


DOMINGO 5 DE ABRIL DE 2026 | SAN JOSÉ DE CÚCUTA, NORTE DE SANTANDER, COLOMBIA | FUNDADO EN 1956
Págs. 8-9
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DOMINGO 5 DE ABRIL DE 2026 | SAN JOSÉ DE CÚCUTA, NORTE DE SANTANDER, COLOMBIA | FUNDADO EN 1956
Págs. 8-9
Periódico La Verdad
Emisora Vox Dei
@DiocesisdeCucutaCTV
Pág. 12

DiocesisCucuta
Dirección: Cl. 9 # 8-87
Barrio El Llano
La Resurrección de Jesucristo es la revelación suprema, la roca firme sobre la que está cimentada nuestra fe y esperanza, la manifestación decisiva para decirle al mundo que no reina el mal, ni el odio, ni la venganza, sino que reina Jesucristo Resucitado.
Cristo, en cuanto Luz del mundo (Jn 8, 12), se presenta como la respuesta definitiva a las aspiraciones humanas. En Él, la búsqueda de la verdad encuentra su fundamento: “tu palabra es verdad. Santifícalos en la verdad… que te conozcan a ti y a tu enviado Jesucristo” (Jn 17, 19).




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Por: Mons. José
Libardo Garcés Monsalve,
Obispo de la Diócesis de Cúcuta.
Con gran alegría y gozo vivimos la Resurrección del Señor, después de un tiempo de gracia en el que hemos caminado en el perdón y la reconciliación, que nos ha dispuesto a recibir el don de la paz, que nos trae Jesucristo Resucitado, para tener una vida nueva en Él: “por el bautismo hemos sido sepultados con Cristo quedando vinculados a su muerte, para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por el poder del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva” (Rom 6, 4). Esto nos permite vivir transformados en Cristo y comunicarlo a otros como experiencia de fe, cimiento de nuestra vida cristiana tal como lo señaló San Pablo: “si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes no tiene sentido y siguen aún sumidos en sus pecados” (1Cor 15, 17).
La Resurrección de Jesucristo es la revelación suprema, la roca firme sobre la que está cimentada nuestra fe y esperanza, la manifestación decisiva para decirle al mundo que no reina el mal, ni el odio, ni la venganza, sino que reina Jesucristo Resucitado que ha venido a traernos amor, perdón, reconciliación, con el don de la paz y una vida renovada en Él, para tener vida eterna. La Resurrección de Cristo es esperanza verdadera y firme para el ser humano, que muchas veces camina vacío, en el mal y la violencia que conducen a la muerte. Realmente Jesucristo ha Resucitado, tal como lo atestiguan los evangelistas: “ustedes no teman; sé que buscan a Jesús, el crucificado. No está aquí, ha resucitado como lo había dicho” (Mt 28, 5 - 6). Él es la fuente de la verdadera
vida, la luz que ilumina las tinieblas, el camino que nos lleva a la vida eterna a participar de la Gloria de Dios.
Nuestro caminar diario tiene que conducirnos a un encuentro personal con Jesucristo vivo y Resucitado, “que me amó y se entregó por mí” (Gal 3, 20). Ahora Resucitado vive y tiene en su poder las llaves de la muerte y del abismo, para levantarnos del pecado mediante el perdón, devolvernos la gracia que nos renueva desde dentro con una vida nueva y convertirnos en misioneros transmitiendo todo lo que nos ha enseñado, según el mandato entregado a los discípulos: “vayan y hagan discípulos a todos los pueblos y bautícenlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 1920). Esta misión guía nuestro trabajo pastoral en este año de gracia del Señor.
reconciliación y paz. La fe apostólica que recibimos por la predicación de la Iglesia, es la que transmitimos a los demás hermanos.
para que todos tengan vida nueva en Jesucristo Resucitado.
“La Resurrección de Cristo es esperanza verdadera y firme para el ser humano, que muchas veces camina vacío, en el mal y la violencia que conducen a la muerte”.
Así lo entendieron los primeros creyentes que vieron a Jesucristo y lo palparon Resucitado, Pedro, Tomás que al principio no creyó que había Resucitado, los apóstoles y los discípulos, al verlo, comprendieron perfectamente que su misión consistía en ser testigos de la Resurrección de Cristo, porque de este acontecimiento único y sorprendente dependería la fe en Él y la difusión de su mensaje de salvación. También nosotros en el momento presente de nuestra fe, somos confirmados en el Resucitado, para llevar a cabo la misma misión de Cristo que ha venido a traer perdón,
La primera palabra de Jesús para los discípulos fue de paz y solo esa palabra fue suficiente para que se llenarán de alegría y todos los miedos, dudas e incertidumbres que tenían quedaran atrás y se convirtieran en fuente de esperanza para la Iglesia y la humanidad. Un mensaje de paz que contiene la misericordia y el perdón del Padre Celestial. Con este mensaje los discípulos fueron enviados a anunciar la misericordia y el perdón: “a quienes les perdonen los pecados les quedan perdonados” (Jn 20, 23), dejando la paz a todos, porque no puede existir paz más intensa en el corazón que sentirse perdonado. Esa realidad renueva toda la vida, para que sigamos adelante cumpliendo el mandato misionero de comunicar a Jesucristo Resucitado.
Dejemos a un lado nuestros odios, resentimientos, rencores y venganzas que causan división y producen violencia y muerte. Oremos por nuestros enemigos, perdonemos de corazón a quien nos ha ofendido y pidamos perdón por las ofensas que hemos hecho a nuestros hermanos. Dios hace nuevas todas las cosas, no temamos, no tengamos preocupación alguna, pongámonos en las manos del Padre que perdona. La Eucaristía que vivimos con fervor es nuestro alimento, es la esperanza y la fortaleza que nos conforta en la tribulación; una vez fortalecidos, queremos transmitir esa vida nueva con mucho entusiasmo a nuestros hermanos, a nuestra familia,
La esperanza en la Resurrección debe ser fuente de consuelo, de paz y fortaleza ante las dificultades, ante el sufrimiento físico o moral, cuando surgen las contrariedades, los problemas familiares, cuando vivimos momentos de cruz, de dolor, de enfermedad y de muerte. Un cristiano no puede vivir como aquel que ni cree, ni espera. Porque Jesucristo ha Resucitado, nosotros creemos y esperamos en la vida eterna, en la que viviremos dichosos con Cristo y con todos los santos. Necesitamos esforzarnos constantemente para estar más cerca de Jesús. Tenemos esta posibilidad gracias a su Resurrección. La comunión que recibimos en cada Eucaristía nos renueva interiormente, nos transforma en Cristo, hasta llegar a decir con San Pablo “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20).
Los animo a que sigamos adelante en ambiente de alegría pascual y gozo por la Resurrección del Señor, con la esperanza que un día llegaremos a ser resucitados con Cristo. Que la oración pascual nos ayude a seguir a Jesús Resucitado con un corazón abierto a su gracia y a dar frutos de fe, esperanza y caridad para con los más necesitados y siempre puestos en las manos de Nuestro Señor Jesucristo, que es nuestra esperanza. También, bajo la protección y amparo de la Santísima Virgen María y del Glorioso Patriarca San José, que nos protegen. Felices Pascuas para todos.
En unión de oraciones, reciban mi bendición.

