El Cambio Universitario Que Necesitamos es Académico, Sociopolítico y Ético
Manuel González Ávila Departamento de Educación Facultad de Odontología Universidad de San Carlos de Guatemala
Concepto inicial El momento actual ofrece una oportunidad extraordinaria a la Universidad de San Carlos de Guatemala para pensarse a sí misma y crear los procesos que le permitan renovarse, a la vez que encontrar su coherencia con respecto al país y la época que vivimos. Los problemas y el déficit social demandan empeño y compromiso del movimiento universitario. La magnitud y la complejidad del reto es tal que obliga, por nuestra propia responsabilidad a hacer esfuerzos para prepararnos con aquellos recursos teóricos y prácticos que posibiliten los cambios deseados. Este texto tiene la intención de apoyar esos esfuerzos.
El cambio universitario es acerca de una complejidad Un proceso reflexivo acerca de la Universidad, uno que tenga pretensiones de provocar cambios sustanciales, haría bien en considerar que el objeto de su atención es toda una complejidad de carácter social, político y ético, por el hecho de que se trata de una institución que tiene ciertas relaciones internas y externas, normas, características y dinámicas como conglomerado humano. Dicho objeto de estudio es, además, un asunto ético porque las aspiraciones, los contenidos, los procedimientos y lo que en última instancia deseamos como resultado tienen dimensiones morales. Son constituidos por nuestras concepciones de lo que debe ser, los valores que mueven nuestro discurso y nuestras acciones, y los procedimientos que pensamos que son los correctos o no. Al expresarlas entramos en conflicto contra las que nos parecen distintas. Muchas veces, por ejemplo, vemos conflicto entre discursos y prácticas que cultivan la verdad, la justicia, la comunicación y la solidaridad, contra los que se afilian a intereses egoístas o autoritarios. 1
El reconocimiento de tal complejidad, como un asunto central que hay que atender cuando discutimos los procesos de cambio universitario, es fundamental porque los cambios necesarios deberán tener esa misma naturaleza compleja. El pensamiento simple y reduccionista no da para mucho. Esto es, si esperamos algo más que cambios formales. Tampoco puede ser sólo una maniobra social o política desvinculada de las prioridades académicas, una tentación siempre presente en muchas de las discusiones universitarias de los últimos años. En otras palabras, el cambio necesario, aparte de que debe alejarse de cualquier forma de mediocridad, improvisación o superficialidad, no puede intentar ser sólo filosófico, científico, técnico o cultural. De esa forma sólo llegamos a dejar elegantes documentos, con productos sólo discursivos, como lo demuestran los últimos intentos de cambio. Debemos entones apuntar a que el cambio institucional abarque aspectos relacionales, procedimentales y organizacionales, necesariamente. En otras palabras, no podemos esperar que los “conceptos” nos lleven a los fines esperados porque lo que necesitamos no es sólo conocimiento. Lo que esperamos son cambios profundos en las voluntades, las convicciones, las costumbres y las perspectivas. Lo que necesitamos urgentemente como Universidad es modificar nuestras maneras de entender la educación universitaria, los procesos de enseñanza y aprendizaje, la investigación y la extensión universitarias. Necesitamos cambiar en el corto plazo lo que entendemos por administración de lo académico y qué modalidades del ejercicio de la política consideramos compatibles con los fines universitarios y académicos. Por eso mismo, debemos tener plena conciencia de los grandes retos que plantea la actual coyuntura. Por eso mismo también, los procesos de transformación académica deben ser sociopolíticos, al mismo tiempo que éticos.
