Francisco Iturrino (1864-1924) Hija de la naturaleza
De 14 de febrero a 16 de marzo de 2014
EXPOSICIÓN / EDICIÓN Dirección, organización, gestión y edición: MAS Producción: MAS / Fundación Santander Creativa Comisarios: Salvador Carretero Rebés e Isabel Portilla Arroyo Asistencia técnica: Elena Sánchez Cruz Restauración: Belén Lahoz Soler Administración: Mª Esther Miguel Dosal y Maximina de Abajo Reñones Texto: Salvador Carretero Rebés Fotografía: Departamento de Fotografía del MAS Diseño y cuidado de edición: MAS Impresión catálogo: Gráficas Calima S.A. Asistencia montaje: Jesús Fuentes y Miguel Fuentes Señalización: Albast S.L. Asistencia general y mantenimiento: Fernando Calderón, Zaira Cotero, Carmen del Pozo, Eloísa Diego, Manuel García, Juan Carlos González, Luis González, Rosa María González, María Dolores Lavín, Blanca Mora, Roberto Prego Depósito Legal: SA-36-2014 © de la edición: MAS © de los textos: el autor © de las fotografías: Departamento de fotografía del MAS Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio o procedimiento, sin la autorización expresa y por escrito de los titulares de los copyright MAS / MUSEO DE ARTE MODERNO Y CONTEMPORÁNEO DE SANTANDER Y CANTABRIA c/ Rubio, 6. 39001 SANTANDER (Cantabria) España Teléfono: +34 942 203 120 museo@santander.es www.facebook.com/museoMASsantander www.museosantandermas.es Horario de visitas: De martes a sábado de 10:00 a 13:30 y de 17:30 a 21:00 horas Domingos y festivos de 11:00 a 13:30
Francisco Iturrino
Hija de la naturaleza
ITURRINO O LA NATURALIDAD DE UN VANGUARDISTA EN LA SOMBRA Salvador Carretero Rebés <Extracto del texto que el autor publicó en el catálogo: S. CARRETERO REBÉS y P. JOOS: Francisco Iturrino (1864-1924); Museo Nicanor Piñole de Gijón. Gijón-Asturias, 1999. Esta exposición se realiza con motivo del 150 aniversario del nacimiento del artista>. <Iturrino> se instala establemente en París en 1895, signo inequívoco de que sabe perfectamente dónde está el centro artístico mundial. (…). Degas, Renoir y Toulouse-Lautrec constituyen fieles influencias, tanto en la iconografía, como en su sesgo simbolista, así como en las soluciones técnicas adoptadas. Lo que sí importa destacar es la pronta preocupación que tiene por desarrollar una temática que va a trabajar durante toda su vida: el mundo de la mujer, de las cocottes. Parece que Iturrino frecuenta dichos ambientes, los cafés y cabarets de Montmatre, del Moulin Rouge, del Jardin de París, del Divan Japonais (…). <En 1901 expone con Picasso en la Galería Vollard de París en 1901> (…). Ya conoce, pues, a uno de los dos grandes "monstruos" artísticos. El otro, Matisse, con quien tendrá una íntima amistad, será su fiel señuelo (?) y con él, llegará a Maillol, Derain... La sana y profunda rivalidad Picasso-Matisse sería muy positiva para Iturrino. Sus convicciones estéticas tenían, por fuerza, que reconvertirse hacia una fórmula figurativa más comprensible respecto a la que trabaja el desafiante malagueño. De ahí que la conversión matissiana (…) sea la más lógica. Llega así a las preocupaciones de la interacción del color, de base emotiva, con destino en la unidad lumínica: potencia de intensidad de sensaciones con causa en el enriquecimiento interior del espectador (…). De aquí a la alineación fauve, movimiento rabiosamente activo entre 1905 y 1909, sólo había un paso (…). Iturrino se pone del lado de Braque, Derain, Camoin, Manguin, Dufy, Friesz, Puy, Marquet, Kees van Dongen, Maurice de Vlaminnck y, especialmente, Matisse. Se deja seducir por tal revolución de forma incontestable, aflorando nuevamente su instinto bohemio. Descubre la tensión y transposición simultánea de los colores y su tridimensionalidad, animada por el arabesco, de forma directa y sencilla, dominada por la sensualidad e inocencia, con el supuesto sustrato hedonista y de decantación erótica de la famosa escritora francesa Gabrielle-Sidonie Colette (1873-1954). Es decir, descubre el fascinante mundo competitivo del color puro emanado de El principio de la armonía y el contraste de los colores y sus aplicaciones de las artes de Chevreul. Lo hace a través del liderazgo de Matisse, como si estuviese hipnotizado, utilizando la pintura como cauce de una visión totalmente positiva y
afirmativa del mundo (…). A las influencias que Iturrino parece absorber (…), convendría añadir las serenas armonías del Braque fauvista, siempre buscando la complementariedad de violetas y amarillos con una pincelada rectangular (…). En Iturrino, se aprecia este tipo de construcción, basado en una pincelada transversal, cuando trabaja ciertos paisajes urbanos (Motrico) y campestres. La interacción cromática de Matisse y Derain también aflora con constancia en obras fundamentales del santanderino (…). Iturrino, bajo idéntico concepto, introduce malvas con anaranjados, amarillos y rosas, siempre en campos orgánicos (…). Se vale de esa investigación cromática. En su caso, de acuerdo a la suavidad y dulzura de sus tonos, logra fácilmente la compatibilidad de colores. Es decir, domina los contrastes por la contención de los arbitrios cromáticos, siempre dulcificados. Consigue entonaciones sin que existan luchas inflexibles entre colores, sin que éstos se engullan, no trabajando con contrastes extremos. Se trata de una armonía estructural, de opuestos o no, donde la saturación rara vez se presenta. Es decir, en Iturrino la estructura compositiva se concentra en la suave esencialidad del color. Naturalmente, el negro rara vez aparece en sus composiciones. Es muy interesante cómo, por ejemplo, conoce sobre la personalidad de perspectiva de los colores y así los usa. Como bien se sabe, los cálidos se acercan al espectador y los fríos se alejan, aunque estén en el mismo plano. El retroceso de las gamas frías y el acercamiento de las cálidas las utiliza, por ejemplo, en el Desnudo (c. 1910-1911) del MAS. La atrevida y tumbada mujer observa al espectador con pícara mirada, mostrándole toda su desnudez sin tapujos, con las manos en la nuca como si de una moderna maja goyesca se tratase. Ella sirve de drástica diagonal compositiva, desde el ángulo superior derecho (cabeza) al ángulo inferior izquierdo (pies), constituyendo la perfecta mediana que delimita y fusiona el resto del campo cromático: un sofá -bien observado, es el mismo que trabaja en sus famosos interiores matissianos (…), los gemelos a los del francés que conserva el Ermitage de San Petesburgo, de acuerdo a su tela estampada que asoma sobre su cabeza y bajo su torso- está cubierto de floreados y coloridos mantones y telas, en donde la parte superior está dominado por sutiles verdes, azules y malvas, y la inferior por fuertes amarillos, anaranjados y carmines; el pubis lo resuelve con un arbitrario y atrevido verde, como si le quisiese otorgar algún simbolismo. Uno y otro campo poseen ciertas salpicaduras cromáticas de sus contrarios, valiéndose de otros tonos y del blanco hábilmente presentes en el soporte, como nexos de interacción (…). No obstante, y a diferencia de otros compañeros fauvistas, el uso de colores que tienden a la suavidad, impiden que dicha ilusión sea más drástica, ya que el cántabro evita normalmente una saturación de la escala cromática, llegando a un excelente reposo visual. Como se aprecia, el fondo de la obra adquiere el mismo valor que el resto de la composición. Esta característica es otra de las constantes en los trabajos de Iturrino, algo esencialmente matissiano: “Para mí, el asunto de un cuadro y