Con la tradicional bendición de los ramos, símbolo de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, se vivió la Eucaristía de Domingo de Ramos en la Catedral San José, presidida por monseñor José Libardo Garcés Monsalve; dando inicio a la Semana Mayor.


Las hermandades de nazarenos se dieron cita en horas de la mañana, a pesar de la lluvia para participar en el viacrucis y meditar las estaciones de la Pasión del Señor; iniciando en la parroquia San Rafael Arcángel hasta la parroquia San Antonio de Padua (Cúcuta), donde finalizaron con la Santa Misa.
Con la apertura del solemne Triduo Pascual, el jueves santo como Iglesia Particular nos unimos para conmemorar la Última Cena del Señor y el lavatorio de pies, símbolo del servicio que estamos llamados a vivir con nuestros hermanos.

Sto
ábado En medio del silencio y la reflexión profunda vivimos la solemne Vigilia Pascual desde la Catedral San José. Una celebración llena de gozo y alegría al recordar la victoria de la vida sobre la muerte.

Sto
El Viernes Santo en horas de la mañana y con una gran multitud de fieles, se realizó el viacrucis diocesano que correspondió en esta oportunidad a la vicaría San José, iniciando en la parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y terminando en la parroquia Nuestra Señora de la Candelaria en el barrio Sevilla. Recordando la Pasión, la Crucifixión y la Muerte de Jesús. La cruz es el signo del amor extremo de Dios por nosotros; en la cruz estuvo clavado el Salvador del mundo.

Cumpliendo las promesas de Dios y demostrando que la muerte no tiene la última palabra, en el Domingo de Resurrección, entonamos el Gloria, celebrando la victoria definitiva de Jesucristo sobre la muerte y el pecado.


El pasado viernes 20 de marzo, vivimos la tradicional Marcha del Perdón, como preparación espiritual para vivir la Semana Mayor; el evento fue acompañado de las bandas marciales de las diversas instituciones educativas, de policía y medios de comunicación social de la ciudad. La marcha congregó a miles de fieles y personas de buena voluntad que llevaban banderas, pancartas, globos y velas encendidas como símbolo de paz, perdón y reconciliación.
La jornada contó con la participación de las comunidades parroquiales de las Vicarías Territoriales san Rafael, san Luis, san Pío X y san José, que en comunión con el señor Obispo, el clero diocesano, los movimientos apostólicos, autoridades civiles y fieles laicos de esta Iglesia Particular, se unieron en un recorrido desde el
centro Cenit hasta la Basílica Menor Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá.
La marcha culminó, con la presentación de grupos musicales, entre ellos el cantante Santiago García. Para finalizar, se realizó la oración de la bendición de las manos, un gesto que nos invita a ser constructores y artesanos de la reconciliación. Monseñor José Libardo impartió la bendición apostólica concedida a los fieles y asistentes de la marcha.
Con este signo de comunión la Diócesis de Cúcuta, continúa reafirmando su compromiso durante estos 70 años al servicio del Pueblo de Dios, llevando el mensaje del Evangelio e invitando a todos a iluminar el camino de la reconciliación en esta zona de frontera.
Este jueves 19 de marzo, se llevó a cabo la celebración de la Solemnidad de San José y la Misa Crismal, con una procesión llena de fervor en la que se rezó el Santo Rosario, y se encomendó a los Seminarios Mayor y Menor, a los sacerdotes y a la ciudad de Cúcuta, para que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, intercedan por esta Iglesia Particular. La cita se dio en el Parque la Victoria (parque Colón), donde partió la procesión hasta la Catedral San José para la celebración de la Sagrada Eucaristía.
Monseñor José Libardo Garcés Monsalve, Obispo de la Diócesis de Cúcuta, presidió la procesión en la
que estuvo presente el clero diocesano, el Seminario Mayor Diocesano San José, que este año celebra sus 40 años formando vocaciones en esta zona de frontera; el Seminario Menor que también celebra 60 años formando niños y jóvenes al servicio del Pueblo de Dios. Además de agentes de pastoral de las diferentes parroquias y devotos de nuestro patrono San José.
Damos gracias a Dios por el don del sacerdocio y por la bendición de los santos óleos que fortalecerán nuestra vida sacramental.
¡Glorioso Patriarca San José, ruega por nosotros y provéenos!

