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Las Queñuas a pie

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Las Queñuas a pie Un trekking de Raco a Tafí, con cambio de planes por cuestiones climáticas, y otros asuntos propios de los cerros tucumanos. Pablo Corso.

Paula Teller.


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uando eran chicos, Nicolás Paz Posse y Marco Avellaneda se perdían por las sendas de Raco, el pueblo donde los tucumanos acomodados habían levantado sus casas de fin de semana. Lejos del llano, preferían la montaña, los valles y las yungas. Exploraban caminos y probaban sus límites. A veces, cuando caía la noche, pedían asilo en casas de familia e intercambiaban techo por comida. Con los años, Nicolás empezó a organizar cabalgatas y abrió Cabra Horco, una empresa de excursiones; Marco y sus tíos Claudia y Bernardo levantaron el hotel boutique La Pedrera; los hijos de aquellos anfitriones estudiaron en la ciudad, volvieron y decidieron potenciar la experiencia de la montaña. Entonces forjaron una alianza que, en los próximos cuatro días, habilitará una travesía barrosa y esforzada, sorprendente y enriquecedora. La noche previa transcurre en La Pedrera, entre un lomo jugoso y un malbec de altura. Nicolás despliega un mapa del terreno irregular que nos espera y adelanta el perfil de algunos personajes que vamos a conocer allá arriba. Marco desempolva la historia de sangre y fuego de su antecesor homónimo, el impulsor de la Liga del Norte (la confederación que se opuso a Juan Manuel de Rosas), que terminó con

la cabeza clavada en una picota en la capital provincial. La charla se acalora con los relatos del orgullo tucumano y sus apellidos ilustres, con Julio Argentino Roca como el más polémico. La banda de sonido es ineludible: Atahualpa Yupanqui, el cantor existencial que pasó sus años en las fondas de Raco expandiendo su legado biológico y musical. Las montañas esconden esos relatos y algunos secretos. Allá vamos.

Vamos subiendo la cuesta

Los días del valle empiezan cubiertos, se despejan a media mañana, se calientan al mediodía y se desordenan con la lluvia persistente. En la camioneta de Cabra Horco pasamos por el paraje de El Siambón y encaramos los 21 km hacia Anfama, donde empezará la travesía a pie. El camino, de derrumbes frecuentes (en junio de 2017 reabrió después de dos años), discurre entre tipas y nogales. Movedizo y pedregoso de a ratos, es el hábitat de burros que se sorprenden y de vacas que se fastidian con el paso motorizado. El guía Horacio Poviña, jinete desde los cuatro años, explica que acá también viven pumas, gatos salvajes y zorros. Cuando la ruta se abre, muestra el cerro San Javier, prados lisos como canchas de golf, abismos verticales y árboles empecinados en

aquí Una vaca en el

camino, antes de empezar la bajada hacia Raco. enfrente Los alumnos de la Escuela N° 350 de San José de Chasquivil izan la bandera ante la mirada atenta de la maestra Pilar Bellido. En la apertura La

caminata bajo un sauco, sobre un camino barroso después de la lluvia.

crecer a 45 grados. En los altos del trayecto se oye el rumor poderoso del río Grande. Cuando llegamos a la orilla, una caravana de peatones y motociclistas baja de un entierro en el pueblo. Después del cruce vamos hacia una cuesta donde pasta una tropilla de caballos. Aparecen los primeros alisos y las vistas inspiradoras en medio del aire fresco y liviano. Bajamos de la camioneta; es el último motor que escucharemos en muchas horas. Las cien familias de Anfama crían ovejas y cabras arriba, venden el cuero y la carne abajo. El punto neurálgico es una escuela color terracota con 70 alumnos que llegan en moto o a caballo. El trekking arranca en el mediodía de la selva húmeda, bajo la llovizna y sobre el barro. Al encontrarnos con unos jinetes que vienen descendiendo la montaña, prestamos atención a su método: los caballos bajan patinando, estiran las patas delanteras y frenan como pueden. El primer alto es en la casa de Esther Andrade, que sirve milanesas y dice que “nunca hay nada que hacer”. Cuando no está en el

centro de salud (es enfermera) o sembrando sus verduras, atiende a los visitantes ocasionales. Su esposo Enrique “el Zurdo” Rasgido cuenta un pasado feroz: 19 años en la zafra, en jornadas que iban de 2 de la mañana a 6 de la tarde. “Nos tuvimos que hacer baqueanos para ver en la oscuridad”, resume. Todavía se sorprende con lo que logró a base de trabajo: “Nací montaña adentro. No podía creer cuando me pude comprar una camioneta cero kilómetro”.