el fondo de ese cuadro tienen el mismo valor (...): ningún punto es más importante que otro...” (Matisse). Como anotamos hace tiempo, esta obra maestra queda asimismo emparentada con otras afamadas pinturas, tal como sucede, por ejemplo y de forma especial, con Anita (c. 1908) de Kees van Dongen; o con las de Jean Puy tituladas Desnudo acostado (1906) o La femme au fauteuil (c. 1924); con posteriores odaliscas de Matisse, entre otras muchas (…). Conviene anotar que el genial desnudo de la pinacoteca santanderina nos lleva a la "odalisca del vientre amarillo", es decir a la emblemática Olympia (1863) de Manet. Quizá constituya un nuevo homenaje dedicado al francés. Si fuera así, Iturrino podría estar elevando a la alegre mujer pintada al status de dama cortesana manetiana. Es decir, no llega a la salvaje o violenta transgresión arbitraria. Se queda más en el concepto decorativista matissiano de la arbitrariedad cromática, incluso en lo que afecta a las soluciones de construcción compositiva que apoya conjugándolos con otros artilugios (…). El sentido lésbico de Iturrino aparece triunfal y rotundo en varias de sus composiciones, cuya herencia clásica es evidente, pero con un tratamiento moderno. Ya Matisse lo plasma en la obra puntillista Luxe, calme et volupté (1904-1905) del Centro Pompidou de París, en Le Bonheur de vivre (1906) de la Fundación Barnes, lienzo abierta y despiadadamente criticado por Signac. Derain también posee distintas versiones –las de c. 1908 ya tienen un tipo de facetación de gusto cubista, seguramente influido por Picasso–, así como Maurice de Vlaminck, entre otros (…). A Iturrino, incluso, le vino bien el gusto neoclásico de Picasso, emanado de su visita a Italia (…). Los dos maestros vuelven a reciclar propuestas, donde el mundo norteafricano aflora con cierta persistencia. La competitividad entre Picasso y Matisse, manifestada en sus nuevas creaciones de odaliscas, vuelven a ser punto clave en el mundo plástico de Iturrino. Si Picasso se vale del tema de forma burlesca, el francés toma tal fórmula con sentido orientalizado y sensual, que es precisamente lo que Iturrino traslada al soporte. Tanto es así, que el exotismo africano tan querido por otros, no es precisamente el que caracteriza a las españolizadas perlas negras –gitanas– del santanderino. Sí son índice nuevamente de actualidad -quizás emanadas del impacto gauguinesco, pero huyendo de su planimetría-, dentro de una pervivencia aún fauve, de intensidad contenida, de contrastes retardados. También es posible que estas perlas negras de Iturrino tengan que ver con la criada negra que Manet pinta en la famosa y entonces escandalosa Olympia (1863) (…). Su catálogo está salpicado de iconografía ibérica: "Il est alors barbare, presque hostile, exprimant sur de séches toiles d`hargneaux aspects humains et d`incultes sites. Avec une melancolie forte, il a répresenté les légendaires gitanes et les mendicants d`Espagne" (Coquiot). <En este sentido, y siguiendo el hilo de su gusto por la condición femenina
y, en este caso, por lo español, pinta su Tablao flamenco (c. 1910-1911) del MAS, escena de interior protagonizada por tres figuras femeninas bailando que poseen un claro sentido escultórico maillolesco, en escena dotada de gran movimiento circular; los vestidos van más allá de la mera insinuación del desnudo y la figura de la derecha, que hace de hombre, es una mujer; la escena vuelve a estar recortada por los cuatro costados de forma muy barroca; el enlosado y otros elementos se echan hacia el espectador, como clara reminiscencia de duda o influencia cubista; y la luz, a pesar de ser un interior, vuelve a adquirir su poderío, si bien no tanto como en el Desnudo> (…). Lo que sí es evidente es que la mujer, todo lo femenino, constituye el motor de su creatividad, el verdadero epicentro de su desarrollo artístico. Incluso cuando ella no protagoniza las composiciones -en sus paisajes o naturalezas muertas-, siempre subyace un sentido femenino, la condición femenina. Parece que está homenajeando perpetuamente a la mujer. Cuando trata temas un tanto delicados, como son los de orden lésbico, lo hace con extrema delicadeza y ternura, con la suavidad propia de la inteligencia emocional, sin caer en la chabacanería. Ejemplos máximos son sus Andaluzas (El jardín de Lesbos) (c. 19010-1911) del Museo de Santander, Las dos amigas (c. 1916-1918) perteneciente a una colección particular madrileña, Mujeres en gris (c. 1915-1918) del Museo de Bilbao, Muchachas con flores (c. 1916-1917) del Reina Sofía de Madrid o Desnudos (c. 1910-1911) (…). Al igual que en varios de sus desnudos individuales, conviene asimismo señalar cómo en muchas de estas obras es patente el carácter orientalista de los rostros de sus protagonistas, nuevo elemento de evidente signo de modernidad y vanguardia (…). Su vida está jalonada de constantes idas y venidas, de viajes por muchos puntos de España y norteafricanos , para retornar siempre a París (…). Pero esta estancia en la Ciudad de la Luz, tras su viaje a Sevilla y Marruecos entre 1910 y 1911, queda sesgada por el estallido de la Primera Guerra Mundial (…). Expone en Bilbao, en las Galerías Layetanas de Barcelona por tres veces (…) y en Madrid, en donde vive entre 1918 y 1919 (…). Allí frecuenta la tertulia del Café Pombo; Gómez de la Serna le recuerda ya maltrecho, en su estudio (…). Después de recibir la ayuda personal de Matisse, fallece en Cagnes-sur-Mer (Francia) en 1924, víctima de una larga y dolorosa enfermedad. Es el fin de un enorme artista totalmente comprometido con su tiempo, que inteligentemente se percató dónde estaba la vanguardia y que valientemente apostó por ella, creador de perpetuos jardines, porque todo en él son jardines, sin ruidos ni estridencias; un enamorado de la armonía del sentimiento, del color y la mujer, plenamente identificado con el sentir de su amigo francés: "Mi sueño es el de un arte de equilibrio, de pureza y serenidad, exento de contenido inquietante y deprimente; un arte para cualquier trabajador mental, tanto para el hombre de negocios como para el de letras, por ejemplo; una influencia dulce y tranquilizadora sobre la mente...” (Matisse).
ITURRINO O LA NATURALIDAD DE UN VANGUARDISTA EN LA SOMBRA Salvador Carretero Rebés <Extracto del texto que el autor publicó en el catálogo: S. CARRETERO REBÉS y P. JOOS: Francisco Iturrino (1864-1924); Museo Nicanor Piñole de Gijón. Gijón-Asturias, 1999. Esta exposición se realiza con motivo del 150 aniversario del nacimiento del artista>. <Iturrino> se instala establemente en París en 1895, signo inequívoco de que sabe perfectamente dónde está el centro artístico mundial. (…). Degas, Renoir y Toulouse-Lautrec constituyen fieles influencias, tanto en la iconografía, como en su sesgo simbolista, así como en las soluciones técnicas adoptadas. Lo que sí importa destacar es la pronta preocupación que tiene por desarrollar una temática que va a trabajar durante toda su vida: el mundo de la mujer, de las cocottes. Parece que Iturrino frecuenta dichos ambientes, los cafés y cabarets de Montmatre, del Moulin Rouge, del Jardin de París, del Divan Japonais (…). <En 1901 expone con Picasso en la Galería Vollard de París en 1901> (…). Ya conoce, pues, a uno de los dos grandes "monstruos" artísticos. El otro, Matisse, con quien tendrá una íntima amistad, será su fiel señuelo (?) y con él, llegará a Maillol, Derain... La sana y profunda rivalidad Picasso-Matisse sería muy positiva para Iturrino. Sus convicciones estéticas tenían, por fuerza, que reconvertirse hacia una fórmula figurativa más comprensible respecto a la que trabaja el desafiante malagueño. De ahí que la conversión matissiana (…) sea la más lógica. Llega así a las preocupaciones de la interacción del color, de base emotiva, con destino en la unidad lumínica: potencia de intensidad de sensaciones con causa en el enriquecimiento interior del espectador (…). De aquí a la alineación fauve, movimiento rabiosamente activo entre 1905 y 1909, sólo había un paso (…). Iturrino se pone del lado de Braque, Derain, Camoin, Manguin, Dufy, Friesz, Puy, Marquet, Kees van Dongen, Maurice de Vlaminnck y, especialmente, Matisse. Se deja seducir por tal revolución de forma incontestable, aflorando nuevamente su instinto bohemio. Descubre la tensión y transposición simultánea de los colores y su tridimensionalidad, animada por el arabesco, de forma directa y sencilla, dominada por la sensualidad e inocencia, con el supuesto sustrato hedonista y de decantación erótica de la famosa escritora francesa Gabrielle-Sidonie Colette (1873-1954). Es decir, descubre el fascinante mundo competitivo del color puro emanado de El principio de la armonía y el contraste de los colores y sus aplicaciones de las artes de Chevreul. Lo hace a través del liderazgo de Matisse, como si estuviese hipnotizado, utilizando la pintura como cauce de una visión totalmente positiva y
