Facebook Noreste.Net - Twitter @Noreste_Net
7
Viernes 29.5.2015
Infidelidad(es) Por: Gibrán Rodríguez de los Reyes Supervisión: Olivia Guerrero Figueroa
¿
Hay que alarmarse ante la incidencia de la infidelidad en las parejas? Sí, hasta la palabra hace eco al pronunciarla... La infidelidad es un problema latente en muchas de las sociedades de hoy en día. Un porcentaje considerable de las parejas que buscan atención profesional son motivadas por algún evento asociado con la infidelidad de uno o ambos miembros. Aunque la terapia puede ayudar a reconstruir los lazos afectivos, en ocasiones la infidelidad tiene suficientes repercusiones como para llevar a la pareja a su disolución. Hoy por hoy, sabemos que el «adulterio» es un motivo común de divorcio; para los que cometieron adulterio pero no quieren hacerlo público, «diferencias irreconciliables» siempre resulta en un eufemismo de gran utilidad, mucho menos amenazante. Si alguna persona experimenta infidelidad por parte de su pareja, puede que sólo se lo llegue a confiar a unos(as) cuantos(as) allegados(as) y en algunos casos, podría hacer hasta lo imposible para evitar que el resto del mundo se entere. Se asocia con vergüenza, con estigma, con dudas sobre uno(a) mismo(a)... En muchas ocasiones he escuchado que terceros pueden llegar a culpar a la «víctima» por no haber tenido la «capacidad» de mantener fiel a su pareja (lo cual no ayuda mucho, a sabiendas que el costo emocional de atravesar por un evento de esta índole es muy alto). Hay quienes lo callan, otros que lo hablan (regularmente con pocas personas), así como quienes deciden terminar con su pareja y quienes optan por tratar de enmendar su matrimonio o relación. De lo que no cabe duda es que la infidelidad genera cambios y movimiento al interior de la pareja. Por lo tanto, creo relevante discutir algunos elementos que pueden aclarar nuestras ideas acerca de los orígenes de la infidelidad y sobre su concepción en nuestra sociedad actual. Me enfocaré en la infidelidad dentro del matrimonio ya que cuando las personas se conforman como una institución social existen mayores presiones sobre ellos para mantenerse juntos (aunque este análisis aplica también a otras formas de relaciones de pareja). Consideremos primero el contexto: el matrimonio, como contrato o construcción social, ha ido transformándose a lo largo de la historia de la humanidad. Hoy en día la gran mayoría de las personas dicen que no se casarían con alguien a quien «no amen», lo cual nos haría pensar que los matrimonios arreglados o con fines económicos van en declive en muchas sociedades. Así, si el matrimonio se inicia por amor, éste durará más, ¿cierto? Pero sabemos que hay muchas variables que afectan la duración y estabilidad de un matrimonio (o relación de pareja). De años atrás, reconocemos la importancia de la comunicación, la
satisfacción sexual, los planes de vida, el apoyo mutuo, la negociación, la intimidad emocional, etcétera, en la calidad de la vida de pareja. Esto quiere decir que por más que dos personas se amen (lo cual puede entenderse de múltiples formas como veremos más adelante) las relaciones implican una convivencia y adaptación constante al otro que integra múltiples factores intervinientes. Pensemos en las relaciones de antaño, digamos en la época del Romanticismo, en donde la expectativa de vida era más baja que en la actualidad; si las personas se casaban a los 20 (¡sumamente enamoradas como parte de los aires de la época!) podrían estar proyectándose a una vida matrimonial de unos 20 años o menos. Si hoy podemos alcanzar hasta los 70 u 80 años, ¡al casarnos a la misma edad que nuestros antepasados estaríamos proyectándonos a una vida de pareja de 60 años o más! No sorprende entonces, probabilísticamente hablando, que los engranes del delicado funcio-
