Skip to main content

La Costilla de Adán

Page 1


Fondo

Laluz abarcaba toda la existencia, solo había un rincón que se escapaba, el lugar que los rechazados habían elegido para ellos. La bestia, encerrada vio con ira cómo el hijo de Dios regresaba ante él, a diferencia de la primera ocasión, venía junto a otro hombre. Ante la presencia de ambos abrió los nueve ojos de su vacío rostro negro.

―¿Este va a ser mi castigo por lo que querías que hiciera? ―dijo quien acompañaba al hijo de Dios, mientras sentía el frío que emanaba de la base de hielo que retenía a la criatura.

―Fuiste el más fiel de los doce, mientras que los demás querían que yo alcanzase la gloría, tú fuiste el único que hizo mi voluntad… ―dijo el hijo de Dios, mirando a su interlocutor con tristeza― Prometo que volveré, haré que os saquen de aquí.

―Basta ―interrumpió Judas posando la mano en el hombro de su amigo―. Siempre supe lo que necesitaban vos y vuestro padre, tengo libre albedrío y lo he utilizado ―rio mientras posaba en su cuello la mano, sintiendo las marcas de la cuerda que nunca se borraron―. Entregar al hijo de Dios a la muerte no es poca cosa.

―Convenceré a mi padre ―insistió Jesús, del hielo sobresalía un largo hueso afilado―. La costilla…

Judas quería creer, tenía la esperanza de que algún día viniese por él, pero al mirar fijo a los ojos de la bestia, se preguntó por el tiempo.

―Mientras antes comience, antes ha de acabar ―masculló mirando a Jesús.

―Lo lamento, Judas… ―insistió el nazareno. Tres pares de alas blancas aparecieron desde su espalda― Permíteme llevarte.

La Bestia miró a ambos y una sonrisa comenzó a aparecer en su rostro gigante, expeliendo un putrefacto olor. Judas miró a Jesús y se subió a su espalda. El nazareno emprendió vuelo, subieron en medio de la oscuridad hasta el hocico de la criatura. Judas recordaba su tiempo en la Tierra, el momento en que Jesús le pidió entregarlo, sabía que él realmente no quería, no le encontraba sentido, fue al momento de besarlo

en el huerto de Getsemaní que comenzó a darse cuenta de su error, pero era demasiado tarde. Ahora Dios mismo lo había castigado por un crimen que él mismo le obligó a cometer. ¿Por qué lo estaba aceptando? Se preguntó hasta que se dio cuenta que mientras más subían, más pequeñas eran las alas de Jesús.

―Judas… Gracias por enseñarme a ser humano ―dijo el hijo de Dios, quedando en el aire justo en frente de los colmillos de la bestia.

¿Si Jesús no hubiera sido entregado, él no estaría por recibir este castigo? ¿Se lo merecía realmente? La mente de Judas quedó en blanco. Las alas de Jesús desaparecían y comenzaba a caer. Él, el traidor, cayó entre los colmillos del peor enemigo de Dios. Su condena había comenzado.

I

Por favor, deje de llamar Diana

―Buenas tardes, llamaba para preguntarle por Bruno, soy Diana, su amiga ―dijo mientras caminaba de un lado a otro en su pequeño balcón.

―¿Quién? ―contestó una voz femenina al otro lado de la línea.

―Bruno ―repitió―. Su hijo ―insistió la joven preocupada.

―Equivocando le dije, ya es quinta vez que llama ―dijo la señora molesta y cortó.

―Pero, señora… ―iba diciendo Diana, hasta que se dio cuenta que lo único que la estaba escuchando era el tono muerto del celular.

Se sentó en un pequeño banco y miró al cielo.

―Bruno me debe estar gastando una broma.

Estaba atardeciendo, lo que hacía que el cielo estuviera teñido de un extraño tono rojizo, su blanca piel se veía iluminada por los rayos que terminaban de caer.

Sus vecinos se sacaban la mascarilla antes de pasar por la puerta del edificio. Desde que su abuela había fallecido por el COVID, al inicio de la pandemia, sus vecinos habían estado evitando tener contacto con ella y su familia, incluso hasta el día de hoy. Bruno, en cambio, siempre que podía la venía a ver. No iba a la casa, se quedaba en la calle mientras ella salía al balcón. Estaban acostumbrados a hablar todos los días, no siempre en persona, pero no había día en que no se pusieran en contacto. Bruno no era la clase de persona que desaparece de un día para otro, no sin avisarle.

