Skip to main content

El Credo de los apóstoles (muestra)

Page 1


MARKETING

El Credo de los apóstoles

Las doctrinas centrales de la fe cristiana

FRANKLIN FERREIRA

MARKETING

«¡Qué bendecido he sido con el ejemplo de la vida devocional de Lutero, quien oraba a Dios los Diez Mandamientos, el Padrenuestro y el famoso Credo de los apóstoles! Por eso, me encantó descubrir esta publicación sobre el extraordinario Credo. Al leer sus páginas, me pareció que el profesor Franklin estaba sentado a mi lado, explicando el significado de las frases de este símbolo y su importancia para los creyentes de todas las generaciones y culturas. Dio en el clavo al decir que el Credo resume “lo absolutamente esencial e innegociable para la fe cristiana, según las Sagradas Escrituras”».

David Allen Bledsoe, misionero de la Junta de Misiones Internacionales; profesor del Seminario Teológico Bautista del Sur de Brasil; autor de Igreja Regenerada: Uma Eclesiologia Bíblica, Histórica e Contemporânea [Iglesia regenerada: Una eclesiología bíblica, histórica y contemporánea] y Zacharias C. Taylor: a Tocha do Evangelho no Brasil [Zacharias C. Taylor: La antorcha del evangelio en Brasil].

«Fue al escuchar al profesor Franklin Ferreira que, siendo un joven seminarista, me di cuenta de la importancia de la catequesis (discipulado) en la iglesia, utilizando los credos y confesiones históricos. Lo guardé en mi corazón. Al estudiar la historia de la Iglesia, vi cómo el Credo de los apóstoles fue, y sigue siendo, un documento decisivo para la formación de cristianos cimentados en la sana doctrina. Personalmente, utilizo el Credo en el discipulado de las ovejas que Dios me ha confiado. ¡Qué bueno es poder contar con recursos valiosos como este libro del profesor Franklin, que nos ayuda a explorar su riqueza! Lo recomiendo con entusiasmo a pastores, líderes, y ovejas que desean asentarse en la sólida base de la fe cristiana».

Allen Porto, pastor de la Primera Iglesia Presbiteriana de Barretos (SP); autor de Produtividade Redimida [Productividad redimida].

«El Credo de los apóstoles es uno de los documentos más antiguos y más bellos del cristianismo. Por eso sus palabras tienen tanta importancia. Aunque no fue escrito por los apóstoles, sirve como resumen histórico de las verdades esenciales profesadas por los primeros cristianos. El reformador Martín Lutero valoró este documento, al igual que muchas otras figuras cristianas prominentes a lo largo de la historia. Durante siglos, el Credo ha servido como guía para que la Iglesia mantenga sus doctrinas fundamentales. El Dr. Franklin Ferreira, con la precisión de un cirujano, explica los valores y el significado del Credo, ofreciendo a los lectores el conocimiento de una guía confiable que los ayudará a mantenerse firmes en una época de considerable distorsión bíblica y teológica. Sin duda, vale la pena leer este libro».

Renato Vargens, pastor de la Iglesia Alianza Cristiana (Niterói, RJ); autor de Masculinidade em Crise e Seus Efeitos na Igreja [La masculinidad en crisis y sus efectos en la Iglesia] y Reforma Agora: o Antídoto para a Confusão Evangélica no Brasil [Reforma ahora: el antídoto a la confusión evangélica en Brasil].

MARKETING

DEDICATORIA

MARKETING

A Renato Garcia Vargens y Tiago José dos Santos Filho, queridos amigos y confesores de la fe.

Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió.

(Heb. 10:19-23)

CONTENIDO

Segundo artículo: Dios Redentor

I.Jesús como la trama unificadora de las Escrituras

II.El Hijo único en quien se revela el

III.El

IV.El nacimiento virginal de Jesús ..............................................157

V.El misterio de la encarnación ..................................................165

VI.«Varón de dolores» .................................................................. 173

VII.Crucifixión y resurrección .................................................... 179

VIII.La victoria de Jesucristo 191

IX.La fe en Jesucristo, «nuestro Señor» ......................................195

X.El juicio final ............................................................................ 201

Tercer artículo: Dios el Restaurador

I.Dios, el Espíritu .......................................................................... 213

II.La centralidad del Espíritu .......................................................221

III.Una comunión visible ............................................................ 225

IV.Una Iglesia para todos ............................................................. 231

V.La santa Iglesia 237

VI.El indicativo y el imperativo: «Santo» y «santos» ...............

VII.Un futuro asegurado .............................................................

Apéndice 1: El desarrollo del símbolo de la fe .................................

Apéndice 2: Sobre la utilidad del Credo de los apostóles ................281

.........................................................................................

MARKETING

INTRODUCCIÓN A LA SERIE

Laserie es una trilogía de Franklin Ferreira que busca presentar los tres pilares que sustentan la vida cristiana: doctrina, devoción y práctica. Los documentos que sirven de base a cada volumen son también tres: el Credo de los apóstoles, el Padrenuestro y los Diez Mandamientos, respectivamente. Estos antiguos escritos han llegado hasta nosotros en tres idiomas: latín, griego y hebreo, en ese orden. Además, se produjeron en tres períodos: el más antiguo, los Diez Mandamientos, fue escrito antes de la venida de Cristo; el Padrenuestro fue pronunciado por Cristo durante Su vida terrenal; y el Credo de los apóstoles fue escrito después de Su muerte. Una de las confesiones de fe más hermosas y concisas fue curiosamente elaborada por los que ejecutaron a Cristo e inscrita en la cruz donde fue colgado: «JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS» (Juan 19:19). El apóstol Juan señala que esta inscripción estaba escrita en tres idiomas: «en hebreo, en griego y en latín» (v. 20), los mismos idiomas de los documentos en los que se basa esta serie. Todos en Jerusalén habrían podido leer la acusación que condujo a la sentencia condenatoria. Irónicamente, esta acusación testificaba a todos que Jesús de Nazaret era verdaderamente el «Rey de los judíos». Por

EL CREDO DE LOS APÓSTOLES

esta razón, las autoridades locales pidieron a Pilato que cambiara la redacción de la acusación a «él dijo: “Soy Rey de los judíos”» (v. 21). Sin embargo, la respuesta del gobernador fue: «Lo que he escrito, he escrito» (v. 22).

La razón por la que el mundo odió y odia a Jesús es precisamente la razón que nos lleva a amarlo: Él es el Rey de los judíos que, según las promesas del Antiguo Testamento, vino a gobernar a todas las naciones y a establecer el reino eterno de Dios en el mundo. Por lo tanto, con la verdad en nuestros labios, debemos confesar que Jesús de Nazaret es el Rey de los judíos (doctrina); con corazones llenos de admiración, debemos deleitarnos en esta verdad (devoción); con manos vivas, necesitamos clavar en la cima de cada montaña, edificio, casa y poste de luz las mismas palabras que, en tres idiomas, fueron fijadas en la cima de la cruz del Señor (práctica):

Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum

Nuestro deseo es que el Dios trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, utilice esta trilogía para fortalecer la fe, renovar la devoción y santificar la conducta de cada lector. Abracen el tesoro trilingüe de la Iglesia: el Credo de los apóstoles, el Padrenuestro y los Diez Mandamientos, guárdenlo en su corazón y compartan su exuberancia con todos.

André G. Soares Editor

PREFACIO A LA SEGUNDA EDICIÓN

MARKETING

Desde su publicación en 2015, mi libro sobre el Credo de los apóstoles ha ofrecido una explicación clara y accesible de cada artículo de esta antigua confesión de fe, centrándose en los puntos que constituyen el «mero cristianismo». La positiva acogida del libro a lo largo de los años pone de manifiesto la gran resonancia que el Credo sigue teniendo en muchas personas que buscan comprender y vivir según las verdades fundamentales de la fe cristiana. Es un gran placer presentar ahora una edición actualizada de esta obra, que incluye nuevas secciones reflexivas que abordan los desafíos actuales y profundizan en las cuestiones teológicas y éticas que han suscitado acalorados debates tanto en la comunidad eclesiástica como en la sociedad en general.

En esta edición revisada del Credo, he mantenido mi compromiso de examinar cada artículo con claridad y sencillez, manteniéndome fiel al espíritu del texto original. Dada la creciente hostilidad hacia el cristianismo en la esfera pública en Occidente, he introducido tres nuevas secciones que abordan temas esenciales del debate contemporáneo, como la homosexualidad y el aborto, en el contexto de la reflexión sobre Dios Padre, el Creador, así como sobre los

EL CREDO DE LOS APÓSTOLES

sacramentos y las ordenanzas, al contemplar la santa Iglesia católica. Estos temas específicos se incluyeron con criterio, no solo por su importancia actual, sino también por su impacto directo en el testimonio de la fe cristiana hoy.

Hablar sobre la homosexualidad y el aborto es crucial para abordar estos temas con fidelidad a las Sagradas Escrituras y la tradición cristiana. En un mundo donde las perspectivas sobre la sexualidad y el derecho a nacer suelen generar acalorados debates, he buscado presentar un punto de vista que se alinee con las enseñanzas cristianas, a la vez que sea sensible a las necesidades pastorales de los lectores, con el objetivo de guiarlos breve y directamente a comprender cómo la fe puede orientar los debates sobre estos temas.