sona? ¿O tenemos que cambiar de pareja cada 5 años, como sugirió recientemente el psicólogo español Rafael Santandreu? Para echar luz sobre este desorden, revisemos algunos aspectos biológicos y evolutivos que impactan en el funcionamiento de las parejas y en la infidelidad. Según Helen Fisher, una reconocida antropóloga estadounidense que ha estudiado el amor romántico por más de treinta años, el amor es un impulso, un «drive», un sistema neuronal que nos hace ansiar la presencia del otro y nos motiva para estar con esa persona como si se tratara de una obsesión. Pero ella agrega dos sistemas neuronales adicionales que interactúan con el amor y que surgen del proceso evolutivo del ser humano: el impulso/deseo sexual o aquellas ansias de fundirnos piel con piel con el otro, y el apego o aquella seguridad que nos brinda una persona amada casi proporcional al tiempo de convivencia y al significado que ella tiene para nosotros. Así, Helen Fisher asegura que en las relaciones amorosas estos tres sistemas (deseo,
¿Verdaderamente podemos estar toda la vida con una sola persona? namiento de pareja puedan «atorarse» muchas más veces o que existan más «oportunidades» para ser infieles en este lapso de tiempo. Esto, aunado a otros factores propios de nuestra época contemporánea (e.g., altos niveles de estrés) que afectan a las parejas, me ha llevado a preguntar: ¿Nos encontramos viviendo en un tiempo en el que la fidelidad resulta todo un reto? ¿Verdaderamente podemos estar toda la vida con una sola per-
amor y apego) interactúan como vestigios de nuestro pasado evolutivo: el deseo sexual nos ayuda a elegir nuestros prospectos de parejas sexuales, para que después el amor nos permita enfocar toda nuestra energía reproductiva en una sola persona y finalmente el apego nos facilite — como ella
comenta entre risas en su conferencia para TED — «tolerar a esa persona hasta que seamos capaces de criar hijos juntos.» El problema es que estos tres sistemas neuronales NO SIEMPRE VAN JUNTOS. Tanto podemos sentir profundo apego por una persona como amar románticamente a otra con toda la intensidad que la palabra enamoramiento conlleva, en un mismo lapso de tiempo; además de estar apegados a una persona y enamorados de otra, podemos también desear sexualmente a aquella efigie de perfección física que vemos pasar por la calle. Todo a la vez. No es de asustarse entonces que en una encuesta hecha en Estados Unidos el 41 por ciento de los cónyuges encuestados(as) admitieron ser infieles al menos una vez (física o emocionalmente) y si contáramos a aquéllos que decidieron no revelar sus «aventuras» en la encuesta, el porcentaje podría aumentar. Otra encuesta del sitio web Victoria Milan reveló que más del 70 por ciento de los usuarios decían tener sexo con sus amantes, pero que preferían dormir con sus parejas, otorgando mayor evidencia para confirmar la independencia entre los sistemas deseo, amor y apego. Estas características evolutivas/neuronales, aunadas al tiempo de duración de la vida en pareja, las presiones sociales y demás variables intervinientes, me hacen llegar a la conclusión de que la infidelidad tiene una gran PROBABILIDAD de ocurrir y que no siempre tiene que ver con falta de amor o apego... No me lo tomen a mal. Esto no quiere decir que no existan parejas que duren muchísimo tiempo juntas sin ser infieles. Pero fuera de discursos moralistas, la infidelidad es algo bastante común pues estas parejas distan de ser la norma. ¿Qué podemos hacer para atender esta situación? Probablemente podamos abordar esta problemática moldeando nuestra concepción de infidelidad. Me adentraré en un tema más escabroso: estoy casi seguro de que hasta este punto de mi escrito, muchos(as) habrán pensado que me
