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libro Aves del Iteso 2

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AVES DE CASA

Una invitación a la contemplación, al conocimiento y la responsabilidad

AVES DE CASA

Una invitación a la contemplación, al conocimiento y la responsabilidad

Caracara

Índice

1. Contemplación

A partir de su personal mirada, Alexander Zatyrka Pacheco, S.J. rector del ITESO, habla de la experiencia de observar a las aves como una vivencia del entorno que trasciende, que se expresa en la mayoría de las culturas como un símbolo de convivencia con la alteridad, con aquello que nos rodea, completa y produce.

8. Sujetos y comunidades

Tan diversas son que se identifican más por lo que no tienen, dientes, por ejemplo. Conocer las particularidades de las aves implicar distinguirlas como especie, dónde han estado sus condiciones de posibilidad en la evolución y cómo han devenido en la maravilla que hoy observamos; reconocer su fragilidad ante el cambio climático y los depredadores urbanos, y también, que hoy sabemos de ellas más que nunca.

17. Los espacios

Así en la tierra como en el cielo. Si bien las ubicamos en pleno vuelo, las aves hacen la mayor parte de su vida posadas, y México, y el campus universitario, son espacios privilegiados. Cambios en el paisaje, prehistóricos y actuales, lo han favorecido. Zoom in, zoom out, todo se conecta, y en el silencio se hacen presentes con su algarabía.

27. El movimiento

30 gramos y recorre miles de kilómetros. ¿Qué hace volar a un ave? Alas, plumas, cuál es la receta; ¿por qué migrar y cuándo el acto se convierte en invasión? El vuelo es un arquetipo de libertad, y si esta estuviera condicionada, ¿qué lo provocaría?

32. Los momentos

La vida, el año, el día: nacer, crecer, reproducirse, envejecer y morir; primavera, verano, otoño, invierno; amanecer, alimentarse, trabajar, jugar, descansar; todos ciclos, todos naturales, todos compartidos, y al mismo tiempo, propios; cada quién su historia.

38. Guía para observar aves, en iteso y otros lugares

Viajeros desde siempre han sido movidos por la curiosidad ante lo ajeno, lo desconocido y exótico. Existen también aquellos cuya motivación ha sido el autodescubrimiento, el conocimiento del propio territorio. Una guía construida a partir de las observaciones en el Campus, para reconocer, apreciar y acompañar la vida cotidiana en el ITESO, y en la ciudad entera, de sus alados habitantes.

111. Bibliografía (comentada)

Recursos que fueron fuente y que son referencias para conectar con el amplio mundo de la investigación científica y su constante construcción.

115. Trayectoria de los colaboradores

Gustos, pasiones y caminos.

Introducción

Quienes hemos caminado por los rincones del ITESO sabemos lo que significa estar en un espacio donde la naturaleza es parte de la experiencia. Transitamos por el campus entre árboles que nos invitan a levantar la mirada y descubrir un escenario maravilloso enmarcado por sus copas, detenernos bajo su sombra para compartir una plática con colegas y amigos. Recibimos los primeros rayos del sol en las mañanas frías, y en nuestro paso encontramos a todas aquellas especies que nos recuerdan que los seres humanos no estamos solos.

De esas especies, las aves destacan como habitantes esenciales. Sus cantos marcan el inicio de un nuevo día, sus vuelos trazan caminos que atraviesan los cielos de la universidad y su misma presencia nos pide hacer una pausa para escuchar y observar. Estos animales nos ofrecen una oportunidad única para aprender que la convivencia es posible, necesaria, y que en los detalles más pequeños —como detenernos a escuchar el canto de un ave al amanecer— encontramos un recordatorio de la riqueza biológica del entorno que habitamos.

Colorín siete colores. Carmen Cornejo

Ya en tiempos antiguos las aves fueron compañeras inseparables de la humanidad. Han inspirado mitos, marcado estaciones y simbolizado tanto la libertad como los límites de nuestra realidad. En las culturas antiguas se les atribuían mensajes divinos; en la ciencia moderna, son indicadores vitales de la salud del medio ambiente. De manera más personal, estas creaturas han habitado los primeros recuerdos de nuestra infancia, cuando otear el firmamento bastaba para llenarnos de asombro. En la adultez, su presencia parece más discreta, escondida en el follaje de un árbol o posándose en el alféizar de nuestros espacios de trabajo. En otras palabras, nunca se han ido. Están ahí, son testigos constantes de nuestros días y símbolo de algo más grande: el cambio, el movimiento, la estabilidad de un mundo que compartimos con otras formas de vida. El libro nace para rendir homenaje a ese diálogo continuo.

El ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara, consciente de su papel como formadora de conciencia social y ambiental, entiende que educar no es solo transmitir conocimiento; trata de que las personas que conforman la comunidad universitaria participen en la construcción de una nueva realidad, transformándola en la esperanza activa de imaginar y crear lo que puede llegar a ser. Esta obra es más que una compilación de datos: es una

exhortación para mirar con atención, escuchar con detenimiento y actuar con convicción.

En sus páginas, el libro propone un recorrido único por el universo de las aves, acercándonos tanto a su historia como a los desafíos que enfrentan. Cada capítulo está diseñado para despertar en el lector asombro, curiosidad y un sentido de conexión con el entorno natural; aborda su evolución milenaria y revisa su papel en los ecosistemas urbanos, nos guía a través de paisajes llenos de color, movimiento y significado.

El texto inicia con una experiencia profunda mente personal narrada por Alexander Zatyr ka Pacheco, S.J., Rector del ITESO, quien com parte su conexión con las aves en diversas perspectivas. Con base en su conocimiento académico y su práctica espiritual, reflexiona en torno al lugar simbólico y cotidiano que las aves ocupan en nuestras vidas. Entrelaza recuerdos y observaciones que lo llevan a explorar las formas en que las culturas han incorporado a las aves en sus tradiciones más significativas, y vincula su experiencia con el entorno del campus universitario, resaltando cómo las aves, los espacios naturales y la formación de una conciencia ambiental son elementos esenciales para “estar bien en el mundo”.

El primer capítulo, “Sujetos y comunidades”, es un acercamiento a la evolución y diversidad de las aves. Descubrimos que estas especies, que han habitado la Tierra por más de 150 millones de años, se convirtieron en lo que conocemos hoy. A través de datos de sus formas, colores y comportamientos, entendemos por qué son uno de los grupos más estudiados del mundo.

En “Los espacios” se explora la relación de las aves con su entorno. Desde los ecosistemas más diversos del planeta hasta los espacios urbanos que hemos moldeado a nuestra medida, las aves han demostrado una capacidad asombrosa para adaptarse. Destaca el entorno inmediato de la zona metropolitana de Guadalajara, en la que existen alrededor de 300 especies, para luego enfocarse en nuestra universidad, un refugio verde gracias a su ubicación y riqueza natural, que alberga una sorprendente variedad de especies aladas.

El capítulo “El movimiento” nos sumerge en el vuelo, una característica que define a las aves y las conecta con el cielo de maneras que siguen asombrando a la ciencia y al espíritu humano. Abarca las formas de las alas, las técnicas de vuelo y las exigencias metabólicas que implica.

En “Los momentos” se nos invita a observar las rutinas y ciclos de las aves, guiados por el ritmo de las estaciones y los cambios del entorno.