CANDIDA DE VERDAD, fue el nombre de la caricatura, creada por el padre Laureano Ballesteros Blanco, quien acompañó al periódico La Verdad por muchos años. La caricatura siempre aprecía con su fiel compañero “perro caliente”, abordaba con una posición jocosa las situaciones y eventos que acontecían en esta zona de frontera.
Oración al Espíritu Santo
Los bautizados de la Diócesis de Cúcuta se reúnen en pequeñas comunidades para celebrar el gozo de la Resurrección del Señor Jesucristo y con fervor reflexionan la Palabra de Dios para cumplir con hacer vida el lema del mes: vayan y hagan discípulos, anunciando la Resurrección.
● Invitar a los fieles.
● Llevar una síntesis de la carta a los cristianos.
● Hacer un signo que exprese el gozo de la Resurrección.
● Llevar el cirio que bendijeron en la Vigilia Pascual.
Invocación Trinitaria: en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Canto: hoy el Señor Resucitó
Señor Jesús Resucitado, vencedor de la muerte y el pecado, te adoro y te alabo con todo mi corazón. Tú has roto las cadenas de la oscuridad y has traído la luz de una esperanza viva. Gracias, Señor, por Resucitar y hacerme partícipe de tu victoria. Te entrego mis miedos, mis dudas y mis batallas diarias. Resucita en mí lo que está dormido, devuelve la alegría a mi alma y fortalece mi fe. Quédate conmigo, Jesús, y hazme testigo de tu amor y portador de tu paz en medio del mundo. Que mi vida sea un reflejo de tu luz. ¡Cristo vive! ¡Cristo reina! ¡Cristo viene con gloria! Amén.
“VAYAN Y HAGAN DISCÍPULOS, ANUNCIANDO LA RESURRECCIÓN”.
● María Magdalena: ella es ejemplo de discipulado al recibir la instrucción de anunciar la resurrección a los demás.
● El objetivo es compartir que Jesús está vivo y actúa en el mundo hoy.
Canto: gloria, gloria, Aleluya.
cómo estoy anunciando la Resurrección?
Profundización: aquí están las actitudes clave para anunciar la Resurrección:
● Valentía y coraje (testigo): no temer compartir la Buena Nueva, saliendo del “sepulcro” del miedo o la comodidad, tal como los apóstoles proclamaron la noticia a pesar de las dificultades.
(Motivar con preguntas sobre el lema, repetirlo hasta crear conciencia del significado)
● Testigos de vida: tras la crucifixión, Jesús se reveló a sus discípulos, transformando su miedo en gozo al demostrar que está vivo.
● Misión permanente: los discípulos son llamados a una misión activa, fortaleciendo la fe y comunicando que la resurrección es la victoria de Dios.
● Anuncio y comunicación: el anuncio no es solo histórico, sino una comunicación viva que se realiza tanto en palabras como en los hechos cotidianos del creyente.
ILUMINACIÓN BÍBLICA
(Mc 16, 9-15)
Lectura del santo Evangelio san Marcos.
Jesús, que había Resucitado a la mañana del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, aquella de quien había echado siete demonios. Ella fue a anunciarlo a los que siempre lo habían acompañado, que estaban afligidos y lloraban. Cuando la oyeron decir que Jesús estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron. Después, se mostró con otro aspecto a dos de ellos, que iban caminando hacia un poblado. Y ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero tampoco les creyeron. En seguida, se apareció a los Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado. Entonces les dijo: “vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. Palabra del Señor.
¿Qué me llama la atención del texto; qué opina de las actitudes de los discípulos; qué aprender de las mujeres; cuál es el mandato de Jesús;
● Alegría pascual: vivir y transmitir el gozo de saber que Cristo venció a la muerte y al pecado, eliminando la tristeza y la desesperanza.
● Esperanza cristiana: enfocar la vida con una visión sobrenatural, creyendo que la vida eterna es real y que el Señor tiene la última palabra sobre las dificultades.
● Amor y servicio: reflejar la Resurrección a través de obras concretas de servicio, perdón y caridad, demostrando que Cristo vive en ti.
● Fe, personal y convicción: anunciar no solo un hecho histórico, sino una experiencia personal con el Resucitado, alimentada por la oración, la Eucaristía y la lectura de las escrituras.
● Vivir como “Resucitados”: adoptar una conducta nueva, dejando atrás el pecado y la “muerte” espiritual, siendo una nueva criatura en Cristo.
Señor, ten piedad Cristo, ten piedad Señor, ten piedad
Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos.
Dios Padre Celestial, ten piedad de nosotros. Dios Hijo, Redentor del mundo, Dios Espíritu Santo, Santísima Trinidad, un solo Dios, Jesús, Redentor de la humanidad, Jesús, vencedor del pecado y de satanás, Jesús, triunfante sobre la muerte, Jesús, el Santo y el Justo, Jesús, Resurrección y vida, Jesús, dador de la gracia, Jesús, el Juez del mundo,
Tú que diste tu vida por tus ovejas, Tú que resucitaste al tercer día, Tú que te manifestaste a tus elegidos, Tú que visitaste a tu bendita Madre, Tú que te apareciste a María Magdalena mientras lloraba, Tú que enviaste tus ángeles a las
santas mujeres, Tú que consolaste a los Once, ofreciéndoles el don pascual de la paz,
Tú que soplando sobre ellos, les diste tu Espíritu Santo, Tú que confirmaste la fe al incrédulo Tomás, Tú que encomendaste tu rebaño a Pedro,
Tú que anunciaste el Reino de Dios,
Nosotros que somos pecadores, te rogamos óyenos,
Para que podamos caminar en novedad de vida,
Para que podamos avanzar en el conocimiento de Ti,
Para que podamos crecer en la gracia,
Para que siempre tengamos el Pan de vida,
Para que perseveremos hasta el fin, Para que tengamos confianza en Ti, que vendrás de nuevo,
Para que podamos contemplar tu rostro con gozo,
Para que seamos puestos a tu diestra en el juicio,
pecado del mundo, perdónanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, escúchanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.
Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
Padre nuestro, Avemaría y Gloria.
Todos: oh, Dios, que, por medio de tu Hijo Unigénito, venciste la muerte y nos abriste las puertas de la Vida eterna, confirma con tu gracia nuestra fe para que en todo actuemos de acuerdo con la dignidad de hijos tuyos, perdonados y redimidos por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén
El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén.
DEL 1 AL 15 DE ABRIL

Para que podamos alcanzar tu gloria junto a los santos del Cielo,
Cordero de Dios, que quitas el





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plica entonces no solo vivir con devoción los misterios pascuales en la participación activa de los actos litúrgicos, sino transmitir a un Cristo que ha Resucitado y vive en nosotros y para los otros.
Desde la perspectiva del Sínodo, la Resurrección de Cristo no se trata solo como un dogma de fe, sino como el modelo dinámico para una Iglesia que camina unida. El documento final del Sínodo utiliza los relatos evangélicos de la Resurrección como la carrera hacia el sepulcro y la aparición en el Cenáculo como inspiración directa para el diálogo y el discernimiento eclesial.

porque Cristo Jesús nos coronará con el gozo de la salvación.
Los creyentes estamos llamados a poner nuestra mirada en la eternidad con una esperanza gozosa. Es claro, aunque debemos hacer presente el Reino en la cotidianidad de nuestra vida, celebrar la Resurrección im-
La Resurrección es el evento que “revitaliza y posibilita relaciones nuevas” dentro de la comunidad. El Sínodo plantea que ser una “Iglesia sinodal en misión” nace del encuentro con el Resucitado, quien envía a sus discípulos a anunciar la buena noticia. La Resurrección no es un hecho aislado del pasado, sino una realidad que “cambia el sentido de nuestra vida” y exige una conversión hacia la sinodalidad (comunión, participación y misión) como dimensión constitutiva de la Iglesia.
un recuerdo histórico, sino una fuerza actual que transforma la Iglesia a través de una “conversión relacional”. Esta revitalización de las relaciones ocurre de la siguiente manera:
Gracia sobre estrategia: las relaciones renovadas no se ven como herramientas de eficacia organizativa, sino como la forma en que Dios se revela. La Resurrección permite que el cuidado mutuo sea un reflejo de la vida de la Trinidad.
Ayudar a alguien a superar una crisis o trabajar por la justicia social son formas prácticas de decir que la vida venció a la muerte.
Hospitalidad hacia los excluidos: la fuerza del Resucitado impulsa a la comunidad a ofrecer hospitalidad a “los últimos”. Esto revitaliza los vínculos al incluir voces que antes eran ignoradas o juzgadas.
Reciprocidad y escucha mutua: la sinodalidad, inspirada en el encuentro con el Resucitado, promueve que todos tengan algo que aprender de los demás. Esto rompe jerarquías rígidas y fomenta un caminar juntos basado en la dignidad común de todos los bautizados.
diferencia original no implica desigualdad en el plan de Dios.
Inspiración en los relatos pascuales: el documento final del Sínodo se guía por escenas como la carrera al sepulcro o la aparición en el lago para enseñar a la Iglesia a dialogar y discernir de forma comunitaria.
En un mundo con mucho desánimo, celebrar la resurrección se traduce en ser agentes de restauración. Ayudar a alguien a superar una crisis o trabajar por la justicia social son formas prácticas de decir que la vida venció a la muerte.
En el contexto de los 70 años de nuestra Diócesis este acontecimiento pascual, continúa acompañando y revitalizando las estructuras de nuestra Iglesia Particular, para que logren cumplir diariamente en cada uno de los bautizados el objetivo del mandato de Cristo, hacer discípulos que reciban la gracia y vivan con ella; para seguir haciendo presente el Reino de Dios.
La Resurrección entonces, no es solo
Superación de desigualdades: el Sínodo enfatiza que este dinamismo relacional, debe transformar específicamente las relaciones entre hombres y mujeres, reconociendo que la
Celebrar la Resurrección a través de este mandato significa entonces reconocer que la victoria de Cristo sobre la muerte es el motor que da autoridad y esperanza a este mensaje. Jesús cierra esta comisión con una promesa de compañía constante: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

