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EL ULTIMO SALTO FINAL

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ES PA CIAL

EDICICIÓN

EL ULTIMO SALTO

AXEL CUEVAS MENDOZA

EL ULTIMO SALTO

En el año 2397, la humanidad ya no miraba las estrellas con asombro, sino con rutina. Las rutas espaciales eran tan comunes como las autopistas del siglo XXI, y los viajes interplanetarios formaban parte de la vida diaria. Sin embargo, el “Salto” seguía siendo un misterio.

El Salto era una tecnología experimental que permitía atravesar distancias de años luz en segundos. Solo se había probado con sondas, y ninguna había regresado. A pesar de eso, la Corporación Galaxia insistía en su viabilidad. Y fue así como seleccionaron a la comandante Laura Méndez para ser la primera humana en probarlo.

—¿Estás segura de esto? —preguntó el doctor Andrés , su viejo amigo y jefe de ingeniería—. Nadie ha vuelto, Laura.

Ella lo miró sin miedo, aunque sus manos temblaban ligeramente al firmar el consentimiento.

—Si nadie se arriesga, nunca sabremos qué hay más allá.

La nave Artemisa U era una joya de la ingeniería: autónoma, armada, autosustentable. Pero lo más importante era su núcleo de Salto, un dispositivo del tamaño de una pelota de fútbol que vibraba con una energía que no parecía de este universo.

Laura despegó desde la órbita baja terrestre. Su destino era un sistema estelar a 320 años

luz de la Tierra, identificado solo como Vasconcelos-7. En teoría, el Salto la llevaría allí en 3.6 segundos.

Activó el protocolo. Contó en voz alta.

—Tres… dos… uno…

Y el universo colapsó.

Fue como si el tiempo se deshiciera. El sonido, el color, el cuerpo... todo dejó de existir por una fracción de eternidad. Cuando abrió los ojos, no estaba segura de haberlos cerrado. Todo era silencio.

La pantalla mostraba coordenadas incomprensibles. Frente a ella se extendía un espacio

que no parecía espacio. Las estrellas se movían lentamente, como si observara una pintura viva. No había planeta, ni sol, ni punto de referencia.

—¿Artemisa? —preguntó al sistema. Silencio.

—Control de misión, ¿me copian? Nada.

Un frío profundo se filtraba por sus huesos, a pesar del traje térmico. Entonces lo vio. Una estructura. Flotando. Gigantesca. Como un anillo abierto, girando lentamente. No aparecía en ningún escáner. No tenía marca, no respondía a señales.

Laura tomó el control manual y se acercó. Al llegar a 500 metros, su nave se detuvo sola. La energía se drenaba. El núcleo de Salto empezó a brillar con una intensidad peligrosa.

Una voz habló dentro de su cabeza.

—Llegaste antes de tiempo.

Laura gritó, pero no había sonido. Solo pensamiento.

—¿Quién eres? —preguntó, ya sin usar la voz.

—Somos los que vinieron después. Los que saltaron más allá del tiempo. Tu tecnología es joven, pero tu especie… promesa.

El anillo se iluminó con símbolos que su mente no podía comprender, pero que, de algún modo, sentía.

—¿Qué pasó con las otras sondas? —pensó.

—Están aquí. Observan. Aprenden. Aprendemos. Ninguna quiso volver.

Laura entendió, de golpe, que estaba viendo el eco de un futuro que aún no ocurría, que el Salto no solo atravesaba espacio, sino realidad.

Aquello que flotaba ante ella era una estación de vigilancia… o un portal.

—¿Puedo regresar?

—Puedes. Pero elegirás quedarte.

—¿Por qué?

—Porque lo que hay aquí es más de lo que

nunca soñaron.

Y lo vio.

En un instante, su mente fue inundada con visiones de mundos sin guerra, de civilizaciones que coexistían, de conocimientos que curaban, creaban, transformaban. De estrellas que cantaban. Lloró. En silencio. Como una niña que ve por primera vez la verdad.

Cuando volvió en sí, la nave aún flotaba. El núcleo de Salto seguía vibrando. Podía regresar. Bastaba presionar un botón. En teoría.

Pero en su corazón ya lo sabía

—Laura Méndez, comandante de la Artemisa XII, última transmisión. —dijo, grabando un mensaje.

Miró hacia el anillo, que ahora la esperaba con las puertas abiertas.

—No vuelvo. Pero he encontrado algo. Si escuchan esto… sigan buscando.

Y apagó la transmisión.

La nave se desvaneció en la luz, y el universo no volvió a ser el mismo.

Del otro lado del anillo, el tiempo no era una línea. Era un océano.

Laura emergió no en un lugar, sino en una idea. Allí, las formas no tenían sentido, pero sí propósito. Las entidades que la rodeaban —si es que podían llamarse así— no hablaban con palabras, sino con recuerdos, emociones, conceptos puros.

Aprendió en segundos lo que antes tomaría siglos. Vio cómo la humanidad podría convertir-

se no en conquistadora del cosmos, sino en su cuidadora. Entendió que cada Salto no era solo un viaje, sino una pregunta lanzada al universo… y que ahora, por fin, alguien respondía.

La estación, o lo que creía que era una estación, se desplegó como una flor imposible, y Laura fue invitada a cruzar. Ya no era solo humana; era embajadora, testigo. Una semilla de algo nuevo.

Muy lejos, en la Tierra, la transmisión de Laura fue recibida quince segundos después de su partida. Silencio, luego su voz. Un mensaje breve. Un testamento.

En los años que siguieron, la Corporación Galaxia analizó el registro una y otra vez. Científicos, gobiernos, soñadores... todos escucharon las palabras de Laura.

Y uno a uno, empezarona preparar nuevosSaltos.

Porque después de Laura, nadie volvió a mirar las estrellas con rutina.

Sino con esperanza.

Pasaron décadas. El nombre de Laura Méndez se convirtió en mito, en plegaria, en promesa. Escuelas, naves y ciudades llevaron su nombre. Su voz, breve pero eterna, fue grabada en los muros de las colonias lunares y en las pantallas de las futuras generaciones.

Los Saltos continuaron, uno tras otro. Algunos regresaron, con datos y testimonios incompletos. Otros, como Laura, eligieron no volver.

Poco a poco, la humanidad comprendió que el Salto no era un medio de transporte, sino

un umbral. Cada viajero se convertía en parte de un coro mayor, invisible, que velaba por los que seguían su camino.

Un siglo después, cuando la décima generación de exploradores partió hacia el anillo, la Tierra entera detuvo su pulso para escuchar.

Al otro lado, ya no había silencio. Esta vez, fueron recibidos con voces. Voces humanas. Voces que habían partido siglos atrás y que, de alguna forma, seguían existiendo en aquel océano de tiempo.

La primera en hablar fue Laura. —Bienvenidos. Los estábamos esperando.

Y así, lo que empezó como un experimento solitario se convirtió en el nacimiento de una nueva humanidad: no la que conquistaba el cosmos, sino la que aprendía a ser parte de él. Desde entonces, el universo nunca volvió a estar solo.

“EL

INSPIRADO EN LA SERIE

ULTIMO SALTO” DE AXEL CUEVAS MENDOZA (1970)

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