El precio de la gracia: La historia de Dietrich Bonhoeffer y su lucha contra el mal
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Clasifíquese: BONHOEFFER, DIETRICH \ GRACIA (TEOLOGÍA) \ BIOGRAFÍA CRISTIANA
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ISBN: 979-8-3845-2258-4
Impreso en EE. UU.
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A todos los que nunca se quedan callados ante el mal.
A Dietrich Bonhoeffer, que sigue inspirando con su vida a millones de personas a lo largo del mundo.
Todos mis libros están dedicados a mi esposa Elisabeth. Ella es mi compañera de vida y fe.
Dios es el único que da sentido a la vida y la única esperanza de gloria.
No actuar es actuar. No hablar es hablar.
—Dietrich Bonhoeffer
El silencio ante el mal es en sí mismo mal: Dios no nos considerará inocentes. No hablar es hablar. No actuar es actuar.
—Dietrich Bonhoeffer
La estupidez es un enemigo más peligroso del bien que la maldad.
—Dietrich Bonhoeffer
En una Alemania dominada por la mentira y el miedo, Bonhoeffer se mantuvo como una de las pocas voces de verdadera resistencia moral y cristiana.
—William L. Shirer (historiador y autor de Auge y caída del Tercer Reich)
En un tiempo de cobardía y conformismo, Bonhoeffer mostró que la fe real exige sacrificio. No hablaba de resistencia, la vivía.
—Martin Niemöller (pastor luterano y opositor al nazismo)
x El precio de la gracia
Capítulo 15. El año de los tambores de guerra 87
Capítulo 16. El servicio militar 91
Capítulo 17. Al borde de una guerra 95
Capítulo 18. Conspiración 99
Capítulo 19. El amigo americano 103
Capítulo 20. Soledad
Capítulo 21. Ven y muere
Capítulo 22. Los niños
Capítulo 23. Espía
Capítulo 24. El monasterio de los Alpes
Capítulo 25. Ginebra
Capítulo 26. Descabezados
Capítulo 27. Estocolmo
Capítulo 28. Amor
Capítulo 29. Complot
Capítulo 30. Prisionero
Capítulo 31. Razones
Capítulo 32. La visita
Capítulo 33. Corazón comprometido
Capítulo 34. Malas noticias
Capítulo 35. Valkiria
Capítulo 36. La fuga 173
Capítulo 37. La prisión de los hombres oscuros 177
Capítulo 38. Campo de concentración de Buchenwald 183
Capítulo 39. El viaje 189
Capítulo 40. Paz y felicidad 193
Epílogo 197
Algunas aclaraciones históricas
Cronología de la vida de Dietrich Bonhoeffer (1930-1945)
PRIMERA PARTE:
El Nuevo Mundo
Nueva York, 6 de septiembre de 1930
«EN EL PRINCIPIO ERA EL Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios».1 En cuanto leí estas primeras palabras, me di cuenta de que esta era la principal piedra de tropiezo de mis compañeros y colegas: si Cristo era Dios, nada tenía sentido. Aquel Jesús histórico, descrito por el teólogo David Friedrich Strauss en su libro La vida de Jesús, había puesto en jaque al cristianismo. El origen de las especies, de Charles Darwin, lo había terminado de cuestionar todo. Desde el gran terremoto de Lisboa de 1775, los hombres se habían dejado de preguntar si eran las obras o la fe lo que te justificaba ante Dios, para juzgar a Dios por Sus obras y pedirle explicaciones. Ahora, tras casi un siglo de teología contraria a la verdad del evangelio, los cristianos habían tendido a creer que la inminente venida de Cristo terminaría con todo aquel estado de cosas o llevaría a aislarse para anclarse en los fundamentos de la fe. Las cátedras, la cultura y la ciencia habían quedado en manos de
1 Juan 1:1.
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los escépticos; pero para mí, ser cristiano no significa ser religioso de alguna forma, sino convertirme en un hombre nuevo.
