Skip to main content

El poder de la selva

Page 1

PERÚ

El poder de la selva De Iquitos a Nauta y por el río Ucayali hasta el caserío Libertad, comunidad de la etnia cocama donde es posible hacer base y vivir unos días en plena naturaleza salvaje. PABLO CORSO.

94

revistalugares.com.ar

SEBASTIÁN PANI.

lugares . Noviembre 2017

95


U

na rubia alta camina al borde de la ruta, los ojos perdidos en Plutón. La vigila un morocho fornido, semblante grave y machete en mano: no quiere que termine de cruzar al otro lado en ningún plano de la realidad. Es otra postal del boom de la ayahuasca en la carretera Iquitos-Nauta, sembrada con decenas de templos –no hay censos oficiales– con nombres como Miracle Healer o Blue Morpho, cuya página web es una experiencia alucinógena en sí misma. Cobra 2.690 dólares por una semana y cinco ceremonias que prometen la verdad revelada, la iluminación mística, el fin de la adicción o la cura milagrosa. Los clientes van desde científicos en busca de una tesis hasta simples yonquis irrecuperables. Estamos en uno de los pocos lugares del mundo donde la Naturaleza todavía está ganando. Son 94 km que conectan la ciudad más grande del norte amazónico peruano con un pueblo de ligustrinas recortadas como animales, iguales a las que aterrorizaban a Danny Torrance en El resplandor. Después de un viaje corto en mototaxi, llegamos a un puerto humilde y tomamos un fuera de borda en el río Marañón, un cruce sobre el agua tibia y marrón bajo el cielo cubierto. El encuentro con el Ucayali es la boca del río Amazonas. Como si estuvieran al tanto del hito, tres delfines grises saltan a babor, mientras una pareja de rosados marca el rumbo a estribor. Cuando la vista se abre, entra una masa de aire fresco y lluvioso. Con los primeros pájaros de colores, el trayecto se convierte en una cadencia estable. Mucho para pensar, poco para decir. El viaje de 90 minutos termina en Libertad, caserío fundado el 10 de septiembre de 1964 –cuando los pescadores que vivían de este lado se cansaron de depender del pueblo vecino de San José– bajo los preceptos de trabajo, progreso y bienestar. Son 250 personas de la etnia cocama, uno de los 51 grupos indígenas de la Amazonia peruana. Viven del cultivo del arroz durante la temporada de aguas bajas –junio a noviembre– y de la pesca cuando suben, de diciembre a mayo. Para afrontar los 250 días de lluvia anuales, todo está elevado un metro y medio. Los pilotes sostienen casas humildes pero amplias, en general con hamacas paraguayas, sus techos, de hoja de palmera. Y la canoa, siempre, la única salida al mundo. Hay un baño público y un botiquín comunitario, una escuela y un colegio flamante, donde cuatro chicas y tres chicos se sumergen en un partido de fútbol picante. Hay dos bares; uno se llama Happy World. Las casas se alinean a lo largo de cuatro rectas, dos largas y dos cortas. También son tribunas para seguir los picados de los más grandes, que se juegan todos los días secos. En el córner hay una iglesia católica de madera, vacía y con una cruz endeble, que está perdiendo fieles a manos de su vecina pentecostal, más aggiornada a los tiempos, con parlantes que atronan

96

revistalugares.com.ar

ENFRENTE Pescado de río listo para comer; se cocina envuelto en hojas de bijao. La mano y la tarántula. En Libertad Jungle Lodge, el huésped es tentado con un amplio menú de actividades. EN lA APERTURA

Lagarto cabeza de cobre.

convocando a la reunión vespertina. En otra vida, Manuel Bardales fue animador del templo –daba misa los domingos e impartía cursos prematrimoniales– y teniente-gobernador, una suerte de sheriff con diez hombres a cargo. Su gestión estuvo marcada por la orden de desaparecer a los perros que molestaban a los vecinos y por encarcelar en un calabozo de medio metro cuadrado a un vecino que se negó a aportar su fuerza de trabajo para las obras comunitarias. Quince años después impone su autoridad desde los modos taciturnos y la economía de palabras. Habla de “empoderar”, “visión” y “responsabilidad social” para describir el proyecto autogestionado de Libertad Jungle Lodge, nuestra base de operaciones.

LA COMUNIDAD

PACAYASAMIRIA

La reserva existe desde 1940, cuando surgió la necesidad de proteger al paiche (Arapaima gigas), el segundo pez más grande del mundo, que llega a medir tres metros y a pesar un cuarto de tonelada. Delimitada por los ríos Marañón y Ucayali –origen al Amazonas–, la reserva se amplió y consolidó en 1982: son 2.080.000 hectáreas en la región de Loreto, una planicie de selva baja aluvial e inundable considerada la más extensa de la Amazonia peruana y la segunda área protegida más grande del Perú. Se accede por río, desde Nauta e Iquitos, a unas seis horas en trasbordador.