Finalmente, la sección sobre sacramentos y ordenanzas busca profundizar nuestra comprensión de estos elementos centrales de la práctica litúrgica y eclesiástica cristiana, explorando su significado, propósito y trascendencia como medios para entrar y permanecer en la santa Iglesia católica. La práctica de los sacramentos y  ordenanzas, como la predicación, el bautismo y la Santa Cena, no es simplemente una cuestión de tradición, sino un aspecto vital de la fe que nos conecta directamente con la esencia del Evangelio.

MARKETING

Espero que esta versión actualizada siga sirviendo como fuente de educación para todos aquellos que buscan una comprensión más profunda del Credo de los apóstoles y su relevancia para nuestra vida cristiana diaria. Que esta obra fortalezca e inspire a los lectores a vivir su fe de forma más plena y consciente al afrontar los desafíos actuales a la luz de la verdad eterna del evangelio, resumida en el Credo de los apóstoles.

Quiero agradecer a todos los que me han acompañado en este camino. Ruego y espero que este libro revisado y ampliado siga

siendo una bendición para muchos lectores al reflexionar sobre las doctrinas centrales de la fe cristiana.

Ad maiorem Dei gloriam

MARKETING

Franklin Ferreira, Rector y profesor Teología sistemática e Historia de la Iglesia

Seminario Martin Bucer, Montecassino, Italia

Septiembre, año del Señor 2024

MARKETING

PREFACIO A LA PRIMERA EDICIÓN

MARKETING

Esta obra reflexiona sobre el antiguo documento cristiano conocido como el Credo de los apóstoles. Al analizarlo, pretendo transmitir al lector los temas doctrinales cristianos que son absolutamente innegociables y esenciales para preservar una auténtica identidad cristiana en el mundo actual.

Gran parte de la tradición protestante brasileña fue moldeada por el antiguo fundamentalismo evangélico, surgido a finales del siglo XIX y originado en el sur de Estados Unidos. Entre otras cosas, esto nos dejó con una aversión a los credos y confesiones de fe de las iglesias. Sin embargo, al estudiar los martirios ocurridos a principios de la Reforma Protestante en el siglo  XVI, llama la atención un trágico incidente ocurrido durante el reinado de Enrique VIII en Inglaterra, antes de la llegada de la fe protestante a ese país, cuando el rey aún era católico y un firme defensor de esta confesión. Incluso antes de que el protestantismo llegara a Inglaterra, muchos habían pagado el precio máximo por su fe cristiana. Un hombre fue citado a comparecer ante el obispo de Coventry, quien le hizo una pregunta arriesgada: «¿Es cierto que enseñó a sus hijos el Credo de los apóstoles, los Diez Mandamientos y el Padrenuestro en inglés?». Con valentía, el

EL CREDO DE LOS APÓSTOLES

hombre respondió al obispo: «Sí, es cierto». Por ese crimen, el padre fue quemado en la hoguera y sus hijos desterrados.1 Para estos mártires, la enseñanza cristiana, resumida en el Credo de los apóstoles, era esencial para una fe y una piedad sanas.

Aunque muchos crecieron en un entorno marcado por el rechazo de los credos y las confesiones de fe de la Iglesia, necesitamos volver al Credo de los apóstoles. Las enseñanzas de este documento son cruciales para guiarnos en estos tiempos. Como veremos en la introducción de esta exposición, la Iglesia cristiana tal como la conocemos no sería la misma sin la doctrina cristiana. Por lo tanto, debemos valorar la enseñanza cristiana, especialmente el fundamento de nuestra fe, que es tan preciado para nosotros, como se expresa y resume en el Credo de los apóstoles.

Podemos pensar en la estructura doctrinal como compuesta por tres niveles básicos. En el primer nivel, el más crucial, se encuentran las doctrinas cristianas consensuadas, que deseo enfatizar y presentar en esta obra; en el segundo nivel, se encuentran las enseñanzas que podemos denominar doctrinas evangélicas, ya que abordan las doctrinas de la gracia redescubiertas durante la Reforma Protestante del siglo  XVI; y en el tercer nivel, se ubican las doctrinas distintivas de las diversas denominaciones protestantes, que cobraron importancia especialmente a partir del siglo  XVII: el bautismo, la Santa Cena, el sistema de gobierno eclesiástico, etc. No es raro, al menos en mi opinión, que seamos precisos y rápidos al afirmar el segundo nivel —las

MARKETING

1 En total, siete personas, influenciadas por las enseñanzas del prerreformador John Wycliffe, y conocidas como «lolardos», fueron quemadas en la hoguera en la ciudad de Coventry el 4 de abril de 1520, por enseñar a sus hijos el Credo de los apóstoles, los Diez Mandamientos y el Padrenuestro. Entre ellas, todas de origen humilde, se encontraban: el Maestro Archer (zapatero), Thomas Bond o Bowen (zapatero), el Maestro Hawkins (zapatero), Robert Hockett o Hatchet o Hatchets (zapatero o curtidor), Thomas Lansdail o Lansdale (sastre), el Maestro Wrigsham (guantero) y una viuda, Joan Smith o Joanna Smyth. En la ciudad hay un monumento en la calle Little Park que, curiosamente, data de 1519 como fecha de su martirio. Ver «Mártires de Coventry» en: https://en.wikipedia.org/wiki/Coventry_Martyrs. Para obtener más información sobre John Wycliffe, consulte Franklin Ferreira, Servos de Deus: Espiritualidade e Teologia na História da Igreja (São José dos Campos, Fiel, 2014), 130–40.

MARKETING

doctrinas evangélicas o claramente protestantes, o al menos algunas de ellas—, especialmente en las polémicas contra el catolicismo romano; y, a menudo, los principales desacuerdos entre los protestantes se dan en el tercer nivel: las doctrinas que distinguen a los diferentes grupos denominacionales. Nos centraremos aquí en el primer nivel: las doctrinas distintivamente cristianas, enseñanzas comunes a la mayoría de los cristianos. Por lo tanto, abordaremos aquellas enseñanzas que hombres, mujeres, niños, adolescentes, jóvenes y adultos necesitan conocer para ser reconocidos genuinamente como cristianos. Para ello, deben aceptar y valorar como fundamentales las enseñanzas afirmadas y confesadas en el Credo de los apóstoles.

El objetivo de esta obra es exponer los temas doctrinales que siempre se han considerado bíblicos, ortodoxos y esencialmente consensuados en toda la comunidad cristiana. Por lo tanto, abordaremos lo que se conoce como «cristianismo básico» o «cristianismo puro» (términos tomados de Richard Baxter y C. S. Lewis), doctrinas absolutamente centrales y esenciales para la fe cristiana. Como observarán los lectores, este libro, concebido como una ayuda para la instrucción cristiana básica, tiene un formato inusual. En lugar de estar dividido en capítulos, está organizado en secciones o partes, siguiendo la estructura trinitaria del Credo de los apóstoles. Los artículos que componen las distintas secciones o partes de este documento pueden considerarse capítulos. El índice está diseñado para ayudar a los lectores a localizar rápidamente cualquier artículo o tema que deseen leer o investigar en relación con la sección correspondiente. Para quienes estén interesados en profundizar en las doctrinas aquí presentadas, especialmente en su contexto histórico y exegético, recomiendo Teologia Sistemática: uma Análise Histórica, Bíblica e Apologética para o Contexto Atual [Teología sistemática: un análisis histórico, bíblico y apologético para el contexto actual], del cual soy coautor junto con Alan D. Myatt. El Curso Vida Nova in Basic

EL CREDO DE LOS APÓSTOLES

Theology: Systematic Theology [Curso vida nueva en Teología básica: Teología sistemática] puede ser útil, ya que ofrece una versión más resumida que la anterior. Ambos fueron publicados por Edições Vida Nova [Ediciones Vida Nueva].2

Esta obra se originó a partir de conferencias transcritas y publicadas aquí, con revisiones, adiciones, notas a pie de página y una bibliografía. Tuve el privilegio de presentar el Credo de los apóstoles en dos conferencias impartidas en octubre de 2012 en la 28ª Conferencia Fiel para Pastores y Líderes del Ministerio Fiel en Águas de Lindóia, San Pablo. Posteriormente, presenté una versión ampliada de esta exposición en febrero de 2014 en la Escuela Teológica Charles Spurgeon en Fortaleza, Ceará.

Quiero agradecer a mi editor, Tiago José dos Santos Filho, y a mi correctora, Marilene Lino Paschoal. También quiero expresar mi gratitud a Yago de Castro Martins, quien transcribió magistralmente las conferencias que sirvieron de base para este trabajo. Asimismo, quiero agradecer a Gaspar Rodrigues de Souza Neto, quien leyó una sección de este libro y brindó valiosas sugerencias. Cualquier error o inexactitud es de mi entera responsabilidad. Una vez más, estoy especialmente agradecido a Dios por mi esposa, Marilene, y mi hija, Beatriz, por su constante amor y su invaluable apoyo.