Una estancia en las alturas

La banda de sonido es un coro de mirlos puntuado por las intervenciones operísticas de las pavas de monte. En Cuesta Alta se disfruta lo hecho e inquieta otra senda ascendente, sin final a la vista. Nos refrescamos en un arroyo y recargamos los pulmones. Cuando llegamos a la cima, un menhir recuerda cómo las culturas nativas representaban la fecundidad de los animales. El cruce del río La Ramadita marca el inicio de las 8.500 hectáreas de Las Queñuas. Después del portón, empe-

Detrás de las paredes Los monjes benedictinos del pueblo de El Siambón se despiertan a las 4.55, empiezan el oficio a las 5.20, tocan el laúd a las 7.30, almuerzan a las 12 y dan misa a las 18.40. Entre la rutina sacra piensan y actúan sobre el mundo material. Detrás de las paredes sólidas del monasterio Cristo Rey se produce miel, dulce de leche y escabeche de berenjena. Además de hacer compras, los visitantes pueden presenciar ceremonias conducidas por religiosos en sandalias que hacen lecturas de los apóstoles sobre el altar. La abadía tiene un parque central sencillo, con una torre de piedra, el césped cortado a ras y una vista panorámica de los cerros. Los monjes también ofrecen alojamiento y retiros. Quienes se sientan tentados a sumarse están avisados: la alarma suena temprano.

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La tejedora

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Además de cocinar y limpiar en la estancia Las Queñuas, Isolina Rasgido es tejedora. Cuando explica cómo lo hace, habla bajo pero rápido: tiene las ideas veloces. Isolina hila, urde y mezcla la tinta que le traen desde Amaicha las maestras que enseñan en la escuela de San José. El telar de clavijas que heredó de su madre le plantea un desafío que siempre disfruta: hacer los dibujos, armar la trama, cruzar y trabar los colores. Es capaz de terminar en medio día un pelero para sillones, y en uno completo, otro para monturas. Cuando puede, hace alfombras. Las ovejas que le dan la materia prima están en su casa, media hora a caballo. Fiel a la ley tácita de no revelar cuántas tiene (sería como decir cuánta plata hay en el banco), responde con poesía: “No son tantas porque nos alcanza la memoria”.

zamos a admirar los dominios de la estancia coronados por antigales de piedra, una estructura piramidal que los diaguitas usaban como punto de reunión. Hoy tiene un propósito menos trascendente, pero igual de utilitario: es el único punto de la zona donde llega la señal de celular. Hasta acá se vino la maestra Pilar Bellido para poder hablar con su familia en Amaicha. Las Queñuas está en el paraje de San José de Chasquivil: un área protegida de 30 casas, una capilla, un centro de salud, un juzgado de paz y una decena de caballos por familia. Nos protege una ladera arbolada, una quebrada y una cuesta tapizada de ovejas. Después de elongar bajo la galería de adobe, los panes salen del horno como la definición misma del concepto de “calidez”. Merendamos junto al fuego y se terminan de aflojar los músculos. Con salamandras portentosas y camas reparadoras, la estancia es un oasis de comodidad impensada a 2.100 metros. Se necesitaron 2.500 viajes a lomo de mula para lograrlo. Como si fuera una gesta del Antiguo Egipto, algunos muebles debieron traerse a pie entre cuatro personas.

