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Todos somos naturaleza

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Todos somos naturaleza El tamaño del tiempo Detengámonos un instante a sentir el tiempo, ese aparente no fluir que siempre pasa. Nuestra existencia individual es muy breve, cada uno de nosotros podría vivir cuando mucho un siglo (una dos milésima parte de la historia de la especie), y nuestros recuerdos abarcan un suspiro progresivamente menor comparado con la evolución de la vida, la formación del planeta o el origen del universo. Cada historia humana dura un pestañeo, y ocurre en una exacta coordenada espaciotemporal de la historia del cosmos. Imposible sentir y difícil imaginar (sino metafóricamente) las dimensiones de tiempo que implica la evolución del universo, comenzado hace 15.000 millones de años en una gran explosión cuyo oleaje y movimiento constituyen aún el marco de nuestra existencia.

Desde que se formó el planeta Tierra, hace unos 4.500 millones de años, ha habido tiempo suficiente para que ocurrieran todo tipo de grandes acontecimientos que lo transformaron profundamente en incontables ocasiones. Cuando terminaron de conjuntarse las partes que se fueron agregando para conformar este mundo, el panorama debió ser un infierno de materiales incandescentes Desde entonces, los materiales han ido enfriándose poco a poco, sin que hayan terminado de hacerlo; en su interior la Tierra es aún muy caliente y lo hace saber a cada momento.

La primera glaciación es conocida como Huroniana y duro un total de 300 millones de años (fue la más larga)


La atmósfera primitiva sufrió cambios radicales en la mezcla de gases que la componían, hasta convertirse en la actual atmósfera con una quinta parte de oxígeno, ingrediente imprescindible al que la vida se ha adaptado muy bien. Hubo una larga época, de unos mil millones de años, en que ni existió la vida. Era aquel un mundo completamente desnudo de vida, donde los compuestos y elementos aún no se habían organizado en estructuras y mecanismos que permitieran la manifestación del fenómeno vivo. Y luego hubo suficiente tiempo para que la vida juntara sus partes, sus relaciones y sus condiciones, y surgiera hace aproximadamente 3.500 millones de años partiendo de la materia y la energía circundante. Y una vez más todo cambió, la irrupción y proliferación de la vida primordial se sumó a los actores del paisaje y se inició el diálogo entre lo viviente y lo inerte; la naturaleza se hizo más compleja y aparecieron los ecosistemas.

Vida microscópica En la inmensidad de 3.500 millones de años que han transcurrido desde su origen, la vida nunca ha dejado de presentar constantemente nuevas opciones y formas que se han desarrollado, adaptado y desaparecido en íntimo concierto con los rasgos de un paisaje que cambia sin freno y del que ellas forman parte. Desde lo microscópico, relativamente simple y unicelular (como las bacterias), los sistemas biológicos desarrollaron lo multicelular, macroscópico y más complejo (como los mamíferos), así fueron apareciendo muy variados organismos en las distintas épocas.

Los estromatolitos fueron liberando oxígeno y poco a poco fueron llenando el océano; sobre el agua se fue creando la atmósfera. Sabemos eso por los restos y huellas que han dejado en las distintas capas de la Tierra. De esta manera han podido reconstruirse algunas piezas y visualizar en algo el vasto rompecabezas de la historia de la vida.


Ha pasado tanto tiempo desde que surgió la vida que incluso, por distintas razones cada vez, ésta ha experimentado al menos cinco extinciones masivas (y quizá estamos viviendo y siendo protagonistas del curso de la sexta). La mayoría de las especies que alguna vez habitaron el planeta en las distintas épocas se extinguieron para siempre.

Las especies de hoy son apenas una pequeña fracción de todas las que han existido desde que la vida se originó. En la más famosa de las extinciones terminó el largo reinado de 160 millones de años de las bestias más asombrosas y legendarias de la historia, los dinosaurios. La vida ha estado en ocasiones cerca de desaparecer, pero desplegando su estrategia de adaptación ha vuelto siempre a encontrar caminos. Lo que no quiere decir que en algún futuro inaprensible no desaparezca del todo al convertirse el planeta primero en un desierto, para luego ser destruido al calor de la agonía de su estrella. El tiempo de la especie Todos los seres humanos pertenecemos a una misma especie (animales diurnos cambiables por la educación y el clima, definidos científicamente así en 1775) cuyo nombre oficial es Homo sapiens, “el homo que sabe” (aunque parece claro que nuestros parientes del mismo género, todos ellos extintos, también “sabían”) Somos una especie relativamente joven que surgió en una época muy reciente de la evolución de la vida (apenas su última veintemilésima parte). Hace unos 200 mil años (una fecha muy próxima comparada con los abismos de tiempo que hemos mencionado) apareció como parte de la evolución del género.


