos, los pregones, las voces de los perdidos, los pasos que creen ir a

algún lugar, la furia por el tiempo, los que rezan por el amor o la muerte. Algo siempre te tumba cuando estás en el centro de esta ciudad.


… El agua de la ducha suena como lluvia en la mañana. Ese chorro de agua en la montaña, mi juventud, el desvelo por una mujer rociada de sol. Entonces me parece que estoy en mis 20 años. Ella se baña, como cualquier día. Yo, como si fuera un niño la espío por la puerta entreabierta. El patio de la casa, un aguacero, mi prima afuera colgando sus ropas empapadas. La ventana de mi cuarto se abre a su cuerpo en medio del campo, todo se hace gris, menos su piel y aún los pájaros cantan. Ella se baña, pienso en ella, en Ana, la miro, su cuerpo es lo que me refugia del frío. *


JULIÁN ACOSTA GÓMEZ


ALGUIEN TE LLAMA, JOSÉ Querida Susana: que todas las noches de noviembre vuelvan a mi

memoria los lejanos días en que jugábamos en el lago, no es tu culpa. Afuera, la ciudad se niega a caer en el silencio; adentro tomo

un vaso de cerveza con tequila. Me escruto en el espejo: los ojos son los de mi padre aún no perdido en la locura, los labios son los de mi madre cuando aún no escupían sangre.


… De ti me queda el recuerdo, el de cada noche de cada noviembre. La memoria, con el tiempo, entra en los mismos juegos del ensueño. Quizá no es el recuerdo sino la imaginación quien me puebla de ti. Vuelvo a tu voz enflaquecida que me gritaba cuando el desespero de los mosquitos se agolpaba sobre mí: no llores, José. Los Dávalos no lloramos.


… Nuestros padres nos llevaban a la cabaña en noviembre. Hacíamos el camino en un Jeep viejo. Los arboles inundaban nuestra ruta potentemente y en sus sombras se dibujaban las pequeñas siluetas de los pájaros de las cúpulas. Al final del camino se hallaba la hondonada eternamente primaveral, la cabaña y el lago. Querida Susana: cómo nos

veíamos saltando entre el musgo, con los pies descalzos y la sonrisa que empezaba en la vibración de los tobillos y terminaba en un gesto ligero

que no alcanzaba a cubrir los dientes faltantes.


… Papá trepaba a la terraza para leer sus diarios, mamá se demoraba en la preparación de los alimentos. Querida Susana: el olor de la comida herida por el fuego se tendía sobre nosotros como un lazo; abandonábamos la circunferencia perfecta del lago y entrábamos en

la cocina como en un recinto sagrado. Y no… no lo sabía. No me juzgues, no lo sabía.


… Mamá entre sus eternos cigarrillos balbuceaba no niños, al lago no, esto es viento de lluvia, hoy no, Susana no te pongas el traje de baño, José que no, que el viento helado te enfría los pulmones y… Querida Susana:

sigo frágil como un cristal que se rompe contra las piedras y ya no estás… perdón si falto en realidad pero gano en fantasía, las palabras

son una enfermedad que no me deja, como el asma y el tedio.


… El viento agitaba la pradera y el lago impasible se coronaba con las centellas del sol que moría en sus crestas lentas, lentas, lentas como tu voz Susana querida, Susana perdida, soy yo, Soy José Dávalos, te escribo. ¿Jugamos? No Susana, el viento, pero qué va a pasar José, tú siempre tienes miedo y sí Susana, la noche se aferra a mi cuarto y el afilado ruido de Bogotá rasguña las ventanas, yo te sigo escribiendo esta carta y aún tengo miedo. La ventana de la cabaña aún tendrá el aliento de tu respiración. Recuerdo que te pegabas a ella: la neblina que dejaba tu rostro me

miraba. ¿cómo lo conociste?


… Susana, baja del árbol, ya estás muy arriba ¿puedes ver el lago? Sí, sube José, sube, ahí están los peces, parecen felices, todos anaranjaditos. ¿Cómo se habrá visto el mundo desde tus ojos en la ramas de un viejo árbol? Desde allí lo viste aparecer. Había llegado en un caballo que liberaba espuma blanca

de su hocico, el caballo come algodón Susana, el caballo come algodón, te grité. Hicimos muchos viajes al lago, siempre jugabas con él, pero nunca supe Susana, no. Descendiste. Lo miraste. El color de las tardes rojizas en tus mejillas.


… Al otro lado del lago, él y el caballo que comía algodones. Ya lo recuerdo como el hombre que era, para el niño que fui, tu amor solo era un niño grande. En la memoria se me ha desdibujado su rostro y el tuyo. Entraste a la cabaña. El traje de baño. José, no digas nada y ponte el tuyo. Querida

Susana: si lo hubiera sabido.


… Bogotá es una ciudad fría, su cielo gris me recuera al lago gris. En los ojos agrandados de los transeúntes están tus poros que se hinchaban cuando tocabas el agua. El niño grande bajó del caballo y se dirigió a la orilla, tú te retorcías en las aguas bajas como un pez que muere. Él dio de beber al caballo cuyos algodones se disolvieron.


