Skip to main content

T+T_VF

Page 1


para mi mamá. ����� QUE SIEMPRE ME DIJO

QUE COMPRE MÁS ROPA

Y MENOS LIBROS.

Martín tenía una fijación con el promedio. Insistir con las notas y estudiar. Yo solo quería que llegar el recreo para comprarme un capitán del espacio y una bolsa de palitos salados. A muy corta edad ya sabíamos por dónde nos pasaba el disfrute.

Coincidíamos en el gusto por leer, así que siempre estábamos intercambiando libros. A mí me gustaban las historias que contaban cosas cotidianas de una manera reflexiva y a Martín le gustaba la historia y Stephen King. Así que íbamos entrelazando aventuras simples con suspenso y algún cuento de soldados.

Esa mañana, cuando nos llamaron a dirección, pensamos que era por las faltas. Estábamos en el último año de la primaria y nos escapábamos muchas veces de Educación física, creímos que inevitablemente alguien habría notado nuestro pésimo rendimiento.

Pero no. Cristina, la directora, sin mucho preámbulo, nos comunicó que al final de la semana íbamos a ir a la bandera, él como abanderado y yo como escolta.

Para ser sincera, me daba lo mismo, ser escolta me sonaba a la ayudante del mago.

Pero para Martín la bandera era la cúspide de un plan que había trazado hacía muchos años, en el que era por fin, alguien destacable.

Pasamos la semana ensayando, era muy simple. Subíamos al escenario, decían nuestros nombres, entonaban el himno y nos bajábamos. En el primer ensayo lo note nervioso. El segundo día, en cambio, estaba extasiado como si fuera a tener una erección por sostener la bandera. Hablaba con todo el mundo, se reía, parecía que se hubiera tomado dieciséis litros de coca cola, caminaba de un lado al otro sin parar, estaba genuinamente feliz.

La noche anterior al acto, Martín se encerró en su habitación y repasó su colección de las tortugas ninjas que reposaba en el segundo estante de su biblioteca. Cuando llegó al Maestro Splinter, una rata mutante que era el líder de sus dibujos animados preferidos, noto que el muñeco de plástico era hueco y tenía un agujero bastante amplio en la base, justo donde terminaban sus patitas de rata. Se acostó en su cama de una plaza, se mordió el labio inferior e introdujo el pene en el muñeco para empezar a moverlo y masturbarse.

Su mamá entró de repente creyendo que dormía con la intención de colgar su uniforme y encontró la escena transcurriendo en tiempo real.

Martín  frenó la mano, llegó a gritar: ¡mamá no! pero ya todo estaba expuesto. Su madre cerró la puerta en silencio. Cuando estuvo del lado del pasillo, susurró a la puerta ya cerrada: mañana no vas.

Martín se recostó sobre uno de sus hombros y dobló las rodillas, acurrucado sobre sí mismo, avergonzado por el placer, sintiéndose sucio a pesar de estar recién bañado.

El día del acto me nombraron abanderada por default y me quedé con la sensación extraña de estar viviendo el éxito de otra persona.

Cuando dos días más tarde Martín volvió a la escuela, me dijo que había estado enfermo, que igual ir a la bandera era una boludez. Se alejó para ir a jugar al fútbol con un grupo de chicos que se agrupaban en el patio.

Casi llegando a los pibes, me miró por encima del hombro e hizo una mueca extraña con la boca, como una sonrisa que se queda a mitad de camino con los ojos vacíos, y se giró para seguir caminando.

En ese momento me di cuenta por primera vez, en el pecho y para siempre, que podía sentir la tristeza de otros en el cuerpo.

LA C Á PSULA

Debe haber sido en 1999.

Hicimos un pozo en el jardín de mi casa y enterramos una cápsula del tiempo.

Suena pretencioso y galáctico, pero en realidad era un tupper que yo usaba para llevar los sanguchitos cuando me iba de excursión con el colegio. En ese momento nos pareció el elemento más hermético del mundo.

Con el Colo nos conocimos en el último año del secundario. Me resultaba increíble que alguien se cambiara de colegio en su último año, pero en un recreo se sentó al lado y me explicó con indiferencia que lo habían echado de dos industriales.

Del último por robarse una calculadora científica que no quería ni necesitaba, algo que había hecho por amor y venganza. No dio más explicaciones y con eso me alcanzó. Ese fue el instante en el que me enamoré de él, a una edad en la que al amor le sobra un segundo. Su amistad fue un regalo, aunque hubo una etapa en que la sentí como un premio consuelo.