Homo, originado hace un par de millones de años como consecuencia a su vez de la evolución de los homínidos, surgidos hace siete millones de años, y así sucesivamente en la secuencia de formas de vida que nos trajo hasta acá desde el origen de la vida una especie cuyos individuos son capaces de entender cómo funciona su entorno, de transformar tal entorno y de aprender y enseñar a sus descendientes todo ese conocimiento. Cada generación humana produce conocimientos nuevos, por lo que las subsecuentes generaciones son diferentes en cuanto a los conocimientos que poseen y a cómo los usan para adaptarse. Todas las otras especies no dejan de comportarse igual generación tras generación; nosotros hemos desarrollado rápida y crecientemente habilidades nuevas. Comparadas con las nuestras, las diferencias en el modo de proceder de los individuos de otras especies son mínimas. Al menos desde que las conocemos y desde que aprendimos a conocer también sus fósiles, los animales y las plantas, del tamaño que sean, han seguido en su momento siendo eso ,animales y plantas, sin posibilidad de aprender o ser mucho más, y atadas a su naturaleza repetitiva. Los individuos humanos somos capaces de producir y transmitir muchos tipos de conocimientos. Así la especie se distingue del resto Este comportamiento de la especie humana tiene que ver directamente con el desarrollo de su sistema nervioso (el número de neuronas y la cantidad de enlaces que se establecen entre ellas). La expansión de la base física de la red neuronal permitió que se establecieran más funciones y más elaboradas. De hecho, la tendencia tecnológica de aumentar los espacios de memoria y la velocidad con que se moviliza la información almacenada (vía algoritmos y toda clase de aplicaciones) es reflejo fiel de la proclividad humana a crear a imagen y semejanza. Y entonces hubo espacio para mayores sutilezas, el pensamiento más complejo, creativo y alto, hasta para el bien y el mal. Este nivel de complejidad permite el auto reconocimiento de los individuos; los seres humanos somos conscientes uno a uno de nuestra propia y peculiar existencia. Desde este punto de enfoque, cada uno de nosotros representa algo así como un centro de universo donde todos los demás forman parte de lo otro. No sólo hacemos las cosas muy diferentes a como las hacen otras especies, también las hacemos muy diferentes de persona a persona. Nuestras capacidades exclusivas y singularidades individuales se manifiestan incluso en idiosincrasias tales que, haciendo una simplificación, existen dos tipos de integrantes de la especie humana quienes consideran el ambiente como un respetable cómplice con el cual convivir, y quienes lo miran como mera fuente de recursos a ser utilizados. Animales de costumbres somos los seres humanos, cada cual con sus saberes y creencias, con sus estilos y manías. La pregunta ineludible es ¿cuál es mi postura? Por supuesto la respuesta tiene un componente teórico-ideológico (lo que pienso y lo que digo), pero además tiene que ver con lo práctico, el comercio real, el intercambio cotidiano que sostengo con el ambiente (lo que hago). La expansión de los humanos

Todo comenzó en África hace unos 200 mil años; el amplio ramaje del árbol de la humanidad tiene su raíz en esas tierras. Desde ahí, al paso de los milenios nuestros antepasados fueron multiplicándose, desplazándose, adaptándose y colonizando todos los continentes y cada uno de sus ambientes y rincones Europa, Asia, Oceanía, América, hasta un poco la Antártida y también, aunque no de manera muy permanente, el espacio cercano y la Luna (y luego vendrá Marte).


