Introducción: La realidad del dolor y la necesidad del lamento bíblico
Día 1.
Día 2.
Día 3.
Día 4.
Día 5. Salmo 10: ¿Por qué te escondes en la
Día 6. Salmo 13: ¿Hasta cuándo, Señor?
Día 8. Salmo
Día 9.
Día 14. Salmo
Día 15.
Día 16. Salmo 102: Tú eres el mismo ......................................
Día 17. Salmo 120: En mi angustia clamo a ti .......................
Día 18. Salmo 130: Mi esperanza .............................................
Día 19. Salmo 141: Mis ojos te miran .......................................
Día 20. Salmo 142: A ti traigo mi queja ..................................
Día 21. Salmo 143: Respóndeme en tu fidelidad ..................
Introducción
La realidad del dolor y la necesidad del lamento bíblico
«¿Hasta cuándo, oh SEÑOR? ¿Me olvidarás para siempre?». «Estoy tan turbado que no puedo hablar». «¿Por qué, oh SEÑOR, te mantienes alejado, y te escondes en tiempos de tribulación?». «¡Levántate, SEÑOR! ¡Sálvame, Dios mío!».1
Cada una de estas frases proviene de alguno de los muchos salmos de lamento que encontramos en la Palabra. Por lo menos un tercio de los 150 salmos son de lamento. A través de cada uno de estos salmos, vemos la realidad del sufrimiento y la expresión sincera del corazón herido que lucha por abrazar las promesas de Dios en medio del dolor.
El lamento bíblico es la voz del corazón que se levanta al Señor en medio del dolor, trayendo delante de Él su sentir sincero, las peticiones de su corazón y su deseo de confiar y descansar en Él. Ante la realidad de este mundo caído y las experiencias de sufrimiento que experimentamos, poder lamentarnos a la manera de Dios se hace necesario para encontrar plenitud en Cristo, aun en el valle de sombra. El lamento le da voz, a través de la Palabra, a lo que sentimos
1 Salmos 13:1; 77:4 ; 10:1; 3:7.
Misericordia en el valle de sombra x
en momentos de dolor. Es un camino hacia la adoración y la esperanza mientras transitamos por el sufrimiento.
Ahora bien, el lamento bíblico no siempre lleva a una solución inmediata; no es una fórmula simplista. «El lamento es la canción que cantas creyendo que un día Dios responderá y restaurará. El lamento nos invita a orar a través de nuestras dificultades en medio de una vida que está lejos de ser perfecta».2
Cada uno de los salmos de lamento nos hace una invitación a acercarnos a Dios en oración a través de Su Palabra y, en lugar de reprimir o ignorar nuestro sentir, llevarlo al trono de la gracia.
Un
camino para el lamento
La mayoría de los salmos de lamento sigue un patrón con elementos claves que podemos seguir en la medida en la que sus palabras se convierten en nuestra voz.
1. El acercamiento a Dios
El lamento bíblico comienza con la invitación de acercarnos a Dios en medio del dolor.
Mi voz se eleva a Dios, y a Él clamaré; mi voz se eleva a Dios, y Él me oirá. En el día de mi angustia busqué al Señor; en la noche mi mano se extendía sin cansarse; mi alma rehusaba ser consolada (Sal. 77:1-2).
En medio del dolor, podemos tener la tendencia de correr lejos de Dios, pero la invitación que encontramos en las
2 Vroegop Mark, Dark Clouds, Deep Mercy (Wheaton, IL: Crossway, 2019), pág. 33, edición para Kindle.
Escrituras es siempre a ir a Él sin importar lo que estemos pensando; sin importar la condición de nuestro corazón, somos invitados a acercarnos a Él.
«El lamento dirige nuestras emociones al vocalizar en oración nuestro dolor, nuestras preguntas e incluso nuestras dudas. Orar a través del lamento es una de las más profundas y constantes demostraciones de que creemos en Dios».3
2. La expresión del sentir sincero
Una de las cosas que vemos en los salmos de lamento es la manera en la que expresan delante de Dios el sentir sincero del corazón de quien escribe. No hay caretas, no hay pretensiones. En cada uno de estos lamentos vemos cómo el salmista sabe que puede llevar delante de Él su corazón exactamente en la condición en la que está.
