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Edición 896

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Edición del 27 de julio de 2025 Año 117 - N°6.509

Representante Legal y Director:

Obispo Óscar Blanco Martínez OMD

Editor: Pbro. Fredy Subiabre Matiacha fredysubiabre@gmail.com Impresión:

Patagónica Publicaciones S.A. Diseño Editorial: Jacqueline D.

www.iglesiademagallanes.cl

Semanario fundado por Mons. José Fagnano el 19 de enero de 1908

En la celebración de los Santos Joaquín y Ana, la Iglesia celebra a los abuelos

Feliz el que no ve desvanecerse su esperanza (si 14,2)

C

Mensaje del Papa León XIV en la V Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores

on las palabras del libro del Eclesiástico, el Papa León XIV envía un mensaje en la V Jornada Mundial que celebra la Iglesia a los Abuelos y Personas Mayores, volviendo la mirada -y el corazón- hacia aquellos que han caminado largo tiempo en la vida, y cuya fe templada en el fuego de los años puede iluminar nuestras generaciones con esperanza. Jornada que se celebra hoy domingo 25 de julio. La vejez en el plan de Dios Lejos de ser una etapa de ocaso o de retirada, la ancianidad aparece en la Sagrada Escritura como un momento fecundo, pleno de sentido. Abraham y Sara, Zacarías e Isabel, Moisés o Nicodemo, todos ellos, a pesar de su edad avanzada, son elegidos por Dios para participar en su obra de salvación. A través de estas figuras bíblicas, el Papa nos recuerda que para Dios nunca es tarde. La vida tiene valor y misión hasta el último aliento. San Agustín lo expresó con profundidad: cuando las fuerzas humanas menguan, se hace más visible el poder de Dios. Así, los ancianos no son solo objeto de cuidado: son testigos privilegiados de la esperanza y de la fidelidad divina.

Un Jubileo que libera del olvido El Jubileo 2025 nos ofrece una oportunidad providencial para recuperar el sentido evangélico de la ancianidad. Así como en los jubileos bíblicos se restauraban derechos y se rompían cadenas, hoy el Papa nos llama a liberar a nuestros mayores de la soledad, el abandono y la indiferencia. Este cambio de mentalidad comienza en lo concreto: en visitar, acompañar, escuchar. León XIV invita a todos los cristianos a emprender una “peregrinación hacia Cristo presente en los ancianos solos”, recordándonos que quien visita a un abuelo, visita al mismo Jesús (cf. Mt 25, 34-36). Además, el Papa ha dispuesto que quienes realicen estos gestos de cercanía con espíritu jubilar -especialmente hacia ancianos en soledad- puedan obtener la Indulgencia plenaria. Transmitir la fe con amor Los mayores no sólo merecen nuestro afecto, también tienen una misión irremplazable: transmitir la fe, conservar la memoria viva del Evangelio en las familias, mantener encendida la llama de la oración y el amor. Aunque el

cuerpo se debilite, el alma puede renovarse día a día, como dice san Pablo. Y esa renovación se cultiva en el encuentro con el Señor, en la Santa Misa, en la oración silenciosa, en el ofrecimiento del sufrimiento por los demás. «Nada puede impedirnos amar, rezar, entregarnos, estar los unos para los otros, en la fe, señales luminosas de esperanza», decía el Papa Francisco durante su hospitalización a inicios de este año. Esa es la libertad que nadie puede quitarnos: la de amar y orar hasta el final.

es sólo una meditación espiritual: es una exhortación pastoral y comunitaria. Parroquias, grupos eclesiales, asociaciones… todos estamos llamados a emprender lo que él denomina una verdadera “revolución de la gratitud y del cuidado”. Y esa revolución empieza por gestos concretos: abrazar, visitar, acompañar, integrar, orar con y por los mayores. Los abuelos y ancianos son memoria viva, testigos de fidelidad, raíces de nuestro árbol familiar y espiritual. Sin ellos, el presente se vacía y el futuro pierde dirección.

Una revolución del cuidado El mensaje de León XIV no

Conclusión: esperanza a cualquier edad El mensaje cierra con una

certeza que atraviesa todo el texto: en la vejez también se puede esperar. Se puede amar, rezar, servir, ser testimonio. Se puede, y se debe, ser signo de esperanza. Que esta Jornada nos mueva a mirar a nuestros abuelos no como una carga, sino como un regalo. Que sepamos agradecer, cuidar, aprender, compartir. Que nuestros corazones se ensanchen hasta abarcar a quienes están más solos, y que nuestras comunidades reflejen la ternura de Dios hacia los mayores. Porque una Iglesia que cuida a sus ancianos es una Iglesia que cuida su alma.


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