MARKETING

Os digo que todo aquel que me confesare delante de los hombres, también el Hijo del Hombre le confesará delante de los ángeles de Dios; mas el que me negare delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios. (Lucas 12:8-9)

2 El lector notará que esta exposición se atiene a las enseñanzas, explícitas o implícitas, del Credo de los apóstoles. Por lo tanto, no se desarrollarán los ricos y profundos temas cristológicos definidos en el Credo de Nicea, el Credo de Atanasio y la Definición de fe de Calcedonia, aunque se presuponen en este estudio.

INTRODUCCIÓN

Comenzamos este estudio del Credo de los apóstoles citando las palabras iniciales de The Christian Tradition [La tradición cristiana] de Jaroslav Pelikan: «Lo que la Iglesia de Jesucristo cree, enseña y confiesa con base en la Palabra de Dios: esto es doctrina cristiana […]. La Iglesia cristiana no sería lo que conocemos sin la doctrina cristiana».1 Esta es una afirmación audaz, especialmente en nuestra época actual, cuando el aprecio por la doctrina, la instrucción y la enseñanza cristianas se ha ido dejando de lado gradual y lamentablemente. Pelikan enfatiza que si la Iglesia cree en la Palabra de Dios, entonces, a partir de la Palabra de Dios misma, identificaremos declaraciones específicas que son centrales y vitales para una iglesia que desea ser genuinamente cristiana. A estas nos referimos como doctrina cristiana Considerando esto, podemos afirmar que no existe Iglesia cristiana que no afirme también las doctrinas cristianas. La pregunta más apremiante, especialmente en nuestros tiempos actuales, es esta: ¿Qué doctrinas son esenciales para la fe cristiana? ¿Cuáles son esas declaraciones derivadas de las Escrituras que son innegociables? Y para simplificar la pregunta: ¿Cuáles son las enseñanzas bíblicas por las que estamos llamados a vivir y, si es necesario, también a morir?

1 Jaroslav Pelikan, A Tradição Cristá: o Surgimento da Tradição Católica 100-600, vol. 1, Uma História do Desenvolvimento da Doutrina (San Pablo: Shedd, 2014), 25.

INTRODUCCIÓN

Comenzamos este estudio del Credo de los apóstoles citando las palabras iniciales de The Christian Tradition [La tradición cristiana] de Jaroslav Pelikan: «Lo que la Iglesia de Jesucristo cree, enseña y confiesa con base en la Palabra de Dios: esto es doctrina cristiana […]. La Iglesia cristiana no sería lo que conocemos sin la doctrina cristiana».1 Esta es una afirmación audaz, especialmente en nuestra época actual, cuando el aprecio por la doctrina, la instrucción y la enseñanza cristianas se ha ido dejando de lado gradual y lamentablemente. Pelikan enfatiza que si la Iglesia cree en la Palabra de Dios, entonces, a partir de la Palabra de Dios misma, identificaremos declaraciones específicas que son centrales y vitales para una iglesia que desea ser genuinamente cristiana. A estas nos referimos como doctrina cristiana Considerando esto, podemos afirmar que no existe Iglesia cristiana que no afirme también las doctrinas cristianas. La pregunta más apremiante, especialmente en nuestros tiempos actuales, es esta: ¿Qué doctrinas son esenciales para la fe cristiana? ¿Cuáles son esas declaraciones derivadas de las Escrituras que son innegociables? Y para simplificar la pregunta: ¿Cuáles son las enseñanzas bíblicas por las que estamos llamados a vivir y, si es necesario, también a morir?

1 Jaroslav Pelikan, A Tradição Cristá: o Surgimento da Tradição Católica 100-600, vol. 1, Uma História do Desenvolvimento da Doutrina (San Pablo: Shedd, 2014), 25.

EL CREDO DE LOS APÓSTOLES

Las respuestas a estas preguntas se encuentran en las declaraciones del Credo de los apóstoles.

El Credo de los apóstoles presenta una enseñanza bíblica ortodoxa e inquebrantable. Citando las famosas palabras de Vicente de Lérins, un Padre de la Iglesia del siglo vi, «lo que ha sido creído en todas partes, en todos los tiempos y por todos [los cristianos]» (quod ubique, quod semper, quod ab omnibus).2 Durante la Reforma Protestante, Martín Lutero valoró el Credo de los apóstoles en su Catecismo menor y Catecismo mayor, mientras que Juan Calvino lo comentó para beneficio de la Iglesia de Ginebra en su Instrucción en la fe. El Catecismo de Heidelberg también aborda este Credo. Aunque el Catecismo menor de Westminster no ofrece una exposición del Credo de los apóstoles, lo incluye en su apéndice. Además, si bien los protestantes valoraban el Credo, este también servía como un importante símbolo de fe para los ortodoxos y los católicos romanos. En este sentido, el Credo de los apóstoles representa lo bíblico, ortodoxo, uniforme y estándar para una amplia gama de cristianos. En este contexto, debemos preguntarnos si es posible o razonable que alguien se identifique como cristiano sin creer en todos los principios del Credo. ¿Puede alguien ser cristiano y no aceptar el nacimiento virginal de Cristo? ¿Puede alguien ser cristiano y dudar de que Cristo murió y descendió al reino de los muertos? ¿Es factible que alguien

MARKETING

2 Vicente de Lérins, Commonitorium II, 3, citado en Henry Bettenson, Documents of the Christian Church (1998), 148-50. Una de las mejores obras sobre Vicente de Lérins es el libro de Thomas G. Guarino, Vincent of Lérins and the Development of Christian Doctrine (Grand Rapids: Baker Academic, 2013). Tras cuestionar la idea popular de que Vicente era semipelagiano y rechazar la interpretación errónea de que este famoso dicho era antiagustiniano, el autor concluye afirmando que tal inferencia distorsiona el pensamiento de Vicente y, citando a William O'Connor, afirma que «una lectura imparcial del Commonitorium no revela rastro alguno de semipelagianismo ni ataques secretos a Agustín y su doctrina» (XXVI). Agustín no se menciona ni una sola vez en la obra. Las herejías que Vicente rechaza en su libro son, entre otras, el donatismo, el arrianismo, el apolinarismo, el pelagianismo y, especialmente, el nestorianismo (siglos xi-xv), a la vez que polemiza contra Orígenes y Tertuliano. En ningún momento de la obra se citan las formulaciones soteriológicas de Agustín, y mucho menos se las equipara con estas herejías. Curiosamente, otra obra de Vicente de Lérins, Excerpta Vincentii, es una «colección de frases sobre la Santísima Trinidad y la encarnación, tomadas en gran parte de los escritos de Agustín» (XVII), lo que deja claro que era un «ferviente admirador» de la obra de Agustín (XXVI). Cabe señalar que la teología católica rechazó la enseñanza asociada con el semipelagianismo por herética en el Sínodo de Orange de 529.

sea cristiano y no crea en la resurrección de la carne? ¿Puede alguien llamarse cristiano y negar cualquier artículo o afirmación del Credo?

El Credo ofrece la esencia de la verdad cristiana que determina y guía si una iglesia puede considerarse genuinamente cristiana. Un ejemplo es el concepto de teísmo abierto, que ha ganado popularidad en ciertos círculos, incluyendo Brasil. Esta teología argumenta que Dios no es todopoderoso y cuestiona la noción de la omnisciencia completa de Dios, lo que marca una clara diferencia con el pensamiento clásico tradicional.3 A su vez, el Credo afirma dos veces que el Padre es todopoderoso. El mensaje subyacente es que el Padre posee todo el poder. Como se puede ver, el Credo enseña que, dado que el Padre es todopoderoso, puede ser el creador del cielo y de la tierra. Esta es una afirmación básica y concisa. ¿Puede una persona llamarse cristiana si niega una cláusula importante de este documento confesional? ¿Puede identificarse como un cristiano genuino si rechaza algún punto de este documento?

El Credo de los apóstoles

Creo en Dios, Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra.

MARKETING

Creo en Jesucristo, Su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nació de santa María virgen; padeció bajo el poder de Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos;

3 Para obtener más información sobre esta desviación de la doctrina bíblica de Dios, ver especialmente Douglas Wilson, ed., Eu (Não) Sei (Mais) em quem Tenho Crido: a Falácia do Teísmo Relacional (San Pablo: Cultura Cristã, 2006); John Frame, Não Há Outro Deus: uma Resposta ao Teísmo Aberto (San Pablo: Cultura Cristã, 2006).

EL CREDO DE LOS APÓSTOLES

al tercer día resucitó de entre los muertos; subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso; desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne, y la vida eterna. Amén.

MARKETING

El texto original en latín es el siguiente:

Credo in Deum Patrem omnipotentem, Creatorem caeli et terrae, et in Iesum Christum, Filium Eius unicum, Dominum nostrum, qui conceptus est de Spiritu Sancto, natus ex Maria Virgine, passus sub Pontio Pilato, crucifixus, mortuus, et sepultus, descendit ad inferos, tertia die resurrexit a mortuis, ascendit ad caelos, sedet ad dexteram Dei Patris omnipotentis, inde venturus est iudicare vivos et mortuos.