… Vecinos, qué bueno verlos, ¿qué tal las vacaciones?¡Hola! Llegamos apenas…. Saliste del agua y bordeaste el lago hasta alcanzar al niño grande. La mímica se me antojó aburrida. Entré a la cabaña. Papá seguía en sus diarios. Bajó. Tomó un ron. Otro. Otro. Otro. Prendió un cigarrillo y dejó que sus ojos naufragaran en los espirales del humo, por qué siempre tienes que gastar los míos, no es nada mujer, solo es uno.


… Hizo un gesto despectivo y mamá volvió al Sofá. Ella tejía minuciosamente, con garbo. Un Cigarrillo inmóvil en los labios. Tos apagada. Sus dedos alargados apretaban el ganchillo hasta que se le ponían morados y entonces lo soltaba y movía la mano como si tocara las cuerdas del viento. Nunca hubo quejas, aunque sus articulaciones producían sonidos secos y de vez en cuando se atravesara los dedos

con las agujas.


… Papá fue a la estantería y tomó un libro, en la cabaña siempre leía a Faulkner. El Sonido y la furia. Ven José, ―Como dijo Padre, cómo se puede ver a Jesús descender por los largos y solitarios rayos de luz. Y al buen San Francisco que dijo Hermanita Muerte, quien nunca tuvo una hermana(…)‖. Cerró el libro y se quedó mirándome, luego al reloj de pared, luego a mí, al reloj, luego a mí que sí tenía hermana. Tic-tac.


… Querida Susana: Salí a buscarte para que fuéramos a cazar lagartijas, las que se divertían entre el musgo y trepaban por las maderas de la casa. Estabas jugando con el niño grande. Quise ver. Quise jugar. No podía, ese juego no. Era de ustedes. Nunca antes lo supe, por eso huía a la cabaña para que

papá me siguiera hablando de cómo Faulkner detiene el tiempo y mamá no se punzara los dedos.


… Vuelve, José, vuelve, me esperas ya mismo, no debes decirle a nadie, José. Alguien te llama, José, no corras Josesito, mi yo lejano, ¡Ah si hubiera sabido! Te defraudé. Les conté de tu juego con el niño grande, no sabía lo que hacía. En la noche, Papá se deshacía lívido en el sofá. Mamá tejía, entre puntada y

puntada, una lágrima le ungía las manos. Entonces supe que tú, Susana, la niña valiente, infalible, no volvería. Querida Susana: no lloré, los Dávalos no lloramos.


… Ayer visité la granja. Las cosas se han disminuido. La cabaña ha sido devorada por la maleza y de su techo brotan flores silvestres. La hondonada resguarda aún el aroma de los geranios. Debajo de tu antigua cama encontré una nota con tu letra. No pude descifrar lo que decía. Era para mamá. Doblé la hoja hasta que compuse el cuerpo de un barquito y las ondas del lago lo condujeron hasta el centro, era una luna en la cúspide de la noche. El viaje lento del barquito y la memoria lenta se hacían bruma ante mis ojos. Querida Susana: alguien ha removido la tierra, ya no crecen flores de tu cuerpo.

El Carmen de Viboral, noviembre de 2015


ANDRÉS ÁLVAREZ ARBOLEDA


BOGOTÁ, 1953 Por esos días todos andaban muy silenciosos. El sábado escuchamos hasta las suelas de los transeúntes rastrillando en las fracturas del asfalto, y solo de vez en cuando a Jacinto apurándonos porque el viento comenzaba a helar. Las nubes tenían el color amarillento del centro de la ciudad, le pusieron techo a

la ciudad, y los tenderos desplegaron los plásticos sobre sus mercaderías.


… Mamá no me miró hasta que las gotas empezaron a dibujar lunares en la acera y tuvo que secarme el sombrero con su pañuelo. Fue la primera vez que usé sombrero y pantalones largos. Fue mi primera vez en la ciudad, donde aún siendo un niño de nueve años me sentí muy viejo al resguardo de

la lluvia entre los hombres del café San Moritz.


… —Hasta aquí llegamos. –el tío Jacinto se lo dijo luego a mí mamá con una voz de hilito, pero con el corazón palpitándole en la frente. Le dijo que los militares del teniente Rojas ya venían por la Jiménez, y que Los Pájaros estaban apostados de paisano junto a la catedral. Yo no sabía nada de tenientes. De pájaros, conocía las palomas, las gallinas, las tórtolas. –¡Tío! Lléveme a la catedral a ver los pájaros y conocer la…


… Mamá saltó sobre mí para que no dijera más. Me cerró la boca con mis propios

cachetes, me bajó el sombrero hasta donde dejaba mi nariz y como queriendo meterme en el bolsillo de su abrigo. –Cállese, mijo, que esos pájaros son peligrosos. Si uno habla muy duro le tiran a los ojos.

Le sacan los ojos. Y usted que los tiene tan bonitos. Esta idea pesó sobre mi infancia: los pájaros de esta ciudad le sacaban los ojos a la gente, me iban a sacar los ojos, a mí, que los tenía tan bonitos, ¡esos pájaros de mal agüero!


