El รกrbol humano
Iconoclasta 1
Novela de misterio y terror escrita por: Pablo L贸pez Albadalejo - Iconoclasta. Publicada y editada en Puebla, M茅xico, a 3 de Julio del 2014, a las 18:08 horas.
Ilustraci贸n de Iconoclasta.
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Barcelona, España. Febrero de 1861. En el casi amurallado paseo del puerto del barrio de la Marina, flotan en el aire y se huelen las cenizas que el viento arrastra por el incendio del teatro del Liceo; la madre piensa en la madera y en su combustión. Teme que su hijo un día arda por un accidente. El niño camina torpemente por la acera hacia la escuela con la mochila de cuero marrón colgada de la rama que nace de su hombro izquierdo. Va de la mano de su madre y sus ojos de escleróticas verdes como la hierbabuena sonríen mirando directamente al sol casi oculto por las niebla de humo. La bata gris de la escuela está rasgada allá donde nacen las ramas. Su tez es demasiado oscura y áspera para ser un niño, su nariz es respingona y su pelo es rubio, aunque en las raíces comienza a oscurecerse. 3
Hace frío pero el pequeño no lo siente. La pielcorteza oscura asoma bajo el pantalón corto y por encima de los largos calcetines que le llegan a sus leñosas rodillas. En la otra mano de dedos retorcidos como raíces lleva un caramelo que chupa con delectación; dos policías montados a caballo con sus uniformes azules y cascos prusianos, les obligan a arrimarse a la pared, tienen prisa por llegar al teatro que arde. Tras cinco minutos de caminar llegan a la plaza Portal de la Paz y enfilan las Ramblas para tomar la calle del colegio. Han de transcurrir aún unos veinte años para que se erija el monumento a Colón. Los carros de bomberos y los de pasajeros hacen sonar sus campanas en un caótico concierto, aunque es
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innecesario, el ruido de los cascos de los caballos de los carromatos es suficiente para alertar a cualquiera. Nadie los mira con sorpresa, porque ya hace siete años que nació el pequeño y la gente se ha acostumbrado a ver al niño-árbol cojear de la mano de su madre. Le han visto crecer las ramas y las hojas, y decrecer las piernas y las manos. Han visto su piel hacerse corteza lentamente. Barcelona está demasiado convulsa como para prestar atención a un niño disfrazado que no lo está. A veces rasguña con sus ramas a algún peatón despistado y la madre le grita abrazando a su niño que vaya con cuidado, no quiere que le parta una rama. Y eso ocurre precisamente.
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Hay demasiada gente en la calle por el incendio y alguien se engancha la chaqueta con la rama del hombro. El niño lanza un grito de dolor y se derrumba derramando savia y sangre por el tocón que ha quedado en su hombro. Agita sus manos y brazos ante el increíble desgarramiento de una rama que nace del hueso. Carme lo observa horrorizada y lanza gritos de ayuda. Su pequeño cada día está más rígido, su estómago apenas puede doblarse por el dolor, parece un títere mal articulado. Al cabo de unos minutos, un carromato de la Cruz Roja recoge al niño y a la madre. El enfermero se santigua al observar al niño-árbol y se pregunta como se sutura una herida de madera. En la mano lleva la rama rota sin saber que hacer con ella.
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Es noche cerrada y no hay luz que conforte su ánimo ante los recuerdos. Los grillos incansables le irritan, está harto de sus chirridos y el zumbido de insectos a su alrededor. Le aterran las ratas que olisquean y muerden a veces su corteza. Es de noche y el árbol duerme, no mata a lo que le molesta. La soledad es su naturaleza, o una parte de ella. Porque su otra naturaleza se marchita de pena entre savia y fibras que no acaba de asimilar como suyas. Las noches son el descanso de los árboles, la fotosíntesis es agotadora. El vegetal se retira y da paso al hombre. Al hombre más solo del mundo.
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Durante la noche, mientras duerme el vegetal, repasa los pocos recuerdos que tiene para no olvidarlos, porque desde que es árbol sus días son idénticos e inamovibles. No quiere olvidar que un día caminó. Y así se esfuerza con enfermiza vehemencia en recordar cada detalle de cuando era niño, hasta que la noche es barrida por los primeros relumbrones del sol y su pensamiento se hunde en las entrañas de la madera lentamente, al tiempo que el sol hace hervir la clorofila en sus venas. Es el momento de máximo dolor de todos los días: cuando el árbol toma el control y su corazón se niega a bombear savia y resina. Hace mucho que perdió la noción del tiempo, no sabe fechas. No sabe que es el año 1994. Alguien dijo en algún momento, hace poco tiempo, que era un árbol de ciento cincuenta años. 8
Alguien que paseaba, como ese hombre que ha dejado la mochila bajo su frondosa copa y tras dar un largo trago de su cantimplora, ha extendido una manta para descansar del sol de mediodía. Un joven, que ha desnudado su torso y colocado la gorra sobre los ojos para evitar los rayos de sol que se filtran entre las hojas y ramas de su tupida copa. El árbol abre silenciosamente su tronco que forma fauces de astillas en cuyo interior late un corazón humano; es obsceno ese sangrante músculo entre savia y madera. Es aberración. Un error de la naturaleza. O al menos eso piensa el cerebro dueño del corazón en las noches.
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Es un breve pensamiento, algo muy fugaz. Un alarde
de
pensamiento
humano
sin
demasiada
importancia ni voluntad entre toda esa masa forestal. Las ramas avanzan lentamente hacia el hombre que dormita mecido por el arrullo de las miles de hojas que lo cobijan del sol. Es una vereda en la sierra, alejada de las pistas de vehĂculos, pocos caminan a pleno sol. Los vehĂculos todo-terreno han sustituido a las piernas y al placer de caminar. Al peligro de dormir bajo la sombra de un ĂĄrbol‌ Y entre excursionista y excursionista, transcurren muchos minutos, tal vez sean horas. Carece de importancia el tiempo.
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Lo suficiente como para devorar cuatro como él sin dejar restos y que nadie pueda encontrarlos ni explicar como desaparecieron. Si es posible, evita comerse a sus presas por la cabeza, los arrastra por los pies a sus astillosas entrañas con las manos-ramas que esconde entre la copa y disfruta de la agonía, de los gritos de terror que el excursionista lanza. Es instintivo. Nadie llora de dolor, es demasiado horrible, es imposible el dolor al ser devorado por un árbol aunque sientas las astillas de esa boca tronchar los huesos de los pies. Las víctimas no son conscientes del dolor cuando estallan en un crujido los grandes huesos de las piernas, no lanzan aullidos de dolor. Son alaridos de puro miedo e incomprensión. Ni ellos lo creen posible.
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Cuando los intestinos se desparraman entre la hojarasca al pie del árbol, se puede decir que la locura es total; eternos segundos después llega la muerte. Y así desaparecen excursionistas que se pierden, que no aparecen ni encuentran nunca. La manta ha quedado revuelta en el suelo junto con la mochila, la cantimplora abierta y las gorra. Del hombre solo ha quedado el rastro de sangre entre las raíces de la superficie, que lentamente se seca al sol. El aroma a carne y sangre se diluye lentamente en el aire caliente mientras un enjambre de moscas e insectos cubre la boca del árbol y sus raíces sin conseguir encontrar el origen del hedor de la carroña.
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En
pocos
minutos,
los
insectos
también
desaparecen cuando el sol y la tierra han evaporado completamente los restos biológicos. Son ya ciento y pico de años de historia, tal vez un centenar de muertos. No es fácil ser árbol y alimentarse de carne; se está demasiado sujeto al azar. Su hijo crece a unos veinte metros de él. No sabe que es su hijo. Tal vez, dentro de treinta años, sus copas se toquen y puedan darse compañía en las largas noches del pensamiento humano. Tiene la esperanza de que piense, que sea como él. No es una esperanza, es una simple alucinación o sueño de tantos que tiene. La soledad juega malas pasadas a los niños presos dentro de un árbol. 13
Solo quiere compañía, sea cual sea. Sus bellotas lucen negras como la sangre seca, tal vez sea esa la causa de su longevidad: nadie se acerca a coger sus frutos, pocos son los que suben a sus frondosas ramas ni siquiera para jugar. Es un árbol majestuoso con una copa de veinte metros de diámetro y su tronco chaparro debe rondar casi los dos metros y medio de diámetro. La corteza ya es de color gris claro y de tacto suave. Pero él no lo sabe. Hace años, como si fueran cientos, que no se ve en un espejo. Cientos de años que está situado en el bosque de encinas. No existía la vereda cuando lo plantaron, sus padres jamás lo hubieran dejado en campo abierto. La vereda es un cortafuegos relativamente moderno, la casualidad, el azar propició su alimento secundario y el que más satisfacciones le da. Está rodeado de encinas 14
idiotas que no piensan, ninguna ha respondido a sus gritos en la noche. Dejó de gritar cuando se supo completamente solo y único. Llega la noche y en las entrañas del tronco crepitan los últimos huesos del hombre que ha triturado, las raíces destilan en el suelo un apestoso líquido que muchos confundirían con la descomposición de algún animal. El vegetal se sume en el sopor, es hora de convertir el oxígeno en dióxido de carbono. Y la savia en recuerdos. Con la oscuridad llega la humanidad.
— ¿Qué enfermedad padece Jordi, Sra. Carme?
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—No hay nombre, ningún médico ha sabido decir que enfermedad tiene. — ¿Está bajo algún tipo de tratamiento? —No. Solo le hidrato la piel y cada mañana le ayudo a flexionar las articulaciones, como me enseñó el doctor Puig. ¿Se muere? El doctor Ferré tenía un semblante serio, su bata se encontraba manchada de sangre y resina. Parecía asustado. —No, Carme. La herida de su hijo se ha sellado completamente con una capa de pintura especial que el jardinero nos ha proporcionado. Ha dejado de llorar y está tranquilo. ¿A qué ritmo cambia su cuerpo?
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—No le sabría decir, doctor. Pero esas ramas de los hombros comenzaron a crecer hace diez meses. ¿Me lo puedo llevar a casa ya? Ante la noticia de que Jordi ya no sufría y que su sangre había dejado de manar, Carme se sintió de repente cansada y aliviada al tiempo. Llevaba ya cinco horas en La Casa de la Sanitat entre enfermos de cólera e infectados por enfermedades de “ultramar”. Tanto tiempo, que había dejado de sentir el hedor a sangre, vómito, orina y desinfectante. Los enfermos y los heridos que ocupaban el pasillo creaban un coro de apagados gemidos que la deprimían. —Debería quedarse en observación, hemos tomado muestras de su tejido y sangre para realizar pruebas. Su hijo tiene un daño congénito enorme. Sinceramente, creo que dentro de unos años, no podrá 17
valerse por sí mismo. Tal vez no dure tanto y tenemos que hacer todo lo posible por él. —Ya lo hicieron otros médicos y dijeron que solo podíamos esperar el final. Que la ciencia no comprende esto. — ¡Mamá, vamos a casa!
—Jordi salió de la
consulta del médico cojeando, topando con la rama en el marco de la puerta y cayendo al suelo. Habían cubierto su herida con una gasa que se encontraba limpia, no había rastro de sangre; era tranquilizador. La enfermera lo ayudó a incorporarse antes de que su madre llegara. —Mire, doctor, hoy ya hemos tenido bastante hospital. Dígame cuando puedo pasar para que me 18
comente el resultado de los análisis y le traeré de nuevo a Jordi. —Toma, por valiente —la enfermera le ofreció a Jordi una pequeña bolsa con anises. El doctor suspiró y observó con un escalofrío los ojos verdes y alegres de Jordi. Sintió horror y pena. —En dos semanas tendremos los resultados. La enfermera le dará la próxima fecha de visita. —Gracias, doctor. —Eres muy valiente, Jordi —le dijo el doctor a modo de despedida. Jordi le sonrió.
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La segunda mitad del siglo XIX destacó por los numerosos estudios fisiológicos, y bacteriológicos, se sentaron las grandes e importantes ramas de la medicina, nuevos instrumentos de diagnóstico; pero sus resultados y su aplicación a la sanidad pública, tardaría muchos años en llegar a los médicos. Habría que esperar a inicios del siglo XX para que la penicilina surgiera. El árbol humano nació en un instante de la humanidad en el que a los monstruos de la naturaleza se les dejaba vivir, sufrir y morir en paz. Incluso se podían ganar la vida (si vivían lo suficiente) en una feria ambulante de fenómenos. Los titulares de las noticias acaparaban la turbulenta vida política y social de aquella Barcelona, la enfermedad y la miseria no eran noticia, había demasiada 20
mortandad. La pobreza no es noticia cuando es algo cotidiano. El árbol humano, quedó en un vago recuerdo de las gentes de un barrio; cuando desapareció se convirtió en un mito. A veces piensa que su parte humana es un mito, un recuerdo fantasma de algún cerebro que se pudre entre sus raíces, un cerebro que no es el suyo.
El pequeño Jordi perdía movilidad con cada mes que pasaba, a veces vomitaba la comida. Y bebía mucho. Sin que le vieran, bebía el agua con el que lavaban las entrañas de las gallinas y conejos que mataban.
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Se sentaba en el primer escalón de la puerta de la casa y miraba directamente al sol durante horas. En las tardes de verano, cuando aún lucía el sol, Santiago Filló, su padre; tras finalizar la jornada de estibador en el puerto lo tomaba en brazos y entraba con él en casa ya acostumbrado al calor que desprendía el cuerpo de carne y madera. Las personas se acostumbran con facilidad a las desgracias y a la fortuna. Solo es cuestión de tiempo. La anormalidad con el tiempo pasa a ser cotidianidad, con más tiempo adquiere familiaridad. Solo que a las cosas buenas se adapta más rápidamente la gente. El niño-árbol era su hijo a pesar de la angustia de ver como cada día quedaba menos de niño y crecía el árbol. Y por ese mismo empeño, cuanta más madera abrazaba, más lo amaba. 22
El hombre-árbol ha ido más allá de la normalidad para caer en una monotonía que pudre el alma. Ver pasar el tiempo lentamente es muerte eterna y diaria. Ya no recuerda con emoción desgracias ni fortunas; tal vez el dulce sabor del caramelo en su lengua, todo lo demás ha quedado diluido en un recuerdo que se esfuerza porque no se le borre de su noctámbula memoria.
El niño árbol entra en clase, la profesora lo ayuda a acomodarse en un pupitre separado de los demás por una simple cuestión de espacio. — ¿Qué ocurrió ayer, Jordi? Faltaste a clase.
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—Un señor me rompió una rama y me llevaron al hospital —respondió girando el cuerpo para que la profesora viera el vendaje. Sus compañeros se levantaron para observar la herida. La profesora dejó que satisficieran su curiosidad para que Jordi se sintiera protagonista por un rato. La profesora Neus sentía un gran cariño por él. A pesar de su deformación su comportamiento era jovial y conservaba una inusitada inocencia. Ante tal desgracia era criado con grandes mimos y cariño. Y eso estaba bien. — ¡Vamos chicos, empezamos la clase! Los niños a desgana ocuparon sus asientos y durante la clase Jordi lució una sonrisa orgullosa. Parecía un niño normal cuando sonreía feliz. 24
Sus dientes se estaban oscureciendo y Neus sintió una punzada de tristeza ante su sonrisa.
Otro día cualquiera al azar, no hay paseantes por la vereda, no se oyen voces lejanas. El cielo está completamente gris, y el árbol-hombre parece estirar sus gruesas y atiborradas ramas hacia las nubes cercanas. Los jabalíes saben que no se deben acercar a él, algunos han visto como el árbol ha devorado a varios de ellos; pero los jabatos se separan demasiado de su madre y una de las crías se acerca hasta el tronco para intentar comer una negra bellota. Una rama veloz baja hacia el animal y lo aplasta, la cabeza estalla desparramando el pequeño cerebro, el 25
vientre ha reventado dejando salir los intestinos y de la boca cuelga la lengua mezclada con pequeñitos dientes. El berrido proferido, ha rebotado en las bajas nubes y como una sirena de aviso se extiende el peligro y la muerte por la sierra. La madre empuja con el morro al resto de su camada y se alejan rápidamente del árbol. El árbol-hombre con una fina rama, agarra el cuerpo destrozado y lo arrastra a su boca. Ruge con desgana ante el pequeño festín. Ha empezado a llover, una chispa cegadora parte el cielo en tres trozos y un trueno hace temblar todas sus ramas. Los animales prefieren el ruido del trueno que el rumor inconfundible de las ramas buscando comida y el tronco abriéndose con un crujido tétrico para devorar la carne que ha matado o matará.
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Es hora de despertar para ir al colegio, Carme acaricia el rostro de Jordi con cuidado de no tocar otra parte del cuerpo, no en ese momento íntimo en el que es su hijo perfecto, lo que más quiere en su vida. Porque otras partes del cuerpo, no le molestan; pero tocar su corteza le hace pensar en la enfermedad y la muerte. La piel de su cara aún está sonrosada y suave, con un fino vello de melocotón que le da un candor conmovedor. Es su octavo cumpleaños y Carme se esfuerza en demostrar alegría, el cuerpo de Jordi lo celebra con pequeñas hojas dentadas que han crecido en la rama que se quebró hace ya veinte días.
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—Feliz cumpleaños Jordi —lo besa y lo abraza aún tendido en la cama. Jordi con dificultad se incorpora y tras inclinar los hombros para no hacer daño a su madre con su rama, se recuesta en su cálido pecho. Tras cuarenta minutos de gimnasia para dar flexibilidad a las articulaciones, al entrar en la cocina para desayunar, el pequeño se encuentra con una caja de regalo. Grita de felicidad y besa a su madre. Con ansiedad la abre y saca un soldado mecánico a cuerda que toca el tambor y hace sonar unos platillos. Está radiante de felicidad. —Gracias mama. —Y papá te regalará algo más cuando vuelva a casa. 28
Jordi no desayuna antes de ir al colegio, dedica todo su tiempo al juguete y Carme se siente feliz.
El doctor Ferré recibió los resultados del análisis de Jordi junto con una nota de amonestación en la que se le conminaba a ser más cuidadoso con las muestras que enviaba a laboratorio, era un bien para el paciente y para la economía del hospital. Se le notificaba además, que el gasto de laboratorio sería descontado de su jornal a razón de cincuenta céntimos a la semana. Si volvía a incurrir en semejante falta de cuidado con las muestras de los pacientes, sería suspendido de empleo y sueldo durante dos semanas.
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A pesar de todo, se adjuntaba una hoja manuscrita con cuidada caligrafía, con la composición aproximada de la muestra: sales de nitratos de potasio y de calcio; fosfatos, sulfatos, silicatos, etc. Una nota al pie del informe, aclaraba que se trataba de savia bruta mezclada con sangre humana. Ante la pequeña cantidad de sangre, solo se pudo observar que había un importante déficit de glóbulos rojos y anómalas plaquetas de formas irregulares que mutaban
en
verdes
núcleos
no
catalogados,
posiblemente producto de la contaminación de la muestra analizada. Ferré apenas se extrañó. Durante la cura que le había practicado a Jordi, había palpado ese tejido que nacía en el cuerpo de Jordi, observó que suplantaba la piel y el músculo. Todo tejido humano era devorado por 30
la madera, no era un tejido parásito que cubriera la piel. Allá donde la madera se unía con la piel, observó finas líneas moradas que bordeaban la rama para hundirse en la carne y alguna pequeña herida causada por el roce con la corteza. No era extraña la composición de la sangre en el pequeño Jordi. Era lógico el resultado del análisis. Tomó la pluma y la mojó en el tintero para escribir una cita de consulta para Jordi, quería observar como cicatrizaba la herida de su hombro, seguir el curso de su enfermedad y satisfacer su curiosidad de hombre de ciencia. Rompió la cita a medio escribir y el resultado del análisis. Y por último dejó caer tras el archivador el historial de Jordi. Supo que no se podía hacer nada por aquel niño, que la madre no soportaría que cortaran trozos del tejido 31
de su hijo para más pruebas que no conducirían a nada, a ningún bienestar. La ciencia negaba que pudiera existir semejante ser. La ciencia aún no había descubierto ni los RayosX. Pensó en lo conveniente de que un jardinero podara sus ramas periódicamente para mantener su tronco recto. No se rió, se sintió mal y deseó que le hubieran sancionado con sesenta años de empleo y sueldo. Seis meses más tarde una inundación destruyó gran parte de los archivos de historiales médicos. El de Jordi por encontrarse en el suelo, fue de los primeros en deshacerse;
primero
se
deshicieron
las
palabras
diluyéndose lentamente y el papel se hizo una pasta irreconocible. 32
La enfermedad de Jordi nunca existió, y el doctor Ferré consiguió no pensar en él con angustia tras tres largos meses debatiéndose entre el deseo de conocer la evolución del niño y el gratuito dolor que provocaría en la familia el hecho de que las visitas al médico solo sirvieran para constatar que el árbol que salía de sus huesos lo estaba devorando.
Algo ocurrió en su vientre, alguna enfermedad, degeneración o mutación. Tal vez fuera cosa de su marido… Algo en sus cojones. Era su continuo pensamiento, su mortificación. Alguien le debía una explicación de porque su hijo se estaba convirtiendo en madera. 33
Un pensamiento constante, siempre las mismas preguntas cuando al lavar los platos observaba a los críos jugar en la calle; pero sobre todo cuando una madre regañaba a su hijo porque no dejaba de dar vueltas a su alrededor. Su hijo nunca corrió alrededor de ella con agilidad. Esa deliciosa normalidad de enojarse con el hijo nunca la había conocido. Incluso los momentos de alegría estaban teñidos de pena. Jordi seguía estático esperando a su padre en el primer escalón de la casa. Sus piernas ya no se podían doblar sin dolor para sentarse. Sus ojos aguantaban más tiempo los rayos directos del sol porque estaban hundiéndose en lo profundo de una corteza que se estaba formando en su rostro. 34
A medida que el árbol crecía, el niño desaparecía por el día, su candor y su humanidad quedaban ahogadas por la savia. Santiago llegó en esos momentos; cuando cogió a su hijo de la mano para entrar con él en casa, éste permanecía aún rígido y apenas le devolvió el beso de saludo. Carme sintió el dolor oculto de su marido tras su tierna sonrisa como la peor de las cuchilladas. Un vaso se le resbaló de las manos y al romperse le provocó un corte en un dedo, la sangre que manó fue un descanso, ese dolor no consiguió cubrir lo suficiente el otro que le oprimía el corazón. El final estaba cerca, solo podía reconocer a su hijo en la noche. Era demasiado poco tiempo de felicidad, una eternidad de sufrimiento.
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En la noche, la mirada de infinita tristeza de la madre es un retrato encima de una consola en la mente cautiva del hombre-árbol. Es la única que recuerda, la única mirada que le fue dedicada con infinito cariño.
Ya estaba a punto de cumplir los nueve años, su madre lo llevaba al colegio en silla de ruedas, sus piernas ya estaban unidas formando un tronco, y la única movilidad de sus miembros residía en los brazos y en la zona lumbar. Sus genitales habían desaparecido también. El policía bostezaba tras la puerta cerrada del aula. Las clases habían comenzado de nuevo tras la hora del patio, Jordi aún se encontraba aturdido por lo que 36
había ocurrido y Neus estaba preocupada por su futuro. Los niños sentían la tragedia flotar en el aire y un silencio anormal se extendía en el aula, a pesar de que la profesora intentaba por todos los medios ser neutra en su tono y dominar los nervios que le hacían temblar las manos que sujetaban el libro. Desde el patio llegaban las voces de los policías, el personal sanitario, Don Senén el director del colegio y un par de profesores más. Hacía una hora que todo había ocurrido. Durante la hora de descanso y recreo. Neus llevó a Jordi al patio y lo dejó en su silla de ruedas frente al sol como era habitual desde los últimos dos meses. El pequeño mordisqueaba el panecillo de chocolate
mientras
sus
ojos
ensimismados ante el calor. 37
se
entrecerraban
Dos niños nuevos daban vueltas a su alrededor con disimulo; en clase no habían dejado de mirar a Jordi y cuchichear entre risas, Neus les había llamado la atención unas cuantas veces durante la clase de geografía. Se aproximaron con sus bocadillos aún en la mano y uno de ellos colocó un petardo en la rama derecha, el otro lo hizo estallar con un fósforo. Jordi gritó asustado y una ramita salió volando por el aire. No fue una detonación fuerte; pero calló de la silla de ruedas, intentó mantener el equilibro manoteando sus ramas en el aire; uno de sus retorcidos dedos se hundió en el ojo derecho del que prendió el petardo que aún reía. Rodó en el suelo con un veloz giro, la rama izquierda ya tan gruesa como un brazo adulto impactó en 38
la frente del otro crío y su cuello se rompió con un chasquido seco. Se le doblaron las rodillas y cayó al suelo tendido, inerte con los ojos abiertos, mirando directamente al sol. Jordi se debatía rodando a un lado y otro por levantarse del suelo, llorando de dolor. Neus lo observó todo; pero no tuvo tiempo para evitar aquella desgracia. Dos profesores corrieron hacia los niños. Ella auxilió a Jordi que se lamentaba incapacitado para levantarse; una de las ramas-dedos se había tronchado y tenía una hemorragia de sangre y savia. Más savia que sangre. Hipaba de dolor intentando mantener separado del suelo el miembro. Con dificultad consiguió levantarlo para que pudiera sentarse en su silla. Vicente,
el
niño
del
ojo
herido
gritaba
cubriéndose el ojo con la mano, entre sus dedos se deslizaba una sangre rosada y espesa. Uno de los 39
profesores intentaba ver su herida sacándole las manos de la cara. Otro profesor se encontraba ante el cuerpo inmóvil del niño sin saber que hacer. Por fin se lanzó en carrera hacia el despacho del director, que en ese momento y ante el repentino silencio en el patio, se asomó a la ventana. El director tras observar a los heridos, salió hacia la calle para hablar con un policía que patrullaba la zona. Ordenó a los profesores que hicieran formar a los niños y los llevaran de nuevo a sus clases. El comisario, tras escuchar a los profesores, ordenó que un policía se apostara en la puerta de la clase de Jordi para evitar que escapara a pesar de que le explicaron que era un niño enfermo. Neus sentía un escalofrío cuando evocaba el momento en el que Jordi giró sobre sí mismo en el suelo a 40
pesar de su invalidez para romper el cuello de Blas. Hubo voluntad en aquel acto y en los pequeños ojos de Jordi había una ira verde desatada. Ella pensaba que solo la locura podía provocar aquella mirada fiera, y sin embargo tan fría y calculadora, sin asomo de dudas. Supo antes de que la rama impactara en la cabeza del niño, que moriría.
Jordi se encontraba aún asustado y dolorido en clase de historia, la señorita Neus hablaba de Napoleón y una guerra. Un potente rayo de luz de mediodía entró por la ventana de la clase e hizo blanco en su sien ya ennegrecida por una piel-corteza. Sus ojos miraron directamente la luz y su boca se abrió para lanzar un rugido potente que asustó a toda la clase. 41
Sintió con terror hundirse en la penumbra, olvidaba rápidamente su propia existencia ante el profundo aliento abrasador de la leñosa conciencia de un ser que carecía de emociones emergiendo a la luz. Experimentó la fuerza inhumana con la que sus pies deseaban hundirse en la tierra. El dolor de la extremidad de su tronco al intentar clavarse en el duro pavimento del aula. Dolió la madera al quebrarse sin conseguir profundizar. El grito de dolor no salió, se quedó dentro de él. Desde allá fuera llegaba la voz de la profesora preocupándose por su repentina inmovilidad junto con los sollozos de sus compañeros de clase. Jordi experimentó por primera vez el peso de la soledad perfecta.
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Los hay que se hacen hombres con su primera penetración a una mujer. Jordi se hizo hombre en cuestión de segundos. Se hizo viejo en un instante y en aquellas sus primeras horas como árbol, se hundió en la nada aferrado a un par de recuerdos. Con el pensamiento dislocado entre fibra y savia; roto de un golpe seco como un hachazo. La maestra lo observó girar su tronco hacia la luz que entraba por la ventana de la clase y quedar estático. Lo zarandeó y le abofeteó las rugosas mejillas para recuperarlo; pero sus ojos se cubrieron de corteza y desaparecieron. —¿Qué le pasa a Jordi, señorita? —le preguntó una niña asustada. —Está muy malito, Núria —la engañó, pensando que había muerto. 43
Corrió hacia la puerta y le dijo al policía que necesitaba un médico. El personal sanitario que aún se encontraba atendiendo a las víctimas, acomodó a Jordi en una camilla y lo trasladaron a La Casa de la Sanitat.
Ha transcurrido poco más de un año desde que conoció a Jordi, es imposible reconocer su cara, su cuerpo ya es un noventa y cinco por ciento de madera. El estetoscopio no puede detectar sonido alguno en su corazón o donde debiera estar. Siente escalofríos al tocar su piel o su corteza. No tiene forma humana de hacerlo volver en sí, el Dr. Ferré intenta por todos los medios a su alcance 44
despertar a Jordi; pero no se abren sus ojos enterrados en corteza ni su tronco parece respirar. Y no quiere tampoco que ese ser vuelva a respirar y con ello sufrir y hacer sufrir. Ante la urgencia del juez por conocer el estado de Jordi, Ferré dictamina que no se puede reanimar al pequeño.
Clínicamente está muerto, ya que no hay
ninguna reacción a todos los estímulos a los que se le ha sometido. Y ante la falta de latido, firma su acta de defunción, sin estar convencido. Un carro sanitario lleva al niño-árbol y a sus padres a su casa. La madre llora, el padre no puede levantar la mirada de su hijo-árbol y algo le dice que está vivo, que bajo toda esa madera, su hijo está y es. No queda en todo su cuerpo un solo rastro de piel humana. Se aferra a esa misma madrugada, cuando entró en el cuarto de su hijo, y lo oyó respirar en la 45
oscuridad, como otro niño cualquiera. Ojalá se hiciera la oscuridad, se conformaría con oír sus pulmones y sentir su aliento; eso bastaría. La próxima madrugada haría lo mismo. Los padres y familiares del niño muerto se han reunido a la salida del hospital y apedrean la ambulancia jurando vengarse. Los padres del niño herido se encuentran en el corredor esperando que el médico acabe de curar a su hijo y ante el griterío exterior, se sienten aliviados de no haya tanta muerte a su alrededor, es solo un ojo. Es más importante la vida.
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El juez Joan Hortalá se limita a hacer constar en acta los sucesos y que el presunto agresor ha caído en coma irreversible. Archivará el caso como un accidente. No sentía especial deseo de llegar al fondo de aquel asunto era un simple accidente entre niños. Pero Jordi Filló no era un niño ¿cómo se castiga a un monstruo? ¿cuánto quedaba de humano? Él mismo pudo ver al niño árbol ya inmóvil en su pupitre, tuvo que creer a profesores y alumnos, tuvo que hacer un grandísimo esfuerzo de fe para creer que aquello una vez fue niño. Hace apenas unas horas. El doctor Ferré lo ha llamado niño deforme; pero eso no era un niño. Joan intenta redactar el acta de forma clara y concisa; y siente que queda mucho por explicar.
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Y asienta en la hoja que la muerte del pequeño Blas Santmiquel y la herida con pérdida del globo ocular (según palabras del informe médico) de Vicente Gutiérrez se debe a un acto fortuito, una broma entre niños y cuyo objetivo era burlarse del deforme Jordi Filló que ha provocado las heridas con sus extremidades deformes al sentirse asustado y agredido. Jordi Filló ha muerto en el aula durante el levantamiento del cadáver en el patio del colegio. Así mismo detalla la asistencia sanitaria a los afectados y la toma de testimonios de los testigos de los hechos. Y vuelve a pensar en como se rompe un cuello y se vacía un ojo por accidente y con tanta facilidad. Las palabras lo simplifican todo demasiado. Quien lea el acta
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no conseguirá imaginar el espanto que hay tras las simples palabras de “extremidades deformes”. A su forma de ver no hay causa que juzgar, no hay delito y los que han participado en los hechos son menores de edad. Haciendo sonar la campanilla de su mesa, entra en su despacho el procurador que espera sus instrucciones. —No es urgente, Sergi. Entrégalo en el juzgado del magistrado Ferrán Torres. Para mí es una causa a archivar. Cuando el procurador está a punto de cerrar la puerta, el juez lo detiene. —Entrega esta carta al Comisario Llavaneras —le pide mientras aún escribe apresuradamente una orden 49
para que durante dos días, un agente vigile la casa de Jordi Filló ante las amenazas de las que fue objeto su familia, por parte de los familiares y amigos del niño muerto.