VPor:Fray Marwan Di’des, OFM.
ivir en Jerusalén, entre las piedras que vieron caminar al Señor, ofrece una perspectiva única sobre el Misterio Pascual. Sin embargo, la lección más profunda sobre la Resurrección no la aprendí solo de los Textos Sagrados, sino de las palabras de una mujer que marcó profundamente mi vida: la que fue directora de nuestro coro de San Salvador, nuestra parroquia latina en el corazón de la Ciudad Vieja.
Ella, verdadera “hija de Jerusalén”, repetía siempre un concepto que al principio podía sorprender: “nosotros, los hijos de Jerusalén, cuando vamos al santo sepulcro, encontramos el edificio, pero el sepulcro está vacío. Jesucristo no está allí, ya no está en el sepulcro. Jesucristo ha Resucitado. Por lo tanto, visitamos las piedras que fueron tocadas por Él, pero Jesús está por encima del sepulcro vacío”. Para ella, y hoy para mí, el sepulcro vacío no es una ausencia, sino una presencia desbordante. Cuando le preguntaba qué significaba esto concretamente, me respondía con la sencillez de los bautizados: nosotros poseemos la misma fuerza que tuvo Cristo en
el momento de la Resurrección. No es solo una noción teológica; es la fuerza del Espíritu Santo que habita en nosotros, convirtiéndonos en “su casa”.
En efecto, el testimonio evangélico es claro y contundente: “¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado” (Cf. Lc 24, 5-6). Estas palabras, pronunciadas en el mismo lugar del sepulcro, no solo describen un hecho histórico, sino que inauguran una nueva comprensión del espacio sagrado. El santo sepulcro deja de ser un lugar de memoria estática para convertirse en un signo dinámico de vida. Allí donde el hombre esperaría encontrar un cadáver, Dios revela su gloria. Así, la piedra removida no es solo un detalle narrativo, sino el símbolo de todas las resistencias humanas que han sido vencidas por la vida divina.
¿Qué significa Resucitar cotidianamente aquí, en Jerusalén, y en cada rincón del mundo? Significa tener la fuerza de levantarse cada vez que nos sentimos débiles. Significa ir al encuentro de todos los dones y talentos que el Señor nos ha dado y, con esas fuerzas, ponernos de nuevo en pie.

La resurrección momentánea ocurre en el día a día: cuando pronunciamos una palabra equivocada y tenemos el valor de pedir disculpas para corregirnos; cuando pecamos y pedimos perdón, primero a nosotros mismos, luego al prójimo ofendido y finalmente al Señor, quien se ve tocado por nuestro pecado, pero que ciertamente perdona. En ese instante, nos ponemos en pie y seguimos adelante. En esto, todos somos “hijos de la Resurrección” y, por tanto,
todos somos hijos de Jerusalén, llamados a comenzar de nuevo cada día como si nunca hubiéramos hecho nada malo, apoyados en nuestra fuerza interior y en la fe.
Desde una perspectiva bíblica, esta experiencia cotidiana tiene su raíz en el bautismo. San Pablo lo expresa con radical claridad: “por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que así como Cristo resucitó de entre los muertos, también nosotros llevemos una vida nueva” (Rm 6, 4). El sepulcro, por tanto, no es solo el de Cristo, sino también el nuestro. Cada cristiano ha pasado por ese misterio: ha muerto al pecado y ha sido levantado a una vida nueva. Vivir el sepulcro vacío es, entonces, recordar diariamente nuestra identidad bautismal y actualizarla en cada decisión concreta.
El “ya” y el “todavía no”: de la noción a la certeza existencial
“El sepulcro vacío, entonces, es umbral: no es la meta de la fe, sino la puerta que introduce en la relación viva con Cristo”.
Esta resurrección cotidiana este abandonar el mundo del pecado para vivir en la santidad es la experiencia del “ya” prometido por el Señor, a la espera del “todavía no” de la Resurrección definitiva tras la parusía. Sin embargo, existe una diferencia abismal entre conocer la existencia de una verdad y sentirla vibrar en la propia carne.
Podemos estudiar el amor y definirlo desde el punto de vista religioso, afectivo, científico o social; pero una cosa es conocer la definición y otra muy distinta es sentirlo y expe-

rimentarlo directamente. Al hacerlo, pasamos de un mero conocimiento empírico a una certeza existencial personal que nadie nos podrá quitar ni poner en duda. Nadie tendrá el valor de refutar esta realidad con nosotros, por el simple hecho de que conocemos y sentimos al mismo tiempo: poseemos esta seguri-

dad con el cerebro, con el corazón y con todo nuestro ser.
Lo mismo sucede con la Resurrección. No es solo un conocimiento intelectual, sino un sentimiento interior de seguridad. Se siente, se practica y se advierte, exactamente como quien conoce la misericordia
que el discípulo amado “vio y creyó” (Jn 20, 8), iniciando un camino que culminará en la certeza plena del encuentro. El sepulcro vacío, entonces, es umbral: no es la meta de la fe, sino la puerta que introduce en la relación viva con Cristo. Sin esta experiencia personal, el cristianismo corre el riesgo de reducirse a una idea; con ella, se convierte en una vida transformada.
Nuestra directora nos dejó el año pasado, tras una larga enfermedad y una agonía de dolor. Sin embargo, en su lecho de muerte, sus palabras fueron el sello de toda una vida: “Estoy lista para ir al Señor si Él me quiere llevar. ¿Saben por qué? Porque he puesto en práctica todos los dones que el Señor me dio, y esos dones han hecho de mi vida una verdadera vida con el Señor y para el Señor. Estoy preparada”. Su dedicación diaria, ese constante ponerse en pie espiritual y físicamente para seguir adelante, la había preparado para la verdadera Resurrección Pascual.
“poder”. Es el mismo mandato que recibió la Magdalena, cuando Jesús mismo le dijo que fuera a anunciar a los hermanos que Él había resucitado.
María Magdalena, primera testigo del Resucitado, representa precisamente esta transformación del dolor en misión. Ella, que había ido al sepulcro a llorar, sale de el como apóstol de los apóstoles. Este dinamismo pascual es esencial: quien entra en contacto con el misterio del sepulcro vacío, no puede permanecer inmóvil. La experiencia de la Resurrección genera necesariamente envío, anuncio, testimonio. En un mundo herido, el cristiano no es espectador de la muerte, sino testigo de la vida.
“El santo sepulcro deja de ser un lugar de memoria estática para convertirse en un signo dinámico de vida. Allí donde el hombre esperaría encontrar un cadáver, Dios revela su gloria”.
porque la vive.
Aquí se comprende también la experiencia de los primeros discípulos: no creyeron inmediatamente por haber visto el sepulcro vacío, sino por el encuentro con el Resucitado. El Evangelio de Juan lo sugiere con delicadeza cuando afirma
Si queremos trasladar toda nuestra narrativa sobre la Resurrección al contexto actual de guerra y de falta de paz no solo en Tierra Santa, sino en tantos países del mundo debemos mirar con honestidad las llagas de nuestro tiempo: desde las guerras de poder y dinero hasta el tráfico de seres humanos y los abusos; desde las luchas étnicas de quien busca sobrevivir al otro imponiendo una soberanía absoluta, hasta la violencia de quien anhela el dominio sobre el prójimo. Es el dominio del hombre sobre la mujer, del poderoso sobre el débil, del grande sobre el pequeño, del rico sobre el pobre.
En este escenario mundial de delito e injusticia, la tumba vacía de Jerusalén nos dirige una invitación inesperada: nos llama a ejercer un
He aquí el verdadero poder que nos otorga el sepulcro vacío de Cristo: no es el poder de pocesión, sino es un poder de entrga, de amar a quien nos odia, de perdonar a quien nos hace daño, el poder de anunciar cielos y tierra nuevos en su nombre. Es el poder de meditar en la belleza de sus obras en lugar de destruirlas con los conflictos; el poder de sembrar concretamente la paz en lugar de infligir dolor. Finalmente, es el poder de plantar flores y disfrutar de su aroma, en lugar de erradicar los bosques, belleza del Señor sobre la tierra.
El sepulcro vacío, entonces, no es un monumento al pasado, sino el espacio abierto donde cada día aprendemos a caminar hacia la santidad y la vida eterna, como testigos de Jesús.
“A este Jesús Dios lo Resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos” (Hch 2, 32).
San José de Cúcuta, abril 5 de 2026

