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Norte cordobés

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Norte cordobés

De los comechingones al virreinato y de la llanura a las sierras, vinculamos Cerro Colorado con Chancaní, una región orgullosa de su origen, con anfitriones siempre dispuestos y paisajes difíciles de olvidar. Pablo Corso

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sto es Córdoba”, dice Mario Dell

Orsi mientras acaricia una roca que parece partida a hachazos. Es el resultado de las fuerzas de la Naturaleza: la filtración de agua transmutada en hielo que ayudó a moldear la sierra inmemorial. En una barranca de la Estancia Guayascate, 142 km al norte de la capital, se le corta la respiración mientras cuenta la historia. Pero la historia manda y él tiene que seguir contando. Esto también es Córdoba: anfitriones intensos, orgullosos de su estirpe criolla. Mario compró este campo rodeado de aguaribayes hace 13 años. Iba a explotarlo para ganadería, pero los planes cambiaron cuando empezó a caminarlo junto a su hermano Sergio. Ahí nomás emergieron un deshuesador para sacrificios, plantas carnívoras, soles bolivianos. “Los morteros hablan”, dice ahora, al lado de uno de los 60 que aparecieron en su predio, mientras interpreta cortes y desgastes. Lo supieron las arqueólogas y biólogas que tomaron muestras para indagar sobre la alimentación prehispánica. Esa información se complementó con la de Agustina Sánchez, tesista de la Universidad Nacional de Córdoba, que relevó 27 especies nativas desde 800 años después de Cristo. Con semejante acervo, Mario convocó al cocinero Walter Correa, que empezó a jugar con sabores y perfumes. Ahora nos reciben en el quincho con el resulta-

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do a la vista: chipa guazú y albóndigas de quinua; tiras de jabalí y zapallo relleno. Celebran la supervivencia de una cultura a través de sus manjares y se esperanzan con que algún día alcancemos una mejor síntesis del encuentro con la diferencia.

Las postas de la historia

El recorrido empieza dos días antes en Villa Tulumba, pueblo introvertido que va revelándose como fuente de relatos potentes. El casco histórico conserva la traza colonial, los ranchos barrocos y las farolas que engalanan las calles empedradas y en desnivel. También el solar que perteneció a los hermanos Reynafé, acusados del asesinato de Facundo Quiroga, y el homenaje en las paredes a dos hijos adoptivos: el folclorista Carlos Di Fulvio y el autor de la Misa criolla, Ariel Ramírez. Entramos con la guía Argentina Ramírez a la iglesia de la Virgen del Rosario, una construcción de 1892 que impacta por los frescos neorrománicos que Martín Santiago –discípulo del gran Fernando Fader– pintó sobre la cúpula abovedada: los 12 apóstoles y los cuatro evangelistas. Debajo de la multitud celestial, la Virgen de 1592, el tabernáculo jesuítico dorado y los ángeles negros que representan a los esclavos de las misiones. Después de una noche a puro costillar en Casa Andaluzía, el anfitrión Juanchi Ordóñez nos acompaña al Camino Real que comunicaba los puertos porteño

aquí Las ruinas de una

capilla junto a la iglesia de la Virgen del Rosario de Villa Tulumba. Una pluma incrustada en el suelo granulado de las Salinas Grandes. ENFRENTE Encuentro al atardecer en la plaza de Villa Tulumba. En la apertura Vista

panorámica del valle de Ongamira desde el mirador de La Calavera.