La ardilla avanza montaña abajo saltando por las ramas de pinos, castaños, robles y encinas sin tocar el suelo en ningún momento. Se dirige al grupo de encinas que se encuentra en la parte media de la montaña, se detiene en cada rama por cada avance escuchando el ruido del bosque. Allá abajo hay más sol, los árboles no se encuentran tan juntos y tupidos porque una senda abierta como cortafuegos hace años, separó el bosque.
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Debe tener deseos de posarse en una rama y calentarse. Hay demasiada comida ladera arriba, no es necesario subir a menos que la piel pida calor. Su pelaje está húmedo por el rocío de la noche. La encina más vieja resalta por su tronco gris claro, la más vieja y la más grande. El conjunto de la copa frondosa, da la impresión de ser negro, porque apenas pasa la luz. Para llegar a ella, el animal salta al suelo y corre un trecho antes de trepar por un pino cuya rama le lleva al borde de la vereda, al otro lado se encuentra la gran encina. Olisquea el aire y queda quieta durante unos segundos, a veces llegan ruidos que no son del bosque. Ruidos humanos y mecánicos. Baja por el tronco y cruza el camino con rapidez para llegar al gran árbol de gigantesca copa. 51
Trepa rápidamente por el tronco y se sube a la primera rama para avanzar hasta el final; mordisqueando una bellota se deja mecer por el suave viento que agita la copa. El sol da de lleno en sus patas juguetonas y en su pecho. Sus pequeños ojos oscuros se cierran por un placer puramente instintivo. Una fina rama se mueve silenciosamente, de hecho el continuo rumor que provoca el aire en la frondosa copa, disimula el predador movimiento hacia el animal. Cuando la ardilla se sobresalta ya es tarde, la rama ha hecho presa en su cabeza, dos brotes actúan como dedos. El animal chilla hasta que la presión de los dedos que le oprime las sienes, acaba por romper el cráneo y convertir su pequeño cerebro en papilla dejando caer la bellota de sus patas inertes. El árbol 52
humano parece exhibir su presa al sol, no la devora. Simplemente la sostiene en su rama, pinzada por la cabeza. El árbol no mata solo para comer, mata lo que le molesta. Moscas de la carne metálicas y gordas cubren el cuerpo suspendido del roedor. El árbol bostezaría aburrido si tuviera conciencia de que también es humano. Cuando llega la noche y la bestia se duerme, el hombre emerge y afloja la presión de las ramas para dejar caer el cadáver que hiede a carne corrupta. El árbol humano se escapa a toda categoría animal o vegetal existente y la que pudiera existir. Sus necesidades como vegetal son plenamente satisfechas; pero como hombre hay un pene palpitando entre sus entrañas. La reproducción vegetal no satisface al hombre, su pene enterrado en madera no encuentra más 53
consuelo que alguna eyaculación onírica o una masturbación provocada por algún fuerte viento que agita su cuerpo durante la noche. Sus pequeños placeres son accidentales, excepto una vez que más que un recuerdo parece un sueño. El azar determina no solo su comida, sino también su placer. Hay un deseo insatisfecho y una frustración acumulada en cada anillo de crecimiento de su tronco. No sabe si está loco, no sabe si es cordura o demencia lo que su mente infantiloide desarrolla. Hay noches como ésta en la que le gustaría que unas manos suaves le acariciaran el pene que pulsa duro y erecto prisionero en una cárcel de astillas. Recuerda las caricias de su madre y se imagina una piel así de suave liberando su bálano de entre la madera. Se imagina el glande arañado por el roce, su pene recibiendo el 54
estímulo del frescor de la noche. Recuerda vagamente la única vez que su miembro entró en algo más blando que la madera. Tal vez fuera un sueño, ocurrió durante el alba, cuando las dos conciencias, la vegetal y la humana se encuentran y donde se somete lo humano a la voluntad de la clorofila.
Los enfermeros le han ofrecido ayuda, se ha negado; no pesa su hijo, no necesita ayuda. Santiago entra en casa con el niño árbol entre los brazos, tras él Carme tragando lágrimas. No puede estar muerto, su tronco es cálido, hay vida. Lo tiende en su cama y le coloca el soldado de juguete en el pecho, aunque no sabe si llamar así al negro tronco. 55
En la extremidad inferior del tronco se han formado raíces blancas, que parecen crecer y agitarse buscando la tierra. Ayer no estaban, su esposa deja de gemir para asombrarse al seguir la mirada de su marido. —Jordi no ha muerto, mira sus raíces, están vivas. Carme se acerca y acaricia los suaves brotes, están calientes como su mano; recuerdan vagamente la suavidad de la piel de su rostro. —Voy a buscar agua, tú trae trapos, toallas. Lo que encuentres. Santiago saca un cubo de agua del pozo del patio y cuando vuelve a la habitación Carme tiene preparadas toallas y sábanas.
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Empapan las telas en agua y cubren las raíces. Al contacto con la humedad, del interior de Jordi se escapa un sonido parecido a un suspiro de alivio. Algo humano. Carme se lanza encima de su hijo abrazándolo, y dando gracias a dios por aquel sonido, por esa prueba de vida. Se escuchan gritos en la calle y a continuación golpes en la puerta de la casa: la familia del niño muerto. Santiago corre hacia la entrada armado con un azadón; pero al abrir la puerta, dos policías se encuentran ante ella. —Métete en casa Santiago, nosotros nos ocupamos de esto. El agente es vecino y amigo, comparten partidas de dominó en la tasca. 57
—Gracias Emilio. — ¿Cuándo es el entierro? Una piedra pasa entre los dos hombres y entra en la casa golpeando la puerta del comedor. — ¡Vamos, Santiago! Entra y cierra la puerta. Por el paseo se escuchan los cascos de los caballos acercarse, son refuerzos de la policía. Durante dos horas se mantiene una leve contienda de insultos zarandeos y amenazas, hasta que la familia y amigos de Blas, se dan por vencidos ante la invulnerabilidad de la muralla de agentes. A éstos se suman una docena de vecinos que apoyan a la familia Filló. Casi todos ellos conocían a Jordi Filló, y fuera o no un monstruo, lo vieron crecer y caminar al sol hasta 58
que su niñez se pudrió en madera. A veces la vida ofrece justicia además de dolor. Ya es de noche, el sol se ha ocultado. Santiago revisa los daños de la puerta y retira cristales rotos de las ventanas tras las riñas entre la policía y sus amigos contra la familia de Blas. Carme repone trapos húmedos en las raíces de su hijo, ya sin esperanza porque su inmovilidad y silencio han sido absolutos. — ¡Maaaa…! Carme grita de sorpresa al oír ese extraño sonido, una palabra eructada que ha salido de una garganta rota. Las ramas se han agitado brevemente, como si se desperezaran de un sueño. — ¡Santi! Jordi ha hablado. 59
Carme escucha los pasos presurosos del hombre cruzando el salón. Llega con la respiración agitada a tiempo para observar emocionado como una de las ramas se agita. — ¡Jordi, di algo! — ¡Pa… pa! Casi como un milagro, se abren dos ojos verdes como esmeraldas entre la corteza, allá donde hubo cara. Carme toma a su hijo en brazos, camina a lo largo de la cama con él, dando palmadas en su espalda, donde debiera tenerla. De las raíces envueltas gotea agua en el suelo. Es una imagen grotesca, como una burla a la inocencia y al amor. Santiago toma asiento en la pequeña silla de mimbre roja que le compraron a Jordi cuando tenía 60
cuatro años, saca de un bolsillo la petaca y lía un cigarrillo con dificultad, sus ojos empañados de lágrimas no enfocan bien y se le cae el tabaco al suelo. Vuelve a liar otro con las manos temblorosas. A medida que pasan los minutos, los ojos de Jordi adquieren más agilidad para pasar de su padre a su madre. Se ha formado una boca tosca como un agujero que abre para intentar pronunciar palabra; pero le es imposible hablar con soltura, incluso las simples sílabas que pronunció hace apenas unos minutos, requieren un mayor esfuerzo. Mueve sus ramas con facilidad para abrazar a sus padres, para señalar. Eso es fácil. — ¿Tienes hambre?
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Jordi vuelve a estar tendido en la cama, con los ojos mirando al techo. Intenta contestar con unas cuerdas vocales que ya son casi enteramente fibras de madera y en lugar de un sí, de su boca leñosa solo sale de un chirrido grave, como madera seca quebrándose. Agita verticalmente una rama que un día fue brazo para decir “sí”. Carme se apresura en la cocina para freír una longaniza que cortada a trozos, deja caer en la boca de Jordi que los mastica con ese horrible sonido de madera seca. Son las tres de la madrugada. El matrimonio ha salido de la habitación y ha dejado descansando a Jordi, como si fuera un niño normal. 62
—Jordi no puede vivir así, Carme. No puede estar tendido siempre en la cama, sus raíces se pudrirán si solo las mojamos. Es un árbol. La alarma se desata en la mente de la mujer, es su hijo, no un árbol. — ¿Estás loco? ¿Crees que lo vamos a plantar en un tiesto? —hay un sarcasmo histérico que se convierte en un grito. —No grites, nos puede oír. Está asustado, no lo asustemos más. No he pensado en otra cosa en todas estas horas. Jordi no puede vivir en una maceta dentro de casa, necesita el sol. ¿Te acuerdas cuando me esperaba en la puerta a que llegara del trabajo? Tiene raíces, Carme y esas raíces necesitan espacio para crecer.
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—Las
cortaremos,
no
necesita
raíces,
lo
alimentaremos por la boca. —No funcionará, Carme, su naturaleza es así, si le cortamos las raíces, tarde o temprano se secará. Y al decir esto, todo el peso de la conversación y las surrealistas dudas, adquirió alarma y dramatismo. Se dieron cuenta ambos, de que estaban a punto de abandonar la cordura. — ¿Cómo se encuentra ahora? Carme entró en la habitación y dio un beso a su hijo donde debieran estar los ojos. —Está dormido. —Vamos a descansar y por la mañana pensaremos con más calma.
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Las pocas horas que quedaban para que saliera el sol, no durmieron.
Año 2014. Enric Dalmau, el guarda forestal, ha creído ver una alucinación, ocurren esas cosas cuando las horas pesan en la atalaya de vigilancia. Algo le ha parecido anormal, una escena fuera de lugar en el mismo momento en el que con los prismáticos observaba su zona en busca de algún incendio, una señal de socorro o algún acto furtivo. Vuelve a hacer el mismo barrido con los prismáticos a la inversa para encontrar la causa de esa sorpresa. Se detiene ante la vieja encina al borde del camino porque es la única copa que se mueve en un día 65
sin viento. No es un movimiento uniforme, los prismáticos a esos dos kilómetros lineales de distancia, apenas ofrecen detalles, por ello le parece una simple alucinación óptica el hecho de que se haya movido una rama y cuelgue algo extraño y diminuto de ella. Es una encina tan vieja que su corteza se encuentra más cerca del color blanco que del negro. —Un árbol cano… —se dice para sí mismo. Observa la enorme copa de más de veinte metros de diámetro y la impresionante sombra que ofrece. Piensa en la cantidad de gente que ha debido dormir a su sombra durante ese siglo y medio que presumiblemente tenga de vida, según el servicio forestal del Parque Natural del Montseny.
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Otro leve movimiento en las ramas y esta vez le ha parecido anómalo: una sola rama se ha agitado, tal vez sea el temblor de sus brazos, está cansado de mantener esa posición de vigilancia. Cualquier día por la mañana, antes de que el sol apriete, se acercará con el coche para observar de cerca ese viejo árbol, le apetece acariciar un tronco de siglo y medio de antigüedad.
Noche número un millón de conciencia humana presa en un cuerpo de madera inmóvil, un Pinocho inarticulado tan poderoso que lo anula como hombre durante el día, que solo le deja vivir la noche, que solo le permite pensar y recordar durante unas horas en la 67
oscuridad, con toda maldad, para que sus recuerdos nunca se iluminen. Para que no llegue la luz. Recuerda su primer día de vida como árbol, mejor dicho, recuerda su primer despertar en un cuerpo vegetal. Recuerda a sus padres llorando, colocando trapos en sus nuevas y delicadas raíces. Recuerda con la misma angustia su incapacidad para hablar y sus deseos incomunicados de ser abrazado, de intentar gritar que lo sacaran de allá dentro, de toda aquella madera que le provocaba un intenso dolor en los pocos órganos, músculos, huesos y piel que quedaban de su cuerpo original. Sus padres lo dejaron descansar saliendo apesadumbrados de su habitación. El dolor lo llevó a un sueño profundo aquella noche y cuando los primeros instantes de claridad empezaron a diluir la negrura de la 68
noche dejó de soñar con sus pasos por la calle, con las risas en el colegio y dejó de ser por segunda vez en su vida. Sus ojos embutidos en madera consiguen a duras penas taladrar la oscuridad de la noche. Hay noches con luz, cuando la luna da tregua a su continua negritud. Esta no es una de ellas, esta noche es oscura y los miles de ruidos de seres invisibles, aún consiguen crear en él ese terror ancestral que los humanos sienten por lo oscuro. No le gusta la oscuridad y se deja llevar por la ira cuando se hace tan presente su maldición. Desearía morir ahora, desearía no haber vivido tantos años de noches en la oscuridad. Y su pensamiento ruge enfurecido blasfemando contra la luz que le está vedada. Todo él es rencor. La envidia hacia los hombres, la ya destrozada esperanza de 69
volver a ser humano se ha convertido en un odio ponzoñoso que enturbia la claridad de su pensamiento en sus aleatorios ataques de ira y piensa que si se pudiera mover como un hombre, su destino sería matar todo cuanto pudiera, fuera hombre, mujer, viejo o niño. Su ira es leñosa y áspera. Su corazón late tan rápidamente que golpea contra la madera que lo encierra y de sus ojos mana una minúscula lágrima roja. Su mente está partida en dos por el candor de una infancia eterna y el rencor de un hombre centenario. Es la más potente de las esquizofrenias. Toma conciencia ahora de los recuerdos del árbol, siempre le deja unos recuerdos borrosos, unos recuerdos latentes del día que se borran al llegar el nuevo amanecer. Jordi los atesora aunque no sean suyos, aunque no estén perfectamente vívidos. Recuerda con 70
una sonrisa interior el crujir del cráneo de una ardilla, como recuerda con ilusión los muertos de desdibujadas caras. El árbol no comparte recuerdos, simplemente navegan entre su savia como emociones que no tienen ningún fin, experiencias que se olvidan porque no son necesarias. Jordi se esfuerza por absorberlas y acopiar vida, aunque sea ajena. Y odia a ese ser que ni siquiera le da recuerdos claros. En el pensamiento de Jordi, hay cientos de gritos de terror y dolor, hay jabalís aplastados y bellotas que se pudren a sus pies. Hay ratas que mordisquean su madera y pájaros que hieren sus ramas. Y por encima de todo, están los límpidos y luminosos rostros de a quienes un día amó y convivió. Su memoria, lo único que puede ejercitar de sus facultades humanas, está hiperdesarrollada y caótica al 71
tiempo, es algo que solo le sirve para sentirse aún humano, para demostrarse así mismo que un día vivió y que a pesar de todo, sigue viviendo. Y su pene aprisionado, herido y sangrante entre madera… Una vergüenza en la que no quiere pensar.
No han dormido, se les han cerrado los ojos de puro cansancio y éstos se abren con los primeros rayos de sol que se filtran a través de las cortinas del comedor. Ambos se apresuran para ver a su hijo. Cuando entran en la habitación les abofetea la nariz un fuerte olor a clorofila y la completa quietud de su hijo tendido en la cama. 72
Sus ramas no se mueven, no se percibe movimiento en la boca escondida entre la corteza negra Otra vez está muerto. Las raíces están secas, y en algunas hojas de las pequeñas ramas que crecen de lo que antes eran sus brazos han aparecido manchas pardas. —Carme, corre a la cocina y moja trapos, hay que humedecer esas raíces. Yo voy al patio, tengo que hacer el hoyo para plantarlo. —Santi… ¿Y si está muerto? ¿Y si está sufriendo? —Carme, es Jordi, nuestro hijo. Si sus hojas están verdes, no ha muerto. Tenemos que salvarlo, es un árbol, tiene que vivir al sol y de la tierra. No podemos hacer nada más.
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Carme se apresuró a humedecer las raíces. Santiago tomó un pico y una azada y muy cerca del pozo cavó un agujero de un metro de profundidad por medio metro de diámetro, en su interior dejó caer nitratos que usaba normalmente para abonar las tres matas de tomate que tenía plantadas. Santiago enciende un cigarro observando el hoyo, pensando en lo absurdo y lo doloroso de todo ello. Piensa en Carme y los días que le esperan en la casa conviviendo con un árbol que fue o es su hijo. Piensa en como hablar a Jordi en un triste y pequeño patio de casa humilde y le duele profundamente regarlo. Llaman a la puerta. —Voy yo, Carme. No dejes que las raíces se sequen, ya pronto estará bien.
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Cuando abre la puerta se encuentra con Josefina, la madre de Lourdes, una compañera de Jordi. —Buenos días Santiago. ¿Cómo os encontráis? —Destrozados. Carme no levanta cabeza y yo no sé ni donde me encuentro. Ha sido todo tan rápido. Tantas cosas… — ¿Hicieron mucho daño en la casa esos animales? —No, un par de vidrios rotos. Vosotros y la policía nos ayudasteis mucho. — ¿Cuándo es el entierro? Me han encargado en el colegio que os lo pregunte dada nuestra amistad. Santiago queda callado durante unos segundos y Josefina lo achaca a su dolor.
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—No lo enterraremos. Plantaremos su cuerpo en el patio. Josefina se santificó. — ¿Podréis vivir con vuestro hijo muerto en el patio? —Josefina, nunca fue un niño normal, si podemos conservar lo que queda de él por un tiempo, lo haremos. Si existe una posibilidad de que su cuerpo responda como un vegetal, lo cuidaremos. Josefina calló durante largo tiempo. —No sé, Santiago, tal vez tengas razón. Jordi nunca fue un niño normal y sabe Dios lo que habéis sufrido. Nadie mejor que vosotros para decidir algo así. Transmitiré a la escuela vuestra decisión. Todos sus compañeros esperan despedirse. Lo querían mucho. 76
—Abriremos la puerta de casa por dos días para todo aquel que quiera despedirse de Jordi. —Buenos días, Santiago. Descansad, dile a Carme que lo siento, que la ayudaré en todo lo que pueda. —Gracias Josefina. Santiago entra en la habitación de Jordi, su esposa se encuentra mojando las raíces, envolviéndolas en una pesada sábana húmeda. —Ha venido Josefina y le he contado lo que vamos a hacer con Jordi. Vendrán a despedirse de él sus amigos de la escuela. Carme rompe a llorar sentándose en el suelo, apoyando la cabeza en las raíces envueltas de Jordi.
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—Vamos, hay que plantarlo. Es su única posibilidad para que pueda vivir. —Eso no será vida, Santi. ¿No lo entiendes? —Será su vida, así nació. Ya no es un ser humano. Tal vez por la noche, o en algún momento sea nuestro hijo dentro de ese cuerpo, no lo sé, Carme. Pero hemos de cuidar de él así. Entre los dos lo tomaron y con cuidado y en silencio llevaron a Jordi al patio. Carme mantenía a su hijo derecho sobre las raíces, mientras Santiago cubría con tierra las raíces y el tronco. Tras haber apisonado la tierra, sacó un cubo de agua del pozo y lo regó. Carme se abraza a Santiago con un llanto inconsolable. 78
—No sé si podré soportarlo. —Lo harás Carme, por tu hijo, sea lo que sea. Sea como sea. Son las nueve de la mañana y se sienten cansados. Las hojas marrones, casi secas se hacen verdes sin que ellos se den cuenta. Le desean a Jordi buenos días antes de volver al comedor para sentarse en el sofá y sin darse cuenta, quedar profundamente dormidos. Derrotados.
Año 2014, junio. Está prohibido acampar en el Parc del Montseny; pero la montaña es de todos y bien vale la pena arriesgarse a una multa por pasar un par de 79
noches calurosas al fresco, con el impresionante cielo límpido sembrado de estrellas como un techo de juguete. Eusebio y Ramón Estevez, dos hermanos de treinta y cinco y treinta años, habían llegado a los pies de la gran encina ya al anochecer. Habían caminado relajadamente durante ocho horas; se habían detenido en varios tramos para comer, fumar y descansar. Tenían muchas cosas que hablar tras más de diez años en el que Eusebio había estado viviendo en Londres, trabajando como ingeniero en sistemas informáticos. Aquellos dos días que pretendían pasar en el macizo del Montseny eran un homenaje a su infancia. Conocían bien el terreno, habían nacido en Sant Celoni y aún recordaban los caminos y los mejores lugares de la montaña como la palma de la mano. Aún así, habían escogido un recorrido visible en todo momento, 80
sin complicaciones: un cortafuegos o pista forestal que con el tiempo, la Consellería de Agricultura había ensanchado lo suficiente para que los vehículos circularan con seguridad . La pista subía hasta la cima de la montaña en una suave pendiente, para volver a bajar de nuevo, así hacía con las tres montañas que cruzaba hasta terminar o empezar en Fogars de Montclús. Su meta era la encina centenaria que se encontraba al borde de la senda o cortafuegos, a medio camino de la cima de la montaña que rondaba los novecientos metros de altura. Se instalarían tras su impresionante tronco para ser discretos durante la noche, por si los forestales pasaban por allí, cosa que dudaban. Por otra parte, no habían subido a gran altura, y no tenían riesgo con el tiempo, si acaso alguna incómoda 81
lluvia podría obligarlos a permanecer más tiempo del deseado
en
la
tienda;
pero
las
predicciones
meteorológicas consultadas auguraban buen tiempo. Con su pausado paso llegan casi al anochecer a la encina, con los últimos rayos de sol iluminando apenas las copas de los árboles, esperan a que el sol se oculte completamente para acampar tras el árbol, sentados en una piedra al borde del camino. Mientras tanto fuman y hablan de las estrellas y lo alucinante que sería poder observar el planeta Tierra desde ellas. — Ya es hora de que montemos la tienda Ramón —dice Eusebio incorporándose con un bostezo. Tras el tronco, sacan de sus mochilas las linternas eléctricas y en pocos minutos organizan el pequeño campamento para pasar la noche. Una vez instalados,
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llaman por los teléfonos a sus familias para despedirse hasta la mañana y comunicarles donde se encuentran. Es luna llena, hay tanta claridad que mantienen los farolillos eléctricos apagados. En un hornillo de gas, preparan café y el aroma parece estremecer el árbol. Durante la conversación, el hombre enterrado en el árbol escucha con atención, con emoción. Por primera vez en sus ciento cincuenta años de vida, tiene compañía durante la noche. Se siente confuso. Todo el peso de la soledad y su incapacidad de ser un hombre normal, lo precipita a una desesperada tristeza. Quisiera poder hablar y saludarlos, decirles que piensa a pesar de todo. A pesar de las hojas y las ramas. 83
Se siente extraño a los humanos, a los animales y los vegetales. Recuerda su aflicción ante la primera noche que despertó como niño en esa montaña, la soledad, el miedo. Era un niño árbol. Y el terror a la oscuridad y a los animales se convirtió en una tortura que durante muchas noches lo llevó al borde de la locura total. Arañaba con las uñas de su pensamiento la madera que lo aprisionaba, y buscaba el abrazo de sus padres. Los esperaba cada noche, esperaba una caricia, sus voces consoladoras. — ¿Te acuerdas que este árbol nos daba miedo? —Eusebio acaricia el tronco sorbiendo café. —Aún me inspira respeto —responde Ramón sirviéndose café en la jarra.
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Ante la luz de la luna, el tronco parece casi blanco contrastando fuertemente con la negrura de su copa. Es tan raro oír hablar de miedo a otros… No saben lo que es el miedo, no hay en sus conciencias unas voces de padres despidiéndose de ellos en el bosque, expresando su amor al abandonarlo. Desde el fondo de su conciencia bañada en savia le llegan las voces tristes y claras de aquellos a los que conoció. A medida que fue creciendo, las voces exteriores del día se hicieron más confusas, sus básicos oídos captaban sonidos que eran difíciles de traducir. Nadie se acercó lo suficiente para hablar cerca de su corteza como esta noche.
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— ¿Recuerdas a Esteban? Siempre quiso hacer una acampada como la de hoy, decía que dormir cerca de esta encina, era un prueba de valor —Eusebio tiene la mirada perdida en la vegetación que se extiende por la suave pendiente de la montaña, hasta hacerse negra unos metros más abajo, piensa en los miedos infantiles y lo deliciosos que eran. —Nunca nos dejaron —responde Ramón. —Íbamos a llevar hasta una coca de crema de un kilo en las mochilas. —Y nos descubrieron porque vaciamos de refrescos la nevera. Los hermanos sonríen con cierta melancolía.
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—Esteban estaba muy ilusionado. Pobre… Tanto que se marchó solo. Seguro que pensó que nos rajamos y emprendió camino cabreadísimo. —Solo encontraron su mochila, aquí mismo. ¿Qué debió ocurrir? Esteban durmió pegado al tronco del árbolhumano, y no le despertaron los primeros rayos de sol, lo despertó el dolor de dos ramas que lo habían tomado por la cabeza y lo llevaban hacia una boca orgánica de astillas húmedas de resina. El hombre-árbol guarda un vago recuerdo, sucedió hace unas noches o tal vez hace mil años, durante aquel extraño momento del amanecer en el que el hombre lucha contra el árbol por seguir viviendo, por no hundirse en la madera. Sintió el primer crujido de los huesos junto
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con los gritos del joven, mientras la clorofila lo sumía en la oscuridad de la no existencia. Al árbol humano se le escapa un gemido emocionado ante aquella conexión, no es dolor, o remordimiento; es la alegría de saber que hay una conexión a pesar de su inmovilidad. El árbol, la bestia consiguió compartir una historia con aquellos hombres. Un nexo en común. Se siente embargado de alegría, porque es un recuerdo ahora coherente, algo más para visualizar cada noche de soledad. Las muertes son del vegetal, y suyos los pequeños retazos de vida humana que puede atesorar. Por monstruosos que sean. Ante el sonido que proviene del otro lado del tronco, los hermanos se alarman y tomando dos linternas, rodean el tronco y cruzan el camino para buscar el origen de aquel lamento extraño. La noche traiciona a la valentía 88
y la lógica y piensan sin reconocerlo entre ellos, en Esteban solo. En su desaparición, en su muerte. Cuando se aseguran de que no hay nada extraño cerca de ellos, suponen que algún jabalí cercano habrá gruñido. Vuelven a su pequeño campamento y sin ser necesario encienden el farolillo. Hablan ahora en voz baja, enfundados hasta la cintura en los sacos de dormir para resguardarse de la humedad de la noche. El árbol-hombre desea que nunca llegue el día, que ellos no dejen de hablar nunca. Le gustaría mantener el control de sus ramas cuando llegue el día y el árbol quiera matar a lo que le molesta.
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Durante dos días, Carme y Santiago, recibieron las visitas de condolencia de amigos y familiares. Depositaban flores, velas y dedicatorias infantiles a los pies del pequeño árbol. Durante esas dos noches, los padres se sentaban en el patio y le hablaban a su hijo cuando abría los ojos con el anochecer. Jordi respondía a los cariños agitando las ramas y emitiendo sonidos naturales que lo agotaban. En el segundo día de velatorio por la humanidad casi muerta de Jordi, las visitas acabaron mucho antes y a sus pies había velas, cartas, dedicatorias infantiles y juguetes con su nombre. Al llegar la noche despertó y le confortó ver a sus padres sentados frente a él, un tren de madera se encontraba en su campo de visión. Batiendo sus ramas
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intentó tomarlo del suelo; pero no tenía flexibilidad alguna y sus ramas eran cortas. Lo sacudió un llanto desesperado, Carmen y Santiago abrazaron a su hijo, a su tronco. —No llores Jordi, toma el tren. El pequeño no pudo sostenerlo, ya no habían dedos hábiles en los extremos de sus ramas y se le cayó al suelo rompiéndose la chimenea. —Tengo miedo, mamá —logró articular el niño árbol con una voz vieja, milenaria. Santiago abrazó con fuerza al pequeño y maldijo su juventud y su adolescencia. Y no encontró consuelo alguno en los recuerdos que le atormentaban y le hacían culpable del mal de su hijo. Salió del patio dejando solos a su mujer e hijo para salir a la calle y liarse un cigarrillo 91
mientras caminaba siguiendo el muro del puerto, el chapoteo del mar le podía distraer un poco de su propia conciencia.
Eusebio y Ramón no durmieron en la tienda, se enfundaron en los sacos y durmieron al raso. La claridad del amanecer y el malestar de dormir sobre duro, les despertó de madrugada. —Ramón ¿queda algo de café? —No. Ahora preparo. —Me voy a cagar —dijo Eusebio rascándose las nalgas con la mano por dentro del pantalón. —Pues no jodas y vete lejos. 92
—Pensaba cagar al otro lado de árbol. Se rieron. Eusebio bajó por la suave pendiente, hasta ocultarse en el bosque húmedo y poblado de matas y árboles. Empezaban a piar los pájaros y volar algún insecto.
Santiago Filló nació en Subirats, un pequeño pueblo del Alt Penedès, y allí vivió hasta que con dieciséis años emigró a Barcelona para trabajar en cualquier cosa que no fuera cultivar uva o recolectar melocotón. En el mes de abril de 1832 tenía trece años y en el pueblo se preparaba la fiesta del árbol. 93
La pandilla estaba formada por once niños cuyas edades iban de los doce a los quince años. Los mayores tenían su particular visión de la fiesta. Pascual, uno de los tres mayores, llevaba en la las manos un berbiquí y dirigió a la pandilla a la arboleda situada a los pies de la loma estéril y polvorienta que se elevaba al norte del pueblo, apenas a diez minutos de la plaza del ayuntamiento y núcleo urbano. Eligió una encina y con dificultad hizo un agujero a unos cincuenta centímetros del suelo en la dura madera del tronco, los otros dos mayores del grupo sonreían con complicidad. —Y ahora vamos a celebrar nuestra fiesta del árbol —anunció Pascual a los chicos que bromeaban y le pedían la herramienta para hacer ellos también un agujero. 94
— ¡Eh, mirad lo que tengo aquí! —gritó Emili, el quinceañero con la cara infectada de acné, para hacerse oír entre el barullo. Del bolsillo del pantalón sacó un mazo de estampas con mujeres desnudas. —Esto es solo para los más hombres, el que quiera jugar que se vaya con su mamá para que le limpie el culo de marica que tiene —mantenía elevadas las estampas en su mano para que las vieran todos. Al instante todos callaron y se sentaron en la tierra haciendo un círculo. Emili le entregó una estampa a Pascual, y muy ceremoniosamente, a su vez se la entregó al chico de su derecha.
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Pronto comenzaron a quejarse los otros niños porque los que tenían en sus manos las estampas, se demoraban demasiado tiempo admirándolas. Pascual le dio un manotazo en el cogote a Pere, que ya estaba bizqueando por el vello que lucía la modelo entre las piernas. El niño pasó la estampa de color sepia monocromo a su compañero frotándose la dolorida nuca. Cuando las imágenes comenzaron a circular con más agilidad, se hizo un absoluto silencio, solo contaminado por la brisa ya más fresca del atardecer agitando las ramas de los árboles. En ese momento, Ferrán el tercero de los mayores y el más alto, se puso en pie y avanzó hasta el centro del círculo y dejó caer los pantalones.
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—Mirad lo que es un hombre. A ver quien la tiene así de gorda y dura. Sacó el pene erecto por la abertura del calzón girando para que todos pudieran verlo. Los más pequeños rieron; pero los adolescentes hicieron alusiones al tamaño y la dureza. Alguno separó la cintura de su pantalón para observarse el pene y compararlo con el de Ferrán. —Que venga aquí el que tenga una picha tan dura como la mía. Porque será el Amo del Árbol y hará el ritual que lo convertirá en nuestro jefe. Se fumará él solo uno de estos tres cigarrillos. Los demás, compartiremos los otros dos. A los tres mayores se les escapaba la risa observando los rostros sorprendidos de sus amigos. 97
Santiago estaba muy excitado, nunca había visto una mujer desnuda. Se puso en pie, avanzó hasta Ferrán y sacó su pene a través del pantalón. — ¡Hostia, nen…! ¿Podías caminar con esa tranca dentro del pantalón? —se carcajeaba Pascual. Santiago
miraba
avergonzado
el
suelo
sosteniendo su erección. Había retirado el prepucio y el glande lucía cárdeno de excitación. —Pues como no hay ningún hombre más aquí, coronamos a Santi como Amo del Árbol —proclamó Emili en tono fingidamente ceremonioso. Emili se puso en pie y avanzó hasta colocarse entre los dos amigos que aún exhibían el pene. “Coronó” a Santiago colocándole un cigarrillo mal liado en la oreja.
