

Morado
Siempre es lo mismo con mi familia; una historia sin fin. Que si es molesto que no me adapte al machismo impuesto por la sociedad, que si no todos los hombres son iguales, que si no se vale que los monumentos sean vandalizados, que las mujeres se han buscado esto, que no puedo alcoholizarme cerca de hombres y un mundo de estúpidos prejuicios más, que nos afectan a mí y a millones de mujeres. Afortunadamente ese antifaz, que ciega a mi familia, yo me lo pude quitar hace años. Claro que no lo hice sola, tuve el apoyo de decenas y decenas de mujeres, amigas y hasta desconocidas, que han estado a mi lado mientras aprendo del feminismo y la libertad.
Todo empezó el marzo del año pasado; 2020. Nunca había ido a una marcha, excepto a la Marcha del Orgullo LGBT, la cual es una fiesta masiva en las calles de la Ciudad de México y en ese momento, aún no sabía que formaba parte de esa marcha sin ser “aliada”. La marcha del 8M fue algo que quise hacer porque ya estaba harta, harta de leer tantos casos de mujeres desaparecidas y luego encontradas en bolsas; tristes, negras, asfixiantes y tan delgadas que nunca van a poder representar la personalidad de cada una de las mujeres encontradas dentro de ellas. Harta de tantos hombres se dieran las libertades que aún se siguen dando. Harta de ser una más, acostumbrada a los micromachismos de la sociedad. Así que me armé de valor, pregunté a varias de mis amigas si irían a la marcha y hasta convencí a mi mamá a que nos acompañara. Mi papá quería pero le dijimos que no era una de sus mejores ideas. Así que terminó en casa de la familia de mi mamá, conformada casi por puros hombres, comiendo mientras esperaban que las integrantes de la familia llegaran a

salvo a su casa; como lo tienen que hacer millones de familias a diario en México.
Nos reunimos con varias amigas mías cerca del Monumento a la Revolución. Nos abrazamos, nos pintamos y vestimos de morado. Como si fuese una armadura de acero que nos iba a proteger de todos los malos tratos que hemos pasado por los hombres a lo largo de nuestras vidas. Caminamos juntas al Monumento a la Revolución y encontramos a más de nuestras amigas y conocidas. Al final armamos un contingente de aproximadamente 50 mujeres, la mayoría conocidas, agarradas de la mano, cantando muchas de las canciones inventadas por nuestras hermanas feministas, cuidándonos unas a las otras, mientras llenábamos el paseo de la Reforma de un mar de morado que avanzaba poco a poco hacia la plancha del Zócalo capitalino con un pesar impresionante.
Jamás en mi vida me había sentido tan afortunada y apoyada como en ese momento, muchas emociones se cruzaban por mi cabeza y acompañada de las mejores mujeres, sentía la piel mas chinita que he sentido en mi vida. Tenía las lágrimas más pesadas y significativas que había tenido en mi vida, y a pesar de caminar tanto y estar largo tiempo parada—no me dolía nada, porque sabía que las mujeres desaparecidas, violadas y abusadas, sentían un dolor mucho mas profundo que el dolor superficial de un cansancio de pies. Aunque ya estábamos a mitad del camino, el recorrido se estaba haciendo cada vez más lento, más doloroso; nos estancábamos cada vez más. Al ser un contingente de 50 mujeres, claramente nos costaba aún más trabajo avanzar, así que las dejé. Tomé de la mano a mi mejor amiga y dejé atrás al contingente, avanzado rápidamente entre las demás mujeres que marchaban por sus derechos.
Empezaron los disturbios. Habíamos alcanzado al bloque negro principal que estaba en los bordes de la marcha del primer bloque de mujeres, tal vez el segundo. Vidrios rotos y monumentos destruidos me recordaban mucho a un videojuego o a una película de Avengers, pero esto me hizo pensar: ¿Si a los Avengers no se les señala por destruir media ciudad al estar
defendiendo a la población, por qué a las mujeres sí? Y luego la respuesta es aún más desgarradora. Porque la población que están rescatando los Avengers, no sólo se trata de cualquier tipo de población, sino que rescata al hombre blanco, cisgénero y heterosexual. Pero para mí, el bloque negro era una especie de Avengers, todas con máscaras, peleando a un lado de nosotras, defendiéndonos de los policías y con los outfits más hermosos que he visto, casi como uniformes de heroínas sin miedo. Sin vergüenza. Sin sumisión. Ojalá yo fuera una de ellas.
Todos estos pensamientos fueron interrumpidos por un humo al que yo nunca me había enfrentado; el gas lacrimógeno. Mis ojos se empezaron a llenar de lágrimas ininterrumpidas, pero esta vez no eran voluntarias, ni estaban llenas de coraje y sentimientos, sólo de químicos. Rápidamente tomé mi pañuelo morado, lo puse delante de mi nariz. Salimos corriendo de la zona. Caminamos hacia la Alameda Central recuperando nuestra vista y con una cabeza ligera, tan ligera que decidimos parar ahí y regresar, sin llegar al objetivo principal; el Zócalo. Fuimos a comer algo y en las noticias se veían los trozos de monumentos, las pintas de mujeres, las lágrimas, sentimientos; las costras de una ciudad en luto. Yo quise llegar al Zócalo, pero los policías me lo impidieron.
Ahora es 2021, un maldito virus nos ha mantenido en casa casi un año completo, pero este año también han habido varios progresos dentro de mi familia. Mi papá al fin dejó de decir que los monumentos eran más importantes y parte de la historia y se preguntó: ¿qué haría él sin sus hijas? ¿Sin su esposa? Claro que la respuesta fue más de una mentada de madre y hasta prender fuego a los agresores; incluso llegó hasta a sacar un par de lágrimas. Este año también llegó con un propósito nuevo para mí, ir a la marcha y poder ser igual de valiente que las heroínas del bloque negro. Me armé de valor y de un par de cubrebocas y asistí a la marcha llena de miedo y no sólo por ser violentada, sino por el COVID-19. Pese a todo el miedo que ya se había acumulado en mí. Ahí estaba, de nuevo con algunas amigas aunque éramos menos de la mitad esta vez y estábamos sujetas a separarnos en cualquier momento.
El gas lacrimógeno fue mi enemigo una vez más, pero no iba a permitir que me llevara a mi casa como la vez pasada. Así que seguí, con todo y lágrimas químicas en los ojos seguí hasta al fin llegar al Zócalo, con la sorpresa de encontrar vallas al frente de Palacio Nacional. Me dio rabia, rabia de saber que a nuestro presidente le parecía mucho más importante cubrir un edificio, cubrir la casa de un degenerado y dejar gobernar a un violador, que proteger a las mujeres. Fue una cachetada de realidad darme cuenta que el pacto patriarcal, vale mucho más que mi vida y de mis amigas y de mi familia. Estaba enojada y empoderada, comencé a aventar cosas a los policías, hasta que llegó una bomba de gas directo a mí, sin vacilar. Pude escuchar cómo rebotó con sus bordes en el concreto y el sonido del humo salir, y me congelé. No podía hacer nada. Me sentí chiquita e insignificante, sólo podía verla directamente y escuchaba de fondo gritos y plegarias de que me quitara de ahí. Todo en cámara lenta, hasta que una chica tomó la bomba, corrió hacia la valla y aventó de regreso la “bomba” a los policías.