En 1990, el primer dueño del lodge, un alemán que había aterrizado en esta selva para encarar su propio negocio turístico, vio que estaba en problemas. El río había mordido tanto el barranco que el lugar corría peligro de desaparecer. Entonces ofreció vendérselo a Wilfredo, su trabajador de mayor confianza, que cuando metió la mano en el bolsillo sólo encontró una moneda de un sol (30 centavos de dólar). Sería suficiente. Wilfredo pagó y se hizo cargo, pero también naufragó: los clientes no llegaban. Entonces entró en escena Manuel, coordinador regional para otros alemanes, los de la asociación católica Kolping, especializada en el manejo de proyectos productivos. Convocó a once socios locales y le hicieron una oferta a Wilfredo: 8 mil soles en cómodas cuotas. Le pagaron con trabajo. Pescaron sin parar y se internaron 45 días en la selva para cortar madera, noche y día. E insistieron en la asistencia externa. Manuel recordó a Olivier Van Espen, un belga que había sentido “una revelación con la belleza de la naturaleza y la calidez de sus habitantes”. Cuando lo llamó, le preguntó qué necesitaban: “Marketearlo”, resumió Manuel. Siempre ad honorem, Olivier –ex dueño de una cadena de tiendas de jugos y smoothies en su país– hizo la web y se convirtió en el enlace con los turistas potenciales. Cuando aparecieron los primeros, llegaron las mejoras en la infraestructura. Pasaron de cuatro habitaciones con un baño público a diez con baño privado, una sala de hamacas en dos niveles y –próximamente– salón de juegos y cabina de internet, sobre todo para facilitar la comunicación con Nauta. No necesitan más. “Estamos felices de vivir a la orilla del río”, dice Manuel. “El agua es nuestra vida”. En verano siembran arroz, yuca y banana. Cuando viene la crecida, los hombres pescan y las mujeres hacen tejidos y brazaletes. Desde hace seis años, el lodge es de los socios (la tierra sigue perteneciendo a la comunidad): siete hombres y cinco mujeres que distribuyen sus roles entre cocineras, guardianes nocturnos y motoristas de las embarcaciones que salen de excursión. El foco está en

lugares . Noviembre 2017

97


el progreso de Libertad. Después de cancelar los sueldos de once empleados que rotan cada tres meses, los dólares de las tarifas se convierten en cuadernos para los estudiantes, un puesto de salud, torneos de fútbol con las comunidades vecinas y comida para los ancianos. Estratégico, Manuel planea sumar becas para que la nueva generación aprenda inglés y contabilidad en Iquitos (la puerta de entrada a la región), vuelva y tome la posta de la gestión del lodge. A fin de año, con los sueldos pagos y los planes financiados, los 12 socios se reparten los excedentes a modo de bono de fin de año. Su ética de trabajo tiene precisión suiza, rigurosidad prusiana y puntualidad inglesa. Está dando resultado. Ya vinieron observadores de aves con teleobjetivos kilométricos, un holandés que pronosticaba el futuro leyendo las nubes y un grupo de finlandeses extasiados con que una tarántula, suave y parsimoniosa, les caminara por toda la cara.

EL LLAMADO DE LA ESPECIE

Después de bordear las márgenes del Ucayali, el bote apaga el motor –esa bienvenida paz– y empieza a formar un círculo en el agua mansa y plateada. La idea es

98

revistalugares.com.ar

Atardecer sobre el río Ucayali. En épocas de crecida, las canoas son la única forma de moverse para conocer la biodiversidad local.

que los delfines crean que estamos pescando. El truco se completa con los silbidos del guía Geyner Tananta Plaza: un llamado de tres segundos y cinco notas agudas que busca entrar en sintonía con sus sistemas de ecolocalización. Esquivos, aparecen justo detrás. Los rosados casi no asoman el lomo; cada tanto dejan ver su perfil amartillado, demasiado concentrados en la búsqueda de los cangrejos y camarones que le dan su pigmentación. Los grises son menos celosos de su imagen: exhiben su marca registrada de aleta serrada, saltan en parejas, viajan en tercetos. Cuando deciden que el show terminó, enfilamos hacia la confluencia con el río Yarapa, donde las bandadas de aves revolotean en círculos concéntricos. Parecen frágiles como un avión de madera balsa, pero son tan hábiles como Messi. Frenan en el aire, bajan en picada y picotean a un pez desprevenido. Se les cae el bocado, pero lo retoman en el aire y siguen la cadena alimentaria. De un lado, las garzas descansan sobre las copas de los árboles, un verde intenso mejor que el HD. Del otro, la costa es un lodo que plantea el desafío imposible de quedarse parado. “Holly fuck!”, grita un muchacho de un lodge vecino cuando