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La encina supuraba por la herida una resina rosada, espesa e inconsistente como una papilla. Santiago agotó su cigarrillo avergonzándose ante esos recuerdos. Lanzó la colilla por encima del muro del puerto y lió otro cigarro, intentando evadirse del momento en el que perdió la inocencia con un árbol. Dio media vuelta sin deseos de volver a casa, cabizbajo por el peso del remordimiento y deseando poder viajar en el tiempo y deshacer aquello.
Ramón vació media cantimplora de agua en un cazo de aluminio y lo puso en el hornillo de gas.
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El sol ya empezaba a incidir sobre las hojas del árbol y la conciencia humana se hundió de repente en la oscuridad de la fibra. El hombre se encontraba sentado, leyendo absorto los mensajes de correo electrónico en su teléfono móvil, le daba la espalda al árbol y no oyó el suave crujir de la rama fina que serpenteaba a su espalda. — ¡Ramón, he plantado un pino! —gritó Eusebio desde algún lugar del bosque. —Bien, ahora riégalo —respondió Ramón con una sonrisa sin dejar de teclear una respuesta a un mensaje. La punta de la rama se alzó frente a él, tenía tres hojas en la punta fina y flexible. Ramón no la vio, sus ojos enfocaban exclusivamente la pantalla del teléfono.
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Apenas pudo decir una sola palabra cuando la rama embistió el teléfono haciéndolo caer y se metió en su boca y siguió hundiéndose hasta sentir que se le desgarraba el cuello, intentaba respirar por todos los medios, sus manos se crisparon en torno a ella para sacársela; no pudo hacer nada. A medida que la rama profundizaba su diámetro se hacía más grande y arrastró sus dos incisivos esófago adentro. La rama rasgó su espalda y salió a la altura del pulmón derecho, para luego enlazarse como un nudo corredizo por encima de la boca. Ya sin fuerza se sintió arrastrar alrededor del árbol, sus ojos estaban encharcados en sangre. Cuando llegó al extremo opuesto del árbol, su cabeza se acercó a una gran abertura que se abría en el tronco, cuando entró en contacto con ella, se cerró provocando una 101
desmesurada presión en el cráneo. Cuando con un crujido se partió su cabeza, su pensamiento ya no era coherente, ni hubo dolor. En pocos segundos más la boca del tronco, lo tragó entero para luego cerrarse completamente. Eusebio
ya
estaba
a
veinte
metros
del
campamento cuando los pies de Ramón desaparecieron dentro del tronco. Encontró el teléfono tirado en el suelo y la cafetera hirviendo. — ¡Ramón! No hubo respuesta, rodeando el tronco de la encina, salió a la pista forestal observando a un lado y otro. Cruzó la pista forestal y anduvo doscientos metros montaña arriba gritando el nombre de su hermano. 102
Pensaba con creciente alarma en su amigo Esteban, que desapareció en aquel mismo lugar. A los diez minutos llegó de nuevo al campamento y llamó al servicio forestal del Parc Natural del Montseny. Eran las ocho y media de la mañana. —Soy Eusebio Estevez. Esto es una llamada de emergencia, mi hermano Ramón ha desaparecido en el tiempo en el que me he alejado del campamento, unos cinco minutos. Necesito ayuda urgente. —Bien, Eusebio. Esté tranquilo. ¿Dónde se encuentra? —la voz de aquella mujer era amable e inspiraba tranquilidad. —En la pista forestal GR6 dirección a Santa Fe del Montseny, a mitad de camino aproximadamente.
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Justo donde se encuentra la encina centenaria al borde del camino. — ¿Cuánto tiempo hace que su hermano ha desparecido? —Unos treinta y cinco minutos. —Salga a un lugar visible del camino, en breve llegará un agente para atenderle. Al acabar la conversación, Eusebio se sienta en el borde del camino. Tiene el teléfono entre las manos y sopesa la posibilidad de avisar a la familia de lo ocurrido; pero prefiere esperar. Tras un instante durante el que intenta sosegarse, recuerda que ha de recoger la tienda, antes de que el guarda o la policía la vean y lo puedan multar por ello. Por ahora ya ha tenido bastantes emociones. 104
Desmonta y guarda la pequeña tienda, el hornillo y los farolillos, así como el teléfono móvil y lo guarda todo en la mochila de Ramón. Cuando no quedan restos de la acampada, Eusebio carga las mochilas y las lleva al camino para esperar al guarda. Un todoterreno se aproxima desde el oeste, es una patrulla del parque. Alza la mano para hacerse ver. —Buenos días ¿Sr. Eusebio Estevez? —el guarda ha detenido el coche frente al gran árbol. — Soy Enric Dalmau, guarda forestal del Parc Natural del Montseny. —Sí, he llamado hace quince minutos. Algo ha ocurrido, he bajado a orinar a unos cien metros de aquí,
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montaña abajo y cuando he llegado, mi hermano no estaba, no lo encuentro por ninguna parte. — ¿Dónde se encontraban concretamente? Eusebio lo guía tras la encina. —Nos habíamos sentado a descansar aquí, a tomar un café. Yo he bajado por allí para orinar. Cuando he vuelto, su teléfono estaba en el suelo. Enric observa el suelo cuidadosamente, las hojas y la tierra forman una estela de algo arrastrado alrededor del árbol, por la parte derecha del tronco; trazando un arco paralelo hasta que se detiene de nuevo frente en el otro extremo, ciento ochenta grados de huella. —
¿Esto
lo
hicieron
señalando el rastro en el suelo.
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ustedes?
—pregunta
—No en absoluto, llevábamos las mochilas en la espalda, caminamos hasta sentarnos aquí. — ¿De dónde vienen? Nacimos en Sant Celoni. Yo vivo en Barcelona; pero mi hermano ha vivido en Londres los diez últimos años, estábamos celebrando nuestro encuentro con esta excursión. — ¿Cómo han llegado aquí? —Dejamos el coche aparcado en el desvío que hay a tres kilómetros de Fogars de Montclús. El guarda anotaba cada respuesta en la agenda de bolsillo. Eusebio lo llevó al lugar aproximado donde había estado; solo se veía desde allí la parte alta del tronco y la copa. — ¿Se drogaron o bebieron? —No en absoluto. 107
— ¿Discutieron? —Tampoco. Subieron de nuevo a la pista forestal, donde Enric no pudo hallar ninguna huella en el suelo que se alejara de allí, salvo las que llegaban del oeste, de los hermanos. Como hizo Eusebio, cruzó la pista para subir unos metros la ladera, sin encontrar rastro alguno. —Es muy extraño… Vamos a mi torre de vigilancia, podremos ver mucho terreno desde allí con los prismáticos. — ¿Y no lo vamos a buscar ahora por aquí? —El terreno está muy tupido de vegetación y si su hermano quiere estar escondido, no lo encontraremos. Yo no puedo hacer tareas de rescate. Si desde la
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atalaya no vemos nada, llamaré a la Guardia Civil para que se haga cargo de la búsqueda y rescate. Eusebio siguió al guarda con las dos mochilas en la mano, las metió en los asientos traseros y se sentó al lado del guarda. Siguieron dirección este durante un kilómetro para internarse por una pequeña senda empinada que llevaba a la cima de una montaña, donde se encontraba la torre de vigilancia. —Espere aquí, voy a dar un vistazo a la zona con los prismáticos. Bajaré en unos minutos. Enric subió por la escalerilla vertical y revisó todo el terreno en todas las direcciones con mucha atención; especialmente las veredas y las paredes más verticales. No hubo resultado y se puso en contacto con el cuartel de la Guardia Civil de Sant Celoni. 109
La patrulla llegó acompañada con una dotación de tres agentes con motocicletas de montaña y cinco voluntarios con experiencia en búsquedas de gente perdida. Tomaron los datos de Eusebio y su hermano, se quedaron con el carnet de identidad de Ramón y una prenda por si un perro tuviera que rastrear. La patrulla condujo a Eusebio hasta su automóvil y le dijeron que tenía que esperar noticias. Enric volvió a subir a su puesto de vigilancia. Montaron un pequeño puesto de mando frente a la encina, la patrulla quedó como centro neurálgico. Enric observaba a los guardias motorizados y a los buscadores voluntarios avanzar por el terreno con calma y concienzudamente. Decidió acercarse al puesto para ofrecer su ayuda.
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El sargento Viñas y el cabo Daniel se encontraban hablando por radio con el mapa topográfico de la zona extendido en el capó del coche. —Buenas tardes, venía por si podía ayudarles en algo. —Hola Enric, no te preocupes, somos suficientes —contestó el sargento Viñas, un hombre alto y delgado con la gorra verde enfundada hasta las cejas y la camisa impecablemente abotonada y planchada. Debía rondar los sesenta. El cabo Daniel le saludó y le ofreció un cigarrillo a pesar del gesto de disgusto del sargento. —No, ahora no, gracias Daniel.
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—Es tan extraño que alguien desaparezca así de repente y en la nada… Nunca entenderé como puede ocurrir una cosa así —reflexionó Enric. —Lo verdaderamente extraño es ese rastro que se encuentra alrededor del árbol, como si hubieran arrastrado algo desde atrás hasta adelante —dijo Viñas mirando la estela que quedaba en torno al tronco. —En
muchas
ocasiones
son
los
propios
desaparecidos los que se escapan de la familia, de las responsabilidades. Depresivos, gente endeudada… Y es difícil encontrar a alguien que no quiere aparecer. Aunque en esta zona en concreto, en este lugar, es extraño el número de desapariciones —prosiguió el sargento Viñas atusándose de vez en cuando su bigote cano y observando atentamente el suelo. Se agachó y les mostró un trozo de tela. 112
—Extraño de verdad, si lo hubieran arrastrado hasta un vehículo por rapto o asesinato, el rastro llegaría hasta la pista. No lo entiendo. Los hombres callaron durante unos segundos intentando
imaginar
el
origen
de
aquella
semicircunferencia alrededor del árbol. —Es epidemiológico: en veinte años, veintidós desaparecidos sin dejar ni rastro. El último caso denunciado aquí, es el de un joven de veinticinco años, hace cinco años desapareció como Ramón Estevez y lo único que había de él, era la mochila, la manta donde se estiró, una gorra y una cantimplora. Yo participé en su búsqueda —replicó el cabo Daniel, de unos treinta años y mucho más descuidado en su uniforme, que lucía manchas de ceniza en el noventa por ciento del pecho.
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—Yo solo llevo tres años aquí, no conocía estos hechos —replicó Daniel. —La gente de por aquí, tiene esta encina por algo maldito, por una especie de mala suerte. A mí particularmente, esas bellotas tan negras me ponen los pelos de punta —intervino el sargento. Prosiguieron hablando de más anécdotas hasta que por fin Enric dijo tener que volver a su puesto. Los guardias civiles le prometieron que lo tendrían al corriente de las investigaciones. —No aparecerá nunca, Daniel. No aquí, en este lugar, es mi experiencia. —Lo sé sargento. ¿Quiere un cigarrillo? El sargento sonrió y negó con la cabeza.
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Pascual se colocó a la espalda de Santiago y apoyando las manos en sus hombros, se dirigió a la pandilla. Ferrán y Emili no podían disimular su risa, ni se esforzaban ya para fingir solemnidad en la broma que estaban llevando a cabo. —Y ahora, Santiago fertilizará nuestro árbol para que sea el más alto y grande del Ordal. Santiago quedó flanqueado por Ferrán y Emili. Pascual dirigía la comitiva hacia el árbol. —Has de meter tu picha ahí y menearte hasta que te corras —decía Pascual con seriedad señalando el agujero del tronco que continuaba derramando esa baba rosácea, como la carne cruda lavada. 115
—Yo no voy a hacer eso. ¡Qué asco! —contestó al instante Santiago con el pene ahora lacio. —Pues nos devuelves tu cigarrillo y elegimos a otro; pero cuando venga mi prima de Igualada, no te dejaré que le toques las tetas. Le pidió a Emili el mazo de estampas. — ¡Míralas por última vez! —le dijo a la vez que le alcanzaba la colección de imágenes —Porque ya no las tendrás este año, no serás ni el Amo del Árbol ni el guardián de las mujeres desnudas. Con vergüenza, Santiago observó la primera estampa del mazo en la que una mujer de pelo claro, con una blusa semitransparente que dejaba ver los pezones, se peinaba el tupido y negro monte de Venus.
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Pasó la carta debajo del mazo y observó la siguiente: una mujer negra estaba sentada en una gran silla de mimbre con las piernas separadas. Entre el bello aparecía la vulva con los labios desflorados. Santiago volvió a excitarse ante el grupo de amigos. — ¡Santi, Santi, Santi…! —comenzó a animar Emili. En un instante, toda la pandilla coreaba su nombre dándole ánimo. Santiago se dirigió al árbol. El agujero quedaba muy alto y Pascual buscó una roca para que se subiera en ella. Metió su erecto pene en el agujero manteniendo con dificultad el equilibrio en la roca. En lugar de 117
encontrarlo áspero, aquella baba le cubrió el miembro de calidez. El resto de la pandilla guardaba un silencio espectante, y con el primer gemido que exhaló, los mayores dejaron de reír y burlarse en silencio. Santiago profundizó más en el agujero y su cadera encontró el ritmo adecuado a la masturbación. Se olvidó de que lo observaban. Su afán en ese momento era moverse, llegar a la explosión final de placer. Su concentración era tal y su ritmo se hizo tan violento, que los semblantes de la pandilla se tornaron graves y algunos de los más pequeños le pedían que lo dejara. De pronto todo su cuerpo se puso rígido, las nalgas se contrajeron de golpe y su aire salió entrecortadamente de la boca en una sucesión de gemidos de placer. 118
Por fin se relajó, bajó de la roca con el pene empapado en semen y moco rosado. Dio media vuelta hacia la pandilla. —Soy el Amo del Árbol —dijo jadeando. —Es
el
Amo
—tartamudeó
Pascual
aún
asombrado ante ese final insólito, solo pretendían burlarse y avergonzarlo. Paulatinamente la pandilla fue saliendo del marasmo, recobrando el ánimo y el buen humor. Volvieron a sentarse en círculo para fumarse los cigarrillos. Santiago, sacó ostentosamente el suyo de la oreja para exhibirlo, se lo llevó a la boca y con gran ceremonia, Emili le acercó un fósforo que había encendido. 119
Tras la primera calada, tosió brevemente. Antes de dar la siguiente, dejó caer el cigarrillo, se llevó las manos a los genitales y se tiró de espaldas al suelo con las manos en los genitales y las rodillas plegadas de dolor. —¡Hostia puta! ¡Qué daño! —lloraba y gritaba. Ferrán se acerco rápidamente a él. — ¡Santi, saca las manos de ahí! Déjame ver qué pasa. — ¡Me duele mucho! Emili se abalanzó sobre Santiago sacándole las manos de entre las piernas y lo inmovilizó apoyando las rodillas en sus brazos.
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Ferrán desabrochó el pantalón y lo deslizó por las piernas junto con los calzoncillos. Entre la suciedad que cubría el prepucio, sobresalía una astilla. Los dos chicos se miraron. — ¡Sácasela ya! —urgió Emili. Ferrán bajó el prepucio para descubrir el glande; la astilla se había alojado en el meato. La pinzó con los dedos y tiró de ella. La madera salió con facilidad y suavidad. Apenas retiró las manos Ferrán mostrando la astilla a Emili, Santiago orinó sangre. —Ya está, Santi, era solo una astilla. Santiago se calmó con la extracción y solo sentía un malestar en los testículos en forma de latido. Pascual lo ayudó a incorporarse y le puso en la boca su cigarrillo. 121
— ¿No se lo dirás a nadie, verdad? El chico negó con la cabeza subiéndose y abrochándose el pantalón. A medida que pasaban los minutos, la molestia disminuía y en poco menos de veinte minutos ya habían quitado importancia al incidente, Santiago incluido. El hombre está abriendo la puerta de la casa y el remordimiento le acosa de nuevo cuando escucha la voz de rota de su hijo-árbol intentar responder a los cariños de su madre. Antes de acceder al patio para unirse con su esposa, intenta cerrar el paso de las imágenes del día siguiente al de su rito con el árbol; cuando con las estampas en la mano se masturbó y de su pene salió una
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resina rosada. Se asustó mucho aquel día; pero al siguiente, su semen era normal. Sus testículos se habían hecho más duros y pesados; pero eso se debía a que ya era un hombre, le dijo Pascual. No era normal, sus cojones están infectados y el árbol es tan hijo suyo como Jordi.
A veces sus raíces se estiran, se mueven bajo tierra buscando una veta de humedad, y entonces se da cuenta de los esqueletos defecados, los miles de huesos humanos y animales que se encuentran enterrados y enredados en sus raíces. Los huesos no pueden ser
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eliminados por su savia y los defeca a sus pies, lo cual le proporciona minerales extras cuando la lluvia es escasa. Como vegetal es la más avanzada evolución. Como hombre es lo más triste, solo e inútil que existe en la humanidad. No se siente orgulloso por ninguna de las dos cosas. Duerme el vegetal y las raíces son toscos órganos sensoriales para el hombre; pero transmiten lo suficiente para saber que parte de su hábitat, de su morada son los muertos. Es un mausoleo de madera. Donde reinan los cazados sin nombre, los muertos que nadie sabe que lo están. Recuerda sus últimos días con sus padres, las tristes y hermosas noches en los que esperaban con el aliento retenido a que despertara como niño. Le
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hablaban, le acariciaban y consolaban su miedo con palabras dulces de amor y esperanza. Y ocurrió que la cuarta noche de su muerte oficial, cuando ya no había guardias vigilando la casa, el padre de Blas, el niño muerto en el colegio lanzó un grito: — ¡Muere monstruo! Arde con tus padres, que os pudráis en el infierno. Una botella con un trapo como mecha voló por encima del muro del patio para romperse y con una pequeña explosión, propagar el fuego. Jordi sintió el calor de las llamas con pánico y por primera vez sin darse cuenta, sus ramos protegieron sus ojos. Podía ejecutar movimientos muy básicos. Parte de sus hojas ardieron antes de que su padre consiguiera sofocar el fuego con una manta, cuando 125
Santiago se quitó la camisa ennegrecida, su brazo lucía una fea ampolla. Carme, se había colocado entre su hijo y el fuego, envolviendo con una sábana mojada su tronco para protegerlo, su cabello estaba chamuscado por el calor; pero no se había quemado. No durmieron en toda la noche, en la siguiente, tras denunciar a la policía lo ocurrido, un agente rondó por la calle hasta el amanecer. La herida de Santiago, a pesar de haber sido tratada en urgencias de La Casa de la Sanitat, se complicaría en los siguientes meses, ya que no dejó de trabajar estibando en el puerto, hasta que la infección acabó matándolo.
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Son las siete de la tarde, Santiago llega a casa sin alegría, sin sentir descanso. Todo el día entre sacos de cereales porque ya no hay algodón debido a la Guerra de Secesión en Norteamérica. Se pagaba bien descargar algodón. A pesar de todo, no ha dejado de pensar en su hijo, en plantarlo en un lugar donde se encuentre a salvo. La casa es pequeña y la memoria del dolor de los familiares de Blas durará mucho tiempo. Jordi no podía seguir en el patio de casa, no era seguro ni era lógico. Crecería se haría enorme en la ciudad y un día lo arrancarían. Lo matarían cuando ellos estuvieran ya muertos. Dicen que el plan Cerdá de reestructurción de la urbanización de Barcelona habla de esas cosas, de tirar lo viejo y hacerlo nuevo.
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Se rasca el brazo herido, una fuerte comezón bajo el vendaje lo exaspera. Besa a su mujer, que se encuentra en la cocina observando a su hijo. Le ha colgado una cruz de madera de una de las ramas y pegado al tronco ha hecho una especie de altar con los juguetes preferidos de Jordi: solo un soldado de lata y el tren de madera con la chimenea rota. —Carme, Jordi no puede seguir aquí. — ¿Qué quieres decir? No te entiendo. —Lo hemos de llevar a un bosque, a la montaña y plantarlo. — ¿Estás loco? Es nuestro hijo, no lo podemos abandonar en el bosque. No voy a permitirlo. ¿Qué pasará cuando al llegar la noche despierte y se encuentre 128
solo? ¿Cómo lo vamos a consolar? Se olvidará de que un día tuvo padres. O nos odiará. No puede estar en el bosque con las bestias. Es mi niño… —Aquí no puede crecer, le falta espacio y seguridad. ¿Qué pasará cuando muramos? ¿Quién cuidará de él? ¿Quién sabrá quién es? El bosque será su hogar. Porque esta casa, un día u otro la derribarán, como están haciendo con el Raval, para construir edificios de apartamentos. Y a él lo arrancarán y morirá. Carme se dejó caer en el suelo desfalleciendo, negando sin cesar. Terriblemente agotada. Santiago se sentó junto a ella y la abrazó. La mujer lloraba por lo que sabía, lo que era inevitable. Cuando se hizo la noche, Jordi agitó sus ramas sin que hubiera aire, y los padres se sintieron más tristes que nunca. No le dijeron nada, no le avisaron de sus planes, no tenían valor para soportar el 129
llanto de su hijo. El corazón se empezaba a endurecer ante tanta desgracia y dolor. La madrugada del sábado siguiente, cuando Jordi desapareció para ser árbol como cada amanecer, Santiago cavó alrededor del tronco para liberar las raíces, y prepararlas para el trasplante en el bosque. Mercedes, una prima de Carme, vivía en Fogars de Montclús, a unos cincuenta kilómetros de Barcelona y con ella había pasado muchos veranos, cuando sus padres se trasladaban para ayudar en la recolección de piñas de pino y vender los piñones. Conocía aquella parte del macizo del Montseny, una zona montañosa, húmeda y rica en vegetación, allí plantarían a Jordi. Santiago había desechado la posibilidad del Ordal, su tierra, ya que era más seca y ocurrió aquello que le ha
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avergonzado tanto tiempo y que le hace responsable a si mismo de la desgracia de su hijo. Con las raíces habían formado una peana a base de trapos húmedos y papel encerado para conservar la humedad. Eran las ocho de la mañana cuando Carme y Santiago con su hijo cargado en el hombro (un árbol de poco más de un metro y unos treinta centímetros de diámetro) y en la otra mano un pico y una pala se dirigieron a la estación de cercanías, donde el tren los dejaría en Sant Celoni, allí un carro tirado por dos viejos caballos, los trasladaría hasta Fogars de Montclús junto con seis pasajeros más y desde allí caminarían por la montaña buscando el lugar donde plantar a su hijo. En principio el viaje de cincuenta kilómetros duraría cerca de cinco horas. Carme cargaba un cubo con varios juguetes de Jordi y comida para dos días. 131
Fue el viaje más triste que hicieron en su vida, como un paseo hasta el cadalso. Dejar un hijo es peor que arrancarse el corazón. El vendaje de Santiago estaba sucio de sangre y pus y no dejaba de rascarse, era una constante que a Carme comenzaba a preocupar. Por una estrecha vereda de buscadores de setas y de piñas de pino, avanzaron en suave ascenso hasta media altura de la montaña, donde la vegetación se hacía más frondosa y la vereda parecía desaparecer por las hierbas por el escaso tránsito de paseantes a aquella altura. Ciento treinta años más adelante, aquella vereda se convertiría en una pista forestal cortafuegos y abriría la montaña a numerosos excursionistas.
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Eran las tres de la tarde cuando Santiago comenzó a cavar un hoyo de medio metro de profundidad y medio metro de ancho. A las cuatro deshicieron la envoltura de las raíces y lo plantaron. Carme ya había encontrado un pequeño manantial a trescientos metros de donde se encontraban y vació dos cubos de agua en la tierra apisonada en el tronco. Se sentaron en silencio y comieron por primera vez en el día esperando a que se hiciera la noche. Con los últimos rayos de sol, Santiago hizo un círculo con piedras para encender una pequeña hoguera. Hacía frío y la humedad les calaba los huesos. Las hojas de su hijo habían adquirido un oscuro tono verde en apenas dos horas. 133
—Estará bien aquí, Carme —le decía mientras ella cambiaba su vendaje sucio y lo tiraba a la hoguera. — ¿Has visto sus hojas? —Solo veo que mi hijo se quedará aquí, en la oscuridad. Sin nadie que lo cuide, sin que nadie lo consuele. Solo tiene nueve años. Las ramas se agitaron, Jordi despertaba a la noche. —Buenas noches, hijo mío —se abrazó de rodillas la madre a su hijo, dejando los juguetes en el suelo. —Ho-o-o-laaa —consiguió pronunciar Jordi, su voz a pesar de lo recia e inhumana, denotaba miedo. —Ya no estás en casa, mi amor. Estás en un lugar mejor, donde nadie te hará daño.
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Los ojos de Jordi hundidos en cuencas de madera, apenas podían moverse para observar alrededor. Sus ramas se agitaron y el hueco que era su boca se curvó hacia abajo en una mueca triste dejando escapar un ronco lamento al sentir la oscuridad a su alrededor. Más oscuridad… —Vendremos tantas veces como podamos, cada fin de semana estaremos cada noche contigo, y te contaremos cuentos y cosas. No llores Jordi, aquí estarás bien, nadie intentará hacerte daño —su padre le acariciaba el tronco. Y envueltos en una manta, de espaldas a la hoguera y frente a su hijo-árbol, le contaron la inmensa alegría que sintieron el día que nació, sus travesuras, sus pequeños accidentes. Le dijeron lo mucho que lo querían sus compañeros y Neus, su profesora. 135
Le explicaron que el fuego no había hecho daño en la casa. Y poco a poco, la extraña boca del niño-árbol se relajó para convertirse a veces en una sonrisa tallada en su madera con formones de amor y tristeza. Y así llegó el amanecer. Sus ramas se relajaron con las primeras luces y el niño desapareció. Los padres siguieron contando su historia hasta que los rayos del sol hicieron sombra con sus ramas; pero ya hacía dos horas que Jordi estaba en un limbo negro al que ninguna luz ni sonido llegaba. Carme y Santiago durmieron un par de horas calentados por la luz matinal, estaban cansados y no querían que llegara la hora en que dejaran a su hijo allí solo. Dormir era bueno, era una anestesia.
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En la noche oscura, como tantas otras durante su eterna vida, se evoca a sí mismo en sus primeros días en la montaña, como lo que era: un niño con miedo. Durante su época de adaptación a la soledad y el bosque (no sabe cuanto tiempo duró), lloraba rogando que llegara el día y así dejar de existir. Las noches eran el horror de lo desconocido y el aislamiento. Recuerda que hubo tres noches en las que despertó con las palabras de sus padres y lloró de alegría expulsando su tristeza y miedo, mientras ellos le llamaban: “mi hijo”, “mi niño”, “mi valiente”, “mi amor”, “lo más hermoso”… 137
Y recuerda entre su fibrosa y enmarañada visión, la triste risa de su padre, su temblor al acariciar el tronco que lo aprisionaba. Su tez pálida y el brazo vendado desde el codo hasta la mano. Sus dedos estaban oscuros e hinchados. Su madre le introducía galletas y chocolate que no le sabían a nada; pero abría su boca pidiendo más para que mamá se mantuviera cerca. Esas noches fueron las únicas que deseó que fueran eternas. Su pensamiento se desvanecía en lo profundo de la madera y sentía como unas uñas que no tenía, se rasgaban y rompían intentando no hundirse en la nada. Su visión se fundía en negro con la imagen de sus padres abrazándolo y él pidiendo socorro y compañía. Y luego… La luz, una explosión de clorofila que lo ahogaba en el último instante en el que dejaba de existir 138
cada día y lo catapultaba a ninguna parte, a ningún pensamiento. Y en ciclo interminable, el despertar por la noche, la decepción, la añoranza y el desamparo. Sus padres no volvieron. Paulatinamente se acostumbró a los insectos, a que por sus ojos corrieran gusanos, a los murciélagos, ratas, conejos y jabalíes. Siempre le desagradaron. Las bestias son como los humanos: creen que un árbol no siente y se mean en él o le hieren la corteza. Por ello no deja de sentir cierto placer, cuando en lo más profundo de la básica mente del árbol, encuentra una especie de memoria de muertes, de caza de animales y humanos. Como una especie de venganza. Al fin y al cabo está solo, ha estado solo toda la vida.
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Enric otea desde la torre de vigilancia con los prismáticos buscando humo, tiendas de campaña y gente que necesita ayuda. Todo está tranquilo a las diez de la mañana, es un viernes de agosto y la gente es perezosa para despertar
y caminar por la montaña; prefiere
hacerlo a mediodía con las altas temperaturas, y encerrados en un coche con aire acondicionado. Es patético el consumo cómodo de aire y naturaleza. El mediodía es el momento de más afluencia, antes de ir a comer, la gente hace un conato de paseo. Es cuando más gente hay en la montaña. Aburrido, presta atención a la encina centenaria, de tronco casi blanco y copa frondosa y casi negra con el 140
contraste. Desde que observó aquel movimiento extraño en su copa, la observa a menudo. Desde que el sargento Viñas le contó sobre las desapariciones tan extrañas de excursionistas en su entorno, no dejó de pensar un día en esas extrañas historias ligadas a ese árbol tétrico. Enfocó la copa con zoom y pudo observar, aunque con escaso detalle, las bellotas tan oscuras que parecen negras. El sargento Viñas tiene razón, dan mal fario. Decide escribir un e-mail al cabo Daniel, mucho más amable y locuaz que el sargento:
Hola Daniel. Voy a permitirme abusar de tu amistad para pedirte un favor: ¿podrías darme una relación de los casos de desapariciones no resueltas en la zona de la 141
encina maldita? Y si pudiera ser, las anécdotas o cosas que recuerdes. Tal vez escriba un libro, tengo tiempo. Lo cierto es que aquí en la torre, el tiempo pasa muy lento y por otra parte, me gusta el misterio que tienen esas historias. ¿Habéis sabido algo de Ramón Estévez? Un abrazo, Daniel. Y perdona si abuso de tu confianza. Enric Dalmau. Tras enviar el correo, vuelve pensativo a observarla con los prismáticos. — ¡Hostia puta! Un escalofrío le recorre el pescuezo al observar una de las ramas bajas arrastrarse por el suelo, 142
tanteando, buscando. Hasta que ha vuelto a su posición inicial, inmóvil. Y decide que debe acercarse lo más pronto posible.
Carme y Santiago visitaron a su hijo tres veces, cada quince días, cuando el dinero y el trabajo se lo permitían, viajaban cinco horas hasta la falda del Montseny para pasar la noche con su hijo. Cada despedida hasta un nuevo encuentro era una punzada de dolor del que no conseguían curarse; la tercera vez y última que lo vieron no hubo alegría alguna. Solo la desoladora sensación de que abandonaban a Jordi. 143
El llanto y la desesperación de Jordi al ser sometido por el árbol al amanecer, era como verlo morir de nuevo. El valor y el ánimo del matrimonio se resquebrajaba con cada visita y los días pasaban entre la angustia de saberlo solo y volver a revivir su tormento en el bosque. No pudieron realizar la cuarta visita, Santiago había perdido su trabajo por la crisis del algodón, no llegaba mercancía suficiente al puerto, Estados Unidos no producía nada, su dedicación plena era la Guerra de Secesión. Carme consiguió un trabajo de dos horas diarias en la casa de un joyero de Sant Gervasi. Durante cinco semanas Santiago trabajó en un taller de carpintería; pero su brazo empeoró y tuvo que dejar de trabajar. La infección no se podía atajar, todo el antebrazo lucía ya 144
un color púrpura y sus dedos se encontraban amoratados por la falta de riego sanguíneo. No había un medicamento que combatiera con efectividad la infección, los antibióticos escaseaban y eran caros. Y los remedios caseros como cataplasmas y baños de hierbas no hacían más que infectar más aún la herida provocada por el fuego. El dinero era tan escaso que no se podían costear el transporte para abrazar a su hijo; y en el fondo lo consideraron un descanso. Carme vació la habitación de Jordi y regaló los juguetes y libros a los hijos de los vecinos. Estaba cansada de llorar y sufrir, de arrastrar a su marido a la depresión. Llegó a pensar que el brazo no sanaba por culpa de aquella tristeza que respiraban cada día en la casa. 145
Una noche Santiago, despertó gritando de dolor y ardiendo en fiebre, caminando en la fría madrugada ayudado por Carme, acudió al hospital La Casa de la Sanitat, donde le amputaron urgentemente el brazo. No salió de allí, una sepsis grave acabó con su vida a las tres semanas. Tenía cuarenta y cinco años. Carme ya no podía sufrir más, tras llorar y sentirse atropellada por la vida, se insensibilizó pensando que alguien se había cagado en ella, no era justo que todas las desgracias se hubieran cebado en ella en los últimos diez años. Se estaba acabando el año 1863, era un diciembre especialmente frío, tan gélido que su alma pareció helarse. A sus treinta años, parecía tener cincuenta, su cabello había encanecido y su caminar era encorvado por el peso de la vida. 146
Envolvió los enseres de la casa en sábanas, cerró la casa y aceptó el trabajo de ama de llaves interna en la casa del joyero.
