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Casapalabras 42

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Joan Margarit Premio Cervantes 2019

Gabriela Ponce Sanguínea

Julio Ramón Ribeyro Al pie del acantilado

Santiago Rosero El muchacho de las camisas encendidas

Santiago Peña Bossano Mindotown

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AGUSTÍN PATIÑO AMAZONAS, METRÓPOLIS Y ORILLAS Museo de Arte Moderno CCE, Quito Sala Joaquín Pinto Avs. 12 de Octubre y Patria Frente al Hotel Tambo Real

Clausura: 22 de febrero de 2020 Horario de atención: 09h00 a 17h00 de martes a sábado

www.casadelacultura.gob.ec


editorial Libertad y autonomía

T

res son los elementos fundamentales que han contribuido a la presencia cada vez más fortalecida de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, en todo el territorio nacional: respeto a la diferencia política, libertad de creación y autonomía, lo que le ha permitido convertirse en parte sustancial de la vida cultural y cívica de cada uno de los pueblos de la patria. En estos 75 años de vida institucional, la Casa ha sido hogar de debate y creación. Artistas, escritores y científicos de distintas posiciones políticas e ideológicas se han expresado desde el día en que la Casa abrió sus puertas, cuando su primer presidente fue el eminente escritor y político socialista Benjamín Carrión, y su primer vicepresidente el destacado arqueólogo y dirigente del partido conservador ecuatoriano, Jacinto Jijón y Caamaño, unidos los dos en la convicción de que la obra cultural descansa en la libertad de creación y en la autonomía de gestión. La libertad de creación ha permitido que los diversos y variados criterios y la multiplicidad de opiniones reflejen la realidad nacional, desde el pensamiento de cada autor. Lo uno y lo otro la han enriquecido; aunque en algunos casos no han faltado los intentos de imponer la hegemonía de pensamiento, en sentido vertical, desde las altas esferas del Estado. La autonomía, aquella facultad de autogobernarnos y desarrollarnos en libertad, sin más límites que la ley y la moral, sigue siendo el otro elemento que le permite a la Casa actuar sin condicionamientos políticos dispuestos desde el poder, o por gobiernos que ignoran que al arte y la cultura no se los constriñe ni limita. Es la autonomía intrínseca al espíritu de libertad de los hombres y de los pueblos, y es la democracia donde la verdadera libertad de creación se legitima como una de las actividades más elevadas del ser humano, y en ella, la Casa de la Cultura se fortaleza, en su incesante proceso de creación.

número cuarenta y dos diciembre 2019 Presidente Camilo Restrepo Guzmán Director Patricio Herrera Crespo Editor Patricio Viteri Paredes Colaboran en este número: José Aldás, Jorge Basilago, Santiago Peña Bossano, Jennie Carrasco, Xavier Gómez Muñoz, Juan Manuel Guevara, José Hidalgo Pallares, Gabriela Ponce, Cristina Rivera Garza, Giovanna Rivero, Santiago Rosero, Gabriela Ruiz A., Antonio Sacoto, Patricia de Souza, Efraín Villacís, Alexis Zaldumbide.

ÚLTIMAS PUBLICACIONES Edición de textos Katya Artieda Diseño Tania Dávila L.

Portada Agustín Patiño, Tentaciones de San Antonio, óleo sobre lienzo.

Camilo Restrepo Guzmán

Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión Dirección de Publicaciones Avs. 6 de Diciembre N16–224 y Patria Telf.: 2565-808 Ext. 463 gestion.publicaciones@casadelacultura.gob.ec www.casadelacultura.gob.ec Quito–Ecuador. casapalabrascce @casapalabrascce casapalabrascce@gmail.com

Casa Ca sa de la Culltu tura r Ecu ra c at ator oria or iana ia na Ben enja jamí ja m n Ca mí Carr rrrió rrió ión n Avs. Av s 6 de Di s. D ci ciem em mbr bree N1 N16– 6– –2224 y Pa Patr t ia tr Telflflf.:.: 25665--80 Te 8088 Ex Ext.t.t 110 w w. ww w ca casa sade sa d la de lacu cultlttur cu ura. a.go a. goob. b ec

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índice

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Fragmentos de la novela Mindotown, de Santiago Peña Bossano.

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La escritora ecuatoriana Gabriela Ponce nos presenta los primeros capítulos de Sanguínea, su última novela.

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Alexis Zaldumbide nos entrega su cuento La mueca del villano.

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Giovanna Rivero, escritora boliviana, nos comparte su relato Un día imperfecto.

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Ensayo de José Aldás: György Lukács: una introducción.

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El artista ecuatoriano Agustín Patiño expone la serie Amazonas, metrópolis y orillas, en la sala Joaquín Pinto de la CCE.

del gran escritor catalán Joan Margarit, Premio 3 Poemas Cervantes 2019. pie del acantilado, relato del magistral escritor peruano Julio 20 AlRamón Ribeyro, a 90 años de su nacimiento. de papá (o cómo olvidar lo importante), relato de José 34 Carta Hidalgo Pallares.

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El muchacho de las camisas encendidas, crónica del periodista y fotógrafo Santiago Rosero. Jennie Carrasco, escritora ecuatoriana, presenta su cuento El

46 regreso. decolonial: hacia el final del patriarcado, ensayo de 52 Ecofeminismo la escritora peruana Patricia de Souza. escritura siempre ha sido (y será) una tecnología, estudio del 60 La periodista y académico ecuatoriano Xavier Gómez Muñoz. Jorge Basilago examina a Boris Vian, a 100 años de su

64 nacimiento.

de la escritora mexicana Cristina Rivera Garza: El fin del 68 Ensayo silencio de las mujeres. Gabriela Ruiz Agila reseña el poemario Pez Amapola, de Karla

70 Armas.

Efraín Villacís elabora una crítica del libro Jorge Luis Borges, del

72 filósofo español Fernando Savater.

catedrático Antonio Sacoto reseña la novela Ahora que cae la 76 Elniebla, de Óscar Vela. Juan Manuel Guevara estudia la relación entre insectos y

86 enfermedades en Ecuador.

Conmemoramos 100 años de la publicación de La flauta de ónix,

94 el único poemario de Arturo Borja.


premio

Joan Margarit Es uno de los más grandes poetas catalanes y el más leído en España. Su obra ha sido reconocida con los premios más importantes de la literatura española y latinoamericana. Al recibir el Premio Cervantes 2019, declaró: «Me interesa la cultura; lo demás no tiene solución».


No tires las cartas de amor No tires las cartas de amor ellas no te abandonarán. El tiempo pasará, se borrará el deseo —esta flecha de sombra— y los sensuales rostros, bellos e inteligentes, se ocultarán en ti, al fondo de un espejo. Caerán los años. Te cansarán los libros. Descenderás aún más e, incluso, perderás la poesía. El ruido de ciudad en los cristales acabará por ser tu única música, y las cartas de amor que habrás guardado serán tu última literatura.

La libertad

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Es la razón de nuestra vida, dijimos, estudiantes soñadores. La razón de los viejos, matizamos ahora, su única y escéptica esperanza. La libertad es un extraño viaje. Son las plazas de toros con las sillas sobre la arena en las primeras elecciones. Es el peligro que, de madrugada, nos acecha en el metro, son los periódicos al fin de la jornada. La libertad es hacer el amor en los parques. Es el alba de un día de huelga general. Es morir libre. Son las guerras médicas. Las palabras República y Civil. Un rey saliendo en tren hacia el exilio. La libertad es una librería. Ir indocumentado. Las canciones prohibidas. Una forma de amor, la libertad.

Ser viejo Entre las sombras de los gallos y los perros de patios y corrales de Sanaüja, se abre un agujero que se llena con tiempo perdido y lluvia sucia cuando los niños van hacia la muerte. Ser viejo es una especie de posguerra. Sentados a la mesa en la cocina, limpiando las lentejas en los anocheceres de brasero, veo a los que me amaron. Tan pobres que al final de aquella guerra tuvieron que vender el miserable viñedo y aquel frío caserón. Ser viejo es que la guerra ha terminado. Es saber dónde están los refugios, hoy inútiles.


Cosas en común

Casa de misericordia

Habernos conocido un otoño en un tren que iba vacío; la radiante, aunque cruel promesa del deseo. La cicatriz de la melancolía y el viejo afecto con el que entendemos los motivos del lobo. La luna que acompaña al tren nocturno Barcelona-París. Un cuchillo de luz para los crímenes que por amor debemos cometer. Nuestra maldita e inocente suerte. La voz del mar, que siempre te dirá donde estoy, porque es nuestro confidente. Los poemas, que son cartas anónimas escritas desde donde no imaginas a la misma muchacha que un otoño conocí en aquel tren que iba vacío.

El padre fusilado. O, como dice el juez, ejecutado. La madre: la miseria, el hambre, la instancia que le escribe alguien a máquina: Saludo al Vencedor, Segundo Año Triunfal, Solicito a Vuecencia poder dejar mis hijos en esta Casa de Misericordia. El frío del mañana está en la instancia. Hospicios y orfanatos eran duros, pero más dura era la intemperie. La verdadera caridad da miedo. Como la poesía: por más bello que sea, un buen poema ha de ser siempre cruel. No hay nada más. La poesía es hoy la última casa de misericordia. 5


Faros en la noche

Cuadro con pájaros

Intento seducirte en el pasado. Las manos al volante y esta luz de club nocturno del tablier me dejan —fantasía invernal— bailar contigo. Detrás de mí, igual que un gran camión, el mañana hace ráfagas de luces. No lo conduce nadie y me adelanta, pero ahora tú y yo viajamos juntos y el coche puede ser el dos caballos de los años sesenta hacia París. «Je ne regrette rien» canta Edith Piaf. Bajo la ventanilla, entra la noche fría de la autopista, y el pasado se aproxima de cara, velozmente: cruza y me ciega sin bajar las luces.

El muro es, de este lado, oscuro y triste, tal como sucedía en aquel cuento que un día te expliqué. Si fuese cierto, hoy todos los pájaros que tú pintaste te esperarían en el otro lado cantando para ti: la parte clara de la que hablaba el cuento te acogería como yo y tu madre si pudieses volver de nuevo a casa. Mientras cuento la historia para mí, miro los últimos pájaros que pintaste. Aquí, en el lado lóbrego del muro, ¿de qué forma podría pagar esta ilusión de sentirte en la brisa de un instante?

Amada Regina En todas las ciudades busco siempre un hotel que lleve el nombre de ella. El Regina de Roma y su fachada severa y gris, fascista, de granito. El Regina de Londres, frente a un parque tristísimo al crepúsculo. El Regina con las piedras negruzcas de Bruselas. El cálido Regina de París, junto al «quai» solitario de barcazas. El Regina y su zócalo de moho lamido por las aguas oscuras de Venecia. Y cuando ella murió, y él no viajaba ya, el último Regina, en el bullicio del centro, en Barcelona, le acogió con sus gélidos espejos y con su delicada marquesina de hierro y de cristal en la calle Bergara. Regina amada, hoteles y mujer: algunos negros bultos en la noche, la caldera encendida y los neones de tu nombre, violentos de tanta soledad. Ciudades que están llenas de imprevistos hitos de amor.

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Un cuento No digas nada, Joana, tan sólo escúchalo y no digas nada. Íbamos caminando en la lluviosa mañana por el pueblo adormecido, entrábamos despacio por una larga calle de adoquines que no llevaba hacia ninguna parte. Los niños nos llamaban con canciones para acercamos al canal, que viésemos su casa reflejándose en el agua. Te gustaba, ¿recuerdas?, ver a los niños. Al marcharnos quedaban sus caritas pegadas al cristal, sus voces apagándose en el agua. Llegamos tarde. Demasiado. Tanto que siempre volveremos separados: ese es el precio por haber podido entrar dentro de un cuento. Y qué suerte encontrarte ahora aquí, de madrugada, convertida en patio: esto quiere decir que todo el tiempo estabas junto a mí en la oscuridad.


Principios y finales

Al lector

Una vez fui una chica con futuro. Leía en latín a Horacio y a Virgilio y recitaba a Keats completo de memoria. Al entrar en sus cuevas, los adultos me capturaron: comencé a parir hijos de un hombre necio y vanidoso. Ahora cuando puedo lleno el vaso y lloro al recordar algún verso de Keats. Una mujer ignora, cuando es joven, que no hay lugar alguno donde poder quedarse para siempre. Y no comprende porque nunca llega aquel o aquella donde hallar descanso. Las muchachas lo ignoran: los principios no se parecen nunca a los finales.

Tuyas serán las mujeres que amé y que nunca he perdido, pese al viento cruel de los años, y tuyo el enigma de la isla del tesoro. Tus ojos serán míos un instante y, a cambio de dejarte oír en los cristales la lluvia que ahora escucho, y hacerte cómplice de mi futuro, que tú podrás conocer, impedirás que muera y, una tarde, me dejarás ser tú en otra lluvia.

Mujer de primavera Detrás de las palabras solo te tengo a ti. Triste quien no ha perdido por amor una casa. Triste el que muere con un aura de respeto y prestigio. Me importa lo que sucede en la noche estrellada de un verso.

Joan Margarit i Consarnau (Sanaüja, España - 1938) Poeta y arquitecto, catedrático jubilado de Cálculo y Estructuras de la Escuela Superior de Arquitectura de Barcelona. Nació en plena guerra civil española y, en 1954, la familia se trasladó a las islas Canarias; regresó a Barcelona dos años después, y Joan, siguiendo la profesión de su padre, inició sus estudios académicos de arquitectura en el Colegio Mayor Sant Jordi. En 1963 comenzó su

La muchacha del semáforo Tienes la misma edad que yo tenía cuando empecé a soñar con encontrarte. Entonces ignoraba, igual que tú lo ignoras, que el amor se transforma en el arma cargada de soledad y de melancolía que ahora está apuntándote en mis ojos. Tú eres la muchacha que busqué durante tanto tiempo cuando aún no existías. Y yo el hombre hacia quien querrás alguna vez encaminar tus pasos. Pero estaré tan lejos de ti entonces como lo estás ahora de mí en este semáforo. aventura literaria en lengua castellana escribiendo una formidable obra poética, pero había que esperar una década después para que su producción viese la luz con la obra Crónica; en 1980, Margarit empezó su producción poética en lengua catalana. Ha recibido numerosos premios, entre ellos: el Premio Nacional de Literatura de la Generalitat de Catalunya, en 2008; el Premio Jaume Fuster de l’Associació d’Escriptors en LLengua Catalana de 2016; en el ámbito del Estado Español se le han concedido: el Premio Nacional de la Crítica de 1984 y de 2008, el Premio Rosalía de Castro de 2008 y el Premio Nacional de Poesía, también de 2008; en 2017 el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de Chile le otorgó el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda. Entre su obra poética destacan los libros El primer frío: Poesía 1975-1995 (2004), Cálculo de estructuras (2005), Casa de Misericordia (2007), No estaba lejos, no era difícil (2011), Se pierde la señal (2013) y Amar es dónde (2015). Su obra ha sido traducida al inglés, alemán, ruso, hebreo, portugués, euskera y francés. Premio Cervantes 2019. 7


Mindotown* Santiago Peña Bossano

A

Roberto le gusta el whisky. Lo toma con hielo para despertar los aromas del roble. Recomienda aumentar quince por ciento de agua respecto a la cantidad de licor que se sirva. La noche helaba, había dejado su chaqueta dentro. Apoyado en el borde del balcón miraba el vaso con whisky recordando la última vez que se había sentido solo. Con cuarenta años de matrimonio te acostumbras al frío creciente entre la pareja, lo consideras aliado, parte indispensable para soportar al otro, como aumentar un hielo a tu whisky y dejarlo derretirse hasta la mitad; en eso era especialista Roberto, en enfriar lo necesario. Dentro su fiesta, su fiesta de jubilación, todos bailaban y reían, la fiesta estaba en el punto donde se baila canciones ochenteras dando brincos y se lanzan confeti unos 8

* Capítulos de la novela Mindotown, de Santiago Peña Bossano, Manzana Bomb Ediciones, Quito, 2017.

a otros. Al mirar el vaso fijamente Roberto cayó en cuenta que los bordes del hielo se tornan oscuros mientras se consumen en el licor. Llevaba décadas tomando whisky y nunca lo había notado. No había pensado siquiera en ello. Es que cuando estás solo tomas en cuenta los matices insignificantes. El hielo congelaba el vaso y acumulaba escarcha, sensación que se transmitía a la mano de Roberto por lo que cambiaba cada cierto tiempo a la otra según se tornaba gélida. Pensó en volver por su chaqueta, luego consideró que algo de frío no le caería mal. Esperaba aún el deshielo del quince por ciento consciente de que un bocado de whisky podría calentarlo. Qué importa si me congelo, pensaba Roberto. Cuando se casó con Ana lo hacían todo juntos, desde la limpieza hasta las compras. Tomaban dos


novela bolsos grandes —uno cada quien— y caminaban de la mano al supermercado. Recorrían pasillos, analizaban precios y productos. Canguil para la película que daría el jueves en Canal 1, helado y tinto para el verano, legumbres y esas cosas. Roberto señalaba un quintal de comida para perro y le preguntaba si eso le bastaría para la semana; ella sonreía mordiendo su labio inferior. En cambio, se burlaba de él porque siempre recordaba comprar papel higiénico. El papel es importante —solía decir— en estos tiempos de mierda, y ella lo ponía en el carrito de compra, riendo a carcajadas. Para Ana era indispensable el desayuno con cereales. Escogía unos de chocolate negro y trocitos de avellana que, a veces, Roberto le impedía comprar como revancha de lo del papel; además, comprarlos significaba que, a media semana, se acabaría la leche y debería salir por más o tomar té. Por lo que, cerca del pasillo F, le decía: ¡Cierra los ojos! Y ella, aceptando que esa semana no comería cereales, buscaba otro producto como base de sus desayunos. Todo era novedoso en ese entonces. El vivir en pareja se había convertido en un juego de niños. Los primeros meses dejaron de frecuentar amigos, no salían más que lo inevitable. Hacían el amor a cada instante. Roberto estaba siempre listo con la potencia del recién casado; cuando basta una mirada, un ligero roce para interrumpir películas o dejar cenas a medio comer y dirigirse a la habitación. Ana, por su parte, esperaba que llegase del trabajo como si fuera lo más notable de su día, con cenas exquisitas y peinados seductores. No tenía más intereses que su hogar. Rentaban un pequeño departamento en el centro de la ciudad. Paredes blancas. Un par de litografías —de O’Keeffe y Guayasamín— adornaban la sala. Los estertores per-

manecían a medio cerrar, como si estuviesen orgullosos y quisieran mostrarlo. Ana era tutora de inglés de un instituto virtual. Trabajaba en casa. Siempre encontraba tiempo para regar las plantas y mantenerlas fértiles. Cuando debía trasnochar por motivos de trabajo, Roberto le preparaba un jarro de café y leía en la tumbona acompañándola. A veces, invitaban amigos y tomaban vino en el balcón hasta la madrugada. En aquellas reuniones se daban modos para estar siempre cerca. Antes de cumplir un año de casados, Roberto notó que le costaba estar junto a ella a todas horas. El hombre es un ser de cambio, necesita el cambio en su vida para tranquilizarse un tiempo y volver a necesitarlo. Pensaba que no hay mejor placer que el relajarse en el sofá, sin tener a nadie respirándote los olores, entibiando el espacio. Buscaba esos momentos de solaz individual que eran recuerdos de otro tiempo, de una vida clausurada. Si se instalaba en la sala, ella estaba ahí; si iba al dormitorio, ella tenía sueño; poco a poco se acostumbró a verla rondando su espacio que no era más solamente suyo. Se resignó a comer frente a ella, a ver la televisión con ella, a ir al parque con ella, a hacer el amor —siempre— con ella. No existe lugar menos definido, territorialmente hablando, que la cama, solía pensar. ¿Cuál es la línea divisoria de comodidad? Le resultaba imposible tener una garrapata aferrada al cuello y conciliar el sueño; pero fue acostumbrándose al insomnio y a acostarse realmente cansado, se acostumbró al polvo antes de dormir que es el desembocar natural del inicio matrimonial. Como le costaba levantarse los fines de semana, su mujer preparaba el desayuno. Cuando vives con alguien, a veces, echas de menos un gran espacio como campo de golf donde tenderte en solitario. En cuanto la sentía fuera del lecho,

Antes de cumplir un año de casados, Roberto notó que le costaba estar junto a ella a todas horas. El hombre es un ser de cambio, necesita el cambio en su vida para tranquilizarse un tiempo y volver a necesitarlo. Pensaba que no hay mejor placer que el relajarse en el sofá, sin tener a nadie respirándote los olores, entibiando el espacio.

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Un recepcionista gordo se levanta muy lentamente de su hamaca. Parece una bolsa de harina. No puede ocultar el desagrado por la interrupción del sueño. Le cuento lo sucedido a través de la reja. Tiene una carota de no haber dormido en cinco años. Ingreso a un cuarto donde hay por lo menos diez maletas olvidadas.

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Roberto se estiraba libre cual X mayúscula ocupando toda la cama, y sonreía sumergido en el olor del cabello que dejaba en la almohada su mujer. Cada semana aguardaba el momento por guiar su descanso sin pies helados, abrazos calcinantes o aliento sin dentífrico (de tabaco, amanecer y bacalao). Acostado, recordaba los días en que dormía sin restricciones hasta que un leve dolor de espalda lo expulsaba a la vida. Pero unos ruidos aparatosos y agudos lo sacaban del reposo, era su mujer que no encontraba otro camino para despertarlo. Hay dos maneras de asentar un vaso sobre una mesa de cristal: 1) Con el cuidado que la madre guarda el sueño

del hijo cansado. 2) Con el descuido consciente de la mujer que exige atención al marido. Ana soltaba ollas, chocaba puertas, asentaba cubiertos de tal manera que entraban al sueño de Roberto y lo expulsaban rabioso: era tarde y ambos lo sabían. Él se levantaba gruñendo y maldiciéndola con un silencio que se extendía todo el desayuno; el único sonido era el hervir de los huevos en su choque rítmico y el caer de los cereales en el bol para luego informarle de su otra victoria. Roberto golpeaba suavemente la cáscara de huevo luchando contra el dolor de cabeza que se le avenía, ganaba terreno, cedía ante su concentración, y sí..., el dolor era inminente. La cuchara de Ana contra la cáscara era agua hirviendo en el cerebro de Roberto y cerraba los ojos. Al primer mordisco no apareció la yema sino al segundo, justo cuando ella le comentaba, no sin una leve sonrisa, que se había acabado la leche (su otra victoria); palabras que entraron como pinchazo de agujas, como cáscara golpeada y rota o yema incendiando el cerebro. En su fiesta de jubilación estaban varios de sus compañeros. Roberto (aunque no fue empleado modelo) era empático, por lo que los de la oficina, al enterarse de su retiro, planearon una fiesta con mariachis y queso. Los más cercanos eran Gálvez, Ortuño y Marta —la tan necesaria para el matrimonio como el hielo del whisky—, mujer que derrite al iceberg más grande y macizo con solvencia. Mantuvo con ella un amorío de esos de meterse al baño y jalar la cadena una y otra vez para disimular el ruido. Mientras calculaba el quince por ciento de deshielo, llamó al balcón a Ortuño para que probara su creación. Le falta fuerza, mi hermano. ¿Cómo le va a faltar fuerza? Gálvez, ven acá y prueba esto. Fue hacia sus amigos y, luego de catar el brebaje, dijo con sinceridad: No te voy a negar que

está bueno, pero yo lo prefiero con un poquito más de agua. ¡Qué va!, este es el porcentaje preciso. ¿Según quién? Desde el balcón veía la fiesta. Estaban todos, excepto Ana que días antes, le recibió con la nueva de que se iba para siempre. Aquel día, Roberto encontró la luz del pórtico encendida, serían cerca de las 7, hora habitual de su llegada, introdujo las llaves y, por un segundo —mientras giraba la perilla antes de ingresar a su hogar— se le pasó por la mente que él no había cambiado el foco (que se había quemado hacía unos días y era él solamente quien se ocupaba de esos aspectos, que lo pensaba hacer el fin de semana, el sábado a media tarde, por ejemplo, después de regar el jardín o antes de ver el noticiero), eso pensó como un flashazo, sin pensarlo realmente, mientras entraba. Todas las luces estaban encendidas al punto que tuvo que detenerse —antes de entrar— hasta que sus ojos se acostumbraran a tal luminosidad. Tuvo el gesto contenido de taparse con las manos. Una vez que sus ojos se acostumbraron, pudo ver a Ana en la sala, lo saludó levantando la cabeza, se puso de pie y se acercó al bar. Roberto la vio tomar un vaso, asentarlo en la barra sobre la estera, sacar el hielo del minirrefrigerador y colocarlo uno a uno con la pinza, esperar unos segundos para luego mover el vaso circularmente antes de servir el whisky. Todo esto había ocurrido en silencio, Roberto pensó en la remota posibilidad de que su mujer le estuviera preparando un whisky con hielo, que todo este ritual (que Ana lo había visto durante tantos años y, al parecer, lo tenía completamente asimilado y aprendido) sería una bienvenida de su jornada laboral, siempre agotadora, y que como una especie de gesto bondadoso le ahorraba un par de minutos siendo ella quien le preparase un trago. Eso quería creer Ro-


berto mientras acostumbraba sus ojos a la luz, parado a un paso de la puerta que había quedado abierta. Ana caminó sin apuro desde el bar hasta la sala, asentó el vaso sobre la mesita de cristal, se acomodó en el sofá de su marido. Roberto pensó que llevarían a cabo otra negociación como tantas durante los últimos años, mientras permanecía parado en la puerta, presintiendo que ese whisky no sería parte de la bienvenida. Su mujer bebió un largo trago, asentó nuevamente el vaso en la mesita y le dio la noticia. Así, sin previo aviso, una bofetada al orgullo que te tumba el sombrero. Roberto no pudo sostenerle la mirada, consideró exagerada la decisión, pero así suele ser cuando te dejan, uno está campante sin prever la catástrofe, si se lo presintiera, seguro salvarían matrimonios, noviazgos, amoríos de todo tipo, es algo que no se sospecha, tan solo pasa. Roberto había esperado el momento de la jubilación para dedicarse a su mujer, para viajar como habían acordado de jóvenes, para que lo perdonase y reivindicara tanto descuido. Nunca imaginó que lo dejaría estando tan cerca de la meta.

Y es que cuando te abandonan entras en la receptividad de lo cursi. Todas las canciones son de desamor, incluso las que no hablan al respecto. Es el sentimiento más común y rupestre que detiene la rotación de la Tierra. Al estar con alguien no sientes ese machetazo en cada letra. Roberto no había enfrentado el abandono desde que conoció a Ana. Era como esos levantadores de pesas viejos con los músculos atrofiados y olvidados. Permanecía en el balcón mirando sin foco, esperaba el quince por ciento de deshielo para beber su segundo whisky de la noche, sin intención de moverse. Uno piensa estar preparado para separarse de su pareja, pero no es así, no había resultado así. Los últimos días no se movía con brusquedad, iba lento como si tuviera todo el tiempo del mundo, no rebasaba los camiones de basura, masticaba veinticuatro veces antes de tragar, se quedaba de pies en las gradas eléctricas y luego, al caminar, entre cada paso esperaba unos segundos, permanecía frente a los anaqueles por horas como si esperar fuera su única arma. Y es que los objetos mismos

te hacen guiños para recordarte tu fracaso: los nombres de electrodomésticos, las pinzas del tendedero, la suciedad de las paredes confabula para que permanezcas con la cautela del que sobrevivió a la guerra. Acercarse a Marta, imposible. Menos aún con esa canción que habla de los exactos sentimientos que Roberto tenía y que no habla de nada cercano a los sentimientos que él tenía. Aquel día de la noticia —como el hielo que se derrite en el vaso de whisky de su fiesta de jubilación— se quedó frío bajo el dintel de la puerta sin saber si entrar o salir, si rogar o enojarse. Mientras un sabor amargo le subía por la garganta, tuvo la impresión de ver toda su vida en un segundo. En la fiesta de jubilación se despedía también de su mujer ausente. Respiró hondo y de un trago el whisky. Dejando el hielo a medio derretir en el vaso donde se formaba un vaho helado. Dio media vuelta y regresó a la fiesta. A lo lejos: luces amarillas como puntos caídos del cielo, flotaban sobre una inmensa y oscura laguna montañosa. 11


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De repente se escucha un rumor de río. Monte adentro, los árboles y matorrales parecen vellosidades sin depilar. Bajamos en espiral en medio de un túnel de plantas que caen como lluvia. Si estuviéramos en un descapotable, los asientos se inundarían de hojas. Los pájaros cantan con ese silbido de cuento de hadas y los grillos imitan todo volando de un oído al otro. El aire es cálido como para estar en camiseta. Se dibuja una sonrisa en la cara de Roberto y en la mía mientras escuchamos Mindo. Hasta pareciera que el motor del auto se ha callado. Tomamos una bajada que parece no tener fin. No conocemos el camino pero hay uno solo. Le pregunto a Roberto si puedo fumar. Dice que no tiene problema. Bajo la ventana y lo hago. El agua suena lejana. La montaña crece sobre nuestra cabeza. Estiro el cuello para verla bien. Montaña de brócoli. Vamos por la carretera levantando polvo y hojas que son perseguidas por los animales. Penetramos sin saber qué nos espera, con esperanza de cualquier cosa. Dos paredes de árboles gigantescos, hojas verde-naranja y flores amarillas se unen como túnel sobre nosotros. Las mariposas y los bichos esquivan el auto al paso. Hay plantas de plátano, helechos gigantescos, flores rosadas. Seguimos sin parar, porque para llegar a Mindo debes ir hasta lo más bajo de lo bajo: donde se esconde el río. A los árboles los recubre una capa gruesa de musgo que chorrea de las ramas. Las hojas del borde de la carretera contrastan con el verde intenso de la vegetación. Confieso que quisiera reproducir este camino. No en un poema —Miguel puede irse al cuerno—, fotografiarlo sería lo más fiel. La verdad es que no soy tan idiota de malgastar mi vida observando rosas. La poesía es medio gay. Pero qué ganas tengo de decir

cualquier cosa sobre el ruido de la polilla. Eso no podría fotografiarlo. Por la velocidad a la que vamos se mezclan a la vista los colores de las flores como licuado en máxima potencia. Da la impresión absurda de que el cielo es de plantas y llueven flores. En medio del susurro del río suena un violín tremendo e hipnótico. Roberto puso una canción. ¿Qué es eso?, pregunto. —Pensé que Schnittke… —habla sobre lo que significa esa canción que a mi entender no podría ser otra. Es perfecta. Parece menos pelmazo. Más interesante. Su explicación es innecesaria. Dejo de prestarle atención. Dejo de darle importancia a su camisa de tucanes. Quien escucha una obra así merece cualquier perdón. Al salir del túnel de plantas hay un rótulo gigantesco que anuncia: Welcome to Mindotown. Está en inglés por si algún extranjero no balbucea español. Supongo que piensan que le da cierto aire internacional. El cielo no presenta ningún rastro de nubes. Las casas mantienen un ambiente rústico, sin cemento ni bloques, pura madera, caña y paja. Y comienzan a aparecer anuncios de lodges, spas, coffeehouses, canopy, visita el mariposario. Por todo lado hay gringos con mochi-

las casi de su tamaño, con gafas y pelos amarillos, tomándose fotos. ¿Le viste a ese fotografiándose con la llama? No era llama, era alpaca. A lo lejos un muchacho jala dedo y nos detenemos. Al parecer Roberto tiene una deuda con la vida que quiere pagar a toda costa recogiendo vagabundos en la vía. Cuando entra al auto percibimos un olor terrible. Apesta a diablos. Residuos de semen, caca y orina. Todo mezclado. Se llama Alex. Dice que da información a turistas por unas monedas. Parece que al pequeño Alex le estalla el trasero que no puede estar más sucio. Supongo que a eso les huele el culo a los mendigos que duermen bajo los puentes. Roberto le pregunta dónde comer y hospedarse. Yo quisiera preguntarle cuándo fue la última vez que se enjabonó el ano. El pequeño Alex habla y habla mientras aguantamos la respiración. Pero dice algo importante. Algo sobre no confiar en los artistas. Quizá nos vio facha de abuelo y nieto. Debe ser una especie de Platón moderno este chico. Lo llevamos un par de cuadras. Cuando se baja, abrimos las ventanas para que se ventile la peste. Cerca de la plaza central hay menos árboles y más cabañas. Algunos toman cerveza sobre sus motocicletas. ¡Cuánto extranjero!


Es como un pedazo de otro país embutido entre montañas. La plaza central está llena de árboles. Varias muchachas se transportan en bicicleta con el pelo recogido hacia un lado, mostrando sus cuerpos mulatos. Una estatua de colibrí alimentando a su hijo colibrito llama mi atención; bajo esta, jóvenes —sin zapatos— disfrutan de la tarde y del buen clima. Un viejo abre una bolsa de comida para perro y suelta las pepas en plena plaza; luego una lata de atún que devora al mismo nivel de hambre y desesperación que el animal. Ambos sin plato como en los viejos tiempos. El perro come gustoso para luego acercarse a la gente que lo acaricia. Un niño cruza con un juguete fosforescente, va tranquilo sin enterarse que más allá del brócoli hay un mundo espantoso donde se pierden los gatos. Se detiene ante un castillo inflable que dice Inti, dentro los niños saltan y rebotan contra los rayos del sol. Buscamos un lugar para comer, entramos a una fonda donde atiende una mujer gigantesca y negra. Bueno, no tanto; más bien violácea. Se llama Baldo y vende muchines. Pedimos una ración y dos cervezas. El lugar es apretado y el humo del asado entra al establecimiento. Algunos perros desnutridos esperan frente a la parrilla ser alimentados. Al darnos la cerveza, deja también un aperitivo de morcilla al carbón que parece extensión de sus dedos regordetes. Luego de un rato nos acostumbramos al humo que se acumula entre los comensales debido a que el techo no es muy alto. Las mesas están ocupadas por borrachines que —al igual que nosotros— toman cerveza con morcilla. Me enciendo un cigarrillo. Mira el culo de la negra, le digo a Roberto. Lo mira con cierto aire lejano mientras da un buen sorbo de cerveza. Enorme como agujero negro. Al salir de la fonda, el sol se ha ocultado. Vamos a la hostería que

nos recomienda la Baldo. Nos convenció cuando dijo que lindaba con el río y tenía mesa de billar. Pedimos dos suites. El posadero nos ve con cara de no se hagan los heterosexuales, aquí todo bien. Me gusta mi cabaña, con estructura de madera y toda la cosa. Roberto se instala en la de al lado. Dice que necesita darse un baño y descansar. Me sugiere que pregunte por la maleta en la oficina de transportes. Eso era lo primero que debí hacer al llegar a Mindo. Es raro. No recuerdo haberle comentado lo de la maleta. De todas formas, si la perdí la perdí y punto. Quedamos en vernos luego para tomar cerveza. Unos tipos me explican dónde queda la Cooperativa de Transportes. A lo largo de la cuadra hay buses parqueados en la calle. Trato de identificar el que me dejó en Nanegalito pero todos son iguales. Voy de un extremo de la acera al otro por encontrar alguien que pueda informarme. Tras un par de vueltas ubico la oficina de la cooperativa. Una casucha vieja y corroída por la humedad con un rótulo oxidado que dice Cooperativa de Transportes. La puerta está abierta pero con la reja cerrada. Un foco intermitente se mueve por el viento. Dentro se escucha el televisor encendido. Golpeo la reja con una piedra. Un recepcionista gordo se levanta muy lentamente de su hamaca. Parece una bolsa de harina. No puede ocultar el desagrado por la interrupción del sueño. Le cuento lo sucedido a través de la reja. Tiene una carota de no haber dormido en cinco años. Ingreso a un cuarto donde hay por lo menos diez maletas olvidadas. Es un cuartucho sin ventanas de color amarillo con manchas de grasa en las paredes. Resulta extraño que si alguien pierde su equipaje no lo reclame. Tomo mi maleta. La bolsa de harina me pide el boleto de bus. Busco en mi bolsillo las dos partes que componían el ticket. No

debí romperlo. Le entrego tímidamente los pedazos y se queda con ellos. Bosteza. Los guarda sin siquiera verlos. No dice nada. Nada parece importarle. Pude entregarle un papel cualquiera de la calle, incluso tomar las diez maletas y no se hubiera inmutado. Desde la hostería se escucha muy cerca el río, como si estuviera a pocos pasos o debajo de nosotros. Agradezco que la suite tenga balcón y hamaca para fumar en las noches. Veo las demás cabañas inmersas en la vegetación, ubicadas donde lo permite la naturaleza. Fumo mientras escribo al grupo: «Llegué a Mindo. Sigo vivo hasta nuevo aviso». Los desgraciados me dejan en azul. Suenan risas entre los árboles. ¿Se puede reconocer la risa del amor de tu vida? Aunque no la veo, la imagino riendo y jugando billar con sus amigos, en short apretado (de esos que se meten en el culo separando las nalgas) agachándose al taquear la bola blanca que introduce todas las demás en las buchacas de un solo tiro.

