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El precio de encajar

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El precio de encajar

Adriana Nicole Alva Sanchez

Sara es una adolescente de 18 años: hace un tiempo siente que su vida ya no tiene rumbo. Desde una fuerte pelea con Rosa y Valeria; sus dos mejores amigas, todo comienza a desmoronarse. Esta discusión no es solo un conflicto más, sino la gota que derramó el vaso.

Una noche Sara oye el timbre de su casa,

—¿Quién podrá ser a esta hora? —piensa mientras se limpia las lágrimas del rostro.

Abre la puerta y ve a Rosa con una expresión seria. Rápidamente su mirada se desplaza hacia Valeria quien está con los ojos rojos, llenos de lágrimas.

—Pasen... —dice Sara con voz nerviosa—. ¿Qué ocurre? ¿Todo bien?

Valeria habla, pero su voz tiembla.

—Anoche te llamé Sara, muchas veces.

—Y yo te dejé mensajes, más de quince mensajes —añade Rosa con un tono serio.

Sara se queda congelada, siente que las palabras no le salen.

—Perdónenme, no.… no lo sabía. Mi celular se quedó sin batería.

La voz de Sara se quiebra, sin embargo, sus amigas no se conmueven.

Valeria suspira, aguantando las ganas de llorar nuevamente.

—Mi mamá está internada en el hospital. Yo te necesitaba.... te necesito. Y no estuviste Sara, ya no estás para ninguna de nosotras.

—Valeria... cuánto lo siento, no tenía ni idea —dice Sara, como si su mente se hubiera paralizado, sin poder articular una palabra más hacia su mejor amiga.

Rosa da tres pasos, teniendo a Sara mucho más cerca. La mira con decepción y molestia.

—Ese es el problema Sara, nunca sabes nada no te das cuenta de tu alrededor, de lo que está pasando. No es solo lo de anoche, ya son semanas, semanas en las que te alejaste sin explicar nada, sin preocuparte. Hemos intentado acercarnos, entenderte, pero, no nos dejas.

—He estado mal —exclama Sara, con un nudo en la garganta a punto de llorar—. Pero estoy para ustedes chicas, lo intento.

—No Sara, ya no lo estás. Fingimos que todo está bien pero ya no es así —susurró Valeria.

—Duele sentir esto después de todo lo que pasamos —añade Rosa mientras limpia la lágrima que recorre su mejilla—, lo mejor es alejarnos un tiempo.

Rosa y Valeria no le dan tiempo a Sara para articular alguna palabra, sin más, se dan la vuelta y se marchan.

Sara sostiene la mirada en la puerta por donde acaban de salir sus amigas. Inmóvil, llorando, tira la pulsera que compartían, siente cómo algo dentro de ella se rompe para siempre.

Luego de aquella discusión se dirige a su habitación. Trata de calmarse, pero no puede; lo único que pasa por su mente son aquellas últimas palabras de sus mejores amigas. Por un lado, se siente culpable, pero por otro, se repite que no merece la forma en que la trataron. Sintiendo frustración, dolor, confusión, toma su casaca y sale de su casa.

Camina sin rumbo, hasta que sin darse cuenta llega a un skatepark, a lo lejos ve a un pequeño grupo de jóvenes que parecen de su edad. Ellos escuchan música mientras hablan, fuman y ríen.

—Mejor me voy de aquí —se dice a sí misma mientras limpia sus lágrimas.

Uno de ellos la ve a lo lejos, una chica de estatura baja, con cabello ondulado, ojos grandes que se notan expresivos, su cara tiene una expresión triste. Decide acercarse con su skate

—¿Todo bien? —pregunta mientras se pone al lado de Sara manejando su skate.

—Sí, ya me iba —murmura Sara tímidamente.

—Si apenas llegaste, quédate un rato nosotros no molestamos —dice acercándose cada vez más a Sara—. Por cierto, soy Daniel.

Sara mira a Daniel detenidamente. Un chico alto con cabello desordenado, cejas marcadas y mirada profunda, con aspecto relajado y despreocupado.

—Bueno está bien, pero solo los acompaño un rato —responde con un tono poco convincente.

Sara va detrás de Daniel mientras la lleva hacia el grupo. Al llegar, las miradas se dirigen a Sara. Algunas miradas de intriga, otras con un poco de indiferencia.

—Chicos ella es... —voltea su mirada hacia Sara, recordando que no le dijo su nombre.

—Ah soy Sara, qué tal.

No le toman mucho interés, excepto por uno de los chicos.

—Soy Mateo, ¿primera vez por aquí verdad? —dice con intriga por conocer más sobre ella.

Sara solo asiente, no sabe si permanecer con ellos o ya regresar a casa. Daniel nota su incomodidad.

—Tranquila, son chéveres. Mira, ella es Camila, es algo nueva en el grupo y no habla mucho. Mateo que ya se presentó y Olivia que no es muy amigable, pero de seguro te dará una buena bienvenida. ¿Verdad, Olivia? —añade con un tono firme.

Olivia rueda los ojos.

—Claro jefe. Bienvenida Sara, ¡disfruta de tus nuevos amigos! —responde con una sonrisa forzada y tono sarcástico.

Sara incomoda y con una pequeña sonrisa se sienta a un lado. No comprende del todo al grupo, pero le basta, con tal no sentirse sola. Pasaron las horas y se hizo más tarde, Sara se retiró, pero antes intercambió número con Daniel.

De vuelta a casa, Sara piensa en lo bien que se sintió tener un poco de atención después de muchas semanas.

—No estaría mal tener nuevos amigos —dice mientras se le forma una pequeña sonrisa.

