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Casapalabras 19

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Cien años de

La metamorfosis Dossier

de escritores chilenos Memorias de

Cuadernos del Guayas Pintura de

Napoleón Paredes 1


Feria Día internacional

del

libro 2016

del 18 al 23 abril

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editorial

Q

Un año más

ué rápido y fugaz es el tiempo. Pero en su fugacidad va dejando huellas imperecederas que configuran y definen el rostro de la patria. La huella más profunda es la cultura. Y nosotros, la Casa de la Cultura Ecuatoriana, año tras año, tratamos de intensificar esa huella, de profundizarla y marcarla a fin de que se imprima para siempre en la piel multitudinaria de nuestro país. Casa incluyente, productora de nueva ideología que es capaz de movilizar el pensamiento más profundo de nuestra sociedad ecuatoriana, que retomando y sin dejar de lado sus saberes y conocimientos ancestrales, se encuentre a la vanguardia de nuevas formas de trabajar y crear en armonía con nuestra madre naturaleza. Un año de grandes proyectos y utopías, proyectos pensados, discutidos, reflexionados entre todos los presidentes de cada uno de los Núcleos y de la Casa Matriz. Un año en el que movilizamos la esperanza, en que hicimos minga de brazos solidarios, trueques ancestrales, ya que el dinero nunca vino en nuestro auxilio. Sí, un año de esperanzas, pero también de engaños y desengaños. Un año más sin Ley de Cultura. Un año enfrascados en ese lenguaje extraño de la gobernanza y las experticias, metalenguaje oficial de la autonomía responsable y la matriz productiva, de innovación y calidad de gestión, un año de insumos y reciclamientos, un año de agenda y escritorio, de consultorías y dinero perdido, de reuniones y de comisiones oficiales, y papeles, papeles, papeles. Un año peligroso, en el que algunas personas insensatas han querido convertir el poema, la novela, el canto, la danza en valor de cambio. Un año en el que se ha tratado de desaparecer el valor de uso de las cosas del espíritu. Un año obnubilados por la economía naranja. Un año de oraciones al mercado, dios todopoderoso y omnipotente. Un año de banalidad, comprando vida superficial en los supermercados. Un año olvidados de las utopías, de los ideales, de los sueños. Y a pesar de ello, un año en el que, como siempre, la cultura indetenible, la cultura en la calle, con sus propios pies, corriendo por las avenidas, las salas y los escenarios, libre y diáfana, sin necesidad de decretos ni secretos. El hombre y la mujer, requeridos por su espíritu, agitados por el cisma de la creación, trabajando en su arte, buscando espacios, completando el mundo, dándole a la patria el rostro de sus sueños. Un año en el que hemos presentido que lo correcto, que lo que dice nuestro corazón, está por encima de la ley, que la autonomía no sólo es la posibilidad de autogobernarse sino la capacidad moral y ética que tiene el ser humano para hacerlo, porque la autonomía favorece el juicio crítico y la obediencia lo anula. La autonomía, como la cultura, nos afina la calidad humana, el raciocinio. La autonomía nos humaniza, nos permite el pleno ejercicio de la inteligencia.

número diecinueve • febrero 2016 Presidente Raúl Pérez Torres Vicepresidente Gabriel Cisneros Abedrabbo Director Patricio Herrera Crespo Editores Patricio Viteri Paredes Yuliana Marcillo Colaboran en este número: Sandra Araya, Carla Badillo Coronado, Jorge Basilago, Juan Carlos Cabezas, Abelardo Castillo, Willy Gómez Migliaro, Osdany Morales, Ernesto Peña, Juan Romero Vinueza, Anacristina Rossi, Gustavo Salazar Calle, Oliver Vera Barberán e Yvonne Zúñiga. Edición de textos Katya Artieda Diseño Tania Dávila López Portada Prolexis, Napoleón Paredes. Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión Dirección de Publicaciones Avs. 6 de Diciembre N16–224 y Patria Telf.: 2565-808 Ext. 426 gestion.publicaciones@casadelacultura.gob.ec www.casadelacultura.gob.ec Quito–Ecuador. Casapalabras Cultura @casapalabrascce casapalabras2015@gmail.com

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índice

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La metamorfosis de Franz Kafka cumple cien años. Yuliana Marcillo hace un recorrido por la vida del escritor y del proceso creativo de esta obra.

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Veinte minutos, cuento del estadounidense James Salter. Traducido del inglés por Patricio Viteri.

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Dossier de escritores chilenos. Invitados: Raúl Zurita, Ramón Díaz Eterovic, Astrid Fugellie Gezan, Claudia Apablaza, Elicura Chihuailaf, Francisco Díaz Klaassen, Graciela Huinao, Lina Meruane y Benjamín León.

8 Abelardo Castillo nos presenta su cuento El marica. 10 Selección poética del escritor Willy Gómez Migliaro (Perú). Fragmento de La familia del Dr. Lehman, de Sandra Araya. Novela que

Muestra poética de Carla Badillo Coronado, ganadora del XXVIII

20 Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe 2015, con el libro El color de la granada.

60

Silvia Stornaiolo analiza la obra del pintor Rembrandt Van Rijn, considerado uno de los mayores maestros barrocos de la pintura y el grabado.

80

Perdido en la traducción (ova), cuento de Osdany Morales (Cuba).

100

12 obtuvo en 2015 el premio La Linares.

Inauguración de la muestra ‘No digas que fue un sueño’, del pintor Napoleón Paredes.

y el Premio Nobel a Gabriela Mistral, ensayo de Gustavo 22 Ecuador Salazar Calle.

56 Las fronteras de la literatura infantil por Jorge Basilago. 64 Cuento Los culpables, de Ernesto Peña (Cuba). de la novela Limón blues, de Anacristina Rossi (Costa 68 Fragmento Rica). 72 El Tropicana en el Comité del Pueblo, por Juan Carlos Cabezas. Zúñiga reflexiona sobre la novela Viaje al fin de la noche del 76 Yvonne escritor francés Luis Ferdinand Céline.

86 Literatura fantástica: capítulo 3 de la novela Profanador de recuerdos, de Oliver Vera Barberán.

del libro Rebeliones al filo de una sinfonía de Freddy Ayala 90 Reseña Plazarte, a cargo de Juan Romero Vinueza. Herrera retrocede en el tiempo: 50 años de la invasión militar 93 Patricio a la Universidad Central. Publicación de la revista Cuadernos del Guayas con motivo de

97 celebrar los 70 años de vida institucional de la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas.

98 Reflexiones sobre la poesía erótica. 108 Tributo al escritor Umberto Eco.


aniversario


Yuliana Marcillo

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S

olo Franz Kafka supo en realidad en qué se transformó Gregor Samsa aquella noche inquieta. Aquella noche de lluvia y niebla, de rutinas y vacíos, en que se llevó a cabo una transformación sin retorno. Solo Kafka descorrió las cortinas, cerró la puerta, apoyó su cuerpo en el escritorio, vaciló con el muestrario de paños desempaquetados que estaban sobre la mesa, miró el cuadro de la muchacha bonita envuelta en pieles, y luego, sumido en el insoportable peso que trae consigo la responsabilidad, se echó en el canapé para poder convertirse en aquel bicho que le atormentaba. En ese insecto o escarabajo desagradable de barriga abombada y muchas patas que en su genialidad de lenguaje Kafka evitaba establecer con claridad de qué animal se trataba, imagen que dio mundo a una de las obras más famosas de la historia de la literatura universal. Entre las paredes de su cuarto, siempre cerrado y cuya ventana daba a un «desierto en el cual fundíanse indistintamente el cielo y la tierra por igual grises», Kafka se vuelve Samsa y con ello, da forma a la angustia que lo perseguía desde «lo más hondo» de sí mismo: el ahogo de lo cotidiano, la imposibilidad de escape. Este relato es el corazón escrito de Kafka; sin engaños, sin juegos literarios, sin poses y sin esperar éxito a cambio, es simplemente el corazón desbordado de un hombre resumido en dos palabras: La metamorfosis.

21 días: el proceso de la creación El escritor Daniel Desmarquest, en la biografía Kafka y las muchachas, precisa que fue a finales de noviembre de 1912 cuando el autor checo le contó a su novia de entonces, Felice Bauer, sobre su

relato: «Querida: ¡Qué historia extraordinariamente repugnante es la que acabo de dejar, para recrearme ahora pensando en ti! La historia ya ha sobrepasado algo su mitad y en líneas generales no estoy descontento de ella, pero resulta ilimitadamente repugnante... No te entristezcas por ello, porque, quién sabe, cuanto más escriba y cuanto más me libere, más puro y digno seré quizás de ti. Pero a buen seguro todavía queda mucho por desarraigar de mí, y las noches no pueden ser lo bastante largas para esta tarea». Kafka escribía rápido y sin corregir: «Ojalá tuviera libre toda la noche para dedicarla a escribir de un solo tirón, ¡sin abandonar la pluma! Sería una noche hermosa», escribió a Felice; tuvo tantas interrupciones que incluso llegó a pensar que su obra terminaría siendo un fiasco. Kafka también le confesó a su amada que la relectura de algunos párrafos de La metamorfosis le hizo llorar «hasta el punto de verse sacudido en su silla». Tal persecución duró 21 días, específicamente hasta el 7 de diciembre de 1912, que fue cuando la culminó. La leyó a algunos amigos y gustó tanto que los comentarios positivos llegaron a oídos de tres editores que querían tener los derechos de la novela. En la primavera de 1915 las primeras páginas de esta obra ya hacían fila en la imprenta de Die weissen Blätter. Un relato de esta magnitud no se quedó atrapado en 1915, sino que ha tenido una trascendencia sin igual. Gregor cumplió en el 2015 cien años de ese atroz despertar.

«Escritor judío checo, cuya desasosegadora y simbólica narrativa, escrita en alemán, anticipó la opresión y la angustia del siglo XX».

El retrato de un padre desolado «Una mañana, al despertar de un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se encontró en la cama transformado en un insecto monstruoso. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de capa-

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«Con el tiempo, esta breve obra de 72 páginas, escrita por Kafka en 1912, y que refleja de alguna forma la experiencia vital del autor, se ha convertido en su novela más conocida».

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razón y, al levantar un poco la cabeza, veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo...», son las primeras líneas de La Metamorfosis. Desde el inicio sabemos que algo ha sucedido mientras transcurría la noche, y ese algo ha dejado a Gregor sin el dominio de su cuerpo, desde entonces no será más lo que era: un vendedor modelo, respetuoso con sus jefes, sometido a la rutina diaria y a la autoridad paterna, explotado por su familia (que le engaña respecto a su situación económica), humillado por sus superiores, sin tiempo ni sosiego para comer ni dormir decentemente. Hasta la noche anterior, Gregor no conocía la amistad ni el amor ni la esperanza. Desde el momento en que descubrió su condición de insecto, sabía que no había vuelta atrás, no se trataba de un mal sueño, en realidad, por dentro nada había cambiado, decidió seguir siendo él mismo, a pesar de lo evidente de la transformación. Entonces, según sus biógrafos, la metamorfosis de

Gregor no es la causa de su desgracia. Es, por el contrario, el efecto simbólico de su propia vida cotidiana. Según los estudiosos de Kafka, todo en la novela está escrito en cierta medida de modo autobiográfico. Kafka era dependiente de su padre, con quien tuvo serios conflictos que fueron expuestos más claramente en su Carta al padre, escrita en 1919. Se trata de un texto muy clarificador y relevante en relación al papel representado por la figura del padre en la obra del escritor. En esta carta Kafka se autodenomina, por boca de su progenitor, como un «gusano o un parásito que clava el aguijón y vive de la sangre del padre». Kafka siempre quiso huir de la pura apariencia exterior para centrarse en la contemplación interna del proceso de metamorfosis, del personaje, es por eso que cuando se entera de que la editorial ha encargado a Ottomar Starke la ilustración de la portada de la novela, escribe inmediatamente al editor, Kurt Wolff, para que no acepte un dibujo del insecto, en caso de que esto fuera lo que el ilustrador tu-


«Una mañana, al despertar de un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se encontró en la cama transformado en un insecto monstruoso. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza, veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo...». viera en mente: «¡Esto no, por favor! (…) El insecto mismo no puede ser dibujado. Ni tan sólo puede ser mostrado desde lejos. En caso de que no exista tal intención, mi petición resulta ridícula; mejor. Les estaría muy agradecido por la mediación y el apoyo de mi ruego. Si yo mismo pudiera proponer algún tema para la ilustración, escogería temas como: los padres y el apoderado ante la

puerta cerrada, o mejor todavía: los padres y la hermana en la habitación fuertemente iluminada, mientras la puerta hacia el cuarto contiguo se encuentra abierta». La editorial respetó los deseos de Kafka y Starke representó al padre, todavía en bata y desolado con las manos tapándose la cara. Aunque en sus posteriores ediciones el bicho ha sido ilustrado de diferentes formas.

Sobre el Kafka que iba a burdeles y tenía una moto Kafka se enamoraba tanto como visitaba el burdel de La Gazela. Iba al café Louvre y tenía pocas amistades. En Praga no era nadie. Ni siquiera hablaban mal de él porque nadie sabía que existía. Kafka jugaba al tenis. Era frágil, tremendamente nervioso y estaba obsesionado con la escritura aunque no se consideraba un buen escritor. Quería permanecer en el anonimato; de hecho, si no hubiera sido por su amigo Max Brod, quien publicó sus manuscritos aunque el escritor le había pedido que los destruyera luego de su muerte, tal vez Kafka no habría sido Kafka. Kafka sufrió toda su vida de problemas respiratorios, por lo que llegó a pasar meses enteros internado en hospitales, sin embargo, en la Navidad de 1923, una pulmonía lo postró en cama y tras complicársele con una tuberculosis, su vida se apagó a tan solo un mes de cumplir los 41 años. Kafka murió al mediodía. Lo acompañaba Dora Diamant, una joven judía socialista, el «gran amor que había anhelado siempre», y que le devolvió brevemente la esperanza antes de su muerte.

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El marica Abelardo Castillo

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scúchame, César, yo no sé por dónde andarás ahora, pero cómo me gustaría que leyeras esto, porque hay cosas, palabras, que uno lleva mordidas adentro y las lleva toda la vida, hasta que una noche siente que debe escribirlas, decírselas a alguien, porque si no las dice van a seguir ahí, doliendo, clavadas para siempre en la vergüenza. Escúchame. Vos eras raro, uno de esos pibes que no pueden orinar si hay otro en el baño. En la Laguna, me acuerdo, nunca te desnudabas delante de nosotros. A ellos les daba risa. Y a mí también, claro; pero yo decía que te dejaran, que cada uno es como es. Cuando entraste a primer año venías de un colegio de curas; San Pedro debió de parecerte algo así como Brobdignac. No te gustaba trepar a los árboles ni romper faroles a cascotazos ni correr carreras hacia abajo entre los matorrales de la barranca. Ya no recuerdo cómo fue, cuando uno es chico encuentra cualquier motivo para querer a la gente, sólo recuerdo que un día éramos amigos y que siempre andábamos juntos. Un domingo hasta me llevaste a misa.

Al pasar frente al café, el colorado Martínez dijo con voz de flauta: «Adiós, los novios», a vos se te puso la cara como fuego y yo me di vuelta puteándolo y le pegué tan tremendo sopapo, de revés, en los dientes, que me lastimé la mano. Después, vos me la querías vendar. Me mirabas. —Te lastimaste por mí, Abelardo. Cuando dijiste eso, sentí frío en la espalda. Yo tenía mi mano entre las tuyas y tus manos eran blancas, delgadas. No sé. Demasiado blancas, demasiado delgadas. —Soltame —dije. O a lo mejor no eran tus manos, a lo mejor era todo, tus manos y tus gestos y tu manera de moverte, de hablar. Yo ahora pienso que en el fondo a ninguno de nosotros le importaba mucho, y alguna vez lo dije, dije que esas cosas no significan nada, que son cuestiones de educación, de andar siempre entre mujeres, entre curas. Pero ellos se reían, y uno también, César, acaba riéndose, acaba por reírse de macho que es y pasa el tiempo y una noche cualquiera es necesario recordar, decirlo todo. Yo te quise de verdad. Oscura

e inexplicablemente, como quieren los que todavía están limpios. Eras un poco menor que nosotros y me gustaba ayudarte. A la salida del colegio íbamos a tu casa y yo te explicaba las cosas que no comprendías. Hablábamos. Entonces era fácil escuchar, contarte todo lo que a los otros se les calla. A veces me mirabas con una especie de perplejidad, una mirada rara, la misma mirada, acaso, con la que yo no me atrevía a mirarte. Una tarde me dijiste: —Sabes, te admiro. No pude aguantar tus ojos. Mirabas de frente, como los chicos, y decías las cosas del mismo modo. Eso era. —Es un marica. —Qué va a ser un marica. —Por algo lo cuidas tanto. Supongo que alguna vez tuve ganas de decir que todos nosotros juntos no valíamos ni la mitad de lo que él, de lo que vos valías, pero en aquel tiempo la palabra era difícil y la risa fácil, y uno también acepta —uno también elige—, acaba por enroñarse, quiere la brutalidad de esa noche cuando vino el negro y habló de verle la cara a


cuento Dios y dijo me pasaron un dato. —Me pasaron un dato —dijo—, por las Quintas hay una gorda que cobra cinco pesos, vamos y de paso el César le ve la cara a Dios. Y yo dije macanudo. —César, esta noche vamos a dar una vuelta con los muchachos. Quiero que vengas. —¿Con los muchachos? —Sí, qué tiene. Porque no sólo dije macanudo sino que te llevé engañado. Vos te diste cuenta de todo cuando llegamos al rancho. La luna enorme, me acuerdo. Alta entre los árboles. —Abelardo, vos lo sabías. —Callate y entra. —¡Lo sabías! —Entra, te digo. El marido de la gorda, grandote como la puerta, nos miraba como si nos midiera. Dijo que eran cinco pesos. Cinco pesos por cabeza, pibes. Siete por cinco, treinta y cinco. Verle la cara a Dios, había dicho el negro. De la pieza salió un chico, tendría cuatro o cinco años. Moqueando, se pasaba el revés de la mano por la boca, nunca en mi vida me voy a olvidar de aquel gesto. Sus piecitos desnudos eran del mismo color que el piso de tierra. El negro hizo punta. Yo sentía una pelota en el estómago, no me animaba a mirarte. Los demás hacían chistes brutales, anormalmente brutales, en voz de secreto; todos estábamos asustados como locos. A Aníbal le temblaba el fósforo cuando me dio fuego. —Debe estar sucia. Cuando el negro salió de la pieza venía sonriendo, triunfador, abrochándose la bragueta. Nos guiñó un ojo. —Pasa vos. —No, yo no. Yo después. Entró el colorado; después entró Aníbal. Y cuando salían, salían distintos. Salían hombres. Sí, esa era exactamente la impresión que yo tenía.

Entré yo. Cuando salí vos no estabas. —Dónde está César. —Disparó. Y el ademán —un ademán que pudo ser idéntico al del negro— se me heló en la punta de los dedos, en la cara, me lo borró el viento del patio porque de pronto yo estaba fuera del rancho. —Vos también te asustaste, pibe. Tomando mate contra un árbol vi al marido de la gorda; el chico jugaba entre sus piernas. —Qué me voy a asustar. Busco al otro, al que se fue. —Agarró pa ayá —con la misma mano que sostenía la pava, señaló el sitio. Y el chico sonreía. Y el chico también dijo pa ayá. Te alcancé frente al Matadero Viejo; quedaste arrinconado contra un cerco. Me mirabas. Siempre me mirabas. —Lo sabías. —Volvé. —No puedo, Abelardo, te juro que no puedo. —Volvé, animal. —Por Dios que no puedo. —Volvé o te llevo a patadas en el culo. La luna grande, no me olvido, blanquísima luna de verano entre los árboles y tu cara de tristeza o de vergüenza, tu cara de pedirme perdón, a mí, tu hermosa cara iluminada, desfigurándose de pronto. Me ardía la mano. Pero había que golpear, lastimar; ensuciarte para olvidarse de aquella cosa, como una arcada, que me estaba atragantando. —Bruto —dijiste—. Bruto de porquería. Te odio. Sos igual, sos peor que los otros. Te llevaste la mano a la boca, igual que el chico cuando salía de la pieza. No te defendiste. Cuando te ibas, todavía alcancé a decir: —Maricón. Maricón de mierda. Y después lo grité. Escúchame, César. Es necesario que leas

esto. Porque hay cosas que uno lleva mordidas, trampeadas en la vergüenza toda la vida, hay cosas por las que uno, a solas, se escupe la cara en el espejo. Pero, de golpe, un día necesita decirlas, confesárselas a alguien. Escúchame. Aquella noche, al salir de la pieza de la gorda, yo le pedí, por favor, no se lo vaya a contar a los otros. Porque aquella noche yo no pude. Yo tampoco pude.

Abelardo Castillo (Buenos Aires, 1935) Fundador de las revistas El grillo de papel, continuada por El escarabajo de oro, y El ornitorrinco. Ha escrito teatro, El otro Judas, (1959); y novelas, El que tiene sed (1985)Crónica de un iniciado (1991); pero sobre todo, relatos, en los que se mezclan la fatalidad, el fracaso y la fantasía en medio de una soterrada y sutil tensión narrativa Algunos de ellos han sido traducidos al inglés, francés, italiano, alemán, ruso y polaco. Destacan las colecciones, Las otras puertas (Premio Casa de América 1961) y El cruce de Anacreonte (1982). Seix Barral ha publicado El evangelio según Van Hutten (1999), novela en la que se dan cita la intriga policial y la teología.

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Willy Gómez

(Perú) Selección poética SER ESPEJO FRENTE A LAS RUINAS pedazo a pedazo ser continente ser monumento del futuro & sus edificaciones llamen desde círculos concéntricos o similitud carcomiendo pasado ser vértebra ser concreto estar aquí ser una ciudad ser templo primero piedra en el valle o pirámide de sacrificio contra la palabra y sus presagios como un entierro ser la primera residencia en las galerías ser visto ser pompa y lo que fuimos se descubra en un juego de manos cruzadas en una posición de cuerpos cruzados tumbas que nos permitan afirmar estacionamientos & el mar espeje o ser mis restos tal vez mañana cuando digan nada de mis cortes y me llamen Quispe Chuquisuta Huillca o señor del dolor en el intercambio de otro cuerpo ser el paleolítico moderno AMO DEL SER O LANZA MI DESDICHA al desafío de paz aunque toda oposición a la oscuridad jala lámparas en cuclillas sientes aire vicioso de capilla rodean línea de paz como un campo lejos digno del ganado regocijo pavas esmeraldas carne escabechada delante de la bodega o mezquita de santos al cumplir la promesa habrá encuentros para servir mirar considerar el punto de vista de los que siguen parados en ese campo sin paz sin distancia de la emancipación de mujeres en sus tiendas de antiguas peinadoras con ruleros amor entrando por la puerta naranjos afuera prende la belleza a tajos surtidores del goce de arcos para el esqueleto de fachadas republicanas con arcángeles de San Rafael del porvenir en la maratón con algunos dones y el triunfo sobre el puente el único peruano hecho mierda en los aires viciosos remodelando a vista & paciencia tu belleza en primera fila de ciclistas y patinadores con esquelas de celebración de paz

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UNA CRUZADA PARA NO MORIR en el cuerpo del amor en comercios ambulatorios y en casas de alta costura concepto / estilos alguien presenta al modista acribillado en un videoclip


poesía

pantalla a favor de la tendencia cisne sobre lago de ciudades afiches & luces improvisadas todas es cierta la joven en llamas seducida por esa muerte de belleza y de soledad entre ventas de boletos y seguras asociaciones deportivas refrenando la caída de los muros & los disparos locura de precipicio de pieles ante la injusticia de una belleza que el cuerpo devora en el tablón de la resurrección diaria al esperar ser reconocido y ahí estás portada de revista señor del dolor señor de la coca CALLA LA NOCHE de extensión como corriente alternando los espacios de tanto hablar qué se llena hermano el silencio especie de toda relación se llena especie diez veces magnífica inigualable provincial desde su lecho de no hacer nada señala la coca riesgo de queso en bolsas trasparentes y calienta el horizonte pero qué se gana qué se llena cuando quieres empezar de blanco y sin temor a ensuciarte a pie firme hablar de un barrio latino y sus reyes yo no sabía que iba a descubrir esa empresa del arte de caer tan yoga o literal para volver a los orígenes y se torne obsesión mi mente & sea otro tu cuerpo y la dama me niegue y revele frustraciones y la dama se mude y la dama apasione por dios cuánto capricho mírala se muestra desde el fondo allá arriba enfila amenaza estampa de gente precipitándose y no cubre el habla si dejas clavos en las puertas de sus casas no cubre el habla toque de claridad o acusaciones justo bulto que fascina no cubre el habla.

Willy Gómez Migliaro Considerado uno de los poetas más importantes del Perú e Hispanoamérica de las últimas décadas, nació en Lima-Perú el 13 de agosto de 1968. Ha dirigido las revistas de poesía Polvo enamorado (1990-1992) y Tokapus (19931996). Así mismo ha publicado los libros de poesía Etérea (2002), Nada como los campos (2003) y La breve eternidad de Raymundo Nóvak (2005); Moridor (2010); Construcción civil (2013); Nuevas Batallas (2013); Poemas 1993-2003 (2015). Entre los libros de investigación ha sido compilador del libro OPEMPE, relatos orales asháninka y nomatsiguenga (2009) y Cholos, 13 poetas peruanos nacidos entre el 70 y el 90 (2014). Ganador del premio hispanoamericano de poesía Festival de la Lira 2015. Actualmente es profesor de literatura y consultor en educación. 11


Sandra Araya

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l mismo día que llegaron, y antes de que alguien lo viera, guardaron el viejo Mustang del doctor en la cochera de la casa, cuyos cierres estaban rotos: la puerta se abría con facilidad, y podía volver a cerrarse, dando la apariencia de que por ahí no había pasado nada más que una capa de polvo y memorias viejas. Día tras día, habían establecido una especie de rutina en aquel nuevo refugio, la casa vacía, la que se parecía a la suya, aunque más vieja, y que, ahora, hacía las veces de hogar. Cuando la mañana llegaba —era imposible ignorar la luz amarillenta que entraba por las ventanas, a pesar de las cortinas—, todos se levantaban y doblaban sus respectivas bolsas de dormir e iban por turnos al baño. Entraban sigilosamente, como si la casa no estuviera separada de las otras por unos muros y por espacios de jardín, y se bañaban sin encender la luz. Había sido un milagro, pensaba Amy, que a pesar de estar abandonada la casa esta aún contara con los servicios básicos, aunque eso podía también significar que pronto sus dueños

volverían o que alguien llegaría, con pleno derecho, a ocupar la vivienda, descubriéndolos a ellos, los intrusos. Cada miembro de la familia Lehman, a su manera, tenía su esperanza puesta en la indiferencia de los otros, es decir, cada uno rogaba, invocaba a alguna fuerza para que los vecinos no notaran que de un día para otro aquella casa ya no estaba vacía. Amy, en uno de esos días, a alguna hora de la mañana, miró a su madre cuando esta salía del baño, con su pijama apretado contra el pecho, el cabello mojado, y recordó un episodio del que nunca le habló a nadie, pero que siempre le quedó rondando en la cabeza. Alguna vez había llegado, al atardecer, corriendo a la casa —a la otra, claro, a la que tenían allá—, con la premura de entrar al baño. Abrió la puerta de entrada, la cerró de una patada, gritó un “hola” a quien pudiese oírla y entró corriendo al baño, donde se sentó, apresuradamente, y cerró los ojos con alivio cuando al fin pudo orinar. Dos minutos después, cuando abrió los ojos, se dio cuenta de que no estaba sola en aquella habitación.


novela Encogida en la tina, abrazada a sus rodillas, su madre parecía no haber notado la irrupción de Amy ni su presencia ahí durante esos minutos. La Sra. Lehman tenía la vista fija en el agua, como si algo se le hubiera perdido en la profundidad de la tina y solo pudiese impedir que se hundiera si lo retenía con la fijeza de sus ojos. —Mamá…, ¿estás bien? —Y si no hubiera más que esto —dijo la Sra. Lehman, pero no a modo de respuesta, sino como si llevara diciendo aquello durante un rato, como si fuese aquella pregunta o afirmación la conclusión de un monólogo que había iniciado mucho antes, quizá en un tiempo en que ni siquiera vivía en aquella casa, en aquel pueblo, en ese mundo. Amy, entre presurosa y avergonzada, acomodó sus ropas y se acercó a su madre. Cuando le puso los dedos sobre el hombro, notó que la piel estaba fría, muy fría. —Mamá, vamos, te ayudo, te vas a resfriar… —Amy recorrió con la vista la pequeña habitación para encontrar una bata o una toalla con qué cubrir a su madre. Pero la operación le costó trabajo, pues la luz no estaba encendida y afuera comenzaba a anochecer. —Espérame, voy a prender la luz… —No, déjala así —dijo la Sra. Lehman, plenamente consciente, entonces, de que Amy estaba ahí con ella, aunque sin dar explicaciones de por qué se encontraba en esa bañera de agua casi fría, a esa hora, hablando sola. La Sra. Lehman se puso de pie cuando Amy le estiró una toalla para recibirla como a una niña pequeña, y aunque su hija apartó la vista de su cuerpo desnudo hacia su rostro, ella no pareció darse cuenta ni hizo un movimiento para cubrirse. Amy la arropó, le dio su brazo para que se apoyara y pudiera salir de la tina, la acompañó también del brazo hasta el cuarto, donde la dejó

sentada, con la vista aún fija en sus pies, mientras ella iba a ordenar el cuarto de baño. Sin saber de dónde le venía aquello, tenía la idea de que nadie más debería enterarse de ese episodio; pero cuando trataba de sacar el tapón de la tina, escuchó que la puerta de la casa se abría, un sonido de llaves, pasos, la voz de su padre que saludaba a su madre en la habitación con las mismas frases cortas y amables que utilizaba todos los días. Entonces, cosa extraña, su madre respondió tal como lo hacía a diario, con la misma voz, sin que en esta hubiera matiz alguno, un tono seco frío, seco o ausente. Cuando Amy se asomó al corredor, incrédula, vio a su madre salir del cuarto vestida con una bata y unas pantuflas, sonriente, siguiendo al Dr. Lehman mientras le contaba a este algo sobre una vecina que se encontraba harta de que un perro callejero hubiera escogido como blanco sus botes de basura. Ahora que la veía de nuevo, otorgándole toda su atención, en otra casa, en otro corredor, en otras circunstancias, se preguntó si su madre no habría visto en aquella tarde, en otro tiempo, otra casa, otro corredor, ¿otras circunstancias?, su futuro, aquel donde le tocaba ejecutar cada acto cotidiano entre sombras y susurros, a escondidas y como disculpándose hasta por respirar. Y acaso ella, a su vez, también había visto el futuro en aquel momento de intimidad, y una parte del pasado, donde las dos compartían una especie de ansiedad y decepción; un pasado común cuyas imágenes eran para Amy borrones de su memoria. —Acaso no haya nada más que esto… —musitó Amy, recordando, quizá imitando la voz de su madre en aquella otra época, quizá reconociendo en aquella su propia voz, al tiempo que miraba a su alrededor: una casa sin muebles, la luz amarilla que traspasaba las cortinas. (Fragmento)

Sandra Araya (Quito, 1980) Estudió Comunicación y Literatura en la PUCE. Abrió, heroicamente, una pequeña editorial llamada Doble Rostro, que ya cuenta con cinco títulos. Ha publicado cuentos en las revistas El Búho, Aceite de perro, Big Sur y Ómnibus. También está incluida en la antología Ecuador Cuenta, cuya edición fue coordinada por el crítico Julio Ortega. En 2010 ganó la Bienal Pablo Palacio. Fue editora del suplemento cultural cartóNPiedra. Colabora con la revista La Barra Espaciadora. Es editora de la revista Babieca, de cine y teatro. En 2014, el sello Antropófago publicó su novela Orange y en 2015 ganó el premio La Linares, de novela corta, con su obra La familia del Dr. Lehman. 13


James Salter

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sto le ocurrió a una mujer llamada Jane Vare, cerca de Carbondale. La conocí en una fiesta. Estaba sentada en un sofá con sus brazos extendidos a ambos lados y un trago en la mano. Hablamos sobre perros. Ella poseía un viejo galgo. Lo había comprado para salvarle la vida, dijo. En los canódromos prefieren sacrificarlos antes que alimentarlos cuando dejan de ganar, a veces arrojan a tres o cuatro de ellos en la parte trasera de una camioneta y los llevan al vertedero. Este perro se llamaba Phil. Se

encontraba agarrotado y casi ciego, pero ella admiraba su dignidad. A veces él levantaba su pata contra la pared, casi a la altura del pomo de la puerta, pero tenía una cara bonita. Arreos sobre la mesa de la cocina, barro en el piso de tablas anchas. Entró a pasos largos como una joven palafrenera de chaqueta gastada y botas. Ella tenía lo que se dice un buen sillón y cintas colocadas en capas como plumas en la pared. Su padre había vivido en Irlanda donde entraron al comedor la mañana de un domingo y el an-

fitrión en traje de gala cayó muerto en la cama. Su propia vida se había transformado en algo parecido. Dinero y abolladuras a un costado de su auto sueco casi nuevo. Su esposo se había ido hace un año. Alrededor de Carbondale el río desciende y se ensancha. Hay un delgado puente de caballete, repintado muchas veces, y lo utilizaban para transportar el carbón de la mina. Era la última hora de la tarde y el aguacero había pasado. La luz era plateada y extraña. Los autos que emergían de la lluvia tenían los fa-


otras lenguas

Traducción del inglés: Patricio Viteri Paredes

ros encendidos y los limpiaparabrisas moviéndose. Las maquinarias amarillas para carretera, aparcadas a lo largo del arcén, parecían anormalmente luminosas. Era la hora después del trabajo cuando el agua de irrigación centellea a lo alto en el aire, las montañas empiezan a oscurecerse y los prados parecen estanques. Ella cabalgaba sola por la cresta del cerro. Iba sobre un caballo llamado Fiume, grande, bien formado, pero no muy inteligente. Él no escuchaba las cosas y a veces tropezaba al caminar. Se habían alejado

hasta el reservorio y luego regresaron, yendo hacia el oeste donde el sol se ocultaba. Podía correr, este caballo. Sus cascos golpeaban. La parte de atrás de la blusa de ella se inflaba con el viento, la silla de montar crujía, el enorme cuello del caballo oscurecido por el sudor. Llegaron a la zanja cerca de una puerta — ­ la saltaban siempre—. Algo pasó a último momento. Duró sólo un instante. Quizá él cruzó sus patas o cayó en un hueco, pero súbitamente se hundió. Ella voló sobre la cabeza del caballo y como si fuera en cámara lenta él la

siguió. Él estaba patas arriba —la mujer yacía allí mirándolo flotar hacia ella. El caballo cayó sobre el regazo abierto de la mujer—. Fue como si un auto la arrollara. Estaba aturdida pero se sentía ilesa. Por un minuto imaginó que podía ponerse en pie y limpiarse la ropa. El caballo se levantó. Sus patas estaban sucias y tenía lodo en el lomo. En el silencio ella podía escuchar el tintineo de la brida e incluso el agua que corría por la zanja. Alrededor de ella no había más que praderas y quietud. Le dolía el estómago. Todo estaba roto allá abajo —ella lo sabía aunque no sentía nada. Sabía que le quedaba algo de tiempo. Veinte minutos, siempre lo decían—. El caballo arrancaba algo de hierba. Ella se alzó apoyándose en los codos e inmediatamente se mareó. «¡Maldito!», gritó. Estaba casi llorando. «¡Lárgate! ¡Vete a casa!». Alguien podría ver la montura vacía. Cerró los ojos y trató de pensar. Por alguna razón no lo podía creer —nada de lo que había pasado era verdad­—. Lo mismo había ocurrido aquella mañana cuando llegaron y le dijeron que Privet estaba herida. El capataz estaba esperando en el prado. «Tiene una pata rota», indicó él. «¿Cómo sucedió?» Él no lo sabía. «Parece como si le hubieran dado una coz», supuso. La yegua estaba recostada bajo un árbol. La mujer se arrodilló y acarició la nariz acartonada. Los grandes ojos parecían mirar a otra parte. El veterinario estaría viajando desde Catherine Store seguido por una nube de polvo, pero pasó largo tiempo antes de que llegara. Estacionó un poco lejos y se acercó caminando. Después dijo lo que ella sabía que diría: había que sacrificarla. La mujer estaba tendida recordando todo eso. El día había terminado. Las luces aparecían en

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Algo pasó a último momento. Duró sólo un instante. Quizá él cruzó sus patas o cayó en un hueco, pero súbitamente se hundió. Ella voló sobre la cabeza del caballo y como si fuera en cámara lenta él la siguió.

