Prólogo por Pepe Mendoza
Todo por el Reino
Cómo vivir
el evangelio cada día
Josué Ortiz
ÍNDICE
PARTE 1:
¿QUÉ ES EL EVANGELIO DEL REINO?
CAPÍTULO 1: ¿Qué es el evangelio? 23
CAPÍTULO 2: El evangelio según el reino de Dios 35
CAPÍTULO 3: El evangelio del reino en el Antiguo y Nuevo Testamento 48
CAPÍTULO 4: El evangelio del reino: creación y nueva creación 60
CAPÍTULO 5: El evangelio del reino: Israel y el fin ............. 68
CAPÍTULO 6: La predicación del evangelio del reino ............ 83
PARTE 2:
EL EVANGELIO DEL REINO Y MI MUNDO
CAPÍTULO 7: El evangelio del reino y el matrimonio ........... 93
CAPÍTULO 8: El evangelio del reino y los niños. . .
.111
CAPÍTULO 9: El evangelio del reino y los jóvenes ............. 123
CAPÍTULO 10: El evangelio del reino y la política 134
CAPÍTULO 11: El evangelio del reino y el Rey Jesús 151
CAPÍTULO 12: El evangelio del reino y la expansión del reino 160
PARTE 3:
EL EVANGELIO DEL REINO Y YO
CAPÍTULO 13: El evangelio del reino y mi lectura de la Biblia 173
CAPÍTULO 14: El evangelio del reino y mi santidad 185
CAPÍTULO 15: El evangelio del reino y mi amor por el reino, no solo por el cielo ......................... 195
CAPÍTULO 16: El evangelio del reino y mi amor por la iglesia ... 203
CAPÍTULO 17: El evangelio del reino y mi identidad ........... 214
CAPÍTULO 18: El evangelio del reino y mi comunidad ......... 224
CO CLUSIÓ 237
PRÓLOGO
La propuesta de mi amigo Josué Ortiz para que escribiera el prólogo de su obra me llenó de alegría porque me concedía el privilegio de presentar su obra a sus lectores. Sin embargo, después de leer este libro profundo y hermoso me llené de temor porque realmente ha hecho un trabajo excelente y exhaustivo al examinar el reino de Dios y su lugar principal en el evangelio. Leer el libro desde la perspectiva de un pastor preocupado por la edificación de sus ovejas fue realmente edificante, confrontador y retador en todo sentido para mi vida espiritual, ministerial y personal, como cristiano y participante del reino de los cielos por gracia en Cristo.
Josué ha sido sumamente claro al señalar con suficiente énfasis que el reino de Dios está en el centro mismo de la revelación bíblica y es fundamental para el mensaje divulgado por Jesucristo mientras estuvo entre nosotros. Como bien lo señala, el reino de Dios fue el primer llamado y el último tema con el que Jesús abrió y cerró Su ministerio terrenal (Mt. 4:17; Hch. 1:3). Es indudable que se trata de un tema fundamental y fundacional en el corazón del plan de Dios, pero pareciera que pasa desapercibido y hasta ignorado entre los cristianos.
Solo a modo de presentar una de muchas hipótesis, podría decir que se ha pasado por alto la idea importante del reino de Dios debido a cuestiones culturales actuales que nos impiden entender con seriedad las implicancias de este término para el cristianismo contemporáneo. Entendemos la monarquía como un asunto vano y meramente decorativo. Los reyes actuales pertenecen más a la sección de farándula de un canal noticioso que al de política, seguridad nacional o
economía. Los reyes y reinas de nuestros tiempos «reinan pero no gobiernan», como reza el dicho popular.
Esa realidad innegable nos obliga a devolver la figura del reino de los cielos a su lugar central, porque no se trata simplemente de una bella metáfora que busca retratar alguna realidad celestial nebulosa y enigmática. Por el contrario, tengo que reiterar que ocupa un lugar central en la historia de redención, donde el Rey de reyes y Señor de señores es primero Salvador y Redentor con un propósito definido, tal como Pablo le dijo a Tito: «Él se dio por nosotros, para REDIMIRNOS DE TODA INIQUIDAD Y PURIFICAR PARA SÍ UN PUEBLO PARA POSESIÓN SUYA, celoso de buenas obras» (Tit. 2:14).
Sin embargo, no puedo obviar que este término también generó equivocaciones entre los primeros cristianos, así como lo genera entre nosotros. Mientras que en nuestro tiempo pareciera ser un término decorativo, lejano, misterioso y pasivo, para los discípulos de Jesús sonaba más a intervención política y militar que al gobierno absoluto de Dios sobre todo y todos. Esa es la razón por la que Jesús se tomó Su tiempo final con Sus discípulos hablándoles «de lo relacionado con el reino de Dios»; pero aún con toda esa enseñanza sublime le preguntaron todavía al final, «Señor, ¿restaurarás en este tiempo el reino a Israel?» (Hch. 1:6). Bueno, la respuesta de Jesús no quedó restringida a la reconstitución de un reino geográfico a sus antiguas fronteras, sino que los lleva al asunto fundamental de la propia autoridad del Padre, el soberano Rey que los llama a ser testigos del evangelio del reino hasta los confines de un mundo que le pertenece por completo.
Los primeros cristianos, llenos del Espíritu Santo, entendieron bien las últimas palabras de Jesucristo y fueron testigos fieles de ese mensaje. Felipe, por ejemplo, «anunciaba las buenas nuevas del reino de Dios y el nombre de Cristo Jesús» (Hch. 8:12). En el mismo sentido, Pablo animaba a los discípulos ganados para Cristo diciéndoles, «Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios» (Hch. 14:22). No solo era un mensaje para los discípulos, sino que el reino de Dios estaba en el centro del mensaje evangelístico del apóstol: «Pablo entró en la sinagoga, y por tres
PRÓLOGO
meses continuó hablando abiertamente, discutiendo y persuadiéndoles acerca del reino de Dios» (Hch. 19:8, ver 20:25; 28:23).