En medio del sufrimiento, podemos experimentar distintos sentimientos o ideas que inundan nuestras mentes y corazones y que, aunque muchas veces no son reales, se sienten como si lo fueran.
Cada salmo de lamento nos invita a acercarnos a Dios con el sentir sincero de nuestro corazón. Con nuestras preguntas, nuestras dudas y pensamientos. Hacer como si no estuvieran no nos permite lidiar con ellos de la manera correcta: delante del trono de la gracia.
La invitación entonces es a acercarnos a Dios, en completa humildad, con el sentir sincero de nuestro corazón.
3. La petición sin temor
Nos acercamos a Dios, traemos nuestro sentir sincero, pero no nos quedamos ahí. Cada salmo de lamento nos hace una
3 Ibid., pág. 31.
invitación a seguir hacia adelante, y una de las formas en que lo hacemos es pidiéndole a Dios sin temor.
Vuélvete, SEÑOR, rescata mi alma; sálvame por Tu misericordia (Sal. 6:4).
Acuérdate, oh SEÑOR, de Tu compasión y de Tus misericordias, que son eternas. No te acuerdes de los pecados de mi juventud ni de mis transgresiones; acuérdate de mí conforme a Tu misericordia, por Tu bondad, oh SEÑOR (Sal. 25:6-7).
El dolor nos despierta a nuestra verdadera necesidad de Dios, y llevar nuestras peticiones delante de Él nos mueve a depender y descansar en Él. Podemos pedir sin temor porque en Jesús tenemos uno que entiende nuestro dolor (Heb. 4:15).
4. La declaración de confianza en Dios
La decisión de confiar en Dios es nuestro destino final. Todo el trayecto del lamento bíblico tiene la intención de que nuestro corazón sea movido a confiar en el Señor a pesar del dolor.
Pero yo en Tu misericordia he confiado; mi corazón se regocijará en Tu salvación. Cantaré al SEÑOR, porque me ha llenado de bienes (Sal. 13:5-6).
El lamento bíblico nos guía a confiar y a esperar en el Señor. Ahora, esta decisión no es una que tomamos en un solo momento, porque nuestro corazón es propenso a divagar lejos de Dios y necesitamos, en Su poder, llevarlo de vuelta a Él una y otra vez.
En medio del dolor, declaramos nuestra confianza en Dios en fe, sabiendo que, a pesar de todo, Él sigue siendo bueno, sabio, sigue obrando en nuestras vidas y cada una de Sus promesas son seguras en Cristo Jesús.
El ancla del alma
El lamento bíblico es un recorrido que no hacemos solos ni con nuestras propias fuerzas. En Jesús, tenemos a Aquel que nos ayuda a confiar y a lamentarnos delante de Él. Nuestro Señor puede con el sentir sincero del corazón, puede con nuestras peticiones y nos mueve a confiar en Él guardando nuestros corazones de irse a la deriva, porque Jesús es el ancla de nuestra alma.
Tenemos como ancla del alma, una esperanza segura y firme, y que penetra hasta detrás del velo, adonde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho, según el orden de Melquisedec, Sumo Sacerdote para siempre (Heb. 6:19-20).
Mi oración es que, a través de este recorrido de veintiún días con salmos de lamento, las palabras de Dios puedan darle voz al sentir de tu corazón y puedas encontrar en Jesús misericordia en el valle de sombra.
¿Cómo acercarte a este devocional?
Misericordia en el valle de sombra es un libro devocional diseñado para guiarte en un recorrido de veintiún días a través de los salmos de lamento. En este recorrido, encontrarás lo siguiente:
• Una invitación a leer el salmo completo: la Palabra de Dios es viva y eficaz, y tiene el poder para transformar nuestras vidas. Antes de entrar al texto devocional, lee sus palabras orando para que Dios ministre a tu corazón a través de ellas.
• Lectura devocional: luego de leer el salmo, en este libro encontrarás una lectura devocional basada en cada salmo de lamento que estaremos recorriendo.
• Preguntas de aplicación: al finalizar tu lectura devocional, tendrás la oportunidad de reflexionar a través de algunas preguntas, sobre cómo Dios te llama a responder conforme a las verdades leídas.
• Responde en oración: los salmos de lamento le dan voz al sentir de nuestro corazón para llevarlo al trono de la gracia. En esta sección, encontrarás una guía en la que,
Misericordia en el valle de sombra
con algunos versículos del salmo del día, podrás clamar al Señor con tus propias palabras, dejando que las de Él te guíen.
