Edición del 2 de marzo de 2025 Año 117 - N°6.479
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Obispo Óscar Blanco Martínez OMD
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Semanario fundado por Mons. José Fagnano el 19 de enero de 1908
Próximo miércoles de ceniza 5 de marzo: Inicio de la Cuaresma
Cuaresma: Un momento favorable para acoger el llamado del Señor a la conversión.
E
l próximo 5 de marzo se inicia la cuaresma con la celebración del miércoles de ceniza. Cuaresma: cuadraginta, cuarenta, un número que en la Biblia aparece frecuentemente: es el número de la espera, de la preparación, de la penitencia, del ayuno o del castigo. Así, las aguas del diluvio cubren la tierra por 40 días y 40 noches; Moisés se preparó en el Sinaí 40 días y 40 noches a recibir las tablas de la ley; la ciudad de Nínive hizo 40 días de penitencia para evitar el castigo de Dios; el pueblo hebreo peregrino 40 años por el desierto para llegar a la tierra prometida; Jesús ayuno 40 días en el desierto
para prepararse a la obra de la redención, y se apareció resucitado a los discípulos por 40 días antes de retornar al Padre. También nosotros, Iglesia de Dios, pueblo de bautizados, somos invitados a celebrar la santa Cuaresma por 40 días, con el ayuno, la oración y la limosna, para prepararnos a celebrar la Santa Vigilia de la Pascua de Resurrección, en la que renovaremos nuestros compromisos de bautizados. Este es el momento favorable. Sí, este año, aquí y ahora, en lo que soy, hago y vivo. La invitación del profeta Joel va dirigida a todos. El profeta nos invita orar para que Dios nos perdone, para que Dios
no nos haga objeto de escarnio, para que el mundo, viendo nuestro modo de actuar, no deba decir -como de hecho dice- ¿Dónde está su Dios? También Pablo invita con insistencia: “Se lo suplicamos en nombre de Dios: déjense reconciliar con Dios”. Este tiempo es o debería ser un momento propicio para escuchar nosotros mismos estas palabras. No están dirigidas sólo a los otros. Cuántas cosas he de cambiar en mi vida: en lo que digo, en lo que no digo, en lo que hago, en lo que no hago, en el modo de juzgar a los otros, en mi modo de trabajar, en mi modo de descansar, en el modo y tiempo de orar. Prepararnos a celebrar la Pascua. La Pascua, sobre todo en la vida de una comunidad, es la Semana Santa y el Triduo Pascual, con todo lo que supone de retiros, Vía Crucis o prácticas cuaresmales y confesiones, ensayos, programa del Triduo. Pero este cúmulo de cosas (que debemos cuidar) nos puede hacer olvidar nuestra preparación profunda. Celebrar la Pascua no es repetir unos ritos cíclicos, cada año, de lo que Jesús realizó una vez para siempre. Si celebramos la Pascua es para morir y resucitar con Cristo una vida nueva, una vez más; porque el bautismo a veces queda muy lejos y el hombre viejo y pecador se nos pega como un pulpo a nuestro yo. Juan Pablo II decía a Francia, la hija primogénita de la Iglesia de Roma: “Francia, ¿qué has hecho de tu bautismo? Lo mismo podría decir a cada cristiano y a cada uno de nosotros. Nosotros, ¿Cómo vivimos nuestro bautismo? Celebrar el miércoles de Ceniza. El próximo 5 de marzo, miércoles de ceniza que celebraremos en nuestra Catedral en misa única, como Iglesia diocesana, iniciaremos la cuaresma con el gesto de la imposición de ceniza, la celebración del sacramento de la reconciliación y el comienzo de la campa-
ña de Cuaresma de Fraternidad. A veces algunos retienen el rito de la imposición de ceniza, como recuerdo de la muerte, de nuestro ser pecador, de la necesidad de cambio y conversión, aquellas críticas de Jesús que el evangelio trae sobre el modo de orar, de ayunar y de ayudar al necesitado. Pero Jesús no condena estas prácticas ni siquiera dice que no debamos hacerlas en público, socialmente, “en iglesia”, lo que condena es la intención torcida. El mismo ayunó severamente. El mismo fue generoso con los pobres con el dinero de los doce. El mismo enseñó a orar y oró en privado y en público. Que no falte durante este tiempo una intensificación en nuestra oración comunitaria y de la oración personal (que no deberíamos dejar después de la Cuaresma). Que no falten ac-
tos de abstinencia de todo aquello que daña el espíritu, lo debilita o lo mundaniza. Que no falte en nuestra comunidad el gran signo del “don a los demás”, secuencia lógica de aquello de lo que nos desprendemos y de lo que “ayunamos”. A todo nivel: abstinencia de la palabra que hiera al hermano, generosidad para hablar y compartir con los que tal vez son menos cercanos, espíritu abierto para recibir la corrección fraterna, vida austera, desprendimiento económico en favor de quienes viven en condiciones difíciles. Todo esto, formulado así, quizás es muy general, pero yo debo hacerlo muy concreto. Al recibir la ceniza en el inicio de la Cuaresma, pidamos al Señor, sane nuestro espíritu y nos dé un corazón nuevo. Que Él ponga en nosotros un Espíritu nuevo.