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CONTEXTO 070321

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Mariposas monarca: llegan menos a México El cambio climático y la tala de árboles han impactado su migración desde Estados Unidos y Canadá a los bosques mexicanos para hibernar


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LETRAS DE MAQUÍO

Durante su trayectoria política y empresarial, Manuel “Maquío” Clouthier escribió numerosos artículos de opinión, que se publicaron en su momento en el diario El Universal y en los que vertió conceptos y reflexiones que continúan vigentes hoy más que nunca. Por eso en Noroeste iremos replicando algunos de esos escritos.

Otra vez el narcotráfico y la violencia MANUEL CLOUTHIER DEL RINCÓN

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l iniciar su mandato como primer servidor de la nación, el licenciado Miguel de la Madrid visitó Mazatlán y dijo que se intensificaría la lucha contra el narcotráfico. Hacer la anterior declaración en Sinaloa, que posee el dudoso honor de ser el primer estado productor y traficante de drogas, implica un verdadero compromiso. El tiempo ha pasado y la situación ha empeorado ostensiblemente, a pesar de los esfuerzos evidentemente raquíticos para la magnitud del problema. El 4 de abril, el señor Miguel Conde Camacho, coordinador regional de la Campaña Permanente contra el Narcotráfico, declaró: “Sí se ha incrementado el tráfico de drogas en nuestro estado”. A continuación señaló el hallazgo de 200 hectáreas (sí, 200 hectáreas) sembradas de mariguana en la región de Eldorado. Sí señores, en el centro agrícola de riego del valle de Culiacán. Tal es el descaro y la impunidad de que gozan los narcotraficantes. “Sin embargo”, aclaró, “este incremento en el narcotráfico no es comparable al que sucedió entre los años 1977-1979, por lo que considero no es justificable el temor que existe entre la población por este problema”. “Hasta el momento no se ha dado con los responsables de estos sembradíos porque”, según manifestó, “todos huyeron del lugar cuando fue descubierto el sembradío”. Cómo la ve, amable lector. Se pueden sembrar 200 hectáreas de mariguana de riego en el valle de Culiacán y no ser encarcelado. Recuerdo que cuando el licenciado José López Portillo era candidato y visitó Culiacán, un grupo de ciudadanos le explicamos que en nuestra ciudad se sobrevivía más que vivía. Le regalamos un cassette de 16 minutos de balaceras, que un amigo

tuvo la curiosidad de grabar un día último del año. Se escuchaban infinidad de disparos y el traqueteo de las metralletas peor que en la serie “Combate” en la televisión. En alguna forma debemos haber impresionado al entonces candidato, sumado a que semanas más tarde los organismos intermedios del Estado visitaron al entonces Gobernador, urgiéndole a hacer algo. El resultado fue que se inició la Operación Cóndor y se redujo ostensiblemente el clima de violencia que padecíamos. Pero leamos otras declaraciones de los diarios sinaloenses. A ocho columnas:

4 mil 561 hectáreas de mariguana destruidas. Más de 3 mil plantíos de amapola quemados. En solamente los últimos tres meses, la coordinación regional de la zona contra el narcotráfico logró destruir 2 mil 788 plantíos de mariguana y amapola que se sembraron en 4 mil 561 hectáreas. No sé si el lector alcance a comprender lo que significan 4 mil 500 hectáreas. Bien sembradas, podríamos producir 25 mil toneladas de maíz. Puesto en otra forma, equivale a la quinta parte del hectareaje sembrado de tomate en Sinaloa, estado que produce más del 50 por ciento del total del País. Pero sigamos leyendo: Los mismos datos estadísticos demostraron que con el equipo técnico y manual con que cuenta la Procuraduría General de la República en la zona, se han inspirado (para destruirlos con defoliantes) 6 mil 27 plantíos de amapola y mariguana durante el presente año. Por otro lado, es evidente que el narcotráfico acarrea toda una secuela de violencia, robos, crímenes sexuales, asaltos, abusos de poder, etcétera. La forma en que el ciudadano común y corriente mide la intensidad de la violencia en nuestro Estado, es

contando el número de guaruras que tienen los funcionarios a su servicio. Pero escuchemos al jefe de la Policía municipal en Culiacán: “la violencia no es tan exagerada como se quiere hacer ver. Hay tranquilidad. Es natural que se vengan estas rachitas en una población flotante de un millón de habitantes”. Al igual que la Secretaría de Agricultura, que pretende arreglar nuestro problema de deficiencia de producción agropecuaria a base de periodicazos, el jefe de la policía pretende engañar a la opinión pública. La verdad es que no transcurre día en Sinaloa en que no nos enteremos de dos o tres crímenes. No pasa semana sin asalto bancario y sé de cuando menos ocho compañeros (incluyéndome yo) que han sido asaltados. Pero don Ceferino nos dice que es una “rachita”. El desespero del pueblo, aunado a la desinformación, llegan a tal grado que circulan las más inverosímiles versiones al respecto: Que el gobierno americano está fomentando la siempre de enervantes. Que nuestras autoridades consienten el narcotráfico porque es una forma de obtener divisas para pagar nuestra deuda externa. Que el Gobierno, cuando se entera de alguien de está descontento con el régimen, lo envía de agente para que se prostituya y se llene de bolsillos. Que son guerrilleros los que hacen el nefasto negocio para financiar rebeliones. Y mil tonterías más. Mientras tanto, el sufrido pueblo sinaloense sube más los muros de sus casas para evitar que el mal penetre en ellas, sin darse cuenta de que el mal no está en la corrupción, o en el narcotráfico, o en el pandillerismo, o en los malos gobernantes. El mal, mis amigos, está en “la gente buena” que no hace cosas buenas y exige que todo esto se termine. Sábado 7 abril, 1984

MANUEL CLOUTHIER DEL RINCÓN

“No sé si el lector alcance a comprender lo que significan 4 mil 500 hectáreas. Bien sembradas, podríamos producir 25 mil toneladas de maíz. Puesto en otra forma, equivale a la quinta parte del hectareaje sembrado de tomate en Sinaloa, estado que produce más del 50 por ciento del total del País”.


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Un desafío enorme

Un año después… el reto de vacunar a 100 millones CIUDAD DE MÉXICO._ El lunes 22 de febrero de 2020, el coronavirus SARS-CoV-2 llegó a México en un avión proveniente de Italia. El gobierno mexicano lo confirmó el 28 de febrero y dos semanas después, el 11 de marzo, la Organización Mundial de la Salud declaró la pandemia de covid-19, la enfermedad provocada por ese virus. La pandemia más fuerte en un siglo ha matado en México, al menos, a 185 mil personas, aunque las estimaciones más precisas indican que el costo humano es mucho mayor. La pandemia también congeló nuestras vidas y las de la mitad del planeta y nos sumió en un letargo interminable de incertidumbre y miedo, con efectos socioeconómicos que aún no pueden dimensionarse. En contraparte, la ciencia tuvo avances enormes, con una producción masiva de estudios y el desarrollo, en un tiempo récord, de una docena de vacunas, cuatro de ellas ya están en México: Pfizer, AstraZeneca, Sinovac y Sputnik, y hay al menos otras tres en proceso de autorización. Esta semana, por primera vez desde que se declaró la emergencia sanitaria, el 30 de marzo del año pasado, ninguna entidad del país está en una alerta máxima por la aceleración de la transmisión y la sobredemanda hospitalaria. Ahora, mientras la pandemia sigue activa, comienza un nuevo reto: vacunar a más de 100 millones de personas. La esperanza está fincada en que se mantenga el flujo de vacunas, en medio de una rebatinga mundial y el acaparamiento y la distribución inequitativa por parte de los países poderosos. Pocos países en el mundo enfrentan un desafío como México para vacunar a su población. La geografía se extiende en una orografía extensa e irregular, con

365 días después de haber confirmado el primer caso de SARS-CO-V-2 en México, la larga noche de la pandemia comienza a alumbrarse. La esperanza está puesta en las vacunas, desarrolladas en un tiempo récord D A N I E L A

P A S T R A N A

Pie de Página Fotos: María Ruiz, Duilio Rodríguez, Isabel Briseño, Reyna Haydeé Ramírez y Yarenia Rolón llegó a la región más más grande de todas las zonas pauperizadas del país, la Montaña de Guerrero, a donde el virus llegó casi al mismo tiempo que a la Ciudad de México y donde quizá nunca sepamos cuantos muertos dejó. También alcanzó a las comunidades afro de Oaxaca, a las personas más viejas, como María Antonia, la bisabuela de 120 años que puso el ejemplo a sus hijos y nietos en Veracruz. Cruzó el desierto para llegar hasta la casa de los kiliwas, una de las naciones amerindias en riesgo grave de extinción y de la que solo quedan 3 hablantes. Una semana después, las vacunas Sinovac y Sputnik fueron usadas para iniciar inoculaciones masivas en la periferia de la ciudad. En Pie de Página acompañamos la ruta de esas vacunas. Esta serie de reportajes es una mirada al plan de vacunación más grande de la historia del País. El nuevo desafío es enorme: vacunar a toda la población adulta, en un país profundamente desigual. Así es el arranque de la vacunación más grande en la historia de México. zonas controladas por el crimen, y en condiciones de extrema desigualdad social. El plan de vacunación comenzó el 24 de diciembre, con la aplicación de la vacuna Pfizer al personal médico, pero tuvo que desacelerarse ante la incapacidad

de la empresa de cumplir sus compromisos. El 14 de febrero, con el embarque de 870 mil dosis de biológicos de AstraZéneca enviados desde la India, comenzó la segunda etapa de aplicación masiva a la población. En estas dos semanas, la vacuna