Santiago Peña Bossano (1990) Realizó un máster en Estudios Literarios en la Universidad Complutense de Madrid. Ganador del XL Premio Nacional Aurelio Espinosa Pólit, género ensayo (2015) en Ecuador. Director de edición de Cactus Pink en Quito. Coordina talleres de escritura creativa en Kafka Escuela de Escritores. Ha publicado Estética de la indolencia (2015) y la novela Mindotown (2017). 13


Sanguínea Gabriela Ponce*

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narrativa

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legamos a ese galpón con la noche colándose por las faldas y las mangas, salpicando babas que brillaban en medio de un entusiasmo incontenible. Las manos con olor a mentol y los ojos vibrando por una plenitud espesa. Sin sacarnos los patines, entramos y empezamos a bailar de modo frenético, queriendo abrazar eso que no se podía tocar ni nombrar, pero que derramaba nuestra intimidad entre la multitud y el ruido: un embellecimiento agudo de todas las cosas. Nos sentíamos como un solo cuerpo —hueso, sangre y carne— que se desmembraba por instantes, para volver a unirse por la irremediable necesidad del tacto. Nos agarrábamos las manos y las cinturas y el pelo largo que era rubio, negro, dorado, rojo. Nuestros ritmos estaban acompasados y, de vez en cuando, nos tocábamos los labios, nos rozábamos las tetas. En uno de esos impulsos de huida, que me asaltaban en los momentos de mayor goce y que se me atravesó helado en el coxis, patiné hacia la barra, pedí un whisky y agarré las manos que tenía a mi lado, unas manos que me eran familiares y unos ojos que sentí cómplices a pesar de haberlos visto pocas veces. Me resbalé en el sudor de ese cuerpo, lo olí y lo jaloneé hacia fuera, otra vez hacia la calle, para volver a patinar en la intemperie y sentir que el aire de la noche es voluta negra que atrae a los cuerpos inestables que están a su alcance, ensañándose severa con los que piden auxilio. Afuera es la noche, fue la frase que resonó en mi interior, y patiné. Tomada de esa mano, di un par de vueltas que me marearon, agarré un taxi, tomé el whisky, patiné por una calle estampada de caca de perro, subí trozos de vereda y llegué a la puerta de una casa pequeña

al fondo de una cuchara. Pasaje H —halcón, hueco, horror—. Entonces recién observé con calma sus ojos. Unos ojos que no esquivaban nada, ni siquiera aquello que no les interesaba o que no les parecía en lo más mínimo útil. Iban sus ojos sobre cada cosa. Y mientras cabalgaba esa mirada sin temor hacia el desorden del mundo, expulsaba chispazos que preñaban el aire y las cosas de una ternura en algo cínica. Entre la pared y la puerta estaba yo, tiritando, con los brazos torcidos, muerta del frío. Empezó a desnudarme mientras abría la puerta del garaje, luego la puerta de metal, luego la puerta de madera y fue empujándome hacia un interior húmedo y caliente en el que yo resbalaba plácida, apenas algo preocupada por estar aún sangrando. Cuando entramos, tenía ya el pantalón y el calzón a la altura de las pantorrillas. Él no prendió la luz, solo me besó los pezones y me besó los muslos y saboreó la vagina sangrante y con esa sangre volvió a mi boca y me siguió besando con una suavidad que yo no había conocido antes —puta ternura que a sorbitos va tragando lo que queda de mí: vergüenza por los huesos y las piernas flácidas—. Yo esperaba la penetración, pero seguimos besándonos en la oscuridad, con la cola de algo que parecía ser de un gato, afelpada y hedionda, cruzándonos las piernas. Se quitó la ropa y con unos fósforos que sacó del bolsillo de su chompa prendió un par de velas mientras yo observaba su cuerpo, sus nalgas ovaladas alejarse por un pasillo inmenso. Me quedé parada, semidesnuda, en patines, sintiendo el aire helado atravesarlo otra vez todo. El desamparo como un vaho blanco entrando por mi ano, y los efectos del éxtasis que como olas regresaban a mi pecho pidiendo, otra vez, por favor, dón-

* Primeros capítulos de la novela Sanguínea, de Gabriela Ponce, Severo Editorial, Quito, 2019.

Entre la pared y la puerta estaba yo, tiritando, con los brazos torcidos, muerta del frío. Empezó a desnudarme mientras abría la puerta del garaje, luego la puerta de metal, luego la puerta de madera y fue empujándome hacia un interior húmedo y caliente en el que yo resbalaba plácida, apenas algo preocupada por estar aún sangrando.

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Vi una foto y pregunté por la extrañeza de los colores en la imagen y él me dijo nací en Rusia, viví en Yugoslavia, y los dos nos reímos porque todo cobró, de pronto, y para ambos, sentido.

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de está el resto del cuerpo —hueso, carne y sangre—. Intenté seguirle, pero me resbalé. Entonces me saqué los patines y al plantarme descalza sentí el suelo húmedo, como arcilla mojada entre mis dedos. Hundí suave los pies imaginando lodo, mis dedos repujando la tierra y dejando una huella deliciosa, pintada por la carne del talón lastimado. El flujo, otra vez, lo sentí bajar. Caminé despacio, siguiendo la débil luz y esparciendo con mis manos la sangre en los muslos y lo encontré a él, a su pelo largo enredado. Él desnudo en medio de un colchón inmenso que ocupaba todo el cuarto. Me acosté a su lado y sentí su verga tiesa y empezó a besarme otra vez y el deseo por su penetración se hizo agua que asomó tibia por la entrepierna, sobre el rojo seco. Él siguió con toda su atención en mi boca, besándola con una delicadeza anormal. Esa noche no hicimos el amor. Esa noche su verga apuntó mi vagina, se apretó entre mis muslos, rozó varias veces mis nalgas, pero no me penetró. Yo caí dormida con la vagina sudando rojo y con el éxtasis regresando a mí, ya no como olas, sino como hormigueos suaves que, haciéndose enjambre, volaban sin que yo pudiera retener nada. A la mañana siguiente me desperté y sentí su verga otra vez dura. Esta vez sí hubo penetración. Pero

fueron otras las cosas que ocuparon mi atención. La pared con trozos de musgo verde creciéndole, la humedad brotando por las paredes, la densidad del aire y su lengua doblándose en mi boca. Siguió penetrándome mientras, alrededor nuestro, el musgo y los insectos entraban y salían por los poros abiertos, diminutos, que agujereaban esas paredes mientras yo sentía el escalofrío de la tripofobia: imaginaba huecos como poros abriéndose también en toda su espalda y tomándose su cuerpo. La morbosidad creciendo hasta interrumpirse por un escándalo que ocurría en algún lugar de la casa y que lo hizo parar y levantarse. Son los gatos, dijo, llegó uno nuevo. Yo me levanté tras él, despacio, y, al seguirlo, descubrí un pasillo atravesado por rayitos de sol que entraban por una claraboya circular. En el piso, amontonados, instrumentos musicales y libros. Pilas de libros. Flautas. Tambores. Partituras musicales. Objetos, collares y máscaras. Cofres. Todo sobre el suelo terroso. Al final del pasillo un montoncito de ropa y mis patines. Fui hacia allá y mientras caminaba sobre el polvo apareció un gato inmenso y tras de él dos más pequeños. Se dispararon por una ventana abierta por la que entraban helechos. Caminé hacia mi ropa y me vestí dándome cuenta del salón en el que había un mueble rojo sin utilidad alguna, puro adorno, y un sillón de cuero que parecía salido de alguna oficina. En una esquina, el parlante pequeño, y sobre él, una computadora que no había parado de sonar, aunque ahora mismo no puedo recordar ninguna de las canciones que tocó. Toda la noche música. Esto es una cueva, o una caverna, o una rampa, o un pozo, pensé, sintiendo que todo era tan real como absurdo. El hombre salió de lo que supuse era la cocina y me ofreció una chirimoya. La par-


tió en dos. Dos corazones blancos de una textura peluda y pulcra. Se quedó con uno de los corazones en la mano y me ofreció una cuchara con la que yo lo destripé hasta dejar el orificio lleno de pepas. Luego me pasó el otro extendiendo su mano pálida y esa imagen fue de una hermosura que me hizo pensar que estaba sucediendo algo extraordinario —la gravedad de ese instante previo a que sucediera lo irreversible—. Quedaron las dos cáscaras de chirimoya que él apiló y que acercó a su pene para mear un chorrito dentro de ellas. Luego se rió ofreciéndomelo para tomar. Yo dudé. Él volvió a reír y empezó a caminar hacia su cuarto, mientras decía que tenía que salir. Es domingo, hay cosas familiares ineludibles, eso creí escuchar, pero pudo haber dicho también imperdibles o, quizá, indecibles. Dijo, además, que podía esperarlo, de eso sí estoy segura. Pero yo ya me había puesto los patines sintiendo que en mi estómago se formaba lenta una ráfaga fría que subió y me golpeó la garganta. Empecé a llorar. Inmenso el hueco que tenía que atravesar para irme. El hombre no entendió nada. Se acercó y me abrazó y yo le quise decir aquí me quiero quedar a vivir. Por favor. Y de la vergüenza —por el sentimiento. Y por el pensamien-

to. Y por las lágrimas— salí casi sin despedirme, patinando torpe, y de modo aún más torpe abrí las puertas y agarré pista. Llegué hasta la carretera y tomé un bus. Y al llegar a mi casa con el chuchaqui mortal, con la angustia rajándome la garganta, con el sol lastimándome la piel, con la vagina ya seca, apenas un leve goteo rojo, y el éxtasis como el agujero obsceno en el centro del cuerpo por el que huye todo, pelé y rayé una manzana arenosa que era lo único que podía desayunar. Observar el modo en el que la miel caía en un chorro perfecto, desde la cuchara sostenida por mis manos temblorosas, sobre los flecos de la manzana, me devolvió cierta calma y pude dormir. La María llegó a visitarme esa tarde y yo, ya en medio de la borrachera, después de habernos tomado dos botellas de vino blanco para atravesar el dolor del domingo, mientras comentábamos la fiesta, riéndome a carcajadas le dije lo cierto es que ahora me he vuelto a enamorar. Sosteniendo su copa, con sus deditos flacos, y lanzando como era su costumbre una de sus frasecitas irónicas, ella respondió pero si tú eres una mujer casada, a lo que yo, a su vez, de manera también cínica, otra vez muerta de la risa, con un gesto en el que alzaba la copa

para luego asentir con la cara y con todo el cuerpo dije sí, soy una mujer casada. * * * Innumerables veces volví a la cueva. Me preguntaba en mi auto, en plena carretera, por qué regreso. Qué hago en esa cueva. Cada jueves. O cada viernes. Volví a la cueva y el lugar era cada vez más agreste, le crecían cuerpos y crestas de tierra que se hacían polvo. Tantos días regresé que una mañana amanecí vestida de trozos de musgo; en realidad amanecí con el torso pálido y desnudo, mis tetas pronunciándose como colinitas suaves se habían hecho más pequeñas, como si alguien que no era él, sino un animal, las hubiese chupado. Las tetillas rosadas, algo lastimadas y paradas, la línea del torso bien marcada, cubiertos mis brazos por las mangas que quedaban de alguna chompa, mangas moradas con líneas blancas. Una sábana agarrada con un cordón a la cintura, falda marrón por la que también salía musgo, los pies largos, el pelo ensortijado con pedazos de hierba armando ondulaciones con él. Parada, sosteniendo la manija de una puerta tras la cual

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De todo ese lugar, que ya frecuentaba algún tiempo, solo conocía partes: el cuarto con el colchón enorme, un baño al que no llegaba la luz, y presentía un jardín o un bosque cuyas ramas se agitaban en las noches. La cocina sí la conocía bien. Esa mañana, hecha selva, me dije hay que conocer esta gruta completa, pero entonces vinieron una serie de pensamientos que me llenaron de pavor...

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se abría otra puerta y otra puerta y otra puerta, a mis pies un gato negro al que apenas le quedaba algo de pelo, pero al que parecía que le habían crecido alas. No era un sueño. Tampoco el éxtasis. Era el día de mi cumpleaños y era yo, en lo que me había transformado, esa mañana, en esa cueva. De todo ese lugar, que ya frecuentaba algún tiempo, solo conocía partes: el cuarto con el colchón enorme, un baño al que no llegaba la luz, y presentía un jardín o un bosque cuyas ramas se agitaban en las noches. La cocina sí la conocía bien. Esa mañana, hecha selva, me dije hay que conocer esta gruta completa, pero entonces vinieron una serie de pensamientos que me llenaron de pavor, entre esos la multiplicación de esas puertas y mi incapacidad de decidir cuál cruzar. Creo que él lo notó porque puso una música que me abstrajo de los pensamientos negativos en los que

me hallaba perdida. En esa cueva la música no dejaba de sonar, ahora la recuerdo como sonidos aislados y agudos, a veces esos sonidos me hacían llorar, otras veces podían hacerse tierra o agua como todo lo demás; algunas veces, como esa mañana, me enseñaban el camino a seguir. Vi una foto y pregunté por la extrañeza de los colores en la imagen y él me dijo nací en Rusia, viví en Yugoslavia, y los dos nos reímos porque todo cobró, de pronto, y para ambos, sentido. Ya eran meses en los que los mensajes llegaban el miércoles o el jueves. ¿Vienes hoy? Y yo me abalanzaba al teclado. ¿Quisieras que vaya? Claro que voy. Yo siempre con el cuerpo endurecido porque en mi cuarto la oscuridad daba vueltas queriendo asfixiarme y nada quería tener yo que ver con ese paisaje desolado de las seis de la tarde, con ese último trozo de sol. Agarrar el carro, agarrar la carretera, llegar, cruzar el portón eléctrico, cruzar la mecánica, abrazarle y que los besos lleguen a ocupar el cuerpo vacío. Mi cuarto está tan lejos, por suerte. Que los brazos se mantengan rozando la piel, que no toquen, que en un momento dado, cuando mi vagina ya esté latiendo de tanto andarse por las ramas, yo diga quiero que me agarres, penétrame, por favor. Resbalando por los agujeros de las babas cualquier palabrita frágil y cursi. Y cruzándose, claro, cómo no, la imagen, o la voz, o la figura de mi esposo al que en medio de esa materia, o de esas formas que se hacían entre los cuerpos, yo imaginaba. La traición, o el cinismo, o la satisfacción de la venganza me hacían reír o me hacían sentir más suaves las caricias o, a veces, también, como la música, me hacían llorar. De pronto empezaban las lágrimas a salir y el hombre de la cueva sacaba suave su pene, iba soltando la vagina de a poco y, sin decir nada, me abrazaba o se levantaba y, agarrando con los


brazos largos la botella del piso, me ofrecía un trago. Un par de veces lloró conmigo. Recordando ese par de veces y recordando la tripofobia, satisfacción morbosa que incrementaba el placer al imaginar que, como las paredes, su espalda estaba plagada de poros abriéndose por los que yo metía mis manos hasta tocar la materia acuosa de su interior, recuerdo también las visiones que constantemente tenía. Una de las cuales fue yo parada frente a todas esas puertas. Otra, la de cuerpos haciéndose de la tierra. Recuerdo cómo me vestía, cómo iba desvistiéndome, cómo podían ser días de vestirse y desvestirse, momentos en los que yo veía cómo cuerpos iban abriéndose espacio, iban atravesando las paredes y entraban al cuarto piernas y muslos mientras hacíamos el amor y yo me excitaba hasta la locura por esa multiplicación. La materia que formábamos entre los dos eran trozos y volúmenes de cuerpos que ese rato se formaban, eran materia del amor (qué cursilería maldita otra vez). El camino a seguir, que me enseñó esa música, tenía que ver con esa carne, con esa materia desparramada que pujaba por entrar a ese cuarto esas noches, que caía en silencio, y también tenía que ver con el musgo que me brotaba del cuerpo y, obvio, con la imagen de mi esposo, por ahí, como un fantasma: un retraimiento de la voz y de la palabra para que se abra o se desplome o se estrelle todo lo que yo era, todo el odio hacia mí misma, todo el silencio del cielo por caerse, un presagio el día en el que cumplía 38 años.

Foto: Florencia Luna

Gabriela Ponce Padilla (Quito, Ecuador, 1977) Narradora y dramaturga. Docente de artes escénicas en la Universidad San Francisco de Quito. En 2015 publicó su primer libro de cuentos Antropofaguitas, premiado por el Ministerio de Cultura del Ecuador. Su obra Lugar (Editorial Turbina 2017) ganó en la categoría teatro el premio municipal Joaquín Gallegos Lara. Sus cuentos han aparecido en varias antologías nacionales e internacionales. Caída (Hemisferio Cero) se publicó en la Antología ecuatoriana de teatro (Casa de las Américas, Cuba - Casa de la Cultura Ecuatoriana 2016) y también, junto a Lugar, se editó en Uruguay (Salvadora Editorial 2018). Mantiene junto al colectivo Mitómana/Artes Escénicas un proyecto de investigación artística permanente y es parte de Casa Mitómana, invernadero cultural, espacio artístico autogestionado. Integra el consejo editorial de la revista digital Sycorax, dedicada a la reflexión y crítica cultural. gponcep@usfq.edu.ec

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osotros somos como la higuerilla, como esa planta salvaje que brota y se multiplica en los lugares más amargos y escarpados. Véanla cómo crece en el arenal, sobre el canto rodado, en las acequias sin riego, en el desmonte, alrededor de los muladares. Ella no pide favores a nadie, pide tan solo un pedazo de espacio para sobrevivir. No le dan tregua el sol ni la sal de los vientos del mar, la pisan los hombres y los tractores, pero la higuerilla sigue creciendo, propagándose, alimentándose de piedras y de basura. Por eso digo que somos como la higuerilla, noso-

tros, la gente del pueblo. Allí donde el hombre de la costa encuentra una higuerilla, allí hace su casa porque sabe que allí podrá también él vivir. Nosotros la encontramos al fondo del barranco, en los viejos baños de Magdalena. Veníamos huyendo de la ciudad como bandidos porque los escribanos y los policías nos habían echado de quinta en quinta y de corralón en corralón. Vimos la planta allí, creciendo humildemente entre tanta ruina, entre tanto patillo muerto y tanto derrumbe de piedras, y decidimos levantar nuestra morada. La gente decía que esos baños fueron famosos en otra época, cuando los hombres usaban escarpines y las mujeres se metían al agua en camisón. En ese tiempo no existían las playas de Agua Dulce y La Herradura. Dicen también que los últimos concesionarios del establecimiento no pudieron soportar la competencia de las otras playas


aniversario ni la soledad de los derrumbes y que por eso se fueron llevándose todo lo que pudieron: se llevaron las puertas, las ventanas, todas las barandas y las tuberías. El tiempo hizo todo lo demás. Por eso, cuando nosotros llegamos, sólo encontramos ruinas por todas partes, ruinas y, en medio de todo, la higuerilla. Al principio no supimos qué comer y vagamos por la playa buscando conchas y caracoles. Después recogimos esos bichos que se llaman muy-muy, los hervimos y preparamos un caldo lleno de fuerza, que nos emborrachó. Más tarde, no recuerdo cuándo, descubrimos a un kilómetro de allí una caleta de pescadores donde mi hijo Pepe y yo trabajamos durante un buen tiempo, mientras Toribio, el menor, hacía la cocina. De este modo aprendimos el oficio, compramos cordeles, anzuelos y comenzamos a trabajar por nuestra propia cuenta, pescando toyos, róbalos, bonitos, que vendíamos en la paradita de Santa Cruz. Así fue como empezamos, yo y mis dos hijos, los tres solos. Nadie nos ayudó. Nadie nos dio jamás un mendrugo ni se lo pedimos tampoco a nadie. Pero al año ya teníamos nuestra casa en el fondo del barranco y ya no nos importaba que allá arriba la ciudad fuera creciendo y se llenara de palacios y de policías. Nosotros habíamos echado raíces sobre la sal. Nuestra vida fue dura, hay que decirlo. A veces pienso que San Pedro, el santo de la gente del mar, nos ayudó. Otras veces pienso que se rió de nosotros y nos mostró, a todo lo ancho, sus espaldas. Esa mañana que Pepe vino corriendo al terraplén de la casa, con los pelos parados, como su hubiera visto al diablo, me asusté. Él venía de las filtraciones de agua dulce que caen por las paredes del barranco. Cogiéndome del brazo me arrastró hasta el talud al pie del cual esta-

ba nuestra casa y me mostró una enorme grieta que llegaba hasta el nivel de la playa. No supimos cómo se había hecho, ni cuándo, pero lo cierto es que estaba allí. Con un palo exploré su profundidad y luego me senté a cavilar sobre el pedregullo. —¡Somos unos imbéciles! —maldije— ¿Cómo se nos ha ocurrido construir nuestra casa en este lugar? Ahora me explico por qué la gente no ha querido nunca utilizar este terraplén. El barranco se va derrumbando cada cierto tiempo. No será ni hoy ni mañana pero cualquier día de estos se vendrá abajo y nos enterrará como a cucarachas. ¡Tenemos que irnos de aquí! Esa misma mañana recorrimos toda la playa, buscando un nuevo refugio. La playa, digo, pero hay que conocer esta playa: es apenas una pestaña entre el acantilado y el mar. Cuando hay mar brava, las olas trepan por la ribera y se estrellan contra la base del barranco. Luego subimos por la quebrada que lleva a la ciudad y buscamos en vano una explanada. Es una quebrada estrecha como un desfiladero, está llena de basura y los camioneros la van cegando cuando la remueven para llevarse el hormigón. La verdad es que yo empezaba a desesperar. Pero fue mi hijo Pepe quien me dio la idea. —¡Eso es! —dijo— Debemos construir un contrafuerte para contener el derrumbe. Pondremos unos cuartones de madera, luego unos puntales para sostenerlos y así el paredón quedará en pie. El trabajo duró varias semanas. La madera la arrancamos de las antiguas cabinas de baño que estaban ocultas bajo las piedras. Pero cuando tuvimos la madera nos dimos cuenta que nos faltaría fierro para apuntalar esa madera. En la ciudad nos quisieron sacar un ojo de la cara por cada pedazo de riel. Allí estaba el mar, sin embargo. Uno nunca

sabe todo lo que contiene el mar. Así como el mar nos daba la sal, el pescado, las conchas, las piedras pulidas, el yodo que quemaba nuestra piel, también nos dio fierros el mar. Ya nosotros habíamos notado, desde que llegamos a la playa, esos fierros negros que la mar baja mostraba, a cincuenta metros de la orilla. Nos decíamos: «Algún barco encalló aquí hace mucho tiempo». Pero no era así: fueron tres remolcadores que fondearon, los que construyeron los baños, para formar un espigón. Veinte años de oleaje habían volteado, hundido, removido, cambiado de lugar esas embarcaciones. Toda la madera fue podrida y desclavada (aún ahora varan algunas astillas), pero el fierro quedó allí, escondido bajo el agua, como un arrecife. —Sacaremos ese fierro —le dije a Pepe. Muy de mañana nos metíamos desnudos al mar y nadábamos cerca de las barcazas. Era peligroso porque las olas venían de siete en siete y se formaban remolinos y se espumaban al chocar contra los fierros. Pero fuimos tercos y nos desollamos las manos durante semanas tirando a pulso o remolcando con sogas, desde la playa, unas cuantas vigas oxidadas. Después las raspamos, las pintamos; después construimos, con la madera, una pared contra el talud; después apuntalamos la pared con las vigas de fierro. De esta manera el contrafuerte quedó listo y nuestra casa protegida contra los derrumbes. Cuando vimos toda la mole apoyada en nuestra barrera, dijimos: —¡Que San Pedro nos proteja! Ni un terremoto podrá contra nosotros. Mientras tanto, nuestra casa se había ido llenando de animales. Al comienzo fueron los perros, esos perros vagabundos y pobres que la ciudad rechaza cada vez más lejos, como a la gente que no paga alquiler. No sé por qué vinieron hasta aquí: quizás

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porque olfatearon el olor a cocina o simplemente porque los perros, como muchas personas, necesitan de un amo para poder vivir. El primero llegó caminando por la playa, desde la caleta de pescadores. Mi hijo Toribio, que es huraño y de poco hablar, le dio de comer y el perro se convirtió en su lamemanos. Más tarde descendió por la quebrada un perro lobo que se volvió bravo y que nosotros amarrábamos a una estaca cada vez que gente extraña bajaba a la playa. Luego llegaron juntos dos perritos escuálidos, sin raza, sin oficio, que parecían dispuestos a cualquier nobleza por el más miserable pedazo de hueso. También se instalaron tres gatos atigrados que corrían por los barrancos comiendo ratas y culebrillas. A todos estos animales, al principio, los rechazamos a pedradas y palazos. Bastante trabajo nos daba ya mantener sano nuestro pellejo. Pero los animales siempre regresaban, a pesar de todos los peligros, había que ver las gracias que hacían con sus tristes hocicos. Por más duro que uno sea, siempre se ablanda ante la humildad. Fue así como terminamos por aceptarlos. Pero alguien más llegó en esos días: el hombre que llevaba su tienda en un costal. Llegó en un atardecer, sin hacer ruido, como si ningún desfiladero tuviera secretos para él. Al principio creíamos que era sordo o que se trataba de un imbécil porque no habló ni respondió ni hizo otra cosa que vagar por la playa, recogiendo erizos o reventando malaguas. Sólo al cabo de una semana abrió la boca. Nosotros freíamos el pescado en la terraza y había un buen olor a cocina mañanera. El extraño asomó desde la playa y quedó mirando mis zapatos. —Se los compongo —dijo. Sin saber por qué se los entregué y en unos pocos minutos, con un arte que nos dejó con la boca

abierta, cambió sus dos suelas agujereadas. Por toda respuesta, le alcancé la sartén. El hombre cogió una troncha con la mano, luego otra, luego una tercera y así se tragó todo el pescado con tal violencia que una espina se le atravesó en el pescuezo y tuvimos que darle miga de pan y palmadas en el cogote para desatorarlo. Desde esa vez, sin que yo ni mis hijos le dijéramos nada, comenzó a trabajar para nuestra finca. Primero compuso las cerraduras de las puertas, después afiló los anzuelos, después construyó, con unas hojas de palmera, un viaducto que traía hasta mi casa el agua de las filtraciones. Su costal parecía no tener fondo porque de él sacaba las herramientas más raras y las que no tenía las fabricaba con las porquerías del muladar. Todo lo que estuvo malogrado lo compuso y de todo objeto roto inventó un objeto nuevo. Nuestra morada se fue enriqueciendo, se fue llenando de pequeñas y grandes cosas, de cosas que servían o de cosas que eran bonitas, gracias a este hombre que tenía la manía de cambiarlo todo. Y por este trabajo nunca pidió nada: se contentaba con una troncha de pescado y con que lo dejáramos en paz. Cuando llegó el verano, sólo sabíamos una cosa: que se llamaba Samuel. En los días del verano, el desfiladero cobraba cierta animación. La gente pobre que no podía frecuentar las grandes playas de arena, bajaba por allí para tomar baños de mar. Yo la veía cruzar el terraplén, repartirse por la orilla pedregosa y revolcarse cerca de los erizos, entre las plumas de pelícano, como en el mejor de los vergeles. Eran en su mayoría hijos de obreros, muchachos de colegio fiscal en vacaciones o artesanos de los suburbios. Todos se soleaban hasta la puesta del sol. Al retirarse pasaban delante de mi casa y me decían:

—Su playa está un poco sucia. Debía hacerla limpiar. A mí no me gustan los reproches pero en cambio me gustó que me dijeran «su playa». Por eso me empeñé en poner un poco de limpieza. Con Toribio pasé algunas mañanas recogiendo todos los papeles, las cáscaras y los patillos que, enfermos, venían a enterrar el pico entre las piedras. —Muy bien —decían los bañistas—. Así las cosas van mejor. Después de limpiar la playa, levanté un cobertizo para que los bañistas pudieran tener un poco de sombra. Después Samuel construyó una poza de agua filtrada y cuatro gradas de piedra en la parte más empinada del desfiladero. Los bañistas fueron aumentando. Se pasaban la voz. Se decían: «Es una playa limpia en donde nos dan hasta la sombra gratis». A mediados del verano eran más de un centenar. Fue entonces cuando se me ocurrió cobrarles un derecho de paso. En realidad, esto no lo había planeado: se me vino así, de repente, sin que lo pensara. —Es justo —les decía—. Les he hecho una escalera, he puesto un cobertizo, les doy agua de beber y además tienen que atravesar mi casa para llegar a la playa. —Pagaríamos si hubiera un lugar donde desvestirse —respondieron. Allí estaban las antiguas cabinas de baño. Quitamos el hormigón que las cubría y dejamos libres una docena de casetas. —Está todo listo —dije—. Cobro solamente diez centavos por la entrada a la playa. Los bañistas se rieron. —Falta una cosa. Debe quitar esos fierros que hay en el mar. ¿No se da cuenta que aquí no se puede nadar? Uno tiene que contentarse con bañarse en la orilla. Así no vale la pena. —Sea. Los sacaremos —respondí.


Y a pesar de que había terminado el verano y que los bañistas iban disminuyendo, me esforcé, con mi hijo Pepe, en arrancar los fierros del mar. El trabajo ya lo conocíamos desde que sacamos las vigas para el talud. Pero ahora teníamos que sacar todos los fierros, hasta aquellos que habían echado raíces entre las algas. Usando garfios y picotas, los atacamos desde todo sitio, como si fueran tiburones. Llevábamos una vida submarina y extraña para los forasteros que, durante el otoño, bajaban a veces por allí para ver de más cerca la caída del crepúsculo. —¡Qué hacen esos hombres! —se decían—. Pasan horas sumergiéndose para traer a la orilla un poco de chatarra. En la lucha contra los fierros, Pepe parecía haber empeñado su palabra de hombre. Toribio, en cambio, como los forasteros, lo veía trabajar sin ninguna pasión. El mar no le interesaba. Sólo tenía ojos para la gente que venía de la ciudad. Siempre me preocupó la manera como los miraba, como los seguía y como regresaba tarde, con los bolsillos llenos de chapas de botellas, de bombillas quemadas y de otros adefesios en los cuales creía reconocer la pista de una vida superior. Cuando llegó el invierno, Pepe seguía luchando contra los fierros del mar. Eran días de blanca bruma que llegaba de madrugada, trepaba por el barranco y ocupaba la ciudad. De noche, los faroles de la Costanera formaban halos y desde la playa se veía una mancha lechosa que iba desde La Punta hasta el Morro Solar. Samuel respiraba mal en esa época y decía que la humedad lo estaba matando. —En cambio a mí me gusta la neblina —le decía yo—. De noche hay buen temperamento y se goza tirando del cordel. Pero Samuel tosía y una tarde anunció que se trasladaría a la parte alta del barranco, a esa explana-

Veníamos huyendo de la ciudad como bandidos porque los escribanos y los policías nos habían echado de quinta en quinta y de corralón en corralón. Vimos la planta allí, creciendo humildemente entre tanta ruina, entre tanto patillo muerto y tanto derrumbe de piedras, y decidimos levantar nuestra morada. da que los camioneros, a fuerza de llevarse el hormigón, habían cavado en pleno promontorio. A ese lugar comenzó a trasladar las piedras de su nueva habitación. Las escogía en la playa, amorosamente, por su forma y su color, las colocaba en su costal y se iba cuesta arriba, canturreando, parándose cada diez pasos para resollar. Yo y mis hijos contemplábamos, asombrados, ese trabajo. Nos decíamos: Samuel es capaz de limpiar de piedras toda la orilla del mar. La primera migración de aves guaneras pasó graznando por el horizonte: Samuel levantaba ya las paredes de su casa. Pepe, por su parte, había casi terminado su trabajo. Tan sólo a ochenta metros de la orilla quedaba el armazón de una barcaza imposible de remover. —Con esa no te metas —le decía—. Una grúa sería necesario para sacarla. Sin embargo, Pepe, después de la pesca y del negocio, nadaba hasta allí, hacía equilibrio sobre los fierros y buceaba buscando un punto donde golpear. Al anochecer, regresaba cansado y decía: —Cuando no quede un solo fierro vendrán cientos de bañistas. Entonces sí que lloverá plata sobre nosotros.

