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El amor que todo lo confunde
Autor: Pablo L贸pez Albadalejo (Iconoclasta) Barcelona, julio 2008.
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A InĂŠs, querida amiga que con su gran conocimiento del lenguaje ha convertido en algo legible toda mi basura mental.
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Capítulo 1 Se ha equivocado, está completamente engañada. Cree que lo mío, que mi apostura cínica e insensible es una caricatura cómica de mi inmenso corazón. El amor es ciego, el amor nos humilla, nos rebaja de categoría hasta convertirnos en muñecos animados de plastilina. Yo soy su muñeco de plastilina y para mí ella es una tía real a la que me follaría hasta subida en un cubo lleno de vísceras, revolcándola entre 4
los restos de la jornada de una casquería; entre hígados y riñones podridos, entre cabezas de cordero anidadas por larvas blancas; entre ojos empañados por cataratas de muerte afilada que derraman lágrimas de sangre por el suelo. Y cuando al dejar ir la carga de mis cojones grito, las cabezas quieren cerrar los ojos, pero no tienen párpados que los protejan. Siento que las avergüenzo, que sienten asco de mí incluso muertas.
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A menudo me la tiro sin cuidado, lleno con total desprecio y ferocidad su coño henchido de deseo; y entonces le mordería los muslos, le arrancaría los labios de puro deseo. Es una puta, mi querida y preciosa puta. Una puta sin cerebro. Ella intuye, cuando la maltrato follándola, que soy algo mucho más infame de lo que su mente idiota piensa. Hay un brillo, un entendimiento tan profundo en sus ojos, como profunda es la caverna
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húmeda y cálida que tiene entre las piernas. Flexible... Otras veces en cambio, la veo como la madre de mis hijos y la jodo con cariño, besándola prolongadamente, con los ojos cerrados y con restos de piel, sangre y carne bajo mis uñas que he olvidado limpiar. Tal vez sea esa sangre seca que se diluye en la humedad de su coño, la que la excita como a una perra. Y sigue moldeando su muñeco hasta convertirme en un fogoso 7
hombre que la adora. Y se ve en una escena de amor, y su coño no es húmedo, sino de plástico, con una raja perfecta que no deja ver los pliegues feos de su vulva. Y no me come la polla, sino que la besa con cariño. Mi rabo no tiene venas, es liso, sin sangre. Un brillante pene regular y perfecto. Su imbecilidad me pone, por eso la deseo; porque incluso ella se da cuenta de su idiocia y se baja las braguitas hasta medio pubis para excitarme y olvidar su propia 8
deficiencia mental; y se señala el coño con el dedo, mirando con timidez al suelo, a mis zapatos, con su risa babosa y abrupta de mentalidad de ocho años. —Hagme fe-elig, Nic-co. — “Hazme feliz, Nico”, me pide sin mirarme a los ojos. Si yo no la amara, nadie la amaría. Moriría sola, abandonada, con el coño lleno de telarañas. A veces entiendo por qué ve en mí a un ser generoso y noble. Y me gusta. Por eso no pienso decirle la verdad. Soy 9
celoso de mis secretos y además no serviría de nada. Si le dijera todo lo que he llegado a hacer, moldearía y rechazaría mi maldad. Porque antes que nada, soy su muñeco de plastilina; el que la abraza y le dice “te queg-go, te queg-go”. Yo también la quiero; y para mí no es un muñeco de plastilina que se convierte en lo que deseo. La quiero así tal como es. Ella tiene razones para moldearme, pero yo no. Hay tanta miseria en su cerebro, que no puedo castigarla más. La vida ya lo 10
ha hecho.
Capítulo 2 Anoche regresé muy tarde del trabajo, y aún embargado por la ira le confesé: —Al hijo puta de mi jefe, le acabo de arrancar el corazón. Y al poco rato me quedé dormido. Cuando ella escucha esas expresiones nunca las toma al pie de la letra y cree que son una rabieta de niño adulto. Sonríe sin pensar, sin 11
darle importancia, y se niega a mirarme a los ojos. No le gusta la ferocidad que ve en ellos. Si pudiera, los moldearía también; los pintaría de azul cielo y brillantes de amor. Tal vez lo haga... Tal vez su mermado cerebro sea capaz de imaginar mis ojos sonrientes y rebosantes de amor y admiración. Pero en realidad sé que no puede, porque no encajan de ninguna forma en su mundo infantil e inocente. Cuando me callo, cuando sentado en la silla de la cocina, abro y cierro el 12
puño durante minutos enteros, oyendo en mi cabeza gritos de dolor y terror, mira a otro lado. Parece sumergida en su estupidez; aunque tampoco podría jurarlo. Ese cabrón se ha negado a pagarme las horas extras. Me ha dicho que podía haber realizado el trabajo en mucho menos tiempo; como si en ocho horas alguien pudiera montar las bombas del pozo a siete metros de profundidad, y sin ayuda. De repente me ha espetado a la cara que tengo mucho que aprender; que aún me 13
quedan unos años para cotizarme como un buen operario. Yo estaba sudado y sucio; manchado de mierda y barro. Estaba enfadado; por decir poco, por decir lo mínimo. Ella no se imagina los gritos que ha proferido mi jefe en el taller del cliente para el que trabajamos, atado al banco de mecánica, mientras le rajaba el pectoral izquierdo con un cúter lleno de restos de pegamento y silicona, le abría la herida con mis manos desgarrando la carne, y le metía papel de rollo para la limpieza 14
de grasa en esa profunda abertura. La sangre lo inundaba todo y no veía bien. La ceniza del cigarro caía en la herida. Lo que más me ha costado ha sido tumbarlo e inmovilizarlo sobre el banco de trabajo con alambres. Hasta el cuarto martillazo en la cabeza no he logrado que cayera al suelo semiinconsciente. Luego no cabía entero estirado, así que le he atado las piernas flexionadas a las patas de la mesa y los brazos pegados
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a los costados. Le he dislocado el hombro izquierdo. No. Ella realmente no podría imaginarse nunca todo el terror que ha sentido el tripudo. Tras agarrar el martillo y el formón, me he tomado mi tiempo para romperle las costillas y el esternón; con golpes fuertes, lentos y contundentes. En ningún momento ha entrado en un shock tranquilo. Ha estado berreando hasta que, tras tirar de las costillas astilladas y recortar el pulmón que molestaba, le he arrancado ese 16
corazón enorme y feo, al tiempo que le cortaba las venas y las arterias con unos alicates de electricista. He desgarrado su puto corazón con las uñas, lo he partido en dos y se lo he tirado a la cara, pero ya no podía verlo. Lo malo de ser un tío fuerte es que puedes aguantar mucho dolor y tortura antes de morir. El resto carece de interés; salvo porque he dejado el soplete oxiacetilénico encendido encima de un bidón de aceite viejo. Cuando han explotado las balas de oxígeno y 17
acetileno, el taller entero ha volado por los aires matando a dos compañeros míos que aparcaban en ese momento frente a la nave industrial. Ella siempre jurará que estuve a su lado esa madrugada, amándola. Los deficientes mentales son muy leales. He llegado a las seis de la madrugada, se ha despertado al oír la puerta y me ha abrazado. —He ten-nío pes-pes-adillas, Nicco.
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A pesar de su hablar gangoso y de ese tic en las manos que sufre de vez en cuando, y que la obliga a tensar los dedos hasta que parecen dislocarse, tiene una belleza cautivadora. A pesar de que esos preciosos ojos, de un verde tan suave que pueden confundirse con el azul, se mueven inquietos de un lado a otro, se vislumbra una belleza latente, potencial. Me da un poco de pena ver tanta hermosura mal construida. Su melena es casta単a, casi rubia; sus labios son carnosos,
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pero se han deformado por un hablar forzado y torpe. —Vamos a borrar esas pesadillas —la he besado con ternura preguntándome qué clase de pesadillas podría tener una deficiente. Tal vez sea el apasionado amor que siente por mí lo que la hace más hermosa de lo que nunca fue, ni vieron sus padres. Desde que me la tiro, desde que chilla como un animal enfermo cuando se corre, y de eso hace ya siete años, ha dejado de babear. 20
Sus padres, mis suegros, que aún se santiguan por la suerte que han tenido de poder quitársela de encima, me explicaron que nació normal, pero que hubo alguna infección que la estropeó. Un bicho que anidó en su cerebro y lo pudrió; o un virus hambriento de neuronas que la dejó subnormal. Pero yo creo que no, que simplemente su yo inteligente se esconde para no ver cómo es en realidad esta mierda de mundo. Yoli, la imbécil, me ama; pues sólo me tiene a mí y me convierte en su 21
mente en algo que no soy. Pero cuando la hago gritar de placer como a una cerda, no es una imb茅cil. Entonces aparece la verdadera Yoli; la inteligente que asume el mando del placer. Y me basta con reconocer en sus ojos el brillo de la mujer que sabe la hostia, de la que cuando se corre, lo sabe todo. Con eso me vale. Esta madrugada ha lamido la sangre salpicada en mi cara y me ha hecho olvidar el cansancio de correr los tres kil贸metros hasta nuestro hogar, evitando que nadie me viera 22
caminando por los márgenes lodosos de los campos de cultivo. Serían las cinco y media cuando he terminado de destrozar al asqueroso de mi jefe. El sol sale muy pronto en verano, así que me he tenido que apresurar para llegar a casa. Mientras yo le he besado su vientre hinchado, ella me ha acariciado la cabeza. En poco menos de cuatro meses vamos a ser padres. Tendremos un niño; un niño precioso. En el segundo mes, me citó una asistenta social para decirme que Yoli 23
estaba embarazada. Con palabras llenas de madurez y comprensión, quiso convencerme de que ella no podría ser una buena madre y de que para mí sería una carga insostenible cuidar de ambos. Debía abortar y yo, como padre y persona responsable, debía convencerla. —Quiero ser padre —le dije siseando, acercándome a su cara y conteniendo una ira de las que me hacen ver el mundo de color rojo. Me sentí como una cobra mientras se lo decía. La mujer se separó de la 24
mesa empujando la silla hacia atrás, sin darse cuenta de que buscaba una cierta distancia de seguridad. Me largué de allí sin decir nada más. Dudo mucho que la asistenta social folle como lo hace Yoli; que entre suspiros le cambie el brillo de los ojos y deje asomar a esas ventanas verdes azuladas una mujer fuerte e inteligente. Siempre que pongo la mano sobre su vientre y noto los movimientos del pequeño Axel, siento ganas de llorar. Parece preso ahí dentro y golpea 25
desde su lado porque quiere salir. Yo le digo que mamá le dejará hacerlo pronto y Yoli se ríe; aunque más que risa parece un ataque de asma. Soy su muñeco de plastilina, y nunca le fallaré. Yoli moldea un feo mundo para convertirlo en algo por lo que vale la pena violar, torturar y matar. Me dejo llevar por mis instintos sin deprimirme, centrándome justo en las cosas para las que he nacido. Yoli es mi apoyo emocional.
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Capítulo 3 La policía se ha dado prisa en venir a interrogarme. Yoli me ha despertado a las diez de la mañana asustada por los timbrazos. —Ha vennío la pol-icía. —Yoli, si te preguntaran a qué hora he llegado a casa, les dices que a las cuatro. Lo qu-e tú dig-as, Nico En la puerta me esperaban dos hombres.
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—Buenos días, señor Nicolás Jarque, necesito hacerle unas preguntas. Soy el inspector de policía Santiago. Este es el agente Eloy. Al entrar me han contado que había explotado parte de la fábrica de muebles, y que vieron la hora de mi entrada en la relación de personal exterior que había en recepción. —¿Por qué no está apuntada su hora de salida? —Por las noches hay un vigilante que ha de hacer rondas cada hora. En el momento en el que yo salía, él no 28
estaba en la recepción. No tenía ganas de esperarle; y además, mi jefe le daría la hora de mi salida al vigilante. Hablábamos camino de la cocina. Allí Yoli nos ha servido café a todos. Estaba muy nerviosa y sus movimientos han sido más torpes que de costumbre. Les he explicado que había trabajado hasta las tres de la madrugada para acabar la instalación de las bombas del depósito de refrigerante; que tenían que funcionar antes de que entraran los 29
operarios de la fábrica por la mañana. Luego, que mi jefe y patrón había llegado para hacer las pruebas y ajustar caudales y que yo me había largado para dormir unas horas. —¿No se quedó a ayudar a su jefe? ―el inspector ha mantenido sus ojos fijos en los míos y yo en los suyos. Cuando los ha bajado hacia su libreta le he contestado tranquilamente: —Cuando mi jefe llegó, repasó la instalación y me envió a casa a descansar. Mis compañeros debían comenzar su jornada a las seis de la 30
madrugada; y durante las tres horas que se iba a quedar solo no requería la ayuda de nadie. —¿Por qué estaba trabajando con el soplete? —preguntó con aburrimiento. El agente que lo acompañaba estaba de pie apoyado en el mármol y parecía importarle una mierda lo que hablábamos. —No lo sé. Nos lo dejaba usar el departamento de mantenimiento de la fábrica cuando necesitábamos aflojar las uniones roscadas de tubos 31
y racores, que están demasiado oxidadas y sucias como para que puedan girar. Es tan fácil mentir, me resulta tan sencillo... —¿Ha oído la explosión de camino a su casa? La verdad es que había sido una explosión tan fuerte que sentí temblar el suelo a pesar de encontrarme a casi un kilómetro de allí.
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—No, he salido de la fábrica a eso de las tres de la madrugada y debo haber llegado a casa alrededor de las cuatro. El agente Eloy ha lanzado todo el tiempo miradas incómodas a Yoli. El inspector ha evitado hacerlo cada vez que nos interrumpía para lanzar alguna exclamación o risa que nadie, salvo ella, podía entender. Se han largado deprisa. Los subnormales hacen sentir incómodos a todos. A mí no: yo me la follo.
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Capítulo 4 A lo largo de los dos o tres meses siguientes tuve que contestar algunas más de sus preguntas; todas relacionadas con el horario y algunas tonterías que no parecían guardar conexión con lo sucedido. La cabeza de mi jefe apareció chamuscada en el huerto de un jubilado, a casi doscientos metros de allí. Y una pierna cayó en la calzada de la carretera nacional que cruza el polígono industrial.