Por: Diác.permanente Cesar Augusto Londoño Trujillo.
Año Jubilar: un tiempo de gracia y encuentro con Dios
En el corazón de la ciudadela Juan Atalaya, la parroquia San Pío X celebra con alegría sus 50 años de vida pastoral. No es solo una fecha más en el calendario; es una oportunidad para mirar hacia atrás con gratitud y reconocer cómo Dios ha estado presente en cada paso. La comunidad ha vivido momentos de dificultad, pero también de crecimiento, de unión y de fe. Y en todos ellos, ha sido evidente la presencia de un Dios cercano, que no abandona, que sostiene y que siempre abre caminos nuevos.
Una historia que nace de la comunión y la misión
La parroquia San Pío X nació del esfuerzo, la entrega y la visión de dos comunidades religiosas: los Padres Agustinos Recoletos y la Compañía de Jesús (Jesuitas). Su presencia no solo dejó huella en lo espiritual, sino también en lo humano.
Uno de los recuerdos más significativos que aún vive en la memoria de muchos son las “ollas comunitarias” impulsadas por los Jesuitas. Más que una ayuda material, fueron espacios de encuentro, de compartir y de dignidad.
El caminar diocesano y sus pastores


abierta, pero no solo física, sino espiritual. Cruzarla significa tomar una decisión: dejar atrás lo que pesa, lo que hiere, lo que divide, y abrirse a una vida nueva desde Dios.
La Cruz del perdón: camino de reconciliación
Dentro de este tiempo jubilar, la Cruz del Perdón aparece como un signo muy fuerte. Es una invitación concreta a mirar la propia vida con sinceridad.
Frente a ella, cada persona puede reconocer sus errores, sus caídas, sus heridas… pero también descubre que el amor de Dios es más grande que todo eso.
Una comunidad llamada a renovarse
Cumplir 50 años es motivo de alegría, pero también de compromiso. No se trata solo de celebrar lo que ya pasó, sino de preguntarse qué sigue.
Este Jubileo invita a valorar la historia, a agradecer lo vivido, pero también a reconocer lo que necesita sanar y mejorar. Es una oportunidad para crecer como comunidad, para fortalecer la fe y para vivir con mayor coherencia.
Un encuentro que transforma la vida
● Padre Gabriel Posada (q.e.p.d)
● Padre Germán Parra (q.e.p.d)
● Padre Leónidas Cristancho
● Padre Emel Arévalo
● Padre Jesús Esteban Osorio S.
● Padre Jorge Alexander Perutty G.
● Padre Jesús Omar Osma A.
Cada uno de estos pastores ha dejado algo valioso: su entrega, su estilo, su forma de acompañar.
Con el paso del tiempo, la parroquia pasó a ser pastoreada por sacerdotes diócesanos, dando inicio a una nueva etapa, que continuó fortaleciendo la misión evangelizadora. El padre Jairo Cárdenas, fue el primero en asumir esta responsabilidad, organizando y consolidando la comunidad con dedicación. Luego fueron nombrados los siguientes sacerdotes como párrocos:
Hoy, el padre JOSÉ DAVID CAÑA PÉREZ, acompaña a la comunidad en este tiempo jubilar, animando a todos a vivirlo con sentido, profundidad
y verdadera apertura al encuentro con Dios.
Y todo eso ha ido construyendo lo que hoy es esta parroquia: una comunidad viva, cercana y en constante renovación.
El Año Jubilar que inicia el 12 de abril de 2026, día de la Divina Misericordia día, es una pausa en medio de la rutina. Es un tiempo para detenerse, respirar y mirar hacia adentro.
Se puede entender como una puerta
Al final, todo este Año Jubilar se resume en algo muy sencillo pero profundo: un encuentro con el Señor.
Un Dios que conoce a cada persona, que entiende sus luchas, que no se cansa de esperar y que siempre da una nueva oportunidad.
Que este Jubileo sea ese momento para hacer un alto, para mirar la propia vida, para sanar lo que duele y para volver a empezar con esperanza. Porque, en el fondo, esta no es solo la historia de una parroquia… es la historia de un Dios que sigue caminando, todos los días, con su pueblo.

APor: Pbro. Víctor Julián Flórez Ortiz, vicario parroquial de Sagrado Corazón de Jesús.
migos lectores en la anterior edición hemos abordado un poco, cómo la creación de la Diócesis de Cúcuta en 1956, respondió al crecimiento demográfico y pastoral del noreste colombiano, desmembrando territorio de la antigua Diócesis de Nueva Pamplona que pasó a ser Arquidiócesis. Para esta edición les propongo, aunque de manera muy general, que veamos sencillamente algunas de las versiones del proceso de aprobación de la Diócesis, la toma de posesión de Monseñor Luis Pérez Hernández y algunas de sus actividades como primer obispo de la Diócesis de Cúcuta.
En 1955, el Nuncio Apostólico en Colombia, Monseñor Paolo Bertoli, recomendó a la Santa Sede la erección de una nueva Diócesis en Cúcuta, debido a la expansión urbana y necesidades pastorales. La Santa Sede aprobó la solicitud mediante dos bulas simultáneas del Papa Pío XII el 29 de mayo de 1956: “Ecclesiarum ómnium” para la creación de la Diócesis de Cúcuta como sufragánea de Pamplona y “Dum rerum humanarum” en la que elevó Nueva Pamplona a Arquidiócesis metropolitana.
El mismo 29 de mayo de 1956, el Papa Pío XII nombró a Monseñor Luis Pérez Hernández (1894-1959), CIM (Congregación de Jesús y María, padres Eudistas), como primer obispo de la ciudad. Nacido en Cúcuta (25 de agosto de 1894), Monseñor Luis Pérez Hernández era obispo auxiliar de Bogotá desde 1945. Su ordenación episcopal se había realizado en 1946.
El procedimiento del nombramiento de Monseñor Luis Pérez Hernández siguió el conducto regular del código de derecho canónico (canon 237) realizándose las consultas a nunciatura como les es-