No debe dejar de sorprendernos que Lucas resuma el mensaje que Pablo predicó durante tres largos meses únicamente bajo el título «acerca del reino de Dios». Suponemos que esa frase aglutinaba y le daba comprensión a todo el mensaje del evangelio. Ahora, tampoco me sorprende que Lucas, inspirado por el Espíritu Santo, haya dejado en las últimas palabras del libro de los Hechos, el mismo énfasis que dejó Jesús antes de partir en la ascensión y que Pablo, como apóstol fiel, también mantuvo:
«Pablo se quedó por dos años enteros en la habitación que alquilaba, y recibía a todos los que iban a verlo, predicando el reino de Dios y enseñando todo lo concerniente al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbo» (Hch. 28:30-31, énfasis añadido).
Es indudable que los primeros cristianos sabían claramente cuál era la relación indivisible entre el reino de Dios y el evangelio de Jesucristo. Josué Ortiz hace un excelente trabajo al llevarnos por la Escritura para llenar ese vacío en nuestro entendimiento, mostrándonos no solo su importancia, sino también su contenido esencial para nuestra fe y esperanza. La realidad es que todo converge en nuestro Señor Jesucristo, Señor, Salvador, Redentor, Rey, tal como lo señala Juan en sus visiones, cuando testifica de una voz celestial que dice, «Ahora ha venido la salvación, el poder y el reino de nuestro Dios y la autoridad de Su Cristo…» (Ap. 12:10).
Es paradójico y misterioso que Jesús le dijera a Pilato que su reino no era de este mundo (Jn. 18:36). Pareciera como si ese reino solo fuera celestial o extraño a la realidad humana. Sin embargo, al mismo tiempo, cuando Pilato le recalcó que tenía autoridad sobre su vida, Jesús le respondió, «Ninguna autoridad tendrías sobre Mí si no se te hubiera dado de arriba…» (Jn. 19:11). Lo que debe quedar claro entre los cristianos es que el Señor nunca ha perdido Su autoridad y gobierno sobre toda la creación o, como lo dicen las conocidas
palabras de R. C. Sproul, «¡No existen moléculas sueltas en un universo donde Dios es soberano!».1 Por lo tanto, es fundamental que el mensaje del evangelio que predicamos incluya una sincera adoración al Rey de todo lo creado:
«Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella, El mundo y los que en él habitan.
¿Quién es este Rey de la gloria? El Señor, fuerte y poderoso; El Señor, poderoso en batalla» (Sal. 24:1, 8).
Los cristianos no vamos por el mundo suplicando por atención al evangelio, como si ser obediente a Jesús fuera un asunto voluntario e individual que se puede tomar o dejar sin mayores problemas. ¡De ninguna manera! Jesús antecede Su llamado a la predicación de las buenas noticias de salvación afirmando que tiene «toda» autoridad en el cielo y en la tierra (Mt. 28:18). Esa palabra en el original no deja un mínimo vestigio en todo el universo en donde Jesucristo no tenga autoridad absoluta. Esa autoridad es la marca del Rey y Su reino, y el preludio fundamental para las buenas noticias que solo serán realidad en un pecador porque Cristo tiene el poder soberano y redentor para devolver los muertos a la vida.
Por lo tanto, la increíble afirmación final de Jesucristo no nos deja equivocarnos, porque el anuncio inicial del acercamiento del reino de Dios involucraba un inmenso acto de misericordia por parte del Rey soberano en el que Su plan de redención para una humanidad caída y dominada por el reino de las tinieblas se encontraba cumplido. Ahora el reino de Dios era accesible por gracia a través de la obra de Jesucristo.
Pablo explicaba la manifestación del reino de Dios de la siguiente manera, «ahora en Cristo Jesús, ustedes [nosotros], que en otro tiempo estaban lejos, han sido acercados por la sangre de Cristo. Así, pues,
1 https://es.ligonier.org/videos/escogidos-por-dios/la-soberania-de-dios/
PRÓLOGO
ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino que son conciudadanos de los santos y son de la familia de Dios» (Ef. 2:13, 19). Esa ciudadanía mutua entre los salvados por Jesucristo nos concede no solo la familiaridad por ser hechos hijos de Dios por Su sola gracia, sino que también, en palabras de Pablo,
«Él nos libró del dominio de las tinieblas y nos trasladó al reino de Su Hijo amado, en quien tenemos redención: el perdón de los pecados. Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación.
Porque en Él fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles; ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades; todo ha sido creado por medio de Él y para Él. Él es antes de todas las cosas, y en Él todas las cosas permanecen» (Col. 1:13-17, énfasis añadido).
La fe en Cristo, el Salvador, está completamente vinculada a Su reinado sobre todas las cosas. No deja de parecerme interesante que el argumento de Pablo sobre el traspaso del cristiano al reino de Cristo lleve consigo una extensa presentación que clarifica, sin lugar a dudas, la innegable soberanía y poder de Jesucristo sobre todas las cosas en el cielo, la tierra, lo visible e invisible, y todo trono, poder oautoridad. ¡Todo le pertenece, incluidos nosotros, al Rey Jesucristo, nuestro Salvador!
La idea bien comprendida del reino de Dios también aleja la pasividad entre los cristianos. No se trata solo de gozarnos de saber que tenemos el mejor pasaporte del universo y que nuestro Rey es el más justo y misericordioso, sino que ahora somos responsables de testificar al mundo hostil de que sus rebeldías son infructuosas porque Jesucristo ya está sentado en Su trono y que, tarde o temprano, el reino será completamente instalado, y delante del Rey Jesucristo se doblará toda rodilla y todos lo exaltarán (Hch. 2:33; Ro. 14:11). Lo que nos toca fue dicho con claridad por el apóstol Pedro:
«Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anuncien las virtudes de Aquel que los llamó de las tinieblas a Su luz admirable» (1 P. 2:9).
No estamos llamados a regodearnos en nuestros privilegios y enrostrarle a nuestro prójimo nuestra filiación con el Gran Rey. ¿Acaso no todo lo hemos recibido por gracia, por la obra misericordiosa de Jesucristo y solo porque Él nos eligió y llamó Sus hijos? Si hemos recibido este gran honor y vivimos bajo el reino y la autoridad de Jesucristo por Su obra salvadora, pues debemos hacer lo mismo con otros, hablándoles del Gran Rey, el único Salvador, pidiéndole al Señor que venga Su reino mientras no dejamos de anunciar Sus virtudes con actos y palabras que solo testifican que los ciudadanos del reino son verdaderamente libres.