Durante mucho tiempo hicimos todo juntos. Fuimos al cine, pasamos tardes enteras estudiando para el

examen de ingreso, compramos pizzas que se enfriaron, dijimos que no a invitaciones a cumpleaños, desarrollamos un lenguaje mudo, una comodidad que se obtiene con sostener en el tiempo las tardes. Entramos juntos a ingeniería y nos construimos socialmente como un bloque. Si invitaban al Colo a alguna juntada iba yo también y viceversa, éramos un combo. Hasta que, en cuarto año de la facultad, nos fuimos de vacaciones al norte y una noche muy borracha le dije, a carcajadas, que lo amaba. El solo se rio.

No fue una confesión: fue una obviedad que marcó el principio del fin. Todo entre nosotros se enrareció, y lo que antes nos resultaba sólido empezó a diluirse como el interior de una heladera rota. Pasado el tiempo, simplemente desaparecimos.

Hace poco me enteré de que van a alquilar la casa de mi niñez, me acordé de que eso estaba enterrado ahí. Fue una idea que apareció de repente. Estaba el martes trabajando frente a la computadora y, de pronto, me asaltó ese recuerdo. Como una urgencia. Como una necesidad.

Así que el sábado saqué tiempo que no tengo para ir al patio de mi infancia con una pala que no sé usar, para desenterrar esta pavada que quizás ya se

hubiera desintegrado o lo que sea que hace la tierra con las cosas que entregamos al olvido.

Empiezo a rascar un poco el pasto. No estoy segura de lo que hago. Me decido y, con fuerza, clavo la pala en la tierra, que apenas se mueve. Vuelvo a intentar y entonces cavo un pozo, bastante humilde y superficial. Debería haber pensado esto mejor. Intento de nuevo con más fuerza y otra vez con más fuerza; un poco se me arma como un desafío. Voy a sacar esa cosa a como dé lugar. Transpiro y se me zafa la pala de las manos, pero sigo. Me siento una estúpida, pero con la determinación de una terrorista. Y sigo un poco más.

Hasta que la herramienta choca con algo que parece de plástico. Suelto la pala y empiezo a rascar con las manos la tierra, como si estuviera desenterrando un hueso de dinosaurio. Por suerte marcamos con una cruz de piedras el lugar. Finalmente doy con el tupper. Lo sacudo y le limpio el barro que tiene pegado; parece intacto. Me había olvidado de que le habíamos puesto una calcomanía de Fun People; se me tuerce el labio en una media sonrisa. Lo abro con cuidado.

Dentro de la cápsula hay una foto nuestra. capítulo�����2.

capítulo�����2.

Estamos al costado de la ruta posando al lado de un cartel que dice “Mar del Plata 350 kilómetros”. Él hace la seña de fumar un porro y yo lo miro asqueada. Además, hay dos notas escritas a mano. Son listas. El título dice: Metas.

En la que reconozco con mi letra hay solo tres oraciones:

• TENER UNA CASA GRANDE CON PATIO.

• IR AL MENOS UNA VEZ POR SEMANA AL CINE.

• QUERER Y QUE ME QUIERAN.

Se ve que siempre fui una persona discreta para soñar. En definitiva, hace años que quiero lo mismo: una casa, una película y un amor.

En la del Colo hay una sola oración:

{ QUE SEAS MI AMIGA }

Ahora que pasó el tiempo y nuestros deseos no se cumplieron, pienso en lo que podría haber sido. En un universo en el que yo no hice ninguna confesión amorosa y seguimos siendo amigos. Pero entiendo que la alternativa era arrepentirme de sentir. Y yo no estoy hecha de eso.

La versión cinematográfica de una mudanza es una mujer mirando con nostalgia una habitación a medio desmontar, llena de cajas, mientras un sol tenue entra por la ventana.

En mi caso, en lugar de cajas, tengo bolsas de consorcio llenas de artículos varios, dispuestas sin ningún orden particular, como si un hada fuera a manifestarse en forma de adulto responsable que ordena cosas. Y una ausencia total de luz, porque la única ventana de esta casa da a un pulmón del edificio por el que solo entra moho y cucarachas.

Me gustaría decir que miro la habitación con nostalgia, pero en esta casa solo tengo malos recuerdos. Al principio, cuando me mudé, creí estar construyendo un refugio, pero de a poco, en silencio y casi sin darme cuenta, la convertí en una cárcel.