cribí en la edición anterior del periódico, Conferencia Episcopal y capítulos catedrales. Escribe el Diario la Opinión que, conocida la noticia del nombramiento, los cucuteños junto con el clero empezaron a trabajar para que el día de la posesión de la Catedra, las cosas saliesen lo mejor posible. Tomó posesión formal en meses posteriores, regresando a su ciudad natal como su pastor y su episcopado duró hasta su muerte en Bogotá el 28 de junio de 1959.
El 29 de agosto de 1956 se posesionó Monseñor Luis Pérez Hernández como primer obispo de la Diócesis de Cúcuta. Monseñor había llegado un día antes, el martes 28 de agosto y ese mismo día el periódico Diario La Frontera, en su edición 1689 publicó en la primera página toda la información referente a la posesión canónica de monseñor Luis Pérez Hernández:
A las 8:00 p.m. del día 28 de agosto los párrocos de Cúcuta le ofrecieron una cena y a las 9:00 p.m. con la banda musical se ofreció una retrata musical frente a la casa cural de San José. Al día siguiente a las 8:00 a.m. bajo palio monseñor fue conducido hasta la Catedral en calle de honor (…) El acto de posesión se desarrolló en el siguiente orden:

1) Entonación del Himno Pontificio al entrar el desfile a la Catedral.
2) Lectura de los documentos de la erección de la Diócesis de Cúcuta y del nombramiento del primer Obispo.
3) Colocación en su solio a monseñor Luis Pérez Hernández por el arzobispo de Pamplona.
4) Saludo y promesa de obediencia del clero a su Obispo.
5) Alocución del Nuncio de Su Santidad.
6) Misa Pontificia, oficiada por monseñor Luis Pérez Hernández y lectura de la homilía después del santo Evangelio.
7) Bendición Papal por el Nuncio, monseñor Paolo Bertoli.
8) Almuerzo en el Club Comercio de los prelados y autoridades de la ciudad.
La Diócesis de Cúcuta quedó integrada por 15 parroquias, de las cuales la mitad quedaban en Cúcuta, a saber: San Luis, San José, San Antonio, Perpetuo Socorro, San Rafael, Sagrado Corazón, La Candelaria y la Santísima Trinidad, y Villa del Rosario, San Cayetano, El Zulia, Santiago, Gramalote, Carmen de Nazareth, Lourdes y Sardinata.
Una vez que monseñor Luis Pérez Hernández tomó posesión del cargo se dirigió a los feligreses para decirles el programa, que consistiría principalmen-
te en las actuaciones de carácter social y por el bien de las clases pobres; que usaría la mansedumbre y la bondad para con los cumplidores de la doctrina cristiana, pero que sería fuerte contra los enemigos de la Iglesia.
Actos significativos en la Diócesis Durante sus tres años como obispo de la Diócesis de Cúcuta, Monseñor impulsó la organización diocesana. En el mismo año de su llegada, fundó el Periódico Diocesano llamado: La Verdad, publicando su primera edición el 20 de octubre de 1956. Así, se convirtió en el primer medio de comunicación católico local, para la evangelización y la formación laical.
Estableció comunidades religiosas para fortalecer el trabajo pastoral de la Diócesis y promovió los medios de comunicación patrocinando programas católicos en emisoras locales, ampliando el alcance pastoral. También dedicó su ministerio apostólico a las visitas pastorales y a la educación: visitó parroquias, dictó conferencias en colegios y defendió a los pobres, construyendo viviendas populares con el apoyo de la comunidad católica de la ciudad.
Bibliografía: URBINA ORTEGA Oscar., Obispo, 50 Años recorriendo senderos de esperanza, Cúcuta, Arte impreso, 2005. COLMENARES OSSA José Eustorgio, Historia de la Diócesis de Cúcuta, Cúcuta, La Opinión, 2006. MENDOZA Carlos José, Historia de la Diócesis de Cúcuta, Santafé de Bogotá, ARFO, 1993. PALACIOS Miguel, Catedral San José. Historia y sus elementos religiosos, Crónicas de Cúcuta, 18 febrero 2013, en https://cronicasdecucuta.blogspot.com/2013/02/335-catedral-san-jose-historia-y-sus.html, (Consultado 17.03.2026) RAYNAUD Gerardo, Crónicas de Cúcuta, Nuestro primer Obispo-Cúcuta, en: https://cronicasdecucuta.blogspot.com/2019/02/1560-nuestro-primer-obispo-cucuta.html (Consultado: 17.03.2026)

El ser humano se distingue por su carácter de buscador permanente, orientado hacia la verdad, la felicidad y el sentido último de su existencia. Esta condición dinámica ha sido ampliamente abordada por la antropología filosófica, la cual reconoce en el hombre una estructura fundamental de aspiraciones: el deseo de conocimiento, la búsqueda de la felicidad y la apertura a la trascendencia, expresada en la aspiración a la vida eterna.
En este horizonte, la búsqueda de la verdad ocupa un lugar central. El hombre se adentra en ella con la convicción de que, una vez hallada, no se impone, sino que se manifiesta como intrínsecamente atractiva. A lo largo de la historia, esta búsqueda ha dado lugar a significativos avances; sin embargo, también ha estado marcada por tensiones.
De manera análoga, la búsqueda de la felicidad suele orientarse inicialmente hacia realidades externas, muchas de ellas efímeras. No obstante, la experiencia humana evidencia que la auténtica realización no se encuentra en la acumulación, sino en la capacidad de donación. En esta línea, Viktor Frankl afirmó que el hombre no busca primariamente el placer, sino el sentido, y que este se realiza, en gran medida, en la entrega a una causa o en el amor hacia los demás (El hombre en busca de sentido).
Las “situaciones límite”, en el sentido de Jaspers, confrontan al hombre con la necesidad de interrogarse por el sentido de su vida. En tales circunstancias, la actitud adoptada frente al sufrimiento resulta decisiva. Como sostuvo Frankl, “el sufrimiento deja de ser sufrimiento en el momento en que encuentra un sentido”, subrayando así la dimensión significativa del dolor humano.
Desde la perspectiva cristiana, el sufrimiento encuentra su interpretación más profunda en el misterio de Cristo. No se trata únicamente de contemplar al Cristo crucificado, sino de comprender la unidad inseparable entre cruz y Resu-