Lo sociopolítico tiene una direccionalidad ética La concepción, la participación y las acciones de las que hablo cuando me refiero a lo político no son las que son usuales en los partidos políticos de Guatemala, ni el tipo de maniobra que actualmente tiene tanta vigencia en la Universidad. En ese sentido hay que hacer una salvedad. Puede ser aceptable y hasta conveniente que haya universitarios que ejercen la política partidaria, siempre que éstos no constituyan una fuerza hegemónica, ni ejerzan cargos directivos o se conviertan en instrumentos de intereses ajenos a los universitarios y, además, siempre que exista una cultura institucional con los mecanismos necesarios para sostener bajo control a la política maniobrera o sectaria. Pero el problema es que la reducción de la práctica política a casi sólo esta última 2
modalidad en la Universidad, como tantas veces se observa en la situación actual, ha llevado a la instrumentalización de la Universidad hacia fines ajenos, egoístas, y hasta contrapuestos a los legítimos universitarios. El principal compromiso que ha tenido esa criticable forma de hacer política en la Universidad no es con la Universidad. Es dirigido por la lealtad a intereses particulares egoístas y a sus principios, siendo ellos distintos de los universitarios. Los ejemplos están a la vista. Reconociendo que hay muchas concepciones sobre ello, lo que deseo plantear aquí como lo político es el conjunto de procesos de relación social que son constituyentes de pensamientos, expresiones, acciones, programas y cambios organizativos que tienden a crear (o fortalecer) movimientos para responder a los retos del contexto hacia un futuro deseable. Cuando aspiramos a la construcción de la paz y la democracia una aspiración esencial es la legitimidad. Para el caso, sirven muy bien los conceptos de Chantal Mouffe1: “Por 'lo político', me refiero a la dimensión del antagonismo que es inherente a las relaciones humanas, un antagonismo que puede tomar muchas formas y emerger en diferentes tipos de relaciones sociales. 'La política', por otro lado, indica el ensamblaje de prácticas, discursos e instituciones que buscan establecer un cierto orden y organizar la coexistencia humana en condiciones que son siempre potencialmente conflictivas porque son afectadas por la dimensión de “lo político”. Considero que sólo cuando reconocemos la dimensión de “lo político” y comprendemos que “la política” consiste en adaptar la hostilidad y en tratar de desactivar los potenciales antagonismos que existen en las relaciones humanas, es cuando podemos colocar lo que sostengo que es la cuestión central para la política democrática. Esta cuestión no es, dejando de lado a los racionalistas, cómo llegar a un consenso sin exclusión, dado que ello implica la erradicación de lo político. La política persigue crear unidad en un contexto de conflicto, desacuerdo y diversidad; siempre se trata de la creación de un “nosotros” por la determinación de un “ellos”. Lo nuevo de la política democrática no es superar la oposición nosotros/ellos –lo cual es una imposibilidad–sino la manera diferente como se asume.”
Una buena pauta a considerar en la conducción de los procesos políticos que son a la vez académicos se encuentra también en el texto citado: “Una democracia confiable necesita el choque vibrante de las posiciones políticas democráticas. Si esto falta hay el peligro de que la confrontación democrática sea substituida por una confrontación entre otras formas de identificación colectiva, como es el caso con la identidad política. Demasiado énfasis en el consenso y la negación de la confrontación llevan a la apatía y a la indiferencia con respecto a la participación política. Peor aún, el resultado puede ser la cristalización de pasiones colectivas alrededor de temas que no se pueden manejar por el proceso democrático y la 1
Mouffe, Chantal (2000). Deliberative Democracy or Agonistic Pluralism. Reihe Politikwissenschaft / Political Science Series 72. Editor: Christine Neuhold. Associate Editor: Gertrud Hafner. Vienna: Department of Political Science, Institute for Advanced Studies (IHS), Disponible en Internet en el sitio: http://www.ihs.ac.at/publications/pol/pw_72.pdf
3
explosión de los antagonismos que pueden romper la misma base de la civilidad.”
Algunos conceptos importantes se derivan de estos postulados. Uno es que en todo grupo social habrá siempre diferencias y conflictos. Una buena política aceptará esto y atenderá los conflictos como “diferencias entre adversarios” que tienen discrepancias con respecto a algo, pero que también tienen puntos en común. El segundo es que el adversario no es un enemigo al que hay que destruir o eliminar. Tal acción no tiene sentido excepto en una dictadura en la cual la autoridad se impone por abuso. No tiene sentido porque siempre habrá diferencias en cualquier grupo social y porque siempre habrá espacio para el pensamiento libre en cualquier sujeto. El mundo del pensamiento es diverso. El tercer concepto importante es que una política democrática, en coherencia con los dos primeros, se enfocará a construir los procedimientos por los cuales los conflictos serán canalizados por la vía de la construcción ciudadana y no por la de la imposición autoritaria que se sostiene por la descalificación, la fuerza, la amenaza y el abuso. La miopía de corto plazo de esta última opción de política es un elemento de degradación (corrupción) de las instituciones. Muchos, si no todos, los males actuales de nuestra Universidad tienen sus raíces en esa miopía. Esta manera de ver lo político ayuda a comprender que el poder, como capacidad de realización que se establece en relación con otros principios y proyectos, se puede construir. La diferencia lo es de principios y proyectos. Por lo tanto, es importante identificar cuáles son las fuerzas afines para establecer alianzas, convergencias o paralelismos entre dichas fuerzas. De ahí la importancia de construir diálogos, debates y participación reales y no sólo formales. Una iniciativa política de cambio universitario deberá tener en mente la riqueza de pensamiento que hay hoy en diversos núcleos académicos para elaborar propuestas que no sean auto limitantes como las que hemos experimentado en años recientes.