Encontramos detalles sobre sus costumbres alimenticias, cortejo, construcción de nidos y migración, así como sobre las especies que, como visitantes temporales, enriquecen nuestra biodiversidad.

El libro concluye con una guía práctica para la observación de aves en nuestro campus y otros espacios naturales. Contiene, además, un extenso catálogo de especies, un glosario de términos especializados y una bibliografía comentada, herramientas que buscan inspirar el aprendizaje y la acción.

Así, esta obra nace del compromiso de nuestra comunidad universitaria con la sostenibilidad, la investigación y la educación ambiental. Más allá de datos y estadísticas, es un tributo a quienes comparten con nosotros este campus. En una sociedad que prioriza la velocidad y el consumo desmedido, es urgente repensar nuestro papel en el entorno y adoptar una forma de vida más consciente y sostenible porque seguir actuando bajo las mismas reglas ya no es viable.

La desaparición de las aves altera los entornos locales, que desencadena un efecto dominó que afecta los ciclos ecológicos. Lo explica el papa Francisco en la encíclica Laudato si’, “el tiempo y el espacio no son independientes entre sí, y ni siquiera los átomos o las partículas subatómicas se pueden considerar por separado. Así como los distintos componentes del planeta —físicos, químicos y biológicos— están relacionados entre sí, también las especies vivas conforman una red que nunca terminamos de reconocer y comprender. [...] Por eso, los conocimientos fragmentarios y aislados pueden convertirse en una forma de ignorancia si se resisten a integrarse en una visión más amplia de la realidad”.

La cultura ecológica no debe limitarse a soluciones inmediatas y parciales frente a los desafíos de la degradación ambiental, el agotamiento de las reservas naturales y la contaminación: “Debería ser una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia ante el avance del paradigma tecnocrático”, continúa la encíclica.

¿Cómo construimos esta nueva mirada que nos permita replantear nuestra relación con el planeta? ¿Cómo generamos diálogos que impulsen acciones significativas para garantizar un futuro sostenible? ¿Cómo aportamos a la memoria colectiva, en lugar de perpetuar una amnesia generacional, esa indiferencia que nos hace olvidar lo que hemos perdido y nos desconecta de nuestra responsabilidad hacia el futuro? Recuperar nuestra capacidad de asombro es clave para abandonar la lógica de resignación para, más bien, acoger una visión que realmente transforme nuestro mundo.

Que estas páginas sirvan para informar, pero también para inspirar. Que cada especie descrita sea una ventana hacia un mundo que exige nuestra atención y cuidado. Al cerrar este libro, esperamos que el lector haya aprendido sobre las aves, sobre sí mismo y sobre la responsabilidad que compartimos en la construcción de un futuro más justo, sostenible. Al contemplar una pequeña criatura con alas de colores, las aves nos siguen inspirando para creer en la libertad de transformar, nos recuerdan el espíritu que vivifica y nos llevan a soñar en la maravilla que es la naturaleza en la Tierra.

RELACIONES EXTERNAS

Contemplación

Parece que siempre han estado ahí, en el cielo; hermosas y diversas en formas, tonalidades, vuelos. Las aves son la prueba fehaciente de la evolución, la llevan a cuestas. Deviene pues algo natural que desempeñen un rol fundamental en las más variadas creencias.

La presencia de las aves en la historia humana se refiere a un conocimiento vivencial, existencial, que afecta la totalidad del ser, en las emociones, en la psique, en el espíritu, en el estado de ánimo. No se trata de un discernimiento objetivo, término bien empleado en la cultura occidental, es decir: cosificador. Entendemos, gracias a ellas, que no somos los controladores, los observadores, los tomadores de decisiones, más bien nos reconocemos, convivimos, como parte de una comunidad, como parte de una totalidad.

Momoto Corona Canela / Momotus mexicanus. Ariadna Tobón

En la religión grecorromana, fueron las aves las que advertían lo que estaba por suceder, las expertas en augurios; revelaban sus predicciones valiéndose de variaciones en su vuelo, en su aleteo anunciaban cómo venía el temporal de lluvias, si iba a ser abundante o más bien escaso. Y hasta sin vida conservaban su misión, cuando las sacrifican y se analizan sus vísceras –color, consistencia, acomodo– continúan hablando del porvenir.

En las comunidades indígenas, las aves cuentan –a quienes saben escuchar– cuándo va a cambiar el clima con solo alterar el horario en que emiten sus clásicos cantos; si se adelantan o retrasan, son mensajes puntuales que los locales interpretan sin dudas de por medio. Los gallos representan el ejemplo convencional de estos alados personajes que nos pueden guiar por el paso de las horas.

Acercándonos al mítico mundo del linaje judío de la religión cristiana, la paloma en particular simboliza dos atributos axiales: la constancia y la fidelidad; siempre vuelve a su lugar de origen y es fiel a su pareja de por vida. Estos dos aspectos permiten entender la presencia de la paloma en la experiencia fundante de Jesús, en su bautismo; hace tangible el Espíritu que regresa a su lugar, el corazón de Jesús, y la fidelidad de permanecer siempre en él.

En la iconografía cristiana, la paloma está representada de manera simbólica en la experiencia de Dios, y en el más alto nivel posible: es el único animal que figura en una comunidad de tres seres. Ahí está, encumbrada en lo que solemos llamar la Divina Providencia, la Trinidad; el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Tiempo después, cuando los Evangelios se habían difundido por la cuenca mediterránea, las gallinas y los gallos –originarios del sur asiático–, aparecen en pasajes cruciales de la Historia Sagrada: “Antes de que cante el gallo dos veces, tú me habrás negado tres”, le dice Jesús a Pedro, desarmando su soberbia.

Mi cercanía con la cultura maya –y con ella mi comunión con la naturaleza– recorrió un amplio periplo geográfico: mi padre fue norteamericano de origen ucraniano, mi madre yucateca. Yo nací en un pequeño pueblo de Nueva Inglaterra, en Estados Unidos, nos afincamos en Mérida, Yucatán, y la señora que ayudaba a mi madre cuidándome era orgullosamente maya. Con ella solía pasar mis vacaciones de verano; íbamos a su casa, ubicada en una población muy apropiadamente llamada Tekax, que quiere decir “en el monte”. Su nombre obedece a que durante la colonia era la última población en la Península habitada por mestizos; dejando atrás sus calles, todo lo que seguía era selva. De esa época me viene el vínculo con las aves, que me acompaña con el paso del tiempo en mi

En el mundo maya, las aves también son protagónicas. Un espécimen majestuoso es el quetzal –Quetzalcóatl, “serpiente emplumada”, Kukulkán o K’u’uk’ul Kaan–, su fama no es gratuita; los colores que lo engalanan y su larga cola evocan una culebra emplumada surcando los cielos. Algunas de las lenguas autóctonas no tienen vocablos diferentes para el azul y el verde, usan la misma palabra, que coincide con las tonalidades del plumaje del quetzal; diccionarios mayas tienen Ya'ax tanto para el azul como para el verde, y señalan que el término habla del verdor de la naturaleza y la profundidad de las aguas, y del azul del cielo. Pasa lo mismo en náhuatl con Xiuhuitl.