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Es raro: yo no había notado nada, ni siquiera había tenido malos sueños. Tan tranquilo estaba que, al volver de la ciudad, me quedé en la parte alta del desfiladero, conversando con Samuel, que ponía el techo de su casa. —¡Ya vendrán! —me dijo Samuel, señalando unas piedras que había tiradas por el suelo—. Hoy día he visto gente rondando por aquí. Han dejado esas piedras como señal. Mi casa es la primera pero pronto me imitarán. —Mejor —le respondí—. Así no tendré que ir hasta la ciudad a vender el pescado. Al oscurecer, bajé a mi casa. Toribio daba vueltas por el terraplén y miraba hacia el mar. El sol se había puesto hacía rato y sólo quedaba una línea naranja, allá muy lejos, una línea que pasaba por detrás de la isla San Lorenzo e iba hacia los mares del norte. Quizás esa era la advertencia, la que yo en vano había esperado. —No veo a Pepe —me dijo Toribio—. Hace rato que entró pero no lo veo. Fue nadando con la sierra y la picota. En ese momento sentí miedo. Fue una cosa violenta que me apretó la garganta, pero me dominé. —Quizás esté buceando —dije. —No podría aguantar tanto rato bajo el agua —respondió Toribio. Volví a sentir miedo. En vano miraba hacia el mar, buscando el esqueleto de la barcaza. Tampoco vi la línea naranja. Grandes tumbos venían y se enroscaban y chocaban contra la base del terraplén. Para darme tiempo, dije: —A lo mejor se ha ido nadando hacia la caleta. —No —respondió Toribio—. Lo vi ir hacia la barcaza. Varias veces sacó la cabeza para respirar. Después se puso el sol y ya no vi nada. En ese momento me comencé a desvestir, cada vez más rápido, más

rápido, arrancando los botones de mi camisa, los pasadores de mis zapatos. —¡Anda a buscar a Samuel! —grité, mientras me zambullía en el agua. Cuando comencé a nadar ya todo estaba negro: negro el mar, negro el cielo, negra la tierra. Yo iba a ciegas, estrellándome contra las olas, sin saber lo que quería. Apenas podía respirar. Corrientes de agua fría me golpeaban las piernas y yo creía que eran los toyos buscando la carnaza. Me di cuenta de que no podía seguir porque no podía ver nada y porque en cualquier momento me tropezaría con los fierros. Me di la vuelta, entonces, casi con vergüenza. Mientras regresaba, las luces de la Costanera se encendieron, todo un collar de luces que parecía envolverme y supe en ese momento lo que tenía que hacer. Al llegar a la orilla ya estaba Samuel esperándome. —¡A la caleta! —le grité— ¡Vamos a la caleta! Ambos empezamos a correr por la playa oscura. Sentí que mis pies se cortaban contra las piedras. Samuel se paró para darme sus zapatos pero yo no quería saber nada y lo insulté. Yo sólo miraba hacia delante, buscando las luces de los pescadores. Al fin me caí de cansancio y me quedé tirado en la orilla. No podía levantarme. Comencé a llorar de rabia. Samuel me arrastró hasta el mar y me hundió varias veces en el agua fría. —¡Falta poco, papá Leandro! —decía—. Mira, allí se ven las luces. No sé cómo llegamos. Algunos pescadores se habían hecho ya a la mar. Otros estaban listos para zarpar. —¡De rodillas se lo pido! —grité— ¡Nunca les he pedido un favor, pero esta vez se lo pido! Pepe, el mayor, hace una hora que no sale del mar. ¡Tenemos que ir a buscarlo! Tal vez hay una manera de hablarle a los hombres, una manera

de llegar hasta su corazón. Me di cuenta, esta vez, que todos estaban conmigo. Me rodearon para preguntarme, me dieron pisco de beber. Luego dejaron en la playa sus redes y sus cordeles. Los que acababan de entrar regresaron cuando escucharon los gritos. En once barcas entramos. Íbamos en fila hacia Magdalena, con las antorchas encendidas, alumbrando la mar. Cuando llegamos a la barcaza, la rodeamos formando un círculo. Mientras unos sostenían las antorchas, otros se lanzaron al agua. Estuvimos buceando hasta media noche. La luz no llegaba al fondo del mar. Chocábamos bajo el agua, nos rasguñamos contra los fierros pero no encontramos nada, ni la picota ni su gorra de marinero. Ya no sentía cansancio, quería seguir buscando hasta la madrugada. Pero ellos tenían razón. —La resaca lo debe haber jalado —decían—. Hay que buscarlo mas allá de los bancos. Primero entramos, luego salimos. Samuel tenía una pértiga que hundía en el mar cada vez que creía ver algo. Seguimos dando vueltas en fila. Me sentía mareado y como idiota, tal vez por el pisco que bebí. Cuando miraba hacia los barrancos, veía allá arriba, tras la baranda del malecón, faros de automóviles y cabezas de gente que miraban. Entonces me decía: «¡Malditos los curiosos! Creen que celebramos una fiesta, que encendemos antorchas para divertirnos». Claro, ellos no sabían que yo estaba hecho pedazos y que hubiera sido capaz de tragarme toda el agua del mar para encontrar el cadáver de mi hijo. —¡Antes que lo muerdan los toyos! —me repetía, muy despacito— ¡Antes que lo muerdan! Para qué llorar, si las lágrimas ni matan ni alimentan. Como dije delante de los pescadores: —El mar da, el mar también quita.


Yo no quise verlo. Alguien lo descubrió, flotando vientre arriba, sobre el mar soleado. Ya era el día siguiente y nosotros vagábamos por la orilla. Yo había dormido un rato sobre las piedras hasta que el sol del mediodía me despertó. Después fuimos caminando hacia La Perla y cuando regresábamos, una voz gritó: «¡Allá está!». Algo se veía, algo que las olas empujaban hacia la orilla. —Ese es —dijo Toribio—. Allí está su pantalón. Entraron varios hombres al mar. Yo los vi que iban cortando las olas bravas y los vi casi sin pena. En verdad estaba agotado y no podía siquiera conmoverme. Lo fueron jalando entre varios, lo traían así, hinchado, hacia mí. Después me dijeron que estaba azul y que lo habían mordido los toyos. Pero yo no lo vi. Cuando estaba cerca, me fui sin voltear la cabeza. Sólo dije, antes de partir: —Que lo entierren en la playa, al pie de las campanillas (él siempre quiso estas flores del barranco que son, como el geranio, como el mastuerzo, las flores pobres, las que nadie quiere ni para su entierro).

Pero no me hicieron caso. Se le enterró al día siguiente, en el cementerio de Surquillo. Perder un hijo que trabaja es como perder una pierna o como perder un ala para un pájaro. Yo quedé como lisiado durante varios días. Pero la vida me reclamaba, porque había muchísimo que hacer. Era época de mala pesca y el mar se había vuelto avaro. Sólo los que tenían barca salían al mar y regresaban ojerosos de mañana, cuatro bonitos en su red, apenas de qué hacer un caldo. Yo había roto a pedradas la estatua de San Pedro pero Samuel la compuso y la colocó a la entrada de mi casa. Debajo de la estatua puso una alcancía. Así, la gente que usaba mi quebrada, veía la estatua y, como eran pescadores, dejaban allí cinco centavos, diez centavos. De eso vivimos hasta que llegó el verano. Digo verano porque a las cosas hay que ponerles un nombre. En esta tierra todos los meses son iguales: quizás en una época hay más neblina y en otra calienta más el sol. Pero, en el fondo, todo es lo mismo. Dicen que vivimos en una

eterna primavera. Para mí, las estaciones no están en el sol ni en la lluvia sino en las aves que pasan o en los peces que se van o que vuelven. Hay épocas en las cuales es más difícil vivir, eso es todo. Este verano fue difícil porque fue triste, sin calor y los bañistas apenas venían. Yo había puesto un letrero a la entrada que decía: «Caballeros 20 centavos. Damas 10 centavos». Pagaron, es verdad, pero eran muy pocos. Se zambullían un momento, tiritaban y después se iban cuesta arriba, maldiciendo, como si yo tuviera la culpa de que el sol no calentara. —¡Ya no hay fierros! —les gritaba. —Sí —me respondían—. Pero el agua está fría. Sin embargo, en este verano pasó algo importante: en la parte alta del barranco comenzaron a levantar casas. Samuel no se había equivocado. Los que dejaron piedras y muchos más vinieron. Llegaban solos o en grupos, miraban la explanada, bajaban por el desfiladero, husmeaban por mi casa, respiraban el aire del mar, volvían a subir, siempre mirando arriba y

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Sus casas eran de cartón, de latas chancadas, de piedras, de cañas, de costales, de esteras, de todo aquello que podía encerrar un espacio y separarlo del mundo.

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abajo, señalando, cavilando, hasta que, de pronto, se ponían desesperadamente a construir una casa con lo que tenían al alcance de la mano. Sus casas eran de cartón, de latas chancadas, de piedras, de cañas, de costales, de esteras, de todo aquello que podía encerrar un espacio y separarlo del mundo. Yo no sé de qué vivía esa gente, porque de pesca no entendía nada. Los hombres se iban temprano a la ciudad o se quedaban tirados en las puertas de sus cabañas, viendo volar los gallinazos. Las mujeres, en cambio, bajaban a la orilla, en la tarde, para lavar la ropa. —Usted ha tenido suerte —me decían—. Usted sí que ha sabido escoger un lugar para su casa. —Hace tres años que vivo aquí —les respondía—. He perdido un hijo en el mar. Tengo otro que no trabaja. Necesito una mujer que me caliente por las noches. Todas eran casadas o amancebadas. Al comienzo no me hacían caso. Después se reían conmigo. Yo puse un puesto de bebidas y de butifarras, para ayudarme. Y así pasó un año más. Agosto es el mes de los vientos y los palomillas corren por los potreros volando las cometas. Algunos

se trepan a las huacas para que sus cometas vuelen más alto. Yo siempre he mirado este juego con un poco de pena porque en cualquier momento el hilo puede romperse y la cometa, la linda cometa de colores y de larga cola, se enreda en los alambres de la luz o se pierde en las azoteas. Toribio era así: yo lo tenía sujeto apenas por un hilo y sentía que se alejaba de mí, que se perdía. Cada vez hablábamos menos. Yo me decía: «No es mi culpa que viva en un barranco. Aquí por lo menos hay un techo, una cocina. Hay gente que ni siquiera tiene un árbol donde recostarse». Pero él no comprendía eso: sólo tenía los ojos para la ciudad. Jamás quiso pescar. Varias veces me dijo: «No quiero morir ahogado». Por eso prefería irse con Samuel a la ciudad. Lo acompañaba por los balnearios, ayudándolo a poner vidrios, a componer caños. Con los reales que ganaba se iba al cine o se compraba revistas de aventuras. Samuel le enseñó a leer. Yo no quería verlo vagar y le dije: —Si tanto te gusta la ciudad, aprende un oficio y vete a trabajar. Ya tienes dieciocho años. No quiero mantener zánganos. Esto era mentira: yo lo hubiera mantenido toda mi vida, no sólo porque era mi hijo sino porque tenía miedo de quedarme solo. Por la tarde no tenía con quién conversar y mis ojos, cuando había luna, iban hacia los tumbos y buscaban la barcaza, como si una voz me llamara desde adentro. Una vez Toribio me dijo: —Si me hubieras mandado al colegio ahora sabría qué hacer y podría ganarme la vida. Esa vez le pegué porque sus palabras me hirieron. Estuvo varios días ausente. Después vino, sin decirme nada, y pasó algún tiempo comiendo mi pan y durmiendo bajo el cobertizo. Desde entonces, siempre se iba a la ciudad pero también siempre volvía. Yo no

quise preguntarle nada. Algo debía pasar, cuando regresaba. Samuel me lo hizo notar: venía por Delia, la hija del sastre. A la Delia varias veces la había invitado a sentarse en el terraplén, para tomar una limonada. Yo la había distinguido entre las mujeres que bajaban porque era redonda, zumbona y alegre como una abeja. Pero ella no me miraba a mí, miraba a Toribio. Es verdad que yo podía pasar por su padre, que estaba reseco como metido en salmuera y que me había arrugado todo de tanto parpadear en la resolana. Se veían a escondidas en los tantos recovecos del lugar, detrás de las enredaderas, en las grutas de agua filtrada, porque lo que tenía que suceder sucedió. Un día Toribio se fue, como de costumbre, pero la Delia se fue con él. El sastre bajó rabioso, me amenazó con la policía, pero terminó por echarse a llorar. Era un pobre viejo, sin vista ya, que hacía remiendos para la gente de la barriada. —A mi hijo lo he crecido sano —le dije, para consolarlo—. Ahora no sabe nada pero la vida le enseñará a trabajar. Además, se casarán, si se entienden, como lo manda Dios. El sastre quedó tranquilo. Me di cuenta que la Delia era un peso para él y que toda su gritería había sido puro detalle. Desde ese día me mandaba con las lavanderas una latita para que le diera un poco de sopa. Verdad que es triste quedarse sólo, así, mirando a sus animales. Dicen que hablaba con ellos y con mi casa y que hasta con el mar hablaba. Pero quizás sea mentira de la gente o envidia. Lo único cierto es que cuando venía de la ciudad y bajaba hacia la playa, gritaba fuerte, porque me gustaba escuchar mi voz por el desfiladero. Yo mismo me hacía todo: pescaba, cocinaba, lavaba mi ropa, vendía el pescado, barría el terraplén. Tal vez fue por eso que la soledad


me fue enseñando muchas cosas como, por ejemplo, a conocer mis manos, cada una de sus arrugas, de sus cicatrices, o a mirar las formas del crepúsculo. Esos crepúsculos del verano, sobre todo, eran para mí una fiesta. A fuerza de mirarlos pude adivinar su suerte. Pude saber qué color seguiría a otro o en qué punto del cielo terminaría por ennegrecerse una nube. A pesar de mi mucho trabajo, me sobraba el tiempo, el tiempo de la conversación. Fue entonces cuando me dije que era necesario construir una barca. Por eso hice bajar a Samuel, para que me ayudara. Juntos íbamos hasta la caleta y mirábamos los barcos de los otros. Él hacía dibujos. Después me dijo qué madera necesitábamos. Hablamos mucho en aquella época. Él me preguntaba por Toribio y me decía: «Buen chico, pero ha hecho mal en meterse con una mujer. Las mujeres, ¿para qué sirven? Ellas nos hacen maldecir y nos meten el odio en los ojos». La barca iba avanzando: construimos la quilla. Era gustoso estarse en la orilla, fumando, contando historias y haciendo lo que me haría señor del mar. Cuando las mujeres bajaban a lavar la ropa —¡cada vez eran más!— me decían: —Don Leandro, buen trabajo hace usted. Nosotras necesitamos que se haga a la mar y nos traiga algo barato de qué comer. Samuel decía: —¡Ya la explanada está llena! No entra una persona más y siguen llegando. Pronto harán sus casas en el mismo desfiladero y llegarán hasta donde revientan las olas. Esto era verdad: como torrente descendía la barriada. Si la barca quedó a medio hacer fue porque en ese verano pasaron algunas cosas extrañas. Fue un buen verano, es cierto, lleno de gente que bajó, se puso roja, se despellejó con el sol y luego se puso negra. Todos pagaron su

entrada y yo vi por primera vez que la plata llovía, como dijera mi hijo Pepe, el finado. Yo la guardaba en dos canastas, bajo mi cama, y cerraba la puerta con doble candado. Digo que en ese verano pasaron algunas cosas extrañas. Una mañana, cuando Samuel y yo trabajábamos en la barca, vimos tres hombres, con sombrero, que bajaban por el barranco con los brazos abiertos, haciendo equilibrio para no caerse. Estaban afeitados y usaban zapatos tan brillantes que el polvo resbalaba y les huía. Eran gentes de la ciudad. Cuando Samuel los vio, noté que su mirada se acobardaba. Bajando la cabeza, quedó observando fijamente un pedazo de madera, no sé para qué, porque allí no había nada que mirar. Los hombres cruzaron por mi casa y bajaron a la playa. Dos de ellos estaban cogidos del brazo y el otro les hablaba señalando los barrancos. Así estuvieron paseándose varios minutos, de un extremo a otro, como si estuvieran en el pasillo de una oficina. Al fin uno de ellos se acercó a mí y me hizo varias preguntas. Luego se fueron por donde habían venido, en fila, ayudándose unos a otros a salvar los parajes difíciles. —Esa gente no me gusta — dije—. Tal vez vienen a cobrarme algún impuesto. —A mí tampoco —dijo Samuel—. Usan tongo. Mala señal. Desde ese día Samuel quedó muy intranquilo. Cada vez que alguien bajaba por el desfiladero, miraba hacia arriba y si era algún extraño sus manos temblaban y comenzaba a sudar. —Me va a dar la terciana —decía, secándose el sudor. Falso: era de miedo que temblaba. Y con razón, porque algún tiempo después se lo llevaron. Yo no lo vi. Dicen que fueron tres policías y un patrullero que aguardaba arriba, en la Pera del Amor. Me contaron que bajó co-

rriendo hacia mi casa y que a mitad del desfiladero, él, que nunca daba un paso en falso, resbaló sobre el canto rodado. Los cachacos le cayeron encima y se lo llevaron, torciéndole el brazo y dándole de varillazos. Esto fue un gran escándalo porque nadie sabía qué había pasado. Unos decían que Samuel era un ladrón. Otros, que hacía muchos años había puesto una bomba en casa de un personaje. Como nosotros no comprábamos periódicos no supimos nada hasta varios días después, cuando, de casualidad, cayó uno en nuestras manos: Samuel, hacía cinco años, había matado a una mujer con un formón de carpintero. Ocho huecos le hizo a esa mujer que lo engañó. No sé si sería verdad o si sería mentira, pero lo cierto es que si no se hubiera resbalado, si hubiera llegado corriendo hasta mi casa, a mordiscos hubiera abierto una cueva en el acantilado para esconderlo o lo habría escondido bajo las piedras. Samuel era bueno conmigo. No me importa qué hizo con los demás. El perro alemán, que siempre había vivido a su lado, bajó a mi casa y anduvo aullando por la playa. Yo acariciaba su lomo espeso y comprendía su pena y le añadía la mía. Porque todo se iba de mí, todo, hasta la barca, que vendí, porque no sabía cómo terminarla. Viejo loco era yo, viejo loco y cansado, pero para qué, me gustaba mi casa y mi pedazo de mar. Miraba la barrera, miraba el cobertizo de estera, miraba todo lo que habían hecho mis manos o las manos de mi gente y me decía: «Esto es mío. Aquí he sufrido. Aquí debo morir». Sólo me faltaba Toribio. Pensaba que algún día habría de venir, no importa cuándo, porque los hijos siempre terminan por venir, aunque sea para ver si ya estamos lo bastante viejos y si nos falta poco para morirnos. Toribio vino justamente cuan-

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do yo había empezado a construir un cuarto grande para él, un lindo cuarto con ventana hacia el mar. Estaba huesudo y pálido, con esa cara madura que tienen los muchachos que comen mal y no saben qué hacer de su vida. —Dame quinientos soles —me dijo—. He perdido un hijo y no quiero que me pase lo mismo con el que ha de venir. Luego se fue. Yo no quise retenerlo pero seguí construyendo su cuarto. Lo fui pintando con mis propias manos. Cuando me cansaba, subía a la barriada y conversaba con la gente. Trataba de hacer amigos pero todos me recelaban. Es difícil hacer amigos cuando se es viejo y se vive solo. La gente dice: «Algo malo tendrá ese hombre cuando está solo». Los pobres chicos, que no saben nada del mundo, me seguían a veces para tirarme piedras. Es verdad: un hombre solo es como un cadáver, como un fantasma que camina entre los vivos. Esos señores del sombrero y de los zapatos de charol vinieron varias veces más y se pasearon por la playa. Yo no los quería porque los hacía responsables de la suerte de Samuel. Un día les dije: —El que me ayudaba a hacer la barca era un buen cristiano. Hicieron mal ustedes en delatarlo. Razones tendría para matar a su mujer. Ellos se echaron a reír. —Se confunde usted. Nosotros no somos policías. Nosotros somos de la municipalidad. Debían serlo porque poco después llegó la notificación. De la barriada bajó una comisión para mostrármela. Estaban muy alborotados. Ahora sí me trataban bien y me llamaban «Papá Leandro». Claro, yo era el más viejo del lugar y el más ducho y sabían que los sacaría del apuro. En el papel decía que todos los habitantes del desfiladero debían salir de allí en el plazo de tres meses.

—¡Arréglenselas ustedes! —dije— Lo que es a mí, nadie me saca de aquí. Yo tengo siete años en el lugar. Tanto me rogaron que terminé por hacerles caso. —Buscaremos un abogado —dije—. Esta tierra no es de nadie. No pueden sacarnos. Cuando el abogado vino, nos reunimos en mi casa. Era un señor bajito, que usaba lentes, sombrero y un maletín gastado, lleno de papeles. —La municipalidad quiere construir un nuevo establecimiento de baños —dijo—. Necesitan, por eso, que despejen todo el barranco, para hacer una nueva bajada. Pero esta tierra es del Estado. Nadie los

sacará de aquí. En seguida nos hizo dar cincuenta soles a cada jefe de familia y se fue con unos papeles que firmamos. Todos me felicitaban. Me decían: —¡No sabemos qué nos haríamos sin usted! En verdad, el abogado nos dio coraje y nosotros estábamos felices. —Nadie —decíamos—. Nadie nos sacará de aquí. Esta tierra es del Estado. Así pasaron varias semanas. Los hombres de la municipalidad no regresaron. Yo había acabado el cuarto de Toribio y le había puesto vidrios en la ventana. El abogado siempre venía para arengarnos y


hacernos firmar papeles. Yo me pavoneaba entre la gente de la barriada, y les decía: —¿Ven? ¡No hay que despreciar nunca a los viejos! Si no fuera por mí ya estarían ustedes clavando sus esteras en el desierto. Sin embargo, en la primera mañana del invierno, un grupo bajó corriendo por la quebrada y entró gritando en mi casa. —¡Ya están allí! ¡Ya están allí! —decían, señalando hacia arriba. —¿Quiénes? —pregunté. —¡La cuadrilla! ¡Han comenzado a abrirse camino! Yo subí en el acto y llegué cuando los obreros habían echado abajo la primera vivienda. Traían muchas máquinas. Se veían policías junto a un hombre alto y junto a otro más bajo, que escribía en un grueso cuaderno. A este último lo reconocí: hasta nuestras cabañas también llegaban los escribanos. —Son órdenes —decían los obreros, mientras destruían las paredes con sus herramientas—. Nosotros no podemos hacer nada. Es verdad, se les veía trabajar con pena, entre una nube de polvo. —¿Órdenes de quién? —pregunté. —Del juez —respondieron, señalando al hombre alto. Yo me acerqué a él. Los policías quisieron contenerme pero el juez les indicó que me dejaran pasar. —Aquí hay una equivocación — dije—. Nosotros vivimos en tierras del Estado. Nuestro abogado dice que de aquí nadie puede sacamos. —Justamente —dijo el juez—. Los sacamos porque viven en tierras del Estado. La gente comenzó a gritar. Los policías formaron un cordón alrededor del juez mientras el escribano, como si nada pasara, miraba con calma el cielo, el paisaje, y seguía escribiendo en su cuaderno. —Ustedes deben tener parientes —decía el juez—. Los que se

quedan hoy sin casa, métanse donde sus parientes. Esto después se arreglará. Lo siento mucho, créanme. Yo haré algo por ustedes. —¡Por lo menos, déjenos llamar a nuestro abogado! —dije yo— Que no hagan nada los obreros hasta que no llegue nuestro abogado. —Pueden llamarlo —contestó el juez—. Pero los trabajos deben continuar. —¿Quién viene conmigo a la ciudad? —pregunté. Varios quisieron venir pero yo elegí a los que tenían camisa. Fuimos en un taxi hasta el centro de la ciudad y subimos las escaleras en comisión. El abogado estaba allí. Primero no nos reconoció pero después se puso a gritar. —¡Los juicios se ganan o se pierden! Yo no tengo ya nada que ver. Esto no es una tienda donde se devuelve la plata si el producto está malo. Esta es la oficina de un abogado. Discutimos largo rato pero al final tuvimos que regresar. En el camino no hablábamos, no sabíamos qué decir. Cuando llegamos al barranco, ya el juez se había ido pero seguían allí los policías. La gente de la barriada nos recibió furiosa. Algunos decían que yo tenía la culpa de todo, que tenía mis entendimientos con el abogado. Yo no les hice caso. Había visto que la casa de Samuel, la primera que hubo en el lugar, había caído abajo y que sus piedras estaban tiradas por el suelo. Reconocí una piedra blanca, una que estuvo mucho tiempo en la orilla, cerca de mi casa. Cuando la recogí, noté que estaba rajada. Era extraño: esa piedra que durante años el mar había pulido, había redondeado, estaba ahora rajada. Sus pedazos se separaron de mis manos y me fui bajando hacia mi casa, mirando un pedazo y luego el otro, mientras la gente me insultaba y yo sentía unas ganas terribles de llorar.

—¡Allá ellos! —me dije en los días siguientes— ¡Que los aplasten, que los revienten! Lo que es a mi casa no llegarán fácilmente las máquinas. ¡Hay mucho barranco que rebanar! Era verdad: la cuadrilla trabajaba sin prisa. Cuando no había vigilancia, dejaban sus herramientas y se ponían a fumar, a conversar. —Es una pena —decían—. Pero son órdenes. A pesar de los insultos, a mí también me daba pena. Fue por eso que no subí, para no ver la destrucción. Para ir a la ciudad usaba el desfiladero de La Pampilla. Allí me encontraba con los pescadores y les decía: —Están echando la barriada contra el mar. Ellos se contentaban con responder: —Es un abuso. Nosotros lo sabíamos, claro, pero ¿qué podíamos hacer? Estábamos divididos, peleados, no teníamos un plan, cada cual quería hacer lo suyo. Unos querían irse, otros protestar. Algunos, los más miserables, los que no tenían trabajo, se enrolaron en la cuadrilla y destruyeron sus propias viviendas. Pero la mayoría fue bajando por el barranco. Levantaban su casa a veinte metros de los tractores para, al día siguiente, recoger lo que quedaba de ella y volverla a levantar diez metros más allá. De esta manera la barriada se venía sobre mí, caía todos los días un trecho más abajo, de modo que me parecía que tendría pronto que llevarla sobre mis hombros. A las cuatro semanas que empezaron los trabajos, la barriada estaba a las puertas de mi casa, deshecha, derrotada, llena de mujeres y de hombres polvorientos que me decían, por encima del barandal: —¡Don Leandro, tenemos que pasar al terraplén! Nos quedaremos allí hasta que encontremos otra cosa.

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Nosotros lo sabíamos, claro, pero ¿qué podíamos hacer? Estábamos divididos, peleados, no teníamos un plan, cada cual quería hacer lo suyo. Unos querían irse, otros protestar. Algunos, los más miserables, los que no tenían trabajo, se enrolaron en la cuadrilla y destruyeron sus propias viviendas.

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—¡No hay sitio —les respondía—. Ese cuarto grande que ven allí es para mi hijo Toribio, que vendrá con la Delia. Además, ustedes nunca me han dado la mano. ¡Reviéntense ahora! ¡Al desierto, a pudrirse! Pero esto era injusto. Yo sabía muy bien que las cabinas de baños para mujeres, que eran de madera, y las cabinas de estera para los hombres, podrían albergar a los que huían. Esta idea me daba vueltas por la cabeza. Como era invierno, las casetas estaban abandonadas. Pero yo no quería decir nada, quizás para que conocieran a fondo el sufrimiento. Al fin no pude más. —Que pasen las mujeres que están encinta (casi todas lo estaban, pues en las barriadas secas, entre tanta cosa marchita, lo único que siempre florece y está siempre a punto de madurar son los vientres de nuestras mujeres). ¡Que se metan en los nichos de madera y que aguanten allí! Las mujeres pasaron. Pero al día siguiente tuve que dejar pasar a los niños y después a los hombres porque la cuadrilla seguía avanzando, con paciencia, es verdad, pero con un ruido terrible de máquinas y de farallones que caían. Mi casa se llenó de voces y de disputas. Los que no tenían

sitio se fueron a la playa. Todo parecía un campamento de gente sin esperanza, de personas que van a ser fusiladas. Allí estuvimos una semana, no sé para qué, puesto que sabíamos que habrían de llegar. Una mañana la cuadrilla apareció detrás de la baranda, con toda su maquinaria. Cuando nos vieron, se quedaron inmóviles, sin saber qué hacer. Nadie se decidía a dar el primer golpe de barreta. —¿Quieren echarnos al mar? —dije— De aquí no pasarán. Todos saben muy bien que esta es mi casa, que esta es mi playa, que este es mi mar, que yo y mis hijos lo hemos limpiado todo. Aquí vivo desde hace siete años y los que están conmigo, todos, son como mis invitados. El capataz quiso convencerme. Después vino el ingeniero. Nosotros nos mantuvimos firmes. Éramos más de cincuenta y estábamos armados con todas las piedras del mar. —No pasarán —decíamos, mirándonos con orgullo. Durante todo el día las máquinas estuvieron paradas. A veces bajaba el capataz, a veces subíamos nosotros para parlamentar. Al fin, el ingeniero dijo que llamaría al juez. Nosotros pensamos que ocurriría un milagro.

El juez vino al día siguiente, acompañado de los policías y otros señores. Apoyado en la baranda, nos habló. —Yo voy a arreglar esto —dijo—. Créanme, lo siento mucho. No pueden echarlos al mar, es evidente. Vamos a conseguirles un lugar donde vivir. —Miente —dije más tarde a los míos—. Nos engañarán. Terminarán por tirarnos a una zanja. Esa noche deliberamos hasta tarde. Algunos comenzaban a flaquear. —Tal vez nos consigan un buen terreno —decían los que tenían miedo—. Además los policías están con sus varas, con sus fusiles y nos pueden abalear. —¡No hay que ceder! —insistía yo— Si nos mantenemos unidos, no nos sacarán de aquí. El juez regresó. —¡Los que quieran irse a la Pampa de Comas que levanten la mano! —dijo— He conseguido que les cedan veinte lotes de terreno. Vendrán dos camiones para recogerlos. Es un favor que les hace la municipalidad. En ese momento me sentí perdido. Supe que todos me iban a traicionar. Quise protestar pero no me salía la voz. En medio del silencio vi que se levantaba una mano, luego otra, luego otra y pronto todo no fue más que un pelotón de manos en alto que parecían pedir limosna. —¡Adonde van no hay agua! —grité— ¡No hay trabajo! ¡Tendrán que comer arena! ¡Tendrán que dejarse matar por el sol! Pero nadie me hizo caso. Ya habían comenzado a enrollar sus colchones, rápidamente, afanosos, como si temieran perder esa última oportunidad. Toda la tarde estuvieron desfilando cuesta arriba, por la quebrada. Cuando el último hombre desapareció, me paré en medio del terraplén y me volví hacia la


cuadrilla, que descansaba detrás de la baranda. La miré largo rato, sin saber qué decirle, porque me daba cuenta que me tenían lástima. —Pueden comenzar —dije al fin, pero nadie me hizo caso. Cogiendo una barreta, añadí: —Miren, les voy a dar el ejemplo. Algunos se rieron. Otros se levantaron. —Ya es tarde —dijeron—. Ha terminado la jornada. Vendremos mañana. Y se fueron, ellos también, dejándome humillado, señor aún de mis pobres pertenencias. Esa fue la última noche que pasé en mi casa. Me fui de madrugada para no ver lo que pasaba. Me fui cargando todo lo que pude, hacia Miraflores, seguido por mis perros, siempre por la playa, porque yo no quería separarme del mar. Andaba a la deriva, mirando un rato las olas, otro rato el barranco, cansado de la vida, en verdad, cansado de todo, mientras iba amaneciendo. Cuando llegué al gran colector que trae las aguas negras de la ciudad, sentí que me llamaban. Al voltear la cabeza divisé a una persona que venía corriendo por la orilla. Era Toribio. —¡Sé que los han botado! —dijo— He leído los periódicos. Quise venir ayer pero no pude. La Delia espera en el terraplén con nuestros bultos. —Anda, vete —respondí—. No te necesito. No me sirves para nada. Toribio me cogió del brazo. Yo miré su mano y vi que era una mano gastada, que era ya una verdadera mano de hombre. —Tal vez no sirva para nada pero tú me enseñarás. Yo continuaba mirando su mano. —No tengo nada que enseñarte —dije—. Te espero. Ve por la Delia. Había bastante luz cuando los tres caminábamos por la playa. Buen aire se respiraba pero andá-

bamos despacio porque la Delia estaba encinta. Yo buscaba, buscaba siempre, por uno y otro lado, el único lugar. Todo me parecía tan seco, tan abandonado. No crecía ni la campanilla ni el mastuerzo. De pronto, Toribio, que se había adelantado, dio un grito: —¡Mira! ¡Una higuerilla! Yo me acerqué corriendo; contra el acantilado, entre las conchas blancas, crecía una higuerilla. Estuve mirando largo rato sus hojas ásperas, su tallo

tosco, sus pepas preñadas de púas que hieren la mano de quien intenta acariciarlas. Mis ojos estaban llenos de nubes. —¡Aquí! —le dije a Toribio— ¡Alcánzame la barreta! Y escarbando entre las piedras, hundimos el primer cuartón de nuestra nueva vivienda. Huamanga 1959 (Tomado de: http://www.verboser.pe/la-palabradel-mudo-3-cuentos-de-julio-ramon-ribeyro/ )

Julio Ramón Ribeyro (Lima, 1929-1994) Fue un destacado narrador peruano, considerado uno de los mejores cuentistas de la literatura hispanoamericana del siglo XX. Julio Ramón Ribeyro está dentro de la denominada Generación del 50, un grupo de escritores que buscó una renovación en la narrativa peruana, y que tuvo como tema preferente la descripción de los cambios producidos en la sociedad limeña, que comenzaba a sufrir por esos años un acelerado proceso de modernización. Debido a su prolifididad en el género narrativo, produjo una cantidad considerable de cuentos publicados en libros como Los gallinazos sin plumas (1955), Cuentos de circunstancias (1958), Las botellas y los hombres (1964), Tres historias sublevantes (1964), entre otros. Julio Ramón Ribeyro no solo cultivó el cuento como motor de su trabajo literario, también incursionó en la producción de novelas entre las que se encuentran Crónica de San Gabriel (1960), Los genieciellos dominicales (1965) y Cambio de guardia (1967). También destacan sus diarios Prosas apátridas (1975) y La tentación del fracaso (1992). La palabra del mudo reúne en su totalidad su obra cuentística. El 1 de agosto de 1994, se le otorga el Premio Internacional de Literatura Juan Rulfo, que fue recogido por su esposa e hijos, debido al estado delicado de salud del escritor. Meses después, Julio Ramón Ribeyro moría a causa del cáncer que lo aquejaba. En su tumba recita el epitafio «La única manera de continuar en vida es manteniendo templada la cuerda de nuestro espíritu, tenso el arco apuntando hacia el futuro».