Me pasaba horas acostada en el sillón, sin fuerzas para ir a la cama siquiera. Cuando estaba despierta abría una lata de cerveza y encendía un cigarrillo; me tomaba la birra y apagaba el pucho en la lata. Después repetía hasta la madrugada. Salía solo para trabajar y para ir al mercado. Compraba latas de Brahma porque eran las más baratas, tomates, mandarinas y yerba. Esa era la base de mi pirámide alimenticia.

A la cajera le decía que me diera un paquete de Melbourne, los cigarrillos más horribles creados por el hombre y aun así me duraban, con suerte, dos días. No había lugar para el buen gusto, ni para el placer, ni siquiera para comprar primeras marcas. Me daba igual que el papel higiénico fuera doble hoja o de color gris. Solo quería volver rápido al sillón, poner un documental sobre sectas y habitar la muerte hasta que me durmiera.

Ahora que estoy dejando esta casa y toda su oscuridad, veo las paredes vacías, con esqueletos de afiches de películas que pegué con cinta adhesiva, y creo que me hubiera gustado pintar. Pero mi mamá me dijo que, si ni siquiera me bañaba, menos iba a poder cambiarle el color a las paredes. Mi mamá necesita nombrar las tragedias para cuidarme, aunque no funcione.

Al costado del tiro balanceado está la biblioteca con el estante torcido que nunca arreglé. Mi exnovio me prometía todos los sábados que el domingo lo iba a arreglar; una vez llegó a sacar una caja de herramientas y lo intentó diez minutos. Se dio por vencido enseguida, con la biblioteca y conmigo. Un día me dijo que estaba cansado de mí —tristeza, aclaró—, pero ya era tarde.

Lo primero que guardé en las bolsas de consorcio fueron los libros. No quiero llegar a una casa nueva sin libros. No quiero volver a dejar lo importante.

Lo segundo que guardé fueron las fotos y el pasaporte: quiero sentir que me puedo mover, porque ahora sé que soy capaz de construir un pozo y confundirlo con una trinchera. No voy a viajar, pero quiero saber que puedo.

Por último, guardé la ropa y todos los cacharros de la cocina. No me interesa ningún lugar si no me puedo hacer unos fideos con aceite y queso rallado. Cuando me di cuenta de que estaba recuperando el placer por la comida me sentí eufórica, como si recién me hubieran sacado las rueditas de la bici mientras aprendo a andar.

En la cartera me llevo el pastillero, porque necesito un recordatorio, una alarma mental. No de que tengo que tomar pastillas, esa es una rutina que ya incorporé. Lo que necesito no olvidar es que me creí débil, pero en realidad soy frágil y debo tener mucho cuidado conmigo.

Que puedo cerrar la puerta de esta casa, devolver la llave, bajar por las escaleras, salir a la calle y, aun así, nunca dejar nada atrás.

Puse una milanesa al horno, armé una ensalada de lechuga y tomate, miré dos capítulos de una serie y, aun así, todavía faltaban cuatro horas para la fiesta. ¿Qué tan temprano se puede llegar a un lugar al que no querés ir? Además, hay que decirlo, voy por compromiso. ¿Por qué otro motivo alguien iría a la fiesta de fin de año del trabajo? Un trabajo en el que casi nadie me habla; sin embargo, me hacen poner plata para los cumpleaños de personas que no conozco.

Me digo a mí misma que es hora de interactuar, que puedo salir, que todavía soy divertida. Puedo hablar con extraños sin asumir que son idiotas. Todavía puedo. Voy a tener que poder porque me estoy estrenando una remera transparente que me compré hoy y voy a desempolvar unas botas caña alta que están en la parte del placar de las cosas olvidadas.

Uso el secador porque siento que llegar con el pelo mojado a un boliche es extraño. Me pongo algo de base, intento con el rímel que está un poco seco, finalmente me pinto los labios de rojo y quizás es lo único que hago bien. Me repaso en el espejo y no me convenzo. Todo tiene un aspecto de otro tiempo.

Cuando entro a la fiesta hay solo cuatro personas, contando al barman y al DJ. Me acomodo en la barra

como si fuera muy natural estar sola en un boliche de la costanera con los pisos pegoteados y bebidas de colores en vaso de plástico.

Suena una canción de cumbia, pero con la voz de abel pintos. Espero a que entren Marisa de Mesa de entrada, Zulma de Recepción y Carmen de Compras. Ninguna me saluda. Apenas hacen un gesto con la cabeza y se van en dirección al baño.