Tomaba el viaje a los Estados Unidos como una búsqueda espiritual, parecida al que los hermanos Wesley habían emprendido algo más de 200 años antes. Ellos habían ido a América para llevar el evangelio a los indios y se habían encontrado que su fe teológica no era suficiente para salvar a nadie. Tras su regreso a Inglaterra, en un sencillo servicio moravo, John comprendió el mayor misterio de la humanidad: que únicamente Jesús y Su muerte en la cruz pueden salvarnos. No una idea teológica, no un examen histórico, tampoco una reflexión etimológica; una persona hecha Dios, para acercarnos al Padre.
Después de la lectura, intenté caminar un poco por la cubierta. El SS Bremen era un lujoso transatlántico, moderno y bastante rápido. Siempre me ha gustado el mar, pero tantos días en medio de la nada me producían cierta inquietud.
Estaba anocheciendo, y en el horizonte se veían las últimas luces de Europa. Pensé que sería la costa belga. Durante los próximos meses, viviría lejos de mi viejo continente por primera vez y, aunque los prejuicios siempre acompañan a todos los hombres, intentaba tener la mente lo más abierta posible… claro está, lo más abierta que un alemán puede abrir su mente kantiana.
Mientras caminaba por la cubierta respirando aire puro, alejado de mi camarote compartido en el cascarón sin ventanas, me fascinaba observar a las damas y a los caballeros que paseaban como si estuvieran en un hermoso parque en Berlín o en las avenidas de cualquier ciudad alemana.
Estaba absorto en mis pensamientos, como casi siempre, cuando escuché una voz que me llamaba a mi espalda. Me giré
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de inmediato, sorprendido de que alguien me reconociera. Al ver al hombre que se aproximaba a mí, lo cierto es que no logré reconocerlo.
—Soy Aristid von Grosse, amigo de tu hermano Karl. Nos conocimos en su cumpleaños y la vez que viniste a visitarlo en la universidad. En cuanto te vi, te reconocí; eres igual a tu hermano.
—Bueno, él tiene una mente más analítica y piensa que la mía es más mística —bromeé. Sabía que a los científicos les gustaba pensar que ellos solo creían en la ciencia.
—Me alegra verte en el barco. No aguantaría más de una semana rodeado de totales desconocidos. Menos mal que estamos en uno de los transatlánticos más rápidos del mundo. Es hora de cenar, ¿te apetece hacerlo conmigo?
—No se me ocurre un candidato mejor —bromeé, y después nos dirigimos a uno de los restaurantes. Adentro, tenías la sensación de encontrarte en un comedor lujoso de Viena o París, no en un gran cascarón que flotaba sobre el Océano Atlántico.
Nos llevaron hasta una mesa pequeña cerca de un ventanal y, aunque la oscuridad ya lo había invadido todo, prefería ver las luces de cubierta para no sentirme tan encerrado. Aristid era un gran conversador y, tras hablar mucho de sus estudios y propósito para ir a América, donde la investigación sobre el átomo estaba muy avanzada, me preguntó el motivo de mi viaje. No tenía una explicación sencilla que darle, al menos si quería contarle la verdadera razón de mi viaje.
—Bueno, he estado viviendo en España y he viajado a Italia y otros lugares. Me han sorprendido las diferentes maneras de expresión de la espiritualidad cristiana. En España, la congregación que ayudé a pastorear era bastante indiferente a lo espiritual,
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simplemente querían practicar la religión de sus antepasados, necesitaba tener un vínculo con su cultura y sus tradiciones. En Italia, la solemnidad del culto católico me impresionó. Creía que, como luterano, la aborrecería, pero sin duda su liturgia es sobrecogedora. Creo que nuestro luteranismo se ha quedado con lo peor de la liturgia sin alcanzar la frescura de la espiritualidad espontánea, y esa es la razón de mi viaje. La excusa para el viaje es estudiar para mi doctorado en el prestigioso Union Theological Seminary, una de las instituciones más liberales de los Estados Unidos —le expliqué brevemente.
El hombre se encogió de hombros.
—Yo no entiendo mucho de teología, pero por lo que dices, es como intentar sacar leche de vaca de una gallina. Los liberales son casi tan escépticos como los hombres de ciencia.
Los dos nos echamos a reír y después tuvimos una agradable comida y aún más agradable sobremesa. Cuando me retiré a mi camarote, me dije que si el resto de los días eran así, pasaría menos tiempo del que imaginaba encerrado leyendo.
Cuando llegué al camarote, me encontré con mi compañero, un decano de un pequeño colegio presbiteriano en la India.
—Encantado de conocerlo, mi nombre es Edmundo De Long Lucas —me dijo el misionero mientras me apretaba la mano con fuerza. Después me explicó sus investigaciones sobre la vida económica del Punjab, pero me resultó curioso que no me mencionara nada sobre su labor espiritual en la India. Sin duda, aquel era el espíritu de mi siglo y ninguno parecía escapar a él. Dios se había quedado atrapado en el ámbito de lo privado, como había propuesto Kant, y parecía irrelevante en la vida cotidiana.
Las noches en el barco eran muy placenteras, con aquella sensación desaparecida de la infancia de estar mecido en una inmensa cuna, aunque por las mañanas me levantaba angustiado, como el pobre Jonás en el vientre del gran pez. Me preguntaba si, cuando llegara a América, como el profeta rebelde, me encontraría una Nínive dispuesta al arrepentimiento o que prefiriese la destrucción total.
Tras desayunar con Aristid y caminar un rato bajo un sol tan resplandeciente que parecía devorar los colores de los vestidos de las damas y los trajes de los varones, nos quedamos mirando el océano en la popa del gran barco. Una mujer de origen alemán caminaba con su hijo. El muchacho parecía inquieto, como si aquella inmensidad lo sobrecogiera.
—Llegaremos en unos días, ya viste que no sucedió nada en el otro viaje —lo tranquilizaba la dama, aunque no parecía convencer demasiado al hijo.
—¿Quieres un caramelo? —le pregunté, mientras me paraba enfrente de la pareja. La mujer me sonrió, parecía que había adoptado el carácter desenfadado y abierto de los norteamericanos, que tienen esa capacidad de recibirte como si fuera una verdadera fiesta.
—Muchas gracias, caballero, a nadie le amarga un dulce comentó la dama, que por su mirada parecía inteligente y sagaz. La invitamos a acompañarnos para tomar un té, mientras su hijo jugaba un rato.
—Hablar con unos adultos es el mejor regalo que podía darme el cielo —dijo la mujer entornando los ojos. Después nos sonrió y los dos quedamos prendidos de su increíble energía. Nos contó
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que eran de Connecticut y que habían dejado a su hija en Suiza para que le dieran un tratamiento delicado.
—Lamento que la salud de su hija esté mal —le dije sinceramente, y ella intentó aguantar las lágrimas.
—Los hijos son el mayor regalo de Dios, pero cuando les sucede algo, no hay nada en el mundo que nos preocupe más. Ser madre es difícil, mi corazón está disuelto en ellos dos…
—No puedo ponerme en su lugar, pero recuerdo mucho el amor de mi madre Paula, ella siempre nos ha mostrado un amor incondicional. Los primeros años de instrucción los recibimos en casa; ella fue la que nos acercó a Dios. Hasta mi padre, que siempre ha sido escéptico, participaba de nuestros cultos familiares.
Cuando le dije que me quería dedicar a la teología, ella se emocionó, aunque mi padre hubiera preferido que me dedicara a la ciencia como mi hermano Klaus —le expliqué, mientras Aristid sonreía.
—Si tengo que elegir entre un hombre de ciencia y otro de Dios, me quedo con el primero. Este siglo necesita más mentes que corazones —comentó Aristid.
—¿Usted cree? Mire cómo está Alemania, pero también Italia y Rusia. Cuando el hombre se aleja de Dios, se convierte él mismo en dios y destruye todo lo que toca a su paso —le comenté, pero después me arrepentí de aquella visión tan negativa del hombre. Dios nos había creado con un propósito muy elevado y nos amaba tal y como éramos.
—Los religiosos siempre son pesimistas. Estoy cansada de los predicadores americanos, siempre hablando del pecado y la destrucción divina —añadió Louise.
—Es cierto, la religión siempre es asfixiante. Yo mismo fui religioso mucho tiempo. Ser cristiano no tiene nada que ver con ser religioso; es convertirse en un hombre nuevo.
—¿Un hombre nuevo? —preguntó con cierto asombro Aristid—. Me suena a las ideas marxistas del hombre nuevo.