Caminó hasta su habitación pensando, mientras veía el teléfono jugaba con su largo cabello negro. Preguntarle a Marco sería una pérdida de tiempo, ese se desaparece siempre, aunque vive cerca de Bruno, quizá puede haberlo visto. Buscó el contacto de Marco en su celular, pero al llamar sonaba apagado.

―Qué sorpresa ―se dijo―. Aunque igual me gustaría verlo ―pensó, luego agitó la cabeza intentando sacar ese pensamiento de su mente.

Miró fijo a la pared donde colgaban las fotos con sus amigos. Al buscar a Bruno entre ellas se percató que no estaba.

―¿Bruno? ―se dijo, acercándose para comprobar el fenómeno― ¡Iris! ―murmuró al ver a una chica en una foto que había tomado donde antes aparecían los cuatro en la playa. Esa foto era de hace tan solo dos años, cuando ella tenía 21 y Bruno recién había cumplido 18. Iris estaba leyendo mientras que Marco enterraba a Bruno en la arena, solo que ahora aparecía Marco excavando un agujero. Eran un grupo de amigos como cualquiera, solo que tenían muy pocas cosas en común entre ellos. Iris era como una bruja; Marco, el típico chico popular; Bruno, en cambio, era un espectáculo con piernas y, bueno, ella…

―Solo soy Diana ―pensó mirándose en la foto. Los cuatro se habían conocido en una parroquia cercana trabajando como catequistas, claro que, desde el incidente de Bruno, el padre Leandro les pidió que se mantuvieran alejados. Diana tenía miedo de que aquello que le pasó a Bruno tuviese que ver con su desaparición. Discó otro número.

―¿Diana? ―contestó Iris― ¡Hola! ―dijo emocionada― ¿Cómo estás?

―¿Sabes algo de Bruno? Llevo días sin saber nada de él, llamo a su casa y dice su mamá que no lo conoce.

―Bruno… ―dijo Iris.

Diana esperaba atenta una respuesta de su amiga, Iris era más inteligente, de seguro se le ocurriría algo.

―Y lo más raro, en mis fotos es como si hubiera desaparecido ―añadió Diana.

―Voy a revisar las mías y te llamo ―dijo Iris colgando.

―Iris, no…

Mientras Diana esperaba que Iris la llamara, marcó el teléfono de Bruno repetidas veces. No hubo respuesta. Sacó de la pared la foto de la playa y la miró con nostalgia. Intentaba recordar cada detalle de Bruno, su pelo negro lleno de arena, sus ojos cafés que ese día brillaban, recordaba como bromeaba que estaba gordo a pesar de que se le marcaran los huesos y comiera como cerdo. Diana estaba insegura de ir aquel día a la playa, pero Bruno la hizo olvidar la vergüenza, al menos

por ese día. Le gustaba ponerse al sol porque le aparecían pecas en la cara, lo malo fue que terminó con insolación.

Volvió al presente cuando su teléfono sonó, era Iris.

―Voy a estar fuera de tu casa en una media hora, prepárate para salir ―dijo asustada.

―¿Qué sucede, Is? ―preguntó Diana sorprendida.

―Te explico cuando nos veamos ―dijo cortando nuevamente.

Diana, cansada de que le cortaran el teléfono, decidió prepararse para salir, no tenía idea qué planeaba hacer Iris, pero confiaba en ella. Abrió su closet y sacó una chaqueta morada, echó una botella de agua y una linterna en su mochila, Bruno siempre le decía que nunca estaban de más.

En el marco de su puerta apareció su hermano.

―¿Vas a salir? ―preguntó.

―¿Te importa? ―contestó Diana― No le digas a los papás, seguro se van a enojar.

El chico salió de la habitación con las manos en alto.

―Si ves a Marco mándale saludos ―gritó antes de desaparecer.

―¡Oye! Es mi amigo ―dijo Diana remarcando que era suyo.

―¿Amigo? ―dijo dándose la vuelta, levantándole una ceja. Diana tomó una almohada y se la lanzó.

Diana quedó en silencio un segundo, pensando.

―Oye... ¿Recuerdas a Bruno?

―¿Quién? ―su hermano la quedo mirando confundido.

―No importa, olvídalo ―Diana soltó un suspiro. Mala elección de palabras, pensó.

Dejó una nota indicando que ya regresaba y salió silenciosa. La iban a castigar, pero Bruno valía la pena. Sus padres lo entenderían, si es que no lo habían olvidado también.

―Buenas noches, Is ―saludó Diana al ver a la chica, quien tras sus lentes mostraba un perfecto delineado, se preguntó cómo era capaz de hacerlo tan rápido―. ¿No tienes frio? ―preguntó.