Es mi oración que, a través de este recorrido puedas encontrar la esperanza que solo puede dar Jesús, Aquel que atravesó el valle de sombra de muerte por amor a nosotros.
Tú levantas mi cabeza
Salmo 3
Es difícil cuando otros están en nuestra contra, y mucho más cuando quienes lo están son personas cercanas a quienes amamos. David vivió esta realidad cuando su propio hijo lo perseguía. Las primeras palabras de este salmo muestran el sentir de desesperación que tenía: «¡Oh SEÑOR, cómo se han multiplicado mis adversarios!».
David no solo tenía la realidad de que había muchos en su contra; ellos también cuestionaban su fe, cuestionaban a su Dios, y las palabras de sus enemigos le señalaban que aun su propio Dios lo había abandonado y no podía salvarlo.
Probablemente, la vergüenza y la desesperación buscaban apoderarse del corazón de este hombre, y puede que esto sea algo que tú también has experimentado: enemigos que se levantan en tu contra, que buscan hacerte mal, que cuestionan tu fe y usan tus propias debilidades para atacarte en lugar de levantarte. Quizás tampoco hayas podido dormir por la angustia de saber que alguien a quien amas y que pensabas que te amaba está en tu contra.
En medio de circunstancias difíciles como esas, es fácil dejarnos envolver por la vergüenza y preguntarnos si acaso
será cierto que Dios no podrá salvarnos. «Muchos dicen de mí: “Para él no hay salvación en Dios”» (v. 2).
Pero las palabras de este salmo no terminan ahí. En medio de las aguas turbulentas de la persecución, la angustia y la vergüenza, David recuerda quién es su Dios. Fíjate en lo que encontramos en el versículo 3:
• Dios es escudo a su alrededor, su protección está en Él.
• Su gloria no está en el hombre ni en lo que otros digan, sino en Dios.
• Dios es quien levanta su cabeza cuando la vergüenza se ha apoderado de él.
David recuerda que, aun en medio de la persecución, él puede dormir tranquilo porque Dios es quien lo cuida (v. 5). Y entonces, al recordar quién es Dios, la respuesta de su corazón es que no hay temor (v. 6), pero la ausencia de temor no está en su propio poder o habilidad, sino en Aquel que puede salvarlo: «¡Levántate, SEÑOR ! ¡Sálvame, Dios mío!» (v. 7).
En medio de la angustia que nos inunda cuando estamos en conflicto con otros, podemos clamar a Aquel que es escudo, nuestra gloria, a ese que cubre nuestra vergüenza y que nos guarda aun mientras dormimos.
David clamó y Dios le respondió desde Su monte santo. Nosotros hoy clamamos a Jesús, Aquel que es Dios con nosotros, que es santo y cercano. Clamamos a uno que nos entiende porque fue perseguido, abandonado y calumniado aun por aquellos que amaba y por quienes entregó Su propia vida (Mat. 25:56).
David comenzó este salmo mirando lo mucho que se habían multiplicado sus adversarios, pero sus últimas palabras
reconocen que la salvación es del Señor (v. 8). Que, aun en la persecución, nuestros ojos puedan estar puestos en Jesús, nuestra salvación.
Reflexiona
1. ¿Cuál es tu tendencia cuando eres perseguido y calumniado por otros?
2. Una de las cosas que David hace como respuesta a su angustia es clamar al Señor. ¿Sientes que te cuesta clamar a Él en tu angustia? ¿Por qué?
3. Normalmente, ¿dónde tiendes a poner tu esperanza cuando otros te persiguen? ¿Cómo se pone esto de manifiesto en tu vida?
4. ¿De qué manera este salmo ha hablado a tu corazón hoy?
Ora
Usa los siguientes versículos como guía para levantar tu corazón en lamento y oración hacia el Señor.
Acércate a Dios
«Con mi voz clamé al SEÑOR, y Él me respondió desde Su santo monte» (v. 4).
Presenta tu sentir
«¡Oh SEÑOR, cómo se han multiplicado mis adversarios! Muchos se levantan contra mí. Muchos dicen de mí: “Para él no hay salvación en Dios”» (vv. 1-2).
Pide
«¡Levántate, SEÑOR! ¡Sálvame, Dios mío!…» (v. 7).
