

Espeche Mahia

En el oeste de Irlanda, donde los acantilados se pelean con el Atlántico y la niebla se enreda en los muros de piedra, existe un antiguo reino de Éirinn Ór. Allí se creían que las estrellas no eran solo luces en el cielo: eran fragmentos de sueños que los dioses dejaban caer cada noche para que los humanos tuviéramos algo bonito que desear. Cuando una estrella tocaba tierra, se convertía en una piedra brillante que guardaba un deseo. Quien la encontrara podía pedir casi cualquier cosa… pero solo una vez, y solo si era capaz de devolverla al cielo antes del amanecer. Si no, el deseo se pudría y se convertía en pesadilla
Alai era el único ladrón de estrellas que quedaba en todo el reino
Tenía diecisiete años, el pelo negro como la noche sin luna y una cicatriz fina en la mejilla izquierda (recuerdo de la primera estrella que intentó atrapar y que le quemó la piel). Vivía solo en una cabaña medio destruida junto al río Laune, desde que su madre murió seis años atrás.
Nadie lo quería cerca porque decían que robar estrellas traía mala suerte. A él le daba igual: robaba porque necesitaba dinero y porque, en el fondo, le gustaba sentir que podía tocar algo que nadie más se atrevía.
2

Una noche de luna nueva, Alai siguió un resplandor azul que caía lento, muy lento, como si no quisiera llegar al suelo. Cayó en el Bosque Susurrante, el lugar donde los árboles hablan si tienes el corazón roto. Alai se adentró sin miedo (o fingiendo que no lo tenía) hasta que la encontró: una estrella pequeña, del tamaño de una manzana, que latía con luz de zafiro
Y junto a ella estaba Lía.
Lía tenía el pelo color rojo que parecía arder cuando le daba la luz de las estrellas, pecas como polvo de canela y una cesta llena de hierbas de luna. Era la aprendiz de la curandera del pueblo, la chica que siempre andaba descalza y que cantaba tan bajo que parecía que hablaba con las flores. Alai la conocía de lejos; ella a él también, aunque nunca habían cruzado palabra.
Los dos se miraron. La estrella latió más fuerte entre ellos, como si estuviera nerviosa.
—Es mía —dijo Alai, con esa voz ronca que usaba para asustar.

—Las estrellas no tienen dueño —respondió Lía sin
levantar la voz . Las estrellas eligen.
Alai soltó una risa seca.
—¿Y esta te eligió a ti? No. Nos eligió a los dos.
Alai frunció el ceño. Nunca había oído que una estrella hiciera algo así. Lía se agachó, rozó la piedra con la yema de los dedos y la estrella brilló tan fuerte que tuvieron que cerrar los ojos. Cuando los abrieron, ya no estaban en el bosque.
Estaban dentro del deseo.
Era un lugar imposible: un lago de cristal flotando en el cielo, islas de nubes, peces que volaban como pájaros. Y en el centro, un reloj de arena gigante hecho de luz. La arena caía muy despacio.
Tenemos hasta que se acabe dijo Lía mirando el reloj—. Si devolvemos la estrella antes, el deseo será puro. Si no… se pudre.
—¿Y qué deseo es? —preguntó Alai, incómodo. No le gustaba no saber. 4
—Que dos personas que nunca se han atrevido a hablarse… se conozcan de verdad.
Alai sintió que algo le apretaba el pecho. Quiso burlarse, pero no le salió. Solo pudo decir:
—¿Y si una de las dos personas no quiere ser conocida?
Entonces el deseo se rompe igual respondió ella, tranquila—. Pero la estrella ya eligió.
Pasaron horas que parecieron años. Caminaron por islas de nubes, se mojaron en lluvia que olía a vainilla, persiguieron a un dragón que en realidad era un gato enorme con alas. Y hablaron. Hablaron de todo lo que nunca le cuentan a nadie.
Alai le contó que robaba estrellas porque su madre una noche vio caer una en Éirinn Ór. Salió descalza, con la fiebre comiéndole los huesos, convencida de que si la tocaba podría pedir curarse. Nunca la encontró. Murió tres días después. Desde entonces Alai odió las estrellas. Las robaba para venderlas en el mercado secreto a ricos y a brujos que pagaban en oro.
Cada estrella que vendía era su forma de gritarle al cielo: «Tú no se la diste a ella, pero yo te las quito a ti» Lía le apretó la mano y habló por primera vez de lo suyo.
Yo curo con hierbas porque mi padre empezó a desvanecerse. Así, sin más. Un día era fuerte como un roble y al siguiente su cuerpo se volvía transparente, como si el mundo lo estuviera borrando poco a poco. Los curanderos lo llamaban la “enfermedad sin nombre”, una maldición antigua que solo aparece cada cien años en Éirinn Ór y de la que nadie conoce cura. Una noche vio caer una estrella y salió corriendo, igual que tu madre, convencido de que ese era el único deseo capaz de salvarlo. Lo encontramos días después junto al círculo de piedra, ya casi invisible, con la mano todavía alzada… pero la estrella se había apagado antes de que llegara. Desde entonces estudio cada planta, cada raíz, cada hoja, para encontrar algo que detenga esa enfermedad si vuelve a aparecer. Porque no quiero que nadie más tenga que correr detrás de una estrella para seguir existiendo. Se rieron de tonterías. Se callaron cuando dolía. Y en un momento, sin que ninguno de los dos lo planeara, sus manos se encontraron y no se soltaron más.
Cuando la última arena estaba a punto de caer en el reloj, corrieron juntos hacia el borde del lago flotante. La estrella, ahora más pequeña, temblaba en las manos de Lía ¿La devolvemos? preguntó ella.
Alai miró el cielo que ya no odiaba tanto.
Sí. Pero esta vez no quiero robarla. Quiero ganármela.
Lía sonrió como si el sol saliera dentro de ella.
Juntos lanzaron la estrella al cielo. Brilló, giró tres veces y se quedó quieta, convertida en la estrella más brillante de todas. Volvieron al bosque justo cuando el sol asomaba. El reloj de arena se deshizo en polvo de luz que les cayó encima como nieve tibia.
Se miraron, cansados, con la ropa llena de brillos.
—Entonces… ¿ya nos conocemos de verdad? — preguntó Alai, y por primera vez su voz sonó tímida.
Lía se puso de puntillas y le dio un beso corto, suave, que supo a hierba fresca y a promesa.
Ahora sí.
Desde esa noche, en Lúmina hay una estrella que brilla distinto, como si se riera. Y en el pueblo ya nadie habla del ladrón de estrellas… porque ahora todos hablan del chico que aprendió a devolverlas.
Y de la chica que le enseñó cómo.
Fin.