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y del Alto Perú. A la salida del pueblo aparecen las primeras palmas de caranday, un toque singular en el tapiz del monte ralo. Se intercalan entre chacras, pircados y gauchos en moto mandando whatsapps. Las postas, que aparecen cada 20-25 km, recibían hasta 400 personas para refugiarse del frío y del contraataque indígena. Paramos en la de Santa Cruz, sobre tierras que en 1640 ya tenían casas y fortificaciones. “Esta era la pieza mía”, dice Eduardo, el nuevo maestro de postas, haciéndose cargo de la genealogía. En un cuarto breve se acumulan una radio, una pala y una estampa del Jesús pastor. Al lado, el fuelle gigante de la herrería que encendía las brasas. Entre las paredes de 80 cm, asegura Eduardo, hicieron noche Belgrano y San Martín. La réplica de la cama de tiento sobre el piso de madera inspira una distancia reverencial. “Hay que conocer estos lugares como el Padrenuestro”, aconseja. Seguimos hasta San Pedro Viejo, la tradicional estancia que ahora funciona como hostería en un bosque de abetos y paraísos. Se puede pasar la noche en la casa de los dueños, los Ferreyra, con cuartos donde también se alojaron los próceres. El del creador de la bandera es fresco y amplio, con una cama king size de respaldar de hierro; el del libertador de América, con detalles modernos, pisos de baldosa y armario de madera. Humilde y en refacción, el de Facundo Quiroga tiene una cama de una plaza, paredes descascaradas y ese Cristo mutilado colgando de la pared. En el mismo campo se alza la iglesia de San Pedrito, estructura blanca de tres campanas y una nave estrecha con estatuas de ángeles que piden por la redención humana. Antes de volver a Tulumba, sobrevolamos el caserío coloreado de San Pedro Norte y las casas de campo de Caminiaga, con las postales de fin de semana en el pueblo: el kitsch de un flamenco de yeso en un jardín, la comisaría recién pintada, la vida plácida que cada tanto conmueve la furia acelerada del rally regado con fernet.

La sangre y las piedras

Después del sueño reparador en el glamping Cauce Yurtas, llegamos a Cerro Colorado. La Salamanca –restaurante con piso de tierra y horno de barro– articula la vida pública del pueblo. Matías Chávez lo abrió hace siete años, después de un paso europeo que incluyó hasta la limpieza de mansiones en Bélgica. Relajado y con las ideas claras, este socialista presta la parrilla a los que no pueden costear el asado. Esas actitudes fueron dándole fama al local donde ya tocaron Peteco Carabajal y Raly Barrionuevo. Matías nos presenta a Jorge Cena, el guía que acerca noticias gráficas de un mundo de cosechas y cazas, encuentros fraternos e invasiones feroces. Después de tres años cerradas, las pasarelas del cerro Inti Huasi reabrieron en enero. El alero del Español a Caballo tiene las pictografías más nuevas, de unos 500 años: trazas delineadas a pulso firme sobre la piedra arenisca. Hay un jinete, un buey y un curso de agua; tres serpientes y me-

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enfrente Bancos cubiertos de lana y estatuas de ángeles en la iglesia de San Pedrito, en San Pedro Viejo. Las piedras que custodian las cenizas de Atahualpa Yupanqui y “El Chúcaro” Ayala en la casa-museo del gran músico y poeta.

Las otras Salinas Grandes El océano plateado emerge desde el margen de la ruta como una intervención fulgurante. Superada la ilusión marina, el ambiente empieza a inscribirse en los sentidos entre el suelo granulado y el canto de los pájaros que recalculan el vuelo. A medida que se caminan, las Salinas Grandes –un mar de 6.000 km2 que Córdoba comparte con Catamarca, La Rioja, Santiago del Estero– invitan a una inmersión completa. Los diseños lineales entrecortados, el horizonte paralelo y las nubes cargadas sobre el cielo turquesa se combinan en un efecto sobrecogedor, alterando el esquema perceptivo. Los trozos de hueso, las plumas perdidas y las chicharras incrustadas en la superficie blanda recuerdan la hostilidad de un entorno que atrapa, y a veces no suelta. La sensación de haber estado en otro mundo queda impregnada durante todo el viaje.

dia docena de llamas. Los blancos, rojos y negros se obtenían de piedra caliza, hueso, carbón y óxido de hierro. El alero Las Catas tiene representaciones más complejas: un ojo de agua; el sol y el arcoíris, y un jinete español con el caballo gordo y deforme. El tercero, Pinturas Blancas, abrió al público en marzo. Bajo la roca abovedada, un casco y una pechera de armadura relucen como pintados ayer. Subimos el cerro Veladero hasta La cueva del Indio, una formación irregular con dibujos de telares y aborígenes danzantes. Después de un pasadizo estrecho hacia la cavidad donde vivieron 15 personas, salimos por un altillo que funcionaba como escape: no pasaban las armaduras. Jorge cede la posta a Samuel Bustos, hijo del jefe comunal, que maneja dos kilómetros hasta los campos de El Desmonte. Sube 400 metros machete en mano, entre jabalíes y gatos monteses que no se ven, pero están. (Re)descubierto por su bisabuelo, el Alero de los Españoles muestra otra sucesión de llamas y caballos junto a 12 personas tomadas de la mano. Arcos tensados y hachas blandiéndose, un mundo a punto de desaparecer. Otra subida por la Quebrada de la Trampa lo confirma en una pictografía trágica. Antes de morir, alguien pintó una cruz roja sobre el lomo de una llama negra.