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partes de casas lejanas. Se estaban emitiendo las noticias de las seis. Muy abajo podía ver los campos de heno de Piñones y más cerca, a unas cien yardas, una camioneta. Pertenecía a alguien que trataba de construir una casa allí. Estaba cargada de bloques, no corría. Había otras casas a una milla o algo así. Al otro lado de la cima del cerro, el techo de metal, escondido entre los árboles, del viejo Vaughn, quien alguna vez fue el dueño de todo esto y ahora apenas podía caminar. Más hacia el oeste la hermosa casa de adobe quemado que Bill Millinger construyó antes de que se arruinara o lo que le hubiera pasado. Él tenía un gusto maravilloso. La casa tenía techos de troncos pelados del sudoeste, alfombras de los navajos y chimeneas en cada habitación. Amplias vistas de las montañas a través de las ventanas de vidrio tintado. Cualquiera que supiera construir una casa como esa lo conocía todo. Ella había dado una famosa cena para él, una noche inolvidable. Las nubes habían estado soplando la cumbre del monte Sopris todo el día, luego vino la nieve. Hablaron frente al fuego. Había botellas de vino amontonadas sobre el mantel y todos estaban bien vestidos. Afuera caía la nieve. Ella llevaba puestos unos pantalones de seda y el pelo suelto. Al final estuvo de pie con él cerca de la entrada a la cocina. Tenía calor y estaba un poco ebria, ¿lo estaba él? Él miraba el dedo de ella sobre el borde de la solapa de su chaqueta. El corazón de la mujer golpeaba sordamente. «¿Me vas a hacer pasar la noche sola?», preguntó ella. El hombre tenía el pelo rubio y unas orejas pequeñas ceñidas a la cabeza. —Oh... —empezó él. —¿Qué? —¿No lo sabes? Soy invertido. —De qué forma —insistió ella.

Era un gran desperdicio. Las carreteras estaban casi cerradas, la casa perdida en la nieve. Ella empezó a rogar —no podía evitarlo— y luego se enfadó. Los pantalones de seda, los muebles, odiaba todo. En la mañana el auto de él estaba afuera. Ella lo encontró en la cocina haciendo el desayuno. Él había dormido en el sofá y se había peinado el cabello largo con sus dedos. En sus mejillas, una barba rubia incipiente. «¿Dormiste bien, querida?», preguntó. Algunas veces ocurrió al revés, en Saratoga, en un bar donde el ídolo era un inglés alto que había hecho mucho dinero en ventas. ¿Vivía ella allí?, preguntó él. De cerca sus ojos parecían acuosos pero expresó en esa voz inglesa tan pura: «Es maravilloso venir a un lugar y conocer a alguien como tú». Ella en realidad no había decidido si quedarse o irse y se tomó un trago con él. El hombre fumaba un cigarrillo. —¿No has oído hablar acerca de esos? —preguntó ella. —No, ¿qué hay sobre estos? —Le darán cáncer a usted. —¿Usted? —Es lo que dicen los cuáqueros. —¿Eres en verdad una cuáquera? —Oh, hace mucho tiempo. Él la sujetaba por el codo. —¿Sabes lo que quiero? Quiero follarla a usted —dijo. Ella flexionó su brazo para zafarse. —Lo digo en serio —dijo él—. Esta noche. —En otro momento — contestó ella. —No tengo otro momento. Mi esposa viene mañana y sólo tengo esta noche. —Es una lástima. Yo tengo todas las noches. Ella no lo había olvidado, aunque ya no recordaba su nombre. Su camisa tenía unas elegantes rayas azules. «Oh, maldito», gritó ella de


repente. Era al caballo. No se había ido. Estaba junto a la cerca. Ella empezó a llamarlo. «Aquí, muchacho. Ven aquí», suplicó. Él no se movió. No sabía qué hacer. Habían pasado cinco minutos, quizá más. Oh, Dios, dijo ella, Señor, oh Dios Padre nuestro. Podía ver el largo tramo de carretera que venía de la autopista, la pálida superficie sin asfaltar. Alguien podía venir por esa carretera y no desviarse. La carretera funesta. Ella viajaba por ahí ese día con su esposo. Había algo que él estaba intentando decirle, expresó Henry, su cabeza se inclinó en un ángulo raro hacia atrás. Él estaba dando un cambio a su vida. El corazón de ella dio un salto. Que estaba rompiendo con Mara, dijo él. Hubo un silencio. —¿Con quién? —dijo ella finalmente. Él se dio cuenta de su error. —La chica que... en la oficina

del arquitecto. Ella es dibujante. —¿Qué quieres decir con romper? —Le era difícil hablar. Ella lo estaba mirando como se mira a un fugitivo. —Tú lo sabías, ¿verdad? Estoy seguro de que lo sabías. De todas formas se acabó. Quería decírtelo. Quería que lo dejáramos atrás. —Detén el auto —dijo ella—. No digas nada más, detente aquí. Él la fue siguiendo en el auto tratando de explicarle, pero ella recogía las piedras más grandes que encontraba y las lanzaba contra el vehículo. Luego cruzó vacilante a través del campo, las matas de salvia arañándole las piernas. Cuando lo escuchó llegar en el automóvil después de la medianoche, saltó de la cama y gritó desde la ventana: «¡No, no! ¡Lárgate!». —Lo que nunca comprendí es por qué nadie me lo dijo —solía decir—. Se suponía que eran mis amigos.

Unos fracasaron, otros se divorciaron, a algunos les dispararon en tráilers, como le sucedió a Doug Portis, que tenía una empresa de excavaciones y andaba viéndose con la esposa de un policía. Otros como su marido se trasladaron a Santa Bárbara y se convirtieron en el hombre extra en las cenas. Estaba oscureciendo. Ayúdenme, que alguien me ayude, repetía. Alguien vendrá, tienen que hacerlo. Trataba de no sentir miedo. Pensó en su padre que explicaba la vida en una frase: «Te derriban y tú te levantas. Eso es todo». Él reconocía sólo una virtud. Él escucharía lo que había sucedido, que ella simplemente permaneció acostada allí. Debía tratar de irse a casa, incluso si sólo avanzaba un poco, sólo unas pocas yardas. Impulsándose con las palmas consiguió arrastrase y mientras lo hacía llamaba al caballo. Tal vez podría agarrar un estribo si él se

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acercaba. Trató de encontrarlo. Con la última luz vio los álamos desvaneciéndose, pero el resto había desaparecido. Los postes de la cerca ya no estaban. Los prados se esfumaron. Trató de jugar un juego: ella no yacía cerca de la zanja, estaba en otro sitio, en todos los sitios, en la Calle Once en ese primer apartamento sobre el gran tragaluz del restaurante, la mañana en Sausalito con la mucama golpeando la puerta y Henry tratando de decir en español ¡ahora no, ahora no! Y postales sobre el mármol del tocador y las cosas que compraron. Afuera del hotel, en Haití los taxistas se apoyaban en sus coches y decían en suaves voces: Eh, blanc, ¿quieres ir a una playa hermosa? ¿A la playa de Ibo? Ellos pedían treinta dólares por día, lo que significaba que el precio era probablemente de unos cinco dólares. Hazlo, dale el dinero,

dijo ella. Podría estar allí tan fácilmente, o en su propia cama leyendo en un día tormentoso con ráfagas de lluvia azotando la ventana y los perros a sus pies. Sobre el escritorio había fotografías: caballos, ella saltando, y una de su padre almorzando afuera cuando tenía treinta años, en Burning Tree. Lo había llamado un día, que se iba a casar, dijo ella. «¿Casarte, con quién?», preguntó él. Con un hombre llamado «Henry Vare», contestó y quiso añadir que él vestía un traje precioso y tenía manos anchas y maravillosas. Mañana, dijo ella. —¿Mañana? —él sonaba muy distante—. ¿Estás segura de que estás haciendo lo correcto? —Totalmente. —Que Dios te bendiga —añadió él. Fue en ese verano que ellos vinieron aquí —donde Henry había estado viviendo— y compraron la


vivienda junto a los Macrae. Todo el año repararon la casa y Henry empezó su empresa de jardinería. Tenían su mundo propio. A través de los campos solamente en shorts, la tierra cálida bajo sus pies, la piel salpicada de lodo por nadar en la parte de la zanja donde el agua era fría y profunda, como dos niños bronceados por el sol pero mucho mejor, la puerta de malla cerrándose de golpe, cosas sobre la mesa de la cocina, catálogos, cuchillos, todo nuevo. El otoño con sus cielos azules brillantes y las primeras tormentas que venían del oeste. Estaba oscuro ahora, en todas partes excepto arriba en el cerro. Ahí estaban todas las cosas que tenía pensado hacer: irse de nuevo al Este, visitar a algunos amigos, vivir un año cerca del mar. No podía creer que todo se había terminado, que se iba a quedar allí en el suelo. De repente empezó a pedir ayuda, ferozmente, las venas resaltando en su cuello. En la oscuridad el caballo levantó la cabeza. Ella siguió gritando. Ya sabía que era algo por lo que pagaría, estaba dejando suelto lo demoníaco. Por fin se detuvo. Podía escuchar los fuertes latidos de su corazón y por encima de eso algo más. Oh, Dios, empezó a implorar. Recostada allí oyó los primeros redobles solemnes, terribles y lentos. Cualquier cosa que haya pasado, por muy mala que sea, voy a hacerlo como mi padre lo haría, pensó. Rápidamente trató de imaginarlo a él y mientras lo hacía el extremo de algo la atravesó, algo de hierro. En un instante inconcebible se dio cuenta del poder de eso, dónde la llevaría, qué significaba. Su rostro estaba mojado y temblaba. Ahora eso estaba aquí. Ahora debes hacerlo, ella lo comprendió. Sabía que existía un Dios, tenía la esperanza. Cerró sus ojos. Cuando los abrió eso había comenzado, tan inesperada y velozmente. Vio

algo oscuro moviéndose a lo largo de la cerca. Era su poni, el que su padre le había regalado hacía mucho tiempo, su poni negro yéndose a casa, a través de los vastos campos, a través del pastizal. «¡Espera, espérame!». Empezó a gritar. Las luces se movían hacia arriba y hacia abajo a lo largo de la zanja. Era una camioneta que venía por un terreno accidentado, el hombre que a veces construía la casa solitaria y una colegiala llamada Fern que trabajaba en el campo de golf. Tenían las ventanas cerradas y, al girar, las luces pasaron cerca del caballo pero no lo vieron. Lo vieron más tarde, cuando regresaban en silencio, la cara grande y hermosa en la oscuridad mirándolos en silencio. —Está con la silla de montar — dijo Fern sorprendida. Estaba parado tranquilamente. Así fue como la encontraron. La pusieron en la parte trasera —estaba flácida, había tierra en sus orejas— y manejaron hasta Glenwood a ochenta millas por hora, sin siquiera detenerse para llamar con anticipación. Eso fue una equivocación, dijo alguien posteriormente. Habría sido mejor si se hubieran ido por el otro camino, unas tres millas más arriba hasta donde Bob Lamb. Era el veterinario pero podría haber hecho algo. Aunque se diga cualquier cosa, él era el mejor médico de los alrededores. Ellos podían haber entrado en la granja con los faros resplandecientes como sucede en muchas noches. Todo el mundo conocía a Bob Lamb. Había un centenar de perros, los de él entre ellos, enterrados en la parte de atrás del establo. * Tomado de Dusk and other Stories, Modern Library, New York, 2010.

James Salter

(Nueva York, 1925-2015). Narrador y guionista cinematográfico estadounidense. Estudió en West Point y en la Universidad de Georgetown, fue piloto de la Fuerza Aérea de EE.UU. y lo destinaron a Filipinas Japón, Hawái, Corea, Alemania y Francia. La crítica lo ha considerado como el escritor estadounidense más artístico, por su estilo condensado, con frases cortas, y los cambios de personas y tiempos. Entre sus obras más importantes están: Dusk and Other Stories (Anochecer, cuentos, 1988), que recibió el PEN/Faulkner Award; Light Years (Años luz, novela, 1975); Solo Faces (En solitario, novela, 1979), y All That Is (Todo lo que hay, novela, 2013), Premio Windham Campbell. Fue nombrado miembro de la The American Academy of Arts and Letters y en 2012 la PEN/Faulkner Foundation le concedió el PEN/Malamud Award. 19


El

color de la

granada

*

Carla Badillo Coronado Ganadora del XXVIII Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe 2015

El miedo es una orgía de símbolos guerreando en el corazón de mi cerebro El miedo es un enano balanceándose en un espejo sin luz El miedo es el cadáver de un niño meciendo una cuna vacía El miedo es un pedazo de mi cuerpo atorado en el sexo de algún dios Y sin embargo el miedo no existe si lo dejo de nombrar Pero es ahí cuando aparece el eco de todas las imágenes que me aterran ¿Acaso pensar no es otra forma de invocar?

Foto: El color de la granada, Sergei Paradjanov, 1968.

Escribir romper las paredes del tiempo revelar palabras de otros siglos y sin embargo seguir usando el mismo lenguaje de quien no se cansa de buscar en todas las noches en todos los cuerpos en todos los rostros una sola calle por la que regresar a nosotros mismos ese: el verdadero idioma.

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* Escribí El color de la granada a partir de la película homónima del cineasta Sergei Paradjanov, en la que se retrata la vida del poeta armenio del siglo XVIII, Sayat Nova, de una forma no convencional: llena de simbolismos, profundidad filosófica y belleza arcana. En la película, Paradjanov utiliza la granada, fruta-símbolo de supervivencia frente a la opresión y la persecución del pueblo armenio. Sayat Nova fue una especie de Homero que iba de pueblo en pueblo componiendo cientos de canciones. Fue ejecutado por los soldados del sah de Persia Mohammad Kahn Qaja tras negarse a renunciar a sus creencias. Tardé en escribir el poemario el mismo tiempo que una granada demoró en descomponerse frente a mis ojos.


poesía

Esta religión que es la poesía nadie me la impone aún en la vibración de una nota desafinada existo y hay belleza en esta melodía incompleta porque incompleta fue mi vida y sin embargo luminosa Por eso ahora extiendo mi mano como quien pide al menos un trozo de realidad Pero sólo la noche toca mi cuerpo enfermo cuerpo enamorado y enfermo cuerpo infinito.

La palabra límite me genera sospecha porque encierra jerarquía la palabra jerarquía me genera sospecha porque encierra poder la palabra poder me genera sospecha porque encierra ambición pero también la palabra me genera sospecha porque ella encierra todas las descripciones a la vez por eso me fío del silencio y de su capacidad de albergar los mayores misterios del universo ¿Acaso las melodías no conjugan espacios vacíos respiros necesarios de la creación?

Me expulsaron de todo territorio pues no entendieron las verdades que tenía que cantar Yo, que apenas traducía los misterios de la noche encontré en el cielo mi único protector Bastaba alzar los ojos para leer las profecías en constelaciones que iluminaban al mundo —un mundo que nunca las mereció— Por eso os digo: miserables los que enclavaron una roca en su pecho para no correr el riesgo de enamorarse como yo para no perder la cordura ni la conciencia ni el objetivo de una vida plagada de leyes absurdas Yo no busqué —como ustedes— refugio en la inmortalidad Yo solo amé profundamente y tras ello dejé testimonio Mis palabras son caballos incendiando los campos de la inmensidad y en ellos seguiré habitando la sagrada locura Un día mi canto despertará a la multitud morirá el poeta, pero no su musa.

Carla Badillo Coronado (Quito, 1985)

En el principio fue el caos y de él provino la armonía de mi voz por eso canto a pesar del tiempo No hay final para quien nunca se rinde por eso dirijo la tropa que carga mi cuerpo El camino es largo como lengua de cíclope por ella avanzaré a través de los siglos Mi lenguaje sobrepasa la oscuridad de estos versos la verdadera luz jamás se describe.

Poeta, escritora, periodista y traductora. Ha publicado los poemarios Partituras Incompletas (apuntes de música y otras obsesiones) —Premio Nacional de Poesía ‘César Dávila Andrade’ 2011— y Belongings / Pertenencias (Ed. Caza de Poesía, Los Ángeles, 2009) —Premio Internacional Caza de Poesía MORADALSUR 2010—. Ganadora del XXVIII Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe 2015 (Creación joven) con su poemario El color de la granada. Mención de Honor en el Premio Nacional de Novela Breve ‘La Linares’ 2015 con su novela Abierta sigue la noche, que será publicada en febrero de 2016. Ha colaborado con diversas revistas y antologías de Ecuador, Estados Unidos, España e Italia, y ha sido traducida a varios idiomas. 21


Gustavo Salazar Calle

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ensayo

M

ientras Gabriela Mistral desempeñaba, en 1937, el cargo de cónsul de Chile en Lisboa, decidió realizar un viaje por Hispanoamérica. Su primer destino fue Brasil, donde permaneció varios meses, pasó a Uruguay (aquí leyó sus versos acompañada de Alfonsina Storni y Juana de Ibarbourou), siguió a la Argentina, visitó a su amiga Victoria Ocampo durante unas semanas y acordó con ella la publicación de Tala, su segundo libro de poemas. Viajó a Chile y permaneció por meses, fue a Lima y el Ministro Plenipotenciario del Ecuador en Perú la invitó a visitar el Ecuador. Gabriela dejó testimonio de este pedido en una carta a Victoria Ocampo: «Cara Votoya tan presente: Llevaremos 21 días en Lima. Nos iremos el 17. No sabemos aún si a… Guayaquil. Quiere [Gonzalo] Zaldumbide que vaya a su país, pero no puedo subir a carrito [sic] [debe ser Quito] […] En todo caso quedaríamos sólo ocho días en Guayaquil. (Dicen que es lindo ver pasar el Guayas, el río grande y lento)». (Gabriela Mistral – Victoria Ocampo. Esta América nuestra. Correspondencia 1926-1956. 2007, p. 93).

En el Ecuador, Adelaida Velasco Galdós recibió la solicitud de su amigo Zaldumbide para ser anfitriona de Gabriela en su estadía. La periodista guayaquileña cumplió a cabalidad el pedido ya que Gabriela amplió su permanencia de 8 a 40 días en el puerto del Ecuador, entre el 19 de agosto y el 30 de septiembre de 1938, conoció Daule y Salinas donde se inspiró para escribir los poemas La ceiba seca y Ronda de la ceiba ecuatoriana. Gabriela recibió varios homenajes en el Ecuador, entre los cuales se destacó la entrega de la llave de

la ciudad de Guayaquil, entrevistas, lectura pública de sus versos en la Universidad de Guayaquil, transmisión radial del Recado a Pablo Neruda. La visita se extendió más de siete semanas y partió con destino a Cuba, Puerto Rico y finalmente a los Estados Unidos. Entre las dos escritoras ­­—Adelaida Velasco Galdós, reconocida periodista y militante feminista ecuatoriana que colaboró en El Guante y El Telégrafo, y Gabriela— surgió una estrecha amistad, la guayaquileña tenía en gran estima la obra de la poeta chilena y estaba convencida de que era merecedora del Premio Nobel de Literatura, pero Gabriela tildó esta idea de su amiga de «loca aventura». Hasta 1945, año en que se le concedió el Premio Nobel a Gabriela Mistral; en lengua española lo habían recibido tan sólo dos autores: José de Echegaray (1904) y Jacinto Benavente (1922); y en cuanto a mujeres — ­ todas en otros idiomas—, la sueca Selma Lagerlöf (1909), la italiana Grazia Deledda (1926), la noruega Sigrid Undset (1928) y la estadounidense Pearl S. Buck (1938). Desde 1939, Adelaida decidió promocionar el nombre de Gabriela para el Premio Nobel, gestionó para que Gonzalo Escudero y Jaime Barrera, miembros del Grupo América —institución a la cual ella también pertenecía—, firmaran un documento en el cual respaldaban esta propuesta y escribió a Pedro Aguirre Cerda, presidente electo de Chile, instándole a que acogiera la iniciativa de esta candidatura como un proyecto estatal. Aguirre Cerda, hombre inteligente y conocedor del talento y el valor literario de la obra de su amiga Gabriela, aceptó la solicitud e inmediatamente delegó a dos de sus ministros para los oficios. De las cartas de la autora de Desolación a Adelaida y en uno de sus artículos

El Ecuador tiene un sitio fervoroso en mi corazón. Fue la ecuatoriana Adelaida Velasco la primera en insinuar mi candidatura para el Premio Nobel. Y, coincidiendo feliz, en un barco sueco llamado Ecuador, me embarqué en las costas brasileras, con destino a Europa. Iba a recibir el Premio Nobel».

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a raíz de la concesión del Premio Nobel a la poeta chilena, sabemos que ella se avino a que se realizaran las gestiones pertinentes. La Fundación Nobel había establecido que la concesión del premio se suspendiera durante la Segunda Guerra Mundial, tiempo que sirvió para difundir la obra de Gabriela, traducir su obra al inglés y al francés y presentarla ante la Academia Sueca. Gabriela jamás olvidó estos buenos oficios. En una entrevista concedida al intelectual ecuatoriano Luis Verdesoto Salgado en Veracruz, México, en 1949, dijo: «Yo quiero mucho al Ecuador. Tengo para él los sentimientos más hondos de gratitud. El Ecuador tiene un sitio fervoroso en mi corazón. Fue la ecuatoriana Adelaida Velasco la primera en insinuar mi candidatura para el Premio Nobel. Y, coincidiendo feliz, en un barco sueco llamado Ecuador, me embarqué en las costas brasileras, con destino a Europa. Iba a recibir el Premio Nobel». En las últimas décadas he leído crónicas y artículos, incluso ahora que se cumplen setenta años del

Gabriela Mistral en la entrega del Premio Nobel

Nobel a Gabriela, que cuestionan la calidad de su obra y dudan del merecimiento del galardón. También se ha sobredimensionado la capacidad del aparato de difusión del gobierno chileno para lograr que se lo concedieran. Basta revisar su obra poética en un solo volumen, en la antigua edición de Editorial Aguilar (1958) o en la última edición realizada por la Academia de la Lengua Española (2010) (la ausencia de obras de Gabriela Mis-

tral, en la última Feria Internacional del Libro del Ecuador 2015, fue evidente y lamentable), sus innumerables prosas ­—valoradas debidamente por Guillermo de Torre, Benjamín Carrión, Alfonso Reyes, Gonzalo Zaldumbide y Octavio Paz en vida de la autora— y su correspondencia que sigue publicándose para concluir que en medio de muchos desaciertos en la concesión de ese premio, la Academia sueca con ella sí puede vanagloriarse.


Dossier Chile La Feria Internacional del Libro Quito 2015, que se celebró del 13 al 22 de noviembre, tuvo a Chile como país invitado. Casapalabras presenta una muestra de la literatura chilena actual, con los autores que visitaron nuestro país.

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Zurita Poemas Las playas de Chile (i) No eran esos los chilenos destinos que lloraron alejándose toda la playa se iba haciendo una pura llaga en sus ojos No eran esas playas que encontraron sino más bien el clarear del ciclo frente a sus ojos albo como si no fuera de ellos en todo Chile espejeando las abiertas llagas que lavaban i. Empapado de lágrimas arrojó sus vestimentas al agua ii. Desnudo lo hubieran visto acurrucarse hecho un ovillo sobre sí tembloroso con las manos cubriéndose el purular de sus heridas iii. Como un espíritu lo hubieran ustedes visto cómo se abrazó así mismo lívido gimiente mientras se le iba esfumando el color del cielo en sus ojos Porque no eran esas las playas que encontraron sino el volcarse de todas las llagas sobre ellos blancas dolidas sobre sí cayéndoles como una bendición que les fijara en sus pupilas iv. Porque hasta lo que nunca fue renació alborando por esas playas v. Ese era el resplandor de sus propias llagas abiertas en la costa vi. Ese era el relumbrar de todas las playas que recién allí le saludaron la lavada visión de sus ojos

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Porque no eran esas las que encontraron sino sus propias llagas extendiéndose hasta ser la playa donde todo Chile comenzó a arrojar sus vestimentas al agua radiantes esplendorosos lavando frente a otros los bastardos destinos que lloraron.

Los nuevos pueblos Y era tu cara el borde de estos cielos, el manto mío de las estrellas. Al mirar hacia arriba no vi nada sino tu permanencia, las pinturas de tu rostro, la deriva de tus antepasados inundando las altas nubes. Esos son los ríos que se abren. En otro tiempo fuimos encontrados y ya vivimos en las primeras células, en los abismos de los mares, en las primitivas danzas que el asombro le ofreció al fuego. Por eso somos ríos que se abren, brazos, cauces, torrentes arrojados de un agua única y primigenia Nada se diferencia de lo que somos y nada de lo que es está fuera de nosotros. Tú resumes las viejas tribus, las cacerías, los primeros valles sembrados y mi sed recoge en ti toda la saga de este mundo. No son mitos, el mito es la mentira: que sólo existimos una vez, que cada uno es sólo uno. Todos viven en ti y tú vives. Las olas del tiempo inmemorial y las estrellas. Oh sí manto mío de mis estrellas; la noche te habla antes de sucumbir al día, las grandes batallas perdidas, el pasto de los antiguos clanes y de las tribus remontando por nuestros cursos el corazón de los caminos del corazón y tus tocadas praderas.


poesía

Como pastizales malditos De duelo los pastos de Chile Tu madre nunca se perdonaría por esos pastizales malditos De duelo hasta el viento crepitaba sobre los quemados pastos de estas llanuras desplegadas fantasmales secándose como si fueran hojas que el aire se llevara

Inscripción 178

i. Como zarzas hasta la madre se ardían sobre los pastos de Chile

Te hablan ahora las rompientes de tu vida Te cuentan de las falsas Itacas, del naufragio en costas remotas de tu cansancio doblándote hacia las olas Te dicen que más allá está el final de la tierra que allí el mar se derrumba, que tu mar amado se derrumba y que los barcos nunca han vuelto Te hablan en tu propia noche los temores

ii. Sobre los pastos quemados Chile mismo se secaba desmembrado ardiéndose hasta la madre iii. Amarillo el mismo cielo ardía sobre los valles moribundos como palos de zarza hasta la madre secándose

Que suenen entonces como algo que se despierta estos poemas como algo que está en ti, como algo que cruce el mar y se despierta.

En que hasta la madre se hizo palos de zarza ardiendo sobre los pastizales donde Chile se parió a sí mismo hecho un dolor bajo estos ciclos caídos irredentos como paisajeríos malditos que ni tu madre perdonara

Raúl Zurita (Santiago de Chile, 1951) Uno de los grandes poetas latinoamericanos. Estudió Ingeniería Civil en Valparaíso. Hacia el final de la década de los setenta sus acciones en protesta del orden imperante provocaron gran polémica: quemarse el rostro con ácido, masturbación en público e intentar cegarse. En 1982 escribió sobre el cielo de Nueva York el poema La vida nueva. Libros: Purgatorio (1979), Anteparaíso (1982), Canto a su amor desaparecido (1986), El amor de Chile (1987), Selección de poemas (1990), La vida nueva (1994), Poemas militantes (2000), Sobre el amor y el sufrimiento (2000). Obtuvo la beca Guggenheim y en el 2000 le otorgaron el Premio Nacional de Literatura de Chile. 27


Ramón Díaz Eterovic

Nací en un barrio donde el lujo fue un albur, por eso tengo el corazón mirando al sur. El viejo fue una abeja en la colmena, las manos limpias, el alma buena. Eladia Blázquez

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H

ay cosas que nunca dije a mi padre y por eso, cada vez que pienso en él, vuelvo a una infancia de vientos interminables y me veo caminando de su mano por las calles enlodadas de un pueblo al que ahora reconstruyo en postales de otras épocas o en sus cartas donde preguntaba acerca de mi salud y los estudios; sus palabras para un adiós que siempre creí transitorio, los besos en nombre de mi madre, su modo de entender la vida con el tierno rigor de los hombres. Pensar en él es recobrar cualquiera de esas noches en que regresaba del trabajo a la casa, a ese ir y venir cotidiano de quehaceres domésticos, al que entraba siempre como un viajero, como alguien que volvía de un espacio remoto del que apenas

teníamos una noción borrosa, esbozada en las anécdotas que recreaba de tarde en tarde, o cuando miraba a sus hijos que iban distanciándose de las imágenes que reproducían las fotos que portaba en su billetera de añoso cuero café.