Decide confiar
«Yo me acosté y me dormí; desperté, pues el SEÑOR me sostiene. No temeré a los diez millares de enemigos que se han puesto en derredor contra mí» (vv. 5-6).
En la angustia me has aliviado
Salmo 4
Cuando estamos experimentando dolor profundo, una de las cosas que deseamos es tener algún tipo de alivio, un momento en el que dejemos de sentir que nos estamos haciendo pedazos. David se encontraba en medio de la angustia y el primer versículo de este salmo dice: «Cuando clamo, respóndeme, oh Dios de mi justicia. En la angustia me has aliviado; ten piedad de mí, escucha mi oración». En medio de su aflicción, David abre su corazón y clama delante del Señor. El sentir de estos versículos nos deja ver la confianza y seguridad de David al saber dónde ir en medio de su angustia. Él se acerca y le pide que le responda, que le haga justicia, que lo alivie y le extienda Su gracia. Clama al Señor por aquello que sabe que no merece, pero se siente en la confianza de acercarse con total sinceridad y pedir al único que puede darle lo que necesita.
Y hay algo más aquí: David se acerca y pide, porque sabe que Dios lo ha hecho antes. Él ya ha experimentado el alivio que viene de Dios, ya ha visto que Dios responde; sabe que puede acercarse a Dios con absoluta sinceridad.
¿Dónde vas en medio de tu angustia? A veces, buscamos alivio en nosotros mismos, quizás buscando controlar la
situación. Otras veces, ponemos nuestros ojos en lo grande de nuestra aflicción y olvidamos al Dios que puede aliviarnos. Al igual que David, tú y yo podemos acercarnos al Señor con un corazón sincero y clamar por respuesta, clamar por alivio, clamar por justicia, clamar por Su gracia.
En medio de la angustia, somos propensos a olvidar las formas en las que Dios ha obrado en el pasado, y podemos llegar a pensar que Su misericordia y gracia se han agotado para nosotros. Pero Él es el Dios cuyas misericordias son nuevas cada mañana (ver Lam. 3:23), es el Dios que no cambia y, por lo tanto, Su fidelidad hacia nosotros sigue y seguirá siendo la misma.
Ahora, podríamos pensar que el alivio de parte de Dios llegará a nuestras vidas por medio de la provisión de eso que deseamos. Ciertamente, podemos clamar a Dios por nuestro deseo y Él puede hacer cuanto quiera. Pero este salmo nos muestra cómo el verdadero alivio en medio de la angustia no está en lo material, sino en la presencia misma de Dios en medio de nosotros.
David dice: «Alegría pusiste en mi corazón, mayor que la de ellos cuando abundan su grano y su vino nuevo» (v. 7). La presencia de Dios es todo lo que necesitamos, y es mucho mejor que cualquier otra cosa que podamos anhelar e incluso recibir. Su presencia trae alegría incluso en medio de nuestra mayor angustia, una alegría mayor que aquella que puede dar lo material.
Para aquellos que estamos en Jesús, Su presencia nos ha sido garantizada. Él prometió que estaría con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mat. 28:20) y esa promesa incluye cualquier circunstancia que podamos atravesar. De hecho, no es solo que Él está con nosotros; ha enviado Su Espíritu, el Consolador, para que habite en nosotros.
No importa lo que pase a nuestro alrededor, no importa cuántos obren en nuestra contra; por el Señor y Su obra a nuestro favor, podemos dormir y levantarnos en paz porque
Él nos sostiene. En medio de la angustia, nuestra paz y seguridad vienen de un Salvador que nos aseguró: «Yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de Mi mano» (Juan 10:28).
Reflexiona
1. ¿Hay algo que te impida acercarte a Dios en completa sinceridad? ¿Qué crees que sea?
2. ¿De qué manera has visto a Dios obrar en tu vida en situaciones de angustia del pasado?
3. ¿Hay algo que crees que, si Dios te lo concede, tendrás alegría y paz? ¿Qué te enseñó este salmo respecto a eso?
4. ¿De qué manera la realidad de que nadie te arrebatará de la mano de Jesús trae alivio a tu corazón?
Ora
Usa los siguientes versículos como guía para levantar tu corazón en lamento y oración hacia el Señor.
Acércate a Dios
«Cuando clamo, respóndeme, oh Dios de mi justicia…» (v. 1).