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Agenda México

‘Quiera Dios que este sea el remedio’ VALERIO TRUJANO, OAXACA._ ¡Doña Leonarda!, llama la enfermera muy entusiasta y sin dejar de preparar la jeringa con la dosis de vacuna de AstraZeneca. Leonarda Gaytán, de 80 años, entra rápido y se sienta en la silla junto a la enfermera, mientras responde: - Mande mamacita. Mire, ¡aquí estoy! - ¡Ayyy! ya sé que tiene nervio, ¿verdad? ¿No quería venir?, le pregunta con ternura y comprensión. Con una sonrisa nerviosa, cierta pena y un español de frases cortas, porque su lengua natal es el mixteco, la mujer acepta: “¡No quería venir!” Entonces entra María Carrera, quien le habla en su idioma y le dice que no tenga miedo, que no duele. En segundos, Leonarda ya tiene el piquete en su brazo izquierdo. Dice que no sintió nada, ni el pinchazo de la aguja, ni un mareo y entre risas se deja conducir a la sala de observación, donde espera media hora. Leonarda es el reflejo del temor que tienen la mayoría de las personas que reciben la vacuna en este municipio de la región Cañada,

Fueron esclavos y luego fueron borrados de la historia del País. Ahora, los pobladores de Valerio Trujano, pueblo afro de la Cañada de Oaxaca, se sobrepusieron al miedo e hicieron de la vacunación una tertulia T E X T O Y F O T O S : P I E D E P Á G I N A

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a 132 kilómetros al norte de la capital oaxaqueña, en el distrito de Cuicatlán. En esta región, el promedio de edad de los adultos mayores es de entre 70 y 80 años. Y muchos rumores han escuchado que los hacen dudar de vacunarse. Es 17 de febrero de 2021. En la siguiente hora, Cutberta Orzula, de 80 años; Petra Aguirre, de 80; Francisca Gil, de 84 e Irene Aguirre, de 70, también llegan con miedo,

H A Y D E É

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pero confiadas en Dios y en que la vacuna les permita terminar con el confinamiento porque, como Leonarda, todas tienen una vida activa. Lavan trastes, ropa, barren, lo “normal del hogar”, y van al mercado de compras o a vender sus frutas, verduras y lo que cosechan. Ya más tranquila, Leonarda cuenta que es mujer de campo y vende o cambia limones, chicozapote, guaje o mango en los pueblos vecinos como Cuicatlán. Dice que tenía miedo de que les pusieran un chip, de que personas malas quieren matar a los ancianos, que eran algunos de los rumores que le llegaron. “Pero yo no creo que haya tanta maldad en el cerebro”, interviene Irene Aguirre. Y Cutberta abunda: “Me platicó mi comadre que se están muriendo, después de ponerse la vacuna. Le dije a mi hija, y me dijo: ‘¡Ay amá, le

voy a decir a tus hijos que no te quieres vacunar!’ No -le dije- si me quiero vacunar, pero tengo miedo. Y me decidí, se me quitó el miedo, me dije: no, pues yo voy, porque es por mi bien, ya estoy grande, pero quiera Dios que le caiga bien a mi cuerpo y por eso vine. Tengo fe que la vacuna nos ponga bien, que no estemos tristes, que estemos alegres”. Francisca Gil, de 84 años, dice que tenía miedo, porque desde hace muchos años es diabética y tiene la presión alta, pero las ganas de ya salir la animaron a ponerse la vacuna. “Ya hasta me estoy acostumbrando a no salir, ¡pero no! Cuando dijeron de esta vacuna, me dio mucho gusto, porque nomás encerradita, guardadita en la casa, sin salir pa’ ninguna parte, pero ahorita quiera Dios que este sea el remedio, que ya salga uno y pueda hacer su mandado, porque a veces


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no es igual, yo quiero ir por mis cosas, pero mis hijos dicen: ‘no, no vas a salir’… Ahora ya estoy tranquila, pero venía yo demasiado nerviosa, ya pasó”. La que si llegó muy resuelta fue Petra Aguirre, de 80 años: “Sí me quería vacunar, con todos los rumores que hay, dice el dicho el que no hace la prueba, nunca va a saber nada, hay que aventarse, lo que sea, si es bueno o malo, pues ya estamos adentro. Dios permita que todo esté bien en nuestro Valerio Trujano”, dice sonriente. “Sentí como un piquetito de alacrán, nada más y ya, a mí no me duele, ni esos me hacen”. Francisco Lastra, de 73 años, Pablo Leyva, de 70, y Roberto Rosas, de 63, también llegan a la cancha del pueblo a esperar su turno pacientemente. Incluso comentan que ayudaron a convencer a otros adultos mayores. “Ganas tenía yo de que me vacunaran, pues sí porque es algo que nos viene a favorecer, nunca tuve miedo, escuchaba rumores de

que esto, lo otro, pero aun así, nosotros nos preparamos, nos fuimos al campo, allá nos estábamos todo el día en el campo, trabajando, para evitar ver a la gente. Estoy contento y agradecido con el presidente por este momento”, dice Francisco. Pablo Leyva Granados jura que Valerio Trujano tiene una historia de hombres fuertes, descendientes de africanos que en 1812 se liberaron de la esclavitud y por eso ahora el pueblo lleva el nombre de quien encabezó esa lucha libertaria. “Aquí había gente morena muy fuerte, Policarpio Urrutia y Efrén Quitzaman, comentan que cuando se caía la góndola de caña, entre los

dos la levantaban. Esos eran los más fuertes”, dice Pablo Leyva. “Y yo vengo de una mezcla de moreno y güero y sí estamos orgullosos de esa raíz. Además, el que cree en Jesús ningún veneno le hará daño”, expresa confiado. Roberto Rosas comenta que tenían esperanza de que llegara la vacuna, pero les sorprendió que se adelantara. “Pensábamos que iba a llegar retardada, las noticias de México decían que en marzo, pero estamos viendo que Oaxaca tiene prioridad en varios casos”.

Tranquilina y la vacuna a sus 108 años En Valerio Trujano también vive Tranquilina Urrutia Roque, quien a sus 108 años es la mujer de más edad en la región. A la pregunta de si se permitirá que le pongan la vacuna o si tiene miedo, responde: “Ai como ustedes quieran. ¿Todavía puedo vacunarme? Pues ya a los años que tengo, ya nada

más estoy esperando a Dios. Pero todavía estoy lista pa’ platiconear”, dice con una carcajada espontánea. Las hijas de Tranquilina, Irena y Petra, tenían miedo de que la mujer no aguantara la vacuna y que el peso de la culpa recayera en ellas. Cuentan que hasta querían no hacerlo, pero al final aceptaron y este miércoles 17, la brigada acude a su casa para ponérsela. Pero la recibe sin reacciones adversas, al igual que los 300 adultos mayores que vacunaron en Valerio Trujano. “Está bien que están vacunando para que no siga la enfermedad, ya ves cómo se va muriendo uno y otro y otro”, dice. Tranquilina dice sentirse muy bien a su edad: “Muy contenta, hasta bailo cuando hay música, lo único es la vista, de tanto trabajar, me operaron mi ojo, me quedó mal, y mire no veo ni los dedos”. Valerio Trujano es un pueblo de cerca de mil 500 habitantes, y tiene una característica que lo distingue: Es un pueblo con gente alegre, muy


6 bailadora, a pesar de su historia de marginación, esclavitud, pobreza y discriminación por su raza, ya africanos, chinos o indígenas. Con temor y todo se aplicaron las 300 vacunas y la tertulia se hizo en la sala de observación, ya relajados, contentos, sin reacción física alguna. El médico Mauro Castañeda explica que, por lo general, las reacciones adversas se registran en las 24 horas posteriores a la vacuna. “Cefalea, dolor en la zona de aplicación, tal vez un leve mareo, son síntomas leve normales, como con cualquier vacuna”. Pero en Valerio Trujano nadie se complica.