Pasa media hora más, me pido un gintónic y, aunque dije con limón, el chico lo prepara con pepino. No lo corrijo. Miro a la multitud en la pista con cara de estar buscando algo, solo para tener algo que hacer.

Se acerca Matías de Recursos Humanos y me pregunta si la estoy pasando bien. Sonrío exageradamente para decirle que sí y termino gritando por encima de la música. Me mira arrepentido por preguntar y se aleja llamando a Ramiro de Sueldos.

Me tomo un segundo trago de gin berreta y fruta equivocada. Salvo por Leila del Sindicato, que me pregunta si hay guardarropas, los demás solo me hablan porque están ya bastante borrachos, hacen el intento de menear hasta el piso con poco éxito. Las luces se sincronizan con la música, el ambiente

parece festivo, se sacan selfis, se ríen a carcajadas, arman una foto grupal para la que se olvidan de llamarme y me dicen, en tono de broma, que después me agregan con inteligencia artificial. Me levanto para encarar el camino a la salida y Ramiro de Mantenimiento dice que todavía es temprano, que no me vaya, y me doy cuenta de que me está confundiendo con Noelia de Limpieza porque me pregunta con quién dejé a los chicos.

Finalmente, agarro la campera, sorteo a la gente y llego hasta el estacionamiento. Apoyo la espalda sobre un auto que no es el mío y miro la fachada del lugar. Es de madrugada y hace un poco más de frío que cuando llegué. Algunas chicas salen tambaleando por la puerta y se ríen a los gritos. A mí me zumban los oídos y las botas me aprietan las pantorrillas.

Saco el teléfono y pido un Uber.

Llego a casa, me descalzo, bajo las persianas y me pongo el pijama. Me acuesto con el maquillaje puesto. Cruzo las manos por encima de la panza, me abrazo a mí misma, miro al techo y me pregunto si todavía existo si nadie me quiere.

ANA COMPR Ó UN TECLADO POR MERCADO LIBRE

Dice que quiere tomar clases. Que su abuelo era pianista, pero que se murió antes de poder enseñarle.

Dice que en su casa de la infancia, mientras limpiaban a fondo y abrían las ventanas para ventilar y apagar el espeso calor de enero, sonaba música clásica.

Dice que una vez su mamá la llevó a escuchar un recital de martha argerich, gratuito, que se hacía frente al Teatro Colón, y que cuando se giró para decirle algo, se la encontró llorando con la mirada fija en el escenario.

Dice que hace poco un amigo le contó que en el piano las notas se repiten dos veces. Terminan solo para volver a empezar. Como cualquier cosa que valga la pena.

Dice que su tío paterno tenía un piano en la casa del campo y que era tanta la falta que un invierno hubo que romperlo a hachazos para hacer fuego, y que nunca más pudo comprar otro. Que eso le pareció desolador y que nadie debería ver sus pasiones arder.

Dice que el martes se acordó de un dibujito animado al que siempre se le caía un piano encima y le pareció una forma muy excéntrica de morir; eso le arrancó

capítulo�����5.

una sonrisa.

Ana dice que en su edificio hay una profesora de música que todas las tardes enseña para elisa como si fuera la única canción que existe. Dice que todavía no decide si es una estafadora o una minimalista del talento.

Dice que, aunque no aprenda a tocar el teclado, se lo va a quedar, como prueba de que un día tuvo ganas.

Ana dice que podría haber elegido otro instrumento, pero que, como las mamushkas, otros viven en nosotros, y a veces también viven en los objetos que atesoramos.

¿Se puede ejecutar el adiós con palabras?

Camino por la rambla de Barcelona y todo me parece horrible.

El olor a pis, la multitud, el griterío, los vendedores ambulantes. Es abrumador en el mal sentido. Rambla es la de Mar del Plata: al lado del mar, con el Hotel Provincial a tu izquierda, las mesas de plástico y los mozos de moño sirviendo rabas. Esto, en cambio, es una peatonal en toda regla.

Casi escribo que no tengo nada en contra de Barcelona, pero es mentira. Odio Barcelona, es una mejor amiga que te traiciona. Cruel como un cartel de gato abandonado que nadie mira. No se debería poder odiar una ciudad donde no se vive, pero las cosas como son.

En Barcelona vivía mi amigo Dani, a quien visité en 2023, con quien me reí en 2023, con quien desayuné mirando el reality de las kardashian en 2023 y con quien me enteré de que se estaba muriendo ese mismo año.