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Tras la explosión, la fábrica de muebles de plástico no pudo funcionar durante dos semanas. El agua del pozo y las bombas que instalamos eran parte de la remodelación del sistema de refrigerado de los moldes, y por otro lado, una de las paredes de carga de la nave industrial se vino abajo y tuvieron que apuntalar la nave. —¿Por qué no ha asistido al funeral de su jefe? —notaba un deje burlón en la voz del inspector Santiago. 35
Había algo en su muerte que no les cuadraba. Se trataba de un trozo de corazón que no ardió bajo los escombros y se preguntaban cómo había llegado hasta el tejado de la fábrica. Esto me lo dijo el agente Eloy, con el que coincidía de vez en cuando en el bar del pueblo. Era policía porque no había trabajo para otra cosa. Pero no le gustaba; como tampoco le gustaba tener que hacer de chófer para el inspector Santiago, que era un cabronazo exigente.
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Las llamadas se fueron espaciando, llegaron las elecciones municipales y, acto seguido, las fiestas del pueblo de La Algaba. Desde entonces no me volvieron a llamar. Seguramente porque el inspector Santiago fue destinado a otra región. Era militante del partido que perdió las elecciones. Eloy me dijo un día que ni él se acuerda ya del caso.
Capítulo 5
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Quedan una o dos semanas para que nazca mi hijo y Yoli está muy asustada. Tiene miedo de lo que se mueve en su barriga y no quiere estar “gog-da”. Quiere que le saquen ese muñeco que la hace sentir mal. Por eso casi cada día tengo que hacerla feliz y chupar su coño hasta que se corre. Ella me la chupa y me masturba. Luego nos quedamos dormidos. Yo no busco trabajo. Quiero cobrar el subsidio de desempleo todo el
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tiempo que pueda; sobre todo por el pequeño. Ella no acepta a su propio hijo. A mí tampoco me aceptaron mis padres. Me crié en un orfanato y pasé por diversas familias de acogida. Fue en casa de los Maldonado cuando yo tenía unos... (a ver, ahora tengo veintinueve años), cuando tenía unos once, que descubrieron todos, incluso yo, que mi carácter era un tanto exótico. Sucedió que clavé las manos de su hijo Jeremías a la mesa con los cuchillos de cortar la carne. Fue una 39
mañana que la señora Maldonado se había olvidado de comprar el pan y salió hacia la panadería que se encontraba muy cerca de su casa. —Nico, cuida bien de Jere, que es muy pequeño. No tardo nada. Y no tardó nada. Lo justo para evitar que le arrancara los ojos. Le ordené que se sentara a esperar a su madre; como nos ordenaban los funcionarios sentarnos en el pasillo que distribuía las habitaciones del orfanato, cuando nos espiaban y saqueaban las celdas. 40
Me hizo caso, se divertía; sin duda alguna el tono de mi voz le pareció cómico. Empecé a sentir un fuerte dolor en la nuca y en la frente. Dentro del cráneo se rasgó mi cerebro; sólo así lo puedo explicar. Una hemorragia nasal hizo que ensuciara la mesa con gotas de sangre. Jere se reía nervioso al principio. Luego me preguntó si me dolía. Después, sus palabras fueron un torrente confuso de sonidos irritantes y tuve miedo de que se convirtiera en 41
un monstruo que me iba a cortar la picha de un bocado, o que me arrancara los ojos. Tuve tanto miedo… Su cara se deformaba y su voz era grave y profunda, como la de un hombre mayor enfadado y peligroso. Salí corriendo y gritando hacia la cocina, sujetándome las sienes. El monstruo parecía llorar y creo que incluso iba tras de mí preguntándome si tenía mucha pupa en la cabeza. El monstruo sólo era Jere, un Jere de cuatro años. Me acerqué a él con los 42
cuchillos en la mano y le clavé uno en el pequeño dorso de una de las suyas, atravesando la carne hasta el final. La manita quedó pegada a la mesa. Entre la carne hendida y el metal manaba una sangre tranquila. —¡Pupa, mama! ¡Pupa, mama! — gritaba al tiempo que las lágrimas saltaban violentamente de sus ojos. Yo sentía una pena infinita por él, pero no podía hacer otra cosa que clavarle la otra mano. Luego le separé los párpados de un ojo y apoyé la punta de otro cuchillo en el globo 43
ocular. Se lo iba a pinchar para luego sacarlo, pero la señora Maldonado lanzó un grito atroz a mi espalda y sentí un golpe muy fuerte en la cabeza. Caí al suelo y conmigo arrastré un pequeño jarrón de vidrio que se hizo añicos. Sentí mojada la cabeza, como si saliera algo de mi coronilla. El agua del jarrón era roja y espesa; y aunque sabía que era mi sangre, me sentí feliz de verla extenderse en el suelo antes de cerrar los ojos. Ya no me dolía la cabeza, no había ruidos y el pequeño 44
Jere no tenía aquella voz grave y profunda. Era el mismo otra vez; pero tenía las manitas ensangrentadas y berreaba sin consuelo. Desperté en un hospital y apenas recordaba lo sucedido. Los médicos me hacían preguntas y electroencefalogramas, y me atiborraban de medicamentos que me dormían sin que yo quisiera. A veces hablaban delante de mí entre ellos, como si yo no fuera capaz de escuchar. 45
—La madre está en estado terminal. Sida. Sé que hablaban de la mía, pero yo no tenía madre ni la necesitaba. —El padre murió hace cinco años en un atraco a una gasolinera —no recuerdo si fue en la misma conversación. Mis padres simplemente me abandonaron en un convento de la calle Águilas de Sevilla; o al menos eso decían. Yo sólo me acuerdo del centro de menores, de las paredes alicatadas de azulejos grises, de un 46
patio de recreo polvoriento y de la peste a meados que hacíamos todos. Esas paredes son mi primer recuerdo; luego vinieron la sangre y los gritos. Tras abandonarme, mis padres desaparecieron de Sevilla. Reaparecieron en Madrid -al menos, mi madre-, tres o cuatro años después, cuando con un colocón de miedo gritaba en la Puerta del Sol, de madrugada, que quería a su hijito. No tengo ni una sola foto de ellos. Cuando localizaron a mis abuelos
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maternos, no quisieron saber nada de mí. Hasta que cumplí los dieciséis años estuve bajo tratamiento psiquiátrico; y cuando aprendí a realizar correctamente los tests y a responder las respuestas tal y como querían oír los médicos, me dieron el alta. Creciendo en aquel orfanato estudié y aprendí en la escuela técnica los rudimentos de la electricidad. Con la mayoría de edad, me echaron del orfanato y me dieron alojamiento en un piso de la Junta, para chicos como 48
yo, en uno de esos pueblos que hay entre las grandes plantaciones de naranjos que cubren la provincia sevillana. En La Rinconada trabajé en pequeñas empresas y pude sobrevivir; lo justo para pagar el alquiler de un piso y dejar de recibir las visitas periódicas de un asistente social. Con veintidós años conocí a Yoli en su propia casa. Sus padres habían llamado a la tienda de fontanería donde yo trabajaba. Se les había estropeado el termo y el jefe me envió 49
allí para instalar uno nuevo. Me miraba con sus enormes ojos abiertos, sin pestañear. Cuando por fin conseguí hacer las conexiones de agua en el aparato, ella aplaudió feliz. —¡Ehste eg mi chic-co! Su melena castaña era sedosa y brillaba con reflejos que sosegaban un dolor de cabeza que empezaba a crecer como una bestia, golpeándome las paredes del cráneo. Sus enormes pechos saltaban libres bajo la camisa blanca con un bordado de los Osos Amorosos en la espalda. Acerqué la 50
mano para tocarlos en aquel mismo instante, y ella lanzó los hombros hacia atrás ofreciéndomelos. Sus ojos se tornaron sabios y astutos. Me enamoré de ella. Pasó el tiempo y yo seguía visitándola en su casa, esperándola a la salida del colegio, o acompañándola durante los paseos con sus amigas mucho más pequeñas que ella. Los padres desconfiaban de mis intenciones y me preguntaron mil veces si era consciente de su deficiencia. Les dije que sí; que no 51
importaba, que la quería. Me aceptaron y ahora me quieren tanto como a su propia hija. Ellos pagaron la boda y con sus ahorros nos compraron esta casa, la más barata porque es la más apartada, en la Algaba, uno de tantos pueblos obreros y mal urbanizados, a unos diez kilómetros al norte de Sevilla, Vivimos rodeados de naranjos, cosa que no me importa. Aunque tampoco me parece algo de lo que sentirse orgulloso, que nos hayan metido en un ecológico gueto. 52
La gente me tiene cariño. Creen que los que vivimos con deficientes somos todos bellísimas personas. Es un principio que no acabo de entender.
Capítulo 6 Yoli ha parido a un niño de cuatro kilos grande y rollizo. Ha estado gritando como un animal durante el parto; ni la anestesia epidural la ha calmado. Cuando el aparato que medía la dilatación ha lanzado unos pitidos de alarma, he imaginado 53
cómo rajaba su barriga y le arrancaba el crío de las entrañas. Entonces las enfermeras se la han llevado al paritorio. —¡Hijoj put-tas, deja-adme! —¡Me duele, me duele! ¡Nic-co, vamos a casa! Cuando al fin nació el pequeño Axel, intentaron dejárselo en el pecho a la madre, pero gritaba aterrorizada en cuanto lo veía.
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—Es un crimen, esa chica no debería haberse quedado embarazada. El médico le habla en voz baja a la comadrona que lo asiste durante la sutura de los desgarros del parto; pero tengo un oído dolorosamente fino. Me he limitado a acariciar el cabello empapado de sudor de Yoli que respiraba cansada. Sus ojos estaban aún encharcados de lágrimas. No ha sido fácil conseguir que Yoli accediera a coger al pequeño Axel. Ha sido su madre la que, con 55
paciencia, la ha convencido mientras le hablaba con ternura y le contaba cuentos de niños y madres. A las doce horas de haberlo parido, ha aceptado tomarlo en brazos. El asunto del pecho ha sido mucho más complicado. La tercera vez que lo ha intentado, ha querido tirarlo contra el suelo porque sus pezones agrietados estaban sangrando. La tuve que calmar mientras le extendía crema cicatrizante en la sensible piel. Y yo he eyaculado haciéndolo.
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Mientras se le curan las grietas, me estoy preocupando de hacerle todos los biberones. Yoli accede a dárselos durante el día y por la noche la dejo dormir. Cada tres horas, cojo a mi Axel en brazos y lo alimento. Es un glotón. Mis suegros quieren hacerse cargo de su hija y del niño hasta que deje el pecho y comience a tomar papillas. Me he negado, y ellos me han amenazado con denunciarme si el pequeño cae enfermo o acaba desnutrido. 57
A mí nadie me amenaza, así que he decidido que no vivirán mucho tiempo. Ni tampoco el puto médico bocazas que le cosió el coño a Yoli. Recuerdo cada una de sus palabras; las del médico y las de mis suegros. Se mantienen clavadas en mi cerebro como el primer día. Cuando pienso en ellos, el dolor de cabeza es tan desesperante que me duele hasta mirar la llama de una vela. Puede que esté loco, pero mi memoria está intacta.
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Puede que no estĂŠ loco y simplemente me gusta lo que hago, porque no veo muertos ni oigo voces. Ni siquiera se me pone dura cuando imagino a mi suegro con un destornillador clavado hasta el mango en una de las fosas nasales.
CapĂtulo 7 Los pezones de Yoli han cicatrizado. Ha llegado el momento de educarla, de conseguir sacar su instinto maternal para que acepte alimentar a su hijo. Es muy 59
importante que los niños se alimenten con leche materna. Eso lo sabe hasta un tío que no ha tomado el pecho de su madre, como yo. Aunque tuve suerte, porque seguramente la leche de mi madre tendría un fuerte sabor a cerveza y anfetas. Al parecer, al caballo se enganchó dos años más tarde. Me lo contaron mis suegros; y a ellos unos amigos suyos que conocían la historia porque a su vez trataban a mis abuelos maternos. Sevilla resulta
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muy pequeña para ignorar según qué cosas. —Se te han curado. Ahora hay que darle el pecho a Axel —le hablo bajándole la camiseta del pijama tras observar sus enormes pechos llenos de leche. —No. —Si le das tu leche, te querrá mucho, mucho. Y jugaréis los dos juntos con el coche de bomberos del pato Donald.
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—No —la puñetera no me mira a la cara, pero se ríe sin poder evitarlo. Es preciosa. —Venga Yoli... Tiene hambre. ¿No oyes cómo se está despertando? Axel se remueve inquieto en su cuna. Se está despertando y tiene un desmesurado apetito. —¡Que no! —He comprado Construye tu Barco Pirata, para que montes un barco con cañones y todo. En su bodega puedes guardar tus 62
chocolatinas, ¡y es enooooorme! Si le das de mamar a Axel, te lo doy para que juegues cuando acabes. Y la semana que viene te compro el Construye tu Garaje. Entonces me agacho, meto la mano bajo nuestra cama y saco una caja de piezas de construcción. Le encanta construir cosas; y cuando lo hace se olvida de que es idiota. —¡Que no! —Si no duele; ¡ya verás...!