La incredulidad de la pandemia Cuicatlán y Teotitlán son los dos distritos de la región Cañada, que se compone de 45 municipios con poco más de 200 mil habitantes. El distrito de Cuicatlán tiene 20 municipios, entre ellos Valerio Trujano, Santos Reyes Pápalo y San Juan Bautista Cuicatlán, que son de los primeros para iniciar la vacunación en Oaxaca, el estado con más población indígena del País. Desde el Siglo 16, Oaxaca albergó la llegada de esclavos negros y se tiene registro de que estuvieron en al menos 11 de los distritos del estado. Estos esclavos llegaron a la Costa Chica como sirvientes de españoles y criollos, durante el Virreinato para establecer haciendas dedicadas al cultivo de cacao, algodón y la explotación ganadera. Con el tiempo obtuvieron su libertad y junto a otros esclavos que habían huido (cimarrones) se asentaron en las costas y zonas fértiles, donde desempeñaron oficios como capataces, arrieros, pescadores. Actualmente, los afromexicanos conforman el 4.9 por ciento de la población de Oaxaca. El director regional de los programas para el Desarrollo en la Cañada explica que estiman vacunar a 11 mil 500 adultos mayores, con un promedio de 300 dosis por cada uno de los 23 puntos de vacunación. Pero no en todos lados es tan fácil como en Valerio Trujano. En San Juan Bautista de Cuicatlán, por ejemplo, el tiempo de espera se

aislado. Para llegar al pueblo hay un solo camino lleno de curvas ascendentes. En esa localidad hay mucha incredulidad de que exista la Covid19 pues en casi un año de pandemia no han registrado algún caso. Además, gente no está tan convencida de vacunarse y constantemente las enfermeras hacen uso del altavoz que tiene la Presidencia Municipal en su oficina para llamar a los adultos mayores. El primer día de vacunación los agarró la noche esperando a los adultos mayores. “No hemos terminado, hay resistencia porque no ha habido ningún caso positivo, pero ya el lunes (23 de febrero) terminamos”, confía la enfermera Natalia Velázquez. prolonga alrededor de una hora por la revisión médica y el registro previo. El problema mayor es que los adultos mayores están descampados bajo el rayo del sol y terminan refugiándose en la sombra de árboles y casas, porque en este pueblo de alrededor de 10 mil habitantes la respuesta fue más

a la vacuna es mayor que en las comunidades más alejadas, como Santos Reyes Pápalo. Santos Reyes es un municipio de poco menos de 3 mil habitantes, ubicado a más de 2 mil metros sobre el nivel del mar, que se rige por el sistema normativo interno (más conocido como Usos y Costumbres) y está prácticamente

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7 Faustino, en la puerta de su casa, recibe al personal médico para que le apliquen la vacuna de Astra Zeneca contra Covid-19.

Ejido Kiliwa

Llegar a los más alejados BAJA CALIFORNIA._ Un día antes de que llegue la brigada de vacunación contra Covid-19 al Ejido Kiliwa, Elías Espinoza, su esposa, Mónica; su hija, Alía, y sus hijos, Onésimo y Elisito, como le dicen de cariño al hijo menor de la familia, van a toda velocidad en una camioneta para recordarle a su tío Felipe que mañana debe ir a vacunarse. Al interior del automóvil todos brincan por tanto bache y piedras que hay entre los caminos de terracería, pero van contentos de que por fin llegó el momento esperado: el día que 13 vacunas llegarán hasta el ejido Kiliwa para inmunizar a 13 personas mayores de 60 años pertenecientes a un pueblo indígena que está en riesgo de extinción. Felipe Peralta será uno de ellos. El ejido Kiliwa se encuentra en la zona serrana y desértica del municipio de Ensenada, Baja California, y es una de las comunidades más olvidadas del País. Para llegar aquí, las vacunas de

Para llegar aquí, las vacunas recorrieron más de 19 mil kilómetros y cruzaron mares y desierto. Tardaron 14 días. Pero hoy están vacunadas las 13 personas mayores de 60 años de la etnia Kiliwa, uno de los 14 pueblos de México que están en riesgo de desaparecer T E X T O Y F O T O : P I E D E P Á G I N A

D U I L I O

AstraZeneca fabricadas en el Serum Institute de la India tuvieron que recorrer más de 19 mil kilómetros, y cruzar mares y desiertos. Salieron de la ciudad de Pune el 12 de febrero y llegaron a la Ciudad de México en la madrugada del 14. De la capital mexicana volaron a Mexicali y de ahí fueron trasladadas al centro integrador del Valle de la Trinidad, el último poblado urbanizado antes de subir a la sierra donde viven los kiliwas, una de las naciones yumano-cochimíes que habitan la península de Baja California y que, de acuerdo con las autoridades, están en grave riesgo de extinción.

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Comitiva de Salubridad en el Ejido Kiliwa.


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Manuel Murillo Álvarez, Felipe Peralta y Delfina Arballo esperan bajo observación médica no tener reacciones adversas a la vacuna contra Covid-19.

Virginia Espinoza fue de las primeras mujeres en ser vacunadas en el Ejido Kiliwa Del Valle de la Trinidad, en Baja California.

En el ejido donde los kiliwas viven en ranchos dispersos no hay agua suficiente, apenas hace unos años les abrieron un pozo que abastece precariamente a sus pobladores. Tampoco hay médico, ni clínicas. La luz eléctrica llegó a en el 2000 y apenas hace unos meses, quienes pagaron, lograron conectarse a Internet. Pero de señal telefónica, nada. Felipe Peralta se dedica a cuidar caballos y ganado. Como los otros adultos mayores Kiliwa, espera con ansia la vacunación programada para la una de la tarde del 26 de febrero, casi dos semanas después de que salieron de la capital.

El derecho a la salud La vacunación en el ejido Kiliwa representa para las 40 familias de esa nación amerindia que habitan el Valle de la Trinidad un logro más en la conquista por los derechos a la salud y una forma de mantener a su pueblo vivo, dice Mónica González. Mónica es hija del último jefe tribal cucapá y está casada con Elías Espinoza, que es kiliwa; cucapás y kiliwas son dos de los cinco pueblos amerindios que se mantienen vivos en la Baja California. En los días previos, la pareja avisó a todos los miembros de la comunidad la fecha y hora de vacunación, así que llegan antes que nadie al comedor del niño indígena que el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas tiene en el

Francisca Espinoza y Virginia Espinoza esperan en su casa el día de la vacunación. ejido, donde se llevará a cabo la jornada. Puntuales, a la una de la tarde llegan Virginia y Francisca Espinoza y luego de ellas van llegando, uno a uno, los otros viejos de la comunidad. Todos esperan pacientemente y de muy buen ánimo, sin una sombra disponible para cubrirse del sol ardiente del desierto. La brigada Correcaminos, resguardada por militares, llega casi una hora después. De las camionetas descienden dos enfermeras y el delegado

regional de Bienestar del Gobierno federal. Virginia Espinoza, quien se dedica a cuidar sus vacas y borregas, está muy contenta en ser la primera kiliwa que recibirá una vacuna. Cuando la brigada termina de vacunar a todos, se dan cuenta de que hay dos personas en la lista que no llegaron. Una de las que no llegó era una mujer de 85 años que un mes antes salió positiva en la prueba de Covid-19 y prefirió esperar las indicaciones de la

brigada sanitaria antes de hacer la fila. Después de revisar que no presenta síntomas y de medir su presión arterial y temperatura corporal, los responsables sanitarios concluyeron vacunarla afuera del comedor. El otro que no llega es Faustino Álvarez, un hombre de 79 años a quien avisaron un día antes y estuvo de acuerdo. La brigada decide ir en su búsqueda. El hombre aparece en la puerta de su casa, construida con madera y mezcla. Despreocupado y dicharachero saluda a todos y cuenta que se le había olvidado el día de la vacunación y cómo no vio pasar las trokas de la comitiva, pensaba que sería otro día. Ahí mismo, en una silla afuera de su casa, se arremanga la camisa para que le tomen la presión: 120 70 dijeron con júbilo los testigos y de inmediato se escuchó decir: “como quinceañero y eso que está crudo”. Don Faustino Álvarez fue el último de los kiliwa que el viernes 26 de febrero fue inoculado con una vacuna que recorrió más de 19 mil kilómetros para llegar hasta la puerta de su casa.