Iris vestía jeans y una polera sin mangas con el estampado de la ouija, además de su mascarilla negra con un par de cadenas a los costados.

―Tanto tiempo, hermana ―saludó Iris, a pesar de no ser hermanas de sangre ella siempre la llamaba así; así le decía

a la gente a la que le tenía cariño―. Vamos, antes de que nos pillen sin permiso ―agregó acomodándose la mascarilla.

Diana se sentía feliz de ver a su amiga a pesar del motivo por el cual se juntaban.

Caminaron unos cuantos minutos hasta llegar a otro grupo de edificios, estructuras simples de cuatro pisos azul verdosos, para que la humedad pasara desapercibida.

Iris entró primero cruzando la reja, las calles estaban vacías, por lo que ver a dos chicas entrando era sospechoso, al menos para las vecinas que no tenían otras cosas que hacer más que mirar por las ventanas.

Diana recordó que Bruno le contaba que las puertas pasaban abiertas, y en efecto, tanto las puertas de la reja como las del edificio estaban abiertas.

Iris golpeó la puerta del departamento de Bruno, escucho unas leves pero rápidas pisadas, pero no abrieron, golpeó nuevamente y escuchó pasos más pesados acercándose.

La puerta se abrió de golpe, una mujer apareció frente a ellas. La madre de Bruno tenía ya cincuenta y siempre les impresionó lo poco que se le notaba. Estaba vestida con un pijama con estampados de gatos y unas pantuflas negras.

―¿Se puede saber quiénes son y qué quieren a esta hora de la noche? ―ladró la señora.

―Sé que quizá ya le hallan preguntado esto, pero, aun así, ¿no sabe nada de Bruno? ―inquirió Iris.

El ceño de la mujer se frunció, cualquiera notaría a kilómetros lo molesta que estaba.

―Estoy harta de que me llamen preguntando por un tal Bruno, ya les he dicho que no sé nada de ningún Bruno. Ni siquiera sé quiénes son ustedes, así que, por favor, les pido que se va… ―decía la señora cuando un gato salió de entre sus piernas.

El felino la miró a los ojos y se dirigió en dirección a Iris, se refregó en sus piernas y le maulló. Ella por instinto lo levantó y lo tomó en sus brazos.

―¡Tora! ―dijo Iris acariciando su cabeza mientras el animal ronroneaba.

La señora las miró atónitas. No podía creer lo que veía, y con razón. Bruno siempre les contaba que la gata era arisca con la gente, y no se dejaba tomar por cualquiera.

―Pasen ―dijo la mujer.

Las chicas entraron al departamento. Habían pasado meses que no entraban, había una mesa con unas cuantas plantas y un sillón cama decoraban el cuarto de estar, mientras que en el comedor había un mueble con varias figuras religiosas, cruces y fotos enmarcadas. En ninguna se encontraba Bruno.

―Lo siento, es muy extraño que esta gata se porte así con las personas, así que algo de verdad deben estar diciendo ustedes ―dijo la mujer sentándose de un lado de la mesa.

―Puede que suene extraño, pero usted es la madre de nuestro amigo ―dijo Diana.

La gata estaba posada al lado de la señora mirando fijo a ambas chicas, era una gata jaspeada, de negro predominante.

―Bruno vive aquí, en la pieza del medio ―dijo Iris―. Hemos venido varias veces. ¿No nos recuerda?

―Se me hacen familiares, pero no logro recordar a nadie llamado Bruno, aunque me gusta ese nombre ―respondió la señora―. Pero parece que mi gata sí las recuerda

―agregó acariciando la cabeza de la felina―. Aunque ahora que nombras la pieza del medio, me recuerdas algo, estos días, Tora ha estado mucho tiempo en la entrada, como si esperara a alguien, y cuando paso maúlla fuerte.

―Quizá suene muy patudo, pero ¿podríamos entrar a ver la pieza? ―preguntó Iris.

―Solo por un momento, ya es muy tarde y sus familias estarán preocupadas, además no creo que anden con permiso para transitar, ¿me equivoco? ―dijo la mujer.

Ambas chicas se miraron y soltaron una incómoda risa.

―Muchas gracias ―dijo Diana levantándose.

Entraron a la habitación, había un escritorio de madera rojiza, en sus cajones había cuadernos y carpetas, encima descansaba un computador con una impresora al lado. Colgado a la pared se encontraba un televisor.

―Estos posters creo que ya estaban cuando arrendé el departamento, como no quería dañar la pintura, los dejé allí ―dijo la señora.

―Esta era la serie favorita de Bruno ―decía Diana mirando una imagen donde relucían cuatro diamantes.