Credo in Spiritum Sanctum, sanctam Ecclesiam catholicam, sanctorum communionem, remissionem peccatorum, carnis resurrectionem, vitam aeternam. Amen.

MARKETING

La versión del Credo que utilizaremos, sin embargo, contiene tres modificaciones que la diferencian ligeramente de las traducciones comunes. Me permito hacer un pequeño ajuste en el uso de la coma en la primera oración (para alinearla con el texto tal como aparece en el Libro de la Concordia y el Catecismo de la Iglesia Católica). El texto tradicional dice: «Creo en Dios Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra», pero incluyo una coma después de «Dios» por una sencilla razón. El cristiano cree en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por lo tanto, mi enfoque aquí será ofrecer una interpretación trinitaria del Credo de los apóstoles. En otras palabras, quien se adhiere a las creencias de la Iglesia afirma: «Creo en Dios, que se revela como Padre, Hijo y Espíritu Santo», el Dios-trino.

En segundo lugar, me refiero a otra traducción de la expresión latina descendit ad inferos, que a menudo se traduce como «descendió a los infiernos». Esta traducción no se ajusta bien a la doctrina bíblica sobre la muerte de Cristo, y la exploraremos con más detalle más adelante. Por lo tanto, creo que una traducción más precisa, de acuerdo con el Catecismo de la Iglesia Católica, sería «Cristo descendió a la morada de los muertos».

Finalmente, algunos podrían encontrar inusual la estructura gramatical del último artículo. Sin embargo, «Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna» es la estructura que tiene más sentido a la luz de la enseñanza bíblica. No creemos en la santa Iglesia católica ni en la comunión de los santos; más bien, creemos en el Espíritu Santo y en todo lo que Él es y en toda Su obra. La idea clave a destacar es que todo lo que sigue a «Creo en el Espíritu» presenta la obra del mismo Espíritu Santo, en quien creemos.4

4 Heinrich Denzinger, Compêndio dos Símbolos, Definições e Declarações de Fé e Moral (San Pablo: Paulinas & Loyola, 2013), 19.

EL CREDO DE LOS APÓSTOLES

El Credo y las Escrituras

La pregunta que surge es la siguiente: ¿Por qué no existe una declaración como «Creo... en las Escrituras»? ¿Por qué no existe tal declaración? Creemos que las Escrituras son la Palabra de Dios. Creemos que cuando meditamos en el texto sagrado, Dios mismo nos habla a través del Espíritu Santo, directamente a nuestra mente y corazón. ¿Por qué, entonces, no existe un «Creo en las Sagradas Escrituras»?

Cirilo de Jerusalén afirmó: «Este resumen de la fe no fue compuesto según el capricho humano, sino que las secciones más importantes fueron escogidas de las Sagradas Escrituras para constituir y completar una declaración integral de la fe. Así como la semilla de mostaza contiene en un pequeño grano muchas ramas, así también esta breve declaración de la fe guarda en su corazón, por así decirlo, toda la verdad que se encuentra tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento».5 Juan Calvino afirmó que esto se debe a que el Credo «no contiene nada de doctrina humana. Al contrario, es una colección de los testimonios más certeros de las Escrituras».6

En otras palabras, tanto Cirilo como Calvino comprendieron muy claramente que el Credo solo puede afirmarse mediante la comprensión de la inspiración de las Sagradas Escrituras. El Credo tiene razón de existir únicamente porque el Espíritu Santo inspiró las palabras que constituyen las Sagradas Escrituras.

MARKETING

Las Sagradas Escrituras son un texto con autoridad que debe tratarse con respeto. Debemos recibir el texto bíblico en obediencia. En consecuencia, podemos deducir doctrinas cruciales e innegociables de las que las Sagradas Escrituras dan testimonio. Por lo tanto, no

5 Cirilo de Jerusalén, Cathecheses illuminandorum, 5.12, citado en Catecismo de la Iglesia Católica, edición típica vaticana (Loyola, 2000), 60.

6 Juan Calvino, «Instrução na Fé ou Catecismo de Calvino» en Textos Escolhidos (San Pablo: Pendão Real, 2008), 64.

existe un «Creo... en las Escrituras», ya que todo el Credo se basa en ellas. Las Escrituras, en cierto sentido, proporcionan el lenguaje y la estructura del Credo. Sientan los cimientos que le dan forma.

El Credo como «símbolo de fe»

MARKETING

En el siglo  iv comenzaron a circular historias sobre la formación del Credo de los apóstoles. Algunos afirman que cada uno de los doce apóstoles contribuyó con uno de los artículos del Credo, creando así el texto completo antes de separarse para predicar el evangelio en diferentes regiones. Sin embargo, esta creencia carece de evidencia histórica. Dicha suposición cayó en desuso en el siglo xv. El Credo de los apóstoles recibió ese nombre no porque los apóstoles lo escribieron, sino porque refleja la doctrina apostólica basada en el Antiguo y el Nuevo Testamento. Por ejemplo, cuando leemos que el Padre Todopoderoso es el creador de los cielos y la tierra, recordamos el primer capítulo de Génesis, donde Dios simplemente da una orden, y por Su palabra surgen los cielos y la tierra. Dios da una orden y de la nada, algo surge, ya sea la tierra, el agua, el cielo o los animales del campo y las aves del cielo. Los apóstoles no redactaron el Credo, pero sus ideas se pueden inferir tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.

La historia de la formación del Credo está estrechamente ligada al surgimiento de la Iglesia cristiana. 7 La forma completa de lo que hoy conocemos como el Credo de los apóstoles surgió alrededor del siglo  viii en la Galia, actual Francia, como se menciona en un sermón de Cesáreo de Arlés. Sin embargo, partes de este son mucho más antiguas y se pueden encontrar en los escritos de

7 Para una breve historia del Credo de los apóstoles, ver G. W. Bromiley, «Creed, Creeds», en Walter Elwell (ed.), Enciclopédia Histórico-Teológica da Igreja Cristã, vol. 1 (San Pablo: Vida Nova, 2009), 365–67. Ver también Denzinger, Compendio, 19–28.

EL CREDO DE LOS APÓSTOLES

algunos padres de la Iglesia primitiva, a menudo conocidos como la «regla de fe» o «tradición». Hacia finales del siglo  iii, Hipólito de Roma, sacerdote de la capital del Imperio, en su obra Tradición Apostólica presentó una profesión de fe estructurada en preguntas que se asemejan mucho al Credo. Hacia finales del siglo  iv, un escriba proporcionó una explicación del «símbolo» de Ambrosio de Milán. También en el siglo  iv, en al menos dos sermones, Agustín de Hipona pronunció una profesión de fe muy similar, aunque no una versión exacta del Credo tal como lo conocemos hoy. En el siglo v, Tiranio Rufino elaboró una explicación del «símbolo» para los cristianos de su ciudad natal, Aquilea, que también constituye el primer fragmento del Credo que incluye la expresión «descendió a los infiernos».

En cualquier caso, el texto final del Credo apareció en el ritual bautismal romano en el siglo  x, procedente de la liturgia galicana. Esta repetición de una fórmula trinitaria tripartita, referida a cada persona divina, resume lo que fue y sigue siendo esencial para la fe cristiana. Curiosamente, estos autores citan esta fórmula tripartita, que se asemeja mucho al Credo de los apóstoles, pero esta fórmula nunca es idéntica a ninguna otra. Existen variaciones y cambios; en un caso, se incluye una doctrina, mientras que en otro, se omite una doctrina específica. Sin embargo, fue Ireneo de Lyon, a principios del siglo iii, quien habló por primera vez de una tradición apostólica que estaría subordinada a las Escrituras y serviría como una declaración resumida de fe sobre la cual no podría haber debate.

MARKETING

Antes de continuar, conviene reiterar que, para los Padres de la Iglesia, la tradición no era simplemente un conjunto de enseñanzas que se complementaban con las Escrituras. En cambio, la tradición encapsula los fundamentos de la fe tal como se revelan en las Sagradas Escrituras y no está sujeta a debate. Debemos aceptar esta tradición como verdadera, o dejaremos de estar dentro del ámbito de la fe, la

devoción y la comunión cristianas. Por ello, Ireneo de Lyon se refirió a estas primeras versiones como el Credo de la tradición.

El Credo se denomina, a veces, el «Símbolo de la fe» (Symbolum Apostolicum) e incluso se conoce como tal en algunas iglesias. En la antigua Roma, cuando el emperador se enfrentaba a problemas fronterizos, como los que surgían con los pueblos bárbaros, enviaba sus legiones a proteger la frontera de posibles invasiones. Cuando las tropas debían dividirse para un asedio, los comandantes de estas legiones rompían un vaso, tomaban dos piezas que encajaban perfectamente y cada uno se quedaba con una. Si las tropas tenían que comunicarse, ¿cómo sabrían que el mensajero no había sido interceptado y que el mensaje verdadero no había sido alterado? El delegado enviaba al mensajero a las demás tropas militares con un trozo del vaso. Al llegar al campamento, entregaba el mensaje con su trozo del vaso, que se comparaba con el del que lo recibía, atestiguando que provenía del comandante de la otra unidad, que era un mensaje legítimo y que debía ser aceptado.

