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LA PRESENCIA DE ZUMTHOR

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ESCRITA Y DIRIGIDA POR: P. MORÓN N. FARFAN J. GUTIERRREZ D. CASTILLO


¿QUÉ NOS FALTA PARA ESCALAR UN PELDAÑO MÁS?

La arquitectura como medio de sensaciones e influencia en los estudiantes

“Cuando la arquitectura debería crear atmósferas, el estudiante solo busca dónde escapar del sol, del viento o del frío.” ¿Cómo se podría capturar algo como la presencia en la arquitectura? Se preguntaba Peter Zumthor cuando le cuestionaban por qué sus Termas de Vals no generaban la misma sensación en todo aquel que las visitaba. No podemos cuestionarnos sobre ello sin saber primeramente, ¿qué es la presencia? Podríamos describirla de manera tangible y superficial como la mera existencia visible de un objeto, o de manera filosófica como la sensación transmisible de un ser a otro o de un ser a un objeto. Zumthor llegó entonces a la conclusión de que, para él, la presencia no radica solamente en lo que se puede generar en un individuo, sino en esa sensación colectiva arraigada en la filosofía de hacer que coexistan usuario y construcción. Hoy, si Zumthor viera nuestra facultad, se preguntaría: ¿Dónde queda la presencia? Dando una mirada introspectiva y fría, dejando de lado la monotonía de verla como nuestra casa de estudio, podríamos decir que a esta facultad le falta el alma de una facultad de arquitectura. ¿Cómo se puede diferenciar esta de las demás? ¿Cuál es ese factor que motiva al estudiante a mirar hacia afuera y a motivarse a seguir adelante? Aludiendo al lema de la universidad, ¿qué nos inspira realmente a permanecer en un espacio que debería inspirarnos? Quizá el problema sea que hemos aprendido a llamar “arquitectura” a aquello que simplemente está construido. Porque no es lo mismo estar que actuar, la eficiencia es un factor fundamental para el confort y, sabiendo lo mucho que influye esto en la percepción del usuario, aumenta mucho más la gravedad del tema. Y es ahí donde la teoría se encuentra con la realidad: basta con entrar, sentarse y pasar unas horas en el lugar para descubrir que el sol, el viento, el ruido y el calor también forman parte del proyecto, aunque aparentemente nadie los haya invitado. Si para Peter Zumthor la arquitectura se construye también a partir de las sensaciones que provoca, surge una pregunta bastante incómoda: ¿qué atmósfera estamos construyendo aquí? si la respuesta es un lugar cómodo para los estudiantes, no se ha llegado a capitalizar del todo. El edificio perfecto… hasta que alguien tiene que habitarlo Los salones son amplios, tienen ventanas y cuentan con iluminación y ventilación natural; a simple vista, ¿qué podría salir mal? El espacio parece ofrecerlo todo: luz, aire, amplitud. Pero basta con permanecer unas horas para descubrir ciertas falencias : la parctante luz haciéndose presente de forma exagerada, las agotadoras olas de calor tomando asistencia y el molesto ruido metiéndose en la plática como la vecina molesta que nadie llamó. Porque un espacio no termina cuando se dibuja en un plano ni cuando se ve bien en una fotografía. Comienza realmente cuando alguien lo habita. Y es ahí donde la arquitectura deja de ser apariencia y se convierte en experiencia. Puede verse moderno, limpio y funcional, pero ¿qué sucede cuando esa imagen se encuentra con el cuerpo? Para Zumthor, la arquitectura también se construye desde aquello que sentimos: la temperatura sobre la piel, la luz sobre los ojos, el sonido que permanece en una habitación y la materia que tocamos. Aquí parece que el edificio fue diseñado para ser observado y el estudiante para aprender a soportarlo. Quizá el problema no sea que los estudiantes no se adapten al espacio, sino que la arquitectura espera que sean ellos quienes se adapten a ella, en lugar de responder al usuario y al lugar. El silencio también habita El silencio debería ser casi invisible: estar ahí sin pedir atención, permitiendo que una voz llegue, que una idea se entienda y que una clase pueda suceder sin competir con el exterior. Pero el ruido encuentra fácilmente el camino hacia las aulas. Entra por las ventanas, atraviesa las paredes y termina sentándose en primera fila. Interfiere con las explicaciones, provoca molestias y distracciones, y dificulta la correcta audición y comprensión de las clases.