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El Covid-19 puede causar afecciones cardiovasculares y neurológicas que afectan la capacidad sensorial y cognoscitiva de las personas. Foto: IMSS

El futuro, hoy

Decenas de miles sufren secuelas de Covid en México y tendrá un alto costo El coronavirus incide a nivel celular y las consecuencias en el cuerpo humano son tan variadas como desconocidas. Hasta el momento, las secuelas del virus SARS-CoV-2, causante de esta enfermedad, incluyen síntomas leves o graves, pasajeros o crónicos E

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CIUDAD DE MÉXICO (SinEmbargo)._ “La salud y los muertos ya no regresan. Una vez que te infectaste (de coronavirus) es una ruleta”, dijo en entrevista el doctor Fidel Alejandro Sánchez Flores. Cualquier persona recuperada puede padecer síntomas graves o leves post-Covid porque tienen que ver con una serie de factores de riesgo que van más allá de la edad, el género y las condiciones

preexistentes de salud. “El 80 por ciento de las personas que se han infectado tienen secuelas menores y parece ser que no tienen condiciones graves. El problema es que un 20 y hasta un 30 por ciento sí empiezan a presentar esas complicaciones y esas secuelas graves”, abundó el investigador en jefe de la Unidad Universitaria de Secuenciación Masiva y Bioinformática del Instituto de Biotecnología de la


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La fibrosis post-Covid es una de las secuelas más comunes en México y en el mundo. Foto: Especial base IMSS

Universidad Nacional Autónoma de México. Desde que inició la pandemia y hasta el 18 de febrero de 2020, la Secretaría de Salud contabilizó 2 millones 13 mil 563 casos confirmados de Covid-19, de los cuales 379 mil 154 (18.8 por ciento) fueron casos de hospitalización. Un cálculo de la Unidad de Datos de SinEmbargo, con base en cifras de 16 fuentes oficiales nacionales e internacionales, indica que en promedio y hasta el momento, 26.4 por ciento de las personas hospitalizadas en el mundo han sufrido secuelas cardiovasculares, pulmonares, psicológicas y/o renales y hepáticas. Dichas secuelas -que son las más documentadas al cierre de esta edición- inciden a mediano y largo plazo, están relacionadas con el incremento de la tasa de mortandad del virus y con la reducción de la calidad de vida de las personas que afligen. Considerando la tasa de hospitalización en México y el grado de presencia de secuelas a largo plazo, que han sido documentadas a partir de casos de hospitalización en el mundo y que podrían estar relacionadas con la Covid-19, al corte del 18 de febrero habrían 100 mil dos mexicanas y mexicanos con riesgo de padecer secuelas de tipo cardiovascular, pulmonar, psicológico y/o renal y

Se trata de un problema de salud pública que los países tendrán que enfrentar. En el caso de México, dada la cantidad de infectados, el costo mínimo mensual aproximado de las secuelas del coronavirus es equiparable al 0.01 por ciento del PIB nacional hepático. Ello implica e implicará gastos de bolsillo y/o costos a cargo de los sistemas de salud público y privado. Asimismo y con base en el costo promedio de tratamientos en instituciones públicas nacionales de las enfermedades cardiovasculares, pulmonares, psicológicas y/o renales y hepáticas ligadas a secuelas de coronavirus o similares con más presencia en México. SinEmbargo calculó que el costo medio mínimo mensual aproximado por persona para cubrir necesidades médicas relacionadas con secuelas de la Covid-19 es de 15 mil 967 pesos. Una cantidad de dinero que multiplicada por la población en mayor riesgo de padecer secuelas graves y/o a largo plazo, implica un monto cercano a 1.6 mil millones de pesos. Dicha cantidad de recursos -que solo cubriría un mes de tratamiento por costos de consulta, terapia, medicamentos, urgencia y (en su caso) intervenciones quirúrgicases equiparable al 1.1 por ciento del presupuesto neto aprobado para el sector Salud en 2021, o bien, el equivalente al 0.01 por ciento del

Producto Interno Bruto nacional. Las cifras referidas en este reportaje son un ejercicio cuya finalidad es dimensionar el impacto económico y social que pueden tener las secuelas del coronavirus en México. Por lo tanto, no deben considerarse como un indicador de la situación nacional. Los datos desagregados, los cálculos y las fuentes utilizados están incluidos en la tabla “Ejemplos de secuelas”. Ya que el Covid-19 es una nueva enfermedad, aún no es posible calcular lo que se conoce como DALY o “años de vida ajustados por discapacidad”, que es un indicador que mide la pérdida potencial de años de vida sana o de calidad, por el impacto de un padecimiento. Es una medida que indica, por el contrario, el número de años de vida que una persona vivirá con malas condiciones de salud por las secuelas de una enfermedad. “En el caso del SARS-CoV-2 el problema es que durante mucho tiempo y al principio se le trató como un virus que infecta las vías respiratorias, y esto no es así. Tiene la capacidad de infectar muchos tipos celulares y el problema es ese:

que finalmente las secuelas no solamente impactarán el sistema respiratorio, sino que van a afectar al sistema circulatorio, al sistema renal y hepático, e incluso a los sistemas digestivo y reproductivo”, dijo a SinEmbargo el doctor Fidel Alejandro Sánchez Flores del IBTUNAM. En el caso de las enfermedades respiratorias, la información disponible indica que también las personas asintomáticas, las que no tienen o tuvieron síntomas muy graves y aquellas que no fueron hospitalizadas presentan porcentajes de fibrosis en los pulmones. “Eso definitivamente deja un órgano disfuncional y muchas personas han tenido que reaprender a respirar para aprovechar ese 50 por ciento de pulmón que les queda. Eso es una condición incapacitante”. De acuerdo con el investigador de la UNAM, la incidencia y la frecuencia de secuelas aún es desconocida. Pero “lo que sí podemos decir es que si esto escala y se sigue infectando más gente, pues aunque el porcentaje (de


11 personas con secuelas) sea bajo, el número de personas en estas situaciones con secuelas va a ser mucho mayor. Y lo que hay que pensar es si los sistemas de salud de los países son capaces de lidiar con estos porcentajes (de gente con secuelas) por muy bajos que sean”. Para Sánchez Flores, “en un país como México, donde tienes más o menos 130 millones de habitantes (…), digamos que tendrías 1.3 millones (de personas afectadas) si las secuelas estuvieran presentes en el uno por ciento de la población. Si esto sucediera, aunque sea el uno por ciento, no creo que nuestro sistema de salud pudiera atender a 1.3 millones de personas que van a requerir tratamientos y seguimiento médicos a muy largo plazo”. Así como la pandemia es capaz de reducir la calidad de vida, también es capaz de arrebatar la esperanza de vida, ya que uno y otro factores están proporcionalmente relacionados. En ese sentido, un trabajo de investigación realizado por científicos de universidades de varios países -publicado en la revista Scientific Reports y citado por la agencia EFE- indica que la Covid-19 arrebató “una media de 16 años de vida” a cada uno de los casi 1.3 millones de difuntos por coronavirus en 81 países, cuyas causas y condiciones de muerte fueron estudiadas para la investigación. El análisis científico también revela que, mientras que en países relativamente desarrollados la pérdida de años de vida tiene mayor incidencia en personas de 75 y más años, en países menos desarrollados las pérdidas de años de vida están mayormente relacionadas con personas menores de 55 años. Las secuelas del SARS-CoV-2 son un hecho cada vez más documentado. En México, por ejemplo, será una situación “difícil de controlar” por la carga que tiene el sistema de salud, o por los “frentes de batalla que no se han podido combatir en los últimos 20 ó 30 años”, como lo son las epidemias de diabetes, hipertensión, obesidad y sobrepeso, explicó el médico de la UUSMB de la UNAM. Pese a las dificultades, Sánchez Flores mencionó que el sistema de

salud mexicano “no es malo, sino que simplemente está rebasado y ese rebase no ha tenido una respuesta planeada”. Como consecuencia, el día a día en México es una situación de carencias. “¿Qué tendría que hacerse? Pues invertir más en salud. Definitivamente y por ejemplo, si nos vamos dos años atrás, cuando se tomó la decisión de quitar el Seguro Popular para crear el Insabi que ha sido completamente inoperante, vemos decisiones que restan al esfuerzo de lidiar con grandes problemas de salud”, lamentó el investigador. La insuficiencia del sistema de salud mexicano también implica una situación de “atención hospitalaria tardía o inexistente” que agrava las consecuencias de la pandemia, entre ellas la tasa de mortalidad por coronavirus, que ha llegado a cobrar la vida de uno de cada 10 infectados a nivel nacional. “No solamente el servicio de salud colapsa. Todo el sistema productivo (de México) podría colapsar en un momento dado con las secuelas. Simplemente, una de las secuelas que dura mucho tiempo y que es bastante inhabilitante, aunque no incapacitante, es el dolor de cabeza. El 58 por ciento de las personas que se han infectado reportan dolores de cabeza o neuralgias que les hacen perder concentración. De ahí en fuera hay toda una serie de síntomas que finalmente van a afectar la capacidad de producir y de laborar de las personas”, señaló el médico especializado en biología celular. Sin embargo, Sánchez Flores concluyó que “viendo lo positivo, México tiene una oportunidad de aprender. De aquí a 2022 tenemos la opción de invertir en vacunas e invertir en el desarrollo tecnológico de muchas cosas que justo tendremos que utilizar para este tipo de tratamientos de nuestras secuelas. Si aquí se hace evidente una secuela, hay que invertir en eso: en tratamientos e investigación”. Pérdida de cabello, erupciones cutáneas, cansancio, dolores de cabeza, depresión, ansiedad, cambios de humor, desregulación del sueño, disfunción olfativa y gustativa, cognición alterada, deterioro de la memoria, anomalías de la función pulmonar como la fibrosis, inflamación del miocardio, disfunción ventricular y lesiones