Una de esas noches en que esperábamos su retorno a casa, oímos el rasgueo vigoroso de sus zapatos en el felpudo, junto a la puerta de la cocina. Mi madre dejó de tejer el chaleco que luciría mi hermana mayor en su cumpleaños y se preparó para el reencuentro, como hacía cada quince días desde que mi padre trabajaba en el campamento petrolífero de Punta Delgada, fren-


cuento te al tramo más angosto del Estrecho de Magallanes. Lo vimos entrar lentamente, reconociendo los espacios de aquella habitación que le era familiar y distante al mismo tiempo. Dio tres pasos y nos sonrió, al tiempo que dejaba en el piso el pilchero blanco donde traía su ropa, el hisopo y sus hojas de afeitar, y a veces alguna sorpresa, como los huevos de ñandú que recogía, cuando en su tiempo libre salía a caminar por los alrededores del campamento, rodeado de un horizonte infinito de coirones. Mi madre se acercó a saludarlo y yo la imité. Besé una de sus mejillas y sentí el roce áspero de su barba cerrada y su aliento impregnado de un aroma a cigarrillos y café. —¿Cómo estás? —preguntó después de acariciar mi cabeza con la mano que tenía la uña del dedo índice partida, producto de un erróneo hachazo en la época que trabajaba en el aserradero de los hermanos Bradasic, dos croatas que le pagaban cuatro chauchas y un saco de leña trozada a cambio de una jornada de trabajo. Esa uña rota que me gustaba atrapar en mi mano cuando caminaba a su lado, rumbo a las carreras de caballos de los domingos o a los rotativos del cine Politeama, donde veíamos un continuado de tres películas policíacas o de vaqueros. Le respondí con un gesto, siguiendo la costumbre familiar de comunicarnos sin palabras. Él sonrió levemente y se despojó del chaquetón de paño azul y de la bufanda de lana que mi madre le había regalado en la última Navidad. —¿Quieres comer? —preguntó ella, al tiempo que ponía la tetera sobre la estufa de fierro negro que contribuía a llenar el amplio espacio de la cocina familiar, junto a la mesa cubierta con un hule floreado, el cajón de la leña y los víveres, un aparador de vidrios empavonados y el sofá en el que él solía dormi-

tar mientras mi madre oía los radioteatros de Arturo Moya Grau o Luchita Botto. —Con bollos y café, basta —contestó; y luego, mientras mi madre llenaba su tazón de café, agregó—: Me vio el médico del campamento. Dice que necesito un tratamiento y que vaya pensando en jubilarme. —Debieras hacerle caso —comentó ella, categórica. —Aún quedan algunas cosas por hacer —dijo él, al tiempo que partía un bollo de pan. Lo miré y supe que por esa noche no hablaría más del tema. —¿Cómo van los estudios? — preguntó, mirándome—. Supongo que dedicas más tiempo a los textos del liceo, y no tanto a las novelas. —Estoy preparando la prueba de aptitud académica —respondí, cerrando suavemente el libro con cuentos de Francisco Coloane que estaba leyendo—. El profesor dice que tengo posibilidades de entrar a la universidad. —La universidad son palabras mayores. Hablé con el administrador del campamento y el hombre dijo que podía conseguirte un puesto en la empresa. De torrero o para llevar contabilidades. —No había pensado en eso —dije con un desgano que él apreció de inmediato. —¿Prefieres estudiar? —Quiero ser escritor. —Necesitas aprender algo útil. Primero un título y después puedes escribir lo que desees. Médico, abogado, profesor. Tu madre siempre dice que yo podría haber sido un buen abogado. Debe ser por lo porfiado, o porque soy bueno para defender causas perdidas. —Me publicaron un cuento en el liceo. El mismo que obtuvo un premio el semestre pasado —agregué, deseoso de contar algo que me llenaba d e orgullo desde que había visto mi nombre impreso en la revista que cada tres meses editaban en el liceo.

En una de las visitas me pidió que lo abrazara. Sentí la debilidad de su cuerpo entre mis brazos, y le dije que lo quería. Se aferró a mí, como yo lo hacía a él cuando era niño y despertaba asustado entre la oscuridad de mi pieza. Fue como volver al origen. Al primer encuentro de nuestros cuerpos. A mi fragilidad entre sus brazos y a mi asombro que buscaba en él una respuesta certera para todo lo que venía.

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El telegrama hablaba de su enfermedad e instintivamente recurrí a la máquina de escribir y redacté una carta que nunca envié. Al día siguiente, otro telegrama anunciaba su viaje a Santiago, y al recibirlo en el aeropuerto, supe que solo había querido volver a abrazarme, y el resto, las esperanzas de los médicos, eran para él una apuesta tardía.

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Mi padre me observó extrañado, como si hubiera descubierto en mi rostro un rasgo en el que antes no había reparado. No esperé que dijera nada. Me puse de pie y corrí hasta mi pieza a buscar la revista. Cuando volví y la puse a su alcance, la miró y optó por beber un sorbo de café antes de buscar las páginas donde estaba mi cuento. —Tienes que estudiar —dijo, y se quedó en silencio, mirando un rincón de la cocina, donde una mancha de humedad comenzaba a crecer. Esperé su comentario, pero no dijo nada. Cuando terminó de comer se fue al dormitorio. Lo seguí pero no me atreví a preguntarle qué opinaba de la publicación. Desde la puerta del dormitorio lo vi tenderse sobre la cama, encender un cigarrillo y poner entre sus manos la revista. —Buenas noches —dijo al verme de pie junto a la puerta.

Por la mañana desperté al escuchar la voz de mi padre. Un sol tímido alumbraba las paredes de la pieza y en las ventanas vi las figuras que la escarcha había dibujado sobre los vidrios. Una de mis entretenciones favoritas en las tardes de invierno era escribir palabras sobre el vaho depositado en los vidrios. Letras grandes que recuperaban la limpieza de los cristales y a través de las cuales observaba la calle, las casas de los vecinos, el ir y venir de la gente. Las palabras permitían conocer la vida, y eso, sin saberlo, era el origen de los cuentos que escribía en un grueso cuaderno de tapas negras. —Quiero que me acompañes —dijo y salió de la pieza, sin esperar mi respuesta. Me vestí protestando por el frío. Cuando llegué a la cocina, sobre la

estufa se tostaban algunas rebanadas de pan y de la cafetera salía un fuerte aroma a higo tostado y café. Desayunamos en silencio y al salir de la casa me explicó que debía dejar una encomienda enviada por un compañero de trabajo. Un bulto pequeño, envuelto en papel azul, que mi padre acomodó en su brazo izquierdo, antes de ponerse a caminar con trancos rápidos. Media hora más tarde habíamos cumplido el encargo. Mi padre entregó el paquete a la esposa de su compañero de trabajo, aceptó la copa de aguardiente que la mujer le ofreció y enseguida nos despedimos para volver a la calle, a esa caminata que intuí debía tener otro sentido. A poco andar nos detuvimos en el mirador del Cerro de la Cruz, desde el cual se apreciaba la ciudad, con sus casas de techos rojos y la perfecta simetría de sus calles que bajaban del cerro hacia el mar. —La ciudad era más pequeña cuando llegué de Chiloé —dijo—. En la bahía recalaban vapores que traían mercaderías europeas y se llevaban cargamentos de carne y cueros. Me gustaba ir al puerto a ver cómo trabajaban los estibadores. Los nombres y banderas de las embarcaciones invitaban a soñar con países lejanos, como del que llegó tu abuelo materno con la esperanza de hacerse la América con el mentado oro de la Isla Tierra del Fuego. Pero tu abuelo era hombre de trabajo, no de aventuras. Un croata alegre al que le gustaba cantar y tener una jarra de vino sobre la mesa. Claro que le costó aceptar que una de sus hijas se casara con un chilote pobre. Me prohibió ver a tu madre y no nos quedó otra alternativa que fugarnos, conseguir un cura madrugador y vivir en una pensión hasta que logramos armar nuestra propia casa. La vida tiene tantas vueltas, hijo. Cuando miro hacia el mar recuerdo las muchas veces que quise viajar. Pero una cosa


es los sueños y otra, la vida. Y como no a todos les toca las mejores cartas de la baraja, hay que apechugar como sea para ganar el pan. Guardé silencio y lo observé mientras encendía un cigarrillo sin filtro. Luego sacó de su chaquetón un sobre arrugado y me lo pasó. Al abrirlo descubrí que contenía un añoso libro de Jack London. —Me lo dio el profesor el día que dejé de estudiar para ir a trabajar a la estancia San Gregorio, donde necesitaban peones de esquila. Lo he leído tantas veces que podría recitar de memoria algunos de los cuentos. Quise decir algo, pero un gesto de mi padre, ordenándome reanudar la marcha, interrumpió mis deseos. Mientras seguía sus pasos revisé el libro. Sus páginas amarillentas estaban cubiertas de manchas y quemaduras de cigarrillos. Distraído en esa inspección, no me di cuenta que nos deteníamos frente a la vitrina de una tienda. —Leí tu cuento —dijo mi padre. Sorprendido, traté de balbucear una pregunta, pero mi padre se

adelantó. —¿Qué tal esa máquina de cubierta verde? —preguntó, indicando la vitrina en la que se amontonaban una docena de máquinas de escribir de distintos tamaños, formas y colores—. ¿Qué dices? A mí me parece buena.

La máquina de escribir me acompañó en mi primer viaje de Punta Arenas a Santiago. En ella escribí nuevos cuentos, algunos poemas nostálgicos y las cartas que cada quince días le enviaba a mi padre, contándole de mis estudios en la universidad. La máquina tenía unas letras pequeñas y para obtener una buena impresión había que golpear con fuerza sus teclas, lo que más de una noche provocó los gritos de la dueña de la pensión

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que, incapaz de entender mis afanes literarios, exigía silencio para la tranquilidad de sus enflaquecidos huéspedes provincianos. En esos días, y parafraseando a un escritor que por esos días leía con entusiasmo, Santiago era una fiesta para mi curiosidad y deseo de vivir experiencias nuevas. Terminadas las clases en la facultad empleaba el tiempo libre en interminables caminatas en las que iba conociendo todo un mundo nuevo de colores, aromas y gente. Por las noches escribía de aquellas cosas que había conocido y al golpetear las teclas de la máquina, recordaba la mañana en que la habíamos adquirido con unos billetes relucientes que mi padre sacó de su billetera; la misma que después volvió a emplear para pagar las dos primeras copas de vino que bebimos juntos, en un bar próximo al puerto, a solas, frente a frente, como dos hombres que conversan de cosas importantes.

Años después comprendí que aquellas cosas importantes eran las historias que nos unían, como las veces en que iba al Estadio Fiscal a verme jugar por el equipo de fútbol del barrio, las empanadas que horneaba para la familia cuando estaba en casa, el frasquito de pisco que me dio a beber la mañana que fuimos al dentista para que me extrajeran un diente, nuestras alegrías por los triunfos del Ballet Azul, las partidas de Truco que nunca conseguí ganarle, su manera de decirme aquella mañana en el bar que, a pesar de sus dolencias y cansancio, seguiría trabajando hasta que terminara mis estudios.

Una noche soñé con él y al día siguiente recibí un telegrama de mi madre. En el sueño caminábamos por el campo recogien-

do calafates y frutillas silvestres. Sonreíamos sin hablar. Él llevaba la boina negra que lo protegía del frío y ocultaba la calvicie que ya no le permitía lucir la peinada a lo Gardel con la que aparecía en fotos de su juventud. El telegrama hablaba de su enfermedad e instintivamente recurrí a la máquina de escribir y redacté una carta que nunca envié. Al día siguiente, otro telegrama anunciaba su viaje a Santiago, y al recibirlo en el aeropuerto, supe que solo había querido volver a abrazarme, y el resto, las esperanzas de los médicos, eran para él una apuesta tardía. Durante un mes lo visité a diario en el hospital. Estaba cada vez más delgado y al verlo sonreír, tenía la impresión de que lo hacía mirando hacia su pasado, a momentos felices como el día en que nació su único hijo varón. En una de las visitas me pidió que lo abrazara. Sentí la debilidad


Mi padre me observó extrañado, como si hubiera descubierto en mi rostro un rasgo en el que antes no había reparado. No esperé que dijera nada. Me puse de pie y corrí hasta mi pieza a buscar la revista. Cuando volví y la puse a su alcance, la miró y optó por beber un sorbo de café antes de buscar las páginas donde estaba mi cuento.

de su cuerpo entre mis brazos, y le dije que lo quería. Se aferró a mí, como yo lo hacía a él cuando era niño y despertaba asustado entre la oscuridad de mi pieza. Fue como volver al origen. Al primer encuentro de nuestros cuerpos. A mi fragilidad entre sus brazos y a mi asombro que buscaba en él una respuesta certera para todo lo que venía.

A menudo imagino que converso con mi padre o que le escribo cartas. Le hablo de aquellas historias que publico y que él ya no puede leer. Me riñe por el tiempo que pierdo en ellas y cuando me pregunta por mi fortuna en el hipódromo, le respondo que a menudo acierto con un buen dividendo. Sonríe cuando le digo que gracias a él y a mi madre, la baraja de la vida me dio las mejores cartas, y que siempre recuerdo aquellas mañanas en las que él marchaba a su trabajo, y yo, después de su beso en la mejilla, me quedaba viéndolo a través de la ventana, mientras se alejaba con su boina ladeada y el pilchero de lona colgado de su hombro izquierdo. Sus pasos dejaban huellas sobre la nieve y en el vaho de los vidrios comenzaba a escribir de aquellas cosas que nunca le dije.

Ramón Díaz Eterovic (Punta Arenas, 1956). Estudió en la Universidad de Chile la Carrera de Ciencias Políticas y Administrativas, y obtuvo el título profesional de Administrador Público. Ha publicado los libros de cuentos Atrás sin golpe (1985), Ese viejo cuento de amar (1990), Muchos gatos para un solo crimen (2005), Un taxi en la nieve (2011) y Mi padre peinaba a lo Gardel (1998), y las novelas La ciudad está triste (1987), Solo en la oscuridad (2003), Nadie sabe más que los muertos (2002), Nunca enamores a un forastero (2003), Ángeles y solitarios (2000), Los siete hijos de Simenon (2001), El ojo del alma (2001), El color de la piel (2003), A la sombra del dinero (2005), El segundo deseo (2006), La oscura memoria de las armas (2008), La muerte juega a ganador (2010), El leve aliento de la verdad (2012) y La música de la soledad (2014). Ha obtenido numerosos premios literarios, entre los que destacan el Premio Anna Seghers de la Academia de Arte de Alemania (1987), y obtuvo el Premio Las Dos Orillas del Salón del Libro Iberoamericano de Gijón (2000). Sus obras se han traducido a varios idiomas y han sido publicadas en diversos países. 33


Esos pájaros negros Mis ojos corren lentas arboledas, la memoria enciende secretos: el pasado, su figura. Así, esfuma, se mofa y esconde la huida. Furtivo, tu cuerpo sorprende, y emprende la pesadilla: —¡y esos pájaros negros que no dejan de volar! A un costado del alfeice, me alzo, me hinco para inquirir desmemorizada. 34

Sobra uno de tus ojos y, uno de tus brazos desvenado a la altura del izquierdo codo: —¡ y esos pájaros negros que no dejan de volar! No son párpados, no son cuencas, no tu traje negro, no tu ánimo enfermo, no mi respirada en medio del parque: —¡y esos pájaros negros que no dejan de volar! (Poemas del libro Libro del mal morir.

Editorial La Trastienda. Santiago, 2015).


poesía

Angelina Quilleleo —Se me han endurecido las palabras —rezongó Angelina Quilleleo. Luego agregó, con la frente clavada en el confesionario: —Cuando era moza podía hablar de los ojos de los árboles, de los troncos llorosos de la luna, de las caras de las tortillas madurando sobre el fogón. Entonces los campesinos y el runrún de los Temus me decían: —¡Qué bien cantas con palabras, Angelina Quilleleo! —Un día, cuando en abril era junio, un mercader me refirió la capital: “Es un hechizo —dijo–: los edificios son espejos encantados. En ellos puedes verte de cuerpo entero o al revés (con la cabeza pegada al pavimento y los pies como perdidos en el cielo). Además, no escasea la harina, ni la azúcar, ni la plata”. —Me vine, pues, señor cura —susurró Angelina Quilleleo—, porque el Norte era la tierra de los elegidos. —Pero no había azúcar, ni harina, ni plata y los edificios me daban el mismo miedo que alguna vez me inspiraron los chuchúes que habitaban en los cuentos de mi abuela Fresia, que además de vieja y pobre, era sabia. —Y así, las palabras se me enduraron y he debido hurtar menestras a la mala muerte. —Confieso que he pecado —sollozó Angelina Quilleleo. La ventanilla del confesionario se abrió. El cura y la mujer se miraron. El cura, con visibles hilillos de sangre en la frente, dijo: —Anda mujer, no hay penitencia. (Poema tomado del libro Los círculos,

Editorial La Trastienda, Santiago de Chile, 2012).

La cueca de los sistemas entre palmada y palmada viene cantando la tuerta entre cuecas y pañuelos viene bailando viene bailando sí yo te lo digo que parece gozosa de tanto abismo de tanto abismo sí quién lo diría si es la sorda maldita del globalismo del globalismo sí coja mafiosa probemos un zapateado en esta rosca tiqui tiqui tí tiqui tiqui tá

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El carrusel “Ha muerto un ruiseñor. Pero no llores, / gira, caballo de la calesita”. ( Juan Gelman) parque de lo breve, lo leve, un tiempo de lluvias, un carrusel. así, tablones giratorios huelen a pinos y alucinantes revolotean, cantan, esos violines del arroyo. nuestras sombras se dirigen hacia el otro lado del mundo, y cautivos rodamos, viramos. es la intemperie, somos un reloj di-vagando en las clausuras… más tarde, echo de menos al carrusel, recreo tan cerca del secreto de los nombres como del misterio de los ritos, solaz, más junto a los campanarios quebradizos, a la llovizna bajo el cielo encarnado. Carrusel, ¡ay!, pasatiempo de las llaves inabordables: —¡en un abrir y cerrar los ojos murió la vida!

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La violentada Por la copa de la higuera la luna bruja se asoma. Por la higuera de la noche de las juanas la luna bruja se destripa cae se derrite en mi cuerpo. Yazgo tendidasalobre. Como atardecer demente corto hacia la noche: Esa sombra confusa llena de ojos.


La traición a Jorge Teillier La muerte danza en las encendidas del apego: —¡Que no quiero verte! —Déjame en el estío. Cómplice de esa queja la ciudad antropófaga muestra cielos encarnados: —¡Que no quiero verte! —Déjame en el estío. La calle, hasta el tope de abandonos, amaranta en automóviles y los fracasados vocean: –¡Que no quiero verte! —Déjame en el estío. Cuando la aurora muere el desamparo hace ruinas a los dañados de amor: —¡Que no quiero verte! —Ya te he dicho que me dejes llorar en el estío. (Poemas tomados del libro La generación de las palomas. Editorial La Trastienda. Santiago, 2005).

Astrid Fugellie Gezan (Punta Arenas, 1949) Estudió Educación de Párvulos en la Universidad de Chile. Entre sus obras están: Siete Poemas (1969); Una casa en la lluvia (1975); Las jornadas del silencio (1984); Travesías (antología, 1986); A manos del año (cuento, 1987); Los círculos (1988, Premio Academia Chilena de la Lengua); Dioses del sueño (1991); Llaves para una maga (1999); La generación de las palomas (2005); En off (2010), Libro del mal morir (2015). Muchas de estas obras han sido traducidas el inglés, francés, italiano, alemán, chino, croata, húngaro, checoslovaco, rumano y catalán. Es miembro de la Sociedad de Escritores de Chile y de la Corporación Letras de Chile. Ha impartido diversos talleres literarios en poesía y microcuento. Actualmente se desempeña para el Sistema de Bibliotecas Públicas de la Ilustre Municipalidad de Providencia (Santiago de Chile) y como evaluadora y jurado en el Consejo Nacional del Libro y la Lectura. 37


Claudia Apablaza Del libro Todos piensan que soy un faquir (Edicola, 2013)

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uando cumplí 33 años conocí a un hermoso estudiante de actuación en un bar en la Alameda. Él me dijo que tenía 28 años, mis amigos insistían en que tenía 23 ó 24 como mucho, pero da igual, era joven y hermoso y me gustaba. Pasaron los días y me enviaba y me enviaba emails, mensajes de texto, whatsapp, DMs, mis amigos me decían, no lo pesques, es muy pendejo, es un niño, además puede que tenga pareja. Le pregunté directamente una tarde que salimos a tomarnos un café con sabor a menta por Sucre y Manuel Montt, me dijo no, no tengo pareja, ¿y tú? Esa misma noche lo invité a mi casa, comimos, tiramos y me

dijo cuando me vio desnuda: oye, tienes que entrenar un poco más, tienes que entrenar a diario, una o dos veces al día, si es que puedes. Le creí. Me ofreció ser mi instructor y comenzamos a entrenar juntos. Después pasaron algunas cosas. Después pasaron otras. Después otras más. Después, otras. Algunas las olvidé, pero recuerdo que desde el principio tuve temor de que se fuera de casa si es que yo no entrenaba lo suficiente. Desde el principio tuve temor a que se fuera. No quería que él se fuera. Había encontrado a mi amor y a mi entrenador personal, todo en uno, como esas cajas felices de los McDonald’s o los combo de

algunas tiendas de comida rápida: papas fritas, hamburguesas, queso triple de plástico, salsas agridulces y toda esa mierda vomitiva. Pero nosotros no éramos de esas cajas felices. Nosotros éramos una caja feliz vegetariana. No sé si necesitaba algo más. Me prometí rezar un breve texto todos los días: Dios, Dios, no quiero que él se vaya. Estaré en paz. No quiero que él se vaya. Quiero entrenar con él. Dios, Dios, no quiero que él se vaya. ¿Cómo iba a volver ahora a entrenar sola? Casi nadie valora el cuerpo, de cien personas dicen que sólo dos. Los demás lo ven como una extensión de qué sé yo, un apéndice, algo que les prestaron para ejecutar actos, actos estúpidos a veces y sin duda, más que un todo integrado y dinámico. Pero él no, él lo veía integrado. Éramos iguales. Juntos también podíamos ser una caja feliz vegetariana. Entrenamos a diario, de eso no me olvido: gym, artes marciales, happy dance, zumba, pilates, correr, caminar, subir montañas, etc. Cuando entrenábamos yo rezaba mis mantras, saqué el fantasma de que él iba a irse y me iba a dejar entrenando sola. Así comenzaron a pasar cosas reales con él. Desde ese momento me sentí, por fin, una mujer a la que le pasan cosas, como por ejemplo que abran la puerta del baño cuando te duchas, o que se despierten al lado tuyo dando manotazos porque tiene pesadillas, que se cepillen los dientes al lado tuyo y tengas que pelear por el agua que corre, dar codazos. Desde ese momento comenzaron a pasarme esas cosas mínimas y reales. Antes no me pasaban. Antes sí, pero antes antes, jamás. Si tuviera que definirme hoy, diría: soy una mujer que tiene miedo de perder su combo de McDonald’s, o su cajita feliz (vegetariana), y a la que le pasan cosas, cosas de todo


cuento

tipo, más bien cosas mínimas o gigantes, como que te usan todo el jabón o te toman el té de manzanilla, te quiten la almohada por las noches, te babean la espalda. Él me gustaba por todo eso, porque además era el único hombre que me hacía ver el reflejo del cuerpo a cada rato, porque él era más hermoso y joven y hacía que te viera en ese espejo que otro perfeccionado, quisiéralo o no. En realidad creo que él quería que yo alcanzara el estado del cuerpo que yo imaginaba. El estado que imaginaba él. Llegar a hacer coincidir imagen mental e imagen real del cuerpo. Un cuerpo entrenado. G. me repetía a diario: ¿Eres cuerpo o posees un cuerpo? Soy, le decía yo, y me reía, me acordaba de las conversaciones que

tengo con mi padre acerca de la estabilidad cuerpo mente, y me parecía que mi padre sabía más. Así y todo, sentía que G. era mi maestro. Y le repetí: soy, soy un cuerpo. Luego seguíamos entrenando. Nos levantábamos, desayunábamos, salíamos a entrenar. Ya sólo queríamos ser cuerpo en perfección, cuerpo limpio, cuerpo que sabe flotar, bailar, moverse con soltura. Imagen vs. realidad. En un orden preciso, hicimos: Gym Artes marciales Happy dance Zumba Pilates Correr Caminar Subir montañas.

No sé si descuidamos otras cosas. Tal vez sí. Después, lo segundo que nos pasó es que nos fuimos a vivir juntos. Yo acababa de comprarme una casita, pequeña, pero hermosa, cerca del barrio en el que vivía. Él me dijo, dale, me voy a vivir contigo, pero con la única condición de que tenemos que seguir entrenando en tu casa siempre. Ok, le dije, vente. Y nos fuimos a vivir juntos y ordenamos la casita a nuestra pinta. A él le gustaba cocinar, a mí también. Cocinábamos mucho, a cualquier hora. Los vecinos no se enojaban cuando escuchaban sonar las ollas, los platos, los tenedores, los cuchillos. Pero por sobre todo, le pusimos algunas máquinas para entrenar juntos, y tampoco metíamos ruido entrenando.

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Desde el principio tuve temor a que se fuera. No quería que él se fuera. Había encontrado a mi amor y a mi entrenador personal, todo en uno, como esas cajas felices de los McDonald’s o los combo de algunas tiendas de comida rápida: papas fritas, hamburguesas, queso triple de plástico, salsas agridulces y toda esa mierda vomitiva. Pero nosotros no éramos de esas cajas felices. Nosotros éramos una caja feliz vegetariana.

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Y G. me volvía a repetir a diario: ¿Eres cuerpo o posees un cuerpo? Lo tercero que nos pasó es que salíamos a entrenar a diario en una nueva ruta. Teníamos una nueva ruta. La habíamos encontrado. Ahora desde nuestra casa en Bilbao hasta el parque Bustamante donde hacíamos ejercicios, flexiones, abdominales, luego correr hasta la plaza Italia, luego por el lado del Mapocho. Sentíamos la totalidad en los poros. Cada vez que terminábamos de entrenar me daba una nostalgia enorme, llamaba a mi padre por teléfono y le decía, hola, padre, ¿cómo estás? Te extraño. G. encontraba eso muy raro. Pero después se acostumbró. Se dio cuenta de que el ejercicio me lo enseñó mi padre primero, no él, y se tenía que esperar cuando yo recordara a mi padre y quisiera hablar con él. Recordar in situ. Que había llegado segundo a las rutas. Después de esa nostalgia venía la risa y nos pasó que nos gustaba meternos en restaurantes de pizza

y comernos una o dos seguidas. A veces comíamos sándwiches. A mí me gustaba de queso y palta, a él churrasco palta. Cuando comía, también decía en silencio: Dios, Dios, no quiero que él se vaya. Estaré en paz. No quiero que él se vaya. Quiero entrenar con él. Dios, no quiero que él se vaya. Lo quinto que nos pasó es que lo llevé a conocer a mis padres. Mis padres lo encontraron hermoso. Mi madre lo analizó mucho y me dijo, sí, es hermoso. Por otro lado, yo sentía que él se preguntaba todo el tiempo si es que mis padres entrenaban o no. En realidad la vida se dividía entre los que entrenan o no. A todo el mundo le miraba el cuerpo de reojo para saber si entrenaban o no, es decir, para saber si eran un todo o pedazos de cuerpos separados de mentes, dispersos, en fuga. Para saber qué tan abandonado tenían su cuerpo, qué tanto lo cuidaban, qué tanto intentaban tenerlo hermoso. Y bueno, sí, se dio cuenta de que mis padres tenían todo tipo de máquinas para hacer


Dios, Dios, no quiero que él se vaya. Estaré en paz. No quiero que él se vaya. Quiero entrenar con él. Dios, no quiero que él se vaya. Abrió la puerta y me pilló llorando. ¿Qué pasa, amor? Le dije que me dolía el estómago. Después siguieron pasando cosas hasta hoy. Pasan otras cosas, muchas más. Él sigue obsesionado con encontrar una nueva disciplina. Pasan otras cosas, otras más. Demasiadas cosas, demasiados detalles. Él sigue obsesionado con las disciplinas. Yo también, pero menos que él, seguro. Aunque él me dice que yo más que él, y agrega al final de su frase: seguro. Y yo le digo: tú más que yo. Y él me dice: yo y tú más que tú y tú yo más que yo. Nos reímos. Sabemos que amamos el «soy un cuerpo». Aunque nadie lo ame. A veces nos quedamos dormidos diciendo: Soy un cuerpo, soy un cuerpo, soy un cuerpo. Un día temo que se vaya, al otro día ya no. Rezo cuando temo. Me sigue preguntando: G. lo que me repetía a diario: ¿Eres cuerpo o posees un cuerpo? A veces me pregunta: cuéntame de tu infancia. ¿Tu padre te obligaba a hacer ejercicios? Le digo que no, que no sea leso, que no se ponga tonto. Aunque le miento. Mi padre me hacía hacer abdominales y a mi hermano ejercicios para tener una columna recta. Eso solamente. ¿Te parece poco? Cuando regresé a casa ese día él estaba haciendo una nueva disciplina. Yo también he comenzado a hacerlo, le dije. Sudo mucho y cada vez más. Siento que avanzo en esto. No quiero que se vaya, no quiero perderlo, quiero que avancemos. Y aún a veces despierto con miedo a que se vaya. Pero luego se me pasa. Me dice amor y se me pasa. Me dice entrenemos y se me

pasa. Me dice, mira, así están entrenando en España, Perú, Bolivia, Paraguay. ¿Probemos? Y nos siguen pasando cosas, todos los días. Y seguimos entrenando. Y bueno, parece que no se va a ir por ahora. Menos mal. Seguimos entrenando a diario: gym, artes marciales, happy dance, zumba, pilates, correr, caminar, subir montañas, etc. Y yo sigo repitiendo a diario, cuando me levanto, cuando entreno, cuando sueño: Soy un cuerpo. Soy esa materia moldeable. Células dinámicas. Soy vida. Dios, Dios, no quiero que él se vaya. Estaré en paz. No quiero que él se vaya. Quiero entrenar con él. Dios, no quiero que él se vaya nunca, por favor. Foto: Pilar Castro E., Revista PM.

ejercicio en casa. Se puso feliz, lo vi en su rostro, se puso feliz cuando vio la trotadora, luego la máquina de abdominales, la bici estática. Después pasó que estuvimos meses entrenando y yo comencé a sentir más seguridad. Ya no creía que iba a irse. Ya no sentía eso. Dejé de rezar por algunos días. Ya volvería a hacerlo. Cuando pisábamos el gym sentíamos entrar en el paraíso. Luego lo mismo al día siguiente, y al siguiente y siempre. Como desde que soy niña. También si hacíamos otras disciplinas. No podía pensar el cuerpo como una extensión, sino que el cuerpo era yo, él, ustedes. Pero yo había dejado de rezar. Tal vez estaba equivocada, pero no lo quería hacer, me había cansado de ese mantra. Pasaron varias cosas entre medio de todo esto. En realidad yo me sentía como la mujer a la que le suceden cosas. Eso era todo. ¿Eres cuerpo o posees un cuerpo? Qué se yo, a veces soy, a veces poseo. Pero soy, supongo. Desde niña mi padre me enseñó que era, que era cuerpo además. Un día estábamos en casa comiendo Cous Cous con verduras. Él me dijo que probáramos nuevas disciplinas del cuerpo. Le dije que ya las habíamos probado todas, que incluso ya no había más posibilidades que probar. Discutimos. Gritó ventana afuera. Me dijo que no, que seguro había algunas que no. Se obsesionó con eso. Comenzó a buscar en la red algo, alguna disciplina que no hubiésemos probado. Temí que si no la encontraba, se fuera. Comencé a desestabilizarme. Pensé que se iba a ir si es que no pillaba una nueva disciplina, que iba a ir a buscarla a otro continente, que iba a buscar completar su caja feliz vegetariana en otro lugar. Me desanimé, me puse triste. Lloré un poco escondida en el baño y volví a la oración:

Claudia Apablaza Nació en octubre de 1978 en San Francisco de Mostazal, Chile. Estudió Psicología y Literatura en Chile y Barcelona. Ha recibido el premio de la Revista Paula (2005) con su cuento Mi nombre en el Google y el premio Alba de narrativa para escritores de Latinoamérica y El Caribe, menores de 40 años, con su novela GOO y el amor, Cuba. El año 2012 fue becaria del The Liguria Study Center, en Italia y el 2014 en BANFF CENTRE, Canadá. Ha publicado los libros GOO y el amor (2013), Siempre te creíste la Virginia. 41


Sueño

azul

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Elicura Chihuailaf

La casa azul en que nací está situada en una colina rodeada de hualles, un sauce, castaños, nogales un aromo primaveral en invierno —un sol con dulzor a miel de ulmos— chilcos rodeados a su vez de picaflores que no sabíamos si eran realidad o visión ¡tan efímeros! En invierno sentimos caer los robles partidos por los rayos. En los atardeceres salimos, bajo la lluvia o los arreboles, a buscar las ovejas (a veces tuvimos que llorar la muerte de alguna de ellas, navegando sobre las aguas). Por las noches oímos los cantos, cuentos y adivinanzas a orillas del fogón respirando el aroma del pan horneado por mi abuela, mi madre, o la tía María mientras mi padre y mi abuelo —Lonko de la comunidad— observaban con atención y respeto. Hablo de la memoria de mi niñez y no de una sociedad idílica. Allí, me parece, aprendí lo que era la poesía las grandezas de la vida cotidiana, pero sobre todo sus detalles el destello del fuego, de los ojos, de las manos. Sentado en las rodillas de mi abuela oí las primeras

historias de árboles y piedras que dialogan entre sí, con los animales y con la gente. Nada más, me decía, hay que aprender a interpretar sus signos y a percibir sus sonidos que suelen esconderse en el viento. Tal como mi madre ahora, ella era silenciosa y tenía una paciencia a toda prueba. Solía verla caminar de un lugar a otro, haciendo girar el huso, retorciendo la blancura de la lana. Hilos que en el telar de las noches se iban convirtiendo en hermosos tejidos como mis hermanos y hermanas —más de una vez— intenté aprender ese arte, sin éxito. Pero guardé en mi memoria el contenido de los dibujos que hablaban de la creación y resurgimiento del mundo mapuche, de fuerzas protectoras, de volcanes, de flores y aves. También con mi abuelo compartimos muchas noches a la intemperie. Largos silencios, largos relatos que nos hablaban del origen de la gente nuestra, del primer espíritu mapuche arrojado desde el Azul.


poesía De las almas que colgaban en el infinito como estrellas. Nos enseñaba los caminos del cielo, sus ríos sus señales. Cada primavera lo veía portando flores en sus orejas y en la solapa de su vestón o caminando descalzo sobre el rocío de la mañana. También lo recuerdo cabalgando bajo la lluvia torrencial de un invierno entre bosques enormes. Era un hombre delgado y firme. Vagando entre riachuelos, bosques y nubes veo pasar las estaciones: Brotes de Luna fría (invierno), Luna del verdor (primavera). Luna de los primeros frutos (fin de la primavera y comienzo del verano). Luna de los frutos abundantes (verano) y Luna de los brotes cenicientos (otoño). Salgo con mi madre y mi padre a buscar remedios y hongos. La menta para el estómago, el toronjil para la pena, el matico para el hígado y para las heridas, el coralillo para los riñones —iba diciendo ella. Bailan, bailan, los remedios de la montaña —agregaba él haciendo que levantara las hierbas entre mis manos. Aprendo entonces los nombres de las flores y de las plantas. Los insectos cumplen su función. Nada está de más en este mundo. El universo es una dualidad: lo bueno no existe sin lo malo. La Tierra no pertenece a la gente. Mapuche significa Gente de la Tierra —me iban diciendo. En el otoño los esteros comenzaban a brillar. El espíritu del agua moviéndose sobre el lecho pedregoso el agua emergiendo desde los ojos de la Tierra. Cada año corría yo a la montaña para asistir a la maravillosa ceremonia de la naturaleza. Luego llegaba el invierno a purificar la Tierra para el inicio de los nuevos sueños y sembrados. A veces los guairaos pasaban anunciándonos la enfermedad o la muerte. Sufría yo pensando que alguno de los mayores que amaba tendría que encaminarse hacia las orillas del Río de las Lágrimas a llamar al balsero de la muerte para ir a encontrarse con los antepasados y alegrarse en el País Azul. Una madrugada partió mi hermano Carlitos. Lloviznaba, era un día ceniciento. Salí a perderme en los bosques de la imaginación (en eso ando aún).