Los capítulos que leerán a continuación nos enseñarán de forma exhaustiva el valor de ese reino y sus beneficios, implicancias y consecuencias en nuestras vidas para que, finalmente, como lo dice Josué Ortiz, cada área de nuestras vidas gire alrededor del evangelio del reino porque nuestra identidad depende del Rey y nos ha encomendado una gran misión hasta que vuelva por segunda vez.
Pepe Mendoza Santo Domingo, República Dominicana
INTRODUCCIÓN
Era una hermosa y otoñal tarde de septiembre, 2004. Salí de mi dormitorio y pensé en lo afortunado que era. El viento soplaba con la humedad ya bien conocida del estado de Florida, y el atardecer presumía al sol, que se escondía frente a nuestros ojos. Era una tarde normal. Si no hubiese sido porque estaba en otro país, escuchando otro idioma y conviviendo con personas que nunca había conocido, todo habría sido normal.
Estaba cursando mi primer semestre en la universidad, estudiante de nuevo ingreso y, aparte de todo, estudiante internacional. De mi propia voluntad, queriendo encontrar mis propias aventuras tal vez, dejé México a los dieciocho años para estudiar en los Estados Unidos. Pero cuando llegué al campus, me di cuenta de que había cometido varios errores garrafales en mi planeación. Esa tarde, ya frente a mi nuevo reto, lo primero que vi es que no había empacado la ropa adecuada para esta aventura.
La universidad era muy estricta con sus códigos de vestimenta, y diariamente teníamos que usar corbata para la hora de la comida. Yo no tenía ninguna, y los pantalones de mezclilla estaban prohibidos… yo tenía muchos. «¿Por qué no me dijeron?», pensaba yo. Pero sí me lo habían dicho, y muchas veces. El problema era que yo no los entendía. ¿No te ha pasado eso? Crees que hablas un idioma porque dominas ciertas frases y palabras, pero cuando alguien te habla más allá de tu área de confort, ¡te quedas con la boca cerrada! Así me pasó a mí. Estudié inglés toda mi vida, me certifiqué e hice exámenes que, por lo menos en papel, decían que era totalmente fluido en la lengua inglesa. Pero recién cuando llegué a los Estados Unidos, entendí que no entendía, y por no haber entendido, no me
había preparado adecuadamente. Pero bueno, ni hablar, no era el fin del mundo, así que solo tuve que ir a comprar —inesperadamente, claro— ropa nueva.
Pero el problema de no entender su idioma solo se agravó con el paso de los días. En las clases, en el dormitorio, en el comedor, con compañeros de escuela, todos hablaban tan rápido, tan seguros de sí mismos, y yo totalmente lo opuesto, hablaba lento y estaba inseguro de mi acento, pronunciación, conjugaciones.
Sin embargo, había una frase que sí entendía, pero sin entenderla bien. Casi a diario, con mis amigos, en la radio o en el supermercado, alguien pronunciaba la frase «holy cow». Yo no era un experto en inglés, pero esas dos palabras sí las entendía: «santa vaca». Pero ¿qué querían decir? La decían cuando algo muy malo había ocurrido. ¡Holy cow!, exclamaban. Pero, si contaban algo muy bueno que había sucedido, también decían: «holy cow». ¿Tal vez veneran a las vacas?, llegué a pensar.
Pero, sin darme cuenta, y tratando de adaptarme más a su cultura y hablar como ellos hablaban, la comencé a decir yo también. Todo el tiempo. Para cualquier cosa. ¿Se cayó alguien? ¡Holy cow! ¿Alguien propuso matrimonio? ¡Holy cow! ¿El profesor anunciaba que el examen se había cancelado? ¡Holy cow! A veces la usaba bien, muchas veces, no. La gente, de vez en cuando, se quedaba mirándome, extrañada de la frase que yo creía que me hacía como ellos.
Entendía las palabras, pero no su significado más profundo, por qué las decían y cuándo decirlas. Me tomó muchos meses y varios tropezones para no solo hablar, sino hablar bien. Una vez que entendí sus gentilicios, pronunciaciones y acentos, todo tomó sentido. Una ventana se abrió para entender bien el idioma, sus gestos y usos. Finalmente, entendía y hablaba en inglés.
¡tenemos un grave problema!
En un sentido similar, cada uno de nosotros corre el mismo riesgo en algo que es infinitamente más importante. Escuchamos términos, ideas y conceptos que están en la Biblia, pero que no los entendemos
INTRODUCCIÓN
o, por lo menos, no los entendemos bien. Hay confusión cuando hablamos de Dios, de Su reino, de la infalibilidad de la Biblia o del canon, y de pronto, normalizamos el vivir sin entender bien.
El ministerio Ligonier, fundado por el teólogo R. C. Sproul, produce un tesoro de información estadística que bien demuestra el problema al que estoy haciendo alusión. Cada dos años, Ligonier y LifeWay levantan encuestas para medir la «temperatura teológica» de Estados Unidos, y los datos son estremecedores.
Como contexto, tenemos que recordar que Estados Unidos es la nación con más protestantes en todo el mundo, y así ha sido por varios siglos. No obstante, esta tendencia va a la baja de forma alarmante.
En 2007, el 78,4 % de la población se identificaba como cristiana.
En 2015, el 70,6 % se identificaba como cristiana2 (diez millones menos aproximadamente).
En 2022, el 71 % cree que todos nacemos siendo inocentes.
En 2022, el 69 % no cree que el más pequeño pecado es suficiente para ir al infierno.
En 2022, el 66 % cree que todos somos buenos por naturaleza.3
En Estados Unidos, país cristiano evangélico por excelencia, el estado de la teología va en una rápida y preocupante decadencia. No saben qué creen ni por qué lo creen. No entienden las doctrinas más fundamentales de la fe cristiana, las que se supone son «no negociables», y, evidentemente, cada año es peor. Pero en América Latina, las cosas no están mucho mejor.
La mayoría de los hispanohablantes se consideran de la fe «católica cristiana», pero esa religión también ha sufrido bajas considerables en sus filas. Entre 1970 y 2014, los católicos en América Latina pasaron de ser el 92% a ser el 69%,4 y en 2020, ya solo 57% se
2 «America’s Changing Religious Landscape», Pew Research Center, último acceso: 12 de abril de 2024, https://shorturl.at/ewHK1.
3 «The State of Theology», Ligonier. Último acceso: 24 de abril de 2024, https://thestateoftheology.com.
4 «La Iglesia Católica en América Latina», Open Edition Journal, https://doi.org/10.4000/ caravelle.2244
consideraba católico. Por lo tanto, tampoco saben qué creen y por qué lo creen, y cada vez son menos los que se consideran «religiosos».
evangélicos en américa latina
Según los datos, el 19% de los latinos somos «evangélicos», pero ¿qué significa ser evangélico? Históricamente, los evangélicos son aquellos que creen:
1. Que la Biblia es la máxima autoridad.
2. Que es muy importante evangelizar a otros en la fe en Jesús.
3. Que el sacrificio de Jesús es el único pago por los pecados.
4. Que solo aquellos que ponen su fe en Jesús pueden ser salvos.5
No estoy en desacuerdo con esos cuatro puntos. En efecto, son descripciones correctas de lo que todos los evangélicos creemos, pero mi argumento es muy simple: eso no es todo lo que hace que un evangélico sea evangélico.
Estoy convencido de que el problema está centrado en un pobre entendimiento del evangelio tanto en Estados Unidos, América Latina ocualquier parte del mundo. Es decir, los números no mienten, hay una obvia decadencia teológica, eso está claro. Lo que no es tan claro es por qué, y veo una correlación entre dicha decadencia y la falta de entendimiento del concepto más básico de un evangélico: el evangelio.
Las preguntas que se hicieron en la encuesta de arriba delatan el innegable problema. o entendemos el evangelio, no sabemos bien qué es, qué quiere decir, para quién es, cómo se predica y, tristemente, cómo se vive.
Ahora bien, el evangelio está en buenas manos, el Rey no nos necesita. El Dios del evangelio es el soberano del mundo y, si nosotros callamos, las piedras hablarán (Luc. 19:40). Pero eso no quiere
5 «What is an evangelical?», National Association of Evangelicals, https://www.nae. org/what-is-an-evangelical/
INTRODUCCIÓN
decir que ignoramos nuestro llamado a proclamar el evangelio, conquistar el mundo con él y vivir para el evangelio. El problema que yo veo es que los evangélicos hemos creado una versión fácil de digerir y rápido de entender para la generación adicta a lo fácil y a lo rápido.
el evangelio del reino
El evangelio del Rey, para ser evangelio bíblico, necesariamente incluye el reino. Tristemente, no obstante, hemos decidido arrojar al reino de Dios por la borda. Al ver que el barco se está hundiendo, hemos echado lo que sobra, y en nuestra lectura superficial de las Escrituras, pensamos que el reino de Dios no es parte central del evangelio. Yo argumento todo lo contrario.
Mi proposición es esta: el evangelio sin el reino no es evangelio. El evangelio del reino sin el reino es una forma incompleta de entender el plan de rescate más magnánimo de todos los tiempos. El evangelio según el reino de Dios es la forma más plena de entender a Dios, Su plan y Su voluntad para nosotros, y si Jesús predicó «el evangelio del reino» (Mar. 1:14), y si ordenó a Sus discípulos a ir y predicar el evangelio (Mat. 10:7), ¿por qué nosotros no lo haríamos también?
Sin embargo, aquí encuentro aún otro problema tal vez igual de grave y penoso para los que nos llamamos evangélicos. No sabemos qué es el reino de Dios. ¿Te has preguntado qué es el reino de Dios? ¿Sabes cuál es la diferencia entre el reino de Dios y el reino de los cielos? ¿Hay alguna diferencia? Algunos no saben ni qué es el reino de Dios ni el reino de los cielos. Y otros tienen una idea ambigua de estos términos. Pero ese es mi punto. Si el reino de Dios es tan central en el evangelio, ¿cómo podemos llamarnos evangélicos cuando no entendemos qué es el reino?
No estoy hablando de ideas abstractas. Estoy hablando de algo muy práctico y tangible. ¿Cómo vivo el evangelio del reino en mi matrimonio o soltería, en mi juventud o mi vejez? ¿Cómo comparto el evangelio del reino a mis hijos o mis vecinos? ¿Cómo entiendo los tiempos electorales en mi nación y por qué candidato debemos votar? Todas
estas preguntas tienen que ver con nuestras vidas prácticas, nuestro día a día, aspectos que necesitan respuestas prácticas, no técnicas.
Pero los evangélicos hemos perdido una parte fundamental del evangelio: el reino de Dios. La hemos abandonado porque no la entendemos, y hemos sintetizado una versión del evangelio que es incompleta: «Cree en Jesús para que te vayas al cielo y no al infierno». Permíteme decirlo así. Los evangélicos no vendemos seguros de vida. Los evangélicos mostramos con nuestras vidas que el Rey vive, ya reina y pronto regresa a terminar lo que ha comenzado: el reino de Dios.
¿por qué este libro?
Este libro lo he escrito porque quiero ayudar al lector a ver la completa belleza del evangelio. Muchas personas han entendido que el evangelio es las buenas noticias de salvación, ¡enhorabuena! Ahora quiero ayudarte a ver qué noticias son, qué clase de salvación es y qué quiere decir que sean buenas.
Quiero ayudarte a ver que el evangelio comienza en Génesis y concluye en Apocalipsis, y que no solo se concentra en unos cuantos textos en Romanos o el Evangelio de Juan. Quiero ayudarte a ver que el evangelio es tan importante para creyentes como para no creyentes. Que aprecies junto conmigo la belleza del reino, que la entiendas, que la veas en cada página de la Biblia y que la compartas con otros cada vez que puedas. Quiero que apliques el evangelio del reino en tu vida, en tus relaciones sociales, en tu empleo, escuela o jubilación. He escrito este libro porque la grandeza del evangelio del reino lo amerita y porque me encanta, me fascina, me enamora predicar, hablar y escribir acerca del reino de Dios.
¿para quién es este libro?
Este libro es para ti. De verdad créeme que es para ti. Si eres un agnóstico, es para ti. Si eres un creyente de muchos años, es para ti. Si eres un creyente nuevo en la fe, o uno con dudas, o con deseo
INTRODUCCIÓN
de aprender más, este libro es para ti. He escrito este libro deliberadamente para que cualquier creyente pueda tomarlo y entenderlo. He usado un lenguaje sencillo porque quiero que mis propios hijos puedan comprender la idea central del evangelio. Algunos capítulos son más prácticos que otros por la naturaleza del tema, y otros serán más aplicables a tu vida por la naturaleza de tu contexto, pero el mensaje del libro es para toda persona que quiera entender mejor el evangelio de nuestro Rey Jesús. Este libro es para todo aquel que desee expandir el reino de Dios en la tierra al anunciar valientemente que nuestro Rey gobierna con poder y en majestad. Que nuestro Rey bendiga nuestro esfuerzo de propagar el hermoso, incomparable y grandioso evangelio del reino.
¿cómo está dividido este libro?
Quiero que este libro sea muy práctico y lo he escrito en lo que me parece una secuencia lógica. La primera parte se llama ¿Qué es el evangelio del reino? En esta sección observaremos el panorama teológico del evangelio. Quiero que el lector aprecie que el evangelio es teológicamente relevante en ambos testamentos. La segunda parte se llama El evangelio del reino y mi mundo. En esta sección, veremos varias esferas prácticas en las que el evangelio me equipa para ser un ciudadano del reino de Dios en este mundo. Y finalmente, la tercera parte se llama El evangelio del reino y yo. En esta sección, hablaré de temas individuales, y ayudaré al lector a entender la manera en la que el evangelio ilumina nuestra mente, pensamientos y conducta. ¿Listo para sumergirte en el evangelio del reino? ¡Aquí vamos!
PARTE 1
¿QUÉ ES EL EVANGELIO
DEL REINO?
TEOLOGÍA
¿QUÉ ES EL EVANGELIO?
Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree… Romanos 1:16
¿de qué trataba la película?
Era un poco tarde. El tráfico de la Ciudad de México no ayuda, desde luego, pero no era el fin del mundo. Llegaríamos al cine y disfrutaríamos de una buena película. Y así fue. Bueno, casi. Llegamos, sí. No, no fue el fin del mundo, pero la película no, no la disfrutamos. Te explico.
Habíamos planeado una tarde juntos, mi esposa y yo. Fuimos a comer a nuestro restaurante favorito, pero se nos hacía tarde y la película que queríamos ver, una de James Bond 007, estaba por comenzar. Así que nos dimos prisa y salimos hacia el cine. Llegamos tarde, pero con botanas y refrescos en mano, emprendimos la tarea de encontrar la sala. En medio de la oscuridad, fuimos a nuestros asientos. Pasamos frente a varias personas que ya estaban disfrutando de la película, así que, sin demorar, también nos pusimos cómodos y dimos nuestra atención a la pantalla.
La escena ya estaba en la cúspide de un momento de gran acción. Había un helicóptero sobrevolando un puente que había explotado, había fuego por doquier, individuos disparando con ametralladoras, y James Bond, sí, claro, estaba venciendo a todos, como si ninguno de
los cincuenta maleantes pudiera atinarle. Nosotros estábamos tratando de entender qué estaba pasando, cuál era la historia, los personajes, los buenos, los malos, algo. Pero no. No entendíamos nada. Por llegar tarde, pensé. Pero si ya estábamos confundidos, lo que pasó después me hizo perder la razón.
Así estaba la escena, en acción, ruido, aeronaves siendo derribadas con la astucia y no poca suerte del agente secreto, cuando de pronto, todo tomó una calma súbita. Bond había vencido e iba caminando sobre la avenida, todavía vestido de gala, claro. Una mujer salió de las sombras y se acercó a él. Él la abrazó, y siguieron juntos. Salieron de cuadro. El cine se vistió de total oscuridad porque la pantalla se pintó de negro. Luego, los créditos desfilaron frente a nosotros.
La sala se iluminó otra vez, prendieron las luces. La gente se estiraba. Sus platos estaban vacíos. «¡Entramos a la sala incorrecta!», le dije a mi esposa. Pero no. Revisé mi boleto y estábamos en la sala correcta, solo que había visto la hora incorrectamente. Estuvimos en la sala no más de cinco minutos, ¡qué vergüenza! De broma, tratando de cubrir mi tontería, mi esposa dijo: «Por lo menos ya sabemos cómo acaba la película». No me reí. Pero sí, ya sabemos cómo termina.
¿solo el final?
Estoy convencido de que los creyentes tenemos un problema similar. Sabemos cómo termina la «película del evangelio». ¡Ganamos! ¡Tenemos vida eterna en Cristo! ¡Nos vamos al cielo! ¿Es eso incorrecto? ¡No! ¿Es malo saber el final del evangelio? ¡Claro que no! ¿Pero es eso todo el evangelio? No. Y si te gustó el final, espera a que veas la película entera; te va a encantar. Porque no estamos hablando de una película irreal y absurda como James Bond. El evangelio es la verdad más extraordinaria de todos los tiempos, la única verdad digna de repetirse diariamente.
Los cristianos tenemos que ponerle un alto a esa clase de evangelio incompleto, resumido, incapaz de mostrar toda la gloria de Dios, tan
¿QUÉ ES EL EVANGELIO?
diluido que los brillantes colores se han perdido entre la simpleza de palabras cortas y la superficialidad del mensaje.
Cuando hablamos del evangelio exclusivamente en términos judiciales, como un pago impersonal que alguien hizo por nosotros, estamos ofendiendo el mensaje de Dios. O bien, cuando afirmamos que el evangelio solamente es acerca del perdón de pecados en Cristo, estamos omitiendo el resto del evangelio.
Es verdad, sí, el evangelio proclama la verdad de que, en la cruz, Cristo nos redimió. Pablo mismo lo explica así: «En [Él] tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados» (Ef. 1:7). Así que no estoy sugiriendo que la cruz, la muerte o la resurrección de Jesús no sean parte fundamental del evangelio; es más, son la cúspide, lo máximo, la piedra angular del evangelio. Pero eso no quiere decir que sean todo el evangelio. En ese mismo capítulo, el apóstol Pablo explica el evangelio a plenitud:
El evangelio explicado en Efesios 1
Antes de la fundación del mundo: 1:2
Los lugares celestiales: 1:3
uestra predestinación: 1:5
Alabanza de Su gloria: 1:6
El misterio de Su voluntad: 1:9
El cumplimiento de los tiempos: 1:10
Los cielos y la tierra: 1:10
Herencia en Él: 1:11
Los primeros en esperar en Cristo: 1:12
Sellados con el Espíritu Santo: 1:13
Los lugares celestiales (otra vez): 1:20
El reinado de Cristo: 1:21, 22
La expresión del reino de Dios en la iglesia: 1:22
La llenura de todo en Cristo: 1:22
Yo sostengo que el evangelio es todo eso y más. En otras palabras, ¿por qué solo hablar de una parte del evangelio como si el resto no fuese igual de importante? Estoy convencido de que el «resto» del evangelio hace que la cruz de Cristo sea todavía más hermosa. El «resto» del evangelio hace que el perdón de pecados sea aún más misericordioso y grandioso. Lo explica todo. Le da sentido a la sustitución penal de Jesús en el Calvario. Todo el evangelio, o bien, el evangelio del reino que Jesús predicó (Mat. 9:35) es una unidad que nunca fue diseñada para desmenuzarse en fracciones. Creemos que es más fácil que alguien crea en Dios si le damos el «1, 2, 3» del evangelio, pero en realidad eso es robarle la gloria a Dios. Estoy convencido de que el problema es que no entendemos qué es y qué no es el evangelio. Así que permíteme darte algunas clarificaciones acerca del evangelio.
lo que el evangelio no es
1.El evangelio no es acerca de mí. Tendemos a escuchar que el evangelio gira alrededor de nosotros. Se trata de elegir adónde queremos ir: ¿al cielo o al infierno?; ¿queremos bendición o maldición?; ¿problemas o alegrías? O bien, se hace una caricatura del amor de Dios hacia nosotros. Que Dios vino a salvarnos porque nos amaba demasiado, como si no pudiera vivir sin nosotros, y que entonces quiere vernos bien, felices, quiere darnos todo, y lo único que pide es que aceptemos Su regalo. Obviamente, Dios nos ama, y es ese amor el que nos da autoridad para ser llamados «hijos de Dios» (1 Jn. 3:1). Pero cuando el énfasis está en mí, en que yo soy la figura central que merece ser amada, se ha escrito un evangelio diferente. Cuando el evangelio solo gira alrededor de la comodidad del pecador, de su propia gloria, de sus intereses, entonces el evangelio ya no es de Dios; es de nosotros. Esta perspectiva pinta a un Dios que mendiga nuestra atención y compañía.
2. El evangelio no es una «invitación». Escuchamos que tenemos que invitar a las personas a creer en el evangelio para que no
¿QUÉ ES EL EVANGELIO?
parezcamos demasiado «dogmáticos», no sea que sonemos como que el evangelio es la única manera de ser salvos. Pero en ninguna parte de la Biblia se nos da permiso para evangelizar de esa forma. Por el contrario, el evangelio es una orden absoluta, total: «Arrepiéntanse y crean en el evangelio» (Mar. 1:15).
Si el evangelio suena demasiado cerrado, es porque así es. El evangelio no es una invitación a creer, como si se le hiciera un favor a Dios, como si el humano pudiera dejar la invitación para otro día. ¿Recuerdas al joven que pidió tiempo para seguir a Jesús? Según él, tenía cosas más importantes que hacer. Amablemente, sin embargo, le aseguró a Jesús que regresaría «más tarde». ¿Qué le contestó el Señor? «No puedes ser parte del reino» (ver Luc. 9:62). El evangelio no es una invitación a experimentar a Jesús, es una orden para someternos a Su reinado.
3.El evangelio no es una empresa de bienes raíces. En las últimas décadas, en México, se ha dado un fenómeno conocido como el «boom inmobiliario». Las desarrolladoras están ávidas de más y más tierra para construir toda clase de complejos urbanos. Construyen desde grandes centros comerciales hasta fraccionamientos lujosos con departamentos para vivienda, oficinas y tiendas.
En un sentido, me temo que hemos hecho del evangelio una presentación para la mejor inversión de «bienes raíces» que existe en el mercado celestial. Hemos convertido al evangelio en el «paraíso de jubilación» para todo aquel que ya esté cansado de esta tierra. En el cielo, no habrá tráfico, enfermedades, dolores, y, lo mejor de todo, ¡tendremos mansiones enteras para nosotros! Veremos a nuestros seres queridos que ya han partido, y, por supuesto, nunca moriremos.
¡Qué triste! No porque todas esas cosas no sean verdad. ¡Claro que no habrá tráfico, ni moriremos nunca! Pero ¿puedes ver que en esa versión del evangelio el énfasis está en nosotros? Hemos hecho del evangelio el documento que garantiza mi «propiedad» en el cielo, para que cuando lleguemos allá, reclamemos lo que es nuestro. Claro que no lo verbalizamos así, espero. Pero si somos sinceros, muchos tenemos esa clase de tonalidades en el evangelio que abrazamos.
Pensamos que el evangelio se trata del cielo al que llegaremos cuando nos jubilemos de la tierra.
4. El evangelio no es solo para los teólogos. Jesús hizo una oración pública que resonó en los oídos de todos. Dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños» (Mat. 11:25). Aunque el evangelio está repleto de capas teológicas, un niño lo puede entender. El evangelio no es solo para los eruditos. El evangelio se cree con una fe inocente que Dios provee a Sus santos (Ef. 2:8, 9), y, por lo tanto, para ser salvos, no es necesario entender la doctrina de la justificación ni de la santificación posicional o progresiva. Él nos salva, punto (Sal. 103:4, 5). Él abre nuestro entendimiento para que veamos la gloria del evangelio (Sal. 119:18). El Espíritu nos enseña el evangelio, no los teólogos. El evangelio es tan hondo que nos podemos deleitar en las vastas profundidades de la mente de Dios, pero al mismo tiempo, es tan seguro que un niño jamás se ahogará en él.
5. El evangelio no es un espectáculo de prosperidad. Qué lamentable que muchos hagan negocio con el evangelio, prometiendo riquezas o salud a personas que idolatran las riquezas o la salud. El evangelio no es un seguro médico ni de desempleo. El evangelio no es un «espectáculo» barato que promete todo a todos. Ese evangelio es falso, herejía producida en las fábricas de maldad y materialismo. El evangelio de la prosperidad, aquel que «siembra semillas» que se convierten en casas, autos o vacaciones, es mentira y mentiroso. Sus promotores tendrán que pasar delante de Dios en el juicio final y las explicaciones de sus acciones serán rechazadas. Serán juzgados por sus obras y se encontrarán faltantes (Apoc. 20:12), porque cualquier otro evangelio que no sea el evangelio del reino, es «anatema» (Gál. 1:8).