renales agudas son ejemplos de secuelas cada vez más ligadas al coronavirus. Pero de acuerdo con investigadores, funcionarios y médicos internacionales, por el momento va a ser difícil asociar que una y otra secuelas sean consecuencia de la Covid-19. ¿Por qué? Porque no hay una historia clínica previa que permita saber si los síntomas de una condición que apareció después de la contracción del virus SARS-CoV-2 ya existía en el paciente y sólo se hicieron evidentes, o si había predisposiciones que junto con la infección propiciaron una secuela. “Eso lo tendremos que estudiar en comparación con la población que no fue infectada, o aquella ya protegida y vacunada. Si finalmente el promedio de personas de poblaciones sanas o protegidas reportan menos casos, pues ya podemos saber si una condición es asociable a la Covid-19, a partir de estudios en retrospectiva. No hay otra manera de hacerlo”, explicó el doctor Fidel Alejandro Sánchez Flores del IBT-UNAM. Aunque el estudio de las “secuelas tardías” de coronavirus aún está en curso, diversas instituciones públicas de salud refieren que las consecuencias del virus pueden implicar afecciones de daños orgánicos, estado hiperinflamatorio persistente y respuesta de anticuerpos inadecuada en pacientes que sufrieron infecciones agudas, o que se contagiaron y que sufren comorbilidades, e incluso, personas con buena salud y sin precondiciones o complicaciones durante la etapa de contagio. “Probablemente, las secuelas persistentes de Covid-19 representan múltiples síndromes resultantes de distintos procesos fisiopatológicos a lo largo del espectro de la enfermedad”, señalan los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos. “Conforme progresa la pandemia de Covid-19 ha ido aumentando la conciencia sobre los impactos a largo plazo de la infección por Covid-19, incluidas las secuelas cardiacas, neurológicas, metabólicas y respiratorias”, se lee en un estudio de la misión conjunta OMS-China sobre el Covid-19, en que la organización también refiere

que las secuelas a largo plazo son “síntomas que se desarrollan después de seis semanas o que persisten más allá de las seis semanas del inicio de los síntomas de Covid-19, excluyendo síntomas y complicaciones que surgen durante la fase aguda de la infección”. “Hay alguna evidencia de que la disfunción olfativa (e.g. disosmia) y la disfunción gustativa (e.g. disgeusia) son secuelas relativamente comunes a largo plazo [que están] asociadas con la infección de Covid-19”, advierte un documento de investigación de la agencia de Salud Pública de Ontario. De acuerdo con el análisis de reportes oficiales a nivel mundial, además de esos síntomas, el síndrome inflamatorio multisistémico en niños, los problemas cardiovasculares, pulmonares, renales, hepáticos, metabólicos relacionados con glucosa y neurológicos están entre las posibles secuelas de la Covid-19. Las organizaciones Panamericana de la Salud y Mundial de la Salud también indican que “es de esperar que las intervenciones agudas empleadas en el tratamiento de los pacientes con Covid-19 grave y crítica -como la ventilación mecánica, la sedación o el reposo prolongado en camapuedan producir una serie de secuelas en la aptitud física, la respiración, la deglución, la cognición y la salud mental, entre otras”. Las secuelas anteriormente referidas -o síndromes posteriores a cuidados intensivos- tienen mayor influjo en personas mayores y pacientes de cualquier edad con enfermedades crónicas. Sin embargo, la OPS y la OMS refieren que “los casos de Covid-19 grave que se recuperan sin haber necesitado ingreso en unidades de cuidados intensivos también pueden presentar estos síntomas en alguna medida”. “De acuerdo con un estudio de investigadores independientes con expertos de varios países, el Covid19 puede dejar hasta 55 secuelas y al menos cinco síntomas persistentes como la fatiga, dolor de cabeza, trastorno de atención, caída del cabello y disnea”, confirma un reportaje de EFE basado en el testimonio de la doctora Talia Wegman-Ostrosky, coautora de dicha investigación.


12 El cambio climático tuvo un impacto considerable en el proceso de migración de la Monarca.

Mariposas monarca

Cae 26% su presencia en México El cambio climático y la tala de árboles han impactado el proceso de migración de la mariposa Monarca, una especie que viaja desde Estados Unidos y Canadá a los bosques mexicanos para hibernar, alerta un estudio. Esto ha limitado la reproducción de este insecto y, por lo tanto, ha implicado una menor ocupación en los bosques mexicanos D U L C E

O LV E R A


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Aunque esta mariposa no está en peligro de extinción, sí está en riesgo su proceso migratorio que emplea para hibernar y amortiguar el clima. CIUDAD DE MÉXICO (SinEmbargo)._ La presencia de la mariposa Monarca en los bosques mexicanos se redujo en un 26 por ciento en 2020 al ocupar 2.10 hectáreas en diciembre pasado frente a las 2.83 reportadas en el mismo mes de 2019, reveló la Alianza Fondo Mundial para la Naturaleza-Fundación Telmex Telcel, en colaboración con la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas y con la UNAM. El mínimo histórico data de 2013 cuando se registró una ocupación de solo 0.67 hectáreas. aunque esta mariposa no está en peligro de extinción, sí está en riesgo su proceso migratorio que emplea para hibernar en conjunto y amortiguar el clima, dijo Jorge Rickards, director General de WWF México. Esta especie suele migrar desde la región de los Grandes Lagos en Canadá y los Estados Unidos a los bosques localizados en los límites entre Michoacán y el

Superficie de bosque ocupada por colonias de mariposas Monarca en México (1993-1994 a 2020-2021). Gráfica: Estudio


14 Estado de México. El informe detalla que el bosque de la zona núcleo de la Reserva de la Biosfera Mariposa Monarca, donde esta especie establece las principales colonias de hibernación, registró una degradación de 20.26 hectáreas entre marzo de 2019 y marzo de 2020, lo que implica cuatro veces más respecto a 20182019 cuando se degradaron cinco hectáreas. “El cambio climático tuvo un impacto considerable en el proceso de migración de la Monarca”, determinaron los estudios. “Durante la primavera y verano del 2020, las variaciones climáticas en el sur de Estados Unidos no fueron favorables para el florecimiento del algodoncillo y el desarrollo de los huevos y las larvas, lo que limitó la reproducción de la población de Monarcas. Esto impactó en la generación migrante, lo que originó una reducción de este insecto en toda Norteamérica y, en consecuencia, una menor ocupación en los bosques mexicanos durante su hibernación”. Por otra parte, el análisis sobre la cobertura forestal en la Reserva de la Biosfera Mariposa Monarca -que cuenta con 13 mil 551 hectáreas protegidas- detectó a la tala clandestina como la principal causa de la degradación del bosque en la zona núcleo. El ejido de Crescencio Morales y las comunidades indígenas de Nicolás Romero y de San Felipe de los Alzati, todas ellas localizadas en Michoacán, sufrieron la mayor afectación por esta causa con 6.71, 2.13 y 1.87 hectáreas, respectivamente. La degradación correspondió también a la caída de árboles por viento y sequía, así como por las actividades de saneamiento, debido a las tareas para combatir plagas. La Reserva ofrece refugio a 132 especies de aves, 56 de mamíferos, 432 de plantas vasculares y 211 de hongos. Las cuencas de la región infiltran agua al Sistema Cutzamala para más de 4.1 millones de personas en 13 alcaldías de la Ciudad de México y 14 municipios del Estado de México, a la vez que genera oxígeno.

Homero Gómez, el defensor de la mariposa Monarca, es hallado sin vida tras 16 días de búsqueda.

Eran millones. Esta vez llegaron 30 mil mariposas Monarca. Una de dos: protegerlas o decirles adiós.


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Una tarea peligrosa

Diario de un matadero JBS es la procesadora de carne más grande de América Latina y una de las más grandes del mundo. Una compañía que empezó a mediados de los 50 matando 5 vacas al día en un pueblo de Brasil y ahora mata 23 mil cada jornada, solo en su planta de Colorado, en Estados Unidos T E X T O : W E N D Y S E L E N E P É R E Z / B O C A D O / E S T A D O S U N I D O S P I E D E P Á G I N A F O T O S : E S P E C I A L Y A D O B E S T O C K