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o lo escribas, no escribas cosas que la gente mañana no va a recordar, debes hacer textos que sobrevivan al tiempo. ¿No te das cuenta que por primera vez me emociona lo que está pasando afuera?, me motiva este reguero de voces febriles y hermosas, tengo ganas de escribir sobre la turbación compartida, no sé como explicártelo, mi muro de facebook está repleto de esperanza, de ironía, de juventud herida. No seas tonto, la primavera pasa y la juventud también, estas efervescencias no duran mucho, la radicalidad se acomoda, el cinismo se duerme con la edad, con las deudas que exige contraer la vida acomodada y burguesa a la que todos aspiramos, incluso cuando decimos que nos conformamos

con algo de sexo y un lugar donde dormir. La indignación, el revuelo, la inquietud rebelde caducan. Míranos a los dos, a veces no entiendo por qué sigo leyendo filosofía, por qué seguí esta carrera para pobres, debería estar leyendo textos de PNL o Marketing directo y no esforzarme por entender el mundo a través de palabras que me sobrepasan. No, no, tú fíjate lo que está aconteciendo, decimos desde hace años que los jóvenes son todos idiotas que escuchan música basura sin sentido, ni ápice de buen gusto, nos quejamos de que nuestros padres nos legaron sus derrotas y que crecimos incrédulosante las grandes gestas, mirando con soberbia a los que lanzaban una puya al destino, a los que repartían tontos versos sobre la lucha armada

y la conquista de los ideales comunitarios, nos reíamos de ellos, los llamábamos estúpidos e ingenuos, pero ahora es distinto, mira cuantos son, están rabiosos, ellas y ellos gritando con ardor, una masa que avanza por la calle, son tan hermosos como espectros, con sus celulares aúllan y contagian a sus hermanos mientras ríen con el espanto de la fe. Cuando los veo, cuando leo en sus rostros las razones de su exaltación me quedo atónito, los envidio, no sabes con qué ferocidad los envidio, me gustaría tener veintidós años nuevamente y no sentir esta amargura generacional, la edad adulta que me aprieta la garganta y me pisa la entrepierna, los envidio porque ellos no saben que están entregando sus vidas por tres pesos, los envidio porque están


cuento

felices y tienen el humor que a nosotros nos robaron. A veces siento que debo hacer algo con todo esto, es un ejemplo exagerado, pero me imagino a Delacroix mirando por su ventana a los hijos de las comadronas, a las pescaderas, a los mozos de caballeriza arrastrando a sus bellos reyes, armando sus barricadas. Yo también quiero retratar a La libertad guiando al pueblo, desnudar el pecho dulce de esta nueva clase media. Mi amor, este idealismo sin experiencia es una epopeya conocida, acuérdate, también nos reíamos así, creíamos en la posibilidad de que entre cópula y cópula íbamos a procrear un futuro digno, y no lo logramos, fracasamos. Ni siquiera podemos tener hijos propios, no

puedo ser madre porque estamos estancados gracias a la decisión de vivir del lenguaje difícil que nos obliga a hacer malabares con el dinero, y no digo que sea una mala vida, pero hay que ser realistas, hace mucho tiempo que a prendimos l a lec c ión, e l mundo e s tá torcido y no hay vueltas que darle, e l i nterés económico metió sus garras en la literatura, en el teatro, en la cultura, todos estos adolescentes y jóvenes que están en las calles van a ser aplastados por la voracidad corporativa, ahora pueden lucir sus gestos fanfarrones y altivos, pero mañana, mañana es el problema. No puedo creer que no te contagies con el ambiente, que no te dé ganas de ser parte del alboroto. Salgamos mi vida, rodemos con ellos c alle abajo, firmemos sus manifiestos, votemos tal y como nos a consejan; yo quiero lucir s u s c amisetas, e scuchar s u música, vivir en s u s comunidades, ser considerado uno más en ese gueto. No me quiero quedar en casa, no puedo contar una vez más los centavos que tenemos y que debemos hacer durar hasta que se acabe el mes. Sabes, lo único que me gusta de este asunto es que existe un villano y que tiene ese aire clásico del matón bien perfumado que aparece en las películas en blanco y negro, es casi romántico que sea un ignorante soberbio y de buena presencia. Me gusta que la gente se indigne por su mueca de desprecio y supremacía. Es pueril pero se siente bien renegar del discurso de los políticos imbéciles, no haber perdido la c apacidad de ver con estupefacción su ruindad sin maquillaje, sé que no hay vuelta de tuerca en esta historia, pero por lo menos tengo ese pequeño gusto, detestar al matachín que aspira a ser presidente. Haz tu cuento, un libro, proclama todo lo que quieras, marchemos juntos a la hoguera si quieres, pero

primero acuéstate conmigo, tengamos sexo por un rato, acaríciame los pechos, bésame en los labios, olvídate que tienes más de treinta años y que no has publicado nada, que tu inteligencia es solo un rumor sin confirmar; pero abrázame, por favor, abrázame y luego escribe todo lo que te dé la gana. Hazlo, pinta tu libertad guiando al pueblo, pero abrázame. Claro que te a brazo y l amo t u cuer po de pe a pa, y luego e scribo, cómo no hacerlo s i a f uera el mundo se ac aba y la gente c anta y baila, es imposible mi amor no estar feliz en medio de esta salvaje nube de cenizas.

Alexis Zaldumbide (Quito, 1982) Escritor y comunicador, Premio Aurelio Espinosa Pólit 2018 con el libro de cuentos Habitaciones con música de fondo; forma parte de la Antología de la Novísima Narrativa Hispanoamericana 2008, compuesta por 17 escritores menores de 27 años de Hispanoamérica, publicada por Mondadori y Unión Latina; autor de los libros de literatura infantil: La puerta azul (Colombia 2013 Hillman Literatura y Libros) y Las asombrosas hazañas de Pedro Mayo (Colombia 2013 Hillman Literatura y Libros). Varios textos suyos aparecen en revistas de Ecuador. 33


José Hidalgo Pallares

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ola, mis príncipes. ¿Cómo están? ¿Se están portando bien con mamita? Estoy seguro que sí, porque ustedes ya son niños grandes que entienden que es importante ayudar en la casa cuando papá está de viaje. Les extraño muchísimo, no se imaginan cuánto, pero todavía no sé muy bien cuándo regrese, ojalá sea la próxima semana, pero tal vez me tenga que quedar unos pocos días más. Lo que sí les prometo es que les voy a llevar algún regalo. ¿Qué les gustaría? ¿Un juguete o unas raquetas para que empiecen

a jugar tenis en el club? Tal vez si empiezan a practicar desde ahora puedan llegar a jugar como Federer o como ese argentino altísimo que a mamá le cae mal por llorón y que ahorita no me acuerdo cómo se llama. ¿Se imaginan? Podrían viajar muchas veces en avión y también saldrían en la tele. Eso estaría buenísimo, ¿no? Pero antes de que me olvide, ahora que mencioné el club, les quiero felicitar porque mamita me contó que se han portado muy valientes en las clases de natación y que ya saben flotar solitos. ¡Qué bien, mis amores! Estoy muy orgulloso de ustedes. ¿Vieron que no había que tener miedo? Lo siguiente es aprender a nadar bien y después a bucear. Pero acuérdense que lo importante es no respirar cuando tienen la cabeza sumergida para que no les entre agua por la nariz. Me gustaría mucho poder acompañarles a las clases o, mejor aún,


relato meternos juntos a la piscina, pero todavía no sé muy bien cuándo voy a regresar, en principio debería ser la próxima semana pero tal vez me tenga que quedar un poco más. ¿Cómo les está yendo en el colegio de niños grandes? Mamita también me contó que los primeros días estuvieron un poco tristes porque están en clases separadas. ¡No se pongan tristes! Ustedes siempre se van a tener el uno al otro, pero para que hagan nuevos amigos es importante que también aprendan a jugar con otros niños. ¿Ya se saben todos los nombres de sus nuevos compañeros? ¿Las profesoras son cariñosas con ustedes? ¿Ya les enseñaron a decir algo en alemán? Yo también estuve en el Colegio Alemán cuando era chiquito, ¿sabían? Cuando regrese quiero que me cuenten todo lo que han aprendido. Seguro que ya saben contar al menos hasta diez en alemán y también ya saben decir hola y chao. Me encantaría hablar con ustedes por teléfono uno de estos días, pero va a ser un poco difícil porque cuando yo puedo ustedes están dormidos. Es que no en todos los países es la misma hora, sí sabían eso, ¿no? Por ejemplo, en Argentina, donde viven los primos, es dos horas más tarde que en Ecuador. O sea que si en Ecuador son las seis de la mañana, en Argentina ya son las ocho. Por eso cuando alguno de los primos está de cumpleaños no le podemos llamar cuando ustedes se despiertan, porque a esa hora ellos ya están en el colegio. Algo parecido pasa ahora conmigo. En todo caso, si no podemos hablar en estos días, igual me van a contar todo cuando nos veamos. Ojalá sea la próxima semana, pero no es seguro. Les extraño muchísimo. Lo que más me gusta en el mundo es pasar tiempo con ustedes. ¿Han seguido jugando fútbol en el jardín del edificio? Espero que estén practicando para que cuando yo regrese poda-

mos jugar los tres y me hagan unos golazos. Además, si practican mucho, en el colegio todo el mundo va a querer tenerles en su equipo y eso les va a ayudar a hacer nuevos amigos. Ya sé que a ustedes les gusta jugar sólo entre los dos, pero es importante que también aprendan a jugar con otros niños. Y cuéntenme otra cosa, ¿han seguido practicando en las bicis grandes? Yo creo que ya es hora de sacarles las rueditas, ¿no? O mejor esperen a que yo regrese para poder acompañarles, si no, va a ser muy pesado para mamita. ¿Se acuerdan de la primera vez que intentamos montar sin rueditas en el parque y el Andi se chocó contra el triciclo del señor de los helados? ¡Qué chistoso que estuvo!, ¿no? Pídanle a mamita que les enseñe ese video y los demás que tiene en su teléfono para que, hasta que yo regrese, no se olviden de cómo nos divertimos juntos. Y ya que estamos hablando de cosas chistosas, les voy a contar una que me pasó en el trabajo cuando ustedes todavía iban a la guardería de niños chiquitos y que ahora que ya son niños grandes de kínder estoy seguro de que les va a hacer reír mucho. La cosa fue así. Ese día había tenido una presentación un poco lejos de la oficina y en el camino de regreso empecé a tener muchas ganas de hacer pipí (sí, ya sé que a ustedes siempre les decimos que hay que hacer pipí antes de salir a cualquier parte, pero ese día me olvidé). Cuando llegué a la oficina ya no me aguantaba más, así que me bajé rapidísimo del taxi y fui corriendo al ascensor. Ustedes saben que la oficina de papá es en el piso 5, pero ese día, tal vez porque ya me hacía pipí, me confundí y aplasté el botón del 4 (como el de nuestra casa). Seguramente cuando me bajé del ascensor me di cuenta de que algo estaba raro, pero como todas las oficinas del edificio son tan parecidas entre sí y como ya no

Entrar al baño de una oficina que no era la mía ya era un papelón, pero la cosa fue peor porque ese baño había sido el de mujeres y con lo apurado que yo estaba me había olvidado de poner seguro y, mientras yo hacía pipí, abrió la puerta una señora que pegó un grito como el que le hicimos dar a mamita cuando los tres nos escondimos debajo de la cama.

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me aguantaba más, entré corriendo al baño y comencé a hacer pipí. Entrar al baño de una oficina que no era la mía ya era un papelón, pero la cosa fue peor porque ese baño había sido el de mujeres y con lo apurado que yo estaba me había olvidado de poner seguro y, mientras yo hacía pipí, abrió la puerta una señora que pegó un grito como el que le hicimos dar a mamita cuando los tres nos escondimos debajo de la cama. ¿O fue debajo de la mesa del comedor? Ustedes se deben acordar. La cosa es que con el grito que pegó esa señora otras personas que trabajaban en esa oficina se acercaron a ver qué estaba pasando. Cuando salí había unas diez personas esperando a ver quién era el tipo que había entrado al baño de mujeres y les tuve que explicar que yo trabajaba en el piso de arriba y que me había confundido. ¡Qué les pare-

ce! Seguro se están matando de la risa. Mamita también se rió mucho cuando le conté esa historia. Y un poco después me pasó otra cosa chistosa. Me había ido a Guayaquil por otra presentación y había dejado el auto en el parqueadero del aeropuerto. Pero cuando regresé a Quito me olvidé de que había ido al aeropuerto en auto y me fui a la casa en taxi. Llegué a la casa tarde, cuando ustedes ya estaban dormidos, me puse la pijama y me acosté a ver tele con mamita. A la mañana siguiente, ella necesitaba el auto para llevarle a la abuela Lupe al doctor, sacó las llaves del bolsillo de mi saco y bajó al garaje. ¡Pero el auto no estaba! Subió corriendo a la casa, gritando que nos habían robado el auto. Creo que ustedes ya se habían ido a la guardería y por eso no se deben acordar. ¡Y yo seguía sin darme cuenta de que ha-

bía dejado el auto en el aeropuerto! Bajamos a decirle al pobre guardia, que no entendía nada, que cómo era posible que alguien hubiera entrado al edificio y se llevara nuestro auto, y hasta llamamos a la policía y a los de la aseguradora (pídanle a mamita que les explique qué es una aseguradora). Y recién cuando los policías nos empezaron a preguntar cuándo fue la última vez que habíamos usado el auto, me acordé de que lo había dejado en el aeropuerto. ¡Qué vergüenza! Por suerte los policías se rieron, pero mamita se puso brava conmigo y también me tuve que disculpar con el pobre guardia, que había pasado un mal rato por mi culpa. ¡Qué tal papito!, ¿no? El problema, mis amores, es que después de eso me siguieron pasando otras cosas parecidas, pero a mí ya me dejaron de resultar chistosas y a mamita también. Como una vez


El lugar donde estoy es muy lindo y tranquilo, tiene unos jardines enormes para salir a caminar y una laguna con patos. Los doctores de acá me están haciendo unos exámenes y todavía no deciden cuántos días más me debo quedar, por eso yo tampoco sé cuándo regrese a la casa. que fui a una entrevista en la tele y me quedé en blanco, o sea, me olvidé de las cosas que tenía que decir y que había preparado el día anterior y los del canal tuvieron que poner propagandas. O la vez, y de esto sí se han de acordar, que ustedes me acompañaron a la planta baja a recoger el periódico, pero yo bajé en calzoncillos y la vecina del tercer piso, esa señora de pelo blanco, se puso bravísima conmigo y armó un escándalo. Y también se deben acordar que una vez le grité a la chica que nos estaba atendiendo en una pizzería y por mi culpa nos tuvimos que ir y ustedes se pusieron a llorar. Cuando estas cosas ya empezaron a causarme problemas también en el trabajo, finalmente le hice caso a mamita y decidí ir al doctor. Él me recomendó que me desconectara un tiempo de todo, porque cree que estoy demasiado cansado y preocupado y que tomarme unos días de descanso me va a hacer bien. El lugar donde estoy es muy lindo y tranquilo, tiene unos jardines enormes para salir a caminar y una laguna con patos. Los doctores de acá me están haciendo unos exámenes y todavía no deciden cuántos días más me debo quedar, por eso yo tampoco sé cuándo regrese a la

casa. Ojalá sea la próxima semana, porque les extraño muchísimo, pero no es seguro. Hasta eso pórtense bien. Ustedes ya son niños grandes y saben que tienen que ayudarle a mamita cuando yo estoy de viaje. La verdad es que en los últimos meses sí he estado bastante cansado y preocupado por algunos temas del trabajo. Espero que todo sea por eso. Pero también puede ser que cada vez me empiece a olvidar de más cosas, como el abuelo Paco, que siempre que le vamos a visitar les pregunta a ustedes y a mamita quiénes son y cómo se llaman. Si es así, por favor no se enojen conmigo tanto como se enojan con él y pídanle a mamita que les vuelva a leer esta carta cuando sean más grandes. Y sobre todo pídanle que les enseñe los videos que tiene en su celular para que ustedes se acuerden de cómo nos divertíamos juntos. Sea como sea, todavía nos vamos a divertir un tiempo más, porque cuando regrese lo primero que pienso hacer es jugar con ustedes, que es lo que más me gusta en el mundo. Les amo con toda la vida. Papá

José Hidalgo Pallares (Quito, 1980) Ha publicado los libros de cuentos La vida oscura (2003, mención de honor del Premio Joaquín Gallegos Lara) e Historias cercanas (2005, Premio Joaquín Gallegos Lara); y las novelas Sábados de fútbol (2007) y La búsqueda (2013, finalista del Premio Encina de Plata, de España). Cuentos suyos han aparecido en antologías publicadas en Ecuador, Argentina, Chile, Cuba y Reino Unido. Entre 2010 y 2014 vivió en Argentina y se desempeñó como periodista de La Nación. Actualmente es director general de la Corporación de Estudios para el Desarrollo (Cordes) y columnista del portal 4pelagatos, donde escribe sobre economía y política. Su libro El manual de la derrota recibió el Premio Joaquín Gallegos Lara de cuento 2019, otorgado por el Municipio de Quito.

[Este cuento forma parte del libro El manual de la

derrota (Festina Lente, 2019). Esta obra ganó el Premio Joaquín Gallegos Lara de Cuento 2019].

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Giovanna Rivero

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entado sobre un tronco muerto, Marcelino hace círculos en la arena con su dedo índice, sería difícil marcar la tierra con el pulgar y, de hecho, índice y pulgar son los únicos que le quedan. El trapiche se llevó los otros dedos, esa jornada fue perdida, no pudieron hacer la jalea con el jugo de caña porque la sangre lo había teñido. Pero hasta ahora, o mejor, hasta la noche anterior, no puede quejarse, el índice le ha sido de gran ayuda, amigo fiel, prolongación de su hombría, con él hurga en los placeres de Carmen hasta hacerla gemir y llorar. Sí, también llorar.

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Los dos niños lo miran en silencio, Marco con una mirada agrandada, como si las siderales distancias entre el niño y el hombre se resumieran, en él, en un sentimiento que la infancia no sabe descifrar, pero que le dilata las pupilas. La niña, en cambio, a quien por hacerle gambetas a la muerte continúan llamándola así: «niña», abre la boca, hace pompas con su saliva y no pregunta. Los dos niños, sus hijos, miran los círculos que Marcelino va dibujando en la arena, y que se encaraman en galaxias desordenadas, como los sentimientos, como

la rabia y el amor, y esas ganas de hacer gemir a Carmen. De pronto, el índice huérfano, descolgado de la axila del pulgar, se detiene. No hay indecisión en la mano monstruosa. Marcelino voltea y mira a los niños. Podría decirse que Marco adivina los pensamientos del padre y que, en cierto modo, en el único modo en que los machos de su especie confluyen hacia la corriente de la existencia, está de acuerdo. La niña sólo abre la boca y hace magia con su saliva, tiene los ojos idénticos a los de Carmen, acuosos, de una negrura húmeda y triste. —Aquí me esperan —–dice Marcelino, incorporándose para ingresar a la choza. Los niños se quedan quietos. Sólo los árboles y el sembradío se mueven sin oponer resistencia al viento de sur.


cuento Pero él también sabe dónde herir. Sopla el revólver para espantar el polvo, sabe que hay tres balas, porque él ocupó otras dos en matar un chancho para Año Nuevo. Justo lo necesario.

Adentro, Marcelino levanta el colchón y la encuentra. La heredó de su padre que disparó una sola vez en la guerra del Chaco y luego, a la manera de los indios que Radio Illimani narraba para darle valor a los soldados, le cortó el cuero cabelludo a aquel pila moribundo. Marcelino no sabe cuánto de leyenda hay en esa historia, y no importa. Ya no importa. Otras certezas se posan en su cerebro, moscas verdes de ojos fosforescentes, con la mierda de la traición en sus frágiles patas. Anoche, cuando el patrón decidió reemplazarlo en la zafra «porque tus dos dedos no sirven pa´agarrar montones», volvió temprano. Los chicos jugaban tuja de esconderse, ya entonces había empezado a soplar sur, y quizás por eso, porque el viento arrastraba los ruidos y los pasos hacia otra parte, Carmen no pudo escucharlo. Si ella lo hubiese escuchado, ¿acaso las cosas serían como son? El minuto que se necesita para cubrir las vergüenzas, taparse los senos con la sábana de lienzo donde todavía se lee en letras azules ‘Ingenio Guabirá’, habría jugado a favor. Pero la vida no juega a favor, ni los minutos que rebotan como dados amaestra-

dos, jamás un seis, un as. Y menos en ese preciso instante en que él entra, y ella echa el cuello hacia atrás, cabalgando en caballo de otro potrero. Marcelino toma el arma, un revólver viejo, de gatillo largo. Sale al patio. Los chicos siguen quietos, sin animarse a espiarlo. Él sabe que lo que Carmen más ama en el mundo son sus hijos, y que ese amor la ha llevado a decir sandeces, que él no los ha engendrado, que son hijos del patrón y que cuando pueda probarlo lo dejará. Heridas, heridas que se engangrenan y corroen lo poco de carne sana que le queda, por ejemplo, en el pulgar y el índice. Pero él también sabe dónde herir. Sopla el revólver para espantar el polvo, sabe que hay tres balas, porque él ocupó otras dos en matar un chancho para Año Nuevo. Justo lo necesario. Mira a los niños. Marco parece estar de acuerdo, o por lo menos resignado, igual la niña, que con su mirada vacuna sólo aparenta obediencia. —Ustedes saben por qué lo hago —dice Marcelino, con la voz atragantada. Hace presión con el pulgar, para que el índice aguante el trabajo sobre el gatillo. Y dispara.

Giovanna Rivero (Santa Cruz, Bolivia - 1972) Comunicadora, periodista, novelista, ensayista y docente doctorada en literatura latinoamericana. Premio Nacional de Literatura Dante Alighieri 2018 otorgado por su obra Para comerte mejor (El Cuervo, 2016), una compilación de 12 cuentos. Premio Municipal de Literatura en Santa Cruz 1996, por su colección de cuentos Las bestias (1997). Entre otras muchas distinciones recibió, en el 2005, el Premio Franz Tamayo por La dueña de nuestros sueños (FundArte, 2002) en la categoría cuentos cortos. Durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en 2011, Rivero fue escogida como uno de ‘Los 25 secretos literarios mejor guardados de América Latina’. En sus publicaciones destacan Sangre dulce (2006), Tukzon, historias colaterales (2008), Niñas y detectives (2009) y Para comerte mejor (2015); en la categoría de novelas: Las camaleonas (2001), y 98 segundos sin sombra (2014). Sus cuentos han sido incluidos en numerosas antologías y traducidos en diversos idiomas. Mantiene su sitio web en: https://giovannarivero.com

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Santiago Rosero

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n aquel cuarto estrecho y descuidado había una mesa larga para asentar las telas, y detrás de la mesa había un hombre viejo con un cárdigan de lana opaca. La luz entraba tímida por un boquete y dejaba ver el polvo suspendido en la penumbra. Sonaba el chirrido metálico del pedal de una máquina de coser o el del accionar de unas tijeras enormes que al niño le causaban horror y encanto. Junto a la puerta de entrada había un maniquí que siempre tenía un traje a medio hacer, y junto al maniquí siempre alguien con el enojo entero. Cuando en su infancia Patricio Sarmiento iba de Quito a Cuenca a visitar a su abuelo sastre, solía encontrarse con la misma escena: un cliente que reclamaba por un defecto de ensamblaje en uno de esos trajes clásicos y austeros. Superada la discusión, el abuelo le ponía al nieto a descoser las piezas malogradas. Para Patricio Sarmiento, diseñador de modas que vive en París, la costura se convertiría en un deporte de combate.

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Patricio Sarmiento es el tercero de los cinco hijos de la familia cuencana Sarmiento Segarra, pero

nació el 14 de mayo de 1972 en San Gabriel, provincia del Carchi. Jaime Sarmiento, su padre, fue un hombre de formación autodidacta que era el contador de la Constructora Inca, empresa que participó en la construcción de la carretera Panamericana del Ecuador. Esa obra fue construyéndose, durante los años setenta, desde Tulcán hacia Quito, por lo que el señor Sarmiento se trasladó con su primera hija y su esposa, Mariana de Jesús Segarra, hacia el norte del país y, desde ahí, sus otros hijos fueron naciendo en el camino conforme avanzaba la autopista hacia la capital. Cuando la carretera llegó a Quito, la familia se instaló en una casa inacabada cerca de Carapungo. Vivió allí durante diez años y luego regresó a Cuenca y se asentó en otra casa aún en obras en la Ciudadela Universitaria, un barrio acomodado del noroeste. A Patricio Sarmiento, la crisis de la adolescencia se le presentó como un conflicto de clase. —Nosotros no teníamos dinero, pero mi padre tenía sus delirios de grandeza. Cuando yo era niño, él me hacía dibujar los planos de las casas de sus sueños, siempre de dos pisos, con cuartos para cada hijo, piscina, y nos hacía ilusionar diciéndonos que íbamos a vivir ahí,

pero nunca terminaba de construir una casa. No teníamos agua caliente, ni parquet en el piso para que no se levantara el polvo, ni interruptores para encender la luz: para eso teníamos que juntar dos cables. Yo pretendía ser como los niños ricos de mi barrio, pero no me sentía bien, tenía vergüenza de quien era. A mis amigos nunca les pude invitar a mi casa porque todo era una fachada: mi hermano dormía en el corredor; yo, en una guachimanía que estaba afuera. Patricio Sarmiento superó el malestar de la época haciendo de la diferencia un recurso de afirmación. Su madre, costurera de profesión y ferviente católica, confeccionaba ropa para todos sus hijos y adaptaba para los varones, empezando por Patricio, el mayor, los pantalones y las camisas que su marido ya no utilizaba, de modo que el joven que lidiaba con la incomodidad de las apariencias adoptó la moda de otra época para verse moderno. Su abuelo sastre le había mostrado el camino, pero fue con su madre que se inició en el oficio y pronto demostró sus habilidades. Lo primero que cosió, cuando tenía doce años, fue una carpa y dos chimbuzos de lona para irse con su hermano a un paseo con los boy scouts. —Él siempre se quedaba a mi lado cuando yo cosía —dice Mariana de Jesús Segarra, por teléfono desde Quito—, pero yo no me imaginaba que la costura le interesaba tanto, hasta que vi la carpa que hizo y me quedé sorprendida. Y bueno, luego ya empezó a hacerse sus propias camisas. El influjo de la moda internacional llegó a través de las revistas Vogue que la abuela de Patricio Sarmiento traía desde Nueva York, donde trabajaba confeccionando carteras de mano, y también por medio de la revista alemana Burda, que en su edición en español reci-


crónica bían todos los meses en casa. Burda, aunque de moda femenina y clásica, contenía los patrones de corte de cada modelo incluido en sus páginas. A los 15 años, basándose en esos modelos pero con telas de colores encendidos para ponerle su marca, Patricio Sarmiento empezó a confeccionarse su propia ropa. Eran mediados de los ochenta, del modesto taller que su madre tenía en la casa salieron varios pantalones con pinzas y bastas ajustadas (‘a lo MC Hammer’), chaquetas de mangas holgadas (‘tipo ranglán’, un modelo que se extiende en una sola pieza desde el cuello y cubre el hombro por completo), chaquetas con hombreras redondas o cuadradas (‘a lo Montana’, por el diseñador francés Claude Montana). Sarmiento, el chico de la ropa rara, puso el sabor en el barrio. Pronto, los amigos ricos le pidieron que les acomodara el look. Sarmiento marcaba citas, les tomaba las medidas y empezaba la confección, y solamente si había complicaciones, Patricio llamaba a mamá. —Deben haber sido pocas veces porque ni siquiera me acuerdo de eso —dice ella—. De lo que sí me acuerdo es de sus camisas. En ese barrio conservador donde Patricio Sarmiento escapaba a la norma, nadie usó para la burla su afición por la costura. Nadie excepto su padre, que despectivamente le llamaba «costurero».

* En 1990, al terminar el colegio en Cuenca, el joven costurero volvió a Quito para intentar estudiar moda. Al no encontrar dónde, el destino lo llevó a cambiar de pasión. —Un día fui por casualidad a la sede de Humanizarte —dice—, y así empezó todo. Era una nota loquísima, gente que tenía en el centro de su vida el baile y que llevaba una vida muy libre, llena de sexo,

drogas, fiestas. Al comienzo, eso me creó muchos conflictos porque yo venía de una familia muy conservadora y todo eso era prohibido para mí, pero a la vez me atraía. Sarmiento se formó en danza contemporánea y danzas folclóricas en los grupos Humanizarte y Muyacán. Llegó a ser bailarín principal, se presentó en todos los teatros del país y pensó que, para seguir avanzando, debía hacer estudios en el extranjero. Su travesía empezó en 1993. Una bailarina alemana que estuvo de paso por Quito se enamoró de él y se lo llevó a Constanza, un pueblo de cuento de hadas en el sur de Alemania.

Allí, el idilio duró un mes. La bailarina lo dejó. Sarmiento se quedó en la calle. Durmió de polizón en un ferry, robó en el supermercado para comer y, cuando la policía le expulsó de Constanza, se embarcó en varios trenes sin tener un rumbo fijo, hasta que una tarde llegó a un pueblo, aún más al sur, donde escuchó una tonada de zampoñas. Se juntó al grupo de otavaleños que se presentaba en una plaza y durante tres meses tocó el bombo y vendió tejidos alrededor de Europa. Cuando reunió 500 dólares, compró un tícket de ida a Nueva York, por donde había pasado en su camino a Alemania, invitado por unos baila-

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rines que había conocido en Quito, para que les ayudara a montar una coreografía con pasos de su repertorio folclórico. Sarmiento compartió una casa grande en Brooklyn con varios de esos bailarines, que en el verano de 1994 fueron a tomar clases magistrales en el renombrado American Dance Festival, en la Universidad de Duke. Él, al no poder pagarse el mismo programa, envió una aplicación para pedir trabajo, resaltando en su currículum que era hábil para la costura. Le hicieron una prueba, le aceptaron y, para que hubiera facilidad en la comunicación, ya que para entonces apenas atinaba con el inglés, le encargaron el vestuario para la pieza de la coreógrafa argentina Mabel Dai Chee Chang, que participaba en el festival. Las cosas salieron tan bien que The New York Times le dedicó unas palabras

en una reseña sobre la obra: «(…) Los trajes exquisitamente sombríos fueron de Patricio Sarmiento». El bailarín, que durante un tiempo dejó de pensarse como modisto, agarró confianza. La siguiente aplicación que envió fue para estudiar diseño de modas en la Parsons School of Design de Nueva York, una de las más prestigiosas del mundo. La carpeta la llenó con la ayuda de Michele Greet, una de las bailarinas de la casa de Brooklyn: su esposa. Sarmiento se casó con Greet para obtener la residencia en Estados Unidos y luego ese matrimonio por conveniencia se volvió serio, aunque duró poco. Fue aceptado en la Parsons School y le dieron una beca, y el tercero de los cuatro años del programa lo hizo en la extensión de esa escuela en París, la meca donde él, como cualquier

aspirante a modisto, deseaba verse algún día. Además de los estudios, el año en París le dejó de positivo una pasantía en la casa Louis Vuitton, pero de adverso el fin del matrimonio con Greet. Sarmiento regresó a Nueva York y se graduó de la Parsons, pero no recibió el diploma porque en ese momento participaba en un concurso en Italia, adonde había ido tras ganar un certamen nacional en Estados Unidos con piezas de una vistosa sencillez geométrica. —A mi colección la traté con la técnica del origami —recuerda—. Armé vestidos y pantalones con pedazos rectangulares de telas con al menos cuarenta por ciento de sintético, para que aguantara el doblés. En Italia volvió a ganar. El premio fue una maestría en el Instituto


Francés de la Moda (IFM), el exquisito centro de estudios por donde se debe pasar si se aspira a un puesto en las grandes casas, la crème de la crème. Sarmiento se instaló en París en el año 2000. El muchacho de las camisas encendidas lo había logrado.

* El afamado modisto francés Jean Paul Gaultier lo citó un día y le propuso que se ocupara de su línea de jeans, pero le ofrecía un contrato de prueba de seis meses y eso no bastaba para que a Sarmiento le otorgaran la residencia en Francia. Quien le ofreció un cargo fijo fue el diseñador ítalo-francés Maurizio Galante, miembro, como los más rutilantes de la galaxia, de la Haut Couture, la exclusivísima cofradía que tiene su apelación protegida por decreto —como la champaña o el coñac— y a la cual la moda francesa le debe su imaginario imperial. Sarmiento se convirtió en el asistente de Galante para la línea de Alta Moda, y en el director artístico de la línea comercial, el prêt-à-porter. En la misma época, Sarmiento empezaba su segundo matrimonio: Anais Mechali, francesa, estudiante de psicología. La cotidianidad se volvió frenética. De la fastuosa Place Vêndome, en el primer distrito de la ciudad, donde quedaba su oficina, varias veces lo fue a recoger una limosina que lo llevó a tomar un jet privado para que fuera a tomar medidas a mujeres millonarias en Moscú, Dakar o Beirut. Luego, los desfiles en Singapur, en Italia, en Serbia. Aquel en Moscú, en 2002, financiado por la mafia, que derrochaba vodka, caviar de beluga y billetes de cien dólares en sesiones de lap dance. O aquel otro, aún más delirante, en Cuba, 2003, donde las industrias del tabaco y el ron convirtieron al Hotel Nacio-

nal en una Disneylandia del jet set y donde Sarmiento compartió una degustación de cigarros con Fidel Castro. Pero volver a tierra en Chateau Rouge, el barrio más africano de París, donde vive desde hace quince años, era a veces como volver a la Ciudadela Universitaria de Cuenca, a las casas en obras, y aceptar que, en el fondo, la parafernalia de la moda le resultaba ajena. —En un punto me pregunté con quién comparto lo que hago, para quién estoy trabajando. ¿Para las señoras millonarias que se van a poner una sola vez el vestido y luego lo van a guardar para siempre en un placard? Lo que me causaba problemas era lo efímero de ese trabajo. Sarmiento fue el asistente de Galante entre 2001 y 2007. Hacia el final de ese período, se lanzó con su propia marca, nada relacionado con la materialidad de la alta moda sino con un impulso de carácter benefactor. —Fue una idea medio cojuda que se me metió: cambiar el mundo con mensajes subliminales. Basándome en la estrategia de incentivar el consumo con mensajes escondidos en la publicidad, yo pensé, más bien, en transmitir mensajes de amor, de paz, mensajes para que la gente se sintiera mejor. El resultado fue la marca Devine Intervention, que tenía como logotipo el dibujo de un sapo angelical sentado en posición de yoga. Sarmiento creó una línea de camisetas, bolsos, billeteras, vajilla y telas estampadas. La identidad estaba en la gráfica: criaturas anfibias con rasgos joviales escabullidas en entramados de flora tropical y, más disimuladas aún, palabras como peace, cool, relax, tasty, sexy. —Eso de los anfibios nació porque tuve un sueño: veía los querubines de Rafael en la Capilla Sixtina, pero todos tenían cara de rana.

Los productos de Divine Intervention se vendieron en varios almacenes de tendencia en París y se comenzaron a exportar a Japón, pero no aseguraban la estabilidad económica cada mes, por lo que Sarmiento buscó trabajo en el segmento del prêt-à-porter de las grandes marcas. Ahí, la suerte fue distinta. Consiguió entrevistas de diverso calibre: John Galliano, Morgan, Leonard. En juego estaban sueldos mensuales que alcanzaban los once mil euros. Todos le dieron esperanzas, pero nadie le volvió a llamar. —Fue muy difícil, porque yo venía de la alta moda y no conocía ese otro mercado. Además, ahí debía enfrentarme al dilema contrario, el de tener que trabajar para la producción en masa. Como diseñador, tu trabajo tampoco dura nada porque al año tienes que producir al menos diez colecciones. Y peor aún es más abajo, los diseñadores que trabajan en Zara, por ejemplo, tienen que producir algo nuevo cada dos semanas, y luego de dos años están acabados. Después de las entrevistas me ilusionaba, pero como no me resultaban, me cansé y decidí dedicarme de lleno a mi marca. El cliente japonés que había internacionalizado Divine Intervention, ejemplo siempre de honradez y cumplimiento, le pidió un día todos los productos del catálogo y al doble de la cantidad acostumbrada. Luego, desapareció sin pagar la factura. Sarmiento se fue a la quiebra. Al mismo tiempo, se separaba de su segunda esposa. —Ahí sí, dejé la huevada.

