Edición del 7 de septiembre de 2025 Año 117 - N°6.515
Representante Legal y Director:
Obispo Óscar Blanco Martínez OMD
Editor: Pbro. Fredy Subiabre Matiacha fredysubiabre@gmail.com Impresión:
Patagónica Publicaciones S.A. Diseño Editorial: Jacqueline D.
www.iglesiademagallanes.cl
E
l lunes 01 de septiembre partió a la casa del Padre Dios el querido padre obispo Alejandro Goic Karmelic en quien, como fiel discípulo de Jesucristo y de su Evangelio, reconocemos al pastor que “Pasó haciendo el bien” (Hech 10,38) en Magallanes, Concepción, Talca, Osorno y Rancagua, y en su servicio a toda la Iglesia chilena. Como pastor y desde su identidad cristiana, tuvo una relación cálida y directa con muchas personas, creyentes y no creyentes, hermanados todos en el ideal de un mundo mejor. El P. Alejandro nació en Punta Arenas el 7 de marzo de 1940, fue ordenado sacerdote el 12 de marzo de 1966 en Punta Arenas. Durante sus primeros años ministeriales, fue vicario parroquial de San Miguel, párroco de Nuestra Señora de
Semanario fundado por Mons. José Fagnano el 19 de enero de 1908
ALEJANDRO GOIC KARMELIC ¡VIVE EN CRISTO! Fátima y capellán de la Penitenciaría de Punta Arenas, además de vicario general de Punta Arenas. Tras la muerte de monseñor Vladimiro Borić Crnošija en 1973, ejerció como vicario capitular hasta la llegada del nuevo pastor, el padre bispo, Tomás González. El papa Juan Pablo II lo eligió obispo auxiliar de Concepción el 28 de abril de 1979 y recibió su ordenación episcopal el 27 de mayo de ese mismo año de manos del propio pontífice. En 1991, fue trasladado a la diócesis de Talca como obispo auxiliar, hasta que en 1994 fue designado obispo de Osorno. En el 2003, Juan Pablo II lo nombró obispo coadjutor de Mons. Javier Prado Aránguiz de la diócesis de Rancagua y, un año más tarde, tras la renuncia de monseñor Prado, asumió como obispo, hasta el año 2018. Además de su misión pas-
toral en las diócesis que se le encomendaron, el padre Alejandro fue presidente de la Conferencia Episcopal de Chile entre 2004 y 2010, y presidió el Consejo Nacional para la Prevención de Abusos y Acompañamiento de Víctimas desde 2011, promoviendo políticas de protección de menores y de ayuda a quienes sufrieron situaciones de abuso. Recordado por su carácter sencillo y pastoral, monseñor Goic dedicó su vida a servir con cercanía a las comunidades, con un fuerte acento en la justicia social y el acompañamiento de los más vulnerables. Su paso por Punta Arenas, Concepción, Talca, Osorno y en Rancagua, dejó huellas profundas en sacerdotes, laicos y familias que lo reconocen como un pastor cercano y comprometido. En una entrevista en Punta Arenas al ser nombrado obispo, expresó las profundas motivaciones de su vida: “Ser Obispo es ser servidor. Es una mayor exigencia a estar más cerca de todos y a gastar y dar la vida para que los demás encuentren la vida en Jesucristo. El lema de mi servicio pastoral es ‘Cristo es mi vida’, una palabra de Pablo a la comunidad cristiana de Filipo, porque quisiera que Cristo fuera siempre mi vida y trabajar para que la porción de Iglesia que se me ha encomendado, sea más rostro del Señor. Sólo en Jesucristo hay una respuesta verdadera a los problemas del mundo de hoy. Vivimos en un Chile atormentado que como nunca ha crecido en progreso, en tecnología, pero quizás como nunca ha perdido en humanidad. Muchas personas en nuestra sociedad han perdido su dignidad o se la han hecho perder, sobre
todo los pobres y abandonados. Como cristiano creo que sólo Jesús puede dar respuesta y revalorizar a las personas en su dignidad más profunda; el único capaz de romper las diferencias que separan a los hombres, por eso quisiera ayudar a los hermanos que se me han encomendado, que Cristo sea vida para ellos. Cristo vida para mí, Cristo vida para los demás es el gran anhelo de mi servicio pastoral”. Damos gracias al Señor por su testimonio luminoso y, bajo el lema “Cristo es mi Vida” con el que quiso realizar su ministerio, al final de la vida pudo decir delante del Señor, “he peleado la buena batalla, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe. Y desde ahora me aguarda la corona de justicia que el Señor, el juez justo me entregará, no sólo a mí, sino también a todos lo que aman” (2Tim 4,7-8). En el año del jubileo de la esperanza, agradecemos por quien nos grito con su vida que la esperanza tiene un nombre: ¡Jesucristo!