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La matanza ESTADOS UNIDOS._ Comienza todo con un disparo. Una bala de aire apunta directo al cráneo de una vaca de ojos grandes que no será una sino miles: veintitrés mil por día en este matadero del poblado rural de Greeley, Colorado, una descomunal propiedad de la firma brasileña JBS, potencia mundial de la carne. En el piso de la muerte, o “kill floor” como se conoce en inglés, es una suerte si la vaca muere al instante, la pistola de perno cautivo podría dejarla solo aturdida, con vida, y con el aliento que le queda podría dar batalla a un trabajador exhausto. La tarea es peligrosa considerando que una res pesa de 250 a 800 kilos, depende del

tamaño y de la raza. Algunos obreros han quedado heridos mientras intentan inmovilizarla o han lesionado a sus compañeros con los cuchillos que utilizan a una velocidad de locura y en un espacio superpoblado. Los registros en Estados Unidos muestran casos de trabajadores que se disparan a sí mismos por accidente. Cuando termina la vida de un animal, el opresivo trabajo sigue para miles de personas, casi todas inmigrantes. Un grupo de mujeres lava los cadáveres que llegan del piso de la muerte colgados en ganchos, con la cabeza hacia abajo y la sangre chorreando, todavía caliente. Ellas trabajan en una curva que parece “un infierno”, me describió

una persona que pide no ser nombrada. El universo interno en estas empacadoras está velado y la ley federal prohíbe las fotografías, pero cuando Covid-19 se propagó y los mataderos se convirtieron en alarmantes focos de contagio, JBS dejó entrar a algunos periodistas locales y activistas. El infierno es un pozo de un metro de profundidad donde las mujeres trabajan a una temperatura que sube a 38 grados centígrados en el verano. Un lugar asfixiante y muy húmedo. Las mangueras lanzan agua caliente mientras la sangre está cayendo. Lavan una vaca tras otra, en promedio tres por minuto. Las mujeres pasan ocho horas de pie haciendo lo mismo. Apretujadas, hombro a hombro,

con los cuerpos pegados uno con el otro como las vacas que tienen enfrente. “Nunca había visto mujeres trabajando de esa manera, nunca había visto a mujeres ganarse el pan para su familia de esa manera”, me dice la persona que entró a la planta. “Es un infierno trabajar ahí, son trabajadoras a las que tienen como animales atascados”. Las obreras deben usar bata blanca -que se salpica con la sangre-, botas, guantes, casco de seguridad, protector de tela que les cubre cabeza, frente y barbilla, cubrebocas y escafandra: “Yo no podía verles la cara, pero ellas me venían a mí a través de las caretas”, narra la persona. Pude sentir su miedo, pude verles el alma”.


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En la primavera pasada llegó la pandemia y el clima se puso feroz, hubo mujeres que se desvanecieron y se desmayaron por tanta cosa encima. El sindicato al que pertenecen consiguió aires fríos para que se refrescaran. Una pelea anterior había sido tener agua limpia para que bebieran ellas y el resto de los empleados. Mujeres hay en todo el proceso: cuando la vaca es masacrada, cuando es destazada, cuando es empaquetada. JBS tiene nueve plantas en el país y el 34 por ciento de su personal es femenino. “¿Por qué son todas mujeres en la curva?”, le pregunto a Laura Padilla, una mamá de 35 años que estuvo dos años quitando el cebo de las vacas en refrigeración y

Emblema del desarrollo, la productividad y la tecnología, en estos años la industria de la carne no ha hecho más que azuzar el infierno que se libra en sus mataderos, protagonizado por animales que agonizan y personas que se rompen, mientras trabajan como engranajes de una máquina que necesita cuerpos, sangre y dolor para hacer churrascos y hamburguesas

ahora es una defensora del personal. “Porque es un trabajo un poco más fácil”, responde, “tratan de poner a las mujeres que son un poco ya mayores de edad”. -¿Qué tan mayores son esas mujeres? -Ya señoras grandes.

-¿Más de 50? -Digamos que más de 40 años. Aquí el envejecimiento es prematuro, las mujeres de 40 dejan de ser jóvenes más pronto. Laura Padilla va y viene recorriendo los pisos de la procesadora, escuchando las

quejas de la gente de la gigantesca Unión Internacional de Trabajadores de Alimentos y Comercio (UFCW, en inglés), que agremia 1.3 millones de empleados en los Estados Unidos y Canadá. En la fábrica de Greeley hay 2,300 sindicalizados de la UFCW.


19 Migrantes descartables Es invierno y nieva en Greeley, una pequeña localidad de poco más de 100 mil habitantes ubicada al noroeste de Colorado, a una hora de la ciudad de Denver por carretera libre. Los aromas a estiércol, sangre y carne son parte de una reputación maloliente que sus gobernantes han querido contrarrestar. Por eso desde 1997 instalaron una hotline para reportar pestilencias. Si los inspectores reciben una queja, verifican con sus detectores olfatómetros Nasal Ranger, que son del tamaño de un megáfono. Si algo huele mal, y si lo confirman ponen multas. El diario local de Greeley registró que después del primer año, en 1998, hubo 650 reportes de malos aromas, y en la actualidad son menos de 30 por año porque JBS instaló purificadores y filtros en su fábrica. El conglomerado del brasileño Jose Batista Sobrinho (JBS), que compró en esa zona a Swift & Co, tiene nueve plantas procesadoras de carne en varios estados del país, incluidas tres en Texas, y la de Greeley que es la más grande con más de 6,000 empleados. La instalación de JBS en Greeley es tan enorme como el aeropuerto de una metrópoli, pero en lugar de aviones hay largas formaciones de tráileres esperando a cargar la carne recién procesada. Abarca calles enteras en medio de una llanura de campos y casas bajas. La construcción es una plancha de grises y ocres bordeada con malla metálica, como las prisiones; un búnker con paredes de acero y concreto del que sobresalen las mechas humeantes de una chimenea. Cuando caen las nevadas los obreros en la matanza salen con más heridas en una jornada de trabajo. Esto es porque el ganado se ensucia más en los corrales y es la peor época del año para arrancarle el cuero a las vacas, la tarea que viene tras el piso de la muerte. “La mierda se queda pegada por el frío”, explica Laura Padilla, la trabajadora del sindicato. El cuchillo pierde filo si se atora con alguna piedra o metal en la piel de la vaca y entonces los trabajadores deben usar la fuerza de sus manos y su

Shruki

Hugo Domínguez

cuerpo para terminar la tarea. Es una operación tan acelerada y estresante que no hay tiempo para tomar otro cuchillo con más filo. Ahí vienen las lastimaduras en “las canillas, en los hombros, en sus piernas”, me dice la defensora. Si hay un trabajo rudo, duro, peligroso, sucio, extenuante y mortal, este es el de los mataderos y las empacadoras de carne. Hay de tres a cuatro veces más riesgo de morir o lesionarse, en promedio, en comparación con otros procesos de manufactura. En 2019 por día ocurrieron alrededor de 60 lesiones no graves y cada dos días una persona perdió una parte del cuerpo o fue hospitalizada, según los datos compilados por la Administración de Salud y Seguridad Ocupacional. La pandemia ha dejado más expuestos y vulnerables a los obreros en las empacadoras: desde febrero del año pasado centenares han muerto y miles han contraído Covid-19. Quienes hacen estos empleos, la carne de cañón de los corporativos, suelen ser personas refugiadas, asiladas o inmigrantes que se arriesgan “por necesidad”, me dice Padilla. Más si son indocumentados que no reclaman derechos y tienen

miedo de interponer una demanda. Si los trabajadores quedan enfermos de gravedad deben rascarse con sus propias uñas, juntar dinero con los amigos y la familia, buscar ayuda de sus iglesias o lanzar un GoFundMe en Internet porque no tienen un seguro médico. Si llegan a morir, como ha pasado durante la emergencia sanitaria, a los seres queridos les toca buscar planes baratos en funerarias para despedirse de ellos o repatriar sus cenizas al país de origen porque no tienen seguro de vida. “Son humanos sacrificables y desechables”, dice con firmeza la sindicalista Kim Córdova del otro lado de la pantalla, en videollamada al mediodía del 1 de enero mientras mi familia come un matambre recalentado de la Nochevieja que no quiero probar. La mujer de ascendencia latina representa a 30,000 trabajadores de la Unión Internacional de Trabajadores de Alimentos y Comercio en los estados de Colorado y Wyoming. La UFCW Local 7, a la que pertenece Padilla.

El frigorífico Estaba tan fatigada que no comía.

Había cortado centenares de trozos de carne para gente desconocida y todo lo que quería era dormir. Laura Padilla, entonces de 28 años, llegaba a casa donde la esperaban sus cuatro hijos, preparaba algo para la cena, luego se bañaba y se metía a la cama por el resto de la tarde y la noche. Antes de que saliera el sol, se aseaba y se vestía para estar a las 6 a.m., de vuelta en su estación de trabajo en la planta de Greeley. Trabajaba bajo una temperatura de -5 grados centígrados, al lado de otras mujeres como ella, hombres, personas de todas las edades, desde muchachas de 18 años hasta ancianos octogenarios. Ahí estaba Laura desde las 6 am, cuchillo en mano, cansancio crónico y abrigada aunque afuera sofocara el verano. Después de sacrificar a la vaca, lavarla y quitarle el cuero, empleados del área caliente en el matadero le abren la panza y dejan caer sobre unas bandas lo que no es comestible. Parten la res a la mitad y la meten a contenedores helados que por una razón inexplicable se llaman “hot boxes” (cajas calientes). Ahí la congelan durante 24 horas y la pasan al área de fabricación. Padilla entró a JBS hace seis años y la enviaron a fabricación a quitar el cebo de la vaca. Dice que la pusieron a “trinar en el área de cuchillos”. Ocho horas, de pie, con 15 minutos para descansar, después de las primeras tres horas y media hora para el almuerzo. El trabajo es una cadena en el que nadie puede parar, para ir al baño debía pedir permiso. Aprendió en un mes a trinar y, al final de ese mismo mes, le apareció una lesión en el brazo derecho, “una bola arriba del hombro”, dice. El traumatismo por repetición es una de las lesiones más frecuentes en las empacadoras de carnes. Hay que repetir el movimiento decenas de veces por minuto, centenares de veces por hora, miles de veces en un día. Es probable que más de 20 mil veces por turno. Shruki es una chica originaria de Somalia que vive en la ciudad de Amarillo, norte de Texas, donde hay una planta de Tyson y una de JBS, dos plantas que por fuera son igual que la de Greeley, desangeladas, sin ventanas, búnkers que parecen