afirmativa del mundo (…). A las influencias que Iturrino parece absorber (…), convendría añadir las serenas armonías del Braque fauvista, siempre buscando la complementariedad de violetas y amarillos con una pincelada rectangular (…). En Iturrino, se aprecia este tipo de construcción, basado en una pincelada transversal, cuando trabaja ciertos paisajes urbanos (Motrico) y campestres. La interacción cromática de Matisse y Derain también aflora con constancia en obras fundamentales del santanderino (…). Iturrino, bajo idéntico concepto, introduce malvas con anaranjados, amarillos y rosas, siempre en campos orgánicos (…). Se vale de esa investigación cromática. En su caso, de acuerdo a la suavidad y dulzura de sus tonos, logra fácilmente la compatibilidad de colores. Es decir, domina los contrastes por la contención de los arbitrios cromáticos, siempre dulcificados. Consigue entonaciones sin que existan luchas inflexibles entre colores, sin que éstos se engullan, no trabajando con contrastes extremos. Se trata de una armonía estructural, de opuestos o no, donde la saturación rara vez se presenta. Es decir, en Iturrino la estructura compositiva se concentra en la suave esencialidad del color. Naturalmente, el negro rara vez aparece en sus composiciones. Es muy interesante cómo, por ejemplo, conoce sobre la personalidad de perspectiva de los colores y así los usa. Como bien se sabe, los cálidos se acercan al espectador y los fríos se alejan, aunque estén en el mismo plano. El retroceso de las gamas frías y el acercamiento de las cálidas las utiliza, por ejemplo, en el Desnudo (c. 1910-1911) del MAS. La atrevida y tumbada mujer observa al espectador con pícara mirada, mostrándole toda su desnudez sin tapujos, con las manos en la nuca como si de una moderna maja goyesca se tratase. Ella sirve de drástica diagonal compositiva, desde el ángulo superior derecho (cabeza) al ángulo inferior izquierdo (pies), constituyendo la perfecta mediana que delimita y fusiona el resto del campo cromático: un sofá -bien observado, es el mismo que trabaja en sus famosos interiores matissianos (…), los gemelos a los del francés que conserva el Ermitage de San Petesburgo, de acuerdo a su tela estampada que asoma sobre su cabeza y bajo su torso- está cubierto de floreados y coloridos mantones y telas, en donde la parte superior está dominado por sutiles verdes, azules y malvas, y la inferior por fuertes amarillos, anaranjados y carmines; el pubis lo resuelve con un arbitrario y atrevido verde, como si le quisiese otorgar algún simbolismo. Uno y otro campo poseen ciertas salpicaduras cromáticas de sus contrarios, valiéndose de otros tonos y del blanco hábilmente presentes en el soporte, como nexos de interacción (…). No obstante, y a diferencia de otros compañeros fauvistas, el uso de colores que tienden a la suavidad, impiden que dicha ilusión sea más drástica, ya que el cántabro evita normalmente una saturación de la escala cromática, llegando a un excelente reposo visual. Como se aprecia, el fondo de la obra adquiere el mismo valor que el resto de la composición. Esta característica es otra de las constantes en los trabajos de Iturrino, algo esencialmente matissiano: “Para mí, el asunto de un cuadro y
el fondo de ese cuadro tienen el mismo valor (...): ningún punto es más importante que otro...” (Matisse). Como anotamos hace tiempo, esta obra maestra queda asimismo emparentada con otras afamadas pinturas, tal como sucede, por ejemplo y de forma especial, con Anita (c. 1908) de Kees van Dongen; o con las de Jean Puy tituladas Desnudo acostado (1906) o La femme au fauteuil (c. 1924); con posteriores odaliscas de Matisse, entre otras muchas (…). Conviene anotar que el genial desnudo de la pinacoteca santanderina nos lleva a la "odalisca del vientre amarillo", es decir a la emblemática Olympia (1863) de Manet. Quizá constituya un nuevo homenaje dedicado al francés. Si fuera así, Iturrino podría estar elevando a la alegre mujer pintada al status de dama cortesana manetiana. Es decir, no llega a la salvaje o violenta transgresión arbitraria. Se queda más en el concepto decorativista matissiano de la arbitrariedad cromática, incluso en lo que afecta a las soluciones de construcción compositiva que apoya conjugándolos con otros artilugios (…). El sentido lésbico de Iturrino aparece triunfal y rotundo en varias de sus composiciones, cuya herencia clásica es evidente, pero con un tratamiento moderno. Ya Matisse lo plasma en la obra puntillista Luxe, calme et volupté (1904-1905) del Centro Pompidou de París, en Le Bonheur de vivre (1906) de la Fundación Barnes, lienzo abierta y despiadadamente criticado por Signac. Derain también posee distintas versiones –las de c. 1908 ya tienen un tipo de facetación de gusto cubista, seguramente influido por Picasso–, así como Maurice de Vlaminck, entre otros (…). A Iturrino, incluso, le vino bien el gusto neoclásico de Picasso, emanado de su visita a Italia (…). Los dos maestros vuelven a reciclar propuestas, donde el mundo norteafricano aflora con cierta persistencia. La competitividad entre Picasso y Matisse, manifestada en sus nuevas creaciones de odaliscas, vuelven a ser punto clave en el mundo plástico de Iturrino. Si Picasso se vale del tema de forma burlesca, el francés toma tal fórmula con sentido orientalizado y sensual, que es precisamente lo que Iturrino traslada al soporte. Tanto es así, que el exotismo africano tan querido por otros, no es precisamente el que caracteriza a las españolizadas perlas negras –gitanas– del santanderino. Sí son índice nuevamente de actualidad -quizás emanadas del impacto gauguinesco, pero huyendo de su planimetría-, dentro de una pervivencia aún fauve, de intensidad contenida, de contrastes retardados. También es posible que estas perlas negras de Iturrino tengan que ver con la criada negra que Manet pinta en la famosa y entonces escandalosa Olympia (1863) (…). Su catálogo está salpicado de iconografía ibérica: "Il est alors barbare, presque hostile, exprimant sur de séches toiles d`hargneaux aspects humains et d`incultes sites. Avec une melancolie forte, il a répresenté les légendaires gitanes et les mendicants d`Espagne" (Coquiot). <En este sentido, y siguiendo el hilo de su gusto por la condición femenina
y, en este caso, por lo español, pinta su Tablao flamenco (c. 1910-1911) del MAS, escena de interior protagonizada por tres figuras femeninas bailando que poseen un claro sentido escultórico maillolesco, en escena dotada de gran movimiento circular; los vestidos van más allá de la mera insinuación del desnudo y la figura de la derecha, que hace de hombre, es una mujer; la escena vuelve a estar recortada por los cuatro costados de forma muy barroca; el enlosado y otros elementos se echan hacia el espectador, como clara reminiscencia de duda o influencia cubista; y la luz, a pesar de ser un interior, vuelve a adquirir su poderío, si bien no tanto como en el Desnudo> (…). Lo que sí es evidente es que la mujer, todo lo femenino, constituye el motor de su creatividad, el verdadero epicentro de su desarrollo artístico. Incluso cuando ella no protagoniza las composiciones -en sus paisajes o naturalezas muertas-, siempre subyace un sentido femenino, la condición femenina. Parece que está homenajeando perpetuamente a la mujer. Cuando trata temas un tanto delicados, como son los de orden lésbico, lo hace con extrema delicadeza y ternura, con la suavidad propia de la inteligencia emocional, sin caer en la chabacanería. Ejemplos máximos son sus Andaluzas (El jardín de Lesbos) (c. 19010-1911) del Museo de Santander, Las dos amigas (c. 1916-1918) perteneciente a una colección particular madrileña, Mujeres en gris (c. 1915-1918) del Museo de Bilbao, Muchachas con flores (c. 1916-1917) del Reina Sofía de Madrid o Desnudos (c. 1910-1911) (…). Al igual que en varios de sus desnudos individuales, conviene asimismo señalar cómo en muchas de estas obras es patente el carácter orientalista de los rostros de sus protagonistas, nuevo elemento de evidente signo de modernidad y vanguardia (…). Su vida está jalonada de constantes idas y venidas, de viajes por muchos puntos de España y norteafricanos , para retornar siempre a París (…). Pero esta estancia en la Ciudad de la Luz, tras su viaje a Sevilla y Marruecos entre 1910 y 1911, queda sesgada por el estallido de la Primera Guerra Mundial (…). Expone en Bilbao, en las Galerías Layetanas de Barcelona por tres veces (…) y en Madrid, en donde vive entre 1918 y 1919 (…). Allí frecuenta la tertulia del Café Pombo; Gómez de la Serna le recuerda ya maltrecho, en su estudio (…). Después de recibir la ayuda personal de Matisse, fallece en Cagnes-sur-Mer (Francia) en 1924, víctima de una larga y dolorosa enfermedad. Es el fin de un enorme artista totalmente comprometido con su tiempo, que inteligentemente se percató dónde estaba la vanguardia y que valientemente apostó por ella, creador de perpetuos jardines, porque todo en él son jardines, sin ruidos ni estridencias; un enamorado de la armonía del sentimiento, del color y la mujer, plenamente identificado con el sentir de su amigo francés: "Mi sueño es el de un arte de equilibrio, de pureza y serenidad, exento de contenido inquietante y deprimente; un arte para cualquier trabajador mental, tanto para el hombre de negocios como para el de letras, por ejemplo; una influencia dulce y tranquilizadora sobre la mente...” (Matisse).