se hunde hasta la cintura. Mientras se arrastra boca abajo en busca de terreno firme, sus compañeros detonan una guerra de bolas pesadas y pegajosas. Cuando vuelven a su canoa, lucen como zombis pidiendo pista en The walking dead. Entrar a la selva de noche es entrar de prestado, entre chispazos de luciérnagas, el paso fugaz de los murciélagos y un búho solitario que vigila desde lo alto. El avance por el río ennegrecido, con los árboles recortándose sobre un fondo gris, tiene un poco de fantasía y un poco de sobrenatural. La orquesta de ranas reclama la escena con estrofas agudas, castañeos graves y zumbidos eléctricos. Vamos en busca del caimán blanco, que puede llegar a los tres metros. Geyner empuña una linterna, prueba todos los rincones posibles. Cuando parece que no habrá éxito, ilumina dos círculos rojizos. Con la mano más rápida que la vista, mete el brazo en el agua y saca una cría a rayas negras y beige, fría y gomosa, palpitante. De vuelta en el agua, se queda suspendida tres segundos hasta que dispara hacia las profundidades, a salvo de pirañas y halcones. Otra vez en el lodge, a pesar de las cuatro paredes, la fortaleza de la jungla se reactiva

ARRIBA Nueve

murciélagos descansan en fila sobre el tronco de un árbol, en el río Yarapa. AL LADO El timonel Manuel Bardales Aquituari, conocedor experimentado de la selva y sus secretos.

con un coro de mil criaturas, una expansión de silbidos, corridas, chapuzones y aleteos. Cada centímetro cuadrado se vuelve algo ajeno y poderoso.

VIVIR EN LA SELVA

A la mañana siguiente empezamos a entender la trama urbana de la selva: el pueblo de Puerto Miguel (otra comunidad de campesinos y pescadores); un cultivador de bananas que mira al horizonte con el ceño fruncido; una anciana que supervisa los brotes verdes de arroz sobre el barro. Bien cerca de la costa, dos niñas de no más de cinco años saludan con la mano, felices bajo el aguacero. Llevan una lanza de tres metros, casi tan larga como su canoa. Casi desde que pueden pararse, los chicos de la Amazonia acompañan a sus padres en las excursiones de pesca. En tierra, a fuerza de cortar y cortar, se vuelven expertos con el machete. Miran, aprenden y no preguntan. A los cuatro ya los largan para que hagan su propia cacería y, de paso, empiecen a arreglárselas en la vida. Con el tiempo, prevalece la división sexual del trabajo. “El hijo mayor siempre sale con el padre. La chica lava, cocina y sabe hacer niños a los doce años”, resume Geyner.

lugares . Noviembre 2017

99


Mono choro de cola amarilla, detectado en un área del río Cumaceba.

oREONAX FLAVICAUDA

Así se llama formalmente el mono choro de cola amarilla, primate endémico de los Andes peruanos en peligro de extinción. También se lo conoce por choro común, choro peruano, pacorrunto, quillirruntu o quilla corote, estos tres últimos nombres de raíz quechua. De pelaje cobrizo y muy tupido, su cola –de hasta 63 cm– supera el alto de su cuerpo. Su alimentación es básicamente vegetariana, y se presume que incluye insectos en su dieta. Es la única especie del género Oreonax e integra la lista de los 25 primates más amenazados del mundo.