MARKETING

El reconocimiento de este procedimiento se conocía como «símbolo» (symbolum). En consecuencia, esta palabra adquirió un uso militar para evitar la interceptación o corrupción de mensajes por parte del enemigo. Con el tiempo, este término se adaptó al contexto de la fe cristiana.8 El «símbolo de la fe» servía como medio de reconocimiento entre los cristianos que defendían la verdadera fe bíblica.

¿Cómo se identificaba a un cristiano genuino en el mundo antiguo? Entre otras formas de reconocimiento, recitaban el Credo, también conocido como el «símbolo».

Los cristianos del primer siglo desarrollaron diversos recursos para su protección. Un cristiano se sentaba en una plaza y notaba que alguien se comportaba de forma ligeramente diferente,

8 Justo L. González, Historia ilustrada del cristianismo: Desde la era de los mártires hasta la era de los sueños frustrados, tomo 1 (San Pablo: Vida Nova, 2011), 68–69.

EL CREDO DE LOS APÓSTOLES

probablemente un compañero cristiano. Dibujaba medio pez en la arena con un palo o el dedo. Si esa persona en la plaza o el mercado era cristiana, completaba el dibujo para formar el pececito. Pescado, en griego, se escribe IJDSUS, acrónimo de la expresión Iesoús Jristós Dseoũ Juíos Sotér, que significa «Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador». Así era como se identificaban como cristianos. Esto era necesario porque la comunidad cristiana enfrentó la persecución del Imperio romano en los primeros siglos de la historia de la Iglesia. También hubo grupos heréticos como gnósticos, marcionitas, montanistas, pelagianos y donatistas que intentaban distorsionar el mensaje de la Iglesia cristiana. Posteriormente, la Iglesia estableció un conjunto de señales para salvaguardar su misión y mensaje. El Credo, el símbolo de la fe, sería una de estas protecciones.

MARKETING

Los primeros escritores cristianos reconocieron sabiamente que debatir las Escrituras con grupos heréticos al margen de la Iglesia cristiana era inútil, ya que distorsionaban continuamente su mensaje y el significado de textos específicos.9 Lo importante era debatir el Credo. ¿Creía una persona en particular en el símbolo? De ser así, se le reconocía como cristiano. Si no creía en el símbolo, suscitaba inquietudes, indicando que no consideraba las Escrituras la única Palabra de Dios y, por lo tanto, distorsionaba las enseñanzas fundamentales de la fe cristiana. Por lo tanto, los primeros escritores cristianos no perdían tiempo debatiendo las Escrituras con herejes. En cambio, debatían este resumen, conocido como la Tradición o el Símbolo de la fe, que significaba que una persona se había adherido genuinamente a la fe cristiana. Si aceptaba el Credo, debatían la Biblia con él. Si no lo aceptaba, se lo consideraba un marginado de la Iglesia, alguien que se oponía a ella.

9 Ver Franklin Ferreira, Servos de Deus: Espiritualidade e Teologia na História da Igreja (São José dos Campos: Fiel, 2014), 40–50.

MARKETING

MARKETING

Ilustración extraída de la Summa de Virtutibus et Vitiis, de Guillaume Peyraut (aprox. 1190-1271). La imagen representa a un caballero simbólico que, en su lucha contra los siete pecados capitales, está protegido por el llamado scutum fidei, es decir, el escudo de la fe, en el que se encuentra una representación de la Trinidad.

MARKETING

Preámbulo

«Creo
en Dios…»

MARKETING

I. DEL CORAZÓN A LA BOCA

MARKETING

Comenzamos

esta exposición con las primeras palabras del símbolo: «Creo». Alister McGrath, en su comentario sobre el Credo, afirma: «El Credo se escribió originalmente en latín y sus palabras iniciales —Credo in Deum— se traducen tradicionalmente como «Creo en Dios» [...]. Traducciones más precisas serían: «Tengo confianza en Dios», «Pongo mi confianza en Dios» o simplemente «Confío en Dios». La traducción al español […] pretende ser una afirmación mucho más contundente».1

Para quienes tienen una formación católica romana, lo que a menudo perdura en la memoria del Credo es su recitación regular en algún momento de la misa. Se aprende el Credo en la clase de catecismo y, a veces, se recita sin meditar plenamente ni intentar comprender cada cláusula. Esta recitación mecánica distorsiona el significado de las primeras palabras del símbolo. Estas palabras exigen confianza en Dios y no están desconectadas del resto del texto. La idea es que solo podemos recitar el texto si confiamos en lo que nos enseña; de lo contrario, el Credo carece de sentido. Por lo tanto, el Credo insiste en que confío personalmente en Dios, quien se revela

1 Alister McGrath, Creio (San Pablo: Vida Nova, 2013), 20.

EL CREDO DE LOS APÓSTOLES

como Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Credo presupone una relación de confianza y compromiso con Aquel que es la esencia de la fe en el Credo mismo. Así, «Creo» abarca confianza, compromiso y obediencia.

Como este documento resume los aspectos más importantes de la Biblia, al depositar mi confianza en lo que se recita y confiesa en el Credo, me comprometo con aquellas doctrinas y enseñanzas bíblicas innegociables que exigen nuestra obediencia a sus implicaciones. Esto se debe a que la expresión «credo» o «creo», según J. N. D. Kelly, es «una fórmula fija que resume los artículos esenciales de la fe cristiana y cuenta con sanción eclesiástica».2 Resume los puntos esenciales de la fe cristiana que se espera que todos los cristianos mantengan.

Una fe personal

La idea aquí es que debo confiar personalmente en el Dios que confieso; debo aferrarme a Aquel que confieso, es decir, a Dios en Su revelación como Padre, Hijo y Espíritu Santo.

MARKETING

John Wesley es un ejemplo de confianza y fe que se mantiene firme en su objeto de fe. Era predicador y doctor en teología por la Universidad de Oxford, donde ya había servido ayudando a los pobres y necesitados y trabajando como misionero en Georgia, en las Trece Colonias (que posteriormente se convertirían en Estados Unidos). Más tarde, experimentó su famosa y dramática transformación en una reunión morava en Aldersgate, Londres. Acababa de regresar, sintiéndose completamente derrotado por su labor misionera en Georgia. Mantenía creencias ortodoxas, suscribiéndose a las doctrinas bíblicas del pecado original, la justificación por la gracia y la santificación. Sin embargo, algo le faltaba. Como él mismo declaró

2 Citado en R. P. Martin, «Credo», en J. D. Douglas, O Novo Dicionário da Bíblia (San Pablo: Vida Nova, 2006), 277.

I. Del corazón a la boca

más tarde, tenía la fe de un esclavo o un sirviente, no la fe de un hijo. Esto cambió cuando algunos cristianos moravos lo animaron a asistir a una de sus reuniones en Londres. Relata la experiencia de la siguiente manera:

En la noche [del 24 de mayo de 1738], fui de mala gana a una reunión de la sociedad de la calle Aldersgate, donde alguien leía el prefacio de Lutero a la Epístola a los Romanos. Como a las nueve menos cuarto, mientras escuchaba la descripción del cambio que Dios opera en el corazón por la fe en Cristo, sentí arder mi corazón de una manera extraña. Sentí que confiaba en Cristo, y en Cristo solamente, para mi salvación. Y recibí la seguridad de que Él había borrado mis pecados y que me salvaba a mí «de la ley del pecado y de la muerte».3

MARKETING

Esto ilustra a un hombre que comprendió intelectualmente las doctrinas centrales de la fe cristiana, las abrazó y las predicó activamente. Predicó la justificación por gracia y la santificación como principio de la vida cristiana. De hecho, Wesley hizo gran hincapié en la santificación, razón por la cual a él y a Whitefield, entre otros, se les llamó peyorativamente «los metodistas». Sin embargo, a pesar de todo, Wesley aún no había llegado a confiar en el Dios vivo. Esto solo cambió cuando alguien leyó el prefacio de la Epístola a los Romanos, que Martín Lutero había escrito casi doscientos años antes. Al leerse ese prefacio en voz alta, el corazón de Wesley se conmovió de forma extraña y experimentó una transformación, un cambio en su corazón: sola gratia, sola fide: solo por gracia, solo por fe. Este es un elemento extremadamente importante. Cuando digo: «Creo en Dios», la idea que enseña el Credo va más allá de la mera adhesión intelectual a sus afirmaciones. Lo que este símbolo exige y requiere,

3 Citado en Ferreira, Servos de Deus, 300.

EL CREDO DE LOS APÓSTOLES

haciendo eco del texto bíblico, es que confiemos, obedezcamos y nos comprometamos con las declaraciones de ese documento.