… Me cansé de tanto pensar aquella tarde, seguía sin saber sobre tenientes y ahora me confundía con los pájaros. Pero pude descargar ese cansancio sobre la mesa de billar porque nadie jugaba después de que la última canción sonó en la radio y no hubo más anuncios. Los hombres dejaron de pedir sus anises por amontonarse entre las puertas del

café, le preguntaban a algún vecino que pasaba, intentaban atisbar alguna montonera formándose en una esquina lejana; aunque nadie se atrevía a adelantar un pie sobre los charcos que ya iban desbordando la superficie de las aceras. La lluvia seguía sonando como una marimba bajo el agua sobre el cielorraso del café.


… Un escándalo, sin embargo, revirtió el efecto somnífero de la marimba acuática. No alcancé a abrir los ojos hasta que mamá ya me había alzado en vilo, llevándome hacia una estancia en la parte trasera del local. Esperamos. Mamá me agarró con muchas fuerza de los hombros. Esperamos

un rato más. –¡Ya pueden volver a sonar el tocadiscos! –La voz salió del café San Moritz dando un portazo.


… Mamá buscó entre los hombres a su hermano Jacinto, y no tuvo tiempo de taparse con la mano antes de ponerse a llorar. La radio anunció el nuevo gobierno militar, la lluvia siguió percutiendo sobre el techo, pero esa noche no sonó ningún disparo.


LAURA PALACIO GIRALDO


EL REGRESO DE EMMA Hace dos días Emma regresó a la finca. Para ese entonces yo ya había admitido su ausencia y poco me faltaba para derrumbar su recuerdo de mi historia de hombre viejo. Sin solicitarlo, ella se sumó a las esperas y afanes cotidianos, se metió en la cocina y preparó arroz y pescado, sobraron las

sábanas limpias, y las flores en el patio retornaron a sus colores primarios.


… Emma regresó con su ―tosecita‖ inoportuna y sus comentarios irrisorios tenían el olor a chocolate en leña. Esa mujer sí que sabía cargar con la vida a cuestas, cuánta gracia derrochó su rostro, cuánta experticia de niña. Emma, cuando pienso en su nombre, un mayo fértil florece en medio de la esterilidad

de mis días. Emma, rayo de sol, insolencia de mar, fresca paz de invierno.


… En el pueblo todos la conocieron, hasta los más pequeños sabían de lo sucedido y la odiaban sin razones pero con obstinación, como si el odio fuese una herencia genética. Ya no se hablaba de ella, la zozobra de su partida se había apaciguado con el tiempo. Ese rostro maldito no era más que un

fantasma que frecuentemente aparecía en los sueños de la gente, en lo sueños que ellos no recordaban.


… Cuando en el pueblo se escuchó el rumor de su regreso, las mujeres con sus niños se encerraron en las casas y los hombres incapaces de retener la violencia salieron a las calles; impotentes, ansiosos de venganza, se embebieron de licor, uno que otro lloró de rabia en el altar de la iglesia y

pidió fuerzas a la divinidad para que todo el mal encarnado en el ruin cuerpo de Emma pudiera ser al fin destruido por sus manos.


… Emma nunca olvidó su procedencia, la blancura en la pulpa de sus labios la había heredado de su madre, la puta del pueblo, esa era la razón de su condena, una condena eterna, porque por más fuerte que soplara el viento en la intimidad del pueblo, jamás conseguiría llevarse su recuerdo. En poco

tiempo la descolorida muchedumbre se agolpó en los alrededores de la casa, la furia incontenible acentuaba las arrugas en los rostros. A través de la ventana abierta, la vieron sentada en el comedor, tomando café.


… Rompieron la puerta con palos y patadas, hasta que invadieron la casa; sin embargo Emma no estaba allí y los muebles se encontraban arrumados y empolvados como si

la casa hubiese permanecido cerrada, después de que Emma la abandonó por culpa de las primeras persecuciones hace ya tantos años. El caso es que la multitud trocó la furia ciega por el espanto, y al volver la mirada hacia la casa la vieron salir con sus menudos pasos por las calles solitarias. De nada servía ahora la rabia y la ceguera de la multitud, habría que esperar unos días más para recuperar el aliento y decidirse a quemar la casa.


ALEJANDRO ARCILA


UN CUENTO PARA ALEJO CARPENTIER O DEUS EX MACHINA Después de matar a Francisco bajaron a la única casucha que quedaba en el Romeral para buscarlo. Sintió los pasos de sus perseguidores y supo que no tenía modo de escapar, entonces se entregó a lo que supuso su segura muerte. Hubiera querido tomar algo para calmarse y pensó que era una pena haber regalado la última botella.


… Salió de la casa, con la certeza de que nunca más volvería a entrar por esa puerta. Vio cómo apuntaron sus fusiles y, aunque siempre fue pávido, no tenía miedo. Los perseguidores lo notaron de inmediato y se inquietaron. Todos siempre tienen miedo cuando los van a matar. Pero no él. Entonces

fueron los perseguidores los que tuvieron miedo de disparar.


… En el campamento habían escuchado historias de hombres y mujeres que no temían a los fusiles, había unos a los que las balas no les hacían nada, cuando se les disparaba se hacían cada vez más fuertes, como monstruos que se alimentaban del metal. Por eso los dos que más miedo tenían se

fueron acercando y, aunque estaban a su lado, gritaban, rogando –en vez de ordenar– que sacara sus cosas y se fuera.