Presenta tu sentir
«… En la angustia me has aliviado…» (v. 1).
Pide
«… Ten piedad de mí, escucha mi oración» (v. 1).
Decide confiar
«En paz me acostaré y así también dormiré, porque solo Tú, SEÑOR, me haces vivir seguro» (v. 8).
3
En ti espero
Salmo 5
Tener en quién esperar cambia cualquier panorama. No es lo mismo tener un problema y saber que hay alguien capaz de resolverlo que enfrentarlo completamente desprovistos de alguien en quien esperar auxilio.
En este salmo, vemos cómo David sabía que tenía a alguien infinitamente mayor que él en quien esperar. Una vez más, vemos a este hombre escribir en medio de la aflicción, y allí levanta su lamento al Señor, pidiéndole que lo escuche, lo considere y lo atienda. Su voz se levanta al Señor y, con ansias, espera ver qué hará (v. 3).
Ahora, David sabe que puede acercarse al Señor y clamar a Él, pero esta seguridad no está apoyada en el vacío, está fundamentada en el carácter de su Dios.
David también espera en el Señor porque Él es su Rey y su Dios (v. 2).
No hay nadie por encima de nuestro Dios. Él es el Dios supremo sobre todo lo que existe y Su dominio no tiene fin. Él gobierna el universo y nuestras vidas de la mejor manera posible y nada se escapa de Su dominio. Pero ese Dios que gobierna cada rincón
del universo es también nuestro Dios, Aquel que en Jesús se ha acercado a un nivel tal que estamos unidos a Él por siempre. Podemos esperar en el Señor en todo tiempo, porque no hay un segundo en el que Él deje de tener el control, y porque ese control es siempre bueno, siempre fiel, siempre sabio, siempre justo.
David espera en Él porque sabe que Dios lo escuchará (v. 3).
¡Qué certeza y aliento de esperanza es saber que el Dios que gobierna el universo completo también es Aquel que se detiene a escucharnos! Dios quiere escuchar nuestro clamor y nos invita a ir a Él teniendo la certeza de que el trono de la gracia ha sido abierto en Jesús y por Su obra tenemos acceso a Él en todo momento (Heb. 4:16).
David espera en el Señor porque Él no se complace en la maldad (v. 4).
El Dios que no se deleita en el mal es un lugar seguro para esperar. Si Dios no se deleita en la maldad, eso implica que siempre está detrás de nuestro bien, que está a nuestro favor y no en nuestra contra y, por lo tanto, aun en la aflicción podemos encontrar seguridad.
David espera en el Señor porque Él es abundante en misericordia (v. 7).
Por la abundancia de Su misericordia, David sabe que puede acercarse a Él y estar en Su presencia. Por la gran misericordia de Dios mostrada en su máximo esplendor en la cruz, hoy vivimos de continuo en Su presencia, con Su santo Espíritu habitando en nosotros. Él es el Dios en el cual habitamos y es el Dios que, en Su gran misericordia, permanece a pesar de nuestros pecados.
En medio de las grandes aflicciones y aun las frustraciones del día a día, solo hay un lugar seguro en el que podemos poner nuestra esperanza, y ese es Jesús. Aquel que, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin. Al poner en Él nuestra esperanza, podemos alegrarnos en la realidad de que Él nos protege, bendice al justo y Su favor es escudo que rodea nuestras vidas.
Reflexiona
1. En medio de tus circunstancias difíciles, ¿dónde tiendes a poner tu esperanza?
2. ¿De qué manera trae aliento a tu vida saber que, en medio de tus situaciones, Él siempre es Rey y es tu Dios?
3. ¿Genuinamente crees que Dios quiere tu bien? ¿Por qué?
4. ¿De qué manera la realidad de que Dios no se complace en la maldad puede traerte esperanza?
Ora
Usa los siguientes versículos como guía para levantar tu corazón en lamento y oración hacia el Señor.
Acércate a Dios
«Escucha mis palabras, oh SEÑOR; considera mi lamento» (v. 1).
Presenta tu sentir
«Oh SEÑOR, de mañana oirás mi voz; de mañana presentaré mi oración a Ti, y con ansias esperaré» (v. 3).
Pide
«Atiende a la voz de mi clamor, Rey mío y Dios mío, porque es a Ti a quien oro» (v. 2).