rrección. En efecto, el acontecimiento pascual revela que la muerte no tiene la última palabra, sino que ha sido vencida por la vida.
En este contexto, la experiencia de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35) constituye un paradigma hermenéutico: el tránsito de la incomprensión al reconocimiento del Resucitado pone de manifiesto la necesidad de superar una visión reductiva del sufrimiento para abrirse a la plenitud del Misterio Pascual.
“La existencia humana se comprende como un proceso abierto a la trascendencia, llamado a realizarse en el amor y orientado hacia su plenitud última”.
Cristo, en cuanto Luz del mundo (Jn 8, 12), se presenta como la respuesta definitiva a las aspiraciones humanas. En Él, la búsqueda de la verdad encuentra su fundamento: “tu palabra es verdad. Santifícalos en la verdad… que te conozcan a ti y a tu enviado Jesucristo” (Jn 17, 19), y “la voluntad de Dios es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2, 4).
En relación con la felicidad, la propuesta cristiana subraya su carácter donativo y relacional. Como afirmó Benedicto XVI, “el amor es la única realidad que crece cuando se comparte” (Deus Ca-
ritas Est). Asimismo, se reconoce que “hay más alegría en dar que en recibir porque Dios ama al que da con alegría” (Hch 20, 35). Esta visión alcanza su expresión más significativa en el sermón de la montaña (Mt 5), donde se redefine la felicidad en términos de bienaventuranza.
Por otra parte, la aspiración a la vida eterna encuentra su realización en Cristo, quien se presenta como “el pan de vida” (Jn 6, 35) y “el agua de vida eterna” (Jn 4, 14), revelando así una comprensión de la vida que trasciende lo meramente temporal.
En este marco, el sufrimiento, lejos de ser negado, es reinterpretado a la luz del misterio redentor. Unido al de Cristo, adquiere un valor que trasciende su dimensión inmediata. En este sentido, Benedicto XVI señaló en Spe Salvi que el sufrimiento, cuando es asumido en comunión con Cristo, se transforma en esperanza, pues introduce al creyente en una dinámica de amor que redime y da sentido.
La esperanza constituye, por tanto, un elemento fundamental. Como recuerda
el apóstol Pablo: “hemos sido salvados en la esperanza” (Rom 8, 24). Esta no se limita a una expectativa futura, sino que actúa como principio dinamizador de la existencia presente, orientando la acción humana hacia la transformación del mundo.
Por ello, el tránsito “de la cruz a la luz” debe entenderse como un proceso integral de conversión. Implica reconocer el valor del sufrimiento sin absolutizarlo, integrándolo en una perspectiva de esperanza en la que, a la luz de la cruz, el dolor puede transformarse en fe, amor y renovación.
Este itinerario exige, además, una actitud de humildad, expresada en la disposición a ser instrumento y no fin en sí mismo, en consonancia con la afirmación: “que él crezca y nosotros disminuyamos” (Jn 3, 30), así como en la aceptación del “escándalo de la cruz” (Gl 5, 11) como camino hacia la plenitud.
En definitiva, la dinámica que conduce de la cruz a la luz no implica la negación del sufrimiento, sino su superación en un horizonte de sentido. Desde esta perspectiva, la existencia humana se comprende como un proceso abierto a la trascendencia, llamado a realizarse en el amor y orientado hacia su plenitud última.

Por: Pbro.Ariel René Urbina Gélvez, miembro de la Fundación Pía Autónoma Asilo Andresen.
l Asilo Andresen de Cúcuta fue creado principalmente para una obra de caridad y ayuda social, enfocada en los niños más vulnerables de la ciudad.
El asilo fue fundado en 1907 por Teresa Briceño y Christiam Andresen Moler.
El motivo principal fue: dar refugio, cuidado, protección a niños huérfanos en situación de abandono. En esa época había muchos niños sin hogar o en pobreza extrema, las comunidades religiosas y benefactores promovían obras sociales.
Teresa Briceño, movida por su sentido de caridad y compromiso social, financió gran parte del proyecto e incluso dotó el lugar con recursos propios. En sus inicios, funcionaba como un orfanato, tenía espacios amplios, capilla y servicios básicos; era un lugar dedicado exclusivamente a acoger y cuidar niños necesitados.
Más que solo un edificio, el asilo nació como una obra cristiana y filantrópica, inspirada en: la caridad, el servicio a los más pobres y la protección de la infancia. El Asilo Andresen se creó porque sus fundadores quisieron responder a una necesidad urgente de la época: proteger y brindar hogar a los niños huérfanos y vulnerables de Cúcuta.
En la actualidad, el Asilo es administrado por la Diócesis bajo el nombre de Fundación Pía Autónoma Asilo Andresen. Monseñor José Libardo Garcés Monsalve es el presidente de la junta directiva, acompañado de los sacerdotes, Pbro. José Elver Rojas Herrera, Pbro. Fabián Staper, Pbro. Ariel René Urbina Gélvez, quienes continúan con la obra iniciada, siguiendo la voluntad de los donantes y siendo una institución dio-

cesana que ha empezado a acompañar también niños en barrios de la periferia de la ciudad.
1. Enfoque en la caridad y la pastoral social
La Diócesis de Cúcuta ha orientado el Asilo Andresen como una obra de caridad cristiana activa, centrada en: atención integral a niños en situación de vulnerabilidad, formación en valores humanos y cristianos, acompañamiento a las familias, su misión actual es “ejercer la caridad con los niños en situación de riesgo”.
2. Intervención en crisis sociales (ejemplo: pandemia)
Durante situaciones críticas, la diócesis ha fortalecido el Asilo como centro de ayuda, entregando periódicamente alimentos y kits de aseo a las familias, atendiendo a más de 300 niños incluso sin asistencia presencial. Ellos se benefician de programas masivos de ayuda alimentaria en la ciudad, esto muestra una intervención no solo asistencial, sino solidaria y organizada.

3. Atención a población migrante
Debido a la crisis fronteriza con Venezuela, la diócesis ha ampliado el impacto del Asilo, con la entrega de alimentos a niños migrantes en zonas de frontera, con la creación de centros como “Huellitas de la Niña María”, para atención integral con psicólogos, catequistas, religiosas en el acompañamiento a los niños y sus familias.
Aquí la intervención se vuelve misionera y humanitaria, respondiendo a nuevas realidades sociales.
4. Programas de formación y desarrollo familiar
La diócesis también ha impulsado proyectos para mejorar la calidad de vida de las familias: capacitación en panadería, cocina y emprendimiento, creación de espacios como la panadería “La Niña María”. Formación para padres de familia, especialmente migrantes.
Esto convierte al Asilo en un centro de promoción humana, no solo de asistencia.
5. Continuidad del carisma histórico: la diócesis administra hoy el Asilo
Se mantiene el espíritu original de caridad hacia los niños pobres, se reconoce el legado de las religiosas Dominicas de La Presentación que lo dirigieron por más de 100 años. La intervención de la Diócesis de Cúcuta en el Asilo Andresen ha sido, administrativa (toma de dirección desde 2017), pastoral, con acompañamiento espiritual, social; atendiendo a niños vulnerables y sus familias.
En otras palabras, el Asilo pasó de ser solo un lugar de acogida a convertirse en una obra integral de la Iglesia, que combina caridad, educación y acción social. Para que se beneficie la población más vulnerables y por supuesto los niños encuentren un espacio para que al igual que Jesús, “crezcan en estatura, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres”.
Por: Sem. Duván Alfonso Cisneros Díaz, II de discipulado.
La Semana Santa es el tiempo en que recordamos con amor lo que Jesús hizo por nosotros. Dentro de ella, hay tres días muy especiales que se llaman Triduo Pascual. Son como el corazón de toda la Semana Santa, porque nos muestran el gran amor de Jesús.
JUEVES SANTO
Recordamos la Última Cena de Jesús con sus discípulos. Allí nos dio el regalo de la Eucaristía y nos enseñó a servir lavando los pies de sus amigos. Es un día para pensar en el amor y vivir la caridad.
VIERNES SANTO
Es el día en que Jesús murió en la cruz por nosotros. Aunque parece triste, es un día de esperanza, porque su sacrificio nos muestra cuánto nos ama. Ese día no celebramos misa, sino que acompañamos a Jesús con oración y silencio.
SÁBADO SANTO Y LA VIGILIA PASCUAL
Esperamos con alegría la Resurrección de Jesús. En la noche, celebramos la Vigilia Pascual, donde encendemos el cirio pascual, símbolo de Cristo Resucitado que ilumina nuestras vidas.
El niño del PEIP
Responde:
- ¿Qué significa servir como Jesús lo hizo en el Jueves Santo?
- ¿Cómo puedes acompañar a alguien que sufre, como recordamos en el Viernes Santo?
- ¿Qué cosas nuevas y alegres puedes vivir con Jesús Resucitado en Pascua?
Compromiso: durante estos tres días, voy a hacer un gesto de amor: compartir, ayudar y rezar, para vivir el Triduo Pascual con Jesús.
Las imágenes se han duplicado. Toma tus colores y pinta cada par de imágenes del mismo color.



