Santa Fe del Montseny, Barcelona. 1961. Clara Bidaulles tiene quince años y camina ensimismada en sus pensamientos, de vez en cuando sobresaltada por los berridos de los jabalís, por la estrecha senda de la falda del Montseny que une los términos municipales de Santa Fe con Fogars de Montclús. De su hombro cuelga un macuto, en el que lleva media barra de pan, un trozo de queso, un botellín con agua y una radio portátil. Es verano y está de vacaciones. Ha salido de su casa a hurtadillas a las tres 147
de la madrugada y es noche cerrada, por lo que en la mano lleva una linterna que alumbra justo donde pone los pies. A las nueve de la noche pasada, su padre le había reprochado a gritos que se besuqueara como una puta en la puerta de casa con su novio César. Su madre también la recriminaba al mismo tiempo en nombre de la decencia y de lo que dirían los vecinos. Se metió en su habitación llorando cuando su madre le dio una bofetada tras contestarles que “me importa una mierda lo que piensen los vecinos” y no quiso cenar. No podía dormir y decidió que les daría de que hablar a sus padres. Se marcharía a la montaña sin avisar, en plena noche. Daría un paseo y dejaría que sufrieran y se sintieran tan mal como ella lo está pasando ahora.
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Son ya las cuatro de la madrugada y calcula que se encuentra a mitad de camino de Fogars. A medida que avanza, la senda se diluye con las hierbas que crecen, ya que los paseantes no suelen llegar tan lejos. Es el mismo camino por el que tantas veces ha paseado con sus padres y en el que ayer, por primera vez dejó que su novio le acariciara el sexo. Ella también hizo lo mismo: por primera vez acarició un pene y su vagina se hace agua al recordarlo. Siente sus pezones erectos oprimidos contra el sujetador. Hace lo correcto: necesita caminar y pensar; aunque le cueste otra batalla con sus padres y alguna bofetada más. Es hora de descansar, tiene hambre ya que no ha comido nada desde la tarde pasada. Busca con la linterna en los oscuros márgenes de la senda un lugar 149
donde sentarse cómodamente con la espalda apoyada, y tras andar un kilómetro más, se encuentra con una gran encina de tronco gris en el borde de la senda. En el suelo hay bellotas negras, que no le llaman la atención y retira con el pie junto con la hojarasca para sentarse cómodamente contra el tronco. Conoce muy bien la montaña, el miedo inicial de los sonidos nocturnos y la oscuridad entre la abundante vegetación, se ha disipado con la potencia de su drama personal y la excitación de su primer contacto con el sexo. Al recostar la espalda contra el tronco, siente un calor confortable, cosa que la anima. Saca del macuto el pan, el queso y el agua. Da su primer bocado, enciende la radio y busca una emisora que funcione a esas horas. Suena muy mal y con interferencias; pero puede 150
distinguir al Dúo Dinámico al final de su canción Quince años tiene mi amor, a continuación suena Ray Charles cantando Hit the Road Jack. La radio anuncia que son las cuatro cuarenta y cinco de la madrugada y dicen algo sobre una huelga general y Franco. La frugal cena la ha dejado satisfecha y una vez recostada contra el tronco, se siente relajada. Evoca el placer sentido hace unas horas, el pene endurecido y mojado de su novio, junto con la excitación y el cansancio llega el sueño. Desliza la cremallera del pantalón y mete los dedos en su vagina. Su masturbación en principio es lenta; pero cuando sus dedos se empapan de fluido, aumenta el ritmo. Piensa que sus jadeos son ahora lo único que se oye en el bosque. Sus pezones le duelen por lo erectos que están desabotona la blusa y se libera 151
el sujetador dejando los pechos desnudos para que se consuelen con el ligero frescor de la noche. Es la mejor forma de olvidar que discutió con sus padres.
Jordi, el árbol-humano, no recuerda aquella noche, solo tiene pequeños destellos de recuerdos inconexos. Por eso lo achaca a un sueño. Fue tan real que su hijo está creciendo a unos metros de él. Por primera vez en mucho tiempo, en casi cien años, no recuerda tacto alguno humano en su corteza, en su piel dura y resquebrajada. Y sorprendentemente, al
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final de la noche, una joven llega con una luz en la mano por la senda y se recuesta en él. Se siente invadido de ternura, de compañía. Espera oír una voz como la de su madre o su padre. A lo mejor alguien sabe de él, de su soledad. No sabe bien de donde vienen esas voces, ese sonido que entre ruidos extraños, le recuerda vagamente la música que escuchó cuando era niño, cuando tenía algo de humano. Y se deja llevar por el ritmo y la suavidad del cuerpo que en él se recuesta. Es una experiencia única en muchos años que consuela su soledad. Un suave shock que lo lleva a una calma muy parecida a un sueño. Y cuando la chica comienza a jadear y a mover su espalda rítmicamente contra su tronco, algo se remueve 153
en su interior. En el aire siente un aroma extraño y dulzón que excita su pene. Cierra los ojos llevado por una sensualidad que no sabe que lo es. Su pene emerge por un agujero del tronco cerca del hombro izquierdo de Clara. Silenciosamente. Se arrastra por el suelo como una serpiente, los jadeos de placer y el sonido de la radio enmascaran el suave roce de madera y hojarasca. El pene, a pesar de tener el color de la corteza, es carnoso y está sucio de tierra y hojas que se han pegado por la humedad de un glande oscuro y babeante. No necesita ojos, el pene se guía por el olor, por el sonido, por la química de un sexo excitado… Tras reptar hasta situarse a medio metro de la chica, frente a ella, se detiene por un segundo, como si calculara, como si cazara.
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Clara está frotando el clítoris con rapidez, sus ojos están cerrados y su cabeza recostada contra la corteza está inclinada hacia el cielo. Los pantalones han bajado hasta las rodillas y sus pechos se agitan desnudos con la masturbación. El pene se eleva unos centímetros del suelo, como el ataque de una serpiente, y se lanza al sexo cubierto por las manos. Con la velocidad con la que topa con las manos, las rompe. La chica grita de dolor en el primer segundo y de espanto al sentirse penetrada y rasgada. Sus dedos están rotos y no pueden frenar todo eso que se mete en ella y la zarandea con sus constantes empujones. Cuando siente que algo dentro de ella se está destrozando, el frenesí de la cópula hace que su cabeza golpee descontrolada contra el tronco y se desmaya conmocionada con eso que la penetra 155
bombeando en ella, zarandeándola, maltratándola, matándola… Jordi gemiría de placer si pudiera, no sabe de donde llega, no sabe como controlarlo y se hunde en su propia consciencia humana eyaculando sin saberlo. El pene se retira sucio de sangre, se arrastra manso entre las piernas separadas de Clara para alojarse de nuevo en el tronco. De la vagina brota sangre y un líquido oscuro y denso. Son ya las cinco cuarenta y cinco de la madrugada y el primer relumbrón del sol tiñe de azul el negro cielo nocturno. Por primera vez en su vida, Jordi se diluye como conciencia sin la agonía de cada día al amanecer. Está dormido, está exhausto. Está sumido aún en el placer, cuando la luz lo anula.
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Clara estรก tirada de un costado a los pies del รกrbol, su cabeza es lo primero que duele al despertar. Tiene la boca seca y cuando intenta recostarse contra el tronco, sus manos fallan al buscar apoyo y grita de dolor. La copa del รกrbol resalta en negro contra el cielo azul y ruega que con la luz aparezca alguien que la ayude. Le duele la vagina desgarrada y un dolor intenso cerca de los intestinos le arranca un vรณmito. Haciendo un esfuerzo desesperado, ayudรกndose con los codos y los antebrazos, se incorpora hasta quedar sentada para moverse medio metro arrastrando las nalgas hasta quedar frente a la vereda. No puede
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subirse el pantalón ni abrochar la blusa. Los dedos están amoratados y entra en un llanto histérico. Queda dormida de nuevo y despierta cuando el sol ya ha salido completamente, tal vez sean las ocho de la mañana. Soportando el intenso dolor, toma el botellín de agua con las palmas de las manos y bebe lo poco que queda. Observa su monte de Venus sucio de sangre y tierra. La vagina está amoratada y se da cuenta de que está orinando. La radio ha mejorado su recepción, Elvis canta Surrender. Las ramas del árbol se agitan sin que haya viento, un detalle que Clara no percibe. De repente le falta apoyo en la espalda y su cabeza cae atrás, dentro de las fauces que se han abierto 158
en el tronco, no le da a tiempo a gritar cuando su cabeza se aplasta como una cáscara de huevo. Dos ramas finas empujan el cuerpo hacia el interior para seguir devorándolo. La presión de las fauces en el bajo vientre, provoca que se derramen las vísceras en un sordo estallido, los intestinos se deslizan por el tronco y una gran cantidad de sangre se esparce en un radio de un par de metros alrededor de las fauces. Cuando desaparecen los pies, solo quedan vísceras en el suelo y un olor que atrae a los insectos que se arrastran y vuelan con las patas sucias de sangre entre trozos de órganos. Alguno llevó en sus patas un óvulo fecundado por el semen del árbol humano y lo arrastró unas decenas de metros. Allí germinó su hijo, tan cerca de él que un día sus copas se rozarán. 159
El árbol humano no tiene memoria de lo que ocurre por el día, solo siente pequeños retazos de emociones. No sabe lo que hay entre sus raíces, no tiene constancia de las muertes. Jordi, al llegar la noche, recibe ecos difusos de violencia y dolor, algo onírico que lo achaca a su propia mente. Está al borde mismo de la locura. La soledad centenaria lo encierra cada vez más en sí mismo. No recuerda, no tiene porque recordar que un día, el árbol devoró a su madre. De sus padres tiene los recuerdos casi hechos jirones ya: el dolor de ser abandonado, el ansia por verlos, por sentir sus voces de nuevo. Las manos de mamá, suaves, tan suaves…
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Un jabalí ronda cerca de su tronco, hociquea por el suelo sin comer las oscuras bellotas; pero de vez en cuando escarba en el suelo y consigue alguna raíz. Jordi lo observa, a través de sus ojos casi calcificados por la edad. Hace años temía a los jabalíes porque herían su tronco con sus grandes navajas, con el tiempo dejaron de acercarse y se convirtieron en una ansiada visita. Todo lo que se mueve es algo que se agradece. ¿Hay jabalís-árboles? Si pudiera reír de su propia locura, lo haría.
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Corría el año 1898. La madre de Jordi tenía sesenta y cinco años. El árbol humano, su hijo, contaba con cuarenta y cuatro años Carme había llevado una vida serena y el tiempo había diluido recuerdos y dolores. El trabajo continuo, estar rodeada de gente y gozar de poca intimidad para pensar en sus desgracias le había ayudado a sonreír esporádicamente al cabo de un par de años de trabajar en casa del joyero. A pesar de ser una familia burguesa que mantenía las distancias con los obreros, fue respetada en un principio y con el tiempo consiguió hacerse un hueco en la familia que constaba del matrimonio y tres hijos varones que Carme vio crecer, casarse y reproducirse. Cuando el recuerdo de Jordi aparecía en su mente como un niño que intentaba correr con sus amigos 162
y parecía no darse cuenta de su enfermedad, Carme se imbuía en las tareas con tesón para mantenerse ocupada. Tardó más de quince años en recordar con una sonrisa los buenos y escasos momentos vividos con su hijo y su marido. Sin embargo, la edad debilita el ánimo y a medida que fue envejeciendo su mente cedió a la añoranza. Y así, tras haber visitado el cementerio y dejar unas flores en la tumba de Santiago, se dirige al tren para pasar unos días con su prima Mercedes, a la que escribió una carta hace seis meses interesándose por ella. Le respondió que ya se sentía vieja y artrítica, y apenas se movía más que para dar un pequeño paseo, le rogó que fuera a pasar unos días con ella, para hablar de la infancia y de la familia.
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Carme aceptó y esperó cuatro meses, hasta el verano, para pedir por primera vez en la vida un permiso de vacaciones. Don Severiano aceptó de buen gusto, le había ofrecido durante muchos años unas semanas de vacaciones que ella rechazaba siempre. Observa pasar los árboles por la ventanilla del tren sintiendo una punzada de dolor: su hijo ha crecido solo en el bosque. Como todos esos pinos, chopos, robles y encinas. Solo que ellos no tienen un ser humano en su interior que siente dolor y miedo. Unas lágrimas se deslizan por su cara, y se preocupa de no perder de vista el paisaje para que ninguno de los pasajeros la vea llorar. Cuando llega a Sant Celoni, un pequeño y renqueante camión la conduce hasta Fogars con otros seis pasajeros, sorprendentemente rápido. 164
Al llegar a la plaza mayor a las cinco de la tarde, se apea del camión junto con otras tres personas y espera a que el conductor le alcance su maleta de cartón. El cielo está nublado y amenaza tormenta. Toma una pequeña calle estrecha y empinada de resbaladizo suelo de pizarra y cantos rodados, que se encuentra a la izquierda del ayuntamiento. Tras recorrer quinientos metros, llega al final de la calle, a partir de la última casa, la de su prima, comienza el bosque. Su hijo se encuentra allá, a una hora de camino. Antes de llamar a la puerta de madera desvencijada, se limpia la cara con un pañuelo y se pone rubor en las mejillas. — ¡Mercedes, soy Carme, tu prima! — ¡Válgame Dios, ahora bajo a abrirte!
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Una mujer vestida de negro con el pelo cano recogido en un moño, abre la puerta y ambas se abrazan. — ¡Qué guapa estás, Carme! No ha pasado el tiempo para ti. —Ni para ti tampoco, Mercedes, aún te veo como una niña. —Pues mira estas manos piñoneras ya no tienen nada de jóvenes —le dice mostrándole los dedos temblorosos y retorcidos de las manos. — ¡Bendito sea el señor… Si es Carme! —una mujer de la casa de enfrente se ha asomado por la ventana, es Claudia, una amiga de la infancia. — ¡Claudia! ¿Qué haces aquí? ¿No decías que irías a vivir a Barcelona cuando te hicieras mayor? —le grita Carme con alegría. 166
— ¡Uy si yo te contara! —Pues baja y cuéntame, que ya tenía ganas de saber de todas vosotras. Cuando Claudia con un bastón se reúne con ellas, las tres mujeres entran en la casa entre risas y constantes preguntas sobre familiares y amigos. Son las ocho de la noche cuando Claudia se retira a su casa prometiendo que por la mañana, les tendría preparado
un buen desayuno para seguir
hablando de sus cosas. Mercedes sale del comedor: —Voy por una cosa. Carme observa la casa de una mujer viuda, sin hijos. Las paredes de un blanco ya sucio y amarillento, la parquedad de los muebles de pino barnizados, las sillas 167
de asiento de paja desencoladas y la escasa iluminación: una bombilla colgada de una viga de madera. El ronquido de un cerdo y el cacarear de unas gallinas llegan desde la cocina, a través de una puerta que da al pequeño corral que tiene en un gran patio. Es una casa triste y se alegra de haber venido para visitar a su prima. La mujer lleva diez años sola, su marido falleció por unas misteriosas fiebres; como muchos morían cuando llegaban a cumplir los sesenta y pocos. Apenas han pasado unos segundos cuando llega su prima con un álbum de fotografías. Y así pasan otro par de horas más, deteniéndose en cada una de las seis fotos de estudio que hay, comentándolas hasta perderse en recuerdos que nada
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tienen que ver con esas imágenes. Mercedes llora y acaricia la foto de su boda. —Vamos, Merceditas, no llores. Nos vamos a divertir unos días. —Claro que sí, Carmeta. Son ya las diez de la noche y se dirigen al fin al dormitorio, alegres y aún hablando de su juventud, se acuestan compartiendo la misma cama; la casa es pequeña. A las tres de la madrugada, Carme se levanta con una profunda sensación de tristeza y se dirige a la cocina, el lugar más caliente de la casa. Es imposible dormir cuando su hijo está tan cerca, tan solo, tan abandonado. Ella lo abandonó. — ¿Estás bien, Carme? 169
Se sobresalta, estaba ensimismada en sus pensamientos y no ha oído llegar a Mercedes. —No te preocupes, estoy bien. Solo un poco de añoranza por tantos recuerdos. — ¿Te caliento un poco de leche? —No, me voy a acostar enseguida. —Buenas noches y ven pronto a descansar, Carme. Durante un tiempo, deja que su mente se tranquilice y la tristeza se atenúe entre otros pensamientos. Cuando decide que a la mañana irá a ver a su hijo, se siente mejor. Se despertará muy pronto (si puede dormir) y le pedirá perdón a Jordi. Cuando se acuesta en la cama de nuevo, no se da cuenta de que se queda dormida en unos minutos. 170
Con el primer canto del gallo, Carme decide levantarse y preparar su paseo. Son las cinco cincuenta, no puede estar más tiempo en la cama. Apenas ha dormido más de una hora seguida. Mercedes se remueve inquieta en la cama al sentir movimiento. — ¿Te encuentras mal? —le pregunta con la voz ronca. —Estos nervios no me dejan dormir. No son nervios, le inquieta la verdad de su hijo: lo olvidó, lo rechazó. Pesan las mentiras que le ha contado a su prima sobre la muerte de Jordi a los nueve años por una dolencia cardíaca, el entierro en Montjuich, lo feliz que fue durante su corta vida… 171
Le hubiera gustado que fuera verdad, una desgracia casi normal en una familia. Hay tantas cosas malas en el pasado, que duele la sinceridad. Y aterroriza… En la cocina se toma una infusión de manzanilla y envuelve en papel de periódico un pedazo de pan y un trozo de longaniza para su excursión. “Mercedes:
Voy a dar un paseo por el camino que va a Santa Fé, necesito caminar. Llegaré a tiempo para desayunar contigo y con Claudia. Carme.” Ha dejado la nota en la mesa del comedor.
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Son las seis treinta cuando se pone el abrigo y cierra la puerta de la casa con cuidado. El sol ya clarea el cielo, la mañana es terriblemente húmeda, lo que da una molesta sensación de frío a pesar de ser verano. A los veinte minutos de caminar, cruza un pequeño caminito que tomaron Santiago y ella para plantar y visitar a su hijo. Es un atajo para evitar pasar por el pueblo. Nadie los vio, no se cruzaron con ningún vecino en ninguna de las ocasiones que viajaron a Fogars. A las siete y media ya no queda rastro de la noche, y reconoce algunos elementos del camino, como algún grupo de piedras cubiertas de liquen, un pino deforme de ramas caídas, un castaño con grandes tumores en su tronco… 173
En apenas cinco minutos más de camino, se detiene frente a su hijo, en un pequeño montículo de pizarra que en su momento les sirvió para hacer fuego aquellas noches que aún no lo abandonaron. Ya no hay rastro de juventud en su tronco, es recio y alto como cualquiera de los árboles que hay en el bosque. Su copa mide unos doce metros, tiene una altura de nueve y su tronco ronda el metro y medio de diámetro. Las ramas están atestadas de oscuras bellotas. Se acerca y coge una del suelo porque es una parte de su hijo. El llanto tantos años retenido, se desborda de sus ojos, le enturbia la visión; pero percibe el movimiento de la copa. No hay aire… Es de día, no puede saludarla, su hijo muere con el sol y resucita con la noche. Ese ciclo es invariable. 174
Se retira de nuevo hacia la pequeña base de pizarra para sentarse y observar a su hijo dejando que broten las lágrimas, no se limpia la cara. Solo mantiene la bellota encerrada y apretada en su puño. Se recuerda joven sentada allá, con Santiago a su lado abrazando sus hombros para consolarla de aquel dolor de pesadilla, constante y asfixiante; esperando que Jordi volviera a la conciencia. Sus manos ahora están más arrugadas, las piernas más gordas y rechonchas. Las comisuras de la boca muestran unas arrugas ya profundas y su pelo ha encanecido. Aún así, se conserva bien, y su salud es fuerte. Sin duda, gracias a la calidad de vida que ha tenido sirviendo en la casa de Don Severiano. Mercedes es de su misma edad y aparenta diez años más.
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Su hijo es más joven; pero aparenta cien años más que ella. Y vomita sin poder sacar nada de su estómago más que bilis y algo de manzanilla. Sus ojos se han secado por fin ante su hijo, ha llorado lo que debía. Es hora de marchar, lleva más de media hora allí sentada. Las ramas no se han vuelto a mover en todo ese tiempo. Se guarda la bellota en el bolsillo del abrigo de lana negra que ya le proporciona un calor excesivo. Se acerca a su hijo y se abraza al tronco. —Perdóname,
perdona
a
tu
padre.
Te
abandonamos, mi niño. Papá tenía razón, te harías grande y nosotros moriríamos dejándote en un lugar hostil y sin futuro. Ya han derribado la casa donde vivíamos. Ya no tengo valor ni fuerza para venir en la noche. Has crecido tanto, Jordi —sus dedos recorren continuamente la 176
corteza sintiendo una calidez familiar que provoca un nuevo llanto. Si no hablara en voz alta, tal vez habría escuchado el profundo eco de un corazón latiendo. Aunque vuelve a sentir la agitación de las ramas. Y piensa que es una desesperada respuesta de Jordi, por hacerle saber que la escucha. Dos ramas descienden tras su espalda hasta apoyarse en ella y presionar. Carme en su desesperación, piensa que es el abrazo de Jordi. La boca del tronco se abre y ante sus ojos se hace un negro profundo y húmedo de baba. Las ramas ejercen una presión súbita y le parten la espalda doblándola, ya no queda en ella más que una milésima de 177
segundo de vida, lo que tarda la médula partida en enviar sus últimas corrientes eléctricas al cerebro. Los pies y la cabeza, durante unos segundos quedan fuera del tronco, horizontales; mientras se derrama el estómago y los intestinos por las fauces de madera. Las ramas empujan ahora la cabeza de Carme, su cuerpo es devorado lentamente, las costillas crujen causando un pequeño eco en la montaña. La cabeza se la traga entera y un pie ensangrentado cae al pie del tronco, es lo único que queda de Carme. Cuando llega la noche y antes de que Jordi tenga conciencia de su existencia, un zorro se aleja corriendo montaña arriba con el pie ya púrpura repleto de insectos en la boca.
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Hola Enric. Te
envío
algunos
resúmentes
de
varios
expedientes digitalizados que he encontrado. En el cuartel tenemos una habitación enorme llena de cajas de expedientes hasta el techo, están ordenadas por fecha. Como comprenderás, para poder encontrar los expedientes sobre las desapariciones de la encina negra, podría pasar más de un mes trabajando toda la jornada para filtrar los casos. En cualquier caso, para tu información, estos nueve casos que van desde 1950 a hasta hoy, se originan en el mismo lugar y los desaparecidos no se han encontrado, ni se ha tenido noticia alguna de ellos. 179
Para nosotros no es preocupante, tenemos demasiados delitos al aĂąo. Como verĂĄs, los he resumido como he podido, porque no podemos dar copia de expedientes sin una autorizaciĂłn del comandante. Espero que te entretenga un rato en tus largas horas de vigilancia allĂĄ arriba. Un saludo. Daniel. Ha pasado una semana desde que Enric ha recibido respuesta del cabo Daniel. Bebe un refresco leyendo el e-mail y se enciende un cigarro antes de abrir el primer expediente adjuntado.
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Son las nueve de la mañana y hace apenas unos minutos que ha subido a la torre de vigilancia. Ha estado observando la encina centenaria desde el todoterreno durante más de media hora. No ha habido movimiento alguno en las ramas; a pesar de ello, sigue estando muy seguro de lo que vio desde la torre de observación. Piensa que tal vez tenga que hacer la vigilancia desde un lugar oculto. Y poco antes de abrir el primer archivo, se avergüenza un poco de haber pensado en la posibilidad de esconderse para espiar un viejo árbol. Tal vez el aburrimiento de su trabajo le está jugando una mala pasada. “1. María Lourdes Ortega Germinal. Vivía en Fogars de Montclús. Edad: 35 años. Casada y con dos hijos. Desaparecida el 27-3-1950 en el término municipal 181
de Fogars de Montclús. Sus pertenencias: una medalla de alpaca de la virgen de Montserrat y un abrigo de lana gris que se encontraron frente a la encina negra, como es conocido popularmente este árbol casi centenario, su copa es tan frondosa que el verde parece convertirse en negro, Se encuentra a unos tres kilómetros por el camino forestal que une los términos municipales de Fogars de Montclús con Santa Fe del Montseny. Se la vio por última vez a las 8:30 de la mañana. Tras dejar a sus hijos en la escuela de la parroquia, dijo que iría a la senda a recoger romero e hinojo para hacer la comida.”
(Hacía calor y llevaba el abrigo plegado en el brazo, Lourdes se acercó al tronco de la encina negra para recoger un manojo de tomillo, una rama le aplastó la cabeza contra el suelo con un golpe sordo, vio un 182
fogonazo azulado cuando los huesos de su cabeza se aplastaron, no había vida en ella cuando fue devorada y su último pensamiento fue para el tomillo que estaba recogiendo, no hubo tiempo para más.) “2. Joaquín Fuster Gallalta. Vivía en Santa Fe. Edad: 45 años. Soltero. Desaparecido el 13-8-1952 en algún punto del camino de Fogars y Santa Fe. Era técnico electricista y trabajaba en tendidos eléctricos. La empresa para la que trabajaba denunció su desaparición al día siguiente. La camioneta donde transportaba material y herramientas se encontró a medio kilómetro de la encina negra. Al pie del árbol se encontraron varias pequeñas herramientas y una caja con cuatro aisladores de media tensión.”
(Sudaba copiosamente, había cambiado los aisladores de un poste eléctrico; para llegar a él, cargó 183
con herramientas y material subiendo cuatrocientos metros de empinada montaña con un suelo cubierto de resbaladizas agujas de pino. Una vez acabado el trabajo, hizo el descenso al camino y se encendió un cigarro y dejó caer las herramientas al suelo a la sombra de la encina centenaria mientras recuperaba el pulso tras el esfuerzo. Una rama fina pareció descolgarse y rozar su cuello, la apartó de sí y dio otra calada al cigarro. La rama se cerró en su cuello y asfixiándolo, le ulceraba la piel. Sus recias manos no pudieron hacer nada por liberarse de la rama. Cuando su cabeza entró en la boca del tronco, sintió como su columna vertebral se quebraba con un chasquido y luego llegó la desconexión de la vida). “3. Sergio Landa…”
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Enric se cansa de leer algo que no aporta nada por ahora. Toma los prismáticos y se acerca al cristal para observar la encina. Se ha convertido en un acto habitual. Tal vez en una obsesión. Piensa en misteriosos agujeros de gusano que se abren paso bajo la montaña para emerger como una puerta terrenal directa al infierno que buscan almas con la que llenarlo. Si en el espacio son atajos a otras dimensiones, aquí son atajos al calcinador centro de la tierra. Tal vez sea eso lo que provoca las desapariciones. Piensa también en un árbol capaz de cazar y comer sin moverse de su sitio. Un árbol con un siglo y medio de vida no tiene prisa. Solo espera que alguien se acerque.
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Y tanto el agujero de gusano como un árbol carnívoro, son cosas imposibles. Que sin embargo, hacen desaparecer a la gente. Es más fácil que un ser vivo como un árbol se mueva y no que la corteza terrestre forme unas litofauces enormes capaz de tragarse a una persona. Las ideas fantásticas también juegan con posibilidades y probabilidades. Ha de observar la encina desde una posición oculta al árbol. En secreto. Tal vez sea tímido. Y si por casualidad, pudiera ver la tierra abrirse, lo más conveniente sería llamar a un geólogo y un físico cuántico que son más apropiados. Que el árbol sea un asesino, no tiene tanto problema, con una sierra mecánica todo resuelto. 186
Su divagación cesa cuando una rama de la encina negra cae al suelo como si se hubiera quebrado. Se le erizan los vellos de la nuca cuando la rama se eleva tras un par de segundos para perderse entre la frondosa copa. Deshecha completamente la idea de los agujeros de gusano y da por hecho de que la encina negra es un árbol animado. Ahora no importan los casos de desaparecidos. Como hace una semana, el movimiento del árbol ya no se puede confundir con el viento o con la casualidad. Ha de observar más cerca, más tiempo. Mañana no trabajará, ni al otro. Cada siete días disfruta de dos días de fiesta en verano y cuatro en invierno, cuando ha bajado la alerta de incendios por la baja temperatura.
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Es muy posible que durante esos dos días, el árbol se mueva, hable y le invite a tomar una cerveza en el interior de su tronco.
El árbol ha aplastado con su rama una lagartija que corría escondida entre la hojarasca seca. Al mismo tiempo que la voluntad del hombre va diluyéndose por la soledad y la frustración, la fuerza del árbol y su destreza se desarrolla lentamente. Y su sensibilidad. En los últimos treinta años ha conseguido detectar seres más pequeños y livianos. Tal vez se deba a la longitud y amplitud de sus raíces, capaces de captar vibraciones más lejanas, con más antelación. 188
La lagartija ha quedado reventada en la tierra para nada, no va a servir de comida. Los brazos ramas no pueden agarrar seres tan pequeños. Ha sido una muerte de alarde, de demostración de poder y territorialidad. Tal vez el árbol sienta la rabia de su incapacidad para trasladarse como lo hacen los animales y mata por odio, al fin y al cabo tiene un porcentaje de humano. Reniega con ira de su vida sedentaria. Y con desprecio de la vida humana que hay dentro de él. El árbol, en definitiva, se aburre de estar siempre en el mismo sitio. Ha habido instantes en los que ha podido ver el mundo a través de los ojos del humano, durante esos segundos en los que al amanecer y al anochecer se 189
solapan cada una de las naturalezas que forman el ser; pero de eso no guarda memoria. Es ciego y caza y mata guiado por las vibraciones del aire y la tierra. Su mundo es la oscuridad y el silencio, sus sentidos son las raíces y la corteza sensible al más mínimo cambio ambiental. El árbol sabe de un modo instintivo cuando una víctima es una humana o es un animal, sabe que no puede atacar a dos humanos ya que podría sobrevivir uno y arrastrarse malherido hasta donde sus ramas no alcanzan, solo sabe que eso no sería bueno. Sabe por lo que hay dentro de él, que los humanos hablan. Y eso no es bueno.
“Encina, carrasca. 190
El tronco y las ramas de las encinas jóvenes son casi negras, sin apenas corteza. Las hojas son dentadas, un poco afiladas. El tronco suele ser rectilíneo o liso (salvo cuando llegan a los doscientos años). Perennes. El nombre científico es: Quercus ilex l. Fruto: la bellota. Madera muy dura. Cuando se han desarrollado bien, del todo, el tronco pasar a tomar color gris oscuro y se forman pequeños cuadros superficiales. Cuando es vieja, el color se torna gris claro y su textura es suave. …
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Algunos sólidos como el carbonato y el fosfato de calcio son absorbidos aunque sean insolubles en el agua, porque los pelos radiculares segregan una diastasa que tiene por objeto hacer solubles dichos cuerpos. La diastasa los disuelve y después la raíz los absorbe. Puede ser atacada por orugas defoliadoras (Tortix y Limantria). Es el árbol más abundante…”. Enric cierra la enciclopedia tras haber hecho las anotaciones que le interesan en un cuaderno. Vive en una pequeña casa de dos pisos en Santa Fé del Montseny. El mobiliario de la casa es rústico y escaso, al igual que la iluminación. Es la casa de fin de semana y
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veraneo de sus padres, que él ocupa desde que trabaja en el parque natural del Montseny desde hace tres años. Ha acabado su jornada a las dos de la tarde. Tras recorrer tres kilómetros de pista forestal, llega a Fogars de Montclús. Después de ducharse lo primero que ha hecho, ha sido buscar información sobre las encinas en una anticuada enciclopedia de los años setenta que sus padres compraron a plazos. Su obsesión por la encina negra no le deja comer. ¿Y si el árbol puede hacer algo más que mover unas ramas?
Porque agitar
una rama no
hace
desaparecer a una persona. Ha preparado una mochila con tres botellas grandes de agua, algunos panecillos y embutido. Una libreta, lápiz, prismáticos y una cámara fotográfica digital.