Dimensión ética de la transformación universitaria Lo moral no sólo es una parte de la subjetividad humana individual. También es una fuerza constituyente de lo social. En tal sentido, tiene existencia objetiva. La realidad social apareció en el desarrollo de la Humanidad compensando las vulnerabilidades de las personas mediante la consideración y el respeto. Ante ellas el ser humano establece y fortalece los vínculos sociales.2 La solidaridad, la cooperación, las metas comunes, la protección de la vida son sólo algunos de los muchos elementos morales en esas sociedades incipientes y en las actuales, a pesar que también aparecen procesos nocivos. Las instituciones, como todos los demás entes sociales, contienen fuerzas y acciones morales que las constituyen: principios, fines, normas, procedimientos y valores, entre 2
Habermas, J. (2000). Aclaraciones a la ética del discurso. Madrid. Editorial Trotta. pp 39-44
4
otras. La especificidad institucional de la Universidad de San Carlos, en cuanto a principios, procedimientos, organización y productos, es la que le asigna la Constitución de la República como institución encargada de la educación universitaria del país. A diferencia de otras universidades que no tienen necesariamente ese compromiso, la nuestra es la encargada de promover la investigación en todas las esferas del saber humano, promover la difusión de la cultura, y cooperar en el estudio y solución de los problemas nacionales. Pero ésta que es la orientación formal y legal no es la única direccionalidad que tiene la Institución. También se la da el sentido que puede tener una universidad pública del Estado guatemalteco en el contexto histórico y social del país, y los aportes esperados para la construcción del futuro, por lo que una universidad es (el ser de la Universidad, su identidad, su compromiso, su papel en la historia y su destino) dadas las condiciones de la realidad social a las que debe responder. La especificidad y la identidad como universidad, en el caso de la Universidad de San Carlos de Guatemala, están íntimamente ligadas a las responsabilidades de la institución, es decir, lo que manejamos nosotros quienes constituimos la Institución: educación, investigación, cultura, vida académica, determinadas por los procesos sociales del contexto guatemalteco, además de lo que está expresado en los mandatos constitucionales. En el contexto de lo que planteo, el proceso político de cambio universitario debe atender a estas direccionalidades y sentidos en los discursos, diálogos y debates que habrán de hacerse para entendernos como institución universitaria de todo el país. Es necesario mencionar la razón de ser de una universidad pública en Guatemala, aunque parezca que eso es obvio, porque con demasiada frecuencia observamos acciones y algunas costumbres administrativas y de la política institucional que se contraponen a los intereses legítimos de la vida académica. De hecho, algunos universitarios también parecen haber olvidado el compromiso académico.
Calidad académica con pertinencia social es un concepto ético De ahí la necesidad de incorporar la categoría dual y simultánea de calidad académica con pertinencia social en todos los planes y programas universitarios.3 La reflexión y la autocrítica institucionales seguramente conducirán a reconocer la diversidad, las diferencias y los desacuerdos que tenemos acerca de hacia dónde ir y cómo hacerlo. Es 3
González M. (2007) Complejidad y el Movimiento Universitario. Exploraciones sobre la calidad académica con pertinencia social en las universidades de América Latina y el Caribe. En: Al margen de los márgenes. Transdisciplinariedad y Complejidad: Experiencias y retos desde la Universidad. San Juan, Puerto Rico: University of Puerto Rico at Humacao e INAS. Comunicadora Coiné, Inc. pp 49-90.