El sonido de los esteros nos abraza en el otoño. Hoy, les digo a mis hermanas Rayén y América: Creo que la poesía es sólo un respirar en paz —como nos lo recuerda nuestro Jorge Teillier— mientras como Avestruz del Cielo por todas las tierras hago vagar mi pensamiento triste. Y a Gabi Caui Malen y Beti, les voy diciendo: Ahora estoy en el Valle de la Luna, en Italia junto al poeta Gabriele Milli. Ahora estoy en Francia, junto a mi hermano Arauco. Ahora estoy en Suecia junto a Juanito Cameron y a Lasse Söderberg. Ahora estoy en Alemania, junto a mi querido Santos Chávez y a Doris. Ahora estoy en Holanda, junto a Marga a Gonzalo Millán y a Jimena, Jan y Aafke, Juan y Kata. Llueve, llovizna, amarillea el viento en Ámsterdam. Brillan los canales en las antiguas lámparas de hierro y en los puentes levadizos. Creo ver un tulipán azul, un molino cuyas aspas giran y despegan. Tenemos deseos de volar: Vamos, que nada turbe mis sueños —me digo. Y me dejo llevar por las nubes hacia lugares desconocidos por mi corazón.

Elicura Chihuailaf Nahuelpán (Quechurewe, Temuco, 1952) Médico Obstetra de profesión y escritor por vocación, actualmente realiza clases de sicología y arquitectura en la Universidad Mayor de Temuco. Ha escrito varias obras, entre ellas Sueños azules y contrasueños (1995), que obtuvo el Premio del Consejo Nacional del Libro, y Recado confidencial a los chilenos (2000), premio del Fondo del Libro y la Lectura. Las ediciones de sus poemas son bilingües, en mapuche y español.

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E

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sto pasó hace años, pero todavía me duele recordarlo. Digamos que sucedió un sábado, por decir algo. (Ni yo soy capaz de simular que recuerdo la fecha exacta, ni ustedes de pretender que les interesa realmente saberla.) Lo que es seguro es que fue en algún punto del 2007. Yo estaba momentáneamente soltero, Marcelo Salas había vuelto a la Chile y Mark González acababa de firmar por el Liverpool (aunque no se había ido del país, todavía; creo que porque estaba lesionado). Menciono estos tres detalles porque serán importantes para el desarrollo de la historia que les voy a contar a continuación. Paciencia. Es un sábado, entonces. (¿Les molesta si cambio el tiempo verbal? Así me resulta más vívido el recuerdo.) A las siete de la mañana. (O sea, más que un sábado, se trata de la continuación del viernes; del carrete del viernes, esto es.) Estoy en el Burger King del Faro del Apumanque, con un amigo. Pido un Whopper plain e insisto en esto: sólo la carne y el pan, flaco. Mi amigo no sé qué pide y, francamente, me da un poco lo mismo. Estamos esperando que llegue nuestra orden cuando escuchamos unos ruidos extraños provenientes de la calle. Después se escuchan gritos. Todo el Burger King se encuentra paralizado, a la espera

Francisco Díaz Klaassen de que se resuelva la duda. Yo me noto impaciente por que llegue mi Whopper: he bebido, esta noche. Acaba de entrar Marcelo Salas. No viene solo. Lo acompañan dos viejujas. Buen cuero, mal relleno. La luz no le hace favores a ninguno de los tres. Salas, que tiene un cigarro en la boca, se ve viejo. Ellas —que lo son— también. Los mortales observamos. Salas se ve incómodo. Todo el Burger King empieza a corear una canción en su honor. Por pudor, no me atrevo a unírmeles, aunque ganas no me faltan. Una de las viejujas hace la cola por él. No recuerdo qué es lo que pide, a pesar de que su pelo oxigenado llega a estar a escasos centímetros de mi nariz. Huele a colonia de supermercado. Se van a sentar a una mesa alejada. Los mortales observamos. Entra ahora Mark González. Lo acompañan dos tipos más jóvenes que él, con el pelo parado y engominado, vestidos con zapatillas de colores chillones, collares brillantes, jeans apretados, camisetas apretadas. Es un espectáculo macabro, el que me toca ver. Pienso: o son sus hermanos, o son sus primos, o son... Ya me entienden ustedes. El Burger King no canta nada, esta vez. Mark saluda a Marcelo. Marcelo saluda a los hermanos. Los hermanos saludan a las viejujas. Las viejujas saludan a Mark. Los mortales observamos.

Alguien se pasa de revoluciones. Incita el siguiente canto: «El que no salta es un indio maricón». Todos saltan menos yo. Sé que debería, hasta cierto punto quiero hacerlo, pero mi cuerpo no me responde. Como si tuviera todos los principios de los que yo carezco. Como para estar orgulloso de él, digamos. Se me acerca el incitador. Y voh, culiao, me dice, ¿por qué no saltai, maricón shushetumare? Trago saliva. Lo miro a los ojos —ojos pardos, gatunos, rasgo inconfundible del cuma chileno—, envalentonado por la reacción que tuvo mi cuerpo. Mi cerebro se cuadra con éste y hace hablar a mi boca: Porque soy un indio maricón, le respondo; por eso. Noto el puño. Pero, por sobre todo, noto la cadena que lo envuelve. Y, en vez de asustarme, de reaccionar, de chillar siquiera, me hago la siguiente pregunta: ¿quién va con cadenas al Burger King? No alcanzo a pensar una posible respuesta. Siento que mi pómulo derecho estalla en mil pedazos. Caigo una caída infinita, en la que veo la cara de espanto de mi amigo, la de éxtasis de mi enemigo, la interesada de todos los demás. Pero también veo otra cara, envuelta en una luz blanca —¿estroboscópica?— que se siente cálida pero que al mismo tiempo no termino de entender. Es la cara de Salas. Y luego su mano, que me recoge del suelo. Y luego sus brazos, que me sostienen en un abrazo protector. Mi héroe. Salvador Salas. Salimos de ahí los ocho. Entramos a duras penas en un Audi que huele a sexo. Una botella de Jack Daniels a medio tomar sobresale de por debajo del asiento del copiloto. Hay un rollo de papel confort en el asiento trasero. Salas se preocupa por mi pómulo. Me pregunta cómo me siento. Yo le miento y le digo que no me duele tanto. Una de las viejujas dice


cuento algo que no me molesto en intentar entender. Después se queda callada. Salas me sonríe. Me pasa un brazo por encima del hombro. Dice que me entiende, que él habría hecho lo mismo. Y luego agrega que él también es un indio maricón. Se ríe, cuando dice esto. Yo también lo hago, aunque me duela el pómulo al hacerlo. Mark González, que está manejando, se da vuelta y nos dice algo. Lo ignoramos. Llegamos al departamento de Salas. No es como me lo habría imaginado. De un ambiente, corte minimalista, sin ninguna referencia deportiva. Quiero decir elegante, pero en realidad pienso en algo frío, impersonal. Nos instalamos en el living. Las mujeres callan, Mark González calla, sus acompañantes callan, mi amigo calla. Hablamos, con Salas. Durante horas. Toda la mañana. De literatura y filosofía, principalmente. Me dice que le cargan los humanistas de la Chile. Que no soporta que crean que descubrieron a Derrida y que todo empieza y termina con los filósofos continentales. Yo le digo que no sé de esas cosas, pero que confío en su buen juicio. Le cuento que soy profesor de castellano. Me dice que en el colegio siempre le gustó leer. Que su libro favorito era y es aún 1984. Que se lo mostró una profesora que nunca pudo olvidar y de la que no ha vuelto a saber nada. Le pregunto por qué no la busca. Me responde que ya es muy tarde para eso. Le cuento entonces que soy un escritor frustrado. Me dice que él también, que la gran mayoría de los futbolistas lo son; que entre concentración y concentración se intercambian y comentan novelas y cuentos que por pudor nunca publicarán. Yo le digo que no sabía eso, pero que de alguna manera me hace mucho sentido. Le hablo de mis penas de amor, que son varias, muy parecidas entre sí.

Hablamos, repito, durante horas. Como si nos conociéramos de toda la vida. No: como si el hecho de conocernos, de haber llegado a conocernos, y haberlo hecho bajo las circunstancias en las que nos conocimos, no fuera más que la conclusión evidente de una serie de eventos desencadenantes; un asunto lógico, en definitiva, algo que tenía que suceder. Predeterminado, digamos, aunque suene chulo hacerlo. Pero no coincidimos en todo. De hecho, casi llegamos a las manos, en cierto punto de la conversación: él dice profesar una admiración infinita por la observación intelectual —supremacía, le llama— de George Perec, mientras que yo le digo que creo más en la sensibilidad gutural de Albert Cohen. No nos ponemos de acuerdo, y por un momento el hechizo está a punto de romperse. Tenemos, sin embargo, el suficiente tino como para dejar pasar el tema y sepultarlo, y todo vuelve a la normalidad. De repente (¿serán las doce, ya?, ¿la una?), Salas se dirige a las mujeres. Les dice que se vayan. Se dirige

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El día avanza y los dos, aunque lo disimulamos, estamos cansados. Se nos escapan algunos bostezos. Se nos cierran los ojos. Nos duele la espalda. Se aproxima la hora del adiós. La última hora.

a Mark González y a sus hermanos. Les dice que se vayan. Se dirige, finalmente, a mi amigo. Le dice que se vaya. Todos obedecen. Llámame, dice una de las mujeres. Me llamas, ¿ya?, remeda la otra. Chao, perro, ladra Mark González. Ídolo, balbucea mi amigo. Eso es lo que dicen, todos, antes de ser tragados por la boca oscura del ascensor. Nos quedamos solos. Salas me prepara almuerzo. Dice que es el único plato que sabe cocinar, y que ni siquiera se lo ha cocinado a su esposa o a sus hijas: carne de cerdo escalopada. Yo no le digo que me siento honrado, pero me brillan los ojos. (recuerdo una canción de Bill Callahan que dice your eyes say yes, but you don’t say yes). Comemos. Hablamos. Reímos. El día avanza y los dos, aunque lo disimulamos, estamos cansados. Se nos escapan algunos bostezos. Se nos cierran los ojos. Nos duele la espalda. Se aproxima la hora del adiós. La última hora. Salas retira los platos y se acerca al equipo de música. Lo veo manipular los mandos, poner un disco, y alejarse. Me mira a los ojos. Escucha esta canción, me dice. Yo necesito escucharla todas las noches o si no no me puedo quedar dormido. Escucha esto: Now I know it’s not easy —don’t believe them when they say I’m not right. Don’t put a hex on me, baby Because I don’t know what’s wrong or right. I know that there’s somebody new Much better than me. But because my love is true, All my best to you… Don’t forget me, dear.

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La canción se llama Don’t forget me, y la canta Mark Lanegan. Nunca he oído hablar de Mark Lanegan. No lo conozco. Pero esa

canción —qué importa que lo diga, ahora; ya nada me avergüenza, esta noche— me mueve el piso. Me descoloca. No sé si es la letra (que tal vez) o la voz (que a lo mejor) o qué cosa (que es más probable), pero no consigo sacármela de la cabeza (incluso ahora, que escribo esto, alejado de los acontecimientos por cierta indiferencia de la que vuelve presa la vejez, se repiten en mi cabeza los acordes, los acentos, las letras, y me noto desfallecer, descolocado de nuevo por el peso del pasado, por lo frágil que es este presente que me he fraguado). Después de que escuchamos la canción me voy. Siento —y sospecho que Salas también siente— que no queda nada más por decir, nada más que hacer. Nos despedimos torpemente, con un abrazo que no tiene gusto a nada, como si después de haber compartido ese momento único todo fuera un remedo de otra cosa, una mala copia, una impostación. Llego a mi casa y, antes de acostarme, pongo en el computador la canción de Mark Lanegan que me mostró Salas. Me quedo dormido con una sonrisa idiota tatuada en la cara. Nunca he dormido mejor. Pasan algunos días. Todo parece ir bien pero no es así. No consigo concentrarme en el colegio. Me olvido de las cosas. Me cuesta quedarme dormido. Entonces me doy cuenta: echo de menos a Salas. A esas alturas me sé de memoria todas las canciones de Mark Lanegan que están en YouTube. Las he venido escuchando cada noche antes de acostarme. Pero lo cierto es que ya no me hacen efecto. No me dan sueño. Las he ido reemplazando paulatinamente por cortos de whisky en los que ahogo el temor a quedarme solo que me embarga. Un día me decido y lo llamo. No me contesta. Le escribo un mail. No me contesta. Pasan días, muchos días. Semanas. Vuelvo a


compro libros que no me atrevo a irle a dejar. Nada. Se olvida de mí. No vuelvo a saber de él. A veces pienso que su confesión llegó muy temprano, en mala hora. Y que se arrepintió de haberme mostrado algo suyo que era tan íntimo. Que le dio vergüenza que lo viera así de vulnerable. Otras veces pienso que fui un eslabón más en una cadena interminable, que seguramente todavía no se cierra. Cuando pienso eso me avergüenza haberme creído especial. Lo imagino cocinándole carne de cerdo escalopada a veinte tipos más. Otras veces —las más de las veces— prefiero no pensar en nada. Esto pasó hace años, como dije. Muchas cosas han cambiado desde entonces. Dejé de hacer clases en ese colegio. Me afeité la barba. Subí de peso. Bajé de peso. Volví a subir de peso (ya irremediablemente). Pero hay noches —lo admito— en que todavía pongo el computador al lado de mi cama, antes de acostarme, y me quedo dormido, ya no escuchando a Mark Lanegan (ya no soy capaz de escuchar de Mark Lanegan), sino viendo los goles de Salas. Veo una y otra vez aquel pase magistral de más de treinta metros que le dio el Coto Sierra en Wembley, y después lo veo aparecer a él en pantalla, amortiguar la pelota como si fuera un tesoro, acariciarla con cariño, con amor incluso, para luego despacharla con un zapatazo violento, furibundo, y entonces Salas desaparece del cuadro, y veo sólo a la pelota, y la veo alejarse despechada, siguiendo las órdenes de su dueño. Y es gol. Y yo cierro los ojos con una sonrisa en la boca, mientras adivino que a mi lado mi esposa no consigue conciliar el sueño, que se pregunta qué es lo que sucede, y que no entiende nada de nada. Y me quedo profundamente dormido.

Foto: Carla Mckay

repetir la rutina, mintiéndome de paso y diciéndome que su silencio no me dice nada, que no significa nada. Incluso llego a decirme que ya no me afecta (pienso en Neil Young: Doesn’t mean that much to me to mean that much to you). Pero miento. No es cierto que nunca me responda. La verdad es que a veces lo hace, como para mantener la tensión narrativa viva. Lo hace usando frases cortas, sin mayúsculas entre los puntos. Lo hace a la usanza de quien escribe algo al pasar. Con un dejo de cariño, sí, pero sin melancolía ni añoranza. Sin arrepentirse por el súbito alejamiento. Sin necesitarme para nada. Me doy cuenta de estas cosas con pesar. Intento olvidarlo, pero no lo consigo. Me digo: «Fue cosa de una noche; ya pasó, ya fue; olvídate de él­», pero no me lo creo. No me lo quiero creer. Recuerdo el almuerzo constantemente, pienso en sus ojos bien abiertos, cuando miraba directamente a los míos... No me queda muy claro qué es lo que quiero de él, pero siento que lo necesito. Pero más que eso: quiero que él me necesite a mí. Agoto mis recursos. Voy a todos los partidos de la Chile (en una ocasión me reconoce el sujeto del Burger King, el de la mano enguantada en cadenas, pero por alguna razón no dice ni hace nada). Voy a los de la selección. Voy a los entrenamientos de uno y otro equipo, llevando conmigo una pancarta en la que se puede leer una sola frase: Don’t forget me. Nada. Le mando mails con links a otras canciones de Mark Lanegan. Ya ni siquiera contesta esos correos famélicos. Lo llamo, ebrio. El buzón de voz me quita de encima la borrachera. Aún así le dejo mensajes lastimeros, en los que paso sin pausa del llanto a la ira, de la súplica al insulto. Le escribo poemas francamente malos. Le

Francisco Díaz Klaassen (1984) Autor de las novelas Antología del cuento nuevo chileno (2009) y El hombre sin acción (2011), y de los libros de cuentos Cuando éramos jóvenes (2012) y Cuentos yanquis (2015). Estudió literatura inglesa en la Pontificia Universidad Católica de Chile y escritura creativa en la Universidad de Nueva York. Actualmente vive en Ithaca, donde cursa un doctorado en literatura hispánica en la universidad de Cornell. 47


Graciela

Huinao Poemas

La máscara del hambre Mi cuerpo no se acostumbra a este conviviente que golpea hoy mi cuerpo y mañana abre la puerta de mi casa ultraja en mi mesa la última dignidad que poseía. Yo te denuncio porque de cerca te conozco tienes la cara desgarrante de la tristeza. Fue el peor enemigo que llegó a mi pueblo y nos robaron las armas al defendernos. Arrancamos perseguidos por una fiera, nos dio alcance en el sur y con sus colmillos nos trituró la pobreza. Hoy en mi pueblo el hambre es rebeldía y la poesía una máscara donde oculto el verso amargo alimento de este canto y en la boca de mi pueblo la tortura de cada día.

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poesía La vida y la muerte se hermanan Al mirar atrás puedo ver el camino y las huellas que voy dejando. A su orilla árboles milenarios se alzan con algún cruce de amargas plantas. Pero es equilibrada su sombra desde la huerta de mi casa. Allí aprendí a preparar la tierra la cantidad de semilla en cada melga para no tener dificultad en aporcarla. Es tu vida me dijo una vez mi padre colocándome un puñado de tierra en la mano. La vi tan negra, la sentí tan áspera. Mi pequeña palma tembló. Sin miedo —me dijo— para que no te pesen los años.

La mano de mi padre envolvió la mía y los pequeños habitantes dejaron de moverse dentro de mi palma El miedo me atravesó como punta de lanza. Un segundo bastó y sobraron todas las palabras. Para mostrarme el terror a la muerte que todos llevamos. De enseñanza simple era mi padre con su naturaleza sabia. Al hermanar la vida y la muerte en el centro de mi mano y no temer cuando emprenda el camino hacia la tierra de mis antepasados. Abrimos nuestros dedos y de un soplo retornó la vida al pequeño universo de mi palma.

Graciela Huinao (Rahue, Osorno, 1956) Poeta y narradora mapuche-williche. Ha publicado el libro de poesía bilingüe mapudungun-español Walinto (2001), y el libro de relatos williche La nieta del brujo (2003). El año 2006 publicó la coedición de poesía Hilando en la memoria: 7 mujeres poetas mapuche y en 2010 la novela Desde el fogón de una casa de putas williche. Ha sido antologada en Francia, Polonia, Argentina, México, EE.UU. y España. Es la primera mujer indígena en la Academia Chilena de la Lengua. 49


E Reina de piques Lina Meruane

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n cada mazo cincuenta y dos naipes que aún barajo a ojos cerrados, escuchando su repicar; un taconeo preciso y fugaz, como carrera acelerada en pasillos oscuros, arriba abajo, por interminables escaleras de piedra, luego pasos que se detienen, y arriba otra vez, repito, y abajo, las alocadas diversiones de palacio. Mi padre me había enseñado el valor de cada carta. Las pintas, aseguraba, eran cardinales de una sola familia real, pero había que distinguir los corazones rojos de los corazones negros invertidos. Sentenciaba con finura la regla de todo juego y la ley del naipe que yo no debía olvidar: el rey manda, la reina obedece, los once restantes son súbditos. Al atardecer lo veía cortar y cartear junto a tres acompañantes: ocho codos solían venir a apoyarse sobre el mantel de terciopelo gastado, cuatro pares de manos con once cartas cada uno, dos parejas que apostaban por el mazo apilado en el centro de la mesa. Un mazo que crecía en cada ronda hasta que apareciera el naipe preciso. Su dedo anular, ceñido por el grueso anillo áureo, apartaba el tesoro. La pesada e inconfundible mano de mi padre tahúr, eximio jugador. As de la canasta, le decían, por sus escalas de picas, Soberano, por las siete cuinas que ponía en perfecta comparsa sobre el mantel. Conquistadas las damas negras y rojas, los contrincantes aplaudían como cortesanas. Le guiñaban al vencedor, le lanzaban sonoros besos que irían deshaciéndose en el aire a través del salón. Yo no recordaba sus nombres, que siempre cambiaban. Sus gestos sí podía anticiparlos: estaban concertados como pasos de baile: la manera de saludar enganchando los dedos ajenos, la delicadeza al sentarse en el borde del mullido tapiz y al frotar el vaso de


cuento Había tardes en que llegaban más de tres, y yo debía ceder mi espacio sobre la alfombra. Apesadumbrado juntaba mis naipes y me levantaba para ir a asomarme por encima de algún hombro, un poco mareado por el humo de la sala donde ellos fumaban. Era seguro: me aburriría viéndolos perder ante mi padre. whisky húmedo contra la solapa, el ceremonioso modo de tirar las cartas sobre el mantel y de quedar en suspenso hasta la siguiente jugada. Había tardes en que llegaban más de tres, y yo debía ceder mi espacio sobre la alfombra. Apesadumbrado juntaba mis naipes y me levantaba para ir a asomarme por encima de algún hombro, un poco mareado por el humo de la sala donde ellos fumaban. Era seguro: me aburriría viéndolos perder ante mi padre.

A las partidas de los martes llegaba otra clase de invitados: siempre los mismos tipos, elegantes y pausados al hablar, que se referían al bridge como a un arte reservado para hombres de otra categoría: intelectuales. Yo los prefería por su silenciosa manera de engarzarse en el lance. Sólo durante esas veladas lograba concentrarme en mi solitario. Mezclaba mis cartas las veces que fuera necesario para perfeccionar la jugada, cazar al monarca y a su dama. Pero el valet se obstinaba en la cartulina, burlándose de mi suerte, corrupto comodín. Yo elegía omitir la advertencia de mi padre: que los naipes no dependen del azar sino de la destreza de quien los comanda.

Sobre la mesa, él, experto estratega, construía bazas perfectas; y el tío Antonio, sur de mi padre cuando éste jugaba de norte, se levantaba con orgullo, se acercaba a él sigiloso, y perdía su latitud mordiéndole con delicadeza el contorno de una oreja. Mientras yo mezclaba las cartas sobre el piso vigilaba a mi padre, absorto en la misma hazaña con los ojos cerrados, lo veía barajar y barajar, concentrar su vehemencia en una sonrisa, lamer el cedro de su puro, aspirarlo sin prisa, retomar el naipe. El Rey repartía sus cartas sobre el terciopelo. El juego interrumpido retomaba su curso y yo también exploraba mi solitario en busca de la reina. Exhalaba humo, mi padre, y el aroma a tabaco se deshacía en sus palabras. Podía escucharlo señalándome como su heredero. Ay, Príncipe, bromeaban sus amigos, y acariciaban mi espalda buscando la apuesta entre mi cuello y la camisa. Alguno, el tío Antonio muchas veces, fingía decir algo en mi oído y mi padre me miraba serio otra vez. Que volvieran a la mesa, que dejaran de espiar mi juego. Y me afanaba con el mazo, impaciente, trampeando toda regla para obtener la carta que requería. El dinero empezaba a deslizarse hacia el trono. Las manos del Rey

con las venas hinchadas y los dedos hechos puño. Las arcas llenas. El momento llegaba: los amigos de mi padre se veían obligados a empeñar sus chaquetas de vestir, las camisas de diseño europeo, sedosas corbatas; luego se sacaban los pantalones cortados por un sastre extranjero. Solo él permanecía inmutable, erguido, fumando: la mirada fija en la sudada desnudez de los vencidos. Si había concluido mi solitario, también yo me distraía observando sus cuerpos flácidos. El tío Antonio tenía un vientre desmesurado que lucía sobre las huesudas rodillas: era un bufón penitente. Los demás no lucían mejor en calcetines cortos, sus palmas cubriendo las tetillas. No parecía importarles, se reían. Mi padre también parecía feliz. Me llamaba a su lado. ¿Cómo se encuentra mi Príncipe? Elija la prenda que desee, me ordenaba. Pero aquellas ropas eran demasiado grandes para mí. Y yo sabía que iba a terminar por absolverlos, que a la mañana siguiente no habría huella de trajes ni de súbditos. Se marcharían durante mi sueño.

Era tarde. El Rey dijo que el pequeño Príncipe debía retirarse a sus aposentos. El juego continuaba en mi ausencia. Bajo las sábanas yo seguía

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El momento llegaba: los amigos de mi padre se veían obligados a empeñar sus chaquetas de vestir, las camisas de diseño europeo, sedosas corbatas; luego se sacaban los pantalones cortados por un sastre extranjero. Solo él permanecía inmutable, erguido, fumando: la mirada fija en la sudada desnudez de los vencidos.

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percibiendo el murmullo de la conversación. Alguien decía As de picas, y golpeaba la mesa con el puño. O tal vez con una botella. Otro nombró a la reina: esa sola palabra produjo una descarga de carcajadas. Me dormí pensando en su majestad, la cuina de piques. No podía olvidar que toda escala, como todo palacio, requiere su dama. Más tarde, esa misma noche, vi a la soberana de negro sentada a los pies de mi cama. Un segundo, apenas. Allí donde se encontraba sólo distinguí mi armario con puertas de espejo. Las risas pronto cesaron. El golpe suave de la puerta me indicó que la partida había terminado. Esperé unos minutos antes de levantarme del insomnio para ir en busca de mi padre. Crucé el salón. Las baldosas del suelo estaban frías. Los vasos me parecieron torres de cristal, en ronda sobre la mesa. Me acerqué a la puerta, la luz se colaba por la ranura. Abrí sin tocar, sobresaltado por la súbita tormenta que parecía haberse desencadenado allí dentro. Había confundido la voz polifónica del viento con la pesada respiración de mi padre, con el jadeo intermitente de otro hombre. El Rey y su adversario luchaban desnudos sobre el camastro de bronce, crispados en una danza

exaltada. Las uñas se me enterraban en la palma, tan apretados tenía yo los puños; mis muslos estaban duros, el cuerpo en tensión. El heredero debía luchar a su lado. Me quité la ropa y salté sobre aquel campo de sábanas revueltas, susurrando aquí estoy, mi Rey. No me oyó. Creo que ni siquiera me vio venir en su ayuda. Había atrapado con los brazos a su enemigo, el tío Antonio, y le clavaba su cuerpo sin que este pudiera ya defenderse. Yo también quise golpearlo, pero no tenía fuerza suficiente ni pericia en el combate. El tío Antonio me abrazó por detrás, me sujetó sudándome la espalda con su pecho. Estaba atrapado. Preferí guardar silencio y no pedir auxilio. El enemigo empezó a besarme la nuca. Introducía su lengua caliente en mi oreja, en mi boca cuando la abrí para no ahogarme. Dejé que barajara mi torso, mis caderas entre sus dedos precisos, mientras el Rey insistía en que, acariciado contra el suave mantel de la mesa, el naipe no debe oponer resistencia. Asentí cerrando los ojos y apretando los labios, oyendo la voz que me llamaba, entre espasmos, Reina, Reina mía. (Cuento tomado del libro Las infantas, Eterna Cadencia, Argentina, 2010).


Foto: Daniel Mordzinski

Lina Meruane (Chile, 1970)

Su obra incluye la colección de relatos Las infantas (1998), y las novelas Póstuma (2000), Cercada (2000), Fruta podrida (2007) y Sangre en el ojo (2012, Italia 2013, Brasil 2015, USA 2016). Entre sus textos de no ficción se cuentan el ensayo académico Viajes virales (2012, USA 2014), la crónicaensayo Volverse Palestina (2014) y el ensayo-diatriba Contra los hijos (2014). Ha recibido los premios

literarios Anna Seghers (Berlín 2011) y Sor Juana Inés de la Cruz (México 2012), entre otros, así como becas de escritura de la National Endowment for the Arts (2010) y de la Fundación Guggenheim (2004). Doctora en Literatura Hispanoamericana, actualmente enseña en el Programa de Estudios Globales y el Máster de Escritura Creativa, ambos de la Universidad de Nueva York.

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II

I Indivisible el frío cruza mi corazón: ciudades de la noche cayendo por el miedo. Arbustos oxidados que se extienden en furia deshacen su memoria. Hurgo lugares, soplo en la fosforescencia, pregunto en timidez de qué temible manto nos arroja la noche, qué máscara tendrá su rostro desahuciado, qué forma su color para los niños huérfanos. Discurro entre metales, en su velocidad, bajo lo atroz del rumbo de su milicia ciega, y tiemblo desolado mirando los errores: sólo palomas grises nacen de los olivos.

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Hacia el degüelle van los animales ciegos, sus corazones gimen, sus voluntades sangran y en sus pupilas yacen la luz y la certeza. El peso de la noche se extiende por sus lomos, y la humedad carcome con hambre e injusticia. Cruzan entre cadáveres de anónimos hermanos, lloran en mansedumbre la desaparición, arrastran la cadena que sostiene el insomnio. Huelen traición y mierda, oyen los alaridos, oyen cuchillas, fierros, desagües del horror, envolturas de plástico, urgencias y balanzas que asoman a la mano que amarga la sentencia. Hacia el degüelle van los animales ciegos, mi corazón les llora, mi corazón es prójimo: hierba de su dolor, su voz, su semejanza

III Ha crecido maleza sobre mi corazón y ciegas las palomas rondan la podredumbre. Oigo sus alas grises, sus pechos desangrando sobre la faz del frío. Oigo el inmóvil rumbo de los caballos tristes que pesan en la edad, y el rostro de los hombres donde nombro los siglos. Escucho las jaurías que gritan por el hambre, habitantes paridos en el error y el miedo, hijos que conocieron lo oscuro del asfalto. He bebido el dolor y el miedo en las orillas, y sin embargo existo, traspaso la sentencia, el hábito del mundo que emerge de los hombres. Ha crecido maleza sobre mi corazón y oscuros minerales escriben el silencio.


poesía IV Los perfumes del miedo retumban en la noche, ciudades sin la luz cayendo en los manteles. Las féminas clausuran los túneles secretos, los frutos que la siega llevó con los metales; no pregunto sus nombres, no dispongo sus límites, no escribo la traición que se esconde en la ira. Ya sé lo que es errar: atravesar la niebla, abrir el corazón y que la noche ocurra tatuándonos la frente. Ya sé lo que es errar: herirse en el silencio, enumerar los pájaros.