Para la libertad

“Nuestra institución, un lugar para ser feliz”, dice el mensaje a la entrada de la Escuela N° 350, donde tres nenas y tres nenes juegan al fútbol con botas y una pelota de gomaespuma. En el círculo de piedras pintadas de blanco que oficia de helipuerto suelen aterrizar la

carne, la verdura, la harina, la leche y el arroz, que no se consiguen en la montaña. Después de izar la bandera con las estrofas de “Aurora”, ocho de los 17 alumnos escuchan los anuncios de Pilar: las efemérides patrias, las de Derechos Humanos, la oración para la Virgen, los asuntos de salud. “¿Saben qué es el sida?”, sorprende la maestra. Los chicos escuchan y asienten. Desayunan pan con mate cocido, se lavan los dientes y se reparten entre dos aulas, con las sonrisas relucientes. “Acá no te podés enfermar”, dice ella, que enseña tres semanas seguidas, con una de descanso, cuando vuelve a su casa en un viaje de nueve horas a caballo. Algunos alumnos se levantan a las 5 de la mañana para subirse al suyo. Vienen de parajes como La Cumbre, Las Águilas y La Mesada. “Son chicos de alta montaña y se caracterizan por su sencillez, espontaneidad y una entrega total: son respetuosos, tienen mucha ternura y te esperan con un abrazo”, se enorgullece la docente, como si estuviera escribiendo un gran boletín colectivo. No bien aprenden a pararse, empiezan a montar, a andar de noche, a darles mamadera a sus corderos. Pilar se desvela con los que equivocan el camino de grandes: “Algunos se pierden en el alcohol. No quiero que se vayan a trabajar de pala y pico”. La semana pasada hicieron un viaje inolvidable por la estancia Las Carreras en Tafí, la observación astronómica en Ampimpa, la profundización de su historia en Amaicha. Quizá muchos empezaron a imaginar un futuro.

aquí En La Junta, entre

valles y quebradas, los ríos La Hoyada y Anfama se unen para formar el Grande. enfrente

1 La tejedora Isolina Rasgido. 2 En un bosque, los árboles conviven con líquenes y helechos. 3 Llamas atentas en las alturas de Las Queñuas. 4 Pasillos del rancho de Jesús y Albina, en Cari Huasi.

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Las pircas eternas

En las alturas de San José la tierra parece revuelta por retroexcavadoras. Es el saldo que dejaron los chanchos en busca de raíces. Caminamos entre filos: el del Sauce tiene pajonales que acarician los gemelos; el de la Cuchilla Alta descubre una visión circular del valle y las quebradas. Hay una convivencia armónica de ovejas, vacas, cerdos, caballos y pájaros, aunque un toro disgustado por la presencia humana bufa y hunde las patas delanteras en la tierra húmeda. Quiere que pasemos y ya. Un poco más arriba, en Cari Huasi, está el rancho de Jesús y Albina. Bajo el cuero de un chancho que cuelga como un cuadro impresionista, una ovejita guascha (abandonada) se resguarda del frío. Mientras Albina cocina un guiso que proveerá energía para el trabajo, Jesús cuenta cómo armó el corral de pircas (“es eterno ese”) al borde del despeñadero donde lleva las ovejas al atardecer. El descenso por una zona de nombre elocuente -La Casa Vieja del Finao Manuel- vuelve a dejarnos en la posada, donde nos reciben con un asado poderoso y bien surtido, mientras el alpapuyo (la veloz e imprevisible niebla de los valles tucumanos) se come el paisaje y difumina las llamas en un gris surrealista. Cuando se pone especialmente espeso, puede hacer desaparecer el camino y dejar solo el balido de las ovejas. Al final del día, la lluvia hace que la crecida del río, su agua oscura

y la amenaza de llevarse consigo todo lo que aparezca enfrente pongan en duda el plan de mañana: subir a La Ciénega (un valle a 2.600 metros, con rebaños y antiguas viviendas indígenas), hacer noche y bajar a Tafí.

Vals de un hombre solo

aquí Dos caballos

entre la bruma, en la Cuesta del Duraznillo. enfrente El guía Horacio Poviña asiste en uno de los múltiples cruces del río.

Al tercer día se confirma la suspensión: nos quedamos en San José. Es el momento ideal para conocer a Daniel Rasgido: un nombre que circuló como una contraseña misteriosa durante la primera noche en Raco. Al otro lado del río, su figura viene bajando del cerro. A los 67 años, es un poco reacio a hablar de su faceta artística: la última vez que la compartió, un médico le robó un par de canciones y las editó como propias. Primero habla de las ovejas que “hacen más caso que la señora”, pero exigen trabajo, desde el amanecer hasta la oración nocturna. Después habla de su infancia. Tenía ocho años cuando empezó a pelar caña. Se autoexigía hasta el límite, tomando pastillas que le permitían trabajar varios días seguidos. Una vez, su hermano Enrique quedó tan extenuado que terminó durmiendo una semana entera. La madre le ordenó que fuera a ver qué pasaba. Daniel vio, escuchó y cuando volvió le dijo: “El que ruenca no está muerto”. El relato de la explotación azucarera está normalizado en el valle. Daniel incluso cree que aquellos tiempos eran mejores: “Hoy los chicos ni se agachan para trabajar”. En cambio, tiene en