… No quiso volver a entrar a la casa. Sólo caminó. Al rato se sacudió y entonces tuvo mucho miedo, pero ya había caminado tres horas y los hombres no lo perseguían. Estaba el río y el puente, del otro lado el pueblo y más allá la carretera. Cruzó el puente y el pueblo, ganó la carretera y continuó

caminando hasta que fue de noche. En una casa del camino le dijeron que la ciudad estaba cerca y cuando terminó de subir, en la cúspide de la noche, la pudo ver brillando abajo. Entonces bajó.


… El que los dirigía preguntó por él y los hombres contaron que había salido a enfrentarse sin armas, que todos le habían disparado pero no caía, que el fuego lo alimentaba, que mientras ellos le tiraban con todo, él se reía burlándose, que comenzaba a flotar y que al desaparecer había jurado venganza. Todos sus hombres comenzaron a tener mucho miedo hasta el punto en que se les tuvo que dar la orden de no acampar más en el Romeral y todos obedecieron, dejando la vereda aún más deshabitada.


… Andrés los escuchaba escéptico pero fascinado, una y otra vez. Siempre que estaban reunidos en el fuego pedía que repitieran la historia y se percataba de detalles que cada noche cambiaban. Estaba tan inquieto que, después de unos días, pidió permiso para ir a la ciudad a buscarlo.


… ―Comandante, quiero ir‖, y todos lo miraron en silencio, en unas miradas asomaba un dejo de burla y en otras de incredulidad, el comandante no lo quiso mirar para

decirle, con tosquedad, que dejara de comportarse como niño. Los hombres estallaron en una cruel carcajada que resonó toda la noche en el cráneo de Andrés. A las tres de la mañana se levantó, salió del campamento y comenzó a caminar hacia el pueblo. En la madrugada alcanzó el camino de la ciudad y comenzó a subir. En el filo de la canícula vio la ciudad abajo y bajó.

− Es absurdo – Pensaba mientras entraba a la ciudad – no tiene sentido que alguien con su poder tenga que esconderse en una ciudad tan grande.


… Cuando Esteban llegó a la ciudad, un hombre lo hospedó a cambio de trabajo en el hotel. Le había favorecido su físico vital, rutilante, de campesino fornido que ha golpeado la tierra desde su más tierna infancia y el bello contraste que ofrecía su personalidad tímida, su silencio de hombre que ha

pasado por grandes suplicios y esa extraña forma de sabiduría basada en la ignorancia de la casi totalidad de las cosas del mundo. Miraba con los ojos de un animal herido.


… Andrés se paseaba por el centro con el convencimiento, de que tarde o temprano lo vería salir de alguna de todas esas puertas y luego de una semana lo vio salir del hotel, estaba idéntico al tiempo en que lo había conocido, cuando eran los dos unos niños, Esteban un poco mayor. Era

curioso que hoy lo buscara para matarlo, cuando no hacía tantos años se habían enfrentado jugando a las canicas. ―Siempre en el bando equivocado‖, pensó Andrés, ruborizándose.


… Se sentó a esperar que regresara, para estar seguro, y más tarde lo vio hablando con el dueño del hotel. Era ya evidente que no tenía los poderes que le atribuían, pero sentía que no era capaz de asesinarlo, habría bastado atravesar la calle y dispararle allí, pero la calle se le hacía un ancho río de automóviles. Como comprendió que iba a necesitar tiempo para decidirse,

tomó una habitación en un hotel cercano y lo asechó durante varios días. Se levantó temprano, limpió el arma y verificó que estuviera funcionando; en su cráneo retumbaban las palabras del comandante y la risa de los hombres, salió del hotel y se paró al lado de la puerta a esperar que el enemigo saliera. Estuvo esperando todo el día pero Esteban no cumplió la cita


… Por fin en la noche entró y preguntó por él: nadie lo conocía, ni siquiera el tipo con el que lo había visto hablar hacía dos o tres días. Sacó el revólver y apuntó enloquecido, los obligó a que le exhibieran, cuarto por cuarto, el hotel. Pero no estaba allí. Había desaparecido.


… En el campamento los hombres estaban reunidos en el fuego, el comandante temblaba de miedo, Esteban iba contando cómo se había elevado cuando entró para matarlo y, en medio de la amenaza y la burla, se había desvanecido.

El comandante habló por fin. Con severa preocupación dio la orden a sus hombres de alistar las armas cortas para bajar a la ciudad. Ahora lo iban a

buscar entre todos, era el único modo de vencer el miedo.


… Muy temprano los hombres se levantaron y comenzaron a marchar. Esteban sintió pasos y voces de personas que pasaban por el camino que vadeaba el río, se levantó de inmediato y, desde la ventana de su casa, la casa a la que pensó que no volvería y en la que, contra todos los pronósticos, dormía hacía

dos noches, los vio caminar de mala gana, cansados, tristes, casi delirantes; iban a buscarlo a la ciudad y no habían tomado la precaución de revisar otra vez su casa. Soñó que los veía alejarse, pasar sobre el río, cruzar el pueblo, ganar el camino, subir hasta el cenit y luego ver la ciudad abajo.


