REQUIEM POR EL OLIVAR “Sobre el olivar, se vio a la lechuza volar y volar”. Si D. Antonio Machado volviera a escribir estos versos tendría que decir: “Sobre el olivar, antaño se vio a la lechuza volar y volar”. Y aquellos “aceituneros altivos” que Miguel Hernández exaltó en su poema, hoy en día, en la mayoría de los casos, los tendría que transformar en: “aceituneros mezquinos, peseteros e inconscientes, decidme en el alma qué, ¿qué estáis haciendo con esos olivos?, andaluces de Jaén y resto de provincias”. ¿Y saben por qué la lechuza ya no vuela sobre nuestros olivos? Pues porque no hay ratones para comer. Y no hay ratones porque en el olivar no hay frutos ni semillas para comer. Y no hay frutos ni semillas para comer porque no hay plantas (a excepción de los olivos). Y no hay plantas porque el aceitunero altivo echa herbicida. Y el aceitunero altivo echa herbicida porque las grandes multinacionales le han convencido de que es más barato que otros métodos tradicionales utilizados para eliminar la hierba. Y si queda algún bicho que pretenda comerse algo de los olivos, para eso están los insecticidas, fungicidas y el resto de los “matavidas”. En el mundo rural el olivar estaba íntimamente asociado a una cultura, en ocasiones de subsistencia, muy importante. Al olivar se iba a recolectar espárragos, collejas, cardillos, diente de león y una larga lista de plantas útiles. Se iba a cazar zorzales con costillas o lazos (trampas que actualmente están prohibidas), o perdices, conejos y liebres en unas jornadas difíciles de olvidar. Era un placer pasear por un olivar oyendo los trinos de los pájaros, siendo sorprendidos por el vuelo de una perdiz, viendo su variedad de matices a lo largo del año o percibiendo su aroma al amanecer. Pero ahora el olivar es homogéneo, en él han desaparecido las estaciones, no hay primavera, ni verano, ni otoño, ni invierno, su suelo permanece inmaculado como el suelo de una autopista, no hay …… ni hormigas, y el aceitunero altivo se siente orgulloso: ¡Qué limpio tengo mi olivar! dice mientras las entidades de crédito le gestionan el ingreso de la subvención europea en su cuenta corriente. Pero no se está dando cuenta de que tiene una venda en los ojos que no le permite ver lo que es evidente. Ha dejado de usar ese conocimiento acumulado a lo largo de los siglos, que no se aprende en las escuelas, sino que lo da la vida (vida que ya no existe en el olivar) y se ha dejado llevar por las multinacionales que le han puesto delante “la gallina de los huevos de oro”. Y está destripando la gallina para sacarle todos los huevos, sin darse cuenta de que muerta la gallina se acaban los huevos. Quien tenga la más mínima noción de ecología o de “cultura de la vida” sabrá que lo que se está haciendo es el delito ecológico más horrendo que se puede concebir. Y lo más grave del problema es que está autorizado por la Administración Pública. Es una auténtica barbaridad desde varios puntos de vista: 1. Se ha roto la cadena alimenticia del ecosistema olivar en la base. Al eliminar las plantas que crecen en el olivar, añadiéndoles herbicida, matamos absolutamente todos los animales que viven allí (insectos, arácnidos, moluscos, reptiles, aves, mamíferos y un largo etcétera) y que se alimentan directa o indirectamente de las plantas. 2. Se ha interrumpido el ciclo del carbono favoreciendo el efecto invernadero. Las plantas toman del aire dióxido de carbono para realizar la fotosíntesis y transformarlo, junto con el agua y las sales minerales en moléculas orgánicas (glúcidos, proteínas,