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Ha metido también una vieja manta, un cuchillo de monte y un reproductor mp3. Enric tiene treinta y dos años y es soltero. Sus padres viven en Barcelona. No debe dar explicaciones a nadie, no tiene compromiso alguno más que con su trabajo. Sin embargo, decide llamar por teléfono a su compañero Raúl, el que va a ocupar su puesto durante sus días de descanso. —Hola Enric, dime. —Te aviso que mañana me encontraré pasando el día por la pista forestal de Santa Fe, no sé en que lugar; pero cerca de donde deje el coche. Lo dejaré en algún lugar de la pista para que lo veas. — ¿No querías ir a ver tus padres a Barcelona? 194
—La verdad es que no tengo ganas, quiero pasar el día tranquilo leyendo y tomando el fresco. —No te preocupes, ya iré dando un vistazo en tu dirección. Y ya que estarás ahí, a ver si te pasas en algún momento y nos tomamos una cerveza. —Eso está hecho, Raúl. Al anochecer se dirige a la plaza mayor, para cenar en el restaurante L’Alzina (encina en catalán), a pesar de ser ya un conocido en el local, tiene que esperar turno para conseguir mesa debido a la cantidad de gente que llega en verano a pasar las vacaciones. Le gusta esperar y escuchar el bullicio de la gente, la calle mayor es un continuo ir y venir de vecinos y extraños que pasean tranquilamente. Es un descanso a sus largas jornadas de soledad aislado en la atalaya del parque natural. 195
Son las once cuando llega a casa. Configura la alarma del teléfono móvil para que suene a las siete de la mañana, tarda mucho en dormirse pensando en el árbol y su propia estabilidad mental. Y se siente tentado de pensar que por estar demasiado aislado, quiere ver cosas que no existen. Se duerme y sueña que el árbol habla con él, que le cuenta una historia de soledad a lo largo de un siglo y medio de vida. La encina habla con una voz desgarrada, chirriando a madera seca que se astilla con cada movimiento de sus costrosos labios. Enric le escucha maravillado sin decir palabra, de vez en cuando, una rama golpea el suelo y el árbol se lleva a la boca un erizo o una rata aplastada. La boca no cesa de hablar lenta y arrastradamente de su vida; siente que el sueño le vence, la sombra de su copa provoca un grato 196
frescor y sin darse cuenta se duerme. Cuando despierta, su cabeza cruje entre las fauces del árbol. Beautiful day de U2 lo despierta a las siete de la mañana. Se toma un café fumándose el primer cigarro del día pensando con desánimo que se va a llevar una decepción por mucho que le haya inquietado la pesadilla. Las cosas extrañas no existen, solo existen los accidentes.
Otra noche, indistinguible de otras. El árbol sigue creciendo y su conciencia sigue menguando, ya no sabe si es capaz de pensar con palabras, o su razonamiento es una serie de imágenes ya viejas que huelen a moho y a tierra. 197
No recuerda los rostros que un día sus ojos de niño vieron. Recuerda el tacto de una mujer recostada en su tronco, y un placer que lo cegó. Las noches no le han dejado más recuerdos, el más lejano es el de gente caminando por el bosque con luces en las manos. Gritaban el nombre de su madre: “Carme”, incluso alguien pasó por su lado rozándolo. Sintió una esperanza que lo iluminó por dentro como las antorchas y candiles que llevaban en las manos aquellos hombres y mujeres en la noche cerrada: ¿era posible que su madre hubiera vuelto a verlo después de tanto tiempo? Pasó la noche esperando; pero las personas dejaron de ir y venir ante él, se llevaron las luces y la tenue esperanza. Y llegó el amanecer que lo enterró de nuevo en las mazmorras de madera. 198
A veces le gustaría hablar; pero es un ejercicio doloroso porque es patético hablar a nadie y demostrar una locura que insiste en enterrar entre toda esa madera. No puede funcionar bien un cerebro sostenido por astillas punzantes. Los búhos y las lechuzas emprenden un vuelo urgente y sorprendido, las ratas y conejos se esconden en sus madrigueras y los jabalís trotan alejándose del estruendo. Todos los seres que viven en el bosque se asustan ante el rugido de una voz inhumana que ha gritado: ¡Jordi, soy Jordi!
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Enric se ha situado en la ladera de la montaña, a unos trescientos metros por encima del sendero, de tal forma que puede observar el árbol oculto entre la vegetación que se extienden monte abajo. El viejo Nissan lo ha dejado estacionado un kilómetro atrás en el camino, en un ensanchamiento que hace las veces de mirador. Caminando por la montaña, guardando una prudente distancia de la pista forestal, ha llegado a su posición frente a la encina negra. Raúl, su compañero, lo vigilará de vez en cuando. Ha llegado a las ocho de la mañana. Está estirado encima de la manta leyendo La Peste de A. Camus, por cada sonido que sobresale por encima de los demás, toma los prismáticos rápidamente y observa el árbol.
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Son las once treinta de un jueves de agosto del dos mil catorce. Aunque sea tiempo de vacaciones, la gente se mueve poco por la pista forestal, el escaso movimiento lo conforman algunos coches que circulan lentamente, sin detenerse. Hace calor y andar no apetece. El grueso tronco de la encina es ancho, tanto como que necesitarían tres hombres cogidos de la mano para abarcarlo, las primeras ramas aparecen unos tres o cuatro metros del suelo. Su corteza es de un gris claro (la llaman la encina negra por sus bellotas y hojas) formando pequeños cuadrados con poco relieve, muy diferente de los pinos piñoneros. Su gran copa está llena de miles de hojas duras y dentadas, de un verde tan oscuro que se asemeja al negro. Las bellotas son más negras que pardas. 201
La majestuosidad de su porte lo marca el tronco que parece trenzarse ligeramente cuando penetra en la tierra; pareciera que quiere girar para clavarse como una broca profundamente y asentar su fuerza en el planeta. O tal vez quiera salir más hacia el exterior… Enric piensa que parece un genio furioso saliendo de una lámpara mágica. Es un árbol hermoso de los que muy pocos hay en el parque natural del Montseny. Hace calor, aunque situado a la sombra de un castaño, no lo padece. El cielo está blanco, sin interés, sin nubes. Solo hay un sol pequeño que parece imposible que pueda iluminar el planeta con tanta potencia. Hay movimiento en algún lugar tras él, con sigilo se da la vuelta en la manta. Se trata de un jabalí que anda 202
hociqueando entre la hojarasca, pasa a unos cincuenta metros a su derecha sin que le importe al animal su presencia y prosigue montaña abajo. Cuando llega al camino, el animal se detiene ante la encina negra y alza el morro y huele el aire en su dirección. El aire agita las ramas y las hojas del árbol provocando un murmullo suave. El jabalí gruñe al árbol y vuelve a subir la montaña al trote. Observa con los prismáticos que el manto de tierra, hierba y hojas bajo la copa del árbol, está llena de bellotas y el animal buscaba comida. Es digno de tener en cuenta que el animal no hayas comido a los pies de la encina negra. Hace una anotación de este episodio en su libreta anotando la hora y la fecha.
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También anota que cuando las hojas han sido agitadas por el aire, en los otros árboles que se encuentran en la misma zona, no se ha movido nada. De hecho, no ha habido ninguna ráfaga de aire. Enric siente en los párpados la pesadez del mediodía, tendido en la manta observa las hojas de los árboles fumando. Cuando se da cuenta de que se ha dormido, se despierta sobresaltado y apaga el cigarro en la tierra con un chorro de agua de su botella. Para acabar de despejarlo, el teléfono lo sobresalta al vibrar en el bolsillo de la camisa. — ¡Hola Raúl! — ¿Cómo va tu día de picnic? ¿Ya no te acuerdas de tu colega!
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—Bien, tranquilo. No me he acordado de comprar cervezas. Mañana me acerco a la torre y nos bebemos una —responde Enric con la boca seca. —No te preocupes, tu coche sigue ahí. Esa antigualla nadie la tocaría ni para pegarle fuego. —Oye, cuando esté meando no quiero que me mires desde la torre —responde Enric, ya más espabilado. Ambos se despiden entre sonrisas hasta mañana. Enric toma de nuevo los prismáticos para observar el árbol, prestando especial atención a las ramas más profundas de la copa; pero no hay movimiento. De nuevo vibra el teléfono. — ¿Dónde estás? Te estamos esperando.
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Arruga el ceño con desagrado, se había olvidado de avisar a sus padres de que no iría a pasar los dos días con ellos en Barcelona. —Lo siento, mamá. Me olvidé de avisarte que no podría ir. Raúl se ha puesto enfermo y tengo que cubrir su servicio. Me lo dijeron ayer, ya de madrugada. — ¡Qué cabeza tienes! Siempre haces lo mismo. Tu padré está de un humor… Deja de prestar atención al teléfono, se escuchan voces y con la mano libre enfoca el camino con los prismáticos. Se aproxima un chico y una chica, ambos de unos veinte años. Por su tono de voz mantienen una acalorada discusión, la chica gesticula mucho y “vete a la mierda” suena repetidamente. —Sí, mamá, lo sé. Mea culpa. 206
—Acaba de llegar del médico y le han dicho que tiene prolongar su tratamiento contra la úlcera un mes más, y dice que no piensa… Apenas presta atención a su madre, está interesado en la pareja que ha de pasar frente a la encina. El chico bebe agua y parece no hacer caso de su novia o lo que sea. Ella le coge de la mochila y lo obliga a volverse hacia ella. Se detienen, discuten los dos. El dice “mierda” y ella “borde”. La chica se pone en camino presurosa, el chico se queda detenido en el camino frente a la encina. Se enciende un cigarrillo y deja que su novia se pierda de vista tras la curva del camino que gira a la izquierda.
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Seguro que se han peleado por algo del feisbuc, piensa con una sonrisa Enric. El chico, sin quitarse la mochila de la espalda, se recuesta contra la encina negra. —… y está cabreado porque ya no puede comer tanta morcilla… Ahora no deja de enfocar las ramas, y al chico de arriba abajo. Se encuentra tendido de pecho y procura no alzar la cabeza. — ¿Y cuándo vas a pasar por casa? —Dentro de ocho días. Un beso, mamá, tengo que atender una llamada. —Un beso, hijo mío. Cuídate mucho. Y no te vayas a olvidar de nosotros ¿eh?
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—No. Dale un beso a papá. Si le hubiera contado a su madre que no había querido ir a su casa por pasar un par de días en la montaña, la conversación y los reproches hubieran durado veinte minutos más. Observa la curva por la que ha desaparecido la chica, piensa que volverá enseguida; pero aún no se le ha pasado el enojo. El chico se seca el sudor con el brazo y da otra chupada al cigarro; pero no tiene tiempo de expulsar el aire. Enric se olvida de que tiene pulmones y observa atónito lo que ocurre. Dos ramas bajan veloces, y al mismo tiempo, donde la cabeza del chico reposa en el tronco se abre un 209
gran agujero. Las ramas se meten bajo las axilas con una increíble velocidad al tiempo que lo elevan. La cabeza y la mitad del pecho están dentro de la boca y ésta se cierra rápidamente cortando parte de los hombros y la mochila, cortando de golpe los gritos que el muchacho está profiriendo. El chasquido de las mandíbulas y los huesos rotos hace eco en la montaña incomodando a algunos pájaros. El resto del torso junto con las piernas caen al suelo; pero las ramas vuelven a conducir los restos a la boca. En el suelo queda parte de la mochila desgarrada y ensangrentada. La sangre que se desliza por el tronco del árbol y la que queda en la tierra, son absorbidas con rapidez. Enric siente que el bosque gira en torno a él a una velocidad vertiginosa y no quiere reconocer como 210
posible lo que ha acabado de ver. No se ha dado cuenta de que ha vomitado en la manta y se ha ensuciado los brazos. Intenta ponerse en pie; pero le es imposible tomar el control de las piernas. Sus oídos están saturados de los gritos del chico, del chasquido de los huesos al quebrarse y toda su razón niega lo que ha visto. Enric no puede actuar, su mente se encuentra en estado de shock. El árbol permanece inmóvil, sus fauces se han cerrado y desaparecido. La imagen del chico devorado, la monstruosidad de ese ser no le permite pensar con claridad. Debe salir de ahí. Recoger sus cosas y llegar al coche antes de que acuda la chica para encontrarse con 211
su novio y denuncie la desaparición. Ha de borrar todo rastro que ha dejado en el lugar en el que ha acampado para no ser sospechoso. Apresuradamente y en silencio guarda sus cosas en la mochila, con cuidado envuelve la manta con el vómito y observa que no haya ninguna colilla. Remueve y airea la tierra apelmazada allá donde se ha acostado y pasado la mayor parte del día. Si ni él mismo puede creer lo que ha presenciado, nadie lo hará. Y puede que el árbol no tenga hambre y tarde un año en volver a demostrar lo que es. A través de la ladera de la montaña, y ocultándose cuanto es posible, se dirige hacia su coche, a mitad de camino, ve como la novia del chico muerto, vuelve sobre sus pasos por la pista forestal, tal vez llegue
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en diez minutos, sus pasos son muy lentos y a menudo se detiene para fotografiar algún insecto o una flor. Ya divisa su coche a unos trescientos metros y la chica ha desaparecido de su campo de visión. Son las tres de la tarde cuando se sienta al volante del coche, baja las ventanillas y se permite descansar e intentar poner en orden su mente. Apenas se da cuenta de la alta temperatura del coche y el sudor que le hace entornar los ojos, con las imágenes del árbol devorando a aquel chico metidas en su cabeza. Se sobresalta de repente e intenta saber qué esa descarga que le recorre el cuerpo. El teléfono… — ¿Ya te has cansado de campo? ¿Has visto como te controlo? Y cuando te has puesto a cagar ahí abajo, te he hecho una foto. Vas a salir en guguel maps. 213
Si mañana te traes un par de cervezas para que nos las tomemos aquí arriba, destruiré el archivo, te lo juro. Si antes de las cinco de la tarde, no has llegado, te harás famoso como el “cagané” del Montseny. —Está bien, aguanta la imagen hasta mañana, y además le añado a las cervezas unos tacos de queso y un fuet para ir picando —contesta Enric esforzándose todo lo que puede en aparentar normalidad —. ¿Ha habido alguna novedad hasta ahora? —Nada, esto es aburridísimo. No se ve ni un alma. —Pues me voy a casa, Raúl, si necesitas algo me llamas. —Nos vemos Enric, hasta mañana. —Hasta mañana, Raúl.
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Cuando llega a casa, el frescor de la atmósfera interior contrasta con el calor que ha pasado, y al tumbarse en la cama, queda dormido y sus sueños son una continua sucesión de muertes en la boca de un árbol de ciento cincuenta años.
Diana, un poco más calmada decidió ir en busca de Guillermo. Dio media vuelta cuando pasó de largo un viejo todo terreno y sin prisas para acrecentar la impaciencia de su novio, desandaba el recorrido. Ambos tenían veinticuatro años y estaban a punto de licenciarse en filosofía. Llevaban ya una semana alojados en una casa rural de Fogars de Montclús,
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desde la cual realizaban pequeñas excursiones diarias para conocer la comarca. Diana ya estaba cansada de tanta montaña, le propuso a Guillermo pasar la segunda semana en la playa de Blanes. Guille se negó porque no le gustaba la masificación de la Costa Brava. Cuando llegaron al gran árbol, ya se estaban gritando y fue cuando se separaron. —Yo me quedo aquí, ya estoy hasta los huevos de discutir. Por mí te puedes ir sola a Blanes. Voy a tomar el fresco aquí mismo. Ella le dijo algo así como “imbécil” y continuó el camino, habían pasado cuarenta y cinco minutos hasta que dio media vuelta. 216
Eran casi las tres de la tarde, se sentaría con Guille a la sombra de aquel árbol y se comerían los bocadillos que habían preparado. Harían
las
paces
mientras
el
sol
perdía
perpendicularidad y volverían a la casa sobre las siete de la tarde. Pensó que eran agradables esos paseos a la tarde, los paseos tranquilos por el pueblo durante la noche y vivir con esa tranquilidad. Se arrepintió de haber querido ir a Blanes donde no se podía dar un paso por la muchedumbre veraniega. Sin contar que les sería difícil encontrar alojamiento. Y en caso de encontrarlo, sería un precio abusivo. Guille tenía razón.
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Cuando recorrió la mitad de la pronunciada curva del camino, pudo atisbar parte de la frondosa copa de la gran encina; pero a medida que avanzaba, no localizaba a Guille. Sacó el teléfono del bolsillo y lo llamó, pero conectaba el buzón de voz de Guille. No podía creer que se hubiera marchado sin ella. Se llevó las manos a la boca para hacer resonancia. — ¡Guille! Ya se encontraba a unos metros del árbol cuando vio la mochila, corrió hacia ella y al coger el resto ensangrentado entre una nube de moscas, comenzó a llorar.
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No había osos en el parque natural. ¿Un jabalí podría haber atacado a Guille? ¿Había lobos? ¿Cómo se desgarra una mochila y se llena de sangre? Rodeó el ancho tronco buscando algún resto más, no observó que hubiera tierra revuelta, más a que a los pies del tronco. En la zona que se encontraba frente al camino la tierra estaba revuelta y un poco apelmazada, justo donde Guille se sentó. Gritó su nombre subiendo unas decenas de metros montaña arriba y luego hacia abajo. La ropa y sus manos se habían ensuciado de la sangre de la mochila, de la que no se había desprendido. Con
la
respiración
agitada
y
sudando
copiosamente, se refugió bajo la sombra de la encina y
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marcó el número de emergencias en su móvil, había poca señal pero respondieron. —Unidad Nacional de Servicios de Emergencia. ¿Desde qué provincia está realizando la llamada? —De Barcelona, en el parque nat… No acabó la frase, el árbol lanzó una rama en horizontal y le quebró la tibia izquierda cuyo hueso salió rasgando el tejido a unos centímetros por debajo de la rodilla, cayó inmediatamente al suelo sin saber aún que ocurría. Un par de ramas largas y flexibles se enredaron en sus piernas y cuando tiraron de ellas se le vació la vejiga por el dolor. El crujido del tronco al abrirse compitió con el volumen de sus gritos, la total y absoluta locura del terror ante lo inenarrable destrozó el sistema nervioso como un cable fundido por una sobrecarga.
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Gritó y gritó hasta que las fauces aplastaron la caja torácica, y con ella pulmones y corazón. Su mano desapareció con el teléfono aún aferrado en la mano. Al otro lado de la línea le pedían calma, que explicara lo que estaba ocurriendo, que intentara dar sus señas para poder enviar ayuda. Pero ya se había deslizado a la oscuridad de la muerte y de las entrañas del árbol. Por la corteza del árbol se deslizaba la sangre cada vez más espesa coagulándose rápidamente por el calor, junto con restos de carne y órganos de la que un enjambre de moscas, escarabajos y gusanos se alimentaban. El árbol ahora está en reposo, majestuoso e inmune a los sentimientos. Carente de cualquier asomo 221
de razón o inteligencia. No debe sentirse orgulloso, ni saciado, ni siquiera tranquilo. Es un árbol. A medida que los años pasan, la caza se hace más frecuente, hay más movimiento de personas donde antes no lo había. Los humanos se reproducen más, ocupan más espacio, y los lugares salvajes empiezan a saturarse de caminantes. Y el hombre más solo del mundo, jamás sabrá con certeza lo que sus raíces han absorbido.
Enric ha despertado a las siete de la mañana, ha dormido
más de
quince
horas
y
se
encuentra
desorientado; pero afronta con más calma lo que presenció ayer. 222
Le parece imposible que semejante ser haya pasado desapercibido, que no exista ninguna noticia sobre ello. Jamás ha oído hablar de algo parecido. Le vienen a la cabeza las imágenes de películas en las que los árboles hablan, luchan, caminan… Son sabios. Los gritos de aquel chico están grabados en sus oídos como un rumor del que no puede librarse y la sangre que manaba de su cuerpo mutilado no era película, era muerte y caza en estado puro. No había leyenda ni magia en ello. Tal vez en internet encuentre algún artículo sobre la existencia de árboles devoradores descritos en leyendas, en la tradición de un país exótico.
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Tiene hambre y se come un bocadillo de los que guardó apresuradamente en la mochila, frente al ordenador. La búsqueda es infructuosa: leyendas de druidas sobre los ritos en torno a los árboles y el bosque. Un árbol carnívoro en Madagascar sin ningún interés, Yateveo (una planta carnívora), el Duñak de Filipinas. Acacias que se defienden del acoso de unos antílopes llamados kudar en Sudáfrica. Una encina en Mallorca que la virgen ha elegido para aparecerse. Todo son artículos inconsistentes, viejos y sin interés alguno. Porque lo único que tiene interés y que supera a cualquier ficción es la encina negra. Y él la ha descubierto.
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Por encima del miedo y el espanto, siente que es su descubrimiento, que de alguna forma, la encina le pertenece. Se da cuenta de que no se ha cambiado de ropa. Su pantalón y la camiseta huelen a hojas secas y tierra. Se desnuda, mete la ropa en la lavadora junto con la manta de la mochila cuyo olor a vómito le provoca una arcada y se ducha. Se sienta en el sillón del salón con la impresión de que está perdiendo el tiempo, debe hacer algo con su descubrimiento. De pronto se levanta y se sienta de nuevo frente al ordenador para revisar si hay alguna noticia sobre la desaparición del chico.
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El buscador no le da ningún caso de actualidad y mucho menos en la provincia de Barcelona. Es demasiado pronto, son las ocho y media de la mañana.
Tras colgar el teléfono, el sargento Viñas teclea unas última palabras en el ordenador y se acerca a la mesa del cabo Daniel dejándole el atestado recién impreso. —El que ha llamado es Alfonso Gómez, el dueño de la casa rural Els Galls de Fogars. No sabe nada de una pareja de excursionistas que salió ayer sobre las diez de la mañana de la casa que le alquilaron hace una semana. Cada día que salen dejan las llaves en la casa de al lado, donde vive Alfonso, para que les hagan la cama y 226
cambien las toallas; pero ni han recogido las llaves, ni han dormido en la casa. Por lo visto se ha dado cuenta su mujer, que es la que prepara el desayuno. Cuando a las siete y media no han acudido al comedor, han llamado a la puerta y no había nadie. Su coche sigue aparcado allá. Tienen veinticuatro años, ella se llama Diana y él Guillermo. Hazme el favor de llamar a los forestales por si ellos han registrado alguna incidencia. Empezamos bien el viernes… — ¿Cómo se puede perder alguien aquí en pleno día y en verano? —Daniel está leyendo el atestado—. Aún no hace dos meses que desapareció Ramón Estevez con su hermano a tan solo un centenar de metros de él. —Empieza a ser preocupante, en fin… Dani, haz esa llamada y si no saben nada nos acercaremos al 227
pueblo a ver si en la casa encontramos teléfonos de la familia para avisarlos. Ya son las ocho, si hemos de salir a hacer una inspección por la montaña, mejor ahora que aún no arde el planeta por el calor —Viñas se revisa el nudo de la corbata del uniforme y se sienta cansinamente en la silla de su mesa. —Hola, Raúl. Soy Daniel del cuartel de la Guardia Civil. Necesito saber si habéis tenido alguna novedad sobre una pareja de veinticuatro años ambos. Ella es Diana Puig Valero y él Guillermo García Rojas. Salieron ayer de excursión a pie desde Fogars y aún no se les ha visto. ¿No? Gracias, si a lo largo del día os llega alguna noticia sobre ellos, por favor, avisadme. Empezamos a investigar ahora. Un abrazo. Viñas lo ha escuchado y asiente.
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—Pues ya es hora de ponerse en marcha, Daniel. Coge las llaves de la patrulla y vamos a cerrar el chiringuito. A través de la radio, el sargento se comunica con la central provincial para avisar de que van a salir del cuartel en busca de unos presuntos desaparecidos. —Déjeme que llame a bomberos y al hospital por si tuvieran algún parte de ellos —Daniel ha cogido el teléfono sin sentarse y marca rápidamente los números en el teclado. Al cabo de unos minutos, sale al encuentro del sargento que se encuentra contemplando la montaña. Abre el coche patrulla y se sienta al volante. El sargento se sienta a su lado. Daniel se enciende un cigarrillo. 229
—Ni en el hospital ni los bomberos saben nada. —Si un día te pilla el teniente fumando, te jodes. Yo no pienso apoyarte, te lo he dicho muchas veces. —Vamos, sargento, si en todos los trabajos se fuma —dice restando importancia al disgusto de Viñas. Apenas han entrado en el pueblo, Viñas recibe una llamada en su teléfono de la central. —Sargento Viñas, hemos recibido una nota avisando de una llamada no concluida que se realizó ayer sobre la dos y media de la tarde desde su zona, a la Unidad Nacional de Servicios de Emergencia. Tal vez tenga algo que ver con esa pareja desaparecida. —Gracias Marga. Buenos días. —Parece
ser
que
alguien
llamó
ayer
a
Emergencias y se interrumpió la comunicación de 230
repente —le dice a Daniel justo cuando aparcan frente a la casa de Alfonso Gómez. —Pues parece que no habrá final feliz para esta pareja —contesta el cabo con fatalismo. Tras hablar con Alfonso, el hostelero, acceden a la casa de la pareja y allí encuentran en una mesita de noche la agenda de Diana con teléfonos y direcciones de la familia así como anotaciones de los lugares que han visitado. Ayer se propusieron visitar Santa Fé a pie. La ropa está colgada en las perchas del armario y las maletas abiertas a los pies de la cama, contienen algunas bolsas de plástico anudadas con la ropa sucia. En el baño están los cepillos de dientes y los efectos personales de higiene de la pareja.
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El vehículo, un viejo Seat Ibiza azul oscuro, permanece frente a la puerta de entrada de la casa como un pájaro de mal agüero. El sargento Viñas y el Cabo Daniel, se dirigen con el todo terreno a la pista forestal para buscar un indicio de Diana y Guillermo. —Vamos directamente a la encina negra, el agujero
negro de esta zona del mundo
—dice
lacónicamente Viñas. Enric ha entrado en el colmado de su calle para comprar seis botellas de cerveza y algunas bolsas de aperitivos como patatas y cortezas de cerdo. Se dirige hacia la torre de observación para pasar un rato con Raúl y saber si por fin la chica ha denunciado la desaparición de su novio. Los cuatro 232
kilómetros que hay del pueblo hasta la torre siempre se le hacen demasiado cortos, disfruta de conducir por la pista forestal que transcurre ancha y sinuosa en un paraje poblado de árboles y vegetación, en tal medida, que a vista de pájaro es casi imposible descubrir algún claro aparte de algunos campos sembrados. Tiene suerte de tener un trabajo como éste. Cuando llega a los pies de la atalaya hace sonar el claxon, Raúl se asoma a la barandilla y le enseña el paquete de cervezas, que carga en la cesta. Cuando comienza a subir la empinada escalera, la cesta con las cervezas y las bolsas de patatas y cortezas, comienza a elevarse izada por el torno que gira Raúl. — ¿Cómo va el servicio?
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—Sin novedad, al menos para nosotros. Ha llamado Daniel del cuartel de la Guardia Civil hace una hora aproximadamente, para preguntar si hemos visto a una pareja de hombre mujer de unos veinte y pico de años, que desde ayer se considera que se han perdido o desaparecido. — ¿Iban en coche? —No, excursionistas a pie. Yo no vi nada ayer en todo el día, ni siquiera gente paseando. Solo a ti y tu coche. No creo que hayan desparecido en esta zona. Ambos están sentados frente a frente en la pequeña mesa de madera situada en el centro de la plataforma hexagonal. Se han servido café. —Tal vez en la zona este, Fede haya visto algo — responde pensativo Enric. 234
— ¿Has desayunado?
—le pregunta Raúl
alcanzándole una bolsa de magdalenas. Enric estaba convencido de que habría sido la chica la que habría denunciado la desaparición de su novio. No podía imaginar que hubiera sido devorada. No parecía posible. Como si con una vez al día que devore un árbol fuera suficiente, tendría que haber esperado unos días. —Prefiero una cerveza y unas patatas. Las magdalenas son para los niños y las viejas —responde Enric intentando parecer relajado. Raúl retira la bolsa de magdalenas con fingido desaire del alcance de sus manos.
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—Espero que no pase hoy Domingo en una de sus inspecciones, porque si ve la fiesta que tenemos montada nos mete un puro. —Tú lo verías media hora antes de que llegara — responde Enric. —Si no estoy borracho —Raúl se ha puesto en pie para acercarse a los ventanales de la torre de observación, y toma los prismáticos de la mesa de la estación de radio. Durante
unos
minutos,
observa
concienzudamente y en silencio el majestuoso paisaje, recorriendo todo el perímetro de la atalaya. No hay ninguna humareda y los restos de neblina esparcidos por las depresiones de las montañas, van desvaneciéndose a medida que el sol gana altura.
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— ¿Sin novedad? —pregunta Enric cuando su compañero ya ha recorrido los veinte metros de longitud que tiene el observatorio. —Todo tranquilo —responde Raúl tras dejar los prismáticos en la mesa donde se encuentran charlando y abrir una botella de cerveza. Son las diez de la mañana cuando suena el teléfono y les interrumpe la charla. —Hola Daniel. Sí, no te preocupes. Vigilaré con atención. Si queréis algo aquí estaré para echaros una mano —Raúl cuelga el auricular y vuelve junto a Enric. —El sargento Viñas y el cabo Daniel están inspeccionando la pista de Fogars a Santa Fe en busca de algún rastro de la pareja que despareció ayer. Dentro
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de unos minutos los veremos desde aquí en la encina negra. —Ese árbol parece una maldición. Discreta, eso sí. La última desaparición, fue a esa altura —dice Enric. —Sí, me acuerdo, la de uno de aquellos dos hermanos. Oye, tal vez ese árbol tan viejo sea una antena o
un
punto
de
encuentro
y
abducciones
de
extraterrestres —responde Raúl masticando maíz inflado con sabor a jamón. —Alguna leyenda debe tener un árbol así. Viñas me dijo la otra vez que esa encina daba mal rollo a algunos de los vecinos de por aquí —Enric mete los dedos en la bolsa de patatas y piensa en que toma una porción para llevársela a la boca, como la encina llevó a su boca al chico.
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—Pues yo no he oído nunca nada. Claro que los que vivimos en Arbúcies, no venimos a pasear por aquí, salvo algún desgraciado que trabaja como yo. Y la gente ya no cuenta leyendas, solo chismorrea sobre el facebook o el twiter. —Esas bellotas tan oscuras… Debe ser un árbol enfermo —Enric se enciende un cigarrillo. —No me había fijado en ello. Imaginaba que la conocían por ese nombre por su copa tan oscura. Nunca me he acercado a ese árbol para verlo en detalle. Raúl se levanta y toma de nuevo los prismáticos y se acerca al cristal para enfocar la encina, aunque se encuentra tan lejana, que no se puede apreciar con esa longitud focal el detalle. El todoterreno de la guardia civil ya se encuentra allí y los dos agentes hablan aunque tampoco puede distinguir quién es quién. 239
—Ya están ahí Viñas y Daniel. En ese mismo instante vuelve a sonar el teléfono. —Raúl, soy Viñas. Quiero que prestes mucha atención en tu vigilancia. Debe haber algún animal inusual por aquí: un tigre, un oso… No sé, algo que se haya escapado de algún circo o de la casa de algún vecino con gustos exóticos por las mascotas. Porque de otra forma ahora no podemos explicarnos esto. — ¿Qué es lo que no pueden explicarse? — pregunta Raúl intrigado dirigiendo su pregunta también a Enric que escucha atentamente. — ¿Qué es lo que no se pueden explicar, sargento? —insiste Raúl ante el silencio del sargento Viñas.