En ninguna parte de las Escrituras los escritores canónicos intentan probar la existencia de Dios desde la creación. La Biblia presupone que Dios existe, y la fe es esencial para aceptar su existencia en el texto sagrado. No hay término medio. Quienes reciben el mensaje bíblico creen en quien inspiró el texto bíblico o permanecen en desobediencia y rebelión. En Romanos 1:18-31, el apóstol Pablo no analiza la existencia de Dios desde la creación, los grados de belleza en la creación, Dios como el motor principal ni argumentos similares. Pablo simplemente afirma que la revelación de Dios en la creación es clara y que, debido a nuestro pecado, los humanos la hemos distorsionado, optando por adorar a la criatura en lugar del Creador; por ello, todos enfrentamos por igual la ira y el desagrado de Dios. Pablo no discute sobre la existencia de Dios desde la creación. Nos recuerda que la creación presupone la existencia de Dios: el Santo, el Todopoderoso, el Invisible, pero real. En cambio, distorsionamos esta revelación al optar por adorar aves, cuadrúpedos, reptiles e incluso a otros humanos semejantes a nosotros.

Lo que enseñan las Escrituras es que la fe es esencial para quienes se acercan a Dios. Las Escrituras no intentan probar la existencia de Dios; más bien, la fe es esencial para quienes se acercan a Él. Por lo tanto, la respuesta apropiada de quienes han recibido revelación es: «Creo; ayuda mi incredulidad» (Mar. 9:24).

MARKETING

Al exigirnos fe y confianza en el evangelio —ya que el Credo presenta el evangelio afirmando que Cristo murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó al tercer día—, se nos recuerda que todo lo que tenemos proviene de Dios mismo. Para el Credo, la fe no es una obra meritoria, sino un acto de abnegación. Cuando los cristianos confiesan su fe, dejan claro que son pecadores que dependen de la gracia de Dios. De esta manera, la fe, expresada en el Credo, hace eco

I. Del corazón a la boca

de las últimas palabras de Lutero [encontradas en un trozo de papel en su bolsillo tras su muerte]: «Somos mendigos, esto es cierto».

En este contexto, es importante señalar que, según el Catecismo de la Iglesia Católica, la fe que se nos exige es una gracia concedida por Dios:

MARKETING

Cuando Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo, Jesús le declara que esta revelación no provenía de «carne ni sangre», sino de «mi Padre que está en los cielos» [Mat. 16:17; comp. Gál. 1:15-16; Mat. 11:25]. La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. «Para que esta adhesión de fe se dé son necesarias la ayuda previa y concomitante de la gracia divina y la asistencia interior del Espíritu Santo, que mueve y convierte el corazón a Dios, abre los ojos del entendimiento y da a todos la alegría de recibir y creer en la verdad».4

Por lo tanto, la fe que afirma «Creo en Dios» es un don concedido y sostenido por el Espíritu Santo (Hech. 13:48; Ef. 2:8-9; Heb. 12:2).

Aquí debemos plantear un punto clave: esta sección del Credo no contiene ni una sola palabra sobre los seres humanos. Si bien se refiere a Dios como Creador, no menciona a los humanos como parte de la creación. El Credo se centra en Dios: quién es Dios, Su obra en la eternidad, Su obra en Cristo y Su obra a través del Espíritu en la comunidad cristiana. La idea, entonces, es que al afirmar el Credo junto con nuestros hermanos y hermanas, confesamos nuestra dependencia de la revelación. Lo que declaramos es una revelación que nos llega de Dios a través de las Escrituras. Somos mendigos que buscan ser revestidos con la vestidura de Cristo. A la luz de la creación, no podemos deducir racionalmente las verdades proclamadas por el Credo.

4 Catecismo de la Iglesia Católica, 50–51. Citado del Conc. Vaticano II, Const. dogm Dei Verbum, 5.

EL CREDO DE LOS APÓSTOLES

La creencia trasciende lo que podemos comprender mediante la tradición, la experiencia y la razón. Agustín de Hipona escribió: «Por lo tanto, creo todo lo que entiendo, pero no entiendo todo lo que creo. Todo lo que entiendo lo sé, pero no sé todo lo que creo».5 El énfasis de Agustín es brillante. Por un lado, estamos llamados a creer y confesar; por otro, no siempre podemos explicar racionalmente todo lo que confesamos. Algunos aspectos de nuestra fe están más allá de la razón. Debemos reconocer que existen paradojas en las Escrituras y un elemento de misterio en ciertos dogmas cristianos. Dios habita en una luz inaccesible, mientras que nosotros residimos en la oscuridad, aun palpando nuestro camino (Hech. 17:27). Así, Agustín, con gran perspicacia, nos recuerda que algunas verdades cristianas son, por así decirlo, suprarracionales. No son contradictorias, pero trascienden nuestra capacidad de comprensión. Por lo tanto, necesitamos confesar: «Creo en Dios», «Confío en Dios», «Obedezco la revelación dada por Él». Así, la creencia va más allá de la tradición, la experiencia y la razón. A veces creemos en contra de nuestras propias experiencias, incluso sin comprender plenamente las declaraciones de nuestra fe. Debemos mantener cierto nivel de misterio al confesar las doctrinas fundamentales de la fe cristiana.6

Una fe pública y comunitaria

MARKETING

Además, el Credo de los apóstoles exige una respuesta personal. Las primeras palabras son «Creo». Cuando estudiamos otros credos de la antigüedad, como el Niceno y el Atanasiano, comienzan con «creemos». Estos representan dos perspectivas diferentes pero complementarias. El Credo de los apóstoles, que comienza con «Creo», exige

5 Agustín de Hipona, Do Mestre, XI, 37.

6 G. Finkenrath, «Segredo», en Lothar Coenen y Colin Brown (eds.), Dicionário Internacional de Teologia do Novo Testamento, vol. 2 (San Pablo: Vida Nova, 2009), 2282–86.

I. Del corazón a la boca

una respuesta personal; exige adhesión a lo que se enseña y confianza en sus enseñanzas. Sin embargo, recitar el Credo nos recuerda que debemos expresar nuestra fe públicamente. Al recitar el Credo, el cristiano ofrece una confesión pública de fe: «Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación» (Rom. 10:10). Así, el Credo enfatiza la dimensión pública de nuestra fe. Todos estamos llamados (no solo pastores, misioneros, teólogos y seminaristas), sino toda la comunidad cristiana, a expresar nuestras creencias de manera bíblica, clara y racional, tal como se revela en las Escrituras. En otras palabras, lo que se cree es lo que se confiesa. El Credo, por lo tanto, sirve para hacer pública la fe de la Iglesia. Es decir, «la Iglesia cree esto», «esto es lo que la Iglesia confiesa», «esto es lo que todos, como individuos, confesamos como la suma de la fe cristiana». Si bien el Credo exige una respuesta personal, la confesión de fe es fundamentalmente un acto comunitario (2 Cor. 9:13). «Creemos en Dios Padre», como aprendemos del Credo de Nicea-Constantinopla y del Credo de Atanasio. Así como cada creyente está dispuesto a confesar su fe, toda la Iglesia debe confesar su fe con una sola voz, abrazando la fe singular que se nos ha dado como cristianos.

MARKETING

Aunque el Credo comienza con «Creo» y exige un compromiso personal, también es confesado por toda la cristiandad. Por lo tanto, las doctrinas enunciadas en el Credo son elementos que, en última instancia, unen a protestantes, católicos y ortodoxos. En un sentido muy particular, si bien cada uno de nosotros está llamado a expresar su fe públicamente, lo hacemos con toda la Iglesia, abarcando a todo el cuerpo de Dios en toda la tierra. Al confesar el Credo, el cristiano reconoce su identidad como parte de la Iglesia. Karl Barth, quien escribió un comentario sobre el Credo, dice: «En el Credo, la Iglesia se inclina ante Dios».7

7 Karl Barth, Credo (Eugene: Wipf and Stock, 2005), 7.

EL CREDO DE LOS APÓSTOLES

Recordemos que el Credo deriva de las Sagradas Escrituras; cada línea se basa en ellas. En resumen, el Credo resume lo absolutamente esencial e innegociable para la fe cristiana, según las Sagradas Escrituras. Por un lado, cada uno de nosotros, como hombres y mujeres en Cristo, está llamado a creer y decir: «Creo». Por otro lado, al hacerlo juntos, expresamos la fe de la Iglesia cristiana como una sola. Esas enseñanzas bíblicas fundamentales, esas doctrinas elementales, nos caracterizan como Iglesia cristiana. Si el Credo resume las Sagradas Escrituras, entonces, al confesar el Credo, nos humillamos ante Dios, arrodillándonos ante lo esencial y lo revelado. Por eso Pablo enseña que la iglesia de Roma era amada porque obedecía de corazón la forma de doctrina a la que fueron entregados (Rom. 1:7; 6:17). Curiosamente, la obediencia a la doctrina es sinónimo de fe salvadora. Si el Credo resume lo esencial de las Escrituras, y las Escrituras son la Palabra de Dios —la revelación de Dios—, entonces el Credo describe los elementos esenciales que caracterizan lo que verdaderamente es el cristianismo. Por lo tanto, los cristianos se inclinan ante Dios cuando dicen: «Creo».

