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GACETA PARNASUS ENERO 2026

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LA GACETA PARNASUS

Queridos lectores:

Empezamos el año con voces que cruzan tiempos y geografías. Un joven estadounidense en 1973 aprendiendo del pitogüé lo que la naturaleza tiene para enseñar. Un cineasta de Los Ángeles que encuentra en Paraguay una pregunta sobre la felicidad. Una cárcel que cierra después de 106 años. Un concurso literario donde Roa Bastos lee a un adolescente.

Aquí también hay ficción, poesía en tres lenguas, una fecha histórica malinterpretada.

Y tenemos una noticia: ponemos a disposición del público el Archivo

Jerry W. Cooney, 84 carpetas con documentos coloniales de la era borbónica que este historiador estadounidense transcribió durante décadas de trabajo en archivos de tres países. Algunos de estos documentos podrían ser las únicas copias existentes.

Todo esto convive en estas páginas porque así es como miramos el mundo: sin jerarquías entre lo que pasó hace cincuenta años y lo que sucedió el mes pasado, entre lo que se escribe en Asunción y lo que se filma en Athens.

Este es el primer número de 2026.

ÍNDICE

EL CANTO DEL PITOGÜÉ

THOMAS WHIGHAM

TODAY I PLAYED AT LOVING / HOY JUGUÉ A AMAR / KO ÁRAPE AHAYHURA'Ã

PENNY NOAH

TRADUCCIONES: THOMAS WHIGHAM (ESPAÑOL),

LILIAN ALIENTE (GUARANÍ)

EL BUEN PASTOR: ENTRE LA FE, EL CASTIGO Y LA

MEMORIA

JUAN MARCOS GONZÁLEZ G.

LOS LOBOS ESTÁN AFUERA MARTÍN VENIALGO

A SUNDAY SCROLL BILL CODY

(VERSIÓN EN INGLÉS Y ESPAÑOL)

EL 13 DE ENERO DE 1947, ¿QUÉ PASÓ DE VERDAD?

CLAUDIO VELÁZQUEZ

VEINTE MINUTOS, UNA HOJA EN BLANCO Y AUGUSTO ROA BASTOS COMO JURADO

LILIAN ALIENTE

LOS IMPRESCINDIBLES:

HISTORIA PARAGUAYA PARA ARRANCAR 2026

DERLIS ROJAS

El canto del pitogüé

Era 1973. Un joven norteamericano de dieciocho años yo mismo había pasado el mes anterior en la campiña paraguaya administrando vacunas contra la difteria, el tétanos y la tos ferina (DPT) y el sarampión para el Ministerio de Salud. El trabajo era intensamente social, pues implicaba compartir labores con decenas de enfermeros y trabajadores de la salud y con miles de niños beneficiarios de la campaña de vacunación.

También podría decirse que era una experiencia compartida para el joven, ya que siempre sentía el dolor indirecto de las inyecciones que tantos chiquilines paraguayos tenían que soportar por el bien de su salud.

Como es lógico, uno puede sentirse abrumado por la interacción social al participar en una campaña tal. Llegó un momento en que este joven norteamericano deseó tener un poco de tiempo a solas. Se disculpó con sus anfitriones, quienes comprendieron su sensibilidad, y salió a caminar durante varias horas para despejarse. Partió de la pequeña compañía de Caagüycupé, cerca de Ybycuí, y se dirigió hacia el este, donde a lo lejos vislumbró una hilera de verdes colinas salpicadas de árboles. Se dijo que regresaría después de explorar los collados y conocer el terreno más al este.

El joven creía que estaría completamente solo. Y esto le venía como anillo al dedo. Entonces, tras apenas unas decenas de pasos, se dio cuenta de que la naturaleza le brindaría compañía durante su breve excursión a un Paraguay muy diferente. Y así fue. Los árboles lo saludaban a su paso. Sonreían y se inclinaban en su dirección, cediendo a las cálidas brisas de la tarde y a su gesto de amistad. Y cada uno de sus pasos parecía dejar huella al hundirse en la tierra blanda.

El joven nunca imaginaba que estaba a punto de aprender una lección que lo acompañaría hasta la vejez, pues la naturaleza tiene una forma de guiar nuestros pensamientos, por mucho que nos resistamos a aprender de ella. Al acercarse a un pequeño promontorio, un pitogüé gritó vívidamente. Y a cien metros, como un eco, llegó el sonido de un segundo pájaro desde una percha oculta.