ITURRINO O LA NATURALIDAD DE UN VANGUARDISTA EN LA SOMBRA Salvador Carretero Rebés <Extracto del texto que el autor publicó en el catálogo: S. CARRETERO REBÉS y P. JOOS: Francisco Iturrino (1864-1924); Museo Nicanor Piñole de Gijón. Gijón-Asturias, 1999. Esta exposición se realiza con motivo del 150 aniversario del nacimiento del artista>. <Iturrino> se instala establemente en París en 1895, signo inequívoco de que sabe perfectamente dónde está el centro artístico mundial. (…). Degas, Renoir y Toulouse-Lautrec constituyen fieles influencias, tanto en la iconografía, como en su sesgo simbolista, así como en las soluciones técnicas adoptadas. Lo que sí importa destacar es la pronta preocupación que tiene por desarrollar una temática que va a trabajar durante toda su vida: el mundo de la mujer, de las cocottes. Parece que Iturrino frecuenta dichos ambientes, los cafés y cabarets de Montmatre, del Moulin Rouge, del Jardin de París, del Divan Japonais (…). <En 1901 expone con Picasso en la Galería Vollard de París en 1901> (…). Ya conoce, pues, a uno de los dos grandes "monstruos" artísticos. El otro, Matisse, con quien tendrá una íntima amistad, será su fiel señuelo (?) y con él, llegará a Maillol, Derain... La sana y profunda rivalidad Picasso-Matisse sería muy positiva para Iturrino. Sus convicciones estéticas tenían, por fuerza, que reconvertirse hacia una fórmula figurativa más comprensible respecto a la que trabaja el desafiante malagueño. De ahí que la conversión matissiana (…) sea la más lógica. Llega así a las preocupaciones de la interacción del color, de base emotiva, con destino en la unidad lumínica: potencia de intensidad de sensaciones con causa en el enriquecimiento interior del espectador (…). De aquí a la alineación fauve, movimiento rabiosamente activo entre 1905 y 1909, sólo había un paso (…). Iturrino se pone del lado de Braque, Derain, Camoin, Manguin, Dufy, Friesz, Puy, Marquet, Kees van Dongen, Maurice de Vlaminnck y, especialmente, Matisse. Se deja seducir por tal revolución de forma incontestable, aflorando nuevamente su instinto bohemio. Descubre la tensión y transposición simultánea de los colores y su tridimensionalidad, animada por el arabesco, de forma directa y sencilla, dominada por la sensualidad e inocencia, con el supuesto sustrato hedonista y de decantación erótica de la famosa escritora francesa Gabrielle-Sidonie Colette (1873-1954). Es decir, descubre el fascinante mundo competitivo del color puro emanado de El principio de la armonía y el contraste de los colores y sus aplicaciones de las artes de Chevreul. Lo hace a través del liderazgo de Matisse, como si estuviese hipnotizado, utilizando la pintura como cauce de una visión totalmente positiva y
afirmativa del mundo (…). A las influencias que Iturrino parece absorber (…), convendría añadir las serenas armonías del Braque fauvista, siempre buscando la complementariedad de violetas y amarillos con una pincelada rectangular (…). En Iturrino, se aprecia este tipo de construcción, basado en una pincelada transversal, cuando trabaja ciertos paisajes urbanos (Motrico) y campestres. La interacción cromática de Matisse y Derain también aflora con constancia en obras fundamentales del santanderino (…). Iturrino, bajo idéntico concepto, introduce malvas con anaranjados, amarillos y rosas, siempre en campos orgánicos (…). Se vale de esa investigación cromática. En su caso, de acuerdo a la suavidad y dulzura de sus tonos, logra fácilmente la compatibilidad de colores. Es decir, domina los contrastes por la contención de los arbitrios cromáticos, siempre dulcificados. Consigue entonaciones sin que existan luchas inflexibles entre colores, sin que éstos se engullan, no trabajando con contrastes extremos. Se trata de una armonía estructural, de opuestos o no, donde la saturación rara vez se presenta. Es decir, en Iturrino la estructura compositiva se concentra en la suave esencialidad del color. Naturalmente, el negro rara vez aparece en sus composiciones. Es muy interesante cómo, por ejemplo, conoce sobre la personalidad de perspectiva de los colores y así los usa. Como bien se sabe, los cálidos se acercan al espectador y los fríos se alejan, aunque estén en el mismo plano. El retroceso de las gamas frías y el acercamiento de las cálidas las utiliza, por ejemplo, en el Desnudo (c. 1910-1911) del MAS. La atrevida y tumbada mujer observa al espectador con pícara mirada, mostrándole toda su desnudez sin tapujos, con las manos en la nuca como si de una moderna maja goyesca se tratase. Ella sirve de drástica diagonal compositiva, desde el ángulo superior derecho (cabeza) al ángulo inferior izquierdo (pies), constituyendo la perfecta mediana que delimita y fusiona el resto del campo cromático: un sofá -bien observado, es el mismo que trabaja en sus famosos interiores matissianos (…), los gemelos a los del francés que conserva el Ermitage de San Petesburgo, de acuerdo a su tela estampada que asoma sobre su cabeza y bajo su torso- está cubierto de floreados y coloridos mantones y telas, en donde la parte superior está dominado por sutiles verdes, azules y malvas, y la inferior por fuertes amarillos, anaranjados y carmines; el pubis lo resuelve con un arbitrario y atrevido verde, como si le quisiese otorgar algún simbolismo. Uno y otro campo poseen ciertas salpicaduras cromáticas de sus contrarios, valiéndose de otros tonos y del blanco hábilmente presentes en el soporte, como nexos de interacción (…). No obstante, y a diferencia de otros compañeros fauvistas, el uso de colores que tienden a la suavidad, impiden que dicha ilusión sea más drástica, ya que el cántabro evita normalmente una saturación de la escala cromática, llegando a un excelente reposo visual. Como se aprecia, el fondo de la obra adquiere el mismo valor que el resto de la composición. Esta característica es otra de las constantes en los trabajos de Iturrino, algo esencialmente matissiano: “Para mí, el asunto de un cuadro y
el fondo de ese cuadro tienen el mismo valor (...): ningún punto es más importante que otro...” (Matisse). Como anotamos hace tiempo, esta obra maestra queda asimismo emparentada con otras afamadas pinturas, tal como sucede, por ejemplo y de forma especial, con Anita (c. 1908) de Kees van Dongen; o con las de Jean Puy tituladas Desnudo acostado (1906) o La femme au fauteuil (c. 1924); con posteriores odaliscas de Matisse, entre otras muchas (…). Conviene anotar que el genial desnudo de la pinacoteca santanderina nos lleva a la "odalisca del vientre amarillo", es decir a la emblemática Olympia (1863) de Manet. Quizá constituya un nuevo homenaje dedicado al francés. Si fuera así, Iturrino podría estar elevando a la alegre mujer pintada al status de dama cortesana manetiana. Es decir, no llega a la salvaje o violenta transgresión arbitraria. Se queda más en el concepto decorativista matissiano de la arbitrariedad cromática, incluso en lo que afecta a las soluciones de construcción compositiva que apoya conjugándolos con otros artilugios (…). El sentido lésbico de Iturrino aparece triunfal y rotundo en varias de sus composiciones, cuya herencia clásica es evidente, pero con un tratamiento moderno. Ya Matisse lo plasma en la obra puntillista Luxe, calme et volupté (1904-1905) del Centro Pompidou de París, en Le Bonheur de vivre (1906) de la Fundación Barnes, lienzo abierta y despiadadamente criticado por Signac. Derain también posee distintas versiones –las de c. 1908 ya tienen un tipo de facetación de gusto cubista, seguramente influido por Picasso–, así como Maurice de Vlaminck, entre otros (…). A Iturrino, incluso, le vino bien el gusto neoclásico de Picasso, emanado de su visita a Italia (…). Los dos maestros vuelven a reciclar propuestas, donde el mundo norteafricano aflora con cierta persistencia. La competitividad entre Picasso y Matisse, manifestada en sus nuevas creaciones de odaliscas, vuelven a ser punto clave en el mundo plástico de Iturrino. Si Picasso se vale del tema de forma burlesca, el francés toma tal fórmula con sentido orientalizado y sensual, que es precisamente lo que Iturrino traslada al soporte. Tanto es así, que el exotismo africano tan querido por otros, no es precisamente el que caracteriza a las españolizadas perlas negras –gitanas– del santanderino. Sí son índice nuevamente de actualidad -quizás emanadas del impacto gauguinesco, pero huyendo de su planimetría-, dentro de una pervivencia aún fauve, de intensidad contenida, de contrastes retardados. También es posible que estas perlas negras de Iturrino tengan que ver con la criada negra que Manet pinta en la famosa y entonces escandalosa Olympia (1863) (…). Su catálogo está salpicado de iconografía ibérica: "Il est alors barbare, presque hostile, exprimant sur de séches toiles d`hargneaux aspects humains et d`incultes sites. Avec une melancolie forte, il a répresenté les légendaires gitanes et les mendicants d`Espagne" (Coquiot). <En este sentido, y siguiendo el hilo de su gusto por la condición femenina