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Le levanto el pijama de nuevo descubriendo sus pechos y me arrodillo frente a ella. Cogiéndole el pecho izquierdo, me acerco al pezón y comienzo a mamar con cuidado, tirando y empujando al tiempo que presiono con los labios con mucha suavidad. Enseguida se me llena la boca de leche. Es tibia y me inunda el paladar de un sabor cremoso y un poco ácido. Me gusta y ella se ríe y se relaja. Eso me ha dado una idea. —Cuando le des de mamar a Axel, yo te haré feliz. 64
Se le iluminan los ojos, y luego agacha la cabeza para mirar al suelo. Sonríe con timidez agitando los hombros. Más que risa, de nuevo parece un arranque de tos. Todo eso es un sí. —Pues vamos a prepararlo. En pie, preciosa. Se incorpora desde el borde de la cama y le bajo el pantalón del pijama y las braguitas de Piolindo. Me acaricia el cabello mientras estoy agachado frente a su coño, y le doy
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un beso en los ensortijados pelos de su monte de Venus. Cuando no la miro a la cara, no me parece subnormal. Cojo al niño, ella se sienta en el borde de la cama de nuevo, y se lo acomodo entre sus brazos. Luego le acerco el pecho a Axel, a quien ella todavía mira con curiosidad y expectación. La persiana bajada ha llenado de pequeños círculos de sol las paredes. Creo que también mi cerebro se está inundando de ellos y me provocan 66
breves estallidos rojos, como fuegos artificiales, que me duelen. Las sienes me pulsan dolorosamente. Cuando el bebé siente el roce del pezón en la boca, se engancha a él con voracidad. Ahora respira ruidosamente y traga con glotonería. —No se te ocurra tirarlo, ¿eh? —¡Nooooo...! Hag-me fe-elig, venga. Enciendo la lámpara de la mesita de noche, me siento ante ella metiendo las piernas bajo la cama y 67
separo los carnosos labios de su vulva con cuidado. Lamo cada rincón de su coño que está seco. Me esmero por empaparlo con mi baba y al poco tiempo ya produce su propio jugo. Eso me excita más. La penetro con un dedo, con cuidado. Se le estremecen los muslos; y sus rodillas tiemblan por el esfuerzo de mantener separadas las piernas. Al sonido líquido de las succiones de Axel, se suman los gemidos de Yoli. No sé en qué momento he comenzado a suspirar con la cara 68
entre sus piernas; ni tampoco recuerdo cuándo cogí mi pene endurecido hasta el dolor para masturbarme. Empujo el clítoris con la punta de la lengua, ya sin cuidado, y sus gemidos se convierten en grititos roncos. Axel empieza a protestar; entonces Yoli se lo cambia de brazo para darle el otro pecho. Lo ha hecho con tal naturalidad que me ha parecido que ya no es una imbécil; que a costa de chuparle el coño se le ha curado el cerebro. Pero cuando sorbo de nuevo 69
sus labios mayores, gime de nuevo con sus ronquidos idiotas. Baja una mano a su sexo para ayudarme a mantener el clĂtoris desflorado y que la lengua lo acaricie con plenitud. Ella siempre es la primera que se corre. Se ha mantenido rĂgida para no molestar a Axel con los espasmos que, a duras penas contenidos, iban recorriĂŠndola. La he seguido por el mismo camino y he eyaculado. He sentido un semen espeso, retenido por largo tiempo. Con el asunto de la 70
paternidad, llevaba más de tres semanas sin masturbarme. Si no hubiera tenido a Axel ocupado en sus pechos, la hubiera obligado a que me limpiara la leche del pijo y los cojones con la lengua. Yoli me ha sonreído —¿Te hace daño? —Nnno, ya-ya no. Mientras Axel se alimenta, jadeamos aún con los ecos del placer transformándose en serenidad. Poco a poco, los sonidos de la respiración 71
forzada por la succión de nuestro hijo, se han ido elevando por encima de la nuestra, que se iba sosegando por momentos. Cuando Axel, ya satisfecho, ha empezado a dormirse con el pezón en la boca, yo he sentido mi semen frío en los cojones.
Capítulo 8 —Nico, perdona lo que dijimos en la última discusión. Estábamos muy nerviosos porque no creíamos que 72
Yoli fuera capaz de alimentarlo. Os queremos mucho, y queremos lo mejor para el pequeño. Pasamos muchos nervios. No nos lo tengas en cuenta. Ya sabes cómo es ella. Eso me ha dicho, Ana, mi suegra, con el pequeño Axel entre sus brazos. Ha ganado mucho peso durante el último mes y las revisiones médicas son satisfactorias. Los padres de Yoli se han presentado en casa sin previo aviso. Yo no hablaba con ellos desde la última conversación en la que amenazaron con robarme a mi hijo. 73
—Parece que tiene hambre... ¿Le toca ya comer? Axel busca el pecho entre los brazos de Ana. Abre la boca y gira la cabeza hacia él. — No. Le quedan más de dos horas para la próxima toma, pero es un glotón. Yoli está montando el barco pirata, sentada en el centro del salón, a los pies de sus padres. —Se la ve contenta —dice mi suegro, que habla tragando saliva. 74
Si ya no le resulta fácil ver a su hija en el suelo jugando con un barco pirata, mucho menos imaginarla como madre. La verdad es que no me gustan mis suegros; porque arrastran una profunda tristeza allá por donde van. Me transmiten su desconsuelo y pesimismo y hacen el aire se ponga denso y pegajoso. Pero les entiendo. —¿No podemos quedarnos a ver cómo le da el pecho? Me haría tanta ilusión... Es casi una súplica que me hace Ana; a pesar de que ya le he 75
advertido antes que Yoli no quiere que la miren mientras amamanta a su hijo. Y yo, adelantándome al hecho de que su madre la convenciera, la he amenazado con no volver a follarla jamás, —Si le das el pecho a Axel delante de tus padres, no te haré feliz nunca más, —le dije al oído cuando íbamos camino de la cocina para coger unos refrescos. —¡Noooo, noooo, nooooo! ¡Ve-tte, ve-tte, ve-tte! — le grita Yoli a su
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madre, lanzándole piezas del juguete de construcción. Ana se tapa la cara con las manos para llorar y protegerse. —¡Yoli! Eso no se le hace a la mama. Paco se agacha y le habla con cariño, con infinita paciencia. Ana traga saliva, haciendo un gran esfuerzo por hablar con la voz clara. —Debemos irnos ya, Nico. ¿Cuándo vendréis a casa a comer?
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—La semana que viene, Ana; te lo prometo. Se despiden del pequeño Axel, dándole besitos en la cara y en las manos. A Yoli la besan también, pero ella ni siquiera los mira. Está encajando el mástil de plástico en la cubierta, con la lengua entre los labios. El sonido del motor diesel de mis suegros se aleja por la senda para tractores que llega hasta nuestra casa, entre naranjos que nadie cuida. —Hagme fel-lig, Nico. 78
Yoli se ha bajado el pantalón del pijama y me muestra su sexo con rubor en la cara. Me arrodillo ante ella mientras separa sus piernas, le abro la vulva y le arremango la camiseta por encima del ombligo para que pueda ver cómo le meto la lengua en su raja. Está empapada y huele a orina. Gimiendo de placer por lo que le hace mi lengua ahí abajo, mece entre los brazos a Axel, que duerme profunda y plácidamente.
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—Que no se te caiga cuando seas feliz, ¿eh, Yoli? Y ella lo abraza con más fuerza por toda respuesta. Amo a mi hijo y amo a esta imbécil. Y lo que es peor, ella me ama con locura, a pesar de reconocer que algo en mi cabeza huele también a podrido.
Capítulo 9 Hay mucho trabajo por la actividad febril de la construcción, 80
sin embargo ninguno de los talleres y empresas de electricidad y fontanerĂa de los alrededores del pueblo quiere contratarme. Todos los que me conocen me consideran una buena persona, pero por estar casado con una deficiente y madre, imaginaban que mis problemas me harĂan faltar con frecuencia a mi puesto de trabajo. A veces consigo breves contratos de basurero; o en parques y jardines en el centro de Sevilla. TambiĂŠn cobro una ayuda familiar, que apenas nos 81
da para comer y comprar los pañales de Axel. He decidido no matar a mis suegros de momento. Tienen que cuidar de Yoli y el niño durante mi jornada y ayudarnos económicamente. Vivimos a quince kilómetros de Sevilla y empleo mucho tiempo en el transporte. Axel ya no toma el pecho, pero Yoli me chantajea con no hacer caso de nuestro hijo, ni darle la papilla si no la hago feliz cada día. Estoy
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cansado y siento que todo se me va de las manos... Soy un fracaso de padre, un fracaso de marido, y un hijo de puta con ganas de hacer pagar al mundo entero la marranada que me ha tocado vivir. Si hubiera algo de justicia en el mundo, deberĂan agradecerme que me haya casado con la subnormal; en cambio soy continuamente sancionado. Con el paso del tiempo, veo que me voy olvidando de mi oficio de electricista y me parece mĂĄs lejano el momento 83
en el que pueda realizar una labor digna para lo cual estudié en el orfanato. Tomo más de ocho analgésicos diarios y el dolor de cabeza no desaparece. En los Jardines de María Cristina, un día que recortaba setos cerrando la podadera como si cortara dedos y cuellos, sentí deseos de sacarle los pulmones por la garganta a Manolillo, mi compañero, que iba tras de mí recogiendo ramas y hojas caídas. 84
Hay una ola de atracos en casas de las urbanizaciones que están alejadas de núcleos urbanos. Los ladrones entran cuando la gente duerme, y los amenazan y torturan hasta que les dicen dónde guardan los objetos de valor y los números secretos de sus tarjetas de crédito. Son del este de Europa: rumanos, albanos, serbios… Excombatientes y soldados sin trabajo, con pocos escrúpulos. No puedo seguir viviendo con ese dolor de cabeza. Y no puedo 85
aguantar que cualquiera que venga de fuera tenga más oportunidades de ganar dinero que yo. Temo que la imbecilidad de Yoli se me haya pegado. Le he comido ya tantas veces su coño, que igual me ha contagiado ese virus que la dejó tonta. Ella me besa mucho y hunde su lengua torpe en mi boca, al tiempo que me dice: —Gu-gua-ppo, mi Nic-co. En estos momentos me siente de plastilina y deja que sus manos me
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moldeen, que su amor le haga ver que soy hermoso y bueno.
Capítulo 10 Durante mi estancia en el orfanato, aprendí a robar coches. Gracias a los fundamentos de la electricidad, entendí con rapidez la forma de hacer empalmes y pontear los contactos necesarios para cerrar un circuito eléctrico, o poner un motor en marcha. Los motores de arranque van con cable, y una vez que Saturnino, un compañero de 87
habitación en el orfanato, me enseñó durante una de nuestras salidas de fin de semana a abrir las puertas con ganzúas o con fleje de acero, hacer un empalme eléctrico me pareció coser y cantar. He robado cuatro coches en una semana para practicar. Los dejo abandonados en pueblos alejados de la capital. El mejor modelo y que más abunda es el Scenic; el mismo que utilizaré. Es agosto, Sevilla y sus pueblos parecen vaciarse de gente; como si el 88
calor los empujara igual que a las bandadas de pájaros, a otras tierras menos ardientes. Algunos se quedan o vienen a pasar sus vacaciones a sus lugares de nacimiento. Ocupan casas y pisos que parecían abandonados y, durante un mes, se asfixian de calor en esta provincia sin quejarse; e incluso sonríen. A mí el pescaíto frito me sale ya por las orejas, pero ellos devoran kilos y kilos. Trabajo media jornada, de seis a diez de la mañana regando plantas y mojando el asfalto de las sucias calles 89
de polvo de granito y cemento, de Sevilla. La ciudad está abierta por todas partes. Desde el cielo debe parecer un cadáver en la mesa de un forense. La instalación de los raíles del tranvía, el metro y las eternas reconstrucciones de fachadas, me provocan nervios e intranquilidad. Estoy deseando acabar mi jornada para salir de esta ciudad. Yoli y sus padres no conocen mi nuevo horario. Es importante que crean que trabajo hasta bien entrada la tarde para disponer de tiempo para mis planes.
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A las diez, y tras haberme cambiado de ropa en la caseta de los Jardines Murillo, me subo a un autobús interurbano y recorro los pueblos más cercanos a la capital. Me apeo en el que calculo está a una hora de mi casa y paseo por sus calles con una gorra en la cabeza que jamás llevo normalmente, unas gafas de sol de vidrios de espejo y ropa demasiado ancha que me da un aspecto más joven. Prácticamente puedo pasar por el hijo de un emigrante que está pasando el mes de vacaciones en su
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pueblo; uno mĂĄs como tantos otros que lo hacen. Camino hacia las viviendas que se encuentran al borde de los campos, donde es preciso andar un largo camino estrecho y polvoriento para llegar; o hacia los nĂşcleos de casas salpicados entre las lomas. Me suelo quedar sentado entre los ĂĄrboles, esperando el momento en que un coche, con tres o cuatro individuos extranjeros dentro, se detenga frente a alguna casa, y se fumen un cigarro mientras hablan en su idioma raro. 92
O eso es lo que espero ver; y así imagino a esas bandas de ladrones. Y así son.
Capítulo 11 Me encuentro en Lucena, un pueblo al sur de Sevilla, a unos cincuenta kilómetros en dirección a Cádiz. Los altos edificios de pisos baratos parecen aplastar a las pequeñas casitas blancas con su sombra, y la ermita del pueblo, pintada de color
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salmón y ocre, le da un engañoso valor al pueblo. Al bajar del autocar, le he echado un vistazo al paisaje; y como en todos los pueblos una vez rebasado el centro urbano, empiezan a sucederse cada vez con más distancia entre sí, las casas y chalets a lo largo y ancho del término municipal. He seguido la indicación de un letrero que dice Residencial Híspalis. Híspalis se llama a cualquier cosa en esta tierra. La residencial está formada por diez o doce chalets; la 94
mitad en una calle y la otra mitad en la calle de más arriba. Una pequeña carretera llega hasta la urbanización para convertirse en una “y”. Las dos ramas son las dos únicas calles que acaban en un descampado en el que hay instaladas unas porterías de fútbol y unos bancos que nadie se acuerda de pintar. En las aceras hay aparcados coches de lujo con total despreocupación. A mí también me daría pereza, cuando hay casi cuarenta grados de temperatura, hacer maniobras con el coche para meterlo en el garaje. 95
Estoy sentado frente a la bifurcación, entre la sombra de unos álamos grandes y añejos. Desde aquí puedo observar todo aquel que circule. No hay más forma de entrar en esta urbanización, que pasando por este sito. Es la primera semana de agosto y tengo la esperanza de poder identificar a los atracadores de casas en cualquier momento. Un Rover negro se ha detenido en la bifurcación, con dos hombres y una mujer que discuten dentro señalando varias casas. Anoto la matrícula y la 96
hora. Son las 13:30, no hay nadie en la calle, ni en los jardines interiores de las casas. Hace demasiado calor. Las ventanas y puertas están cerradas, imagino que para evitar que se escape el aire frío de los aparatos de aire acondicionado. He sacado de dentro de mi holgada camisa unos pequeños prismáticos. El Rover toma la calle de la derecha y se detiene frente a las tapias y vallas de las casas. La mujer se apea del coche y atisba por las rejas de las cancelas; anota cosas en 97
una libreta y sube de nuevo al coche. Cuando llega al final de la calle, el coche sigue circulando hacia el descampado para cambiar el sentido y regresar por la calle de abajo. All铆 realiza las mismas tareas de observaci贸n. En media hora escasa, vuelven a pasar frente a m铆 en direcci贸n al pueblo. He llegado a la parada del autocar empapado de sudor. Ahora debo esperar bajo la marquesina, casi
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cuarenta y cinco minutos, a que llegue el próximo autocar de línea. Cuando entro por fin en casa, Yoli tiene en brazos a Axel y le hace reír haciéndole cosquillas en el mentón. Los beso y le pregunto a Yoli qué ha hecho durante todo el día. —Hem-os monta-tado, el Ga-gaje y Axel m-me daba las piezas. Tenemos ha-mbre, Nico. El niño tiene ya siete meses; y me mira, me reconoce y sonríe. Me gusta
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cuando mueve los bracitos pidiendo que lo coja. Me cambio de ropa y preparo judías tiernas y unas chuletas de cerdo para comer; y para el pequeño caliento al baño maría un tarro de papilla de pollo y pescado. Los platos sucios del desayuno están en el fregadero. Me alegro de que Yoli no se haya olvidado de comerse lo que les he preparado antes de irme. Axel toma el potito a temperatura ambiente porque no me atrevo a enseñarle a Yoli a usar el 100
microondas. Podría darle una cucharada de papilla hirviendo. Es muy despistada. Le explico a Yoli que a partir de mañana trabajaré en el turno de noche. Lo entiende tras más de una hora mintiéndole; haciéndole creer que me dedicaré a recoger la basura, pero que yo seré el chófer del camión. Ha aplaudido contenta e ilusionada. —No les digas a los papas que trabajaré de noche, o te querrán llevar a casa con ellos. 101
—No, yo me quedo en mi cas-sa, con Ax-el. No quiero ir con los papas. Mis suegros se preocuparían mucho si supieran que su hija se queda sola con su nieto durante la noche. Axel se ha dormido en la trona. Yoli me mira con los ojos entornados, astuta, y se mete bajo la mesa a cuatro patas. —Te voy a haceg fel-lig —le digo imitándola. No reímos.