* Esta noche de mayo de 2012, Patricio Sarmiento es inagotable: salta de un lado a otro para dar los últimos retoques, templa la vista para confirmar la simetría.

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En los camerinos del Circo de Invierno, en el distrito once de París, hay peluqueros que esponjan veinte melenas y maquillistas que guían el pincel con el pulso electrizado. En pocos minutos, los alumnos de cuarto año de la sede francesa de la Parsons School presentarán sus proyectos de graduación. El hombre más solicitado en ese ajetreo lleva un jean ancho y una camiseta cualquiera, nada acorde con el porte glamoroso de la velada. A partir de 2008, tras

retirarse del mercado de la moda, Sarmiento se dedicó a la docencia. Es el director de los proyectos de graduación y el coordinador del área de moda de la escuela. —Siempre noté que era un profesor que estaba muy cerca de sus alumnos, por eso ellos le adoran —dice Anastasya Antoniuk, modelo ucraniana que desde hace siete años trabaja con Sarmiento en los desfiles que organiza para la institución.

El de esta noche durará menos de una hora. Tras la presentación de las colecciones —inspiradas en el glamour de los años setenta, en las calles de Taiwán, en los atuendos militares de deporte—, el maestro de ceremonias, en un momento que equivale al de la aparición en escena de los diseñadores vedette, pedirá un fuerte aplauso para el artífice de la noche. Patricio Sarmiento saldrá con su camiseta llana y su pantalón bombacho, y aceptará la ovación con una venia modesta. —Ese momento es muy importante para mí —dice—. Me satisface porque es el resultado de un largo proceso de trabajo creativo junto a los estudiantes. Nunca aspiré a convertirme en el diseñador de una gran casa para poder vivir momentos como ese. Inconscientemente, quizás reprimí esa posibilidad, aunque creo que si no pasó es porque realmente no lo busqué. Su capacidad para deshacerse de las cosas puede ser tanto una muestra de inconformidad como una forma de resignación. Sarmiento se aburre pronto. Cuando algo deja de interesarle, cambia de página con soltura. Un claro ejemplo doméstico se da cuando mira una película. Si el suspenso le impacienta, la adelanta para conocer el final. —Creo que Patricio tiene mucho talento y muy buenas ideas, pero no utiliza todo su potencial —dice la modelo Anastasya Antoniuk—. Él no se anima a hacer sus proyectos porque luego de un tiempo cree que no sirven para nada. Además, le falta alguien que se ocupe de la parte comercial, porque él no sabe cómo ganar dinero con su creatividad, y eso es una pena.

* En la actual etapa de su carrera, Sarmiento ha logrado conciliar su expandida curiosidad y sus du-


das existenciales. Ha dado el salto al diseño industrial para resolver la incomodidad que le causaba el carácter efímero de la moda. Desde 2011 mantiene un proyecto con el Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo de Artesanías de Taiwán. Creó un programa de residencias para intercambiar conocimientos, técnicas y materiales entre artesanos taiwaneses y diseñadores y artesanos franceses. En un contexto que toma en cuenta la ecología, la sustentabilidad y el comercio justo, el encuentro de esos dos mundos ha logrado maridajes de gran factura entre el bambú, el cuero, la cerámica y el metal. Una colección de taburetes, mesas, lámparas, joyas, estuches para aparatos de tecnología y carteras de mano —estas últimas su apuesta personal—, se ha presentado en tres galerías de París. —Lo que en verdad me interesa es el intercambio con la gente y el desarrollo que pueda darse en las comunidades que participan. El propósito del proyecto es la investigación y la innovación, no el comercio, aunque estaría bien si encuentro alguien que invierta en mis carteras de mano.

* Una noche cualquiera puede ser así: en un bar atestado en el centro de París, un negro guapo, alto y fornido es un entero vendaval. Baila en el medio de un círculo de veinteañeros con movimientos atrevidos, aunque poco refinados. Las chicas aúllan. Atraído por el ardor, aparece en la pista Patricio Sarmiento con su talante de pachuco chic: tirantes, chaqueta semiformal, pantalón con pinzas y de bastas ajustadas. El negro, envalentonado por las ovaciones, descontrola su baile y cae con sus tacos en los botines de Sarmiento. Hay provocación sin alevosía. Sarmiento, velocista del cortejo

De la fastuosa Place Vêndome, en el primer distrito de la ciudad, donde quedaba su oficina, varias veces lo fue a recoger una limosina que lo llevó a tomar un jet privado para que fuera a tomar medidas a mujeres millonarias en Moscú, Dakar o Beirut.

y reputado bailarín, se contiene, pero tras un tercer pisotón deja a un lado el recelo y se planta en duelo con el negro. Suena un tropi-pop o alguna variedad latina. Sarmiento hace el meneo de cabeza que va y viene hacia los lados, dibuja con los brazos figuras espectrales, desata una golosa quebradera hacia abajo para ponerle al combate su salsa y su dembow. Bastan un par de canciones para que su asombrado contendor se le acerque y, estrechándole la mano con las dos suyas, le diga: «tú eres mi maestro». Lo siguiente que se verá será a Patricio Sarmiento, cuerpo atlético de un metro con setenta y cuatro centímetros, tez morena y rasgos andinos, trenzado con una rubia que se le derrite entre los brazos. Al comentar aquella escena con más candidez que soberbia, Sarmiento dirá: «¡Qué rico destrampe!». Patricio Sarmiento se fue de Ecuador hace mucho tiempo, cuando para describir la forma en que se consumaba un beso, los jóvenes quiteños pusieron de moda el insólito verbo destrampar. El modisto ecuatoriano que vive en París nunca se enteró de que esa moda ya pasó.

Santiago Rosero (Ecuador, 1978) Periodista y fotógrafo. Sus textos han sido publicados en Rolling Stone, Gatopardo, Soho, Mundo Diners, Etiqueta Negra. Es autor de El fotógrafo de las tinieblas, premio José Peralta 2018 a la mejor obra periodística; en el 2016, uno de sus perfiles fue finalista del Premio Gabriel García Márquez de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. Tiene una maestría en Comunicación por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, Flacso, y una licenciatura en Periodismo y otra en Gastronomía por la Universidad San Francisco de Quito. 45


El regreso Jennie Carrasco

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o conocí en el bus. Dormía. Una imperceptible baba pendía de la comisura derecha de su boca. Las piernas largas dobladas y las manos entre las rodillas me mostraron un gigante indefenso de pies enormes y brazos peludos. Llevaba una pulsera dorada en la muñeca izquierda. Lo miré de reojo, temiendo que resbalara y cayera sobre mí con toda su humanidad. Su pelo despeinado, sus labios gruesos y su quijada sobresaliente me llevaron a pensar que podía tener algún retraso mental. De pronto despertó y se incorporó mirándome fijamente. Sus ojos como de mar profundo y rodeados de espesas pestañas me taladraron. Parecía haberse dado cuenta de que lo observé todo el tiempo mientras dormía.

La fijeza de su encaro me quemaba. Empecé a sentirme incómoda y decidí levantarme para cambiar de asiento, pero me agarró del brazo y me obligó a sentarme nuevamente. Sin decir nada continuó mirándome con sus eléctricas pupilas. Pensé que era un loco o quién sabe un maestro de esos que tienen su consultorio del corazón en el centro de la ciudad. Me había dejado paralizada y sin poder reaccionar. Muda. Entontecida. En sus pupilas verdosas había una rara mezcla de súplica y de orden. Su mano grande apretaba mi brazo. —¿Qué es lo que quieres? —pregunté con la voz entrecortada. Respondió en una lengua desconocida. ¿Húngaro? ¿Finlandés? No entendí nada.


relato El susto se convirtió en curiosidad e intenté algo en inglés, francés, una que otra palabra en alemán. No hubo respuesta. Salvo su mirada que se ablandaba y sus labios que empezaban a esbozar una sonrisa de dientes pequeñitos, en contraste con lo grande de su boca. Volví a pensar que debía estar tocado, lo imaginé escapado de algún manicomio europeo. Recordé la película Un hombre mirando al sudeste. ¿Loco? ¿Extraterrestre? De repente empezó a tararear una canción de Pink Floyd. No, no era extraterrestre. El apretón de su mano se ablandó y se volvió caricia. La sonrisa, triste mueca. Llegaba ya a mi destino. Intenté levantarme para salir, pero él volvió a apretar mi brazo y a poner una cada vez más dramática expresión en su rostro de ninguna parte. Ahora fui yo la de la mirada suplicante y la mueca de interrogación. No había caso, el extraño tipo oprimía mi brazo y me mantenía pegada contra el asiento. Rendida, esperé su siguiente reacción. ¿Qué quería de mí? No parecía el enamorado a primera vista ni el extranjero que pedía ayuda. Luego de un silencioso y monótono viaje, miró por la ventana. Con un gesto de la cabeza me ordenó seguirlo. Tomó mi mano y, no podría decir que con violencia, pero sí con firmeza, me llevó hacia la puerta de salida. Descendimos en un sitio nada conocido para mí. El hombre caminaba a grandes trancos, llevándome casi en volandas. Nos internamos por calles de adoquín, angostas y sinuosas. Intenté zafarme de su enorme mano, pensando en escapar. Pero él sujetaba fuerte y me arrastraba casi, haciéndome sentir una niña sin voluntad. De golpe se detuvo frente a un portón de gruesa madera tallada. Había un rótulo también tallado en

madera, escrito en incomprensible alfabeto. Entramos. El pasillo era oscuro, sólo al final se veía una tenue luz. Escuché un goteo intermitente, al tiempo que caía en cuenta que el piso estaba húmedo y lodoso. Recordé los túneles que atravesábamos en la infancia, muertos de miedo pero con el placer de vencerlos y llegar al otro lado, sanos y salvos. Paradójicamente, su mano era ahora mi única seguridad. Me aferré a ella como al referente de salvación en este pasadizo que se me hacía eterno. ¿Qué había al final del corredor? Imágenes kafkianas advinieron y me vi desembocando en un laberinto de pasajes que no conducían a lugar alguno. Los zapatos deportivos del gigantón resonaban en el encharcado suelo. Yo me sentía mareada, viviendo una larga noche, un cansado periplo. A ratos, el hombre hablaba en su incomprensible idioma. El tono de su voz me decía de su esfuerzo por tranquilizarme. La luz cada vez más cercana aplacó mi turbación. Llegamos, por fin, a un patio interior de piedra con pileta en el centro. Corredores con apolilladas columnas y barandas de madera rodeaban el patio. Geranios, helechos y otras plantas colgaban de macetas carcomidas por el tiempo y la lluvia. Nos detuvimos frente a una raída puerta de doble hoja con llamador de hierro. Antes de entrar, el hombre se agachó, arregló mis revueltos cabellos, me dio una suave palmada en la mejilla y empujó la puerta. En la semioscuridad distinguí una cama de hierro con barrotes dorados, una cómoda antigua con espejo que reflejaba la menuda figura de alguien sentado en una esquina. No miré más allá, me quedé contemplando insistentemente el espejo, en un intento por descifrar al personaje oscuro reflejado en el cristal. Parecía una mujer vieja y

encorvada. Iniciaron un emocionado diálogo que, por la fluidez, me dio a entender su parentesco, tal vez madre e hijo, tía y sobrino o abuela y nieto. El hombre lloró como un niño. La mujer suspiraba y hablaba bajito. El individuo me arrastró a su lado, justo como para colocarme a la altura del rostro de la mujer. ¡Era mi abuela! Mi abuela muerta hacía diez años. Mi abuela hablando un idioma que yo no conocía. Más que perpleja, le hablé entonces en todas las lenguas que conozco, para ver si me reconocía, si daba alguna explicación al extraño hecho, pero fue imposible. Todo me daba vueltas, sentí mareo por el olor insufrible a brillantina, la misma que usaba mi abuela para perfumar y dar esplendor a sus rubios cabellos. El hombre se acercó a la cómoda y extrajo de una de las gavetas una caja de galletas de metal herrumbrado y con su marca apenas legible. Mi sorpresa iba en aumento. Me zumbaban los oídos, apenas podía distinguir lo que me rodeaba. La vieja parecida a mi abuela se acomodó en su sillón de cuero y asió la caja como aferrándose al arca que guardaba un preciado tesoro. Empezó a barajar un mazo de fotos antiguas hasta que, tomando una en su arrugada mano derecha, rompió en llanto y alargó la izquierda para acariciar temblorosamente mi rostro. Balbuceando en su húngarofinlandés, se levantó y me abrazó débilmente. Ahora entendía. Me confunde con alguien, pensé. El hombre reía y lloraba. La mujer empezó a moverse por el cuarto nerviosamente. Buscaba algo. Era un manojo de llaves que tintinearon en su mano. Me tomó del brazo. Me guió suavemente hasta la puerta y me condujo por los pasillos de columnas apolilladas. Nos detuvimos frente a una puerta igual a la de su cuarto, doble hoja

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Una vez sola, me invadió una angustia infinita. El silencio. Las sombras que proyectaba la lámpara de la mesita de noche me agarrotaban de miedo. No podía quedarme así como así, aceptando tal manipulación por parte de estos locos. Debía haber una salida, un teléfono, una puerta.

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alta y con cerradura para esas llaves enormes y antiguas. Me mostró una cama bien tendida, con cubrecama tejido a croché. Miré su pelo cano y corto. Sus profundos ojos azules me escrutaban ansiosos mientras me tomaba del brazo y me conducía hasta un armario en cuya puerta había un amplio espejo, en el que se reflejó nuestro parecido. Una sonrisa triste nos igualaba. Nos observamos por un tiempo que me pareció eterno. Perdí la noción de todo. Mi realidad, mi afuera, dejaron de existir. La mujer abrió el armario y me mostró un bien surtido vestuario, zapatos y carteras. Picada por la curiosidad tomé un abrigo. Me lo puse y era a mi medida, lo mismo que los zapatos. Las carteras eran de mi gusto, los vestidos tenían mis colores favoritos. Fugaz, atravesó la telenovelesca idea de no pertenecer a la familia que pertenezco, de llevar un apellido ajeno y de tener realmente la sangre de estos dos. Llegué a pensar que tal vez había sufrido un ataque de amnesia. Los labios de la abuela brillaban, untados de vaselina, mientras se movían de manera incomprensible. Un torbellino de pensamientos me recorría pero mi deseo de salir era más fuerte. Quise irme. Miré mi reloj y, en señas, le dije de mi urgencia de llegar al sitio donde debía estar desde hacía horas. Inexplicablemente me hundí en sus ojos de agua cristalina y me rendí otra vez. ¿Qué pretendía? ¿Que me quedara a llenar el vacío que dejó alguna hija, nieta o hermana? El hombre entró y nos llamó a comer. Había anochecido. Cruzamos el patio. Miré a mi alrededor pensando en alguna forma de huir, pero él, como si leyera mis pensamientos, me tomó del brazo y me empujó hasta la parte trasera de la casa. Allí estaba el comedor. Ha-

bía servido la mesa, unos platos de sopa humeaban sobre el mantel de flores amarillas. Vi retratos en la semipenumbra de las paredes, un aparador coronado por un frutero de cristal. Peras, manzanas y uvas me hubieran hecho agua la boca en otro momento, pero ahora la tenía reseca y miré como si fuera una película que alguien me obligaba a ver. Sin voluntad, me senté en la silla que me señalaron. Fijé los ojos en el plato. La mujer me invitó a comer. Me negué. No podría pasar un solo bocado. Con tono infantil, el hombre insistió. Comí. La sopa tenía buen sabor, llevaba mucho ajo y era picante. Cuando fue noche cerrada, el escaso espíritu aventurero que hasta ese momento me había mantenido algo sobria, empezaba a tambalear. Sentí miedo. Mis padres estarían esperándome, ellos saben que llego antes de que oscurezca. Intenté reaccionar. Agradecí por la cena y me levanté, dispuesta a salir. La abuela mostró una sonrisa que, a esas alturas de la noche y en la semioscuridad, me pareció una mueca diabólica. Y el gigantón semejaba un ogro salido de un cuento de terror. ¿Cómo escapar de tal situación? Me llevaron a mi habitación. Encontré un oloroso pijama sobre la almohada, y las sábanas listas a recibirme. Una vez sola, me invadió una angustia infinita. El silencio. Las sombras que proyectaba la lámpara de la mesita de noche me agarrotaban de miedo. No podía quedarme así como así, aceptando tal manipulación por parte de estos locos. Debía haber una salida, un teléfono, una puerta. Vinieron a mi memoria las docenas de historias que había oído de gente secuestrada, desaparecida, muerta. Historias verdaderas y las de los cuentos. La mía era digna de un cuento de García Márquez o de Cortázar.


Lo último que haría en un momento como ese sería acostarme a dormir. Al otro extremo del cuarto divisé un estante con libros. Me acerqué con la esperanza de encontrar algo bueno para leer. Así pasaría la noche sin sentir. Me lo imaginé…, todos estaban escritos en esa lengua incomprensible. Tomé un diccionario. Era húngaro. Busqué palabras claves para comunicarme con el par de locos. Mi nombre, Ángeles Rosales, Equivocación. Preocupar. Padre, Madre. Intenté abrir la puerta, estaba cerrada por fuera. Permanecí sentada en la cama. ¿Llorar? No tenía lágrimas. Además, era inútil. Me sentí vacía, sin sentimiento alguno. No pegué un ojo en toda la noche. Miré la luz que empezaba a filtrarse por la puerta de doble hoja.

En mi reloj eran las 7. Escuché leves golpes en la puerta, al tiempo que la voz del gigantón llamando quedamente. —Malvin. El cuarto no tenía ventanas, así que me alegró salir para mirar un pedazo de cielo azul desde el cuadrado del patio. Había un agradable olor a café. Quise ir al baño. Otra vez, como si leyera mis pensamientos, el loco —no se me ocurre nombrarlo de otra manera— me condujo al baño que quedaba en una esquina de la casa. Oriné largamente, y me quedé sentada por un tiempo indefinido, hasta que el hombre tocó la puerta. —Malvin, el desayuno está servido. Habló en su lenguaje misterioso, pero me pareció entenderlo. Empecé a interpretar los actos

cotidianos y creer que comprendía palabra por palabra. Abrí la puerta y él, con su estúpida sonrisa, extendió su mano delante de mí, e inclinando su espalda me dio paso por la galería que conducía hasta el comedor. La abuela esperaba, sentada a la cabecera de la mesa. Frutas, pan, mermelada y el humeante café. Engullí todo en silencio, sin levantar la vista de la mesa. No quería mirarlos ni saber que estaban locos de remate. Además, no conocía una sola palabra y había olvidado las señaladas en el diccionario la noche anterior. —Malvin, te hemos esperado por mucho tiempo. Ojalá en el viaje no hayas tenido ningún otro percance. Pero ¿por qué demoraste tanto? —escuché decir a la vieja.

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Moví la cabeza negativamente. Ella sonrió comprensiva y añadió: —No te esfuerces, sabemos que el accidente te quitó la memoria. —¡No! Ustedes están equivocados. No me llamo Malvin, mi nombre es Ángeles Rosales. Vivo en la calle Rufino Tamayo —respondí en español. Fue inútil. No entendían nada. Apenas pusieron cara de tristeza, pues habrán imaginado que si bien no había perdido el habla, la pérdida de memoria me hizo hablar un idioma raro e ininteligible para ellos. Entonces me di cuenta de que no cargaba ninguna identificación, ni siquiera el carné de la universidad. Mediante señas, pedí un teléfono. Dijeron que no había y que lo lamentaban. Al terminar el desayuno, el hombre me condujo a mi cuarto y echó llave. Esta vez chillé, golpeé, pateé. Mi desesperación iba en aumento, al igual que los gritos. Nadie acudió. Lloré por horas, tumbada en la cama, hasta que me quedé dormida. Por momentos me resignaba y veía en mi mente el panorama de

una vida en ese encierro. Podría aprovechar y escribir un libro, quién sabe si un gran premio salía de todo eso. O tal vez tendría el tiempo suficiente para tejer y tejer y, el momento de salir, vender el producto de mi trabajo. O ganarme la confianza del loco y pedirle que me enseñara a cocinar para, luego, abrir un restaurante de comida húngara. Pensaba en mi familia. Para entonces ya habrían llamado a la policía, los hospitales y la morgue. Imaginé los postes de la ciudad sembrados de afiches con mi foto y una leyenda diciendo «ayúdanos a encontrarla». Pero ¿qué podía hacer? Nada. Más bien decidí volverme amigable. Busqué papel y lápiz. Había, en uno de los cajones del escritorio adosado al librero, varios marcadores de colores y un cuaderno. Escribí con grandes letras la traducción de las palabras que busqué la primera vez: Mi nombre Ángeles Rosales, Equivocación. Preocupar. Padre. Madre. Ecuador. Ecuatoriana. Estudiar. Filosofía. Universidad Católica.

Feliz con mis avances lingüísticos, y esperando la hora del almuerzo para mostrarles lo escrito, confié en mi inminente salida de esa cárcel y cobré valor para esperar lo que vendría. Pero el hombre no llegó a abrir la puerta. La luz que entraba por la hendija inferior iba disminuyendo hasta que desapareció. Había anochecido y nadie vino para invitarme a comer ni para conducirme al baño ni para regocijarse con mi presencia. Decidí tampoco hacer nada y me acosté. Seguro que el loco vendría al día siguiente, abriría la puerta y me diría «Malvin, el desayuno está listo». Entonces me conduciría junto a la vieja parecida a mi abuela y tomaríamos el humeante café con pan y mermelada. Ese pensamiento me permitió dormir tranquila. Al día siguiente desperté descansada y me senté al filo de la cama a esperar que abrieran la puerta. Nada. La luz entraba cada vez más fuerte. No escuchaba pasos ni voces. El silencio era sepulcral. Empecé a golpear suavemente, pronunciando el nombre que había


escuchado a la abuela cuando llamó al loco. —László. László. Nadie del otro lado. Golpeé más fuerte. Golpeé hasta lastimarme los nudillos de las manos, hasta enrojecer las palmas. Grité nuevamente en todas las lenguas que conocía. —¡Sáquenme de aquí! Al ver lo inútil de mi alarido, me calmé e intenté buscar una solución para abrir la puerta por mis propios medios. Revolví los cajones del escritorio y encontré un cortapapeles de metal, puntiagudo, salvador. La idea era desclavar las armellas que sostenían el candado y abrir, pero no lo logré. Se necesitaba mucha fuerza, unas manos como las del hombrezote. Él lo lograría en un segundo. «Malvin, Malvin», grité con todas mis fuerzas. Alguien apareció al otro lado del patio. Escuché pasos de mujer, tacones resonando en las piedras, cruzando el retazo de madera del pasillo y aproximándose a la puerta. —¿Quién anda ahí?, preguntó con voz de intriga. —Soy Ángeles Rosales. Un par de locos me encerraron en este cuarto, diciendo que soy su pariente que ha regresado después de un accidente. Ábrame, por favor. La mujer dio media vuelta y se fue. Nuevamente golpeé y grité. —Voy a buscar las llaves —dijo con voz apenas audible pues se alejaba a pasos rápidos. La mujer abrió la puerta. Se sorprendió al verme y preguntó qué hacía yo encerrada en ese cuarto que desde hacía décadas permanecía clausurado. —No puede ser —y volví a repetir—. Un hombre enorme y una vieja me encerraron diciendo que yo era su pariente. —Pero si nadie vive en esta casa desde los años sesenta. —¿Nadie? ¿Y el hombre que conocí en el bus y me trajo a rastras? Eso fue un secuestro. ¿Y la

vieja parecida a mi abuela que hablaba húngaro y lloró al verme y me mostró una foto de alguien muy parecida a mí? —En la época de la segunda guerra mundial vino una familia húngara que habitó esta casa. Pero ellos murieron en 1965, en un accidente de tránsito. Desde entonces, el inmueble ha estado cerrado. Hoy he venido para hacer los estudios necesarios. Se va a demoler para construir aquí un hotel de cinco estrellas. —Entonces, ¿eran fantasmas? ¿Cómo se explica que cerraran y abrieran la puerta? Tomé café con ellos, me sirvieron una sopa con fuerte sabor a ajo. Me dieron este pijama oloroso a limpio y me ofrecieron toda su hospitalidad. —No creo en fantasmas pero esta vez veo que han aparecido. —Debo llamar a mis padres. Han de estar preocupados por mí. Hace dos días que estoy aquí. —Puede usar mi celular. Marqué el número de mi casa: 022987654. «Número equivocado». Volví a timbrar. «El número que marcó no existe». Lo intenté una tercera vez. «El dígito no corresponde». Creí que iba a volverme loca. Tal sería el pánico reflejado en mi rostro, que la mujer se ofreció a llevarme a mi casa. Llegamos a la calle Rufino Tamayo Nº 315. Con el corazón palpitando fuerte, las manos sudorosas y una mezcla de alegría y susto en mis ojos y en mis labios, toqué el timbre y esperé… En el apuro por dejar la pesadilla había olvidado mi bolso en el cuarto de Malvin. Quise salir corriendo pero me quedé clavada en el piso, los pies de plomo, el terror recorriéndome el cuerpo. Quien apareció en el umbral de la puerta era el hombre que conocí en el bus.

Jennie Carrasco Molina Poeta, narradora y periodista, nacida en Ambato, Ecuador, en 1955. Con diez libros a su haber, ha publicado poesía, cuento y novela. Consta en varias antologías de narrativa, poesía y ensayo en Ecuador, y de poesía en otros países. Ha participado en encuentros internacionales de poesía en México, El Salvador, Venezuela, Francia y Ecuador. Ganadora de premios de cuento, periodismo y poesía, uno de ellos el Premio Nacional Jorge Carrera Andrade de poesía. Jurado en varios concursos nacionales de poesía y narrativa. Es correctora de textos y elabora libros sobre diferentes temáticas para instituciones tanto públicas como privadas. Dicta talleres de creación literaria para todas las edades.

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Patricia de Souza La gloria es el duelo más estruendoso de la felicidad Madame de Stael

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na intuición: deber escribir. Debo escribir porque tengo un sentido de la responsabilidad que persigue un sentimiento de culpa con el lenguaje. O una deuda afectiva por no haber hablado ‘a tiempo’ ‘cuando debí hacerlo’. Por miedo, no lo sé. O la necesidad de llenar el espacio en blanco, de ‘trabajar con el lenguaje’, no ‘para el lenguaje’, que es un tema más complicado porque hay ‘muchos lenguajes’, idiomas colonizados, falsificados, actuados. Trabajar ‘con’ significa escarbar, desenmarañar, hablar claro y, de ser posible, de frente. Vomitar todo. ¿Quién va a hablar? ¿El Yo en primera persona, la persona que lleva un nombre, la mujer? Creo que todas a la vez, no es posible dividirse, hay que aceptar estar fragmentada. El lenguaje es también una manera, la única quizás, de construirse, de estructurar una identidad, una vida con sentido, un valor en sí. Retrocedamos. Estoy en el año 2000 y publico una novela que se llama El último cuerpo de Úrsula en una editorial de ‘prestigio’, luego veremos por qué esta palabra está

entre comillas, qué significa prestigio de manera convencional, respetar los protocolos y la retórica dominante en un idioma. Cuando publico, se produce un pequeño escándalo, a la escala de lo que significan los libros en países donde casi no se lee. Desde el principio he sentido la hostilidad que representa hablar de manera directa, no ser una mujer servil, aquella que acepta el paternalismo de una sociedad que te deja hablar cuando no molestas a nadie, cuando dices lo que tienes que decir. No, yo hablaba para reconstruir un yo descompuesto, para encontrar respuestas, para comprender. Primera impresión de pedalear en el aire. Flotar. Es la misma sensación del primer avión que tomo con destino a Francia, vía Luxemburgo, la sensación de ‘no tener país’, de no tener casa, de no tener nada. Flotar. Dejaba a una familia paralizada por el desconcierto, sin encontrar una causalidad a lo que le venía sucediendo los últimos años. Sin poder instalar una narración, una continuidad de las escenas que tuvieran sentido, un texto, una explicación coherente. Me fui con una identidad confusa,

colgada del borde del vestido, como un descosido, y mirase a través de un balcón un paisaje en medio de la bruma. Pasado y presente son dos tiempos que se confunden, se vive más bien en un presente continuo, sin futuro conjugado, no se nombra, pocas veces se nombra con claridad. Porque es una locura el empobrecimiento del lenguaje en general, la vulnerabilidad repentina que se impone con sus armas de fuego, exponiendo la vida a la calle, al examen morboso de los vecinos, y que termina convirtiendo al idioma en un instrumento práctico, una llave de salida de ese encierro de la descalificación social. Hablamos poco, recuerdo aquellas tardes en la casa de Chaclacayo, la música sonando alta, llenando los espacios para obligarnos a olvidar lo que vivimos, la sensación de aburrimiento, la falta de futuro. Es una escena que se hace común. Poco a poco comprendo que esa sensación de dejar atrás un paisaje devastado, un país que se inscribirá en mi lenguaje, negándome la entrada a algunas zonas que permanecen cerradas detrás de puertas pesadas, a las que tengo que patear violentamente para entrar. Entro. Veo fragmentos dispersos, islas, el instante en que intento hacer algo con mi vida, las ganas locas de escribir, de hablar, de gritar, la certeza que siendo mujer todo, absolutamente todo, será más complicado. Entonces ese primer libro donde la intención es ‘encontrar un lenguaje’ es el cuerpo deseado, asumido como materialidad de la vida sin caer en una espiritualización abstracta, es escrito desde una zona brumosa, en la que las intuiciones funcionan también como cicatrices. No es totalmente consciente, a esa edad, ignoro lo que realmente me empuja a hacerlo, de alguna


género Cuando el texto sale publicado, recibo una llamada del sur de España, de un escritor peruano, un cacique que aconseja a su subalterna no «escribir libros en ese tono», cuando los anteriores son tan buenos, tan… colonizados, ¿señor? Me oye: Váyase al diablo. Cuelgo.

manera, acepto la invisibilidad que el mundo me ha dado como parte de mi destino ‘en femenino’. Así entro de lleno a los síntomas de una mujer paralizada por la mirada exterior, enferma, en realidad, enferma hasta la locura, hasta la mutilación. Como he firmado con una editorial importante, me llueven las llamadas, las amistades interesadas, las miradas indulgentes. Hipocresía. Cuando el texto sale publicado, recibo una llamada del sur de España, de un escritor peruano, un cacique que aconseja a su subalterna no «escribir libros en ese tono», cuando los anteriores son tan buenos, tan… colonizados, ¿señor? Me oye: Váyase al diablo. Cuelgo. Empiezan a sonar tambores de guerra. ¿Vale la

pena dar nombres, hacer una suerte de #DenunciaAtuAgresor? No, no pienso regalarle ese honor. El patriarcado es un orden que está a punto de caer, y esto no es un panfleto, es una escritura, un recorrido. Pero, volvamos ahí, a ese instante donde un libro, donde una mujer, habla de su cuerpo y lo celebra, lo marca con sangre y se convierte en tema tabú. La sociedad castiga a aquellas mujeres que se apropian de su cuerpo, al final esta es la batalla más feroz, la más soterrada. Por eso, ese libro me obtiene la desconfianza de todo el patriarcado literario y el mainstream literario. Y de las mujeres que sirven de guardianes a ese mismo orden, el

libro es una peste, la orden: hay que silenciarlo. Son una serie de escenas detestables, ofensivas, hombres que tienen que ‘dejar en claro’ que son ellos los que autorizan a que una mujer hable de su cuerpo en esos términos, y aunque existan autores como Jorge E. Eielson que sí lo han hecho, o César Moro, poeta peruano que habló desde el cuerpo, pero una mujer, no. No. La guerra está declarada, y los contratos se cancelan con «lo sentimos, el libro no ha vendido lo suficiente»… Corolario: no sé cómo te publicaron, un libro así, tan violento. Oh, sí, yo tenía una jauría de perros aullando por dentro y no pensaba hacerlos callar. Necesidad

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de espiritualizar esta experiencia, camino de regreso a mí misma, a veces, con un sentimiento de culpa: no debí hablar de esos temas, no debí escribir así, mea, mea culpa. ¡Ingenua! ¡Te habías perdido en tu propio camino! Esas cosas solo se comprenden con el tiempo y si tenemos la oportunidad de pensarlas de verdad. Pensar de verdad, no mentirme. Esa será un mandato importante. Sigo adelante, avanzo a trompicones, me quedo sola con mis ideas, las disfruto, vivimos en Toulouse con Olivier, hace mucho frío ese invierno, tenemos poco dinero, no sabemos cómo afrontar el día a día con pocos recursos, en realidad no sabemos vivir con tan poca plata luego de una cierta estabilidad en el Perú. A veces la casa se calienta con una estufa de petróleo, las ventanas están blancas, petrificadas por el frío, a veces, una rata blanca merodea por la escalera, es un edificio de la calle Matabiau, cerca de la estación de tren. Nos colamos en los autobuses, somos felices, y, al mismo tiempo, tan vulnerables. Y escribo, pese a que me he quedado sin contratos, escribo, pienso en mi madre, en ella como la persona que me ha dado el lenguaje, en su vida, en la du-

reza de su vida como mujer sola, allá, en el Perú. Pienso en ella y en mis hermanas, mi hermano quizás tenga más suerte por ser hombre, pienso en todos ellos, y la frustración, la incapacidad de representarme esa situación en su totalidad me invaden. Quiero escribir sobre ella, la madre, describirla en algunos estados, apoyada en otras figuras femeninas, escribir sobre mis abuelas, sobre mis tías, mis hermanas, las mujeres que me han marcado, escribir sobre las más pobres, las más sometidas, las más colonizadas. Escribir, digo, no copiar la realidad. Empiezo otra novela para acostumbrarme a la distancia, a la falta de referencias, de familia, a un lenguaje aseptizado. Francia es ya un país demasiado industrializado, patriarcal, administrativo en varios aspectos de la vida social, con una sociedad higiénica, obsesionada con el rendimiento. Son cosas que no entiendo cuando llego a París, ni siquiera soy capaz de tener una ‘ideología’, de pertenecer a un partido, soy una pieza suelta, vengo de un país colonizado, sin memoria, sin lenguaje y eso se nota en mi falta de representación, y en mi hablar estereotipado, pienso en bloque, por imágenes. Tardaré en darme cuenta. La educación me había preparado a resignarme, salvo por la anarquía que instala en nuestras vidas el divorcio de mis padres, el desorden de la crisis de los años setenta, que abre puertas que atravieso caminando con los pies desnudos, sintiendo su hielo picado bajo los pies. Son otras veces veranos calurosos, con muchos dolores de cabeza y pesadillas. La cama está atravesada en medio de la habitación, cerca de la ventana que permanece abierta toda la noche. Por la mañana los ruidos del apartamento de los vecinos me llegan orquestados, con una promiscuidad latente, apasionada.