… Cuando volvió a despertar se sintió muy feliz, caminó hacia el lugar donde habían matado a don Francisco, lo tomó por sorpresa una sensación de liviandad, sentía que flotaba, una risa iba creciendo en su vientre, por fin se carcajeó, reía vigorosamente y flotaba, sus pies se habían despegado del

suelo, antes de desaparecer juró venganza.


ISABELA ZULUÁGA


LA ZONA Estaba ahí, parado en medio de la nada, rodeado por los últimos suspiros del tiempo, atónito, sin darse cuenta qué era lo que en realidad le estaba sucediendo.

Daba vueltas por todas partes, buscaba algo nuevo, algo sorprendente.

Vio la puerta de una habitación abriéndose ante él. Se hacía tarde. El sol caía. Se dirigió hacia la zona silenciosamente. Entró, y todo comenzó a temblar, la conmoción lo dejó ahí, tirado, sin sentimiento o interés alguno.


… Se levantó y notó que había un olor terrible. Siguió caminando con más desinterés, nada le llamaba la atención, nada lo inmutaba, ni siquiera se hizo la más mínima pregunta... decidió salir de allí.

Afuera ya nada era igual. Su estado ya no era el mismo. Se sentía incapaz, sin ganas y se dio cuenta por último que después de muerto ya no podía hacer nada.


NORA BERRÍO


LA LEYENDA A veces mi imaginación me lleva por caminos peligrosos y mi terapeuta tiene trabajo de sobra para volverme a la realidad.

En la fiesta todo iba bien hasta que vi a esa hermosa mujer que danzaba, su cuerpo perfecto, sus ojos verdes que me llamaban y su cabello tan claro me

recordaron la leyenda de las rusalcas, mujeres que seducen a los hombres para arrastrarlos con ellas al fondo de los ríos.


… La luz de los reflectores era verde, y me hipnotizaba. Las ninfas de agua

tienen verde el cabello y los ojos. Yo seguí a esta dama en una danza loca y sensual hasta llegar a la piscina, ella se sumergió y desde allí me atraía con su sonrisa hechicera, haciendo alarde de todo su encanto, no podía resistir. Ya iba a lanzarme en las profundas aguas cuando las luces cambiaron

a rojo, entonces pensé que el trabajo de mi terapeuta no podía ser en vano. Con mucha firmeza dije a mi sirena: ―Hermosa, yo no sé nadar y

además, ya nadie se suicida por amor…‖


LA VISITANTE Mi barrio se agita por la llegada de una desconocida que viene de otro país. Es tan alta y elegante, cómo se contonea moviendo su enorme trasero por la mitad de la calle, indiferente a todo lo que suscita a su paso. Sus ojos son inmensos y brillantes, sombreados por largas pestañas, el cuello

erguido y esa forma de caminar, el pelo brilla con el sol en tonos dorados, todo en ella despierta la admiración.


… Se dirige a su gran prado y las vecinas dejan sus quehaceres, cambiando su paso lento y pesado para correr a asomarse, formando corrillos, mirando asombradas y murmurando entre ellas, las muy chismosas. Es algo digno de verse, y yo, espectadora casual, aún sonrío al recordar la conmoción de las vacas cuando una alpaca del Perú entró en su potrero.


EL HUÉSPED Aquella era mi casa pero la compartía con un huésped silencioso

con el que me encontraba por lo general en la cocina. Sus ojos redondos y sus pequeños bigotes le daban una expresión a su

cara que a mí me producía miedo. Él lo sabía pero no le importaba. Al verlo yo temblaba y mi corazón se aceleraba.


… Era mi espacio y yo debía compartirlo con él porque no me atrevía a enfrentarlo. Su aspecto repulsivo me enervaba. Él se burlaba de mí.

Rolando, huésped indeseable con nombre de cantante de boleros,

convivir con él era un tormento. Sobre el piso de madera yo caminaba, haciendo ruido, avisándole que iba a entrar, pero él seguía comiendo, al fin y al cabo no me temía.


… Los días fueron pasando y yo no quería seguir viviendo siempre con temor, quería irme y dejarle la casa, pues él había llegado primero y no parecía tener intenciones de irse. Cuando yo no estuviera él podría disfrutar de todo el espacio, seguir corriendo por los rincones y roerlo todo como suelen hacer los ratones.


GABRIEL ARANGO


RIVIEL Y EL TURISTA Anastasio Mena fue el primero en verlo llegar al pueblo mientras estaba sentado bajo el palo de chontaduro contando las lagartijas que se subían al tronco huyendo de la oscuridad que empezaba a cubrir el pueblo. Eran muy pocos los turistas que se interesaban por llegar a Jobí. Y contrario a

la bienvenida que sus habitantes siempre les daban, el viejo Mena no se alegró esta vez. Había visto una nube negra que descargaba su lluvia en el horizonte justo cuando el turista llegaba. Supo que era el presagio de algo que jamás había ocurrido en Jobí.


… Mena se dirigió a la tienda de Don Abundio Barahonda y

veinte metros antes de llegar vio a tres lugareños que abandonaban apresurados el juego de dominó, dejando

sólo al turista con Don Abundio. Entró a la tienda y con un gesto interrogó a Don Abundio.