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Separo las piernas para dejar que meta la mano en mis genitales. Su lengua está fresca y mi pene es una vara ardiendo. Me pesan los huevos; los ha sacado junto con el pene por el camal del pantalón corto del pijama. Sus manos nerviosas y torpes lo maneja todo de forma convulsa y desordenada. Me he corrido en muy pocos minutos. —¿Quién le va a dar el postre a mi Yoli preciosa? —pronuncio como un payaso en el circo.
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—¡Mi Nic-co!, —grita aún bajo la mesa. Antes de que se haya apagado la colilla que he dejado en el plato, la imbécil ya estaba chillando de placer clavándose las uñas en las tetas.
Capítulo 12 Gracias a mi cotidiano trabajo en las calles, conozco a muchos de los policías locales de Sevilla. Con algunos tengo verdadera confianza; tanta como para pedirles un favor. 104
—¿Puedes averiguar de quién es esta matrícula? He visto varias veces este coche aparcado cerca del camino de mi casa. Seguramente será de alguna pareja que se da el lote, pero como mi mujer está sola en casa con el pequeño, me pone nervioso cada vez que lo veo. Más que nada por si fuera robado, podría ser mala gente; tú sabes lo que está pasando en las casas y chalés. Le he dado un trozo de papel con la matrícula del Rover apuntada a lápiz. Es Ignacio, un hombre joven 105
como yo, de unos treinta años. Unas veces me invita él a tomar una cerveza y otras yo. Le encanta la jardinería y de vez en cuando le doy tierra, esquejes y alguna herramienta vieja que no usamos. -Eso está hecho, Nico. Media hora más tarde, estoy regando la acera de la Maestranza cuando veo venir a Ignacio hacia mí con una sonrisa cordial. —El coche es un Rover, matriculado en Cortijo de Alora, a unos 70 km. de aquí. Pertenece a un 106
albano. No es robado y el dueño no tiene una sola denuncia. Es un tío legal, de lo contrario, no tendría el permiso de residencia. —Muchas gracias Ignacio. Ahora estoy más tranquilo —le digo cogiendo la nota con la dirección de entre sus dedos, junto con mi trozo de papel.— ¿Hace un quinto? —No, que tengo al cabo dando vueltas por aquí. Hasta mañana. Son las cinco y media de la tarde y he robado un Scenic en la zona de
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aparcamiento de la estación de tren de Santa Justa. A las siete llego a Cortijo de Alora y aparco el coche cerca del domicilio que indica la nota de Ignacio. El pueblo es pequeño y está muy urbanizado. Estoy frente a un conjunto de ocho bloques idénticos con patios interiores, en los cuales hasta hace poco aún se oían voces y risas. A las doce de la noche tres hombres salen del portal del edificio de cinco pisos de altura. Suben al Rover y los 108
sigo con las luces apagadas. Es martes, y me he cruzado con s贸lo un par de coches. El Rover entra en Lucena y vuelve a realizar el mismo trayecto que la primera vez que lo vi hace cuatro d铆as, en el camino de la residencial. Circula lentamente con las luces apagadas hasta detenerse frente a una de las casas. He ocultado el coche entre los 谩rboles de la bifurcaci贸n y me he salido del interior para observarlos mejor con los
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prismáticos. Si vieran el Scenic al salir, yo no estaría dentro. A las dos de la madrugada ya no se ve ninguna ventana iluminada; entonces el automóvil se pone en movimiento y dejan la urbanización. Los sigo de nuevo hasta asegurarme que no van a otro lugar que observar, y cuando quedan un par de kilómetros para llegar a Cortijo de Alora, doy media vuelta y me dirijo de nuevo a mi pueblo Llego a casa a las tres y media de la madrugada. Yoli y mi hijo duermen. 110
Ella está desnuda de cintura para abajo y duerme con las piernas separadas. Su vulva se muestra plena y me masturbo a su lado. Me duermo pensando en las herramientas que necesitaré mañana. Estoy seguro de que los albanos no van a esperar el fin de semana para robar. He escondido el Scenic entre la plantación de naranjos que nos rodea; invisible desde el camino y la carretera. Me duele la cabeza, a pesar de haberme masturbado. Es extraño, 111
porque siempre que me corro deja de dolerme la cabeza durante un tiempo. Las paredes de la habitación tienen un color rojizo, de humedad sangrienta que aflora del interior. Me duermo y sueño que le corto la cabeza a Axel en la cuna. Yoli me hace una felación, mientras los ojos de la cabeza de nuestro hijo miran desde el suelo lo que hacemos; inteligentes, horrorizados y avergonzados. -Te queg-go papá, te queg-go. ¡Pupa, papa, Pupa...! —tartamudea la boca de la pequeña y amada 112
cabeza de Axel cuando grito de placer. Me he despertado a las cuatro y media para vomitar. No he podido dormir, y a las siete de la madrugada ya estoy en la caseta de los Jardines Murillo cambiĂĄndome de ropa para empezar la jornada.
CapĂtulo 13 Al terminar mi jornada, he vuelto a casa pronto. Yoli y Axel se acercan caminando conmigo hasta el pueblo. 113
Vamos hacia el bar La Reina, que está frente a la casa de mis suegros; una construcción reciente de dos plantas y jardín. Antes de entrar, llamamos a su puerta para que nos acompañen. Paco se viene con nosotros pero Ana está comprando en ese momento. Yoli y mi suegro han pedido unas raciones de gambas y de calamares, y yo un bocadillo de lomo con queso. Mi suegro, con la pura cortesía de siempre, se interesa por el trabajo y por nuestra situación económica; 114
mientras Axel durante todo la comida se divierte sobre sus rodillas. —Debéis compraros un coche — comenta Paco ya fuera en la calle mientras nos despedimos. Nunca le ha gustado que caminemos el kilómetro y medio que separa nuestra casa del centro del pueblo, por el arcén de la carretera. Es una vía local estrecha y los vehículos suelen circular, con total impunidad, demasiado rápido; aunque yo haría lo mismo.
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Llegamos a casa y Yoli está radiante. La angustia que he sentido todo el día por la pesadilla de la madrugada se ha disipado. La beso intensamente y ella me devuelve el beso con su mano acariciando mi mejilla. —Te quiero, Nico. Se me erizan los pelos de la nuca al oír hablar a Yoli, la inteligente. Axel, sentado en el suelo, desmonta feliz el barco pirata.
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A las nueve y media salgo de casa. Yoli mira la televisión ensimismada y apenas aparta la mirada de la pantalla cuando la beso. —Me voy a trabajar. Hasta mañana, Yoli. Axel patalea en el cuco haciendo pedorretas y mirando con intensidad a su madre, que se halla perdida entre sus pensamientos idiotas y las imágenes del televisor. Me adentro en la plantación de naranjos y conduzco el coche al camino lentamente. 117
CapĂtulo 14 A la una de la madrugada aparece el Rover rodando despacio y con las luces apagadas. Creo que le han sacado el fusible, pues en ningĂşn momento se han encendido. Aparcan frente a una puerta forjada de barrotes verdes, que pertenece a la finca de una casa de dos pisos, de modernas paredes encaladas, con relieves florales sobre las puertas y ventanas. Tiene tres tejados a distintas alturas, y en cada 118
uno de ellos hay una claraboya con marco de aluminio blanco. Durante diez minutos eternos no se mueven del coche. Cuando por fin lo hacen, s贸lo puedo distinguir cuatro siluetas negras que saltan el muro con rapidez y decisi贸n. Una vez desaparecen dentro de la finca, me pongo en marcha. Escondo el coche entre los 谩rboles de la bifurcaci贸n y me acerco caminando hacia el sitio que ahora, sin duda, abordan los del Rover.
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Me detengo justo al lado de la casa de enfrente. No se oyen grillos; supongo que hace demasiado calor. Noto cĂłmo sube el fuego que se despide de la tierra tras un dĂa de cuarenta grados, que no ha bajado de veintisiete. Desde la puerta de la valla del jardĂn hasta la casa hay unos cincuenta metros. Una piscina iluminada desde el fondo, define los juguetes infantiles que flotan en la superficie. La fachada de la casa es de obra vista, y las grandes ventanas de 120
madera barnizada. En el piso superior no hay luz. Todos los estores estĂĄn bajados, salvo el de la puerta corredera frente a la piscina. A la derecha de la puerta corredera hay una ventana que deja pasar una luz mortecina cambiante y multicolor, lo que me permite ver una silueta que se pone en pie frente a un televisor, a juzgar por el continuo parpadeo de luz. Se apaga el televisor y corro a meterme bajo el porche, sabiendo que en ese instante nadie mira hacia el jardĂn. 121
Yoli debe estar ahora masturbándose y luego se quedará dormida. En la mochila llevo una podadera grande, un cuchillo curvo y uno recto. Unos cincuenta metros de cuerda de nailon blanca, bridas rápidas ajustables, cinta adhesiva ancha, guantes de látex y una caja de condones. Podría sentir la necesidad de violar a la mujer que seguro que habita en la casa, y no quisiera coger una mierda y contagiársela a Yoli.
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Además, me pueden identificar por el semen.
Capítulo 15 A la una y veinte de la madrugada, la familia Belmonte duerme al completo. El aire acondicionado mantiene una temperatura de veintidós grados. Tras el calor del día, los cuerpos demasiado cansados se relajan, y estar sentado es un tormento por las continuas cabezadas que provoca el sueño.
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Medio dormido y sin prestar atención al exterior, Gimeno apaga las luces de la piscina bostezando. No ha visto la sombra que corre agazapada por el césped. Ni siquiera se asegura de que las puertas correderas estén bien cerradas con el pestillo. Sube con pereza la rústica escalera de losetas de barro cocido, cogiéndose a la barandilla de nudosa e irregular madera. Cuando entra en la habitación, se deja caer en la cama sin quitarse el bañador. Bostezando de nuevo se 124
cubre el cuerpo con la sábana. Su mujer se mueve inquieta cuando el colchón se hunde. Sus ojos se cierran escuchando la fuerte respiración de sus dos hijos en la habitación contigua. De repente se acuerda de que no ha conectado la alarma de intrusión; pero ya no hay nada que lo haga levantarse de la cama.
Capítulo 16
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Nico abre la puerta corredera del salón, con las manos enfundadas en unos guantes de látex. No conoce la casa y de la familia sólo intuye que está formada por un matrimonio con dos hijos, por los dos flotadores infantiles que ha visto flotando en la piscina. A través de la vidriera abierta del salón identifica la puerta principal, el recibidor y la escalera que conduce al piso de arriba. A su izquierda, otra puerta abierta deja ver la cocina.