La administración conoce estas molestias recurrentes, pero la solución parece haberse perdido en algún lugar entre el presupuesto y las prioridades: “¿Aislamiento acústico? Eso cuesta demasiado… mejor que el profesor hable más fuerte.” Porque, al parecer, el silencio es un lujo y gritar es una estrategia de diseño. Para Zumthor, el sonido también forma parte de la experiencia de un espacio. Una arquitectura que busca crear atmósferas debería saber cuándo dejar entrar el mundo y cuándo dejarlo afuera. El sonido también construye un lugar; lástima que aquí parezca haberse construido sin pedir permiso. Iluminación natural… porque aparentemente el sol también estudia con nosotros La luz puede transformar un espacio. Puede revelar una textura, acompañar una actividad, marcar el paso del tiempo o simplemente hacer que una habitación se sienta viva. Pero la luz, como casi todo en arquitectura, necesita ser comprendida. En nuestros salones, el sol de la tarde no parece entrar para construir una atmósfera, sino para reclamar su propio lugar en el aula. Incide directamente sobre los rostros de estudiantes y docentes, dificulta la concentración y termina empujándonos hacia los rincones donde la luz resulta menos agresiva. ¿La solución? Cortinas. Un pequeño parche para domesticar un problema que quizá debió ser pensado desde el proyecto: orientación, protección solar y control de la incidencia lumínica. Para Zumthor, la luz puede convertirse en parte esencial de la atmósfera de un espacio. No se trata solamente de iluminar , sino de cómo la luz transforma aquello que vemos y sentimos al habitarlo. Aquí, parece que la atmósfera viene incluida… pero con persianas. Ventilación cruzada: sufrir el calor de un solo lado aparentemente no era suficiente El aire también tiene memoria. Se mueve, entra, sale, atraviesa los espacios y modifica la manera en que los habitamos. En invierno, el viento parece recordar perfectamente dónde están nuestras ventanas: entra con la seguridad de quien tiene llave. En verano, en cambio, desaparece misteriosamente, dejando tras de sí un aire quieto y un calor que parece haberse instalado definitivamente. Los lados largos de los salones están completamente acristalados hasta el techo. La apertura hacia el exterior parece generosa, casi como una invitación permanente al clima. El problema es que una arquitectura abierta no necesariamente es una arquitectura confortable. Se intentó generar ventilación cruzada y se terminó creando un verdadero infierno cruzado: el aire circula, el calor también y el confort parece ser lo único que no encuentra salida. Porque sí, la ventilación cruzada funciona… siempre que el objetivo sea cruzar el problema de un lado al otro. Para Zumthor, la arquitectura también se experimenta a través de la temperatura y del aire que rodea nuestro cuerpo. El clima no debería sentirse como una agresión, sino como parte de una experiencia cuidadosamente construida. Quizá el problema no sea que haya demasiado aire, sino que nunca se decidió qué hacer con él. Aforo: porque si ya no cabemos, siempre podemos caber un poquito más Un espacio también se mide con el cuerpo. No solamente en metros cuadrados, sino en la distancia que dejamos entre una persona y otra, en la posibilidad de movernos, respirar, concentrarnos y permanecer. Pero el número parece tener más importancia que el cuerpo que lo ocupa: mientras más estudiantes se matriculen, más estudiantes caben.