… -Quiere un encuentro con Riviel- dijo Don Abundio señalando con su barbilla al turista. -Si a eso vino, váyase por donde vino señor turista. No venga aquí a molestar a nuestros muertos- le dijo Mena. El turista tomó su morral y salió de la tienda sin decir palabra. Todas las tardes había cerveza y jolgorio en la tienda de Don Abundio. Se contaban relatos, se jugaba dominó y se escuchaba música de tambores y

marimba. Pero cada que llegaba el turista, la gente salía apresurada. Ninguno quería ser cómplice de aquellas intenciones del viajero.


… Esa luz que en la zona llamaban Riviel, que se aparecía en el mar a los pescadores solitarios y hundía su barca cuando pescaban más de lo necesario, no podía ser molestada y menos por un extraño. Al tercer día Don Abundio incriminó al turista porque le estaba haciendo perder su

clientela. El turista lo tranquilizó y le dijo que le compensaría con dinero cada que esto sucediera, a lo que Don Abundio accedió complacido. Y así pasaron muchos días en los que en el pueblo no se contaron mas relatos, no se volvió jugar dominó, ni a escuchar música de tambores y marimba.


… Hasta que el viejo Mena cayó en cuenta y advirtió a los pobladores que ese turista era el mismísimo Riviel que se estaba vengando del pueblo y había acabado con su alegría. Les recordó que en la primera aparición, Riviel le

había advertido al pescador que esperaran su venganza por haber dejado que su ataúd desapareciera en el mar. Había sucedido que una tormenta les había impedido su sepultura, haciendo caer el féretro al agua cuando lo llevaban embarcado hacia cementerio rio arriba. Se dijo entonces que esto había pasado para cumplirse la maldición de su padre por haber sido un mal

hijo.


… Ante la advertencia de Anastasio Mena, el pueblo se llenó de terror y no volvió a recorrer sus calles. Se quedaron encerrados en sus casas alimentándose sólo de lo que se podía producir en los pequeños cultivos de sus casas. Los pobladores sólo recorrían las calles con los ojos desde las

hendijas de sus ventanas. Pero los cultivos se fueron acabando y los pobladores vieron llegar el hambre y sus cuerpos enflaquecieron tanto que la piel apenas alcanzaban a pegarse a sus huesos.


… Un día el viejo Mena dio la señal y dijo que en el pueblo ya no había maldición y que volvieran a salir a recoger cosechas de otras tierras y a conseguir víveres. Cuando el turista se dio cuenta que de nuevo había movimiento en el pueblo no dudó volver a caminar sus calles e insistir en la búsqueda de Riviel. El terror que había sobrecogido el pueblo de Jobí no se compara con el estupor

que sintió el turista al verlo invadido de cadáveres ambulantes y temblorosos, caminando en distintas direcciones.


… Lo último que se vio fue al turista saliendo a toda prisa del pueblo, con su rostro desencajado y pidiendo perdón a Riviel por haberse atrevido a molestarlo e implorando que por favor hiciera regresar esos muertos al cementerio.


JORGE RAMIREZ


DAME FUEGO Tengo cinco malas noticias que contarte, cuál quieres escuchar primero? Mary volvería cuando los cerdos volaran, eso no demoró en pasar, era divertido verlos caer como sus acciones, pero Mary no especificó cuáles, desde eso, desde que se fue con un bombero bisexual, mi conciencia tiene el aliento agrio de Mary Jane.


… Si llegaran los rusos por lo menos estos millones de psicópatas en potencia tendrían razón para matarse honrada y estúpidamente. Se escribirían poemas, novelas, películas, panfletos… actas de defunción. Mejor no decir nada, vivo en el treceavo piso simple y miserablemente como cualquier

americano merece vivir, soy extranjero y mi vida para todos ellos vale menos que las agujas con que se pinchan los yonkies vecinos míos. Un país hermoso. Adicto a la heroína.


… Ella nunca volverá y mucho menos en invierno. Salgo a la calle y todos los Dealers me recuerdan tu rostro, ese no era tu nombre y alguna vez muy borrachos juntos me lo confesaste, no lo recordé, nunca recordaba ninguna mierda cuando estaba contigo más que algunos destellos de sensaciones, no recuerdo, será porque siempre estábamos jodidos. A veces flirteaba con Cookie, eso era cuando aún trabajaba en la fábrica de cerillas –le ponía un chulito a cada fósforo que pasaba uno a uno por la líneadespués de trabajar me gustaba estallar la cabeza en llamas de algún fósforo en la cabeza de cookie o de Candie. Ellas reían y yo fumaba y les tiraba el humo para que no me vieran a los ojos.


… Miro por la ventana, lanzo cerillas encendidas con la esperanza de que le

prenda el sombrero a algún hijo de puta, nunca funciona, los sueños se van apagando a medio camino de la caída antes de estrellarse contra el pavimento, por eso no me he lanzado, siempre está la posibilidad de que sea solo un sueño y despierto y ahí están los fósforos, me prendo un cigarrillo y después de par de bocanadas lo tiro por la ventana y algún idiota choca contra una confiteríadía

licoreranoche a ochenta por hora. Me quedo dormido y sueño que salto por la ventana, despierto y busco a tientas los cigarrillos y el Whisky.