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Con rapidez y sigilo sube al piso superior. En la primera habitaciĂłn duerme el matrimonio, y en la contigua dos niĂąos de entre ocho y diez aĂąos, en camas separadas por una mesita de noche. La luz de las farolas de la calle rompe la oscuridad de la casa al traspasar la tela clara de los estores. Entre las fuertes respiraciones y ronquidos, se encuentra enquistado el rumor intermitente del aire acondicionado. Baja de nuevo a la planta principal y entra en la cocina. El termostato de 127
la nevera se conecta provocรกndole un sobresalto. La abre y saca una botella de vino. Se descuelga la mochila de la espalda y la apoya sobre una de las sillas de metal que rodean la amplia mesa de vidrio y acero. Coge de su interior un cuchillo recto y se lo coloca en la zona lumbar, por dentro de la cintura del pantalรณn. Del bolsillo saca las llaves de su casa y golpea con ellas la botella, provocando un tintineo discreto que seguramente alguien oirรก; pues quien ha apagado el televisor, tal vez no
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haya tenido tiempo de dormirse profundamente. Apenas hace cinco minutos que Gimeno ha empezado a dormirse, cuando un ruidito extraño proveniente del salón o la cocina lo espabila. Se incorpora y aguza el oído, pero no lo vuelve a escuchar. Se deja caer de nuevo con un fuerte y prolongado suspiro. —Clin, clin... De mala gana Gimeno se levanta de la cama y descalzo baja la escalera. Seguramente, imagina, se 129
trata del tintineo de las botellas de la nevera al moverse por el arranque del compresor. Ya que está levantado, piensa en conectar la alarma. Nico, que se ha situado tras la puerta abierta de la cocina, oye sus pasos acercándose a ella. Asoma la cabeza y ve cómo Gimeno, sin entrar completamente, teclea en el panel de la alarma. Alarga un brazo con rapidez y tapa con la mano su boca atrayéndolo hacia sí y presionando con el cuchillo en la espalda, a la altura del pulmón derecho. 130
—Ni una palabra —le dice en un susurro. Gimeno lanza la cabeza hacia atrás con violencia y siente cómo le rompe la nariz al ladrón. Mil estrellas aparecen en el campo de visión de Nico y el dolor le sube hasta los ojos como un relámpago. Entonces le clava con fuerza el cuchillo que penetra sin dificultad hasta el mango, hundiéndose entre dos costillas. Gimeno exhala el aire como si hubiese recibido un puñetazo en el estómago. Un dolor intenso le 131
arrebata las fuerzas para luchar y todo su afán es llenar de aire sus pulmones; lo que le lleva directamente a otro dolor, mientras siente cómo un líquido cálido le baja por detrás, espalda abajo empapándole el culo. De repente, la mano que le atenaza la boca afloja su presión por un momento, e intenta aspirar una bocanada de aire, pero le duele demasiado. Un arranque de tos lanza gotas rojas contra el teclado del panel de la alarma. Apenas le da tiempo a abrir la boca de nuevo,
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cuando le encajan en ella una bola de papel de aluminio. Cuando Nico le saca el cuchillo a Gimeno, a éste se le doblan las rodillas; lo que le obliga a sujetarlo con firmeza contra su pecho para evitar la caída estrepitosa contra el suelo. Gimeno se pliega sobre sus rodillas mugiendo, con las fosas nasales goteando agua enrojecida. Al poco, unas cintas adhesivas de plástico ciñen con demasiada fuerza sus muñecas y siente las manos tan hinchadas que apenas puede 133
cerrarlas. El ladrón también le precinta la boca y le da tres vueltas a la cabeza con ella. —Y ahora los pies, hijo puta. Si me das una patada, te corto los cojones aquí mismo y te los meto en el vientre rajándote, cabrón de mierda. Sin ningún cuidado, con otra brida en la mano, Nico se arrodilla en el suelo aprisionando las piernas de Gimeno y le fija los tobillos. Cogiéndolo por las muñecas, lo arrastra hasta detrás del gran sofá del salón, y así evita que lo vea alguien 134
de la familia que baje en ese momento desde el piso superior. No sabe si ha hecho demasiado ruido, as铆 que durante unos minutos se mantiene parapetado tras el sill贸n, observando la puerta. Vuelve a la cocina y abre el grifo del fregadero para lavarse la cara. Agua y sangre salpican las paredes de acero. Lo hace con mucho cuidado para no rozarse la nariz. Se la palpa con cuidado y se alarma al sentirla tan inflamada. De la mochila saca una caja de comprimidos de 135
ibuprofeno que siempre lleva para los dolores de cabeza; se mete tres en la boca y amorrándose en el grifo, se los traga. Es importante, piensa, conseguir que la inflamación baje cuanto antes. No debe llegar a casa con la cara tan tumefacta. Desde donde está le llega el sonido agónico de la respiración de Gimeno, intentando coger aire con todas sus fuerzas, pero se le escapa por el pinchazo en la espalda, formando pequeñas burbujas de sangre.
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Se cuelga la mochila a la espalda y sube al piso superior. Cuando pasa de nuevo frente a la habitación del matrimonio y la de los hijos, todos están profundamente dormidos. Sigue el pasillo y un poco más allá encuentra una habitación cerrada. Al abrir la puerta, ve una mesa de despacho con un ordenador y un sillón con ruedas pegado a la pared. A través de las ranuras de ventilación del monitor, se ve el fulgor de los circuitos.
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Enciende la linterna, y al mirar más detenidamente la estancia, observa que en la pared de la izquierda, junto a una estantería de libros, hay una pequeña caja fuerte con combinación, y que la llave está en la cerradura. Se acerca hasta ella, gira la llave y la puerta se abre. Dentro hay un buen fajo de billetes de cincuenta y cien euros, que se guarda en el pantalón; y un par de relojes Omega de hombre y mujer, junto con una pulsera y un encendedor de oro, que mete en un compartimento escondido de la 138
mochila. A continuaciรณn saca de ella dos bridas de plรกstico y el cuchillo corvo que se pone pegado al vientre, sujeto por la cintura del pantalรณn. El mรณvil vibra contra su cuerpo, pero no le hace caso. Sale del despacho y se dirige hacia el dormitorio en el que descansa la mujer. Antes de entrar en la habitaciรณn se apoya contra la pared del pasillo. La nariz le duele insoportablemente. Respira con cuidado y trata de no dilatar las fosas
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nasales. No se siente nada bien; el dolor lo distrae, le resta reflejos. De pronto se da cuenta de que ha olvidado preparar otra bola de papel de aluminio para la mujer y la cinta adhesiva para amordazarla, y tiene que volver a descolgarse la mochila para hacerlo. Piensa en no meterle la pelota en la boca por el riesgo de que ella le muerda; pero le parece demasiado riesgo. Las prisas y los descuidos marcan siempre la diferencia entre pagar o salir impune
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por un crimen. Con impaciencia se cuelga de nuevo la mochila. Lentamente avanza hacia la cama, con el rollo de cinta girando entre sus dedos. Salta encima de ella colocรกndose a horcajadas sobre su pecho y le mete la pelota en la boca con brutalidad. La mujer no puede, no saber reaccionar, y en pocos segundos se encuentra con las manos atadas encima del pecho. Con los ojos desmesuradamente abiertos, intenta escupir la pelota de aluminio, y con su fuerte pataleo casi hace que Nico 141
pierda el equilibrio. A él le parece que se le escapa a su control y con palabras brutales trata de disuadirla. —¿Tú quieres que te arranque los ojos ahora, en la cama? Si quieres eso, despierto a tus hijos para que no se lo pierdan. Una sola patada más y te traigo la cabeza del rubito ahora mismo. La mujer, que entiende en el acto la situación, deja de patalear; y el hombre, ya sin dificultad, le rodea la cabeza con cinta para asegurar la mordaza. La empuja fuera de la cama 142
hasta suelo, con cuidado de que no haga ruido, y después la arrastra hasta el pasillo. Un cambio en la tenue luz que deja pasar el estor de la ventana de la habitación, le lleva a acercarse y a levantarlo lo justo para mirar por debajo. Se ha encendido una luz en la casa de enfrente y unas siluetas se dibujan tras las cortinas. Sus colegas, los ladrones del Este, siguen en la otra casa; y parece que aún pasarán un buen rato en ella. Nico se apresura a salir de la habitación. Debe dejar 143
aquel sitio antes de que los otros acaben su trabajo. Va a la habitación de los niños y se acerca hasta la cama del más pequeño. Está desnudo bajo la sábana, estampada con dibujos de Bart Simpson. Le tapa la boca con la mano, y antes de que sus ojos se hayan abierto, le asesta una puñalada en el corazón. Apenas se le escapa un gemido apagado; y un largo mechón de pelo rubio le cubre los ojos, abiertos ahora de par en par. Nico mantiene la presión de su mano 144
en la boca hasta que siente cómo los músculos del niño se relajan. El otro niño, que ni se ha inmutado, duerme boca abajo sobre las sábanas, con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo y las palmas de las manos mirando hacia arriba; como si hubiera caído exhausto en la cama. Le presiona la cabeza contra la almohada, apoyando el talón de la mano con fuerza sobre la coronilla. Cuando intenta levantarla no puede y su espalda se tensa intentando liberarse. Nico clava el cuchillo en la 145
nuca, pero no llega a profundizar lo suficiente, y el inmenso dolor que siente el niño le provoca un espasmo de tal calibre que casi se le escapa. Durante el forcejeo se le ha aflojado el vientre y el tufo de sus heces invade el aire; sus piernas patalean haciendo ruido contra el colchón. La mujer, al sentir desde el pasillo el pataleo de su hijo, emite pequeños gritos guturales, y Nico teme que alguien pueda escucharla. De nuevo siente vibrar el teléfono en el bolsillo. 146
El pequeño no se muere y le clava otra vez el cuchillo en la nuca, inclinándolo más en la base del cráneo. Entra media hoja y el cuerpo se queda inmóvil; como si un interruptor lo hubiera desconectado de la vida. Nico percibe cómo sus pulmones van dejando escapar lentamente el aire que les queda, y cómo cesa el pataleo cuando por fin se relajan los músculos de las piernas; mientras una gran mancha oscura invade lentamente la almohada.
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Ya no tiene que preocuparse de que los niños se despierten y avisen a alguien con sus móviles de mierda. Le duele tanto la cabeza que se olvida de la nariz. Sentado en la cama, se traga dos analgésicos más. Al salir de la habitación se encuentra con la madre arrastrándose hacia la habitación de los niños. Con un rápido impulso le hunde la mano en su cabello negro y corto, la arrastra hacia las escaleras y la arroja por ellas con una patada en el costado. No hace apenas ruido; sólo el 148
crujido sordo de los huesos al golpearse. La cabeza de la mujer da dos fuertes porrazos contra los escalones al rodar por ellos y su cuerpo frena un poco antes de llegar al final. Cuando llega hasta ella, llora aterrada. La arrastra hasta el sillón tras el que está su marido. Desde la casa de enfrente, llega ruido a porcelana rota y Nico piensa que alguien está perdiendo demasiado los nervios. Sus colegas parecen bastante escandalosos y eso no es bueno. Supone que aún están 149
torturando a sus víctimas durante el interrogatorio sobre los objetos de valor y el dinero que pudieran tener guardado en la casa. Se saca los fajos de billetes del bolsillo y cuenta siete mil euros. —Tu marido morirá dentro de muy poco —le dice agachándose para mirarla directamente a los ojos.— Ahora piensa bien si vas a gritar cuando te quite la mordaza; porque si lo haces, le arrancaré las tripas a tu marido y a tus hijos les cortaré la cabeza. ¿Me has entendido? 150
La mujer asiente moviendo con vehemencia la cabeza. —¿Crees que digo la verdad? Ella asiente de nuevo, mientras no deja de mover los hinchados dedos de los pies y las manos. Parece no importarle la sangre que mana desde el cabello y se desliza espalda abajo. —No soy imbécil, nadie deja una caja fuerte abierta si no es un cebo para despistar. Debe haber otra. ¿Es cierto?
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Con el cuchillo corvo corta la cinta adhesiva que la amordaza haciéndole un rasguño en la mejilla izquierda. —En el garaje. —Te aseguro que te rajo el vientre y te arranco las tripas con la mano como me engañes —la amenaza cortando las bridas de pies y manos. La ayuda a incorporarse, y ella le conduce cojeando fuera del salón, hasta el hueco de la escalera. Allí está la puerta de acceso al garaje.
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El móvil vibra en su bolsillo, y parece que también en su cabeza, provocándole náuseas. —Abre la caja, donde quiera que esté. El garaje está mal iluminado por un par de luces de emergencia, y Nico apaga con rapidez la misma lámpara que enciende la mujer, como hace habitualmente al entrar. Bajo su atenta mirada, rodea el automóvil hasta situarse frente a una estantería con latas de conservas y artículos de limpieza. Retira una caja de botellas 153
de lejía y deja al descubierto la puerta de una pequeña caja fuerte. Entre sollozos, hace girar la rueda de la combinación y la abre. Cuando apenas intenta darse la vuelta, siente una dolorosa punzada en la zona de la nuca, cae desmadejada, y todo deja de existir para ella. La puñalada en la base de la nuca apenas sangra y sus manos han quedado crispadas arañando el suelo. En la balda superior de la caja hay un montón de documentación; en la inferior varios fajos de billetes nuevos 154
de cien euros. Doce fajos que abultan notablemente en la mochila. Nico vuelve al sal贸n, se arrodilla ante el cuerpo del hombre, que se encuentra boca abajo respirando irregularmente, y agarr谩ndolo del cabello levanta su cabeza y le corta el cuello, teniendo cuidado de evitar que el chorro de sangre a presi贸n manche m谩s su ropa. Sale de la casa por las puertas correderas que dan a la piscina. El coche de los atracadores permanece en el mismo lugar y no se escucha 155
ruido alguno. Los albanos llevan más de veinte minutos dentro, así que no pueden tardar ya mucho en irse. Cruza la calle en cuclillas con el cuchillo recto en la mano y lo clava en cada una de las ruedas hasta asegurarse de que se han desinflado. Sin perder más tiempo, corre calle abajo en dirección a su coche, con el móvil ya en la mano revisando las llamadas perdidas.
Capítulo 17
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Yoli me ha dejado varios mensajes de voz. Axel se encuentra mal, no deja de llorar y está muy caliente. —Hola Yoli. —Axel no me deja dog-mig, Nic-co. —Voy para allá enseguida. Coge en brazos a Axel y dile que lo quieres mucho. Cántale Yoli. Cuando enciendo el motor de mi coche, las siluetas de los albanos saltan la verja de la otra casa para meterse en el suyo. Con las luces apagadas y muy lentamente, 157
conduzco hacia el camino que me lleva de nuevo hacia el pueblo; y hasta que no alcanzo la intersección con la carretera local que lleva a Sevilla y a La Algaba, no las enciendo. Tengo que deshacerme ahora mismo de este coche. También debería haber atado a la mujer con la cuerda de nylon que llevo por estrenar aún, y después habérmela follado por el culo. Y descuartizarla; y cortar sus párpados con unas tijeras delante de su marido. No sé, me 158
apetecía hacerlo, pero los nervios me han traicionado. Las llamadas al móvil me han preocupado mucho; y no me esperaba el golpe en la nariz. A Yoli la amo, a Axel lo quiero por encima de todo; pero un padre de familia necesita momentos de soledad y esparcimiento. El coño de Yoli, sus gemidos imbéciles, aún me la ponen dura. Me gusta su transformación cuando goza. Admiro su total comprensión del placer. Ha nacido sólo para mí. Yoli sólo es inteligente cuando es follada, lamida y 159
masturbada por mí. Pero no puedo evitar desear a otras mujeres y hacerles lo que jamás podría hacerle a ella. Axel no es como su madre. Axel tiene unos ojos vivaces y despiertos; y por él desmembraría cientos de seres humanos. Somos una familia incómoda para los demás; con una madre imbécil, un padre de mirada extraña, hijo de drogadictos, casi en el paro, y con un hijo al que a duras penas podemos mantener. Una nube preñada de 160
mierda nos sigue descargando su tormenta allá donde vayamos. Hay momentos en los que desearía ser como Yoli y no darme cuenta de toda la basura que me rodea. Ser imbécil puede ser bueno, una forma de ser feliz. Me gustaría dejarme confundir por el amor. Por un amor inocente e idiota. He dejado pasar el tiempo sentado en el coche, entre los naranjos de una parcela vecina de mi pueblo donde no vive nadie. No quiero que Yoli tenga la sensación de que es muy pronto 161
para estar en casa, es estúpida, pero a veces pienso que no tanto. Me he masturbado. Cuando llego a al pueblo son las cuatro de la madrugada. Apago las luces del coche y conduzco por el camino de mi casa hasta volver a meterme en lo profundo del naranjal. Lo dejo en el mismo lugar que antes; donde si alguien no anda durante cinco minutos en la dirección adecuada, jamás lo podrá ver. Y todo el mundo está aburrido de ver naranjos. 162
En casa está encendida una luz. A pesar del ruido que hago al abrir y cerrar la puerta, Yoli no sale a recibirme. Está sentada en el suelo de la cocina; dormida frente a Axel, que también duerme en la sillita. —Despierta Yoli... —le zarandeo suavemente los hombros. —Nic-Nico, Axel es malo; no me ha dejado dormir. Me acerco a mi hijo y toco su frente para tantear su temperatura. Ahora no está caliente como me dijo Yoli.