A su parecer, el lastimero intercambio de cantos sugería algo a la vez romántico y melancólico, como una especie de interpretación aviar de las Lamentaciones del Pobre Werther. O al menos así le pareció al joven. En aquella extraña soledad, su carácter humano había decidido conectar con el resto de la naturaleza. El pitogüé, conocido en Argentina y Uruguay como benteveo, tiene una amplia distribución, habitando toda la cuenca del Plata, desde Paraguay hasta Montevideo y Buenos Aires, donde es muy común. El naturalista clásico W.H. Hudson nos cuenta que vive en parejas, y que cada pareja permanece unida de por vida. Con su cabeza y pico grandes, y sus colores contrastantes, marrón y amarillo sucio, el pitogüé muestra una mirada penetrante mientras gira la cabeza de un lado a otro para observar a cualquier visitante, a cualquier intruso. Es un ave ruidosa y locuaz, con un amplio repertorio de sonidos, desde chillidos metálicos y estridentes hasta un canto largo, claro y casi melodioso. Es imposible ignorarlo.

El pitogüé tiene una bonita costumbre que resalta su agradable carácter y que el joven ahora percibía con toda su majestuosidad. Aunque el macho y la hembra están muy unidos, no salen a cazar juntos, sino que se encuentran a intervalos durante el día. Uno de los dos regresa al árbol donde acostumbran encontrarse y, al cabo de un rato, impaciente o ansioso por la demora de su pareja, emite un largo y claro canto. Aunque se encuentre a unos cuatrocientos metros de distancia, su compañera oye el canto y enseguida responde con uno de igual insistencia. Luego, quizá durante media hora, a intervalos de medio minuto, los pájaros se responden mutuamente, aunque el potente canto de uno de ellos interfiera con la caza de ranas e insectos, del mismo modo que el mundo, a través de aquellos dos pájaros, le devolvía la conexión con él.

Finalmente, la pareja regresa, y las dos aves, ahora posadas muy cerca la una de la otra, con sus pechos amarillos casi rozándose, las crestas erguidas y batiendo las ramas con las alas, emiten sus graznidos más fuertes al unísono: un sonido jubiloso que resuena por todo el campo. Su alegría por reencontrarse es palpable y se asemeja casi exactamente al cálido abrazo de una pareja humana enamorada.

Excepto durante la época de cría, el pitogüé es un ave pacífica que nunca ataca sin motivo a individuos de su misma especie ni de otras; sin embargo, en la caza de sus presas es astuta, audaz y feroz. Se alimenta principalmente de insectos grandes cuando estos abundan en la estación cálida, y con frecuencia se le ve atrapándolos en pleno vuelo. El pitogüé tiene el dorso marrón y las partes inferiores de color amarillo azufre, una cresta en la cabeza y la cara notablemente barrada de blanco y negro. La cara del pájaro y su largo pico le dan una mirada peculiarmente conocedora o astuta, y el efecto se ve realzado por su largo canto trisilábico. El escritor gaucho Ricardo Güiraldes hizo esta observación: "Es omnívoro como el hombre, pero mucho más bonito. Ha descubierto que el sol cabe en su garganta e incansablemente grita. Tiene, en disponibilidad, un copete de oro, que solo reviste cuando el amor lo asciende de rango". ["Benteveo" (1925), en Obras completas (Buenos Aires: Emecé, 1962), p. 555]

Por supuesto, el joven no sabía nada de toda esa palabrería. Había oído un rumor tonto de los campesinos: que cada vez que el pitogüé cantaba, era señal de que otra muchacha en el campo lejano pronto daría a luz.

Sin embargo, a pesar de su ignorancia sobre lo que novelistas, ornitólogos y folcloristas pudieran decir sobre el ave, comprendió que aquel pájaro alado tenía algo poderoso, algo casi mágico. Al menos para él.

Había supuesto que su paseo lo llevaría a la quietud, donde encontraría un respiro momentáneo. Pero los dos pitogüé no tenían intención de permitirle definir la tranquilidad de esa manera. Exigían su atención. Y ahí radicaba la lección para el joven: la naturaleza no es un vacío absoluto, sino que rebosa de vida, efervescente. Esta repentina comprensión le dio sentido al día del joven. Ya no necesitaba huir del contacto humano. Podía sentir la fuerza de la vida fluyendo en su interior. En ese momento, el joven se dio la vuelta y regresó caminando entre los árboles en dirección a Ybycuí. Nunca les mencionó a sus amigos a los pitogüé, pero tampoco los olvidó jamás.