Por: Diác. Edinson Joaquín Aparicio Gómez, colaborador del Centro de Comunicaciones.
DE RESURECCIÓN
“¡Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto!”(Jn 20, 1-9). II DOMINGO DEL TIEMPO DE PASCUA –FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA
Iluminados por el pasaje de Jn 20, 2, La expresión: “¡se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto!, pronunciada por María Magdalena refleja el desconcierto ante el sepulcro vacío en el amanecer de la Resurrección. Aún en la oscuridad, interpreta la ausencia como pérdida, mostrando una fe que todavía no comprende el Misterio Pascual. Sin embargo, este momento no es el final, sino el inicio del camino hacia la certeza: Cristo ha Resucitado. El sepulcro vacío no anuncia ausencia, sino una presencia nueva que transforma la tristeza en esperanza.
San Agustín en su tratado sobre “el Evangelio de Juan” (121, 2) ilumina este pasaje destacando la fuerza del amor que busca al Resucitado: “Buscaba al Señor y no lo encontraba; pero mientras lo buscaba llorando, mereció encontrarlo”. Así, la búsqueda sincera, en medio de la confusión, se convierte en camino de encuentro, porque el amor perseverante abre el corazón para reconocer que Aquel que parecía ausente, vive Glorioso.
Es así, que la Resurrección nos impulsa hoy a pasar de la búsqueda al anuncio. Como Iglesia diocesana, desde las parroquias y en nuestras familias, estamos llamados a vivir y proclamar con alegría que Cristo vive, haciendo vida el lema: “vayan y hagan discípulos”, para este mes de abril, celebrando la Resurrección, celebrémosla desde nuestras realidades. No se trata solo de creer, sino de testimoniar; no solo de
buscar, sino de anunciar. El compromiso es ser discípulos misioneros que, transformados por el encuentro con el Resucitado, lo hagan visible en el mundo entero.
Juan, 121). De este modo, quien acoge la paz del Resucitado es transformado en instrumento de esa misma paz para los demás.
MOMENTO
SIGNIFICATIVO
¿Por qué se habla de la Octava de Pascua?
“¡Paz a ustedes! Como el Padre me envió a mí, también yo los envío a ustedes” (Jn 20, 19-31).
En el encuentro con el Resucitado, los discípulos pasan del miedo a la fe, de la incertidumbre a la confianza. Es en ese contexto donde Cristo irrumpe con su presencia y ofrece un don profundamente transformador: “la paz”. No se trata de una paz superficial, sino de aquella que brota de la comunión con Dios y de la certeza de su victoria sobre la muerte. Solo desde esta experiencia viva se comprende la misión del creyente: vivir unido a la voluntad del Padre, dejándose conducir por Él, para que la fe no sea solo confesada, sino encarnada en la vida. Por eso, Jesús dirá: “¡Paz a ustedes! Como el Padre me envió a mí, también yo los envío a ustedes” (Jn 20, 21), mostrando que quien acoge la paz del Resucitado entra también en su dinámica de envío y misión.
San Agustín, al comentar este pasaje, subraya la relación entre el don recibido y la misión encomendada: “el Señor, después de dar la paz, los envía; porque la paz de Cristo no es para quedarse en sí mismo, sino para comunicarla. Así como fue enviado por el Padre, así envía a sus discípulos, para que sean ministros de la reconciliación” (Tratados sobre el Evangelio de
Hoy, como bautizados, somos invitados a acoger este envío con fe y esperanza, reconociendo a Cristo Resucitado como fuente de verdadera paz. Encomendamos especialmente a todos los fieles que han puesto su confianza a la Divina Misericordia, para que, sostenidos por su gracia, caminen en fidelidad a la voluntad de Dios y sean testigos vivos de su amor. Que, en medio de nuestra realidad, sepamos reconocer al Resucitado que nos trae la paz y nos envía a anunciarla con la vida.
La Octava de Pascua (Octava Paschae) es un período de ocho días en el que la Iglesia celebra la Resurrección como un solo día prolongado (dies una), desde el Dominica Resurrectionis. Cada jornada tiene carácter solemne: se canta el Gloria y se excluye todo tono penitencial, resaltando la alegría pascual. Su sentido profundo se expresa en el “octavo día” (dies octavus), símbolo de la nueva creación inaugurada por Cristo Resucitado, que abre al creyente a la vida eterna. Culmina en el “Dominica II Paschae seu de Divina Misericordia”, con esta fiesta se está proclamando que la Resurrección es fuente de misericordia.
Encuentra cada una de estas palabras que resumen y ayudan a profundizar los temas centrales de la meditación de estos domingos.
• RESURRECCIÓN
• MISERICORDIA
• SEPULCRO
• ESPERANZA
• PAZ
• DISCÍPULOS
• EVANGELIO
• FE
• ORACIÓN
• IGLESIA
• MISIÓN
• ANUNCIO
• CRISTO
• GLORIA
“Que la Resurrección del Señor renueve nuestra vida interior para seguir caminado juntos en gracia de Dios, alimentados por la Eucaristía, fortalecidos y sostenidos por la oración diaria. Celebramos a Jesucristo Resucitado, camino, verdad y vida que nos lleva hasta el Padre Celestial”.

Mons. José Libardo Garcés Monsalve, Obispo de la Diócesis de Cúcuta.

Fecha: domingo 12 de abril
Hora: 07:30 a.m. a 05:00 p.m.
Lugar: colegio San José de Peralta
Eucaristía: parroquia San Pío X Hora: 11:00 a.m.
7 DE ABRIL DE 2026
Encomendamos a la Virgen María la salud de los enfermos, de quienes sufren; pidiendo para ellos la fortaleza física y espiritual. "Señor, Dios mío, te pedí ayuda y me sanaste" (Salmo 30, 2).
¡Nuestra Señora de la Salud bendice y cuida de quienes están enfermos!
Preside: Monseñor José