100

revistalugares.com.ar

Su padre sabía que sus nueve hijos sólo podrían heredar educación, así que los mandó a estudiar en la ciudad. Los compañeros de Geyner lo cargaban porque venía de la selva y no sabía ni una palabra de inglés. Él esperó, consiguió unos diccionarios, aprendió por su cuenta y egresó como el único de la promoción en dominar el idioma. A los doce años remaba 18 horas contra la corriente, tres veces por semana, para llevar víveres desde su casa en San Regis hasta Nauta, donde estudiaban los hermanos. Sin marcas de resentimiento, hoy es casi un metrosexual amazónico, con smartphone y Ray Ban, camisa ceñida y corte de pelo que combina el homenaje a Paolo Guerrero, crack del Flamengo, con un mechón bien autóctono. Habla con acento venezolano, ritmo brasileño y puntuación paraguaya. Cuando no guía en el lodge ni sale a cazar tortugas por el Amazonas (cada vez más complicado por el narco y los piratas de río), pinta sobre las cortezas de los árboles y se prepara para dar clases de inglés en colegios o cruceros. La búsqueda del oso perezoso es compleja. Hay que afinar la vista, fija en las copas de los árboles, y recalcular todo el tiempo: aunque esté frente a nuestras narices, puede que no lo veamos. Camuflado como un avispero, engaña a las águilas que lo quieren de almuerzo. En un rincón de la selva que parece un jardín japonés flotante, con sus frutos rojos y sus flores con forma de gramófono, Geyner encuentra a su presa, una hembra blanca y marrón que hace lo que se espera que hagan los perezosos: moverse como Droopy bajo los efectos del Prozac. Estira un brazo y se queda quieta. Estira el otro y agarra una hoja. Se la lleva a la boca. Descansa unos segundos y empieza a masticar. Despacito. Geyner explica que la hoja de cecropia tiene un alto contenido de alcaloide. El oso sencillamente se emborracha, en un trance tan fuerte que pega en plena comida. Se volea, se duerme, se despierta y sigue comiendo. Parecería que fuera a vivir eternamente, pero también es capaz de tomar decisiones drásticas: cuando ve un juego de garras en vuelo directo hacia su abdomen, se suelta desde 70 metros. Antes que morir devorado, prefiere el riesgo de la caída libre. Gracias a los taninos del lecho, el otro brazo del río Yarapa huele a conserva dulce y se ve como cuarzo derretido. Cuando refleja el mundo sólido, devuelve una imagen fiel y alternativa al mismo tiempo. Varios lodges tomaron nota para instalarse en estos márgenes, o todavía más arriba, como el par de cabañas construidas justo bajo la copa de un árbol frondoso, a 25 metros del suelo. Es un buen lugar para dejar el motor por un rato y subirse a una canoa con tracción a sangre. Hundimos los remos con suavidad, mientras crece el sonido ambiente de los pájaros de nombres onomatopéyicos: pinguana, tiguacuro, tuqui-tuqui, camungo. Un canal lateral nos guía entre plantas insectívoras, esquivando troncos a la deriva, en un espa-

lugares . Noviembre 2017

101


cio cada vez más estrecho. Al fondo está el renaco, un árbol parásito (crece alrededor de otro y aprovecha su fotosíntesis) con tres docenas de troncos y mil telarañas. A cada paso conviene asegurar la firmeza de la rama... y que aquello efectivamente sea una rama. Por ahora, las boas y anacondas prefieren la discreción. Seguimos trepando hasta lograr un buen panorama de la laguna de las Victoria regia, redonda y de aguas quietas (aunque llena de caimanes en verano), intervenida por el vuelo rasante de las aves rapaces.

MONOS CHOROS

Terminamos con un recorrido extenso por el río Cumaceba, que mezcla las aguas negras del Yarapa con las marrones del Ucayali, una sopa fértil en frutas e insectos. Lo que sigue parece salido del universo que James Cameron creó en Avatar. Entre termiteros gigantes que cuelgan como bombas de destrucción masiva, la vegetación se abraza y se encima, comparte y compite por el terreno. Ahí están los nidos colgantes de las oropéndolas, regidas por un orden social anacrónico: los machos cantan para que las hembras construyan y sólo reaparecen para empollar los huevos. Hay azules fluorescentes en el pico de las garzas y en las plumas del guacamayo. Sobre la punta de un

102

revistalugares.com.ar

aquí Navegación en

canoa por las aguas oscuras del río Yarapa. enfrente Ejemplar de renaco, ficus que se desarrolla a partir de numerosas raíces aéreas que, al llegar al suelo, se afirman y dan origen a otros renacos hasta formar un monte de estos árboles.

tronco inclinado, una iguana vive su estado de latencia bajo el sol. Nos acercamos para descubrir las patas rugosas, los ojos fríos y la lengua bífida que se despliega directo desde la era de los dinosaurios. Geyner hace un último llamado –“¡Uh-ah, uh-ah!”– mientras cruzamos un claro de la jungla. Esta vez la respuesta llega enseguida. Pancho y Martina, dos monos choros recuperados en San Miguel, bajan por las ramas y saltan al bote. Entonces empieza una sucesión de gracias individuales e interacciones sociales. Hacen lo que esperamos de ellos: comen gajos de mandarina, saltan tomándose del brazo humano, muestran su repertorio de muecas. Después hacen lo que quieren: examinan la lapicera del cronista y la cámara del fotógrafo; piden cosquillas y se ríen; se acurrucan en los regazos y miran a los ojos. Podrían ser nosotros, podríamos ser ellos. Cuando escuchan la ignición del motor, trepan de regreso hasta su árbol. El viaje se termina. Los amarillos se funden con los naranjas, los naranjas con los rojos, los rojos con los azules y los azules con los negros. Sólo queda hundirse en esta escena local y universal, como si el óvalo que nos encierra –el agua y los árboles abajo, las nubes y la luna arriba– fuera una cúpula autosuficiente, todo lo que hay en el mundo.

lugares . Noviembre 2017

103


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
El poder de la selva by Pablo Corso - Issuu