Today I Played at Loving

Today I played at loving everyone I met, forgetting for a moment the limits of desire. I imagined myself the secret ready heart of any who crossed my path or touched my hand. I gave my love to women selling gasoline. I gazed at the arms of grocery men. I thought: What if you meant everything to me and I to you but circumstance required we never speak of it. And say the same for every man and woman riding on the world.

A planet full of lovers, silent and amazed.

Hoy jugué al amar

P O R P E N N Y N O A H

Hoy jugué al amar a cada persona que conocí,

Olvidándome por un momento de los límites del deseo.

Me imaginé a mí mismo como el corazón secreto

Y dispuesto de cualquiera que se cruzara en mi camino

O tocara mi mano.

Entregué mi amor a las mujeres que vendían nafta.

Mire los brazos de los vendedores de comestibles.

Pensé: ¿Qué pasaría si tú significaras todo para mi

Y yo para ti, pero las circunstancias lo requirieran

que nunca hablamos de ello?

Y decimos lo mismo de cada hombre y mujer que cabalga por el mundo.

Un planeta lleno de amantes, silenciosos y asombrados.

KO ÁRAPE AHAYHURA'Ã

P O R P E N N Y N O A H

Ko árape ahayhura'ã umi yvypóra aikuaava'ekuépe, cheresaraimívo sapy 'ami py 'apota rembe'y jehasa'ỹharãgui.

Añeñandu umi korasõ ñongatupýpe oikóvaicha ha apukavy mayma ohasáva ha opokóva che pórepe.

Ahayhu umi kuña ovendéva nafta-pe.

Ama'ẽ umi ovendéva hi'upyrã jyváre.

Ajepy'amongetamíkuri: Mba'épa oikóne rohayhuetereirasárõ ha

nde cherayhu avei, jepeve araka'eve nañañe'ẽi ñane mborayhúre? Ha tove upéicha avei tañapensa mayma kuimba'e ha kuña ko arapypeguáre.

Añetehápe yvy ' apu 'ajere henyhẽne oporohayhúva kirirĩhámegui.

El Buen Pastor.

Entre la fe, el castigo y la memoria

Por Juan Marcos González G.

Por más de un siglo, el edificio del Buen Pastor tuvo una presencia silenciosa en el corazón de Asunción. Sus muros altos, sus patios cerrados y su vieja capilla contaban una historia de mujeres: mujeres privadas de libertad, mujeres que rezaban, mujeres que trabajaban en talleres, mujeres que soñaban con salir. En octubre de 2025, cuando se cerraron sus portones por última vez, también se clausuró una parte profunda de la historia social paraguaya.

Los orígenes: una cárcel nacida del rezo

La historia del Buen Pastor en Paraguay comienza mucho antes de la existencia de la cárcel en sí. A mediados del siglo XIX, la Congregación de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor, fundada en Francia por Santa María Eufrasia Pelletier, ya se había expandido por varios países de América Latina. Su objetivo era "rescatar" y "reeducar" a mujeres consideradas "descarriadas", especialmente aquellas condenadas por delitos menores o por transgredir las normas morales de la época.

En 1915, Sor Josefa Bourdette, Hija de la Caridad de San Vicente de Paul, escribió al obispo Juan Sinforiano Bogarín pidiendo la creación de una casa del Buen Pastor en Asunción. En su carta explicaba el deseo de ofrecer asistencia espiritual y moral a las mujeres encarceladas. "Se desea muchísimo tener una casa de esa comunidad —decía—. Se trata de la cárcel de mujeres que se desea muchísimo confiarles."

La propuesta fue bien recibida. Desde Buenos Aires, la Superiora Provincial de la Congregación, María Mónica de la Cruz Peñalba, gestionó la aprobación de la Casa Madre en Angers, Francia. En 1917, el Congreso paraguayo aprobó oficialmente la creación de la Cárcel Correccional de Mujeres.

Al año siguiente, las primeras hermanas —María del Tránsito Jorquera y María de Santa Catalina Romero desembarcaron en Asunción y comenzaron la ardua tarea de limpiary habilitar la quinta destinada al establecimiento, ubicada en la Recoleta, cerca del cementerio.

El Buen Pastor se inauguró oficialmente en 1918, y desde entonces su historia quedó ligada a la de la ciudad y al destino de sus mujeres.