Otra creencia maya describe las muchas almas animales que tiene el ser humano; todos tenemos varias y distintas. En tzeltal las almas se llaman Ch’ulel y las personas con más carácter o temperamento complejo –en cuanto a riqueza, no complicación– son las que tienen muchas almas animales. Hace años le pregunté a un lugareño de una comunidad maya cómo se entera uno de cuál es o cuáles son sus Ch’ulel: “Porque se ven. Los que saben ver te lo pueden decir”, fue su respuesta. “Y ¿cuál tendré yo?”, continué en la indagatoria. “Tu Ch’ulel principal es un ts’unu’um, un colibrí”, y agregó: “El colibrí es el mensajero entre el mundo y el cielo”.

Los mayas no entienden el cielo como nosotros, para ellos son estamentos: la parte de arriba, luego la que habitamos, y la de abajo, y el ser humano es el mediador entre el inframundo y el supramundo. Ese Ch’ulel, el colibrí, es especialmente bueno para los chamanes, curanderos, sacerdotes, porque vuelan a gran velocidad, “sube y baja, sube y baja todo el tiempo”. Me da mucha alegría saber que es el que yo tengo.

Años más tarde, en el museo del Templo Mayor de Ciudad de México, encontré que una de sus piezas centrales es una vasija de alabastro casi blanco, con un colibrí minúsculo –de unos cuatro centímetros– en el borde, con su pico dirigido hacia el interior. La ficha informativa describe que se trata de la vasija donde se vertía la sangre de los sacrificados: “El colibrí tomaba la sangre y se la llevaba al Sol, para alimentarlo”.

Los mayas, además, consideran a las aves el principio integrador del corazón humano, lo que nos agrupa como persona; la denominan “el ave de mi corazón”, y es la encargada de mantener todos los elementos de la personalidad armónicos. Los curanderos aseguran que cuando alguien se enferma, significa que el ave de su corazón se fue de paseo y, a lo mejor, por andar de paseadora se la comió un animal o la

En lo que he vivido con respecto a mi linaje ucraniano, los gansos son animales emblemáticos, figuran como guardianes del hogar; en las comunidades rurales sustituyen a los perros en su calidad de cuidadores; son nobles y protectores con las personas con las que conviven, y cuando alguien extraño se acerca a una finca, salen graznando a picotearlo en actitud feroz. Sus huevos –como los de las gallinas– son símbolo vigente de la Pascua, promesa de una nueva vida.

Las cigüeñas son otras aves que ostentan una relación conmovedora con el ser humano; mis familiares ucranianos relatan que cuando los ciclos climáticos presentaban modificaciones –desde hace años, y más ahora–, a veces, a mediados de mayo, caía una que otra nevada, y las chimeneas continuaban en plena acción, humeando en el proceso de mantener cálido el hogar; justo el mes en que empezaban a llegar de África las cigüeñas a hacer sus nidos en las casas rurales. Ante la imposibilidad de comenzar la anidación –por el calor en los tiros de las chimene as–, tocaban la puerta con sus largos picos para que se les abriera el establo, y ahí se refugia ban hasta que el clima mejorara. Y los campesinos con mucho gusto y cariño acogían a estos alados huéspedes en su hogar.

La presencia de las aves en mi vida cotidiana data de décadas; en cuatro décadas de práctica de oración contemplativa, mi ancla primordial en el presente es el sonido de las aves, es tan poderosa que tiene la capacidad de jalarme, de traerme al aquí.

La mayoría de las religiones tienen en sus tradiciones la práctica de la oración contemplativa, el camino del silencio habitado. Me gusta resumir la práctica en una frase: en soledad y silencio, inmóvil, aquí y ahora, al ritmo de mi respiración, repito mi palabra.

La última –repito mi palabra– equivale a los mantras en el mundo hindo-budista, la jaculatoria o el rosario en el mundo cristiano; es la repetición rítmica de una palabra o frase, al ritmo de la respiración. No es lo que se dice, es lo que provoca esa práctica: nos libera de la tiranía de los pensamientos (que controlan nuestra conciencia) y unifica nuestra capacidad de apertura perceptiva, nos vincula a la realidad. Intervienen de nuevo las aves: nuestra palabra “meditar” proviene del verbo griego Meletan –µελεταν– que significa murmurar a media voz, y que se usaba para describir el sonido repetitivo de las palomas, que por cierto en castellano se llama “zurear”.

Es tan fuerte la presencia de las aves en mi día a día, que logro evocar el sonido característico de ciertas especies en determinados sitios; en Yucatán, el sonido es del T’oh, conocido como pájaro reloj por su cola que se asemeja a un péndulo, y por su canto que pareciera marcar el paso del tiempo, “t’oh, t’oh, t’oh”, de ahí su nombre en maya.

Al visitar un paraje nuevo –y me pasó cuando llegué al ITESO–, la primera oración contemplativa de la mañana la espero con gusto para oír a las aves en el silencio del amanecer, los maravillosos sonidos que emiten, que más tarde conservo en mi mente, y que quedan guardados como

Al invitar a personas en el camino contemplativo, y antes de pasar a niveles más profundos y demandantes, les pido que aprendan a apreciar la naturaleza, a sumergirse en ella, bajo el

Hay quienes –con la impronta ritual de algunos énfasis cristianos occidentales, no de nuestra fe original– dudan de que sea oración contemplar un árbol, o el cielo, o las nubes, o escuchar el canto de las aves… Les refiero entonces al texto bíblico de Génesis 1, el primer relato de la Creación, el poema de los siete días, cuando Dios contempla al final de cada jornada lo que ha creado con solo su amor, y ve que es bueno.

Retomando la pregunta de si contemplar una flor o escuchar con atención el trino de las aves es oración, respondo: “Desde luego que es oración, y a lo mejor por primera vez en tu vida vas a dejar que Dios te hable; eso que estás viendo es comunicación de Dios, y el mismo Dios –de acuerdo con lo señalado en el relato del Génesis–, nos revela

Lo contemplativo enfatiza el cultivo de una sensibilidad, de una atención plena al presente. El aquí y ahora se encamina al desarrollo de una capacidad perceptiva de total apertura para captar la realidad completa, el presente. En soledad y silencio busca eliminar los distractores que echan a andar la que Santa Teresa llama “La loca de la casa” –la mente y nuestras elaboraciones conceptuales, intelectuales–, con tendencia a objetualizar todo, que a veces se esmera en atrofiar nuestras otras capacidades perceptivas para mantener su hegemonía sobre nuestra conciencia.

Lo que enseña el camino contemplativo es a tomar distancia de “La loca de la casa” –no apagarla, es imposible–, a relativizar sus exigencias y a poner atención en la totalidad de la realidad en la que cada uno de nosotros estamos insertos. Si la acallamos y nos ponemos a contemplar un árbol, la bondad que habita en ese árbol efectivamente nos va a “abuenar”.

Para alcanzar la vida plena que anhelamos, es fundamental recuperar –o adquirir– la práctica contemplativa; vivimos en un monólogo constante, permanente, hablando con nosotros mismos. La contemplación de la naturaleza nos “abuena”, nos va sanando, nos va desintoxicando de lo que traemos, nos “saca” de nuestro monólogo obsesivo y nos abre a la hermosa sinfonía de la realidad.