Si el espacio no crece, siempre podemos acercar las carpetas, reducir el mobiliario y hacer que todos entren. ¿Espacios para el beneficio de quién? Un escritorio y una silla para dos docentes parecen confirmar que la arquitectura también puede enseñar el valor de compartir… incluso cuando nadie lo pidió. Y si se plantea cambiar la distribución del aula, aparece otra resistencia: “¿Cambiar la distribución? Pero así siempre hemos enseñado.” Modificar la disposición del aula implicaría cuestionar una forma de enseñar que se ha vuelto costumbre. Pero si durante años se ha podido enseñar entre calor, ruido, poco espacio y mobiliario limitado, ¿para qué cambiarlo? La costumbre ha conseguido parecer más necesaria que el propio espacio. Los salones de taller son quizá los que mejor responden a las necesidades de quienes los habitan, pero ¿qué ocurre con los demás espacios del pabellón B? Algunos parecen ratoneras académicas, donde llegan a concentrarse hasta 30 estudiantes en aproximadamente la mitad de un salón pensado para 40. Y así, un espacio destinado a aprender, moverse y crear termina convirtiéndose en un ejercicio involuntario de proximidad humana. Para Zumthor, la arquitectura se experimenta con el cuerpo; aquí, al parecer, también se calcula cuánto cuerpo puede caber dentro de un aula. TRANSFORMACIÓN ZUMTHORIANA Imaginemos que Peter Zumthor llega a la UPN. No se trataría de construir una “universidad de Zumthor”, sino de traducir sus principios a las condiciones reales del lugar. La arquitectura dejaría de entenderse como un conjunto de aulas que simplemente cumplen una función y comenzaría a pensarse como una experiencia. La luz, el sonido, la temperatura, los materiales y la manera en que el cuerpo recorre y habita el espacio formarían parte del proyecto desde el inicio. La materialidad buscaría transmitir permanencia y sensaciones: concreto, piedra, madera, metal y superficies capaces de ser percibidas por su textura, temperatura y envejecimiento. No como simples acabados, sino como parte de la atmósfera. La orientación, el recorrido del sol y el comportamiento del viento dejarían de ser problemas que se solucionan después. La luz sería controlada para acompañar el espacio y la ventilación estudiada según las condiciones reales del lugar. Los pasillos, patios, umbrales y espacios de encuentro podrían dejar de ser simples lugares de tránsito para convertirse en espacios donde permanecer, conversar, descansar o simplemente estar. El sol, el viento, el ruido, la vegetación y las condiciones del entorno serían entendidos como parte del proyecto. El clima ya no sería el enemigo que entra por las ventanas, sino una condición que la arquitectura debe saber manejar. Y quizá la transformación más importante no estaría en hacer una universidad más grande, más llamativa o más “moderna”, sino en conseguir que cada espacio tenga una razón para ser sentido y habitado.

ANTES

DESPUES


ANTES

DESPUES

ANTES

DESPUES

LA RESISTENCIA INSTITUCIONAL Porque aparentemente mejorar la arquitectura también es pedir demasiado. La propuesta podría encontrarse con el argumento más resistente de todos: “Suena muy bien… ¿pero quién lo va a pagar?” Porque invertir en aquello que mejora la experiencia del estudiante no siempre luce tanto como una fachada nueva. Es más sencillo colocar una cortina que preguntarse por qué el sol entra directamente al aula; más sencillo pedirle al profesor que levante la voz que resolver el ruido; y más sencillo adaptar al estudiante al espacio que adaptar el espacio al estudiante. Al parecer, el confort también necesita pasar por caja antes de entrar al aula. Pero también está la costumbre: “¿Cambiar la distribución de las aulas? Pero así hemos enseñado siempre.” Y finalmente, la desconfianza de quienes habitan estos espacios: “¿Otra propuesta para mejorar la facultad? ¿Y esta sí va a funcionar?” Cuando la incomodidad se vuelve cotidiana, deja de parecer un problema y empieza a parecer parte de la experiencia universitaria. LA ARQUITECTURA QUE PERMANECE Una universidad no debería ser solamente un lugar al que llegamos para aprender y del que nos vamos al terminar una clase. También debería ser un lugar que podamos recordar. Recordar cómo entraba la luz, cómo cambiaba el sonido al atravesar un espacio, la temperatura de un muro, la sombra de un patio o el silencio de un lugar donde finalmente era posible concentrarse. Son pequeñas cosas, casi imperceptibles, pero son precisamente aquellas que terminan construyendo nuestra memoria de un lugar. Quizá por eso la arquitectura no debería preguntarse únicamente qué necesita contener un edificio, sino también qué quiere hacer sentir a quien lo habita. Una facultad de arquitectura tiene una responsabilidad particular: no solo es el lugar donde aprendemos a proyectar espacios; es uno de los primeros espacios que nos enseña a entenderlos. Si aprendemos que la arquitectura debe responder al lugar, pero el edificio donde estudiamos no responde al sol; si aprendemos a estudiar el viento, pero el viento decide por nosotros cuándo podemos abrir una ventana; si hablamos de atmósferas, pero necesitamos escapar del calor, del ruido o del exceso de luz para poder permanecer… entonces quizá no nos falte arquitectura. Nos falta sentirla. La transformación que proponemos no busca una universidad más monumental ni una fachada que destaque sobre las demás. Busca algo más silencioso: una arquitectura que pertenezca al lugar, que dialogue con el clima y que comprenda el cuerpo de quien la habita. Porque quizás el verdadero éxito de un edificio no esté en que todos recuerden cómo se veía, sino en que, después de haberlo habitado, todavía puedan recordar cómo se sentían dentro de él. ¿Estamos diseñando edificios que simplemente existen, o lugares que algún día alguien recordará haber vivido?


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LA PRESENCIA DE ZUMTHOR by Paul Morón - Issuu