y, en este caso, por lo español, pinta su Tablao flamenco (c. 1910-1911) del MAS, escena de interior protagonizada por tres figuras femeninas bailando que poseen un claro sentido escultórico maillolesco, en escena dotada de gran movimiento circular; los vestidos van más allá de la mera insinuación del desnudo y la figura de la derecha, que hace de hombre, es una mujer; la escena vuelve a estar recortada por los cuatro costados de forma muy barroca; el enlosado y otros elementos se echan hacia el espectador, como clara reminiscencia de duda o influencia cubista; y la luz, a pesar de ser un interior, vuelve a adquirir su poderío, si bien no tanto como en el Desnudo> (…). Lo que sí es evidente es que la mujer, todo lo femenino, constituye el motor de su creatividad, el verdadero epicentro de su desarrollo artístico. Incluso cuando ella no protagoniza las composiciones -en sus paisajes o naturalezas muertas-, siempre subyace un sentido femenino, la condición femenina. Parece que está homenajeando perpetuamente a la mujer. Cuando trata temas un tanto delicados, como son los de orden lésbico, lo hace con extrema delicadeza y ternura, con la suavidad propia de la inteligencia emocional, sin caer en la chabacanería. Ejemplos máximos son sus Andaluzas (El jardín de Lesbos) (c. 19010-1911) del Museo de Santander, Las dos amigas (c. 1916-1918) perteneciente a una colección particular madrileña, Mujeres en gris (c. 1915-1918) del Museo de Bilbao, Muchachas con flores (c. 1916-1917) del Reina Sofía de Madrid o Desnudos (c. 1910-1911) (…). Al igual que en varios de sus desnudos individuales, conviene asimismo señalar cómo en muchas de estas obras es patente el carácter orientalista de los rostros de sus protagonistas, nuevo elemento de evidente signo de modernidad y vanguardia (…). Su vida está jalonada de constantes idas y venidas, de viajes por muchos puntos de España y norteafricanos , para retornar siempre a París (…). Pero esta estancia en la Ciudad de la Luz, tras su viaje a Sevilla y Marruecos entre 1910 y 1911, queda sesgada por el estallido de la Primera Guerra Mundial (…). Expone en Bilbao, en las Galerías Layetanas de Barcelona por tres veces (…) y en Madrid, en donde vive entre 1918 y 1919 (…). Allí frecuenta la tertulia del Café Pombo; Gómez de la Serna le recuerda ya maltrecho, en su estudio (…). Después de recibir la ayuda personal de Matisse, fallece en Cagnes-sur-Mer (Francia) en 1924, víctima de una larga y dolorosa enfermedad. Es el fin de un enorme artista totalmente comprometido con su tiempo, que inteligentemente se percató dónde estaba la vanguardia y que valientemente apostó por ella, creador de perpetuos jardines, porque todo en él son jardines, sin ruidos ni estridencias; un enamorado de la armonía del sentimiento, del color y la mujer, plenamente identificado con el sentir de su amigo francés: "Mi sueño es el de un arte de equilibrio, de pureza y serenidad, exento de contenido inquietante y deprimente; un arte para cualquier trabajador mental, tanto para el hombre de negocios como para el de letras, por ejemplo; una influencia dulce y tranquilizadora sobre la mente...” (Matisse).
ITURRINO O LA NATURALIDAD DE UN VANGUARDISTA EN LA SOMBRA Salvador Carretero Rebés <Extracto del texto que el autor publicó en el catálogo: S. CARRETERO REBÉS y P. JOOS: Francisco Iturrino (1864-1924); Museo Nicanor Piñole de Gijón. Gijón-Asturias, 1999. Esta exposición se realiza con motivo del 150 aniversario del nacimiento del artista>. <Iturrino> se instala establemente en París en 1895, signo inequívoco de que sabe perfectamente dónde está el centro artístico mundial. (…). Degas, Renoir y Toulouse-Lautrec constituyen fieles influencias, tanto en la iconografía, como en su sesgo simbolista, así como en las soluciones técnicas adoptadas. Lo que sí importa destacar es la pronta preocupación que tiene por desarrollar una temática que va a trabajar durante toda su vida: el mundo de la mujer, de las cocottes. Parece que Iturrino frecuenta dichos ambientes, los cafés y cabarets de Montmatre, del Moulin Rouge, del Jardin de París, del Divan Japonais (…). <En 1901 expone con Picasso en la Galería Vollard de París en 1901> (…). Ya conoce, pues, a uno de los dos grandes "monstruos" artísticos. El otro, Matisse, con quien tendrá una íntima amistad, será su fiel señuelo (?) y con él, llegará a Maillol, Derain... La sana y profunda rivalidad Picasso-Matisse sería muy positiva para Iturrino. Sus convicciones estéticas tenían, por fuerza, que reconvertirse hacia una fórmula figurativa más comprensible respecto a la que trabaja el desafiante malagueño. De ahí que la conversión matissiana (…) sea la más lógica. Llega así a las preocupaciones de la interacción del color, de base emotiva, con destino en la unidad lumínica: potencia de intensidad de sensaciones con causa en el enriquecimiento interior del espectador (…). De aquí a la alineación fauve, movimiento rabiosamente activo entre 1905 y 1909, sólo había un paso (…). Iturrino se pone del lado de Braque, Derain, Camoin, Manguin, Dufy, Friesz, Puy, Marquet, Kees van Dongen, Maurice de Vlaminnck y, especialmente, Matisse. Se deja seducir por tal revolución de forma incontestable, aflorando nuevamente su instinto bohemio. Descubre la tensión y transposición simultánea de los colores y su tridimensionalidad, animada por el arabesco, de forma directa y sencilla, dominada por la sensualidad e inocencia, con el supuesto sustrato hedonista y de decantación erótica de la famosa escritora francesa Gabrielle-Sidonie Colette (1873-1954). Es decir, descubre el fascinante mundo competitivo del color puro emanado de El principio de la armonía y el contraste de los colores y sus aplicaciones de las artes de Chevreul. Lo hace a través del liderazgo de Matisse, como si estuviese hipnotizado, utilizando la pintura como cauce de una visión totalmente positiva y
afirmativa del mundo (…). A las influencias que Iturrino parece absorber (…), convendría añadir las serenas armonías del Braque fauvista, siempre buscando la complementariedad de violetas y amarillos con una pincelada rectangular (…). En Iturrino, se aprecia este tipo de construcción, basado en una pincelada transversal, cuando trabaja ciertos paisajes urbanos (Motrico) y campestres. La interacción cromática de Matisse y Derain también aflora con constancia en obras fundamentales del santanderino (…). Iturrino, bajo idéntico concepto, introduce malvas con anaranjados, amarillos y rosas, siempre en campos orgánicos (…). Se vale de esa investigación cromática. En su caso, de acuerdo a la suavidad y dulzura de sus tonos, logra fácilmente la compatibilidad de colores. Es decir, domina los contrastes por la contención de los arbitrios cromáticos, siempre dulcificados. Consigue entonaciones sin que existan luchas inflexibles entre colores, sin que éstos se engullan, no trabajando con contrastes extremos. Se trata de una armonía estructural, de opuestos o no, donde la saturación rara vez se presenta. Es decir, en Iturrino la estructura compositiva se concentra en la suave esencialidad del color. Naturalmente, el negro rara vez aparece en sus composiciones. Es muy interesante cómo, por ejemplo, conoce sobre