La técnica japonesa Shinrin–yoku, o “baño de bosque”, estudia de manera exhaustiva –como todo lo que hacen los japoneses–, cómo cambia nuestra salud mental, corporal, fisiológica, espiritual, al exponernos con atención plena en un entorno natural. Curiosamente, evoca el arte del bien vivir, centro de la filosofía y la práctica indígena. Nuestra cultura occidental está focalizada –tristemente– en el bien-estar, en el acceso consumista a satisfactores que por un tiempo alientan el ánimo, pero que no transforman internamente. En el fondo son meros narcóticos para olvidar el dolor de no haber encontrado la vida plena, el amor compartido. El bien-vivir, en cambio, nos ubica en un estado de plenitud, y nos incita a que en ese estado interactuemos, construyamos relaciones comunitarias, de común unión; no de unificación, no de fragmentación. Acceder al sueño de Dios para sus creaturas, tan bellamente descrito por el evangelio de Juan (17): “Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti; que también ellos sean uno en nosotros…”

En la labor de trasmitir a los estudiantes algo más que excelencia académica, hay dos niveles a considerar en nuestro camino formativo: el primero lo damos por cumplido, los jóvenes eligen al ITESO porque se enamoran del campus, se sienten bien, lo perciben en cuanto llegan, caminan y se relacionan con el bosque de una manera vivencial, subconsciente. Mi interés es que esta vivencia la vayamos haciendo cada vez más consciente.

En un segundo nivel en importante transmitirles la técnica que está a la base del camino contemplativo, que les permitirá que vivan a plenitud su capacidad de interactuar con el entorno de una forma dialogal, constructiva, y a transformar. Me gusta hablar de la “educación de la interioridad” que implica ofrecerles una metodología, oportunidades, maneras, espacios, para que cultiven su interioridad.

Las técnicas pueden ser muy complejas o sencillas, están constituidas de elementos que se van integrando con la práctica. Conocemos el dicho de que “la práctica hace al maestro” y que se aplica de manera especial a las artes y los oficios. La vida es un arte que se desarrolla y madura a través de una práctica apropiada.

Al aplicar una y otra vez la técnica, ésta va madurando en habilidades. Conforme se practica, cada uno de los elementos que constituyen una técnica (como manejar un auto) se van conjugando unos con otros y, eventualmente, se funden y aparece la habilidad (ser un buen conductor de automóviles).

La espiritualidad, la transcendencia humana, es un arte, y todas las artes tienen esa secuencia; no se llega a ser un maestro en el arte si no se aprende la técnica: sin ese sustrato no viene el próximo peldaño. La contemplación sigue ese camino, la espiritualidad sigue ese camino; si una persona es constante en la habilidad, esta se convierte en una disposición, va ocupando más espacios de su consciencia, necesita cada vez menos evocar la habilidad, ni la técnica: la meta es alcanzar un estado, cuando de manera plena y espontánea has alcanzado todo el potencial de tu conciencia. La secuencia es técnica habilidad disposición estado.

El estado pleno de la existencia humana es el amor o, mejor dicho, el enamoramiento. De entrada, hay que distinguirlo de su falsificación, la “infatuación”.

Quien vive una infatuación, una atracción egoísta al objeto de su deseo, en realidad no aprecia la identidad y dignidad de lo que pretende “amar”, sino que está obsesionado con una proyección de su ego. En el fondo, vive desde el apego a un fantasma que nunca podrá amarle en reciprocidad. Por el contrario, el enamorado ama profundamente a la persona amada por quien es, por ser diferente, por sentirse enriquecido con la misma existencia del amado, de la amada. Ve la identidad de la persona amada como una bendición, una fuente de infinita alegría. Y siente el deseo profundo de darse completamente, desde su propia identidad, a la persona amada, vivificarla, nutrirla, bendecirla por la experiencia de la común-unión, de la comunión.

Los cristianos creemos que Dios ama así y se constituye nuestro maestro en el arte de amar. “No hay amor más grande que entregar la vida por quienes amamos”, revela Jesús en el evangelio de Juan (15, 13). Y más allá que declararlo, lo concreta asumiendo sobre sí todo lo que nos impide amar, el misterio de dejarse aplastar por nuestro egoísmo para mostrarnos que la última palabra siempre la tendrá el amor, la entrega de sí que transmite vida, que resucita, a la persona amada.

Pyorsephalus Rubinos

San Ignacio pone como corolario y plenitud de sus Ejercicios Espirituales la “Contemplación para alcanzar Amor”. Su meta es que el ejercitante se abra a las infinitas maneras como Dios nos ama, se nos entrega, busca la comunión con nosotras y nosotros. E Ignacio pone propone como vehículo privilegiado la contemplación de la naturaleza:

“Mirar cómo Dios habita en las criaturas, en los elementos dando ser, en las plantas vejetando, en los animales sensando, en los hombres dando entender; y así en mí dándome ser, animando, sensando, y haciéndome entender; asimismo haciendo templo de mí seyendo criado a la similitud y imagen de su divina majestad”

Mi anhelo es convertir el privilegio de tener un bosque urbano, con miles de aves habitándolo, en un laboratorio donde la gente aprenda el arte de amar, ejercite la escucha atenta a las comunicaciones de amor del Dios vivo que se nos entrega en todo lo que ha salido de sus manos, en suma, que desarrollen el bien vivir, y que se lleven ese conocimiento para buscarlo, plantarlo, compartirlo en el mundo al que van.

Textos como este pueden ayudar a que los jóvenes se ubiquen, se interesen, den el paso del nivel subconsciente de sentirse bien en un sitio como el ITESO, a la sensibilidad de apreciarlo como el camino de una integración existencial consciente hacia la plenitud de la comunión en el amor compartido. Que sea su verdad, su realidad y condición humana, y la sepan vivir y transmitir.

Dr. Alexander Zatyrka Pacheco, S.J.

RECTOR DEL ITESO, UNIVERSIDAD JESUITA DE GUADALAJARA

SACERDOTE JESUITA Y DOCTOR EN TEOLOGÍA SISTEMÁTICA POR LA UNIVERSIDAD DE INNSBRUCK, AUSTRIA

Pyorsephalus Rubinos

Sujetos y comunidades

LAS AVES NO TIENEN DIENTES

Hay aves que vuelan y otras que no, algunas nadan, otras incluso corren. Unas miden poco más de seis centímetros y otras pasan los dos metros de altura. Algunas habitan a nivel del mar y otras alcanzan con su vuelo los 11 mil metros de altitud. Se les ve en todos los ecosistemas del planeta, pero ninguna, ninguna, tiene dientes.

Las aves son de los animales más estudiados del mundo, y no es un hecho aleatorio; son fáciles de ver –algunas–, tienen un gran atractivo por la belleza de sus colores y variedad de cantos, pero, sobre todo, son un grupo enormemente diverso. Ya sea que nos preguntemos sobre sus hábitos alimenticios, de sueño, por cómo vuelan, se aparean o la forma de sus huevos, las respuestas abren un abanico de opciones para conocerlas a ellas y conocer la naturaleza.