VII Forjar la luz, abrir su canto matinal, llegar a la palabra y enumerar su cuerpo. Herir la desnudez como el aceite virgen que expande su sonido al fondo de la carne, y cruza en lo gozoso o en la profunda muerte y se vuelve metal, semilla, sangre o tierra y nace a lo terrible. Abrir lo ciego, abrir su pálpito más puro, su costura más débil, y perpetuar el grito con un lenguaje nuevo para que el fuego ocurra, para que ocurra el agua, para escribir la sal y el silencio y la sombra. (Poemas tomados del libro Canciones para animales ciegos, 2013).

Benjamín León (La Serena, 1974) Profesor de Castellano y Filosofía. Dirige las Jornadas Internacionales de Estudios Mistralianos. Ha publicado Tankas de pájaros (2008), La luz de los metales (2009, Premio Internacional de Poesía Flor de Jara, España), Para no morir (2012), Canciones para animales ciegos (2013, Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez, España,). Ha recibido la Beca de Creación Literaria que entrega el Consejo Nacional de la de Cultura y las Artes los años 2008 y 2014. El año 2009 recibió el XI Concurso Nacional de Poesía Juegos Florales de Vicuña Gabriela Mistral. Desde el año 2013 es miembro de honor del Grupo Literario Ñuble de Chillán. El año 2014 recibió el Premio Federico Varela que otorga la I. Municipalidad de Chañaral en reconocimiento a su trayectoria literaria. Actualmente reside en Vicuña, Valle de Elqui, donde imparte clases de poesía en el Colegio Leonardo da Vinci. Es gestor cultural en diversos proyectos relacionados con las artes, la educación y el desarrollo comunitario.

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Jorge Basilago

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n América del Sur, antes del siglo XVI, nunca existieron caballeros medievales de brillante armadura. Tampoco princesas de largos cabellos rubios encerradas en torres protegidas por dragones. Mucho menos príncipes azules —¡jamás los hubo, niñas, no se dejen engañar!—, frijoles mágicos o sirenas encantadoras. Sin embargo, eso no impidió que numerosas generaciones de nuestros niños se formaran en el disfrute de aquellas historias, narradas por los hermanos Grimm, Hans Christian Andersen, Charles Perrault o cualquier otro autor de cuentos clásicos infantiles. Curiosamente o no, los sudamericanos dedicados a la literatura para los más pequeños, encuentran en la actualidad muchas barreras que no tuvieron sus antiguos colegas europeos. En la industria del libro infantil, alguien parece haber decidido que los personajes chilenos no serán reconocibles en Ecuador. O que el léxico utilizado por las escritoras argentinas resultará completamente ajeno a las niñas colombianas. Hasta el nivel de complejidad en el lenguaje desalienta la publicación de trabajos en su mismo país de origen, porque algún editor presume que su ‘público

objetivo’ —fijado por él mismo— no alcanzará a comprenderlos. Durante la última Feria Internacional del Libro de Quito (FIL Quito, 2015), en el pabellón de Chile se realizó una mesa de debate sobre este tema, titulada ‘Las fronteras de la literatura infantil’. De la geografía a los prejuicios, del marketing a la falta de estímulos, del aislamiento a la centralización de la cultura, los escritores María José Ferrada, Héctor Hidalgo y Esteban Cabezas esbozaron razones y pareceres acerca de este fenómeno. Luego de ese intercambio, Casapalabras los reunió para profundizar en algunos conceptos y conocer mejor sus perspectivas y preocupaciones: «Chile está aislado en este sentido, y sus niños casi no conocen autores latinoamericanos», admitió Hidalgo. «Yo mismo, en esta primera visita a Quito, me sorprendí de la cantidad y la calidad de escritores ecuatorianos que trabajan para público infantil», completó.

Frontera mental «La literatura no es un plan de marketing», subrayó Ferrada. Para la poeta y narradora nacida en Te-

muco, el riesgo —y a la vez el desafío que enfrentan los creadores— es ajustar el vuelo de la inspiración a la idea de nicho que propone el mercado. Una frontera mental, a menudo inducida por el entorno, que puede generar textos comercialmente atractivos pero de calidad literaria más que dudosa: «Uno no puede escribir ‘a pedido del público’, o pensando en que el libro se venda en tal o cual país. Uno tiene que hacer lo que sienta la necesidad de hacer. Luego, encontrar al lector de esa obra será problema del editor, no del autor», argumentó. Para Esteban Cabezas, el gran problema de los libros surgidos de esa concepción errónea es que «no son honestos»: no revelan las inquietudes de su autor y tampoco se preocupan realmente por sus lectores. Reconocido cronista gastronómico en su país, Cabezas comenzó a escribir libros infantiles por gusto personal. Pero a poco andar descubrió que se sentía más cómodo en un registro cercano a la incorrección política que incluye monstruos, cochinadas y burlas intencionadas al mundo de los adultos. «A mí, a diferencia de María José, sí me gusta escribir pensando en el lector. Como decía Roald Dahl: ‘Hay que agarrar a estos mocosos


ensayo

del cuello en la primera página y no soltarlos hasta el final’. Hacer libros que los mantengan hiperventilados mientras los leen. Ese es mi plan macabro», bromeó. Docente, bibliotecólogo, autor y editor, a Hidalgo no le quedan muchos rincones desconocidos en el mundo editorial. Y aunque sus libros infantiles tienen muy buena aceptación en Chile —algunos incluso han llegado a editarse en Colombia y España—, sostiene que son textos «medio tramposos» porque no fueron escritos pensando en los niños. En ese punto, coincide con sus colegas: lo más natural es liberarse de responsabilidades sobre el destinatario y centrarse en la historia. El resto llega por añadidura. «Para mí, la literatura es un juego de complicidades donde el autor y el lector se inventan sus propias ficciones, que pueden ser compartidas

o no. Pero el autor, cuando hace su obra, no tiene que darle importancia: yo no puedo forzarle un sentido porque de ese modo no estoy haciendo arte, y se supone que la literatura lo es», observó.

Frontera editorial Superadas las barreras creativas y concebida su obra, el autor-viajero se enfrenta a un nuevo control aduanero: el que regula el paso en la frontera editorial. Un filtro mucho más difuso y frustrante, porque en ciertas ocasiones invierte la relación arte-negocio. «Una editora me dijo: ‘Yo tengo que pensar tu libro para los lectores que va a tener, y tu libro es muy complejo para esos lectores», recordó Hidalgo. «Eso me dolió porque invertí mucho tiempo

en algo que luego tuve que mutilar, que todavía sigue inédito y que me dejó la sensación de haber creado un Frankenstein», lamentó. Otro obstáculo que los escritores hallan para desarrollar su relación con los lectores, es la percepción que la industria suele tener acerca de los gustos y capacidades del público. En especial en el segmento infanto-juvenil, diseccionado para la ocasión en grupos etarios como si fuesen compartimentos estancos: «Ese tipo de planificación es muy frecuente en la literatura infantil, pero es nefasta», cuestionó Ferrada, quien considera que esta desacertada política se apoya en el lucrativo ‘mercado’ de los textos para niños, comparativamente «mucho más grande que el de ciertos libros para adultos». Claro que la seducción económica pocas veces implica una cir-

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culación mayor de las obras, al menos a nivel latinoamericano. Según los tres entrevistados, en nuestra región es más frecuente recibir —vía traducción— libros infantiles provenientes de Europa o los Estados Unidos, que tomar contacto con autores de los países limítrofes. «Hay excepciones puntuales como la del argentino Luis María Pescetti, que por haber vivido en México puede modificar él mismo sus textos para que se comprendan en cualquier lugar de habla hispana. Pero son pocos los que tienen esa posibilidad», matizó Hidalgo. Sin embargo los autores chilenos también coincidieron en remarcar que el uso de localismos en el lenguaje, el «pintar la propia aldea», es el camino más transpa-

Esteban Cabezas

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Para toda América Latina, el empoderamiento de los pueblos originarios es un proceso lento y complejo, pero constante desde hace varias décadas. Sin embargo, a nivel editorial —y aún más en términos de literatura infantil—, la circulación de textos en lenguas indígenas va de lo escaso a lo nulo.

rente, sincero y efectivo para internacionalizar una obra. Un recorrido bastante más lento y parsimonioso, desde luego, pero no imposible: «La diferencia es que los otros libros tienen una curva de vida mucho más pronunciada, pero también mucho más breve. En cambio los infantiles son longsellers: si no te descatalogan, tú sigues vendiendo», apuntó Cabezas.

Frontera formativa Pero aún habiendo traspasado las barreras anteriores, queda un último y fundamental cedazo por atravesar: el que imponen los ‘intermediadores’ —padres y docentes—, a través de cuyos ojos e influencia acceden al libro la mayoría de los niños y adolescentes. «La figura del intermediador es vital», enfatizó Cabezas. «En definitiva, es la persona que está en el aula o en la casa y lo ideal sería que se esforzara en ese rol, que leyera mucho más que los chicos para hacerles recomendaciones con un conocimiento claro. Los que se quejan porque los chicos no leen, son papás que no leen frente a sus hijos y profesores que toman el mismo examen todos los años», remató. La comodidad deriva entonces en aburrimiento, en sugerencias que contemplan la moda antes que la calidad, en lecturas desganadas y en la lógica pérdida de interés de todos los involucrados en el proceso. Asociado a ello, asoma un problema de larga data pero poco mencionado aún: la crisis del libro de texto escolar. «Es un caso similar al del CD hace un tiempo, cuando uno pagaba un precio desmedido por algo que las copias piratas vinieron a reducir. Ahora los niños van a la escuela cargados con 15 kilos de papel en libros carísimos, que los obligan a usar mochilas con


María Jose Ferrada

ruedas. En el minuto que se pueda romper esa hegemonía de los sellos editoriales, va a ocurrir», anticipó Cabezas, para quien los intermediadores tienen una función clave también en este sentido. Desde su experiencia como educador, Hidalgo destacó dos aspectos que integran una posible fórmula para evitar los riesgos planteados por su colega: desarrollar el gusto por lo que se hace y mantener una relación estrecha con el mundo infantil. «Uno encuentra una comunicación muy cálida e interesante cuando realiza actividades con los niños, creo que por eso sigo escribiendo para ellos aunque ya tengo unos cuantos años. Cuidar la propia infancia es mantener la capacidad de soñar, de descubrir, de asombrarse, de desarrollar los sentimientos, de no perder la inocencia», explicó. «El libro, sobre todo cuando los niños son muy chiquitos, tiene que ver con estar cerca de la mamá, de la abuela, del papá o de quien sea que se los lea. Hay un tema de cariño de por medio», advirtió Ferrada. Recuperar ese profundo lazo afectivo en torno de la palabra escrita es, sin duda, la llave que abre todas

las puertas y baja todas las barreras. Un salvoconducto que tantas veces condujo a padres e hijos hacia países lejanos, y hoy bien puede ayudarlos a conocer y entender mejor la esencia de aquellos que están al otro lado de la frontera más próxi-

ma. «La literatura tiene que ver con la forma en que te sitúas y te relacionas con el mundo. Porque el ser humano cambia en la superficie pero no en lo más básico de su ser, donde las necesidades son las mismas», concluyó Ferrada.

Eres como narras

Lecturas complementarias

Para toda América Latina, el empoderamiento de los pueblos originarios es un proceso lento y complejo, pero constante desde hace varias décadas. Sin embargo, a nivel editorial —y aún más en términos de literatura infantil—, la circulación de textos en lenguas indígenas va de lo escaso a lo nulo. Y Chile no es la excepción: «En el caso de los mapuches, el paso de la oralidad a la escritura es muy reciente», reflexionó Ferrada. «Pero hay toda una fuente de belleza en el ritmo, en el sonido, en la forma de nombrar, que no hemos sabido ver. Y eso se debe replicar en el norte con los aymaras, en Rapa-Nui, en todas partes», agregó. «La mayoría de los relatos mapuches que aparecen en algunas recopilaciones no tienen un arco dramático occidental o reconocible para nosotros», reveló Cabezas. Por tal razón, el escritor concluyó que la tarea de adaptar esos textos para presentárselos a un público infantil implica una labor muy exigente: «Si quiere ser fiel a eso, el profesor tendría que hacer el triple de trabajo, especializarse, explicar cómo fueron incorporándose todas las referencias cristianas y españolas dentro del relato oral… Es algo que no está hecho todavía», dijo.

Suele afirmarse que las modernas herramientas digitales desplazarán en breve a los libros impresos. Que la cultura de la imagen y las múltiples pantallas han cambiado para siempre la forma en que las personas se relacionan con la lectura. Pero los tres visitantes chilenos estuvieron de acuerdo en rechazar tales augurios. «El principal desafío que tiene el autor es inventar buenas historias, hacer libros entretenidos, verdaderos, cercanos a sus lectores. Y eso no tiene nada que ver con los recursos técnicos», afirmó Hidalgo. «No hay competencia de lo digital con el libro, creo que se van a complementar», aventuró Ferrada. Por su parte, Cabezas se mostró de acuerdo con ella y sumó un dato interesante al respecto: «Hace cinco años todos estaban comenzando a armar libros digitales ilustrados, pero eso se murió. Pasa que los editores no manejan los dos lenguajes, y hacer un libro para una tablet significa usar lenguaje cinematográfico, comprar derechos de música, manejar conceptos de edición...», enumeró. Un despliegue de recursos tecnológicos y económicos que el lector entrenado no necesita. Le basta con la imaginación, que además es gratis.

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Autorretrato

R

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Silvia Stornaiolo

ealmente impresionante el impacto que causa la obra de Rembrandt. Es un golpe delicado, no instantáneo, un lento derretirse de la percepción; imposible soltarse, muy duro que a uno no le dejen tocar la pintura, ni siquiera acercarse; irresistible la necesidad de entrar o dejar salir al personaje. La luz, impecable estado de luz; comprobar el calor y la facción de los personajes plasmados dio paso a este deseo desesperado por hablar de este gran artista holandés: Rembrandt Harmezoon Van Rijn, considerado uno de los mayores maestros barrocos de la pintura y el grabado. Nace el 15 de julio de 1606 en Leiden, donde siendo joven inicia su aprendizaje artístico


paleta

La lección de anatomía

con un oscuro pintor llamado Jacob Van Swanenburgh, para después mudarse a Ámsterdam a continuar su enseñanza con el artista Pieter Castman, pintor de gran relieve, preciado en Holanda e influenciado principalmente por Caravaggio y Elshimer. Su primera obra conocida fue la Lapidación de San Esteban, en la que se aprecia claramente la influencia caravaggista. En esta obra se describe a Esteban, quien fue juzgado por el sanedrín judío y apedreado hasta la muerte, convirtiéndose en el primer mártir cristiano. A partir de 1628 su fama es notable, tiene ya algunos discípulos a su cargo, uno de los más destacados es Gerrit Dou.

La ronda de noche

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Rembrandt usa el tenebrismo y el claroscuro, creando fuertes contrastes entre la penumbra y la luz. La luz proviene de la izquierda, según la dirección de las sombras proyectadas. Esta luz, a pesar de su concepción realista, no actúa uniformemente, sino que ilumina y destaca a ciertos personajes y relega a otros a la sombra.

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Cena de Emaús

En 1630, Rembrandt abandona Leiden y se instala en Ámsterdam, donde se asocia con Hendrick van Uylemburgh, un importante comerciante de arte con quien adquiere su fama empezando por los retratos, que se volvieron un lujo de adquisición: el alma recogida en el lienzo, los detalles preciositas en cada trazo. Rembrandt, el genio del claroscuro, el gran mago de la luz y el movimiento. En La lección de anatomía del doctor Tulp, una de sus obras más destacadas y de enorme éxito, se puede sentir el interés de Rembrandt en los contrastes lumínicos provocando una luz potente y clara que ilumina unas zonas y deja en profunda sombra el resto del espacio; se siente destacar la austeridad cromática de los trajes de aquella época, animada por los cuellos y puños blancos. Los detalles de los

cuellos y los ropajes o los libros demuestran la altísima calidad del artista. Las miradas de cada una de las figuras hablan por sí solas y hacen que el espectador se sienta protagonista también de la escena. Esta magnífica obra fue realizada en 1632, año en que su situación económica era muy próspera y más aún al contraer matrimonio, en 1634, con Saskia van Uylemburgh, sobrina de su socio. Saskia fue la protagonista de múltiples obras, como el Autorretrato con Saskia o Saskia con sombrero. La década de 1630 será de notable éxito para el pintor, con obras como El sacrificio de Isaac o El banquete nupcial de Sansón. La ronda de noche es el nombre con el que se conoce comúnmente una de las más famosas obras maestras del pintor. Rembrandt se apartó de lo convencional, evitó una


escena estática y formal, y generó, en cambio, una de acción, más del gusto del Barroco. Rembrandt usa el tenebrismo y el claroscuro, crea fuertes contrastes entre la penumbra y la luz. La luz proviene de la izquierda, según la dirección de las sombras proyectadas. Esta luz, a pesar de su concepción realista, no actúa uniformemente sino que ilumina y destaca a ciertos personajes y relega a otros a la sombra. La maestría compositiva, la perfecta caracterización de los personajes, el detallado estudio de los ademanes, la agudeza de los rostros… Después de una quiebra total en 1656 y de superar momentos terriblemente trágicos en su vida, como la muerte de sus hijos, el arte de Rembrandt asciende, evoluciona, abandona la exuberancia barroca y se enriquece con un gran interés por el detalle; crea nuevas iconografías como La cena de Emaús o Cristo y la adúltera. En la década de 1660 sobresale de nuevo su obra, un regreso con vigor; se destaca La lección de anatomía del doctor Deyman, Los síndicos

del gremio de los pañeros o La novia judía. En todos ellos encontramos esa pincelada larga, empastada, que caracteriza sus últimas décadas en la que la luz dorada sigue siendo la principal protagonista, y los efectos atmosféricos. El pintor eleva todas sus conquistas al plano de la madurez, del estilo conseguido a base de años y de esfuerzo, y manifiesta un absoluto dominio de las técnicas y de los efectos. Es importantísimo subrayar su papel de precursor de la fotografía, la magia para captar el instante perfecto, que hacía que su pincel hiciera de cámara fotográfica. Se antepone a la fotografía con la creencia de que la totalidad de un carácter puede insinuarse por la revelación de un solo instante. Pocos artistas han mostrado tanto interés por pintarse a sí mismos como Rembrandt, se conocen de él casi noventa autorretratos, entre óleos, grabados y dibujos. Su misión, como la de otros pintores de su tiempo, fue la de renovar una gran tradición que había comen-

zado en la época clásica griega, y él lo hizo manejando como nadie el claroscuro, al igual que el maestro Caravaggio. Trazaba las marcas dejadas por la experiencia mundana, las señales que otorgaban al rostro humano todas sus experiencias, fue el gran mago de la luz y el movimiento, ningún pintor de su siglo miró al rostro humano con mayor profundidad que Rembrandt. Rembrandt van Rijn se fue siempre en contra de la actualidad. Su originalidad radicaba precisamente en que sus experimentos con la pintura eran creativamente desobedientes y libres, así él creó la ‘antipose’, convirtiendo a las diosas en mujeres con piel de gallina, de carne y hueso. Rembrandt fue también un gran dibujante y un grabador genial; dejó cerca de 1.500 dibujos y alrededor de 400 grabados. Falleció en Ámsterdam el 4 de octubre de 1669 a la edad de 63 años, fue uno de los más innovadores y excepcionales artistas de todos los tiempos.

La novia judía

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Ernesto Peña «Dentro de cien años, cariño», le decía a Jensine, «todo dará igual» Las perlas. Isak Dinesen

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entía un cansancio pesado en hombros y cuello porque no había dormido casi nada durante la noche. De camino a la parada del ómnibus se detuvo y tomó asiento en un banco del parque Vidal. El invierno lograba enlentecer los modos de caminar de la gente y de ocupar el espacio: nadie se apresuraba a guarecerse bajo las sombras de los soportales. Recordó una foto cerca de ahí, él junto a sus amigos de la universidad, enfundados en vívidos abrigos, sonreían expandiendo la alegría de los 21 años. Sobre los adoquines pulidos por la llovizna se licuaba la escasa luz del cielo gris claro. De fondo, un arbusto extraño, tronco negro y florecillas amarillo fosforescente. Ellos eran seis. Tres parejas, una tropa feliz, y todo el tiempo futuro, sin nada por definir. Y el

sexo, el amor, las bromas, las fiestas. Consultó la hora en la torre de la CMHW y pensó que si no se apresuraba llegaría tarde. Se incorporó, pero el cansancio le atenazó otra vez los músculos del cuello. Si llegaba tarde, su jefe, que lo envidiaba secretamente, generalizaría delante de todos en la reunión matutina: «Bueno, Pablo, ¿es que nunca puedes llegar temprano?». Solo era preciso llegar temprano los lunes. El resto de la semana, el jefe apenas se dejaba caer por la oficina. Pero la causa de su cansancio e insomnio previo consistía en que debía confesar a Jaime y a Miriela (una de las parejas universitarias que aparecía en la foto), que él había tenido un romance con Janet, la hija de ellos. Sería una tontería, algo sin importancia, si no fue-


cuento ra porque unos días atrás, Jaime y Yenki, el ex novio de Janet, como dos perros celosos, dos perros del infierno, se enzarzaron en una pelea ciclónica de búcaros rotos y ofensas pestilentes. Para aumentar algo su mísero salario oficinesco, Pablo impartía clases de inglés y francés en su propia casa. Una tarde, Janet tocó a su puerta y dijo que quería inscribirse. El tono de su voz, un short muy corto del que surgían dos largas piernas muy blancas y una sonrisita irónica dieron la alarma a Pablo, pero no obstante la invitó a pasar. —¿No me reconoce, profe? —dijo ella, sentada en el sofá, las piernas cruzadas. —Eres la hija de Jaime. —Dicen las muchachas de mi aula que usted es muy buen profesor. Pablo la miró a los ojos sin responder. —No se ponga cursi y no me diga que puedo ser su hija —Janet se puso en pie lentamente y se aproximó a él. A Pablo le disgustaban las mujeres agresivas que presuponían que él sería un blanco fácil; le molestaban más aún si se trataba de jovencitas presumidas, criadas a miel y ambrosía. Sin embargo, su erección contradecía ese prejuicio. Tampoco había que hacer ascos a un regalo caído del cielo. Su vanidad le susurraba que se lo merecía. Él no había elegido poseer unos ojos almendrados, una expresión de depredador y un par de brazos musculosos que terminaban en dos manos grandes. Janet le acarició un hombro y él la apartó un poco. —No, no parece… —dijo sin convicción, pero ella ignoró el comentario y le masajeó el bulto. Enseguida introdujo la otra mano habilidosa por debajo del pulóver de Pablo y en un periquete, se puso de rodillas a cantar karaoke. Todo el tiempo Pablo le acarició el cabello oloroso a champú de man-

zanas. Tuvieron una jadeante luna de miel de dos días. Al tercero, mientras Pablo se servía una taza de café, alguien aporreó la puerta como si fuera el dueño de la casa. Pablo abrió, el rostro crispado, y se encontró a un jovencito anodino de mucho gimnasio, tatuaje en hombro, cejas arregladas y diamante en la oreja. —¡Dime que te equivocaste de casa! —le soltó Pablo sin preámbulos. La frase desconcertó al joven. —Yo… Janet… ¿Usted es profesor de inglés? —dijo al fin recuperando algo de su rabia original. —¿Quién eres tú? Ya Pablo se imaginaba de quién se trataba. —Yo soy Yenki, el novio de Janet. —¿Y qué quieres, Yenki, novio de Janet? De inmediato Pablo se arrepintió de su broma. —¿Tú te estás burlando de mí, viejo? Pablo respiró hondo por varias razones: el jovencito estaba desesperado, tenía un complejo de inferioridad que se lo comía vivo, y Janet estaba desnuda, dormida en la cama. —Mira, muchacho. Yo no te conozco a ti, ni tú a mí. Viniste a mi casa, tumbando la puerta, buscando a no sé quién, y encima… Pablo no terminó la frase. Yenki había dado media vuelta y se alejaba a paso rápido. Histeria, escasa atención y memoria mínima, pensó Pablo a quien le disgustaban los nuevos chicos metrosexuales que pasaban demasiado tiempo ante el espejo. Para su desconcierto, Janet rió a carcajadas cuando él contó la anécdota durante el desayuno. —Ese es mi novio —concluyó. —¿Tu novio? —Bueno, era. Nos separamos hace cuatro días.

Para aumentar algo su mísero salario oficinesco, Pablo impartía clases de inglés y francés en su propia casa. Una tarde, Janet tocó a su puerta y dijo que quería inscribirse. El tono de su voz, un short muy corto del que surgían dos largas piernas muy blancas y una sonrisita irónica dieron la alarma a Pablo, pero no obstante la invitó a pasar.

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Pablo no terminó la frase. Yenki había dado media vuelta y se alejaba a paso rápido. Histeria, escasa atención y memoria mínima, pensó Pablo a quien le disgustaban los nuevos chicos metrosexuales que pasaban demasiado tiempo ante el espejo.

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—Cuatro días —susurró Pablo, pensativo—. Bueno, es hora de irte —añadió. —¿Me estás botando? ¿Qué te dije? —No me interesan las mujeres casadas ni con novios. —Te dije que nos separamos. —Él parece que no se ha enterado. —Él nunca se entera de nada. Terminamos porque él piensa que yo soy su tatuaje, que tengo que estar con él todo el día. Se pone celoso de mis amigas, hasta de mi papá está celoso. Mi papá lo botó una vez de la casa... Me cansé. —Y viniste aquí a refugiarte. —¿A refugiarme? —¿Cómo sabía él que tú estabas aquí? —No sé —dijo Janet desviando la mirada—. A lo mejor le comenté

a alguien que quería aprender inglés. Seguro que me está buscando. Pablo bebió un sorbo de café. —Mira, la hemos pasado bien este fin de semana, pero si quieres volver aquí, creo que debes resolver ese problema y no traérmelo a mi casa. Nosotros no vamos a ser pareja, ni nada por estilo; no voy a ir a tu casa a pedir tu mano, ni a… —¿A pedir qué? —una fea mueca le desfiguró el rostro. Pablo resopló. —Olvídalo —dijo. Como un ratoncito, Janet mordisqueó largo rato un huevo hervido. Entrecerró los ojos. —Una vez oí a mis padres hablando de sus amigos de la universidad y hablaron de ti —clavó la vista en los ojos de Pablo, pero este no dijo nada. Ella continuó—: Tú habías hecho una visita a la casa con tu última mujer, que era una muchacha de la universidad. Yo era una niña y me impresionaste. Después ellos se quedaron hablando y dijeron que tú eras de lo más inteligente, pero que no querías hacer nada con tu vida, ni prosperar en el trabajo, ni hacer familia; que lo único que te interesaba era el sexo, y que ibas a terminar siendo un viejo solitario de 60 años persiguiendo jovencitas de 20. Pablo sonrió con desdén. —¿Estás molesta, eh? Ella permaneció en silencio, masticando su rencor. Después recogió su ropa, se vistió y se fue. Pablo, sin abandonar su sonrisa sardónica, la dejó hacer. No discutir con las mujeres era su arma más eficaz.

Sentado en un banco del parque se reprochaba no haber escuchado a Janet con mayor atención. Sentía que había faltado a Jaime, a su antigua amistad. Dominado por su conocido impulso, había soslayado todas las convenciones pueblerinas; conven-

ciones en las que él no creía, pero que regían la vida moral de la mayoría de la gente. Se imaginaba frente a la estupefacción y el consiguiente malhumor de Jaime, quien ya soportaba la carga de tener que controlar a una hija nada domeñable. Pero ¿no estaba siendo demasiado anticuado?, se preguntó. ¿A quién le interesaba en la actualidad lo que hiciera con su coño una chica de 18 años? La mayoría había perdido la virginidad a los 14 y a los 18 eran verdaderas profesionales en el arte de complacer a un hombre y evitar embarazos indeseados. Bueno, eso tampoco podía ser excusa para evadir su responsabilidad y comportarse como un cabrón. En definitiva, él todavía creía en la amistad por encima de casi todo. Repentinamente cruzó hasta la esquina del café literario, antes de que otro subterfugio le hiciese cambiar de idea. Marcó el número de su trabajo. —¿Lourdes? Es Pablo —carraspeó en busca de un tono de voz creíble—. Dile al jefe que no puedo ir a la reunión. Me duele todo. Parece un virus... Sí, gracias, Lourdes, lo voy a tomar. Dos cuadras antes de llegar a casa de Jaime, vio aparecer por la acera contraria a Janet que iba de la mano del gran Yenki, novio de Janet. Vaya, se dijo Pablo. Ella lo saludó moviendo una mano y él le correspondió levantando las cejas y frunciendo los labios. El tal Yenki enrojeció de ira, pero Pablo, el semblante grave, levantó un brazo en señal de «hola, todo está bien»; gesto que confundió al chico, que por lo demás, no era tan difícil de confundir. Mujercita, susurró Pablo al doblar una esquina de regreso a su casa. El bueno de Jaime no se merecía otra preocupación. Prendió el televisor. Teleclases. Telesur. Un ridículo musical español de los sesenta. Animal Planet


presentando a un montón de personas que se atormentaban a causa del estrés de un perro. Apagó. Nunca se había aficionado a las mascotas, ni a la música, ni a la política, ni a la bebida, la comida, el dominó… A veces veía de nuevo Blade runner, o pensaba en algunos cuentos de Phillip K. Dick sobre autoprogramación mental y transformación de identidad que había leído durante su adolescencia, pero la motivación no le duraba demasiado tiempo. Nada le seducía de veras salvo las caritas de lobeznas feroces disfrazadas de caperucitas. Conservaba de ellas una memoria cinematográfica. Recordaba gestos mínimos de las bocas, movimientos de manos, modos de dormir, tonos de voz, olores…, en el fondo se comportaba como un enamorado, aunque la gente lo juzgara un simple mujeriego desalmado. También pensaba en lo arraigados que estaban los celos sexuales entre los hombres y las mujeres. Podían tener varias mascotas, hijos, amigos y quererlos si no por igual al menos mostrando cierta justicia; pero en su relación sexual no estaba permitida la heterogeneidad. Era todo o nada, ‘o ella o yo’, imposible dos al mismo tiempo. Incluso las personas más apáticas montaban en cólera contra la ‘traición’ del adúltero. A él mismo le resultaba incómodo sostener un romance con una mujer casada. Una atávica pulsión se lo impedía, como el bestial jefe de la manada que no deseaba compartir a sus hembras. Sonó el teléfono. Seguro era su madre que ya conocía que su ‘niño’ no había asistido hoy al colegio. —¿Pablo? —¿Quién es? —Glenda. Glenda. Solo conocía a dos Glendas. Una mulatica muy tími-

da, condiscípula del 4º grado; y a Glenda la Salvaje, una loca de la época universitaria que gustaba ponerse bocabajo y que le dieran mordiditas en las nalgas. Pablo sonrió. —¿Qué hay, Glenda? —dijo. La última vez que la vio conservaba su curvilínea belleza bajo un ajustado uniforme de enfermera. Era un tópico tan común que daba alegría. —Es Jaime —dijo ella. El rostro de Pablo se contrajo de pronto. —¿Qué pasa con Jaime? —¿No es tu gran amigo? —Sí ¿por? —Mira, no sé si… a mí no me interesa, pero como tú me decías que ustedes seguían siendo grandes ami… —Glenda, suéltalo, me estás poniendo nervioso. —Llegó aquí al hospital más muerto que vivo. Dos puñaladas. Pablo se quedó mirando el teléfono. Le corría agua fría por las venas. —Dos… —atinó a decir. —Dicen que fue el noviecito de su hija, que… Pablo colgó el auricular sin percatarse de que cortaba la conversación de forma grosera. La mirada le cayó a los arabescos de las baldosas donde se configuraron rápidas imágenes fotográficas: Jaime besando a Miriela sobre una roca larga en medio de un río; Jaime embarrado de merengue profiriendo un grito eufórico; Jaime, los hombros caídos, contemplando con ojos borrachos una solitaria yuca frita. Jaime mostrando su título de licenciado en Veterinaria, al tiempo que sonreía, estirando una comisura a lo ya-terminé-esta-mierda. El teléfono volvió a sonar y lo sacó bruscamente de su estupefacción. —¡¿Glenda?! —Tengo miedo —era la voz de Janet, el tono quebrado y sibilante de quien sufre mucho frío.