El poeta absoluto

En la casa museo de Atahualpa Yupanqui, que venía a estas tierras a descansar entre giras, vive la memoria del hombre que se olvidó de sí mismo. Bajo los muros subyugantes de la montaña, algunos de los tesoros más valiosos son su guitarra madrileña, las pertenencias gauchas (una rastra de cuero con incrustaciones de oro) y –en la habitación– el bastón beige, la manta prolija, los anteojos de carey. Para bucear en sus ideales sensibles, la carta “Para los niños” y una copia de la foto icónica que Alberto Korda tomó al Che Guevara, con dedicatorias del autor y del padre del revolucionario, Ernesto Rafael Guevara Lynch, sobre el poema que escribió el propio Atahualpa: “Tuve un amigo querido que murió en Ñancahuasú. Su tumba no la encontraron porque no le han puesto cruz. No importa que no la tenga, lo mismo la hemos de hallar, ¡multiplicada en el aire donde está la libertad!” Cuando Atahualpa bajaba de los cerros, desensillaba en el frente de la casa, donde hoy descansan sus cenizas junto a las de Santiago “El Chúcaro” Ayala, el legendario bailarín con el que hizo un pacto de posteridad. El lugar está marcado por dos piedras rectangulares debajo de un gran roble. “Él decía que no tenía nada en contra de una cruz, pero quería descansar bajo la sombra de un árbol –explica la guía–. Porque en todo árbol anida un pájaro, y el sueño del poeta se vuelve golondrina”.

El pueblo renacido

Cuando era chico, Carlos Fader cabalgaba desde Loza Corral, donde vivía con su madre y hermanos, al pueblo vecino de Ischilín. Ahí esperaba el polaco

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aquí Carlos Fader, nieto

del paisajista Fernando Fader y factótum de la reactivación del pueblo. Atelier de Martín Santiago, referente artístico del norte cordobés. enfrente El algarrobo centenario de Ischilín, un gigante que custodia la plaza con la iglesia de 1736.

En páginas anteriores

Pictografía de un conquistador a caballo y nativos expectantes en Cerro Colorado. Rocas abovedadas y formaciones irregulares en el mismo pueblo.

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grandote y buenazo que atendía el almacén. Después de cumplir con la lista de compras, el nieto del pintor esperaba la yapa, ansioso y silente: unas galletitas con forma de animales, suaves como ninguna. Setenta años después, la anécdota le humedece los ojos. En el medio, Fader fue un policía con una condena a muerte del ERP y se acostumbró a ver luces inexplicables durante las noches heladas de la sierra. Un día decidió mirar atrás. Por una mezcla de desidia y la acción corrosiva de un caudillo local, Ischilín estaba casi destruido. En 1997, con el villano muerto, Carlos decidió torcer el destino. La herencia de su abuelo le había pasado de costado: la provincia expropió casa y obra cuando él era chico. “Pero pobre no es el que menos, tiene sino el que menos necesita”, se consuela ahora, bajo la sombra del algarrobo centenario que organiza las miradas en la plaza del pueblo. Compró el almacén de ramos generales, la escuela y cinco ranchos, y los restauró para hacer museos temáticos. Un homenaje al abuelo, que había llegado al norte de la provincia con una enfermedad pulmonar que anticipaba una sobrevida de apenas seis meses. El aire serrano terminaría dándole 20 años. “Lo más difícil fueron los vecinos –retoma Carlos–: el criollo se consideraba invadido”. Aseguró al vendedor de canastos, a la cocinera de tortillas y al productor de miel que recuperarían sus trabajos. Inventó la Fiesta de las Dulzuras

Criollas, donde cada uno llevaba lo suyo, y el pueblo se puso de pie. Feliz con la buena acción, terminó de vender todo hace dos años. Aunque los edificios ya no están abiertos al público, luce satisfecho. Todo sigue al alcance de la mano: la pulpería que conserva mostrador y rejas originales; la estafeta con el letrero de la Caja Nacional de Ahorro Postal; la escuela proyectada por los jesuitas y levantada por los indios, con las puertas bajas para que el indio –fuerte arriba del caballo– rindiera culto al agacharse. La correlación de fuerzas se explicita en la iglesia Nuestra Señora del Rosario, monumento histórico nacional (1736) en cuya nave se encontraron objetos valuados en un millón de dólares: un misal con dibujos dorados y dos candelabros de plata con incrustaciones de piedra. Después de almorzar en la casa de campo La Rosada, dejamos Ischilín, pero el impacto del viaje en el tiempo sigue ahí.