Un pájaro, como le solemos llamar, es un tetrápodo, o sea de cuatro extremidades: dos patas y dos alas; estas últimas a muchos les sirven para volar, los pingüinos, en cambio, las usan para nadar, o los avestruces que no las usan ni para volar ni para nadar. El cuerpo de las aves está cubierto de plumas, característica que no comparte con ningún otro grupo actual de animales; con ellas mantienen estable su temperatura corporal, se ocultan de sus depredadores y seducen en la temporada reproductiva. Tienen pico, patas con escamas y huesos neumáticos, más porosos que los humanos, y más ligeros para facilitar el vuelo, y todas ponen huevos.

No tienen orejas, lo que las hace rotar la cabeza para escuchar, pero los oídos de muchas especies están adaptados a la ecolocalización. El tacto lo ejercen sobre todo con el pico, que les permite buscar alimento. Su sentido del olfato, aunque se pensaba como pobre, cada vez se conoce mejor y está resultando más desarrollado, un ejemplo es el del zopilote aura, un ave carroñera que encuentra su alimento por el olor putrefacto de sus presas en descomposición.

Sus ojos son muy voluminosos, pueden llegar a representar el 15% del volumen del cráneo, mientras que en las personas son tan solo el 1%, además pueden percibir la luz ultravioleta. En discrepancia con los humanos, son los cromosomas diferenciados de las hembras lo que define el sexo de las crías.

Viven entre tres y sesenta años, dependiendo de la especie, y su alimentación varía enormemente entre ellas, comen semillas, carroña, néctar, plantas, pequeños insectos, aves, entre otras cosas. Y sí, como no tienen dientes, tragan todo entero y lo muelen con la molleja que contiene piedras que han ingerido previamente.

Coberturas menores
Coberturas mayores
Terciarias
Obispillo
Rectrices o caudales
Cloaca
Escapulares
Pecho
Flanco
Vientre
Dedos
Muslo
Tarso
Articulación tibio-tarsal
Pico
Mentón
Garganta
Cabeza Iris
Pupila
Manto

ALAS Y ESCAMAS: BREVÍSIMA HISTORIA

¿Cómo es que las aves han llegado a ser lo que son?, ¿cómo pueden ser tan diversas y encontrarse en todos los rincones del planeta? Probablemente, al igual que los insectos, los murciélagos y otros artrópodos, por su capacidad de vuelo, pero pasaron millones de años para que lucieran como las conocemos.

A partir de fósiles se calcula que hace aproximadamente 165-150 millones de años, en el Jurásico medio y tardío, vivieron los primeros organismos con características muy similares a las de un ave, como los Archaeopteryx, Xiaotingia y Anchiornis. Estos ancestros, parecidos a lo que imaginamos como dinosaurio, tenían también plumas y huesos parcialmente neumatizados, pero se diferenciaban por tener dientes y dedos largos en sus alas. Se cree que las plumas servían más para la termorregulación que para el vuelo, y es posible que solo planearan.

La extinción masiva de los dinosaurios “no avianos”, consecuencia del impacto de un asteroide en lo que actualmente se conoce como Chicxulub en la península de Yucatán–hace alrededor de 66 millones de años–, provocó una radiación adaptativa; es decir, aparecieron muchas especies nuevas de todo tipo, entre ellas las que evolucionaron para que en la actualidad existan unas 10,000 especies de aves en todo el planeta.

Los movimientos continentales y su desplazamiento geográfico a lo largo de la Tierra han cambiado la configuración y cercanía entre dichos continentes, quedando algunos grupos de aves aislados en cada uno de los continentes, llevando a la aparición de especies exclusivas de cada continente. Los choques continentales formaron altas cordilleras o enormes océanos, barreras geológicas que favorecieron la diferenciación. Unos se especializaron en climas extremos, como los pingüinos, otros en los cuerpos de agua, como los pelícanos o en las altas montañas como los cóndores.

AVES Y COCODRILOS ¿HERMANOS?

Observar las escamas de una pata de pollo y de un cocodrilo puede ayudar a ilustrar la relación entre estas dos especies. Hace 300 millones de años comenzaron a evolucionar los primeros reptiles (tetrápodos). Unos 40 millones de años más tarde un grupo de ellos comenzó a distanciarse de estos anfibios y derivó en los mamíferos actuales, pero hubo otras líneas de separación también, por un lado, evolucionaron las serpientes y salamandras, por otro las tortugas, y por otro más los cocodrilos y dinosaurios. Una vez extintos éstos, los únicos sobrevivientes del clado reptiliano Archosauria fueron los Crocodilia ¡y las aves!

¿ORNITO QUÉ?

Ornitología, ornitólogo, ornitorrinco, ornitofobia; ornis la raíz griega que da comienzo a estas palabras habla de lo relativo a las aves, y ornithos más logos, del estudio de las aves.

Los ornitólogos son los expertos en aves, y la ornitología la especialidad de la zoología que se encarga del estudio de las aves en sus diferentes líneas de investigación, entre ellas la historia natural, la ecología, su distribución, los mecanismos para su conservación, entre otros. Hoy, los ornitólogos han descrito cerca de 11,000 especies de aves en el mundo.

El desarrollo de esta especialidad va de la mano de la biología misma, incluso el estudio de este grupo o clado ha sido pionero en comprender aspectos que han resultado fundamentales en esta disciplina científica. La observación de aves en las Galápagos fue determinante en Darwin para acuñar el concepto de evolución. La facilidad para observarlas ha permitido estudiar con mayor profundidad aspectos relativos al comportamiento animal, el estudio de su canto, por ejemplo, ha ayudado incluso a comprender aspectos del habla humana. La ornitología lideró un cambio fundamental en la ecología, que de ser una ciencia básicamente descriptiva transitó a responder preguntas sobre el cómo y por qué de los fenómenos. En asuntos como la conservación, está documentado como la observación de aves desplazó a la caza, tanto como práctica social como forma de investigación científica. De hecho, uno de los esfuerzos más antiguos por evaluar la situación de poblaciones animales ocurrió en Estados Unidos alrededor de 1900 cuando un ornitólogo, preocupado por observar menos individuos de algunas especies, inició un movimiento para contar aves vivas en vez de muertas, ejercicio que se repite anualmente desde entonces en todo el mundo.

Sin embargo, el interés de las personas por las aves es muy anterior a la constitución de las disciplinas científicas. Hay evidencias de ello desde la Edad de Piedra; la mayoría de los grupos humanos tienen un rico vocabulario para referirse a ellas, y muchos nombres comunes devienen de observaciones sobre su comportamiento o su forma. Además, las aves están presentes en una enorme cantidad de mitos y leyendas de las diversas culturas humanas.

Se sabe que las antiguas culturas mexicanas observaron y conocieron la naturaleza, incluso que pudieron haber usado sistemas de organización del conocimiento, entre ellos, para las aves.

Este lugar privilegiado de las aves en la fascinación por los animales fue cobrando forma de disciplina científica a partir del siglo XIX, aunque ya había ido generando mucho conocimiento desde el Renacimiento con el trabajo de naturalistas que comenzaron a clasificar a las aves a partir de su forma, conducta y los espacios donde era común verlos, interés que creció exponencialmente cuando estos llegaron a América. A partir del surgimiento de las teorías de la evolución con Charles Darwin, al interés por la morfología y el comportamiento se sumaron las preguntas sobre el origen de las aves. Fue precisamente un ornitólogo, Ernst Mayr, a partir de las ideas de Darwin, quien demostró a principios del siglo XX qué es lo que da pie a la división entre especies: el aislamiento geográfico y la acumulación de diferencias genéticas.