Dejó de haber un nicho específico para este grupo animal en irrefrenable movimiento y cada rincón del paisaje fue alcanzado e inspeccionado en una constante búsqueda de recursos para sobrevivir. La mayor parte de su historia, digamos más de 90%, nuestra especie vivió de cazar y recolectar otras especies (animales y plantas muy variadas, merced a nuestro proceder omnívoro), es decir la toma directa de recursos naturales. Esto ya tenía impacto sobre el ambiente pues implicaba extinciones locales y selecciones artificiales de especies, y con ello, los primeros ecosistemas modificados por nosotros. En su tránsito por el mundo como cazadores y recolectores, los humanos llevaban ya un cierto control de la energía con el uso del fuego, y esto también tuvo efecto en el ambiente. Las cosas volvieron a cambiar drásticamente cuando, hace quizá poco más de 10 mil años, surgieron la agricultura y la domesticación (el cultivo de seres vivos en lugar de sólo cazarlos o recolectarlos), es decir, el control y manejo discrecional de la producción de varias especies por una especie predominante. Hoy podemos crear legiones de pequeños reactores vivos con fines alimenticios, farmacéuticos o industriales claramente determinados. La producción a través del cultivo de seres vivos permitió alimentar más bocas y entonces la población humana pudo crecer más allá de los límites que hasta ese momento había impuesto el ambiente. También obtuvo más tiempo para dejar libre el pensamiento, para ensayar y errar cuidadosamente realizaciones, para construir estructuras sociales variadas y complejas. Atarse al lugar para hacer producir la tierra y criar animales detonó el sedentarismo, y ahí se iniciaron propiamente los asentamientos que evolucionaron en nuestras actuales ciudades. El efecto disperso que había tenido la actividad de los primeros tomadores directos de recursos naturales se concentró y se tornó avasallador al adoptarse el cultivo de especies vegetales y animales. Hoy gran parte de la piel de nuestro mundo ha sido transformada para cultivar pocas especies, pero en gran número (siempre insuficiente). Con estas acciones, en diez milenios logramos alterar el ecosistema planetario en su conjunto y reducir drásticamente la variedad de la dieta que practicaron los cazadores y recolectores. Pero nuestra presencia ha dejado una marca aún más indeleble a partir dela Revolución Industrial y el uso de combustibles fósiles para producir desmesuradas, crecientes y desperdiciadas cantidades de energía. Y así siguió aumentando, avanzando y concentrándose la presencia de la vida humana sobre el resto de formas de vida y el ecosistema entero, convertido en mera fuente de recursos. Hoy una fila de todos los humanos con los brazos extendidos tocándose las puntas de los dedos daría 300 vueltas a la Tierra. El breve universo que somos Cada ser humano, y cada sistema vivo, se forman de las materias primas presentes en el universo. Los elementos que lo construyen han estado dispersos por ahí en formas elementales o moleculares, hasta estructurarse y organizarse. El tiempo que dura la vida es un proceso constante de intercambio de materia y energía que sirve para mantener la integridad del sistema. A través de cada ser vivo fluyen continuamente los materiales y la energía de su entorno.


Desde el punto de vista estricto de la materia que nos compone, nunca somos la misma cosa. Mientras algo de materiales nuevos entra, algo sale. Respirar, por ejemplo, es procesar con ansia el oxígeno en un roce constante y vital de nuestros tejidos internos con la atmósfera que nos rodea. A lo largo de la vida, la estructura se desgasta por un lado y se renueva por el otro, hasta que llega un momento para cada individuo en que los procesos completan su ciclo, se deja de reparar y construir, la organización se desarticula y decae hasta desintegrarse como sistema y reintegrarse luego a alguna de las rutas de tránsito de los materiales en el ambiente. El esfuerzo por mantener el sistema cesa y se revierte el caos original de materias primas libres unas de otras. La naturaleza es nuestro semejante. Los diferentes animales estamos conformados por un conjunto común de proteínas constructoras muy similares y funcionalmente indistinguibles. Somos diferentes no porque tengamos genes diferentes (tenemos grupos de genes muy similares), sino porque el nivel de expresión de los genes, el cómo y el dónde se usan, es distinto en cada caso. Cada uno somos un ecosistema, albergamos por dentro y por fuera microscópicos seres de varios reinos, más numerosos que todas las células que nos componen. Nuestra vida individual es un conjunto equilibrado de organismos, un mosaico de vidas, todas las cuales hacen falta para sobrevivir. A veces la enfermedad es desequilibrio o enfrentamiento entre los seres que habitan el territorio de nuestro cuerpo. La vida se alimenta de la vida. Somos paisajes químicos que requieren nutrirse sin cesar y que difieren a cada momento del día y de la existencia.

Nuestro ser y sentir estará también determinado por la precisa composición cambiante que nos constituye, la mezcla exacta en el caldero interior. Cuando un organismo comienza a ser, como resultado de la interacción de los procesos de otros seres vivos, conforma un sistema que intercambiará permanentemente con el medio en que se encuentre (intrauterino o extrauterino) materia y energía mientras el sistema permanezca funcionando y se mantenga vivo. En la vida de cada ser, el universo invierte energía para construir la estructura compleja y ordenada de lo vivo, a costa de esto aumenta la entropía del universo.