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—Que hemos encontrado frente a la encina negra la mitad de una mochila rasgada y ensangrentada. Raúl se queda por un momento pensativo, intentando comprender algo tan insólito en ese pacífico lugar, donde lo más peligroso hasta ahora, han sido los incendios. Enric lo mira interrogándole. —No consigo imaginar que haya un animal por aquí capaz de hacer eso. No hay osos, ni tigres, ni nada parecido. Los jabalíes abundan, y los zorros —responde con titubeos a Viñas. —Como te he dicho, lo primero que hay que pensar es que sea un animal que se ha escapado de algún lugar o de algún transporte. Hoy día aparecen hasta anacondas en los tejados de las casas. Así que hasta que el servicio forense no analice los restos, tenemos que pensar en todo en previsión de que pueda ocurrir algún 241
otro incidente de nuevo. No busques solo humo desde ahí arriba. Revisa caminos y claros de terreno por si vieras algo inusual y avísanos inmediatamente. —Así lo haré, sargento. —Díselo también a Enric para que esté atento estos días. Apenas ha colgado el auricular, Raúl comienza a contarle a su compañero con entusiasmo el hallazgo de los agentes. —No consigo imaginar que a un circo se le escape un oso o un tigre y no lo denuncien —responde Enric intentando aparentar incredulidad y asombro. Raúl calla por unos segundos para responder:
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—Tal vez fueron los extraterrestres que los han abducido y han lanzado un rayo muy estrecho para teletransportarlos a la nave. Enric se esfuerza por reír la broma de su compañero y se enciende nervioso un cigarro. Ambos agotan el par de cervezas que aún les quedan haciendo hipótesis sobre el sangriento hallazgo. —Ya me voy, que mañana me toca a mí de nuevo vigilar por la paz en el mundo. Y limpia todo esto, lo quiero impoluto para mis próximos días de guardia. —Y una mierda —responde Raúl estrechándole la mano. Enric conduce hacia Fogars , para encontrarse con la pareja de la guardia civil. Al dar la amplia curva que
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traza el paso entre dos montañas, aparece la encina y el coche patrulla frente a ella. Detiene su coche cuando ha rebasado unos metros el árbol para no estrechar el paso ni entorpecer el trabajo de los agentes. Viñas se encuentra sentado en el interior del coche hablando por radio. Daniel se adelanta hacia él saludándolo. — ¿Cómo va eso Enric? Veo que estás de fiesta. Tenemos otras desapariciones en la encina. —Buenos días, Daniel. Lo sé, estaba con Raúl en la torre cuando os habéis comunicado con él. —Oye, hazme un favor —le pide a Enric el agente, bajando el tono de voz y acercándose más —. No le comentes a Viñas que te he enviado información de los 244
casos de desapariciones, o me dará una bronca por perder el tiempo en esas cosas. —No temas, no se me hubiera ocurrido comentarlo delante de él. Se acercan hasta el coche patrulla y fuman esperando a que el sargento acabe de hablar por radio. —No se preocupe, acordonaremos la zona para que nadie pase y puedan venir los de huellas a trabajar sin problemas… Aquí estaremos esperando al equipo — dice Viñas antes de cortar la comunicación y salir del coche. — ¡Hombre, Enric! Me alegra verlo; pero me temo que ahora es un mal momento para charlar. Vamos a acordonar la zona, para que los de huellas y el forense
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puedan trabajar sin problema y evitar que alguien pueda contaminar este lugar. —Tranquilo, sargento, me voy enseguida a casa. ¿Por qué un forense? Viñas abre la parte trasera del coche patrulla para sacar una bolsa precintada opaca, la abre para mostrar el interior a Enric: el resto de mochila ensangrentada que han encontrado. El olor es fuerte y les hace arrugar la nariz. —Vaya… La cosa es seria —responde Enric con asombro. Apenas puede distinguir algo en el fondo de la bolsa; pero es suficiente con ver una porción de tela ensangrentada que le trae a la mente la imagen del chico devorado. Siente de repente una náusea. 246
El sargento se da cuenta. —Procura no vomitar aquí, Enric. Enric se despide de ellos con la mano por temor a vomitar y se sube al coche. Daniel y Viñas se hacen pequeños en el retrovisor del coche mientras tienden unas cintas amarillas rodeando la zona del árbol, la pista y unos metros de montaña más arriba. Cuando pierde de vista la encina, su estómago mejora.
Sus raíces están recibiendo la vibración de los pasos en el suelo, el peso del vehículo y de los seres 247
humanos que se mueven en la zona. Sus hojas vibran con las palabras y todo indica que no es momento de cazar, no hay una presa definida. Sus ramas se mantienen quietas, expectantes. Intuyendo
que hay demasiado
peso a su alrededor, no es el peso de los animales, no son los ruidos de la naturaleza. Su quietud es total a pesar de que su instinto devorador pide caza. Hay ĂĄrboles que no necesitan ojos para cazar y devorar. Les basta con la vibraciĂłn del aire y la tierra. Tal vez ha alcanzado algĂşn grado de madurez, tal vez los tiempos han cambiado y los seres humanos llegan habitualmente donde antes apenas pasaban. El ĂĄrbol humano se adapta al tiempo sin ser consciente de ello. 248
Mientras Daniel y Viñas trabajan y hablan, una rama pequeña posterior, ha aplastado una mariposa que libaba de una pequeña flor. Hay algo de osadía en ese acto. Una amenaza implícita.
A las diez de la noche Enric conducía lentamente su viejo todoterreno hacia la encina negra. Por la tarde había llamado a Raúl para averiguar si aún estaban los equipos de la guardia civil en la zona o si la habían acordonado. Ninguna de las dos cosas, por lo visto un grupo de quince agentes y paisanos estuvieron rastreando los alrededores mientras el equipo forense buscaba huellas, examinaba el terreno y tomaba 249
muestras. A las cuatro de la tarde todos marcharon y recogieron las cintas y señalizaciones. A Enric le hubiera sido imposible dormir, toda su atención estaba en el árbol. A un kilómetro y medio de distancia giró a la derecha para meter el coche por un pequeño camino que finalizaba a unos trescientos metros de la pista forestal, frente a una arboleda ideal para descansar y comer a la sombra. Desde el camino principal el coche permanecía oculto a la vista, sobre todo de noche. A esas horas ya no circulaban coches, excepto en algún raro caso que la Guardia Civil tuviera que acudir a Fogars desde su cuartel por alguna urgencia nocturna. Era consciente de que su comportamiento podría ser sospechoso. Tras las últimas desapariciones, de un hombre caminando en la noche y cerca del lugar donde 250
han ocurrido los hechos, no puede pensarse más que algo tiene que ver. Por ello caminaba prestando atención a ruido de vehículos y giraba periódicamente la mirada atrás para asegurarse de que no se veían las luces de algún vehículo. Estaba preparado para lanzarse entre la vegetación del bosque en el momento que fuera necesario. El bastón de excursionista le ayudaba a caminar por el desigual terreno en la penumbra que daba la media luna, que en el bosque se convertía en oscuridad total. Durante el recorrido se sobresaltó varias veces por el ronquido cercano de los jabalíes. Había mucha humedad se y respiraba un aire envejecido, enrarecido por esa enorme masa forestal desprendiendo dióxido de carbono. 251
Se detuvo a cincuenta metros del negro árbol, sacó la linterna de la mochila y lo iluminó; se acercó a una distancia de seguridad, rebasando en un par de metros el diámetro de la copa, atento a cualquier ruido o movimiento. Y así rodeó el tronco buscando la abertura por donde devoró al chico hacía tan solo poco más de veinticuatro horas sin encontrarla. Lanzó piedras contra el tronco sin que hubiera reacción alguna. Volvió a dar otra vuelta más observando el suelo, en el que al menos cinco gruesas raíces asomaban discretamente de la tierra para hundirse en el suelo en el límite de la copa.
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Se sentó frente al árbol, en otro lado de la pista, a salvo del alcance de las ramas, y esperó a que el silencio y los sonidos del bosque ahogaran en sus oídos el eco de sus pisadas y respiración. Observando fijamente el árbol, parecía desaparecer fundiéndose con el negro bosque que se extendía ladera abajo a un centenar de metros tras él. Tenía que parpadear a menudo para recuperar la agudeza visual. Eran casi las doce de la noche cuando extrajo de la mochila una manta para protegerse de la humedad. Periódicamente encendía la linterna para observar el árbol y asegurarse de no tuviera insectos entre la ropa. Él mismo se sentía fundir con la oscuridad y a veces debía mirar a la luna para asegurarse de que sus párpados estaban abiertos.
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Sin poderlo evitar, sus ojos se habían cerrado cuando lo escuchó. — ¡Marrrmmmm…! Enric se sobresaltó. Contuvo la respiración ante ese rugido extraño que hizo temblar el aire. Sintió un cortocircuito en su cerebro, un sonido imposible que no sabía catalogar. Un rugido inhumano y aterrador en la noche que acalló el constante chirrido de los grillos. Incluso pareció detenerse el escaso y suave aire que pasaba entre la vegetación. Se puso en pie e iluminó el árbol. A un metro del suelo se había abierto una abertura en el tronco formando una boca tosca y temblorosa. Jordi percibió la luz que le iluminaba y sus ojos ocultos por una especie de telaraña que se confundía 254
con la corteza del árbol, difuminaron el haz lumínico creando una sensación de niebla. Tal vez fueran sus padres a pesar del tiempo pasado, porque el tiempo es extraño enterrado en vida en el árbol. No tiene medida, porque como en los sueños, el tiempo se dilata hasta perder la percepción de los segundos, de los días, de los siglos… ¿Quién iba a visitarlo si no? — ¡Papraahh! —quiso llamar a su padre. Sus cuerdas vocales y lo que se podría llamar labios, habían ganado rigidez con el tiempo y lo que él intentaba pronunciar, apenas se podía entender. Su propio sonido lo asordaba sin saber que apenas pronunciaba más que lamentos.
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Enric sintió deseos de huir de allí por puro pánico. El sonido que salía de la boca del árbol era inquietante. Había una frecuencia inhumana y salvaje entretejida con un lamento. Era tormento y aberración. Dejó de observar el árbol e hizo acopio de valor durante unos segundos para acercarse más. Y volvió a iluminarlo. Jordi percibió el movimiento frente a él, parecía la figura de un hombre, y sintió una emoción confusa de miedo e ilusión. A pesar de los excursionistas que pasaron la noche con él hacía poco tiempo (¿cuánto?) las horas y los días se confundían en su mente, el hecho de, literalmente, nacer cada día, le desbarataba cualquier medida temporal. Recuerda con la misma intensidad, aquella chica que se recostó en su tronco y su mente experimentó un placer extraño al que se abandonó y 256
cegó, como recuerda los dos hermanos que acamparon junto a su tronco hacía apenas dos meses. Ahora es completamente diferente, lo buscan a él, alguien sabe que vive ahí, entre madera y miedo. — ¡Papá, mamá! —consiguió vocalizar con más claridad. Su mente infantil sentía una necesidad casi agónica de calor humano. Enric pudo entender aquellas palabras y avanzó hasta el límite que marcaba la copa. No había movimiento alguno de ramas ni hojas en la encina negra. — ¿Quién eres? Esa no era la voz de su padre o su madre. —Ooordih.. 257
— ¿Orti? —preguntó Enric. —Iorde —respondió Jordi despacio, intentando vocalizar bien y con un intenso temblor de boca por el esfuerzo. Enric no podía creer que se llamara Jordi, no había humanidad en el aquel ser. Debía haber un error en todo aquello, tal vez estaba durmiendo y soñando. ¿Y si se hubiera vuelto loco? — ¿Puedes moverte, Jordi? —No puedo, estoy atrapado aquí dentro. ¿Conoces a mi papá y a mi mamá? Jordi debía repetir varias veces las frases hasta que Enric las entendía, hablaba sumamente despacio, con torpeza. —No los conozco. 258
— ¿Puedes sacarme de aquí? —No lo sé, Jordi. — ¿Te ha tragado el árbol? —Sí. — ¿Cuándo ocurrió? —No lo sé, siempre tuve ramas, cuando cumplí los nueve algo pasó y me dejaron aquí. — ¿Puedes caminar? —Ya no. — ¿Si puedes mover tus ramas, porque no puedes caminar? —No puedo mover las ramas, el árbol las mueve. Yo no soy el árbol.
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Enric pensaba a toda velocidad. —Pero tú te comiste al chico de la mochila. —Yo no me he comido a nadie —respondió Jordi llorando, asustado por aquella extraña conversación. — ¿Qué haces de día? —Morir. — ¿Y cuando caminabas qué hacías? —Ir al colegio, mi profesora se llama Neus. —¿Sabes en qué fecha estamos? —Solo me acuerdo de mil ochocientes sesenta y tres, lo apuntaba en mi libreta del colegio. — ¿Qué edad tienes Jordi? —Sabía que tenía nueve años, ahora no lo sé. 260
Enric sacó la libreta y el lápiz del bolsillo de la camisa y escribió rápidamente todos los datos. Tomó el teléfono móvil y conectó la grabadora de voz. Se concentró en asimilar lo que había escuchado. Intentó creer que era real que estaba hablando con un niño de nueve años enterrado en el tronco de un árbol. Se encendió un cigarrillo, observando la encina negra y su boca. — ¿Tú quién eres? ¿Conoces a mis padres? ¿Ellos te han dicho que estoy aquí? Se sobresaltó al escuchar con fuerza la voz del árbol y se le cayó la linterna de las manos, apagándose. —Quiero luz… Encendió la linterna de nuevo.
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—Me llamo Enric. No conozco a tus padres. — ¿Y qué haces aquí? ¿Quién te ha dicho que estaba aquí? —No lo sabía, Jordi. Te estaba vigilando. — ¿Por qué? — Porque ayer te comiste a un chico. —Yo no me he comido a nadie. De día no existo, solo por la noche. La boca del árbol gimió de nuevo en un llanto que tenía algo de infantil, de inocencia. Observó el reloj, marcaba las cinco y cuarto de la madrugada, en el cielo se podía observar el azul eléctrico que indicaba un nuevo amanecer, dentro de poco amanecería. 262
Cada frase que pronunciaba el árbol, tardaba minutos en entenderla. Jordi tenía que repetir hasta diez veces las frases para conseguir entenderlas. — ¿No tienes un juguete? Enric se quedó boquiabierto, ante semejante pregunta y sintió como una vaharada de ternura le enrojecía las mejillas. —Te doy la luz; pero no puedes jugar con ella. ¿No has dicho que no puedes mover las ramas? —Solo quiero verla, nunca veo nada. Estoy solo. Enric venció el miedo y se acercó al tronco, acarició la rugosa superficie; la boca de madera se relajó. Pudo apreciar unos ojos tras una especie de velo del color de la madera que lo miraban con asombro y sintió pánico. Se separó dando un salto atrás. 263
—Jordi… ¿Qué sueñas cuando duermes por el día? —Nada. No sueño, no soy, no estoy. En el cielo ya se empezaba a ver la claridad del día. —Jordi… ¿Te acuerdas cómo me llamo? —Enric. — ¿A qué hora despiertas? —No despierto, aparezco, no sé de horas, solo sé que es de noche. —Esta noche volveré otra vez. La boca del árbol se curvó en lo que parecía iba a ser una sonrisa; pero se cerró de repente, la boca desapareció. 264
— ¿Jordi? Eran las seis y diez de la madrugada. El calor de ternura, de inocencia que emanaba del árbol se esfumó. Como si le hubiera abandonado la vida. Sintió desconfianza y se alejó del tronco. Su jornada de trabajo empezaría dentro de una hora. Volvió hacia el lugar donde había dejado la mochila y se comió mecánica y compulsivamente un bocadillo dando tragos de una botella de agua. Observando la encina, intentando asimilar que en su interior había un ser humano. Sentía que ese momento y lugar, no eran reales; había vivido un sueño.
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Un conejo andaba alrededor del árbol, una rama pesada cayó muy cerca del animal, y éste escapó huyendo. — ¿Jordi, eres tú? —gritó al árbol. La rama volvió a su lugar; pero no hubo respuesta. Sintió temor, un verdadero miedo de estar cerca de ese árbol. Enric recogió la manta, la metió en la mochila y por la ladera de la montaña, paralelo al camino, se dirigió a su vehículo para empezar su jornada de trabajo en la torre de vigilancia.
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Subió la escala metálica de la atalaya y se dirigió a la emisora de radio. Se encendió un cigarro tras saludar y anunciar su inicio de jornada por la radio. —Buen servicio, Enric, eres el primero en llegar. Cambio—le respondió Sofía desde la central. —Gracias Sofía. Cambio y corto. El servicio comenzaba a las siete de la mañana y duraba doce horas. Comenzaba su turno de tres días seguidos de servicio. En su mente estaban metidos los sonidos de aquel niño-árbol y con el miedo se mezclaba una sensación de profunda tristeza. Aquel niño con el que había hablado, no se iba a dormir. Pareció morir, dejó de hablar de repente. Y lo peor: estaba tan solo y 267
abandonado como perdido y aprisionado entre aquella madera. Había inocencia y miedo en aquella voz. Pero sobre todo un anhelo de no sentirse más solo. Y de no ser engullido por la bestia de ramas y raíces. La súplica de ayuda era una frecuencia oculta entre los sonidos de su voz que se perdía en el tiempo, en el espacio y en lo imposible. Ese hombre, ese niño estaba condenado, sin remisión. Repasó la grabación de la conversación y durante dos horas se olvidó de vigilar con los prismáticos. Sin darse cuenta se quedó dormido. Se despertó sobresaltado, desorientado, su teléfono sonaba en el bolsillo del pantalón. 268
—Dime mamá. —¡Uy, que voz tan rara! ¿Estabas dormido? —Sí, estaba aburrido y no me he dado cuenta, aquí no hay nada con lo que distraerse. — ¿Cuándo vas a venir a casa? —No lo sé, por ahora tengo tres días de guardia por delante —respondió al tiempo que se ponía en pie y tomaba los prismáticos para inspeccionar su zona. Eran las once y treinta de la mañana, el sol ya estaba creando espejismos en los caminos y pistas forestales. El verde de los árboles parecía desgastado, comido por la fuerte luz. Era una suerte encontrarse ahí dentro con aire acondicionado.
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—Pues ya está bien, hace ya un mes que no se te ve el pelo. A ver si buscas un momento para tus padres y tu hermana. Tampoco te vamos a robar tanto tiempo. —Está bien, mamá, ya hablaremos la semana que viene. Tengo que hacer mi informe. —Encima con prisas… —bufó la madre al teléfono. —Te quiero Enric. —Te quiero. Enric enfocó con los prismáticos la encina negra. Estaba quieta, completamente completamente inmóvil. Ni siquiera la suave brisa agitaba sus ramas más delgadas. Tal vez fuera sugestión, pero le pareció ver que toda su copa respiraba lentamente: contrayéndose y dilatándose rítmicamente. Como un ser animado.
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Enric necesita compartir su secreto, es instintivo en el ser humano. Algo extraordinario adquiere autenticidad cuando alguien es testigo y comparte la experiencia. Contar algo así es colgarse el título de drogado, borracho o loco. Estas cosas se tienen que demostrar; tiene que verse para creerse. El acontecimiento es demasiado importante, demasiado trascendente como para quedar oculto. Por otra parte, descubrir algo así tiene que tener un precio. Sabe que no importa el descubridor, cuentan los explotadores.
En estos
tiempos
de
mierda,
su
descubrimiento pasaría a manos de los medios de comunicación. Falsos doctores se apuntarían el mérito y 271
mierdosos escritores se inventarían cien novelas a su costa. No lo dirá a nadie, protegerá su descubrimiento y con el tiempo ya sabrá que hacer con todo ese secreto. Mientras imagina las consecuencias económicas y populares que acarrearía su descubrimiento, por momentos siente una ira ciega tiñendo de rojo su visión por los que intentarían arrebatarle su mérito. De lo único que debería preocuparse es de guardar el secreto por mucho que le pese. Ocultar a la chusma la existencia de Jordi.
A las tres de la tarde sonó el teléfono.
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— ¿Enric? Soy Viñas. —Buenas tardes Sr. Viñas. Usted dirá. —Solo quería confirmar que no habéis visto algo extraño durante vuestras guardias. Ya sé que me lo habríais comunicado; pero es rutina oficial y tiene que constar la llamada en el expediente. —No ha habido ninguna novedad por mi parte. Y según la bitácora, tampoco hay novedad en los turnos de mi compañero. —Gracias Enric. Una cosa más, puede que los padres y hermanos de los desaparecidos vayan a ver el lugar. Si llegan hasta vuestra atalaya u os los encontráis, sed amables. Están de los nervios. —No se preocupe, Sr. Viñas. —Buen servicio. 273
—Buen servicio, sargento.
Noche tras noche durante las siguientes noches y sacrificando el sueño, Enric visita el árbol humano y va formando su historia hasta los nueve años. Desde que Jordi fue plantado en el bosque, dejó de conocer las fechas y se perdió en el tiempo. Desconocía su propia vida y la cronología era una noche eterna salpicada de pesadillas y dolorosos recuerdos de la soledad y melancolía. Del miedo. Jordi, literalmente, fue devorado por la noche de los tiempos. Su lenguaje mejoraba con la práctica, o tal vez Enric había entrenado su oído. 274
Le contó cual era su edad real y como era el mundo. Y que no existe nadie como él. En una mueca atroz con un ruido a madera quebrándose, Jordi lloró y el guardabosques no pudo evitar acariciar su rugosa corteza intentando dar un pobre consuelo al ser más solo y desamparado del universo. Se le vino toda la vida encima, se le acumularon de repente los años y la melancolía de una vida de encierro. Estaba próximo a salir el sol y el azul que iba suplantando al negro del cielo, se convertía en su manto mortal de cada día. —Vo-vo-y a mmmoo-rir de nuevo, En-En-Enric — dijo balbuceando con un llanto inhumano—. ¿Vendrás mañana?
275
—Mañana estaré aquí; pero no mueres, Jordi, es como dormir. —Dormir no duele, y me hace mucho daño cada día. Me duele entre los ojos y siento que me ahogo y luego... Nada. No sueño, no estoy. Enric pudo comprender porque no podía recordar nada del día, cuando el árbol era la conciencia. Creía en la inocencia del niño, del hombre, de lo que quiera que fuese aquel ser. El niño había muerto de nuevo y dejó de grabar con el móvil. Y el dilema moral, empezó a crecer en su mente: ¿era vivir lo que Jordi experimentaba? Era un niño, si fuera un hombre, le habría pedido que de alguna forma
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acabara con su sufrimiento. Jordi quería vivir y saber, conocer... Sin embargo la bestia, la madera mataba y se alimentaba de cualquier ser vivo que se acercara. Matar a la bestia era matar al pequeño. Y la vida del pequeño, era la muerte de otros seres humanos. Y dedujo que tampoco el árbol mataba tanta gente. Los coches, los accidentes y las enfermedades hacían más daño. Había que proteger al pequeño, no era justo: una vida de años y años de soledad y miedo para acabar conociendo a un amigo que ejerza de asesino. A él no le hubiera gustado. Su pensamiento estaba lastrado por el sueño, sus ideas estaban revestidas del narcótico sopor de la 277
fatiga y como en un mundo onírico, lo material, la recompensa y la fama, se relegaron a un vínculo potente de simpatía y cariño. El sueño, el subconsciente no quiere dinero, no quiere notoriedad. Se alimenta y nos alimenta de emociones. Se dirigió lentamente hacia su coche, para ir a casa a dormir. Estaba cansado, tenía tres días de fiesta por delante para recuperar cuatro noches de no dormir desde que descubrió al pequeño Jordi. A la entrada del pueblo tuvo que frenar e hizo derrapar los neumáticos, estuvo a punto de estrellarse contra el muro de una masía, se había dormido durante no sabía cuanto tiempo, el susto lo asustó lo suficiente para que no se durmiera los tres minutos que le quedaban de camino para llegar a su casa. 278
Se durmió vestido en el sillón del comedor, a las seis cuarenta y cinco de una madrugada calurosa. No soñó porque su mente pensó que ya estaba viviendo en lo surrealista y podría ser peligroso añadir más presión.
Raúl dejó los prismáticos sobre la repisa y se frotó los ojos. Volvió a mirar por ellos y al cabo de unos segundos, otra rama bajó al suelo se arrastró tanteando el terreno y luego subió para desaparecer entre el follaje. Se serenó, podría ser alguien subido y oculto en la frondosa copa, niños jugando o alguien cortando ramas. Anotó en su agenda de bolsillo la fecha y hora en la
que
observó
ese
movimiento 279
extraño
para
comunicárselo a Viñas en caso de que encontrara algo raro en la encina negra o sus alrededores. Cuando acabara su jornada laboral, se acercaría hasta la encina negra para examinarla. Eran las cuatro de la tarde. El árbol detectaba la presencia de seres vivos a través de sus pequeñas y finas raíces que se extendían en un radio de casi cincuenta metros alrededor de la copa. Los ojos eran exclusivamente para el uso humano, él no podía acceder a ellos, ni siquiera sabía de su existencia. De alguna forma, por la magnitud y la cantidad de vibraciones distintas que captaba, podía saber si se trataba de uno o varios individuos, así como determinar su peso y sopesar la posibilidad de darles caza. En definitiva, era un predador que estaba tomando conciencia de su naturaleza. Tal vez los años de 280
crecimiento habían cesado y se desarrollaba ahora sensorialmente para la caza. Porque junto con el progreso, con los autos y los caminos abiertos en la montaña para dar cabida a los urbanitas en busca de naturaleza, sus posibilidades de cazar habían aumentado. Y si había una mínima componente humana entre su madera, también había ambición y un instinto asesino nato. Había probado la carne y le gustó así como la sensación de superioridad de ser cazador. Por ello, su actividad se incrementó, así como su osadía. Con las dos últimas presas, actuó esperando que una de ellas se quedara sola, un proceso puramente instintivo y a la vez ejercido con astucia; pero no podía evitar, a lo largo del día, dar una muestra de su poder al resto de la flora y la fauna.
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El pequeño corazón de un niño que no pudo desarrollarse latía enviando pequeñas cantidades de sangre a su savia con todo lo que lo humano conlleva.
Enric se despertó a las seis cincuenta de la tarde por el zumbido del teléfono en su camisa. Un aviso de mensaje recibido. Forzando la mirada en la penumbra abrió el mensaje, era de Raúl. "Hola Enric, me imagino que estarás ocupado en tu día libre, solo quería avisarte de que me voy a acercar a la encina negra. Sobre las 16:00 se han movido ramas de forma extraña y voy a dar un vistazo, posiblemente
282
alguien esté haciendo leña, te espero mañana con unas cervezas." Pensó que alguna vez tenía que pasar, que otra gente llegaría a ver uno de los habituales movimientos del árbol. Lo malo es que alguien como ellos, como los guardias forestales, se centrarían en ello, cualquiera podría llegar a conocer lo que aquella encina negra encerraba, lo que realmente era. No le respondió al mensaje, aunque su primera intención fue hacerlo y decirle que tuviera cuidado y no fuera solo; dejó el teléfono, se duchó y salió a la calle a despejarse y comer algo. En una papelería compró un tren de juguete de plástico para Jordi. Esa noche no iría a acompañar al pequeño, tenía que ser cauto, es posible que Raúl desapareciera a esa hora de la tarde, seguramente ya estaría en las tripas del árbol. 283
Raúl conducía lentamente y con cuidado su recién estrenado Peugeot 205 , le había costado mucho conseguir el aval de su padre para el préstamo con la escasa nómina que percibía por su trabajo; lo último que quería era que se averiara y tener que gastar un dinero que no tenía en una reparación. Cuando anduvo ya un centenar de metros por la pista forestal, se relajó y disfrutó más del paseo. Se
preguntaba
que
encontraría
en
los
alrededores del árbol y quien iba a querer cortar leña a principios de septiembre, cuando aún el calor es agobiante.
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Llegó frente a la encina negra y se detuvo en el camino. Paró el motor y tomó una linterna de la guantera. Hacía muy buena luz, aún quedaba una hora y media para el anochecer, pero entre la hojarasca y las ramas, siempre va bien un haz de luz potente. Se acercó al imponente tronco y encendió la linterna para observar las ramas. No había nada que llamara su atención. No habían ramas rotas e inspeccionó alrededor para observar si alguien había tallado algo en la corteza, era habitual que algunos excursionistas dejaran marcas. No había nada. En el suelo no habían pisadas recientes que pudieran dar la impresión de que alguien hubiera trepado a la copa.
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A medida que pasaban los minutos, se dio cuenta de que olía vagamente a podrido, por momentos le llegaba el olor de la carne en descomposición, era un olor muy sutil, que seguramente debería traer la brisa si se movía en la dirección adecuada. Tal vez entre las ramas de la copa hubiera alguna ardilla muerta. Las ardillas muertas no mueven las ramas tan gordas como su muslo hasta hacer que toquen el suelo. Se dio por vencido y olvidó el asunto, se encendió un cigarrillo y se lo fumó paseando entre los árboles, unos veinticinco metros a la derecha de la encina negra había una más joven, tenían la misma altura, solo que el tronco de la joven tenía un diámetro mucho menor y la copa era menos frondosa.
286
Bajo su copa había multitud de bellotas caídas, era extraño que hubieran tantas, los jabalíes las devoran por la noche, su gran pasión. Tomó una que le llamó la atención por su deformidad, parecía un muñeco mal hecho, con apenas brazos y piernas y un proyecto de cabeza. Estaba cubierta por la piel habitual y se le ocurrió pelarla. Los brazos y las piernas estaban perfectamente definidos, así como la cabeza. El rostro tenía los ojos fruncidos y la boca semi abierta como un grito mudo, había sufrimiento en aquel rostro infantil. Raúl se sintió mal, algo no estaba bien. Un pequeño ruido llamó su atención, había caído una bellota y parecía querer esconderse bajo la hojarasca. Era como la que había tomado del suelo, la enfocó con la linterna y observó boquiabierto como 287
temblaba y se estremecía. Raúl no se atrevía tocarla, cuando se quedó inmóvil al cabo de un par de minuto se decidió a tomarla con recelo. La encina negra intentaba lanzar sus ramas silenciosamente hacia el hombre que estaba bajo la copa de su hijo, se estiraban con furia silenciosa una y otra vez intentando alcanzar al guarda. Aquella bellota con forma de niño, estaba caliente como su propia mano, y sus bracitos parecieron tensarse en un último estertor en su mano. Enfocó al suelo, y se dio cuenta de que la inmensa
mayoría
de
las
bellotas
eran
iguales,
entremezcladas con algunas normales. A simple vista, entre la hierba y la hojarasca, era difícil de advertir.
288
No sabía que significaba aquello, pero iría con eso al ayuntamiento, al departamento de Medi Ambient, a ver si alguien podía explicarle algo tan extraño. Y pensó en árboles mutantes y niños-bellotas devorando a la gente del pueblo. Quiso
examinar
la
encina
detenidamente
retrocediendo, observando el árbol entero a medida que se abría su campo de visión. Era una encina normal en apariencia, nada que destacar. Una rama fina serpenteaba y se arrastraba ya a unos centímetros de sus talones, un par de ramas pequeñas como dos dedos se abrían y cerraban buscando algo que apresar.
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— ¡Qué pocos huevos tienes, chaval! Échale un par, no vamos a parar ahora que casi hemos llegado a la torre. Era la voz de un ciclista hablándole a otro, se aproximaban por la pista forestal, y se podía distinguir el crepitar de las bicicletas, en un lento avance. La rama retrocedió rápidamente hasta su tronco, Raúl salió de su divagación y se dirigió al coche. Cuando llegó a la encina negra, se encontró con los ciclistas que subían cansados y sudados. —Buenas tardes —le saludó el que iba en primer lugar, deteniéndose —. ¿Cuánto queda para la torre de vigilancia desde aquí?
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Raúl observó a su compañero, estaba pálido y no tuvo ánimo ni para saludar, sacó el bidón de agua de la bicicleta para llevárselo a la boca con ansiedad. —A tres kilómetros, en cuanto paséis aquella curva, ya es llano. —Gracias. Y continuaron su camino. Esperó que se alejaran para regresar a la encina joven y recoger varias muestras más de aquellos extraños frutos. Se acordó de las películas donde salían las raíces de
las
mandrágoras
con
forma
de
niño,
eran
asombrosamente parecidas. En el momento en el que pasó bajo la copa de la encina negra, una rama calló con fuerza golpeándole la cabeza. Su cuello se fracturó y perdió todo contacto 291
con el resto del cuerpo en una fracción de segundo. Quedó inmóvil, conmocionado. Lo único que había en su campo de visión eran sus manos inaccesibles a su voluntad, la derecha encerraba el fruto que había agonizado en sus manos. Algo lo arrastraba, no sentía nada de su cuerpo, solo la sensación de movimiento. Su rostro se deformó de horror cuando se vio boca abajo arrastrándose a través de la corteza de aquel enorme tronco negro y el olor a carne podrida le ofendió el olfato hasta el punto que evitaba respirar. No supo en ningún momento que sus pies, piernas y tronco estaban siendo partidos por unas fauces de madera. Sus gritos débiles se apagaron cuando su cráneo reventó y el cerebro se deslizó lentamente hacia las entrañas del árbol. 292
Jordi despertó y lo primero que hizo, si algo pudiera hacer, fue buscar entre las sombras de la noche a su amigo Enric. Y esperaba poder contarle cosas de cuando iba al colegio. Le quería explicar todos sus recuerdos, y asegurar así ante alguien, que una vez fue normal. Le quería contar como aquel señor en el paseo de Colón le arrancó su rama, y como un jardinero lo curó en el hospital. Tenía que contar cosas de su madre y de su padre. Su padre lo cogía en brazos al llegar del trabajo y entraban juntos en casa. O cuando aquellos dos niños
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nuevos, le pusieron un petardo en una rama y no sabe como, les hizo daño y vino la policía. Aquel día el árbol lo invadió y lo lanzó a la oscuridad y al miedo más profundo en su clase, ante la vista de sus amiguitos. Desde entonces ya no le dejó vivir los días. Enric le había contado tantas cosas... Creía en Enric, aunque muchas de las cosas que le contaba no las podía entender. A lo largo de las horas, Jordi se sumergió en sus recuerdos y de nuevo en una tristeza profunda que hacía tiempo que no sentía; no quería volver a estar solo. Tenía miedo aún a la noche. ¿Cuándo habría alguien con él cuidándolo?