… Me pongo el sucio abrigo y salgo a la calle voy a la licorera a comprar Whisky porque ya no tengo y luckies y cerillas y un par de revistas porno. No tengo trabajo, me despidieron por borracho, dijeron que cargar licor iba

en contra del reglamento de incendios. La ventana tiene barrotes, es para que no salte la gente, Mary no volverá, así tenga que aceptar que su bombero pierde la cabeza por algún pelirrojo. Los rusos tampoco vendrán y no matarán a todos estos hijos de puta. Mi llama se va apagando, por eso tomo Whisky. Y lo que no me gusta pensar: Me queda poco tiempo.


… Llego al departamento, empaco todo, me como una lata de frijoles ya medio rancios y bajo hasta el sótano del edificio con el gabán roto puesto y un sombrero negro mojado y con hongos, me habría duchado pero por estos días casi ningún edificio barato tiene agua. Me echo un trago de Whisky y lo estrello contra el piso, en el sótano se almacenan las revistas, periódicos y otras

tantas basuras de drogadictos, encendí un fósforo y lo lancé, habría subido y saltado por la ventana, pero ya era tarde, no había tiempo de romper barras, salir volando y con suerte ser abrazado por las llamas en medio de la caída, entonces salí y tomé el primer bus que encontré y pensando en Mary Jane me quedé, sólo como los borrachos saben, profundamente dormido.


LAURA MARTÍNEZ


LA LLAMADA No puedo dejar de recordar cuando mis hermanos y yo nos encontrábamos en el sofá de la sala, preocupados por papá; había salido hace unas horas y dijo que volvería dentro de poco, pero la verdad, se está demorando demasiado. Eran las cuatro con veinticinco y mi padre aun no venia, lo que suelen llamar

paciencia la tenía por el suelo, me sentía desesperado ; no contestaba el celular y tampoco se tomaba la molestia de devolver la llamada. Caleb miraba su reloj, desesperado, mientras Jack miraba el techo con preocupación, yo por mi parte me limitaba a calmar mi desazón.


… ¿Qué pasaba que aun no llegaba? Una idea vino a mi cabeza , podría dejarle un mensaje a papá diciéndole que estaríamos en el parque central de Nueva Orleans, y que lo estaríamos esperando en una de las bancas. Cuando niños, solíamos venir aquí con papá, nos sentábamos en el áspero pavimento con el y comenzaba a contarnos historias sobre nuestro pueblo natal.

Comencé a teclear en mi teléfono y oprimí ―Enviar‖.


… Miré mi reloj, las cinco en punto; le envié mi mensaje a papá hace cinco minutos y no recibí respuesta alguna. Salimos de casa con dirección al parque central y comencé a mirar por todos lados. ¿Seria el calor que empezaba a afectarme? o ¿Era yo un idiota que creía encontrar a papá en medio del parque llenando una sopa de letras en una banca?. - Ya…Vámonos Luke, el volverá..- habló mi hermano Caleb-, mientras nos dirigíamos al parque.


… Di una vuelta sobre mis talones, dispuesto a volver a casa, seguido por mis hermanos. Sinceramente me sentía estúpido, papá no contesta, tal vez se molestó por algo y salió, pero llevaba tiempo fuera, y eso me preocupaba. Jack me abrazó, y en un susurro dijo:

-Hermano, igual estoy algo atribulado- sentí algo vibrar en su bolsillo y el se apartó para contestar.

-¿Alo? -……-¿Cómo?-…..-¿Qué?-…..-¿Hace cuanto?-……- ya vamos para alláColgó.


… Mi hermano se lanzó frenético en busca de un taxi, no tuvimos mas opción que seguirlo. -¿Qué pasa?- le pregunté, pero no recibí respuesta. Abordamos el taxi. Mi hermano no hablaba, solo mantenía su mirada fija en el vidrio. Una cuadra. Jack no decía nada. Dos cuadras. Seguía igual.


… -¡Por favor Jack! ¡No seas idiota y dinos de una vez! ¿ A donde carajo vamos? Y ¿Qué carajos pasa?- dije ya harto de su actitud, pero se limitó a mirarme y un instante después a bajar la mirada a sus zapatos. Después de pasar por la avenida Laplace, me di cuenta a donde nos dirigíamos. El Aeropuerto.


… Mi hermano se bajó rápidamente del taxi sin pagar, y yo corriendo tras de el mientras el taxista soltaba maldiciones que no lograba entender. Se abalanzó entre la multitud de pasajeros, buscando en cada una de las agencias de vuelo ,hasta que se detuvo en una. Se dirigió hacia uno de los empleados, sin respetar la fila gritó: ¿¡El vuelo de las seis hacia Paris!?.Miré mi reloj, eran las siete en punto, se lo señalé.


… • Se dirigió hacia una sala de espera y se sentó en el piso, nos miró y comenzó a llorar. • -¿Era mi padre?- le pregunté. Levantó su mirada triste y ahora llena de dolor hacia mi. • -Si, pero es inútil, no lo volveremos a ver, no quiere saber nada de nosotros, se enfiló en un ejercito francés. Se acaba de declarar la guerra.