Fe, disciplinayencierro

El modelo impuesto por las hermanas combinaba trabajo, oración y silencio. Las internas debían aprender labores domésticas costura, cocina, lavandería— y asistir a misas diarias. El objetivo declarado era la reinserción moral; el resultado, muchas veces, era el aislamiento social.

El sistema penal paraguayo del siglo XX delegó en la Iglesia una función que el Estado no podía o no quería asumir: la administración del castigo femenino. Mientras los hombres eran recluidos en cárceles estatales, las mujeres pasaban por instituciones religiosas, donde la frontera entre la fe y la represión era difusa. Durante décadas, el Buen Pastor mantuvo su carácter de "correccional", pero con el tiempo se transformó en una prisión estatal. A mediados del siglo XX, su población aumentó drásticamente y el edificio comenzó a deteriorarse. En dictadura, algunas presas políticas también pasaron por allí. Lo que había nacido como refugio espiritual terminó convertido en símbolo del encierro femenino.

El cierre de 2025: fin de un ciclo

El 7 de octubre de 2025, el Ministerio de Justicia anunció el cierre definitivo del penal. Las internas fueron trasladadas al nuevo complejo penitenciario de Emboscada, diseñado para albergar a mujeres en condiciones más dignas.

El antiguo edificio del Buen Pastor, con sus 106 años de historia, quedó vacío.

Las imágenes del cierre recorrieron el país: celdas despintadas, pasillos húmedos, altares cubiertos de polvo. Muchos lo interpretaron como un avance institucional, otros como una pérdida patrimonial. Detrás de la decisión administrativa, se esconde una historia de fe, sacrificio y control, de una época en la que el poder eclesiástico y el poder estatal se unían en nombre de la redención.

De prisión a memoria

El futuro del edificio aún no está definido. Hay voces que proponen convertirlo en un espacio de memoria para recuperar las historias de las mujeres que allí vivieron y trabajaron. No solo las reclusas, sino también las religiosas que dedicaron sus vidas a lo que entendían como una obra de misericordia.

El Buen Pastor, en su larga trayectoria, fue espejo de la sociedad paraguaya: reflejó su moral, su desigualdad y su fe. Hoy, al cerrar sus puertas, deja una herencia compleja, hecha de silencios, oraciones y cicatrices.

Quizás la mejor manera de honrar esa historia no sea olvidarla, sino recordarla en toda su dimensión humana: como un lugar donde el rezo se mezcló con el encierro, y donde, detrás de cada muro, sobrevivieron miles de vidas que esperan ser contadas.

LOS LOBOS ESTÁN AFUERA

Por Martín Venialgo

Los lobos aullaron toda la noche. Era imposible conciliar el sueño con esos cánidos malhumorados subiendo al techo, arañando la puerta y dando vueltas alrededor de la casa todo el tiempo. Tomé mi viejo Winchester: eran ellos o yo. Pero eran dos: un macho y una hembra. Debería tener la infalibilidad de los religiosos, algo que solo puede albergar la ficción. Tal vez podría matar a uno, pero no a los dos… ¿A qué hora habría de pasar el camión quitanieves?

Abrí un poco la ventana y me apoyé en la reja para disparar mejor, pero la loba saltó como un demonio. La reja soportó el embate y mi humanidad salió ilesa. Cerré la ventana y me recosté en el sillón de cuero de ciervo, fumé un cigarro y pensé: ¿qué carajos hago en este pueblo de leñadores? Una pérdida de tiempo, sin duda alguna, esto de querer estar en medio de una naturaleza hostil con gente que no tiene y no quiere tener futuro. Pero… ¿Y Amanda? Una chica simple que nunca será compleja, pero que solo será parte del paisaje si se queda acá. Le voy a decir que se venga conmigo esta misma tarde, lejos de aquí. Me quedé dormido.

Me desperté y miré nuevamente: la loba ya no estaba, pero sí el lobo, con su mirada inquisidora y esperando poder dar cuenta de mí cuando finalmente tuviera que salir de esta choza de palos a pique. Tal vez si abro la puerta y disparo rápidamente, salga del atolladero, pero es un riesgo muy grande. Me senté nuevamente, tomé mi teléfono celular y llamé al sanatorio. Me atendió el doctor Fairbanks; le dije que iba a autorizar mediante un mail la eutanasia de mi tío William. Me contestó que apenas la recibiera iba a dar trámite al procedimiento. Preparé el mail y lo envié. Después de todo, aunque mi tío siempre hubiese sido un crápula, merecía al menos una muerte digna.