Ernesto Peña González (Santa Clara, Cuba, 1976) Poeta, ensayista y narrador. Ha merecido en dos ocasiones el Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara, en 2002 y 2007. Ha publicado, entre otros, el volumen de cuentos La hierba frondosa (2003); el poemario Vestigios de Síbaris (2005); así como Museo de ángeles caídos e Interior de una casa. En 2010 ganó el Premio Alejo Carpentier por la novela Una biblia perdida, y su novela Viento de la noche ganó el Accésit del Alba Narrativa 2015. 67


Anacristina Rossi

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rlandus no terminaba de comprender que la United Fruit era la misma cosa que Minor C. Keith, la Northern Railways, el Ferrocarril de Costa Rica, el capataz de los trabajos del muelle metálico y el muelle en sí, la electricidad, el teléfono, el telégrafo, los cincuenta vapores de la Gran Flota Blanca, los transatlánticos de la Elders & Fyffes y muchas otras cosas, sucesos y empresas. Le estaban explicando esas conexiones cuando se enamoró. Se enamoró de una mujer blanca. Blanca es un decir de los costarricenses, porque tenía la piel como azúcar quemado, suaves rizos negros y los ojos oscuros como pozos sin fondo. Esposa de un ministro. Fue un episodio extraño que Orlandus no se esperaba y que nunca buscó. Cuando ocurrió lo tomó totalmente desprevenido. Eran las cuatro y media de una tarde soleada y muy calurosa de junio de 1909. Había terminado su trabajo. En las barracas de peones se había dado un baño de aspersión, se había puesto camisa blanca limpia, chaleco, holgados pantalones de holanda beige y sus botas lustradas. Vertió en su mano un poco de bairrún, lo mezcló con una gota de patchouli y se refrescó la nuca. Se puso el sombrero.

Caminaba hacia el Rastro cuando encontró a Phillip, su jefe. Continuaron juntos. Pronto se toparon con Samuel Charles Nation. Pasando frente a la estación del ferrocarril vieron la multitud. Orlandus preguntó qué era. Phillip se sorprendió de que no lo supiese: en el ‘pasajeros’ de las cinco estaban llegando un ministro y otras autoridades de San José. Preguntó a qué, si a Port Limón nunca venía nadie del interior más que para tomar un barco. Nation le respondió que además de la campaña presidencial había unas reuniones para forzar a la United Fruit a pagar un impuesto de tres centavos dólar por racimo exportado, y que los gringos se negaban, rotundamente. Ante la expresión alelada de Orlandus, Phillip Grant se puso a explicarle con mucha paciencia que la United Fruit era el monopolio frutero de Minor C. Keith, que el gobierno de Costa Rica le había regalado cientos de miles de hectáreas de las tierras más fértiles y que hasta hace poco no le había exigido ningún impuesto. Nation interrumpió a Phillip: —¿Orlandus, sabes cómo le dicen a Keith? ‘The uncrowned king of Costa Rica’. Y la verdad es que los costarricenses se lo deben todo: Keith saneó Port Limón, ayudado por su sobrino político el presi-


novela

dente Yglesias. También levantó la capital, San José: le construyó las cloacas, el mercado, las cañerías, el tranvía, le puso el teléfono y la electricidad. San José fue la tercera ciudad del mundo en tener alumbrado eléctrico y telefonía. —Muy poderoso —murmuró Orlandus con expresión despechada. Nation sentenció hablando a la inglesa, casi sin mover los labios: —Yes, Keith es un atrevido que supo imponerse. Sabe conseguir y mover capitales, tiene imaginación. Los costarricenses, nada. En el país de los ciegos, el tuerto es Keith. —Pero el sueño de un Limón bello, limpio, próspero y lleno de árboles no es de Keith —replicó Phillip subiendo la voz—, es de los gobernadores Lucas Alvarado y Balvanero Vargas. Yo estaba aquí cuando don Balvanero diseñó el tajamar, yo lo vi en mangas de camisa llevando arena en un carretón, rellenando pantanos. Cuando la manzana municipal quedó protegida, él le pidió a cada capitán de goleta: «Tráigame un arbolito». Le trajeron frutales de San Andrés, palmas reales de Cuba, higueras y crotones

de Jamaica, y con eso mandó a hacer el espléndido parque. —Oh, Vargas Park, yes —replicó Nation suavemente con su perfecto acento británico. —No sólo el parque —exclamó Phillip ofendido—. Don Balvanero contrató al arquitecto español Rivaflecha, gran conocedor de los estilos victoriano y francés, y le encargó los principales edificios. Por eso Port Limón es un bello lugar. Así conversaban frente a la estación con los otros curiosos que querían ver bajar al ministro, al gobernador y demás personajes. Era ya el atardecer pero seguía el bochorno y a Orlandus le pareció que una luz ámbar detenía la brisa y todo quedaba inmóvil como antes de una tormenta. Su ignorancia ante el fluido discurrir de Nation y Phillip lo llenaba de congoja y no se percataba de cómo lo miraban las mujeres. Y sin embargo una señora que en ese preciso instante bajó del tren con el pelo al desgaire y un delicado corpiño de hilo sí llamó su atención. Tal vez porque era la única que venía sin sombrero, con el pelo

Las miradas se tocaron y brotó el deseo como una desesperación, las miradas se anudaron para retenerse, adoloridas y atónitas, pero el Primer Comandante le hizo un gesto a Orlandus y él, sin volver la cabeza, saltó ágil y se perdió entre la multitud. 69


La mujer del ministro le clavaba los ojos. Estaba seguro de que jamás ninguna mujer lo había mirado así. No era mirada, era tacto, caricia.

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suelto y sin ningún adorno. Una mujer elegante que salió al andén del brazo de un señor de cuello rígido y al pasear la vista por la multitud clavó en él sus ojos grandes y profundos. Orlandus preguntó quiénes eran y Nation contestó que el ministro y su mujer, y detrás el gobernador y su esposa. La mujer del ministro le clavaba los ojos. Estaba seguro de que jamás ninguna mujer lo había mirado así. No era mirada, era tacto, caricia. Orlandus dejó que le tocara las espaldas, las piernas, la boca. Él tampoco podía dejar de mirarla. Nunca había visto a una mujer elegante


con el pelo suelto. Cuando niño aprendió que para salir, las mujeres tenían que hacerse peinados y moños, taparse la cabeza; las ricas y elegantes se ponían sombrero, las pobres pañuelo o bandana. El cabello suelto era pecado de orgullo. La mujer lo examinaba con gravedad. Orlandus se estremeció al ver su boca húmeda ligeramente entreabierta, como sorprendida, los labios gruesos, la nariz mediana y un poquito chata, y los ojos negrísimos como pozos. No era muy alta pero sí delgada. Llevaba un traje crema con corpiño de encaje y talle ceñido que le destacaba la cintura y los pechos.

En ese momento Phillip, que siempre sabía cuál era su lugar y le mortificaba que los costarricenses lo humillaran, se despidió. La palmada de su jefe lo hizo voltearse y romper el embrujo. Nation también se iba. Distraído les dijo adiós y los vio alejarse. Buscó de nuevo a la mujer. Ella sonreía en animada conversación pero se volvió al sentir la mirada de Orlandus que recibió la de ella con un gozo que no sabía que llevaba por dentro. Los agentes de policía dispersaron a la multitud con advertencias y amenazas. Orlandus se movió. Los notables formaban un semicírculo en la esquina de la Avenida Primera y la Calle Dos esperando el mejor automóvil de la ciudad, el Ford T de Hitchcock, el gerente de la United Fruit. La señora no lo perdía de vista, hablaba con su marido, disimulaba, se miraba los botines y seguía sus pasos. Los curiosos se acercaron de nuevo y Orlandus también. Era ya el único negro y pronto iba a venir el Primer Comandante a decirle «moreno, fuera de aquí», pero antes intentaría mirarla mejor. Alguien anunció que Hitchcock había decidido no prestar su Ford T, que había que mandar a pedir los coches; siguieron murmullos de aprobación y protesta. Orlandus avanzó más, llegó casi a su lado y creyó oler su perfume mezclado con el sudor de tantos calores. Ella se corrió el pelo con una mano larga y lo miró de frente con sus ojos sin fondo. Las miradas se tocaron y brotó el deseo como una desesperación, las miradas se anudaron para retenerse, adoloridas y atónitas, pero el Primer Comandante le hizo un gesto a Orlandus y él, sin volver la cabeza, saltó ágil y se perdió entre la multitud. (Fragmento de la novela)

Anacristina Rossi Costarricense, es novelista, ensayista y a veces cuentista. Ha sido activista ecologista, columnista en periódicos y ha trabajado con mujeres indígenas. En 2004 Chile le otorgó la Medalla Presidencial del nacimiento de Pablo Neruda. En 2004, Cuba le dio el Premio de Narrativa José María Arguedas por su novela Limón Blues. Tiene numerosos premios nacionales. Entre sus novelas figuran: María la noche (1985), La loca de Gandoca (1992), Limón Blues (2002), Limón Reggae (2007) y La romana indómita, inédita aún. Cuento: Situaciones conyugales (1993); ‘Abel’, 2013, en Lunas en vez de sombras, antología de cuentos de ciencia ficción, EUNED, Costa Rica y La incompleta, 2015, en Te voy a recordar, antología de cuentos de ciencia ficción pendiente de publicación en la EUNED. 71


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Juan Carlos Cabezas 72

l show arranca a las siete de la noche, a la altura del que bien podría ser el cogote de esa descomunal iguana llamada Quito: el Comité del Pueblo. Allí, a un costado de la calle principal, junto a una tienda naturista que promociona la legítima sangre de drago, la también genuina modelo y bailarina cubana Danay Carbonell abrió su academia. Ella, que durante diez años saltó a la pista del Tropicana de Cuba para contornearse cual palmera en huracán. Ella que se codeó con estrellas de Hollywood y arribó a Moscú con su espectáculo. Ella, y sus casi 1,80 metros de altura y ritmo, es ahora la prima bailarina de uno de los barrios más populosos de Quito. No hay letreros en el exterior ni espejos en las paredes. La sala tiene apenas siete por tres metros. La música no proviene de una gran orquesta sino de un aparato de DVD, la iluminación está a cargo de dos resabiados focos ahorradores. Danay, manos en la cintura, mirada al frente, desafía a sus estudiantes a encontrar el ritmo, el caribeño gozador que nos habita. A un metro de distancia la escuchan: una reciente madre y su bebé dormido en un cochecito; un testigo de Jehová amante del running y una asistente ejecutiva ya jubilada. Ha terminado el calentamiento. La instructora explica que el son, la rumba y el merengue no son lo mismo ni se bailan igual. «En la clave está el ritmo», dice mientras choca dos gruesos cilindros de madera que sostiene entre las manos. «Ustedes ya saben», y mueve dos veces cada pie; enseguida se hace un silencio reverencial, previo al retumbar de tres aplausos acompasados. Comienzan los giros, las revoluciones de cadera y hombros. Tras cinco minutos de ‘muelleo’, meneo y sabrosura, aparece el sudor, pero


variaciones no viene solo, llega acompañado del disfrute. La sonrisa brota insidiosa, lasciva, mientras los pies claman por sentir la fresca cerámica, fría como la noche. Afuera los curiosos se amontonan boquiabiertos. Luego es momento de encontrar una pareja y lanzarse a la pista, pues en esta guarida antillana la fiesta está en su punto. Escritores que bailan chachachá «¡Showtime! Señoras y señores. Muy buenas noches, damas y caballeros, tengan todos ustedes. Tropicana, el cabaré más fabuloso del mundo..., Tropicana..., presenta... su nuevo espectáculo... en el que artistas de fama continental... se encargarán de transportarlos a ustedes al mundo maravilloso... y extraordinario... y hermoso... El trópico para ustedes queridos compatriotas... ¡El trópico en Tropicana!». Este texto forma parte del prólogo de Tres tristes tigres, novela de Guillermo Cabrera Infante (Cuba 1929 - Londres 2005) y se origina en el discurso de bienvenida al ‘Paraíso bajo las estrellas’, como aún se conoce al Tropicana de Cuba. Donde antes de la Revolución se paseaban apostadores, sinuosos empresarios y estrellas de cine, hoy rebosa de turistas que desembolsan hasta 250 dólares por un espacio frente a la pista, para junto a media botella de ron y una buena dotación de habanos, apreciar el show. Guillermo Cabrera Infante incluyó al speech del lugar a manera de telón de ese complejo espacio de juego llamado Tres tristes tigres (TTT), su obra cumbre. Para el novelista, el espectáculo no estaba sobre la pista sino en la lengua cubana, y quiso hacerle un homenaje. TTT es un vehículo de la voz nocturna del pueblo cubano. El autor convirtió la novela en un telefunken encendido entre la mansa noche tropical, un mapa de la oralidad, donde priman el ritmo, los silen-

cios y las frases extensísimas como las que se escuchan en cualquier esquina. Como dice Cabrera Infante: «El libro está en cubano. Es decir, escrito en los diferentes dialectos del español que se hablan en Cuba y la escritura no es más que un intento por atrapar la voz humana al vuelo. Las distintas formas del cubano se funden —o creo que se funden— en un solo lenguaje literario. Sin embargo, predomina el habla de los habaneros y en particular la jerga nocturna que, como en todas las grandes ciudades, tiende a ser un idioma secreto. La reconstrucción no fue fácil y algunas páginas se deben oír mejor que como se leen, y no sería mala idea leerlas en voz alta». En septiembre de este año, el diario español El País presentó un artículo sobre los ‘años cubanos’ de Cabrera Infante; su disputa con la Revolución a partir de la censura de un corto llamado P.M, dirigido por su hermano; su posterior viaje a Bruselas como agregado cultural y, finalmente, su exilio en Inglaterra. «Poco antes había empezado a escribir una novela titulada Vista del amanecer en el Trópico que, muy retocada, terminó llamándose Tres tristes tigres». Cabrera hizo ‘tierra’ también en el cine; se convirtió en un reputado crítico y guionista que firmó sus colaboraciones bajo el seudónimo ‘Guillermo Caín’; basta decir que con su voto Pulp Fiction de Tarantino recibió la Palma de Oro en Cannes. Al hacer referencia al Tropicana es imprescindible acercarse al poeta Nicolás Guillén (Camagüey 1902 - La Habana 1989), tanto por Sóngoro cosongo (1931), como por West Indies (1934), donde se incluye su magnífica oración orisha para la muerte de la serpiente Sensemayá, de la que existen varias versiones, las más destacadas: el poema sin-

Afuera los curiosos se amontonan boquiabiertos. Luego es momento de encontrar una pareja y lanzarse a la pista, pues en esta guarida antillana la fiesta está en su punto.

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Faltan escasos minutos para las siete de la noche. Los vendedores ambulantes del Comité extienden plásticos sobre confites y verduras; de repente se abalanzan sobre el asfalto unas gotas jugosas que explotan como uvas.

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fónico escrito por el maestro mexicano Silvestre Revueltas (1938) y Canción para matar una culebra, de Inti Illimani. Existen diversas interpretaciones sobre este texto, algunos buscan su origen en los mitos africanos o en las creencias religiosas del Palo Mayombe, otros estudiosos apuntan a que la serpiente significa la dominación y, claro, el poema, un grito de libertad disfrazado. Más allá de las interpretaciones, es indudable la musicalidad del texto, al punto que para ser entendido debe ser leído a ritmo de son, hay que escucharlo en la voz del propio Guillén. Shakespeare también está en el Tropicana. Según el actual director artístico, Armando Pérez, la historia del cuadro central del show anterior, llamado: ‘Tambores en Concierto’, narraba la historia de Sikan, una princesa que se enamoró de un miembro de la tribu contraria. Ambas tribus estaban separadas por un río, donde vivía un

Tanze (pez), símbolo de prosperidad. «La princesa le entregó el gran secreto a su amante, lo que llevó al enfrentamiento entre las dos tribus contrincantes. Todo este drama se representa en el Tropicana desde su apertura en 1939; se trata del cuadro afro, que termina con el espectacular ‘Vuelo del pájaro’, acto en el que una bailarina se lanza desde siete metros a los brazos de sus compañeros, una de las representaciones más antiguas de Romeo y Julieta, drama shakesperiano publicado en 1597. No se podría cerrar este apartado sin un último lance, y es que la narrativa policial también pasó por el Tropicana. Roberto Ampuero, en su novela Boleros en La Habana, se acercó a ese mundo de voces insinuantes y labios semiabiertos, atmósfera que el serio, y a veces cándido, Cayetano Brulé, detective creado por el chileno, asume con maestría. Uno de los últimos lanzamientos sobre el tema pertenece a la curadora artística Rosa Lowinger y a Ofelia Fox, esposa de uno de los primeros dueños del lugar. Tropicana Nights: The Life and Times of the Legendary Cuban Nightclub, que se puede conseguir en Amazon. En el plano musical, la relevancia del cabaré es indiscutible, por el lugar pasaron: Bebo Valdés, Nat King Cole, Carmen Miranda, Rita Montaner, Bola de Nieve, Libertad Lamarque, Celia Cruz, entre otros. Capítulo aparte merece Omara Portuondo. En el mundo del cine, Marlon Brando fue cliente regular y dicen que hasta tocaba muy bien los bongós; Ava Gardner luce fabulosa en una fotografía añeja posando con un par de maracas junto a Ernest Hemingway y Gary Cooper. No se puede olvidar a la bella Rosa Riverón, vedette cubana que actuó en una de las primeras versiones de Pantaleón y las visitadoras, ni a Bus-

ter Keaton, el primero en bailar el son tanto con los pies como con los ojos. Ella tiene tumbao.

Tanto Tres tristes tigres como el Tropicana se mantienen invictos en el tiempo, al primero no se la han borrado las rayas y el segundo mantiene intactas las plumas. —Buena esa tito (amigo), ¿para qué me llamaste? —Cuéntame ¿cómo era el show del Tropicana, Danay? (Ubica su índice en el mentón, mientras extiende sus interminables piernas por debajo del comedor de mi departamento que huele a café recién hecho). —Participé en el montaje de dos shows, el primero ‘La gloria eres tú’ y el segundo, ‘Tambores en concierto’, durante diez años. El nuevo show se llama ‘Oh La Habana’, todos basados en coreografías. En mi época, el espectáculo iniciaba con un personaje llamado ‘ego’, cuya aparición alertaba a los participantes de los diferentes cuadros en los que estaba dividido el show pletórico de mambo, chachachá, rumba y guaracha. —¿Y qué cara ponían los turistas viendo esas bellezas? —Algunos se entusiasmaban y no había quién los sentara, hasta querían irse a los camerinos con nosotras y debía intervenir la seguridad. Después del cuadro afrocubano y el ‘Vuelo del pájaro’ salían las chicas de las pasarelas con trajes que representaban a animales sobre la cabeza (la serpiente, el pez, el tigre); luego se ofrecían otras coreografías, números tradicionales de baile, al final siempre se prendía la fiesta y todos subían a bailar. —¿Tu mejor recuerdo? —Cuando nos poníamos sobre la cabeza unas lámparas de


bohemia y aparecíamos de repente entre el público de las primeras filas. Era sensacional escuchar el «¡Ohhhh!», apenas aparecíamos de entre las sombras. —¿Extrañas ese mundo? —Claro que sí, aquí en Ecuador no se entiende bien el concepto de un show de cabaré, lo confunden con otras cosas, pero no es así. Espero algún día volver. Es todo. Se pone de pie, larga como una tentación, fina como un deseo. De improviso extiende sus brazos sobre la cabeza en elegante lance mientras despliega una sonrisa paralizante, como si en su cuerpo las trompetas de la Charanga Habanera jamás pararan de sonar. Faltan escasos minutos para las siete de la noche. Los vendedores ambulantes del Comité extienden plásticos sobre confites y verduras; de repente se abalanzan sobre el asfalto unas gotas jugosas que explotan como uvas. El frío impone su voz rasposa. Danay pasa por alto el temporal y abre a tiempo su local. Ha encendido las luces y el aparato de video y, aunque afuera la gente corre, en la pequeña sala se siente abrigo. Llegan los primeros estudiantes, se despojan de levas y mochilas, a la vez el Trío Matamo-

ros canta la misma pregunta que, en 1967, escribiera Severo Sarduy: Mamá yo quiero saber de dónde son los cantantes.

• El grupo ‘Las mulatas de fuego’, creado por el histórico coreógrafo Roderico Neyra, hizo historia en América Latina en los cincuenta; destacaban la bella vedette, apodada ‘Tongolele’, y una jovencísima Celia Cruz. • Según datos de Cancillería, casi nueve mil cubanos entraron al Ecuador en 2015. • En 1941, un colegio jesuita ubicado junto al Tropicana, en el municipio de Marianao, solicitó la salida del cabaré por el ruido que generaba en el lugar, finalmente su pedido fue desestimado en los juzgados.

Fuentes:

CABRERA INFANTE, Guillermo 2005 Tres tristes tigres, Biblioteca Breve, editorial Seix Barral, España. MONTENEGRO, Nivia y Enrico Mario SANTI 1999 Infantería, Fondo de Cultura Económica, Centro Cultural Benjamín Carrión. JAVIER RODRÍGUEZ, Marcos 2015 ‘El anticastro, admito que lo soy’, Diario El País, editorial, sección Cultura, septiembre, España. AMPUERO, Roberto 2004 Boleros en La Habana, Editorial Planeta, Chile. Entrevista a Armando Pérez, director artístico del Tropicana, vía correo electrónico, octubre 2015. Audios entrevistas a Danay Carbonell, octubre 2015.

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Yvonne Zúñiga

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uis Ferdinand Céline (18961962), nacido en los suburbios de París, fue enrolado como voluntario a los 18 años durante la Primera Guerra Mundial, y como tantos jóvenes ingenuos, creyó en la patraña de jugar al héroe y de inmolarse por la patria en la guerra más sangrienta que ha tenido Europa, aún más cruenta que la segunda conflagración veinticinco años más tarde, en cuyas masacres intervino la población joven, empujada a servir de carne de cañón como sucede en todas las guerras inventadas por los poderosos de este mundo. El tiempo que Céline estuvo en combate debió significarle una eternidad, fue gravemente herido, con lesiones físicas y psíquicas, secuelas que le afectaron el resto de su vida, sumada a esta experiencia una infancia infeliz. Difícilmente un ser humano puede salir indemne después de haber vivido el horror y la insensatez de la violencia y el extravío colectivo que significan las guerras. Viaje al fin de la noche, su primera gran novela, debió ayudarle a exorcizar la espantosa experiencia

al reproducirla en la narración con lucidez y plena conciencia del sinsentido atroz de una guerra, obra maestra que pone de manifiesto el ingenio literario de este autor francés cuya vida fluctúa entre la realidad y la ficción. Viaje al fin de la noche y Muerte a crédito bastaron para ubicar a Céline como una de las figuras mayores de la gran literatura europea del siglo XX. Novelar sobre la vida y la muerte en un escenario oscuro es la propuesta de Céline, y esos dos factores están presentes en la lectura de su obra al suscitar un sentimiento ambivalente de angustia y de rebeldía que surge del tono desolador y a la vez mordaz de su estilo narrativo. Escritores, críticos y amigos de Céline coincidían en expresar que no era un hombre complaciente ni transigía consigo mismo, su rigor lo llevaba al límite de mostrar la imagen de sí mismo de un modo desagradable, al novelar su vida recreando una versión sombría, amarga y descarnada, una honda expresión de rebeldía contra todo, actitud que llevaba implícita la intención de sacudir las malas

conciencias e incendiar los círculos literarios y academicistas de la Francia de la época. Su experiencia como médico de los pobres, a pesar del choque con la miseria y el dolor que implicaba su práctica, para Céline era una forma de subsistir pero también la sustancia que abonaría su escritura, igualmente la experiencia en África le sirvió para referirse a las colonias francesas como: «El paraíso de los pederastas», y señalar que «todo aquel sistema se sostenía en la explotación del negro», capítulo que recuerda El corazón de las tinieblas, de Conrad. Su estancia en ciudades de los Estados Unidos le permitió conocer el amor de una mujer que lo sostuvo y cuya presencia en la narración es fundamental, pues Céline tenía un particular concepto sobre los hombres, a quienes diferenciaba de las mujeres por su densidad; para él los hombres eran densos, pesados y sórdidos; en cambio las mujeres, según Céline, eran ligeras y sutiles. En algunas entrevistas declaraba su afinidad con las mujeres, decía que él se veía como una mujer de mundo. J’ai de la fi-


ensayo Viaje al fin de la noche, su primera gran novela, debió ayudarle a exorcizar la espantosa experiencia al reproducirla en la narración con lucidez y plena conciencia del sinsentido atroz de una guerra, obra maestra que pone de manifiesto el ingenio literario de este autor francés cuya vida fluctúa entre la realidad y la ficción. nesse, decía con sonrisa enigmática. Céline amaba a las mujeres y ellas lo amaron y acompañaron en diferentes etapas de su vida. Dos de sus amantes tuvieron la danza como profesión, seguramente ellas le inspiraron esa imagen de levedad que mencionaba cuando hablaba de las mujeres. Se corre el riesgo de ver en Luis Ferdinand Céline a un ser humano desquiciado por la vida y la sociedad de su tiempo, de suponerlo sumergido en insomnios terribles a raíz de los cuales pudo desarrollar

un resentimiento que hiciera saltar los goznes de su equilibrio, pero la lucidez y el rigor de su escritura contradicen el juicio anterior, y encuentra el sentido medular de la obra de este autor en el profundo rechazo al mundo demente y feroz en el que le tocó vivir. Sus panfletos antisemitas fueron el origen de una persecución implacable por parte de la mentalidad belicista de sus contemporáneos, al calificarlo como colaboracionista y enemigo de la república. Condenado por sus impresos antisemitas

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En esencia, Céline mantuvo ese desprecio por la autoridad y todas las imágenes que la simbolizaban; era un anarquista y sus escritos manifestaron siempre la voluntad de provocar tanto a la autoridad como a una sociedad arrebañada y pasiva.

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huyó a Dinamarca donde fue detenido y encarcelado durante un año antes de ser amnistiado por el gobierno francés. Céline se declaraba pacifista y señalaba que su crítica no se refería al judío en términos racistas sino que su posición era contraria a la secta sionista que empujaba a la guerra. Según algunos analistas, el autor de Viaje al fin de la noche condenaba el aspecto nefasto que se atribuía al judío en la época que antecedió a la Segunda Guerra; es decir, a la identificación del judaísmo con el capital, al judaísmo que perpetúa el valor del dinero. Aquel desafío le significó, además de la persecución y la cárcel, el exilio y la marginalidad, una especie de chivo expiatorio para justificar las grandes masacres que se cometieron durante la primera y segunda guerras mundiales.

A su regreso a Francia, el escritor se sintió objeto del odio de mucha gente, a partir de lo cual vivió una vida de aislamiento casi de misántropo en una vieja casa de los arrabales de París. En esencia, Céline mantuvo ese desprecio por la autoridad y todas las imágenes que la simbolizaban; era un anarquista y sus escritos manifestaron siempre la voluntad de provocar tanto a la autoridad como a una sociedad arrebañada y pasiva: «Os lo digo, infelices, zarandeados por la vida, vencidos, desollados, siempre empapados en sudor, os lo advierto, cuando los grandes de este mundo empiezan a amaros, es porque van a convertiros en carne de cañón». Viaje al final de la noche es una novela estremecedora que transgrede el lenguaje tradicional y aca-


démico de la época, para convertirlo en una lengua viva y libre de formalidades, a la que se sobrepone la oralidad y el argot de la calle, estilo que influyó en la generación beat y en otros autores literarios posteriores. Maneja una tensión permanente. Narrada en primera persona, según su autor es una suerte de diario, fragmentos de su existencia azarosa. Emparentada al realismo naturalista de Zola, va mucho más allá del crudo retrato de la realidad. Para André Gide: «No es la realidad lo que Céline recrea, sino las alucinaciones que esa realidad provoca». Sobre la tragedia está el sarcasmo en Viaje al fin de la noche. En su visión del ridículo humano, los personajes se mueven entre la acción y la reacción como fantoches que resbalan al abismo, lanzados a un des-

tino absurdo imposible de controlar, aunque a veces la casualidad los salve. Sin embargo, hay una mirada que observa atenta desde afuera y desde el interior de Bardamu, el protagonista en la novela; es él y se desprende de él para seguirlo en sus desventuras como una cámara perseguidora, dejándolo ser y hacer, a la manera de un dios burlón que se divierte viéndolo retozar en las miserias humanas. Da a veces la sensación de que sus personajes van a permanecer estables en determinadas circunstancias de la narración, pero acto seguido se los encuentra buscando la manera de escapar de esa condición. Es una constante en esta novela con momentos de una poética conmovedora, en ella la miseria puede convertirse en parodia y la tragedia en una enorme mueca de burla.

Yvonne Zúñiga Nació en Quito, Ecuador. Egresada de Lengua y Literatura. Coordinadora e instructora en talleres de expresión creativa para niños, talleres literarios para jóvenes y adultos, y talleres de historia oral para adultos mayores. Ha publicado: Minuto al hombre (poemario); Eslabón que une los tiempos (cuentos); El aldabón del sueño (cuentos); Sucre, el caballero de los pies gastados (biografía novelada); Casi mágica (novela fantástica juvenil), entre otros. Poemas y cuentos suyos han sido publicados en varias revistas literarias, además de artículos y comentarios. 79


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e gustaba Bob Dylan, aunque le llamaba Bobo Dylan. Los japoneses no saben soltar la última consonante y tienen que añadir una vocal sin reparar en las consecuencias. Íbamos escuchando I want you, que es para mí una canción particularmente agridulce, la tristeza en su estado más salvaje. Los colores de los lumínicos se metían dentro del auto y yo viajaba casi satisfecho de haber sido atropellado. Así comenzó nuestra corta amistad. Mi primera noche en Tokio y ya he sido embestido por un taxi, pensaba. El taxista me había recogido de la calle mientras voceaba algo que no entendí, aunque es fácil suponer que el asunto iba por lo de andar atento a las luces de los edificios, que de ahí no saldría volando nin-


narrativa gún auto, que es abajo donde hay que mirar y que eso me pasa por ser extranjero y creer que en Japón todo es como un anime de tema medieval. Yo repetía continuamente gomennasai. En pocas horas me había contaminado tanto de la efervescencia japonesa que ya estaba pidiendo disculpas por haber propiciado que un auto me hiciera volar cinco metros. Por demás, mi lo siento era bastante samurái, entrecortado y con dolor. Lo cual estaba totalmente justificado pues la muñeca derecha me dolía como si la hubieran abierto con una navaja para guardar en ella un cubo de hielo. El taxista me acechaba detrás de un flequillo recto que le rozaba las pestañas. Supuse que su barbero también había tenido algo de culpa en el accidente. Como si fueran sus tres coordenadas de interés, miraba hacia adelante, luego estiraba el cuello para ver cómo la calle se hundía en el retrovisor, y por último se volvía a mirarme. Yo inmovilizaba con la mano sana mi brazo adolorido. Sonreí al imaginarme arrinconado en el asiento. El taxista también sonrió, por corresponderme, y lo que logró fue aportar esa mueca que deja muy claro que no entiende absolutamente nada, menos el motivo de mi complacencia. Welcome to Tokyo, dijo. My name is Ryo. Su expresión me pareció un pórtico anclado en un lago oriental en medio de dos espacios idénticos por su infinitud, donde, sin embargo, algo como el aura carcomida de Benjamin cambia al atravesarlo. Cuando dos extraños buscan un tercer idioma para lograr la comunicación, el resultado se asemeja mucho a un catálogo de afinidades. Luego de dos semáforos, Ryo San y yo descubrimos que compartíamos la misma pasión por un anime donde los guerreros poseen un arma espiritual que los eleva a un estado de poder superior, traducido

en la desenvoltura de su espada. El arma varía sus propiedades según el guerrero y es invocada a través de una palabra que se pronuncia en el momento más extenuado de la pelea, cuando ya se hartan del entrenamiento y deciden invocar sus verdaderas aptitudes. La palabra es bankai. Al ser enunciada, la espada logra, por ejemplo, convertirse en seis mil pequeños reflejos que penetran la piel del adversario hasta dejarlo sin sangre o mutar en una serpiente de anillos que se descomponen como monedas. Existen guerreros que consiguen levantar una catedral dentro de la cual no existe la luz, allí la sombra es abrasiva y el adversario muere de rodillas. Ryo San confesó que en su tiempo libre era un lector empedernido. Esa perturbación había motivado que ambos, lejanos e ignotos, hubiéramos tenido la misma idea: imaginar el bankai de escritores. Él lo había visualizado en autores japoneses, de los cuales sólo reconocí a Murakami, y la versión de su bankai era muy cercana a la que nunca había imaginado. Yo había fabulado el bankai de Lezama. Cualquier otro que se ponía a combatir con él terminaba exhausto. Ryo San no lo conocía. Dudé de la existencia de un tomo de Paradiso en letras japonesas. Pensé en alguna traducción al inglés, pero de cualquier manera se me hacía imposible. Coincidimos en que así nunca podría saberse cuál guerrero era más poderoso. Le dije que tal vez el bankai de este autor era como si toda nuestra avenida esmaltada fuera el reverso de un patio habanero donde era posible escuchar el crecimiento del musgo y a través de su nervadura medular regresar al ojo de esta calle para encontrarla vacía, sumergida en un agua de la que ocasionalmente saltaba un pez volante y repetía las ondas cuadriculares del patio primigenio. A Ryo San

El hospital adonde llegamos lucía como un elefante eléctrico o el despliegue de la poderosa espada de un cirujano. Ryo San me tradujo la opinión del doctor sobre mi radiografía: un hueso de mi muñeca tenía una fisura y debía llevar una tablilla de plástico sujeta por una venda. A mí me sonó bien. Al menos no era un yeso.