la personalidad de perspectiva de los colores y así los usa. Como bien se sabe, los cálidos se acercan al espectador y los fríos se alejan, aunque estén en el mismo plano. El retroceso de las gamas frías y el acercamiento de las cálidas las utiliza, por ejemplo, en el Desnudo (c. 1910-1911) del MAS. La atrevida y tumbada mujer observa al espectador con pícara mirada, mostrándole toda su desnudez sin tapujos, con las manos en la nuca como si de una moderna maja goyesca se tratase. Ella sirve de drástica diagonal compositiva, desde el ángulo superior derecho (cabeza) al ángulo inferior izquierdo (pies), constituyendo la perfecta mediana que delimita y fusiona el resto del campo cromático: un sofá -bien observado, es el mismo que trabaja en sus famosos interiores matissianos (…), los gemelos a los del francés que conserva el Ermitage de San Petesburgo, de acuerdo a su tela estampada que asoma sobre su cabeza y bajo su torso- está cubierto de floreados y coloridos mantones y telas, en donde la parte superior está dominado por sutiles verdes, azules y malvas, y la inferior por fuertes amarillos, anaranjados y carmines; el pubis lo resuelve con un arbitrario y atrevido verde, como si le quisiese otorgar algún simbolismo. Uno y otro campo poseen ciertas salpicaduras cromáticas de sus contrarios, valiéndose de otros tonos y del blanco hábilmente presentes en el soporte, como nexos de interacción (…). No obstante, y a diferencia de otros compañeros fauvistas, el uso de colores que tienden a la suavidad, impiden que dicha ilusión sea más drástica, ya que el cántabro evita normalmente una saturación de la escala cromática, llegando a un excelente reposo visual. Como se aprecia, el fondo de la obra adquiere el mismo valor que el resto de la composición. Esta característica es otra de las constantes en los trabajos de Iturrino, algo esencialmente matissiano: “Para mí, el asunto de un cuadro y
el fondo de ese cuadro tienen el mismo valor (...): ningún punto es más importante que otro...” (Matisse). Como anotamos hace tiempo, esta obra maestra queda asimismo emparentada con otras afamadas pinturas, tal como sucede, por ejemplo y de forma especial, con Anita (c. 1908) de Kees van Dongen; o con las de Jean Puy tituladas Desnudo acostado (1906) o La femme au fauteuil (c. 1924); con posteriores odaliscas de Matisse, entre otras muchas (…). Conviene anotar que el genial desnudo de la pinacoteca santanderina nos lleva a la "odalisca del vientre amarillo", es decir a la emblemática Olympia (1863) de Manet. Quizá constituya un nuevo homenaje dedicado al francés. Si fuera así, Iturrino podría estar elevando a la alegre mujer pintada al status de dama cortesana manetiana. Es decir, no llega a la salvaje o violenta transgresión arbitraria. Se queda más en el concepto decorativista matissiano de la arbitrariedad cromática, incluso en lo que afecta a las soluciones de construcción compositiva que apoya conjugándolos con otros artilugios (…). El sentido lésbico de Iturrino aparece triunfal y rotundo en varias de sus composiciones, cuya herencia clásica es evidente, pero con un tratamiento moderno. Ya Matisse lo plasma en la obra puntillista Luxe, calme et volupté (1904-1905) del Centro Pompidou de París, en Le Bonheur de vivre (1906) de la Fundación Barnes, lienzo abierta y despiadadamente criticado por Signac. Derain también posee distintas versiones –las de c. 1908 ya tienen un tipo de facetación de gusto cubista, seguramente influido por Picasso–, así como Maurice de Vlaminck, entre otros (…). A Iturrino, incluso, le vino bien el gusto neoclásico de Picasso, emanado de su visita a Italia (…). Los dos maestros vuelven a reciclar propuestas, donde el mundo norteafricano aflora con cierta persistencia. La competitividad entre Picasso y Matisse, manifestada en sus nuevas creaciones de odaliscas, vuelven a ser punto clave en el mundo plástico de Iturrino. Si Picasso se vale del tema de forma burlesca, el francés toma tal fórmula con sentido orientalizado y sensual, que es precisamente lo que Iturrino traslada al soporte. Tanto es así, que el exotismo africano tan querido por otros, no es precisamente el que caracteriza a las españolizadas perlas negras –gitanas– del santanderino. Sí son índice nuevamente de actualidad -quizás emanadas del impacto gauguinesco, pero huyendo de su planimetría-, dentro de una pervivencia aún fauve, de intensidad contenida, de contrastes retardados. También es posible que estas perlas negras de Iturrino tengan que ver con la criada negra que Manet pinta en la famosa y entonces escandalosa Olympia (1863) (…). Su catálogo está salpicado de iconografía ibérica: "Il est alors barbare, presque hostile, exprimant sur de séches toiles d`hargneaux aspects humains et d`incultes sites. Avec une melancolie forte, il a répresenté les légendaires gitanes et les mendicants d`Espagne" (Coquiot). <En este sentido, y siguiendo el hilo de su gusto por la condición femenina
y, en este caso, por lo español, pinta su Tablao flamenco (c. 1910-1911) del MAS, escena de interior protagonizada por tres figuras femeninas bailando que poseen un claro sentido escultórico maillolesco, en escena dotada de gran movimiento circular; los vestidos van más allá de la mera insinuación del desnudo y la figura de la derecha, que hace de hombre, es una mujer; la escena vuelve a estar recortada por los cuatro costados de forma muy barroca; el enlosado y otros elementos se echan hacia el espectador, como clara reminiscencia de duda o influencia cubista; y la luz, a pesar de ser un interior, vuelve a adquirir su poderío, si bien no tanto como en el Desnudo> (…). Lo que sí es evidente es que la mujer, todo lo femenino, constituye el motor de su creatividad, el verdadero epicentro de su desarrollo artístico. Incluso cuando ella no protagoniza las composiciones -en sus paisajes o naturalezas muertas-, siempre subyace un sentido femenino, la condición femenina. Parece que está homenajeando perpetuamente a la mujer. Cuando trata temas un tanto delicados, como son los de orden lésbico, lo hace con extrema delicadeza y ternura, con la suavidad propia de la inteligencia emocional, sin caer en la chabacanería. Ejemplos máximos son sus Andaluzas (El jardín de Lesbos) (c. 19010-1911) del Museo de Santander, Las dos amigas (c. 1916-1918) perteneciente a una colección particular madrileña, Mujeres en gris (c. 1915-1918) del Museo de Bilbao, Muchachas con flores (c. 1916-1917) del Reina Sofía de Madrid o Desnudos (c. 1910-1911) (…). Al igual que en varios de sus desnudos individuales, conviene asimismo señalar cómo en muchas de estas obras es patente el carácter orientalista de los rostros de sus protagonistas, nuevo elemento de evidente signo de modernidad y vanguardia (…). Su vida está jalonada de constantes idas y venidas, de viajes por muchos puntos de España y norteafricanos , para retornar siempre a París (…). Pero esta estancia en la Ciudad de la Luz, tras su viaje a Sevilla y Marruecos entre 1910 y 1911, queda sesgada por el estallido de la Primera Guerra Mundial (…). Expone en Bilbao, en las Galerías Layetanas de Barcelona por tres veces (…) y en Madrid, en donde vive entre 1918 y 1919 (…). Allí frecuenta la tertulia del Café Pombo; Gómez de la Serna le recuerda ya maltrecho, en su estudio (…). Después de recibir la ayuda personal de Matisse, fallece en Cagnes-sur-Mer (Francia) en 1924, víctima de una larga y dolorosa enfermedad. Es el fin de un enorme artista totalmente comprometido con su tiempo, que inteligentemente se percató dónde estaba la vanguardia y que valientemente apostó por ella, creador de perpetuos jardines, porque todo en él son jardines, sin ruidos ni estridencias; un enamorado de la armonía del sentimiento, del color y la mujer, plenamente identificado con el sentir de su amigo francés: "Mi sueño es el de un arte de equilibrio, de pureza y serenidad, exento de contenido inquietante y deprimente; un arte para cualquier trabajador mental, tanto para el hombre de negocios como para el de letras, por ejemplo; una influencia dulce y tranquilizadora sobre la mente...” (Matisse).