Me sentí aliviado, me levanté del sillón y miré por la ventana: los lobos, al igual que mis dudas, se habían ido. Me dirigí al garaje, puse en marcha mi Harley Davidson y tomé la calle principal. Llegué a la casa de Amanda y esperé un tiempo. Ella salió; le dije que me iba a una gran ciudad y que viniera conmigo. Me preguntó cuándo volveríamos a este pueblo y yo le respondí que nunca. Miró hacia su casa: sus padres con rostros adustos observaban la escena. Ella se subió al asiento del acompañante y yo puse la moto en marcha. Nunca me sentí más feliz.

A SUNDAY SCROLL

It feels like another lifetime now, but it was only 2021. I was working as a Senior Field Deputy for an elected official in the City of Los Angeles, deep in the heart of the pandemic. As a public servant and an essential worker eighty-hour weeks were routine. Sunday was my only day off.

My mother was still alive then, nearing her ninety-fifth birthday, and I was caring for her as well. I had moved her from Seattle four years earlier, around the same time I began working for the city. Sundays became a small island of escape. I would lie on the couch and mindlessly scroll through YouTube, trying to give my brain a break from the daily grind: homelessness in the U.S., a global pandemic tearing through Los Angeles, and the sense that everything felt heavier by the week.

It was on one of those Sundays that I stumbled onto a video about Paraguay.

The video covered the basics. Paraguay is landlocked.

Statistically, it's one of the poorer countries in South America. In the nineteenth century, it was devastated by one of the most brutal wars in recorded history. From the late 1940s until 1989, it lived under a long and oppressive dictatorship. Not exactly a tourism pitch.

But then the video shifted. Paraguay, it explained, is considered one of the most racially mixed countries in the world. Roughly 90 percent of the population is bilingual, speaking both Spanish and Guaraní. And then came the detail that stopped me cold: beginning in 2010, Paraguay had been ranked year after year by Gallup as the most positive and mentally well country on Earth.

Not one of the most positive. The most positive. After war, dictatorship, and economic hardship.

I couldn't stop thinking about it. Here was a country tucked between two South American giants Argentina and Brazil that seemed almost invisible in the broader cultural conversation. There were passing references, of course: a mention in Candide, Roland Joffé's The Mission (shot in Colombia, not Paraguay), Iggy Pop's fever-dream song “Paraguay,” and an episode of Inspector Morse in which a wealthy young man flees there to escape his family. But contemporary Paraguay? Life on the ground? Almost nothing.

Then everything shifted. In 2022, my mother passed away. My boss lost his election. And I came into enough money to reconsider what I wanted the next chapter of my life to look like.

I bought a house in Athens, Georgia, decided to return to filmmaking, and finally made plans to visit Paraguay not as a tourist, but as a question. Was there a film there? A story about happiness, about unhappiness, about how people make meaning in a complicated world?

My first trip was in March 2023, timed to coincide with the Asuncionico music festival. I stayed downtown, went to shows, wandered coffee shops, and talked to anyone who would talk to me. At the festival, I watched Billie Eilish whose family I had known back in the U.S. sing to tens of thousands of young Paraguayans who knew every word to every song. I also discovered performers who would later become part of my film, including The Eeeks and Bianca Orqueda. More importantly, I walked. I listened. I spoke English, mangled Spanish, and often some hybrid of the two. People were open. Curious. Warm.

Back in Georgia, I began seriously researching whether the film I imagined was even possible on a modest budget. Almost immediately, a friend mentioned that one of the foremost American scholars on Paraguay lived just a couple of miles away. Thomas Whigham, a retired University of Georgia professor, had written the definitive history of the Paraguayan War.

Professor Whigham, in turn, connected me with a writers' group in Paraguay. Through them, I met Lilian Aliente. She agreed to help with the project and quickly became both a producer on the film and an invaluable guide to Paraguayan history, culture, and contemporary life.

I returned to Paraguay again and again, interviewing writers, artists, musicians, and people from all walks of life—asking how they understood their country, their sense of community, and their hopes for the future. In the summer of 2024, I brought a small U.S. crew to shoot the bulk of the film. It isn't only about Paraguay; part of the story unfolds in the United States as well. Since then, we've continued filming. I hired a Paraguayan editor filmmaker, Jimena Roman. We secured outside funding. The project is now in its final stages.