Decide confiar
«Pero yo, por la abundancia de Tu misericordia entraré en Tu casa; me postraré en Tu santo templo con reverencia» (v. 7).
4
Ten piedad de mí
Salmo 6
Debilidad, terror, ansiedad, angustia: es lo que vemos al salmista experimentando desde las primeras líneas del Salmo 6. Pero esto no es todo; él también sentía que Dios estaba silente y dispuesto a dejarlo hundirse en el dolor. Él le rogó al Señor que no lo reprendiera en Su ira, le pidió que tuviera piedad de él porque no tenía fuerzas, que lo sanara porque sentía que sus huesos se estremecían.
Como parte de sus circunstancias de aflicción, la muerte misma estaba cerca, y es por esto que en los versículos 4-5 vemos la urgencia de David de que Dios intervenga, porque si Él no hacía algo y la muerte llegaba, sus labios serían silenciados y no podría alabarlo por Su liberación. Sin lugar a dudas, una profunda aflicción lo rodeaba.
Hay momentos en nuestras vidas en los que el sentir del salmista es el nuestro. El terror de la opresión, la angustia de la incertidumbre o la ansiedad por la realidad de la muerte se vuelven tan presentes que el sentir de nuestro corazón es que Dios está ausente, que se ha olvidado de responder y de traer liberación.
Tenemos temporadas en las que nuestras lágrimas inundan la almohada, y nuestros ojos están cansados de llorar esperando una respuesta de parte de Dios. En medio de esos momentos de tristeza profunda, puede que nos hayamos encontrado sin deseo alguno de levantarnos de la cama, sin motivación para hacer lo que nos toca, demasiado tristes para ir a la iglesia y estar con otros creyentes o muy cargados como para leer la Biblia y encontrar aliento en sus palabras.
Pero este mismo salmo nos trae la esperanza de que Dios ve nuestro dolor y nuestras lágrimas: «Porque el SEÑOR ha oído la voz de mi llanto» (v. 8). Las circunstancias de David no parecen haber cambiado, excepto su reconocimiento de que Dios lo había escuchado y de que la realidad del Dios que oye trajo esperanza a su corazón.
Él es el Dios que escucha nuestra oración y está en medio de nosotros aun cuando no logramos sentirlo. En nuestras lágrimas, Él es el Consolador. Cuando sentimos que no podemos seguir adelante, Jesús persevera por nosotros. En nuestra incredulidad, Él nos da Su perdón. En medio de la opresión, Él es el Dios que hace justicia. Aun en medio de la realidad de la muerte, en Jesús tenemos la seguridad de que nada ni nadie nos podrá apartar de Su presencia (2 Cor. 5:8).
Podemos confiar en Jesús aun cuando no podamos encontrarlo. Él es el Dios que no nos abandona y en todo tiempo escucha nuestro clamor.
Reflexiona
1. ¿Recuerdas algún momento en el que hayas sentido que Dios ha estado silente en medio de tu aflicción? ¿Qué ha sido lo más difícil de estas temporadas?
2. ¿De qué manera has experimentado el consuelo del Señor cuando tus lágrimas han estado presentes cada noche?
3. ¿Cómo te trae esperanza saber que Jesús persevera por ti aun cuando no puedes hacerlo?
4. ¿Qué te muestra del carácter de Jesús el hecho de que Él escucha el clamor de nuestras lágrimas?
Ora
Usa los siguientes versículos como guía para levantar tu corazón en lamento y oración hacia el Señor.
Acércate a Dios
«SEÑOR, no me reprendas en Tu ira, ni me castigues en Tu furor» (v. 1).
Presenta tu sentir
«Mi alma también está muy angustiada; y Tú, oh SEÑOR, ¿hasta cuándo?» (v. 3).
Pide
«Ten piedad de mí, SEÑOR, porque estoy sin fuerza; sáname, SEÑOR, porque mis huesos se estremecen» (v. 2).
Decide confiar
«El SEÑOR ha escuchado mi súplica; el SEÑOR recibe mi oración» (v. 9).
¿Por
qué te escondes en la tribulación?
Salmo 10
En este mundo caído, hay momentos en los que a los malvados les va bien y los débiles terminan siendo aplastados, y esta es justamente la situación que David está experimentando. David se lamenta porque ve cómo al impío le va bien y que sus caminos parecen ser prosperados; aquellos que hacen el mal no parecen estar viendo el juicio de Dios. Él ve cómo el impío acosa al afligido y, en la arrogancia de su corazón, piensa que Dios no le hará nada, que no habrá consecuencias para su accionar (v. 6).
