El Príncipe del cielo estaba entre su pueblo. El mayor don de Dios había sido dado al mundo. Había gozo para los pobres; porque Cristo había venido a hacerlos herederos de su reino. Había gozo para los ricos; porque les iba a enseñar a obtener las riquezas eternas. Había gozo para los ignorantes; porque los iba a hacer sabios para la salvación. Había gozo para los sabios; pues él les iba a abrir misterios más profundos que los que jamás hubieran sondeado; verdades que habían estado ocultas desde la fundación del mundo iban a ser reveladas a los hombres por la misión del Salvador.
—Ellen White, El deseado de todas las gentes, p. 242