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—¿Le has cambiado el pañal? —Sí. —Seguro que le está saliendo algún diente y le duele. —Pobre Axel... ¿Le duele cuando le salen los dientes? —Sí, porque los dientes empujan esta carne cuando van a salir, y le hace daño —le explico señalándole mi propia encía. —A todos nos han dolido todos los dientes.
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—¿Enton-tonces, Axel nooo es un ni-niño malo? —Claro que no. —La próxima vez que llore mucho, le pones cinco gotas de esto en el biberón. Saco un frasco de paracetamol infantil y le enseño a usar el cuentagotas dosificador. Yoli sonríe con picardía y apoya las manos encima de la mesa para separar las piernas y arremangarse el camisón por encima de la cintura. Sus 165
nalgas firmes y redondas, me la ponen dura. Cuando meto los dedos en su coño, está empapado y siento el deseo de hundir mi lengua en esa raja resbaladiza y blanda. Me arrodillo ante su culo, separo con las manos sus muslos hasta dejar desprotegida la vulva y hundo allí mi cara y mi lengua para excitarla más si es posible, a pesar de lo que me duele la nariz. Cuando noto que sus piernas comienzan a flaquear, la penetro con violencia. 166
Axel se ha despertado y da palmadas mirándonos con sus vivaces ojos. Follándome a su madre le hago muecas cómicas que lo hacen reír tanto, que se le escapan los mocos por la nariz. —Hazme feliz, Nico... —susurra con un gemido Yoli. Está crispando los dedos sobre la mesa y su vagina se contrae; y mi pene se siente presionado; y el roce es más intenso; y eso provoca que escupa mi leche rápidamente; y que 167
se me escape un suspiro prolongado con los cojones contraídos golpeando sus nalgas. He derramado tanto semen, que la polla se me sale resbalando varias veces de su coño; y tengo que penetrarla de nuevo, mientras aún se retuerce con los orgasmos que tensan su cuerpo entero. Me siento en el suelo, al lado de Axel, que está jugando con el teléfono de Yoli. Reviso las llamadas realizadas, hace apenas tres minutos que ha hecho una llamada a mis 168
suegros. Y en este mismo momento llaman ellos. —¿Qué ocurre, Nico? No me ha dado tiempo a coger el móvil. Es mi suegro con la voz somnolienta. —No pasa nada. Yoli le ha dejado el teléfono al niño para que se entretuviera, y no estaba bloqueado el teclado. Perdona la llamada, Paco. He tenido suerte de que fuera una hora de la madrugada tan avanzada, y que por eso mi suegro no haya 169
venido aquí por la llamada. Si lo hace y no me encuentra, me habría hecho demasiadas preguntas. Yoli se ha estirado en el suelo apoyando su cabeza en mis piernas extendidas, y yo reclino la cabeza contra el armario de la cocina, fumándome un cigarro Cojo la manita de Axel. —¿Cuánto te quiere papá? —le digo acercando mucho mi cara a la suya. Y se ríe aplaudiéndome en las mejillas.
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Me duermo pensando que mis suegros son una constante amenaza de intromisión en mi familia y en mi trabajo. Sueño que le corto el pene a Axel; y que a Yoli le aplasto su cara de imbécil de una patada, mientras duerme en el suelo. Luego le corto los pezones y me los meto en la boca, saboreándolos. Me despierto con un fuerte dolor de cabeza y beso a ambos. Empiezo a tener miedo de confundir la realidad con los sueños. Porque no quiero hacerles daño. A ellos no; pero si no 171
se lo hago a otros, la presión continuará creciendo y todo será dolor en mi cráneo.
Capítulo 18 Nico toma el café matinal, previo a la jornada de trabajo, en un bar de la ruidosa calle Pelayo, donde hasta las bicicletas hacen ruido. Sus malditos timbres persistentes son irritantes y se elevan por encima del rumor del tráfico.
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La televisión emite el noticiero matinal:
—En Lucena, a setenta kilómetros de Sevilla, dos casas han sido asaltadas durante esta noche en la pequeña urbanización Residencial Híspalis. En la primera casa han asesinado a todos los miembros de una familia, un matrimonio y sus dos hijos de 10 y 12 años. Los mismos atracadores, han asaltado también la casa vecina.
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Se trata de cuatro albanokosovares; entre ellos una mujer, esposa de uno de los tres hombres que forman la banda. Han sido capturados esta madrugada con parte del botín, cuando circulaban por la carretera S514, con los cuatro neumáticos pinchados. Debido a su lenta velocidad, llamaron rápidamente la atención de una patrulla de la guardia civil. En Lucena se ha decretado dos días de luto por la tragedia. 174
—Estos hijos de puta de albanos sólo vienen aquí para robar y matar —exclamó Benito, el dueño del bar. —Les deberían haber pegado un tiro en la cabeza a cada uno sin dejarlos bajar del coche —terció uno de los clientes. Nico deja unas monedas en la barra y se dirige a la caseta del Parque de María Luisa, para vestirse el uniforme y comenzar su jornada de trabajo.
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El golpe a Residencial Híspalis le ha salido redondo. Tiene suficiente dinero para afrontar el invierno, cuando el trabajo escasea aún más. Queda el asunto de deshacerse del Scenic. Sacarlo de su terreno y abandonarlo lejos. También están sus suegros como una amenaza constante a su intimidad. Ana llama hasta tres veces al día para hablar con su hija. No puede permitir que una noche lo haga y sepa que madre e hijo están solos. Ha llegado el fin para ambos. 176
Capítulo 19 —¿Paco...? Un compañero de trabajo vende su coche y me lo ha dejado para que lo pruebe. ¿Quieren venir? ¿Nos acercamos hasta “la aceitera”, a ver qué tal suena? A mí me parece que está bien, pero usted tiene más experiencia. Nico habla desde la cocina, observando el Scenic robado desde la ventana. Lo ha llevado hasta la entrada de la casa tras limpiarlo en el naranjal. Con pintura negra y un 177
poco de habilidad, ha transformado en ochos el tres y el seis de la matrĂcula; y ha enterrado las fundas de los asientos. El coche es de un trabajador de Renfe. Entre los documentos guardados en la guantera habĂa un pase identificativo para el aparcamiento de empleados. Yoli se ha sentado al volante y tiene al pequeĂąo Axel a su lado. Parecen hermanos jugando a conducir.
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—Estupendo, Nico, pásate con el coche por aquí y le echamos un vistazo. —Paso a recogerlos dentro de un cuarto de hora. Nico siente un nudo en el estómago. Es arriesgado circular con un coche robado. Si le ocurriera cualquier percance con otro conductor, se vería en un serio aprieto. Entra en el coche tras sentar a madre e hijo en los asientos posteriores, sujetándolos con los 179
cinturones de seguridad. Enseguida llega a la casa de sus suegros y hace sonar el claxon. En apenas un par de minutos aparecen en el porche. —Paco, déjeme que vaya al lavabo, que con los nervios de probarlo se me ha olvidado hasta mear —le pide Nico saliendo del coche, cuando ya está a punto de cerrar la puerta. En el jardín, camino de la casa, se cruza con Ana y se besan. —Cierra de golpe cuando salgas — dice Paco al cruzarse con él en el 180
jardín, sonriendo y saludando con el brazo en alto a su hija y a su nieto. Nico entorna la puerta y en lugar de ir al lavabo, abre el armario del contador de la luz y se mete en el bolsillo un juego de llaves; el que tantas veces le ha dejado Paco para que le eche un vistazo a la casa cuando se van de vacaciones. Entra en el lavabo, tira de la cadena y sale cerrando tras de sí la puerta. —¿Qué le parece el coche, Paco?
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—Está nuevo... ¿Cuánto te piden? —Diez mil euros —miente Nico con gran naturalidad. Paco y Ana lo animan a que se compre el coche y planeen juntos futuras salidas a lugares que no han visitado. Nico se siente a gusto con el bullicio que hay en el coche. Por un tiempo se olvida de que Yoli es imbécil y de que él es un asesino atormentado por su ansia de matar y poseer cuerpos; de trocearlos y abrirlos. De hundir su pene en carne 182
ensangrentada, de ser el portador de muerte y dolor. El director de una sucursal del infierno en esa calurosa tierra. Las risas del peque単o Axel lo relajan del todo, y se olvida de que conduce un coche robado. Tras regresar, acaban cenando todos unas tapas en el bar. Nico no puede dejar de sentir cierta pena por sus suegros; incluso por Yoli, que quiere mucho a sus padres. Nico paga la cuenta y sus suegros no prestan
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atención a los billetes de cien euros que asoman de su cartera.
Capítulo 20 Esa misma noche, Nico decide deshacerse del coche. —Yoli, si llora Axel, no llames a tus padres, llámame a mí; porque si llamas a tus padres, te dejaré con ellos cada noche que me vaya a trabajar. Es la peor amenaza que puede hacerle. Yoli ama su casa, la libertad 184
de estar sola. Quiere mucho a sus padres, pero ellos jamás la han hecho feliz como Nico sabe hacerlo. Y ahora es mamá; y las mamás cuidan de sus hijos. Ha desarrollado un poderoso amor por Axel, que va creciendo día a día, trascendiendo su idiotez. A Nico le recorre un escalofrío por el espinazo cuando algunas veces Yoli le canta a su hijo con un brillo inteligente en su mirada. Son las nueve y media de la noche cuando sale de casa. Antes besa a 185
Yoli y al pequeño, a quien ella sostiene ahora en brazos. Conduce durante cuarenta y cinco minutos a una buena velocidad. A unos 40 kilómetros, en dirección a Córdoba, detiene el coche en un mirador que tiene unos doscientos metros de altura y que está situado al margen de la carretera de Andalucía. Con todas las luces del coche apagadas, incluidas las de dentro, y tras ponerse unos guantes de látex, limpia todas las huellas tanto del interior como del exterior del mismo. 186
Encara el vehĂculo hacia una zona en el que el vallado de cables de acero estĂĄ roto y lo empuja por la pronunciada pendiente. El vehĂculo toma velocidad en los diez primeros metros, para volcar y caer dando tumbos. Se pierde luego en la oscuridad, antes de que cese el estruendo que hace la chapa al rodar y golpearse. Enciende un cigarro y mete los guantes en el bolsillo. Se cuelga a la espalda la mochila, que contiene otra muda de ropa, y emprende el camino 187
a casa. Tiene una caminata de más de ocho horas. No puede correr el riesgo de hacer autoestop y no hay autobuses de línea a esas horas por aquella carretera. Son las doce de la noche cuando se sobresalta y saca el teléfono móvil del bolsillo. Llama a Martín, su encargado en Parques y Jardines. —Buenas noches, Martín, soy Nicolás. Mañana no puedo ir a trabajar, tengo que llevar al crío a vacunar.