EL CREDO DE LOS APÓSTOLES

Las respuestas a estas preguntas se encuentran en las declaraciones del Credo de los apóstoles.

El Credo de los apóstoles presenta una enseñanza bíblica ortodoxa e inquebrantable. Citando las famosas palabras de Vicente de Lérins, un Padre de la Iglesia del siglo VI, «lo que ha sido creído en todas partes, en todos los tiempos y por todos [los cristianos]» (quod ubique, quod semper, quod ab omnibus).2 Durante la Reforma Protestante, Martín Lutero valoró el Credo de los apóstoles en su Catecismo menor y Catecismo mayor, mientras que Juan Calvino lo comentó para beneficio de la Iglesia de Ginebra en su Instrucción en la fe. El Catecismo de Heidelberg también aborda este Credo. Aunque el Catecismo menor de Westminster no ofrece una exposición del Credo de los apóstoles, lo incluye en su apéndice. Además, si bien los protestantes valoraban el Credo, este también servía como un importante símbolo de fe para los ortodoxos y los católicos romanos. En este sentido, el Credo de los apóstoles representa lo bíblico, ortodoxo, uniforme y estándar para una amplia gama de cristianos. En este contexto, debemos preguntarnos si es posible o razonable que alguien se identifique como cristiano sin creer en todos los principios del Credo. ¿Puede alguien ser cristiano y no aceptar el nacimiento virginal de Cristo? ¿Puede alguien ser cristiano y dudar de que Cristo murió y descendió al reino de los muertos? ¿Es factible que alguien

MARKETING

2 Vicente de Lérins, Commonitorium II, 3, citado en Henry Bettenson, Documents of the Christian Church (1998), 148-50. Una de las mejores obras sobre Vicente de Lérins es el libro de Thomas G. Guarino, Vincent of Lérins and the Development of Christian Doctrine (Grand Rapids: Baker Academic, 2013). Tras cuestionar la idea popular de que Vicente era semipelagiano y rechazar la interpretación errónea de que este famoso dicho era antiagustiniano, el autor concluye afirmando que tal inferencia distorsiona el pensamiento de Vicente y, citando a William O'Connor, afirma que «una lectura imparcial del Commonitorium no revela rastro alguno de semipelagianismo ni ataques secretos a Agustín y su doctrina» (XXVI). Agustín no se menciona ni una sola vez en la obra. Las herejías que Vicente rechaza en su libro son, entre otras, el donatismo, el arrianismo, el apolinarismo, el pelagianismo y, especialmente, el nestorianismo (siglos XI-XV), a la vez que polemiza contra Orígenes y Tertuliano. En ningún momento de la obra se citan las formulaciones soteriológicas de Agustín, y mucho menos se las equipara con estas herejías. Curiosamente, otra obra de Vicente de Lérins, Excerpta Vincentii, es una «colección de frases sobre la Santísima Trinidad y la encarnación, tomadas en gran parte de los escritos de Agustín» (XVII), lo que deja claro que era un «ferviente admirador» de la obra de Agustín (XXVI). Cabe señalar que la teología católica rechazó la enseñanza asociada con el semipelagianismo por herética en el Sínodo de Orange de 529.

sea cristiano y no crea en la resurrección de la carne? ¿Puede alguien llamarse cristiano y negar cualquier artículo o afirmación del Credo?

El Credo ofrece la esencia de la verdad cristiana que determina y guía si una iglesia puede considerarse genuinamente cristiana. Un ejemplo es el concepto de teísmo abierto, que ha ganado popularidad en ciertos círculos, incluyendo Brasil. Esta teología argumenta que Dios no es todopoderoso y cuestiona la noción de la omnisciencia completa de Dios, lo que marca una clara diferencia con el pensamiento clásico tradicional.3 A su vez, el Credo afirma dos veces que el Padre es todopoderoso. El mensaje subyacente es que el Padre posee todo el poder. Como se puede ver, el Credo enseña que, dado que el Padre es todopoderoso, puede ser el creador del cielo y de la tierra. Esta es una afirmación básica y concisa. ¿Puede una persona llamarse cristiana si niega una cláusula importante de este documento confesional? ¿Puede identificarse como un cristiano genuino si rechaza algún punto de este documento?

EL CREDO DE LOS APÓSTOLES

Creo en Dios, Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra.

MARKETING

Creo en Jesucristo, Su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nació de santa María virgen; padeció bajo el poder de Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos;

3 Para obtener más información sobre esta desviación de la doctrina bíblica de Dios, ver especialmente Douglas Wilson, ed., Eu (Não) Sei (Mais) em quem Tenho Crido: a Falácia do Teísmo Relacional (San Pablo: Cultura Cristã, 2006); John Frame, Não Há Outro Deus: uma Resposta ao Teísmo Aberto (San Pablo: Cultura Cristã, 2006).

EL CREDO DE LOS APÓSTOLES

al tercer día resucitó de entre los muertos; subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso; desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne, y la vida eterna. Amén.

MARKETING

El texto original en latín es el siguiente:

Credo in Deum Patrem omnipotentem, Creatorem caeli et terrae, et in Iesum Christum, Filium Eius unicum, Dominum nostrum, qui conceptus est de Spiritu Sancto, natus ex Maria Virgine, passus sub Pontio Pilato, crucifixus, mortuus, et sepultus, descendit ad inferos, tertia die resurrexit a mortuis, ascendit ad caelos, sedet ad dexteram Dei Patris omnipotentis, inde venturus est iudicare vivos et mortuos.

Credo in Spiritum Sanctum, sanctam Ecclesiam catholicam, sanctorum communionem, remissionem peccatorum, carnis resurrectionem, vitam aeternam. Amen.

MARKETING

La versión del Credo que utilizaremos, sin embargo, contiene tres modificaciones que la diferencian ligeramente de las traducciones comunes. Me permito hacer un pequeño ajuste en el uso de la coma en la primera oración (para alinearla con el texto tal como aparece en el Libro de la Concordia y el Catecismo de la Iglesia Católica). El texto tradicional dice: «Creo en Dios Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra», pero incluyo una coma después de «Dios» por una sencilla razón. El cristiano cree en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por lo tanto, mi enfoque aquí será ofrecer una interpretación trinitaria del Credo de los apóstoles. En otras palabras, quien se adhiere a las creencias de la Iglesia afirma: «Creo en Dios, que se revela como Padre, Hijo y Espíritu Santo», el Dios-trino.

En segundo lugar, me refiero a otra traducción de la expresión latina descendit ad inferos, que a menudo se traduce como «descendió a los infiernos». Esta traducción no se ajusta bien a la doctrina bíblica sobre la muerte de Cristo, y la exploraremos con más detalle más adelante. Por lo tanto, creo que una traducción más precisa, de acuerdo con el Catecismo de la Iglesia Católica, sería «Cristo descendió a la morada de los muertos».

Finalmente, algunos podrían encontrar inusual la estructura gramatical del último artículo. Sin embargo, «Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna» es la estructura que tiene más sentido a la luz de la enseñanza bíblica. No creemos en la santa Iglesia católica ni en la comunión de los santos; más bien, creemos en el Espíritu Santo y en todo lo que Él es y en toda Su obra.

La idea clave a destacar es que todo lo que sigue a «Creo en el Espíritu» presenta la obra del mismo Espíritu Santo, en quien creemos.4

4 Heinrich Denzinger, Compêndio dos Símbolos, Definições e Declarações de Fé e Moral (San Pablo: Paulinas & Loyola, 2013), 19.

EL CREDO Y LAS ESCRITURAS

La pregunta que surge es la siguiente: ¿Por qué no existe una declaración como «Creo... en las Escrituras»? ¿Por qué no existe tal declaración? Creemos que las Escrituras son la Palabra de Dios. Creemos que cuando meditamos en el texto sagrado, Dios mismo nos habla a través del Espíritu Santo, directamente a nuestra mente y corazón. ¿Por qué, entonces, no existe un «Creo en las Sagradas Escrituras»?

Cirilo de Jerusalén afirmó: «Este resumen de la fe no fue compuesto según el capricho humano, sino que las secciones más importantes fueron escogidas de las Sagradas Escrituras para constituir y completar una declaración integral de la fe. Así como la semilla de mostaza contiene en un pequeño grano muchas ramas, así también esta breve declaración de la fe guarda en su corazón, por así decirlo, toda la verdad que se encuentra tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento».5 Juan Calvino afirmó que esto se debe a que el Credo «no contiene nada de doctrina humana. Al contrario, es una colección de los testimonios más certeros de las Escrituras».6

En otras palabras, tanto Cirilo como Calvino comprendieron muy claramente que el Credo solo puede afirmarse mediante la comprensión de la inspiración de las Sagradas Escrituras. El Credo tiene razón de existir únicamente porque el Espíritu Santo inspiró las palabras que constituyen las Sagradas Escrituras.