¿QUÉ ES EL EVANGELIO?
lo que el evangelio sí es
Antes de explicar qué es el evangelio, permíteme aclarar que algunos de los aspectos en los párrafos anteriores son ciertos. ¡Claro que aceptamos Su evangelio! ¡Claro que Dios nos ama! ¡Claro que en el reino eterno veremos a nuestros seres queridos! Mi argumento no es que esas verdades no sean verdad, sino que las hemos estirado para llenar nuestros oídos solamente de las cosas que queremos oír, y eso no es bíblico. ¿Qué es el evangelio?
1.El evangelio del reino es la historia del reino. No voy a abundar mucho aquí, porque hablaremos de esto en el siguiente capítulo. Pero te puedo adelantar que el evangelio es la historia del reino de Dios instalado a través del Mesías Jesús para el rescate de la tierra y de sus ciudadanos. Eso es el evangelio, y «el reino» es parte fundamental. No pueden separarse. Van de la mano. Lo dije en la introducción: el evangelio del reino sin el reino no es evangelio. Toda la Biblia es el evangelio, porque toda la Biblia nos cuenta la historia del Rey y Su reino. No, no todas las páginas nos hablan de la cruz o de la resurrección, pero ya vamos entendiendo que el evangelio no solamente es la cruz o la resurrección. Son parte de la historia, claro, pero no son toda la historia.
Leemos del Jardín del Edén, Adán y Eva, Abraham y su pacto, Israel, David y su pacto, el templo, sacrificios o sacerdotes. Leemos de la torre de Babilonia (Gén. 11) y luego, muchos años más tarde, Babilonia captura a los israelitas rebeldes (2 Rey. 24), y ya sobre el final de la Biblia leemos de Babilonia otra vez, cuando es finalmente destruida (Apoc. 18:17-18). Tenemos una boda al inicio, la de Adán y Eva, y luego otra boda al final, las bodas del Cordero (Apoc. 19:7-9). Leemos del Hijo de Dios en el horno ardiente (Dan. 3:25-30), y luego, en los Evangelios, lo vemos caminar entre las calles de Galilea. Leemos de una serpiente de bronce que, al mirarla, las personas eran salvas (Núm. 21:8-10), y luego Jesús también es levantado como esa serpiente para salvación de muchos (Juan 3:14).
En Génesis, leemos que lo primero que llegó a este mundo fue la
luz de la gloria de Dios (Gén. 1:3), y luego Juan nos dice que la luz llegó al mundo en Cristo (Juan 1). Leemos del Rey y Su reino en el Antiguo Testamento, y volvemos a leer del Rey y Su reino en el Nuevo Testamento, y ahora avanza a velocidades nunca antes vistas. Y así hasta hoy, donde Su reino ha conquistado el mundo entero con el poder del evangelio del reino de Dios.
¿Qué es el evangelio? ¡El evangelio es toda la Biblia! El evangelio es la historia del reino de Dios instalado a través del Mesías Jesús para el rescate de la tierra y de sus ciudadanos. ¿Es la cruz de Cristo el punto culminante de la historia del reino? ¡Por supuesto! ¡Vaya, la cruz es el trono de Cristo en el que fue entronado! ¿Es el perdón de pecados parte del evangelio? ¡Obvio que sí! Sin Su perdón, no podemos ser parte de Su reino. Pero si hacemos del evangelio solamente esos pilares de verdad, y olvidamos o ignoramos el resto de la narrativa bíblica, estamos eliminando los fundamentos del evangelio.
2.El evangelio del reino es la gloria de Cristo. Charles Spurgeon dijo: «El evangelio revela la gloria de Cristo. Nos dice que Él es el Hijo eterno del Padre, por quien todas las cosas fueron hechas, para quien todas las cosas fueron creadas y por quien continúan existiendo».6 El evangelio no se trata de nosotros, se trata de Dios encarnado en Jesús. El plan de instalación de Su reino encuentra su cumplimento en Cristo, y, por lo tanto, hace al evangelio tan glorioso, que aun los ángeles se asoman a admirar su belleza (1 Ped. 1:12). El evangelio del reino es la gloria de Cristo porque Él, Jesús, es el Rey del reino que Dios ha instalado en la tierra. La segunda persona de la Trinidad ha recibido el reino como había sido prometido (Sal. 2), y en el futuro, al final del milenio, entregará el reino a Su Padre para entonces reinar en el estado eterno (1 Cor. 15:24).
3. El evangelio del reino es el Rey reinando en la tierra como en el cielo. El evangelio del reino no es un plan «B» que se trazó cuando Adán y Eva cayeron o cuando Israel rechazó a Dios. El evangelio es
6 «The True Gospel», The Spurgeon Library, https://shorturl.at/aboJX
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la declaración pública de que el Rey ha decidido, desde antes de la fundación del mundo, reinar sobre Su creación y Sus criaturas. Por eso, cuando Jesús nos enseñó a orar, nos ordenó que oremos: «Venga tu reino» (Mat. 6:10). El evangelio no solo es un procedimiento legal (por ejemplo, que Jesús pagó por nuestros pecados). Claro que es eso, pero también es la afirmación de que el reino iniciado en Génesis un día será plenamente culminado. Eso es el evangelio del reino, que Dios reina en la tierra como en el cielo.
El evangelio es que la soberanía del Dios de los cielos ha llegado también a la tierra. Desde luego, esto se hizo imposible cuando el humano rechazó el reinado de Dios en la tierra (Gén. 3), llevándose a la tierra misma en un espiral descontrolado de muerte y pecado. Pero el evangelio revela la voluntad eterna y soberana de Dios de reinar sobre este planeta como lo hace en el resto del universo (Sal. 47). El evangelio no es solamente que Jesús murió en la cruz, sino que comienza desde el primer versículo de la Biblia, cuando todo estaba en caos y oscuridad y la luz llegó a la tierra (Gén. 1:1, 3). Ese es, ciertamente, el epicentro del evangelio del Rey. A partir de allí, y hasta la cruz de Cristo, hay una progresión de revelación que embellece, hermosea y enriquece toda la historia de la narrativa bíblica.