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Ella ya había perdido la peluca rosa que usaba. La había colocado en una de sus rodillas y la peinaba como a una princesa sin rostro. Recuerdo que yo pensaba constantemente que en algún momento el vidrio se soltaría y caeríamos en la calle, pero no encontraba fuerzas para despegarme y la idea me causaba risa.

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le pareció un perímetro magnífico para la batalla. Estuvimos un rato en silencio, un par de cuadras, después pasamos a los bankai universales. Es decir, ni japoneses ni cubanos. El de Víctor Hugo: una bestia formada por arcos de ladrillos como un acueducto romano, que por un extremo adopta la cabeza de una niña y por el otro la de un murciélago. El de Poe: un árbol crepuscular que en cada una de sus hojas lleva escrito un epitafio y en su rama más baja aguarda un cuervo. El de Hemingway: un búfalo de agua del mar Caribe del que asoma por el lomo un pez exterminador y una mujer solitaria y muda. El de Bukowski: una máquina de escribir abandonada en una zanja por la que corre el agua de lluvia arrastrando hierbajos, servilletas obscenas, muñecas mutiladas. El de Thomas Mann: un paracaidista que cuelga de un árbol gigantesco y desde allí agoniza y comprende la existencia a través de la visión de una hoja ámbar. El de Onetti: un bar vacío con una fila de camas revueltas en forma de corazón, divididas por paredes de papel y en cualquiera de ellos aguarda un adolescente blandiendo un remo. El de Bolaño: él mismo, Roberto caminando hacia su oponente, atravesándolo cabizbajo como si el otro fuera un fantasma que nuestro guerrero no pudiera ver. El de Chejov: un copo de nieve mortal apoyado en un hoja de fresa. El de Dostoievski: el cubículo de una cárcel desde donde el adversario mira pasar un buque que es todo San Petersburgo y besa el suelo clamando la misericordia de un revólver sin balas. El de Raymond Chandler: un chevrolet sin luces a toda velocidad por las calles de La Habana y de Pasadena, simultáneamente, sin saber si está en una ciudad o en la otra. El hospital adonde llegamos lucía como un elefante eléctrico o

el despliegue de la poderosa espada de un cirujano. Ryo San me tradujo la opinión del doctor sobre mi radiografía: un hueso de mi muñeca tenía una fisura y debía llevar una tablilla de plástico sujeta por una venda. A mí me sonó bien. Al menos no era un yeso. A la vuelta, luego de otros semáforos, encontramos que además de Bobo Dylan y el anime de las espadas convertibles, nos gustaba la teleserie Lost. Según la sinopsis de Ryo San, Lost es la historia de unos personajes que están atrapados en una isla y todo el tiempo se la pasan buscando el camino de regreso a casa, pero no tienen casa adonde regresar. Después dijo que era hermoso. Lo dijo en uno de los intervalos en que miraba el eje de la calle, lo cual me hizo pensar que tal vez se refería a otra cosa, y yo era un nostálgico barato. Por fin, luego del tema Lost, acaso animado por la cercanía y continuidad de los títulos, llegamos a la historia que Ryo San reservaba para esa noche. Lo creí un secreto que se animaba a compartir luego de nuestras batallas mentales. En otras palabras, estaba harto del entrenamiento y había decidido mostrar sus verdaderas aptitudes. Liberar su bankai. Mi taxista bilingüe y sin frenos había actuado en Lost in translation, la película de Sofia Coppola del año 2003 en la que una chica, Charlotte, interpretada por Scarlett Johansson, coincide en Tokio, en el mismo hotel donde ella se ha hospedado junto a su esposo, con un actor norteamericano, Bob Harris, encarnado por Bill Murray. El título se tradujo al español como Perdidos en Tokio, y según Ryo San en su país se anunció como Perdidos sin razón, aunque señaló que había cierto juego de palabras intraducible, pero cuyo resultado tampoco se adaptaba al sentido del filme, definitivamente, perdido en la traducción.


Su aparición para la posteridad ocurre en la escena en que Charlotte y Bob Harris llegan a la casa de un japonés donde se celebra una pequeña reunión de amigos. Ryo San era uno más de la fiesta, la cual, por supuesto, no terminó donde lo cuenta la película sino hasta la mañana del otro día. La última de los americanos en marcharse fue Scarlett. Terminaron recostados al vidrio, el karaoke seguía soltando sus melodías pero ya a nadie le quedaba ánimo para cantar. De vez en cuando se escuchaba a alguno tarareando un estribillo como un zombi que no pudiera contenerse y la boca le hablara sola. Eso pasa luego de fumar tanto y estar una noche de juerga, me advirtió Ryo San como si yo no lo supiera. La boca gana cierta determinación y termina soltando frases sin sentido, o al menos con un sentido que no siempre viene de la razón y que es un ejercicio labial o un reflejo incondicionado para afinar las cuerdas vocales. Tal vez por eso ella dijo todo lo que dijo, como si no la pudiésemos entender, en realidad pocos la podían oír, y entender el inglés menos aún. Pero yo la escuché atentamente, aclaró Ryo San. Y yo a él. Ella ya había perdido la peluca rosa que usaba. La había colocado en una de sus rodillas y la peinaba como a una princesa sin rostro. Recuerdo que yo pensaba constantemente que en algún momento el vidrio se soltaría y caeríamos en la calle, pero no encontraba fuerzas para despegarme y la idea me causaba risa. Scarlett dijo que no le gustaban ciertos chistes de la película, donde se burlaban del desconocimiento del idioma en la ciudad extraña. Chistes sobre la incomunicación, a fin de cuentas. Porque en el inglés pasa lo mismo, dijo ella, y aunque entiendas la frase completa no captas el verdadero sentido o la intencionalidad de quien lo está

diciendo. Y añadió que prefería filmar con Bill Murray otra saga de Cazafantasmas que estar atada al guión de esas horas japonesas. Que Bill Murray era maravilloso y también el equipo de rodaje. Que confiaba en la belleza de la película y la soledad de los dos personajes. Que todo era culpa de ella, de Scarlett Johansson, que tenía nombre de heroína de novela nacional y un físico que según quisieran los maquillistas podía rozar a Marilyn Monroe o a Grace Kelly, incluso a Lauren Bacall con diecinueve años. Y a Jean

Harlow. Y que donde más acertaba Charlotte su personaje, era al decir que todas las chicas cuando buscan algo en qué ser buenas pasan por su etapa de fotógrafas. Y se echó a llorar e insistió, riendo, en que eso era la verdad más grande que había visto puesta en un papel, que dudaba encontrar otra cosa como esa por el resto de su vida. Que ella había pasado ya la suya, había fotografiado hojas secas de los árboles del Central Park, escalones de su edificio, grafitis del metro, vidrios empañados de Brooklyn, mendigos

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que leían la prensa. Todo eso había hecho justo antes de volverse totalmente a la actuación, aunque desde niña sabía que iba a ser actriz y pasó por varias escuelas para jóvenes talentos. Siempre le tuvo un poco de miedo a ese momento, y que el momento había llegado con la película de Tokio. Que ella lo sabía con cada escena nueva que filmaban. En el futuro, o sea, a partir de entonces, habría de disfrazarse para que no la reconocieran en todas partes, sus desnudos valdrían más que un dibujo de Edward Hopper, no podría sacarse toda la ropa en la playa y sus encuentros sexuales tendrían que ser más protegidos que cuando tenía quince años. Para siempre olvidarse de la pornografía doméstica, tan ingenua, tan candorosa a veces. Y hasta dejar de lado el karaoke porque alguien podría grabar sus improvisaciones. Ya no iré más al mercado de Pearl River o a las tiendas de Lower East Side, dijo, o a ver a los pingüinos en el Central Park. Confesaré a las revistas que leo a Truman Capote y que mi película favorita es Charlie y la fá-

brica de chocolates. Haré anuncios de publicidad para perfumes de Calvin Klein y Louis Vuitton. Posaré para L’Oréal y Reebok. Aparecerán fotografías mías y las acompañarán bloques de anotaciones del tipo: vestido de crepé de Marc Jacobs, pendientes de oro de Temple St. Clair, collar de plata de Me&Ro, como si fuera la ilustración de un volumen de anatomía. Y mentirán, ¡uf!, cómo mentirán. Publicarán, por ejemplo, que una de mis fobias son las cucarachas, y yo en cambio puedo adoptar una cucaracha recién nacida y acompañarla hasta su tumba sin la más mínima repulsión. Comentarán que me habré operado la nariz, o puesto silicona en los labios. De mi parte, diré también frases estúpidas, a veces sin proponérmelo, desprevenida, y otras lo haré por pura maldad, para que confirmen que las estrellas de cine son tontas, y en esos casos no atentaré contra mí, sino contra las revistas, la publicidad, las comedias de enredos. Cargaré un chihuahua gruñón y anunciaré que mi comida favorita es la pizza vegetal y una Coca-Cola


Light en Lombardi’s o una porción de pastel de lima, preferiblemente casero. Dijo que no ser consciente de ello y actuar como si nada era el camino directo al mismo oasis esnob en el que flotaban tantos otros que no mencionaría. Que tendría que convertirse en una especialista que se dedicara a robar, todos los días, cada minuto de su vida, la misma joya. Y que la joya que debía sustraer con cautela no era otra cosa que su propia vida, la espontaneidad bucólica de lo que podía haber sido su existencia. Que desde entonces la muerte la acompañaría como una hermana siamesa y con ella el temor a asumirla como si dejara algo trunco, algo que, sin embargo, no podía quedar inconcluso y cuyo desenlace cósmico le costaba todo su tiempo, y esa vocación de posteridad era precisamente lo que la hermana siamesa parecía perseguir y desear. Que desde entonces sería como un candil al viento. Rodaría con grandes directores dramas históricos, cine negro, cuentos de magia, comedias perfectas, una detrás de otra, viajando en el primer puesto de una montaña rusa. Lo veía con tal claridad como si ya hubiera firmado todos los contratos de su carrera. Dijo que sentía aproximarse como una víbora el momento en que tuviera una casa en Los Ángeles, y que esa mordida le dolería tremendamente porque no hay que vivir en California para saber cómo son las cosas allí. Y que para colmo al personaje de Charlotte le pasaba lo mismo, pues se había mudado a Los Ángeles después del matrimonio. Que sólo de imaginarlo ya extrañaba Manhattan. Alguien se levantó e hirvió agua para un té que luego repartió con la misma vocación de sonámbulo. Ella dijo gracias y agregó que Manhattan era como un hombre sentado en un banco, que conoce todas las reglas de la seducción, y que lo otro era el mismo hombre,

rubio y un poco más joven, que se sabía las mismas reglas pero sin una pizca de seducción. Y probó el té y soltó una maldición porque se quemó los labios y luego sonrió un poco y se secó las lágrimas que le corrían como si fuesen artificiales. Confesó que había tenido que grabar tres veces la simple escena de cruzar el paso de cebra en la salida Hachiko, donde miraba desfilar por la pantalla de un edificio a un dinosaurio de treinta metros y luego a una procesión de elefantes devueltos a la ciudad. Tuvo que repetirla porque los ojos se le llenaron de lágrimas y no se pudo controlar, aferrada a su sombrilla transparente. Sofía se le acercó y le pidió que guardara la emoción para otras escenas del final, porque pensó que ella estaba dentro de Charlotte. Pero yo no estaba actuando nada, dijo, me parecía que caminaba sola otra vez, en Times Square, y que era una desconocida, y eso es algo que no volverá a sucederme y yo era entonces el animal extinto. Pero me aguanté porque una chica con talento no puede dedicarse sólo a tomar instantáneas mediocres y crucé el paso de cebra rodeada de japoneses de mi tamaño. Uno sesenta. Volvió a secarse las mejillas con la palma de las manos y se puso la peluca rosa. Se buscó en el reflejo nublado que agonizaba en el cristal mientras amanecía, acomodó los cabellos del cerquillo y se fue luego de despedirse de todos animosamente. Ryo San no preguntó adónde llevarme. Por alguna razón que puede guardar cierta lógica oriental me ha devuelto al mismo lugar del accidente y allí se detiene como si el viaje hubiera terminado. Le doy las gracias y él inclina la cabeza. Por último quiere saber si podemos imaginar juntos el bankai de Bobo Dylan, llegamos al acuerdo de que el suyo sería un rascacielos con una rubia solitaria sentada tras el vidrio

del último piso, mirando la ciudad silente y tarareando una melodía, like a complete unknown, like a Rolling Stone. Ryo San se despide con un ¡bankai! Creo que la tablilla de mi muñeca lastimada aporta credibilidad a mi guerrero, pero cambiará mi imagen mañana cuando tenga que firmar los autógrafos en la presentación de mi primer libro traducido a todos los idiomas. Le respondo al bajarme: ¡Bankai! Desde la acera dos japonesas pasan tomadas del brazo y se ríen, yo asumo que de mí.

Osdany Morales (Nueva Paz, Cuba, 1981) Autor de los libros de ficción Minuciosas puertas estrechas (Unión; Premio David 2006), Papyrus (Letras Cubanas; Premio Alejo Carpentier 2012) y Antes de los aviones (Suburbano, 2013); también del poemario El pasado es un pueblo solitario (Bokeh, 2015). Ganador del Premio Internacional de Cuento Casa de Teatro 2008, sus relatos han aparecido en varias revistas y antologías sobre la nueva narrativa cubana. Tiene una Maestría en Escritura Creativa por la Universidad de Nueva York, donde actualmente realiza estudios de doctorado. 85


Profanador de

recuerdos Oliver Vera Barberán

Capítulo 3

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entro de ella no existía la más mínima luz. Intenté salir a la superficie nadando con mi último suspiro para tomar aire pero no pude, empecé a asustarme, quería llegar a la superficie y no podía, mi cuerpo estaba inmóvil, tan pesado que no lograba mover un solo dedo. Probablemente Larry ya se había ahogado y lo único que yo había provocado sería también mi propia muerte. Me sentía culpable y asustado al mismo tiempo. Luego llegó lo más curioso: era capaz de respirar dentro del agua. No lo podía creer. Empecé a tener mayor movilidad de mis extremidades, mis músculos tomaban más fuerza pero aún me movía demasiado lento como para poder ir a salvar a Larry. Lo más lógico era que a Larry también le sucediera lo mismo, pero no lo podía encontrar, todo abajo estaba completamente oscuro. Estaba perdiendo las esperanzas, cuando alguien me agarró de un brazo y empecé a ascender. Poco a poco llegué a la superficie sin saber qué era lo que me estaba llevando. Afuera estaba Joshep atrapado en las lianas de un gigantesco árbol. ¡Demonios!, nos habían atrapado, esto en verdad era una trampa. Larry debería seguir dentro del agua. Empecé a morder y a golpear a

quienes me estaban agarrando. La piel de ellos era dura y fría, parecía de piedra e impenetrable. Pasaron varios minutos y yo no me daba por vencido, luego apareció Larry de forma extraña, él estaba nuevamente desmayado, al igual que Joshep, los dos estaban muy pálidos como cuando me tropecé con Joshep dentro en el colegio. A los pocos minutos me quedé dormido y no supe qué más pasó ni a dónde nos llevaron. Abrí los ojos y otra vez había árboles y hojas caídas en el suelo. El crujir de unas hojas secas evidenciaba que alguien se acercaba, fingí estar muerto; alguien me comenzó a sacudir y me di cuenta que era Joshep, que estaba acompañado por Larry, qué alivio. Me levanté y sacudí mi ropa. Aunque mis prendas se encontraban secas estaba seguro que todo lo que pasó era real, observé a Larry y estaba igual, su pantalón estaba completamente seco y tanto su camisa como sus zapatos estaban limpios, como si nunca nos hubiéramos puesto en marcha, ni mucho menos habernos metido en el río. Me levanté y los miré a los dos con los ojos como platos. — ¿Qué nos pasó? —No lo sé, solo recuerdo que cuando te arrojaste al agua desapareciste al igual que Larry y algo me agarró de las piernas y me empezó a jalar, luego empecé a subir por un


novísimo árbol y me quedé dormido —respondió Joshep muy extraño e irritado, pues le costaba mantener la respiración. —Debemos salir de aquí —dije. —No sin antes abrir algo —interrumpió Larry. —¿Qué cosa? —preguntamos Joshep y yo. —El cofre... ja, ja, soy más listo que cualquier tonto lunático —respondió, muy contento. —¿Y qué estamos esperando? Abrámoslo de una buena vez para ver si hay algo útil en este cofre —añadió Joshep, mientras yo analizaba la astucia de Larry. Intentamos abrir el cofre pero nada, su cerradura estaba soldada de modo que era imposible abrirlo con las manos, ni siquiera con una piedra. Empecé nuevamente a creer que todo esto había sido una pérdida de tiempo. El ruido de la piedra contra el metal resonaba y retumbaba en el aire, como un eco que se extendía hacia quién sabe qué o dónde. —¿Por qué no intentamos dañar la madera en lugar de dañar la cerradura? —pregunté, tratando de aportar con una idea. —Es verdad, tienes razón, así sería más fácil —respondió Larry. Después de varios intentos al fin el extraño cofre se rompió. Para nuestra sorpresa no encontramos nada más que un simple papel sucio, lo agarré y estuve a punto de romperlo cuando de la nada aparecieron unas letras un poco borrosas pero entendibles: ‘mórtem’, era lo único que decía el papel. Esto parecía una broma, de qué nos serviría un simple papel con una palabra. Después de pensar y analizar las circunstancias decidimos separarnos para ver si así lográbamos encontrar más rápido a aquel tipo, que en realidad ninguno de los tres conocíamos, aunque sabíamos que sería demasiado arriesgado si nos separábamos y uno de nosotros resultaba muerto.

—Esto es una estupidez, moriremos más rápido —afirmó Larry, enfadándose por la situación. —Además ¿cómo sabremos si alguien ya lo encontró? —preguntó Joshep sin esperar una respuesta. —Estamos perdidos y prácticamente muertos —comenté empezando a perder las esperanzas. Escuchamos un ruido escandaloso, algo se dirigía directamente hacia nosotros. Empezamos a correr nuevamente, las piernas me temblaban y ya no podía avanzar más, estaba exhausto y necesitaba urgentemente descansar, pero sabía que no podía dejar de correr o de lo contrario me matarían —o quién sabe—, la adrenalina fluía por todo mi cuerpo. Sin más energía para seguir adelante me tropecé con la raíz de un enorme árbol, mis amigos se detuvieron para ayudarme pero ya era demasiado tarde, nos habían atrapado. Sin saber qué era, algo nos agarró por detrás y clavaron una daga en mi brazo, no podía ver casi nada, la penumbra lo dificultaba todo y la luz de la mañana no era una gran ayuda, solo traté de soltarme y del dolor empecé a gritar desesperadamente mientras me alejaba de Joshep y de Larry; ambos hacían lo mismo, se alejaban sin saber qué era lo que los arrastraba, alcancé a distinguir la figura de un humano encapuchado y vestido de negro: era la idea que nos habían vendido

Miré alrededor, solo árboles muertos con ramas que parecían tener forma humana, árboles que lo cubrían todo con más de veinte metros de alto, árboles que cubrían mi visión casi por completo.

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Empecé a morder y a golpear a quienes me estaban agarrando. La piel de ellos era dura y fría, parecía de piedra e impenetrable. Pasaron varios minutos y yo no me daba por vencido.

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de la muerte. Me desmayé nuevamente. Desperté junto a un árbol que se encontraba cerca de un pequeño estero, sin duda provenía del mismo río en que nos habíamos encontrado antes. Miré alrededor, solo árboles muertos con ramas que parecían tener forma humana, árboles que lo cubrían todo con más de veinte metros de alto, árboles que cubrían mi visión casi por completo, todo lo hacía parecer una opacidad, no se podía distinguir casi nada en absoluto, y aún peor, ni siquiera se podía correr con facilidad, las fachadas de los árboles hacían que las raíces sobresalieran por encima del suelo seco y sin vida, era totalmente aterrador y parecía que cada vez

empeoraba aún más. Me levanté y empecé a caminar sin rumbo. Después de haber caminado mucho amaneció completamente, empecé a gritar llamando a Joshep y a Larry pero ninguno respondió. Extrañamente lograba ver la figura de un hombre acostado en el suelo como si estuviera muerto, me acordé de Joshep cuando lo había encontrado tirado en el colegio. Me acerqué lentamente a aquel cuerpo sin movimiento, una parte de mí deseaba que no fuera ninguno de mis amigos, por suerte no lo eran, era un hombre un poco viejo, ya tenía algunas canas y estaba vestido con la misma túnica que los encapuchados que nos habían secuestrado.


Me acerqué a él, pues me inspiraba cierta confianza. Tenía su rostro muy pálido y estaba completamente helado. ¿Quién era ese tipo? De pronto lo reconocí, evidentemente había visto ese rostro antes, sus facciones y el contorno que tomaban sus arrugas en la frente y en las sienes, su cabello totalmente acabado y despoblado por el tiempo, definitivamente, era el tipo que buscábamos. Empecé a sacudirlo para ver si respondía. De pronto reaccionó de golpe, me miraba fijamente con sus ojos marrones. Sin perder ni un segundo empecé a hablarle sobre todo lo que había pasado y que solo él podría ayudarnos a ponerle fin a esto. Aquel hombre no respondió

una sola palabra. Le pregunté qué le pasaba, pero tampoco respondió, al parecer estaba analizando el lugar; después de un tiempo se levantó, sacudió su ropa y empezó a hablar. —Golem está cerca. Huelo a sangre… —dijo el conserje como tratando de modular la voz. —¿Qué? Usted sabe, dígame cómo salir de aquí —le respondí como tratando de presionarlo—. Mis amigos, hay que buscarlos. —Él está atrapado entre las lianas de un árbol y está a punto de ser devorado por un mutante —de pronto un grito se escuchó en el vacío y esta vez reconocí la voz de inmediato. (Fragmento de novela).

Oliver Vera Barberán (1998, El Carmen, Manabí) Ha participado en varios concursos de pintura, en los ha obtenido el primer lugar en la mayoría de ellos. En el 2010 inició sus estudios en la Unidad Educativa Liceo Ecológico Vida. En 2013 descubrió su vocación por la escritura cuando empezó a escribir lo que hoy es Profanador de recuerdos, su primer libro de ficción que está próximo a publicarse. Actualmente está cursando el tercer año de bachillerato. 89


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Juan Romero Vinueza

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n poemario —entendido como un libro y no como una recopilación de poemas— crea un universo, lo plantea y configura a su modo. Se entiende que el poeta, este hacedor de libros de poesía, está consciente de aquello y estructura al poemario de tal manera que podemos identificar las aristas que establecen ese cosmos de palabras. El poemario también puede entenderse como una suerte de sinfonía que posee cuatro o más movimientos en los cuales se postulan cosmos orquestados por la voz poética. El universo que encontramos representado en el libro Rebeliones al filo de una sinfonía (Línea Primitiva, Argentina, 2015), de Freddy Ayala Plazarte, está dividido en cinco etapas que son la base de ese cosmos poético. Cuatro de estas etapas corresponden a un posible inicio del mundo mirado desde el lenguaje y la geometría (una apuesta, hasta cierto punto, épico-cosmogónica de la poesía); la quinta,


anaquel

en cambio, es la estructura final del mundo resultante de juntar a todas las anteriores en una sola entropía natural. El autor apela a dichas etapas con un símbolo representativo en cada una de ellas: la primera está basada en el punto; la segunda, en el cero; la tercera en la línea; y la cuarta, en el sonido. Estos son los cuatro puntos cardinales de las rebeliones que Ayala Plazarte sitúa para desarrollar el mundo en el cual el lector se moverá a ciegas, buscando la luz final que se halla únicamente en la relectura del texto como un cuerpo. Este poemario, que obtuvo el Premio de Poesía Jorge Carrera Andrade 2015 otorgado por el Municipio de Quito, es un llamado a la rebelión del poema y a la revelación de la poesía como un fruto inexistente, como una imposibilidad numérica y un pasado que no fue historiado nunca. Ayala Plazarte ha reflexionado sobre el hombre y el inicio de su len-

guaje: primero, partiendo de una nada inminente, pasando a ser una cuestión pictórico-numérica basada en el punto y la línea, para finalizar como un hecho articulado de sonidos. En Rebeliones al filo de una sinfonía, vemos que la escritura ha progresado en tal manera que se ha convertido en un proceso de cambio y de enfrentamiento contra el origen del poema mismo, todo ello en la ausencia, de espaldas a la realidad. El extramuro en el que nos sitúa el poeta no es más que la mirada de un testigo que se encuentra detrás de las sombras que evitan que el lector llegue a la luz del poema. Para comprender el sino en sí de esta afirmación, Ayala Plazarte manifiesta que el extramuro «es tomar partida y posición del mundo, cuando todos van hacia una corriente, uno se queda dialogando con sus propias historias». El trabajo del poeta está en ser la piedra que se baña en el río, pero que no sigue a la corriente.

Juan Romero Vinueza (Quito, Ecuador, 1994) Estudiante de Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Sus poemas y cuentos han sido publicados en revistas físicas y digitales de México, Perú, Ecuador, Argentina, Colombia, Venezuela, Guatemala y España. Artículos suyos han sido publicados en La raíz invertida, Entremares Magazine, La Barra Espaciadora y Rocinante. Fue parte del equipo de redactores del proyecto FAVELA11 (México). Maneja el blog de poesía hispanohablante Cráneo de Pangea, junto con Yuliana Ortiz Ruano. Consta en la Antologías Sinfonía Lírica: muestra de poesía total (Perú, 2014), Noventa Revoluciones (Ecuador, 2015), HARAWIQ: muestra de poesía boliviana-ecuatoriana (Ecuador, 2015); Pata de Araña: Antología Poética junto con Azael Álvarez Ramírez (Ecuador, 2015). 91


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reportaje

Patricio Herrera Crespo

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ra la mañana del 29 de marzo de 1966 cuando la radio interrumpió su programación para dar la noticia: la Junta Militar había dimitido. Grité emocionado: «Cayeron los militares», y salí corriendo de mi casa hacia la Universidad. Me encontré solo sentado en el ingreso al Teatro Universitario mirando, con una mezcla de tristeza y alegría, cómo caballos y militares abandonaban los predios universitarios que tres días antes se habían tomado en una verdadera ‘acción de guerra’. A las 08h30 había renunciado la Junta Militar. Los estudiantes del cuarto año de la Escuela de Ciencias de la Información esperábamos el inicio de la clase de aquel 26 de marzo en nuestra aula ubicada en el

séptimo piso de la Facultad de Filosofía. Conversábamos con nuestro profesor Juan García mientras mirábamos divertidos, a través de la ventana, cómo los militares en traje de guerra avanzaban hacia la Universidad por la calle Carvajal, se arrimaban a las paredes, corrían, se agachan y luego se apostaban tras los árboles con el fusil al pecho. «No vale tener clase», le dijimos al profesor, y con su aceptación nos retiramos y caminamos hasta la avenida América, que estaba llena de estudiantes, pues era la hora del inicio de la jornada vespertina. Se reían con gritos y burlas sin imaginar lo que venía. De pronto, los militares que estaban apostados en la vereda recibieron la orden de no dejar salir a nadie más de los predios.

«Entiendo y hablo perfectamente el castellano, Sr. Embajador, y las palabras emitidas por un agente civil del gobierno contra quienes estuvimos presos, eran de las más infames y bajas que existen». John Van Gelder

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«La dictadura ordenó, una vez más la invasión y timo fue destituido del poder en noviembre de 1965 cuando «quiso asalto de Ciudad Universitaria. Se destrozaron defenestrar a sus colegas para asumir el mando de manera unipersus pertenencias, se hirió y sonal, pero fracasó en su intento», según afirma Efrén Avilés Pino en maltrató a centenares de estudiantes y la Enciclopedia del Ecuador. Apenas siete días después de profesores, se hizo escarnio y burla asumido el mando comenzó la tarea contra las instituciones de de los más elementales derechos humanos». Alfredo Pérez Guerrero

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Nosotros seguíamos conversando y observando. Por lo vivido en los tres años anteriores, mostrábamos nuestra preocupación. De improviso, pasadas las cinco, como si hubieran esperado que los estudiantes llegaran a clase, empezó la operación militar con el aviso de ráfagas de metralla al aire. Un abanico de militares avanzó desde la calle Ulloa. Tropas similares habían rodeado la Ciudad Universitaria e ingresaban desde la Pérez Guerrero, la calle La Gasca y la Occidental. Empezamos a correr cuando vimos todavía semiabierta la puerta lanfort del Calzado Anita, en la América y Ramírez Dávalos, donde prácticamente nos zambullimos para escondernos. Con Eduardo Naranjo y René Villegas nos sentamos en silencio mientras el zapatero terminaba de bajar la puerta y cerraba las persianas de la vitrina. Apagaron la luz y seguimos en silencio. Se escuchaban gritos de los estudiantes que pugnaban por salir de la Universidad y disparos de armas de fuego. Una de esas ráfagas terminó con la vida del estudiante Eloy Baquero en las gradas de ingreso de la avenida América y, posiblemente, del conscripto Gerardo M. Toapanta. Pasado el momento de mayor tensión, me animé a abrir apenas la persiana, mirando con asombro la forma en que los estudiantes

eran subidos a golpes en un camión militar y, mas aún, mirar que entre los militares estaban como protagonistas, pistola en mano, un hombre alto de aspecto esmeraldeño y otro más bien bajo con cicatrices de quemaduras en el rostro. Cuántas veces les vi en los espacios universitarios desde la librería de la Editorial donde trabajaba. Indudablemente eran ‘pesquisas’, de los tantos que la dictadura tenía en la Universidad, comprando conciencias y voluntades. Llegó la noche. René y yo teníamos carnet de periodistas así que, junto a Eduardo, nos animamos a salir. Nos acercamos a un militar y le dijimos: «Somos periodistas». «Hablen con mi teniente», nos respondió. Llegamos y le repetimos lo mismo al oficial, a lo que nos contestó: «No hay nada, salgan». Aliviados caminamos hasta el mercado de Santa Clara, desde donde habían cercado la Universidad, para dirigirnos a nuestros hogares.