MARKETING

Las Sagradas Escrituras son un texto con autoridad que debe tratarse con respeto. Debemos recibir el texto bíblico en obediencia. En consecuencia, podemos deducir doctrinas cruciales e innegociables de las que las Sagradas Escrituras dan testimonio. Por lo tanto, no

5 Cirilo de Jerusalén, Cathecheses illuminandorum, 5.12, citado en Catecismo de la Iglesia Católica, edición típica vaticana (Loyola, 2000), 60.

6 Juan Calvino, «Instrução na Fé ou Catecismo de Calvino» en Textos Escolhidos (San Pablo: Pendão Real, 2008), 64.

existe un «Creo... en las Escrituras», ya que todo el Credo se basa en ellas. Las Escrituras, en cierto sentido, proporcionan el lenguaje y la estructura del Credo. Sientan los cimientos que le dan forma.

EL CREDO COMO «SÍMBOLO DE FE»

MARKETING

En el siglo  IV comenzaron a circular historias sobre la formación del Credo de los apóstoles. Algunos afirman que cada uno de los doce apóstoles contribuyó con uno de los artículos del Credo, creando así el texto completo antes de separarse para predicar el evangelio en diferentes regiones. Sin embargo, esta creencia carece de evidencia histórica. Dicha suposición cayó en desuso en el siglo XV. El Credo de los apóstoles recibió ese nombre no porque los apóstoles lo escribieron, sino porque refleja la doctrina apostólica basada en el Antiguo y el Nuevo Testamento. Por ejemplo, cuando leemos que el Padre Todopoderoso es el creador de los cielos y la tierra, recordamos el primer capítulo de Génesis, donde Dios simplemente da una orden, y por Su palabra surgen los cielos y la tierra. Dios da una orden y de la nada, algo surge, ya sea la tierra, el agua, el cielo o los animales del campo y las aves del cielo. Los apóstoles no redactaron el Credo, pero sus ideas se pueden inferir tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.

La historia de la formación del Credo está estrechamente ligada al surgimiento de la Iglesia cristiana. 7 La forma completa de lo que hoy conocemos como el Credo de los apóstoles surgió alrededor del siglo  VIII en la Galia, actual Francia, como se menciona en un sermón de Cesáreo de Arlés. Sin embargo, partes de este son mucho más antiguas y se pueden encontrar en los escritos de

7 Para una breve historia del Credo de los apóstoles, ver G. W. Bromiley, «Creed, Creeds», en Walter Elwell (ed.), Enciclopédia Histórico-Teológica da Igreja Cristã, vol. 1 (San Pablo: Vida Nova, 2009), 365–67. Ver también Denzinger, Compendio, 19–28.

EL CREDO DE LOS APÓSTOLES

algunos padres de la Iglesia primitiva, a menudo conocidos como la «regla de fe» o «tradición». Hacia finales del siglo  III, Hipólito de Roma, sacerdote de la capital del Imperio, en su obra Tradición Apostólica presentó una profesión de fe estructurada en preguntas que se asemejan mucho al Credo. Hacia finales del siglo  IV, un escriba proporcionó una explicación del «símbolo» de Ambrosio de Milán. También en el siglo  IV, en al menos dos sermones, Agustín de Hipona pronunció una profesión de fe muy similar, aunque no una versión exacta del Credo tal como lo conocemos hoy. En el siglo V, Tiranio Rufino elaboró una explicación del «símbolo» para los cristianos de su ciudad natal, Aquilea, que también constituye el primer fragmento del Credo que incluye la expresión «descendió a los infiernos».

En cualquier caso, el texto final del Credo apareció en el ritual bautismal romano en el siglo  X, procedente de la liturgia galicana. Esta repetición de una fórmula trinitaria tripartita, referida a cada persona divina, resume lo que fue y sigue siendo esencial para la fe cristiana. Curiosamente, estos autores citan esta fórmula tripartita, que se asemeja mucho al Credo de los apóstoles, pero esta fórmula nunca es idéntica a ninguna otra. Existen variaciones y cambios; en un caso, se incluye una doctrina, mientras que en otro, se omite una doctrina específica. Sin embargo, fue Ireneo de Lyon, a principios del siglo III, quien habló por primera vez de una tradición apostólica que estaría subordinada a las Escrituras y serviría como una declaración resumida de fe sobre la cual no podría haber debate.

MARKETING

Antes de continuar, conviene reiterar que, para los Padres de la Iglesia, la tradición no era simplemente un conjunto de enseñanzas que se complementaban con las Escrituras. En cambio, la tradición encapsula los fundamentos de la fe tal como se revelan en las Sagradas Escrituras y no está sujeta a debate. Debemos aceptar esta tradición como verdadera, o dejaremos de estar dentro del ámbito de la fe, la

devoción y la comunión cristianas. Por ello, Ireneo de Lyon se refirió a estas primeras versiones como el Credo de la tradición.

El Credo se denomina, a veces, el «Símbolo de la fe» (Symbolum Apostolicum) e incluso se conoce como tal en algunas iglesias. En la antigua Roma, cuando el emperador se enfrentaba a problemas fronterizos, como los que surgían con los pueblos bárbaros, enviaba sus legiones a proteger la frontera de posibles invasiones. Cuando las tropas debían dividirse para un asedio, los comandantes de estas legiones rompían un vaso, tomaban dos piezas que encajaban perfectamente y cada uno se quedaba con una. Si las tropas tenían que comunicarse, ¿cómo sabrían que el mensajero no había sido interceptado y que el mensaje verdadero no había sido alterado? El delegado enviaba al mensajero a las demás tropas militares con un trozo del vaso. Al llegar al campamento, entregaba el mensaje con su trozo del vaso, que se comparaba con el del que lo recibía, atestiguando que provenía del comandante de la otra unidad, que era un mensaje legítimo y que debía ser aceptado.

MARKETING

El reconocimiento de este procedimiento se conocía como «símbolo» (symbolum). En consecuencia, esta palabra adquirió un uso militar para evitar la interceptación o corrupción de mensajes por parte del enemigo. Con el tiempo, este término se adaptó al contexto de la fe cristiana.8 El «símbolo de la fe» servía como medio de reconocimiento entre los cristianos que defendían la verdadera fe bíblica. ¿Cómo se identificaba a un cristiano genuino en el mundo antiguo? Entre otras formas de reconocimiento, recitaban el Credo, también conocido como el «símbolo».

Los cristianos del primer siglo desarrollaron diversos recursos para su protección. Un cristiano se sentaba en una plaza y notaba que alguien se comportaba de forma ligeramente diferente,

8 Justo L. González, Historia ilustrada del cristianismo: Desde la era de los mártires hasta la era de los sueños frustrados, tomo 1 (San Pablo: Vida Nova, 2011), 68–69.

EL CREDO DE LOS APÓSTOLES

probablemente un compañero cristiano. Dibujaba medio pez en la arena con un palo o el dedo. Si esa persona en la plaza o el mercado era cristiana, completaba el dibujo para formar el pececito. Pescado, en griego, se escribe IJDSUS, acrónimo de la expresión Iesoús Jristós Dseoũ Juíos Sotér, que significa «Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador». Así era como se identificaban como cristianos. Esto era necesario porque la comunidad cristiana enfrentó la persecución del Imperio romano en los primeros siglos de la historia de la Iglesia. También hubo grupos heréticos como gnósticos, marcionitas, montanistas, pelagianos y donatistas que intentaban distorsionar el mensaje de la Iglesia cristiana. Posteriormente, la Iglesia estableció un conjunto de señales para salvaguardar su misión y mensaje. El Credo, el símbolo de la fe, sería una de estas protecciones.

MARKETING

Los primeros escritores cristianos reconocieron sabiamente que debatir las Escrituras con grupos heréticos al margen de la Iglesia cristiana era inútil, ya que distorsionaban continuamente su mensaje y el significado de textos específicos.9 Lo importante era debatir el Credo. ¿Creía una persona en particular en el símbolo? De ser así, se le reconocía como cristiano. Si no creía en el símbolo, suscitaba inquietudes, indicando que no consideraba las Escrituras la única Palabra de Dios y, por lo tanto, distorsionaba las enseñanzas fundamentales de la fe cristiana. Por lo tanto, los primeros escritores cristianos no perdían tiempo debatiendo las Escrituras con herejes. En cambio, debatían este resumen, conocido como la Tradición o el Símbolo de la fe, que significaba que una persona se había adherido genuinamente a la fe cristiana. Si aceptaba el Credo, debatían la Biblia con él. Si no lo aceptaba, se lo consideraba un marginado de la Iglesia, alguien que se oponía a ella.

9 Ver Franklin Ferreira, Servos de Deus: Espiritualidade e Teologia na História da Igreja (São José dos Campos: Fiel, 2014), 40–50.

MARKETING

Ilustración extraída de la Summa de Virtutibus et Vitiis, de Guillaume Peyraut (aprox. 1190-1271). La imagen representa a un caballero simbólico que, en su lucha contra los siete pecados capitales, está protegido por el llamado scutum fidei, es decir, el escudo de la fe, en el que se encuentra una representación de la Trinidad.

MARKETING

Preámbulo

«Creo
en Dios…»

Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook