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Dos veces Poe

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Mónica Rodríguez

Edgar y su perro Poe ven a menudo en el parque

Teresa Novoa

un cuervo. Es posible que se llame Schffrzd o Ffgrdsh, no lo saben muy bien, lo que sí saben es que tiene algo que ver con Edgar Allan Poe, el poeta estadounidense. ¿Será su fantasma? ¿Quizás el fantasma de quien le precipitó a su muerte? ¿O un simple y triste impostor? H. El Hombre Misterioso les cuenta muchas cosas del escritor. Poco a poco, el niño y su perro van descubriendo la vida de ese otro Poe (el poeta) y el secreto que esconde el hombre misterioso.

Mónica Rodríguez · Teresa Novoa

sombrero. A veces le acompaña un gato y otras

Dos veces Poe

a un hombre misterioso con abrigo negro y

Dos veces Poe

ISBN 979-13-992488-1-4

Lóguez 7/10

9 791399 248814

www.loguezediciones.es

Lóguez


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Dos veces Poe


A Poe, el mío, compañero infatigable de paseos y horas de escritura. Mónica Rodríguez A Poe y su humana, que resultó ser Mónica Rodríguez. Teresa Novoa

“Esta obra ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura”

MIXTO

Papel procedente de fuentes responsables

FSC® C116691

© Lóguez Ediciones 2026 37900 Santa Marta de Tormes (Salamanca) © del texto: Mónica Rodríguez © de las ilustraciones: Teresa Novoa ISBN: 979-13-992488-1-4 Depósito legal: S 352-2026 Printed in Spain: Grafo, S.A. www.loguezediciones.es


Mónica Rodríguez

Dos veces Poe

Con ilustraciones de Teresa Novoa

Lóguez


1. H. Era un hombre misterioso con abrigo y sombrero negro. Puede que tuviera un gato. Desde luego, un perro no lo tenía. Se llamaba Schffrzd o Ffgrdsh, nunca supe pronunciarlo. Yo siempre lo llamaba H. El Hombre Misterioso. Una vez al año lo veía caminar furtivamente, a pasos grandes y elásticos, hacia el cementerio. Llevaba bajo el abrigo tres rosas y una botella de coñac. Yo sé estos detalles y otros, pero entonces no los sabía. Ni siquiera su nombre. Es verdad que siempre se le veía solitario. Si acaso agarrado a un libro. Con desesperación. Puede que para eso sirvan los libros. Para agarrarse a ellos. También, es verdad, que sirven para equilibrar mesas. No sé si el señor H. tenía una mesa coja. Lo que tenía seguro era un libro. A veces se apoyaba en las farolas encendidas y fumaba. 9


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Llevaba un bastón con empuñadura de oro. Otras, lo descubría mirando melancólicamente un dibujo de un puerto de Boston. O una fotografía de una actriz muy joven, sonriente, tan desgastada que apenas se veía aquella sonrisa entre la bruma del papel, y era como un barco que se aleja. No me preguntes por qué, pero era así. No siempre se puede dar una explicación a todo. Recuerdo la noche que lo seguía un gato. Componían una rara pareja. Él se iba apoyando sobre el bastón y el gato llevaba la cola erguida, como una interrogación en la noche. El gato era negro y hacía juego con el abrigo y el sombrero de H. El Hombre Misterioso. Por el día era raro verlo. Vivía en la casa de enfrente. A Poe y a mí nos gustaba.

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2. Poe Entre los hilos de tender lo veíamos caminar. Dos pinzas y el sombrero, unos calzoncillos y la pernera del pantalón asomando negra como ala de cuervo. Después Poe y yo corríamos a la otra ventana y veíamos a H. apoyarse en el bastón, mirar alrededor con cautela y calarse el sombrero. Una tarde nos decidimos. Hacía viento y no había moscas. No es que sea importante, pero era así. También había una luz de lluvia y eso que no llovía. Son cosas que ocurren. Poe y yo salimos a la calle con todo lo necesario: la correa, la pelota, las gafas y las bolsas para la caca. Excepto las gafas, lo demás era para Poe. Yo suelo hacer caca en el váter. En cuanto llegamos a la calle, el viento nos azotó. Vimos a H. cerca de unos arbustos. Había murciélagos moviéndose en zigzag por el aire. 12


Poe no lo pudo evitar. No por los murciélagos, sino por esa atracción que sentía hacia H. Movió el rabo, aulló y se lanzó entre sus piernas, desequilibrándolo. H. le miró con angustia. Por primera vez pudimos verle su cara. Era muy pálido, tenía un pequeño bigote y la frente abombada. Hizo un ruido extraño: fusfus o zapezape, mientras movía el bastón espantando a Poe. Como si fuera un gato. Qué calamidad. Ahí me di cuenta de que H. no tenía perro. –¡Poe, ven aquí! –grité. Poe me miró con la lengua fuera y los ojos brillantes, luego miró al hombre misterioso y otra vez a mí, indeciso. Vi que a H. le cambiaba el gesto. Como si algo le hubiera sorprendido sobremanera. Abrió la boca y se le agrandaron los ojos, que eran tristes, bajo la sombra de aquel sombrero hongo. 13


Poe corrió hacia mí y emprendimos la marcha tratando de aparentar indiferencia. Estábamos un poco nerviosos por haber importunado a H. El Hombre Misterioso. Alcanzábamos el portal de casa cuando escuchamos: psspss. Nos dimos la vuelta desconcertados. Ya se había hecho de noche y las sombras eran grandes y retorcidas como grajos. Las farolas se estiraban hacia el cielo y emitían opacos destellos de luz. Pss, pss, volvimos a escuchar. Detrás de unos arbustos estaba H. El Hombre Misterioso llamándonos.

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