En un primer momento se consideraba ornitología científica solo a aquella que se realizaba en laboratorios, sobre todo con especies que habían sido sacrificadas para su estudio; mientras que la realizada en campo se consideraba más bien ornitología popular o aficionada. Todo cambió al irrumpir el concepto de ecología, hacia 1870, y comenzó a priorizarse la comprensión de la funcionalidad de las especies. A las diversas formas de investigación se ha sumado la genética, modificando en muchos casos la clasificación de estas especies.

Las aves son conspicuas, fáciles de observar por la vista y el oído, diurnas en su mayoría, viven sobre el nivel del mar y difícilmente son agresivas, lo que las ha vuelto un objeto de conocimiento muy cercano tanto para los científicos como para los aficionados. No obstante, esta fascinación profesional y amateur tiene su contraparte, para algunas personas las aves provocan un miedo irracional, expresado tanto de forma psicológica como física, al grado de que está reconocida como un trastorno psiquiátrico, se trata de la ornitofobia, que ha sido, al igual que el amor por las aves, ampliamente representada en la cultura popular.

Aves en el mundo y la región

En el mundo existen entre más de 11 mil diferentes tipos de aves

En observaciones sistemáticas realizadas por especialistas, en el campus ITESO se han avistado alrededor de 90 especies diferentes de aves, de las cuales:

En Guadalajara se encuentran entre 150 y 170

En el bosque La Primavera hay alrededor de 205 especies diferentes

México alberga cerca de 1,100 y ocupa el octavo lugar mundial en cuanto a diversidad. Casi el 10%, son especies endémicas.

Son residentes, habitan la mayor parte del tiempo en el campus

Son migratorias Son endémicas, esto es, habitan exclusivamente en México

Son semiendémicas, son endémicas a esta región durante una temporada del año

Son cuasiendémicas, casi la totalidad de su distribución es en nuestro país

Son exóticas, especies no originarias de México

Respecto a su estado de conservación

Según la Norma Oficial Mexicana para la Protección ambiental de especies nativas de México de flora y fauna silvestre y que establece las categorías de riesgo y las especificaciones para su inclusión, exclusión o cambio (NOM-059):

3 ESPECIES EN LA CATEGORÍA PROTECCIÓN ESPECIAL

de Cooper (Astur cooperi)

de Wagler (Icterus wagleri)

1 ESPECIE EN PELIGRO DE EXTINCIÓN

Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, la autoridad mundial en cuanto al estadode la naturaleza y los recursos naturales (UICN).

Clasificadas como Preocupación menor (No están en riesgo a nivel mundial)

En peligro de extinción:

Gavilán
Bolsero
Loro corona lila (Amazona Finschi)
Colorín siete colores (Passerina ciris)
Loro corona lila (Amazona finschi)

¿QUÉ FUE PRIMERO, EL COLIBRÍ O LA FLOR?

La evolución es ante todo un asunto de relaciones. De las especies entre ellas y con el entorno, de lo puntual en el tiempo y de lo que sucede de manera repetida, porque la evolución no es algo del pasado, sino que sucede continuamente y está vigente.

En todos los tipos de hábitat -incluidos los jardines del ITESO-, hay organismos cohabitando y directa o indirectamente, interactuando. Estas relaciones pueden ser de diferentes tipos, unas benéficas para los dos organismos (mutualismo), otras perjudiciales (competencia), algunas positivas para uno y negativas para el otro (depredación), o simplemente sin impacto para uno de ellos (comensalismo).

Preguntarse qué fue primero, la flor con su néctar o un ave libando de ella implica reparar en sus formas y comportamientos, y un perfecto ejemplo es el de los colibríes y las corolas de las flores. El pico de los colibríes ha evolucionado hasta tener una forma tubular, con diferentes longitudes y curvaturas, es rígido y su lengua está bifurcada como la de los reptiles. El proceso de extracción del polen es la clave del éxito evolutivo de esta interacción: los colibríes se posan frente a la flor, meten su pico y lamen el néctar, en este proceso el polen se adhiere a su cabeza a la espera de llegar a otra flor de la misma especie. En algunos casos las flores presentan barreras o pequeñas membranas que impiden que otros animales puedan acceder al alimento pero que no es un problema para la rigidez y largura del pico de los colibríes.

Durante el verano, las ceibas del ITESO se cubren de flores rosadas y junto a ellas es fácil ver a los colibríes. Suspendiéndose agitadamente extraen el néctar y a cambio dispersan su polen. No es casualidad que en muchos casos las corolas de las flores y los picos de los colibríes compartan formas similares, esta relación ganar-ganar acumulada en el tiempo ha implicado una coevolución, esto es, una modificación paulatina de sus características morfológicas hasta adaptarse entre ellos.

El proceso coevolutivo planta-colibrí se remonta a hace 20 millones de años aproximadamente, en el Mioceno. Tras la gran explosión poco a poco fueron apareciendo más plantas con corolas más estrechas que limitaban el paso de los insectos, dando a los colibríes y sus picos largos mayor ventaja. Si bien, los colibríes no se limitan a consumir el néctar de una especie en particular, sí les representa un gasto menor de energía alimentarse cuando su pico coincide con la forma de la corola, algo muy significativo si se considera que aletean hasta 70 veces por segundo.

El color de las flores también es un efecto de la coevolución. Las flores con tonos naranjas o rojos suelen ser polinizadas por colibríes, mientras que las flores moradas favorecen a las abejas, probablemente por lo que estos tonos representan en el espectro ultravioleta para estas especies, y que resultan imperceptibles para el ojo humano.

Así como los colibríes se han beneficiado de estas características de las flores, lo mismo sucede al revés. Muchas plantas dispersan su polen a través del viento en un proceso azaroso que no asegura que el polen llegue a otra flor, destinando mucha de su energía a la producción de una gran cantidad de polen, como puede observarse con los fresnos a inicio del año. En contraste, las plantas polinizadas por animales producen menos polen que las dispersadas por el viento, energía que utilizan en una mayor producción de néctar, lo que a su vez atrae a más polinizadores y aumenta su éxito reproductivo.

Las plantas que han coevolucionado con un polinizador tienen hasta el doble éxito que aquellas que requieren de un polinizador generalista, como lo son algunos escarabajos y moscas. Históricamente, en el proceso evolutivo, estos últimos fueron los primeros polinizadores, sin embargo, no evolucionaron hasta ser un grupo casi exclusivamente polinizador como es el caso de las abejas, las mariposas, algunos murciélagos y los colibríes.

Entonces, ¿quién fue primero la flor o el colibrí? Las flores aparecieron mucho antes, hace aproximadamente 140 millones de años, pero hace unos 20 millones de años un grupo de plantas comenzó a interactuar más estrechamente con lo colibríes y se dio el proceso coevolutivo.

Así la presencia del colibrí y la flor no se explica pensando cómo se sucedieron evolutivamente, sino a partir de sus formas de colaboración. Lo mismo pudiera observarse, por ejemplo, en los zorzales, las primaveras y otras especies similares que al alimentarse dispersan las semillas de las frutas. O las aves de rapiña que controlan la sobrepoblación de pequeños roedores como las ratas y ratones, pero que requieren de árboles de gran altura para poder divisarlos.