20 cárceles. Ahí trabajó, también trinaba. -¿Cuántas veces movías la mano al día?, le pregunté. -Muchas muchas, no sé cuántas pero no podías dejar de trabajar; solo éramos otra mujer y yo deshuesando una pieza de la que ya no me acuerdo el nombre; movía la mano derecha muchas veces, todo el tiempo. Shruki se lesionó el hombro como Padilla en la fábrica de JBS en Texas unos años atrás. Hizo terapia física, no volvió a la empacadora y se fue a un Walmart a trabajar. Regresó a las empacadoras en noviembre del 2020, pero ahora trabaja en la procesadora de Tyson, desinfectando las áreas comunes y haciendo limpieza para prevenir la Covid. Es un empleo de medio tiempo. Tiene 33 años y un pequeño hijo de primaria, emigraron juntos después de haber estado con refugio en Uganda. Su padres siguen en tierra somalí y ella junta dinero para traerlos. Todavía le duelen las manos y el hombro cuando cocina para los dos. Conocí a Shruki por el Refugee Language Project, un programa que nació hace tres años para alfabetizar a muchas mujeres somalíes refugiadas que han ido llegando a la región de Amarillo. El crecimiento de la migración africana se nota en las empacadoras y algunas de ellas no saben leer ni escribir tampoco en su idioma. Shruki es de las pocas que hablaba inglés antes de llegar a Texas. En la parte de refrigeración las muñecas de las manos deben ser veloces, jalan los pedazos que cuelgan de los canales para hacer los cortes, quitan el cebo, deshuesan. Todo es rápido, rápido, rápido. Hay que meter el cuchillo a la carne que llega congelada, la presión que debe hacerse con los músculos y los brazos es tan enorme que la imagino como el intento de partir un cemento con una navaja. Que un empleado perdió el brazo izquierdo al quedar atorado en una máquina. Que otro usó cuchillo para levantar un jamón antes de deshuesarlo, el arma resbaló, lo golpeó en el ojo y lo dejó ciego. Que uno más quedó desfigurado cuando el cuchillo se deslizó un cacho de carne y le

Saúl Sánchez golpeó nariz, labio superior y barbilla. Que otro perdió una mano y el brazo con un rodillo. Los trabajadores pueden lesionarse la espalda por cargar y descargar carne de los camiones, fracturarse al caer sobre pisos resbaladizos, tener quemaduras por los solventes de limpieza o por las máquinas de envoltura. Además del síndrome del túnel carpiano y tendinitis, estas son otras de las lesiones en los registros de OSHA. La tecnología ha traído máquinas, pero en las procesadoras el cuerpo humano sigue haciendo la mayor parte del trabajo. Las manos de quienes cortan la carne son parte de una maquinaria que abastece a comunidades enteras. Y la demanda es cada vez mayor. En la década de 1910, el estadounidense promedio comía alrededor de 21.8 kilos por año, en 2016 subió a 35.9 kilos y en 2019 aumentó a 38 kilos, según datos del gobierno. Los argentinos comen más carne por persona, unos 56 kilos, sin embargo la población en aquí es siete veces más grande, hay que alimentar a 328.2 millones. Para producir tanto se requiere cada vez más gente y más esfuerzo. Solo JBS procesa 200,000 bovinos por semana en Estados Unidos, son 32 mil millones de libras de carne cada año que entregan a

mercados de Estados Unidos, México, Canadá, Europa, Medio Oriente, África y Asia. Solo por carne de res las ganancias en 2019 fueron de $22 mil millones de dólares. Mientras tanto, el salario de los trabajadores oscila entre los $14 y los $18 dólares por hora, su paga equivale al precio de 19 o 24 vacas por año. La gente aguanta porque es más que el salario mínimo, aguantan “por necesidad”, como dijo Laura Padilla. Aunque en la planta de Greeley se hablan más de 32 idiomas, el español es mayoría. Cinco de cada diez empleados son latinos de México, Guatemala, El Salvador y Honduras. Personas indocumentadas vienen de los campos de agricultura buscando trabajo seguro toda la semana, tiempo extra y seguro médico si es que son elegibles. “Muchos en la planta tienen papeles chuecos y JBS nomás checa que los entreguen, they don't care si son chuecos, si son reales”, cuenta Sonny Subia, director estatal de la organización latina LULAC en Colorado. Adentro, parece no importar a las empacadoras de carne el estatus migratorio, algunas usan agencias de subcontratación para lavarse las manos si hay una

inspección. Afuera, la migra persigue a los obreros por no tener papeles. Sonny Subia recuerda una redada en la planta de Greeley como una herida sin sanar. Una mañana fría del 12 de diciembre de 2006, cuando todavía no salía el sol, agentes federales de inmigración (ICE) entraron a la empacadora de manera sorpresiva y detuvieron a 262 trabajadores, la mitad eran mexicanos. Lo que más tiene presente son las caras de los niños llorando a la salida de la escuela porque nadie llegó por ellos. “Arrestaron a los padres y dejaron a los niños”, cuenta el activista. “Eran muchos, eran muchos los que estaban esperando. No tenían a nadie aquí. Hubo niños esperando en la escuela hasta la madrugada porque no había nadie que fuera por ellos, nadie que los cuidara. Estaban aterrados”. Sonny Subia tenía un centro cultural lo acondicionó para que algunos niños durmieran ahí, gente de la comunidad alojó a otros y los que no pudieron ayudaron a buscarles una casa temporal; el distrito escolar de Greeley ayudó a contactar a familiares para avisarles. La migra estuvo más de cuatro horas en la empacadora y sacó a los obreros en autobuses, mientras familiares y amigos lloraban y gritaban. Todos fueron llevados a la prisión federal de Denver. “¿Qué pasó con esos niños?”, preguntó a Sonny y él suspira. “La gente venía por ellos de México, tíos o tías que viven aquí venían a levantarlos” (levantarlos, spanglish de to pick up, recogerlos). Hubo niños que se quedaron solo en Greeley porque no tenían abogados. Lo más trágico de aquella mañana es que al mismo tiempo otras cinco procesadoras fueron sorprendidas por las redadas: en Nebraska, Texas, Iowa, Minnesota y Utah. Las fábricas eran propiedad de Swift & Co. En total, 1,282 empleados fueron arrestados ese día de la Virgen de Guadalupe, publicó el Greeley Tribune. Entre los migrantes detenidos hubo 18 que enfrentaron cargos por robo de identidad, usaron papeles falsos. “Fue una gran injusticia que funcionarios de Swift no fueran procesados”, dijo el entonces fiscal del distrito de Weld,


21 Ken Buck, al diario local. La planta de Greeley redujo la producción después de las detenciones porque no encontró empleados en blanco que quisieran hacer esos brutales trabajos y no hubo manera de completar los turnos laborales. Un año más tarde, JBS la compró. Hipocresía estadounidense es no tolerar la inmigración cuando son personas extranjeras quienes los alimentan. Hipocresía es también que con documentos o no, los inmigrantes pagan impuestos al Servicio de Rentas (IRS) cada año. Quien no tiene papeles lo hace por medio de un número extranjero llamado ITIN. Así, los inmigrantes ayudan a sostener la economía de dos países: el que los quiere echar y el país que los expulsó.

La jungla de los esenciales El maltrato de los jefes es la queja principal en la fábrica de JBS en Greeley, la segunda son los problemas con los pagos. Laura Padilla, la inmigrante mexicana, va llevando el registro. Hay supervisores que gritan, dicen groserías y arrean al personal como si fuera ganado. Hace poco uno de ellos, hombre, maltrató a una mujer, la insultó y la obligó a hacer un trabajo que ella no sabía hacer y la puso en riesgo. Padilla dice que la defendió. Los abogados del sindicato pusieron una demanda y el supervisor fue despedido. Para la trabajadora fue un alivio estar agremiada, pero no todo el personal está en un sindicato. “(el ex presidente Donald) Trump hizo lo imposible para que los trabajadores no formaran sindicatos”, dice Kim Córdova, la representante en Colorado de la UFCW. Dos tercios de los empacadores de carne pertenecen a sindicatos y las grandes corporaciones usan su fuerza política para presionar a las organizaciones de trabajadores, documentó Jane Mayer en The New Yorker. Escribió un reportaje sobre la empresa avícola Mountaire, una de las más grandes donantes en la campaña de Trump que busca deshacer la rama del mismo sindicato en el que trabaja Kim Córdova, pero en el estado de Delaware. La periodista cita un estudio reciente de dos economistas de

Harvard, Anna Stansbury y Lawrence H. Summers, titulado " The Declining Worker Power Hypothesis ", en el que sostienen que en las últimas cuatro décadas el factor más importante de la desigualdad de ingresos en Estados Unidos ha sido la disminución del poder de los trabajadores. Desde los años 50, el porcentaje de empleados del sector privado agremiados ha disminuido del 33% al 6%. Argumentan que esta disminución, más que cualquier otro cambio estructural en la economía, explica casi todas las ganancias para el 1por ciento más rico del país. -¿Cómo te ha cambiado este trabajo?, preguntó a la mexicana Laura Padilla sobre su labor escuchando las demandas de sus compañeros en Greeley. - Nunca lo había pensado, me dice. Ahora estoy muy gustosa de poder ayudar a la gente y defenderla, poder pelear por sus derechos. Padilla emigró junto con su mamá y su papá al estado de Colorado desde Chihuahua, en la frontera con Estados Unidos. Tenía 14 años. La trajeron porque “querían una vida mejor” para ella. En JBS gana más que en un McDonalds.