Esa parte la sabía yo, y un poco él. Tuvo el buen gusto de guardar un resto de esperanza por los que todavía no veíamos más allá del diagnóstico.

Eso hacía Dani: colmaba cualquier espacio.

Dani era profe de día y drag queen de noche, pero lo mejor es que era él todo el día. Y eso siempre era una alegría. Tenía el entusiasmo de un bebé que empieza a caminar; la curiosidad; la falta de miedo.

La última vez que vi a Dani estaba internado. Hicimos chistes, contamos chismes, nos quejamos y, sobre todo, hicimos planes. Ese era el juego: nunca dejar de hacer planes. Fantasear le gana a la certeza como la piedra a la tijera.

Me enteré de que se murió porque un amigo me llamó por teléfono para contármelo, y yo me caí en la calle porque entendí la magnitud del peso de vivir en un mundo que ya no tiene a Dani.

Revisé nuestro último chat: me deseaba feliz cumpleaños con una foto del perro, después criticamos un vestido rojo y comentamos la serie la mesías. Prometimos volver a ver paquita salas. Otra vez los planes haciendo acto de presencia.

Esto que escribo nunca va a estar a la altura: ni de nuestros planes, ni de el paso de Dani por mi vida.

capítulo�����6.

Pero ya pasó un año y es mi forma de planificar el recuerdo. Dejar escrito esto, como una plegaria, como un rezo.

INTENTAR UN ÚLTIMO PLAN: NUNCA DEJARTE IR.

BOLSAS DE BASURA

Te grité con la intensidad con la que se canta una canción de amor de karina la princesita.

Me quise prender un cigarrillo, pero agarraste la caja de Philip Morris de diez y la revoleaste contra la pared. Eras así. Siempre redoblabas la apuesta.

Si yo gritaba, vos tirabas algo; si yo tiraba algo, vos rompías otra cosa; si yo rompía, vos ya estabas roto.

No me acuerdo en qué momento se volvió todo tan turbio. Solo sé que, casi al final, te odiaba más que al River de Gallardo.

Detestaba tu risa y tu manera de lavar los platos. Lento, ensimismado, como si te fueran a dar un premio al plato más limpio.

Es muy difícil dejar de bailar cuando la música suena tan alta.

Te dejé el día que me di pena. Era un perrito de la calle: abandonado y rengo, rompiendo bolsas de basura para poder alimentarme.

No te volví a ver. Pero todavía hoy, cuando me sale todo mal, te echo la culpa.

Este mes se cumplen diez años desde que te fuiste. Noto que hablo de vos como si estuvieras muerto.

Me pregunto si, cuando conversamos por chat la última vez, te habrás dado cuenta. Creo que no.

Me siento a trabajar en la computadora esperando que se materialice una idea brillante y de repente me llega una invitación por Facebook. Pensaba que esa red social había quedado relegada a los grupos de vecinos que exigen más seguridad y cuelgan videos religiosos. Pero no: me encuentro con un mail que dice que vos querés ser mi amigo. Pienso qué antigüedad que alguien te mande una solicitud de Facebook. Siento una emoción del 2009. Cliqueo y entro a tu cuenta: en tu foto de perfil tenés una foto que yo te saqué en México.

Me sorprende que hayas elegido justo esa, pero más me sorprende que, aunque la reconozco, hay algo que no encaja. Una imagen que no termina de formarse en mi cabeza sobre un día que recuerdo muy bien.

Estábamos en una playa de esas turísticas, totalmente asqueados por el exceso del all inclusive. Coincidimos en que no deberían existir: son más obscenos

que el porno más ridículo que hayas visto. Comida al por mayor, alcohol a toda hora, una animadora hiperventilada que te invita a todo tipo de actividades que van desde zumba al lado de la pileta hasta un bingo musical, y los espectáculos. No quiero ni empezar a hablar de los espectáculos. La noche anterior a tu foto de perfil leímos un cartel que decía “Gran noche michael jackson”, caminamos emocionados hasta el anfiteatro y nos encontramos con el bailarín principal todo vestido con un conjunto de cuero rojo, con uno de esos micrófonos inalámbricos en el medio de la cara, cantando Thriller con un sombrero de cowboy.

Esa noche terminamos pidiendo tragos al lado de la cascada artificial con flamencos, completamente tentados de risa, jugando a una versión bastante adulta del veo veo.

Éramos dos pelotudos, pero estábamos recontentos. Siempre intento recordar esas cosas. Dejar que esa maquinaria pesada que es la memoria te mantenga ahí, con cariño.