LA CULPA FUE DEL METEORITO, Y ASÍ SE LLAMABA MI GATO

Hay registro de cinco eventos de extinción masiva en la historia de la Tierra, en los que se perdieron entre 75 y 90 por ciento de las especies. Se calcula que, en el Pleistoceno, hace alrededor de 1,5 millones de años, existían alrededor de 21 mil especies distintas de aves. Y se sabe también que las principales causas fueron cambios abruptos en las condiciones ambientales que no dieron tiempo para que las especies se adaptaran y pudieran sobrevivir.

Actualmente la información indica que nos encontramos en el sexto episodio de extinción masiva, pero a diferencia de los episodios anteriores las causas no son naturales, se deben a los cambios provocados por las actividades humanas, principalmente a: cambios en los ciclos biogeoquímicos, el cambio de uso de suelo y la deforestación asociada, la introducción de especies invasoras, y el cambio climático. A partir de los registros fósiles, se calcula que la tasa actual de extinción de especies de vertebrados es 114 veces más rápida que la que se observó en el pasado, y aunque muchas no se han extinto todavía, sus poblaciones están disminuyendo de manera alarmante, afectando el funcionamiento de los ecosistemas, y como paso inequívoco que antecede a la extinción.

Desde 1900 se han extinto alrededor de 80 especies de aves por las labores del hombre. Las poblaciones de aves de Norteamérica, por citar un caso, han disminuido 29 por ciento durante los últimos 48 años, y la razón es la pérdida de hábitat, pesticidas, intensificación de la agricultura y urbanización.

Además de la contaminación y la disminución de los parques y jardines, hay evidencia de que las principales causas de muerte directa de aves en Estados Unidos y Canadá son los gatos domésticos, así como las colisiones con ventanas, cables, vehículos, torres de comunicación y electrocución con líneas eléctricas. Y aunque de México hay menos datos, los últimos estudios refieren tendencias similares. En el campus hay dos amenazas bien ubicadas: abundan los gatos y las ventanas.

Colibrí pico ancho en acción (Cynanthus Latirostris) Gerardo Elizondo

¡ORDEN POR FAVOR!

En un esfuerzo por entender lo concreto, convivir con ello y llevar a cabo nuestras vidas, tendemos a clasificarlo. En el hogar, la escuela, el trabajo, organizamos las cosas de acuerdo con sus características, su ubicación, uso o función. De forma similar, las diferentes civilizaciones alrededor del mundo se vieron en la necesidad de ordenar la naturaleza que las rodeaba, y al nombrarla desarrollaron también el lenguaje para asirla. En este afán, las primeras clasificaciones se basaron en distinguir entre los elementos vivos de los no vivos, y a su vez los seres vivos se diferenciaron en plantas y animales.

Con el pasar de los siglos estas clasificaciones se fueron haciendo más robustas, en la antigua Grecia se diferenciaba entre animales vertebrados e invertebrados con base en el color de su sangre, y las plantas entre árboles, arbustos y hierbas de acuerdo con su altura y su estructura. A esto se agregó la distinción entre peces, anfibios, reptiles, mamíferos y aves, en función de sus características morfológicas. El desarrollo del conocimiento científico y de la tecnología fue permitiendo mayor precisión y a partir del siglo XIX, tratando de reflejar su historia evolutiva, se concibió un sistema jerárquico para organizar los seres vivos en reinos, filos, clases, ordenes, familias, géneros y especies. Fue el científico sueco Carlos Linneo, considerado el padre de la taxonomía moderna, quien propuso una nomenclatura en la que los nombres de las especies se conforman por dos vocablos: uno correspondiente al género y el otro a la especie, por ejemplo Passer domesticus" que fue determinado por Linneo en 1758.

Hoy en día, desde el punto de vista de la ciencia y con la finalidad de evitar ambigüedades, cada especie posee un nombre único conocido como nombre científico, que puede hacer alusión a características del organismo, al lugar donde fue registrado por primera vez o en honor a personajes ilustres. La Taxonomía y la Sistemática son dos disciplinas que se enfocan en nombrar a las especies y clasificarlas de acuerdo con su similitud e historia evolutiva, respectivamente.

En lo referente a las aves, históricamente se han clasificado por sus características morfológicas y su dieta, y aunque sus nombres comunes varían en cada región, existe una gran consistencia entre las diferentes culturas y su contemplación de la naturaleza en la forma de agruparlas, y se distingue en general entre carnívoras, zanconas, patos, carroñeras, gallinas, aves que visitan flores y palomas.

Al igual que con el resto de los seres vivos, para conocer y poder clasificar a las aves se utilizan distintos métodos complementarios. Además de sus características morfológicas, se estudia su historia evolutiva a partir de técnicas que permiten comparar el genoma de las especies; se usan espectrofotómetros, que permiten registrar espectros

de luz que los ojos humanos no son capaces de percibir, para describir el color de su plumaje; se hacen registros sonoros de sus cantos para comprender cómo sus variaciones reflejan la plasticidad social de su comunicación y los procesos sociales, sexuales y de selección natural; técnicas como el fototrampeo, han permitido registrar especies de aves que hacía muchos años no se registraban, y se hacen estudios comparativos de las preferencias de hábitat para entender procesos de evolución y especialización, es decir, que se hayan diferenciado tanto que ahora habiten en lugares con condiciones ambientales y ecológicas muy diferentes.

En la actualidad, los nombres científicos y las relaciones de parentescos entre las especies son reguladas por comités internacionales de ornitólogos, y en sus listados han descrito cerca de 11,000 especies en todo el mundo.

Mulato azul / Melanotis Caerulescens

Los espacios

y, además, se encuentra en los trópicos, una franja planetaria donde las aves tienen una gran presencia.

México ocupa el onceavo lugar mundial en cuanto a diversidad de aves, y Jalisco el quinto lugar nacional, después de Oaxaca, Veracruz, Chiapas y Puebla. En los municipios de Guadalajara, Zapopan, Tlajomulco de Zúñiga, Tonalá y Tlaquepaque, que forman parte de la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG), existen 300 especies diferentes, muchas de ellas son habitantes naturales de los espacios verdes de la ciudad. La mayoría son residentes de sus linderos naturales como la Barranca de Huentitán y lo remanente de las zonas agrícolas del Bajío, y las que más aportan a la composición de especies de los jardines del campus, el Bosque La Primavera y el Cordón Volcánico del Sur, conformado por los cerros del Tesoro, Santa María y del Cuatro.

Estos flujos están marcados por las estaciones del año, es decir, por los cambios de temperatura y precipitación, y se caracterizan porque los animales tienen un lugar para invernar y otro para reproducirse. Por lo general en esta parte del globo, las especies invernan en las zonas tropicales, desde México hasta Sudamérica, cuando el frío intenso en muchos lugares limita el metabolismo de las plantas y escasea el alimento para los animales vertebrados e invertebrados, mientras que el nacimiento y crianza es en Norteamérica. Simbólicamente se podría decir que ocurren por razones similares a las migraciones humanas: en la búsqueda de mejores condiciones para vivir, no obstante, las especies animales suelen regresar a su lugar de origen periódicamente.