Todas las mujeres gritaban y brincaban de la emoción, yo no podía parar de llorar, alguien había luchado por mi vida y ni si quiera me conocía; ella me abrazó, lloré con ella y le agradecí por no tener miedo, por ser una heroína más y por arriesgar su vida también. Sus palabras se van a quedar por siempre conmigo; “si las morras no nos ayudamos, quién lo va a hacer?”.
Ya no podía más, el enojo estaba hirviendo dentro de mí, de manera violenta, como cuando haces una sopa y hierve tanto que las burbujas se desbordan por los costados de la olla. La valla había sido desplomada y nunca antes había sentido tanta felicidad como en ese momento. Mis pies actuaron solos, moviéndose por el pavimento donde alguna vez había visto a
mi artista favorito en concierto, donde alguna vez vine a pasear y a turistear con mis amigos, donde el año pasado lucharon tantas mujeres. Llevaba una velocidad, que ni yo sabía que podía alcanzar. Fui empujando a los policías, viendo sus ojos burlones, sus sonrisas cómicas, y era yo su objeto de burla, yo contra 50 policías, todos rodeándome, ninguna mujer más, yo solita. Comencé a ver a mi alrededor y sólo podía ver escudos de plástico y la palabra “Policía” repetida en 360º. La presión de los escudos empezó a aplastarme hacia abajo, reprimiendo y haciendo bolita mi cuerpo, como una hormiga, hasta llegué a pensar que había atravesado el suelo. Comencé a gritar, tratando de que alguien me pudiera escuchar dentro de esa cueva de policías. Mujeres empezaron a golpear a los policías, tratando de sacarme de ahí, sin lograr nada.
Mis patadas en las espinillas y tobillos de esos hombres, no funcionaron de nada, mis lágrimas mucho menos, y mis gritos fueron ahogados. Sin saber qué sucedía, mis brazos y piernas fueron tomados por hombres desconocidos, que me llevaron al interior de lo que reconocí como Palacio Nacional. No podía creer que esto me estuviera pasando a mí; sabía que 11 mujeres desaparecen al día, pero nunca pensé que me fuera a tocar a mí. Policías tocaban mi cuerpo como si fuese suyo, me decían nombres horribles, me golpeaban una, dos y tres veces, hasta llenar mi cuerpo de manchas rojas de sangre y moradas de los traumas en mi piel. Me lastimaron hasta hacerme inútil, sin vida; en ese momento supe que jamás volvería a ver a mi familia, que jamás podría marchar otra vez con mis amigas y que ellos desde entonces, se vestirían del color de mis moretones; morado.