Objetivo: la Universidad Todo comenzó años antes, exactamente el 11 de julio de 1963, cuando los militares se tomaron el gobierno y pusieron en el poder a Ramón Castro Jijón, Luis Cabrera Sevilla, Marcos Gándara Enríquez y Guillermo Freile Pozo. Este úl-

cultura y educación. Se tachó a las Universidades Estatales de comunistas y se inició una persecución sin pausa. Alfredo Pérez Guerrero y Manuel Agustín Aguirre (Quito), Carlos Cueva Tamariz (Cuenca), Juan Francisco Ontaneda (Loja) y Antonio Parra Velasco (Guayaquil) fueron las cabezas visibles de su objetivo. El decreto 30 del 18 de julio ordenaba «la cancelación de inmediato de sus cargos y funciones a conocidos elementos de filiación comunista, sin que puedan invocar Contrato Colectivo ni derecho a indemnizaciones especiales por despido intempestivo». El decreto 31 incautaba 25.000 dólares al intelectual José María Roura «de procedencia comunista». Se declaró fuera de ley al comunismo. El decreto 32, del mismo 18 de julio, «Declara vacantes de sus cargos a los miembros titulares de la Casa de la Cultura Ecuatoriana y Núcleos Provinciales, la reorganiza y nombra a los nuevos representantes». Lo más alto del pensamiento ecuatoriano dejó la Casa de la Cultura, entre ellos Benjamín Carrión y Clemente Yerovi Indaburu, a quien, paradójicamente, entregarían el poder tres años después. Decía Benjamín Carrión en el prólogo del libro Semillas al viento, de Alfredo Pérez Guerrero (junio de 1966): «Las dictaduras de Latinoamérica, casi siempre, sobre todo si son castrenses, han declarado la guerra a la cultura». «¿Por qué en nuestro país, en los últimos tiempos, se ha desatado un tan im-


placable acoso a la cultura y a sus impulsores? ¿Es que para esta nueva democracia, el talento, el prestigio, la capacidad están demás?»; y agregaba: «¿Y lo de las Universidades? Da ganas de llorar solo al recordarlo». Y era verdad. La Universidad Central fue el principal objetivo pero también el principal centro de lucha contra la dictadura. Repetidamente se tomaron acciones en oposición a ella, hasta el 20 de agosto cuando se reformó la Ley de Educación Superior. Se había dado el primer paso. Se iniciaba el tiempo de espera «entre la soledad y la duda». Las primeras intervenciones fueron en la universidad de Loja y tres universidades de Guayaquil. El 9 de septiembre se intervino y reorganizó la Universidad Central cancelando a todos los miembros de Consejo Universitario presidido por Alfredo Pérez Guerrero, y se canceló a 204 profesores tachados de comunistas (leer la lista provoca risa, ¿ellos comunistas?). Veinte años de estabilidad y progreso con Julio Enrique Paredes y Alfredo Pérez Guerrero en la rectoría, se interrumpieron socavando la estructura misma del Alma Máter. En las siguientes semanas se eligieron nuevas autoridades que apenas duraron cuatro meses, pues el 30 de enero de 1964 se clausuró la universidad que fue reabierta el 4 de abril mediante decreto supremo que designaba a las autoridades, a profesores y empleados. La lucha continuó, y profesores y estudiantes, líderes sindicales y políticos eran

llevados al penal García Moreno, al penal de Galápagos o al exilio. Se perseguía y apresaba, se golpeaba y se torturaba física y sicológicamente. Ese desgobierno, con el principal vocero, el Secretario General de la Administración Hernán Donoso Velasco, acusaba, creaba historias y escenarios llenos de bombas molotov, propaganda y revistas comunistas, camisetas etc., con persecuciones, arbitrariedades, prisión y exilio, que enardecieron al país que estaba en llamas con huelgas, paros y manifestaciones de todos los sectores que iban cercando a los dictadores con renuncias masivas de los Concejos Municipales, paros de las Cámaras, de las universidades, de colegios; manifestaciones de trabajadores, estudiantes, de la mujer guayaquileña. Radios y periódicos clausurados. Los dictadores afirmaban que los que protestaban actuaban bajo «consignas comunistas aprobadas en la Conferencia Tricontinental de La Habana».

«Sin la universidad, sin su cultura y su ciencia, sin la rebeldía, la pureza y el heroísmo de su juventud, ya no habría esperanza ni mañana para el Ecuador». Alfredo Pérez Guerrero

El detonante final fue el ataque militar a la Universidad Central.

Volvemos Mientras miraba el retiro militar hacía historia de estos tres años de dictadura militar, uno de los períodos más negros de la historia nacional. De pronto empezaron a llegar profesores, estudiantes, empleados. Seguíamos reuniéndonos en el vestíbulo del Teatro Universitario con el rector Julio Enrique Paredes, el vicerrector Pablo Guerrero Torres, la reina de la Universidad, Elena Cárdenas, autoridades. Fue emocionante ver arribar con paso lento ayudado por su hijo y un bastón al doctor Jorge Cornejo Rosales, decano de Jurisprudencia, que fue golpeado y apresado por los militares. Todos perennizados en una foto histórica. Acto seguido se realizó una reunión ampliada de Consejo Universitario en el que se condenó el hecho, se pidió castigo para los culpables y libertad para los cientos de profesores y estudiantes detenidos. En mi calidad de presidente de la Asociación Escuela de Ciencias de la Información pedí que se declarara traidores a la Universidad a los ministros de Educación y Gobierno, César Jaramillo Pérez y Carlos Aníbal Ja-

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«Juventud universitaria, heroica lucha ha salvado la dignidad de mi patria. Cogobierno, autonomía, restáuranse ante insubsistencia inminente, leyes destruyeron conquistas universitarias ecuatorianas sentaranse ya orgullosamente junto Universidades todas América Latina». Luis Verdesoto Salgado ramillo. La placa con la resolución estuvo por muchos años en el vestíbulo del Teatro Universitario. El ministro de Defensa era el General Gonzalo Coba Cabezas. Todos negaron participación en los hechos. El manifiesto de Consejo Universitario resume lo ocurrido: «…esta tarde se produjo un despliegue inusitado de fuerzas del ejército que rodeó e ingresó a Ciudad Universitaria, provistos con armamentos de toda clase como si se aprestaran a una contienda digna de la defensa de nuestra integridad territorial; pero que significó el ataque aleve, sorpresivo y táctico a indefensos estudiantes que sin más armas que su ideal, se encontraban buscando el saber que el estudio les brinda». «Paracaidistas armados, bayoneta en ristre, cubierta la retaguar-

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dia con ametralladoras, arrastraron de los cabellos a señoritas y jóvenes estudiantes así como a empleados y miembros del personal administrativo de la Universidad, ametrallaron puertas y en sus puestos de trabajo golpearon salvajemente a decanos, profesores y estudiantes» (extracto. 27/03/1966).

Destrozos Terminada la sesión, recorrimos con varios periodistas y fotógrafos las diferentes facultades, comprobando los destrozos físicos de puertas, armarios, escritorios, laboratorios. Se recogieron testimonios y editamos un número extraordinario del periódico Universidad (abril de 1966), que quedó como testimonio escrito y gráfico de esta barbarie así como quedó en la prensa libre del país y en la revista Vistazo, a cuyo fotógrafo acompañé todo ese día a los cuarteles donde seguían presos estudiantes y profesores que, según contaron, fueron recibidos en ‘calle de honor’ de golpes y luego encerrados en habitaciones desde donde veían y escuchaban a los soldados cantar en ronda «abajo, abajo, abajo la Universidad». Son numerosos los testimonios de las víctimas de ese fatídico día,

como el ingeniero Carlos Bonilla, quien me comentó, tiempo después que, casi inconsciente, fue empujado a la quebrada, o Jorge Zurita, a quien le golpearon con mangueras y culatazos hasta romperle las costillas; dijo que eran del Batallón Chimborazo y entre ellos, «el más sádico», un militar de apellido Ormaza. Mientras otros abogaban para que les permitieran salir a los técnicos y secretarias de Naciones Unidas que trabajaban en la Facultad de Agronomía. El profesor norteamericano de inglés John Van Gelder, que fue golpeado y arrestado con palabras de «las más infames y bajas que existe», denunció el hecho a su Gobierno. Así hay testimonios de decanos, estudiantes, profesores que eran funcionarios del Gobierno y que inmediatamente presentaron sus renuncias. La Universidad y el pueblo terminaron con la dictadura. Por la tarde del 29 de marzo el General Telmo Vargas, Jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, entregaba el poder en manos del presidente interino Clemente Yerovi Indaburu. Yo caminaba por la recoleta donde se realizaba el traspaso del poder pensando en que volvía la libertad. Sin embargo, la sombra militar que asoló a Latinoamérica y al Ecuador, «como producto de las maquinaciones de la CIA y de la política norteamericana antirrevolución cubana», continuó en diferentes períodos hasta 1978. Las voces de «Hasta las últimas consecuencias», «No habrá perdón ni olvido» llenaron la atmósfera nacional, pero se fueron perdiendo haciéndole el juego a «no hemos dado la orden», «no hemos conocido», «no supimos», ingredientes de un generalizado lavado de manos que continúa hoy a los 50 años. Solamente digamos como Ernesto Sábato ¡¡NUNCA MÁS!!


croquis

U

na edición extraordinaria de Cuadernos del Guayas ha publicado la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas para celebrar los 70 años de vida de esta gran institución cultural. «Cuadernos del Guayas era y es la revista oficial de la Casa y sus páginas son un testimonio invaluable de la obra literaria de los más reconocidos escritores de Ecuador y América. Poesía, relato, crítica de arte son textos que constan en esta publicación a lo largo de las décadas, además de grabados de nuestros artistas más connotados», dice Rosa Amelia Alvarado, presidenta del Núcleo, y agrega que «a través del tiempo, muchos de estos textos pasaron a constar en colecciones o ediciones subsiguientes, sin embargo, lo conservado en Cuadernos del Guayas constituye la primicia y, en algunos casos, quedan obras que no conocieron de publicaciones posteriores». Enfatiza Rosa Amelia que, en homenaje a la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas en su septuagésimo aniversario, «hemos querido hacer esta edición extraordinaria, a manera de memoria de lo más significativo de Cuadernos del Guayas y al hacerlo, rendir un reconocimiento público a quien fuera su Director desde los inicios de la publicación y quien celosamente ha procurado sostener y preservar la esencia de la revista, nos referimos al poeta y catedrático, Lcdo. Cristóbal Garcés Larrea. Es él quien ha hecho posible que Cuadernos del Guayas exista y perdure por siete décadas, a pesar

de interrupciones y dificultades editoriales debido a la falta de la infraestructura editorial que hoy tenemos. Nuestro agradecimiento a Cristóbal Garcés por su pasión y amor hacia la que constituye su revista». Dice la presidenta que estos setenta años son «una admirable hoja de vida, que queda como legado para la historia. Nuestro Núcleo provincial se fundó un año después de la creación de la Casa nacional por Benjamín Carrión y su directorio congregó a las figuras más señeras del pensamiento y las artes; sus primeras actas registran las firmas de Joaquín Gallegos Lara, Enrique Gil Gilbert, Abel Romeo Castillo, Leopoldo Benites Vinueza, entre muchos otros ilustres ecuatorianos, quienes designan como su primer Presidente al arqueólogo Carlos Zevallos Menéndez. Así fue el nacimiento de este Núcleo y esas actas de 1945, representan la primera bitácora de nuestra Institución. Esta es la Casa donde se forjó la esencia de la representación cultural de Guayaquil y la provincia, destaca Rosa Amelia Alvarado. «Esta es la Casa donde nació la Orquesta Sinfónica de Guayaquil y los salones de pintura de la ciudad. Aquí nació también la Escuela de Ballet, donde se formaron las más importantes figuras de la danza del país y en esta Casa nació la publicación cultural de mayor trascendencia en el país: Cuadernos del Guayas. Y es esta emblemática gaceta literaria la que hoy evocamos con ocasión del septuagésimo aniversario de la Casa de la Cultura». (PHC).

«Cuadernos del Guayas era y es la revista oficial de la Casa y sus páginas son un testimonio invaluable de la obra literaria de los más reconocidos escritores de Ecuador y América. Poesía, relato, crítica de arte son textos que constan en esta publicación a lo largo de las décadas, además de grabados de nuestros artistas más connotados». 97


Poesía

erótica femenina

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uando Patricia Noriega llegó a Lima para participar en el II Encuentro Internacional de Poesía Erótica Femenina saludó al Perú, esta tierra de poetas mayores, de Vallejo y Watanabe, Martín Adán, Blanca Varela y del Toñito Cisneros «que son quienes han alimentado mi espíritu y el de mi poesía». Ella es poeta, comunicadora social y antropóloga, y es coordinadora el Museo Etnográfico de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Esta vez fue invitada como poeta «para decir textos y para hablarles de este género de poesía, muchas veces descalificado y criticado. Cuando lo han denominado como escritura de moda y como escritura de mujeres». Estas fueron sus reflexiones: «Como en el caso de muchas escritoras, mi ejercicio poético no es una escritura que responda a un canon momentáneo o temporal, porque esta temática ha estado presente desde siempre, como la piel misma del ser humano. »El erotismo está vinculado directamente con la carne, en una experiencia que nace de la profundidad del individuo y se concreta en la experiencia del cuerpo. Cuerpo torbellino, cuerpo cálido y sinuoso que deambula de la mano de la concupiscencia, que converge en la caverna de los placeres y displaceres

del sexo. Todo lo oculto seduce y todo lo que avergüenza del cuerpo provoca. Las partes lúbricas se desnudan para hallarse en la oscuridad. Entonces, la vergüenza forma parte de las manifestaciones eróticas y las exalta. »En la poesía erótica, el escritor narra esta dialéctica corporal, con una descripción abrupta de todos los sentidos, donde se olvida en el acto erótico no solo de los fines de la procreación, como dijera Georges Bataille, sino de sí mismo. »Pero el erotismo no solo es el abandono de la carne, no solo es acto sexual. También es evocar a la muerte, porque ella seduce y convoca. La muerte y la vida también son erotismo, pues el erotismo apuesta a la continuidad, en oposición a la discontinuidad que nos es característica desde el momento de nacer: somos discontinuos porque estamos separados del otro, porque entre uno y los demás hay un profundo abismo, aún con los más amados, aún con los amigos más íntimos, la no reciprocidad, el desencuentro, la soledad y la no unicidad está presente. La continuidad mágica, terrible, fusionable es lo que busca el erotismo. Ser con el otro uno, ser ambos continuo. Enroscar el cuerpo con el del amado, para ser en él, para convertirse en un ente único, para ser con el otro un todo.

Esto nos sitúa ya en el campo de la muerte, pues el deseo sería morir con el otro, fusionados. Un deseo que ciertamente en el erotismo no triunfa pues la vida también lo seduce. »Después del erotismo de los cuerpos está lo que Bataille denomina erotismo de los corazones. Que es el espacio sagrado, encendido, vehemente, donde el ser amado es apresado, donde no se escapa, donde los seres en su discontinuidad se abren a la experiencia de la continuidad en el éxtasis, jugando así con los límites del ser. De esta manera, los amores apasionados, aún aquellos castos, comparten también la angustia de la muerte. Asimismo está el erotismo religioso, donde se pretende encontrar la vivencia de la continuidad con un dios, a través del ser, a través del espíritu o del alma y no del cuerpo. »En la poesía erótica se vislumbran imágenes sensuales, no sexuales. Se escapa de la descripción pornográfica y simple de los placeres. El erotismo o la palabra erótica vuelven a la carne deseable, apetecible. Es insinuación, es un apenas, es un pedacito desnudo de piel. No persigue la devaluación, ni el rechazo al amor ni al cuerpo. Es lúdica placentera, es esplendor o florecimiento. »Sin embargo, también aparece la violencia como un puntal en la poesía erótica. La narración del forcejeo amatorio la vuelve perturbadora y por lo tanto la erotiza. El erotismo también es un pasaje tortuoso, una alternancia perenne entre los polos de la vida y la muerte, lo bello y lo horrendo, la bondad y la maldad, lo dulce y lo violento. »Las actitudes eróticas, la narrativa de arrebato, con esa violencia que habita y determina, se abren a la muerte, como un acto recurrente. Pero también a un acto de conciliación con la vida. En el erotismo la vida y la muerte como caras dife-


poesía rentes de una misma moneda están echadas al viento —con la apuesta a que Eros caerá—. El erotismo tiene ese lado oscuro, ese devaneo con la muerte, pero también tiene el lado luminoso que apuesta a hacer de ese momento angustiante, una fiesta a la vida. »Esto es lo que las mujeres de este encuentro intentamos plasmar en la hoja vacía. Mujeres que convocamos al amor, al desamor, al apego y a la despedida, a la clandestinidad amatoria; pero también

convocamos al amor libre y lleno de arrecifes que se convierten en momentos perfectos. Mujeres que aprendemos a vivir y a morir en acto lúdico del cuerpo, en el que nos convertimos en el otro. O en el que tragamos al otro y lo magullamos, para que se dobleguen y se queden para siempre en nuestra carne. Mujeres llenas de emociones, vivencias, fantasías o fantasmas, mujeres pájaro que levantamos el vuelo por una sensual y sensitiva imaginación». (PHC).

Pedazo de fuego Patricia Noriega Me gritarás, me nombrarás miles de veces con zozobra noche y día, te contaminarás en mi cuerpo y lo escupirás en la lobreguez. Morderás mis pequeños senos desamparados, hasta hacerlos sangrar y los regarás con tu naturaleza blanca, venerable templo de obsidiana. Me someterás de mis cabellos púrpuras sobre un mendrugo duro de tu piel. Así como me empezaste, me acabarás, como me naciste, me lapidarás, me pisarás perturbado, consumado de furia, me revelarás tu irascible corazón. Es entonces cuando triunfaré, mácula expulsada de tu carne, como otra carne se posará en mí. Nuestras llamas se abrazarán en una sola confundidas. Y cada pedazo de fuego, habitará tus huesos para siempre.

Patricia Noriega Rivera

(Riobamba, 6 de noviembre 1976)

Licenciada en Comunicación Social, máster en Antropología y Cultura. Ha publicado Saxo Gramático, 2004 y Palabra de dragón, 2011. Se desempeña profesionalmente como curadora del Museo Etnográfico de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión y como profesora universitaria. Próximamente se editará su poemario Noche de perros. 99


«V

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ean, entren, sientan; pero no digan que fue un sueño; no digan que esto ya lo soñaron». Él, como Escher, nos conduce por laberintos absurdos, nos muestra una realidad irreal desde su geometría envolvente, recurrente, exacta y precisa. Él es Napoleón Paredes que, como Lewis Carroll, nos hace vivir lo invivido, lo olvivido, lo no vivido, reconstruye nuestras fantasías que nunca las construimos, que nunca las soñamos, que nunca fueron, pero que siempre estarán. Eran las palabras de Guido Díaz, director de Museos de la CCE, en la inauguración de la muestra de 86 cuadros de Napoleón Paredes bajo el título ‘No digas que fue un sueño…’. A mi madre que no tuvo goteras en el alma. Napoleón Paredes (Quito 1947) nació en una familia de artistas. Hijo de Diógenes Paredes, debe haber vivido la pintura a través del pincel de su padre y sentir dentro de sí esa necesidad de expresar su visión del mundo en imágenes y colores.

La cizaña, acrílico.

Por ello entró a estudiar en la Escuela de Bellas Artes y recibió de grandes maestros las primeras letras de la escultura y la pintura. Entre los 20 y 25 años, su inclinación fue la escultura, pero tiempo después se dedicó a la pintura, seducido por el movimiento generacional feísta que caracterizaba a esa época. El ‘angustioso dramatismo’ de sus personajes singulariza su primera obra para luego pasar a lo ‘mágico y neofigurativo’ que fue reconocido en 1978 con el Primer Premio en el III Salón Nacional de Pintura realizado en Cuenca.

«A partir de ese primer estadio de madurez, dueño de un estilo y una técnica, Napoleón Paredes interioriza su arte en busca de motivos, a la vez que experimenta nuevas técnicas. Empezó a leer extrañas historias en los salones oscuros de la memoria y el sueño, y el Bosco y Brueghel (el viejo) —los más fantasiosos imagineros de monstruosidades— le sugirieron formas para todo ese cortejo de fantasmas», dijo Hernán Rodríguez Castelo sobre su obra. (Revista Diners, marzo de 1986).


boceto Realidad plástica

Se viene la tarde, acrílico.

Ecos del silencio, acrílico.

Afirmó el pintor que en esta exposición ha querido «mostrar la parte académica que me viene de los grandes maestros que tuve en la vieja Escuela de Bellas Artes, formación académica que facilita hurgar en los hechos sociales, humanos y especialmente en la psiquis de uno mismo para definirse como solidario y dispuesto a procurar la bienaventuranza de los menos favorecidos. »Ustedes —dijo— van a ser testigos y avalar una realidad plástica que ha llegado a su adultez; y yo, para razonar sobre mis motivos, la inspiración y la proyección social y humanística de esta obra ejecutada en los últimos cinco años, con la que pretendo ubicarme en las primeras líneas de la expresión artística nacional y estar vigente como corresponde a un gran maestro con una larga trayectoria en diferentes etapas que tuvieron argumentos filosóficos en la mitad del siglo XX y una influencia matérica que nos llegó de más allá de nuestras fronteras». Afirmó que se imagina a esta muestra como una premonición de lo que más temprano que tarde ha de ocurrir con el planeta Tierra si continuamos agrediéndolo, contaminándolo para satisfacer vanidades y probables estatus de unos pocos. Concluyó: «Pongo a consideración de ustedes esta colección de 86 cuadros que contienen, en cada centímetro cuadrado, la sensibilidad, la inspiración que me caracteriza». Allí está la muestra en mediano y gran formato exponiéndose en la sala Joaquín Pinto, en los Museos de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, para que todos la vean, admiren, sientan, piensen que a lo mejor lo soñaron o, tal vez, solo es un sueño… (PHC).

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Cartografía crítica de la danza moderna y contemporánea del Ecuador (Tomo I) Autora: Genoveva Mora Toral Género: Historia Editorial: CCE Año: 2016

«…Probablemente después de todo este recorrido sabremos algo más, teniendo presente que este es un trabajo que tiene entre sus objetivos tender un puente entre el artista y el público. Aceptando que, aunque seamos un grupo de escritores pensando en la danza, la nuestra seguirá siendo una mirada particular y por ende, incompleta». G.M.T.

Laberinto para suicidas Autor: Williamns Kastillo Género: Relato Editorial:CCE Año: 2016

«Williamns Kastillo ha compuesto las piezas de este libro con una densidad existencial muy rara en la narrativa ecuatoriana. Narrativa que parecería inclinarse casi siempre hacia el mundo exterior, del cual arranca su sentido, la nuestra no se manifiesta muy proclive a penetrar en los abismos interiores, y menos si son de aquellos que están atravesados por el desgarramiento… Los textos, para leer una y otra vez, son de rica prosa y sugerentes personajes, cuyas angustias nos suenan secretamente familiares, pero a la vez como un desafío que nos lleva a ponernos en claro con nosotros mismos». F.T. 102


La muerte blanca Autora: Luz Argentina Chiriboga Género: Novela Editorial: CCE Año: 2016 Colección: Letras Claves

«Resulta fácil encontrar, incluso en una primera y descontextualizada lectura, las cualidades literarias de esta novela. No obstante, para entender los profundos alcances y la trascendencia de La muerte blanca, se debe tener presente que esta obra, como parte de una novelística ya consolidada, renueva de modo particular el compromiso vital/estético de Luz Argentina Chiriboga: la reivindicación de la voz de la mujer afrodescendiente». F.M.R.

Quito, por la Independencia Autor: Leonardo Barriga López Género: Historia Editorial:CCE Año: 2016

«En cierto modo este libro se enmarca en lo que la historiografía denomina ‘revisionismo histórico’, porque buena parte de su preocupación está enfocada a revisar, cuestionar y rebatir documentadamente viejas o antojadizas interpretaciones de la historia nacional. Y lo que los sitúa por encima de otros esfuerzos similares es, sin duda, la seriedad de los argumentos del historiador, que no se limita a dar opciones contrarias a las existentes, sino que respalda esas opiniones y esos planteamientos cuestionadores en documentos y fuentes históricas poco conocidas, que él ha encontrado en archivos ecuatorianos y extranjeros».

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Divide y vencerás Autor: Oswaldo Páez Barrera Género: Ensayo Edición: Universidad Internacional SEK y Trama Ediciones Año: 2015 «Los escritos y ensayos cortos con los que se inicia el libro abordan temas relacionados con el patrimonio cultural y el diseño como producción simbólica; se habla del patrimonio cultural como parte de las memorias sociales que dan espesor a las resistencias a la globalización y a los sueños de un mundo distinto y mejor… siendo por lo tanto de interés para las personas preocupadas por los trances y retos del Ecuador contemporáneo y por los necesarios planteamientos programáticos que requeriría el país que un día esperamos ver». O.W.B.

Desde el otro lado del Fuego Autor: Jorge Patarón Herrera Género: Poesía Editorial: CCE, Núcleo de Chimborazo Año: 2016 «Desde el otro lado del fuego llega la poesía delatadora de los desfases humanos que agobian la existencia cotidiana, versos repletos de sensualidad y pieles ardiendo en la hoguera del deseo, evocaciones de soledad y de infortunio abriendo paso al arribo nefasto de la muerte, remembranzas de horas vagabundas desgastadas en los asedios de la pasión o condolidas por el paso descompasado de los malvivientes». G.M.

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El cuaderno azul Autor: Fernando Tinajero Género: Novela Edición: Campaña Nacional Eugenio Espejo por el Libro y la Lectura Colección: Luna de bolsillo Año: 2015

Cuadernos «A pie de página» N°7 Autor: Gonzalo Escudero Género: Ensayo Editorial: Universidad Internacional SEK y Trama Ediciones Año: 2015

De hilo y tiempo Pepe Rosales Edición: El Apuntador, Genoveva Moral Toral Género: Arte Año: 2015

Disco Regreso a casa Banda: Nibu-Nira el grupo musical familiar Autores: Viviana Maldonado Vera, Claudia Maldonado Vera y Vicente Maldonado Género: Música Año: 2015

«El cuaderno azul introduce al lector en la vida de un hombre solitario que, de modo casi predestinado, da con un manuscrito en el que se narra una historia no exenta de claves e incertidumbre. El contexto: una ciudad sitiada en la que la presencia del Gran Benefactor se hace sentir de modo opresivo. El desenlace extraño hará que nos sintamos en tierras extrañas. El lenguaje sobrio y pulido caracteriza estas páginas que Tinajero ha construido en su segundo y feliz proyecto narrativo».

«Este volumen lo inicio con artículos de juventud, de carácter polémico, del poeta ecuatoriano Gonzalo Escudero (1903-1971). Hay correspondencias personales, testimonios, reseñas de sus obras, comentarios de libros, una selección de cartas, que van dirigidas a entrañables amigos de su generación, entre otros textos. Para terminar realizo una ligera aproximación al Escudero prosista, autor de artículos, crónicas y ensayos que aunque no llegan a los niveles de su poesía, nos permiten configurar un mayor espectro dentro de su proceso creador». G.Z.C.

«Por once años consecutivos, Banco Promerica — ­ hoy Produbanco— como parte integral de su programa de Responsabilidad Social Empresarial ha impulsado la promoción del arte plástico ecuatoriano, a través de la edición de un libro para obsequiar a nuestros clientes y amigos. Siguiendo esta tradición y compromiso con el país, reconocemos el trabajo de Pepe Rosales, diseñador teatral que ha legado su talento a la escena ecuatoriana. De hilo y tiempo es una recopilación de sus diseños de vestuario y escenografía teatral». R.C.D.

«Somos un grupo musical familiar migrante que nace a inicios del 2013 con el objetivo de fortalecer la unión familiar y preservar nuestras raíces ecuatorianas en los Estados Unidos por medio del folclor ecuatoriano y el pop rock en inglés y español. Regreso a casa es un disco que contiene once temas y fue grabado en casa».

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HUELLAS QUE NO CESAN, EN BIBLIOTECA DE CASA DE LAS AMÉRICAS Roberto Fernández Retamar, presidente de Casa de las Américas de Cuba, recibió un ejemplar del libro Huellas que no cesan, historia gráfica de los 70 años de la Casa de la Cultura Ecuatoriana 1944-2014. Fernández Retamar destacó la importancia de la obra y dijo que «constituye un enriquecimiento valioso para la Biblioteca de la Institución». Pedro Martínez Pírez, sudirector de Información de Radio Habana, fue el encargado de entregar este ejemplar que para su edición recibió el apoyo de fotos de los archivos de Casa de las Américas.

ALMANAQUE DE BRISTOL Hay un folleto internacional que es parte de las esquinas con semáforo de las calles de Quito, durante los meses de diciembre y enero: es el conocido Almanaque Bristol. Su título real es Almanaque pintoresco de Bristol, creado por el químico y farmacéutico Cyrenius Chapin Bristol para promocionar su jarabe tónico de ‘zarzaparrilla’ y divulgar consejos. Adquirido en 1856 por Lanman and Kem-Barclay, desde finales del siglo XIX publica sus ediciones para muchos países latinoamericanos. Fue el libro de consulta para resolver cuándo sembrar o pescar, la posición de los planetas, conocer su destino y los santos de la iglesia o también cuándo cortarse el cabello. Todo ello acompañado por la publicidad de Agua de florida, colonias finas, Tricófero de Barry, Jabón de Reuter, con diseño gráfico de la época. Sobre su influencia literaria dice Wikipedia que el historiador colombiano Germán Arciniegas afirmó: «Mi curiosidad literaria como la de casi todos los de mi generación, no nació de haber caído en nuestras manos ni Homero, ni Cervantes, ni Virgilio, sino el Almanaque de Bristol». Refiere que Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Miguel Ángel Asturias se refieren en sus obras a este folleto que lleva en su portada la foto de su creador y que se publica ya 184 años. 106


panel

Foto: Iván Mejía

La Junta Plenaria de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, integrada por los veintitrés presidentes de los Núcleos Provinciales, Resuelve: 1. Ratificar su desacuerdo con el borrador del proyecto de Ley de Culturas presentado por el Ministerio de Cultura y Patrimonio a los asambleístas miembros de la Comisión de Educación, Cultura, Ciencia y Tecnología de la Asamblea Nacional del Ecuador. 2. Exteriorizar su respaldo y reconocimiento a las inteligentes y oportunas decisiones asumidas por el presidente nacional, escritor Raúl Pérez Torres, en defensa de la institucionalidad de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. 3. Solicitar al Ministerio de Cultura y Patrimonio la socialización con la comunidad cultural nacional, del borrador del proyecto de Ley de Culturas elaborado por el ministerio a su cargo. 4. Renovar el pedido al Ministerio de Cultura y Patrimonio para la conformación de un grupo de trabajo entre el Ministerio y la Casa de la Cultura Ecuatoriana, para revisar el borrador de la ley y la preparación de los eventos de socialización. Quito, 20 de enero de 2016 NOTA: La presidenta de la Asamblea Nacional, Gabriela Rivadeneira, conjuntamente con el ministro de Cultura Guillaume Long, asistieron a esta Junta Plenaria. Se aprobó la conformación de una comisión tripartita para el análisis del proyecto, su discusión y consensos posibles, integrada por representantes de la Asamblea Nacional, el Ministerio de Cultura y Patrimonio y la Casa de la Cultura Ecuatoriana. La Junta Plenaria nombró como integrantes de la comisión de la Casa de la Cultura al vicepresidente Gabriel Cisneros, al presidente del Núcleo de Cotopaxi, Dr. Edmundo Rivera, a la Econ. Shina Camacho, Directora de Planificación, y al Lcdo. Camilo Restrepo, asesor de Presidencia.

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tributo

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os diarios de muchos países intentaron definirlo y despedirlo cuando anunciaron su muerte: «Adiós al último titán de la cultura»; «El sabio que llegaba al público»; «Murió Eco, ahora somos más pobres»; «Italia perdió un pedazo de inmortalidad»: «Joven y volcánico hasta el último día»; «Adiós a Umberto Eco, el hombre que sabía todo»; «El escritor que cambió la cultura italiana»; «Muere Umberto Eco, el humanista total»; «Murió el profesor vuelto novelista», y así, todos refiriéndose a aquel hombre que falleció a las 84 años de edad, en la ciudad de Milán, y cuyo nombre es bandera en Italia y retumba en todo el mundo: Umberto Eco. Cuando se acercaba a los 50 años, Umberto Eco publicó su primera novela en 1980: El nombre de la rosa, de la que se vendieron millones ejemplares y fue traducida a 43 lenguas. A esta novela le siguieron: El péndulo de Foucault (1988), La isla del día antes (1994) y La misteriosa llama de la Reina Loana (2004). Su última novela, Número cero, publicada en 2014, es un relato policial contemporáneo centrado en el mundo de la prensa. Eco nació y creció en Alessandria, en el Piamonte, pero desde hace muchos años su producción literaria se originaba en su casa de Milán, específicamente en aquel estudio donde trabajaba por la mañana y por la tarde, que ocupaba la mitad de lo que era su hogar; todo atascado de libros, unos 30.000 en total, siendo su biblioteca casi legendaria, no solo por su tamaño sino por la cantidad de piezas raras que contiene. A parte de ser novelista, ensayista, productor de miles de asombrosos artículos, semiólogo y filósofo, Eco también tocaba el clarinete y amaba escuchar música clásica. De joven, Eco quiso ser periodista, pero al entrar a la Universidad de Turín, en 1954, decidió estudiar filosofía. Sus padres pensaban que eso de ser reportero no era muy serio, aunque él de niño había soñado con manejar un tranvía y con ser soldado. No importó que no estudiara periodismo, porque igual fue periodista de opinión a lo largo de su vida, reflexionó a profundidad sobre las dificultades y retos del oficio; tenía una mirada muy crítica sobre la sociedad moderna con respecto a las nuevas tecnologías y el uso de las redes sociales. Eco murió la noche del viernes 19 de febrero de este año en su casa, después de haber luchado dos años contra el cáncer que lo aquejaba. Hasta el final se encontraba trabajando en la preparación de su último libro Pape Satàn Aleppe, un título que corresponde al verso que Dante hace pronunciar a Plutón al inicio del canto VII del ‘Infierno’, el cual sería publicado en mayo de este año. Pocas semanas antes de su muerte, un periodista le preguntó qué era lo que le causaba más angustia existencial y Eco contestó: «Mi mujer me esconde el whisky bajo llave». (YM).


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