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—Hostia, Nico ¿no me podías haber avisado antes? Nico maldice para sí su olvido y lanza una patada a ciegas. Se ha olvidado completamente de que no podrá trabajar a la mañana siguiente, tras la caminata. —Lo siento mucho, Martín; pero se me ha ocurrido mirar la cartilla de mi hijo y me he dado cuenta de que mañana le toca vacuna. A los médicos no les hace mucha gracia que Yoli lleve sola al crío; y mis suegros se van a Córdoba temprano. 189
—No te preocupes, ya me apañaré —Martín ha adoptado un tono más amable y relajado al recordar que su empleado está casado con una deficiente. Nico suspira tras meterse el móvil en el bolsillo. Ahora sólo queda matar a sus suegros. Se había planteado asesinarlos esa misma noche, pero por haber estado durante la tarde en el pueblo con el coche “nuevo”, se le ocurre que algunos vecinos lo tendrían muy presente en la memoria 190
cuando la policía indagara el asesinato del matrimonio. Por otra parte, sabe que actuará más tranquilo sin la constante presión de tener cerca de casa el coche robado. Sin duda alguna le parece más discreto matarlos mañana por la noche. Intenta caminar siempre alejado de la cuneta, aunque tenga que hacerlo por entre hierbas y árboles. Las señales de kilometraje le permiten calcular que lleva una velocidad rápida de unos seis kilómetros por 191
hora. Calcula que esa marcha la podrá aguantar durante cuatro horas más, y luego aflojará el ritmo. Espera poder llegar a casa sobre las ocho de la mañana. A las tres de la madrugada, se come el bocadillo con voracidad; y ni siquiera se detiene para orinar; que es algo que hace sin dejar de caminar. A las cuatro y media, escucha el rumor de un vehículo que se acerca por su espalda. Circula despacio así que intuye que podría ser una patrulla de la Guardia Civil. Se cuela 192
por entre el vallado de alambres de un coto y se oculta entre las hierbas altas. No se equivoca: es un Nissan Terrano de la Guardia Civil. En cuanto pasa de largo continúa su camino, pero en absoluto relajado. Teme que cuando la patrulla llegue al límite del municipio, dé media vuelta y vuelva a cruzarse de frente con ella. A las cinco y media de la madrugada, ocurre; y cuando ve las luces a más de medio kilómetro de distancia, apareciendo y desapareciendo entre curvas, no tiene 193
que apresurarse para encontrar un lugar en el que ocultarse. Espera pacientemente fumándose un cigarro; hasta que la patrulla pasa frente a sus ojos con la música de Melendi muy alta y los agentes acompañando el estribillo. Se pregunta qué sentirán esos hombres al encontrar un cuerpo despedazado. Si serán capaces de cantar alegremente durante las horas siguientes. Si se les queda grabada a fuego la imagen de las cuencas vacías
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de los ojos del cadáver, de sus tripas salpicando la pared. Son las ocho y media de la mañana cuando llega a casa. Se desnuda bajo la atenta y cariñosa mirada de Axel, que en aquellos momentos agita el carrusel de nubes y gatitos que cuelga sobre su cuna. Nico ya no está despierto cuando su espalda toca el colchón. Yoli intuye su cuerpo y se acerca a él a pesar del calor. Nico no sueña nada; o al menos no lo recuerda al despertarse, con la 195
sintonía del noticiero televisivo de las tres. Cuando apoya los pies en el suelo, siente como si los huesos de los pies se abrieran. Venciendo el deseo de dejarse caer en la cama de nuevo, se da una ducha. —¡Qu-qué bien, Nic-co, hoy has-as cho fiesta —le saluda con un beso Yoli, levantándose del sillón con Axel en los brazos. —Esta noche hemos trabajado mucho, porque había mucha basura
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que cargar en el camión. Y si trabajas el doble, descansas el doble. Coge al niño y lo sube por encima de la cabeza para bajarlo rápidamente de nuevo. Axel abre los ojos desmesuradamente ante aquel movimiento sorpresivo, y mira a su madre con seriedad, con los labios fruncidos; para, de repente, lanzar un gritito que se transforma en una sonrisa amplia. Agita la cintura incitando a su padre a que lo vuelva a hacer y éste lo complace una y otra vez. Axel se ríe con tal intensidad, 197
que su rostro se congestiona por la dificultad de respirar; y es entonces en aquel momento que deja de agitarlo de ese modo. También Yoli se ha contagiado de aquella risa. Cuando se sienta en el sofá con Axel en las rodillas, su mujer lo hace en el suelo frente a él. Le quita al niño y lo sienta a su lado, colocándole un cojín como barrera para que no caiga hacia adelante. —Tt-te voy a ha-hacer feeeliz Nico. Separa sus rodillas y desliza la cintura del pantalón corto del pijama 198
por debajo de los testĂculos, llevĂĄndose el pene a la boca y logrando endurecerlo. La mano izquierda le acaricia los cojones y con la derecha mantiene el glande descapullado y tenso. Nico coloca las manos en su cabeza y la obliga a engullir entero el pene, hasta que siente las arcadas de ella en la punta misma del glande. Cuando eyacula, la empuja hasta tumbarla en el suelo, le aparta a un lado las braguitas de Mafalda, y le lame el coĂąo profundamente hasta 199
que nota el sabor dulzón de su fluido invadiéndole la boca. Le hunde cuatro dedos en el coño cuando nota que su pubis se eleva con el primer orgasmo, y presiona con fuerza la lengua en el clítoris para ayudarla a mantenerse en la onda del placer. Nico aguanta firmemente su boca en aquel coño empapado; y se excita pensando que es el coño de su suegra y que mastica el clítoris que le ha arrancado de un bocado.
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A pesar de los gritos y gemidos de placer de su madre, el niño se queda dormido tumbado en el cojín. Tal vez, cuando Axel crezca y se haga hombre, recuerde que las nanas con las que se duerme ahora no son las mismas con las que lo hacen otros niños; y que no hay nada como el amor que se profesan sus padres para relajarlo y provocar en él un sueño feliz y protector.
Capítulo 21
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Son las nueve y media de la noche cuando Nico se despide de su mujer y de su hijo hasta la ma単ana, sin apenas sentir el cansancio de la caminata con la mochila en la espalda. Es demasiado pronto para ir al pueblo, pues sabe que sus suegros no se acuestan hasta las doce o la una de la madrugada. Paco no se levanta pronto para ir a la agencia bancaria donde trabaja de cajero. Camina por la senda hasta perder de vista la casa. Se introduce en el 202
naranjal para caminar casi un kilómetro en línea recta, hasta divisar por entre los árboles las luces del pueblo. Se sienta allí mismo, apoyando la espalda contra un naranjo. Yoli se ha enfadado cuando le ha dicho que no compraría el coche. A pesar de prometerle que compraría uno más grande y más bonito, no ha conseguido arrancarle una sonrisa, ni un beso de despedida, antes de salir de casa.
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En la mochila lleva un bocadillo y todo lo necesario para matar a sus suegros. A las seis de la mañana, cogerá el autobús a Sevilla para trabajar como hace habitualmente. A pesar de que la noche no es calurosa, cuando lleva ya dos horas allí sentado siente la incomodidad de la ropa húmeda pegada a su cuerpo. El silencio se hace patente de forma paulatina. Se van apagando los lejanos ecos de los televisores, de las persianas que bajan y suben y de las
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voces de la gente que aún andan por las calles. El reloj marca la una menos cuarto de la madrugada, y el rugido de una persiana de algún bar al bajarse lo sobresalta arrancándolo de sus pensamientos. Es la una y media de la madrugada cuando salta la pequeña valla que limita el jardín de la casa, y corre hacia la protección que ofrece el único árbol que hay en él. Antes de abandonar el cobijo del pino y dirigirse a la puerta de 205
entrada, observa las ventanas de las casas vecinas. La gran mayorĂa estĂĄn abiertas de par en par y nadie se asoma a ellas. Cuidadosamente, franquea la puerta con el juego de llaves que de sobra conoce. Cuando por fin la cierra tras de sĂ, se siente seguro y confiado. Conoce perfectamente aquel lugar y lo siente como algo familiar. No puede evitar que se le escape una torva sonrisa que exhibe mientras se seca el sudor
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prendido de una barba rubia de tres días. Frente a él se encuentra la escalera que conduce a los dormitorios y un cuarto de baño. Trotando hacia abajo llegan los ronquidos de sus suegros hasta estrellarse en sus pies. En la cocina, vacía los enseres que lleva en la mochila y los ordena sobre la mesa; salvo la ropa limpia que se vestirá antes de salir de allí. Expone cinta adhesiva, bridas de plástico para atar las extremidades, un 207
cuchillo corto y de punta curva, un cuchillo recto, una linterna; y tuerce el gesto con desagrado al sacar las prietas bolas de papel de periódico formadas con cinta aislante estrecha. Ha olvidado comprar papel de aluminio, que le habría ahorrado tiempo y trabajo. Forma dos grandes bragas con las bridas y se las cuelga del cuello; preparadas de esta forma para pasarlas rápidamente hasta las muñecas y, en una ágil maniobra, ceñirlas con una sola mano. 208
Encaja con fuerza en la cintura del pantalón la cinta aislante y agarra fuerte las bolas de papel, mientras sube por la escalera con total tranquilidad. No siente la necesidad de adoptar el sigilo, aunque procura no hacer ruido. Un instante antes de entrar en el dormitorio de sus suegros se asegura de que tiene el cuchillo recto, porque el mango le sobresalía del bolsillo trasero del pantalón vaquero y temía que se le hubiera caído.
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Duermen en camas separadas. Decide inmovilizar primero a Ana por tener el sueño más ligero, como suele decir ella; añadiendo siempre, que todo lo contrario que su marido. Está encima de las sábanas sobre el costado derecho, con la boca abierta, y sólo lleva las bragas. Sus pechos son enormes y a pesar de rondar los cincuenta y cinco, aún son muy apetecibles. Paco, que lleva un pantalón de pijama largo y se ha cubierto con la sábana parte del estómago, duerme boca arriba.
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Se arrodilla frente a Ana, le encaja con rapidez la bola de papel en la boca, y los labios le sangran desde dentro por el golpe. Le sujeta sus manos con una mano, y con la otra se saca una de las bridas por encima de la cabeza, se la pasa a ella por las muñecas y la ciñe tirando con fuerza. En esa posición parecen rezar una muda plegaria. Ana aún se encuentra aturdida por el sueño y la sorpresa. No ha tenido tiempo de reaccionar; y cuando comprende lo que está ocurriendo se 211
da cuenta de que apenas puede respirar. Las manos atadas por encima del vientre con firmeza, le provocan un terror que presiona en forma de fallido grito en su garganta. El rumor que produce todos esos movimientos interrumpe el recital de ronquidos de su marido, que empieza a girarse a la derecha sobre su costado. RĂĄpidamente Nico salta desde de la cama de Ana hasta la de Paco, clavĂĄndole las rodillas en los hombros y encajĂĄndole al mismo tiempo la otra bola que ya tenĂa 212
preparada. Sólo logra apresarle una mano, que tiene que retorcer para evitar que se libere; y cuando su víctima cede a la presa ante el intenso dolor, puede pasar la brida por ambas manos y ceñírsela a las muñecas. De la cintura se saca la cinta adhesiva para asegurar la mordaza y evitar que la escupa. Ana se está levantando de la cama, y Nico tiene que dejar el rollo de cinta colgado de la cara de Paco, para pegarle un puñetazo en el estómago y tumbarla de nuevo en ella. 213
Cuando el hombre reconoce a su yerno intenta reaccionar y logra ponerse de pie con dificultad, pero 茅ste le asesta un fuerte golpe en la mand铆bula con el mango del cuchillo. El rollo de cinta se desprende de su cara y cae al suelo, mientras las manos suben de forma refleja hacia el origen del dolor sintiendo que la habitaci贸n es un carrusel silencioso. Nico observa atentamente c贸mo se tambalea, relaja las rodillas y se deja caer de culo en el borde la cama, mirando con curiosidad ebria sus 214
manos atadas. Sin perderlo de vista coge el rollo del suelo, que está junto a los pies de Paco, se dirige hacia Ana, y tras obligarla a incorporarse sobre el colchón, le da varias vueltas de cinta a la cabeza; y luego hace lo mismo con su aturdido marido, que aún se encuentra atontado por el golpe. —¡A la cocina!, —les ordena. Ellos intentan hablar. —O bajáis vosotros por la escalera o las bajáis a patadas, idiotas.
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Agarra a Ana por el cabello, la obliga a levantarse y la empuja hacia la puerta del dormitorio. Paco se pone en pie frente a él con una interrogación en la mirada. Nico le da una patada en el vientre y evita que caiga al suelo cogiéndolo por las axilas. —O bajas o te lo clavo aquí mismo —amenaza Nico, presionando con el cuchillo a la altura del hígado. Ella todavía se resiste a ir hacia a la escalera, pero su marido, empujado por Nico, la obliga a bajar. Los dos lo 216
hacen a trompicones, azuzados por el cuchillo de su agresor, que ha pinchado en la espalda varias veces al hombre y sangra por tres pequeñas heridas. Ya en la cocina, obliga a él a sentarse en la silla metálica y ata sus pies a las patas. A ella la pone de rodillas y la enfrenta con el cuchillo en la mano, recorriendo con la afilada punta las areolas de los pezones que se contraen. —Aún estás buena; y se te puede joder un rato. 217
Ana alza rápidamente las manos atadas y le golpea en el estómago. Por toda respuesta, Nico coge el cuchillo curvo de la mesa, lo lleva al esternón de Paco, le clava la punta y la desliza hacia abajo rasgando con lentitud la carne. Ésta se abre con pereza creando una herida de dos dedos de ancho hasta llegar al ombligo. La prominente barriga de su suegro es una tensión constante que ayuda a separar el tejido cortado. La víctima expulsa los mocos como un sifón ante el dolor y el miedo, 218
mientras quien le hiere se recrea; y pasa una eternidad desde que comienza la disección hasta que la termina. Nico se vuelve hacia a la mujer. —¿Le hago otro? Ni se te ocurra volver a tocarme, madre de subnormal. —Sois dos hijos de puta que habéis parido una hija tarada. Hubiera sido una mujer mucho más hermosa, pero lo hicisteis mal. Ni infección, ni enfermedad, ni pollas; la paristeis así de mal. ¡Subnormales! 219
—¿Y os las dais de amarla más que nadie? ¿Incluso a mi hijo? De una patada en la cara, fuerza que ella se doble sobre sus rodillas hacia atrás y se golpee la cabeza contra el suelo. Debido a la grotesca y forzada postura, los enormes pechos apuntan hacia sus hombros. Nico se acuclilla para sobarlos y exprimirlos, al tiempo que se abre la bragueta, saca el pene y se mea en su sexo mientras ella lucha por incorporarse. Por mucho que se esfuerza, de su boca sólo salen sonidos ahogados, 220
inaudibles unos metros más allá de la cocina. Paco observa la escena con extrañeza, sumido en un pasmo de dolor y miedo, con un rictus de dolor que arruga su frente. Está llorando y se ha meado sin ser consciente de ello. —Te voy a poner tan cachonda como se pone tu hija. ¿Qué harás entonces? ¿Te volverás idiota cuando te corras? ¿O serás tan inteligente como Yoli cuando el coño le bombea placer? ¿Y tú me amenazabas con quitarme a mi hijo?
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Nico se arrodilla y con el cuchillo corta la costura lateral de las bragas, se las arranca y le separa las piernas para hundir su cara entre ellas, lamiendo el coño mojado de orina y mordiéndolo. Ana intenta patalear, pero él tiene sus piernas fuertemente atenazadas por los tobillos y en ningún momento afloja la presión en torno a ellos. La mujer se abandona con un llanto apagado y convulso que hace temblar sus pechos como flanes. Hay tanto miedo en su mente, que no siente la lengua recorriendo la vulva y sorbiendo los labios mayores; ni 222
tampoco los mordiscos, con los que a veces arranca un trozo de piel rojiza, salpicada de rizados y negro pelo. Entre tanto, Paco ha conseguido caer al suelo con tal estrépito que le ha dado la esperanza de haber alertado a algún vecino. —De ahí no pasará —dice Nico jadeando y acercándose de rodillas hasta él. Es muy corta la distancia y ahora es un animal desbocado que hasta se arrastra si es necesario.
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Paco, apoyado sobre el hombro izquierdo, está forcejeando con los brazos y las manos sin conseguir que las bridas cedan un solo milímetro. Nico recuesta el pecho en las caderas de su suegro y tras apartarle los brazos del vientre, le clava el cuchillo en él hundiéndoselo con lentitud; observando embelesado los cabezazos que su víctima se da en todas direcciones a causa del dolor, y cómo resopla por la nariz hinchando las aletas como globos.