Misterio en Charalqueta

Rumbo sur, llegamos al valle de Ongamira entre las paredes envolventes de los cañadones. “Este pueblo te acepta o te expulsa”, dice un escritor local en el bar de un camping, mientras sugiere la presencia de una ciudad subterránea de extraterrestres. En la superficie, el valle aceptó a sanavirones y comechingones. Pero en 1574, los conquistadores, al mando de Blas de Rosales, irrumpieron en busca de oro y tierras. Los

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dueños de casa lo mataron y –otra vez rodeados– resistieron bajo el mando del cacique Onga. Escaparon a los cerros, pero los invasores subieron a caballo, y el 19 de diciembre hubo una masacre; algunos, asegura la tradición oral, se arrojaron de la cima del cerro Charalqueta, también llamado Colchiqui. El dilema siempre fue “sanar o morir”, resume Marcelo Pérez Unamuno, anfitrión de Raíces Ongamira, hospedaje dedicado a la conexión con todas las formas de vida. Nativos de otras latitudes venían a curarse con yuyos o a despedirse de este mundo. Según la leyenda, un día sentían que una rama se les quebraba a la altura del ombligo; nueve meses después subían el Charalqueta y allí estaba el chamiquero, que les daba una poción para ayudarlos a saltar al vacío. Cuando no aparecían los cuerpos, es que se habían integrado al todo. Al día siguiente amanecemos a las siete, con la luna alta y el canto de los gallos. En medio de un frío intenso, la cumbre de 1.575 metros es un imán. El sendero va revelando los farallones. Antes del asalto final, se interpone una tropilla de cinco caballos. Miran, se acercan un paso, después otro más. Posan de frente y de perfil, se pegan a la lente de LUGARES. Se dejan acariciar y piden más, llevando el hocico contra el pecho de los visitantes; esta mañana, todos nos llevamos algo que no vinimos a buscar. Hacemos cumbre

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entre rocas y pajonales, guiados por la atracción fatal de la historia. En la última elevación aparece el punto sacrificial: dos lajas en una saliente, el mortero donde se preparaba la poción y la visión panorámica que concuerda con una despedida extática del mundo. Bajamos hasta la estancia Dos Lunas, un horse lodge de 2.500 hectáreas donde las hojas caídas del otoño realzan la belleza del casco estilo inglés, distinguido pero sin ostentar. Después del almuerzo, cabalgamos unos mestizos hacia las formaciones rocosas de Los Terrones. En el camino, una pendiente boscosa, un arroyo amable y una manada con los siete perros más felices del valle. Repetimos la tarde siguiente: un par de horas por las subidas suaves y los descensos abrupto del campo de San Javier, con el premio mayor esperando en un bosque de robles de 200 años. El matambre, las costillas y el chorizo se doran al calor de más historias serranas. Volvemos sobre el filo del atardecer por un bosque idílico. Mientras los caballos pisan las hojas caídas, los humanos nos sentimos plenos.

De Los Túneles a la reserva

Con el GPS hacia el sudoeste, después de Cruz del Eje emergen los pueblitos de La Higuera, San Carlos Minas, Salsacate y Taninga. En la llegada a Los Túneles –la obra que en 1930 unió Córdoba con La Rioja– se abre una su-

aquí La piscina tentadora

en el gran parque de la estancia Dos Lunas. ENFRENTE Cabalgata por el campo de San Javier, rumbo a un asado en los dominios de esa estancia.

Tejes y manejes Adela Suárez aprendió a hilar a los seis años. “Aunque no supiera leer ni escribir, éramos todos iguales: los veraneantes y nosotros”, recuerda. Mientras Villa Tulumba iba subiendo su alcurnia, ella nunca le huyó al trabajo. Pasó tres décadas en la feria, haciendo las mejores tortas fritas del pueblo. Ahora, con siete décadas tejiendo y un telar de un metro presidiendo el comedor, hace una demostración en vivo del método heredado. Desenrolla un pedazo de lana, acomoda el huso para hilar las fibras, se sienta y junta las piernas. Arma la madeja, lava con agua tibia para desenredar y construye un ovillo blanco y gris. El trabajo también es un viaje interior. Cuando teje flores, escudos o algarrobos en silencio, anticipa el encuentro con su hija, con quien compartirá las delicias que prepara en esta casa humilde: licores de nuez y de durazno, membrillos que brillan como lingotes de oro.