refería a la infidelidad como el hecho de mantener relaciones sexuales fuera de la pareja. Pero no es así. La infidelidad tiene varias acepciones, según la pareja y el bagaje cultural de cada uno de los miembros. Hay personas que consideran que el ver con deseo a otra persona es ser infiel, mientras otras creen que se es infiel si se enamoran de otra persona diferente a su pareja pero, ¡no si tienen sexo con ella! Si englobamos estas definiciones, nos damos cuenta que la FIDELIDAD no es igual a la EXCLUSIVIDAD SEXUAL, al menos no para todas las personas. La fidelidad se refiere al cumplimiento de los acuerdos a los que la pareja ha llegado, a mantener sus conductas dentro de los parámetros acordados de lo permisible y de lo impermisible. Sé que hay ciertas tradiciones religiosas que definen la fidelidad como exclusividad sexual y aseveran que es la única manera de alcanzar la felicidad. Pero también conozco parejas «abiertas» (es decir, que mantienen contacto sexual con terceros pero se mantienen juntos y leales «emocionalmente» el uno con el otro) que llevan años juntas y parecen ser muy felices. No pretendo señalar que una es mejor que la otra, sino que quiero mostrar las alternativas que existen para que cada pareja escoja la postura que mejor le acomode: definitivamente, si no es para ti, aunque te pongas, y si es para ti, aunque te quites. Tal vez y sólo tal vez, si no nos aventuráramos a casarnos o formar relaciones de pareja estables sin asumir que la postura del otro con respecto a este tema es igual a la nuestra, podríamos evitar caer en problemas de infidelidad o llevarnos «sorpresas». Estamos tan acostumbrados(as) a pensar que todos por común acuerdo entendemos qué es ser fiel, que entablamos relaciones prácticamente con los «ojos vendados». Si este tema se habla desde un inicio, la pareja puede co-crear el tipo de relación que quieren ser, sea tradicional o no. De esta manera sería más factible honrar sus acuerdos, los cuales serían explícitos, abriendo los canales de comunicación en caso de que quieran realizar ajustes o de que sientan que se están desviando del contrato. Esto sería necesario hablarlo aunque al celebrar el matrimonio se les asevere que la exclusividad sexual es imperativa en la vida de pareja. ¿Y qué pasa si las personas que deciden casarse quieren explorar otras alternativas? Y si sí quieres ser exclusivo sexualmente, ¿no vale más estar seguro que tu pareja también lo ve así? Abrirse a estas posibilidades representa el reconocimiento de estar juntos por decisión, más allá de factores neuronales, evolutivos o sociales, y bien pudiera ser la clave para una relación duradera, sincera y satisfactoria. Comunicar, comunicar, comunicar, sin prejuicios y construir su propio significado de qué es ser pareja, de eso se trata.
La infidelidad tiene una gran PROBABILIDAD de ocurrir y no siempre tiene que ver con falta de amor o apego
*Gibrán Rodríguez de los Reyes Maestro en Psicología Clínica, Psicoterapeuta de enfoque sistémico, y Educador en la sexualidad. Contacto rodriguez.go89@gmail.com y http://absex.mx **Olivia Guerrero Figueroa Coordinadora del Diplomado en Sexualidad Humana en AMSSAC www.amssac.org Vicepresidente de la Región I en la FEMESS Referencias
Atkins, D. C., Marín, R. A., Lo, T. T., Klann, N., & Hahlweg, K. (2010). Outcomes of couples with infidelity in a community-based sample of couple therapy. Journal of Family Psychology, 24(2), 212-216. doi: 10.1037/a0018789 A. Domènech (2014, julio 25). Deberíamos cambiar de pareja cada cinco años (nota periodística). Recuperado de http://www.lavanguardia.com/ vida/20140508/54406692773/deberiamos-cambiar-pareja-cinco-anos.html Fisher, H. (2004). Why we love? The nature and chemistry of romantic love. New York: St. Martin’s Griffin. L. Haisha. (2014, mayo 5). Is it time to change our views of adultery and marriage? (comentario de web log). Recuperado de http://ww.huffingtonpost.com/lisa-haisha/is-ittime-to-change-our-adultery_b_5242171.html Mark, K. P., Janssen, E., & Milhausen, R. R. (2011). Infidelity in heterosexual couples: Demographic, interpersonal, and personality-related predictors of extradyadic sex. Archives of Sexual Behavior, 40(5), 971-982. doi: 10.1007/s10508-011-9771-z S.A. (2014, abril 20). Prefieren tener sexo con su amante, pero dormir con su pareja (nota periodística). Recuperado de http://www.diariouno.com.ar/afondo/Prefieren-tener-sexo-consu-amante-pero-dormir-con-su-pareja-20140420-0037.html