Along the way, I bought a small house in Luque. I attended Christmas Mass at St. Mark's Church in New York City with members of the Paraguayan diaspora. Somewhere in the process, I fell in love—with the country and with its people. Paraguay has problems, like any nation. I don't romanticize that. But the positivity, the ease of human connection, and the everyday kindness the smiles I get at my local Starbucks and neighborhood coffee shop in Luque mean more to me than I can easily explain.

I still own my house in Athens and am currently part of a new Documentary Film Laboratory at the University of Georgia. Someday, I hope to bring these two worlds together more fully. For now, my focus is on finishing the film The Year of the Eclipse and helping my students complete their own projects. We plan to begin presenting the film to festivals in May and June, with the hope of a wider release in the spring of 2027. Sometimes, a Sunday scroll changes everything.

Hoy parece otra vida, pero era apenas 2021. En ese momento trabajaba como Subdirector de Campo Senior para un funcionario electo en la ciudad de Los Ángeles. Estábamos en pleno corazón de la pandemia y, como servidor público y trabajador esencial, las semanas de ochenta horas eran la norma. El domingo era mi único día libre.

Mi madre todavía vivía entonces y estaba a punto de cumplir noventa y cinco años. Yo también la cuidaba. La había traído de Seattle cuatro años antes, más o menos cuando empecé a trabajar para la ciudad. Los domingos se convirtieron en una pequeña isla de descanso. Me tiraba en el sofá y desplazaba sin pensar por videos de YouTube, intentando desconectarme de temas más pesados: la crisis de vivienda en Estados Unidos, una pandemia que devastaba Los Ángeles y el mundo, la sensación constante de que todo se volvía más grave cada semana. Fue en uno de esos domingos cuando me encontré, casi por accidente, con un video sobre Paraguay. El video repasaba datos básicos. Paraguay es un país sin salida al mar. Estadísticamente, uno de los más pobres de América del Sur. En el siglo XIX sufrió una de las guerras más brutales de la historia moderna. Desde fines de los años cuarenta hasta 1989 vivió bajo una larga dictadura. No parecía, a primera vista, una historia optimista. Pero luego el tono cambió. Paraguay decía el video es considerado uno de los países más mestizos del mundo. Cerca del 90 por ciento de la población es bilingüe y habla tanto español como guaraní. Y entonces llegó el dato que me dejó perplejo: a partir de 2010, Paraguay comenzó a aparecer, año tras año, como el país más positivo y mentalmente sano del mundo en un estudio de Gallup.

No uno de los más positivos. El más positivo. Después de una guerra devastadora, una dictadura prolongada y décadas de dificultades económicas.

Me obsesioné. Aquí había un país del hemisferio sur, encajado entre dos gigantes Argentina y Brasil , prácticamente invisible en la conversación cultural global. Había referencias aisladas: una mención en Cándido, la película La Misión de Roland Joffé (filmada en Colombia), la canción "Paraguay" de Iggy Pop, un episodio de Inspector Morse donde un joven rico huye allí para escapar de su familia. Pero sobre el Paraguay contemporáneo, sobre la vida cotidiana, había muy poco.

Luego todo cambió. En 2022, mi madre falleció. Mi jefe perdió su elección. Y, casi al mismo tiempo, recibí un dinero inesperado que me permitió replantear mi vida.

Compré una casa en Athens, Georgia, decidí volver al cine documental y finalmente planifiqué un viaje a Paraguay, con la intención de descubrir si allí había una película. Una película sobre la búsqueda de la felicidad, las causas de la infelicidad y el estado actual del mundo.

Mi primer viaje fue en marzo de 2023, coincidiendo con el festival Asuncionico. Me alojé en el centro, fui a conciertos, recorrí cafés y hablé con cuanta gente pude. En el festival vi a Billie Eilish cuya familia conocía en Estados Unidos cantando con una intensidad feroz frente a decenas de miles de jóvenes paraguayos que sabían cada palabra de cada canción. También descubrí artistas que terminarían formando parte de mi película, como The Eeeks y Bianca Orqueda. Pero, sobre todo, caminé. Escuché. Hablé en inglés, en un español bastante malo y, muchas veces, en una mezcla de ambos. La gente era abierta, curiosa, generosa.

De regreso en Georgia, empecé a investigar seriamente si el proyecto era viable con un presupuesto limitado. Casi de inmediato, un amigo me comentó que uno de los mayores expertos en Paraguay en Estados Unidos vivía a apenas unos kilómetros de mi casa. Thomas Whigham, profesor retirado de la Universidad de Georgia, había escrito la historia más completa sobre la Guerra Guasu .