La migración de tantas especies conecta a los ecosistemas del norte con los del sur, así como a los ecosistemas de las montañas con los valles. Al desplazarse de un sitio para otro, las aves y otros animales acarrean materia orgánica que puede comprenderse como un flujo de energía: el alimento que es consumido en un sitio puede ser evacuado en otro y con ello, esa materia orgánica se reincorpora a los ciclos biogeoquímicos. Las aves que pasan el invierno en sitios mejor conservados tienden a tener más crías que aquellos que invernan en lugares perturbados, si se alimentan bien en invierno tendrán más energía y ésta se verá reflejada en un crecimiento de la población durante la primavera en sus sitios de anidamiento.

De las aproximadamente 1,100 especies registradas en México, alrededor de 400 tienen movimientos migratorios, y de éstas, 320 son migratorias de invierno. De las más de noventa especies de aves registradas en el ITESO, alrededor de 30 son especies migratorias de invierno, entre ellas el chipe corona negra y el chipe rabadilla amarilla; el colibrí de cola ancha, el tordo cabeza amarilla, el carpintero moteado y el gorrión cejas blancas.

Las periódicas migraciones de tantas especies recuerdan que las fronteras geográficas no son naturales, que fueron determinadas por cuestiones políticas y que ningún migrante debería ser ilegal por el hecho de ir tras una vida mejor.

HACER MEMORIA DE LA MEMO RIA

Recordamos lo que hemos vivido, tal vez también lo que nos han contado, pero ¿qué sucede si cada generación modifica su imagen sobre la naturaleza incorporando cierto nivel de pérdida? Este fenómeno transgeneracional fue observado por el biólogo marino Daniel Pauly, quien acuñó el término “síndrome del cambio de la línea de referencia” en 1995 para indicar cómo cada generación de pescadores iba redefiniendo la cantidad y diversidad de especies a partir del comienzo de su carre ra.

Se trata de un problema psicosocial en el que las personas y las comunidades van aceptando las condiciones ambientales presentes como si fueran “las naturales”, pasando de largo los deterioros ocurridos en el pasado, y generando un desplazami ento continuo y acumulativo de lo que cada generación considera, no solo “lo que hay” sino también lo que “debería haber”.

Desde ese momento Pauly y otros científi cos han orientado su trabajo a poder corre gir estas líneas de referencia y paliar lo que llaman “amnesia generacional”, construyendo objetivos de conservación y restauración con base tanto en una memo ria social de más largo aliento como en datos científicos.

Cada especie de ave presenta características únicas que la diferencian, poder identificarlas implica práctica y familiaridad. Un aspecto importante por considerar es el hábitat de observación, las especies pueden cambiar mucho entre un bosque, una selva, una laguna o un espacio urbano, e incluso en función de la altura y densidad de la vegetación.

Para distinguir una especie se puede reparar en la forma y color de su pico. De la forma del pico se puede deducir la dieta del ave, por ejemplo, los colibríes tienen el pico delgado y alargado para alcanzar el néctar de las flores, las águilas y halcones tienen el pico en forma de gancho para comer carne y el de los pericos es curvado y corto, pero con puntas filosas para abrir los frutos y partir semillas. Especies con una dieta similar tendrán picos con forma bastante parecidas, pero el color ayudara a distinguirlas.

La forma del cuerpo es importante, algunas son más rechonchas y otras tienen cuerpos más estilizados. Esta silueta responde a la longitud de sus tarsos y a la envergadura y forma de sus alas y cola. Los tarsos varían mucho entre las aves, por ejemplo, una garza tiene los tarsos largos para caminar sin dificultad en cuerpos de agua, los colibríes tienen unos tarsos diminutos que beneficia a su cuerpo aerodinámico y las primaveras tienen tarsos relativamente largos que le ayudan a caminar más fácilmente.

Las alas ofrecen información no solo por su forma sino por el tipo de vuelo que permiten. Pueden ser largas, cortas, elípticas o puntiagudas, observar estas características ayuda a distinguir entre especies cuando están en vuelo. El mismo vuelo también varía, es ondulado en los pájaros carpinteros, errático en las golondrinas, circular en los mosqueros, aleatorio en los colibríes y las rapaces y carroñeras planean.

La cola puede ser redondeada, como en las aguilillas, cuadrada, como en las primaveras, graduada, como en los zanates, horquillada, como las golondrinas, o puntiaguda y firme como en los pájaros carpinteros.

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Aguililla cola roja

BUTEO JAMAICENSIS (Gmelin, JF, 1788)

Ave rapaz familiar de los gavilanes, con una vasta extensión en Norteamérica. Se distingue por el tamaño de sus grandes alas, un plumaje en diferentes tonalidades de café y su particular cola roja y cuadrada.

Habita zonas abiertas con arbolado y ha logrado adaptarse en zonas urbanas y agrícolas gracias al alimento disponible y los árboles altos para anidar. Suele ser monógama y es muy defensora de su territorio, que varía en tamaño dependiendo de la disponibilidad de alimento. Al cazar, se sienta y espera en un lugar elevado o lo hace de pie. Al acercarse el invierno, la mayoría de los individuos del norte de EU migran hacia el sur, mientras que en el sur de EU y en México son residentes durante todo el año. La migración es diurna, y varía anualmente según el clima; rara vez cruzan cuerpos de agua.

ORDEN

FAMILIA

NOMBRE EN INGLÉS

En ITESO, se observan en áreas abiertas como la zona deportiva o cerca de la planta de tratamiento. Aunque hay poblaciones residentes en la región, es más fácil de ver en invierno.

ESTACIONALIDAD

DISTRIBUCIÓN

PROTECCIÓN

DIMORFISMO

Accipitriformes

Accipitridae

Red-tailed Hawk

Residente

Desde el sur de Alaska hasta Venezuela y las Islas Vírgenes

No

Sí (La hembra suele ser más grande)

En ITESO, se le ha observado cazar palomas en los jardines que rodean la biblioteca. Solo está presente en invierno.

Gavilán de Cooper

ASTUR COOPERI (Bonaparte, 1828)

El plumaje de su dorso es gris plomizo y su pecho es rayado con tonalidades café rojizas. Tiene alas cortas, poderosas y redondas. Su cola es larga, lo que le otorga facilidad para maniobrar. Vuelan a una velocidad de alrededor de 47 km/h. La hembra es un tercio más grande que el macho, alrededor de 45 y 39 cm, respectivamente.

Se reproduce en bosques caducifolios y caducifolios mixtos, aunque desde el año 1970 se han observado anidaciones en paisajes suburbanos y urbanos. Por lo general migra solo, en ocasiones en grupos de 2 a 5 individuos siguiendo las cordilleras montañosas y las costas. Son más migratorios los gavilanes que se encuentran al norte. No se encuentran en el suelo más que para recuperar presas o recolectar materiales para sus nidos.

ORDEN

FAMILIA

NOMBRE EN INGLÉS

ESTACIONALIDAD

DISTRIBUCIÓN

PROTECCIÓN NOM 059

DIMORFISMO

Accipitriformes

Accipitridae

Cooper's Hawk

Migratoria

Desde Canadá hasta Centroamérica

Sujetas a Protección Especial

Sí (las hembras son más grandes, los machos lucen tonos más claros)

Carnívora Carnívora
45 cm (hembra) 50-65 cm (hembra)

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