2. El cuerpo en disputa Escribir, falsificar, escribir, hablar de verdad, inscribir. Debo decirlo aquí: ha habido, hasta hace poco tiempo, la intención, inconsciente, de sabotear la frase, de hacerla girar en el vacío, interrumpiendo su fluidez, por instinto de sobrevivencia, por miedo. O por cobardía. Regresaré sobre este tema. Lo que era también una resistencia a utilizar un lenguaje dominante, por hastío, por rebelión, es también cobardía de género. Incauta. Tal vez haya que ser un poco indulgente consigo misma, distraer la mirada de aquellas displicentes, misóginas, desconfiadas. Nadie confía en la palabra de una mujer. Y hablar desde ese espacio ocupado por un rostro visible es una herejía, una declaración de guerra. Las mujeres desclasadas, las que como yo no han gozado de la protección de un nombre, de una familia, o de un patrimonio, las pobres, son más estigmatizadas y silenciadas. La gente detesta reconocerse en personas cuya imagen es débil socialmente, que no tiene el prestigio del poder, que no aspira a su brillo fatuo sino que desea construir su propio modelo, las bastardas, parias, o anónimas. En mi caso la turbulencia es notable: no solo tengo un apellido extranjero, del más común en Brasil, sino que además nací en un pueblo de la sierra del Perú. Ah, cuánto nos desconocemos en mi país, y cuánto nos disecamos a través de los nombres y las castas. No solo por mis rasgos soy mestiza, sino que inoculo la duda sobre mi origen, no la blanqueo, y encima me atrevo a decir cosas que nadie dice, a hablar del cuerpo, a desmontarlo en piezas y arrojárselo a la cara del lector. Una afrenta que se paga.


La certeza de que podemos construir una ficción disimulando todas estas verdades violentas, es lo que ha llevado a la literatura peruana a una reproducción social mecánica, aquellos y aquellas que escriben desde la periferia imitan a sus mayores sin hacerse la pregunta de fondo: ¿qué quiero yo, quién soy yo, a dónde voy con esto, dónde está mi deseo? La imitación adormece toda iniciativa, paraliza cualquier conciencia inquieta, la domina y la doblega. El capital simbólico no se ha movido durante años y el aprendizaje se hace leyendo los mismos libros, los mismos autores, repetición embrutecedora que no permite circular por otros lugares, que ofrece visibilidad a cambio de dimisión, espacio a cambio de sometimiento. El problema fundamental tal vez sea no saber qué queremos cuando estamos a punto de abandonar la escritura por la propaganda, el trabajo con el lenguaje por las marcas de clase, las divagaciones por las sentencias, sin encontrar el hilo de Ariana. Pensar que la ficción es un hecho solitario, involuntario e intransitivo, termina siendo una especie de camisola de fuerza. No solo, ya lo dije en varios textos que andan por ahí, el lenguaje es nuestro instrumento social, colectivo más que individual, existencial (casi desde un punto de vista fenomenológico, sucede), sino que nuestras narraciones, nuestra imaginación, están compuestas por ideas colonizadas, alimentamos las mismas representaciones del cuerpo, según patrones y valores estéticos que no nos pertenecen, por eso un cuerpo se posee, aunque está en disputa, pero ¿qué puede un cuerpo sin un lenguaje que lo reconozca? Esa es una parte del problema, al final, a muy poca gente le importan estos temas, a las mujeres más que a los hombres porque cargamos con el peso de nuestro cuerpo, nosotras necesitamos recorrer espacios para

ocupar el propio, necesitamos otro lenguaje, otros códigos. No estoy dispuesta a sabotearme, a hacer que las palabras me hagan caer en la trampa de la dimisión. Sí, se necesita ser valiente, y, después de varios libros, mi relación con el idioma ha ido tomando brío, se ha dirigido hacia mí, ha vuelto a mí y me ha dado una sobriedad que no tenía. Esa sobriedad me permite decir algunas cosas, nombrarlas para que otras mujeres escuchen y acompañen. Si las palabras no cambiasen el sentido y el sentido las palabras. Puedo decir que el lenguaje, el estar insistiendo en escribir, en modelar, en inscribir, me ha obligado a pensar todo de nuevo, con ello, no es que la comprensión sea absoluta, pero sí serena, apaciguada porque confía en conocer la salida. Nombrar todo de nuevo, empezar desde el comienzo, desde los tabús, todas las verdades no dichas, colgando de un pecho, la imagen fría de una mirada paralizada por el miedo. Digo frío, frío, porque todo esto es muy frío, ¿ustedes no sienten frío? ¿No tienen ganas de abrazar, de consolar, de acompañar? Quizás he hecho el espacio necesario en mi interior para oír el río que corre por dentro silencioso. Ya no le tengo miedo a las multitudes, sé que me une con ellas, sé que en el fondo somos iguales. Ese es mi reposo, mi Primer sueño. (Tomado de: http://surplusediciones. com/articulo/ecofeminismo-decolonialhacia-el-final-del-patriarcado) El libro Ecofeminismo decolonial y crisis del

patriarcado, de Patricia de Souza, fue publicado

por la editorial Los Libros de la Mujer Rota, Santiago de Chile, 2018.

Patricia de Souza (Cora Cora, Ayacucho, Perú, 1964 – París, Francia, 2019) Pensadora rebelde, siguió estudios de Periodismo y Filosofía en Lima, trabajó en Caretas y enseñaba francés en San Marcos, antes de mudarse por una temporada a Los Ángeles y después a París. En la capital francesa se quedó varias décadas, se doctoró en Literatura Comparada y desarrolló allí la mayor parte de su carrera literaria. En la última década vivió también en Ciudad de México y Caracas, antes de mudarse a Pau, Francia, su última residencia. Patricia de Souza escribía incansablemente y su obra, siempre incómoda y cuestionadora, la coloca, sin lugar a dudas, entre las autoras más importantes de las últimas décadas en la narrativa en español. Quizá se pueda hablar de tres etapas en su narrativa: una primera, que abarcaría Cuando llegue la noche (1994), La mentira de un fauno (1999), Electra en la ciudad (2006), y Stabat Mater (2001), con novelas algo más clásicas en estructura y composición. Una segunda, iniciada con El último cuerpo de Úrsula (2000) y profundizada con Aquella imagen que transpira (2006), Ellos dos (2007), Erótika, escenas de la vida sexual (2008), y Tristán (2010), en las que asume posturas más experimentales y arriesgadas, asumiéndose más conscientemente feminista; y una última etapa en la que el compromiso social, político y estético se mezclaban haciendo más delgados los límites entre sus últimas novelas Vergüenza (2014), Mujeres que trepan a los árboles (2017) y sus ensayos, Eva no tiene paraíso (2011) y Descolonizar el lenguaje (Santiago de Chile, Los Libros de la Mujer Rota, 2015).

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José Aldás

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s posible afirmar que cada uno de los escritores y escritoras que han tenido una relación directa y profesional con la literatura han considerado casi necesario sentar un testimonio técnico o subjetivo del género en que se han desarrollado. Y no solo de escritores, sino de filósofos y críticos, quienes han elevado a la literatura hasta una categoría científica, susceptible de comprobaciones y experimentos. El objetivo de este análisis no es la novela en sí misma, ya que sus dimensiones teóricas no pueden ser reducidas a una interpretación única: Malaparte no puede entenderse —ni mucho menos— solo a través de La piel o Kaputt; Kundera no puede ser presentado nada más que como el autor de La insoportable levedad del ser; García Márquez no es Cien años de soledad y Murakami no es solo Tokio Blues: «¿quién garantiza que tras el silencio no hay una gran malicia y que las omisiones sustituyen a unas páginas críticas escritas en otro lugar o que el autor sabría escribir? […], una tesis demasiado panorámica constituye siempre un acto de soberbia». (Eco: Cómo se hace una tesis, 1977: 26). Sobre la humildad científica: no citar también es plagiar, en cierta forma; ignorar es especular sobre una intención preconcebida.

El estudio básico del género novela choca con dos errores serios: el primero, que tiene que ver con la abstracción de la totalidad por una de sus partes, como ya hemos observado, además de la molestosa acumulación epistemológica del género. Es casi normal y académicamente aceptado mostrar un trabajo que desarrolla el estudio de un autor o autora de la siguiente manera: a) Definiciones básicas y poco fundamentadas del género: aquella información que se puede obtener con una consulta básica a cualquier software de búsqueda o que no registra las fuentes exactas de su ubicación. b) Un resumen escueto de la obra y, dado el caso, un análisis de la estructura interna: tipo de narrador, caracterización de los actuantes, líneas cronológicas, motivos o intenciones del autor. Incluso se pretende, como si del caso de un trabajo de moral se tratara, extraer un mensaje posible que el escritor haya dejado entre las líneas de su texto. c) Una postura personal que no se relaciona con críticas académicas sino con los criterios del investigador: solo se emparenta el análisis con un conjunto de conocimientos que, se planea, justifique dichos criterios. La literatura sigue siendo analizada en base a un esquema metodológico cerrado y superficial que

impide la reflexión de componentes inmediatos y que requieren una atención especial. Las formas de la novela no se relegan a una sola, se reproducen como necesidad histórica: el crítico avezado asume al género novela como el producto de una introspección del ser humano y su interpretación, ya sea problemática o integrada, de los componentes de la realidad. Lukács ha sido uno de los más importantes


ensayo

colaboradores hacia una estética de la novela histórica y son varios los teóricos que han reconocido sus aportes. No se ha contentado con elaborar largas listas de conceptos o de obras y autores; ha reflexionado desde el fondo teórico de la novela. Y si bien se le puede reprochar lo mismo que a Barthes (el haber profundizado sobre un campo en el que no tuvieron una práctica concreta); sabemos que Lukács, en su

juventud, había escrito algunas piezas de teatro que luego desechó. Uno de los más sesudos comentarios sobre la obra de Lukács es el de George Steiner; en su libro Lenguaje y silencio (edición de bolsillo publicada en el 2000 por Editorial Gedisa) son varios los momentos en los que Steiner se refiere a Lukács. Una de las primeras referencias las da en el Prefacio, en donde afirma:

La crítica moderna más viva, la de Georg Lukács, la de Walter Benjamin, la de Edmund Wilson, la de F.R. Leavis […], dentro de su propio estilo de enfoque cada uno de estos críticos ha hecho del juicio literario una crítica sobre la sociedad, una comparación —utópica o empírica— del hecho y la posibilidad dentro de las acciones humanas (Steiner: 12).

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Pero no es solo por los comentarios de Steiner que Lukács ha demostrado ser uno de los más importantes teóricos de la literatura de los últimos cincuenta años: si bien su directa militancia política y el contexto mundial de sus años de producción lo orillaban hacia una crítica que le permitiera también opinar sobre la realidad, era consciente de que la literatura es una recreación de la realidad y de que, dentro de sus procesos históricos, se habían germinado paralelismos que era imposible no notar. Estudiando la literatura, Lukács trataba de comprender al mundo como el resultado de enormes movimientos temporales. Dentro del libro Lenguaje y silencio, Steiner dedica un artículo completo al estudio de Lukács: el texto lleva el nombre de ‘Georg Lukács y su pacto con el diablo (1960)’. El artículo fue escrito mientras Lukács aún vivía y medita sobre un punto trascendental en la obra del húngaro: para Steiner, el oficio del crítico literario es un horizonte que no tiene los límites bien definidos. Bien el crítico usa conocimientos teóricos que revelan a sus criterios como científicos o solo se dirige por sus propios intereses estéticos, en donde sus opiniones no son otra cosa más que visiones personales y temporales limitadas por el gusto de una época o una tendencia comercial. Steiner ubica a Lukács en este dilema: bajo los postulados del viejo comunismo ruso, ¿cabía la imagen del intelectual puro como un trabajador más? Dentro de este dilema, el crítico afronta su opinión como una herramienta de comprensión; al fin, sí son los criterios académicos y técnicos los que avalan la opinión del crítico pues: «Sólo una cosa puede dar a su obra la medida de la permanencia: la fuerza o la belleza de su estilo. En virtud del estilo, la crítica puede convertirse en literatura» (Steiner, p. 307). Y no solo con res-

pecto a los libros o las tendencias que analiza, sino también a su propio discurso expresivo, pues en las diferentes representaciones mentales de una obra se halla la paradoja que encierra en una unidad (el ser humano) a una totalidad (la realidad) aparente en tanto corresponda a ese único sujeto. La crítica de Lukács es válida en dos sentidos, entonces. En el sentido histórico: pues sus estudios abarcan una gran parte de la teoría clásica de la literatura; y como documento literario: las hipótesis que formula y la forma en que las desarrolla. Veamos lo que piensa, literalmente, Steiner de Lukács: Sin embargo, nadie como Georg Lukács ha dado soluciones tan radicales a los problemas morales e intelectuales que afligen a la crítica literaria. En sus obras encarnan dos creencias. La primera, que la crítica literaria no es un lujo, que no es lo que los más sutiles críticos norteamericanos han llamado «discurso para aficionados». Sino que se trata, por el contrario, de una fuerza de primer orden que milita en pro de la modificación de la vida de los hombres. En segundo lugar, Lukács afirma que la obra del crítico no es ni subjetiva ni está carente de certeza. La crítica es una ciencia con su rigor y precisión propios. La verdad criteriológica puede verificarse. Georg Lukács es, naturalmente, marxista. De cierto, es el único gran talento crítico que ha surgido de la opaca servidumbre del mundo marxista (Steiner, 1976: 308)

El último subrayado es nuestro. Resulta curioso que Steiner no mencione a Teoría de la novela, libro que, desde su título, refleja las intenciones estéticas de Lukács; quizá porque es en este libro en donde éste desarrolla un estilo por lo demás denso y refleja plenamente lo que de él Steiner continúa:

El materialismo dialéctico sostiene que la literatura, como todas las otras formas de arte, es una «superestructura ideológica», un edificio del espíritu construido sobre los cimientos del hecho político, social y económico. En el estilo y el contenido, la obra de arte refleja precisamente sus bases materiales e históricas (Steiner: 309).

Aquí hay una contraposición obvia con respecto a lo que de la Historia piensa Kundera en El arte de la novela: ella es casi una escenografía, solo sirve para delimitar las palabras que conforman cada actuante. La Historia es un eje transversal que hace que los actuantes se manifiesten de determinada manera y regula también las preocupaciones estéticas que puede llegar a manifestar un autor. Este rigor científico, entonces, permitiría a Lukács acercar la realidad a la literatura y eliminar el estadio idealizado en que había vivido hasta después del romanticismo: Los argumentos de Lukács son relevantes y nada ajenos a lo esencial de nuestras vidas. Sus críticas no son mero eco de la literatura. Incluso allí donde es sectario y polémico, un libro de Lukács posee siempre una curiosa nobleza. Siempre posee lo que Matthew Arnold llamó «seriedad sublime» (Steiner: 311).

Es su voluntad de estilo, la manera en que propone las ideas. Lukács evidencia relaciones que antes habían pasado desapercibidas o poco estudiadas: la realidad (la Historia), como categoría abstracta, se representa en sus símbolos y sus objetos reales y es con/en ellos en donde el ser humano ejecuta y adquiere su experiencia. Mas no solo son halagos; Steiner también inclu-


ye aspectos que considera negativos en la obra lukacsiana: Pero la medalla tiene un reverso. La crítica de Lukács posee su parte de ceguera e injusticia. A veces escribe con oscuridad acre, como si afirmase que el estudio de la literatura no debiera ser un placer sino una disciplina y una ciencia de enfoque tan ajustado como las otras ciencias. Esto es lo que lo ha hecho insensible a los grandes músicos del lenguaje (Steiner: 317).

Son casos particulares directos: Joyce, Proust, Nietzche o Kierkegaard (los dos últimos condenados como pensadores del nazismo) y explica el porqué del nombre del artículo: En el comienzo de su brillante profesión, Lukács hizo un pacto con el diablo de la necesidad histórica. El demonio le prometió el secreto de la verdad objetiva. Le dio el poder de bendecir y lanzar anatemas en nombre de la revolución y de las «leyes de la historia». Desde que volviera del exilio, el Diablo ha estado acechándole y exigiendo sus derechos. En octubre de 1956, llamó a la puerta con golpes implacables (Steiner: 318).

Se refiere, desde luego, a la gran censura de la obra del crítico húngaro después del retorno a su patria. Steiner aventura una cifra: tan solo un libro es posterior a estos eventos. Otro de los críticos que han tomado en cuenta la teoría de Lukács es Agustín Cueva. Su libro póstumo Literatura y conciencia histórica en América Latina cuenta, en su última parte, con un artículo titulado «Collage» tardío en torno de «L’affaire» Palacio. El texto se centra en la polémica mantenida con Miguel Donoso Pareja y la valo-

ración de ambos de la obra de Pablo Palacio. La postura de Cueva —muy bien fundamentada, sobre todo— está siempre en una valoración positiva muy en contra del desprecio teórico con que creían que Cueva veía a Palacio. Aquí se injerta una visión de Cueva y el trabajo de Lukács: Mi propósito original era defender una teoría marxista ‹heterodoxa› (joven Lukács, Sartre, Goldmann y otros miembros de aquella familia) frente a un Lukács que ya no conservaba las rigideces del período StalinZhdanov, pero que aun así no me acababa de convencer: me refiero al autor de Significación actual del realismo crítico, traducido al español en 1963 (la edición alemana data de 1958) (Cueva, 1993: 152).

Los años citados por Cueva son años en donde también se redacta La novela histórica que, con un lenguaje menos oscuro que en Teoría de la novela, analiza con mayor profundidad y extensión los fenómenos literarios europeos. Y conviene pensar lo afirmado por Steiner: Lukács no se detiene en los autores generados a propósito de la revolución (aquellos que instrumentalizaron la literatura) sino en los que, a su modo de pensar, contenían una impronta estética que conjugaba criterios históricos, científicos y artísticos. Cueva también cree en el Lukács con compromiso político: aquel que tamiza la realidad bajo la óptica del comunismo, el que descarta siempre las manifestaciones artísticas complejas por considerarlas nocivas. Los ejercicios del intelecto son peligrosos en tanto solo revelan una existencia sin objetivo práctico (cambiar el mundo, organizar la vida); reflejan una realidad menos seria, menos terrible:

…todos quedamos convencidos de que la literatura es y tiene que ser proteica, y que su calidad no depende de sus contenidos sino de su puesta en forma, de su plasmación. Pero de su plasmación concreta y no del discurso retórico sobre ésta (Cueva, 1993: 157).

Tal vez no era el propósito de Cueva ni el de Lukács eliminar las formas experimentales por su «falta de contenido», pues nos llama la atención con las palabras en itálica que sobresalen en el párrafo precedente: puesta en forma, plasmación (en tanto estructura comprensible y aprehensible) y concreta (pues el objetivo es mover conciencias en las clases bajas para promover un cambio político). La contemporaneidad registra una gran cantidad de discursos en diversos niveles, todos consentidos en la novela. Siempre es válido recordar la teoría básica: la novela, como medio de recreación de la realidad, solo se limita a los procesos creativos del escritor o la escritora como lo diría años después Robbe-Grillet.

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Xavier Gómez Muñoz

En el principio era el verbo

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ecir que la especie humana es, básicamente, las historias que se ha contado a sí misma no es exagerar. Historias de ficción —siempre basadas en lo real— y verdaderas —de existir tal cosa— pero a fin de cuentas historias. Y es que únicamente mediante el acto narrativo, el ser humano ha logrado darle un sentido, que en verdad no existe, a su paso por el mundo. En La especie fabuladora, Nancy Huston reflexiona sobre la relación entre el homo sapiens y las historias. La nuestra, dice, es la única especie consciente de que algún día morirá y esa certeza le lleva a percibir su existencia como un «trayecto dotado de sentido (dirección y significado)». Así entendida, la vida es un conjunto de acciones que transcurren en el tiempo, con un inicio, un desarrollo y un fin. Es decir, un relato. Los niños van formando su

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«yo», dice Huston, a través de relatos. Y también los adolescentes y adultos. O, dicho de otro modo, no es solo que al ser humano le gusta contar historias, sino que las historias que nos contamos hacen lo que somos. Y entonces aquella frase del Evangelio:1 «en el principio era el verbo… y el verbo se hizo carne» se entiende distinta. En un momento incierto de la historia el homo sapiens aprendió a hablar, hizo parte de su naturaleza el lenguaje y se distanció del resto de animales. Se convirtió, diría Desmond Morris,2 en el animal humano. El desarrollo del lenguaje seguramente no le fue fácil, tuvo que pasar por mucho. Pero una vez logrado, y en un proceso de miles de años, apunta Walter Ong en Oralidad y escritura, esa vocecita que ‘escuchamos’ cuando pensamos o leemos, que se propaga por el aire cuando hablamos y se materializa mientras escribimos, ha alterado de manera profunda, como ninguna otra invención, la conciencia humana. Por eso hay que ir con cuidado de las historias que nos contamos: ficciones de príncipes y princesas, de amor romántico, melodramas, pornografía, de machos de acción, de héroes y villanos planos, de sueños americanos —o europeos—, de sacrificio y redención luego de la muerte…, más de uno se ha tomado en serio esas y otras ficciones.

Del habla y algunos soportes Todo el mundo sabe —y si no al menos lo intuye— que el habla es la primera y más importante expre-

* Este texto fue publicado en la revista digital FronteraD (España) y, una primera versión, en la revista Cartón Piedra, del diario El Telégrafo de Ecuador.


tesis

sión de una lengua. Desde el inicio de los tiempos, las sociedades han sido sobre todo orales, pese a que en algunas culturas ya se habían desarrollado ciertas formas de escritura. Solo así se entiende la importancia que le daban —por ejemplo, los griegos— a la retórica o ‘el arte del buen decir’: eran tiempos en los que el saber no se buscaba en los libros; se escuchaba. La antigüedad empezó con la invención de la escritura. Escribir significa, dice Ong, aislar el lenguaje —que es sobre todo oral— de su entorno natural, separarlo del caos y elementos que conforman la realidad en un proceso más ordenado que el del habla y condicionado por

técnicas compositivas y experiencias propias o documentales. Pero también significa plasmarlo sobre un soporte. Aquella separación del mundo físico —y de su autor, si se quiere— estimula cierta capacidad reflexiva y otros atributos que hacen de la escritura, y particularmente del libro —incluso hoy en día—, la principal ruta de acceso al conocimiento. En Una historia de la lectura, Alberto Manguel explica que el ser humano tuvo primero que crear un sistema de escritura y luego aprender a interpretarlo. Pero de ahí en adelante, dice, el proceso ha funcionado a la inversa: cuando niños aprendemos primero a

Producto de las tecnologías del lenguaje actuales las principales alteraciones se han detectado sobre todo en la escritura de jóvenes y adolescentes, y no han faltado académicos e intelectuales que han advertido sobre las consecuencias del constante copiado y pegado de información y sobre los riesgos de trasladar la memoria humana a las máquinas: aquello perjudicaría a la inteligencia, dicen.

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Si las tecnologías son extensiones del cuerpo y la mente, como señala Marshall McLuhan en Comprender los medios de comunicación, la escritura es una prolongación del aparato fonador —del habla— y el cerebro —del pensamiento—. McLuhan y Ong coinciden en que las tecnologías son capaces de alterar nuestra cultura.

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leer y después a escribir. Se pueden leer señales de tránsito, un libro, la gestualidad de un rostro y una mirada, la postura de un cuerpo y su estado de ánimo, pasajes en vitrales de iglesias o cuadros, también silencios, espacios en blanco, ilustraciones, diagramas y estadísticas, símbolos matemáticos, música, el estado del clima, ciertos lenguajes de programación... Leer es, para Manguel, un ejercicio de interpretación cultural que se da a través de los sentidos. La vista, se sabe, es el principal de los sentidos pero no el único que sirve a la lectura. Se puede leer con los dedos —el sistema braille, por ejemplo—, con los oídos —los audiolibros— y hoy en día se discute sobre la experiencia sensorial que implica leer en papel. El primer soporte de la escritura del que se tiene registro —ya en el cuarto milenio previo a la era cristiana— son unas tablillas de arcilla hechas por los sumerios. Luego se han creado muchos otros, desde los jeroglíficos de los egipcios y los mayas y el sánscrito en la India hasta rollos de pergamino, el papiro, el papel y los procesadores informáticos de palabras. La escritura siem-

pre ha dependido del desarrollo de las culturas y su tecnología. Es más: la escritura es, en sí misma, dice Ong, una tecnología que el ser humano ha interiorizado, por eso a muchos se les hace tan natural hoy en día. Cada tecnología precisa de herramientas o instrumentos específicos, del dominio de una técnica y, en el caso de la escritura, de un soporte. Con herramientas rudimentarias los sumerios registraban pictogramas (símbolos que expresan un concepto u objeto) sobre pedazos de arcilla. En la antigüedad, escribas y copistas plasmaban con pluma transacciones comerciales y acontecimientos relevantes en rollos de papiro o pergamino y, después, en códices o manuscritos encuadernados —he ahí una forma original del libro—. El orfebre alemán Johannes Gutenberg desarrolló los tipos alfabéticos móviles —la impresión de pictogramas y palabras completas ya existía en las culturas orientales de los siglos VII y VIII— e hizo posible la reproducción masiva y propagación del libro a partir del siglo XV. Pero el invento de Gutenberg, señala Ong, significó también la materialización del lenguaje oral y el conocimiento en un nivel superior al que le otorgaba la escritura a mano: la impresión hizo del libro un objeto. Patentada en 1829, la máquina de escribir y el bolígrafo, a partir de la década de 1940, también provocaron revoluciones en la escritura. En la Era Digital ya se aprecian los efectos de las nuevas tecnologías, por ejemplo, en la caligrafía de quienes escribimos cada vez menos a mano, en el uso de emoticonos, abreviaturas, siglas, símbolos alfanuméricos, mezclas de idiomas y otros elementos expresivos en la escritura informal, y qué decir de la corrección ortográfica en chats y redes sociales.


Tecnologías de la escritura Si las tecnologías son extensiones del cuerpo y la mente, como señala Marshall McLuhan en Comprender los medios de comunicación, la escritura es una prolongación del aparato fonador —del habla— y el cerebro —del pensamiento—. McLuhan y Ong coinciden en que las tecnologías son capaces de alterar nuestra cultura. «Formamos herramientas y luego éstas nos forman», dice el primero. Y Ong agrega: la escritura es «la tecnología que ha moldeado e impulsado la actividad intelectual» del ser humano. En Lenguaje y nuevas tecnologías, Julia Lavid señala que las tecnologías de la escritura actuales son capaces de «reconocer, analizar, interpretar y generar lenguaje». Incluso han incorporado recursos que antes no estaban contemplados, como el acceso prácticamente ilimitado a fuentes de consulta en internet, procesadores electrónicos de palabras que facilitan la edición, la ortografía, el copiado y pegado, traductores de idiomas y sistemas de almacenamiento, publicación inmediata, difusión y etiquetado o clasificación —hablemos del hashtag, por ejemplo—, entre otras innovaciones. Así las cosas, no es raro que en un proceso condicionado por los cambios de la tecnología se produzcan nuevos hábitos, representaciones y estilos. Lo dice Richard Sennett en El artesano: existe un «diálogo» entre el pensamiento y lo que el productor especializado hace con las manos; ese diálogo evoluciona, se convierte en hábitos y mediante repeticiones dadas durante los procesos creativos y de

aprendizaje se transforma en habilidades. «Cuando una persona desarrolla una habilidad, lo que repite cambia de contenido», argumenta el autor. Le pasa al orfebre que trabaja con sus metales, al carpintero que da forma a la madera, al pintor y su obra y, por supuesto, al artesano de la palabra y la escritura. Producto de las tecnologías del lenguaje actuales las principales alteraciones se han detectado sobre todo en la escritura de jóvenes y adolescentes, y no han faltado académicos e intelectuales que han advertido sobre las consecuencias del constante copiado y pegado de información y sobre los riesgos de trasladar la memoria humana a las máquinas: aquello perjudicaría a la inteligencia, dicen. Pero lo cierto es que aquella discusión viene desde la Grecia Clásica —alrededor de 400 años antes de Cristo—, cuando Sócrates y su discípulo Platón se oponían —la paradoja es que Platón lo hizo mediante escritos— a la escritura: una ayuda para la memoria o para trasladar físicamente el lenguaje —en la antigüedad las culturas eran sobre todo orales, ¿recuerdan?—, a quien estaba ausente. En la otra orilla están estudios como los de Octavio Henao y Doris Ramírez,3 que muestran cómo los procesos de aprendizaje mejoran gracias a estas tecnologías puestas a favor de la escritura. Y entonces surgen ciertas preguntas: ¿en los procesos de educación inicial se enseña a escribir para desarrollar capacidades expresivas o para demostrar conocimientos y tomar apuntes —tomar notas no es lo mismo que escribir—? ¿El desarrollo de destrezas compositivas aclara el conocimiento y aporta al proceso de aprendizaje? ¿Las campañas y todo

1 Juan 1:14 2 Autor de El animal humano 3 Autores de Impacto de una experiencia de producción textual mediada por tecnologías de información y comunicación en las nociones sobre el valor epistémico de la escritura.

tipo de acciones orientadas a cultivar los hábitos de lectura podrían complementarse con campañas de escritura? ¿Personas que escriben forman sociedades que leen? En cuanto a la escritura, digamos, profesional —formal, artística o académica—, los cambios suscitados por las tecnologías actuales quizá aún no se muestren demasiado marcados. Sin embargo, el crecimiento de la cultura digital hace cada vez más necesario estudiarlos. Después de todo, si en el lenguaje habita una parte esencial de la conciencia humana, sus narrativas podrían esconder ciertas claves.

Xavier Gómez Muñoz (Quito, 1982) Periodista, editor y docente universitario. Autor del libro Crónicas (Dinediciones, 2019) y candidato a un doctorado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid.

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Jorge Basilago

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o quisiera reventar / antes de haber probado / el sabor de la muerte». El autor de estos versos, Boris Vian, pasó la mayor parte de su vida con el gusto de la muerte en los labios: a causa de una insuficiencia aórtica, a los doce años le diagnosticaron que no viviría más de cuarenta; y apenas llegó a cumplir 39, aunque los exprimió como si fuesen el doble. «Era consciente de que se arruinaba la salud, pero tenía cosas que hacer, muy rápido», reconoció Michelle Léglise, su primera esposa. Definido alguna vez como polímata, Vian fue ingeniero, novelista, poeta, dramaturgo, traductor, actor, periodista, músico y compositor de canciones, entre otros oficios. Aunque sin duda él prefería ejercer como niño eterno, patafísico a tiempo completo, con el absurdo como protección contra un mundo ordenado por patéticas jerarquías, cánones y reglas: «El trabajo es horrible. Hace descender al hombre al nivel de la máquina», le hizo decir por ejemplo a Colin, protagonista de su novela La espuma de los días. Contrario a toda forma de autoridad, sobrevivió a una madre

castradora, a la Segunda Guerra Mundial, a un ilógico empleo en la función pública y hasta a su propia muerte, que se lo llevó pero nunca del todo. Acaso porque la solemnidad, tan semejante al rigor mortis, le caía pesada: «(…) los personajes significativos de Vian aman todo y solo odian el aburrimiento que producen los grandes pensadores, los grandes héroes, los grandes guerreros, financieros, salvadores, sermoneadores, los grandes, los serios», apunta el escritor español Juan García Hortelano, como si hablara de su colega. Y si la forma de narrar se parece al modo de vivir, está claro que Boris Vian (quienquiera que haya sido) sigue vivo en sus páginas.

Niñez confinada «Nací por casualidad, el 10 de marzo de 1920 en la puerta de una maternidad cerrada por huelga. Mi madre, embarazada de las obras de Paul Claudel (desde esa época no lo soporto) se hallaba en su décimo tercer mes de gestación y no podía aguardar el convenio. Un santo cura que pasaba por allí me recogió y

volvió a soltarme: era yo en efecto muy feo», anota Vian en un breve perfil autobiográfico, en el que no se salvan del reparto de ironías ni la poesía católica de Claudel, ni la biología, ni el clero ni su propia madre. La revancha materna fue confinarlo, durante casi toda su infancia y adolescencia, a no abandonar la vivienda familiar. Algunos biógrafos sostienen que la mujer decidió aquello obligada por la condición enfermiza del pequeño Boris, que sufría de reumatismo articular agudo; condición que poco después le provocó además una insuficiencia aórtica severa. Pero es una teoría demasiado generosa: su hermano Alain, tan saludable como una cesta de frutas, creció igualmente encerrado junto a él. «Encontramos


aniversario

todo esto en El arrancacorazones, donde la madre pone grilletes en los pies a los niños. Es su libro más significativo. A Boris le costó mucho acabarlo», sostiene Michelle. Sus pasatiempos principales pasaron a ser la música y la lectura, que también se volvieron atajos hacia los deseables universos que su imaginación creaba por detrás de las paredes de su casa. De allí nació su gusto por los heterónimos —se le contabilizaron al menos 38 identidades alternas—, por lo absurdo o lo contrahecho, y por la invención de nuevos términos o juegos de palabras intraducibles: necesitaba correr las fronteras del lenguaje común, y de su propia personalidad, si aspiraba a definir sus propios mundos alternos. «La escritura de

Vian fue acorde, demasiado acorde, con la recurrente moda estilística que rechaza la escritura elaborada y propugna la —supuesta— autenticidad de la escritura espontánea, descuidada», sostuvo García Hortelano, para agregar que su prosa narrativa «ofrece la peculiaridad de un léxico riquísimo y de una sintaxis paupérrima».

Cazador de fantasmas Ya en su primera juventud, Vian logró cortar con el encierro y la dominación materna. Dispuesto a recuperar el tiempo perdido, se lanzó a una alocada vida social marcada

por el jazz, las ‘surprise-parties’ de moda en la época y el descubrimiento del atractivo femenino: «Solo existen dos cosas: el amor en todas sus manifestaciones, con hermosas muchachas, y la música de Nueva Orleáns o de Duke Ellington. El resto debería desaparecer», escribió el propio Vian en el prólogo de una de sus novelas más logradas, La espuma de los días. Uno de sus amigos de entonces, Jacques Loustalot, lo ayudó a afianzar su visión patafísica de la vida. Individuo muy poco común, apodado El Mayor, Loustalot solía entrar y salir de las fiestas por las ventanas en lugar de las puertas, porque afirmaba que «los objetos deben servir para todo menos para lo que fueron creados». Palabras más o menos, de

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eso trataría la futura obra literaria de Vian, que hasta ese momento estudiaba ingeniería, hacía crítica de jazz en distintas publicaciones y había ganado cierto renombre como trompetista en el Hot Club de Francia (ejercicio que dañaba todavía más su maltrecho corazón): «(en mis novelas) solo he hablado de cosas que ignoro por completo. Esta es la verdadera honestidad intelectual. No se puede traicionar el tema cuando no hay tema —o cuando no es real—». «Boris Vian fue siempre un cazador de fantasmas», anota el periodista y escritor español Francisco J. Satué, quien lo sitúa distanciado por igual de «las vanguardias expresionistas como de las existencialistas» que aglutinaban a sus contemporáneos. No por casualidad dejó que se enfriase su amistad con Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre, sobre quien luego publicó un sarcástico texto titulado Sartre y la mierda; y por si fuese poco indicio, un alter ego del filósofo ( Jean-Sol Partre) es asesinado en la novela La espuma de los días: «Mi hermana fue por mal camino, señor. Efectuó estudios de filosofía. Estas no son cosas de las que haya de alabarse una familia celosa de sus tradiciones», sostiene Nicolás, otro de los personajes de esa obra. Con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, todo se acelera para Vian. Pero no para bien. Se gradúa de ingeniero, se casa con Michelle, nace su hija Carole, continúa su carrera musical —llegará incluso a director artístico del sello discográfico Philips— y escribe sus primeros textos literarios. Hasta consigue un puesto en la Asociación Francesa de Normalización, justo él, que despreciaba los estándares tanto como la idea de ‘normalidad’. En aquella París ocupada por los nazis, la sensación de encierro de su infancia retornó con más fuerza: «No peleé, no fui deportado,

no colaboré, permanecí por cuatro años como uno de los muchos imbéciles subalimentados», confesó con amargura.