El profesor Whigham, a su vez, me puso en contacto con un grupo de escritores en Paraguay. A través de ellos conocí a Lilian Aliente, quien aceptó colaborar con el proyecto y rápidamente se convirtió en productora del film y en una fuente invaluable de conocimiento sobre la historia, la cultura y la vida contemporánea paraguaya.

Volví a Paraguay varias veces para entrevistar a escritores, artistas, músicos y personas de todos los ámbitos, preguntándoles cómo veían su país, su comunidad y el futuro. En el verano de 2024 llevé un pequeño equipo desde Estados Unidos para filmar la mayor parte de la película. No es una historia exclusivamente paraguaya: parte del film transcurre en Estados Unidos.

Desde entonces seguimos rodando. Contraté a una editora paraguaya, la cineasta Jimena Roman. Conseguimos financiamiento externo. El proyecto está ahora en su etapa final. En el camino, compré una pequeña casa en Luque. Asistí a la misa de Navidad en la iglesia de St. Mark's, en Nueva York, junto a miembros de la diáspora paraguaya. Y, casi sin darme cuenta, me enamoré del país y de su gente. Sé que Paraguay tiene problemas, como cualquier lugar del mundo.

No lo idealizo. Pero la positividad, la calidez humana, la facilidad para conectar las sonrisas que recibo en el Starbucks de mi barrio y en mi cafetería habitual en Luque son algo profundamente valioso para mí.

Sigo teniendo mi casa en Athens y actualmente formo parte de un nuevo Laboratorio de Cine Documental en la Universidad de Georgia. Algún día me gustaría unir más plenamente estos dos mundos. Por ahora, mi prioridad es terminar la película que estoy haciendo, El Año del Eclipse, y ayudar a mis estudiantes a completar sus propios proyectos.

Planeamos presentar el film en festivales en mayo y junio, con la esperanza de un estreno más amplio en la primavera de 2027. A veces, un domingo cualquiera y un video visto sin pensar puede cambiarlo todo.

Por Claudio Velázquez

El presidente Higinio Morinigo traiciona a su cúpula militar, formando un gabinete plenamente colorado. ¿Por qué traición?

Solo 2 días antes, Morinigo acordó con sus ministros militares desplazar por completo a los colorados, formando un gabinete solo militar.

¿Qué pasó? Morinigo se pasó por completo su acuerdo, expulsó a los militares dejando solo a 2 leales (Jiménez y Díaz de Vivar). Los colorados acaparan por completo el gabinete. En esto no estaban ni comunistas, ni liberales, ni febreristas. La puja era militares vs. colorados. Estos hechos serán una causa importantísima de la Guerra Civil de 1947.

Morinigo dio la espalda a sus compañeros militares e hizo un pacto con los colorados en su gabinete. Morinigo no era colorado originariamente, pero quiso deshacerse de los militares.

Una de las veces que el Dr. Luis María Argaña usó la frase fue cuando, en las elecciones internas de diciembre de 1992, con miras a las presidenciales de 1993, el equipo de Juan Carlos Wasmosy le fraguó la elección. Amenazaba de esa manera tomar el poder, de la manera que sea.

Esta fecha ha sido constantemente producto de una interpretación errada, en el sentido de que la mayoría entiende que hubo enfrentamientos contra comunistas o guerrilleros. En realidad, la fecha es parte de una traición que desembocará más adelante en la más terrible Guerra Civil que tocó al Paraguay.

VEINTE MINUTOS, UNA HOJA EN BLANCO Y AUGUSTO ROA BASTOS COMO JURADO

L a h i s t o r i a d e u n c o n c u r s o l i t e r a r i o

Por Lilian Aliente

En 1993, el Colegio Apostólico San José organizó un concurso literario con una particularidad: el jurado sería Augusto Roa Bastos. Los alumnos tuvieron apenas veinte minutos para escribir sobre la problemática social del Paraguay de entonces. Blas Ojeda De Felice ganó el primer puesto con un ensayo crítico sobre la clase política que llamó la atención del escritor, quien luego reseñó el concurso en el semanario Tiempo 14. Más de tres décadas después, el autor de aquel texto rememora el encuentro entre la escritura adolescente y la mirada de una de las figuras centrales de la literatura latinoamericana.