Colgado al lado del televisor se encontraba una peluca de payaso.

―¿Y esto? ―pregunto Iris.

Diana recordaba que Bruno se había disfrazado de payaso en varias ocasiones.

―Si no me dices no me percato ―explicó la señora―. Suelo ocupar esta habitación solo para trabajar.

Al ver que no había nada más, las chicas estaban dispuestas a irse cuando la mascota de la casa saltó sobre el escritorio y caminó sobre el computador.

―¡Bájate de ahí! ―grito la señora tomándola y dejándola en el suelo.

Diana miró la pantalla del computador, la gata había abierto un par de pestañas y en una de ellas aparecía la imagen de un búho con la palabra entropía abajo.

―Gracias por todo, señora ―dijo Iris saliendo.

―Y disculpe las molestias ―agregó Diana.

―Suerte en su búsqueda, niñas ―se despidió la mujer guiándolas hasta la salida y cerrando la puerta―. Buenas noches.

Salieron del edificio y se sentaron en la acera, no rondaba nadie por las calles y ya debía ser la una de la madrugada. Ninguna quería marcharse, sabían que había algo más que hacer, no podían quedarse de brazos cruzados.

―Vi una imagen que me llamó la atención en esa casa ― dijo Diana.

―¿Cuál? ―preguntó Iris intrigada.

―En el computador vi la imagen de un búho con una palabra extraña bajo de él. Decía entropía si no estoy mal.

―¡Por qué no me lo dijiste antes! ―contestó Is, sorprendida.

―No pensé que fuera importante. ¿De qué sirve? ―preguntó Diana.

―Hay una aplicación que ha estado dando mucho qué hablar en redes sociales, se dice que te guía a lugares en base a lo que estás pensando y tiene una imagen de un búho ― contestó―. Bruno me había hablado de ella apenas salió, decía que quería que fuéramos a explorar, a ver dónde nos llevase.

―¿Crees que pueda guiarnos a él? ―inquirió Diana.

―Es lo único que tenemos ―contestó Iris sacando su celular. Se dirigió a la tienda de aplicaciones en su móvil y la descargó.

El frío de la noche parecía solo afectar a Diana, quien estaba tan concentrada en la pantalla de su celular que al sentir

una mano en su cuello dio un grito, a Iris le había ocurrido lo mismo, ya que gritó de igual forma.

―¿No les han dicho que es peligroso usar el celular en estas calles de noche? ―dijo un chico con las manos posadas en los cuellos de las chicas.

II

Junta clandestina Marco

Desde el incidente de Bruno en la iglesia, el padre Leandro insistió en que Marco fuera a entrenar con él. El sacerdote quería que el chico ingresara a la orden a la que él pertenecía, por lo que lo estaba preparando para las pruebas de combate. Marco sabía que no era él quien debería entrar a la orden, si no Diana, de todas formas, ella había sido la valiente, aunque no se diera cuenta.

Entrenaba todos los días al atardecer en el subterráneo de la parroquia. Esta vez nadie le abrió, lo que le pareció extraño, pero no tanto como encontrarse con Iris y Diana en plena noche camino de vuelta a su casa. Ellas no sabían que él asistía a esos entrenamientos, pero como iba con el mismo uniforme negro con el cual entrenaba básquetbol no notaron nada raro. Le preguntaron por el bate gris que llevaba en la espalda, él contestó que se lo había encontrado en el camino.

―Siempre guardas cosas que no vas a ocupar después ― dijo Iris.

Marco rio. El bate era con lo que solía ir dónde el padre, no quería usar aquello que estaba escondido en su colchón.

Las chicas le explicaron que Bruno había desaparecido de las fotos y que nadie lo recordaba. Al principio no les creyó que la madre de Bruno no se acordara de él ni que se hubiera esfumado. Pero ahora estaban en su casa esperando que Iris configurara la extraña aplicación en su teléfono, ni ella ni Diana eran de gastar ese tipo de bromas, por lo que debía ser más serio de lo que se imaginaba.

Mientras Iris estaba en la alfombra, él estaba sentado junto a Diana en el sillón. Notaba en su mirada que estaba tensa y pensativa. De seguro pensando en lo de hace un año con Bruno.

―No se preocupe, mi reina ―dijo acercándose a ella―. De seguro mi pana dejó algún rastro de escarcha para que lo encontremos.

Diana esbozó una leve sonrisa, lo cual hizo sentir bien a Marco, no le gustaba verla así de preocupada.

Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
La Costilla de Adán by Vicho Bernal - Issuu