En medio de todo esto, la percepción que el salmista tiene es que Dios es indiferente, que se mantiene viendo desde lejos lo que está pasando, ve el dolor de los débiles pero no interviene, y entonces, clama: «¿Por qué, oh SEÑOR, te mantienes alejado, y te escondes en tiempos de tribulación?» (v. 1).
La experiencia de David no está muy lejos de nuestra realidad hoy. En este mundo caído, seguimos viendo cómo los débiles son oprimidos y aquellos que hacen el mal prosperan. Y, al igual que David, podemos sentirnos frustrados porque parece que Dios ve y no hace nada. Sentimos que Dios es indiferente ante esta realidad, y nos preguntamos hasta dónde llegarán el mal y la opresión, y si en algún momento Dios hará algo.
Ahora, en los versículos de este salmo, David no solo levanta su lamento al Señor, sino que hace algo más:
David le pide al Señor que actúe (v. 12).
En muchas ocasiones, Dios pareciera no estar actuando y nos encontramos sin entender Su silencio o aparente inactividad.
Al sentirnos de esta manera y ver la realidad del mal, podemos levantar nuestro clamor y pedirle al Señor que actúe. Podemos pedirle a Dios que juzgue porque Él es el Juez de toda la tierra, es Rey eternamente y para siempre (v. 16).
David también se recuerda que a Dios sí le importa (v. 14).
Dios nunca ha dejado de ver el mal y no es indiferente; a Él sí le importa. Pero necesitamos recordar que el tiempo de Dios no es el nuestro y Su tiempo es siempre perfecto. No sabemos si el salmista llegó a ver la respuesta de Dios, pero eso no quiere decir que Dios haya sido indiferente.
Una de las tendencias de nuestro corazón pecador es medir todo en término de nosotros mismos, y eso lo hacemos también con Dios. Pensamos que, si nuestros ojos no lo han visto, no está pasando. Tenemos una idea de cómo Dios debe juzgar y, si eso no es lo que sucede, nuestra respuesta inmediata es que Dios no está haciendo nada. ¡Pero Dios no es como nosotros y jamás se ha tratado de nosotros! Aunque nuestros ojos no vean la respuesta, podemos descansar con fe en Él. Una vez más, Su tiempo no es el nuestro y Él no ha dejado de reinar.
En medio de las injusticias a nuestro alrededor y de aquellas que nosotros mismos experimentamos, que nuestros corazones recuerden al Dios que no es indiferente a nuestro dolor, ese que siempre ve y al cual sí le importa. Ese Dios que vio la condición de muerte de toda la humanidad y se acercó en Jesús: el justo muriendo por el injusto, aquel sin pecado
haciéndose pecado por nosotros (2 Cor. 5:21). El Dios que vio nuestra densa oscuridad y en Jesús trajo la luz. En ese Dios, el débil puede refugiarse. Él oye el deseo de los humildes y fortalece sus corazones.
Reflexiona
1. ¿Estás experimentando o has experimentado alguna injusticia? ¿Cuál fue la respuesta de tu corazón en medio de esta?
2. ¿Por qué crees que podemos clamar al Señor por Su intervención al ver la opresión?
3. ¿Has causado alguna injusticia hacia otro? ¿Hay algo que podrías hacer al respecto?
4. ¿De qué manera la historia de la redención te muestra que Dios sí ve y que sí le importa?
Ora
Usa los siguientes versículos como guía para levantar tu corazón en lamento y oración hacia el Señor.
Acércate a Dios
«¿Por qué, oh SEÑOR, te mantienes alejado, y te escondes en tiempos de tribulación?» (v. 1).
Presenta tu sentir
«Sus caminos prosperan en todo tiempo; Tus juicios, oh Dios, están en lo alto, lejos de su vista; a todos sus adversarios los desprecia» (v. 5).
Pide
«Levántate, oh SEÑOR; alza, oh Dios, Tu mano. No te olvides de los pobres» (v. 12).
Decide confiar
«Oh SEÑOR, Tú has oído el deseo de los humildes; Tú fortalecerás su corazón e inclinarás Tu oído» (v. 17).