En 1993, un concurso literario escolar propició un cruce excepcional entre la escritura adolescente y la mirada crítica de Augusto Roa Bastos. El ensayo ganador, redactado en apenas veinte minutos, fue reconocido en una ceremonia institucional y posteriormente reseñado en la prensa por el propio escritor. Hay hechos que el tiempo no debilita, sino que vuelve más nítidos. Al revisarlos, revelan con claridad el lugar que ocupa la palabra cuando es leída con seriedad y responsabilidad. Corría el año 1993. En el Colegio Apostólico San José se organizó el I Concurso Literario Prof. Augusto Roa Bastos, destinado a alumnos del primer curso, equivalente hoy al séptimo grado. La consigna era escribir un breve ensayo, de una a dos páginas como máximo, sobre la problemática social del momento histórico que atravesaba el país. No hubo aviso previo ni instancias de preparación. Apenas veinte o treinta minutos, una hoja en blanco y la urgencia de decir algo propio.

La singularidad del certamen residía en su jurado. Gracias a la gestión de una docente del área de castellano, los trabajos serían evaluados por Augusto Roa Bastos, figura central de la literatura paraguaya y latinoamericana. Para los estudiantes, aquello era difícil de dimensionar; para el ámbito educativo, un gesto de enorme valor simbólico.

Entre los participantes se encontraba Blas Ojeda De Felice, hoy empresario y dirigente deportivo, entonces un adolescente que escribió sin cálculo ni pretensión. Su ensayo fue directo y crítico. Señaló a la clase política, cuestionó la falta de respeto a la libertad y a la dignidad humana, y también enfatizó cómo el poder parecía orientarse más a satisfacer intereses económicos que a responder a las necesidades del pueblo. Fue una reflexión social clara, sin eufemismos, nacida de la honestidad de quien aún no escribe condicionado por expectativas externas. El jurado otorgó a su trabajo el primer puesto.

La distinción no quedó circunscrita al aula. El colegio organizó una ceremonia de premiación, con entrega de placa conmemorativa y registro fotográfico del acto, otorgando al concurso un carácter institucional y público. Posteriormente, el hecho trascendió el ámbito escolar porque el certamen y sus resultados fueron publicados en el semanario Tiempo 14 ,en un artículo escrito por el propio Augusto Roa Bastos, quien dio cuenta del concurso y de los textos evaluados. Ese gesto de leer, seleccionar y luego escribir sobre un concurso escolar le confirió a la experiencia una dimensión mayor. No se trató solo de evaluar un ejercicio académico, sino de reconocer la potencia de una voz joven y de inscribirla, aunque sea de modo fugaz, en el espacio público de la palabra escrita.

Con los años, aquel episodio revela mejor su sentido. No fue solo un premio ni una publicación, sino un espacio que dio a los jóvenes la posibilidad de expresarse y el privilegio de contar con la lectura atenta de una figura como Augusto Roa Bastos. En ese gesto se produjo un diálogo silencioso y fecundo entre un escritor consagrado y voces jóvenes que encontraban en la escritura un modo de explorar las i i t d d ti

Blas Ojeda: gestión, deporte y vocación de renovación

Blas Ojeda De Felice es una figura conocida del ámbito deportivo paraguayo, particularmente por su trayectoria dirigencial en el Club Cerro Porteño, institución en la que desarrolló una gestión destacada y asumió un rol activo en los debates sobre su proyección y conducción futura. Empresario de profesión, alcanzó notoriedad durante su etapa como presidente del Departamento de Futsal FIFA de Cerro Porteño, desde donde impulsó una administración eficiente y competitiva.

Bajo su conducción, la disciplina obtuvo numerosos títulos y consolidó un proyecto deportivo sostenido, valorado tanto por sus resultados como por su organización. Su salida del área, en el año 2020, marcó el cierre de un ciclo considerado exitoso.

Su trayectoria conjuga gestión, liderazgo deportivo y compromiso institucional. En ese recorrido, su historia personal marcada por aquel temprano reconocimiento literario evaluado por Augusto Roa Bastos permite advertir una línea de coherencia que se mantiene a lo largo del tiempo. Desde distintos ámbitos, Blas Ojeda ha sostenido una forma de intervención basada en el uso de la palabra como espacio de reflexión, en una mirada crítica sobre la realidad y en la participación activa dentro de las instituciones que integra.

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LOS IMPRESCINDIBLES: HISTORIA PARAGUAYA PARA ARRANCAR 2026

Por Derlis Rojas

Las palabras esperan.

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