5
importante conocer éstos como uno de los primeros pasos. Pero las mayores diferencias las encontraremos al discutir qué somos como país Guatemala, qué futuro debemos construir, qué sentido tiene el hecho de ser la Universidad de San Carlos de Guatemala y, dado lo anterior, qué métodos usaremos para alcanzar los objetivos de la transformación institucional. Esas preguntas determinarán, a mi manera de ver, qué Universidad es la que necesitamos y habremos de construir. Nuestra universidad debe ser independiente, crítica de los procesos sociales y políticos del Estado, del gobierno y de las instituciones más influyentes públicas y privadas, debe anticiparse a las oportunidades y los riesgos para construir el futuro. Debe ser una universidad que tiene una producción importante de conocimiento para el país, que egresa profesionales dignos, académica y profesionalmente capaces y socialmente comprometidos, reconocidos por su ética y moral adicionalmente a su capacitación filosófica, científica, humanística y tecnológica, y que son sujetos sociales con orientación democrática. Necesitamos una institución que tenga la capacidad filosófica, científica y política de contribuir oportunamente a los procesos del contexto estructurales y coyunturales. Otras características son también importantes (económicas, psicológicas, culturales,...). Para conocerlas y reflexionar sobre ellas es necesario abrir los espacios deliberativos en donde tengamos la posibilidad de pensar y cuestionar libremente las premisas, e indagar sobre cuáles son nuestras perspectivas y expectativas. Un punto de partida que podría ser compartido es el acuerdo de construir una universidad pública al servicio de los altos intereses de la nación y de todo su pueblo, asentado en el respeto a los derechos humanos y la ética. A partir de ahí, seguramente encontraremos muchos desacuerdos acerca de cómo impulsar los cambios necesarios. En líneas generales, siendo deseables las características mencionadas en el párrafo anterior, no las percibimos satisfactorias en nuestra Institución. Las acciones egoístas e individualistas parecen ganar cada día más y más terreno. Necesitamos entonces volver la vista a las ideas centrales. ¿Qué somos? Somos una entidad académica, social y política. Como institución social y política con responsabilidades académicas y de pertinencia social, debemos conocer cuáles son las fuerzas que nos mueven, y cuáles son los dinamismos que nos envuelven contextual e históricamente. Algunas de ellas nos limitan y nos ponen en riesgo como Universidad. La moral institucional y el conflicto son fuerzas importantes que nos constituyen en nuestra institución, como en cualquiera otra entidad social. Pero debemos identificar cuáles son específicamente los elementos morales y los elementos de conflicto particulares en la Universidad. Uno de los puntos de tensión más visibles es el que existe entre las fuerzas que tienden a considerar a las personas como recursos necesarios para el avance de las empresas, por un lado, y las fuerzas que consideran la dignidad que 6
tenemos como personas, como sociedad y como pueblo como valores en sí mismos, por el otro. Una y otra fuerzas presentan valores y lineamientos de desarrollo científico, educativos y de extensión universitaria. Los conflictos aparecen por el hecho de que compiten como programas por la atención institucional, la presencia discursiva y política, y los recursos. Cómo resolver dichos conflictos es la pregunta que trata este texto. Obviamente es por medios políticos. Pero entonces la siguiente pregunta es qué medios políticos son aceptables y compatibles con lo que somos como Universidad. No puede ser por medios clientelistas, autoritarios o improvisados. Propongo que consideremos las limitaciones que tiene la dependencia exclusiva en la racionalidad, y que los procesos necesarios requieren medios académicos, intelectuales y éticos, a la vez que democráticos y políticos. Acá, de nuevo, habrá gran diferencia si lo político es visto como dicotomía o con la perspectiva de la complejidad. La noción de la realidad social como dicotomía debe ser superada por medio de nuestra capacitación. Esto es tarea pendiente en muchos de los círculos universitarios. Debiera ser evidente que lo que hay que cultivar en la Universidad –pensamiento crítico, capacidad explicativa e interpretativa, capacidad creativa y propositiva, comunicación, solidaridad, responsabilidad– no puede ser logrado por medio de procedimientos contrarios a las virtudes académicas y al compromiso del trabajo intelectual. Esto es porque lo que necesitamos hacer florecer es vida académica y para lograrla es preciso hacerlo en espacios éticos que cultivan la verdad y la libertad de pensamiento, no la obediencia o la sumisión. Por eso el autoritarismo –igual que el