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Y por otra parte, sentía una ira ciega contra su suerte, el hombre adulto estaba ahí con una ponzoñosa ira, que no podría desahogar jamás. Jordi no lo podía definir ni razonar, pero tenía miedo de sí mismo, a lo que su lado adulto y esclavo de una vida miserable odiaba. A un rencor dirigido a la humanidad entera. Mientras él malvivía, cientos de criaturas al año, morían unos metros a su derecha. Su "hijo", la encina joven, creaba frutos apenas humanos, pero cada año con mayor perfección. Primero fueron bocetos irreconocibles de bebés vivíparos. Ahora ya tienen vida por unos breves instantes. Tal vez, dentro de un tiempo, se habrá perfeccionado su naturaleza y la encina dará hermosos humanos como frutos.
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Como si en ese rincón del mundo se hubiera instalado lo absurdo, una pesadilla eterna de la cual no hay salida ni forma alguna de despertar. En aquel trozo de montaña, todo salía mal y a medida que aquellos árboles que formaban una familia de dos, crecían y maduraban, la pesadilla se hacía más real. Lo absurdo y lo patético se había propuesto invadir la cotidianidad nuestra de cada día.
— ¿Diga? —Enric tomó el teléfono de la mesita de noche, eran las siete y media del mañana. —Buenos días, Enric. Sé que estás en tus días libres, pero tenemos un problema con Raúl: no se ha presentado al puesto de vigilancia y no podemos 296
ponernos en contacto con él. Deberías ir rápidamente a cubrir el servicio. Mientras tanto, buscaré los teléfonos de su familia para ponerme en contacto con ellos. —No te preocupes, Sofía, voy ahora mismo para allá. —Gracias, Enric. Te diré algo en cuanto lo sepa. Enric
cerró
la
llamada
pensando
que
posiblemente sería él quien le diera noticias a Sofía, si todo había ocurrido como él pensaba. Tomó un uniforme limpio del armario, se hizo dos bocadillos de embutido y tomó una botella de refresco de la nevera. En la mochila guardó el trenecito de juguete, sentía una gran ansiedad por ofrecérselo a Jordi. En quince minutos ya estaba en la torre.
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Tomó los prismáticos y observó la encina negra, el 205 de Raúl se encontraba allá, estacionado frente al árbol. —Sofía... ¿Me copias? —habló por el micro de la emisora de radio. —Dime Enric. —El coche de Raúl se encuentra en la pista forestal, frente a la encina negra. Voy a avisar a la Guardia Civil, al sargento Viñas, para que den un vistazo. — ¡Jesús! ¿Qué pasa con ese dichoso árbol? A ver si se ha dormido en el coche... Aunque no sé porque se iba a dormir. —Ayer me envió un mensaje por el móvil, me decía que había movimiento en el árbol y cuando acabara su 298
servicio, iría a ver si había gente cortando leña. Perdona que no te lo hubiera dicho cuando me has llamado, estaba aún dormido, ahora al ver el móvil me he acordado. —Pues llama rápidamente a la Guardia Civil porque pinta mal. —Te informo, Sofía. Corto. Acto seguido, marcó en el teléfono de la torre el número del cuartel de la Guardia Civil.
—No puedo creerlo, también Raúl. No consigo entender lo que está ocurriendo. El sargento Viñas daba vueltas alrededor del árbol hablándole a su ayudante el cabo Daniel. 299
— ¿Y si fuera algún fenómeno de la tierra? Como un agujero, un pozo que se abre y se cierra. —Puedes decir cualquier cosa y nos la tendremos que plantear, porque no hay ninguna explicación lógica. No puedo creer que tres personas, que sepamos, en lo que va de verano, hayan desaparecido sin dejar rastro. Lo de Raúl es aún más extraño, no se hubiera dejado sorprender por nadie con todo lo que ha pasado. Iba preparado, su coche está ahí, no se aventuró en alguna excursión peligrosa tras algo o alguien. Daniel observaba, el rastro en forma de camino, dibujado entre la tierra y la hojarasca que iba desde unos cinco metros hacia la derecha de la encina y acababa justo en su tronco. —No entiendo el sentido de esta huella. Alguien se arrastró o fue arrastrado hasta el tronco. ¿Para qué? 300
¿Qué sentido tiene? Sargento, deberíamos trepar a la copa y ver que puede haber. —Sí, Daniel, tendríamos que hacerlo porque no hay otro sitio donde ir o donde mirar. ¿Y de dónde cojones viene este olor a podrido? Ve a buscar la linterna trepa a ver si ves algo raro en la copa. Daniel regresó rápido con la linterna y una cuerda por si hiciera falta como ayuda para trepar al árbol. Mientras tanto, Viñas llamó a Enric. —Enric, Soy Viñas. No dejes de vigilar, no quites ojo de los alrededores, quiero saber si se mueve una ardilla. ¿A qué hora me has dicho que te envió el sms? —A las dieciocho cincuenta de ayer, sargento Viñas —contestó Enric observando a los agentes con los prismáticos. 301
— ¿Por qué iba a venir aquí por un simple movimiento? —Cuando eso ocurre, suele ser porque alguien corta leña, ramas de los árboles, esto es un parque natural, no podemos dejar que cualquiera venga a por leña. —Tienes razón, Enric. De cualquier forma, quiero que durante tu vigilancia, des una prioridad especial a este sector. Y si ocurre la más mínima cosa, avísame. — ¿Ha encontrado algo de Raúl en la zona? —Nada, esta vez no hay ni un pelo que hayamos podido encontrar. Volvemos al cuartel a hacer el informe y avisar a la familia para que se hagan cargo del coche. No va a ser agradable contarles que prácticamente se lo ha tragado la tierra. Buenos días, Enric. Y presta mucha 302
atención. Si ves algo, nos avisas, no vengas solo para acá. —No se preocupe. Buenos días, sargento. —No hay nada raro aquí arriba, sargento —dijo Daniel antes de saltar al suelo desde una rama baja. Ni siquiera he podido ver huellas de zapatos o marcas entre las ramas. —Vamos al cuartel, Daniel. Aquí ya no hay nada que hacer. Cierra el coche de Raúl y coge las llaves. — ¿Quiere que lo conduzca hasta el cuartel? —No. Prefiero que venga la familia aquí, los traeremos para que conozca el lugar donde desapareció Raúl. Viñas pensaba en los recursos que serían necesarios para llevar a cabo una buena investigación: 303
solo con alguien apostado cerca y oculto todo el día, tendría probabilidades de conocer algo, conseguir alguna pista que explicara lo que estaba ocurriendo en esa zona. Jamás aprobarían ese gasto, no había cuerpos que pudieran explicar un asesinato y por tanto, semejante gasto económico. Y se propuso pedir un permiso de un par de días por motivos personales y pasaría esas dos jornadas acampado muy cerca de la encina negra. Se estaba convirtiendo en algo personal. No le gustaría que un hijo suyo desapareciera de esa forma por el simple hecho de dar un paseo.
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Sabía que los padres de Raúl estaban pasando unos días en Andorra y no podrían llegar ese mismo día a tiempo para hacerse cargo del automóvil. Posiblemente mañana al mediodía. El flamante coche de Raúl parecía llevar varios días abandonado. Lucía una capa de polvo amarillo que opacaba el gris metalizado. Y también parecía que su compañero llevaba días muerto. La aberración del tiempo del árbol humano había contagiado o infectado también su percepción del tiempo. Eso y una falta de sueño necesaria para sujetar bien la cordura. Como siempre, y contra toda precaución, Enric volvió para acompañar a Jordi. Había aparcado el coche en la pequeña senda oculta desde el camino principal, como siempre. 305
Se acomodó en la ladera, en el mismo espacio de siempre a esperar que se hiciera de noche. Había sacado el trenecito de juguete de la mochila, estaba impaciente por ver la reacción del crío. ¿Hasta qué punto era un niño? Ciento cincuenta años no pasan en balde. Enric sabía que aún no había descubierto al verdadero Jordi, solo la cara más amable, la que ha pasado más miedo y está deseosa de compañía. Tal vez, se muestre ese pensamiento adulto cuando se conozcan más. Se durmió, durante una hora y media sin darse cuenta. A las nueve le despertó la alarma programada en el móvil y comió con avidez, tenía hambre. Jordi estaba a punto de despertar y seguramente se encontraría triste porque ayer no lo fue a ver. Su infantil depresión no
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pasa desapercibida en ningún momento. Si fuera un niño, sería el más triste del mundo. Jordi nació aquella noche antes que lo habitual, Enric dejó el bocadillo a medio terminar cuando oyó la voz cavernosa decir su nombre. Le enseñó el tren de juguete acercándoselo a los ojos y sus fauces se deformaron en lo más parecido a una sonrisa. —Mi papá me dejó mis juguetes, pero un día desperté y ya no estaban. Antes podía doblar un brazo y tocarlos, pero hace muchas noches ya que no he podido mover ninguna rama. Enric, no sé como soy ahora —dijo con una lóbrega tristeza que se metió entre la piel del guardia forestal como un escalofrío. — ¿Te quieres ver? 307
—Sí. —Esto es un teléfono, sirve para hablar con otras personas a distancia, sin que se vean. Y puedo grabar películas. Te voy a grabar. — ¿Qué son películas? —Jordi no conoció el cine. —Imágenes de personas o cosas en movimiento. Ahora lo verás. Durante un par de minutos, filmó el árbol humano, hablándole, se colocó junto a lo que se podría llamar el rostro de Jordi y se grabó con él. Cuando preparó el archivo para reproducir le preguntó. — ¿Puedes ver con claridad lo que tengo en la mano? —se lo había acercado a medio metro de los ojos.
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—Está borroso. —Voy a acercarlo y alejarlo y tú me dices cuando se ve bien. Lo acercó más, pero los ojos de Jordi no conseguían enfocar. Tuvo que alejarse casi un metro y medio para que el árbol humano dijera que ahí lo veía bien. A medida que el video avanzaba, Jordi hacía chasquear su boca en un inequívoco asombro. Incluso sus ojos intentaban enfocar mejor aquello que estaba viendo. —No soy más que un enorme árbol, se perdieron mis brazos y piernas, no soy como tú. Antes, cuando iba a la escuela, tenía piernas y manos. Todo se ha perdido. Me perdí aquí dentro.
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—Tú piensas, hablas y sientes, Jordi, no eres solo un árbol Enric no sabía como consolar aquel profundo abatimiento que invadió al pequeño de repente. El
registro
de
la voz de
Jordi
cambió
sorprendentemente a un tono más gutural y brusco. —Jamás seré un hombre, jamás podré salir de aquí dentro. Me quiero morir. Ahora sé que no sirve de nada vivir y esperar. —No te entristezcas ahora, Jordi. Estaré a tu lado. —Pensé que podría curarme, que con el tiempo podría moverme, y tú me ayudarías; pero nunca ocurrirá. Soy un árbol feo y retorcido. Al amanecer, cuando moría, sentía que un día podría salir de aquí, que mis 310
brazos y piernas prisioneras en este tronco, se podrían liberar. Soy madera, no hay arreglo, no hay cura. Y lanzó un grito atroz, la copa se agitó por el esfuerzo provocando una lluvia de hojas y bellotas. De su boca salió volando algo que pasó por encima de la cabeza de Enric para ir a parar a la orilla opuesta de la pista forestal, quedó oculto tras el coche de Raúl. —Tranquilo, Jordi —no se atrevió a acercarse—. Has de calmarte, sería peor que alguien más te oyera. Vamos Jordi, ánimo amigo. La boca se cerró y desapareció entre la corteza del tronco, los ojos se cerraron también. Como si se hubiera ido a otra dimensión. Enric se acercó hasta el coche y lo rodeó, a la altura de la rueda delantera derecha vio lo que voló y 311
vomitó por el olor y la repugnancia de una cabeza descarnada, sin ojos, con pequeños trozos de carne ya pálida aún pegados al cráneo. Era imposible identificarla, pero era obvio que era la cabeza de Raúl. Se alejó hacia su puesto ladera arriba para tranquilizarse y pensar con claridad. Podría dejar la cabeza allí, pero ahora sus huellas estaban por todas partes, había un rastro identificable asociado a la cabeza. Había una prueba de un crimen y la policía científica haría una investigación en toda regla. Excavarían, había razones para hacerlo. Se encendió un cigarro observando fijamente el árbol y esperando que Jordi volviera a hablar; pasó una hora y no hubo un solo movimiento. 312
Sacó de la mochila la bolsa de plástico donde llevaba la comida y se acercó al coche de Raúl. Con trozos de papel de aluminio se ayudó para guardar el cráneo sin tocarlo directamente, anudó la bolsa para que evitar el nauseabundo olor y subió de nuevo hasta su campamento para coger la pala plegable de campista que llevaba. Subió montaña arriba casi doscientos metros, identificó con la linterna un lugar con abundante hierba y cavó un hoyo de medio metro de diámetro por casi un metro de profundo. Le llevó más de cuarenta y cinco minutos, había mucha roca entre la tierra y tenía que sacarlas para poder seguir profundizando.
Cubrió el suelo removido con
hierbas y plantas que arrancó cuidadosamente a su alrededor. 313
Eran las once de la noche cuando decidió ir a casa. Se sentía asustado, se estaba complicando mucho el asunto de la encina negra y ya había cometido su primer delito grave. La falta de sueño ahondaba su sensación de angustia, le era difícil pensar con claridad. Las noches de septiembre eran notablemente más frescas que las de agosto. Y más húmedas, el aroma de la tierra húmeda impregnaba el aire por las noches. Le gustaba. Se metió en la cama y pensó en la soledad y en el miedo que Jordi había pasado toda su vida. Él preferiría estar muerto a vivir así. Durmió soñando que era árbol y que las orugas invadían sus ramas y lo devoraban lentamente durante meses hasta morir, hasta dejar su cráneo pelado.
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Viñas no podía dormir, tenía prisa por empezar el día. Se despertó a las cinco y veinte de la madrugada, aunque la verdad es que pasó la noche casi en vela, pensando en esas desapariciones tan extrañas. Su mujer le preguntó algo que no entendió, estaba demasiado dormida para hablar claramente. Se dirigió a su auto aparcado delante de la puerta de la casa, cosa extraña, porque hacía meses que no usaba su coche para el trabajo, solo cuando tenían que reparar el coche patrulla. Vivía a diez minutos paseando a pie del cuartel. Se dirigía a la encina negra, un viaje de apenas veinte minutos. Quería asegurarse que el coche de Raúl continuaba allí; pero sobre todo, observar si algo podía cambiar a aquellas horas de la madrugada. Algo distinto del escenario que veía cuando el día ya estaba avanzado. 315
Le gustaba circular por aquella carretera estrecha, que gradualmente le iba llevando al corazón del parque. Desde que su hijo cumplió los quince y comenzó a salir con los amigos más frecuentemente, apenas iba ya de paseo por la montaña. Había pensado en todas las posibilidades razonables que intentaran explicar las desapariciones, y cuantas más descartaba, más se acercaba a lo extraño, a la superstición que tiene explicaciones para todo. El sol ya había comenzado a salir, pero su luz no era efectiva aún, bajo la luz de los faros, observó el coche de Raúl. Parecía un perro que ha perdido a su dueño, su carrocería tenía ya la decadencia del abandono. Siempre llevaba su coche radiante, lo normal cuando se estrena, luego vendría el tiempo de la relajación y el polvo no le molestaría, ni siquiera alguna rayada en la pintura. 316
Dejó el motor encendido y la puerta abierta por precaución. Sacó el seguro de la pistolera para poder desenfundar rápidamente si se diera el caso. Miró a su alrededor y el contraste de las luces de su coche, hacía las sombras más oscuras, sería por poco tiempo el sol comenzaría a alumbrar con notoriedad en unos diez minutos; pero sacó su pistola y liberó el seguro del gatillo. No le gustaba aquel olor que parecía no desaparecer jamás de ese lugar aunque soplara el aire. No era un olor fuerte, sino un ligero perfume que se camuflaba con los olores a tierra y hierba y plantas. Una ofensa incómoda e irritante que evocaba la carne en descomposición insistentemente. Jordi seguía consciente, aún no había llegado el momento en que el árbol lo hundiera de nuevo en la nada. Escuchó un coche acercarse, tal vez fuera Enric que 317
venía a despedirse hasta la noche. No importaba, no hablaría, no quería volver a vivir en la noche. Se sentía defraudado, cansado y triste. Nunca pudo imaginar que no quedara nada humano de él. Los pasos se acercaban, no era Enric y cerró del todo sus ojos para no ver más. Sintió al tiempo morir, su conciencia se hundía, todo se hacía negro y dejaba de existir. Viñas se acercó a la encina, había un trenecito de juguete a un metro del tronco. Lo cogió después de haber devuelto su arma a la pistolera, lo observó bajo la luz de la linterna: era una locomotora de vapor en color rojo con un vagón amarillo. Un juguete barato de plástico, una de esas tonterías que se compran a los niños para que callen y se entretengan un rato sin gastar
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demasiado dinero. Estaba nuevo, apenas tenía polvo, ni siquiera habían jugado con él. Observó el terreno con más atención sin encontrar nada más, luego se dirigió hacia el 205 para darle un vistazo de cerca: no había huellas en el polvo que lo cubría. Si hubieran jugado críos en esa zona, estaba seguro de que sus manos estarían marcadas o bien habrían dibujado algo en el polvo; aún así sería muy extraño que unos niños caminaran más de tres kilómetros desde cualquiera de los dos pueblos que unía la pista, y menos cuando las vacaciones ya habían acabado. —Desaparecen hombres y aparecen juguetes —se dijo mirando el tren de juguete en su mano, dirigiéndose a su auto. Se detuvo a unos metros de su Seat Toledo por un fuerte ruido a vegetación movida por el viento, sin 319
embargo no había viento, se dio la vuelta y observó la copa de la encina negra agitarse. Y observó otros árboles en completo reposo. Dejó el trenecito en el suelo y desenfundó su arma de nuevo. — ¿Quién hay ahí? —gritó alumbrando con la linterna la copa de la encina negra, aunque ya había suficiente luz. Tenía que haber alguien allí escondido que hubiera provocado esa agitación de hojas y ramas. —Baje de ahí despacio, sin brusquedades. Estoy armado y no es bueno que me sorprenda. Espero unos segundos para obtener respuesta. La ramas del árbol habían dejado de agitarse.
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— ¡Quien quiera que esté ahí, identifíquese, por favor! Soy el sargento Viñas de la Guardia Civil, cuartel de Sant Celoni. Sin bajar el arma, empezó a avanzar de nuevo hacia el árbol. Se situó cuidadosamente bajo la copa e iluminó el oscuro entramado de hojas y ramas. No había nada entre las ramas, al menos en las más bajas, por encima de ellas se creaba abruptamente una zona oscura que no podía atravesar la luz de la linterna. Sintió un fuerte golpe en la cabeza, sus ojos se cubrieron de sangre mientras de sus tobillos tiraba algo que lo arrastraba por el suelo. Se limpió los ojos con la manga
de
la
casaca,
aferrando
automática.
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fuertemente
su
Iba directo a un enorme agujero que se había abierto en el tronco. Y disparó, vació el arma acertando alrededor y dentro de aquel agujero sin que el árbol se detuviera. Aún tuvo la suficiente determinación para lanzar el arma lejos y así fuera hallada; para que Daniel o cualquier investigador, se preguntaran porque disparó al árbol. Murió cuando sus costillas fueron aplastadas por las fauces de madera y las astillas se clavaron en el corazón, en ese instante dejó de gritar. El arma quedó muy cerca del juguete, a la vista de cualquiera. El árbol sintió de nuevo algo parecido a euforia del predador que ha tenido éxito y agitó con fuerza las ramas cuando cerró la boca.
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El cabo Daniel había aparcado su coche en el estacionamiento del cuartel y luego sacó el coche patrulla del garaje. Ya estaba de vuelta del bar de la gasolinera, como cada día, con dos cafés. Le extrañó que el sargento no hubiera llegado. Llamó a su teléfono móvil sin tener respuesta, luego marcó el teléfono de su casa. —Buenos días, Ana. Soy Daniel. Perdone que la moleste, pero es que el sargento aún no ha llegado y me preguntaba si se encontraba bien. —Ha salido a las cinco y media de la mañana, pero no me ha dicho donde iba. ¿Y si le ha pasado algo? Se ha llevado su coche. Precisamente ahora estaba pensando que cuando ha tenido algún asunto urgente o importante, se ha ido temprano a la central de Barcelona, siempre que ha de ir allí, sale muy temprano por el tráfico. 323
—No se preocupe, Ana. Voy a hacer unas llamadas y le digo algo. Lo más seguro es que se ha quedado sin batería en el móvil. Además, no ha llegado ningún aviso de accidente. —Gracias Daniel, espero tus noticias. El cabo se sentó en su mesa y encendió un cigarrillo tomándose el café. El sargento estuvo muy nervioso ayer con la desaparición de Raúl. Estaba seguro de que no había podido dormir y se había acercado a la encina negra para revisar el terreno con más tranquilidad. Llamó a la central para averiguar si el sargento había sido citado o tenía algún despacho con el comandante Aguirre, le dijeron que no.
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Cerró el cuartel después de avisar a la central a donde se dirigía y se puso en marcha con el coche patrulla A veinte metros del Toledo de Viñas detuvo el vehículo. La puerta del coche estaba abierta y el motor en funcionamiento, con las luces encendidas. Sacó el rifle de su soporte y se apeó del vehículo. Avanzó por el camino, y observó extrañado el tren de juguete y unos metros más adelante, la pistola descargada de Viñas. Tomó el teléfono móvil y llamó a la atalaya de vigilancia. —Enric, soy Daniel. Estoy en la encina negra. Hay algo extraño, quiero que tomes los prismáticos y 325
observes muy bien si alguien o algo extraño, yo me estoy acercando armado, me temo que algo ha pasado con el sargento. No cuelgues, mantén la comunicación y no dejes de observarlo todo, incluso a mí. Y llama a la central de Barcelona, diles que hay un agente herido. —Ok Daniel. Está todo despejado y tranquilo. Está tu patrulla, un coche negro y el 205 de Raúl. No hay nada más en los alrededores. —Llama ahora a la central sin dejar de observar por los prismáticos. Muy a su pesar, Enric llamó a la central. En menos de quince minutos llegaría una ambulancia y coches patrullas a la zona.
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—En quince minutos estarán aquí. Me han dicho que no te arriesgues, que mantengas la posición y que yo te de apoyo de vigilancia. —Me voy a acercar con cuidado. Aquí parece que no hay nadie —Daniel se movía lentamente, evitando hacer ruido al avanzar. Su primer foco de atención era el 205, por si hubiera alguien escondido y preparado para la fuga en su interior. Enric intentaba pensar con toda la rapidez, pero no podía hacer nada, tenía que mantenerse a la expectativa. Cuando llegó a la torre de vigilancia a las siete de la mañana, vio ese vehículo detenido, no se veía a nadie cerca, por lo tanto, el árbol habría devorado a alguien. Era tan extraño que a esas horas alguien circulara por ese camino y se detuviera justo frente a la
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encina. No era el momento de preguntar a Daniel de quien era ese coche. Se alegró de haber marcado el número del cuartel de la Guardia Civil en cuanto vio ese Toledo, si ocurriera algo, le pedirían explicaciones de porque no informó de que había un coche abandonado en medio de la pista forestal. Ni Daniel ni Viñas respondieron al teléfono en las dos veces que marcó; pero quedaba constancia de las dos llamadas en su teléfono móvil. Enric lo sacó de sus reflexiones. — ¿No hay nada extraño, Enric? ¿Te has fijado si hay movimiento entre la vegetación? —Daniel se había detenido en una orilla del camino, a unos veinte metros de la encina, la había sobrepasado examinando entre la vegetación de la ladera en ambos sentidos.
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—Nada extraño, Daniel —le respondió. —Voy a regresar a la patrulla a esperar los refuerzos y la ambulancia. Esto es muy extraño. Se trata de Viñas. Enric se quedó sin habla, no sabía que decir, la mano que sujetaba el teléfono le temblaba. — ¿Qué hacía Viñas ahí, tan pronto? —Imagino que estaría inspeccionando de nuevo el lugar, su mujer me ha dicho que ha salido muy temprano de
casa.
Seguramente
estaba
nervioso
por
la
desaparición de Raúl, hoy tienen que venir sus padres, estaban pasando unos días en Andorra. —Ojalá no le haya ocurrido nada.
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—Esto no pinta bien, su arma está tirada en el suelo y descargada. Lo extraño es el trenecito de juguete que también está tirado por la tierra. "Me cago en Dios, el tren...", pensó Enric. Se había olvidado de recogerlo antes de irse por la noche, Viñas lo había encontrado e inspeccionando el terreno llegó el amanecer y el árbol lo devoró. Ahora quedaba esperar a qué conclusión llegaría la Guardia Civil. Se estaba complicando todo demasiado, de hecho, si él descubrió a Jordi, es porque la situación era muy complicada para aquel ser, o aquellos dos seres. Habían dejado de hablar aunque aún estaban los teléfonos en comunicación.
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—Entonces Viñas ha disparado a alguien — preguntó Enric. —Eso parece. Ya llegan las patrullas y la ambulancia. Voy a colgar, te llamaré si necesito algo, Enric. Muchas gracias por tu ayuda. —De nada. Espero que Viñas esté bien. —O al menos que esté —contestó Daniel con desánimo antes de dar fin a la comunicación.
El árbol está atento, sus raíces se mantienen tensas, vibrantes. Analizando el movimiento, la cantidad de seres que rondan a su alrededor. Su instinto le dice que no ha de actuar.
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Dos agentes caminan a su alrededor, removiendo minuciosamente tierra y hojas. Han encontrado los nueve casquillos de balas, los han señalado con pequeñas ramas clavadas en el suelo con una nota adhesiva. Ahora examinan su cuerpo, su tronco. —Tomás, llama a la central, necesitamos la brigada científica, para que tome fotos, saque las balas del tronco y se haga cargo de los casquillos y el tren de juguete para sacar las huellas que pudieran haber. El sargento Durante de la central de Barcelona, ha de haber un cargo intermedio para dirigir las operaciones y suplir al sargento Viñas, da órdenes al agente Mario, un refuerzo también de la central de Barcelona.
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Daniel se encuentra con los otros dos agentes que han llegado en otra patrulla, inspeccionando con detenimiento y en silencio la ladera, montaña arriba. El sargento no entiende como Viñas ha disparado contra alguien o algo tantas veces y haber errado todos los tiros. No hay una gota de sangre. —Hay que revisar con mucha atención el suelo y observar si se ha removido tierra. Si a Viñas le han disparado, lo más seguro es que hayan enterrado el cuerpo —gritó a los agentes para asegurarse de que entendían lo que estaban buscando, además de cualquier objeto que estuviera fuera de lugar allí. La explicación más lógica, porque no había más huellas de vehículos ni más pisadas.
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A lo largo del día, el árbol se mantiene inmóvil, pero sus ramas se estremecen cuando le extraen las balas del tronco, no es por dolor, sino por contener su deseo de cazar a una presa tan cercana. Su savia bulle furiosa como adrenalina. Su organismo se ha hecho adicto a la sangre y la carne, convirtiéndose en su necesidad vital. La necesidad hace osados a los seres vivos, el árbol no escapa a esta regla natural. Tras ciento cincuenta años, se siente fuerte y seguro, reclama su soberanía sobre otros seres. E l sargento Durante atiende a la declaración de Daniel, está realizando el atestado del incidente en un formulario oficial incómodamente sentados en los asientos delanteros del coche patrulla.
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— ¿Puedes imaginar algo de lo que ocurre en este lugar? Porque no entiendo nada. Si hubiera osos... Aquí no hay nada más grande que un jabalí. —Una conversación muy parecida tuve ayer con Viñas. Cualquier cosa podría sopesarse como posible para intentar dar una explicación. —Hay sitios extraños donde la gente desaparece, creo en los ovnis y esas cosas, es decir, me gusta creer que puedan existir. Es tentador pensar en algo tan extraordinario como extraordinario es lo que aquí está ocurriendo. Daniel lo observa hablar con cierta sorpresa. Conocía poco al sargento Durante y las pocas veces que lo había tratado, le hizo pensar que era un hombre riguroso, meticuloso y prosaico. Le sorprende ese alarde de imaginación. 335
—No te preocupes Daniel, me gusta fantasear en medio de tanto método y reglamento —alega Durante al ver la curiosidad con la que lo mira el cabo —. ¿Quieres fumar? Daniel acepta el cigarro. —Sargento, ¿no se ha dado cuenta de ese olor a putrefacción que parece flotar en el aire, siempre en la encina negra? A Viñas y a mí nos llamó la atención. —Lo he olido, pero lo he achacado a un animal muerto por los alrededores. —Siempre huele así, ayer no pude ver nada en la copa del árbol. —Qué extraño. Voy a hablar con los de la científica, revisa tu declaración y anota lo que se te pueda haber olvidado. 336
Durante se acerca a los péritos forenses, han acabado de recolectar todo lo que han creído que podría ayudar en la investigación. Se acerca a Tomás Oliver, el más veterano de los tres técnicos. — ¿Qué piensas que puede ser ese olor a podrido? —Algún pequeño animal muerto que debe haber por aquí. No te preocupes, un cadáver es mucho más obvio. —No es eso. El cabo Daniel me acaba de comentar que ese olor está siempre presente cuando te acercas a la encina negra. ¿Tienes una sonda de metano para detectar el origen?
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Por toda respuesta, Oliver se dirige a la parte trasera de la camioneta y saca una maleta en la que se encuentra el detector —Vamos a ver si encontramos el origen de ese olor, Paco. Es posible que haya un pequeño depósito natural en el subsuelo. Oliver se dirige con el detector hacia el árbol seguido por Durante. La medición se realiza a ras de suelo, a unos tres metros del tronco, el detector emite un zumbido ante la presencia de metano. —Ahí lo tienes, viene de aquí, del subsuelo, y nadie ha excavado. No se puede considerar peligroso, hay muy poca concentración —le muestra la cifra que
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aparece en la pantalla digital, aunque Durante no tiene ni idea. —Gracias,
Tomás.
Por
lo
menos
hemos
desentrañado un misterio. Enric no deja de observar el movimiento de agentes y personal de la policía que hay en los alrededores de la encina negra. Daría lo que fuera por saber que ha ocurrido de verdad con Viñas y lo que han podido encontrar. Piensa en el tren y sus huellas dactilares, pero no hay razón alguna para que la Guardia Civil quiera contrastar sus huellas con las del juguete. Sobre las tres de la tarde, agentes y forenses dan por concluida la investigación en la zona. Le horroriza pensar que Jordi, haya salido herido, si Viñas ha disparado su arma... No sabe qué pensar. Por 339
otra parte sería muy arriesgado ir esa noche, podría haber vigilancia camuflada. Toma su teléfono móvil y marca el número de casa de sus padres. —Hola mamá, iré a cenar esta noche y dormiré en casa, mañana no trabajaré. —Menos mal... Ya era hora de que te dejaras ver —le responde su madre entusiasmada y con algo de rencor por el tiempo que ha pasado sin que se acercara a visitarlos. —En cuatro horas salgo de Santa Fe, llegaré sobre las cinco. —Conduce con cuidado, hijo. —Un beso, mamá.