4. El evangelio del reino es la redención de la criatura y la creación. Este aspecto del evangelio es el que escuchamos más frecuentemente, y es precioso. Es exactamente lo que vengo diciendo, ¡claro que el evangelio es rescate! ¡Claro que el evangelio es redención! En Cristo, tenemos perdón de pecados (Ef. 1:7); en la cruz, tenemos reconciliación (Rom. 5:10) y son Su sacrificio y Su sangre los que nos ha traído a mí y a ti de regreso al Padre (Ef. 2:12, 13). El evangelio es el glorioso himno que canta: rescate. Estábamos perdidos y sin esperanza, y el evangelio nos muestra la puerta hacia la libertad. No hicimos nada para merecerlo. Al contrario, somos rebeldes, incrédulos por naturaleza. Pero Dios se ha acercado a nosotros, y con delicadas cuerdas de amor nos ha llamado como lo hacía con Su Israel (Os. 11:4), y nos ha traído cerca, con ternura nos ha instalado
en Su familia y nos ha dado un nombre, parte de la dinastía real. Hicimos todo lo posible para alejarnos de Él, y el Rey hizo todo para acercarse de nuevo. Eso es el evangelio del Rey, que estábamos lejos de Su reino, tan lejos, de hecho, que trajo Su reino a la tierra en Jesús. La belleza del evangelio revelado en las Escrituras es lo más atractivo al corazón humano. Jonathan Edwards lo explica así: «Dios una vez nos amó hasta el punto de dar a Su Hijo para llevarnos a la felicidad de Su amor, y trató de todos los medios persuadirnos a aceptar Su favor, aunque fue obstinadamente rechazado»7. Este aspecto del evangelio, que Jesús nos vino a rescatar, es igual de importante que el resto; no menos importante, pero tampoco más. Todo va de la mano para declarar el poder soberano del Rey para rescatar y redimir a la criatura y a la creación (Rom. 8:21).
5. El evangelio del reino es el juicio del Rey. Este ángulo del evangelio del reino también sufre bastante a manos de aquellos que solo quieren oír lo que agrada al corazón humano. La Biblia no guarda silencio acerca del juicio venidero. El día del Señor será un día de justa retribución a los enemigos del Rey (Isa. 13:9-11; Jer. 46:10; Sof. 1:14-28). El evangelio del reino confirma el juicio del Rey. Aquellos que no creyeron en el evangelio (Mar. 1:15), que no quisieron su reinado, su autoridad y su dominio, recibirán justamente eso, separación de Dios y destrucción total. El evangelio nos dice que viene un día de total desolación y castigo eterno. Jesús advirtió: «Saldrán los ángeles, y apartarán a los malos de entre los justos […] y los echarán en el horno de fuego» (Mat. 13:49, 50). ¿Entendemos la realidad del horno de fuego, separación de Dios y muerte eterna? El mundo — auspiciado por Satanás, no tengo duda (Juan 8:44) — ha creado una versión de un Dios de amor «incapaz» de hacer algo así. Dicen que ese dios «monstruoso» no puede ser el Dios de la Biblia, que esas ideas son medievales, lejos de una realidad de tolerancia moderna y perdón universal. Pero no es así. El evangelio es la
7 Works of Jonathan Edwards Online, eds. Harry S. Stout, Kenneth P. Minkema, Caleb J.D. Maskell, 2005.
¿QUÉ ES EL EVANGELIO?
afirmación de que, así como hay salvación, también hay perdición, y que ambos casos, tanto la salvación como la perdición, son para la exclusiva gloria de Dios (2 Cor. 2:15).
¿Por qué? En el caso de los ciudadanos del reino, ellos llevan gloria a Dios como aroma fragante que emana perdón y gracia, rescate y redención. En el caso de aquellos que rechazan Su nombre, es precisamente el juicio lo que traerá gloria a Dios. El fuego consumidor limpiará la tierra de aquellos que rechazaron el evangelio (Heb. 12:28, 29), y la tierra será entonces llena de la gloria de Dios (Hab. 2:14). Esto no quiere decir que Dios no es amor. Pero Su amor es santo y justo, y, por lo tanto, precisamente por amor a lo santo y a Sus santos, los malos serán juzgados en el juicio final (Apoc. 20:15).
6.El evangelio del reino es la restauración de todas las cosas. Finalmente, el evangelio es la declaración de que la creación será reconstruida, nuevos cielos y nueva tierra (2 Ped. 3:13). El reino animal será perfecto, sin violencia alguna, enfermedad o extinciones. Las condiciones de vida serán perfectas, nuestros cuerpos glorificados finalmente sabrán qué es vivir de verdad. El evangelio nos dice que todo verá plena reconstrucción en una ciudad que es como ninguna otra, eterna, pura, limpia y santa. No habrá templo allí, pues la presencia de Dios estará en todo lugar; no habrá sol ni luna, pues la gloria de Dios la iluminará; las puertas siempre estarán abiertas y la oscuridad de la noche jamás estará presente. No habrá maldad ni ninguna cosa mala, y el río de agua de vida pasará por en medio de la ciudad, decorándola de pulcritud y majestad. El trono de Dios y del Cordero estarán en medio de la ciudad, recordándonos a todos nosotros, sus ciudadanos, que todo gira, desde la eternidad pasada y hasta siempre, alrededor del Rey y Su reino (Apoc. 21).
el evangelio del reino de dios
Brevemente, he explicado lo que el evangelio no es, y luego, las marcas bíblicas que sí lo caracterizan. Como ya puedes observar, nada de lo que he hablado es algo nuevo, no es una forma «distinta» de ver
el evangelio; para nada, todo lo opuesto. El evangelio comienza en Génesis 1, desde antes del inicio de todas las cosas, y, por lo tanto, mi deseo es que regresemos a la enseñanza bíblica que Dios nos ha dado. En este capítulo, he establecido que hay una historia detrás del evangelio, un tema que se va desarrollando a lo largo de las páginas de la Biblia, y yo argumento que ese tema es el reino de Dios. ¿Pero qué es el reino de Dios y cómo se ve reflejado en el evangelio? A esa pregunta damos nuestra atención en el siguiente capítulo.
Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree…
Romanos 1:16