Edición del 9 de noviembre de 2025 Año 117 - N°6.524
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Obispo Óscar Blanco Martínez OMD
Editor: Pbro. Fredy Subiabre Matiacha fredysubiabre@gmail.com Impresión:
Patagónica Publicaciones S.A. Diseño Editorial: Jacqueline D.
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V
Semanario fundado por Mons. José Fagnano el 19 de enero de 1908
ivimos y celebramos un nuevo mes de María y nuestro país, como es ya de larga tradición, se prepara para la gran fiesta de la Inmaculada Concepción, la Purísima, la Santísima Virgen María. En nuestros hogares y templos, escuelas y lugares de trabajo aparecen espacios, muchas veces sencillos pero destacados, donde se quiere honrar con altares, flores, velas y manteles una imagen de la Virgen María. Comienza así un peregrinar con el corazón hacia lo más profundo de nuestra fe, de la mano
de aquella que nos enseñó a decir “sí” a Dios. Junto al Jubileo que hemos vivido este año, nuestro peregrinar se quiere iluminar con un lema que nos interpela y nos abraza: “María, mujer de la promesa y madre de la esperanza”. Se trata de una invitación a contemplar la vida de María con dos aspectos que se entrelazan y dan sentido a nuestro camino. Por un lado, la vemos como mujer de la promesa. La historia de la salvación está tejida con hilos de promesas divinas, y María se convierte en el eslabón crucial, en la tierra fértil, donde la más grande de las promesas, la llegada del Salvador, se hace carne. Su “hágase” es un acto de fe generoso, una confianza total en la palabra de Dios. Estamos muchas veces rodeados de incertidumbres y promesas rotas. La fe de María nos recuerda que las promesas de Dios son fi mes, estables y verdaderas. Siguiendo nuestro año Jubilar, María se nos presenta como Madre de la Esperanza y nosotros con ella somos Peregrinos de Esperanza. María, al pie de la cruz, no se rindió. Cuando todo parecía perdido, cuando la promesa parecía que se había desvanecido entre el sufrimiento y la muerte, ella permaneció de pie, con el alma atravesada por la espada del dolor, como muchos años antes se lo había anticipado el anciano Simeón (Lc 2,34-35). Pero ella
estaba llena de amor y de esperanza, y por eso permaneció junto a la Cruz. María es la madre que nos consuela en nuestras penas, la que nos acompaña y nos sostiene en nuestros miedos, y la guía que nos muestra el camino hacia su Hijo, Jesucristo, nuestra Esperanza. María nos enseña a mirar más allá de nuestras cruces, a confiar en que, incluso en los momentos más oscuros, la luz de la resurrección está por llegar. Es más, ya ha llegado en su Hijo Resucitado. A lo largo de este mes bendito, se nos propone un viaje, un peregrinar marcado por la Esperanza de un mundo mejor por la vida plena en Cristo Resucitado, y el don de la vida eterna que nos ofrece. Reflexionemos y oremos, para que nuestras vidas marcadas por la promesa de la vida divina en nosotros, nos haga portadores de esperanza para quienes nos rodean. Que este mes de María sea una oportunidad para renovar nuestra fe en la promesa de Dios y para aprender de María a vivir con una esperanza que no defrauda. Feliz y Bendecido Mes de María 2025 + Cristián Castro Toovey Obispo de Santa María de Los Ángeles Secretario General Conferencia Episcopal de Chile
MARÍA, MADRE DE LA ESPERANZA... ¡CAMINA CON NOSOTROS! Enséñanos a proclamar al Dios vivo; ayúdanos a dar testimonio de Jesús, el único Salvador; haznos serviciales con el prójimo, acogedores de los pobres, artífices de justicia, constructores apasionados de un mundo más justo; intercede por nosotros que actuamos en la historia, convencidos de que el designio del Padre se cumplirá. Aurora de un mundo nuevo... ¡Muéstrate Madre de la esperanza y vela por nosotros! Vela por la Iglesia en el mundo: que sea trasparencia del Evangelio; que sea auténtico lugar de comunión; que viva su misión de anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la esperanza para la paz y la alegría de todos. Reina de la Paz... ¡Protege la humanidad del tercer milenio! Vela por todos los cristianos: que prosigan confiados por la vía de la unidad, como fermento para la concordia del todo el mundo. Vela por los jóvenes, esperanza del mañana: que respondan generosamente a la llamada de Jesús. Vela por los responsables de las naciones: que se empeñen en construir una casa común, en la que se respeten la dignidad y los derechos de todos. María, ¡Danos a Jesús! ¡Haz que lo sigamos y amemos! Él es la esperanza de la Iglesia, y de la humanidad. Él vive con nosotros, entre nosotros, en su Iglesia. Contigo decimos «Ven, Señor Jesús» (Ap 22,20): Que la esperanza de la gloria infundida por Él en nuestros corazones dé frutos de justicia y de paz. Juan Pablo II