Sin tachaduras No obstante, la brutal sinrazón de la guerra terminó de orientar sus búsquedas estético-literarias: la incomunicación, la sensación de soledad o de muerte, la angustia ante el paso del tiempo y el eterno conflicto entre ingenuidad y autoridad (nada ingenua la primera, demasiado presunta la segunda) serán las líneas comunes a toda su producción. Si señores muy poderosos y serios pueden sostener con estudiada convicción la utilidad de una guerra, ¿por qué no mofarse cruelmente de sus efectos para desenmascararlos? «Tampoco tiene aspecto de que queden muchos habitantes, y los que vemos ponen una cara muy chistosa cuando la han conservado entera», se lee en su relato Las hormigas, sobre la llegada del ejército a un pueblo devastado por las bombas. Por otro lado, no es difícil concluir que desde ese hecho Vian configuró también un cuerpo definitivo de blancos predilectos para sus ataques, «todos los cuales usan uniformes: la iglesia, el ejército, los policías e incluso los choferes de bus», señala Marc Lapprand, escritor francés especialista en la obra de su compatriota. En su cuento Los buenos alumnos, por ejemplo, un grupo de cadetes de la academia policial protesta sobre lo «bien alimentados» y lo «duros de pelar» que se presentan entonces los vecinos pobres, sobre quienes deben practicar sus cachiporrazos represivos para graduarse. Cualquier parecido con la realidad de algún lugar del mundo actual, es pura intencionalidad. Aunque su primer éxito como novelista nació de una apuesta con


el editor Jean d’Haluin, de Ediciones del Escorpión. Para resolver ciertas urgencias económicas, este necesitaba publicar una novela negra estadounidense —de grandes ventas en Francia durante la posguerra— y le preguntó a Vian si conocía algún autor para traducir. Boris, harto de que le rechazaran sus escritos, le dijo que por el mismo dinero él se comprometía a escribir el best-seller necesario en dos semanas: le tomó apenas diez días convertirse en Vernon Sullivan y firmar con ese nombre Escupiré sobre vuestras tumbas. «Sus manuscritos eran limpios. (…) prácticamente no hay tachaduras. Él escribía así», explica Michelle sobre la capacidad de trabajo de su marido. No le sobraba el tiempo y lo sabía: con su salud cada vez más frágil, corregir era una demora imperdonable. El problema con el supuesto Vernon Sullivan es que sus textos resultaron demasiado sexuales para la pacatería imperante, y le acarrearon juicios y pérdidas de dinero a quien se ocultaba tras ese seudónimo. «(…) figúrense ustedes, hay una literatura bélica que se muestra a plena luz del día (…), está autorizada y fomentada, pero cuando un desgraciado les describe la redondez de las caderas de su amada o les desvela algunas particularidades interesantes y tentadoras de su espontánea anatomía, ¡se rasgan las vestiduras!..., lo insultan, lo atacan, lo procesan y se incautan sus libros», reflexionó Vian tiempo después.

La amplitud del absurdo Muy alejada de la temática policial, la obra de Vian resulta una personalísima mezcla de patafísica —«La ciencia de las soluciones imaginarias», según su fundador, Alfred Jarry—, humor absurdo y

conocimientos de ingeniería. Con una advertencia: cada artefacto creado será siempre un Frankenstein inútil que se volverá contra su inventor. Se trata, en definitiva, de «pensar sobre las cosas aquello que los otros no pensarán jamás», como el mismo autor solía repetir. Para Satué, las narraciones de Vian gozan «de la amplitud del absurdo». Y esa puede ser otra pista importante: nadie supo jamás si ese territorio ha sido delimitado ni dónde están ubicadas sus fronteras; pero si algo puede tener una pizca de sentido es explorarlo, y que cada paso nos lleve un poco más lejos de la presuntuosa coherencia, de los dogmas y las «seguridades» que regulan nuestra existencia. «La vida es como una muela / primero ni se piensa en ella / (…) y de repente se empieza a picar / (…) y para que ya nunca duela, / hay que arrancarla, la vida», razona crudamente nuestro personaje, en uno de sus poemas. Desde mediados de los años cincuenta, esa muela llamada vida no resistía más calzas para Boris Vian. La acumulación de noches bohemias, humo, alcohol y trompeta, la tenían al borde de la extracción. Finalmente, una noche de junio de 1959, aquel hombre delgado, pálido y ojeroso entró —con sus 38 alias a cuestas— al cine-teatro Le Petit Marbeauf, para ver la versión cinematográfica de la novela Escupiré sobre vuestra tumba. Se trataba de un libro escrito solo por la paga y filmado por un grupo de gente con la que había discutido bastante por la adaptación. «¿Se supone que estos tipos son americanos? ¡Bah!», le comentó a su vecino de butaca durante la proyección. Minutos después inclinó su cabeza hacia atrás, cerró los ojos y ya no despertó. Tal vez anda todavía, como de costumbre, haciendo equilibrio sobre los límites del absurdo.

39 vidas en 39 años Fuera del nombre que le dieron sus padres, Boris Vian —Boris debido a la admiración materna por la figura de Boris Godunov, un astuto e inescrupuloso regente y zar de Rusia en los siglos XVI y XVII— usó otros muchos para firmar sus escritos o simplemente para divertir a sus amistades. Hasta el momento se registraron 38, pero podrían ser varios más. En el listado aparecen desde anagramas de su identidad original como Bison Ravi (‘bisonte encantado’, en francés) o Navis Orbi (‘navegante del mundo’, en latín) hasta el ya nombrado Vernon Sullivan; pasando por encarnaciones femeninas (Amélie de Lambineuse, Anna Tof de Raspail), falsos autores de rock y jazz (Vernon Sinclair, Andy Blackshick), escritores famosos (Honoré Balzac, sin la partícula ‘de’) y supuestos investigadores alemanes (Otto Link, Adolphe Schmürz). 67


Cristina Rivera Garza

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n el futuro recordaremos esos días de finales de marzo como los días que sacudieron nuestros mundos. Estábamos llenas de dolor y de rabia, diremos. Estábamos, también, llenas de esperanza. Éramos, en esos días, una furibunda vocación por la verdad. Nuestras voces atravesaban el aire y caían, redondas y firmes, en oídos ajenos. Nuestras palabras, fervientes, mal comportadas, heridas de muerte, sobrevivientes a todo, se levantaban frente a los ojos de los demás. No es que todo hubiera estado en calma antes, pero a las voces que ya se levantaban entonces, se le sumaron las de las mujeres en las áreas de la cultura y el arte, pronunciándose juntas. Todo en esos días se volvía nuestro porque era fácil decir estoy aquí, sé de lo que se trata. Nuestras historias, revueltas. Nuestras voces, a la par. Era tan difícil distinguir entre lo propio y lo de todas, diremos con esa gran sonrisa en la boca que da la comunidad. Habíamos vivido décadas ya bajo el espantoso molar del feminicidio. Nuestras madres morían, morían nuestras hermanas, nuestras primas, nuestras vecinas, incluso nuestras enemigas morían. Morían todas; no dejaban de morir. Nos acostumbramos a mirarnos con los ojos apesadumbrados de las supervivientes: escribimos

ensayos, nos unimos a grupos de acción, incluimos a más mujeres en los programas de estudio en nuestros salones de clase, alzamos la voz en muchas marchas. Pero ahí estaban, a todos lados nos seguían, esas cifras siempre en aumento. Tres mujeres al día. Seis mujeres al día. Nueve mujeres al día. En enero de 2019, diez mujeres fueron asesinadas al día en México. Era imposible no preguntarse cuándo me tocará mí. Cuándo te tocará a ti, que me miras, que estás a mi lado. ¿Cuándo nos matarán? Cuando imperaba la regla del silencio, esas muertes parecían irrupciones más o menos anómalas en un mundo inexplicable o irremediablemente violento. Las historias que encontraron acogida en el #MeToo mexicano trajeron a colación y pusieron en evidencia al eslabón que va de la violencia cotidiana al crimen espectacular. Todas las violencias cuentan. Hay solo un paso, y no un salto cuántico, entre el maltrato doméstico, la desigualdad laboral, el hostigamiento cotidiano, el acoso sexual, la mortificación económica, el ninguneo cultural, la falta de oportunidades, y el asesinato de cientos de miles de mujeres en México y en el mundo entero. ¿Conocíamos esas historias? Claro que sí, a veces de oídas, a veces en carne propia. Por si hu-

biera hecho falta rondaban por ahí los relatos de #MiPrimerAcoso y #RopaSucia, iniciativas de activismo digital que recogieron historias de mujeres en las redes. ¿Estaban al tanto los demás? Claro que sí, a veces de oídas, a veces en carne propia. Y, más allá de las pantallas, estaban los tantos grupos de acompañamiento, las madres de las desaparecidas, la Marea Verde, las que habían dicho ‹Ni una más›, para recordárnoslo. De ese modo, amplificando voces y extendiendo ecos de otros gritos, todas esas historias vestidas de sonido y de letra, con nombres propios e impropios en la plaza de lo público, incluido twitter, cobraron un peso que en mucho se pareció al espanto. También eso éramos, diremos en el futuro inclinando la cabeza, deseando incluso entonces que no hubiera sido real. Se trataba de un mundo fraguado con base en el silencio de las mujeres. Era un mundo que requería del silencio más íntimo de las mujeres, ahí donde son heridas de muerte, para seguir funcionando. Y entonces pasó, diremos. Una mujer empezó a hablar, y le siguió otra, y a ésta le siguió otra, y otra más. Eran muy jóvenes, contaremos, pero sus historias se parecían a las que venían de tanto tiempo atrás, como si todo hubiera empeorado con el tiempo. Lo supimos de inmediato: a eso no lo


feminismo

detendría nadie ni nadie lo controlaría. Desbordar. Rebasar. Desbocarse. Eso es un movimiento social. Nadie participa en una revuelta alzando la mano y esperando su turno para hablar. Lo que sale a la luz es humano y aterrador. Diremos, recordando ese poema de Ilya Kaminski que habíamos escuchado en vivo en un salón o un almacén lleno de gente deseando su traducción inmediata, su proliferación, sí, nosotros también habíamos vivido felizmente durante la guerra. Y cuando bombardearon las casas de los otros, nosotros/ protestamos/ pero no lo suficiente, nos opusimos pero no/ lo suficiente. Yo estaba/ en mi cama, y alrededor de la cama México/ estaba cayendo: una casa invisible tras otra casa invisible tras otra casa invisible./ Moví una silla afuera y observé el sol./ En el sexto mes/ del insufrible reino de la casa del dinero/ en la calle del dinero en la ciudad del dinero en el país del dinero,/ en nuestro gran país del dinero, nosotros (perdónennos)/ vivimos felizmente durante la guerra. Llevábamos años sin querer la guerra, pero a donde quiera que

volteábamos allí estaba la guerra, con sus fosas comunes. Con nuestros desaparecidos. Y con su dinero, sí. Con eso también. Pero ya no queríamos vivir felizmente durante la guerra. Íbamos juntas, y marchando también cada quien por su lado, en distintas agrupaciones y manadas, en contra de esa falsa felicidad de la guerra. Algunos lo reconocieron, y pidieron perdón; otros se asustaron. Otros guardaron silencio. Y entonces, entre el dolor y la ansiedad, entre el fervor y la agitación, amaneció abril y Armando Vega Gil, el músico de Botellita de Jerez, la banda con las que muchos a finales del siglo XX aprendimos la irreverencia y el desparpajo, se quitó la vida después de leer un señalamiento por acoso en @MeTooMúsicamx. Habremos de decirlo con profunda consternación, con un dolor compartido. En el futuro, haremos una pausa, y recordaremos sus palabras: «Es correcto que las mujeres alcen la voz para hacer que nuestro mundo podrido cambie». Y entonces, justo entonces, a inicios del mes más cruel, se volvió todavía más importante la voz,

la presencia, el reclamo de justicia. Eso diremos. Todos habíamos perdido tanto con el silencio de las mujeres. Y si algunas se fueron apaleadas de regreso al silencio, y otras se aferraron incluso más a los modos autoritarios y violentos de la guerra, estuvieron también las que nos conminaron a continuar, con datos duros, con empatía radical, con la ética del cuidado como bandera. Hubo lágrimas al interior del movimiento y asambleas, contaremos. Hubo disenso. Hubo perplejidad. Y largas horas de contemplación. Y mucho trabajo, horas de diálogo e investigación, jornadas enteras intercambiando datos o discutiendo estrategias. Hubo manos abiertas. Y esta energía desatada, viva, plural, gracias a la cual logramos seguir vivas y alcanzar este futuro —en el que las leyes que garantizan un mundo sin violencia para las mujeres se ejecutan, los protocolos de lugares de trabajo libres de acoso se respetan, niños y niñas tienen igual acceso a la educación, hombres y mujeres reciben igual retribución salarial, y en el que no morimos ya, seis o nueve o diez de nosotras al día— que ahora todavía depende de lo que hagamos hoy. No es un mundo más cómodo, pero sí uno en que todo es discutido de nueva cuenta, al amparo de todos los ojos, todos los cuerpos, porque a todos nos afecta. Ese mundo, este futuro posible, requiere de todas nuestras inteligencias, saberes, ternuras, desacuerdos, asombros. Requiere de ti y de mí. Ahora. Aquí. Porque #NiUnaMás para la muerte, pero #NiUnaMenos para la plenitud de seguir vivas. (Tomado de: http://literalmagazine. com/el-fin-del-silencio-de-las-mujeres/

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Gabriela Ruiz Agila

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ez Amapola reúne 22 poe-

mas para «escribir y rasgar el aire con los dientes del corazón y romper el miedo a decir». 2610 palabras tejen 1066 formas únicas de medir la velocidad léxica del pez. Karla Armas (1978) es de aquellas escritoras que tiene afilado el sentido de la ironía. Desprendida al miedo de la crítica, postergó la publicación de sus textos y conserva intacto el tono de su voz en medio de una generación proclive a la lectura de moda y el cumplido oscuro. Esto se puede sentir en los poemas ‘La incomodidad es una tierra sin necesidad de visa para mí’ y ‘Hoyo negro’, donde declara la voz lírica: «Soy un hoyo negro / me trago todo sin discriminar nada /las penas, los logros y el hastío vagan por mi piel, mi seno, mi ombligo. / La piel de escamas se frota». Al abrir la primera página, me pregunté si alcanzaría a ver alzarse sobre la superficie del agua al pez, a la flor, a su belleza. Lo he visto. El pez amapola se asemeja mucho al pez koi, criatura estimada entre los hermosos del mar por su fiesta

y señorío. Como lectora de este poemario yo veo un pez koi que florece como amapola. En el poema ‘Tabla esmeralda’, las características del pez se muestran con claridad: «Hablo en agüez / en pez espada /camino coral /bebo desnudez (…) el pájaro pez salta». El erotismo es el perfume propio del pez amapola con el que hiere y esquiva al captor. En el poema ‘Sinencuentro’: «nunca el agua besó mis párpa-

dos con miedo», afirma la voz para hacer aparecer un cuerpo. Y ambos, amapola y pez, deben ser observados desde arriba si se quiere atender la invitación de una caída suave. Pez y amapola brotan como en acuarelas de tierra roja, una tierra fantástica que representa su propio cuerpo: medicinal, fuertemente alucinógeno, dueño del movimiento, prisma del color, capaz de excitar el corazón y curar el insomnio. Un pez amapola nada contra corriente desde hace mucho, desde antes de nacer o saber su nombre. Desafiar el cauce y la corriente. ¿No sé siente así ser una mujer de verdad?


reseña Karla Armas (1978) es de aquellas escritoras que tiene afilado el sentido de la ironía. Desprendida al miedo de la crítica, postergó la publicación de sus textos y conserva intacto el tono de su voz en medio de una generación proclive a la lectura de moda y el cumplido oscuro. «Hay gente dentro de mí / gente loca / comunidades enteras… no saldrán nunca / se han juntado y quieren rebelarse / pero yo soy más fuerte / yo soy». Así abren los poemas sus pétalos con una declaración de autorreconocimiento y distancia en el estanque. Es importante declarar que tanto para un pez como para las amapolas, las semillas desafían al legado. Un pez koi tiene un ciclo de vida que puede alcanzar hasta los 80 años. No necesita ninguna temperatura especial para vivir pero sin duda, llegará a formar parte del legado de los hijos. Al igual que otras especies, su mezcla o pureza reside en el ojo que lo juzga. Karla sabe bien lo que significa la «meditación en el umbral», o refutar los espacios para escribir, habitar, expandirse y levitar. Lo sabe porque es mamá del Sebas, del Matías y del Benji. Tiene toda la fuerza para trazar la arquitectura de un Pez Amapola en los cuadernos de la vida. Una sola vez aparece el verbo «amar» en el poema ‘A Quito’: «fui esa sirvienta del diablo / dándole placer por lasciva / limpié su sexo con lágrimas de sal / no tuve la decencia / de amar despacio / de sostener las tetas en el puesto / por el resto de mis vidas». El arcoíris de la amapola se crece en el lomo de este pez que puede comer de la mano de la au-

tora pero no se confunda su serenidad en la cercanía. Léase para el caso el poema ‘Mr.’, donde «los peces que nadan en mi lomo de plata no terminan de asfixiarse, se revelan, hablan corazonil». Invito a leer a la autora, y a conocerla como al pez amapola que nos regala su aparición esta noche. Una «vereda tropical» se tiñe como pasarela para sus palabras, donde las fantasmagorías de otras mujeres caminan para desarticularse de un lugar común, palabras dichas y horarios puntuales: ‘3:03 am’ o ‘5 y sin cuenta’, poemas también del pez amapola. En algún momento de la lectura llegué al poema ‘Pastillas de miedo’, y comparto con la autora la sensación de control y abismo que nos da la realidad en sus altas dosis que afirmo como ella que hay la necesidad del verso: «devuélveme la voz para gritar a tiempo antes de que el alba / me hiera otra vez». Gracias a Mecánica Giratoria, a su editora Lucía Moscoso, por inaugurar la estación más violenta del año, la de la poesía en el verano que se fuga. Solo en 2019, Mecánica Giratoria publicó: Su sombra como un mapa. Obra reunida de Kelver Ax, Deterioro de Rocío Soria, Un Parsifal de Luis Borja Corral, Devueltos a la libertad. Un racimo de seres agitados de Rafael Barret, a los que se suma Pez Amapola de Karla Armas. 71


Efraín Villacís

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e había olvidado de Borges como todo buen memorioso, y como no tengo devociones tampoco tengo esperanzas; alejado de mis perchas por trabajar para ralentizar los síntomas de la necesidad, continuar vivo y desagradecido, Gustavo Salazar me obsequió un libro envuelto y sellado con un lazo para llamarme al redil de lo inútil: la lectura. Rompí los sellos y me encontré con Jorge Luis Borges escrito por Fernando Savater (Colección Vidas literarias, dirigida por Nuria Amat, quien al parecer inventó el concepto, y también escribió una biografía ausente y callada sobre Juan Rulfo, en ediciones Omega, el año 2003). Fernando Savater, llamado a escribir sobre el autor de esa ‘novela’ en extractos infinitos llamada El Aleph, explica que fue Amat quien le pidió que escribiera sobre Borges algo así como una «hagiografía» escrita con «devoción» para narrar milagros y prodigios que rediman al santo, de haber tal; en este caso, Savater se lo toma a pecho y suelta su devoción sobre el argentino. Pasión y veneración descubre el lector según van avanzando las páginas que parecen redactadas con cierta avaricia monacal, impostada.

Muchos habrán leído al señor Savater y yo no me quedo a la zaga, lo último que hojeé fue La aventura de pensar (un buen número de pastillas explicativas que abarcan el largo recorrido de la filosofía que invitan al lector a cuestionarse «y no conformarse con lo existente»); antes leí con atención El jardín de las dudas, novela que trata del intercambio epistolar apócrifo entre Voltaire y una anciana. No voy más allá en la trama de esta narración, solo quiero dejar apuntado que don Fernando convierte al filósofo Voltaire en casi una vulgar pitonisa. Espero que la risa sobre sí mismo haya sido la intención y no solo la vanidad de gabinete del profesor. La vida literaria de J. L. Borges está dividida en cinco capítulos, una sucinta bibliografía y una antología discrecional. Desde el inicio Savater hace gala de su humildad y del orgullo que le otorga la tarea encomendada; lleno de originalidad nos descubre sus deslumbramientos en los breves encuentros que tuvo con el hombre que leyó la cosmogonía, y que sin duda no a él. Biografía escrita con prosa lenta imponiendo un humor soso; el estilo cuasi coloquial de un profesor que aburre a sus estudiantes me hace perci-


estantería bir cierto devaneo por igualarse a quien muy pocas cosas le han «ocurrido más dignas de memoria que el pensamiento de Schopenhauer... (El hacedor)». Borges creía en el destino, en el fatum, tal es así que llegó a ser el escritor que don Jorge Guillermo, su padre, quiso y no pudo ser; y que doña Leonor, su madre, labró con tesón como si fuera la piedra que a lo largo del tiempo se erigiría como una catedral llena de certezas y de misterios, de claves y de mundos, de las vidas y las muertes de los otros hombres. Borges fue más allá, entre el humor y la paradoja, decía que al destino hay que ponerle fe para que se cumpla. El profesor Savater dice que no le gusta el cotilleo, y al parecer es más esto lo que lo mueve a darle a Borges un perfil acomplejado y dependiente de su madre y de alguna otra mujer. Habla de «sanas peripecias de burdel» y más tarde a una «sana renuncia a los artilugios verbales», con actitud condescendiente que recurre al rumor propio para parecer que descubre lo evidente. Borges fue ciego nada más, de un genio sorprendente sin duda, y un ser humano que cometía errores en la cotidianidad como cualquier otro paisano. Pecó sin duda el feligrés J. L. Borges y habrá pensado en sí mismo cuando escribió sobre Spinoza: «No lo turba la fama, ese reflejo / de sueños en el sueño de otro espejo, / ni el temeroso amor de las doncellas». Intuyó la vida como entrevió el universo; y gozó con plenitud (hasta metafísica) de su vida de escritor, de hombre y de ciudadano, en algunos casos hasta se burló de «ellos» y de sí mismo. Don Fernando, más creyente que inteligente, cree que debe defender a Borges de las peccata minuta que cometiera política y socialmente, olvidándose de que el autor de Ficciones era un burgués, conservador que detestó lo

Biografía escrita con prosa lenta imponiendo un humor soso; el estilo cuasi coloquial de un profesor que aburre a sus estudiantes me hace percibir cierto devaneo por igualarse a quien muy pocas cosas le han «ocurrido más dignas de memoria que el pensamiento de Schopenhauer... (El hacedor)». que su tiempo le impuso y se río, quizás hasta la carcajada, de ciertos temas que le habrían impedido obtener el premio Nobel. Premio al talento literario y a la vanidad ultraterrena de quien escribiera: «… por Séneca y Lucano, de Córdoba, / que antes del español escribieron / toda la literatura española…» («Otro poema de los dones»). Extraño por decir lo menos es que Borges «fingiera» erudición para dar precisión y orden universal a sus invenciones, para que sus ficciones traspasen los propios ‘límites’ que al parecer define él mismo: «a Quien prefija omnipotentes normas / y una secreta y rígida medida / a las sombras, los sueños y las formas / que destejen y tejen esta vida». Azar, numen, revelación y destino se cruzan entre los senderos de los relatos, en los cauces de los poemas; los otros seres humanos en su tiempo no fueron más que circunstancia; el otro en Borges es tiempo paralelo, es otro mundo, pasado o futuro, presente eterno; el otro del malevo, el otro dios: Loki (los Avengers de haberlos visto a pesar de la ensordecedora fruición de la tecnología). Sus otros Borges. Los mitos acuñados y los que

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«Yo soy una superstición argentina. Por eso puedo decir impunemente cosas que otros no podrían decir sin correr peligro».

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descubre, los mitos que imagina. Nada existe si el hombre no lo ha nombrado. «Si… el nombre es arquetipo de la cosa», condiciona Borges para saber el Nombre al inicio, en el camino se pierde con el hombre rudimentario, y al final interroga eternamente: «¿Quién nos dirá las cosas que sentía / Dios, al mirar a su rabino en Praga?» (‘El Golem’). Rima en el poema y es la métrica clásica la que se ajusta porque se le hace palpable, física, allí puede grabar los sueños que cuenta para el tiempo; el verso libre se va con el viento, con los gritos inútiles del hombre común y su esperpento. La memoria prodigiosa requiere de la broma de la inmensidad para guardarse, porque muta cada vez que recuerda, es otro y él mismo, palimpsesto. Borges tuvo toda la fama que hubiera querido y viajó más de lo que deseó (imagino yo), una suerte de profeta /asceta del jet set literario del orbe que, según el señor Savater, decía lo que le venía en gana como divertimento social (no publicó sus ocurrencias), entre ellas: «Yo soy una superstición argentina. Por eso puedo decir impunemente cosas que otros no podrían decir sin correr peligro». (Serían palabras de Maradona, tan solo cambiando

el verbo «decir» por hacer). La defensa del profesor español se vuelve odiosa y falsa en el devenir de su biografía; lo justifica, lo ama y se burla de ciertas anécdotas que atribuye al venerable Jorge; miente —que no es estigma—, no inventa, y no hace falta, es evidente que paladea lo que el ciego pudo haber visto con su tacto, al escribir mientras soñaba. J. L. Borges fue finito por suerte, nos queda el infinito inventario de las palabras atroces de su imaginación que a muchos no hace falta. Fue lúdico y supersticioso. Todo lo que se pueda escribir alrededor de Borges será arbitrario como el sentido de caducidad que tiene el hijo del hombre sobre la tierra. Narrador constante más allá del poema, creyó que la eternidad, la vida, la nada eran una suerte de abuelos expertos en croché que van tejiendo chambras y tapetes para vestir o adornar las metáforas que llevan a los hombres a la muerte. Narrador breve, infinito y persistente en la reiteración, en la elipsis; El Aleph (el conjunto) es la novela que no llegó a escribir, la empezaría después aunque la intuyó antes: pistas entre José, el egipcio, y Bustos Domecq. Savater llama antología de muertos al cementerio y después corral, donde estarían aún los restos del autor de Inquisiciones, en Ginebra. Don Fernando parece estar cogiéndose a sí mismo y no cogitando acerca de la grandeza literaria de la obra borgiana, y de la muerte pueril de quien la escribió; muerte que tampoco desea para sí mismo, no sé si se iguala en lo literario o en lo humano, en ambos casos es un exceso de vanidad del profesor de Filosofía, porque si «nada humano le es ajeno» (frase atribuida a Plubio el africano y expresada por Cremes) su intromisión lo diferencia muy grandemente, como un grano de arena de un forúnculo. (No he sido discreto


Todo lo que se pueda escribir alrededor de Borges será arbitrario como el sentido de caducidad que tiene el hijo del hombre sobre la tierra. Narrador constante más allá del poema, creyó que la eternidad, la vida, la nada eran una suerte de abuelos expertos en croché que van tejiendo chambras y tapetes para vestir o adornar las metáforas que llevan a los hombres a la muerte.

en esta comparación pues no soy Borges ni quiero ser como él.) Los muertos son útiles, la muerte misma, ahora más que antes; cada mañana siguiente se hace necesaria la muerte de tantas cosas, de tantos actos, de tanta gente, y acabe de una vez la esperanza de un nuevo día. Nadie sabe lo que es la muerte, sólo lo que la representa, lo que pierde luz y se pudre; nada vivo puede saber lo que es; la vida es inútil porque es tránsito de un estado a otro, nada de polvos ni transmigraciones, es pensamiento y palabra, presente constante; tiempo donde conjugan todos los verbos de la memoria que es el otro saber inútil. Fernando Savater es el innecesario devoto de Borges; supone que debiera cuidarlo cuando ya se ha ido, como si el que fuera el creador de La biblioteca de Babel sirviera de algo hoy, o sido útil antes. Borges lo supo en los reencuentros consigo mismo, la muerte es la gubia que desbasta la madera del tiempo para los hombres, no para las cosas. La

devoción es útil porque está sustentada en la fe de que algo mejor nos toque, de que creemos acertadamente, aunque mal, porque llena el vacío que se expande en el interior del insano espiritual, más del intelectual, por eso la devoción no puede ser inútil como el verdadero saber de los hombres y sus dioses; la obra literaria de quien fuera Jorge Luis Borges colma, inunda con lo que nombra en esta tierra, lo que está más allá, en lo llamado cósmico, le pertenece a la imaginación del ser humano colgado de la incertidumbre de su presente. J. L. Borges, hombre cuyo destino fue ser escritor y le puso fe en conseguirlo, escribió lo que avanzó con lo que pudo tomar del mundo que leyó, viajando, transportándose de un mundo a otro. Si para Borges James Joyce cometió un error al escribir un libro tan detallado (Ulises) —Borges de A. Bioy Casares, pág. 298—, creo que Savater fue muy detalloso al escribir esta vida literaria.

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Antonio Sacoto, PH.D.


crítica

L

a narrativa ecuatoriana de los últimos años está representada por excelentes escritores y sus novelas, tal cual las expongo en mi último libro La novela ecuatoriana del siglo XXI, son de grandes alcances literarios. Al referirme a estas novelas, incluyendo las que escribe Óscar Vela, tales como Desnuda oscuridad y Yo soy el fuego, he manifestado que atrapan al lector, le aprisionan y uno no sale de esta cárcel de amor literario sino cuando ha terminado su lectura. En el casi de Ahora que cae la niebla, puedo decir categóricamente que la he leído de un tirón. En esta novela el interés prima y poco a poco va hilvanando una trama excepcional, unos personajes tan de carne y hueso que uno siente que los puede tocar, ver, paladear; una trama apretada y arquitectónica y al alba luminosa el escenario es claro y se puede divisar en lontananza cómo se van agrandando los personajes y la historia se desdobla magnífica, clara y extensa. Una historia que abarca a partir de 1930 hasta el 2019, fecha de publicación del libro. Pero principalmente se revela con datos sorprendentes la historia de la II Guerra Mundial, sus actores, Hitler y Mussolini, la tragedia del holocausto, la actitud fascista de Carlos Arroyo del Río en 1940 y 1941, la invasión del 41 al Ecuador por tropas peruanas, con interpretación de hechos y actuantes, la historia de Adolfo Eichmann, identificación, juego de personajes, esposa, amante y miembros judíos que lo persiguieron a sol y sombra; su captura, juicio, etc. Se pone de relieve la veta de pasaportes ecuatorianos a judíos en 1940 y 1941… Quid pro quo… la Alemania nazi simpatizó con Ecuador en el tratado de Río de Janeiro (98). Luego vendrá el ataque de Pearl Harbor (12-7-41). Entonces hay un viraje del Ecuador y rompe relaciones con los miembros del Eje: Alemania,

Italia y Japón (1-29-41). También influyó la masacre de Lídice (610-42), condenada por el mundo entero. Como consecuencia viene el hostigamiento a ciudadanos de esas nacionalidades residentes en el Ecuador, al punto que la familia de Heinz Moeller (102) se regresó forzosamente a Munich, justamente de donde salía la familia de Kurt Dorfzaun a Colombia y que eventualmente se asentará en Cuenca. La riqueza temática de la novela es astronómica. La historia de Finlandia, desde cuando formaba parte de Suecia, la política expansionista de la URSS, la historia de Noruega, Polonia, Holanda y Alemania durante la II Guerra Mundial. Pero en el fondo y como protagonista se alza un desconocido, sin perfil, sin espesor, el cónsul general de Ecuador en Suecia, doctor Manuel Antonio Muñoz Borrero, y desde allí irá creciendo hasta que al final es el hombre que ha salvado a cientos de familias judías de una muerte segura en el Holocausto, una especie de héroe silente, quien a cuenta propia, jugándose la vida y conociendo el delito que cometía, se permitió expedir pasaportes de ciudadanía ecuatoriana a los judíos apátridas. En algún pasaje se habla de 900 pasaportes y otros más (el Dr. Zadoff señala que por lo menos 900 pasaportes se expidieron en Estocolmo entre 1940 y 1945, p.77. El cónsul dice en otro pasaje: «Hace unos meses envié 100 pasaportes al consulado chileno en Turquía» p.127. «La noche anterior había firmado 50 pasaportes para ser enviados a Ámsterdam» p.53). Todo esto permanece en el mayor sigilo dada la temeridad del hecho. Se escribe la intriga con tintes de novela policial principalmente cuando los espías de la SS nazi buscan el hilo del ovillo. El cónsul, para entonces ad honorem, fue cesado con carta explícita del presidente Arroyo del Río en 1942, pero él siguió

K es otro personaje que se hace en la novela porque vivió y conoció los crímenes de la Guerra, tras la cual se volvió en un implacable cazador de nazis fugitivos; es un personaje misterioso, enigmático, que va dando información gota a gota, pero que conoce al revés y al derecho la historia del holocausto y sus actores y quien agresivamente persiguió al cónsul en busca de información.

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Solamente en 1962, durante el juicio de Otto Adolfo Eichmann, cuando una testigo del holocausto menciona que salvó su vida merced a un pasaporte ecuatoriano expedido a ella en Holanda pero firmado en Suecia, se suscita interés en los historiadores judíos Seth Jacobson y Efrain Zadoff, y de allí en adelante se deshila el ovillo...