Vuelvo a mirar tu foto de perfil y reconozco la palmera, los cocos, tu short de fútbol, el brazo derecho mucho más bronceado que el izquierdo, los lentes de sol

y tu carcajada. No miras a la cámara. Tenés los ojos entrecerrados por el sol y la risa. Miras a tu derecha. Me doy cuenta de que, casi en el límite de la foto, se vislumbra la mitad de un cartel: solo se lee pu en el renglón de arriba y ca en el de abajo.

Si serás hijo de puta. No es nuestro viaje. No estás en México. No me estás sonriendo. Esa foto es en Punta Cana. Ni soy la que sacó la foto ni la que te hace reír.

Te seguís yendo a playas turísticas y a viajes dignos del menemismo porque vos seguís siendo un pelotudo con mal gusto, sin personalidad, que solo sabe imitar a su pareja de turno y vacacionar en lugares genéricos sin alma.

Pero me emocioné: cuando pensé que tu foto era mi foto, me emocioné.

PELOPINCHO

Se agujereó la pileta y no sabemos por dónde pierde.

Mis amigas me dijeron que deje de buscar, que la vacíe y la tire, que ya está.

En cambio, saco toda el agua, paso el escobillón mojado con detergente y espero que algo haga burbujas.

Quiero descubrir cuál fue el corte por el que se fue todo, porque esto sí lo puedo arreglar: usar pegamento y un parche, volver a llenarla de agua y cuidarla mejor.

PEQUEÑOS APOCALIPSIS

A los 33 años, el actor mark ruffalo —también conocido como elhombrequemásmegustaenelmundo— soñó que alguien susurraba en su oído que tenía un tumor cerebral. Como se ve que Mark confía muchísimo en su inconsciente, se hizo una tomografía y, efectivamente, tenía un tumor cerebral.

Yo también sueño desgracias. Pero nunca acierto. Lo que suelo confundir con premoniciones son ideas intrusivas. Ruido. Sonidos que no forman una canción.

Imagino micro catástrofes, tragedias cotidianas, pequeños apocalipsis y también desastres naturales.

Una vez un amigo sentenció: “¡No podés tener miedo de todo!”. Se debe poder, porque yo puedo.

Me asusta la vida en general. Una pavada, pero me da miedo viajar. Irme de vacaciones. Empezó con los aviones, pero después se extendió al micro y a los autos. Salir a la ruta me aterra.

Dejar mi casa, mi perra, la rutina a la que puteo sin parar. No tiene sentido, lo sé. No me caracterizo por la sensatez.

Una vez, cuando era chica, metí un sanguchito de miga dentro de la videocasetera creyendo que iba a poder ver su interior en la tele. Algunos dirán que era

capítulo�����10.

tarada. A mí me gusta creer que era una soñadora. A veces son sinónimos.

Pero no ese es el problema. Con miedo puedo vivir. Con la taradez también. Puedo aceptar confundir el futuro con otra cosa.

Lo que no me deja dormir es el poder de convertir lo lindo en aterrador.

AGRADECIMIENTOS

Nada de este Fanzine hubiera sucedido sin el taller “Una esperanza humilde” de la gran Mercedes Romero Russo, que además de ser mi maestra hermosa y una persona con devoluciones cálidas y potentes en iguales proporciones, fue la primera persona que me dijo que podía escribir.

Mercedes es el lugar donde escribi la mayoría de los textos de este fanzine y la responsable de que tenga ganas de hacer algo más allá de mi trabajo, de que tenga ganas y punto. Gracias.

Nada de mi vida hubiera ocurrido, sin mi mama, mi papa y mi hermana. La primera red de apoyo, el colchón, el salvavidas, la vida. Gracias.

Nada tendría sentido sin mis amigas, probablemente todo lo que escriba esté siempre dedicado a ellas. Gracias.

Nada sería tan fácil sin mis amigos, son el lugar donde respiro hondo, el número de teléfono que siempre puedo marcar. Gracias.

Nada seria nada sin Clotilde, mi perra. Gracias.

A Tamara Grosso y Luciana Fernández por ayudarme a trabajar en esto cuando era una idea, por darle forma, por ser tan creativas e inteligentes.

Gracias

A Paula, mi psicóloga, que me dijo: “hay que buscar lugares donde las cosas crezcan”. Gracias.

A Lucho, por vivir conmigo. Gracias.

A la Poppi y Nanu, siempre, siempre, siempre y después de siempre.

Gracias

Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
T+T_VF by luciano livramento - Issuu