ANDRÉS ÁLVAREZ Y JULIÁN ACOSTA .


LOS LIQUIDADORES + – Llegamos…

– ¿Y si este no es el nuestro? Aquí los mezclan a todos.

– Si no es, buscamos en Puerto Berrío. Este se les enredó en el chinchorro a unos pescadores y creyeron que era un bagre como de cincuenta kilos. Fue cuando mandaron a un niñito a recoger la red que vieron la sorpresa.


… ¿Y así y todo lo sacaron? ¡qué hijueputas! en el río está prohibido pescar muertos. – Pero no más prohibido que tirarlos. Y vea. Usted…

– ¿Vas a empezar con lo de siempre? Mirá que te hice caso y lo tiramos entero. – Y si no lo tiramos nos queman ahí mismito. Usted también creyó que se iba a engarzar en la ramada, pero yo que culpa si toda la ramada se fue río abajo con el muerto. A ese ya no lo alcanzaba nadie, además al pleno día… Ahí sí nos hubieran pillado de lo lindo.


… – Cómo se suelta ese querido. Les encanta el río, me lo dijo el viejo. Hace años bajaban en procesión… el último viaje, que llaman. Pero te digo que no es. El de nosotros lo escupirá el río en dos o tres días, te acordarás de mí.

– Eso no demora tanto. Primero se ponen tiesos y al ratico ya están listos, infladísimos. Ahí es que saben nadar mejor que los vivos.

– ¡Vos si sos muy terco, carajo! No voy a gastar pólvora en gallinazos… Oíste, ¿y si se lo tragaron ya los gallinazos?


… ¿Vos querés que lo empelote aquí o qué? ¡Que este no es el nuestro, hombre Raúl! Todo esto es culpa tuya, por miedoso. Te dije que le quitáramos el pie ahí mismito, que nos daba tiempo. – ¡Cállese! Se va a dar cuenta todo el pueblo. – Aquí no fue. Esperemos que relinchen. Esperemos que lo guarden. Que le

llenen la lápida de virgencitas baratas. – No va a ser tan fácil. Mírelos. En este pueblo ya escogieron al muerto.


… ++ – En este pueblo le sacan La divina Providencia a todo.

– Amén… Ni a los funerales de la Mamá Grande llegaron en tanta montonera.

– El querido se estampó La Virgen en el pie para que le ayudara a cobrar los penaltis. Y vea, ya lo creen Santo. Ya le están rezando, lo dejaron destapado para besarle La Virgen.

– ¡Ah! Ese era el tatuaje que decía el patrón... ¡Ay, el patrón! Si le salimos con esta

también vamos a terminar en el chinchorro.


… – No se van a ir. Y si se van peor, nos van a agarrar robándoles el santo, robándoles La Virgen que les trajo el río. – El Animero es un perro de caza. Pero algo tenemos que hacer. Si no le llevamos esa pata al patrón, el patrón nos las corta a nosotros. – Y no solo las patas… – Dan miedo… ¡adorar a un muerto así! Dios no lo perdona, eso es sacrilegio. pero ¿Qué hacemos?


… – Ellos no se irán hasta que el muerto esté bien debajo del suelo. Esperemos unos días hasta que al pueblo se le olvide. Usted ya sabe, Pablito: lo que por agua llega, por agua se regresa.

– Y lo que es del perro no se lo come el gato. Ese pie es nuestro, nosotros lo matamos.

–Sí señor. Mire cómo estamos de filósofos.

– Es ahora o nunca, se largaron.


… +++

– No se largaron. – ¡Qué va! Si se trajeron al Obispo.


… ++++ – En Puerto Berrio, si no, en Barranca, si no.... en Mompox. Por allá nos atajará la raíz de alguna maleza o nos comerán los caimanes. – ¿De qué hablás, Raúl? Ese guaro estaba malo. – Ojalá fuera el guaro. Lo que estoy diciendo es que somos hombres muertos y nos van echar al río. ¿No lo vio con sus propios ojos? Si nos cuesta creerlo a nosotros viéndolo en la meras narices, menos va a creer el patrón. – Este país está enfermo. Celebra que le matemos gente. Mirá: les importa es escogerlos, llorarlos, rezarles… todo para qué… para pedirles la casa, la moto, el trabajo y la hembra…


… - Y si es hembra para que no las deje el marido con ocho niñitos abriéndole la boca. Pero los milagros no existen… y si existen, ay divino niño, háganos el milagrito. – Dame otro guaro para pasar el mal sabor a muerto. No vamos a tener cómo demostrarle al patrón que le hicimos la vuelta. Nos tocó rezarle al patisanto, que nos defienda la vida a nosotros que se la quitamos, nos tocó escogerlo a ver si depronto nos ayuda.


… – Ánimas benditas del purgatorio, ¿quién la pudiera aliviar? – Que Dios las saque de pena y las lleve… las lleve… las lleve ¿cómo era? – A descansar… – ¡Eso! que las saque Dios a descansar. – ¡Me largo de este pueblo! – Amén.


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Cuentos del Taller de Creación Literaria (Vuelta de Tuerca) by Instituto de Cultura El Carmen de Viboral - Issuu