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expidiendo pasaportes hasta 1945. Todos estos hechos permanecieron en el limbo; nadie se preocupó del asunto y el cónsul cesado en sus funciones permaneció hasta 1966 en Suecia. Solamente en 1962, durante el juicio de Otto Adolfo Eichmann, cuando una testigo del holocausto menciona que salvó su vida merced a un pasaporte ecuatoriano expedido a ella en Holanda pero firmado en Suecia, se suscita interés en los historiadores judíos Seth Jacobson y Efrain Zadoff, y de allí en adelante se deshila el ovillo, principalmente cuando el novelista ecuatoriano Óscar Vela se empeña en desentrañar la historia desde los más remotos resquicios del asunto enterrado en el olvido. Y con ese propósito viajará a Cuenca, donde conocerá a la familia Muñoz Borrero, y a Estocolmo, donde seguirá los pasos del cónsul en sus caminatas por la librería Lund para visitar a su gran amigo Olsen, la ópera, el restaurant Diplomat, y conocerá a allegados a él y a su hijo, nacido en Estocolmo. Hasta poner de relieve la historia del cónsul ecuatoriano en sus días aciagos de la encantadora ciudad, pero entonces llena de malos presagios por la Guerra. Paralela a esta historia, hay otra, fascinante y llena de amor y ternura, el feliz encuentro con Marta, una hermosa sueca de 35 años, casada y con dos hijos, cuyo esposo

conocía de este romance porque Marta, después de una noche de amor, le dijo que debía confesárselo a su esposo (123). El tercer hijo, Lennart Bjelke sería el fruto de estos amores clandestinos. Él visita el Ecuador en 1998 y así conoce a toda la familia de su padre. Manuel Antonio Muñoz Borrero nació en Cuenca en 1891, su abuelo era diplomático y su padre ministro plenipotenciario y embajador de Ecuador en Colombia; allí realizó sus estudios universitarios y se graduó de abogado e ingresó en el cuerpo diplomático en 1916. Contrajo matrimonio con Carmen van Arken Mallarino en 1919, mujer perteneciente a la élite aristocrática bogotana. Fue nombrado cónsul general en Estocolmo, Suecia, en 1930, y allá se trasladó con su esposa que no soportó ni el frío, ni la pequeñez del departamento, y añoraba continuamente la vida regalada, coctelera, de la diplomacia en Bogotá. Como anota el autor: «También era cierto que Carmen vivía la vida agitada de Bogotá y el roce social con la gente de la más alta estirpe y que siempre estuvo rodeada del poder político, religioso, económico y social» (122) y nada de esto encontró en Estocolmo. Terminaron en divorcio en 1934. Carmen no tiene voz en la novela y no conocemos su punto de vista.


Su encuentro con Marta fue en 1941, cuando ella tenía 35 años y era una mujer hermosa; el amor fue fugaz y fulminante y floreció en un bellísimo romance, sin ataduras. 25 años duraría este romance (71) que terminó con la repentina y callada partida del cónsul en 1966. El andamiaje de la historia está sólidamente unido por los múltiples personajes que se cruzan en la novela: el rabino Abraham Israel Jacobson, que en el verano de 1940 le visita y le intriga y le pide ayuda al cónsul para aliviar la situación perentoria de los judíos en Polonia: «Los están confinando a guetos y campos de concentración» (19) «tras las leyes de Nuremberg los declara apátridas» (19). «Estas leyes emanaron de la falsa acusación a los judíos del incendio del Reichstag en Berlín y, a consecuencia de esto, al día siguiente se quemaron y destrozaron establecimientos y sinagogas judías tanto en Berlín como en otras ciudades alemanas. Este día se conoce en la historia como «La noche de los cristales rotos». El rabino Jacobson crece también como personaje a través de las múltiples visitas al cónsul. K es otro personaje que se hace en la novela porque vivió y conoció los crímenes de la Guerra, tras la cual se volvió en un implacable cazador de nazis fugitivos; es un personaje misterioso, enigmático, que va dando información gota a gota, pero que conoce al revés y al derecho la historia del holocausto y sus actores y quien agresivamente persiguió al cónsul en busca de información. Enrique Muñoz, sobrino del cónsul, lo visitó en Estocolmo en el año 1954, conociéndolo así un poco. Adviértase que el cónsul deja Cuenca en su mocedad y no regresa sino en 1966; permanece en Cuenca dos años, hospedado de tal modo que poco conoce a su familia, que nació a partir del año 1910 aproximadamente. Enrique

es historiador y está interesado en escribir sobre su tío el cónsul, pero no llega a hacerlo por su edad y su enfermedad de cáncer al estómago. Muchos otros personajes desfilan por la novela: los Dorfzaun, principalmente Alberto y Daniela, que aportan a la investigación, Heinz Moeller, los agentes de Israel que colaboran en la identificación y captura de Eichmann, incluso Vera, su esposa, María Mosenbacher, su amante. Un capítulo aparte merece el tratamiento de los hermanos polacos Jonás y Manus Diamant, jóvenes apresados por los nazis y enviados a los campos de concentración: huyen, Jonás muere pero se salva Manus, que después de la guerra se convertirá en miembro del Mossad, servicio de inteligencia de Israel que acechaba a los nazis prófugos y, como Manus conoció a Eichman, se concibe un plan para que este apuesto joven, conocido como ‘elegante Romero’, sedujera a la mujer de Eichman en busca de información pertinente; el plan falló y se emprendió ahora con la amante y sí dio resultado, obteniendo una fotografía que no se tenía del fugitivo nazi. Pero, bella y resplandeciente, con aureola de musa romántica, es Marta, la mujer que apagó la sed de amor, su amante y compañera cuando más le asediaba la soledad y el tedio, el calor corporal durante las noches heladas de Estocolmo, su pan espiritual y a veces material dado el hecho que fue cesado de sus funciones y apenas vivía de traducciones que hacía para la embajada colombiana, como bien lo recuerda su sobrino Enrique en su visita: «No podía evitar recordar la vestimenta que llevaba su tío, desgastada y descolorida, pues el dinero que ganaba como traductor apenas le alcanzaba para sostenerse» (80). Por todo ello, Marta fue su sostén y la encarnación del amor en todas sus dimensiones.

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Es sumamente encomiable la descripción que el novelista hace de sus personajes, con precisión de cámara cinética, son «tomas» o bocetos e igualmente el fondo musical de muchas de las escenas en donde se deleitan los actantes y estos elementos servirán mucho para llevar el asunto a la pantalla. Empecemos por señalar algunos bocetos de mayor relieve: De Enrique Muñoz: «Era un hombre mayor que tenía el pelo platinado y el cuerpo casi en los huesos. Vestía una salida de cama de franela y se movía con lentitud…, aquel hombre de voz cansa-

da y rotunda pidió que fuera a verlo lo antes posible, pues el tiempo apremiaba». (26). Del cónsul: «La silueta imponente del cónsul, alto y fornido, de ojos azules y mirada triste, que lucía su cabello rubio y lacio peinado hacia atrás»… «Aquel hombre enorme de casi dos metros de alto, dueño de una personalidad irresistible y de una sensibilidad desbordante» (35); es la descripción de su hijo Lennart. El cónsul de la imagen de Marta cuando la conoció: «Era una mujer de una marcada belleza de tipo nórdico, pues su cabello era rubio y


sus ojos, de un profundo azul oscuro. Pero además de su belleza física, me había impactado de ella su alegría y su desbordante simpatía, que en esos tiempos de oscuridad y desaliento, era algo sorprendente. Quizá por esa razón más que por su belleza, Marta me deslumbró desde el primer día» (71). Igualmente, el trasfondo musical armoniza toda la obra, casi todos los personajes son aficionados a la música clásica y algunos son artistas consagrados como es el caso de Lennart. He aquí algunos ejemplos: en la calle Stalag se detuvo a la puerta de la librería Lund, de su fiel

amigo el Sr. Olsen, en cuyo interior se escuchaba la Danza húngara número 4 de Brahms, la melodía de la que su madre le habla con ternura y nostalgia, pues tantas veces las había escuchado con el cónsul (245). Una larga charla con K es acompañada de los cinco movimientos de la Sinfonía Fantástica de Berlioz, (246). Olsen, el librero, se encontraba ensimismado con la música. Lennart había cantado la melodía favorita a Marta y a Ragnar en sus respectivos sepelios, Land, du välsignade, una conmovedora canción sobre la nación sueca (36). Como se ha advertido ya en el análisis de la novela, la historia no es lineal, por el contrario, es un continuo zigzagueo, ir y venir, por el tiempo y personajes y principalmente el relato en distintos lugares y fechas, sin entorpecer en ningún momento la historia y a veces sin que el lector se percate. La historia se desdobla en el plano real a ritmo acelerado y tintes oscuros en los hechos, escenas relacionadas con la II Guerra Mundial; testimonia en la historia de países afectados; humano en el tratamiento de sus personajes acosados por la incertidumbre de la plaga de muerte nazi, y finalmente brillante y tierno en los amores de Marta y el cónsul. El estilo en general es diáfano, de una enorme fluidez y propiedad, prioridad principalmente en adaptarse al tema y a los personajes de otra edad, de otra cultura; es de una claridad impecable, sin afecciones ni recargos de figuras retóricas; carece del lenguaje conceptista y barroco y más bien se caracteriza por lo lacónico. He aquí algunos ejemplos: «Ese hombre es tu verdadero padre» (34), le dice Marta a su hijo cuando este conoció al cónsul. Cuando el hijo, Lennart, le preguntó a la madre si Ragner, el esposo, el que creía era su padre, lo sabía,

Marta le contestó que lo sabía desde un principio y sin embargo lo amaba igual que a sus hermanos (35). Después de una noche llena de apasionados amores, al amanecer y cuando nuevamente hacían el amor, Marta le dijo al cónsul que tenía que confesárselo a su marido, Ragnar (123). La narración es en tercera persona, tiempo pasado, de los varios personajes, principalmente del autor; sin embargo, la narración en primera persona, tiempo pasado, del protagonista, el cónsul, ocupa la mayor parte de la novela. Los cambios de los niveles narrativos se deslizan con la suavidad del agua en remanso. Por todo lo anotado, nos encontramos con una gran novela, novísima en el tratamiento temático y el estilo sui géneris, como ya lo anotamos. Algo más, el autor sirve en bandeja de plata a la industria cinematográfica, que puede llevar a la gran cámara la novela porque prácticamente está escrito el guión y, a no durarlo, tendrá un éxito mayor fuera del país. Por fin, no he creído necesario, o por lo menos no creo pertinente entrar en el debate que seguro se suscitará sobre el cumplimiento del deber de acuerdo a la ley de los hombres o el cumplimiento ético y moral siguiendo un principio inalienable que nace tanto de la Biblia como del Torá y el Corán; es decir, si se justifica los desmanes del cónsul al expedir pasaportes oficiales previa admonición del mismísimo presidente de la república. Si asentimos en lo primero, entonces estaríamos absolviendo al mismo Eichman, cuya defensa insistió en que él simplemente seguía o cumplía ordenes. Los nazis ajusticiados en Nuremberg basaron su defensa en el cumplimiento de órdenes, pero no les sirvió de nada. Nota: Las citas de la novela se indican con la pagina correspondiente.

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Patricio Herrera Crespo

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Enigma del río, óleo sobre lienzo, 93 cm x 201 cm.

gustín Patiño (Girón-Ecuador) es «un artista vanguardista y creativo que propugna por un tipo de arte serio, comprometido y profundo. Un creador completo que conjuga con verdadero talante sus conocimientos de arquitectura, escultura y pintura; amante de la buena lectura, la música y los grandes maestros de la plástica...». Reside en Nueva Inglaterra, pero hoy se encuentra en Ecuador presentando la exposición Amazonas, metrópolis y orillas, en la sala Joaquín Pinto del Museo de Arte Moderno de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, muestra integrada por 66 cuadros y tres murales expuestos a pequeña escala de los murales originales, cuyos títulos son Agua, Aire, Tierra y Fuego, y que estará abierta al público hasta el 22 de febrero.


paleta Según sus palabras, sus pinturas hablan sobre la Tierra, nuestro pequeño planeta azul, la condición humana, que es similar en todas partes del mundo, y sobre las miles de especies que a diario van desapareciendo; habla de las culturas y lenguas diferentes que nos confluyen a diario en este peregrinar. Ese peregrinar que se inicia en los campos, ríos y cascadas de ese lejano sur del Ecuador en una infancia que continúa en la ciudad de Cuenca y sus ríos Tomebamba, Yanuncay, Tarqui, Machángara, jugando en sus orillas cerca a la Universidad Estatal, donde seguiría tres años de Arquitectura; en el Vado, en San Roque, en Los Arupos. Posteriormente se trasladó a Quito, donde continuó sus estudios en la Facultad de Artes.

Ego, óleo sobre lienzo, 150 cm x 150 cm.

«Es precisamente en estos lugares —dice Agustín— en donde se inaugura este universo iniciático de ‘Metrópolis y orillas’, como un juego lúdico, dentro de ese sistema de engranajes que van uniéndose en determinadas circunstancias de la vida, del tiempo, y que comienzan a gestarse en infantiles construcciones elaboradas con arena, restos de maderas y piedras. Para mí eran auténticas Metrópolis de magia, de misterios por descubrir, en el inmenso laberinto que nos ofrece la vida», afirma. Con los años nace ‘Amazonas’, que viene a ser la más reciente de las siete series creadas en su carrera pictórica y que se están fraguando a fuego lento, como parte complementaria e integradora a la serie ‘Metrópolis y orillas’. Estos viajes de continuas búsquedas le llevaron a la Amazonía y, específicamente, al Yasuní.

...sus pinturas hablan sobre la Tierra, nuestro pequeño planeta azul, la condición humana, que es similar en todas partes del mundo, y sobre las miles de especies que a diario van desapareciendo; habla de las culturas y lenguas diferentes que nos confluyen a diario en este peregrinar. 83


...lo que pinta recuerda el estilo de los hiperrealistas, de los cuales se diferencia por la intención denunciatoria que pone en algunos escenarios: cementerios de automóviles, selvas profanadas por la codicia de especuladores y depredadores de toda laya. Fuente de vivir soledades, óleo sobre lienzo, 63 cm x 65 cm.

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Museo del Aire, técnica mixta, 93 m x 12 m.


Plaza de arte y las culturas, mural, técnica mixta, 60 m x 8 m.

Fue un encuentro natural sin ese trauma de la inseguridad y del negacionismo, fue un clímax a primera vista. «Amazonas —recuerda—, respiré y me atrapó hasta mis pantanos más profundos, y ahora está dentro de mis archivos de cambio, dentro de todos los esfuerzos que me afectan y me motivan cada vez más, ante esta maravilla única en este peque-

ñito planeta Tierra. Amazonas... No sé a dónde me lleven sus turbulentas corrientes —afirma—, no se dónde me encuentro ahora, ¿a lo mejor estoy perdido y amordazado en sus millones de verdes…? Atrapado estoy en su inmensa selva, refrescante de creatividad, turbulenta por ocasiones, aguas selváticas, dadoras de vida, de inmensas curiosidades, interminables pantanos sedosos, provocadores y misteriosos hermanos no contactados, escondidos, la pitón... el jaguar... »Jugué a pescar pero nunca pesqué, en realidad fui nadador y solo veía a los peces —reflexiona—. »Esta exposición no es una muestra retrospectiva ni antológica. A la sazón llevo siete series en mi carrera artística: Medieval, Barroco, Tentaciones, Urbanos, Metrópolis y orillas y Amazonas. Estas dos últimas

series pueden traducirse en tres con algunos adyacentes, sobre todo en proyectos de arte público de los cuales traigo tres murales que expongo en la CCE a escala de los originales; estos son: Agua: Diálisis del Planeta, Aire: Museo del Aire, Tierra: Plaza del Arte y de las Culturas». Según el crítico de arte Lenin Oña, al contemplar su obra reciente descubre que sigue en las mismas andaduras y, desde luego, con la destreza propia del paciente cultivo de una depurada manera que no traiciona la realidad, sino que la sobrepasa con aguda imaginación y a plena conciencia. En otras palabras, lo que pinta recuerda el estilo de los hiperrealistas, de los cuales se diferencia por la intención denunciatoria que pone en algunos escenarios: cementerios de automóviles, selvas profanadas por la codicia de especuladores y depredadores de toda laya. Se trata, pues, de un artista comprometido con las mejores causas de la actualidad: la defensa de la cultura y de la naturaleza. Esta es la obra y el autor Agustín Patiño, con su melena rizada que la tiene desde joven, sigue en la búsqueda de crear conciencia sobre la dramática situación de la contaminación ambiental, a través de su obra que habla de las metrópolis o ciudades basura y también la defensa del agua como fuente de vida.

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Un brevísimo recorrido por hechos de la historia con insectos y Juan Manuel Guevara

humanos

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ay insectos que benefician a la humanidad de muchas maneras, como los que ayudan a descomponer la materia orgánica, o el gusano de seda, la cochinilla para teñir tela, entre ellos avispas y abejas con su miel y derivados. Las abejas son uno de los polinizadores, pues al volar de flor en flor fertilizan los campos. Hemos obtenido, gracias a esta dinámica vital, cosechas para nuestro alimento y el de los animales durante milenios; pero también están los insectos que se las han comido, trayendo hambruna y muerte a pueblos enteros. Se planteaba por parte de los académicos en el siglo XVIII, por no tener un conocimiento claro de lo que produce las enfermedades, la existencia de cuerpos diminutos a los cuales les atribuían las infecciones y fiebres, en ellos incluían a los insectos como uno de los causantes de los males. El doctor Eugenio Espejo en su ensayo Reflexiones acerca de las viruelas, de 1786, habla sobre esos cuerpos diminutos en estos términos: «Un mundo de vivientes», «de partículas extrañas», «de atomillos vivientes», «de insectos». Y para hacer hincapié en el contagio por transmisión de la enfermedad en la población dice: «Los insectos ya están en el ardor de su propagación, y en el de su mayor movimiento y capacidad para desprenderse y correr hasta la distancia que les permita el determinado volumen de su cuerpecillo».

Haiku 蝿を打ち蚊を打ち我を打つ hae o uchi ka o uchi ware o utsu Un manotazo a una mosca otro a un mosquito y otro a mí mismo Taneda Santōka

La fiebre amarilla y el paludismo, causados por las hembras de los mosquitos Aedes aegypti (dengue o fiebre amarilla) y Anopheles (paludismo o malaria), han asolado siempre a la humanidad. En la Geografía del Ecuador, de Manuel Villavicencio, publicada en 1858, menciona: «En agosto de 1842 expidió el gobierno un decreto convocando el congreso extraordinario que debía reunirse el 15 de octubre; pero la aparición de la fiebre amarilla, que hizo estragos en el litoral, aterrorizó a los habitantes e impidió que se reuniera el congreso». Parte del tratamiento era aislar a los enfermos de fiebres en un lazareto u hospital para enfermedades infecciosas, práctica que se la venía realizando en Ecuador como se ve en el anuncio 1. Una alerta a la población en el anuncio 2. En 1917 llega a Guayaquil el reconocido científico, doctor Hideyo Noguchi, con una comisión de salubristas para erradicar la fiebre amarilla del país y alcanzar un com-


naturaleza

1. Aviso de El Comercio - Guayaquil-16 de noviembre de 1880. Tomado de: La vida de cada día. El Ecuador en avisos 1822/1939. Ediciones del Banco Central de Ecuador, Quito. 1992

2. Aviso de El Comercio - Guayaquil-16 de noviembre de 1880. Tomado de: La vida de cada día. El Ecuador en avisos 1822/1939. Ediciones del Banco Central de Ecuador, Quito. 1992.

pleto saneamiento de las costas. En Ecuador se sumó el doctor Wenceslao Pareja, director del Hospital de Fiebre Amarilla de Guayaquil, quien publicó más tarde Inoculación profiláctica contra la fiebre amarilla. Sin embargo, en esa ocasión no se obtuvo una vacuna efectiva. La investigación ha sido constante para erradicar la peste de la fiebre amarilla, incluso en los años veinte del siglo pasado se la consideraba en vías de extinción, por al-

gunos logros, pero los fatales rebrotes en distintos lugares del mundo indicaron lo contrario. Los insectos tienen una fuerza de recuperación y mutabilidad impresionante, por ello han sobrevivido millones de años en el planeta. Hideyo Noguchi falleció en África en 1928, infectado con la fiebre amarilla que continuaba estudiando junto a un equipo de especialistas. Siglo XXI, año de 2013: se realizan fumigaciones masivas en pue-

Busto y placa conmemorativa al Dr. Hideyo Noguchi. Parque Japón. Quito.

Los bosques con toda su inmensa biodiversidad desaparecen, aquí vive ya en peligro de extinción el árbol de la quina. Este maltrato grotesco ya lo señaló Eugenio Espejo en el siglo XVIII. Estas pestes contemporáneas generadas por nosotros son, entre muchas otras: el calentamiento global, la destrucción de los bosques, la contaminación a escala planetaria, la presión demográfica, las minas a cielo abierto, las petroleras, la guerra, la matanza de la fauna silvestre… 87


Se planteaba por parte de los académicos en el siglo XVIII, por no tener un conocimiento claro de lo que produce las enfermedades, la existencia de cuerpos diminutos a los cuales les atribuían las infecciones y fiebres, en ellos incluían a los insectos como uno de los causantes de los males.

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blos y ciudades notificadas por los medios de comunicación y perifoneo, usan malation líquido y diésel, esto nos recuerda al anuncio del insecticida ‘Chimba’ de principios del siglo XX, el cual aparece entre derivados de petróleo altamente tóxicos para el ser humano y el ambiente. Han pasado décadas y no ha cambiado mucho el uso de estos elementos nocivos (anuncio 3).

II Décima esmeraldeña El zancudo es la rebelión ante la pobreza. La pobreza es tan grande que hasta el mosquito desfallece de hambre. Autor anónimo

El paludismo ha generado millones de muertes, es transmitido por la hembra del mosquito del género Anopheles, al picar para alimentarse de sangre. Desde hace aproximada-

mente 10 mil años el humano de nuestra especie, Homo sapiens sapiens, ha sido afectado. Un dato interesante es que el mosquito macho del género Anopheles no transmite la enfermedad, se alimenta de néctar y jugos vegetales, tampoco pica. Aconteció que en 1877 erupcionó el Cotopaxi y se documentó una grave peste de paludismo surgida por este motivo en la región interandina: El impacto que causó el flujo de lodo sobre el valle de Los Chillos fue tan intenso que, aparte de los graves estragos económicos derivados de la destrucción de los molinos, sembríos, puentes, caminos, acequias, etc., apareció un problema inédito, atribuible a la intensa modificación de la red de drenaje: una epidemia de paludismo que afectó a los habitantes de Alangasí, a partir de septiembre de 1877. En abril de 1878 se continuaban presentando ...estragos de una mortandad, más de 100 enfermos que sufren fiebre y fríos.

3. Tomado de La Obra Salesiana en el Ecuador. 1888-1935. Quito-Ecuador. SA. Escuela Tipográfica Salesiana 1935.


4. (Archivo Nacional, Gobernación de Pichincha - Ministerio del Interior. 1877- 1878).

Mientras tanto, en la costa norte varios jefes políticos de diferentes cantones se dirigieron al Vicario General del Obispado para relatarle que las epidemias habían sido dominantes en los años 1877 y 1878, paralizando así el desarrollo de la agricultura por falta de brazos (foto 4). Los mosquitos son usados de distinta manera al expresar el quehacer cultural del país como se muestra en la gráfica (foto 5). La primera vacuna contra el paludismo se la consiguió en 1986, desarrollada por el médico colombiano Manuel Elkin Patarroyo, y se la ha seguido perfeccionando. Según datos de su charla dada en Quito en marzo de 2013, la nueva vacuna contra el paludismo tiene un noventa y cinco por ciento

5. Una caricatura muestra un mosquito picando a Honorato Vásquez. Tomado del libro Biografía de Honorato Vásquez. Banco Central del Ecuador. Cuenca-Ecuador, 1981

«Los insectos ya están en el ardor de su propagación, y en el de su mayor movimiento y capacidad para desprenderse y correr hasta la distancia que les permita el determinado volumen de su cuerpecillo». de efectividad y dura más de cinco años. Los casos de paludismo se investigan en varios países, incluyendo el Ecuador. Es una de las enfermedades, junto con la fiebre amarilla, generada por la pobreza, la migración humana, el subdesarrollo. Los datos de 2019 hablan sobre el incremento del dengue por aumento de la temperatura a nivel global y esto causado por la pérdida de la cobertura vegetal. Los bosques con toda su inmensa biodiversidad desaparecen, aquí vive ya en peligro de extinción el árbol de la quina. Este maltrato grotesco ya lo señaló Eugenio Espejo en el siglo XVIII. Estas pestes contemporáneas generadas por nosotros son, entre muchas otras: el calentamiento global, la destrucción de los bosques, la contaminación a escala planetaria, la presión demográfica, las minas a cielo abierto, las petroleras, la guerra, la matanza de la fauna silvestre… 89


Los poetas duros no lloran Poesía reunida (1988 – 2019) Autor: Pedro Gil Género: Poesía Editorial: CCE Año: 2019

Piscis Bar Blues y otros cuentos Autor: Patricio Viteri Paredes Género: Relato Editorial: CCE Año: 2019

Espejos rotos Autora: Sandra Enríquez G. Género: Novela Editorial: CCE Año: 2019

Mis huellas de eterno caminante

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«Mi verdad es que para mí Pedro es Pedro, no tiene comparación en la lírica ecuatoriana contemporánea. Digno heredero de Jacinto Santos Verduga. Iba a decir de Hugo Mayo, pero sé que a Pedro no le gusta la referencia (Gil es cuerpo y palabra, sin ambages, no invento dadaísta o ficción lúdica de la palabra). La vida de Pedro plagada de hospitales y agujas y libros vehementes como en el camino iluminado, oxidadamente (Zaguán de aluminio), como el de Leopoldo María Panero (sirve la comparación aquí, pues entre los poetas malditos del país, único el poeta Pedro Gil». PP

¿Cuál es la escondida maldad que sangra en estos textos? ¿De qué misterioso dolor se han alimentado para crecer? ¿Y hasta dónde irán estos espasmos de sangre y desgarraduras cuyo ambiente simula un bosque de espejos con terribles pájaros de cuerda? Textos que huelen al ciprés de los cementerios, a su escondida ternura y que por contradicción nos obligan a tomar partido, a reinventar la vida, a luchar contra esa muerte disfrazada que ahora más que nunca acecha solapada en las noches de nuestro país. RPT «Espejos rotos es una novela sencilla que nos traslada a una época donde los antifaces, la represión y la invasión a nuestros territorios dejaron una estela de dolor y esclavitud, logrando que perdiéramos nuestra identidad. Es una catarsis a favor de la reivindicación femenina... que intenta anular los estigmas femeninos de bruja hechicera y deja entrever la libertad de la hembra en su sentir más íntimo, a pesar de la época en que se narran los hechos». SEG

«Luis Enrique nos regala en este testimonio de vida las huellas que sus pasos dejaron en el camino luminoso de su existencia, los vestigios poéticos que están sembrados en el corazón de sus paisanos y de Autor: Luis Enrique Fierro toda la gente de la frontera ecuatoriano-colombiana, Género: Biografía Editorial: CCE Núcleo del Carchi el viaje desde las imposibilidades hacia la floración de las metas, el añejo sabor del pan familiar junto a Año: 2019 su madre y sus hermanos que forjaron su inspiración y alentaron sus emprendimientos». JCCR


Cuarentena Los encantamientos de la democracia en Ecuador Autor: Varios autores Género: Ensayo Editorial: El Conejo Año: 2019

Alfarero de repúblicas Ideario de Simón Bolívar Autor: Antonio Rodríguez Vicéns Género: Antología Año: 2019

La obra que aún faltaba Autor: Ángel F. Rojas Género: Antología Editorial: CCE Núcleo de Loja Año: 2019

«La clase política ecuatoriana tradicional, después de 1979, ha acuñado un discurso basado en los principios democráticos para ganar elecciones y alternarse en el poder. Sin embargo, no hemos visto que este período haya sido capaz de erradicar la corrupción, la explotación laboral, la discriminación y la exclusión sistemática. Preguntarnos hoy sobre la salud del modelo político que nos rige es también indagar en el modo en el que opera el poder en la vida y en los cuerpos humanos». DCB

Este libro de Antonio Rodríguez Vicéns ha recogido, ordenándolos y sistematizándolos mediante la técnica del montaje, además de los testimonios de quienes conocieron personalmente a Simón Bolívar, textos medulares que reflejan su visión sobre sí mismo y que recogen sus opiniones sobre los innumerables temas públicos y privados acerca de los cuales meditó y escribió. AFR

«Se ha reunido en este volumen diferentes notas, artículos ensayos y estudios de puño y letra de Ángel F. Rojas. Muchos de ellos son inéditos y proceden de los archivos que hoy maneja la familia. Por esta razón, he aquí su pensamiento que es necesario seguir difundiéndolo con la esperanza de que él llegue a los más amplios sectores humanos de cara a su concienciación para crecer los ejércitos de gente libre para desterrar la corrupción». FA

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IX SALÓN NACIONAL DE DIBUJO Y PINTURA INFANTIL 'CARLOS RODRÍGUEZ' 2019 El miércoles 18 de diciembre de 2019, la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, a través de los Museos, culminó de forma exitosa la realización del IX Salón de Dibujo y Pintura Infantil 'Carlos Rodríguez'. El objetivo fundamental de este evento que convoca a todos los niños del Ecuador es estimular la creatividad infantil, el espíritu crítico y la capacidad estética de nuestros niños. El evento fue propuesto a escala nacional y se logró la participación de los Núcleos Provinciales de El Oro, Manabí, Chimborazo, Cañar, Loja, Cotopaxi, Los Ríos y Pichincha, con obras muy significativas que al momento de elegirlas representaron un duro trabajo para los miembros del jurado calificador, conformado en esta ocasión por los artistas plásticos: Washington Mosquera, Patricio Serrano, la escultura Susana Torres, Óscar Guevara, docente del Colegio Patrimonio Cultural de la Humanidad, y como delegada del Presidente de la CCE, Patricia Noriega, directora de Gestión de Museos. Se determinaron tres categorías en las que participaron 87 obras en total, en la que los niños artistas expresaron con su propia creatividad la temática propuesta para este año, El amor y cuidado a la vida, tema que los concursantes manejaron de forma diáfana y explícita, y mostraron la seria preocupación que la niñez y juventud ecuatoriana tienen respecto al deterioro de nuestro medio ambiente: el aire contaminado, centenares de hectáreas quemadas en incendios muchas veces provocados, cantidades industriales de plásticos en los océanos, fauna silvestre comercializada irresponsablemente y animales domésticos maltratados de forma consuetudinaria. Fueron tres los triunfadores principales y tres niños alcanzaron mención de honor en cada una de las tres categorías. Nuevamente Loja se llevó los siete premios, dos fueron para Cañar, dos para Chimborazo, tres para El Oro, dos para Cotopaxi y dos para Manabí. La exposición de los trabajos ganadores y de todos los demás niños participantes se encuentra abierta en la Sala Miguel de Santiago de la CCE, desde el 18 de diciembre, fecha en la que se convocó a todos los niños seleccionados y premiados para la ceremonia de apertura del Salón y entrega de los premios, y permanecerá abierta hasta el 12 de enero de 2020.

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panel

PRESENCIA DE LA CCE EN LA FERIA DEL LIBRO Gran presencia editorial tuvo la Casa de la Cultura Ecuatoriana en la Feria Internacional del Libro 2019, en el Centro de Convenciones Metropolitano de Quito, del 17 al 22 de diciembre, organizado por el Ministerio de Cultura. Alrededor de 280 títulos de autores ecuatorianos presentó el stand de la CCE, el cual fue visitado por miles de personas que admiraron la producción editorial, tanto de clásicos como modernos y obras de nuevos autores, en los diferentes géneros: novela, cuento, poesía, ensayo, teatro, Historia, literatura infantil, así como las revistas, Casapalabras, de literatura y arte; Traversari, de música; 25 Watts, de cine; y, Letras del Ecuador, en edición de aniversario por los 75 años de la Casa de la Cultura. De otra parte, junto a la diversidad de títulos y autores, fue la única editorial que ofreció el 50% de descuento, lo cual incentivó a que se vendieran más de mil ejemplares. Asimismo, presentó tres publicaciones editadas en diciembre: la novela Los ojos del puma, de la autora cubana Mercedes de Armas García, comentada por el presidente de la CCE, Camilo Restrepo Guzmán; Edén y Eva, de Huilo Ruales, presentada por el escritor Luis Zúñiga y el periodista Pablo Salgado; y, el libro Antología, escritura creativa, en el que participaron 18 estudiantes del Taller del mismo nombre de la CCE, dirigido por Edwin Madrid. El presidente Camilo Restrepo y, Mercedes de Armas

Pablo Salgado, Huilo Ruales y, Luis

Zúñiga

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tributo

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l poeta Arturo Borja nació en Quito en 1892. Sus padres fueron el jurisconsulto Luis Felipe Borja y Carmen Amelia Pérez. En 1907 viajó a París para tratarse una lesión en el ojo. En Francia siguió un curso de literatura y leyó con avidez a los poetas simbolistas: Mallarmé, Verlaine, Rimbaud, Samain y, por supuesto, Baudelaire, entre otros. Hacia 1909 regresó al país e hizo amistad con Humberto Fierro y con Ernesto Noboa y Caamaño (estos dos poetas, junto con Borja y Medardo Ángel Silva conformarían la Generación Decapitada). Fue director del suplemento cultural del periódico La Prensa, y en 1912 fundó con sus amigos la revista literaria Letras, en la cual publicó sus traducciones al español de Los cantos de Maldoror, de Lautréamont, y su poema Primavera mística y lunar. El 15 de octubre de 1912 contrajo matrimonio con Carmen Rosa Sánchez Destruge (a quien dedicara los poemas Por el camino de las quimeras y En el blanco cementerio) y pasaron la luna de miel en una hacienda de Guápulo. Casi un mes después, el 13 de noviembre, en Quito, el poeta falleció por una sobredosis de morfina. En 1920, ocho años después de su muerte, amigos suyos publicaron sus poemas en un libro titulado La flauta de ónix, en la imprenta de la Universidad Central de Quito.

Para mí tu recuerdo Para mí tu recuerdo es hoy como la sombra del fantasma a quien dimos el nombre de adorada… Yo fui bueno contigo. Tu desdén no me asombra. Pues no me debes nada, ni te reprocho nada. Yo fui bueno contigo como una flor. Un día del jardín en que solo soñaba me arrancaste; te di todo el perfume de mi melancolía, y como quien no hiciera ningún mal me dejaste… No te reprocho nada, o a lo más mi tristeza, esta tristeza enorme que me quita la vida, que me asemeja a un pobre moribundo que reza a la Virgen pidiéndole que le cure la herida.

Poema La tarde está de paz. Ha llovido. Yo siento que me ahoga una esperanza abrileña. Hay en mis ojos humedad de sentimiento y de llanto, y en mi alma una música sueña... Es una música aérea, llena de tu recuerdo, una música suave y tierna que me canta que estás en mí y por mí, que sin tus besos pierdo mi primavera buena, mi primavera santa. Mi soledad y tu recuerdo ¡oh qué dulzura!, sentir lejanamente, sentir muy vagamente una caricia lánguida, deshecha de ternura que del alma a los ojos sube constantemente!


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INAUGURACIÓN DE LAS NUEVAS INSTALACIONES TEATRO PROMETEO

Jueves 13 de febrero, 17h30

Quito · Avs. 6 de Diciembre y Patria


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