Con el pasar de las semanas, Sara se reúne más con el grupo. Al principio todo parece normal, salidas, risas, momentos en los que se siente bien y se siente parte de algo nuevamente.

Después empieza a notar cosas raras. A veces escucha como el grupo discute. Otras veces parecen alterados, Olivia sacando bolsas pequeñas, que oculta cuando se acerca a Sara, pero se dio cuenta que eran drogas. A veces robaban tiendas.

No es lo que imaginaba, pero ahora le cuesta alejarse.

—No creo que sean tan malos, solo se divierten y también debería relajarme.

Una noche mientras estaban sentados en un parque, Mateo plantea una idea para Sara, y se lo susurra a Daniel.

Camila ya sabía lo que se venía, no dijo nada. Pensó que era mejor quedarse callada.

Daniel cruza los brazos y mira a Sara. Se le acerca.

—Esto solo es para saber que no te quiebras fácil, algo rápido que todos hemos hecho —dice mientras voltea a ver a los demás.

Olivia saca una navaja de su bolsillo. Sonriendo se la pasa a Daniel.

—¿Qué quieren que haga? —dice con voz temblorosa.

—Solo es un rasguño en tu brazo Sara, vamos. Todos ya lo hicimos, demuestra que tienes un lugar aquí, con nosotros. —dice Mateo con tono desafiante.

Sara duda, pero rápidamente a su cabeza le vienen las palabras de sus amigas, como la abandonaron, toda la soledad que sintió antes de conocer al grupo. Decide hacerlo.

Luego de hacerlo Sara se siente rara, como si le gustará, fue una sensación de descargo con todo el dolor mental que tenía, como si el ruido en su cabeza se apagará, el dolor físico lo reemplazó.

Daniel se da cuenta que Sara se quedó como perdida, completamente quieta.

—Oye —tocándole el hombro —bien hecho, ya sabemos que si perteneces a este grupo.

—Sí... creo que sí —responde tratando de no pensar en lo que sintió, pero feliz por pertenecer a algo.

Sara llega a su casa y se da cuenta de que esas semanas junto al grupo hicieron que se aleje de lo que le gusta, ya no lee, ya no habla con sus padres, ya no pasaba por los lugares donde podía encontrarse con sus amigas, dejó de hacer sus tareas.

—Solo es temporal, ahora si estoy viviendo mi adolescencia —se dice a sí misma tratando de justificarse.

Pasaron los días y Sara tuvo una discusión con sus padres, rápidamente a la mente se le viene la sensación de alivio que sintió cuando se cortó. Se dirige hacia al baño y saca una navaja, segundos después ve como la sangre corre por su brazo, pero siente un gran alivio, esos pensamientos ya no están en su cabeza.

—Lo hice con los chicos, ya no tiene nada de malo, además me hace sentir mejor.

Cada vez que Sara tenía algún problema recurría a las autolesiones. Se volvió un hábito para ella.

Una noche Daniel le envía un mensaje a Sara, le dijo que vaya al edificio abandonado de su ciudad. La iban a estar esperando ahí.

Sara llega al lugar y los ve.

—Chicos hola, es casi la medianoche. ¿Qué tenemos que hacer con tanto apuro?

—Bueno solo queríamos pasar el rato, y bueno... proponerte el reto final para que oficialmente seas parte de nosotros —responde Daniel.

Subieron al último piso del edificio, el lugar todo oscuro, lo único que iluminaba las paredes del edificio era la luna.

—Bien Sara —dice Olivia—. Tienes que ponerle un reto a Camila, claro, solo si quieres ser parte de nosotros.

—¿Qué clase de reto?

—Tranquila, es algo fácil —dice Daniel con voz calmada —mientras más rápido lo hagas, más rápido saldremos de aquí. Te ayudo.

Daniel dirige su mirada a una viga que conectaba ese edificio con el del frente.

—Que la cruce —dice Mateo —. Claro, al final es tu decisión Sara.

Sara voltea su mirada hacia Camila, quien temblaba, pero no era capaz de articular alguna palabra.

—Camila... cruza la viga —dice casi susurrando.

Camila intenta hablar, pero siente la mirada de Daniel, asustada da pasos hacia la viga, ya encima y adelantada, la viga empieza a temblar hasta que por el peso se termina rompiendo y Camila cae.

Sara da un grito y asustada se acerca al borde. Ve el cuerpo de Camila y sangre alrededor. En ese momento supo lo que acababa de hacer realmente.

—¿Qué hicimos? —dice Sara con voz entrecortada.

Los chicos no saben cómo reaccionar y se van corriendo del lugar. A lo lejos se oyen unas sirenas de policía. Llegan al lugar y ven a Sara llorando y temblando. Los demás ya habían sido capturados. Más tarde en la estación le explicaron que ella no iría a prisión.

—Sara, ya evaluamos todo te hicieron daño, no te diste cuenta y ahora acabaste así. Tranquila tú saldrás, pero si debes llevar terapia.

Sara solo asiente, se dio cuenta de todo su dolor, pero por primera vez después de mucho tiempo siente alivio. Sabe que lo que pasó no cambiará pero que su nuevo comienzo solo de ella dependerá.

—Nunca más dejaré que el miedo ni la soledad me dominen, este comienzo será duro, pero saldré adelante.

Tras una fuerte pelea con sus mejores amigas, Sara una adolescente de 18 años siente que perdió su único círculo de confianza. Pasa por una gran tristeza, sintiéndose sola y vacía todos los días. Un día paseando por las calles de Lima, en un skatepark, conoce a un grupo de personas, quienes no son lo que ella creía. Una noche el grupo se junta y le proponen un desafío, retar a Camila, quien entro recién al grupo. En su deseo de encajar, termina acabando con una vida inocente.

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