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Cuando Jordi volvió a la consciencia aquella noche, siguió sumido en la oscuridad. Las balas habían destrozado sus ojos. No sentía dolor alguno, y no entendía porque no podía ver. Sintió una intensa angustia y gritó el nombre de Enric durante minutos, hasta que se dio por vencido. El sonido del bosque llegaba ahora potente a sus oídos, y con él, un miedo aún más profundo. Se desanimó todo lo que un niño podría hacerlo, se veía a sí mismo con su bata gris del colegio hipando de llanto, con sus piernas cubiertas por corteza de árbol. Y su ira fue más allá de lo que un hombre puede soportar. Si tuviera cabeza pensaría que estaba a punto 341
de estallarle. Quería morir, escapar como fuera de esa prisión en la que estaba fundido de cualquier forma. Ese era el adulto, la madurez. El deseo de morir se imponía con fuerza, por encima de aquellos juguetes que lo hicieron feliz hace apenas unos días, hace decenas y decenas de años. La ingenuidad de su léxico infantil no podía describir con una idea clara la fuerza de su rencor, de su tristeza y miedo. Todo estaba mal y cada vez peor. Solo sabía que tenía deseos de gritar, de golpear al mundo, quería tener manos para romperlas contra muros y piedras, para darse golpes en la cabeza, para arrancarse el pelo de desesperación. A los ciento cincuenta años, aunque él no lo podía definir, sintió su primera crisis grave de ansiedad. 342
Lo negro se hizo más negro y se sumió en una segunda oscuridad sintiendo que le faltaba el aire. Se perdió en la inconsciencia pensando que tenía que haber algún modo de morir. Y así, mientras Enric disfrutaba de unas risas y una historia llena de anécdotas que relataban sus padres durante la cena. Jordi, el árbol humano, se desesperaba por morir, con tan pocos recuerdos, que a veces pensaba horrorizado que solo fueron sueños.
Cuando llega el amanecer, la mente de Jordi se ha roto, el miedo y la frustración han alcanzado niveles intolerables para la cordura. Es hora del colapso.
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En su ceguera, toda esa decepción se convierte en un odio histérico hacia el planeta y la vida que en él hay. Cuando llega el esperado amanecer, el que le salvaría del terror de la oscuridad total y la ceguera, ocurre algo extraordinario: no desaparece su conciencia, sino que siente despertar la del árbol. Lo sabe por la savia que corre con una presión que cree que no podrá soportar en su cerebro y corazón, siente el calor de los primeros rayos del sol calentar su propia sangre. Se olvida de toda la noche de llanto y frustración ante algo asombroso, algo inimaginable tras tantos años de vida. Es una nueva locura que consigue conectar directamente su sistema nervioso con el del árbol, entre hojas, madera y savia. Fundiéndose la destrozada mente con el infame ser del árbol. Y acopiando imágenes en su 344
cerebro que le comparte la bestia, imágenes con sonidos, vívidas, sin emociones. Y los estampidos de una pistola lo estremecen en lo profundo de su cerebro. Piensa aún como humano, a pesar de su infancia, se esfuerza por explicar, por comprender lo ocurrido. Pudiera ser que alguna de las balas que ha destrozado sus ojos uniera algún nervio, alguna célula de su escaso organismo humano con el del árbol. Que se hubiera provocado algún cruce por una hemorragia interna de ambos: su cerebro con el sistema vital vegetal. Un cortocircuito, contaminación de las dos naturalezas. Era imposible explicar, salvo que ahora se ha convertido en una mutación, en ser único, donde se ha integrado el hombre con el vegetal. Las dos naturalezas se han unido para crear una nueva conciencia conocedora de sus limitaciones, de su 345
poder, de su fuerza y de su singular existencia. Es un ser único. Ya no hay diferencia entre la noche y el día. Ninguno
muere,
ninguno
despierta.
No
hay
resurrecciones. Y ambos comparten el conocimiento del día y la noche. Tal vez sea necesario, sea el momento adecuado. La visión ya no es necesaria, le basta la percepción de la bestia para examinar e identificar el entorno, que ahora casi mágicamente, como en un cuento, se ha hecho suya. El pensamiento ya no es humano, tiene en cuenta las necesidades e instintos de la bestia. Sus recuerdos aunque emotivos, han dejado de emitir dolor y tristeza, se han convertido en datos útiles para la ejecución de su voluntad y sus actos vitales. 346
Si tuviera ojos, brillarían con una chispa de nueva astucia, carentes de cualquier inocencia. Serían ojos de sabiduría milenaria y feroces.
A las seis de la madrugada, Enric hace ya quince minutos que ha salido de casa de sus padres, circula por la carretera nacional hacia Sant Celoni con prisa, como si con ello pudiera hacer pasar el tiempo más rápido para encontrarse con Jordi. La mañana pasa lenta en la torre de observación, la encina negra no ha hecho ningún movimiento y lo largo del día han patrullado por la pista forestal Guardia Civil y Mossos d'Esquadra (la policía catalana). Al atardecer han dejado de hacer esas infructuosas rondas. 347
Al final de su guardia, se dirige con el coche a su casa de Santa Fé para coger la mochila, la libreta de anotaciones y algo de comida para pasar la noche en la montaña con el pequeño Jordi. A las ocho y media de la noche, se encuentra apostado montaña arriba, en su lugar
habitual,
observando con los prismáticos la resurrección del niño. Aunque es pronto para ello, porque el sol aún ilumina el cielo. Espera hasta las diez de la noche escuchando música con los auriculares conectados al móvil, lleva una batería de repuesto por si no aguantara para grabar los videos de su conversación con Jordi. Cuando baja hasta la encina negra con la linterna, observa detenidamente el tronco y descubre los agujeros de bala donde aproximadamente estaban se encuentran los ojos. Los 348
bordes se encuentran astillados por las herramientas que introdujeron para sacar las balas el departamento científico. Piensa alarmado que el niño podría haber muerto. — ¡Jordi, Jordi! ¿Estás ahí? ¿Te encuentras bien? ¡Responde por favor! —casi grita con angustia golpeando suavemente la corteza del tronco. En un momento dado una rama se agita y corre hasta situarse fuera del radio de la copa. Jordi no podía dominar el árbol, se pregunta que está ocurriendo. — Eeee-ennn-rriic, ayúdame, no puedo ver —gime la voz del niño-árbol provocando un escalofrío en el guarda. Lo enfoca con la linterna, su boca se mueve pero sus ojos no se aprecian. 349
— ¿Qué ha ocurrido? —No no no no... lol-l- lo sé, ay-ayer despeppeerte sin poder ver. Y no estabas.
La última frase causó un efecto de intimidatorio en Enric, fue clara y contundente, no era el tono del niño asustado. Había algo adulto en ella. La boca de Jordi se torció en una sonrisa que no pudo percibir el hombre. — ¿Ahora puedes mover las ramas del árbol? —Si, desde ayer. — ¿Dón-don-de estu-tuviste, En-en-en-rrrric?
350
—Fui a casa de mis padres a pasar la noche, llevaban tiempo insistiéndome. Se sintió mal por contarle la verdad,
por no
decirle lo que sabía sobre lo que había ocurrido hace dos días, por no explicarle porque está ciego. —Jordi, mueve la boca y agita las ramas, necesito grabarte, alguien podría ayudarte. Le hizo caso y Jordi abrió su formidable boca provocando chasquidos de madera, los grillos cesaron su canto. Enric grabó durante quince segundos. De repente Jordi lloró. Gritó tan fuerte que Enric temió que pudieran escuchar aquel lamento en los pueblos. — ¡Ya ni siquiero puedo ver! Me olvidaré de como es la luna, como me he olvidado del rostro de mis padres. 351
El vocabulario de un niño pequeño, había invadido el centenario árbol con palabras de inocencia y desamparo. Enric se acercó para consolarlo, con el móvil aún grabando. Le acarició la corteza, con todo lo surrealista que podía ser aquel ademán. —No llores, Jordi, estaré siempre que pueda contigo, vendré cada noche. Jordi se calmó, dejó de llorar, aunque su boca aún temblaba por la emoción. El movimiento de sus ramas creaba una lluvia de hojas y bellotas. —Te olvidarás de mí, con el tiempo lo harás, como hicieron mi padre y mi madre. —No. Pronto dejarás de estar solo. Buscaré ayuda entre médicos y científicos para que te cuiden y 352
protejan. Te he grabado para que te conozcan. Serás famoso y admirado. —No me querrán, nadie quiere ser amigo de un árbol, de algo que no se puede mover. Ni siquiera puede ver ya. ¿Y si me quedo sordo? ¿Y si mi boca se cierra? ¿Qué quedará de mí que pueda interesar? —Por esa razón quiero que te conozca gente que sabe de medicina y ciencia. Te cuidarán, te examinarán. Serás el hombre mejor cuidado del mundo. Todos querrán verte, hablar contigo. "Quemarte", pensó Jordi con una sarcástica madurez que le sorprendió. La savia que ahora compartía, tenía una sabiduría ancestral, tal vez captada de otros árboles, emociones o
353
instintos que corren por la tierra y absorben las raíces junto con los minerales. El árbol humano analizaba cada frase de Enric. Su instinto decidió que aquello no era bueno. Los árboles no son animales de compañía. No son amigos de nadie, solo quieren alimentarse y crecer, clavar sus raíces en la tierra cada vez más profundamente. Y él además, siente la perentoria necesidad de cazar. Mientras continuaba hablando de sus
planes,
Enric se sentó en el suelo cubierto de hojarasca, con la espalda apoyada en el tronco. Una rama bajó de repente y le golpeó la cara, todos sus huesos se rompieron con un fuerte chasquido, el cerebro sobresalía entre el cabello como una excrecencia blanca
ensangrentada. Durante
354
unos
segundos,
piernas
y
brazos
se
agitaron
descontroladamente. De la boca del árbol humano se escapaba una sonrisa extraña, entrecortada. Era el primer movimiento que realizaba por voluntad propia desde más de siglo y medio. Y se sentía bien por ello. Ya era un ser completo y el miedo desaparecía de su ser con la misma rapidez con la que destrozaba y devoraba el cuerpo de Enric. Cuando no quedó nada, una rama pequeña descendió para palpar el suelo guiada por el peso, el calor y las ondas de radio que emiten los móviles, todo lo que sus raíces captan.
355
Encuentra el aparato y lo mete en el oscuro agujero en el tronco que es su boca. Sabe que dentro de unas horas, deberá estar completamente quieto, porque llegarán otros seres humanos buscando a Enric. Su supervivencia y la de su hijo, se encuentra en mantener el secreto de su existencia, es una conclusión de su instinto.
El cabo Daniel recibe una llamada que lo sobresalta, son las nueve de la mañana, estaba observando ensimismado la mesa vacía del sargento Viñas, intentaba imaginar que estaba ocurriendo, donde
356
van las personas que desaparecen. Aunque estén muertas. —Cuartel de la Guardia Civil de Sant Celoni, habla el cabo Daniel. —Cabo Daniel, soy Sofía, la coordinadora y operadora de radio del servicio de vigilancia forestal, quería comentarle que Enric no ha acudido a su puesto de vigilancia. Hemos llamado a sus padres, y nos han dicho que desde que se fue de casa ayer a las seis de la madrugada, no saben nada de él. Le llamo para saber si tiene constancia de algún accidente. —No tengo ningún informe, pero ahora voy a hacer mi recorrido por la pista forestal de Santa FéFogars y la llamaré si encuentro algo. Y si por fin tienen noticias de él, le agradecería que me lo hiciera saber.
357
El árbol humano, al igual que un perro que sacude su pelaje cuando se ha mojado, sacude la gigantesca copa para aliviar el peso de las miles de bellotas que sostiene. Es un acto inteligente una voluntad humana. Sus raíces, el sentido del oído y el instinto han confirmado que no hay nadie en los alrededores; pero sus raíces y el sentido del oído no captan la torre de vigilancia forestal, donde el suplente de Enric, Joan Castañé, está de servicio. Ahora se mantiene quieto, esperando que algún animal se aproxime lo suficiente. Por momentos piensa en su digestión y en Enric. Durante un buen rato no ha dejado de sonar el teléfono en el interior del tronco, hace poco más de diez minutos que ya no suena porque la batería se ha agotado.
358
Y eso es una suerte, porque el cabo Daniel se encuentra a tres minutos de él. Conduce el todoterreno lentamente, observando cada detalle del entorno.
Joan ha observado el movimiento de la encina negra, no es casualidad que vigilara ese sector del parque, su jefe de servicio le ha puesto en antecedentes de las extrañas desapariciones que han ocurrido, del interés de la Guardia Civil por conocer el más mínimo detalle anómalo que se pueda dar. Si no fuera por lo que sabe del caso, se habría reído de haber alucinado que el gran árbol se agitaba como un perro sacudiéndose el polvo o el agua del pelaje. Si no supiera de los extraños sucesos, no estaría ahora 359
tan nervioso y asustado por algo que es imposible que un árbol pueda hacer. Ha anotado en la bitácora lo que ha visto, y le preocupa que le puedan tomar por loco o drogadicto. Son las nueve y media, el árbol no se ha movido y observa como avanza por la pista una patrulla todoterreno de la Guardia Civil. Toma
el
teléfono
y
marca
a
Sofía,
la
coordinadora. —Soy Joan, desde la atalaya entre Santa Fé y Fogars, necesito el número de teléfono de... —ha hecho una pequeña pausa buscando el nombre de un agente que le hizo anotar su ayer su jefe— el cabo Daniel. Sofía le dicta los números del teléfono móvil y el fijo del cuartel. 360
—¿Ha ocurrido algo? ¿Has visto a Enric? —No. Pero tengo que comunicar que la encina negra se ha movido, tal vez haya alguien entre sus ramas, pero no puedo verlo desde aquí —le resume a Sofía sin decirle que el árbol se ha movido solo, no ha sido agitado por nadie. —Ojalá sea Enric. De todas formas, me ha dicho el cabo Daniel que se dirigía hacia allá para buscar a Enrici o algún rastro de él. —Sí, hace unos minutos que veo la patrulla aproximarse lentamente por la pista. Voy a llamarlo. Luego te llamo y te cuento, Sofía. —Buen servicio, Joan, y ve con mucho cuidado ¿eh? —No te preocupes. 361
Cierra la llamada y marca el número de teléfono del cabo Daniel. —Cabo Daniel del Cuartel de la Guardia Civil de Sant Celoni, dígame. —Cabo, soy el guarda forestal Joan Castañé, el suplente de Enric. —Hola Joan, dime... —La encina negra se ha agitado, toda su copa se ha estado agitando furiosamente durante casi un minuto, y no he podido ver a nadie cerca. Daniel se queda en silencio, analizando la información. —¿Seguro que no hay nadie en los alrededores? ¿No puedes ver la copa en detalle y decir si hay alguien escondido entre las ramas? 362
—No hay nadie, no he dejado de observar en todo este tiempo. Y si he decir la verdad, me ha dado un escalofrío ver ese movimiento, porque parecía algo que nadie provocaba, solo el árbol, de la misma forma que sacuden el pelo los animales. —Te vuelvo a llamar dentro de un rato, deja que estacione y me aproxime. Enric detiene el vehículo a veinte metros de la encina y se baja con la automática en la mano, lista para disparar. No hay ruidos, no hay olores, no hay silencio en el bosque por una presencia extraña. Es algo que no le tranquiliza, porque a pesar de todo, su instinto lanza una señal de alarma indefinida, como si hubiera alguien cerca, alguna amenaza constante.
363
Llega a la altura del árbol y observa un barullo de pisadas que van y vienen del árbol hasta el coche de Raúl y de éste montaña arriba, y todas pertenecen al mismo calzado. La enorme copa de la encina, parece respirar, creando un rumor apenas perceptible, no hay nada de viento, ni siquiera una suave brisa. Se mantiene en el camino, pegado al Peugeot que tal vez recoja hoy la familia de Raúl. Observa manos marcadas en la carrocería, dedos arrastrados, como si ya fuera algo que forma parte del paisaje, de la naturaleza. Sin sacar el dedo del gatillo rodea el auto y observa pisadas en la cuneta que vienen y van montaña arriba.
364
— ¡Soy agente de la guardia civil, voy armado y preparado para disparar! Si hay alguien cerca, responda, no salga sorpresivamente, podría dispararle. Por toda respuesta solo escucha su propio eco y un rumor inquietante que proviene de la encina negra. La observa con atención, pero sigue sin ver a nadie. Comienza a subir montaña arriba, y con cuidado examina la vegetación observando plantas y hierbas aplastadas, tierra marcada. Y
siguiendo
pequeños
rastros,
llega
al
campamento que Enric había formado con sus cosas la noche pasada. En su mochila encuentra el diario, pero no hay móvil. Lo lee y siente que se encuentra en una irrealidad imposible de asimilar. 365
Como si lentamente avanzara en sueños, se dirige al coche patrulla sin dejar de observar la encina negra, piensa en los muertos que hay entre sus raíces y el hombre que vive ahí dentro. Se sienta frente al volante y marca el teléfono móvil del sargento Durante. —Hola Daniel, ¿alguna novedad? —Sí, sargento. No hablaré por teléfono de lo que he encontrado, no quiero que se me tome por loco. Le espero en la encina negra, no se acerque a ella si no me encontrara, no se acerque vea lo que vea. —Daniel, me estás intrigando. ¿No puedes avanzarme nada? —No señor, es imposible si antes no lee los documentos que tengo. 366
La encina ha rugido, ha abierto su enorme boca en un alarde de territorialidad. Daniel suda pero no abre la ventanilla. — ¿Qué ha sido eso, cabo? —Los muertos hablan, sargento. O eso parece, le espero. —No tardo, no hagas nada extraño, espérame sin moverte de ahí.
La pista forestal se ha desviado cien metros antes de la posición de la encina negra, se han desbrozado cincuenta metros de ladera de montaña para crear un desvío que empalma con el camino principal quinientos metros más adelante, rodeando y aislando así el centro 367
de investigación. En apenas un mes se ha creado un complejo biológico en pleno macizo del Montseny. El árbol humano no se encuentra solo ni de noche ni de día. Ceñido a su tronco se ha construido una estructura circular constituida por seis partes que se montaron arrastrándolas con ruedas, con los operarios protegidos bajo el techo realizado con vigas de acero cruzadas que impiden que las ramas de la copa golpeen a los biólogos, científicos, periodistas y personal de seguridad que trabaja con el espécimen. A pesar de ello, durante el montaje del centro de observación murieron cuatro operarios por los ataques del árbol. Frente a la boca del tronco se ha montado un marco de acero que sujeta una puerta de cristal blindado con una mirilla para disponer de aparatos de medida y registro de sonido y video. 368
Su mente se está recomponiendo lentamente, o eso cree el personal sanitario que lo atiende. Un equipo de psiquiatras de la universidad de Bellaterra, está tratando de acercarse a lo humano que hay en ese ser. Con la aplicación de neurolépticos y antipsicóticos, han conseguido recrear la historia de Jordi. El psicólogo titular del equipo Federic Casaus, ha conseguido por medio de la hipnosis, sacar a la luz los recuerdos de Jordi. Un escáner del tronco indica que hay un corazón humano latiendo, y un cerebro del tamaño de un hombre de un adulto, una compleja red neuronal se integra entre las fibras vegetales de tal forma que es imposible trazar el mapa nervioso. Las muestras de fluidos y tejido se escapan a los parámetros de los analizadores y espectómetros informáticos, lo que ha dado como 369
resultado que las muestras proporcionadas están contaminadas. Los análisis se han efectuado casi de forma artesanal, los resultados servirán de patrón para un programa informático en el que está trabajando la cátedra de Informática de la Universidad Complutense de Madrid. El árbol humano se encuentra en medio de un complejo científico montado con módulos móviles y una valla de protección de chapa de acero monitoreada y vigilada las veinticuatro horas del día. Jordi-árbol está agotado psicológicamente, de pasar ciento cincuenta años en la soledad más absoluta, ha pasado a ser el centro de atención y cuidados de más de doscientas personas. Al principio, cuando inutilizaron su movilidad para la caza, padecía frecuentes ataques de histeria, pero a 370
medida que el tratamiento psiquiátrico y psicológico y la medicación hacían efecto, su pensamiento se hizo más lúcido, así como la capacidad de control de las emociones. Sabe que es un ser especial, las atenciones elevan su autoestima, y también su sagacidad. Se está haciendo vanidoso. Una cualidad demasiado humana. Siente como trabajan entre sus raíces, están extrayendo cuidadosamente los restos de sus cazas por medio de un túnel. Ha aprendido a moderar sus rugidos, y el deseo salvaje de matar, de cazar. Tiene tiempo para planear algo que vuelva a asentar su exclusivo poder, su peligrosidad. Su hijo, muy cerca de la valla, agita las raíces, y le comunica que está vivo y tranquilo, no está solo con los hombres. Y eso le complace, la humanidad se 371
envejece con rapidez y los árboles sobreviven a generaciones de hombres y mujeres. Hay tiempo... Apenas piensa en sus padres y en su pasado, el bombardeo de información y su asimilación lo mantiene ocupado, ha dejado de ser niño, ha ido destruyendo todo asomo de inocencia. No guarda interés alguno por Enric, si pudiera, haría lo mismo con todos los que lo rodean, aunque ellos no crean que sea capaz de ello. Piensan que está curado y bajo control, que se ha adaptado a la convivencia con los humanos. Su cerebro se hace cargo del movimiento de las raíces, y aunque le sería posible cazar a los que trabajan en el túnel, se contiene. No le ha dicho a ninguno de los 372
médicos y científicos su recién descubierta capacidad motora. Tiene mucho que aprender de sí mismo y del mundo.
Año 2024, el árbol humano, ha conseguido que pongan en la boca de su tronco algunos pequeños mamíferos. Ha convencido con argumentos convincentes a psicólogos y psiquiatras para que le den dos veces por semana algún animal vivo que devorar. Su metabolismo necesita glucosa y proteínas que del suelo no puede extraer
en
cantidad
suficiente
para
funcionamiento de los órganos humanos. 373
el
buen
Los fines de semana recibe a visitantes y turistas que reciben una charla del guía del complejo. Hay una sala cinematográfica donde se emiten documentales para dar a conocer a historia de Jordi, el árbol humano. Tras
diez
años
de
continua
vigilancia
y
conversación con esa gente, ha perdido la esperanza de cazar, sabe que no habrá oportunidad para ello, el árbol, la bestia pura, lo sabe y su organismo se ha hundido en una especie de tristeza. Apenas ruge con deseos de hacerse oír como un predador. Con la madurez del pensamiento, ha llegado la plena conciencia de que no podrá moverse jamás, que aunque consiguiera matar y devorar a otro ser humano, no serviría de nada, no sería más libre ni volvería a rugir como uno de los "señores de la montaña".
374
Tendría que ser exterminada la humanidad para que él pudiera ser el mayor predador pensante del planeta. De una forma sutil, los psicólogos le han enseñado lo que verdaderamente es ser árbol, y eso es estar sujeto a los caprichos de la naturaleza: podría morir calcinado por un incendio provocado por un rayo o por la negligencia de un ser humano. También podría ser víctima de las orugas defoliadoras tortix y limantria. Esto último le ha preocupado profundamente, le aterroriza ser devorado por un insecto, por ello se ha mostrado más amable con el personal que lo cuida. El árbol humano ha aprendido de una forma dulce, a conocer sus limitaciones. Y se ha convertido en un fenómeno de feria.
375
El hijo del árbol humano ha desarrollado bellotasbebés que viven mucho más tiempo (más de un día desde que caen de la ramas), son capaces de reptar lentamente entre la hojarasca para no ser vistos y usar el bipedismo cuando se encuentran perfectamente seguros de que no hay ningún ser humano cerca. Se alimentan de pequeños insectos, la nueva generación de bellotas-bebé, ya tienen rasgos más definidos y se asemejan menos a un bebé desvalido. Demuestran una incipiente agresividad y se pelean entre ellos, con pequeños chillidos inaudibles para el ser humano. Se deslizan bajo la valla que rodea el complejo donde se encuentra la encina negra para ir a morir al pie del tronco de su padre, es instintivo como el ciclo vital de 376
los salmones. Cuando van a morir escarban en el suelo o apartan las hojas superficiales y se entierran unos centímetros con la inocente pretensión de que un día podrían germinar; mueren solo para alimentar hormigas y lombrices. Sus brazos, piernas y cabeza, al morir quedan cubiertas en cuestión de minutos por la cáscara que caracteriza a todas las bellotas. Como una venganza mística, las bellotas de la encina negra les estaban vedadas por el riesgo que corrían al acercarse, pero las del hijo son deliciosas. Si las encuentran vivas, las bellotas bebé corren torpemente y son devoradas entre gritos que nadie oye, solo los propios jabalíes. Un guiño vengativo a las vidas humanas y animales que ha destruido el árbol humano.
377
En diez años, el cabo Daniel, ahora sargento, poco ha cambiado, ha engordado unos kilos y se le han dibujado arrugas en la comisura de los labios y en los rabillos de los ojos. El pelo oscuro luce canas en las sienes . Su vida en un medio rural es saludable, aunque no ha dejado de fumar. De vez en cuando se acerca al complejo, donde sus superiores le habían ofertado un cargo de suboficial para hacerse cargo de la vigilancia del centro científico que se construyó alrededor de la encina negra, como agradecimiento a su hallazgo. Rechazó el trabajo en el centro, porque le da escalofríos ese ser y no puede olvidar que devoró a gente conocida y otros que apreciaba. Respecto a Enric, aunque no le agradó que muriera, en su interior pensó que se lo había ganado a pulso, y que era 378
directamente responsable de la muerte de la chica que se peleó con su novio, de su compañero Raúl y del sargento Viñas. Le hubiera gustado ponerle las esposas y meterlo en la cárcel durante años. Se acerca hasta el acceso al centro, donde un vigilante privado controla el paso con una puerta corredera de barrotes de acero. —Buenas tardes, sargento. ¿Visita oficial o de recreo? —De recreo, Jaime, solo para tomar un refresco y ver de lejos a esa cosa. El vigilante pulsa el botón de apertura y la puerta se abre para dejar paso a la patrulla. El sargento Daniel, tiene paso libre y sin trabas al complejo, es uno de los privilegios que aceptó 379
Estaciona el coche en la zona señalada y se dirige por un camino de grava hacia la zona de máquinas de refrescos. Luego enfila las escaleras de una estructura de acero de veinte metros de altura, tiene el objeto de dar una visión completa y superior de la copa de la encina negra. Es lo máximo que quiere ver de esa cosa, y lo más cerca que quiere estar. A veces desearía hacer leña de esa cosa, que ardiera, a pesar de tener un ser humano dentro. Hay cosas que no deberían existir, porque aportan dolor y miedo. Y ya hay mucho de eso en el mundo.
380
No está permitido fumar y con una blasfemia se guarda el cigarrillo en el paquete de nuevo cuando al encenderlo se acuerda de la norma. —Buenas tardes, sargento Daniel —dice con su cavernosa y ahora más inteligible voz Jordi-árbol —. Le agradezco que en aquel momento en el que supo quien era yo, no me quemara —una sonrisa sarmentosa incomoda a un pájaro que estaba piando. Daniel no responde, le inspira temor y rechazo. Baja las escaleras y sale del Centro de Investigación del Árbol Humano. Acaba el refresco fumando sentado bajo la copa de una encina normal que se encuentra casi pegada a la valla del centro, y piensa en lo bueno que es que un árbol no se coma a quien busca la sombra y la relajación.
381
El hijo del árbol humano, no puede moverse, es otra cosa diferente a su padre; pero si pudiera, seguiría las instrucciones que Jordi le transmite a través de las raíces que actúan como emisoras y receptoras de emociones y básicas ideas. Le atravesaría el pecho con una rama y luego lo devoraría. Las bellotas bebé se enfurecen ante la presencia del hombre, pero en lugar y se pelean entre ellas de forma silenciosa, en el otro lado del tronco, donde se confunden sus pequeños movimientos con la vida de la montaña.
El sargento Daniel cumplirá dentro de una semana cincuenta y cuatro años, el 2034 es un año 382
tranquilo, y la pista forestal hace cuatro años que fue asfaltada tras un acalorado debate en el Ayuntamiento de Sant Celoni, entre grupos ecologistas y los partidos de
centro
derecha.
Los
vecinos
realizaron
manifestaciones y cortes de tráfico en contra de la urbanización de la montaña, pero ganó el dinero que el turismo dejaba cada fin de semana en los pueblos de la comarca. Piensa en la jubilación, en volver a fumar su cigarrito recostado en el árbol a cualquier hora, sin tener que escuchar las continuas voces de la emisora de la patrulla. Tras las últimas palabras que le dirigió el árbol humano, no ha vuelto a entrar más, aquella sensación de desasosiego y de amenaza inquietante lo traumatizó por meses. 383
Hace poco que ha comido, y sus ojos se cierran somnolientos, una brisa suave le invita a dormir como un hipnotizador de feria. Las
bellotas
bebé
ya
tienen un
tamaño
considerable, al caer del árbol, las supervivientes crecen en cuestión de segundos, quince centímetros con sus caras iguales perfectamente definidas, con cinco dedos en cada mano y una boca sin lengua, formada por una encía de madera, como un pico de tortuga interno. En el momento que están formadas, corren silenciosas entre la vegetación para esconderse en una madriguera que han ido creando cientos de generaciones. Ante una situación de alarma o peligro, se tienden en el suelo inmóviles confundiéndose con ramas rotas si no pueden esconderse. Han conseguido llegar a vivir casi siete días, algunos especímenes han recreado una 384
especie de sistema digestivo que les lleva a comer hojas y distintos vegetales, pero son muy pocas. Con sigilo y rapidez un grupo de treinta se aproxima a Daniel, grupos de seis se reparten a ambos lados del hombre mientras la líder se dirige al rostro trepando lentamente por el pecho. Llega hasta el hombro y poniéndose en pie, encima de los galones distintivos de rango, salta hacia la boca semiabierta y consigue meterse dentro. Daniel
despierta
sobresaltado,
intentando
quitarse esa rama que de una forma increíble se ha metido en su boca para obturarle la vía respiratoria. La pinza con los dedos, pero no puede sacarla. Las manos de la bellota se aferran a su garganta y con su boca ha empezado a dañar las cuerdas vocales del hombre. La sangre se desliza hacia los pulmones. Daniel 385
se está revolcando por el suelo intentado sacar la madera que lo ahoga y le destroza la garganta, pero apenas puede meter ya aire en los pulmones y sin darse cuenta cae inconsciente hasta morir. Las bellotas niño, clavan sus bocas en los brazos y cuello del hombre, sorbiendo sangre y tejido que no necesitan, solo obedecen al deseo del árbol padre que sonríe satisfecho al fin, al otro lado de la valla que rodea el centro de investigación. Algunas de las bellotas niño, han muerto con sus bocas clavadas en la carne de Daniel, las que están vivas las retiran, junto con otras de refuerzo que han llegado. Entre ciento de bellotas, que se han deslizado bajo el cadáver de Daniel, consiguen alejar el cuerpo del árbol hasta un declive de la ladera por el que lo dejan rodar. 386
Camino de la madriguera, entierran someramente sus hermanos muertos y deslizan hojas secas y húmedas que forman el humus para disimular la estela que ha quedado marcada por el arrastre del cuerpo. Las próximas generaciones crecerán más y serán más fuertes si un desastre natural no lo impide. Y necesitarán más espacio, el espacio que ocupan los humanos. Es lo que sueña el árbol humano y su hijo.
Casi al mismo tiempo, en el Ordal, la encina que sirvió para coronar a Santiago Filló como Amo del árbol y Guardián de las mujeres desnudas, hace ya doscientos dos años, está de parto. 387
El reino de los árboles es lento, pero constante e imparable. A través de la vagina que aquellos niños hicieron con un berbiquí, está emergiendo un bebé de piel marrón y rugosa, con sus increíbles ojos verdes mirando directamente al sol de mediodía. Cuando acaba de emerger cae el medio metro que hay hasta el suelo y se rompe el leñoso cordón umbilical. Como si todo hubiera estado perfectamente planeado. El bebé es varón y sus genitales parecen yemas de ramas y el pene una pequeña raíz. Rompe a llorar para reclamar ayuda humana. Por toda respuesta, se acerca una loba hambrienta, con sus mamas inflamadas de leche, seguida 388
por tres cachorros juguetones. No había lobos en las montañas del Ordal, hasta que hace veinte años repoblaron la fauna e introdujeron especies que nunca habían habitado esa zona para preservar algunas especies en peligro de extinción. La loba hace presa con sus fauces en la cabeza del bebé que llora a pleno pulmón de dolor y seguramente de miedo también, cierra con fuerza sus manitas mientras mana sangre de sus sienes, allá donde los colmillos de la loba se clavan sin cuidado. Seguida por sus tres lobatos, se dirigen a un pequeño claro entre la vegetación, un espacio cerrado, donde desgarran y devoran al bebé árbol, para luego dedicarse a dormitar mecidos por una brisa que los alivia del intenso calor del verano.
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Cientos de moscas e insectos se alimentan de los tejidos y la sangre parda del bebé, sus ojos de un verde intenso, miran muertos al sol.
No importa que sean ángeles, diablos, hombres o árboles, los planes se malogran independientemente de la calidad del ser u organismo en cuestión. El futuro es maravillosa y decepcionantemente incierto e imprevisible.
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