fundamentalismo y otros vicios– no tiene sentido en una universidad. Podríamos extender esta lógica para demostrar las necesidades de practicar otros valores (verdad, justicia, ética de la comunicación, por ejemplo) pero este asunto tendrá que quedar sólo mencionado aquí. Para lograr cambios significativos necesitamos un movimiento que no sea sólo formalinstitucional, debe ser también un movimiento incluyente, participativo, con orientación académico-política sobre los asuntos universitarios. Debemos advertir sobre las dificultades de ver con otros ojos lo que estamos acostumbrados a hacer cotidianamente. El sentido común es engañoso por eso, porque lo que estamos acostumbrados a hacer nos parece natural. Estamos tan acostumbrados al formalismo que hasta observamos rechazos hacia los intentos de profundizar en la compresión de los procesos universitarios. Esta costumbre liga el formalismo con la mediocridad. Entonces y más precisamente, nuestro problema es el diseño de un proceso democrático que incluya las aspiraciones de calidad académica con pertinencia social en sus deliberaciones. De lo que se trata es de crear un movimiento participativo que encuentre y articule los esfuerzos convergentes para fortalecer lo que es universitario y que inicie una estrategia que tienda a eliminar los procesos de descomposición institucional. En 7
esto último, por ejemplo, debemos distinguir, reconocer y erradicar el autoritarismo, el clientelismo y otros males institucionales. Incluyo aquí la crítica fundamentalista que juzga y señala, pero que cómodamente lo hace sólo desde la tribuna descalificando a los demás. Tal proceso no puede ser de nuevo un proceso formal como los que conocemos. Demasiadas veces hemos creído que tenemos un proceso de reforma, readecuación o transformación, así como lo escuchamos en las promesas vacías de contenido en casi cada campaña electoral interna. Ya sabemos que cuando mucho esos discursos llegan a terminar en documentos. No es vida en documentos lo que necesitamos. En lo dicho hasta acá he hecho mención de los graves problemas que nos han deteriorado, principalmente en los últimos quince años aunque algunos de los más graves vienen desde mucho antes. Es necesario explorar y exponer con lenguaje explícito dichos problemas. La corrupción, la mediocridad, el autoritarismo, el malgasto, la falta de transparencia ejecutiva, la intolerancia y el dogmatismo son algunos de ellos. Estos problemas exigen medidas prontas y específicas. Urge crear una entidad que vigile nuestros procesos institucionales, tal como puede ser una Comisión Institucional de Supervisión o de Transparencia, constituida por personas de reconocida honorabilidad, universitarias y no universitarias, con capacidad para ventilar los procesos internos. Es necesario el acompañamiento de una entidad así para asegurar hasta donde sea posible la independencia con respecto a las fuerzas políticas que tienen intereses ajenos a la Universidad.
Síntesis En síntesis, la calidad académica con pertinencia social es una aspiración legítima y necesaria en una universidad guatemalteca y latinoamericana. El movimiento universitario de Guatemala liderado por la Universidad del Estado junto con las universidades privadas del país haría bien en asumir ese compromiso. Pero para hacerlo, necesitamos desarrollar un proceso democrático que responda a lo que somos como universidad. El reto es desarrollar dicho proceso a partir de los grandes problemas de la cultura institucional y del país en general. Debemos advertir que hay que enfrentar con coraje los graves problemas universitarios, como los mencionados anteriormente, sin caer en el vicio del espejo complaciente. Tales problemas son algunos de los principales obstáculos para impulsar algún cambio digno de llamarse así. Uno de los más graves está en que quien más los expresa menos los reconoce en sí mismo. Por esto, y porque tiene ningún sentido extender o recibir recetas prefabricadas, el cultivo de la autocrítica honesta es el mejor punto de partida que podemos (debemos) adoptar. Es importante empezar por ahí para construir creativamente y tomar conciencia de que hay que 8
prepararnos desde ya. De lo dicho podemos concluir entonces que es necesario impulsar dos procesos desde los primeros pasos: 1. Asegurar la calidad democrática de los procedimientos de decisión, y 2. Alimentar constantemente con los suficientes insumos, conocimientos y bases éticas al proceso reflexivo, especialmente en relación con los fundamentos sociológicos e institucionales de la universidad y su contexto, así como los principios para comprender lo político, la ética y el movimiento universitario. Seguramente estas medidas estarán, junto con otras, en la construcción de esfuerzos sinceros de transformación institucional. Guatemala, 14 de febrero de 2011
9