Lo que nos hace humanos Cada uno de nosotros (tú lector, también) empezó a existir hace apenas unos años. Antes de eso, los componentes que contribuyeron al origen de nuestra estructura, y los que han participado desde entonces en nuestra transformación constante, estaban ya en el ambiente, como resultado a su vez de procesos cósmicos, aún más inimaginablemente profundos en el tiempo, donde se formaron las partes más pequeñas y elementales de nuestros componentes. Somos la única especie viva del género Homo, nuestros más viejos antepasados llegaron a compartir tiempo e incluso espacio con otras especies del género como los neandertales, que se extinguieron hace 45 mil años, o los floriensis, que desaparecieron hace apenas 12 mil años. La mayor parte del tiempo desde la formación del planeta, e incluido el posterior surgimiento de la vida en él, transcurrió sin la especie humana, sin que nadie se percatara de ello. Uno mismo es un sistema de comportamiento repetitivo, que se despierta cada mañana y transcurre cíclicamente las siguientes 24 horas, y luego las siguientes, y así sucesivamente, interactuando con distintas partes de un sistema aún mayor en el que se halla embebido y el cual también tiene comportamientos cíclicos. Uno forma parte del entorno, y para cada individuo todos los demás forman parte del entorno; uno es parte del entorno de cada uno de los demás. Cada uno fluye en su ambiente de manera distinta a los demás. Y aunque el efecto sumado de los individuos sobre el ambiente se vea como una totalidad, cada individuo aportará cifras diferentes al juego. ¿Qué implica mantener en funcionamiento estructurado el concierto de fenómenos que cada quién es y que permiten incluso el raro privilegio de percibirse vivo? “Soy parte de la naturaleza y todos mis actos forman parte de la naturaleza, actúan sobre ella y sobre mí en ella ¿Cuánto le cuesto al universo cada día?”. Para saberlo bastaría empezar por observar detenidamente y anotar con detalle un par de días de la vida de uno mismo y así dar cuenta de las peculiaridades del devenir cotidiano propio: ¿cómo uno se relaciona con el ambiente a cada paso? A diferencia de otras especies, los humanos como individuos podemos ser muy diferentes en la forma como nos relacionamos en términos energéticos con nuestro universo. Claro que esto es un ingrediente que termina redundando en una amplia gama de niveles de vivir que conllevan a una profunda desigualdad: la minoría (de individuos de nuestra especie, a diferencia de las otras) vive con mucho más de lo necesario y la mayoría con menos de ello.


El comportamiento que despliega cada humano es en mucho resultado dela formación que recibe, de lo que se le enseña desde la infancia en los ámbitos familiar y escolar. Y llegados a cierta edad (de hecho ya la de cualquier lector de estas líneas), la casi totalidad de nuestros hábitos y costumbres ya no cambiarán (en todo caso se acentuarán), y son tan automáticos que los pasamos desapercibidos. Casi todo lo que hacemos termina teniendo repercusiones ambientales. ¿Qué tanto, uno a uno nuestros (mis) actos cotidianos tocan o afectan el entorno próximo y distante? Si terminamos enseñando lo que aprendimos, es decir lo que nos enseñaron, una manera de romper este circuito cerrado desde lo individual es plantearse la siguiente pregunta: ¿Cuál o cuáles de mis hábitos decido modificar consciente e insistentemente desde este momento que estoy leyendo, para que en el momento que me toque ser responsable de la formación de alguien, ese alguien, de sólo mirar mi proceder, aprenda inconscientemente ese nuevo rasgo de comportamiento, que absorba ese saber por el sólo hecho de convivir conmigo? La respuesta no es sencilla, y por supuesto implica un ejercicio de análisis y reconocimiento individual cuyos resultados serán diferentes en cada caso. Lo que no puede pasar es que el individuo se oculte tras el grito quejumbroso de la masa. Lo que no puede pasar es que la pregunta quede sin respuesta y calle en la inacción. Es necesario reconocer y apreciar las dimensiones, complejidades y relaciones que constituyen la problemática ambiental. Es indispensable el conocimiento que a cada individuo le haga falta para identificar su propia coordenada y su aporte al cuerpo de la problemática, sus actitudes y sus valores ante la complejidad llamada naturaleza (nada ni ajeno ni externo), a la cual contribuimos cada vez que respiramos y en cada uno de nuestros actos. No existe ninguna inteligencia diferente, ni es necesario inventarla. La notable capacidad de raciocinio que nos ha traído hasta el presente estado de cosas (como nunca desafiante y ominoso) es la misma que, mezclada con dosis aún mayores de la generosidad de la sabiduría y de un profundo e ilustrado sentimiento de identidad con la vida y el universo, nos permitirá decidir el mejor rumbo. La vida humana se sustenta en la disponibilidad de recursos del planeta. Su uso, y abuso, en muchos casos, está en el centro de la discusión sobre sustentabilidad, pues son una parte fundamental del legado transgeneracional. Entender los diferentes tipos de recursos y las consecuencias de su utilización, principalmente la contaminación.


En este sentido, el uso de los recursos no puede verse separado de las consecuencias de su uso, principalmente su agotamiento, que va en contra de la sustentabilidad, o de la contaminación como producto de sus usos inadecuados. Martin Eduardo Lucione https://facebook.com/Ecoalfabetizacion https://issuu.com/martinlucione Extraído Universidad Autónoma Metropolitana Sustentabilidad una visión multidisciplinaria Nemesio Chávez Arredondo


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Todos somos naturaleza by Martin Lucione - Issuu