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Cuando el mango hace tope contra la piel, su suegro apenas se mueve. Su respiración jadeante apenas levanta las costillas. Nico se lo deja clavado, se pone de pie dándole una palmada en la nalga y le remueve la herida, pero no hay reacción alguna. Entonces se imagina los excrementos de los intestinos ensuciándole la sangre y produciendo una alerta general de envenenamiento en el cuerpo maniatado. Tal vez, parte de la imbecilidad que genéticamente le dio a Yoli, se haya apoderado de la mente de su suegro. Acaso sea la 225
razón por la que su cuerpo parece haberse quedado en estado de animación suspendida, manteniéndose tan sólo con un hilo de aire. Cuando deja a Paco de lado ve cómo Ana, arrastrándose como una culebra, ha llegado al recibidor. La coge por el tobillo izquierdo y la arrastra de nuevo a la cocina. Sus pechos aplastados contra el suelo sobresalen por los costados y su culo celulítico tiembla sincronizado por el llanto y sus intentos de gritar. 226
—¿Tu marido nunca te ha dado por detrás? Con ese culazo que tienes... ¿Sabes que Yoli se separa con las manos las nalgas pidiéndome que la joda por el culo? Le gusta ponerse crema fresca, y cuando le meto la polla es como si me cayera resbalando por dentro de su negro agujero. Yo no tengo crema, y tampoco quiero que sea suave. Se baja el pantalón lo justo para descubir el pubis, se tira encima de su espalda metiendo sus piernas entre las de ella y separándoselas al 227
máximo. No acierta a penetrarla porque ella contrae con fuerza el esfínter y no deja de moverse. Entonces la agarra por el pelo de la nuca, eleva su cabeza y de un golpe seco la estrella contra el suelo; se oye claramente el ruido de la nariz al romperse. Levanta de nuevo su cabeza para hablarle y unos gruesos chorretones de espesa sangre le caen de las fosas nasales. —Te daré otro y te joderé muerta, como gustes.
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Intenta penetrarla otra vez, pero ella se mantiene quieta y rígida y su esfínter no se relaja. Vuelve a presionar con fuerza hasta que por fin consigue encajar el glande. Luego empuja tensando los glúteos y acaba de enterrar todo el bálano, hasta sentir en sus testículos recalentados la frialdad de las nalgas de Ana. El frotamiento se torna más suave por la sangre que mana del esfínter desgarrado. Sin sacarla eleva el torso y clava sólo la punta del cuchillo curvo entre 229
los omoplatos y la va deslizando, hacia abajo, a lo largo de la columna. La carne se abre perezosamente a medida que el corte se hace más largo. Le faltan apenas unos centímetros para llegar a la rabadilla. Está tan afilado que ella no siente el dolor. En aquel momento lo que de verdad le duele es la barra de carne que la quema y la desgarra por dentro. —Dar por culo es cagar al revés ¿verdad? —bromea escupiendo saliva
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y acelerando el ritmo de sus embestidas. Su pecho se apoya encima del dorso ensangrentado de Ana y resbalando por él disfruta del contacto con la sangre. Siente que va a eyacular y se aferra al cabello de la mujer, tirando de él y arqueando su espalda. La polla palpita ahora estática, aprisionada en el culo de su suegra; y se rinde a un poderoso orgasmo que colapsa su sistema nervioso. Con los ojos entornados de placer disfruta de la sensación de su glande, bañado por 231
el caliente semen en aquel estrecho conducto. Cuando por fin lo saca, está sucio de sangre y mierda, así que lo restriega por sus nalgas tratando de limpiar lo más grueso. Le levanta de nuevo la cabeza tirándole del pelo y lleva el cuchillo bajo su papada, realizando un corte en redondo de un lado al otro del cuello. Ella espira el aire como un fuelle rasgado y, al poco, un charco de sangre se extiende con rapidez a todo lo ancho de la cocina. 232
Capítulo 22 Tras rajarle el cuello a Ana y asegurarse de rematar a Paco, dándole varias puñaladas más en el vientre, corta las bridas y las mete en la mochila junto con los cuchillos, la cinta adhesiva y la linterna. Con papel de cocina absorbe la sangre que aún no se ha secado, por si las llamas no consiguen calcinarla del todo, dando lugar a la sospecha de asesinato.
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Son las tres de la madrugada cuando Nico enciende un cigarro y se sienta en el sillón de su suegro a fumárselo; no sin antes haberse duchado y cambiado de ropa. Mira el bocadillo en el interior de la mochila tentado de comérselo. Pero sabe que será un día muy largo y decide dejarlo para el desayuno. Por fin Yoli, Axel y él son como una verdadera familia; y él es como un verdadero padre. Nadie estará ya pendiente de ellos, ni de si serán capaces de cuidar al pequeño. Piensa 234
que casarse con una idiota hace que la gente te vea como un idiota. Intenta imaginar la reacci贸n de su mujer cuando se entere de la muerte de sus padres y no puede. No consigue intuir la forma en que se comportar谩 ese cerebro lerdo y mal sincronizado con el cuerpo. Tampoco puede imaginar que Yoli lo siguiera con Axel entre los brazos, cuando sali贸 de casa.
Cap铆tulo 23 235
Yoli se ha arrepentido de no haberle dado un beso de despedida a su marido casi de inmediato; así que unos minutos después de que se fuera toma a Axel en brazos y sale tras él con rapidez para que la perdone por haberse enfadado. Tras abandonar la senda Nico e internarse en el naranjal, Yoli se extraña tanto que, en su confusión, sólo se le ocurre tapar suavemente la boca del niño y esconderse para que no sepa que lo está observando. De repente, se siente como la 236
protagonista de una película de miedo. Al recostarse él contra el árbol, ella hace lo mismo a una buena distancia, mientras calma el nerviosismo creciente del niño, meciéndolo hasta que consigue que se duerma. De su marido sólo ve las brasas de sus cigarrillos. Cuando él entra en la casa de sus padres y cierra la puerta, Yoli le sigue los pasos, pero se desvía hacia la ventana de la cocina que da directamente al jardín. Apoya la 237
mejilla en el alféizar y mira por la abertura que dejan los visillos en la parte baja del vidrio. Entonces ve a Nico vaciar la mochila del trabajo sobre la mesa, desaparecer un rato de su vista y reaparecer con sus padres maniatados. Siente entonces una viva sensación de nostalgia, de cuando de pequeña espiaba a su madre en la cocina, como ahora hace con Nico. Le gustaba ver a las personas por un agujero. La hacía disfrutar de una película, sintiéndose a salvo de las miradas.
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Con las pupilas dilatadas observa todo lo que ocurre en la cocina, sujetando firmemente en sus brazos a Axel que aĂşn duerme. Siente su sexo empaparse cuando Nico hace feliz a su madre, y se mete los dedos dentro de las bragas para masturbarse. Cuando estalla el placer en su sexo, irradiando hacia el vientre y las rodillas como una marea calurosa y espesa, ahoga el gemido final llevĂĄndose los dedos empapados de flujo a la boca. Y cuando le corta el cuello a su madre, ella aĂşn ase con 239
fuerza su coño, en el que parece que le late otro corazón. A la muerte de su padre asiste con curiosidad, pero nada comparable a lo que siente cuando ve lo que Nico le hace a una mujer como ella, que además es su madre. Axel se despereza entre sus brazos. Ella le besa la nariz y le acaricia la cabeza calmándolo. El pequeño balbucea algo y se relaja de nuevo. Entonces, sale del jardín con sigilo y corre de nuevo hacia el naranjal,
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hacia el mismo punto de donde había salido. Durante el trayecto no vierte ni una sola lágrima.
Capítulo 24 He estado pensando que algo pueda salir mal; que si los cuerpos no se queman del todo, el forense pueda apreciar las señales de violencia en los cadáveres. Es un riesgo. Matar es siempre un riesgo, pero si se trata de sacarse de 241
encima a las dos personas que mรกs se entrometen en mi casa y en mi vida, ese riesgo queda plenamente justificado. He desprendido las gomas de los manorreductores de las bombonas de butano; la de la cocina y la del calentador. Son las cinco de la madrugada y junto a la bombona que alimenta el calentador, he dejado una lรกmpara de escritorio enchufada a un reloj temporizador. La bombilla estรก cortocircuitada en el casquillo, y cuando el temporizador que estรก 242
colocado en un enchufe cierre el contacto y dé tensión a la bombilla, dará un fuerte chispazo y provocará la deflagración del gas acumulado. Me he vuelto a masturbar y aún me ha salido bastante semen. Follarme a Ana y luego matarla es algo que necesitaba hacer desde hacía mucho tiempo. Matar a Paco me ha sido indiferente. No me apetecía, pero tenía que hacerlo. No pienso esperar mucho tiempo para volver a matar, ahora que nadie controlará nuestras vidas. Me follaré 243
a Yoli y me saciaré con la sangre de hombres y mujeres que elija en el gran mercado que es este mundo, demasiado lleno de gente. Compraré un buen coche, sin que mi suegro haga cuentas para saber si puedo pagarlo o no. O sin que me suegra se espante por llevar a una deficiente a mi lado cuando conduzco. Sin que los abuelos sufran por su nieto; como si su sufrimiento fuera el reflejo de un amor más potente que el mío hacia mi hijo.
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Han intentado usurpar mi amor paternal e imponer el suyo. Por eso los matarĂa otra vez si volvieran a nacer. El temporizador ha de conectarse a las 9 de la maĂąana, y durante esas cuatro horas se habrĂĄ llenado la casa de gas. Creo que no me dejo nada y el olor a gas es ya insoportable. Cuando cierro la puerta de la casa y me interno en el naranjal, mientras hago tiempo para la hora a la que suelo llegar a la parada del autobĂşs que va a Sevilla, siento una especie de 245
tranquilidad, como si todo estuviera bien. Dicen que si uno piensa bien, todo sale bien. Sé que no es cierto, porque mis suegros y la familia de la urbanización Híspalis, no imaginaban que algo así pudiera ocurrirles y ninguno de sus pensamientos los ha salvado de mí; ni salvará a otros tantos. Pero no soy un pesimista depresivo y me encuentro razonablemente eufórico. Me voy a comer ahora el bocadillo. Tengo hambre. 246
Capítulo 25 A las 9 de la mañana en punto, una tremenda explosión despierta a Yoli, que siente la vibración del trueno en los cristales de las ventanas. Se levanta deprisa de la cama, se asoma a la ventana, y ve cómo una gran columna de humo negro se eleva desde algún punto del pueblo. Piensa en su padre con el vientre destrozado, y en su madre penetrada por su marido y tirada en el suelo de la cocina. 247
Su querido Nico haciéndola “feellig”. Ella ama tanto a Nico... Y si no fuera tan tonta, podría hasta imaginar que aquella columna de humo salía de casa de sus padres; pero sólo vislumbra la idea de una forma muy vaga. Piensa en Nico como su hombre, el capitán del barco pirata; en ella, como su capitana. Y Axel es el grumete.
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Cuando Nico le enseñó a pronunciar “grum-gru-grumete”, le dijo que a pesar de tener el cerebro podrido, la amaría siempre. Tras la explosión, transcurren unos minutos en los que sólo suena una canción en la radio del despertador. Al cabo de un rato, oye el rumor de las sirenas de los bomberos y las ambulancias en la lejanía, acercándose hasta que sobrepasan el volumen de la música. Se aleja por unos segundos para luego volver, con
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la misma intensidad, cuando giran a la izquierda y entran en el pueblo. En algún momento es consciente de que el despertador sigue sonando y presiona la tecla gorda para apagarlo. Nico ha programado la alarma diaria a las nueve de la mañana para evitar que Yoli se duerma hasta muy tarde. Tiene que dar la primera comida del día a Axel, el “grum- mete”. Cuando Nico llega a casa a las once de la mañana y le explica a Yoli que sus padres han muerto por una explosión de gas butano, no ve asomo 250
de tristeza en su cara; y ni siquiera le pregunta cómo ha ocurrido ni cuándo. Cárdenas, uno de los vecinos de sus suegros, ha llamado al móvil de Nico cuando se encontraba trabajando en Sevilla, y le ha contado lo ocurrido. El hombre aún no sabe el estado de Ana y Paco, pero no es muy optimista viendo el modo en que ha quedado la casa. Y Nico, con su mejor y más afectada voz, le agradece que lo haya avisado.
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Apenas acaba de hablar con Cรกrdenas, cuando le llama la Guardia Civil y le comunica que sus suegros han muerto en la explosiรณn. Se ducha en casa, deseando que los cuerpos hayan quedado por completo irreconocibles; que se hayan consumido por el fuego, para que no sospechen que en realidad han sido asesinados. Cuando llega hasta el pueblo, la casa estรก totalmente en ruinas y el tejado se ha desmoronado. El edificio de cuatro pisos que estรก enfrente 252
tiene todas las ventanas rotas y daños en la fachada, y el resto de casas vecinas también están seriamente afectadas. La Guardia Civil le comunica que los cadáveres están irreconocibles y que han tenido que recoger algunos trozos de sus cuerpos que habían caído a la calle. Identifica el reloj de Paco y una medalla de Ana, que han salido de entre los escombros, aunque no los llevaban puestos.
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Y cuando le ofrecen ayuda psicolĂłgica, Nico no duda un momento y la rechaza.
CapĂtulo 26 He pasado al menos tres horas en el pueblo, entre la visita a las ruinas de la casa y las diligencias y papeles que he tenido que firmar en el cuartel de la Guardia Civil. Lamentan mucho el accidente. Yoli me ha hecho un bocadillo de atĂşn con anchoas para comer. Y 254
cuando he encendido el cigarro, se ha puesto a cuatro patas en el suelo con el vestido levantado por encima del culo. 窶年ic-co, hagme fee-lig, como a mi mama. Me ha sorprendido. Un escalofrテュo me ha puesto la piel de gallina y la he jodido por el culo como he jodido a su madre esta madrugada. Axel daba palmadas. Le divierte vernos follar desde su trona, con el babero sucio de papilla de ternera y patatas. 255
No he tenido ningún deseo de matarlos, a pesar de lo libre que me siento sin sus padres en el planeta. Sé que Yoli me ama incondicionalmente, sé que ella ha tenido que ver cómo he matado a sus padres. Hay un brillo de complicidad en sus ojos. Ella me modela como un muñeco de plastilina y sólo ve en mí al hombre que la hace feliz, que la ama con la misma medida que ella construye un mundo donde el horror no existe. 256
Es el amor que todo lo confunde. Hoy no me ha dolido la cabeza.
Fin
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