—Cristo le dijo a Nicodemo, uno de los principales fariseos de Su tiempo, que le era necesario al hombre nacer de nuevo. Nacer del agua y del espíritu, claro está.
—¿Cómo se puede nacer de nuevo? —me preguntó la mujer, que parecía más abierta a nuevas ideas.
—Aceptando a Jesús como tu amigo y maestro, reconociendo tus errores, pidiendo perdón y convirtiéndote en Su discípulo…
—Parece muy sencillo, tal vez demasiado sencillo —dijo Aristid.
—Lo sencillo, en ocasiones, es lo más difícil de aceptar —le contesté, mientras miraba el rostro de los dos y la perplejidad que siempre produce en el corazón del hombre el sencillo mensaje de la cruz. Después continuamos hablando y oré para mis adentros, para que aquella pequeña semilla sembrada diera algún día fruto.
La visión de Nueva York a medida que el barco se aproximaba me impactó. Aquellos inmensos edificios parecían desafiar la gravedad, pero me recordaron demasiado la Torre de Babel, como si los estadounidenses estuvieran intentando desafiar al Dios en el que decían confiar.
En el puerto de Chelsea, me esperaban mi querida tía Irma y mi tío Harold Boericke; iba a pasar con ellos unos días en su casa en Filadelfia.
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—Eres todo un hombre, apuesto y elegante —dijo mi tía después de abrazarme. Algo que en Alemania seguramente no habría hecho con tanta efusión.
Su casa era una agradable villa en Drexel Hill, con comodidades difíciles de encontrar en el Viejo Continente. Mis primos, Ray, Betty y Binkie, me trataron con mucho cariño; pero yo estaba impaciente por regresar a Nueva York y sumergirme en el ambiente académico de nuevo.
Unos días más tarde, un taxi me dejó en la puerta del seminario, un mozo me ayudó con el equipaje y el conserje me llevó directamente al despacho de Henry Sloane Coffin, el presidente del seminario.
—Bienvenido a los Estados Unidos, espero que su estancia entre nosotros sea muy agradable —me dijo aquel hombre de aspecto afable y bondadoso.
—Muchas gracias, estoy encantado de estar aquí.
—Nuestra institución es una de las más liberales del país; también de las pocas que acepta estudiantes de todo el mundo y afroamericanos. Espero que se adapte muy pronto al ritmo de esta ciudad y al inglés.
—El inglés se me da bien, gracias. Espero yo también con impaciencia las primeras clases —le dije sin disimular mi entusiasmo.
Una de las clases que me parecía más interesante era la de Eugene W. Lyman, que impartía Filosofía de la Religión. Pensaba que él me mostraría algo más de la espiritualidad norteamericana.
A los pocos días, ya me sentía profundamente decepcionado. Mis compañeros ignoraban casi todo en teología, su espíritu norteamericano era tan pragmático que se dejaban embaucar fácilmente con cualquier idea liberal y humanista, desconocían por
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completo la dogmática, no les importaba para nada la historia de la iglesia y sus casi 2000 años de existencia, a la que despreciaban en todos los sentidos, aunque su afición preferida era criticar a los fundamentalistas, a los que consideraban una banda de burros e ignorantes fanáticos. Lo malo no era que fueran liberales —a eso me había tenido que enfrentar con creces en Berlín—; lo peor era que eran mediocres y apenas intentaban hacer cualquier esfuerzo intelectual.
Uno de mis peores días en el seminario fue cuando, al presentar un trabajo sobre la esclavitud de la voluntad de Martín Lutero, los estudiantes se pusieron a reír a carcajadas.
—¿Cómo puedes creer los desvaríos de un monje neurótico del siglo xvi? —me preguntó uno de mis compañeros.
—Porque sin él, tú no estarías sentado en esta clase. Aquel neurótico era un profesor de Biblia en una universidad, conocía mejor que tú la teología y la filosofía y arriesgó su vida para que hoy tú te pudieras reír de él.
Se hizo un incómodo silencio en la clase y Lyman, que había participado de la broma, se puso muy serio.
Al día siguiente, se me acercó uno de los profesores con el que no había cruzado ni una palabra. Me saludó con una sonrisa de oreja a oreja.