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perposición de planos de profundidad oceánica: las laderas del valle, el verdor de la llanura interminable, las Sierras de Pocho y el horizonte como punto de fuga. La ruta corre bajo un gran arco de piedra: la exaltación del progreso a dinamita limpia. Siguen otros cuatro túneles, con tramos de roca a la vista, sobre el ripio en obra y la indicación de cuidar a los niños, de no detenerse ni sacar selfies. Antes del último, el mirador El Artesano colma las ganas de la foto panorámica. La bajada serpenteante cede ante las rectas puras que derivan en el Parque Provincial y Reserva Forestal Chancaní: 4.960 hectáreas de bosque chaqueño árido y del Chaco Serrano, muy castigados por el avance sojero. Es el punto de partida de senderos interpretativos, picadas y un recorrido perimetral que puede hacerse en auto (si es alto, mejor). Las bandadas de zorzales, arañeros y picaflores se cruzan en el silencio ominoso, con apariciones esporádicas de cactus y sauces. A cinco kilómetros, el pueblo de Chancaní: casas rojas, verdes y amarillas separadas por grandes extensiones de terreno virgen. Hay adolescentes a caballo, carros de fardos y garrafas, comedores que abren a pedido y un aire de siesta permanente.

aquí Enmarcado

El camino de Santiago

Del mirador a las grutas

La última escala es Deán Funes. Los discípulos de Martín Santiago desandan su biografía en el patio empedrado y rodeado de palmeras de la casa-museo reabierta en 2015. Estudiante de Bellas Artes en Buenos Aires, Santiago había llegado a la ciudad ferroviaria en 1927, con 19 años y el sueño de perfeccionarse con Fernando Fader. Ya en los últimos años de su vida artística (murió en 1935), el hombre que plasmó el silencio del campo argentino lo tomó como peón en su casa de Loza Corral. Martín, que quería aprender los secretos de cerca, lo espiaba mientras pintaba. Más seguro de sí mismo, en 1929 se instaló en Deán Funes, donde organizó un ateneo de músicos y pintores, y se convirtió en referente por derecho propio. “Era como un Leonardo Da Vinci”, sintetiza el pintor Mario Sanzano. Desarrolló proyectos tan variados como una empresa constructora, el armado de carpas de circo y el diseño de un auto de plástico. El atelier es una hiperestimulación sensorial. En un estante, una hilera de cabezas esculpidas, incluida la de Santiago: bigotes, entradas y mirada fija. En una pared, el boceto del San Juan Evangelista de la cúpula de Tulumba. Dentro de una vitrina, la máscara mortuoria de Fader. Y, en el dormitorio, las obras que eligió para exponer durante la última etapa de su vida, escenografías potentes de entrecasa: “La novia”, “El endomingado” y “La bendición”. Los 11 murales sobre cerámicos de la terminal de ómnibus son su último testimonio. Retratan la vida serrana en orden cronológico: la Pachamama que se ofrenda con las manos abiertas, un sacerdote evangelizando bajo el algarrobo de Ischilín, fiestas con gauchos y chinas, Fader pintando la vida alrededor. Es el cierre ideal para esta vuelta cordobesa. Como el gran paisajista, fuimos testigos de la historia de una tierra orgullosa, de las contradicciones fundacionales de la patria y de la importancia de entender de dónde venimos para saber hacia dónde vamos.

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por uno de los emblemáticos túneles, un ciclista admira la ilusión oceánica de las Sierras de Pocho.

Cinco promontorios rocosos gigantes enmarcan la entrada a las Grutas de Ongamira. Bajo una vertiente que cae a cuentagotas, los ecos se expanden como en un laberinto aéreo prehistórico. El sendero, bien demarcado, avanza contra una sucesión de verdes húmedos sobre rojos encendidos. Para llegar al mirador de La Calavera se sube por escalones tallados en la piedra (conviene agarrarse de las sogas). Entonces se abre una vista completa del valle rocoso y arbolado, surcado por el río y puntuado por el ganado disperso. Otra vez abajo, remontamos un cauce seco hasta la Cueva del Indio, donde sorprende una docena de morteros bien conservados: la prueba de que acá, alguna vez, los nativos vivieron reparados hasta morir en un choque de civilizaciones que todavía resuena en el silencio rocoso.

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