El caballo cerreño Es chico y de patas cortas. Se mueve como nadie entre los bosques de altura y al borde de los filos. Sabe encontrar las mejores posturas y evitar los pantanos más peligrosos. El caballo cerreño protagoniza buena parte de la vida pública y privada de Raco. Es medio de transporte y leitmotiv de una fiesta el primer fin de semana de febrero (puede cambiar por razones climáticas) que busca revalorizar a este mamífero fiel, aplomado y firme que no se agita nunca, mostrándolo en pruebas de rienda, pisadas, vadeos y saltos. El protagonista de esta celebración, dicen los tucumanos, también se usa “para presumir”: la excusa perfecta para montar con las pilchas y el apero norteño (las monturas donde destacan cueros y trenzados) en una fila que recorre todo el pueblo.

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la mira a los políticos que “se creen que comemos como tortugas, porque reparten bolsas cada cuatro años”. Al final, Daniel se afloja y cuenta cómo las experiencias son el combustible de sus versos. “Escribo sobre las cosas que a uno le pasan, como Atahualpa”, dice. Pero no habla de la enajenación de las vaquitas. Después de mencionar a aquella mujer que lo dejó a cargo de cuatro hijos, entona los versos corrosivos de un vals con la línea “no te arrepientas de seguir por tu camino”, rematada por la menos eufemística “no te aguanto más”. Es más discreto sobre el mundo sobrenatural. Solo dirá que “el duende existe. Anda por la zona de la escuela y llama a los chicos para que jueguen. Dicen que es un angelito que metió los dedos en el río”.

Bajando la cuesta

El clima confirma su tendencia. Dejamos la estancia y nos abrimos paso entre la bruma; sólo brillan las herraduras plateadas de los caballos cerreños. La recompensa de la primera subida son las dos horas de bajada por El Duraznillo, bordeando ríos y sorteando quebradas. El rumor del río Grande se vuelve omnipresente en un descenso de 300 metros que muestra toda la oferta visual de esta travesía: cumbres, barrancos, arroyos y cardones que crecen con terquedad, bromelias que cuelgan de las laderas pedregosas, árboles en concubinato con líquenes y orquídeas. Una vez en el llano, empezamos

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los múltiples cruces del río, con el calzado puesto y los bastones firmes para afirmarse en la correntada. Hacemos un alto en La Hoyada, el puesto de una estancia célebre por sus marcadas de ganado: días de fiesta con los caballos galopando en las montañas a la espera de enfrentar el rito de pasaje. Nos sacamos las piedras de las zapatillas, picamos unos frutos secos y miramos hacia arriba. La última cuesta luce inconquistable. El esfuerzo mata la charla. Solo se oyen las pisadas gomosas sobre el lodo y el metal de los bastones contra las rocas. Nos vigilan tres cóndores majestuosos, curiosos. Cuando llegamos a la Cumbre de Yampa, un cerco de alambre resguarda una cruz de piedra que sostiene una placa con forma de corazón. El monumento homenajea a Mercedes Yampa, una policía que se perdió en la neblina buscando a unos cuatreros en marzo de 1930. La inercia ayuda en la última bajada, pero el cansancio se hace notar. Una pareja de caballos espera adelante. Cuando nos acercamos, se paran sobre las patas traseras, corcovean y siguen al galope. Los toros se sienten más locales. La ruta se ensancha en El Siambón, donde aparecen las primeras casas. Diez horas después de dejar San José, vislumbramos el puente sobre el río Raco. Es el final del camino. Nos esperan otro malbec y otra charla intensa; un sueño potenciado por la fuerza de la quebrada y el esplendor de los valles.

aquí Vista panorámica de

Las Queñuas, estancia de comodidades impensadas en medio de la montaña.


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Las Queñuas a pie by Pablo Corso - Issuu