Francisco Iturrino (1864-1924) Hija de la naturaleza
De 14 de febrero a 16 de marzo de 2014
EXPOSICIÓN / EDICIÓN Dirección, organización, gestión y edición: MAS Producción: MAS / Fundación Santander Creativa Comisarios: Salvador Carretero Rebés e Isabel Portilla Arroyo Asistencia técnica: Elena Sánchez Cruz Restauración: Belén Lahoz Soler Administración: Mª Esther Miguel Dosal y Maximina de Abajo Reñones Texto: Salvador Carretero Rebés Fotografía: Departamento de Fotografía del MAS Diseño y cuidado de edición: MAS Impresión catálogo: Gráficas Calima S.A. Asistencia montaje: Jesús Fuentes y Miguel Fuentes Señalización: Albast S.L. Asistencia general y mantenimiento: Fernando Calderón, Zaira Cotero, Carmen del Pozo, Eloísa Diego, Manuel García, Juan Carlos González, Luis González, Rosa María González, María Dolores Lavín, Blanca Mora, Roberto Prego Depósito Legal: SA-36-2014 © de la edición: MAS © de los textos: el autor © de las fotografías: Departamento de fotografía del MAS Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio o procedimiento, sin la autorización expresa y por escrito de los titulares de los copyright MAS / MUSEO DE ARTE MODERNO Y CONTEMPORÁNEO DE SANTANDER Y CANTABRIA c/ Rubio, 6. 39001 SANTANDER (Cantabria) España Teléfono: +34 942 203 120 museo@santander.es www.facebook.com/museoMASsantander www.museosantandermas.es Horario de visitas: De martes a sábado de 10:00 a 13:30 y de 17:30 a 21:00 horas Domingos y festivos de 11:00 a 13:30
Francisco Iturrino
Hija de la naturaleza
Francisco Iturrino (1864-1924) Hija de la naturaleza
De 14 de febrero a 16 de marzo de 2014
EXPOSICIÓN / EDICIÓN Dirección, organización, gestión y edición: MAS Producción: MAS / Fundación Santander Creativa Comisarios: Salvador Carretero Rebés e Isabel Portilla Arroyo Asistencia técnica: Elena Sánchez Cruz Restauración: Belén Lahoz Soler Administración: Mª Esther Miguel Dosal y Maximina de Abajo Reñones Texto: Salvador Carretero Rebés Fotografía: Departamento de Fotografía del MAS Diseño y cuidado de edición: MAS Impresión catálogo: Gráficas Calima S.A. Asistencia montaje: Jesús Fuentes y Miguel Fuentes Señalización: Albast S.L. Asistencia general y mantenimiento: Fernando Calderón, Zaira Cotero, Carmen del Pozo, Eloísa Diego, Manuel García, Juan Carlos González, Luis González, Rosa María González, María Dolores Lavín, Blanca Mora, Roberto Prego Depósito Legal: SA-36-2014 © de la edición: MAS © de los textos: el autor © de las fotografías: Departamento de fotografía del MAS Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio o procedimiento, sin la autorización expresa y por escrito de los titulares de los copyright MAS / MUSEO DE ARTE MODERNO Y CONTEMPORÁNEO DE SANTANDER Y CANTABRIA c/ Rubio, 6. 39001 SANTANDER (Cantabria) España Teléfono: +34 942 203 120 museo@santander.es www.facebook.com/museoMASsantander www.museosantandermas.es Horario de visitas: De martes a sábado de 10:00 a 13:30 y de 17:30 a 21:00 horas Domingos y festivos de 11:00 a 13:30
Francisco Iturrino
Hija de la naturaleza
ITURRINO O LA NATURALIDAD DE UN VANGUARDISTA EN LA SOMBRA Salvador Carretero Rebés <Extracto del texto que el autor publicó en el catálogo: S. CARRETERO REBÉS y P. JOOS: Francisco Iturrino (1864-1924); Museo Nicanor Piñole de Gijón. Gijón-Asturias, 1999. Esta exposición se realiza con motivo del 150 aniversario del nacimiento del artista>. <Iturrino> se instala establemente en París en 1895, signo inequívoco de que sabe perfectamente dónde está el centro artístico mundial. (…). Degas, Renoir y Toulouse-Lautrec constituyen fieles influencias, tanto en la iconografía, como en su sesgo simbolista, así como en las soluciones técnicas adoptadas. Lo que sí importa destacar es la pronta preocupación que tiene por desarrollar una temática que va a trabajar durante toda su vida: el mundo de la mujer, de las cocottes. Parece que Iturrino frecuenta dichos ambientes, los cafés y cabarets de Montmatre, del Moulin Rouge, del Jardin de París, del Divan Japonais (…). <En 1901 expone con Picasso en la Galería Vollard de París en 1901> (…). Ya conoce, pues, a uno de los dos grandes "monstruos" artísticos. El otro, Matisse, con quien tendrá una íntima amistad, será su fiel señuelo (?) y con él, llegará a Maillol, Derain... La sana y profunda rivalidad Picasso-Matisse sería muy positiva para Iturrino. Sus convicciones estéticas tenían, por fuerza, que reconvertirse hacia una fórmula figurativa más comprensible respecto a la que trabaja el desafiante malagueño. De ahí que la conversión matissiana (…) sea la más lógica. Llega así a las preocupaciones de la interacción del color, de base emotiva, con destino en la unidad lumínica: potencia de intensidad de sensaciones con causa en el enriquecimiento interior del espectador (…). De aquí a la alineación fauve, movimiento rabiosamente activo entre 1905 y 1909, sólo había un paso (…). Iturrino se pone del lado de Braque, Derain, Camoin, Manguin, Dufy, Friesz, Puy, Marquet, Kees van Dongen, Maurice de Vlaminnck y, especialmente, Matisse. Se deja seducir por tal revolución de forma incontestable, aflorando nuevamente su instinto bohemio. Descubre la tensión y transposición simultánea de los colores y su tridimensionalidad, animada por el arabesco, de forma directa y sencilla, dominada por la sensualidad e inocencia, con el supuesto sustrato hedonista y de decantación erótica de la famosa escritora francesa Gabrielle-Sidonie Colette (1873-1954). Es decir, descubre el fascinante mundo competitivo del color puro emanado de El principio de la armonía y el contraste de los colores y sus aplicaciones de las artes de Chevreul. Lo hace a través del liderazgo de Matisse, como si estuviese hipnotizado, utilizando la pintura como cauce de una visión totalmente positiva y
afirmativa del mundo (…). A las influencias que Iturrino parece absorber (…), convendría añadir las serenas armonías del Braque fauvista, siempre buscando la complementariedad de violetas y amarillos con una pincelada rectangular (…). En Iturrino, se aprecia este tipo de construcción, basado en una pincelada transversal, cuando trabaja ciertos paisajes urbanos (Motrico) y campestres. La interacción cromática de Matisse y Derain también aflora con constancia en obras fundamentales del santanderino (…). Iturrino, bajo idéntico concepto, introduce malvas con anaranjados, amarillos y rosas, siempre en campos orgánicos (…). Se vale de esa investigación cromática. En su caso, de acuerdo a la suavidad y dulzura de sus tonos, logra fácilmente la compatibilidad de colores. Es decir, domina los contrastes por la contención de los arbitrios cromáticos, siempre dulcificados. Consigue entonaciones sin que existan luchas inflexibles entre colores, sin que éstos se engullan, no trabajando con contrastes extremos. Se trata de una armonía estructural, de opuestos o no, donde la saturación rara vez se presenta. Es decir, en Iturrino la estructura compositiva se concentra en la suave esencialidad del color. Naturalmente, el negro rara vez aparece en sus composiciones. Es muy interesante cómo, por ejemplo, conoce sobre la personalidad de perspectiva de los colores y así los usa. Como bien se sabe, los cálidos se acercan al espectador y los fríos se alejan, aunque estén en el mismo plano. El retroceso de las gamas frías y el acercamiento de las cálidas las utiliza, por ejemplo, en el Desnudo (c. 1910-1911) del MAS. La atrevida y tumbada mujer observa al espectador con pícara mirada, mostrándole toda su desnudez sin tapujos, con las manos en la nuca como si de una moderna maja goyesca se tratase. Ella sirve de