—Me llamo Reinhold Niebuhr.
—Encantado.
—Esto a veces parece más una escuela de política que de teología, pero bueno, es el siglo que nos ha tocado vivir.
—Sin duda —le contesté. Hasta ese momento, me había refugiado en los otros estudiantes extranjeros; no me sentía cómodo con los norteamericanos.
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—Si quiere descubrir la verdadera espiritualidad de este país, tiene que ir a una iglesia afroamericana. Esa gente ha hecho más por influir en la liturgia y la forma de sentir la fe que todos estos profesores estirados.
Aquellas palabras me quedaron grabadas. Pasé las Navidades en La Habana, Cuba, con un compañero. Me impresionó ver que había otra América que no conocía y, al regreso, Dios me puso en el camino de Franklin Fisher; era la primera vez que conocía a un afroamericano. Me dio la mano y se me presentó con tanta afabilidad, que enseguida nos hicimos como hermanos. Su padre era pastor de una iglesia bautista en Birmingham. Había venido a Nueva York para estudiar en el seminario, pero también para vivir y ver con sus propios ojos el avivamiento que estaba sucediendo en Harlem, el barrio afroamericano de Nueva York.
El domingo siguiente, los dos acudimos a la Iglesia Bautista de Abisinia, donde Franklin hacía las prácticas para convertirse en pastor.
La Iglesia Bautista de Abisinia había sido fundada por inmigrantes etíopes, pero se había hecho un lugar prominente en la comunidad de Harlem. Mientras nos dirigíamos a la iglesia, no podía menos que sentirme emocionado.
Entramos en el sencillo salón, sin oropeles ni nada fastuoso. Enfrente, lo único que sobresalía sobre un entablado de madera era un púlpito viejo de madera oscura con una sencilla cruz. A un lado, había un coro vestido con túnicas azules y amarillas que recibía a la congregación entre alabanzas.
Franklin se sentó en la primera fila, la última en la que se pondría un alemán, y yo me puse a su lado. A mi alrededor todo era vida, la gente parecía danzar al son de las alabanzas y parecían
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tan felices y alegres como un grupo de colegiales al iniciar las vacaciones de verano.
Después de varias alabanzas, donde la gente parecía entrar en éxtasis, el pastor se dirigió hacia el púlpito, sonriendo, como si estuviéramos en una verdadera fiesta, y comenzó a decir:
«Hermanos, estamos aquí reunidos para celebrar este hermoso día de resurrección. Jesús no está muerto, la tumba está vacía, y Él un día también vaciará la nuestra. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón, y sepulcro, tu victoria? Ya no padecemos por temor a la muerte. Porque Él vive, viviremos nosotros. Ya no somos esclavos del pecado, como lo fueron nuestros padres. Las verdaderas cadenas de las que nos hemos librado son invisibles y damos gracias a Dios por nuestra libertad».
La congregación contestó con un largo amén, y yo sentí que me estremecía en mi espíritu. Aquello era lo que había venido a buscar.
Unas semanas más tarde, las cartas de mis padres y mi querida hermana me inquietaron. La situación en Alemania era mucho peor que cuando me fui. La crisis de 1929 había tardado algo más en llegar a mi país, pero lo había sacudido con más fuerza que a ningún otro.
En el barco que me llevaba de vuelta a Alemania, no podía dejar de pensar en todo lo que había sucedido. Ya no era la misma persona, había visto con mis ojos cómo la teología podía volverse viva y luchar contra la arrogancia de la espiritualidad en la que todo se hacía a la medida del hombre y no de Dios. Ahora estaba dispuesto a que me hablase la Palabra de Dios y a llevarla fresca a mi país, que parecía sumergirse en la más profunda oscuridad. En aquellos años de incertidumbre y confusión, cuando todo parecía
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tambalearse, la iglesia debía haber sido un faro de luz en medio de la oscuridad, pero estaba entretenida en sus debates infructuosos.
Yo me sentía dotado por Dios y enviado a una misión que aún desconocía, pero que me hacía creer cada vez más en que la teología no era un fin en sí mismo, solo era un medio para conocer a mi Salvador y volver a los hombres para presentárselo.