Tiene un seguro médico para sus hijos. Juntó su paga con la de su esposo y se compraron una casa, algo que muchos inmigrantes sueñan y no pueden cumplir porque fallecieron en el camino, sobre todo durante la pandemia. Seis personas han muerto y más de 400 han dado positivo al coronavirus en la planta de Greeley. Al inicio de la emergencia sanitaria los empleados pidieron a JBS que tomara medidas de prevención. “Solo nos escucharon cuando era demasiado tarde, cuando teníamos compañeros fallecidos y graves”, dice Padilla, indignada. Tyson Foods, JBS, Cargill y Smithfield Food, las grandes

cadenas de procesamiento de carne de res, cerdo y pollo, han enfrentado demandas por negligencia en tiempos de Covid-19. ¿Cuántos muertos y enfermos hay hasta ahora en procesadoras de carne? No es posible saberlo. Las compañías mantienen bajo reserva los números y el gobierno de Donald Trump quedó inmóvil para exigirles transparencia. La organización independiente The Food and Environment Reporting Network contabiliza al menos 269 muertes y 53 mil 620 casos positivos en empacadoras de carne y pollo en Estados Unidos. Los hispanos tienen cuatro veces más probabilidades de ser hospitalizados y mueren tres veces más que las personas blancas-no hispanas. En Denver, la capital de Colorado -y la ciudad más grande cerca de Greeley-, la mitad de los muertos son hispanos. Un estudio encontró que es porque viven en hogares más numerosos, están en industrias críticas y trabajan “estando enfermos”. La carne importa más que la vida de los trabajadores no solo en las empresas más grandes. En abril del año pasado, decenas de empleados de una procesadora de salchichas y pepperoni en Dallas,


22 Texas, sufrieron un contagio masivo de Covid-19. Hubo tres muertos y 52 personas se contagiaron y contagiaron a parte de sus familias. La compañía Quality Sausage nunca dio la cara ni admitió la propagación del virus, tampoco asumió la responsabilidad. La mayoría de los trabajadores son indocumentados contratados por una empresa externa y no hay sindicatos. Uno de los trabajadores muertos fue Hugo Domínguez, un hombre alto y fornido de 37 años que estaba por casarse con su novia de dos décadas, mamá de sus hijos, y soñaba con volver a su pueblito en Veracruz, era un inmigrante indocumentado. Hugo trabajaba en el montacargas por más de 12 horas al día y a veces descansaba solo los domingos. Había llegado de su pueblo mexicano muy flaquito y con el tiempo se fue poniendo obeso. Tenía diabetes y las piernas le sangraban por las várices que le surgieron operando el montacargas. Si le decían sus jefes que fuera en la madrugada, obedecía; si le decían que fuera en feriado, obedecía. Siempre dijo sí, recuerdan Blanca Parra, su prometida, y su papá, un hombre de campo que recibió sus cenizas sin volver a verlo y abrazarlo. Saúl Sánchez fue el primer trabajador de la empacadora de carne de JBS en Greeley que murió por Covid-19. Murió el 7 de abril a los 78 años. Dos semanas antes la sindicalista Kim Córdova había pedido a JBS que aislara a los trabajadores de más de 60, pero la empresa brasileña no lo hizo. Murió después Eduardo Conchas de la Cruz, de 60 años. Luego fallecieron cuatro personas más, entre las que estaba Tin Aye, una inmigrante de Birmania de 60 años. Mientras algunos habitantes en Estados Unidos pudieron hacer cuarentena y tomar precauciones, las procesadoras se convirtieron en focos de contagio masivo. Estuvieron cerradas solo del 24 al 28 de abril. El Presidente Trump firmó un decreto para reabrirlas bajo el argumento de que era necesario evitar la escasez en los supermercados. Trump calificó durante su gobierno a los inmigrantes de ladrones, traficantes, criminales,

violadores. “Los quiero fuera”, dijo en una entrevista con CNN al inicio de su administración que acaba de terminar. Y desde su postura antiinmigrante, su gobierno tuvo pocos controles de seguridad en las plantas, muchas siguen sin entregar equipos de protección. OSHA, la agencia que debe monitorear la seguridad de los trabajadores, ha sido criticada por defensores civiles por su incapacidad para emitir sanciones. “OSHA ha estado paralizada”, dice Domingo García, abogado texano y presidente nacional de LULAC, la organización hispana. OSHA impuso solo una multa de $15,000 en el caso de JBS. Kim Córdova, la cabeza del robusto sindicato UFCW Local 7 opina igual: “OSHA ha estado absolutamente ausente. Los trabajadores están sacrificados y muriendo porque no hay protección para ellos”.

García se reunió a mediados de enero del 2021 con Joe Biden y Kamala Harris para hablar sobre las inspecciones y la necesidad de mano dura con las empresas. La organización envió cartas a los gobernadores de todo el país para pedirles que los trabajadores esenciales sean los primeros en recibir la vacuna contra la Covid-19. Córdova dice que es urgente una reforma con el nuevo gobierno de Joe Biden, un cambio donde los trabajadores tengan seguros de desempleo y seguros de vida, además de la vacuna preventiva. San Twin, la hija de la inmigrante birmana fallecida en Greeley, Tin Aye, escribió una carta en el USA Today en octubre del 2020. El texto es una síntesis de la vida y la muerte en las procesadoras, de las condiciones inhumanas. “Mi madre vino a Estados Unidos persiguiendo el sueño americano. Murió de coronavirus sin haber conocido a su nuevo nieto y conectada a un ventilador. La empresa empacadora de carne JBS ayudó a llevarse lo que más

atesoraba nuestra familia: mi mamá. Y luego el gobierno tomó más: nuestra creencia de que cada vida importa, sin importar cuánto dinero ganes”. Aye huyó de las persecuciones en Birmania y trabajó durante 12 años en la JBS de Greeley. Un día en la empacadora comenzó a mostrar síntomas de covid. Cuando fue a la clínica interna de JBS, le diagnosticaron que era solo un resfriado común o una gripe leve y la enviaron de vuelta al trabajo. Pasaron las semanas y nunca mejoró. “En un momento le preguntó a su supervisor si podía tomar un descanso e ir al baño. Él le dijo que no. Y mi orgullosa, hermosa y trabajadora madre se orinó sobre sí misma. Empapada en orina, bajó la cabeza y siguió trabajando. Mientras tanto, el virus estaba causando estragos en su cuerpo”. La lideresa Kim Córdova habla con tristeza del caso de Tin Aye. Luego enlista necesidades, deudas: “Nuestros trabajadores salvan las mesas, ponen las mesas para todas


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las comunidades. Pero ellos no son tratados como esenciales. Espero que realmente haya un cambio en este país porque no podemos seguir por este camino. El Covid solo vino a exponer este tipo de trabajadores, necesitamos una reforma para ellos”. “Los trabajadores están entre la vida, la muerte o la devastación financiera. Homelessness. No hay pagos tampoco para las familias, es otro gran tema, porque están expuestos y también han muerto”. Han pasado más de 100n años desde que el escritor Upton Sinclair

publicó en el año 1906 su novela “La Jungla” y narró el trabajo esclavo de mujeres y hombres, el acoso sexual, la corrupción, el avasallamiento de los grandes corporativos, la mala calidad de la carne. Más de 100 años desde que el Presidente Theodore Roosevelt leyó el libro y se hicieron las primeras reformas en la industria alimenticia y comenzó la FDA (Food and Drug Administration). Más de cien años desde que

aparecieron sus personajes Jurgis y Ona, inmigrantes de Lituania buscando una vida mejor, como miles de mexicanos, centroamericanos, birmanos o somalíes. Ciento quince años desde entonces y diecinueve desde que Eric Schlosser publicó “Fast Food Nation” y mostró que el sacrificio de los animales y de las personas continuaba. La pandemia corrió la cortina para volver a ver a los invisibles. Lo dijo San Twin en la carta sobre su madre: “Trabajo largas y duras horas para mantener las tiendas de comestibles de Estados Unidos

bien surtidas y un suministro interminable de carne disponible para asar en verano”. Invisibles que sirven las mesas de los estadounidenses. *Este texto fue realizado por el equipo de Bocado. Lo reproducimos con su autorización.

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