drástica diagonal compositiva, desde el ángulo superior derecho (cabeza) al ángulo inferior izquierdo (pies), constituyendo la perfecta mediana que delimita y fusiona el resto del campo cromático: un sofá -bien observado, es el mismo que trabaja en sus famosos interiores matissianos (…), los gemelos a los del francés que conserva el Ermitage de San Petesburgo, de acuerdo a su tela estampada que asoma sobre su cabeza y bajo su torso- está cubierto de floreados y coloridos mantones y telas, en donde la parte superior está dominado por sutiles verdes, azules y malvas, y la inferior por fuertes amarillos, anaranjados y carmines; el pubis lo resuelve con un arbitrario y atrevido verde, como si le quisiese otorgar algún simbolismo. Uno y otro campo poseen ciertas salpicaduras cromáticas de sus contrarios, valiéndose de otros tonos y del blanco hábilmente presentes en el soporte, como nexos de interacción (…). No obstante, y a diferencia de otros compañeros fauvistas, el uso de colores que tienden a la suavidad, impiden que dicha ilusión sea más drástica, ya que el cántabro evita normalmente una saturación de la escala cromática, llegando a un excelente reposo visual. Como se aprecia, el fondo de la obra adquiere el mismo valor que el resto de la composición. Esta característica es otra de las constantes en los trabajos de Iturrino, algo esencialmente matissiano: “Para mí, el asunto de un cuadro y
el fondo de ese cuadro tienen el mismo valor (...): ningún punto es más importante que otro...” (Matisse). Como anotamos hace tiempo, esta obra maestra queda asimismo emparentada con otras afamadas pinturas, tal como sucede, por ejemplo y de forma especial, con Anita (c. 1908) de Kees van Dongen; o con las de Jean Puy tituladas Desnudo acostado (1906) o La femme au fauteuil (c. 1924); con posteriores odaliscas de Matisse, entre otras muchas (…). Conviene anotar que el genial desnudo de la pinacoteca santanderina nos lleva a la "odalisca del vientre amarillo", es decir a la emblemática Olympia (1863) de Manet. Quizá constituya un nuevo homenaje dedicado al francés. Si fuera así, Iturrino podría estar elevando a la alegre mujer pintada al status de dama cortesana manetiana. Es decir, no llega a la salvaje o violenta transgresión arbitraria. Se queda más en el concepto decorativista matissiano de la arbitrariedad cromática, incluso en lo que afecta a las soluciones de construcción compositiva que apoya conjugándolos con otros artilugios (…). El sentido lésbico de Iturrino aparece triunfal y rotundo en varias de sus composiciones, cuya herencia clásica es evidente, pero con un tratamiento moderno. Ya Matisse lo plasma en la obra puntillista Luxe, calme et volupté (1904-1905) del Centro Pompidou de París, en Le Bonheur de vivre (1906) de la Fundación Barnes, lienzo abierta y despiadadamente criticado por Signac. Derain también posee distintas versiones –las de c. 1908 ya tienen un tipo de facetación de gusto cubista, seguramente influido por Picasso–, así como Maurice de Vlaminck, entre otros (…). A Iturrino, incluso, le vino bien el gusto neoclásico de Picasso, emanado de su visita a Italia (…). Los dos maestros vuelven a reciclar propuestas, donde el mundo norteafricano aflora con cierta persistencia. La competitividad entre Picasso y Matisse, manifestada en sus nuevas creaciones de odaliscas, vuelven a ser punto clave en el mundo plástico de Iturrino. Si Picasso se vale del tema de forma burlesca, el francés toma tal fórmula con sentido orientalizado y sensual, que es precisamente lo que Iturrino traslada al soporte. Tanto es así, que el exotismo africano tan querido por otros, no es precisamente el que caracteriza a las españolizadas perlas negras –gitanas– del santanderino. Sí son índice nuevamente de actualidad -quizás emanadas del impacto gauguinesco, pero huyendo de su planimetría-, dentro de una pervivencia aún fauve, de intensidad contenida, de contrastes retardados. También es posible que estas perlas negras de Iturrino tengan que ver con la criada negra que Manet pinta en la famosa y entonces escandalosa Olympia (1863) (…). Su catálogo está salpicado de iconografía ibérica: "Il est alors barbare, presque hostile, exprimant sur de séches toiles d`hargneaux aspects humains et d`incultes sites. Avec une melancolie forte, il a répresenté les légendaires gitanes et les mendicants d`Espagne" (Coquiot). <En este sentido, y siguiendo el hilo de su gusto por la condición femenina
y, en este caso, por lo español, pinta su Tablao flamenco (c. 1910-1911) del MAS, escena de interior protagonizada por tres figuras femeninas bailando que poseen un claro sentido escultórico maillolesco, en escena dotada de gran movimiento circular; los vestidos van más allá de la mera insinuación del desnudo y la figura de la derecha, que hace de hombre, es una mujer; la escena vuelve a estar recortada por los cuatro costados de forma muy barroca; el enlosado y otros elementos se echan hacia el espectador, como clara reminiscencia de duda o influencia cubista; y la luz, a pesar de ser un interior, vuelve a adquirir su poderío, si bien no tanto como en el Desnudo> (…). Lo que sí es evidente es que la mujer, todo lo femenino, constituye el motor de su creatividad, el verdadero epicentro de su desarrollo artístico. Incluso cuando ella no protagoniza las composiciones -en sus paisajes o naturalezas muertas-, siempre subyace un sentido femenino, la condición femenina. Parece que está homenajeando perpetuamente a la mujer. Cuando trata temas un tanto delicados, como son los de orden lésbico, lo hace con extrema delicadeza y ternura, con la suavidad propia de la inteligencia emocional, sin caer en la chabacanería. Ejemplos máximos son sus Andaluzas (El jardín de Lesbos) (c. 19010-1911) del Museo de Santander, Las dos amigas (c. 1916-1918) perteneciente a una colección particular madrileña, Mujeres en gris (c. 1915-1918) del Museo de Bilbao, Muchachas con flores (c. 1916-1917) del Reina Sofía de Madrid o Desnudos (c. 1910-1911) (…). Al igual que en varios de sus desnudos individuales, conviene asimismo señalar cómo en muchas de estas obras es patente el carácter orientalista de los rostros de sus protagonistas, nuevo elemento de evidente signo de modernidad y vanguardia (…). Su vida está jalonada de constantes idas y venidas, de viajes por muchos puntos de España y norteafricanos , para retornar siempre a París (…). Pero esta estancia en la Ciudad de la Luz, tras su viaje a Sevilla y Marruecos entre 1910 y 1911, queda sesgada por el estallido de la Primera Guerra Mundial (…). Expone en Bilbao, en las Galerías Layetanas de Barcelona por tres veces (…) y en Madrid, en donde vive entre 1918 y 1919 (…). Allí frecuenta la tertulia del Café Pombo; Gómez de la Serna le recuerda ya maltrecho, en su estudio (…). Después de recibir la ayuda personal de Matisse, fallece en Cagnes-sur-Mer (Francia) en 1924, víctima de una larga y dolorosa enfermedad. Es el fin de un enorme artista totalmente comprometido con su tiempo, que inteligentemente se percató dónde estaba la vanguardia y que valientemente apostó por ella, creador de perpetuos jardines, porque todo en él son jardines, sin ruidos ni estridencias; un enamorado de la armonía del sentimiento, del color y la mujer, plenamente identificado con el sentir de su amigo francés: "Mi sueño es el de un arte de equilibrio, de pureza y serenidad, exento de contenido inquietante y deprimente; un arte para cualquier trabajador mental, tanto para el hombre de negocios como para el de letras, por ejemplo; una influencia dulce y tranquilizadora sobre la mente...” (Matisse).