EL ALMOHADÓN DE PLUMAS
- Horacio Quiroga
“Lo terrible de la muerte no es morir, sino haber vivido mal.”
(El estudiante, Horacio Quiroga )

© Juan Pérez Gómez, 2023
© Ediciones CMYK, 2023
© Paula Nauta Grande, por la traducción
© Gabriel Infante Forte, por el prólogo
© Bibiana Martos Ponce, por las anotaciones
© Tiago González Arteaga, por las ilustraciones
© El Almohadón de Plumas, 2023
© Ediciones Libertador, Argentina, 2002
© Título original: The feather pillow
© MakeUp Editions, Londres, 2023
1ª edición: abril 2019
1ª reimpresión: enero 2020
2ª reimpresión: agosto 2020
3ª reimpresión: febrero 2021
4ª reimpresión: junio 2022
2ª edición: enero 2023
Registro de Propiedad Intelectual N.º 97.357
Código de registro: 171003367126
Depósito legal: M-14705-2022
DL: B 23213-2017
ÍNDICE
Capítulo uno
“Luna de miel de hielo”
Capítulo dos
“Enfermedad inexplicable”
Capítulo tres
“Horror en el nido”
MEMORIA DESCRIPTIVA
El diseño interior del libro “El almohadón de plumas” de Horacio Quiroga busca sumergir al lector en la atmósfera de tristeza, horror y tragedia que envuelve a la historia. Para lograrlo, se utilizan elementos e ilustraciones claves del relato, como las plumas, la araña, el perfil de la señora y las incógnitas que rodean la enfermedad de Alicia.
- El color azul es el protagonista absoluto de la paleta cromática, evocando sentimientos tristeza, melancolía y misterio. Se emplea en distintos tonos y matices, impregnando tanto los textos como las ilustraciones y los elementos decorativos.
- Utilicé dos tipografías, serif y sans serif, junto con sus estilos, regular e itálica. La elección de estas tipografías busca crear un contraste entre la elegancia formal y la crudeza de la historia.
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- Utilicé bloques de texto, letras capitales y destacados se utilizan para jerarquizar la información y guiar la lectura del lector.
- La cuadrícula base del diseño, de 9 columnas, 8 calles, 40 renglones con 18pt. de interlínea y 4 módulos de 10 renglones, aporta equilibrio y armonía a la composición de las páginas, facilitando una lectura fluida y agradable.
LUNA DE MIEL DE HIELO

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora.
Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer. Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia accabo. Et quas ac.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía
nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.








ENFERMEDAD INEXPLICABLE
Capítulo dos
No sé — le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja Luna de miel en un nido de hielo —. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida accabo. Et quas acaccabo. Et quas ac—
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos accabo. Et quas acaccabo. Et quas ac entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección accabo. Et quas ac. accabo. Et quas ac Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor. —¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra. Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
—¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando lorem ipsum.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos accabo. Et quas ac.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... poco hay que hacer...
—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón.
Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de

HORROR EN EL NIDO
Capítulo tres
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán. Murió, por fin.
—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre. Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón

La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
—¿Qué hay?—murmuró con la voz ronca.
—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós: —sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre.
La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.
FIN
Gracias por leer

Al lector, Que este libro te haya transportado a un mundo de misterio y suspenso, que te haga reflexionar sobre las profundidades de la naturaleza humana.
- Horacio Quiroga
Un misterio que enferma
Un misterio inexplicable se apodera de una joven recién casada. Alicia, una mujer angelical y tímida, cae enferma de manera inexplicable después de su boda con Jordán, un hombre frío y distante. Su salud se deteriora rápidamente, dejando a los médicos perplejos por la causa de su padecimiento.
A medida que la enfermedad de Alicia avanza, la pareja se ve envuelta en una atmósfera de tensión y desesperación. Jordán, consumido por la preocupación, busca incansablemente una cura para su amada esposa, mientras que Alicia se debilita cada vez más, presa de una extraña anemia que la va consumiendo.
El Almohadón de Plumas” es un relato de suspenso y horror que te sumergirá en un torbellino de misterio y escalofríos. Horacio Quiroga, maestro del cuento fantástico, teje una trama magistral que te mantendrá en vilo hasta el desenlace final. A medida que la historia avanza, te verás envuelto en una atmósfera inquietante plagada de secretos y revelaciones inesperadas. La enfermedad y la muerte se convierten en los protagonistas ocultos de este relato, desafiando los límites de lo real y lo sobrenatural. Prepárate para cuestionar todo lo que creías saber y adentrarte en un mundo donde la realidad se desdibuja y lo inexplicable toma control.


